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viernes, 30 de octubre de 2026

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA (R.P.Calmel O.P.) Segunda parte y final.

 


La Iglesia es Santa, aunque sus miembros sean pecadores

Recordemos la oración del comienzo del canon romano, que Pablo VI no ha dudado en rebajar al nivel de las oraciones „polivalentes‟ adaptables a las cenas calvinistas (equiparar de ese modo el canon romano no tiene el más mínimo fundamento en la tradición apostólica y se opone frontalmente a esta tradición imprescriptible). En el canon romano el Sacerdote, después de haber suplicado insistentemente al Padre clementísimo, por su Hijo Jesucristo, que santifique el sacrificio sin mancha, ofrecido en primer lugar por Ecclesia tua sancta catholica… continúa así: «juntamente con tu siervo nuestro Papa… y nuestro Obispo…». La Iglesia nunca se ha planteado decir: “juntamente con tu „santo‟ siervo nuestro Papa... y nuestro „santo‟ Obispo...”, cuando sí ha mandado decir: «por tu „santa‟ Iglesia Católica». El Papa, a diferencia de la Iglesia, no es necesariamente santo. La Iglesia es santa aunque con miembros pecadores, entre los que nos contamos; miembros pecadores que no tienden, o han dejado de tender a la santidad. Puede ocurrir que el mismo Papa figure en esta triste categoría. Sólo Dios lo sabe. En todo caso, siendo como es su condición la de jefe de la Santa Iglesia, y no necesariamente la de un santo, no debemos escandalizarnos si a la Iglesia le sobrevienen pruebas, a veces muy crueles, a causa de la persona que es su jefe visible. No debemos escandalizarnos si, aunque sujetos al Papa, no podemos seguirle a ciegas, incondicionalmente, en todo y siempre. En la medida en que nuestra vida interior se refiera al jefe invisible de la Iglesia, al Señor Jesús, supremo sacerdote, y se alimente de la tradición apostólica con los dogmas, el misal y el ritual de la tradición, tendiendo al amor perfecto que es el alma de esta santa tradición, en esta misma medida aceptaremos mucho mejor tener que santificarnos en una Iglesia militante cuyo jefe visible, si bien preservado de fallar en ciertos límites precisos, no lo está de la común condición de pecador.

La fidelidad a la fe de la Iglesia justifica la resistencia a la autoridad

El Señor gobierna de tal manera a su Iglesia, a través del Papa y de la jerarquía sometida al mismo, que aquélla estará siempre firme en su tradición, consciente de que dicha tradición es suya, consciente y no amnésica. Sobre los elementos más importantes de la tradición, como las verdades del catecismo, la celebración del Santo Sacrificio, los sacramentos, su estructura jerárquica fundamental, los diferentes estados de vida, y la llamada al amor perfecto, la Iglesia está asistida de tal manera que cualquier bautizado que tenga fe, sea obispo, Papa o simple fiel, sabe exactamente a qué atenerse. Así, el simple cristiano que en lo concerniente a la tradición sobre un punto importante y por todos conocido, rechazara seguir a un sacerdote, a un obispo, a una conferencia episcopal, o incluso a un Papa, que arruinasen la tradición sobre ese punto, no dejándose llevar ni obedeciendo en este punto preciso, no daría, como algunos pretenden, signos característicos de libre examen o de soberbia del espíritu: pues no es orgullo ni prueba de insumisión discernir la tradición acerca de los puntos mayores o el negarse a traicionarla. Sea , por ejemplo, que hablemos de una colegialidad de obispos o del secretario de una congregación romana que manipulan las cosas bajo cuerda para que los sacerdotes católicos acaben celebrando la Misa excluyendo las señales de adoración y los signos exteriores de fe en los santos misterios: todo fiel sabe que es inadmisible celebrar la Misa manifestando dicha „no-fe‟; y así, el que rechaza ir esta Misa o mejor a esta ceremonia que las más de las veces ha dejado de ser una Misa, no practica el libre examen ni es un rebelde; es un fiel asentado en una tradición que viene de los apóstoles y que nadie en la Iglesia puede cambiar. Pues nadie en la Iglesia, sea cual fuere su rango jerárquico, incluso si es el más alto, tiene poder de cambiar la Iglesia y la tradición apostólica.

Yo sé que a menudo pasa por farsante o maníaco el sacerdote que no habiendo adoptado la tergiversación del misal y del ritual emprendido por el Romano Pontífice actual [habla de Pablo VI; n. de la r.] se atreve aún así a afirmar: “yo estoy con Roma; yo me atengo a la tradición apostólica guardada por Roma”. “¿Que usted está con Roma? -me dicen algunos-: ¡anda ya! ¿Y cómo bautiza usted, qué Misa celebra?” Yo les respondo: “La misma que Pablo VI hasta 1970; de la manera casi bimilenaria sancionada por los papas anteriores a Pablo VI, practicada por ellos, por los obispos y sacerdotes de la Iglesia latina. Yo hago lo mismo que ellos han hecho unánimemente al mantener los exorcismos en el bautismo solemne, cuando ofrezco el Santo Sacrificio según un Ordo Missae consagrado por quince siglos que no fue aceptado jamás por quienes negaban el Santo Sacrificio”.

Si, por otra parte nosotros, los ministros de Jesucristo que así celebramos la Misa y los sacramentos, hubiéramos roto por ello con Roma y con la tradición de la que Roma es garante, ¿por qué no se nos imponen sanciones canónicas cuyo levantamiento quede reservado al Vicario de Cristo?. Escribo esto porque es la pura verdad y porque espero confortar a algunos fieles que no alcanzan a comprender esta manifiesta contradicción: estar con Roma, sería adoptar en materia de fe o de sacramentos lo que destruye la tradición apostólica y sobre lo cual, además, nadie puede precisar en qué medida el pontífice romano actual ha pretendido comprometer su autoridad (igual que diez años después del Vaticano II nadie sabe todavía con exactitud hasta dónde llega la autoridad del concilio “pastoral”). Y una vez más, insisto: la tradición apostólica es clarísima sobre todos los puntos de importancia. No hace falta mirar con lupa ni ser cardenal o prefecto de algún dicasterio romano para saber lo que se le opone. Basta con haber sido instruido en el catecismo y la liturgia antes de la corrupción modernista.

Con harta frecuencia, cuando se ha tratado el tema de la no separación con Roma, se ha formado a fieles y sacerdotes en un temor, en parte mundano, de tal manera que son presa del pánico, vacilan en su conciencia y no son capaces de examinar nada en cuanto el primer advenedizo les acusa de no estar con Roma. Una formación verdaderamente cristiana nos enseña, al contrario, el deseo de permanecer unidos a Roma, pero no en el pánico y sin discernimiento, sino en la luz y la paz, con un temor filial en la fe.

La tradición no es ni evolutiva ni fósil

No nos importa que los adversarios se rían de nosotros acusándonos de no saber distinguir en la tradición una parte contingente y variable, de lo esencial, que es irreformable. Sus burlas sólo podrían concernirnos si hiciéramos el ridículo al conceder idéntico valor a todo lo que se presenta com tradición. Pero esto no es así. Nosotros decimos solamente, y es lo único que nos importa, que la tradición de la Iglesia en sus elementos mayores, está establecida, es cierta e irreformable; en segundo lugar, que cualquier cristiano, por poco instruido que esté en su fe, conoce dichos elementos sin dudarlo; tercero, que es la fe y no el libre examen lo que nos hace discernir también la obediencia, la piedad y el amor, de la insubordinación, en el mantenimiento la tradición. En cuarto lugar, que los intentos de la jerarquía o las debilidades del Papa tendentes a derruir o a dejar derruir esta tradición serán también trastocados un día toda vez que la tradición triunfará. Estamos tranquilos en este punto: sean cuales fueren las armas hipócritas puestas por el modernismo en manos de las conferencias episcopales y del mismo vicario de Cristo -armas diabólicas sobre las que quizás se hacen muchas ilusiones-, por muy sofisticadas que sea la perfección de estas nuevas armas, la tradición -por poner un ejemplo- que en el bautismo solemne incluye los anatemas contra el diablo maldito no quedará eliminada por mucho tiempo; la tradición de no absolver los pecados sino después de la confesión individual, no quedará eliminada por mucho tiempo; la tradición de la Misa Católica tradicional latina y gregoriana, con un idioma, canon y conjunto de ritos fieles al misal romano de San Pío V, muy pronto volverá a su puesto de honor; la tradición del catecismo de Trento o de un manual que sea conforme al mismo tampoco tardará en florecer.

Hay un conocimiento por parte de los miembros de la Iglesia, sea cual fuere su rango, de la tradición de la Iglesia sobre los puntos mayores del dogma, de la moral, de los diferentes estados de vida, de la perfección a la que estamos llamados. Y los guardan sin mala conciencia, aunque los custodios jerárquicos de esta tradición pretendan intimidarlos o hacerlos dudar, y aunque los verdugos modernistas los persigan con agrio refinamiento. Están muy ciertos de que apoyándose en la tradición no se separan en nada del vicario visible de Cristo. Pues el vicario visible de Cristo es gobernado por Cristo de tal modo que no pueda cambiar ni hacer olvidar la tradición de la Iglesia. Si por desgracia intenta lo contrario, él mismo o sus sucesores inmediatos deberán proclamar un día bien alto lo que permanece vivo para siempre en la memoria de la Iglesia: la tradición apostólica. La Esposa de Cristo no corre el riesgo de perder la memoria.

