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viernes, 12 de junio de 2026

EL SAGRADO CORAZON DE JESUS (Don Félix Sardá Salvani)

 


  
EL SAGRADO CORAZÓN

   Jesucristo es Dios. Aunque hay en El dos naturalezas, divina y humana, como enseña la Fe Católica, es, sin embargo, única la Persona, y ésta es divina. Es, pues, digno de toda veneración, así en su Humanidad santísima como en su Divinidad. Y de su Humanidad santísima es digno de veneración, no sólo el conjunto, sí que cada una de las partes de él. De suerte que pueden y deben venerarse el cuerpo y el alma de  Cristo, pero puede separadamente venerarse su cuerpo y venerarse su alma, y pueden de su cuerpo ser venerados con culto especial cada uno de sus sacratísimos miembros. Así es antiquísimo en la Iglesia el culto de las adorables llagas de las manos, pies y costado; así es ya común la veneración a su purísima Sangre; así podemos fijarla muy en particular en su sagrada cabeza, coronada de espinas, etc., etc. Sirva esto de contestación a los que haciéndose del asombradizo preguntan: ¿por qué se da este culto especial al Sagrado Corazón de Jesús? Respuesta decisiva: se le da en primer lugar, como puede darse a una parte cualquiera de su santísima Humanidad.

   Pero hay un motivo especialísimo para dar este culto al Corazón, más que a la cabeza, manos o pies. El corazón es entre todos los órganos corporales, por decirlo así, el menos corporal;  viene a ser con respecto a la parte afectiva de nuestro ser, lo que el cerebro con respecto a su parte intelectiva; es el que está más en íntimo y misterioso contacto con el alma por su vida de sentimiento; es como la fragua suya de que se sirve ella para elaborar sus afectos. Así que del mismo modo que en todos los idiomas se dice que piensa y discurre e imagina el hombre con la cabeza, así en todos los idiomas se dice que ama y aborrece y sufre y goza y anhela y teme con el corazón. Porque para sus operaciones intelectuales parece que se sirve más el alma de la primera, como para sus operaciones afectivas se sirve del segundo. Tiene, pues, el corazón en el compuesto humano una importancia especial. Además de ser la válvula reguladora de su movimiento circulatorio, es el sagrario de sus más delicados sentimientos; es el volcán de sus más encendidas llamaradas; es el oculto resorte de la mayor parte de sus actos e inclinaciones. Se ha dicho con verdad que el hombre lo es casi siempre todo por su corazón. Si se eleva hasta la sublimidad del Ángel o desciende hasta la horrible condición del demonio, es comúnmente según lo que ha purificado y enaltecido, o maleado y degradado los sentimientos de su corazón.

Ahora bien. Cristo, Dios y Hombre verdadero, tuvo en su vida mortal, y tiene hoy en su vida gloriosa en el cielo y en su vida escondida en el Sacramento, un verdadero Corazón. Y como su Divina Persona es justamente la persona de un Dios-Hombre y de un Hombre-Dios, su corazón es juntamente Corazón humano y Corazón divino, Corazón que pertenece al Hombre y Corazón que pertenece a Dios, Corazón que late y alienta con todos los más nobles afectos humanos, y juntamente con los nobilísimos afectos de la Divinidad. Amó Cristo a Dios-Padre y a la humana creatura con amor infinito, el órgano o fragua de este amor infinito fue su Divino Corazón. Aborreció el pecado, que es el único objeto digno de los odios de un Dios, y el centro de estos odios infinitos fue su Divino Corazón. Anheló la divina gloria y la redención humana con hambre y sed que le hicieron impaciente por los tormentos y por la muerte, y el foco de estos anhelos y divinas impaciencias fue su Sagrado Corazón.

   Discurramos, pues, si merecen culto y veneración la cruz en que murió el Salvador, los clavos que taladraron sus manos y pies, las espinas que se hincaron es su cabeza, el sepulcro en que fue colocado, por el contacto material que tuvieron todos estos objetos con su Divina Persona, ¿no hay razón especialísima para honrar con especialísimo culto y amor, el Corazón suyo, aunque se le considere solo como una parte más noble de su Sagrada Humanidad, como una entraña la más delicada de sus sacratísimas entrañas, como el órgano finísimo con el que su bendita alma nos amó, y deseó sufrir y morir por nosotros?

