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viernes, 5 de junio de 2020

EL SANTO ABANDONO (continuacion)


PRIMERA PARTE

2. LA VOLUNTAD DIVINA SIGNIFICADA Y LA VOLUNTAD DE BENEPLACITO

La voluntad divina se muestra para nosotros reguladora y
operadora. Como reguladora, es la regla suprema del bien,
significada de diversas maneras; y que debemos seguir por la
razón de que todo lo que ella quiere es bueno, y porque nada
puede ser bueno sino lo que ella quiere. Como operadora, es
el principio universal del ser, de la vida, de la acción; todo se
hace como quiere, y no sucede cosa que no quiera, ni hay
efecto que no venga de esta primera causa, ni movimiento que
no se remonte a este primer motor, ni por tanto hay
acontecimiento, pequeño o grande, que no nos revele una
voluntad del divino beneplácito. 

A esta voluntad es deber nuestro someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de disponer de nosotros como le parece. Dios nos hace, pues,conocer su voluntad por las reglas que nos ha señalado, o por los acontecimientos que nos envía. He ahí la voluntad de Dios significada y su voluntad de beneplácito.

La primera, «nos propone previa y claramente las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos, los mandamientos que observemos y los consejos que sigamos. 

A esto llamamos voluntad significada, porque nos ha
significado y manifestado cuanto Dios quiere y se propone que
creamos, esperemos, temamos, amemos y practiquemos. La
conformidad de nuestro corazón con la voluntad significada
consiste en que queramos todo cuanto la divina Bondad nos
manifiesta ser de su intención; creyendo según su doctrina,
esperando según sus promesas, temiendo según sus
amenazas, amando y viviendo según sus mandatos y advertencias»

La voluntad significada abraza cuatro partes, que son: los
mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, los consejos,
las inspiraciones, las Reglas y las Constituciones.
Es necesario que cada cual obedezca a los mandamientos
de Dios y de la Iglesia, porque es la voluntad de Dios absoluta
que quiere que los obedezcamos, si deseamos salvarnos.
Es también voluntad suya, no imperativa y absoluta, sino
de sólo deseo, que guardemos sus consejos; por lo cual, aun
cuando sin menosprecio los dejamos de cumplir por no
creernos con valor para emprender la obediencia a los
mismos, no por eso perdemos la caridad ni nos separamos de
Dios; además de que ni siquiera debemos acometer la
práctica de todos ellos, habiéndolos como los hay entre sí
opuestos, sino tan sólo los que fueren más conformes a
nuestra vocación... 

Hay que seguir, pues, concluye el santo, los consejos que Dios quiere sigamos. No a todos conviene la observancia de todos los consejos. Dados como están para favorecer la caridad, ésta es la que ha de regular y medir su ejecución... Los que tenemos que practicar los religiosos, son los comprendidos en nuestras Reglas. Y a la verdad, nuestros votos, nuestras leyes monásticas, las órdenes y consejos de nuestros Superiores constituyen para nosotros la expresión de la voluntad divina y el código de nuestros deberes de estado.

Poderosa razón tenemos para bendecir al divino Maestro,
pues ha tenido la amorosa solicitud de trazarnos hasta en los
más minuciosos detalles su voluntad acerca de la Comunidad
y sus miembros.

En las inspiraciones nos indica sus voluntades sobre cada
uno de nosotros más personalmente. « Santa María Egipciaca
se sintió inspirada al contemplar una imagen de nuestra
Señora; San Antonio, al oír el evangelio de la Misa; San
Agustín, al escuchar la vida de San Antonio; el duque de
Gandía, ante el cadáver de la emperatriz; San Pacomio,
viendo un ejemplo de caridad; San Ignacio de Loyola, leyendo
la vida de los santos»; en una palabra, las inspiraciones nos
vienen por los más diversos medios. Unas sólo son ordinarias
en cuanto nos conducen a los ejercicios acostumbrados con
fervor no común; otras «se llaman extraordinarias porque
incitan a acciones contrarias a las leyes, reglas y costumbres
de la Santa Iglesia, por lo que son más admirables que imitables.» 