En cuanto a los que dicen que la tradición es sinónimo de esclerosis o que se progresa en oposición a la tradición; es decir, a cuantos presentan delirantes espejismos de una absurda filosofía del devenir, les recomendaría leyeran a San Vicente de Lérins en su Commonitorium y estudiasen un poco más la historia de la Iglesia: dogmas, sacramentos, estructuras fundamentales, vida espiritual, para entrever la diferencia esencial que existe entre “ir por delante” o ”ir por mal camino”; tener “las ideas avanzadas” o “avanzar según las buenas ideas”. En resumen, se trata de distinguir entre el aprovechamiento y el cambio.

Las pruebas interiores de la Iglesia

Más hoy que en los tiempos de paz, nos es útil y saludable meditar desde la fe sobre las pruebas de la Iglesia. Quizás nos sentiríamos tentados a reducir estas pruebas a las persecuciones y ataques que vienen del exterior. Pero los enemigos del interior son mucho más temibles: conocen mejor los puntos vulnerables y pueden herir o envenenar en el momento más inesperado. Y el escándalo que provocan es mucho más difícil de superar. Por eso, en una parroquia, un catequista antirreligioso por mucho que haga no conseguirá dañar tan profundamente al pueblo fiel como el sacerdote vivales y modernista. Asimismo la secularización de un simple sacerdote, aún cuando impresione mucho más a los ojos de todos que la incuria de un obispo o su traición, no tiene consecuencia tan funestas.

Sea como fuere, es cierto que si el obispo traiciona la fe católica, aunque no se secularice, impone a la Iglesia una prueba mucho más abrumadora que el simple sacerdote que se casa y que deja de ofrecer la Santa Misa. ¿Es preciso o necesario después de eso hablar de esta clase de prueba que puede sufrir la Iglesia de Jesucristo a través del mismo Papa, el vicario de Jesucristo en persona? Ante esta pregunta muchos se tapan la cara y no les falta poco para gritar: ¡blasfemia!. Este pensamiento les tortura. Rehúsan mirar de frente una prueba de tal gravedad. Comprendo sus sentimientos. Y no ignoro que cierto vértigo puede apoderarse del alma cuando se pone en presencia de ciertas iniquidades. Sinite usque huc [¡Basta! ¡Dejadlo!] (Luc, 22, 51) decía Jesús agonizante a tres Apóstoles, cuando se acercaba la soldadesca del sumo sacerdote que llegaba para prenderlo y conducir al tribunal y a la muerte a Aquél que es el Sumo y Eterno Sacerdote. Sinite usque huc: es como si el Señor dijera: el escándalo puede llegar hasta aquí, pero dejadlo. Mi recomendación es que veléis y oréis pues el Espíritu está pronto, pero la carne es débil. Sinite usque huc: por mi consentimiento en beber el cáliz os he merecido todas las gracias, cuando vosotros estabais dormidos y me habíais dejado enteramente solo. Os he obtenido una gracia particular de fortaleza sobrenatural que os acompañe en la medida de todas las pruebas, en la medida misma de la prueba que puede sobrevenir a la Santa Iglesia a causa del Papa. Y os he hecho capaces de soportar este vértigo.

Lo que la revelación no dice, pero tampoco excluye

En relación a esta prueba extraordinaria tenemos lo que dice la historia de la Iglesia y lo que no dice la revelación sobre la Iglesia. En ninguna parte lo revelado sobre la Iglesia dice que los Papas no pecarán jamás por negligencia, laxitud, o espíritu mundano en la custodia y defensa de la tradición apostólica. Sabemos que no pecarán jamás obligando a creer directamente en otra religión: he aquí el pecado del que son preservados por la naturaleza de su cargo. Y cuando comprometieren su autoridad en algún punto en el que ésta es infalible, el mismo Cristo nos hablará y nos instruirá: este es el privilegio del que están revestidos desde el momento en que son elegidos sucesores de Pedro. Pero si bien la revelación nos afirma estas prerrogativas del papado, en ninguna parte afirma que cuando el Papa ejerce su autoridad por debajo del nivel en que es infalible, no llegue jamás a servir a los propósitos de Satanás y a favorecer hasta cierto punto la herejía. Igualmente no está escrito en la Sagrada Biblia que a pesar de que él no pueda enseñar formalmente otra religión, no podrá jamás permitir que se saboteen las condiciones indispensables para la defensa de la verdadera religión. Esa tal defección es notablemente favorecida por el modernismo.

Así pues, la revelación sobre el Papa no asegura en ninguna parte que el vicario de Cristo no hará jamás sufrir a la Iglesia la prueba de ciertos escándalos graves; y digo graves no sólo en el orden de las costumbres privadas sino también en el orden propiamente religioso, es decir, en el orden eclesiástico de la fe y las costumbres. De hecho la historia de la Iglesia nos narra que tal género de pruebas derivadas del Papa no ha faltado en modo alguno, aunque haya sido ocasional y no se haya prolongado nunca en estado crítico. Sorprendería lo contrario, cuando se comprueba el pequeño número de Papas canonizados desde San Gregorio VII, el reducido número de vicarios de Cristo que son invocados y venerados como amigos de Dios, santos de Dios. Pero sorprende aún más que Papas que sufrieron los peores tormentos, como por ejemplo un Pío VI o un Pío VII, no hayan sido invocados como santos ni por la Vox Ecclesiae ni por la Vox populi. Si estos Pontífices que tanto tuvieron que sufrir por el hecho de ser Papas, no soportaron su pena con tal grado de amor que hayan llegado a ser santos canonizados, ¿cómo asombrarse de que otros Papas que enfoquen su cargo desde un punto de vista mundano, puedan cometer faltas graves o imponer a la Iglesia de Cristo una prueba particularmente temible y desgarradora? Los fieles, sacerdotes y obispos que quieren vivir de la Iglesia, cuando se ven reducidos al extremo de tener tales Papas, se preocupan no sólo de rogar por el Sumo Pontífice que es causa de aflicción para la Iglesia, sino que ante todo se unen más que nunca a la tradición apostólica: la tradición sobre los dogmas, el Misal y el ritual; la tradición sobre el desarrollo de la vida interior y sobre la llamada de todos al amor perfecto en Cristo.

El caso de San Vicente Ferrer

En esto se ve cómo la misión de aquel fraile predicador, que entre todos los santos es el que más trabajó por el Papado, aquel hijo de Santo Domingo, San Vicente Ferrer, se hace particularmente luminosa. El Ángel del juicio, legado a latere Christi que hace deponer a un Papa [Benedicto XIII] después de haber usado con él de una infinita paciencia, el mismo Vicente Ferrer es también, y con el mismo impulso, el misionero intrépido y lleno de bondad que, desbordante en sus prodigios y milagros anuncia el evangelio a la inmensa muchedumbre del pueblo cristiano. Lleva en su corazón de apóstol no sólo a un Papa tan enigmático, obstinado y duro sino también al conjunto del rebaño de Cristo, a la multitud de ese pueblo sencillo y desamparado, a la turba magna ex ómnibus tribubus et populis et linguis (“de todas las tribus, pueblos y lenguas”). Vicente ha comprendido que la mayor preocupación del vicario de Cristo no es, ni de lejos, servir lealmente a la Santa Iglesia como se debe. El Papa pone en primer lugar la satisfacción de su oscura voluntad de poder. Pero si al menos entre los fieles se despierta el sentido de la vida en la Iglesia, el afán por vivir en conformidad con los dogmas y los sacramentos recibidos de la tradición apostólica, si afluye por fin un soplo puro y fuerte de conversión y de oración en esa cristiandad lánguida y desolada, entonces podrá llegar finalmente, sin ninguna duda, un vicario de Cristo que sea verdaderamente humilde, tenga conciencia cristiana de su elevado cargo y se preocupe de cumplirlo lo mejor posible según el espíritu del Sumo Sacerdote. Si el pueblo cristiano vuelve a una vida acorde con la tradición apostólica, será imposible que el vicario de Cristo caiga en profundos extravíos y se deje

conducir a ciertas complicidades con la mentira cuando de lo que se trata es de mantener y defender la tradición. Será necesario que sin tardanza un Papa bueno y quizás Santo suceda al Papa malo o extraviado.

La defección del jefe no justifica nuestra tibieza

Son demasiados los fieles, sacerdotes y obispos que quisieran, cuando en los días de grandes desgracias le llega la prueba a la Iglesia procedente de su Papa, que las cosas se pusieran en orden sin tener nada o casi nada que hacer. Lo más que aceptan es musitar algunas oraciones. Dudan incluso ante el Rosario diario: cinco misterios ofrecidos diariamente a Nuestra Señora en honor de la vida oculta, de la Pasión y de la gloria de Jesús. Tienen ganas de profundizar en la fidelidad a la tradición apostólica en lo que les concierne: dogmas, misal y ritual, vida interior (pues el progreso de la vida interior evidentemente forma parte de la tradición apostólica). Pero ellos, habiendo consentido por su parte en la tibieza, se escandalizan nada menos de que el Papa, tampoco él, no sea mucho más celoso en la conservación de la tradición apostólica en toda la Iglesia, es decir en cumplir con fidelidad la única misión que la ha sido confiada. Esta perspectiva de las cosas no es justa. Además, si tenemos necesidad de un Papa Santo, razón de más para empezar por ordenar nuestra vida con la gracia de Dios y, conservando la tradición, seguir los pasos de los Santos. Entonces el Señor Jesús acabará por conceder al rebaño el pastor visible que se esforzará por llegar a ser digno de su nombre.

