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lunes, 20 de mayo de 2024

Misericordias del Corazón de Jesús en el sacramento de la Penitencia

 


El sacramento de la penitencia puede llamarse maravilla del Corazón de Jesús. En este, más que en los otros Sacramentos, abre el Salvador á todos los hombres ese divino Corazón que tanto les ha; amado. En este Sacramento brilla de un modo especialísimo la omnipotencia de su misericordia y bondad, todos los días y en toda la tierra, con prodigios de todo género. 

La beata Margarita María veía al sagrado Corazón con sus llamas, su cruz y su corona de espinas, como en un trono resplandeciente de gloria. ¿No es este trono una hermosa figura del tribunal de la Penitencia, en el que la gloria de Dios no resplandece menos en milagros de misericordia que en el Sacramento del altar en prodigios de amor y santidad? ¿Cuál es,, en efecto, en la tierra la gloria por excelencia de Dios sino la conversión de los pobres pecadores, la resurrección y la salvación de las almas? 

Desde lo alto de este trono de compasión y de paciencia divinas, de inefables misericordias y de perdón inextinguible, el Corazón de Jesús, vivo y palpitante en el corazón de sus sacerdotes, arde de amor por los pobres pecadores y devora ávidamente sus pecados en sus divinas llamas. De allí irradia la esperanza; allí derrama á torrentes la sangre de la redención. 

La sangre de Jesús, la sangre del Corazón de Jesús, es como el alma de este gran Sacramento. Este es un compuesto de celestial santidad que purifica, de ternura que alivia y consuela, de compasión que conmueve y ablanda los corazones, de ardores sagrados que abrasan, y en fin, y sobre todo, de amorosa caridad. Esto es la Confesión, esa Confesión que tanto espanta á los que no tienen la dicha de «creer en el amor que nos tiene Dios.»

Un día, después de confesarse, escribía Santa Catalina de Sena estas palabras llenas de profundidad: «He ido á la Sangre de Cristo: Ivi ad sanguinem Christi.-a Ir á la Sangre de Jesús ¿no es ir á su Corazón, es decir, á la fuente y al foco de su amor? ¡Y hay hombres, hay cristianos que temen acercarse á este Sacramento! ¡Oh Sangre divina, Sar.gre de amor y de infinita misericordia! á tí vengo, precisamente porque soy pecador. Por mí fluyes; á mí me aguardas, como el padre del hijo pródigo aguardaba á su pobre hijo, ¡Sí, iré á tí, oh Sangre purificadora y santificante! ¡iré á tí con corazón contrito y humillado, pero lleno de confianza! ¡Qué gozo poseer este rico ' tesoro de la Confesión! ¡Y con cuánta verdad es la Esposa de Jesucristo esta misericordiosa Iglesia católica, que posee el trono de la misericordia del Corazón de Jesús! 

Bien podemos decir sin reparo que el sacramento de la Penitencia es el triunfo del sagrado Corazón de Jesús. En él aparece mucho más misericordioso todavía que en el sacramento del Bautismo; pues en éste (al menos en el Bautismo de los niños,) la gracia del perdón no borra más que una mancha de la cual el pecador no es personalmente responsable; mientras en el de la Penitencia esta misma gracia se dilata, se extiende todavía más, y no conoce otros límites que los qne le impone la mala voluntad de esos infelices sin juicio llamados pecadores impenitentes. Es de fe que en la Confesión el sacerdote puede perdonarlo todo, absolutamente todo, sin excepción; y la Iglesia quiere que el sacerdote lo perdone todo, cuando el pecador da verdaderas señales de arrepentimiento. ¡Oh misericordia del Salvador! Ni para esto ofrecen obstáculo las recaídas, siempre que provengan de la fragilidad humana; pues Jesús llama al perdón á los débiles como á los fuertes, á los pobres como á los ricos, á todos los que tienen buena voluntad. Después del altar, que es el trono del santo amor, en ninguna parte es más grande ni más admirable el sacerdote católico que en el confesonario, trono de la divina misericordia. 

Las llamas con que allí arde el sagrado Corazón no sólo aniquilan nuestros pecados, sino que además apagan las llamas eternas del. infierno que por ellos merecíamos; y aún, si nuestra contrición es perfecta, la Iglesia nos enseña que las llamas del Corazón misericordioso de Jesús apagan también el fuego del purgatorio. 

Con sus amorosas llamas el Corazón de Jesús abrasa, dilata y derrite á la vez el Corazón del confesor, llenándolo de caridad y de dulzura, y el corazón del penitente, llenándolo de contrición, purificándolo hasta en sus menores escondrijos é inundándolo de felicidad y de alegría. 

Y todo esto es el fruto de la cruz y de la corona de espinas; el fruto de la Pasión de Jesucristo, cuyos méritos infinitos se nos aplican en el sacramento de la Penitencia.

Dadme, pues, mi buen Salvador, que ame como ,debo este maravilloso Sacramento, y que á él recurra á menudo con vivísimos deseos de aprovecharme de las santas efusiones de vuestra sangre. Haced que me confiese siempre bien, que sea muy sincero en la manifestación de mis pecados, muy leal con mi conciencia, que huelle el orgullo y los respetos humanos, y que reciba siempre la absolución con las santas disposiciones que vuestro Corazón comunica á los corazones fieles, y que en ellos quiere que resplandezcan.

EL SAGRADO CORAZÒN DE JESÙS por Monseñor Segur

martes, 14 de mayo de 2024

lunes, 13 de mayo de 2024

“Entonces (después de 1960) se verá más claro”: Nuestra Señora de Fátima

 

¿Qué no les tocó ver a los Católicos en 1960?

 

1.- El Sagrario no está visible, no se encuentra en el centro del altar ni en el Santuario;

2.- Altar en des uso, desaparecido  o reemplazado por una mesa;

3.- Silla para un ser humano al frente y al  centro, en el lugar de Nuestro Señor en el Tabernáculo;

4.- Ausencia del comulgatorio, la gente está de pie para recibir la Comunión;

5.- Bancas sin reclinatorios;

6.- Mujeres sin velo;

7.- Mujeres vistiendo pantalones, shorts o ropa inmodesta;

8.- Hombres en jeans y camisetas;

9.- Mujeres por acólitos;

10.- Fieles conversando en grupo como si fuera un  mercado o un bazar;

11.- Sacerdote oficiando Misa de frente a las personas dando la espalda a donde Nuestro Señor debería estar;

12.- Las oraciones de la Misa en cualquier otro idioma menos en latín;

13.- Laicos haciendo las lecturas de la Misa;

14.- Laicos llevando vino y hostias (desde la parte trasera de la Iglesia en el Ofertorio);

15.- Fieles recibiendo la Comunión en la mano;

16.- Laicos distribuyendo la Sagrada Comunión, tocando la Hostia consagrada o el cáliz (Ministros Extraordinarios de la Eucaristía);

17.- Cambios en las oraciones de la Misa;

18.- Guitarras u otros instrumentos reemplazaron el órgano;

19.- Música moderna reemplazó los himnos solemnes tradicionales;

20.- Saludos de mano después de la Consagración, además de aplausos durante la Misa;

21.- Ministros protestantes, judíos rabinos, o miembros de algún otro credo falso dando el sermón y predicando en Misa;

22.- Celulares sonando o gente hablando por el celular dentro de la Iglesia y durante la Misa;

23.- Cumplir la obligación de Misa dominical el sábado por la tarde;

24.- Carencia o disminución de la devoción a la Santísima Virgen María, tratándola de manera similar a los Protestantes, como si Ella no fuera importante o especial, solo otra mujer.

                ¿Cambiaron las cosas?  “Entonces se verá más claro”.

 

                Refiriéndose al Tercer Secreto de Fátima:

             “Entonces [después de 1960] se verá más claro”

            -Nuestra Señora de Fátima a Sor Lucía

 

                                                                 Fuente: Fátima Center

miércoles, 8 de mayo de 2024

MAYO MES DE LA SANTISIMA VIRGEN MARIA

 

Dios le ha dado a la Santísima Virgen el poder de aplastar la cabeza de Satanás



"Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre, cercado de espinas con que los hombres ingratos lo traspasan a cada instante, sin que haya nadie que haga un acto de reparación para quitárselas". (Palabras del Niño Dios a Sor Lucia en 1925, Pontevedra, España).

