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miércoles, 3 de abril de 2019

Alberto Barcena Expone el Gnosticismo y Luciferismo de la Masoneria


Gran mal de nuestro tiempo, la única salida para revertir tan gran mal es el rezo del Santo Rosario. Como dijo Nuestra Señora en Fátima: "No esperen un llamado a la penitencia ni a la conversión de la jerarquía eclesiástica.

sábado, 30 de marzo de 2019

ESPOSA CRISTIANA: El espíritu de sacrificio



  EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO
  El sacrificio, esposa cristiana, es la sumisión y abnegación llevadas a sus últimos límites.  Es esa disposición de ánimo que nos fuerza a inmolar sobre el ara del corazón nuestro parecer, preferencias, comodidades, salud y hasta la vida, tratándose del cumplimiento del deber para conseguir la felicidad del prójimo y hacernos agradables a Dios.

  La mujer fuerte y cristiana, al contrario de tantas mujeres de cálculos mezquinos e ideas egoístas, que retroceden ante el sacrificio o se resignan de mal grado, no vacila en abrazarse a esta cruz, útil para la gloria de Dios y bien de la familia y de la sociedad.

  Para la mujer católica no existen los sacrificios forzosos, puesto que los suyos, o son voluntarios o los acepta con gusto; y todos, por lo mismo, le resultan meritorios para el cielo. Así que siempre tiene a Dios de parte suya,  y consigue de la bondad infinita los favores que demanda.

  ¡Ah, cuánto ama el Señor a esas almas, adornadas del espíritu de sacrificio! Las considera como a imagen de su Hijo amadísimo que no vino a la tierra sino con el fin de sacrificarse, y reconoce complacido que bien puede contar con ellas para completar la obra de la Redención.

  Examen.- ¿Estoy habituada a la idea de que mi misión en este mundo es una misión de sacrificio? ¿Reconozco que debo sacrificarme por Dios, por mi esposo y por los míos? ¿Tengo aversión a sacrificarme y murmuro al tener que someterme? ¿Olvido que para que sean meritorios los sacrificios debo aceptarlos generosamente? ¿Me doy cuenta que Dios, al imponérmelos, me concede los recursos y fuerza necesarios para sobrellevarlos, y que me los aligera y me dice: “Mi yugo es suave y mi carga ligera?” ¿He de desanimarme por las cargas de familia y de los hijos que el cielo me otorga?

  La vida es un manantial de sacrificios. Las contrariedades y el dolor, son nuestros inseparables compañeros, en todos y cada uno de los estados, pero más particularmente en el matrimonio.

  El Señor tiene medios de castigar nuestras debilidades o nuestra falta de conformidad, por eso es absolutamente necesario que nos abracemos a la cruz del sacrificio y la llevemos en pos de Nuestro Señor Jesucristo abnegadamente, y no arrastrándola, pues la carga sería más gravosa y pesada.

  ¿No lleva Él la mayor parte de la misma, dejándonos tan sólo  a nosotros la parte más ligera? No consiste la felicidad de este  mundo en esquivar el sacrificio, sino en sobrellevarlo con varonil constancia.

  Advierte, por otra parte, que no pesan únicamente sobre ti los trabajos de familia. También le toca una muy buena porción a tu esposo.

  Decídete, por lo tanto,  a aceptar los sacrificios que se te exigen.
  ¿Espero una vida cómoda, fácil, agradable,  colmada de satisfacciones y de goces? ¿He tenido valor para culpar a alguno de los míos, y aun tal vez a mi esposo, de causantes de todos mis sacrificios?

  ¿He comparado mi vida con la de tal o cual persona, que se me figura mucho más feliz que yo? Quizás mientras así la juzgo, viendo las apariencias, sufre ella mucho más. ¿Procuro unir  mis sacrificios a los del Señor, para aligerarme el peso y endulzar su amargura?

