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viernes, 7 de junio de 2024

Como Nuestro Señor Jesucristo reveló milagrosamente el misterio de su sagrado Corazón por medio de la beata Margarita María Alacoque.

 


Esta santa Religiosa, que vivió en el siglo XVII, fué objeto de frecuentes y extraordinarias manifestaciones del adorabilísimo Corazón de Jesús. Pertenecía a una honrada familia de la magistratura, de Borgoña. 

Después de una juventud inocentísima y probada por todo género de trabajos, entró en 1671 en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial a la edad de veintitrés años, y en él murió santamente en 1690. 

Cuatro siglos antes Santa Gertrudis, abadesa benedictina de Heldelfs en Alemania, nos anunciaba la devoción al sagrado Corazón de Jesús como el gran remedio opuesto por Nuestro Señor a la decrepitud del mundo; pero Dios al parecer tenía predestinada a la beata Margarita María para ser el apóstol del culto al sagrado Corazón, y a ella efectivamente se debió, de un modo especial, con la aprobación de la Santa Sede, su propagación en la Iglesia. «A Margarita María (dice en efecto Pio IX en el decreto de beatificación) se dignó elegir el Señor para establecer y difundir entre los hombres un culto tan piadoso, saludable y legítimo.» 

Y la eligió por medio de admirables y milagrosas revelaciones que la Iglesia ha aprobado y que respiran el más puro amor de Dios. Corría el año 1673. Hacía solamente dos que Margarita había abrazado el estado religioso, y era ya de una santidad consumada, brillando por su humildad, su caridad y toda suerte de virtudes. Un día, orando delante del Santísimo Sacramento, gozosa porque sus muchos quehaceres le permitían dedicar más tiempo que de costumbre a tan santa ocupación, se sintió tan poderosamente poseída de la presencia de Dios, que perdió el sentimiento de sí misma y de todo lo que la rodeaba. «Me abandoné, dice, a ese divino Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de su amor. 

«Mi soberano dueño me hizo reposar largo tiempo sobre, su divino pecho, donde me descubrió las maravillas de su amor y los secretos inefables de su sagrado Corazón. Me abrió por primera vez aquel divino Corazón de una manera tan real y sensible, que no me dejó lugar á ninguna duda tocante a la verdad de esta gracia.  * Jesús me dijo: — «Mi divino Corazón está tan lleno de amor a los hombres, y a tí en particular, hija mía, que no pudiendo ya contener las llamas de su ardiente caridad, es preciso que las derrame por tu medio y que se manifieste a ellos para enriquecerlos con los tesoros que encierra.  Te descubro el « precio de estos tesoros, que contienen las gracias de santificación y salvación necesarias para sacar al  mundo del abismo de la perdición. A pesar de tu  indignidad é ignorancia, te he escogido para el cumplimiento de este gran designio, para que sea más  manifiesto que soy yo quien lo hago todo. 

«Dicho esto, el Señor me pidió mi corazón. Yo le supliqué que lo tomara, y así lo hizo; y, poniéndolo junto á su Corazón adorable, me lo mostró como un átomo que se consumía en aquel horno encendido. Luego retirándolo de allí, como una ardiente llama en forma de corazón, volvió á ponerlo en su primer sido, diciéndome:

 «Hé aquí, amada mía, una preciosa prenda de mi amor; he encerrado en tu costado una centellica de las más vivas llamas de este amor, «para que te sirva de corazón y te consuma hasta  el último momento de tu vida. Sus ardores no se extinguirían jamás. Y para dejarte una señal de que la gracia que acabo de hacerte no es una ilusió, y que debe ser el fundamento de las demás « que seguirán, aunque haya cerrado la llaga de tu costado, sin embargo siempre sentirás allí dolor. 