A la insuficiencia o defección del Jefe no hemos de añadir nuestra negligencia personal. Que la tradición apostólica esté viva al menos en el corazón de los fieles aunque se encuentren lánguida en el corazón y en las decisiones de aquél que es el responsable a nivel de Iglesia. Entonces el Señor, sin duda, será misericordioso con nosotros.

Y una vez más, conviene que nuestra vida interior se refiera no al Papa sino a Jesucristo. Nuestra vida interior que evidentemente incluye las verdades de la revelación respecto del Papa, debe referirse puramente al Sumo Sacerdote, a nuestro Dios y Salvador Jesucristo para llegar a superar los escándalos que llegan a la Iglesia procedentes del Papa.

Tal es la lección inmortal que San Vicente Ferrer nos dio en aquel tiempo apocalíptico de una de las mayores deficiencias del Romano Pontífice. Pero ahora, con el modernismo, estamos conociendo las más terribles pruebas. Razón más imperiosa aún para nosotros en orden a vivir de manera aún más plena, y en todo punto, de la tradición apostólica: en todo punto, incluyendo ese punto capital del que apenas se habla ya desde que muriera el Padre dominico Garrigou-Lagrange: la tendencia efectiva a la perfección del amor. y eso que en la doctrina moral revelada por el Señor y transmitida por los Apóstoles se nos dice que debemos tender al amor perfecto, ya que la ley del crecimiento en Cristo es propia de la gracia y la caridad que nos unen a Él.

Trascendencia y misterio del Papado

Trascendencia y oscuridad del dogma relativo al Papa: el dogma de un pontífice que es vicario universal de Jesucristo y que no siempre está al abrigo de fallos incluso graves, que pueden ser muy peligrosos para sus sujetos. Este dogma del romano pontífice no es sino uno de los aspectos del misterio más profundo de la Iglesia misma. Es sabido que dos grandes proposiciones nos introducen en este misterio3: en primer lugar la Iglesia, formada por pecadores entre los cuales nos contamos, es aun así la dispensadora infalible de la luz y de la gracia, dispensadora mediante una organización jerárquica, y dispensadora gobernada desde lo alto de los cielos por su jefe y Salvador Jesucristo y asistida por el Espíritu de Jesús. Por otro lado, sobre esta misma tierra el Salvador ofrece a través de su Iglesia el sacrificio perfecto y la alimenta de su propia sustancia. Por ello la Iglesia, Esposa santa del Señor Jesús debe participar de la Cruz, incluyendo la cruz de la traición por parte de los suyos. A pesar de todo no deja de estar muy asistida en su estructura jerárquica, comenzando por el Papa, y ardiente en la caridad. En una palabra, la Iglesia continúa siendo en todo tiempo lo bastante pura y santa como para ser capaz de participar en las pruebas de su Esposo, incluida la traición de ciertos jerarcas, conservando intactos su dominio interior y su fuerza sobrenatural. Jamás la Iglesia se extraviará.

Si en nuestra vida interior, la verdad cristiana sobre el Papa se sitúa, como conviene, en el interior de la verdad cristiana sobre la Iglesia, superaremos lúcidamente el escándalo de todas las mentiras sin exceptuar las que pueda sufrir la Iglesia por mediación del vicario de Cristo o de los sucesores de los Apóstoles. En esto, al menos en lo que concierne a los obispos, Santa Juana de Arco es un modelo incomparable. A nuestro alrededor y según nuestra raquítica capacidad, intentaremos ser fieles a lo que fue una de las gracias particulares de Santa Juana de Arco.

Cuando pensamos en el Papa actual3, en el modernismo reinante, en la tradición apostólica, en la perseverancia en la misma, nos vemos cada vez más reducidos a considerar estas cuestiones en la sola oración, implorando insistentemente por toda la Iglesia y por aquél que en nuestros días tiene en sus manos las llaves del Reino de los cielos. Las tiene en sus manos pero, por así decir, no las hace servir:

más bien deja abiertas las puertas del rebaño, que va a parar a los caminos cercanos a los salteadores, y no cierra estas puertas protectoras que sus predecesores habían mantenido cerradas con cerrojos y cadenas irrompibles. A veces incluso -y éste es el equívoco del ecumenismo postconciliar- parece abrir lo que nunca dejó de estar cerrado. Y mientras, henos aquí reducidos a la necesidad de no pensar en la Iglesia si no es para orar por ella y por el Papa. Lo cual es una bendición. Ahora bien, pensar en nuestra Madre, en la Esposa de Cristo, en estas circunstancias tan lastimosas, no disminuye en nada nuestra resolución de ver las cosas con claridad. Esta lucidez indispensable, sin la cual se desvanecerían todas las fuerzas, debe estar penetrada de tal humildad y dulzura que apresuremos el auxilio del Sumo Sacerdote. Deus in adiutórium meum intende. Dómine, ad adiuvandum me festina. Quiera Él encomendar lo antes posible ese remedio eficaz a su Santísima Madre, María Inmaculada.

martes, 27 de octubre de 2026

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA (R.P.Calmel O.P.) Primera Parte

 


Les proponemos un artículo del Padre Calmel O.P. (1914-1975) que nos ayudará, en estos tiempos difíciles, a conservar el amor a la Iglesia. Este texto, publicado en la revista Itinéraires en 1973, forma parte de la obra Brève apologie por l´Eglise de toujours (1987). Más de treinta años después de su publicación, este artículo conserva toda su actualidad, y hasta parece haber sido escrito para nuestra época, con una crisis en la Iglesia que no conoce precedentes. La agudeza de visión del Padre Calmel es impresionante. Este texto ayudará al lector a tener las ideas claras, espíritu de fe, y un alma serena en los tiempos borrascosos que corremos.

Le Courrier de Rome [edición francesa de sì sì no no -los subtítulos son nuestros-]

‘¡Me duele Roma!’

Me duele mi país…escribía en 1944 un joven poeta durante la „depuración‟, cuando el Jefe de Estado, de sobras conocido [se refiere al general De Gaulle], llevaba a cabo implacablemente la siniestra tarea preparada desde hacía más de cuatro años. Me duele mi país…No se trata de una verdad que se proclame al son de trompetas. Más bien es una confidencia que uno se hace a sí mismo, con gran dolor, intentando conservar la esperanza a pesar de todo. Cuando yo estuve en España en los años 55, recuerdo el extremo pudor de mis amigos, al margen de su opción política, en manifestar opiniones sobre „su‟ guerra. Aún les dolía su país.

Pero cuando se trata no ya de la Patria carnal, cuando se trata de la Iglesia, considerada no absolutamente, pues como tal es en todos los aspectos indefectible y santa, sino del jefe visible de la misma, cuando se trata de quien ostenta actualmente2 la primacía romana, no sabemos cómo asumirlo y qué tono será conveniente adoptar para confesar en voz baja: ¡Ay! me duele Roma.

Sin duda los diarios denominados de la buena prensa no dejarán de decirnos que ¡desde hace dos mil años la Iglesia del Señor no ha conocido jamás un pontificado tan espléndido!

Pero ¿quién se toma en serio a esos incorregibles maníacos del incienso oficial? Cuando vemos lo que se enseña y lo que se practica en toda la Iglesia bajo el actual pontificado, o mejor, cuando comprobamos lo que ha cesado de ser enseñado y practicado, y cómo la Iglesia visible que se presenta en todas partes como la verdadera ya no sabe bautizar niños, enterrar difuntos, celebrar dignamente la Santa Misa, absolver los pecados en la confesión, cuando vemos atentamente cómo aumenta la marea envenenada de la protestantización general, sin que quien detenta el poder supremo, dé la orden enérgica de cerrar las compuertas, entonces, aceptamos la evidencia de que no se puede dejar de decir: ¡Ay! Me duele Roma.

Todos sabemos que se trata de algo distinto de esas iniquidades que a lo largo de la historia se daban entre los poseedores del Primado romano, y a alas que estuvieron demasiado a menudo acostumbrados. En aquel caso las víctimas, más o menos puestas a merced del mal, tenían una relativa facilidad para evadirse, velando con más empeño por su propia santificación. Todos debemos velar siempre por nuestra santificación. Mas hete aquí una iniquidad, que en el pasado no se había visto jamás hasta tal grado, la de que aquél que ocupa hoy la cátedra de Pedro, consienta que se abandonen a las maniobras de los innovadores y negadores los medios mismos de santificación; que admita que la sana doctrina, los sacramentos y la misa, sean sistemáticamente minados. De ahí un nuevo peligro: si la santificación no se ha hecho imposible, sí se ha hecho mucho más difícil. Y también mucho más urgente.

En una coyuntura tan peligrosa, ¿es aún posible para un simple fiel, para un humilde sacerdote rural o de ciudad, para un religioso que se siente cada vez más ajeno en su propio instituto, para una religiosa que se pregunta si no se ha jugado con ella en nombre de la obediencia, para todas las ovejitas del inmenso rebaño de Jesucristo y de su Vicario, no descorazonarse, no convertirse en presa de un inmenso aparato que progresivamente las empuja a cambiar de fe, de culto, de hábito y de vida religiosa, en una palabra, a mudar de religión?

¡Ay! Me duele Roma. Uno querría repetir con tanta dulzura como exactitud las palabras de la Verdad. Aquellas sencillas palabras de la doctrina sobrenatural que aprendimos en el catecismo. Y lejos de querer añadir más a los males presentes, persuadámonos, en base a la propia revelación, que llegará un día en que Roma será curada, y que la Iglesia aparente pronto quedará desenmascarada con todo rigor. Y quedará inmediatamente reducida a polvo, ya que su fuerza principal viene del hecho de que su mentira intrínseca pasa por la verdad, mientras no tenga quien la desautorice desde arriba. Uno querría, en medio de tanta desgracia, hablar con palabras que no desentonasen demasiado con el verbo propio de los misterios, con palabras suaves, como las que el Espíritu Santo murmulla en el corazón de la Iglesia.