  Mujer cristiana, puesto que deseas cumplir tus obligaciones de esposa y de madre, no te niegues al sacrificio. Sopórtalo todo… ¡molestias, privaciones, contrariedades, vigilias, lágrimas, enfermedades! A precio tan costoso obtendrás todos los éxitos, todas las gracias que solicites. No, no lo olvides. Así lo dispuso Dios para su Hijo, y así quiere que lo hagamos también nosotros.

Misión y Virtudes Sociales de la Esposa Cristiana
Rdo. Lefevre
(Obra aprobada por 43 Cardenales Arzobispos y Obispos, honrada con carta de Su Santidad  Pío X)

viernes, 29 de marzo de 2019

REMEDIOS CONTRA LA MASONERIA (S.S. LEON XIII)


EXTRACTOS DE CARTA ENCÍCLICA HUMANUM GENUS

 (21) Pero sea lo que sea, ante un mal tan grave y tan extendido ya, es nuestra obligación, venerables hermanos, consagrarnos con toda el alma a buscar los remedios. Y como la mejor y más firme esperanza de remedio está situada en la eficacia de la religión divina, tanto más odiada de los masones cuanto más temida por ellos, juzgamos que el remedio fundamental consiste en el empleo de esta virtud tan eficiente contra el común enemigo. Por consiguiente, todo lo que los Romanos Pontífices, nuestros antecesores, decretaron para impedir las iniciativas y los intentos de la masonería, todo lo que sancionaron [NdB: Excomunión] para alejar a los hombres de estas sociedades o liberarlos de ellas, todas y cada una de estas disposiciones damos por ratificadas y las confirmamos con nuestra autoridad apostólica. Y, confiados en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno de ellos en particular por su eterna salvación que tengan como un deber sagrado de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esta materia ordena la Sede Apostólica. 

Desenmascarar la masonería 

(22) A vosotros, venerables hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor insistencia que, uniendo vuestros esfuerzos a los nuestros, procuréis con ahinco extirpar este inmundo contagio que va penetrando en todas las venas de la sociedad. Debéis defender la gloria de Dios y la salvación de los prójimos. Si miráis a estos fines en el combate, no ha de faltaros el valor ni la fortaleza. Vuestra prudencia os dictará el modo y los medios mejores de vencer los obstáculos y las dificultades que se levantarán. Pero como es propio de la autoridad de nuestro ministerio que Nos indiquemos algunos medios más adecuados para la labor referida, quede bien claro que lo primero que debéis procurar es arrancar a los masones su máscara, para que sea conocido de todos su verdadero rostro; y que los pueblos aprendan por medio de vuestro sermones y pastorales, escritas con este fin, las arteras maniobras de esas sociedades en el halago y en la seducción, la maldad de sus teorías y la inmoralidad de su acción. Que nadie que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación personal, juzgue serle lícito por ninguna causa inscribirse en la masonería, prohibición confirmada repetidas veces por nuestros antecesores. Que nadie sea engañado por una moralidad fingida. Pueden, en efecto, pensar algunos que nada piden los masones abiertamente contrario a la religión y a la sana moral. Sin embargo, como toda la razón de ser de la masonería se basa en el vicio y en la maldad, la consecuencia necesaria es la ilicitud de toda unión con los masones y de toda ayuda prestada a éstos de cualquier modo. 

Esmerada instrucción religiosa 
(23) Es necesario, en segundo lugar, inducir por medio de una frecuente predicación a las muchedumbres para que se instruyan con todo esmero en materia religiosa. A este fin recomendamos mucho que en los escritos y en los sermones se expliquen oportunamente los principios fundamentales de la filosofía cristiana. El objetivo de estas exposiciones es sanar los entendimientos por medio de la instrucción y fortalecerlos contra las múltiples formas del error y las variadas sugestiones del vicio, contenidas especialmente en el libertinaje actual de la literatura y en el ansia insaciable de aprender. Gran obra, sin duda. Pero en ellas será vuestro primer auxiliar y colaborador el clero si lográis con vuestros esfuerzos que salga bien formado en costumbres y bien equipado de ciencia. Pero una empresa tan santa e importante exige también la cooperación auxiliar de los seglares, que unan el amor de la religión y de la patria con la virtud y el saber. 