"Para consolar a María en su aflicción, hay que evitar el pecado."

jueves, 2 de mayo de 2024

El cambio de doctrina de la FSSPX

 


 La postura de monseñor Lefebvre respecto a la Iglesia Conciliar,     Iglesia Oficial o Iglesia Modernista     (características que mejor la describen, y nótese, no es la Iglesia Católica) fue y es la siguiente: 

El Arzobispo dijo después de las Consagraciones Episcopales de 1988:
   No aceptaré estar en la posición donde me pusieron durante en diálogo (de 1988). No más. Yo colocaré la discusión al nivel doctrinal: “¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei and Libertas de Leo XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en completa comunión con estos Papas y con sus enseñanzas? ¿Aceptan el Juramento Antimodernista completo? ¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo? Si ustedes no aceptan la doctrina de sus predecesores, ¡es inútil hablar! Mientras que ustedes no acepten la corrección del Concilio, en consideración a la doctrina de estos Papas, sus predecesores, no es posible ningún diálogo. Es inútil. (Entrevista al Arzobispo Lefebvre, Fideliter, no. 66, Nov.-Dic. 1988.)

Si la Iglesia Conciliar fuera todavía católica, aceptarían las Encíclicas de los papas antiliberales, pero como no son católicos, sino modernistas, lo que aceptan como válido son las innovaciones inherentes al modernismo, expuestas en el Concilio Vaticano II. El regreso debe ser de Roma a la tradición católica, no de los católicos que durante 60 años han resistido el modernismo, a Roma conciliar. 

Respecto a las excomuniones de la Iglesia Conciliar, las cuales Monseñor Fallay celebró con un Te Deum, son inválidas e ilícitas. Esa algarabía demostrada por Fellay y muchos de la FSSPX solo avizoraba su tendencia liberal. Esto escribió Mons Lefebvre sobre las excomuniones de los modernistas:

    “El Osservatore Romano publicará la excomunión, evidentemente una         declaración de “cisma.” ¿Qué significa todo esto? ¿Excomunión por quién? Por     Roma modernista, por una Roma que sin duda ya no tiene la fe Católica. (…)
Entonces estamos (vamos a ser) excomulgados por Modernistas, por personas que han sido condenados por papas anteriores. Entonces, ¿qué es lo que pueden hacer realmente? Somos condenados por hombres que están condenados, y que serán públicamente condenados. Eso nos deja indiferentes. Evidentemente, eso no tiene valor. Una declaración de cisma; ¿cisma con qué? ¿Con el Papa que es sucesor de Pedro? No; cisma con el Papa modernista, sí, cisma con las ideas que el Papa esparce, sobre todo, con las ideas Revolucionarias, las ideas modernas, sí. Estamos en cisma con ellas.” (Monseñor Lefebvre, Conferencia de prensa, Ecône, 15 de Junio de 1988) 

En vista de que la Fraternidad San Pio X en lo general y particular estuvo de acuerdo con la declaración doctrinal de Monseñor Fellay de Abril 2012, son complices de la misma, excepto aquellos que se salieron de esa Congregación y rechazaron públicamente esa traición, la FSSPX y sus sacerdotes son cómplices de aceptar una fe y doctrina opuesta al catolicismo y que monseñor Lefebvre no quiso aceptar nunca, aun y que fue excomulgado (ya vimos que no tiene ningún valor la excomunión de los modernistas).

¿Por qué la Fraternidad solapó a Mons. Fellay? ¿Qué es más importante un reconocimiento canónico o la fidelidad a la doctrina? La pérdida del amor a la Verdad es la explicación a esta conducta, la Fraternidad Sacerdotal piensa que al tener la misa verdadera y los sacramentos, es suficiente para salvar sus propias almas y las de los fieles que les siguen. ¿Cómo se podrían salvar tan fácilmente las almas si se les ha obligado, bajo pena de expulsarlos de sus capillas, a tolerar el cambio de doctrina y aceptar el modernismo? Es acaso voluntad de Dios que se negocie la fe y Doctrina con tal de no ser perseguidos? ¿No fue Nuestro Señor mismo condenado injustamente por Caifás y el Sanedrín por testificar ser Hijo del Dios vivo y que no se retractaría de la Doctrina que Su Padre le mandó enseñar? Aceptar la nueva doctrina del modernismo, el nuevo magisterio de los papas modernistas (desde Juan XXIII hasta Francisco), la misa nueva como válida y lícita y el Código de Derecho Canónico, aceptar eso, ¿no es aceptar toda la herejía modernista?

Para lograr de nuevo una buena distinción entre la Iglesia Católica y la Iglesia Conciliar u Oficial, recordemos las palabras de Mons. Lefebvre:

Mons. Lefebvre en Ecône durante una conferencia dada a sacerdotes el 9 de Septiembre de 1988:
La iglesia visible es reconocida por las marcas que siempre le han dado visibilidad: Una, Santa, Católica y Apostólica. Yo pregunto: ¿Dónde están las verdaderas marcas de la Iglesia? ¿Están más evidentes en la Iglesia oficial (esta no es la Iglesia visible; es la Iglesia oficial) o en nosotros, lo que representamos, lo que somos? Claramente somos los que preservan la unidad de la Fe, que ha desaparecido de la Iglesia oficial. Estos signos ya no pueden ser encontrados en los otros… No somos nosotros los que dejamos la Iglesia, sino los modernistas. El decir “dejar la Iglesia visible,” es incorrecto el identificar la Iglesia oficial con la Iglesia visible. Nosotros pertenecemos a la Iglesia visible, a la sociedad de fieles bajo la autoridad del Papa, porque no rechazamos la autoridad del Papa, sino lo que hace…Por lo tanto, ¿es necesario dejar la Iglesia oficial? Hasta cierto punto, sí, obviamente.
Somos nosotros los que somos la Iglesia visible… Son los otros los que ya no son parte de ella. (Entrevista en Le Choc, no.  6, Paris, Francia, 1989)

La Declaración Doctrinal de Mons Fellay y de la FSSPX, pues nunca fue retractada, versa sobre la concesion en 5 puntos importantes, los cuales son la aceptacion formal de la herejía modernista:

   La promesa de fidelidad a la Iglesia y al Papa (I) (sin distinguir entre modernista y tradicional)
- La aceptación de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia en materia de fe y moral, de acuerdo con la doctrina de la sección no. 25 de Lumen gentium (II);
-          La declaración de aceptación de las doctrinas conciliares (III):
o   Sobre el Papa y el colegio de obispos (colegialidad);
o   Sobre el ecumenismo y libertad religiosa;
o   Sobre la nueva noción de Tradición y su desarrollo.
-          La aceptación de la validez y legitimidad de la Misa Tradicional y sacramentos, así como esos de editio typica de Pablo VI y Juan Pablo II (IV);
-          La aceptación del nuevo Código de Derecho Canónico (1983).


Pensar en concesiones doctrinales para muchos catolicos liberales puede considerarse algo relativo o teórico, lo cual es una manifestación de liberalismo y pérdida de la fe, aceptar como verdadera una doctrina falsa es alterar la Fe completa e íntegra, por lo cual solo hay dos opciones tanto para clérigos y fieles, o mantenerse fiel a la fe católica de siempre y seguir siendo católicos, o aceptar las innovaciones doctrinales a las que la Fraternidad San Pio X aceptó en el 2012. El fingir aceptarlas para no ser perseguido o como un acto de falsa prudencia es pecado contra el primer mandamiento. Aceptar la herejía modernista es rechazar la fe de la Iglesia Católica. Hay quienes dicen que no se meten en política o que son cosas de los superiores, eso es falso, eso es tener la actitud de Poncio Pilatos, lavarse las manos y observar como se destruye la fe verdadera pero a la vez "aprovecharse" de los Sacramentos, Misas, escuelas a costa de aceptar el modernismo.  Recordemos las palabras de Nuestro Señor: 
"Quien no me reconozca delante de los hombres, no lo reconoceré delante de mi Padre Celestial"
"Quién no esta conmigo esta contra Mí, quien no recoje conmigo, desparrama"
"No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino aquel que haga la voluntad de mi Padre"
¿Es necesario explicar a los católicos estas palabras de Nuestro Señor?