Jesucristo, supremo Señor de la Iglesia

Pero ¿por dónde empezar? Sin duda por la evocación de la verdad primera, la del señorío de Jesucristo sobre su Iglesia. Él ha querido una Iglesia que tuviese como cabeza al obispo de Roma, que es su Vicario visible, al mismo tiempo que obispo de los obispos y de todo el rebaño. Le ha conferido la prerrogativa de ser la roca a fin de que el edificio no se desmorone jamás. Él ha orado para que al menos Él, en medio de todos los obispos, no naufrague en la fe, de modo que habiéndose convertido, tras los fallos de los que no será necesariamente preservado, confirme hasta el fin a sus hermanos en la fe: o en todo caso, si no es él en persona quien confirma a sus hermanos, que sea uno de sus más próximos sucesores.

Tal es sin duda el primer pensamiento reconfortante que el Espíritu Santo sugiere a nuestros corazones en estos días desolados en que Roma está parcialmente invadida por las tinieblas: no hay Iglesia sin el Vicario de Cristo infalible e investido de la primacía. Por otra parte, sean cuales fueren las miserias de este vicario visible y temporal de Jesucristo, incluso en el terreno religioso, es el mismo Jesús quien gobierna a su Iglesia, quien guía a su vicario en el gobierno de la Iglesia; Él guía a su vicario de tal modo que éste no puede comprometer su autoridad suprema en los trastornos o complicidades que cambiarían la religión. Hasta aquí se extiende la fuerza divina del gobierno de Cristo ascendido a los cielos, en virtud en virtud de su Pasión soberanamente eficaz. Él conduce a su Iglesia a un tiempo desde dentro y desde fuera y domina sobre el mundo enemigo. Hace sentir su poder a este mundo perverso, aún y sobre todo, cuando los causantes de la iniquidad, a través del modernismo, no sólo penetran en la Iglesia sino que pretender hacerse pasar por la verdadera Iglesia.

La astucia del modernismo se despliega en dos tiempos: en primer lugar provoca la confusión entre la autoridad paralela de los herejes y la jerarquía regular cuyos hilos mueven; a continuación se sirven de una pastoral sedicente y universalmente reformadora que calla o da sistemáticamente una orientación izquierdista a la verdadera doctrina, rechazando los sacramentos o convirtiéndolos en ritos inciertos. La gran habilidad del modernismo es utilizar esta pastoral del infierno, para transmutar la doctrina santa entregada por el Verbo de Dios a su Iglesia jerárquica, y al mismo tiempo alterar e incluso anular los signos sagrados transmisores de la gracia, y de los que la Iglesia es la fiel dispensadora.

Hay un Jefe de la Iglesia siempre infalible, sin pecado, santo, desconocedor de cualquier intermitencia y de cualquier pausa en su obra de santificación. Éste es el único jefe, pues todos los demás, incluyendo al más encumbrado, tienen una autoridad que viene de Él y acaba en Él. Este Jefe santo e inmaculado, absolutamente segregado de los pecadores, elevado a lo más alto de los cielos, no es el Papa; es Aquél de quien nos habla magníficamente la carta a los Hebreos: el Sumo Sacerdote Jesucristo.

Jesús, nuestro Redentor por la cruz, antes de subir a los cielos y de hacerse invisible a nuestros ojos mortales, ha querido establecer para su Iglesia, además y por encima de los numerosos ministros particulares, un ministro universal único, un vicario visible que es el único que goza de la jurisdicción suprema. Lo ha colmado de prerrogativas: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mat. 16, 18-19). «Sí, Señor, Tú sabes que te amo. Jesús le dice: Apacienta mis corderos…Apacienta mis ovejas». (Jn 21, 16-18). «Yo he rogado por ti a fin de que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos». (Luc 22, 32).

El Papa, ‘vicario’ de Jesucristo

Si el Papa es el Vicario visible de Jesús, que ha ascendido a los cielos invisibles, no es más que el vicario: vices gerens (hace las veces), el que ocupa su lugar sin dejar de ser otro. La gracia que hace vivir al Cuerpo Místico no deriva del Papa. Para el Papa y también para nosotros, la gracia deriva únicamente de Nuestro Señor Jesucristo. Lo mismo ocurre en lo concerniente a la luz de la Revelación. Él posee con un título único la custodia de los misterios de la gracia, los siete sacramentos, así como de la verdad revelada. Con un título único es asistido para ser guardián e intendente fiel. Pero aun así, y para que el ejercicio de su autoridad reciba una asistencia privilegiada, es necesario que no renuncie a dicha autoridad. Por otro lado, si es preservado de error cuando compromete su autoridad, con el título de la infalibilidad, en muchos otros casos puede fallar. Que él yerre en aquello que no implica la infalibilidad -entendiéndolo correctamente- no impedirá que el jefe de la Iglesia, el Sumo Sacerdote invisible, continúe el gobierno de su Iglesia; esto no cambiará ni la eficacia de su gracia, ni la verdad de su ley; y tampoco le impediría limitar las faltas de su vicario visible ni conceder, sin tardar demasiado, un Papa nuevo y digno para reparar lo que su predecesor dejó que se estropease o destruyese, ya que la duración de las insuficiencias, debilidades, e incluso parciales traiciones de un Papa no van más allá de la duración de su existencia mortal. Después que ascendió a los cielos, Jesús se ha elegido doscientos sesenta y tres Papas [hoy doscientos sesenta y seis; n. de la r.]. Es cierto que sólo en una pequeña proporción han sido vicarios fieles hasta tal punto que nosotros los invocamos como amigos de Dios y santos intercesores. Un número muy reducido cayó en faltas muy graves, mientras la gran mayoría de los vicarios de Cristo fueron aceptables. Ninguno de ellos, mientras fue Papa, fue traidor ni lo será hasta el punto de enseñar explícitamente la herejía con la plenitud de su autoridad. Siendo esa la realidad de cada Papa y de la sucesión de los Papas respecto del Jefe de la Iglesia que reina en los cielos, las debilidades de un Papa no nos deben hacer olvidar en lo más mínimo la firmeza y santidad del señorío de nuestro Salvador, ni impedirnos ver el poder de Jesús y su sabiduría, que tiende la mano incluso a los Papas deficientes manteniendo su insuficiencia en unos límites infranqueables. Pero para tener esta confianza en el jefe invisible y soberano de la Santa Iglesia sin vernos forzados por ello a negar las faltas graves de las que no está de suyo exento, a pesar de sus prerrogativas, el vicario visible, el obispo de Roma, aquel que tiene las llaves del Reino de los Cielos; para poner en Jesús esta confianza realista que no elude el misterio del sucesor de Pedro con sus privilegios garantizados desde lo alto juntamente con su defectibilidad humana; para que el mal que nos pueda venir del poseedor del Papado sea absorbido por la esperanza teologal que ponemos en el Sumo Sacerdote, es necesario a todas luces que nuestra vida interior se refiera a Jesucristo y no al Papa; que nuestra vida interior, abrazando al Papa y a la jerarquía -sobra decirlo- se establezca, no en la jerarquía y el Papa sino en el Pontífice divino, en este sumo sacerdote que es el Verbo Encarnado Redentor, del cual el supremo vicario visible depende aún más que los otros sacerdotes.

Más que los demás, en efecto, ya que es sostenido por las manos de Jesucristo para una función sin igual en comparación con los demás.

Más que cualquier otro, pues por un título superior y único, él o su sucesor no pueden dejar de confirmar en la fe a sus hermanos.

La vida de la gracia nos viene de Jesucristo, no del Papa

La Iglesia no es el Cuerpo Místico del Papa: la Iglesia con el Papa es el Cuerpo Místico de Cristo. Cuando la vida interior de los cristianos está cada vez más referida a Jesucristo, no sucumben desesperados aunque sufran hasta la agonía los fallos de un Papa, sea Honorio I o los Papas antagonistas del final de la Edad Media, o aunque sea en el límite extremo de un Papa que flaquee acorde con las nuevas posibilidades de defección ofrecidas por el modernismo. Cuando Jesucristo es el principio y el alma de la vida interior de los cristianos, éstos no experimentan la necesidad de engañarse sobre las faltas de un Papa para permanecer seguros de sus prerrogativas: saben que estas faltas no llegarán jamás a un nivel en el que Jesús dejaría de gobernar a su Iglesia al haber sido eficazmente impedido por su vicario. Tal Papa puede muy bien aproximarse a un punto límite en el que cambiaría la religión cristiana por ceguera, espíritu quimérico o por una ilusión mortal acerca de una herejía como el modernismo. El Papa que llegase hasta ahí, no por ello quitaría al Señor su regencia infalible, pues incluso a él, Papa descarriado, sostiene impidiéndole comprometer hasta la perversión de la fe la autoridad que ha recibido de lo alto.

Una vida interior referida a Jesucristo, como es debido, y no al Papa, no puede excluir a éste so pena de dejar de ser una vida interior cristiana. Una vida interior referida, como es debido, al Señor Jesús, incluye pues, al vicario de Jesucristo y la obediencia a este vicario, pero Dios debe ser el primer servido. En otras palabras, esta obediencia, lejos de ser incondicional, es siempre practicada a la luz de la fe teologal y de la ley natural.