« Hasta hoy sólo te has llamado sierva mía; desde ahora te doy el nombre de Discípula muy amada de mi « sagrado Corazón!» «Tan señalado favor, añade, la beata Margarita, duró muchísimo tiempo. Yo no sabía si estaba en «el cielo ó en la tierra. Durante muchos días permanecí como embriagada, y de tal manera encendida y tan fuera de mí, que no podía pronunciar una sola palabra. No podía dormir, porque esta llaga, cuyo dolor me es precioso, me causaba tan vivos ardores qué me consumía y me hacía arder viva. Sentíame tan llena de Dios, que no podía expresarlo á mi Superior como hubiera querido, á pesar de la pena y confusión que siento en decir semejantes favores. 

«Desde aquel día, cada primer viernes de mes, el sagrado Corazón de mi Jesús se me representaba como un sol brillante cuyos ardorosos rayos caían a plomo sobre mi corazón; y entonces me sentía abrasada de un fuego tan vivo que me parecía iba a reducirme a cenizas. «En aquellos momentos particularmente era cuando mi divino Maestro me instruía y descubría los secretos de su adorable Corazón.».

¡También nosotros, Jesús, Señor y Salvador nuestro, a pesar de nuestra indignidad y de nuestras miserias, ó más bien a causa de las mismas, queremos estar expuestos a los benéficos rayos de vuestro Santísimo Corazón; queremos que esas llamas divinas consuman nuestra tibieza, y que nos purifiquen de todos nuestros pecados! ¡Oh Jesús, rocío del cielo, llama de amor y manantial de la gracia! abrasad, purificad y poseed todo mi corazón! ¡Oh divino Amor! creced y reinad en mí; multiplicaos y reinad en toda la tierra como en el Paraíso de los Bienaventurados!

EL SAGRADO CORAZON DE JESUS

Monseñor Segur

jueves, 30 de mayo de 2024

Cómo en la sagrada Comunión el Corazón de Jesús nos purifica nos ilumina y nos deifica en su santo amor

 

Imaginad, si podéis, toda la caridad, todos los amorosos afectos habidos y por haber en todos los corazones que la omnipotente mano de Dios ha formado y puede formar; imaginadlos unidos y como condensados en un corazón bastante capaz para abarcarlos á todos; decidme, ¿no formaría esto un foco de amor verdaderamente incomprensible? Pues bien (y es de fe) esto no sería nada, por decirlo así, en comparación del amor infinito en que arde el Hijo eterno de Dios por nosotros, por cada uno de nosotros, en su sagrado Corazón, y por consiguiente en el Santísimo Sacramento del altar. 

Así, pues, cuando comulgamos tenemos la dicha de recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma al divino Jesús con el tesoro infinito de su Corazón y de su amor. Entra en nosotros todo abrasado, y ¿Qué quiere sino abrasarnos también con el fuego sagrado en que arde? «Fuego vine á poner en la tierra, dice, ¿y qué quiero sino que arda

 Para corresponder más fácilmente á este deseo del Corazón de Jesús, entiéndase que el fuego de que habla, es un fuego, que purifica, que ilumina, que santifica, que transforma, que deifica: el fuego de su santo amor. 

Es un fuego que. purifica. Cuando tenemos la dicha de comulgar dignamente, las sagradas llamas del Corazón de Jesús purifican nuestra alma hasta de sus menores manchas. Como el oro en el crisol, nuestra alma se derrite de amor en el Corazón de Jesús, y las mil pajitas imperceptibles que alteraban su pureza son devoradas por el fuego del divino amor. La sagrada Comunión ha sido instituida, dice el Concilio de Trento, «para preservarnos de los pecados mortales, y para librarnos de nuestras faltas cotidianas. Estas faltas veniales que se ocultan á la humana fragilidad, lejos de apartarnos de la Comunión frecuente, deben por el contrario excitarnos más á ella, como la enfermedad nos hace desear el médico y el remedio. L a sagrada Comunión es el remedio -directo que el Médico celestial nos ofrece para purificarnos, para desembarazarnos de nuestros pecados veniales; y en este Sacramento el fuego del amor es el que obra esta saludable purificación.