   Hasta aquí, empero, considerando al Sagrado Corazón como objeto material de este hermoso culto, que bajo este solo aspecto tendría ya incontestable derecho a nuestra predilección. Mas, con el culto del Sagrado Corazón no se trata solamente de honrar la dicha víscera material del organismo humano de nuestro Divino Salvador; trátase juntamente de venerarla como símbolo del inmenso amor suyo en favor de los hombres, que le llevó a morir por ellos en el árbol de la cruz.  Segundo aspecto de la cuestión, no menos interesante que el primero.

   También está en el buen sentido del género humano que el corazón es el símbolo más adecuado del amor. El idioma de todos los pueblos lo expresa de esta manera.  Cuando decimos que a una persona la hacemos dueña de nuestro corazón, o que reinamos en el suyo, o le pedimos nos admita en él, no queremos significar con esto más que el hecho de que la amamos, o el deseo de que nos ame.  Por corazón entendemos amor y nada más.  Es un tropo vulgar que emplean hasta los que no han aprendido retórica, porque lo enseña a todos la misma naturaleza. Es, pues, altamente filosófico, y altamente teológico, y altamente artístico, y altamente natural para venerar el amor infinito de Jesucristo a Dios Padre y a los hombres sus hermanos, tomar por símbolo y figura su Sagrado Corazón, rodeándolo con los atributos más expresivos para dar a comprender todo el significado de este divino jeroglífico. 

Sí, no hay representación más exacta que ésta, de los divinos afectos del Salvador: el Corazón con llamas, para significar el ardoroso incendio de sus amores; el Corazón con la herida manando sangre, para demostrar la efusión de este amor sobre todos los mortales; el Corazón con cruz y corona de espinas, para recordar las agonías y sufrimientos que le causó este amor. 

Símbolo que por sí solo es un poema; símbolo que habla con más elocuencia que las frases del más vehemente discurso; símbolo que puede entender cualquiera aunque no tenga talento, sólo con que tenga ojos en la cara para ver, y a su vez en el pecho un corazón para sentir.

   Ahora bien. Este símbolo tan perfecto y adecuado podía ser escogido por los hombres para mejor representar con él el infinito amor que nos tuvo nuestro dulcísimo Jesús; pero no fue escogido ni inventado por los hombres, no, sino que les fue dado y comunicado del cielo por el mismo adorable Redentor. Tiene, pues, además de su fundamento teológico y de su exactísima propiedad filosófica, el carácter más respetable de todos, el de su origen celestial. Sí, el culto del Sagrado Corazón de Jesús, así bajo su punto de vista material como bajo su aspecto simbólico, conocido ya desde los primeros siglos en la Iglesia y practicado por gran número de Santos y almas enamoradas de Dios, fue más especialmente declarado al mundo por el mismo Cristo en el último tercio del siglo XVII por mediación de la bienaventurada Margarita María  Alacoque, religiosa de la Visitación, recientemente elevada por Pío IX al honor de los altares. 

Las revelaciones hechas por Jesucristo a esta su fiel esposa para el mayor desarrollo del culto de su Sagrado Corazón, han sido todas reconocidas por la Santa Iglesia, cuya escrupulosidad en este punto es imponderable. En repetidas ocasiones se apareció Jesucristo mostrando a la Beata Margarita su Corazón con las dichas insignias de la cruz, corona de espinas y herida de la lanza, encargándola que juntamente con el P. La Colombiére, de la Compañía de Jesús, propagase por el mundo cristiano la devoción al Sagrado Corazón, y que pidiese a la Iglesia la celebración de su fiesta el viernes primero después de la octava de Corpus Christi. Añadió además  singularísimas promesas a favor de los que se esmerasen en practicar y propagar este culto, señalándolo como eficaz medicina para la restauración de la fe y re-encendimiento de la piedad en estos últimos tiempos de tibieza e indiferentismo. 