La Fraternidad San Pio X no se quedó ahí, después de expulsar o perseguir tanto a fieles o sacerdotes que significarían un estorbo para su conciencia, aceptó la jurisdicción ordinaria para el sacramento de la penitencia ofrecida por Francisco, otro acto grave, que explícitamente acepta a la Iglesia Modernista como la Católica, haber aceptado esa jurisdicción fue rechazar que exista estado de grave necesidad de la Iglesia, por lo tanto la verdadera religión católica que resiste al modernismo no tendría necesidad de existir. 
Para profundizar el tema leer aquí catalogo de concesiones de la FSSPX.

La FSSPX no rechazó la vacuna anticovid fabricada por el nuevo orden mundial con tejidos de fetos abortados, gran desgracia para el mundo, esa fue una prueba de que la fraternidad ya estaba sometida al nuevo orden mundial.

¿Qué decir de todo esto? Aquellos fieles con todavía amor a la Verdad, deben apartarse por amor a Dios y a la Iglesia de congregaciones comprometidas con el modernismo como la FSSPX, FSSP, IBP, y esperar con la Esperanza de los hijos de Dios, manteniendo, defendiendo, protegiendo la fe, la cual nos ha sido heredada con el precio de la Sangre de Nuestro Salvador, los sufrimientos de la Santísima Virgen, la sangre de nuestros mártires y de todos aquellos católicos que han permanecido fieles a Dios y a la Iglesia.
Recordemos el epitafio de Mons Lefebvre:

"Por eso me obstino, y si se quiere conocer el motivo profundo de esa obstinación, es este; en la hora de mi muerte, cuando Nuestro Señor me pregunte: ¿Que has hecho de tu episcopado y de tu gracia episcopal y sacerdotal? No quiero oír de su boca estas terribles palabras: Has cooperado con los demás a destruir mi Iglesia"









lunes, 29 de abril de 2024

Que el sagrado Corazón de Jesús nos ama como su Padre le ama á Él

 


El mismo día de la institución de la Eucaristía, estando todavía en el Cenáculo, Nuestro Señor dirigió á sus Discípulos una palabra admirable, salida como ardiente llama del fondo de su Corazón: «Os amo: Ego dilexi vos. Parémonos aquí un poco, y meditemos bien esta palabra. ¡Oh cuán dulcemente suena en los labios del soberano Señor del universo, del Dios de la eternidad! ¡Cuán buena y consoladora es para el alma verdaderamente cristiana! «Os amo,» dice Jesús. Si un gran rey se dignase entrar un día en la choza del último de sus vasallos para decirle: «Te amo, y he venido aquí expresamente para decírtelo,» ¡qué gozo no sentiría aquel pobre hombre! Si un Ángel del cielo ó un Santo, si la misma inmaculada Virgen María, Reina de todos los Santos, se dignase aparecerse de repente á algún pobre pecador, y decirle públicamente en presencia de todos: «Te amo; tuyo es mi corazón!» ¡qué pasmo, qué transportes no experimentaría aquel pecador!

Pues bien, ved aquí infinitamente más; ved al Rey de reyes, al Santo de los santos, al soberano Señor del cielo, bajar expresamente acá abajo para decirnos á nosotros, pobres pecadores: «Os amo:» Yo, Criador de todas las cosas; Yo, que gobierno todo el universo; Yo, que poseo todos los tesoros del cielo y de la tierra; Yo, que hago todo lo que quiero, sin que nadie pueda resistir á mi voluntad; Yo os amo! Ego dilexi vos. ¡Qué consuelo, dulce Redentor mío! ¿No hubiera sido ya demasiado decirnos: «Pienso algunas veces en vosotros: fijo mi vista en vosotros una vez al año; tengo algunos buenos designios sobre vosotros?» O o o Mas no: queréis asegurarnos que nos amais, y que vuestro divino Corazón está lleno de ternura por nosotros; por nosotros, que nada somos; por nosotros, gusanos de la tierra, criaturas ingratas que os hemos crucificado, y que tantas veces hemos merecido el infierno! Pero ¿Cómo nos ama el adorable Corazón del Salvador? Escuchad: Sicut dilexit me Pater; los amo como me ama mi Padre; os amo tan de Corazón, con el mismo amor con que mi Padre me ama á Mí. ¿Y cuál es ese amor con que Dios-Padre ama á su Hijo? Es un amor que reúne cuatro grandes cualidades; cualidades que se hallan por consiguiente en el amor que Jesús nos tiene.

Es ante todo un amor infinito, es decir, sin límites y sin medida: amor incomprensible é inefable; amor tan grande como la esencia misma de Dios. Medid, si podéis, la extensión y grandeza de la divina Esencia, y mediréis la del amor del Padre á su Hijo Jesús; solamente entonces podréis medir la grandeza y extensión del amor que nos tiene Jesús. En segundo lugar, el amor del Padre á su Hijo es eterno. La eternidad es la duración invariable, inmutable; la duración perpetua, sin principio ni fin. 

¡Oh Jesús, Verbo eterno! bien merecéis este amor, que compensa «leí todo las defecciones de vuestras criaturas, ya rebeldes, ya simplemente débiles, tibias, inconstantes. Pues bien, con ese mismo amor eterno con que Jesús es amado de su Padre, nos cabe la dicha de ser amados de Jesús; porque, es preciso no olvidarlo, en su Encarnación, aunque hombre verdadero, continúa siendo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Persona eterna del Unigénito de Dios. Jesucristo, pues, nos ama con amor verdaderamente eterno. No bastará la eternidad para devolver amor por amor, un amor sin fin por un amor eterno. ¿ Y qué hacemos nosotros en el tiempo? ¿Amamos á Jesucristo? ¡Ay! ¡cuán ingratos somos perdiendo este precioso tiempo, semilla de la eternidad, en amar la tierra y sus bagatelas! En tercer lugar, el amor del Padre celestial á su Hijo es universal, es decir, que llena todos los corazones del cielo y de la tierra. Llena el cielo; pues el Padre ama á Jesús con todos los Ángeles y Bienaventurados. 

Llena la tierra; porque ama también á Jesucristo en unión de los corazones de todos los fieles. En efecto, ¿Qué es en el fondo ese divino amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, sino el amor sustancial y personal, el Espíritu de amor, el Espíritu Santo? Con este mismo amor me ama mi Salvador. E se mismo Espíritu es el que á todos se nos ha dado, y el que difunde ese amor en nuestros corazones. Jesús me ama por el corazón y en el corazón de la Santísima Virgen, de San José, de cada uno de sus Ángeles y Santos. ¡Qué inmensidad! Me ama por el corazón y en el corazón de todos los miembros de su Iglesia, comenzando por el Papa, por mi Obispo, por todos los sacerdotes que aman y cuidan de mi alma, por todos mis bienhechores. Más aún: por un efecto de este admirable y universal amor, prohíbe á todos los hombres, bajo pena de pecado y de condenación, que dañen á mi alma, á mi cuerpo, á mi reputación y á mis bienes; y además de esto les manda que sean verdaderamente hermanos míos, amándome como á ellos mismos. ¿Es posible llevar más lejos la solicitud del amor?  Así, como dice San Agustín, < el cielo y la tierra, y todo lo que contienen, no cesan de decirme que debo amar á mi Dios.»  ¡Dios amándome en todas partes; y yo, ingrato, ofendiéndole en todas! ¡Ah! no lo permitáis ya más, bondadosísimo Salvador, antes bien haced que os ame y bendiga siempre.

Finalmente, el amor que el Padre tiene al Hijo es esencial y total, es decir, un amor de todo su sér. Este divino Padre ama á su Hijo Jesús con todo lo que es, siendo todo amor para con El. El amor que Jesucristo se digna tenernos es igualmente un amor esencial, un amor total, pues nos ama con todo lo que es y con todo lo que tiene. Su divinidad, su humanidad, su alma, su cuerpo, su sangre, todos sus pensamientos, palabras y acciones; sus privaciones, humillaciones y sufrimientos; su vida y su muerte; sus méritos y su gloria; todo en El está empleado en amarnos.

Pero, sobre todo, emplea en amarnos su sagrado Corazón, como lo ha declarado á muchos Santos, en particular á Santa Brígida, cuyas revelaciones gozan de gran crédito en la Iglesia, diciéndole que en la cruz aquel Corazón adorable se había abierto bajo la presión del dolor y del amor. «Mi Corazón, le dijo Jesús, estaba sumido en un océano de sufrimientos.

