P. — Nuestra hermana N. desearía saber si usted ha visto en el purgatorio a su padre y a su madre.
R. — No sé; yo misma he dejado allí muchos parientes y no lo sabía; el ángel me lo ha dicho después en la tierra.
P. — ¿Usted conoce a mis hermanas? ¿Ha visto usted algunas veces a nuestra Madre desde que está en el mundo?
R. — Si, las conozco a todas y veo cuanto pasa en la casa; lo mismo sucede a todas las ánimas del purgatorio; ven lo que acaece en la tierra a menos que por permisión divina estén privadas de ello.
Vamos, hermana, hasta mañana.
Aquella cita, que nunca me había dado anteriormente, me sorprendió. Lo dije a nuestra venerada Madre, que ansiaba por el siguiente día para saber de qué se trataba.
Esta buena Madre me dijo: «Como usted veló anoche, es preciso que se vaya a acostar antes que toquen el gran silencio; entonces podrá ir a preguntarle qué es lo que tiene qué decirle».
No dejé de hacerlo así: pero su primera palabra fue: Hasta mañana, acuéstese tranquila.
Al siguiente día me le acerqué diciendo: —Buenos días, hermana; ayer me dió usted una cita para hoy, lo que me ha hecho pensar que tenía algo que decirme.
—No, hermana, lo único que quise decirle fue que como había estado en vela, no quería importunarla esta noche.
En efecto toda la noche la pasé muy tranquila.
P. —Como usted no le ha hablado a N. N. sino de N. B., ella está muy angustiada por sus demás parientes, imaginándose que pueden haberse condenado.
R. —No lo sé; pero si le interesa tanto, se lo preguntaré al ángel bueno.
P. —¿La han aliviado algo las oraciones y comuniones de ayer y hoy?
R. —El ángel respondió: «Sí, poca cosa le falta, tres o cuatro intenciones de la santa comunión y después espero que será pronto libertada».
P. —Hermana, ayer me ofreció usted preguntarle algo por N. N. al ángel de su guarda.
Volteóse la hermana como dirigiéndose a alguien y entonces oí la voz del ángel que me dijo:
«Dígale a su Madre que N. N. está en el cielo hace tiempo, y X. desde la Semana Santa; una de sus hijas ha pedido mucho por él».
Yo le repliqué: «Pero ella tiene muchos otros parientes que le interesan: tíos, tías...».
El Ángel me respondió: «En cuanto a N. N. está en el purgatorio; su tía la Hermana X está en el cielo; sin embargo, no fue tan pronto como se creyó, porque aquí las colocan en el cielo muy pronto. Pidan porque ustedes tienen en el purgatorio varias de sus hermanas que estaban mucho antes que la buena hermana María Sofía».
Le pregunté al ángel si mis dos hermanas estaban en el purgatorio y me respondió: «Las dos están en el cielo. Su hermana María no estuvo sino siete semanas en el purgatorio porque el buen Dios aceptó las oraciones y las misas que le mandó decir su hermana Elisa, como también el sacrificio generoso que hizo de su vida. Usted también tiene en el cielo a su sobrina María. Esa niña estuvo diez y siete días en el purgatorio, y eso por no haber pedido con bastante instancia los últimos sacramentos».
P. —¿Hermana, le dije a mi hermana María Sofía, usted recibió la aplicación de las oraciones y comuniones que le ofrecimos esta mañana?
Volvió a tomar el ángel la palabra y dijo: «Si, ya ella no se quema; sólo padece por el deseo de ver a Dios; pero le faltan aún algunas oraciones para alcanzar su completa libertad. Dele las gracias a su Madre y a sus hermanas por las oraciones que han hecho por esta alma.
Ella también les da las gracias; pero usted a su vez le debe alguna gratitud, pues no dejará de haber observado que está mejor de los ojos desde que pide por ella.