En segundo lugar, el fuego del Corazón eucarístico de Jesús ilumina. En la Eucaristía Jesús es como el sol, que da luz al mismo tiempo que calienta. La Comunión es un foco de amor que ilumina, que fortifica, que aumenta los esplendores de la fe, que disipa en nuestra alma las ilusiones y las tinieblas con que el infierno trata sin cesar de oscurecerla, y que nos hace entrar cada vez más en la admirable luz de Jesucristo, en las espléndidas realidades de la fe. Al comulgar, sobre todo, es cuando debemos decir con toda confianza á Jesús: «Señor, aumentad nuestra fe> Y Él nos abrirá con amor los tesoros de luz celestial de que es sol y foco su divino Corazón.

En tercer lugar, el fuego del amor de Dios santifica. No sin fundamento el acto de recibir el sacramento de la Eucaristía, es llamado en la Iglesia «la sagrada Comunión, la santísima Comunión.» Ella nos santifica, es decir, nos desprende de la tierra uniéndonos más y más al Rey de los cielos. Hace que viva y crezca en nosotros Jesucristo, el Santo de los Santos; y alimenta en nosotros todas las virtudes que constituyen la santidad cristiana. El amor de Jesús en la Eucaristía es el verdadero alimento de los imperfectos que desean alcanzar la perfección, de los pecadores penitentes que resuelven enmendarse y ser fieles siempre más, de los débiles que quieren hacerse fuertes. ¡Oh santísimo Cuerpo! ¡oh santísimo Corazón de mi Dios haced que reporte de mis Comuniones todos los frutos de santidad que vuestro amor ha depositado ellas. 

El fuego del Corazón de Jesús en la santa Comunión es también un fuego que transforma. Así coma el fu-ego material transforma el oro; la plata, los metales más duros, y de sólidos los vuelve líquidos, de groseros y ásperos los convierte en sutiles, puros y brillantes; así también el fuego del santo amor de Jesucristo hace que nuestras Comuniones obren insensiblemente en nosotros una transformación maravillosa, como que de mundanos nos hacen cristianos y espirituales; de negligentes, tibios y disipados que éramos antes de frecuentar el sacramento del Amor, nos transforman poco á poco en hombres recogidos, fervorosos, llenos de celo; cambian nuestros gustos y la dirección de nuestra vida, nos vuelven mansos y humildes de corazón, castos, amantes de nuestros hermanos hasta el sacrificio; en una palabra, concluyen por transformarnos en otros tantos Cristos; y á fuerza de alimentarnos con la Bondad, la Pureza, la Santidad, que no son otra cosa que Jesucristo mis­mo, nos hacen llegar á ser buenos, puros y santos de un modo sobrenatural. 

Finalmente, el fuego del sagrado Corazón de Jesús que abrasa nuestras almas cuando recibimos á Jesucristo en la Comunión, es un fuego que deifica. Sí, la gracia y él amor de Dios llegan hasta el punto de hacernos partícipes de su naturaleza divina, como El mismo lo declara: Divinos consortes naturae. Y aunque la gracia comienza ya esta deificación en el Bautismo, debe comprenderse, no obstante, que sin la santa Comunión no podría desarrollarse, ni aún subsistir; como la vida que recibimos al nacer no podría desarrollarse ni subsistir sin el alimento que la nutre de continuo.

 «Sois dioses é hijos del Excelso,» nos dice el Señor: ¿es sorprendente que dioses, que hijos de Dios se alimenten con la carne y la sangre del Unigénito de Dios, que reside real y verdaderamente en la Eucaristía bajo las apariencias de pan? ¡Y todos estos prodigios, Salvador mío, no reconocen otra causa que vuestro adorable amor! todos manan de una fuente única, que es vuestro sagrado Corazón, presente y encendido en medio de vuestra celeste humanidad, y contenido juntamente con ella en el gran Sacramento del altar. ¡Oh! haced que me abrase, que se abrasen también todos vuestros sacerdotes, todos vuestros fieles, hombres y mujeres, niños y ancianos, ricos y pobres, todos sin excepción, en vivas ansias de recibiros en este Sacramento de amor! Hacednos comprender á todos que comulgar es amaros; que comulgar c o d frecuencia y bien dispuestos es amaros perfectamente. ¡Gloria y amor al Corazón de Jesús en el santísimo Sacramento del altar!