Vi á mi Madre y aquellos á quienes yo amaba bajo el peso de la aflicción: mi corazón se partió bajo la violencia y el esfuerzo del dolor, y entonces fue cuando mi alma se separó de mi cuerpo.» ¡Gran Dios! y por mí se cumplieron estas divinas maravillas; yo indignísimo pecador, soy el objeto de aquel exceso1 de que hablaban Moisés y Elías con Jesús glorificado en el Tabor! ¡Jesús me ama con el mismo amor con que le ama su Padre, amor infinito, eterno, universal, esencial! ¿Cuándo, pues, abriré los ojos para no perder de vista el amor que me tiene mi Salvador? ¿Cuándo amaré con todo mi corazón á este buen Jesús, que se digna amarme tanto, y que para estar todavía más seguro de obtener mi corazón, me promete una eternidad bienaventurada, si consiento en devolverle amor por amor? Y como si esto no bastase, me amenaza con el fuego eterno del infierno si rehusó amarle. ¡Oh Jesús! de hoy más quiero amaros como Vos me amais: totalmente, sin restricciones, con todas veras, con todo mi corazón. Tened piedad de mi flaqueza, que me hace desfallecer tan á menudo en este querer mío, no obstante ser muy sincero. Ayudadme Vos, Virgen Santísima, á ser en lo sucesivo constante y enteramente fiel á vuestro divino Hijo.





martes, 16 de abril de 2024

NOCIONES DE HISTORIA DE ESPAÑA (EDAD MEDIA 3a Parte)

 


España goda

P. ¿Cómo acabó la dominación romana en España?

R. Con la venida de los bárbaros del Norte (1) el año 409 de la Era cristiana, que se apoderaron de España, estableciéndose de este modo: los suevos, en Galicia y León; los alanos, en Portugal y Extremadura; los vándalos, en Andalucía, y el resto de España continuó en poder de los romanos hasta el año 416, en que vinieron los godos.

P. ¿Quiénes eran los godos y por qué vinieron a España?

R. Los godos, o más propiamente, visigodos, como los suevos, alanos y vándalos, eran originarios del Norte. Vinieron desde Italia, donde fueron a establecerse, porque habiendo recibido una ofensa del emperador Honorio, se volvieron contra él y lo derrotaron; hicieron las paces casando a Honorio a una hermana suya con Ataulfo, rey de los godos, comprometiéndose el emperador a reconocerse como señor de los pueblos que conquistara en España, además de no ponerle obstáculos para ello.

P. ¿Cuántos reyes godos hubo en España en el siglo V?

R. Siete: Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodoredo, Turismundo, Teodorico y Eurico.

P. ¿Quién fue el primer rey godo de España?

R. Ataulfo, vino como conquistador; mas habiéndose establecido en Barcelona, después de conquistar algunos pueblos, le agrado mas la paz, y por esta causa le asesinaron sus belicosos soldados el mismo año 416, suponiéndole cobarde o vendido al emperador de Roma.

Los asesinos de Ataulfo pusieron en el trono a Sigerico, que también fue asesinado a los pocos días, porque, como su antecesor, gustaba de la paz.

(1) La palabra bárbaro significa para los romanos y griegos extranjero, o sea persona no sujeta al imperio

romano ni griego; pero los que invadieron a España estaban tan poco civilizados, que ahora la palabra

bárbaro es sinónimo de inculto y salvaje.


P. ¿Qué me dice V. de su sucesor Walia?

R. Era más político que sus antecesores, y conociendo el espíritu de los soldados godos, declaró la guerra a los romanos, con quienes hizo la paz al poco tiempo, llevando sus armas contra los suevos, alanos y vándalos, de quienes se hizo respetar. Murió el año 419.

P. ¿Quién fue el sucesor de Walia?

R. Teodoredo: vivió en paz algunos años, después de haber sostenido la guerra con romanos y vándalos, hasta que hubo de oponer resistencia al feroz Atila, que con un formidable ejército se adelantaba por Francia, pretendiendo conquistar Europa.

Aliáronse contra Atila los godos, los romanos y los francos; y encontrándose los ejércitos en los Campos Cataláunicos, en Francia, dieron una gran batalla el año 453, en la que Atila fue vencido y Teodoredo muerto.

P. ¿Quién subió al trono a la muerte de Teodoredo?

R. Su hijo Turismundo, quien derrotó a Atila en otra batalla. Al año siguiente de ser proclamado rey, 454, cayó enfermo, y estando en la cama, le hicieron asesinar sus hermanos acusándole de soberbio y cruel.

P. ¿Quién reinó en España después de Turismundo?

R. Teodorico, su hermano y asesino. Reinó doce años con suerte adversa, sin tener día de paz, y al fin murió asesinado por su hermano Eurico el año 466.

P. ¿Quién fue el sucesor de Teodorico?

R. Su hermano Eurico. Fue hombre de mucho valor e ingenio; venció a los romanos, arrojándolos de España; hizo compilar las leyes godas, y su reinado ocuparía un lugar preferente en la historia, si pudiera borrarse de ella el asesinato de su hermano y la persecución que hizo a los cristianos. Murió el año 484.

P. ¿Cuántos y quiénes fueron los reyes godos del siglo VI?

R. Diez: Alarico, Gesaleico, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Aguila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo y Recaredo I.

P. ¿Qué me dice V, de Alarico?

R. Era hijo de Eurico: gobernó con acierto y sin alterar la paz de sus estados hasta que Clodoveo, rey de Francia, le provocó a una guerra por cuestión de religión: en ella murió Alarico a manos de Clodoveo el año 506, perdiendo los godos el territorio que dominaban en Francia.

P. ¿Quién reinó en España después de Alarico?

R. Gesaleico, hijo bastardo de Alarico, se hizo proclamar rey a la muerte de su padre, usurpando los derechos de Amalarico, hijo legítimo; más el abuelo de éste, rey de Italia, defendió sus derechos, enviando a España un ejército, y en una batalla cerca de Barcelona murió Gesaleico el año 511.

P. ¿Qué noticias hay del reinado de Amalarico?

R. Fue puesto en el trono en su menor edad, y el gobierno confiado a un noble llamado Teudis. Casó luego con una princesa cristiana, hija de Clodoveo, rey de Francia, en cuyo matrimonio hubo serias disensiones, porque esta princesa no quiso abrazar el arrianismo, que era la religión de Amalarico. Este fue tan injusto con su mujer, que además de maltratarla, no le permitía ejercer el culto católico, por cuyo motivo le declaró la guerra a Francia, y cerca de Barcelona fue vencido y muerto el año 531.

P ¿Quién heredó el trono de Amalarico?

R. Teudis, el noble que gobernó en la menor edad de Amalarico, fue proclamado rey en pago de sus virtudes. Los francos le declararon la guerra injustamente, derrotándole muchas veces, entrándose hasta Zaragoza. Apurando sus recursos, pudo Teudis reunir un ejército capaz para oponer resistencia al franco, y alcanzando en una retirada, le obligó a dejar el botín, vengándose además de las ofensas que había recibido. Gobernó con acierto, y no se sabe por qué causa le asesinó en su mismo palacio un hombre que se fingía loco, el año 548. Antes de morir se arrepintió de sus pecados y perdonó a su asesino.

P. ¿Qué recuerdos dejó el reinado de Teudiselo y Agila?

R. Teudiselo fue nombrado rey por su valor y por la nobleza de su linaje; pero sus electores se equivocaron, porque todo el valor de este rey se convirtió en libertinaje y crueldad; reino poco más de un año, y fue asesinado por los suyos el año 549.

Agila era, como su antecesor, de costumbres relajadas, y en su corto reinado no tuvo días de paz; se levantaron en contra el todos sus pueblos, encerrarse en Mérida y allí murió asesinado el año 554.

P. ¿Qué ocurrió después de la muerte de Aguila?

R. Atanagildo, que ayudó a destronarle, fue proclamado rey de los godos sin contradicción. Hizo armas contra los romanos, siéndole variable la suerte.

Cuentan como cierto que se hizo católico, si bien no lo hizo público por no alterar los ánimos de su gente. Murió en Toledo el año 567.

P. ¿Quién fue el sucesor de Atanagildo?

R. Liuva I, hombre de gran experiencia, fue proclamado rey después de cinco meses de indecisión y anarquía; mas era tan poco ambicioso, que el segundo año de su reinado abdicó en su hermano Leovigildo, quedando el gobernador la Galia gótica, hasta que murió el año 572.