El piadoso Obispo de Ginebra indica con qué señales se pueden discernir las inspiraciones divinas y la manera de entenderlas, terminando con estas palabras: «Dios nos significa su voluntad por sus inspiraciones. No quiere, sin embargo, que distingamos por nosotros mismos sí lo que nos ha inspirado es o no voluntad suya, menos aún que sigamos sus inspiraciones sin discernimiento. No esperemos que El nos manifieste por Sí mismo sus voluntades, o que envíe ángeles para que nos las enseñen, sino que quiere que en las cosas dudosas y de importancia recurramos a los que ha
puesto sobre nosotros para guiamos» .

Añadamos, por último, que los ejemplos de Nuestro Señor
y de los santos, la doctrina y la práctica de las virtudes
pertenecen a la voluntad de Dios significada; si bien es fácil
referirlas a una u otra de las cuatro señales que acabamos de
indicar.

«He ahí, pues, cómo nos manifiesta Dios sus voluntades
que nosotros llamamos voluntad significada. Hay además la
voluntad de beneplácito de Dios, la que hemos de
considerar en todos los acontecimientos, quiero decir, en todo
lo que nos sucede; en la enfermedad y en la muerte, en la
aflicción y en la consolación, en la adversidad y en la
prosperidad, en una palabra, en todas las cosas que no son
previstas.» La voluntad de Dios se ve sin dificultad en los
acontecimientos que tienen a Dios directamente por autor; y lo
mismo en los que vienen de las criaturas no libres, porque si
obran es por la acción que reciben de Dios a quien sin
resistencia obedecen. Donde hay que ver la voluntad de Dios
es principalmente en las tribulaciones, que por más que El no
las ame por sí mismas, las quiere emplear, y efectivamente las
emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden,
reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas. 

Más aún, hay que verla incluso en nuestros pecados y en los del
prójimo: voluntad permisiva, pero incontestable. Dios no
concurre a la forma del pecado que es lo que constituye su
malicia: lo aborrece infinitamente y hace cuanto está de su
parte para apartarnos de él; lo reprueba y lo castigará. Mas,
para no privarnos prácticamente de la libertad que nos ha
concedido, como nosotros nada podemos hacer sin su
concurso, lo da en cuanto a lo material del acto, que por lo
demás no es sino el ejercicio natural de nuestras facultades.

Por otra parte, El quiere sacar bien del mal, y para ello hace
que nuestras faltas y las del prójimo sirvan a la santificación
de las almas por la penitencia, la paciencia, la humildad, la
mutua tolerancia, etc. Quiere también que, aun cumpliendo el
deber de la corrección fraterna, soportemos al prójimo, que le
obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta en
sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que
Dios se sirve para ejercitamos en la virtud. Por esta razón, no
temía decir San Francisco de Sales que por medio de nuestro
prójimo es como especialmente Dios nos manifiesta lo que
desea de nosotros.

Existen profundas diferencias entre la voluntad de Dios
significada y la de beneplácito.

1º La voluntad significada nos es conocida de antemano, y
por lo general, de manera clarísima mediante los signos del
pensamiento, a saber: la palabra y la escritura. De esta
manera conocemos el Evangelio, las leyes de la Iglesia,
nuestras santas Reglas; donde sin esfuerzo y a nuestro gusto
podemos leer la voluntad de Dios, confiaría a nuestra memoria
y meditarla. Las inspiraciones divinas y las órdenes de
nuestros Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues
ellas tienen por objeto la ley escrita, cristiana o monástica. Al
contrario, «casi no se conoce el beneplácito divino más que
por los acontecimientos.» 

Decimos casi, porque hay excepciones; lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo de antemano, si a El le place decirlo; también se puede presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo actual de los hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las
imprudencias cometidas. 

Mas, en general, el beneplácito divino se descubre a medida que los acontecimientos se van desarrollando, los cuales están ordinariamente por encima de nuestra previsión. Aun en el propio momento en que se verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores u otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su
beneplácito, mas ¿será durable? ¿Cuál será su desenlace? Lo
ignoramos.