Vivimos por y para Jesucristo, gracias a su Iglesia, la cual es gobernada por el Papa, a quien obedecemos en todo lo que es de su competencia. No vivimos por y para el Papa, como si éste nos hubiese adquirido la redención eterna. He aquí por qué la obediencia cristiana no puede siempre y en todo identificar al Papa con Jesucristo; lo que de ordinario ocurre es que el vicario de Cristo gobierne en conformidad con la tradición apostólica para no provocar, en nada, conflictos mayores en la conciencia de los fieles. Pero algunas veces puede no ser así. Aunque sea muy excepcional puede suceder que un fiel se pregunte legítimamente: ¿cómo guardar la tradición siguiendo las „directrices‟ de este Papa?

La vida interior de un hijo de la Iglesia que dejase a un lado los artículos de fe relativos al Papa, la obediencia a sus órdenes legítimas y la oración por él, habría dejado de ser católica. Por otra parte, una vida interior que quiere agradar incondicionalmente, esto es, a ciegas, al Papa, estará en todo y siempre necesariamente entregada al respeto humano, perdiendo la libertad respecto de las creaturas y exponiéndose a muchas complicidades. El verdadero hijo de la Iglesia, al aceptar, de todo corazón, los artículos de la fe que se refieren al vicario de Cristo, reza fielmente por él y le obedece con gusto, pero de manera lúcida, es decir, quedando salva e intacta la tradición apostólica y por supuesto la ley natural también.

Parece cierto que con demasiada frecuencia se ha predicado, respecto del Papa, un tipo de obediencia más preocupada por la eficacia y el éxito en los movimientos de conjunto, que por una sana lucidez, más allá de los éxitos espectaculares que procura. No implica ello que se abandonase el cuidado por permanecer en la tradición apostólica y en la fidelidad a Jesucristo. Pero la parte más importante, activa, y motivadora era nada menos que satisfacer a un hombre, atraerse sus favores, a veces hacer carrera, preparar la cabeza para el birrete cardenalicio o dar lustre a la propia Orden o Congregación. Ahora bien, ni Dios ni el servicio al Papa necesidad de nuestra falsedad: Deus non eget nostro mendacio


Continuará

martes, 22 de septiembre de 2026

Los Dolores de la Santísima Virgen María

 


La Santa Liturgia nos propone meditar hoy sobre los Dolores de la Santísima Virgen María. Es más, a través de la voz de la Liturgia, la misma Madre de Dios nos invita a considerar su dolor: «Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad, ved y decid si hay dolor semejante a mi dolor».

El dolor de la Santísima Virgen es obra de Dios, pues, al predestinarla para ser la Madre de su Hijo, Dios Padre la unió indisolublemente a la persona, a la vida, a los misterios, al sufrimiento de Jesús, para ser en la Obra de la Redención su fiel cooperadora, Corredentora.

Por eso, entre el Hijo y la Madre tenía que haber comunidad perfecta de sufrimiento. Lo que Jesús padeció en su Cuerpo, María lo padeció en su Corazón, por los mismos fines y con el mismo amor.

A esta comunidad de sufrimientos entre el Hijo y la Madre, se la da el nombre de Condolencia.

Condolerse con alguno, es padecer junto con él, es sentir en el corazón, como si fuesen nuestras, sus penas, sus tristezas, sus dolores.

La condolencia mariana fue el eco fiel de la Pasión; la repercusión y la participación perfecta en la Pasión de su Hijo y en las disposiciones que en su sacrificio le animaban.

El padecer tiene que ser un gran bien, porque Dios, que tanto ama a su Hijo, se lo entregó como herencia; y como, después de su Hijo, a ninguna criatura ama Dios más que a la Santísima Virgen, quiso también darle a Ella el dolor como el más rico presente.

María Santísima se ofreció libre y voluntariamente, y unió su sacrificio y su obediencia al sacrificio y obediencia de Jesús, para así llevar con Él todo el peso de la expiación que la justicia divina exigía.

Hizo bastante más que compadecerse de todos los dolores de su Hijo; tomó parte realmente en la Pasión con todo su ser, con su corazón y con su alma, con amor ferventísimo; padeció en su corazón todo lo que Jesús podía padecer en su carne.

Mas para María el padecer no comenzó en el Calvario. El dolor le llegó con Jesús; la causa de los dolores de María es Jesús; todo cuanto padece proviene de Jesús y a Jesús se refiere.

Por eso, la solemnidad de hoy nos recuerda los dolores, conocidos o desconocidos, que llenaron la vida de la Santísima Virgen. Si la Iglesia se resolvió por el número siete, ello obedece a que este número expresa siempre la idea de totalidad.

Los Responsorios de Maitines nos recuerdan de modo especial los Siete Dolores que le causaron la profecía del anciano Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús en Jerusalén, el verle cargado con la cruz, la crucifixión, el descendimiento y el entierro de su divino Hijo… dolores que la hicieron, con toda verdad, Reina de los Mártires.

Con este bello título, en efecto, la saluda la Iglesia en las Letanías; de donde se infiere con evidencia que supera a todos los mártires. Porque amó más que nadie, por eso padeció más que nadie también, hasta tal punto que la violencia del dolor traspasó y dominó su alma en prueba de su inefable amor; porque sufrió en su alma, por eso fue más que mártir, ya que su amor hizo suya la muerte de Cristo.

Y efectivamente, para entender la extensión y la intensidad del dolor de la Santísima Virgen, habría que comprender lo que fue su amor para con Jesús. Este amor es muy distinto del amor de los demás Santos y Mártires. Cuando estos sufrieron por Cristo, su amor suavizó sus tormentos y a veces hasta se los hizo olvidar. En María no ocurrió nada de eso: su amor aumentó su padecer. La naturaleza y la gracia concurrieron a la vez para hacer en el Corazón de María más hondo el sentimiento.

En efecto, nada existe tan fuerte ni tan impetuoso como el amor que la naturaleza da hacia un hijo y la gracia da para un Dios. Estos dos amores son dos abismos, cuyo fondo no puede penetrarse, como tampoco comprenderse toda su extensión.

Por eso, la cooperación de la Santísima Virgen en la salvación del mundo, nos ofrece un nuevo aspecto de su grandeza.

Y, a la verdad, ni la Inmaculada Concepción de María Santísima, ni su Asunción gloriosa, nos darán concepto más alto que este apelativo de Corredentora.

La Bienaventurada Virgen María es consorte de Cristo en la obra de la redención humana; y por eso, el título de Corredentora es uno de los más gloriosos para la Santísima Virgen María y, al mismo tiempo, uno de los más queridos al corazón de sus verdaderos devotos.

Esta verdad mariana es, después de la de la Maternidad divina, la más fundamental, y tan cierta que pertenece al depósito de la revelación.

En efecto, tiene su apoyo en la Sagrada Escritura; en Génesis, 3, 15, se lee: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

Aquí María es asociada a Cristo en las enemistades y batallas que ha de reñir contra el diablo, y en el triunfo plenísimo que ha de obtener sobre el enemigo infernal.

Los Santos Padres y los Romanos Pontífices también enseñaron esta doctrina.

El Papa Pío IX explica la asociación de María con Cristo en la Redención, según el citado versículo del Génesis, de este modo: «La Santísima Virgen, unida con Cristo en lazo indisoluble, manteniendo juntamente con Él y por Él enemistades sempiternas contra la venenosa serpiente y triunfando de ella totalmente, le aplastó la cabeza con su planta inmaculada».

Aquí se presenta a María como consorte de Cristo y singularmente unida a Él, tanto en la lucha como en la victoria sobre el enemigo.

Luego si la victoria de Cristo consistió en la redención de los hombres y en la restauración de la obra de Dios destruida por el pecado, María tuvo que cooperar con su Hijo en la realización de esta empresa.

Corredentora significa cooperación, consorcio o asociación de María con Cristo Redentor en la obra de la redención humana.

El demonio, conocedor de estas realidades, trata de menoscabar dicho título mariano, e incluso de desposeer a la Madre Corredentora de su gloria y a sus hijos del consuelo que les reporta.

Por lo tanto, con fervor y amor, hemos de desagraviar a la Madre ofendida, a la par que nos consolamos saboreando, con confianza y gratitud, la parte maternal de María en nuestra salvación.

Consideremos, pues, la cooperación de María en la obra de nuestra redención realizada por Cristo en el Calvario, por cuya cooperación conquistó dignamente el título gloriosísimo de Corredentora de la humanidad. María Santísima es Corredentora:

a) por ser la Madre de Cristo Redentor; lo que lleva consigo la Maternidad Espiritual sobre todos los redimidos.

b) por su compasión dolorosísima al pie de la Cruz, íntimamente asociada al tremendo sacrificio de Cristo Redentor.

Los dos aspectos son necesarios y esenciales; y por eso la llamamos Madre Corredentora: la Corredención es una función maternal.

La muerte nos vino por una mujer, y por una Mujer nos vino la Vida. ¿Y dónde brotó la vida sino en la cumbre del Calvario y al pie de la Cruz? Por lo tanto, a Jesús, autor de la Vida, lo llamamos Redentor; y a María, por quien viene la Vida, con razón la llamamos Corredentora del linaje humano.


La Cooperación de Nuestra Señora es, pues, doble:

Una es remota, por la cual Nuestra Señora dio a Cristo, por acción no solamente física, sino plenamente voluntaria, su carne, para que pudiera pagar en ella el precio de nuestra redención.

La otra es próxima, es decir, cooperando inmediatamente, con acciones personales a dicha redención, consumada en la pasión y muerte de Cristo.