Cumpliólo así la ejemplar Religiosa, secundada en todo por el dicho P. La Colombiere, y después de muchas y exquisitas averiguaciones practicadas por la Santa Sede, después de tenaz e incansable guerra que le hizo el Jansenismo, logrose ver sancionado por la Autoridad apostólica el culto del Sagrado Corazón, instituída su fiesta universal, aprobado su rezo, y hoy por fin venerada en los altares la memoria de su insigne apóstol y propagandista, la fervorosa contemplativa de Paray-le-Monial. Y hoy, gracias sean dadas al Señor, en medio de los horrores de la moderna persecución, que persecución es y gravísima la que en todos los confines del globo sufre el Catolicismo, el Sagrado Corazón de  Jesús es la divisa de todos los buenos, el grito de guerra en todos sus combates, su celestial esperanza de triunfo para el porvenir.

   ¡Amemos, pues, y honremos al Sagrado Corazón! No hay libro en que mejor puedan estudiarse y aprenderse todas las virtudes, no hay maestro que con más divina autoridad nos las pueda enseñar. La paciencia y abnegación hasta el sacrificio; la celestial mansedumbre, a par de la incontrastable firmeza; el celo devorador e impetuoso y a la vez la caridad incansable, benigna y afectuosísima.

   ¡Amemos y honremos al Sagrado Corazón! Harto se nos da cada día el espectáculo de corazones envilecidos en lo más inmundo de cenagosas aspiraciones, corazones a quienes la posesión de un puñado de oro endurece como este metal, o a quienes el insaciable afán de sensualidad tiene podridos y hediondos. 

Hartos estamos de ver cada día enlodadas en el barro las alas del corazón que Dios crió para que se cerniese como las aves en la más pura región del firmamento, y no como los reptiles, pegado el rostro a la tierra vil y a sus groseras emociones. ¡Arriba, arriba con el Corazón de Jesús! ¡Arriba con Él siguiendo su generoso vuelo! ¡Arriba con Él, emulando la alteza de sus pensamientos, lo sublime de sus miras, la perfección de su ideal, que es hacernos grandes como su Padre que está en los cielos! ¡Arriba, a otra región, a otros aires, a más noble esfera, con el Corazón de  Jesús! Él lo ha dicho y en sus devotos se cumple sin excepción: Elevado de la tierra, todo lo atraeré en pos de Mí. ¡Atráiganos, elévenos en pos de sí este imán divino, y contrapese en nosotros la ley de la gravedad terrena que nos inclina constantemente a lo bestial! ¡Vivamos con El para el cielo, que allí está nuestro verdadero y espiritual centro de gravedad!

   ¡Amemos y honremos al Sagrado Corazón! ¡Es el Corazón de nuestro Padre, de nuestro Hermano, de nuestro Amigo, de nuestro Rey, de nuestro Dios! ¡Gózase en arrimarse y recostarse y juntarse a par del nuestro en la Sagrada Comunión! ¡Gózase en hacerse confidente de nuestros más ocultos pesares y de nuestras más punzantes angustias! ¡Se da sin reserva a quien le quiere; sólo anhela para entregarse que se le vaya a buscar! ¡Corazones sedientos de consuelo y amor, que tan a tontas y a locas lo mendigáis de miserables criaturas, id a pedírselo a la puerta de este Divino Corazón!

   ¡Amemos y honremos al Sagrado Corazón! El templo es su casa, el sagrario su gabinete de íntimas confidencias. Nadie le ha buscado allí en vano. Nadie dejó de encontrar paz, amor y consuelo allí. Lo saben todos los Santos; lo saben gran número de pecadores. Sí, pecadores también, con sus pecados y todo, son recibidos allí y escuchados y abrazados. A los justos concede allí el Corazón Divino la perseverancia en su amor; a los arrepentidos la gracia del perdón y el ósculo de una reconciliación tiernísima.
   ¡Sí, amemos y honremos al Sagrado Corazón!

                                                                         A.M.D.G.