P. ¿Qué me dice V. del reinado de Leovigildo?

R. Nombrado rey por su hermano Liuva, el año 567, dejo su residencia en Toledo; muerto su hermano, quedó dueño de la Galia gótica. Sostuvo y ganó varias batallas importantes: una contra los romanos, otra contra su hijo San Hermenegildo, que por haberse hecho católico fue encerrado y muerto en un calabozo por orden de su padre. Los francos quisieron vengar la muerte de este príncipe, pero fueron vencidos; también fueron vencidos y arrojados de España los suevos.

Modificó las leyes, protege la agricultura, las ciencias y las artes.

Este rey fue el que eligió como insignias reales el manto, cetro y corona.

Después de la guerra que hizo al catolicismo, se arrepintió y antes de morir puso en trono a su hijo Recaredo, aconsejando que abrazara la religión cristiana, dándole como director espiritual a San Leandro. Murió en Toledo el año 586.

P. ¿Cómo cumplió Recaredo I los consejos de su padre?

R. Hizo grandes estudios, sostuvo polémicas con los arrianos y al fin se hizo católico. Como está prohibido que se imponga el catolicismo por forzar la voluntad de la nación, se valió de la predicación de la caridad y de la justicia; tanto admiró su prudencia, que los pueblos se mostraron propicios a seguir la religión de un rey muy bondadoso; y llegado a este punto, reunió un concilio en Toledo, y todas la provincias juraron el catolicismo el año 589. Conspiraron contra él algunos nobles arrianos; pero el rey aplacó esta sedición, venció a los francos en una guerra que contra ellos sostuvo, y después de quince años de reinado, en que demostró su valor, prudencia y justicia, murió en Toledo el año 601.

P. ¿Qué reyes godos hubo en España en el siglo VII?

R. Catorce: Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Chintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio y Egica.

P. ¿Quién reinó en España después de Recaredo I?

R. Su hijo Liuva II, quien, a pesar de haber heredado las virtudes de su padre, fue asesinado el segundo año de su reinado por unos generales, llamado Witerico, que ambicionaba hacerse rey, consiguiéndolo con la muerte del joven Liuva, ocurrida en el año 603.

P. Witerico, ¿fue respetado después de su crimen?

R. Con ayuda de sus parciales se hizo rey, pero expió su crimen en sus seis años de reinado, viéndose siempre rodeado de adversidades, y al fin murió asesinado y arrastrado por las calles de Toledo el año 610.

P. ¿Quién heredó la corona a la muerte de Witerico?

R. Por voto de los nobles fue elegido rey Gundemaro, noble y virtuoso príncipe, quien murió el año 612, segundo de su reinado, después de sofocar una rebelión de los navarros y ganar una batalla a los romanos.

P. ¿Qué recuerdos dejó el reinado de Sisebuto?

R. Era varón ilustre y acreditado por sus dotes de valor, prudencia y talento; era buen católico, pero en materia de religión cometió algunos desaciertos, como obligar a bautizarse a todos los judíos de España, bajo pena de muerte, cuya imposición prohíbe la religión cristiana; arrojó a los griegos de las costas del Mediterráneo, ganó algunas batallas y ciudades a los romanos, construyo una armada, ejercitando a sus tropas en la navegación, protegió las artes y las ciencias y murió muy querido de los suyos el año 621.

P. ¿Quién heredó la corona de Sisebuto?

R. Su hijo Recaredo II, de cuyo reinado nada se puede decir, pues murió a los tres meses de ser elegido.

P. ¿Quién fue el sucesor de Recaredo II?

R. Suintila, esforzado guerrero durante el reinado de Sisebuto, fue nombrado rey, y solo con la fama de su valor apaciguó a los navarros, que nuevamente se habían alborotado. Venció también a las tropas romanas y tuvo bajo su poder a toda la península, lo que ningún godo pudo lograr hasta él.

Para asegurar sus sucesión, puso en el trono como compañero suyo a su hijo Rechimiro; los nobles no aprobaron esta medida, pues tenían costumbres de elegir rey de su gusto; pero mas les desagrado el que Suintila se abandonara en brazos del vicio, y así no pararon hasta arrojarlo del trono, el año 631.

P. ¿A quién pusieron los nobles en el trono cuando arrojaron a Suintila?

R. Aunque los ánimos andaban divididos fue elegido Sisenado, que fue quien dirigió la rebelión contra Suintila. Reunió un concilio en Toledo con pretexto de reformar las costumbres eclesiásticas; pero en realidad su objeto no fue otro que hacerse más fuerte en el poder, declarando a Suintila indigno de ocupar el trono.

En este concilio se confirió a los prelados y nobles el derecho de elegir sus reyes. Este reinado fue feliz y de paz. Sisenado murió en Toledo el año 636.

P. ¿Qué me dice V. del reinado de Chintila?

R. Elegido por los prelados y nobles, según las leyes hechas en el anterior reinado, fue bien querido de los suyos, de carácter pacifico y buen cristiano.

Murió al poco tiempo de ser elegido en Toledo el año 640.

P. ¿Quién fue nombrado rey después de Chintila?

R. Tulga: reinó solos dos años, dejando muy buena impresión de su paso por el poder, pues, aunque joven, demostró muy buenas disposiciones para gobernar.

Murió el año 642.

P. ¿Quién reinó en España después de Tulga?

R. Chindasvinto, que tenía a su cargo la gente de armas, se hizo rey sin que los nobles se atreviesen a oponérsele. Aunque ocupó el trono de un modo violento, luego fue rey prudente y bondadoso. Para asegurar su sucesión asoció al mando a su hijo Recesvinto, quien fue el verdadero rey en los tres años que aún vivió su padre: éste murió el año 652.

P. A Recesvinto, ¿le fue disputado el trono?

R. No; continuó reinando en paz hasta que murió el año 672, dedicándose a labrar la riqueza y felicidad de España con leyes sabias y protegiendo todo lo bueno.

P. ¿Quién fue el sucesor de Recesvinto?

R. Wamba, hombre principal, privado de los reyes anteriores, diestro en las armas y de mucho talento, fue elegido rey; pero, fundándose en muchos años y como era muy modesto, no quiso aceptar la corona; mas no habiendo otra persona de tan buenas prendas, los nobles le obligaron a que la aceptara, amenazándole con la muerte, y por fin se decidió a gobernar el reino. En honor de España sostuvo tres guerras contra los francos, navarros y sarracenos, de los cuales salió victorioso: uno de sus generales se sublevó con un ejército, pretendiendo hacerse rey, pero le salió al encuentro y le hizo prisionero.

Cuidó mucho de hermosear y fortificar el reino, y gracias a su esfuerzo y prudencia empezó a florecer la riqueza en España. Un cortesano llamado Ervigio le dio a beber un narcótico; y como le creyeran muerto, le cortaron la cabellera y la barba, poniendo hábito de monje; cuando Wamba volvió de su letargo y se encontró con aquellas vestiduras, se retiró a un convento el año 680.

P. ¿En quien recayó la corona de Wamba?

R. Ervigio, aunque adquirió el reino malamente por el narcótico que dio a Wamba, gobierno bien ; modero los tributos que pesaban sobre sus pueblos, y al fin hizo lo que pudo para borrar la mala idea que de él pudiera tener el pueblo por las malas artes con que subió al trono. Murió en Toledo el año 687.

P. ¿Quién fue el sucesor de Ervigio?

R. El mismo Ervigio, un día antes de morir, nombró rey a su yerno Egica, que vengó algunas ofensas hechas a su tío el rey Wamba: refrenó algunos alborotos, entre ellos la sedición de los judíos, que no solamente iban contra el rey, sino contra la religión cristiana. Fue prudente y justiciero: murió el año 701.

P. ¿Qué reyes godos hubo en el siglo VIII?

R. Dos: Witiza y Rodrigo, en quien terminó la monarquía goda.

P. ¿Cómo gobernó Witiza sus estados?

R. Este rey, hijo de Egica, empezó a reinar dando pruebas de talento y de buenos instintos; pero, entregándose luego a toda clase de vicios, concluyó por ser una verdadera calamidad para España.