María Santísima, engendrando a Cristo para nosotros, suministró la materia de la cual había de pagarse el precio de nuestro rescate, a saber, la carne en la que Cristo pudiera padecer y morir. Por eso dijo Santo Tomás de Villanueva: “Cristo pagó el precio del rescate, pero María le dio de dónde pudiera pagarlo. Él es el Redentor, pero de María recibió lo que había de entregar para redimirnos”.

Nuestra redención procede de la Madre no menos que del Padre; de la Madre tuvo el poder merecer, y del Padre recibió la infinitud que habían de tener aquellos merecimientos.

Y advirtamos la diferencia: el Padre no dio al Hijo el ser Dios para redimirnos; María, en cambio, dio el ser hombre al Hijo del Padre precisamente para ser el Redentor de todos nosotros.

Por lo dicho, hay que sostener que la Bienaventurada Virgen María, con su libre consentimiento en la Encarnación, cooperó también libremente a la Redención, no ya implícitamente, sino explícita y formalmente.

Más aún, con su materna compasión, la Bienaventurada Virgen María cooperó próxima e inmediatamente a la redención del género humano. María Corredentora, compañera de Cristo en la Redención, participó en la pasión y muerte redentora de su Hijo, ya que con Él, paciente y moribundo, padeció y casi murió.

En sentido etimológico, la palabra redimir significa volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente.

Aplicada a la Redención del mundo, significa, propia y formalmente, la recuperación del hombre al estado de justicia y de salvación, sacándolo del estado de injusticia y de condenación en que se había sumergido por el pecado, mediante al pago del precio del rescate: la Sangre Preciosísima del Cristo Redentor ofrecida por Él al Padre.

La Redención se divide en objetiva y subjetiva.

La Redención objetiva consiste en la obra de Cristo, consumada en su Pasión y Muerte, con la que satisfizo a Dios por nosotros, nos le volvió reconciliado y propicio y nos mereció de Él todas las gracias.

La Redención subjetiva consiste en distribuir y aplicar a cada uno de los hombres los frutos de la Redención.

Jesucristo es Redentor, propiamente dicho, por la Redención objetiva.

Por la Redención subjetiva, Cristo es propiamente Abogado nuestro.

Ambos oficios, de Redentor y de Abogado, constituyen a Jesucristo en Mediador entre Dios y los hombres.

Ahora bien, conforme al concepto de Redentor debe determinarse el concepto de Corredentora, pues así como Cristo es Redentor por la Redención objetiva y Abogado por la Redención subjetiva, y por ambos oficios principalmente queda constituido Mediador, del mismo modo la Santísima Virgen María es Corredentora merced a la cooperación que prestó a la Redención objetiva, y Abogada  y Dispensadora de todas las gracias por cooperar a la Redención subjetiva; y de esta doble cooperación le resulta el oficio de Mediadora, en un doble estadio, a saber, en el de la corredención en la tierra y en el de la actual intercesión en los Cielos.

Podrá tal vez alguien preguntarse: ¿por qué quiso Dios que el precio de nuestra redención estuviese como integrado por los méritos y satisfacciones de María Santísima, siendo suficientísimos por sí mismos los méritos y satisfacciones de Jesucristo?

Solamente lo quiso así Dios, no para añadir nada a los méritos y satisfacciones de Cristo, no para completarlos, sino por la armonía y la belleza de la obra redentora. Como nuestra ruina había sido obrada no por Adán solamente, sino por Adán y Eva, así nuestra redención debía ser realizada no sólo por Cristo, como nuevo Adán, sino por Cristo y María, la nueva Eva.

Con la Corredentora, algo divinamente delicado, tierno, amable, entra en la obra grandiosa de la redención del mundo.

Por medio de la Corredentora, la salvación nos llega en forma de beso materno.

Por medio de la Corredentora, la Madre hace su entrada…; la sonrisa de la Madre, el corazón de la Madre, la tierna asistencia de la Madre…

El corazón es el símbolo y la sede del amor; ahora bien, por lo mismo, ha de serlo también del dolor.

El corazón que ama, es el que sufre; hasta el punto que la medida del amor más fiel y seguro, será siempre la intensidad de sus dolores y sufrimientos.

Entonces…, reflexionemos…, el Corazón de María Santísima había de ser un Corazón de Madre, pero de Madre Dolorosa; y por eso su Corazón aparece siempre traspasado con una cruel y penetrante espada…

SAN MATEO (SERMON R.P. RAFAEL OSB)

 


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martes, 25 de agosto de 2026

Las consagraciones de la FSSPX de 2026 no cambian el hecho de que ¡La FSSPX sigue siendo liberal!

 


FUENTE: Catholic Candle

Las consagraciones de la FSSPX de 2026 no cambian el hecho de que…

¡La FSSPX sigue siendo liberal!

La mayor parte del mundo católico se ha enterado de la noticia de que la FSSPX consagró a cuatro nuevos obispos el 1 de julio de 2026, en Ecône, Suiza.

En *Catholic Candle* nos preocupa que incluso muchos católicos que se consideran tradicionales, y que han tratado de no transigir, puedan verse confundidos o incluso engañados por estas nuevas consagraciones. Algunos podrían argumentar lo siguiente: «Al fin y al cabo, ¿no necesita desesperadamente el mundo católico más obispos católicos tradicionales? Existe una gran escasez de obispos que celebren la Misa en latín y que no sean liberales. ¡Al menos estas consagraciones han sido algo maravilloso!». De hecho, los medios «conservadores», los amigos de la «nueva» FSSPX (como *LifeSiteNews*), bullen con noticias y coberturas que respaldan las consagraciones.

Es más, algunos podrían incluso adoptar una postura más firme, algo así: «Roma es claramente aún más malvada y modernista hoy que en 1988, bajo el pontificado de Juan Pablo II. Por tanto, estas nuevas consagraciones no solo están justificadas, sino que son una señal inequívoca de que la FSSPX ha abandonado su liberalismo de décadas pasadas, ha dejado de intentar llegar a un acuerdo práctico con una Roma modernista e inconversa, y ha recuperado la actitud firme y sin concesiones del arzobispo Lefebvre hacia el final de su vida. Siendo así las cosas, tal vez deberíamos considerar volver a asistir a la FSSPX».

A continuación, presentamos un artículo en dos partes que demostrará que las conclusiones anteriores son grandes errores. He aquí un resumen:

PRIMERA PARTE: Comenzaremos con un breve recordatorio de las lecciones críticas que el arzobispo Lefebvre aprendió al tratar con la Roma conciliar y los papas modernistas, así como de la mentalidad y las convicciones —militantes pero caritativas— que de ello se derivaron.

SEGUNDA PARTE: A continuación, contrastaremos el sabio enfoque del Arzobispo Lefebvre durante los últimos años de su vida con la conducta y las palabras de los «nuevos» dirigentes de la FSSPX, desde la muerte del Arzobispo Lefebvre hasta la actualidad. Veremos que el grave liberalismo de la FSSPX persiste hasta el día de hoy (2026).


PRIMERA PARTE: El arzobispo Lefebvre aprendió lecciones y adquirió sabiduría.

En cualquier relación entre padre e hijo, resultaría muy difícil y doloroso para el hijo ver a su padre hacer y decir cosas malvadas y desquiciadas. Sin embargo, sería muy improbable que un hijo de 16 años «se marchara de casa» de repente la primera vez que su padre llegara a casa completamente borracho y empezara a arrojar muebles. Más bien, lo más probable es que el hijo amoroso mantuviera la esperanza a pesar de más episodios y peligros de este tipo, no solo defendiéndose cada vez, sino intentando una y otra vez ayudar a su padre a ver las cosas con claridad posteriormente. La situación probablemente continuaría así hasta que la propia vida del hijo corriera peligro, o bien hasta que la esperanza y la confianza del hijo en la recuperación del padre prácticamente desaparecieran. En ese momento, el hijo se daría cuenta —por su propio bien— de que debe librarse del control práctico de su padre poniendo distancia física entre ambos.

Mudarse no significaría, por supuesto, que el hijo piense que su padre ya no tiene autoridad alguna sobre él. Más bien, el hijo se marcha simplemente porque comprende que no debe permitir que ese padre peligroso lo ponga (al hijo) en peligro real, consintiendo que abuse de su autoridad mediante acciones malvadas, órdenes y malos ejemplos.

El caso del arzobispo Lefebvre y los papas conciliares es similar a esta analogía, pero incomparablemente más grave. En el caso del padre borracho, solo estaba en juego el hijo, y únicamente su vida física corría peligro. Pero con los papas conciliares, es todo el elemento humano de la Iglesia el que se pone en peligro; y no solo físicamente, sino con el riesgo de perder sus almas inmortales para toda la eternidad. Pues, al menos, el padre borracho nunca se sentó a insistir en que su hijo ...también se emborrachan y pecara.

Pero eso es precisamente lo que la Roma modernista ha hecho con el elemento humano de la Iglesia durante más de 60 años, intentando que los católicos acepten los documentos heréticos del Vaticano II, la nueva misa y todos los demás frutos podridos del Vaticano II.

Durante el Concilio Vaticano II y a lo largo de las décadas de 1970 y 1980, el arzobispo Lefebvre se sentía atónito ante los innumerables y escandalosos actos de los papas modernistas (especialmente Pablo VI y Juan Pablo II). Estos papas implementaban metódicamente lo que el Vaticano II enseñaba. El arzobispo Lefebvre veía que estos papas estaban claramente «borrachos perdidos» (por así decirlo) de modernismo, y que exigían que toda la Iglesia creyera lo mismo.