Por D. Félix Sardá y Salvany, Pbro.

viernes, 5 de junio de 2026

LA DECLARACIÓN DE FE DE LA FSSPX ES INSUFICIENTE

 


LA DECLARACIÓN DE FE DE LA FSSPX ES INSUFICIENTE (R.P. Ceriani)

El jueves 14 de mayo de 2026, la Fraternidad Sacerdotal San Pío, por medio de su Superior General, el Padre David Pagliarani, publicó una Declaración de Fe. El texto completo se puede ver AQUÍ

En un artículo, publicado el jueves 21 y que lleva por título El cambio en la Fraternidad San Pío X es evidente, puse al descubierto, para quienes gozan todavía de independencia para juzgar y actuar, que las diversas reacciones ante las mismas circunstancias, más que probar, simplemente demuestran un cambio en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (Ver AQUÍ)

En efecto, como se puede ver, ante idénticas circunstancias (consagraciones episcopales sin mandato pontificio) las reacciones de la Roma Conciliar han sido las mismas; pero hay que reconocer con sinceridad que no lo son de parte de las autoridades de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Dije que el problema no está en la Declaración de Fe, sino en la presentación y conclusión, y que muchos se quedan en esa Declaración, a la que califican de “valiente” e incluso de “heroica”.

Sin embargo, es hora de exponer que esa Declaración es incompleta, pues, si bien confiesa una serie de verdades y dogmas de la Fe Católica, no condena, ni siquiera señala los errores contrarios profesados por la iglesia conciliar y los documentos que los contienen.

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Ahora bien, la práctica de la Iglesia Católica, especialmente en los documentos de los Concilios, ha sido la de profesar y enseñar la doctrina y condenar los errores.

Dicha práctica se estructura en una fórmula clásica de dos partes: la definición dogmática y los cánones con anatema.

Es fácil probar que, históricamente, los concilios han procedido de la siguiente manera:

Enseñanza de la verdad: exponiendo de manera positiva y sistemática la doctrina revelada, basándose en la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición.

Condena de los errores opuestos: denunciando las herejías o desviaciones doctrinales específicas.

Las condenas suelen formularse en cánones breves, que siguen al texto del Decreto o de la Constitución Dogmática, y concluyen con la fórmula de anatema (excomunión o separación de la comunión de la Iglesia para quien rechace la verdad dogmática definida).

Este método doctrinal se puede observar en ejemplos. Tomemos simplemente tres:

Concilio de Nicea (año 325): Frente a la herejía arriana, que negaba la divinidad de Jesucristo, enseñó la consustancialidad del Hijo con el Padre, plasmándolo en el Símbolo Niceno y condenando las opiniones opuestas.

Concilio de Trento (del 1545 al 1563): Como respuesta a la Reforma Protestante, desarrolló extensos Decretos reafirmando los Sacramentos y la doctrina de la Justificación y la Gracia, seguidos de cánones específicos que anatematizan los errores teológicos protestantes.

Concilio Vaticano I (1869-1870): Definió dogmáticamente la Infalibilidad Papal y la relación entre la Fe y la Razón, condenando el racionalismo, el fideísmo y el panteísmo en su Constitución Dei Filius, seguida de los cánones correspondientes.

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En la Declaración de la FSSPX falta la parte de la condena de los errores contrarios y el indicar en qué Documentos, Discursos, Alocuciones, etc. de los superiores de la iglesia conciliar se encuentran los mismos.

Como ejemplo, recordemos que el 9 de diciembre de 1983, Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer enviaron un Manifiesto Episcopal a Juan Pablo II con un Anexo o breve resumen de los principales errores de la eclesiología conciliar. Ellos mismos lo presentaron de este modo:

Nos permitirnos adjuntar a esta carta un anexo que contiene los principales errores que provocan esta situación trágica, y que, por otra parte, han sido ya condenados por Vuestros Predecesores.

La lista siguiente enuncia dichos errores, aunque no es exhaustiva:

1. Una concepción “latitudinarista” y ecuménica de la Iglesia, dividida en su fe; condenada particularmente por el Syllabus, Nº 18 (Dz 1718 – Ds 2918).

2. Un gobierno colegial y una orientación democrática de la Iglesia; condenados particularmente por el Concilio Vaticano I (Dz 1823 – Ds 3055).

3. Una falsa concepción de los derechos naturales del hombre, que aparece claramente en el documento sobre la Libertad Religiosa, condenada en particular, por Quanta cura (Pío IX) y por Libertas praestantissimum (León XIII).

4. Una concepción errónea del poder del Papa (Ds 3115).

5. La concepción protestante del santo Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos, condenada por el Concilio de Trento, sesión 22.