2º De nosotros depende siempre o el conformarnos por la
obediencia a la voluntad de Dios significada o el sustraernos a
ella por la desobediencia. Y es que Dios, queriendo poner en
nuestras manos la vida o la muerte, nos deja la elección de
obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de su justicia.
Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de
nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun
contra nuestros deseos, nos coloca en la situación que nos ha
preparado, y nos propone en ella el cumplimiento de los
deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos deberes,
someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes; mas es
preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no
habiendo poder en el mundo que pueda detener su curso. Por
ese camino, como gobernador y juez supremo, Dios
restablece el orden y castiga el pecado; como Padre y
Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata de
hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos hemos
emancipado y extraviado.

3º Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su
voluntad significada como un efecto de nuestra elección y de
nuestra propia determinación. Para seguir un precepto o un
punto de regla, para producir los actos de las virtudes
teologales o morales, nos es preciso sin duda una gracia
secreta que nos previene y nos ayuda, gracia que nosotros
podemos alcanzar siempre por medio de la oración y de la
fidelidad. Pero aun cuando la voluntad de Dios nos sea
claramente significada, puestos en trance de cumplirla, lo
hacemos por nuestra propia determinación; no necesitamos
esperar un movimiento sensible de la gracia, una moción
especial del Espíritu Santo, digan lo que quieran los
semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si se
trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario
esperar a que Dios la declare mediante los acontecimientos:
sin esa declaración no sabemos lo que El espera de nosotros;
con ella, conocemos lo que desea de nosotros, primero, la
sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento de los
deberes peculiares a tal o cual situación que El nos ha
deparado.

San Francisco de Sales hace, a este propósito, una
observación muy atinada: «Hay cosas en que es preciso juntar
la voluntad de Dios significada a la de beneplácito» . Y cita
como ejemplo el caso de enfermedad. Además de la sumisión
a la Providencia divina será preciso llenar los deberes de un
buen enfermo, como la paciencia y abnegación, y permanecer
manteniéndose fiel a todas las prescripciones de la voluntad
significada, salvo las excepciones y dispensas que puede
legitimar la enfermedad. 

Insiste mucho el santo Doctor sobre que en esta concurrencia de voluntades «mientras el beneplácito divino nos sea desconocido, es necesario adherirnos lo más fuertemente posible a la voluntad de Dios que nos es significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a
ella se refiere; mas tan pronto como el beneplácito de su
divina Majestad se manifieste, es preciso rendirse
amorosamente a su obediencia, dispuestos siempre a
someternos así en las cosas desagradables como agradables,
en la muerte como en la vida, en fin, en todo cuanto no sea
manifiestamente contra la voluntad de Dios significada, pues
ésta es ante todo». Estas nociones son algo áridas, pero
importa entenderlas bien y no olvidarlas, por la mucha luz que
derraman sobre las cuestiones siguientes.

El Santo Abandono
DOM VITAL LEHODEY

miércoles, 3 de junio de 2020

¿QUEDATE EN CASA?


¿Quédate en casa?

Quédate en casa—que nosotros te dejamos sin trabajo y llevamos tu empresa a la quiebra, esa que te costó tantos años crear—.

Quédate en casa, así no podrás agruparte para rezar a Dios o a la Santísima Virgen.

Quedate en casa—que nosotros decidimos por ti, a qué hora puedes salir y en qué condiciones—.

Quedate en casa—aunque no tengas dinero para comprar comida—.

Quedate en casa—aunque a tu madre le queden pocos años de vida y te necesite—.

Quedate en casa—y no veas a tus nietos por las dudas que te contagien—.

Quedate en casa—pero sigue pagando los impuestos aunque no generes ingresos—.

Quedate en casa—mientras nosotros soltamos a los presos en libertad—.

Quedate en casa—mientras reventamos la economía sacándote del medio—.

Quedate en casa—porque si sales corres el riego de morirte de una gripe con un dos porciento de mortalidad—.

Quedate en casa—así podemos ejecutar nuestro plan sin escuchar protestas—.