Durante muchos años, el arzobispo Lefebvre intentó, con verdadera caridad, ayudar a estos papas (y al clero romano modernista) y proteger la verdadera fe católica tradicional. Se reunió con ellos en numerosas ocasiones y escribió muchas cartas, con la esperanza de que entraran en razón y comprendieran la clara doctrina católica tradicional.

Un punto de inflexión decisivo para el arzobispo Lefebvre

Pero —y aquí está la clave—, con el tiempo llegó a la firme conclusión de que, al igual que había sucedido con el papa Pablo VI, el papa Juan Pablo II y su equipo también se mostraban totalmente impermeables a la verdad. Por el contrario, estaban firme e irremediablemente comprometidos no solo con los documentos heréticos y letales del Vaticano II, sino también con la destrucción de prácticamente todo lo bueno y santo que hay en la Iglesia.

Los católicos tradicionales nunca insistirán lo suficiente en la importancia de este momento de revelación: esta gracia inmensa mediante la cual el arzobispo Lefebvre comprendió que jamás debía volver a colaborar con Roma hasta que esta se convirtiera. 

Toda la Iglesia (incluido cada uno de nosotros) se ha beneficiado de su descubrimiento y de la determinación que este le inspiró. Él resumió su mentalidad, ahora más cautelosa y sabia, en varias entrevistas. En primer lugar, consideremos la entrevista concedida poco después de las consagraciones de 1988, que incluye estas célebres palabras que a todos nos vendría bien memorizar:

«Entrevistador: ... ¿Qué opina de una posible reanudación del diálogo con Roma?»

Arzobispo Lefebvre: Nosotros [Roma y yo] no tenemos la misma perspectiva sobre una reconciliación. El cardenal Ratzinger la ve como una forma de reducirnos, de hacernos volver al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. No estamos de acuerdo; es un diálogo de muerte. No puedo hablar mucho del futuro —el mío ha quedado atrás—, pero si vivo un tiempo más y supongamos que Roma pide reanudar el diálogo, entonces impondré condiciones. No aceptaré encontrarme en la situación en la que me pusieron durante el diálogo [de principios de 1988]. Nunca más. 

Situaré la discusión en el plano doctrinal [diciendo lo siguiente al Papa, si pide a la FSSPX que retome lasconversaciones]: «¿Está usted de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que le precedieron?

¿Está usted de acuerdo con *Quanta Cura* de Pío IX, *Immortale Dei* y *Libertas* de León XIII,

*Pascendi Gregis* de Pío X, *Quas Primas* de Pío XI, *Humani Generis* de Pío XII?

¿Está usted en plena comunión con estos Papas y sus enseñanzas? ¿Sigue aceptando íntegramente el Juramento Antimodernista? ¿Está a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo? Si no acepta la doctrina de sus predecesores, ¡es inútil hablar! Mientras no acepte la corrección del Concilio a la luz de la doctrina de estos Papas, sus predecesores, no es posible ningún diálogo. Es inútil». Así, las posturas quedarán claras. … Lo que nos separa es la doctrina; está claro”.

Algunas notas sobre la cita anterior:

El arzobispo Lefebvre no tomó esta decisión simplemente porque estuviera «cansado de estas conversaciones» o por algún otro motivo personal de incomodidad o preocupación de índole temporal. Más bien, lo hizo porque comprendió que resulta fatal —al tratar con un enemigo astuto y de verbo fácil— seguir «codeándose» con él y entablar diálogos. Debemos recordar que casi cualquiera de nosotros se sentiría muy nervioso e incapaz de pensar con claridad si estuviéramos sentados en el despacho del hombre más poderoso de la tierra, el Vicario de Cristo (sí, incluso tratándose de los papas destructores), rodeados por los altos funcionarios del Vaticano. Nuestro temor filial hacia el padre se haría presente. 

Además, estos diplomáticos romanos poseen gran experiencia en el manejo de las palabras y en técnicas de presión. Como prueba de lo peligroso que resulta dialogar con los romanos modernistas, consideremos lo siguiente: en un momento dado de las conversaciones, Roma llegó incluso a convencer al propio arzobispo Lefebvre para que firmara un acuerdo práctico letal que habría supuesto la sentencia de muerte para la FSSPX y para todo el ámbito católico...

Sin duda, gracias a una gran gracia, se dio cuenta rápidamente de su grave error y anuló su acuerdo al día siguiente.

En la cita anterior, el arzobispo Lefebvre utilizó la frase «plena comunión», un término absurdo inventado por el concilio. No lo hizo porque realmente pensara que existe tal distinción entre comunión «plena» y «parcial» con la Iglesia (él negó explícitamente esto muchas veces). Más bien, cita esa frase ante los romanos como una especie de recurso irónico, empleando la terminología propia de los papas conciliares en su contra (para ayudarlos, no para perjudicarlos).

Esta misma idea se expone con mayor claridad en otra entrevista que el arzobispo Lefebvre concedió pocos meses después:

«Deben abandonar su ecumenismo; deben recuperar el verdadero

sentido de la Misa, restaurar la verdadera definición de la Iglesia, restablecer el sentido católico de la colegialidad, etcétera. Espero de ellos una definición católica —y no liberal— de la libertad religiosa. Deben aceptar la encíclica*Quas Primas* sobre Cristo Rey y el *Syllabus* [del Papa Pío IX]. Deben aceptar todo esto, porque es, a partir de ahora, la condición que determinará cualquier nueva discusión entre nosotros y ellos».

«Si alguna vez Roma mostrara disposición para reanudar las conversaciones, esta vez seré yo quien establezca las condiciones.

Como dijo el cardenal Oddi:

"El arzobispo Lefebvre se encuentra en una posición de fuerza"»

Alguien podría objetar: «¡Dios mío, Excelencia! ¿Cómo va a convertirse Roma si los católicos nos negamos a hablar con ellos y a convencerlos de sus errores?».

El arzobispo Lefebvre ciertamente no aceptaba este razonamiento ingenuo (que sabía que algunos de sus sacerdotes compartían). En una entrevista, nos recordó a todos una verdad importante: «No son los súbditos quienes hacen a los superiores, sino los superiores quienes hacen a los súbditos»

Además, llegó a comprender que el modernismo es una enfermedad tan letal que Roma solo podría convertirse mediante el poder y la gracia de Nuestro Señor, obtenidos por intercesión de Nuestra Señora. Además, Roma ya tenía al alcance de la mano todos los documentos necesarios, así como todos los argumentos persuasivos expuestos en las innumerables reuniones y cartas previas del arzobispo Lefebvre. Claramente, ningún medio humano surtió efecto en sus intentos de convertir a su superior, el Papa.

El arzobispo Lefebvre continuó con más entrevistas y declaraciones, subrayando lo perjudicial que sería «llegar a un acuerdo» con la Roma modernista, y afirmó:

«Es peligroso ponerse en manos de los obispos conciliares y de la Roma modernista. Es el mayor peligro que amenaza a nuestra gente. Si hemos luchado durante veinte años para evitar los errores conciliares, no ha sido para, ahora, ponernos en manos de quienes profesan dichos errores».

«Por tanto, es un deber estricto para todo sacerdote que desee permanecer católico separarse de esta iglesia conciliar mientras esta no redescubra la Tradición de la Iglesia y de la Fe católica».

«La Sede de Pedro y los puestos de autoridad en Roma están ocupados por anticristos»

«Ya no debemos dialogar con las autoridades romanas. Solo quieren llevarnos de vuelta al Concilio [Vaticano II]; no debemos tener trato alguno con ellas».

Obsérvese bien cómo el arzobispo Lefebvre no duda en emplear términos contundentes, como «anticristo». Esto sirve para enseñarnos cuán peligrosa es la Roma modernista, así como para mostrar verdadera caridad a los propios romanos, advirtiéndoles del gran peligro en que se encuentran. Tengamos esto presente al analizar más adelante las palabras de la «nueva» FSSPX.

La reacción del arzobispo Lefebvre ante las (supuestas) «excomuniones» de 1988

En junio de 1988, el arzobispo Lefebvre consagró a cuatro nuevos obispos para la FSSPX. El papa Juan Pablo II, alegando que el acto del arzobispo Lefebvre constituía un acto de desobediencia y cisma, «excomulgó» casi de inmediato tanto al arzobispo Lefebvre como a los demás obispos que participaron en las consagraciones. No es intención de este artículo desmentir el mito de que dichas supuestas excomuniones tuvieran validez alguna. Existen muchos artículos excelentes que demuestran de manera concluyente que la acción del Papa Juan Pablo II fue injusta, inválida y carente de efecto

Para nuestros fines aquí, centrémonos en cómo reaccionó el Arzobispo Lefebvre ante las excomuniones ficticias. Tener esto presente nos ayudará a evaluar la situación actual de la «nueva» FSSPX. He aquí las palabras del Arzobispo Lefebvre:

«Estamos convencidos de que todas estas acusaciones de las que somos objeto son nulas, ¡absolutamente nulas!… No les damos importancia alguna»

En julio de 1988 —un mes después de las consagraciones—, el Arzobispo Lefebvre parafraseó las palabras de Roma y su propia respuesta a ella: «[Roma:] Puesto que no quieren venir con nosotros, los excomulgamos. [Arzobispo Lefebvre:] Muy bien. Gracias. Preferimos ser excomulgados. No queremos participar en esta obra escandalosa dentro de la Iglesia que se ha llevado a cabo en los últimos 20 años»

El Arzobispo Lefebvre sabía que las «excomuniones» provenían de un papa que actuaba en nombre de una nueva iglesia (la iglesia conciliar) y una nueva religión (la religión conciliar), nacidas durante el Vaticano II. He aquí su explicación: «Pero la Iglesia [que actúa] contra su pasado y su Tradición no es la Iglesia Católica; por eso, ser excomulgados por una Iglesia liberal, ecuménica y revolucionaria nos resulta indiferente».