6. Por último, en general, la libre difusión de las herejías, cuyo ejemplo más significativo ha sido la supresión del Santo Oficio.

Los documentos que contienen esos errores causan un malestar y desconcierto tanto más profundos cuanto más elevada es la fuente de donde provienen. Los sacerdotes y los fieles más conmovidos por esta situación son, por otra parte, los más adictos a la Iglesia, a la autoridad del Sucesor de Pedro y al Magisterio tradicional de la Iglesia.

Santidad, es urgente que desaparezca ese malestar, pues el rebaño se dispersa y las ovejas abandonadas siguen a los mercenarios. Os rogamos encarecidamente, para el bien de la fe católica y la salvación de las almas, que reafirméis las verdades contrarias a esos errores, verdades que han sido enseñadas durante veinte siglos por la Santa Iglesia.

Nos dirigimos a Vos con los sentimientos de san Pablo ante san Pedro, cuando san Pablo le reprochó que no seguía «la verdad del Evangelio» (Gal. 2, 11 14). El propósito de San Pablo no era sino proteger la fe de los fieles.

San Roberto Belarmino, al expresar a este propósito un principio de moral general, afirma que se debe resistir al Pontífice cuya acción sea nociva para la salvación de las almas (De Rom. Pont. lib. 2, c. 29).

Así pues, con el fin de acudir en ayuda de Vuestra Santidad, os dirigimos este clamor de alarma, aún con más vehemencia dados los errores, por no decir herejías, del nuevo Derecho Canónico, y por las ceremonias realizadas y los discursos pronunciados con motivo del 5º centenario del nacimiento de Lutero. Realmente está colmada la medida.

Y siguen los textos de esos seis puntos, señalando tanto los errores como las condenas de los mismos por los Documentos Pontificios.

De más está decir que dichos errores no sólo no han sido corregidos por la Roma apóstata, sino que, desde 1983, se han incrementado, rebalsando la medida que ya estaba colmada…

En breve publicaremos este Manifiesto Episcopal.

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Objeción:

No faltará quien objete que el simple sacerdote no tiene el poder ni está obligado a condenar los errores; que le basta con profesar la Fe mediante una Declaración o Acto de Fe.

Respuesta:

A lo largo de la historia, los fieles han desempeñado un papel fundamental denunciando errores doctrinales. Lejos de ser pasivos, comunidades enteras y creyentes individuales se han alzado en momentos críticos, como lo demuestran estos casos:

San Atanasio y la Crisis Arriana (Siglo IV): Durante los primeros siglos del cristianismo, gran parte del clero y los obispos cayeron en la herejía arriana. Fueron los fieles y monjes ortodoxos quienes, al principio, resistieron y denunciaron estos errores doctrinales, defendiendo la fe tradicional.

Todos los santos combatieron los errores de su tiempo, al menos aquellos que por su misión dentro de la Iglesia estaban especialmente comprometidos a librar esa lucha. Todos combatieron los errores y las desviaciones morales de su tiempo, atrayendo frecuentemente sobre sí muy graves penalidades, persecuciones, exilios, cárcel, muerte. Fueron, pues, mártires de Cristo, ya que dieron en el mundo y en la Iglesia «el testimonio de la verdad» con todas sus fuerzas: sin «guardar su vida» cautelosamente; sin tener a veces el apoyo de los demás Obispos; sin esperar la declaración de un Concilio –aunque ellos lo promovían cuando era preciso–; faltos en ocasiones del sostén del Sumo Pontífice.

Es cierto que, en la Iglesia Católica, la corrección de errores doctrinales por parte de los simples fieles no se realiza mediante procesos judiciales o condenas oficiales, ya que estas son exclusivas del Papa y los Obispos.

Sin embargo, los laicos participan en la defensa de la fe mediante la exposición pública de la verdad y la corrección fraterna.

Esta responsabilidad y derecho de los fieles se ejerce a través de varios mecanismos y principios teológicos.

El Canon 212 del nuevo Código de Derecho Canónico, de 1983, reconocido y utilizado por la Neo FSSPX, dice:

Los fieles cristianos tienen el derecho y, a menudo, el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia.