Quedate en casa—así te podemos controlar mejor con nuestros dispositivos aéreos aunque pienses que son naves espaciales de otro planeta—.

Quedate en casa, repite podemos continuar con nuestra agenda mundial sin interferencias—.

Quedate en casa—que nosotros te dejamos una lista de entretenimiento virtual para que no te hagas preguntas sobre la nueva normalidad—.

Quedate en casa—que nosotros estamos trabajando duro para asegurarnos de que cada día estés más alejado de tus vínculos—.

Quedate en casa—y ojo con lo que hacés porque tus vecinos también actúan como policías—.

Quedate en casa—no te expongas a la luz solar, ni a los gérmenes, así terminamos de destruir tu sistema inmunitario—.

Quedate en casa—hablando por teléfono mientras nosotros escuchamos tus llamadas y nos acercamos un poquito más al plan perfecto—.

Quedate en casa—no utilices el poco efectivo que te queda así lo sacamos de circulación y creamos una sola moneda—.

Quedate en casa—así podemos subir torres radioactivas sin que te enteres—.

Quedate en casa—y si sales tienés que llevar una máscara puesta, para generar separación, no inmunidad—.

Quedate en casa—alejate de todo lo que te hace humano, así nuestra interferencia es más sutil y no encontras culpables—.

Quedate en casa—así vamos estudiando tu comportamiento cuando esto sea la norma—.

Quedate en casa—cómo cuándo el modelo hitleriano daba órdenes y la gente cumplía. Solo que él lo hacía con armas, nosotros con tu miedo—.

Quedate en casa— no pelees por tus derechos como ciudadano ni por tu familia, te queremos dócil, no rebelde—.

Quedate en casa—sin sueldo, sin vacaciones, sin viajes, sin futuro, sin escuela, pero con Netflix—.

Quedate en casa—mientras seguimos gestionando una dictadura con tu ignorancia—.

Quedate en casa— y repite este mensaje mil veces y diles a los otros que también lo repitan. Porque de tanto decirlo, te lo vas a terminar creyendo. No por dos meses o un año, sino por el resto de tu vida.

Enterate, no te quieren sano, te quieren esclavo.



miércoles, 27 de mayo de 2020

COMO VERDADEROS CATOLICOS DIGAMOS CON FIRMEZA: NO AL MODERNISMO, NO AL VATICANO II

No sé lo que el Señor dispondrá al respecto sobre mí, no se viviré más o menos. Pero sé que más pronto que tarde tendré que rendir cuentas al Señor. En ese instante de mi vida no sé qué responderé ante la pregunta del gran Juez Nuestro Señor cuando me pregunte con voz tremenda y acusante: ¿has contribuido a la destrucción de mi Iglesia, del sacerdocio y de la Santa Misa? ¿Me has negado ante ellos por respetos humanos, por una nada o una poquedad? ¿Has callado verdades fundamentales de mi doctrina? Y hay situaciones ante las que no podemos callar.

No podemos callar ante los errores del Concilio Vaticano II.
No podemos callar ante el error y la herejía (modernista que asola la Iglesia de Nuestro divino Redentor). No podemos callar ante quien dice que Jesús no era Dios desde que nació hasta que murió. No podemos callar ante quien dice que Jesús era un hombre y nada más, negando la divinidad de Nuestro Señor. No podemos callar ante quienes niegan la existencia del infierno o ante quienes predican que todos se salvan o que el infierno está vacío. Ante la apostasía no cabe el silencio.

No podemos callar ante quienes dice que el concepto de transubstanciación está anticuado y que hay que prescindir de él para poder llegar a la unidad con los luteranos. No podemos callar ante quienes dicen que todos pueden comulgar: protestantes, pecadores impenitentes, ateos…
No podemos callar ante quienes pretenden que la Santísima Virgen María era una mujer como cualquier otra y que mantenía relaciones sexuales como cualquiera. No podemos callar ante quienes ofenden gravemente el honor de nuestra Madre Santísima un día tras otro.
No podemos callar ante quienes afirman que puedes confesarte y comulgar, aunque vivas en adulterio: aunque te hayas divorciado y te hayas vuelto a casar civilmente.