EL SAGRADO CORAZÒN DE JESÙS por Monseñor Segur



lunes, 27 de mayo de 2024

El sagrado Corazón y el Santísimo Sacramento

El sagrado Corazón de Jesús reside en medio de nosotros en la tierra, al mismo tiempo que en el cielo. Inseparable de la santísima y adorabilísima humanidad de Jesucristo, de la cual es como el centro y la vida, este divino Corazón, tan amante y tan amado, reside en cada una de nuestras iglesias bajo los velos eucarísticos, como es de fe. A menudo olvidamos la realidad de esta viva presencia de Nuestro Seños en la tierra. 

En teoría todos creemos en ella (sin esto seríamos herejes), pero no todos en la práctica; y esta es quizá la causa principal de esa tibieza, de esas mil y mil faltas que so­mos los primeros en lamentar. No tenemos, al menos en la medida que seria necesario, el espíritu de fe en la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Lo mismo sucede relativamente á su sagrado Corazón. Le miramos muchas veces como una especie de abstracción celestial, bellísima contemplada de lejos, pero inaccesible. Si tuviésemos una fe más viva, le veríamos presente en el altar en medio del sagrado pecho de Jesús, y entonces ¡cuántas gracias esta fe viva atraería sobre nuestras almas! Desde el fondo de su tabernáculo Jesucristo nos aguarda, nos llama: como á la beata Margarita María, nos muestra y á la vez nos abre su Corazón abrasado de amor: «¡Mirad, nos dice, ved aquí el Corazón que tanto ha amado á los hombres, y de los cuales en pago de mi amor no recibo más que ingratitudes ' y ultrajes!» 

El altar es, en efecto, el trono del divino amor, como el tribunal de la Penitencia es el trono . de la divina misericordia. De lo alto de este el Corazón de Jesús se entreabre para perdonar y purificar: de lo alto de aquel se da sustancialmente, se abre para amar, para fortificar, para santificar. En el altar el sacerdote de Jesús tiene en sus manos consagradas el Cuerpo y el Corazón del Hijo de Dios, y en el santo cáliz contempla y bebe la misma Sangre que partiendo del sagrado Corazón vivificaba la carne del Verbo humanado. Y como la En caristia es por excelencia el misterio del amor, puede decirse que el sacerdote católico es verdaderamente el consagrante, el depositario y el dispensador del sagrado Corazón de Jesús. Cuando comulga en la santa misa, recibe en su interior este divino Corazón y esta Sangre adorable. Le recibe, y le recibimos también nosotros cuando comulgamos, con todas sus llamas, con todos sus ardores. ¡Foco vivísimo de amor es la Comunión, donde se come y bebe el Amor eterno, Jesucristo, su carne, su Corazón y su Sangre gloriosos! Lo que el amor de nuestro Salvador hace en el misterio de la Eucaristía presenta un cúmulo tal de prodigios, que en vez de hablar de ellos, siéntese uno inclinado, por respeto, á callar y adorar. Todo lo que de esto se puede decir es nada. . 

San Bernardo llama á este gran sacramento (el amor de los amores, amor amorum.) Ciertamente, el amor, sólo el amor impulsa á Nuestro Señor á encerrarse bajo esa humilde apariencia, despojado de todo esplendor, y á morar así en esta tierra de miserias, de lodo y de impurezas, expuesto á mil y mil ultrajes, y esto hace diez y nueve siglos, y hasta el fin de los tiempos, hasta su segundo advenimiento. E l amor es el que obliga á Jesús á vivir en medio de nosotros para cubrirnos á los ojos de su Padre celestial, como la gallina cubre y protege con sus alas á sus polluelos. 