Unidas las fuerzas del clero y del laicado, trabajad, venerables hermanos, para que todos los hombres conozcan y amen como se debe a la Iglesia. Cuanto mayores sean este conocimiento y este amor, tanto mayores serán la huída y el rechazo de las sociedades secretas. Aprovechando justificadamente esta oportunidad, renovamos ahora nuestro encargo, ya repetido otras veces, de propagar y fomentar con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con prudente moderación hemos aprobado hace poco. El único fin que le dio su autor, es atraer a los hombre a la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia, al ejercicio de todas las virtudes cristianas. Grande, por consiguiente, es su eficacia para impedir el contagio de estas malvadas sociedades. Auméntese, pues, cada vez más esta santa asociación, de la cual podemos esperar muchos frutos, y especialmente el insigne fruto de que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad jurídicas, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el género humano y las siguió San Francisco. 

Una libertad propia de los hijos de Dios, por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás y de la perversa tiranía de las pasiones; una fraternidad cuyo origen resida en Dios, Creador y Padre común de todos; una igualdad que, basada en los fundamentos de la justicia y de la caridad, no borre todas las diferencias entre los hombres, sino que con la variedad de condiciones, deberes e inclinaciones forme aquel admirable y armonioso conjunto que es propio naturalmente de toda vida civil digna y útilmente constituida.

 (25) En cuarto lugar, para obtener más fácilmente lo que queremos, encomendamos con el mayor encarecimiento a vuestra fe y a vuestros desvelos la juventud, que es la esperanza de la sociedad humana. Consagrad a su educación la parte más principal de vuestra atención, y, por mucho que hagáis, nunca penséis haber hecho lo bastante para preservar a la adolescencia de las escuelas y maestros que puedan inculcarle el aliento malsano de las sectas. Exhortad a los padres, a los directores espirituales, a los párrocos para que insistan, al enseñar la doctrina cristiana, en avisar oportunamente a sus hijos y alumnos de la perversidad de estas sociedades, y que aprendan pronto a precaverse de las fraudulentas y variadas artimañas que suelen emplear sus propagadores para enredar a los hombres. No harían mal los que preparan a los niños para recibir la primera comunión si les aconsejan que hagan el firme propósito de no ligarse nunca con sociedad alguna sin decirlo antes a sus padres o sin consultarlo previamente con su confesor o con su párroco.             


 (26) Pero sabemos muy bien que todos nuestro comunes esfuerzos serán insuficientes para arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor si desde el cielo el dueño de la viña no secunda benignamente nuestros esfuerzos. Es necesario, por tanto, implorar con vehemente deseo un auxilio tan poderoso de Dios que sea adecuado a la extrema necesidad de las circunstancias y a la grandeza del peligro. Levántase insolente y como regocijándose ya de sus triunfos, la masonería. Parece como si no pusiera ya límites a su obstinación. Sus secuaces, unidos todos con un impío consorcio y por una oculta comunidad de propósitos, se ayudan mutuamente y se excitan los unos a los otros para la realización audaz de toda clase de obras pésimas. Tan fiero asalto exige una defensa igual: es necesaria la unión de todos los buenos en una amplísima coalición de acción y de oraciones. Les pedimos, pues, por un lado, que, estrechando las filas, firmes y de acuerdo resistan los ímpetus cada día más violentos de los sectarios; y, por otro lado, que levanten a Dios las manos y le supliquen con grandes gemidos para alcanzar que florezca con nuevo vigor el cristianismo, que goce la Iglesia de la necesaria libertad, que vuelvan al buen camino los descarriados, que cesen por fin los errores a la verdad y los vicios a la virtud. Tomemos como auxiliadora y mediadora a la Virgen María, Madre de Dios. Ella, que vencido a Satanás desde el momento de su concepción, despliegue su poder contra todas las sectas impías, en que se ven revivir claramente la soberbia contumaz, la indómita perfidia y los astutos engaños del demonio. Pongamos por intercesores al Príncipe de los Angeles, San Miguel, vencedor de los enemigos infernales; a San José, esposo de la Virgen Santísima, celestial patrono de la Iglesia católica; a los grandes apóstoles San Pedro y San Pablo, sembradores e invictos defensores de la fe cristiana. Bajo su patrocinio y con la oración perseverante de todos, confiamos que Dios socorrerá oportuna y benignamente al género humano, expuesto a tantos peligros. Y como testimonio de los dones celestiales y de nuestra benevolencia, con el mayor amor os damos in Domino la bendición apostólica a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo todo confiado a vuestro cuidado. 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de abril de 1884, año séptimo de nuestro pontificado.             