Sin otro fundamento que su capricho, y por si algún día le disputaban la corona, mandó a perseguir a los príncipes de sangre real; asesinó a D. Favila, padre de D.  Pelayo, y a este le persiguió de muerte; mandó sacar los ojos a Teodofredo, hermano de don Favila y padre de D. Rodrigo, a quien también persiguió, y fue de torpeza en torpeza, hasta que D. Rodrigo le arrojó del trono el año 709. El fin de este rey no se sabe cual fué; supónese que Rodrigo le mandó sacar los ojos y encerrarlo en un calabozo en Córdoba.

P. ¿Qué memoria dejó D. Rodrigo?

R. Es sin duda quien más daño ha hecho a España; habiendo podido ser un rey poderoso, fue quien arruinó la monarquía goda.

Había en España muchos príncipes que aspiraban al trono, como les sucedía a los hijos de Witiza, y unidos a los descontentos que produjo la mala conducta del rey, fraguaron una conspiración; más no considerándose fuertes para destronar a D. Rodrigo, se coligaron con los árabes, a quien permitió la entrada en España el ofendido conde D. Julian, que gobernaba las Andalucías.

P. ¿Cómo invadieron los árabes la península?

R. No están acordes los autores; algunos lo refieren del modo siguiente: llegaron a España doce mil sarracenos a las órdenes de Tarif con objetos de probar el estado de nuestra patria, y consiguieron algunas pequeñas victorias sobre los godos, cuyo valor arrogante había desaparecido con sus deshonestidades y vicios de todo género; en vista del buen resultado, pidieron refuerzos al África y presentaron batalla al godo.

D. Rodrigo mandó tomar las armas a cuantos hombres fueron capaces de poderlas llevar, y así reunió un ejército considerable en número; pero como no estaban adiestrados en la guerra, después de tantos años de paz y mal gobierno, y la mayor parte no tenían otras armas que hondas, palos u otros objetos como estos, no era tan fuerte como parecía.

P. ¿Dónde se dio la batalla y que circunstancias hubo en ella?

R. Los dos ejércitos se avistaron a orillas del río Guadalete, cerca de Jerez, y se acometieron con igual valor, llevando los godos la mejor parte, hasta que D. Oppas, que estaba en el ejército de D. Rodrigo, se volvió contra él, y unido al conde D. Julián y otros muchos godos, empezaron a atacar por la espalda a los mismos godos, sembrando la confusión y el desorden. D. Rodrigo se mostró en esta batalla como buen capitán y buen soldado, pero no pudo evitar un desastre completo. En este día ¡de triste memoria para España! se hundió para siempre el imperio de los godos, año 711.

Las vestiduras de D. Rodrigo y su caballo se encontraron a la orilla del río, y nadie volvió a verle ni se sabe cuál fue su muerte.


lunes, 15 de abril de 2024

EL SANTO ABANDONO. CAP 14. EL ABANDONO EN LAS VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VÍA MÍSTICA

 


Artículo 1º.- Vía ordinaria o vía mística 

No hablaremos por el momento sino de la oración. y solamente con relación al santo abandono. 

¿Cuál es el fin de la oración? Por ella nos proponemos rendir a Dios nuestro homenaje; mas también hemos de buscar en ella la reforma de nuestras costumbres y el acrecentamiento de todas las virtudes, en especial de la caridad divina, con el fin de crecer en la vida de la gracia, y por consiguiente en la vida de la gloria. La oración nos encamina a este fin, mediante los actos que en ella se hacen, las gracias que se obtienen y las santas disposiciones en que nos deja. Y la mejor para nosotros será siempre aquella que de una manera afectiva y con más acierto nos conduzca a todo esto. 

El venerable P. Luis de la Puente decía, pues, con mucha razón: « El punto capital -en los caminos de la oración-, es que las almas enderecen sus meditaciones a la reforma de sus costumbres, y que estén bien persuadidas de que las luces espirituales son de muy escaso valor sin la práctica. Es, pues, necesario que se aprovechen de las gracias de la oración y de las luces que en ella reciben, para hacer cada día nuevos progresos en la virtud, para llegar a ser más serviciales, más obedientes, más dulces, más pacientes, más desprendidas de sí mismas, más amigas de los empleos bajos, más indiferentes en la estima y afecto de las criaturas, más cuidadosas de quebrantar su voluntad y de moderar la impetuosidad de sus deseos.» 

En otra parte, añade el mismo autor con el P. Baltasar Álvarez: « En fin principal de una buena oración y el mejor fruto que de ella resulta consiste en dar a Dios todo lo que nos pide, conformarnos en todo con las disposiciones de su Providencia relativas a nosotros, teniendo por un bien que nos quite la salud, el honor, los bienes y las comodidades temporales, que nos prive de sus favores o nos retire su presencia, dejándonos en las tinieblas y en los hielos del invierno; que nos entregue como presa a las tentaciones, a los temores, a las desolaciones de todo género. Nada más razonable: porque, ¿qué pretende Dios haciéndonos andar por estos duros caminos, sino conseguir por ello mayor gloria y procurar nuestro adelantamiento en la virtud? No hay duda, con tal que seamos fieles y perseverantes y no vayamos a mendigar cerca de las criaturas las consolaciones que El nos niega, y no retrocedamos ante la cruz que nos presenta.»

Rendir a Dios nuestros homenajes es el objeto primario de la oración, pero otro, que nunca debemos perder de vista, es nuestro progreso espiritual: esto es lo que ante todo debemos procurar y pedir con las más vivas instancias y de manera absoluta. Sea cualquiera la forma de nuestra oración, ahí es adonde ha de ir a desembocar: si efectivamente consigue este efecto, importa poco que sea de las más comunes; y si eso no se consigue, ¿de qué nos serviría, aun cuando fuese de las más místicas? «Estas enseñanzas -añade el Venerable P. La Puente- son tanto más necesarias -y deben recordarse- cuanto que muchas almas, aplicadas de lleno a soñar en caminos espirituales, descuidan su reforma y su adelantamiento, lo que es un verdadero engaño, y de donde se sigue que, después de muchos años de oración, han avanzado poco más que al principio de su carrera. Quizá no hay ilusión más funesta para sí misma y para los demás.» 

Dos caminos hay para llegar al fin: el camino ordinario, en que la oración no es manifiestamente pasiva, y el camino místico, en el que domina la contemplación infusa oscura, con las purificaciones pasivas. Las visiones, las revelaciones, las palabras sobrenaturales pueden o no hallarse en este segundo camino. 

¿Bastará el camino ordinario para conducimos a la santidad propiamente dicha? Bossuet declara que «sin las oraciones extraordinarias, se puede llegar a ser un gran santo»; mas se limita a afirmarlo. Según San Francisco de Sales, «muchos santos hay en el cielo que jamás tuvieron éxtasis ni raptos de contemplación, porque ¡cuántos mártires y grandes santos vemos en la historia que nunca tuvieron en la oración otro privilegio que el de la devoción y fervor!». Nadie lo dudará respecto de los mártires; en cuanto a los otros santos, el piadoso doctor sólo habla de éxtasis, pasando en silencio los grados de oración que le preceden. En los procesos de canonización, según hace notar Benedicto XIV, la Iglesia empéñase siempre en comprobar la heroicidad de las virtudes y milagros, pero «hay muchos nombres perfectos que han sido canonizados, sin que se haya tratado si tuvieron la contemplación infusa». ¿Obedece esto a que no se considera al estado místico necesario para la santidad? ¿No se funda más bien este proceder en que es imposible a veces determinar, fuera de tiempo, la existencia y grado de esta contemplación? La cuestión queda incierta en teoría, y de hecho, según el P. Poulain, un estudio histórico conduciría a esta conclusión: que «casi todos los santos canonizados» han tenido la unión mística, y en general intensa; se acostumbra a decir que no la disfrutaron, y tal afirmación es errónea respecto de algunos, y no está suficientemente probada con relación a los demás, faltando los documentos en determinados casos. 