Santo Tomás, en su Suma Teológica, expresa:

II-II, q. 3, a. 2, ad 2: En caso de necesidad, cuando corre peligro la fe, están todos obligados a predicarla, sea para información, sea para confirmación de los fieles, sea para contener la audacia de los infieles.

II-II, q. 33, a. 3 y 4: Hay dos tipos de corrección. Una que es acto de caridad, cuyo objetivo principal es la corrección del delincuente con sencilla amonestación. Esta corrección incumbe a cualquiera, súbdito o superior, que tenga caridad. Hay, en cambio, otra corrección que es acto de justicia, y cuyo objetivo es el bien común. Este no se promociona solamente amonestando al culpable, sino también, muchas veces, castigándole, para que los demás, atemorizados, desistan del pecado. Esta corrección incumbe solamente a los prelados, los cuales, además de amonestar, deben también corregir castigando.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos. Por eso San Pablo, siendo súbdito de San Pedro, le reprendió en público a causa del peligro inminente de escándalo en la fe.

El Padre Pagliarani es el Superior General de una Institución que pretende representar la defensa de la Fe… Además, Monseñor de Galarreta y Monseñor Fellay ¿no son Obispos?

Recordemos la Carta Abierta de todos los Superiores de la Fraternidad al Cardenal Gantin, en julio de 1988: En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando al Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales … Jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís.

Una vez más, en los últimos 25 años, la Neo Fraternidad Sacerdotal San Pío X está en falta.

Quien tiene ojos para ver, que vea.

Quien tiene oídos para oír, que oiga.

Quien tiene inteligencia para juzgar, juzgue.

Quien tiene voluntad para actuar, que actúe.

jueves, 4 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI (Catena Aurea)

 



"Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente". Esto dijo en la Sinagoga, enseñando en Cafarnaúm. San Juan 6, 56-60


San Agustín

Como los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed, esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben; esto es, a la misma sociedad de los santos, en donde se encontrará la paz y unidad plena y perfecta. Por lo tanto, nuestro Señor recomendó su cuerpo y su sangre como cosas que se reducen y refieren a cierta unidad, porque de muchos granos se forma otro cuerpo (esto es, el pan), que es un solo todo y lo mismo sucede respecto del vino, que se forma por la reunión de muchos racimos. Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: "El que come mi carne, etc., permanece en mí y yo en él". Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí. Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación.


Y cenando ellos tomó Jesús el pan, y lo bendijo, y lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: "tomad y comed; éste es mi cuerpo". San Mateo 26, 26

San Jerónimo 

Después de haber cumplido la Pascua figurativa y comido el cordero con sus discípulos, pasa el Señor a la institución del sacramento de la verdadera Pascua. Y a la manera como Melquisedec, sacerdote del supremo Dios, había ofrecido pan y vino como figura, así también para presentar la realidad de su cuerpo y sangre, dice: "Y cenando ellos tomó Jesús el pan", etc.

San Ambrosio

 Este pan, antes de las palabras de la consagración es pan común, pero cuando se le consagra, el pan se convierte en carne de Cristo. Por lo tanto la consagración, ¿en qué palabras consiste y en qué oraciones sino en las de Jesús nuestro Dios? Por lo tanto, si hay tanta fuerza en su palabra que empieza a ser lo que antes no era, ¿con cuánta más facilidad debe suceder que existan aquellas cosas que antes eran transformadas en otras sustancias? Si su palabra produjo cosas admirables, ¿no las producirá en los misterios espirituales? Luego, el pan se transforma en el cuerpo de Jesucristo y el vino en su sangre, por medio de la palabra divina. Se pregunta ¿cómo?; de este modo: no se engendra un hombre sino por medio de la unión de un hombre y de una mujer: pero porque quiso el Señor, Jesucristo nació de la Virgen por obra del Espíritu Santo.

viernes, 15 de mayo de 2026

LA VERDAD: PADRE CASTELANI

 


“Sólo en la verdad se puede fundamentar una verdadera grandeza; sólo diciéndola se puede caminar a ella. Hoy día estamos tan sumergidos en mentiras que el amor a la verdad representa una especie de martirio, y conduce al martirio real cuando se vuelve verdadera pasión; y la verdad se vuelve pasión en todos aquellos que se abren al espíritu de Dios”.