No podemos callar ante quienes promueven el indiferentismo religioso, ante quienes dicen que lo único importante es el “amor” y afirman que Dios quiere que haya diversidad de religiones y que todas ellas conducen a la salvación igualmente.
No podemos callar ante la adoración idolátrica a la Pachamama.
No podemos callar ante quienes quieren cambiar la doctrina moral de la Iglesia, ante quienes quieren bendecir las uniones homosexuales, ante quienes quieren que veamos como buenas las uniones de hecho, ante quienes quieren tirar a la basura Humanae Vitae o Veritatis Splendor.
No podemos callar ante los modernistas que reclaman el sacerdocio femenino o la supresión del celibato obligatorio para los sacerdotes.

No podemos callar ante los escándalos sexuales protagonizados por tantos sacerdotes, religiosos, obispos y hasta cardenales. No se puede callar ante los perversos, ante los impíos ni ante los encubridores de tanta maldad.

No podemos callar ante una Iglesia juramentada que se somete al globalismo de la ONU y a todas las modas ideológicas del momento.
No podemos. Simplemente, no podemos callar. Ante el error, ante las herejías, no podemos callarnos. Tenemos que combatir el pecado siempre. Y a la vez, tenemos que preocuparnos por el pecador: tenemos que intentar que se arrepientan de sus pecados; tenemos que procurar que se conviertan. Tenemos que rezar mucho por la salvación de sus almas: esa es la verdadera caridad.

Hago mías, con toda humildad y obviamente sin pretender compararme con ella, las palabras de Santa Catalina de Siena:
"Ha llegado el momento de llorar y de lamentarse porque la Esposa de Cristo se ve perseguida por sus miembros pérfidos y corrompidos. El cuerpo místico de la santa Iglesia está rodeado por muchos enemigos. Por lo cual ves que aquellos que han sido puestos para que sean columnas y mantenedores de la santa Iglesia se han vuelto sus perseguidores con la tiniebla de la herejía. No hay pues que dormir, sino derrotarlos con la vigilia, las lágrimas, los sudores; y con dolorosos y amorosos deseos, con humilde y continua oración."

¿Por qué guardáis silencio? Este silencio es la perdición del mundo. Yo os pido que obréis de modo que el día en que la Suprema Verdad os juzgue no tenga que deciros estas duras palabras: “Maldito seas, tú que no has dicho nada”. ¡Ah, basta de silencio!, clamad con cien mil lenguas. La Esposa de Cristo ha perdido su color (Lam 4, 1), porque hay quien chupa su sangre, que es la sangre de Cristo, que, dada gratuitamente, es robada por la soberbia, negando el honor debido a Dios y dándoselo a sí mismo.

¿Por qué guardáis silencio? No se puede ni se debe guardar silencio. Yo, al menos, no puedo. Reviente vuestro corazón y vuestra alma al ver tantas ofensas a Dios. Si amaseis a Dios no temerías cobardemente, sino que con audacia y corazón valiente reprenderías los errores y no callaríais ni haríais la vista gorda. Todos tendremos que rendir cuentas de nuestras palabras, de nuestros silencios y de nuestros hechos.

Los cristeros católicos del México cristero nos dieron ejemplo en cuanto a la defensa de la Iglesia y de nuestra sacrosanta Fe dando sus vidas por Dios, la Virgen de Guadalupe y la patria regando los campos con su sangre la cual los empapo y dieron como fruto nuevas pleyades de católicos, pero no de cobardes, miedosos y cómodos.