¿Basta el camino ordinario por lo menos para conducir a una elevada perfección? En general se admite. Santa Teresa, como nadie ignora, colma de los más brillantes elogios las oraciones místicas, e invita a desearlas vivamente. No obstante, para consolar a aquellas de sus hijas que no serían elevadas a tal estado, aunque hiciesen cuanto era de su parte, les dice: «Es de suma importancia comprender que Dios no nos conduce a todos por un mismo camino, y que con frecuencia el que es más pequeño a sus propios ojos, es el más elevado en presencia del Señor. Así, por más que todas las religiosas de este monasterio se ejerciten en la oración, no se sigue que todas hayan de ser contemplativas; esto es imposible... - La que no lo es, no dejará de ser muy perfecta, a condición que cumpla fielmente lo que acabo de indicar; podrá aun sobrepujar a las otras en mérito, pues habrá de trabajar más a sus propias expensas. El divino Maestro tratándola como a un alma fuerte, unirá a la felicidad que la reserva en la otra vida todas las consolaciones que no ha disfrutado en ésta... Santa Marta fue una santa, aunque no se dice que fue contemplativa; si lo hubiera sido al modo de su hermana, abismada en una amorosa contemplación, no hubiera hallado nadie para preparar el alimento de Nuestro Señor. Puesto que es indudable que, sea por la oración mental o vocal, servimos siempre a este divino huésped, ¿qué nos importa llenar nuestras obligaciones con El más bien de una manera que de otra?» 

San Francisco de Sales usa idéntico lenguaje: «Hay personas muy perfectas, a las que nuestro Señor jamás concedió semejantes dulzuras ni estas quietudes; todo lo ejecutan con la parte superior de su alma y hacen morir su propia voluntad en la de Dios, gracias a notables esfuerzos y haciendo un llamamiento heroico a la razón; y esta muerte es en ellas la muerte de cruz, la cual es mucho más excelente y generosa que la otra.» De aquí concluye Bossuet, que «es un error hacer consistir el mérito y la perfección en el estado activo o pasivo. A Dios pertenece juzgar el mérito de las almas a quienes favorece con su gracia según las disposiciones que les inspira, y según los grados de amor divino -y otras virtudes- de sólo El conocidas». Concluyamos con el P. Álvarez de Paz: «Todos los perfectos no son elevados a contemplación perfecta, porque Dios todopoderoso tiene otros caminos para hacer perfectos y santos. En unos obra de un modo admirable por medio de las aflicciones, las enfermedades, las tentaciones y las persecuciones. Forma a otros mediante los trabajos de la vida y por el ministerio de las almas, ejercitado con las más puras intenciones. Conduce a otros a una eminente santidad, por medio de la oración ordinaria y de la mortificación en todas las cosas. Acontece a veces que uno, favorecido con grandes dones de contemplación, hállase inferior en caridad perfecta a otro que no los ha recibido.» 

El camino místico no es, por consiguiente, el único que puede conducir a una elevada perfección, pero es preciso convenir en que lleva a ella más aprisa y más fácilmente. En los Caminos de la Oración mental, «hemos puesto de manifiesto los poderosos resultados de las purificaciones pasivas, en las que Dios mismo, queriendo purificar al alma y simplificarla, obra con exquisita sabiduría que conoce el mal y el remedio, aplicando su mano poderosa, que continúa su obra a pesar de nuestras cobardías y debilidades». Hemos dicho que las oraciones místicas, sobre todo las más elevadas, están dotadas de una incomparable fuerza para iluminar el espíritu, mover el corazón, arrastrar la voluntad, y transformar nuestra vida. La contemplación infusa no es ciertamente ni la perfección ni el medio necesario para llegar a ella; sin embargo, es un maravilloso instrumento de santificación, «la escuela de las heroicas virtudes, el camino más corto y el vehículo más rápido para la perfección, una perla preciosa entre todas; tesoro tan deseable, que un sabio mercader no titubea en vender todos sus bienes por adquirirla». 

Suélese poner fácilmente como objeción los peligros de estos caminos más elevados y menos comunes; pero, «si la contemplación mística ofrece peligros que no es conveniente exagerar, la oración ordinaria tiene los suyos, que no son menos reales, y que tampoco se han de olvidar; y ya que el temor de los peligros no impide que las almas se entreguen a la meditación atraídas por sus ventajas, no hay razón suficiente para sospechar de la contemplación. Las oraciones místicas son una mina de oro, explotémosla; es cierto que ofrecen peligros, mas velemos por nuestra seguridad, sigamos con docilidad la inspiración divina, evitando con el mayor cuidado las emboscadas del enemigo. Por otra parte, la experiencia no tardará en mostrarnos que estas oraciones convienen a las almas generosas dispuestas a sufrirlo todo para unirse a Dios, y no a aquellas que están ávidas de gozar y de elevarse. El contemplativo participará con mayor frecuencia de la crucifixión del Calvario que de las alegrías del Tabor, y si tiene necesidad de ser probado y humillado, la tiene más aún de ser confortado.» 

Otra objeción es el peligro de las lecturas místicas. ¿Será el único? ¿No habrá que temer mucho más la ignorancia, las prevenciones, una especie de idea preconcebida, que cerrarían la puerta al Espíritu Santo? Suponemos, entiéndase bien, que el libro es de santa doctrina y que responde a las necesidades del alma. Y aquí aprovechamos gustosos la ocasión para decir que en los caminos de la oración es particularmente necesario un sabio director, al cual incumbe la elección de las lecturas. Entonces, este peligro provendría no del libro, sino de la misma alma, demasiado ansiosa de gozar y de elevarse. En estas disposiciones todo será peligroso para ella, no sólo las lecturas místicas, sino los libros ascéticos, las consolaciones de la oración ordinaria, y hasta la sagrada Comunión. Es esta lamentable disposición la que se habrá de condenar. 

La contemplación mística depende ante todo del beneplácito divino. «No está Dios obligado -dice Santa Teresa- a distribuirnos en este mundo esas gracias sin las que nos podemos salvar. Distribuye sus favores cuando le place: Dueño de sus bienes, los puede así comunicar sin ofensa de nadie.» «Perfectos hay -dice Álvarez de Paz- a quienes Dios rehúsa este don, a causa de su temperamento poco acomodado para la contemplación... a otros para humillarlos, por el riesgo que corren de estimarse a sí mismos y enorgullecerse con estos brillantes favores; a otros en fin, para realizar disposiciones secretas de su Providencia, que no nos es dado conocer.» Empero, no se ha de exagerar el alcance de esta observación, porque, en sentir de Santa Teresa, «nada desea Dios tanto como hallar a quien dar, y sus dones no aminoran sus riquezas». Por el contrario, cuando más da más se enriquece; ¿acaso no es éste para El el medio más excelente de hacerse conocer, amar y servir? 

Sucede con los dones místicos lo que con cualquier otra gracia; Dios la concede liberalmente, pero «como El quiere y conforme a la disposición y cooperación de cada uno». A nadie debe gracia tan inestimable, por bien preparado que se halle. De ordinario, espera que el alma esté suficientemente purificada y rica ya de virtudes, sin ser aun del todo perfecta. Cuando ella se abre por completo mediante una generosa preparación y una fiel correspondencia, la luz y el amor se precipitan en ella a grandes oleadas, entrando con menor abundancia si el alma se abre sólo a medias. Por consiguiente, siendo en todo la contemplación una gracia, depende en gran parte del celo que se despliegue para disponerse y corresponder a ella: Más adelante diremos que Dios mismo acaba de disponer al alma cuando a El le place por medio de las purificaciones pasivas. La preparación de que aquí hablamos proviene de nuestra iniciativa, mediante el socorro ordinario de la gracia. Consiste, según dejamos dicho en otra parte: 1º En suprimir los obstáculos, reforzando la cuádruple pureza de conciencia, de espíritu, de corazón y de voluntad tan necesaria para toda oración; En disponer positivamente el alma, haciendo de ella un santuario silencioso y recogido, embalsamado con todas las virtudes. Le es necesaria la fe viva, la confianza y el amor; y esto no lo alcanza sin una medida proporcionada de renunciamiento, de obediencia y de humildad. Y naturalmente, más adelantado debe uno hallarse en estas virtudes para la contemplación que para la oración ordinaria. 