Allí, sobre el altar, su divino Corazón, supliendo á la flaqueza de su Iglesia militante, hace subir incesantemente al cielo adoraciones, ala­banzas, acciones de gracias, súplicas y oraciones dignas en un todo de la majestad divina. «Siempre vivo para interceder por nosotros,»1 ama por nosotros y nos obtiene gracias. Nos bendice con incesantes bendiciones, según la bella expresión de San Pedro: «Dios os ha enviado á su Hijo para bendeciros.»2 E l amor, si, el amor le ha hecho resumir en el santísimo Sacramento todos sus misterios de misericordia y ternura,3 pues allí está, bajo los velos eucarísticos, como Criador y Señor eterno de los Ángeles y de los hombres, del cielo y de la tierra, santificador de todos los elegidos, Santo de los Santos, Cabeza y Soberano pontífice de la Iglesia, Rey de los Patriarcas y Profetas, Salvador y Redentor. Allí está con la gracia del misterio de la Encarnación, con su largo sacrificio de treinta y tres años, con todas sus palabras y todos sus milagros; allí con todo lo que ha obrado en el alma santa de su Madre, en su Iglesia y en todos sus elegidos; allí, en fin, con todo el mundo de la gracia y todo el mundo de la gloria, de. que es principio, centro y vida. ¡Qué océano de amor encierra la Eucaristía!

¡Y todo este misterio de los misterios, este Amor de los amores, no es en el fondo otra cosa que vuestro sagrado Corazón, oh dulcísimo Jesús! Y nosotros ingratos correspondemos á este prodigio de bondad olvidándole en el silencio de sus Tabernáculos, y mostrándonos con él más fríos, más duros, y más insensibles que el mármol de los altares!

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS por Monseñor Segur

martes, 21 de mayo de 2024

COMPLOT CONTRA LA IGLESIA (R. P. Julio Meinvielle 1968)

 


"Al atacar el pecado original, se atacan todos los Dogmas Católicos porque si el hombre no nace pecador, y no viene pecador al mundo, ya no necesita salvación, Cristo está de más, no hay un Redentor". 

" Al no haber pecado, no tienen razón de ser los Sacramentos, no hace falta bautizar a los niños, no hace falta el Sacramento de la Penitencia. Se cuestiona la Eucaristía, la Transubstanciación, la Santa Misa".

Padre Julio Meinvielle

Mensaje de gran actualidad aun en estos tiempos.

lunes, 20 de mayo de 2024

Misericordias del Corazón de Jesús en el sacramento de la Penitencia

 


El sacramento de la penitencia puede llamarse maravilla del Corazón de Jesús. En este, más que en los otros Sacramentos, abre el Salvador á todos los hombres ese divino Corazón que tanto les ha; amado. En este Sacramento brilla de un modo especialísimo la omnipotencia de su misericordia y bondad, todos los días y en toda la tierra, con prodigios de todo género. 

La beata Margarita María veía al sagrado Corazón con sus llamas, su cruz y su corona de espinas, como en un trono resplandeciente de gloria. ¿No es este trono una hermosa figura del tribunal de la Penitencia, en el que la gloria de Dios no resplandece menos en milagros de misericordia que en el Sacramento del altar en prodigios de amor y santidad? ¿Cuál es,, en efecto, en la tierra la gloria por excelencia de Dios sino la conversión de los pobres pecadores, la resurrección y la salvación de las almas? 

Desde lo alto de este trono de compasión y de paciencia divinas, de inefables misericordias y de perdón inextinguible, el Corazón de Jesús, vivo y palpitante en el corazón de sus sacerdotes, arde de amor por los pobres pecadores y devora ávidamente sus pecados en sus divinas llamas. De allí irradia la esperanza; allí derrama á torrentes la sangre de la redención. 