martes, 12 de mayo de 2020

EL VALOR DEL SUFRIMIENTO



   La historia de Lourdes, donde se apareció nuestra Señora a Santa Bernardita Soubirous es rica en lecciones para nosotros. Una de las lecciones es sobre el sufrimiento. Vemos en Lourdes dos actitudes de la Divina Providencia con relación al sufrimiento humano que podrían parecer contradictorias.
   Por un lado, lo que más atrae la atención en Lourdes es que Nuestra Señora tiene compasión de los hombres, escucha sus peticiones, y obra milagros para librarlos del dolor y de las enfermedades que padecen.
   También Nuestra Señora tiene compasión de las almas y para probar que la religión Católica es la única religión verdadera, a menudo obra milagros espirituales de conversiones. Haciendo tanto milagros físicos como espirituales nos muestra que es nuestra Madre, que nos ama y que quiere aliviarnos del sufrimiento tanto aquí como en la eternidad.
   Por otro lado, vemos otra cosa en Lourdes. Un gran número de enfermos van a Lourdes y regresan sin ser curados. ¿Por qué Nuestra Señora cura a algunos y a otros no? De hecho hay una lección importante para nosotros en las curas que no da, y quizás el milagro más grande en Lourdes se encuentra en esto.
   Para la gran mayoría de las personas, el sufrimiento es indispensable para su  propia santificación. Por lo tanto, las enfermedades y dificultades que sufren les son necesarias. Quien no comprenda el papel del sufrimiento y del dolor, que conlleva  el desprendimiento, conversión y amor a Dios no comprenderá lo que en realidad es la vida espiritual.
   San Francisco de Sales solía afirmar que el sufrimiento es el Octavo Sacramento.  Es tan indispensable que él consideraba que nadie podía salvarse sin él. El Cardenal Pedro Segura, Arzobispo de Sevilla, quien fue un católico español admirable, me platicó una vez de una conversación que tuvo con el Papa Pío XI.
   El Papa Pío XI hacía alarde que él nunca había estado enfermo. El Cardenal le dijo: “Entonces Su Santidad, no tiene la señal de las almas escogidas”. El Papa se sorprendió, pero el Cardenal Segura dijo con firmeza: “No hay alma predestinada que no sufra profundamente por enfermedad al menos una vez en su vida. Si Su Santidad nunca ha tenido un problema de salud, Usted no tiene la señal de los elegidos”. Algunos días después, Pío XI tuvo un fuerte ataque al corazón. Desde su cama le escribió un mensaje al Cardenal Segura diciendo: “Su Eminencia, ahora ya tengo la señal de los elegidos”.
   Estoy de acuerdo con el Cardenal Segura que el sufrimiento, ya sea físico o moral, es la señal del alma escogida.
   Ahora, pues, Nuestra Señora obraría contra la salvación de las almas si ella curara cada enfermedad. A veces lo hace porque es para el bien último de esa persona ser aliviada del sufrimiento, pero normalmente no es oportuno. Esto es por lo que Nuestra Señora, quien es Madre de Misericordia, permite el sufrimiento para algunas almas, porque les es indispensable.
   Pero Nuestra Señora también hace algo más  que es muy hermoso, a los enfermos que no cura, les da una profunda conformidad con la voluntad de Dios y una aceptación de sus sufrimientos.  
     Nunca he escuchado de alguna persona que haya estado en Lourdes y que no haya sido curada que haya regresado enojada contra Dios. Al contrario, las personas que van regresan con una enorme resignación, felices de haber estado en Lourdes y ver que otras personas han sido curadas.
   Además, hay numerosos casos de personas que viajan largas distancias, llegan a Lourdes y se dan cuenta de que hay personas que están sufriendo mucho más que ellas y que tienen mayor necesidad de ser curadas. Viendo esto, le piden a Nuestra Señora que sane a esas personas en vez de a ellas. La persona acepta voluntariamente su sufrimiento para beneficiar a otro. En mi opinión, esto es también un milagro. Es una renuncia al amor propio por amor a Dios y al prójimo. Que una persona renuncie al egoismo humano es quizá un milagro mayor que la cura de enfermedades y de conversiones.
   El objetivo principal del amor de Nuestra Señora, quien vela por nosotros, es conducirnos a Dios y al Cielo. Esto es lo que Ella más desea.
   Por lo tanto la lección más grande de Lourdes es la aceptación del sufrimiento, ya sea una enfermedad física o un sufrimiento moral, si es necesario para  nuestra salvación. Es muy difícil cargar la cruz del sufrimiento con resignación. Sí, realmente lo es. Pero en tales casos, tenemos el ejemplo de Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos quien rezó: “Padre, si no puede pasar este cáliz sin que lo beba, que se haga tu voluntad y no la mía”. (Lucas 22-42). Esta es la postura que debemos tomar en nuestros sufrimientos personales. Una gracia llegará para consolarnos, como el ángel que llegó para consolar y fortalecer a Nuestro Señor.
   Debemos tener una comprensión del sufrimiento, el valor, la resolución y la energía para enfrentarlo e incluso la alegría para recibirlo. Recordemos que sufrir es el  distintivo de los elegidos.
   Nuestra Señora nos ayudará a enfrentar nuestros sufrimientos así como ayuda a aquellos que se lo piden en Lourdes.
                         Prof. Plinio Corrêa de Oliveira
                      Tradition in Action