Es la doctrina que nuestro Padre San Bernardo no cesa de inculcarnos. Citemos tan sólo el pasaje en que explica estas palabras del Cantar de los Cantares: «Lectulus noster floridus.» «Vos también deseáis, quizá, dice, este reposo de la contemplación, y hacéis bien; sólo que no habéis de olvidar las flores que adornan el lecho del Esposo. El ejercicio de las virtudes ha de preceder al santo reposo, como la flor debe preceder al fruto». Abnegad vuestra propia voluntad, porque si vuestra alma está cubierta de la cicuta y de las ortigas de la desobediencia, ¿podrá darse todo a vos Aquel que amó la obediencia hasta el punto de morir antes que dejar de obedecer? Yo no puedo comprender a algunos de entre nosotros: nos han turbado por su singularidad, irritado por su impaciencia, despreciado por su obstinación: molestan sin cesar a sus hermanos y hieren la concordia, mas aún tienen «la desvergüenza» de invitar con incesantes ruegos al Dios de toda pureza a tomar reposo en su alma manchada. «Vuestro lecho no es florido, huele mal. Comenzad por purificar vuestra conciencia de toda levadura de ira y de disputa, de murmuración y de envidia. Apresuraos a arrojar de vuestro corazón todo cuanto conozcáis contrario a la paz con vuestros hermanos, a la obediencia para con vuestros superiores. Rodeaos en seguida de flores de todo género de buenas acciones, de buenos deseos, perfumados con los suaves olores de las virtudes. Pensad, practicad todo lo que es verdadero, todo lo que es casto, todo lo que es justo, santo, amable, de buen nombre, todo lo que es virtud y disciplina. Entonces podréis llamar al Esposo con confianza, y decirle con toda verdad: "Nuestro lecho es florido, pues sólo respira piedad, paz, mansedumbre, justicia, obediencia, santa alegría y humildad". Así, pues, los aún novicios en la vida espiritual han "de besar los pies al Salvador", regarlos con las lágrimas de su arrepentimiento. Los que trabajan penosamente en la adquisición de las virtudes "besen las manos del buen Maestro"», y llámenle humildemente en su ayuda; es preciso que aun adoren temblando, que se hagan del todo pequeñas, y el Maestro infinitamente sabio tendrá cuidado de humillarlas antes de elevarlas, y de humillarlas aun después de haberlas elevado. «Porque es necesario que, quien aspira a tan valiosos favores, tenga de sí bajos sentimientos... Cuando veáis que os humilla, es prueba de la proximidad de la gracia... si sabéis sufrirlo todo en silencio y con alegría por Dios.» 

La contemplación mística, en opinión de Santa Teresa, es un convite general al que Nuestro Señor nos invita a todos. Les es, pues, ofrecido y como prometido a las almas de buena voluntad; lo dará a las que se preparen a él por un completo desasimiento, una perfecta humildad, y la práctica de las otras virtudes, y a los que, lejos de detenerse en el camino, marchan con ardor siempre nuevo hacia el feliz término de sus deseos. La Santa exige sobre todo «humildad, humildad, puesto que por ésta se deja vencer el Señor y cede a todos nuestros deseos». Sin duda, esta oración es sobrenatural, y Dios, dueño siempre de sus bienes, no nos conduce a todos por un mismo camino. Sin embargo, « sea el alma humilde y despegada de todo, pero que lo sea de verdad, y no de pura imaginación que con frecuencia engaña, y el divino Maestro le concederá, sin duda, no sólo esta gracia, sino muchas otras también que sobrepasan sus deseos». San Juan de la Cruz tiene idéntico modo de pensar. 

De hecho, por poco que se hojeen los Exordios de Císter, nuestro Menelogio y los Sermones de nuestro Padre San Bernardo, se llega pronto al convencimiento de que la mística ha tenido magnífico desarrollo en nuestra Orden durante muchos años y siglos. Otro tanto sucedió entre los hijos del Pobre de Asís, en el Carmelo, en la Visitación, y en todas las familias religiosas, mientras han conservado el fervor primitivo, especialmente entre las contemplativas y de vida claustral. Santa Teresa afirma que apenas había en sus casas una religiosa que marchase por los caminos de la meditación; las otras, son todas elevadas a la contemplación perfecta. Declara Santa Juana de Chantal que «el atractivo casi general de las Hijas de la Visitación es por una secillísima presencia de Dios y un entero abandono»; lo que no es ya de la oración ordinaria, y lo cual no es de extrañar, dado que el medio ambiente era ideal. Mas declara Scaramelli después de treinta años de misión, «que ha encontrado por todas partes algunas almas a las que Dios conducía por estos caminos místicos a una elevada santidad». En nuestros días, como en los siglos pasados, la experiencia demuestra que Dios se ha reservado no pocas almas a las que favorece con sus más preciosos dones; las hay hasta en el mundo, y en las comunidades religiosas. Esto no lo alcanzará la mayoría de las almas; la muchedumbre quedará siempre en el valle, un buen número subirá las primeras pendientes, y sólo una parte escogida ganará las cumbres. La oración mística será, pues, muy rara en sus grados superiores, pero en sus primeros escalones lo es mucho menos de lo que comúnmente se cree. Tanto más, cuanto que muchas almas son contemplativas sin saberlo su confesor, y hasta sin sospecharlo ellas mismas: «Son éstos, según expresión de Bossuet, los juegos maravillosos de la divina Sabiduría que oculta a las almas lo que les da, y que les hace buscar la contemplación que ya poseen.» 

Debiera, empero, el estado místico ser harto más frecuente. Son numerosas las almas que Dios querría conducir allí y se quedan en mitad del camino. Algunos podrían decir con el enfermo del Evangelio: «Hominem non habeo»; no tengo quien me introduzca en la piscina, y hasta encuentro quienes me impiden entrar en ella. Otras están retenidas por la fatiga, la agitación, los escrúpulos; pero la mayor parte no aprecian esta perla preciosa en su valor, no han hecho lo necesario para conseguirla, no han cultivado suficientemente la abnegación, la obediencia, la humildad. Esta es la causa principal de que no haya más contemplativos. Con razón decía Santa Catalina de Bolonia: «Si hoy se hallase una Magdalena que amase a Dios con más ardor que la del Evangelio, Dios también le correspondería con más amor y le concedería dones más excelentes; si existiera un Francisco que abrazase por El más sufrimientos que San Francisco de Asís, le colmaría de más numerosos y preciados favores; si hubiese una Clara que por su santidad fuese más agradable a Dios que Santa Clara, la enriquecería de gracias más preciosas.» 

De esta exposición dimanan las conclusiones siguientes: No estamos obligados a desear el estado místico, y Dios tampoco lo está a dárnoslo, porque no constituye la perfección, ni el único camino para llegar a ella. 

Tenemos legítimo derecho a desearlo y pedirlo hasta con instancias, por la sobreabundancia de luz y de amor, por el aumento de fuerza que nos proporciona. Es muy bueno tenerlo a la vista, aunque sólo fuese como un ideal lejano, pues sería poderoso estimulante de nuestra actividad espiritual. 

Hemos de disponemos a él, porque, en definitiva, la preparación que de nosotros depende, no es otra cosa sino el fiel cumplimiento de los deberes diarios y la práctica de la mortificación cristiana; y esto se impone a toda alma cuidadosa de su adelantamiento espiritual. No ha de ser nuestro deseo afanoso ni quimérico, ya que cada cosa ha de venir a su tiempo; es necesario arrostrar los duros combates de la vía purgativa y los prolongados trabajos de la vía iluminativa, antes de gustar el reposo de la vía unitiva. Seria una deplorable ilusión descuidar la lucha y el progreso, acariciando la idea de llegar a la contemplación sin ejecutar con celo y sin demora lo que constituye su preparación necesaria. 

Por legítimo que sea nuestro deseo, ha de regularse por la humildad y el abandono. Un alma humilde se juzga indigna de tan encumbrado favor, no se sentirá herida de estar privada de él durante largo tiempo, ni de estarlo para siempre. Con el abandono se hace indiferente por virtud, hasta para una cosa tan deseable cual es la contemplación; no la pretende sino en cuanto Dios la quiere para nosotros, y así se conserva en el orden y la paz, y en caso de falta de éxito se evita la tristeza y el desaliento. 

Deseemos el progreso en la oración, puesto que es un poderoso medio. Deseemos aún con mayor ahínco el progreso en la virtud, puesto que es el fin. Pongamos nuestra solicitud y esfuerzo en hermosear nuestra morada interior, en adornarla con todas las virtudes, en vivir allí con Dios en el silencio y la vida de oración; y, aun suponiendo que nos las rehusase para santificarnos por otro camino, siempre nos quedará como premio de nuestros esfuerzos un rico acrecentamiento de gracia y de gloria. ¿No es esto lo esencial?

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