La sangre de Jesús, la sangre del Corazón de Jesús, es como el alma de este gran Sacramento. Este es un compuesto de celestial santidad que purifica, de ternura que alivia y consuela, de compasión que conmueve y ablanda los corazones, de ardores sagrados que abrasan, y en fin, y sobre todo, de amorosa caridad. Esto es la Confesión, esa Confesión que tanto espanta á los que no tienen la dicha de «creer en el amor que nos tiene Dios.»

Un día, después de confesarse, escribía Santa Catalina de Sena estas palabras llenas de profundidad: «He ido á la Sangre de Cristo: Ivi ad sanguinem Christi.-a Ir á la Sangre de Jesús ¿no es ir á su Corazón, es decir, á la fuente y al foco de su amor? ¡Y hay hombres, hay cristianos que temen acercarse á este Sacramento! ¡Oh Sangre divina, Sar.gre de amor y de infinita misericordia! á tí vengo, precisamente porque soy pecador. Por mí fluyes; á mí me aguardas, como el padre del hijo pródigo aguardaba á su pobre hijo, ¡Sí, iré á tí, oh Sangre purificadora y santificante! ¡iré á tí con corazón contrito y humillado, pero lleno de confianza! ¡Qué gozo poseer este rico ' tesoro de la Confesión! ¡Y con cuánta verdad es la Esposa de Jesucristo esta misericordiosa Iglesia católica, que posee el trono de la misericordia del Corazón de Jesús! 

Bien podemos decir sin reparo que el sacramento de la Penitencia es el triunfo del sagrado Corazón de Jesús. En él aparece mucho más misericordioso todavía que en el sacramento del Bautismo; pues en éste (al menos en el Bautismo de los niños,) la gracia del perdón no borra más que una mancha de la cual el pecador no es personalmente responsable; mientras en el de la Penitencia esta misma gracia se dilata, se extiende todavía más, y no conoce otros límites que los qne le impone la mala voluntad de esos infelices sin juicio llamados pecadores impenitentes. Es de fe que en la Confesión el sacerdote puede perdonarlo todo, absolutamente todo, sin excepción; y la Iglesia quiere que el sacerdote lo perdone todo, cuando el pecador da verdaderas señales de arrepentimiento. ¡Oh misericordia del Salvador! Ni para esto ofrecen obstáculo las recaídas, siempre que provengan de la fragilidad humana; pues Jesús llama al perdón á los débiles como á los fuertes, á los pobres como á los ricos, á todos los que tienen buena voluntad. Después del altar, que es el trono del santo amor, en ninguna parte es más grande ni más admirable el sacerdote católico que en el confesonario, trono de la divina misericordia. 

Las llamas con que allí arde el sagrado Corazón no sólo aniquilan nuestros pecados, sino que además apagan las llamas eternas del. infierno que por ellos merecíamos; y aún, si nuestra contrición es perfecta, la Iglesia nos enseña que las llamas del Corazón misericordioso de Jesús apagan también el fuego del purgatorio. 

Con sus amorosas llamas el Corazón de Jesús abrasa, dilata y derrite á la vez el Corazón del confesor, llenándolo de caridad y de dulzura, y el corazón del penitente, llenándolo de contrición, purificándolo hasta en sus menores escondrijos é inundándolo de felicidad y de alegría. 

Y todo esto es el fruto de la cruz y de la corona de espinas; el fruto de la Pasión de Jesucristo, cuyos méritos infinitos se nos aplican en el sacramento de la Penitencia.

Dadme, pues, mi buen Salvador, que ame como ,debo este maravilloso Sacramento, y que á él recurra á menudo con vivísimos deseos de aprovecharme de las santas efusiones de vuestra sangre. Haced que me confiese siempre bien, que sea muy sincero en la manifestación de mis pecados, muy leal con mi conciencia, que huelle el orgullo y los respetos humanos, y que reciba siempre la absolución con las santas disposiciones que vuestro Corazón comunica á los corazones fieles, y que en ellos quiere que resplandezcan.

EL SAGRADO CORAZÒN DE JESÙS por Monseñor Segur