miércoles, 27 de marzo de 2019

Ejercicio para unir nuestros padecimientos con los de Cristo


FUENTE
Porque sería larga escritura poner ejercicio a todas las cosas que hacemos, bastarán éstas para dar la forma; pues son las más ordinarias. (Si a mayor cumplimiento quisiere usar de estos bienes extraordinarios que se siguen en todo será Dios servido.)
 Cuando esté en pie. Ofrecerle pensando cuando el Señor estaba en pie delante los jueces.
Cuando esté sentado. Ofrézcase a cuando estando Cristo sentado se burlaban diciendo: «Ave rex Iudeorum».”Salve, Oh rey de los judíos”
 Cuando camine. Ofrézcase cuando el Señor caminaba por los caminos de Samaría y del monte Calvario.
Cuando está cansado. A cuando el Señor fatigado del camino se sentó junto a un pozo.
Cuando visita a los enfermos. A cuando el Señor visitaba y sanaba.
Cuando son criticadas nuestras buenas palabras. Ofrézcase a cuando le contradecían sus santas palabras, murmurando porque decía: “Destruid este templo y Yo lo reconstruiré en 3 días” “en verdad os digo, antes que Abraham fuese creado,
existo Yo”.
Cuando somos mal respondidos. A cuando le dijeron: “¿Así respondes al Pontífice?” dándole una bofetada, hiriendo en aquel Sacratísimo rostro, espejo de los ángeles y consolación de los santos.
Cuando padecemos hambre. A la que quiso padecer en el desierto.
 Cuando sentimos frío. Al que pasó en el pesebre cuando nació.
Cuando tenemos sed. A la que tuvo en la cruz cuando dijo: «Sitio».”Tengo sed”
Cuando nos despiertan estando con sueño. A cuando le despertaron en la barquita estando durmiendo.
  Cuando nos dejan nuestros amigos en las necesidades. A cuando fue abandonado de sus discípulos.
  Cuando nos apartamos de nuestros amados. A cuando se despidió de su bendita Madre.
Cuando son murmuradas nuestras buenas obras. A cuando, lanzando los demonios, decían que en virtud de Belcebúch echaba los demonios.
Cuando nos suceden cosas de afrentas y vergüenzas públicas. A cuando le sacó Pilato al pueblo diciendo: Ecce Homo.
Cuando falsamente somos acusados o reprendidos. A las informaciones falsas que recibieron en casa de Caifás.
Cuando nos hacen agravio e injusticia. A la sentencia injusta que le dieron.
Cuando padecemos graves enfermedades o dolores. A los que padeció en los azotes, en la coronación de las espinas y en la cruz, y así desde la cabeza a los pies fue herido para que, en cualquier parte de nuestro cuerpo que sintamos dolor, tengamos a qué ofrecerle.
Finalmente, cuando nos viéremos en el artículo de la
muerte, ofrezcamos nuestro espíritu a cuando dijo a su Padre:  “En tus manos encomiendo mi espíritu”, y ofreciendo nuestra vida por su muerte mereceremos vivir con él en su gloria. Amén.