Me volví hacia mi hermana María Sofía y le dije: «¿Hermana, tendría usted la bondad de decirme qué es lo que debo hacer para aprovechar el tiempo?».
R. — Practique bien su regla y sus constituciones. Le recomiendo en particular la obediencia pronta y sencilla, la humildad, la mortificación; purifique bien su intención sobre todo por la mañana al levantarse, pues de ese primer momento depende todo el día; prepare bien su punto de oración, pues en este santo ejercicio es donde el demonio trata por lo menos de hacerle perder el tiempo. Y al responderle yo que muchas veces estaba tan cansada que tenía que sentarme, me dijo: «No son las rodillas las que quiere el buen Dios, sino el corazón y la voluntad.»
— En cuanto a la Misa, prosiguió, póngase al empezar bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del santo sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para las demás. ¡Ah si usted pudiese comprender el valor de una sola misa sobre el corazón de Dios, y los bienes que podría conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre celestial es la sangre de Jesucristo: con esa sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! ¡Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtudes más heroicos. Usted puede adoptar, o adopte el espíritu del Director. (No recuerdo bien su expresión).
— En el Ofertorio ofrézcase a Dios por manos del sacerdote; pídale que le cambie sus inclinaciones y su corazón, que la haga amar la virtud, sobre todo, la de la humildad. Dígale que usted quiere que todo en usted le sea sacrificado. Pídale al Señor que reciba la ofrenda de todos sus pensamientos, de todos sus afectos, de todo su ser.
— En la Consagración, represéntese estar a los pies de la Cruz de Nuestro Señor, y que la sangre de Jesús penetre en su alma gota a gota; este es el momento más precioso para alcanzar gracias del buen Dios. Aunque una alma estuviera en pecado mortal, podría salir de allí justificada. Pídale en ese momento al Señor por las ánimas del Purgatorio, para que su sangre apague todas las llamas, pues entonces Jesús no rehúsa nada.
— En la Comunión, únase a las disposiciones de la Santísima Virgen; pídale que le preste su corazón y reciba en él a Jesús, lo adore, ame y glorifique por usted. No deje nunca en sus comuniones de hacer una intención por las ánimas; acuérdese que Nuestro Señor mismo quiere que ruegue por su libertad, y que nada le negará a usted su padre, pidiéndole en su nombre.—Como durante todo el día se están celebrando misas, hará bien en unirse a ellas. Haga con sencillez sus oraciones, porque el escrúpulo es un gran mal. Evite apresurarse en lo que deba hacer, y nunca deje las comuniones por su culpa; no puede comprender cuánto pierde en omitirlas: haga a menudo la comunión espiritual. Aplíquese también a la caridad para el prójimo; usted no lo critica abiertamente, pero a veces, por excusarse, lo deja aparecer culpable. También debe respetar más el gran silencio; el otro día faltó con una de las alumnas.
— Pero lo que le dije fué por caridad, para hacerle un servicio —Es verdad, me dijo: pero sin embargo, usted dijo muchas palabras inútiles que ha podido evitar Dígale a su Madre que pediré mucho por ella cuando esté en el purgatorio; porque no se haga ilusiones, mi buena hermana, muy pocas personas van derecho al cielo.
Trabajando un día en nuestra celda y rezando al mismo tiempo el rosario de Ánimas, se me acercó mi hermana María Sofia y me dijo que rezara siempre ese rosario, porque le era muy agradable a Dios, y aliviaba prontamente a las ánimas. Me pareció que ella lo rezaba conmigo.
P. —Puedo esperar, hermana, que usted me cumplirá su palabra, y que tendrá la bondad de avisarme cuando se vaya para el cielo?
R. —Si, estese tranquila: no me iré sin avisárselo, y si no temiese que eso la perjudique le pediría al ángel el favor de que lo viese.
Le pregunté por qué motivo creía perjudicarme. Me respondió que era por temor de que con eso me envaneciera. Le di las gracias, manifestándole que si era así prefería verme privada de tan gran favor.