ORACIÓN POR LA HUMANIDAD (14 DE MAYO): Farsa masonica



 Queridos amigos: 

   Nunca olvidemos que Cristo es Dios y Hombre verdadero y que  fundó una única Iglesia: la Católica.
   Parecen lecciones de catecismo para niños, pero es que esto es el cimiento de nuestra Santa Religión y desafortunadamente es lo más olvidado hoy en día.
   “Amarás a Dios sobre todas las cosas” es el Mandamiento # 1, si desde ahí fallamos ya estamos perdidos.
   La Sagrada Escritura dice: “Todos los dioses de los gentiles son demonios” (Salmo 95,5).
   Eso significa que cuando un budista dice que le reza a dios, o cuando un judío dice que le reza a dios, o un hinduista, un protestante, un musulmán, NO LE ESTÁN REZANDO AL UNICO Y VERDADERO DIOS, por consiguiente, sus dioses son demonios y a él le dan culto.
   Los judíos no reconocen a Nuestro Señor Jesucristo, así que ya no están rezando a la Santísima Trinidad; los musulmanes  no reconocen tampoco a la Santísima Trinidad; los budistas solo rezan  a su ídolo Buda, los hinduistas tienen más dioses que los días del año, etc.
El dios de la masonería es cualquiera que no sea el Verdadero Dios uno y Trino.
   La Santísima Trinidad es el único Dios: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, un solo Dios Verdadero y Tres Personas distintas,  así que quien  no dirija su culto y sus ruegos a la Santísima Trinidad no está  adorando al único Dios.
   
  Es por eso que todo Católico inicia siempre su oración invocando a la Santísima Trinidad diciendo: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
    Santa Teresa de Ávila cuenta en su autobiografía: "Estando una vez rezando  se me dio a entender la manera de cómo era un solo Dios y tres personas tan claramente, que yo me espanté y me consolé mucho. Hízome tan grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas..."
   Los Apóstoles fueron los primeros en preferir dar su vida por Nuestro Señor Jesucristo antes que renegar de Él.
   
  Tenemos el ejemplo de Santiago Apóstol, cuya fiesta se celebró el 11 de Mayo. Santiago  Apóstol, intimado por el Sumo Sacerdote para que renegara de Jesús, fue arrojado desde lo alto de la terraza del Templo y aplastada su cabeza con una maza.
   
  Todos los mártires prefirieron morir antes que ofrecer un granito de incienso a los ídolos, a los demonios.
   
  Así que, cuando oigan que se reúne alguien o algunos o todos a rezar en común católicos con no Católicos, estén en guardia porque eso es faltar gravemente al Primer Mandamiento de la Ley de Dios. El Católico posee la Verdad y  no reza con un pagano.

   También es importante recalcar que TODA oración que pretenda hacer la humanidad, excluyendo a la Santisima Virgen Maria, mediadora de todas las gracias para la humanidad, desagrada a Dios.
   Nuestra religión es una religión sobrenatural, fundada por Dios mismo.       

             “¡Ay de los Cristianos que soporten sin indignación que su adorable Salvador sea colocado en pie de igualdad con Buda y Mahoma, en no sé qué panteón de falsos dioses!”. 
Padre Emmanuel