Después me dijo en dos diversas ocasiones: «Le prometo hacer todo lo posible para alcanzar del buen Dios la gracia de que pueda ver a su mamá cuando se vaya para el cielo.» Eso me lo repitió el 25 de mayo, víspera de Pentecostés, día de su entrada al cielo. Eran las dos y media de la tarde. Yo no quería separarme de ella; pero a pesar de mis deseos, no pude volver a su lado hasta las cinco menos cuarto.
Al presentarme me dijo: «Se ha hecho esperar. Ansiaba porque viniese.... Vamos, hermana, ¡me voy!... Le doy las gracias por todo lo que ha hecho por mi; manifiéstale también mi gratitud a la Madre y a todas las hermanas».
El temor de que se fuese sin haberle podido dar un recado que me habían encomendado poco antes, me hizo interrumpirla: «Oh, hermana, le dije emocionada, mi hermana María Adelaida me ha suplicado le pregunte si sus hermanos y hermanas están en el purgatorio.»
Tomó la palabra el ángel y dijo con voz de contento y felicidad: «No sólo a ella, sino a todas las hermanas dígales que se tranquilicen, que por ese respecto son muy felices; pues aquellos de sus parientes que no están en el cielo, van ya en camino. Al buen Dios le ha sido muy agradable la educación cristiana que dieron a sus hijas, y también el sacrificio que de ellas hicieron consagrándolas a Él. Ahora, le doy las gracias por todo lo que ha hecho por esta alma. Déle también las gracias a la Madre y a todas las hermanas y estén seguras de que ella no las olvidará en el Cielo, como tampoco a los seres queridos que tienen en el Purgatorio. Y usted, hermana, aplíquese a la humildad, a la obediencia y a la caridad; sea muy fiel a su regla, y después no tema nada.»
La hermana María Sofía tomó la palabra y me dijo: «Adiós, hermana, me voy.»
Me impresionó tanto con estas palabras que al punto caí de rodillas.
Volvió a tomar la palabra el ángel y me dijo: «crea, hermana que no le será ingrata!»...
Fué tan fuerte la impresión de todo esto, que apenas ví la desaparición de la hermana; sólo pude observar algo blanco que se elevaba como un vuelo de pájaro.
Aquí terminó todo; después ni he visto, ni oido nada.
Siguen algunas preguntas que dirigió nuestra muy venerada Madre a la hermana Margarita María acerca del físico de la hermana María Sofía.
P. — ¿Es alta la hermana María Sofía?
R. — Si, Madre un poco más alta que yo.
P. — ¿Tiene la cara larga o redonda?
R. — La tiene larga
P. — ¿Ojos grandes o pequeños?
R. — Grandes; el párpado se le ve con una gran arruga.
P. — ¿Cómo tiene la nariz?
R. — Bastante larga y esponjada.
P. — ¿Tiene mucho cabello?
R. — No; lo tiene largo y claro.
P. — ¿Tiene finos los labios?
R. — No; los tiene gruesos.
P. — ¿Cómo tiene las uñas?
R. — Parecen uñas encajadas; no las tiene lisas como nosotras; se le ven como rayadas y algo volteadas. Tiene las manos rojizas y mal formadas; al principio, cuando se me apareció, me causaba miedo.
P. — ¿Cómo tiene la punta de los dedos?
R. — Gruesas.
P. — ¿Es ancha de hombros, de pecho levantado?
R. — No, por el contrario, muy estrecha de hombros, y de pecho más hondo que yo.
P. — ¿Y su voz?
R.— Tiene buena palabra, pero la voz hueca; sus maneras parecen algo bruscas.
Según esta exposición, nuestra muy venerada Madre y todas mis hermanas de la comunidad que han conocido a la hermana María Sofía, aseguran que ese retrato está absolutamente conforme con el original.