Pero no fue solo el Arzobispo Lefebvre quien poseía este espíritu y este criterio correcto. Toda la alta dirección de la FSSPX a nivel mundial también veía la verdad y mantenía la actitud católica militante adecuada en aquel entonces. En una carta de 1988 dirigida al Cardenal Gantin, el P. Franz Schmidberger (el Superior General de la FSSPX) y todos los superiores de distrito, rectores de seminario y superiores de casas autónomas de la FSSPX en todo el mundo solicitaron a Roma ser también «excomulgados» junto con monseñor Lefebvre y los obispos recién consagrados; tan poco les importaba a estos líderes de la FSSPX tal aparente «mancha». Querían ayudar a las almas a ver cuán malvada era Roma y mostrar la unanimidad de la cúpula a la dirección de la FSSPX y, lo que es más importante, mostrar a los católicos qué deben hacer si el pastor se convierte en lobo. He aquí lo que escribieron a Roma:

Nunca hemos querido pertenecer a este sistema que se autodenomina Iglesia conciliar y que se define por el *Novus Ordo Missæ* y por un ecumenismo que conduce al indiferentismo y a la laicización de toda la sociedad. Sí, no tenemos parte alguna —*nullam partem habemus*— en el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión, mediante un decreto de Su Eminencia o de otra Congregación romana, no sería más que la prueba irrefutable de ello. No deseamos nada mejor que ser declarados fuera de comunión con este espíritu adúltero que ha estado soplando en la Iglesia durante los últimos 25 años; no deseamos nada mejor que ser declarados fuera de esta comunión impía de los impíos. Creemos en el único Dios, Nuestro Señor Jesucristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo, y permaneceremos siempre fieles a su única Esposa: la Iglesia una, santa, católica, apostólica y romana... Por tanto, verse públicamente asociados a la sanción [es decir, las «excomuniones»] que recae sobre los seis obispos católicos —defensores de la fe en su integridad y totalidad— sería para nosotros [es decir, para la cúpula directiva de la FSSPX] un motivo de honor y un signo de ortodoxia ante los fieles.

Mientras vivía el arzobispo Lefebvre, la FSSPX (la de antaño, la buena) se encontraba en su apogeo. Esta etapa fue especialmente gloriosa durante las décadas de 1980 y 1990. Reinaba en toda la FSSPX un espíritu de lucha constante y generalizado. Sus medios de comunicación, púlpitos, revistas, libros y sitios web incipientes reaccionaban con firmeza ante los escándalos de Roma y de los papas, denunciando el error y enseñando las verdades opuestas. Fue una época hermosa que, tal vez, la mayoría de nosotros no supimos valorar en su justa medida.

El arzobispo Lefebvre falleció en marzo de 1991, pocos años después de haber dado a la Iglesia cuatro nuevos obispos en lo que él denominó la «Operación Supervivencia». Recordemos aquí algunas verdades fundamentales para prepararnos para la segunda parte de este artículo:

Hasta su último aliento, el arzobispo Lefebvre nunca habló con pesar de las consagraciones;

Tampoco expresó temor alguno ante las supuestas excomuniones. Más bien habló sobre ellos con desdén.

Tampoco se retractó de sus palabras de que nunca más trataría con Roma hasta que se convirtiera

Conclusión de la PRIMERA PARTE: Las acciones y palabras del Arzobispo Lefebvre fueron fundamentales guía para todos nosotros, mostrando a sus compañeros católicos estas lecciones críticas sobre cómo actuar y pensar en esta crisis:

1. Tengan confianza en que somos nosotros, no Roma, los que tenemos la Tradición Católica.

2. No debemos temer ni ser presionados a llegar a un compromiso en respuesta al “miedo tácticas” de Roma o del propio “obispo” conciliar local;

3. Y quizás la lección práctica más importante: es inútil, vano y

Es peligroso “hablar” con superiores que no quieren profesar la Verdad católica. Nos “convertirán” a sus errores, en lugar de que nosotros nos convirtamos ellos.

Tengan en cuenta estas verdades mientras evaluamos la “nueva” FSSPX en 2026.


SEGUNDA PARTE: La FSSPX después del arzobispo Lefebvre

En la revisión anterior, vimos que:

1. El arzobispo Lefebvre aprendió la lección crucial de que no debía haber diálogo sobre un acuerdo práctico con la Roma no convertida;

2. Ignoró por completo los castigos injustos de Roma; y

3. No tenía la menor intención de poner la (entonces buena) FSSPX en manos de la Roma no convertida.

Esta revisión era necesaria para analizar correctamente la FSSPX actual, incluidas las consagraciones de julio de 2026.

Pero hablar solo de 1988 y del arzobispo Lefebvre no basta para evaluar la situación actual de la FSSPX. Debemos realizar una breve revisión de lo que sucedió con la FSSPX a partir de la muerte del arzobispo Lefebvre y hasta la actualidad. Lamentablemente, la antigua FSSPX, bajo su nuevo liderazgo, inició casi de inmediato la serie de escándalos que duró más de 20 años y la transformó en la "nueva" FSSPX que conocemos. ...que vemos hoy.

Diversas etapas del liberalismo y la decadencia en la FSSPX

De 1991 a 2012:

En 1994 tuvo lugar un acontecimiento importante: el obispo Bernard Fellay fue elegido Superior General, sucediendo al P. Franz Schmidberger. Esto constituyó de inmediato un mal presagio, pues el Arzobispo no había considerado necesario elegir a un obispo de la FSSPX como superior de la misma; de hecho, evitó hacerlo durante las consagraciones de 1988

Pero, lo que es más importante, el antiguo celo de la FSSPX comenzó a desvanecerse rápidamente. Poco después de la elección de Mons. Fellay, los dirigentes de la FSSPX abandonaron discretamente la sabiduría de su fundador e iniciaron conversaciones secretas con Roma, con la intención específica de alcanzar un acuerdo práctico con una Roma modernista y no convertida.

De manera casi imperceptible al principio, los medios de comunicación y los púlpitos de la FSSPX fueron adoptando una postura cada vez más silenciosa y menos combativa respecto a los errores del Vaticano II, la Revolución conciliar y los escándalos de los papas.

Esta suavización no fue casualidad: la FSSPX estaba haciendo dos cosas:

1. Se estaba posicionando para resultar menos ofensiva y mostrarse más «leal» al Papa. La «nueva» FSSPX esperaba complacer a la Roma modernista para así lograr un acuerdo práctico con ella. Resulta incómodo y embarazoso atacar a Roma mientras se mantiene un «diálogo» para obtener favores de ella.

2. Estaba presentando a esos mismos papas modernistas bajo una luz más favorable con el fin de debilitar la resistencia de algunos de sus propios sacerdotes y laicos a llegar a un acuerdo con Roma.

En 2006, monseñor Fellay fue reelegido Superior General por otros doce años; esto prácticamente sellaría la muerte de la «vieja» FSSPX, como veremos a continuación.

De 2012 a 2018:

Estos siete años generaron una montaña de escándalos impactantes, comparable en tamaño al Everest.

Para nuestros fines, ofreceremos una breve reseña histórica y mencionaremos solo algunos de esos escándalos.

En el verano de 2012, el mundo conoció de repente algunos de los frutos de los años de maniobras secretas y traiciones de monseñor Fellay, hechos que hasta entonces solo conocían los directamente implicados. En lo que tal vez sea el mayor escándalo en la historia de la FSSPX, monseñor Fellay presentó al papa Benedicto una propuesta impactante (la «Declaración doctrinal de 2012»).

En dicho documento, monseñor Fellay solicitaba a Roma que concediera a la FSSPX ciertas gracias. Una de ellas era que Roma «levantara las excomuniones de 1988». Esto constituía un escándalo en sí mismo (recuérdese la primera parte de este artículo), dado que, como es evidente, tanto el arzobispo Lefebvre como toda la dirección de la FSSPX (en aquel entonces) consideraban un timbre de honor estar «excomulgados» de la iglesia conciliar.

Hasta ese momento, ni el arzobispo Lefebvre ni los superiores de la FSSPX en 1988 habían considerado reales tales «excomuniones», y ciertamente nunca solicitaron que fueran revocadas. Pero en 2012, monseñor Fellay prometió que, si Roma «levantaba las excomuniones», la FSSPX aceptaría oficialmente los documentos del Vaticano II como conciliables con la Tradición (lo cual era verdaderamente imposible), así como la nueva misa y el nuevo «derecho» canónico como legítimos (lo cual era imposible, ya que cosas malas como estas jamás podrían ser legítimas).

Cada vez quedó más claro que el obispo Fellay había tenido como objetivo, durante muchos años, lograr un acuerdo con Roma a toda costa. Todo el mundo tradicionalista quedó conmocionado, y muchos buenos sacerdotes y fieles abandonaron la FSSPX. De hecho, algunos miembros de la dirección de la FSSPX (aunque ciertamente no todos) reaccionaron con firmeza, tal como se evidencia en una carta interna muy reveladora que se filtró al público en 2012. Dicha carta fue escrita por los otros tres obispos consagrados en 1988 (los obispos Williamson, Tissier y Galarreta) y dirigida al obispo Fellay. En ella, le imploraban que pusiera fin a su labor destructiva y a esa misión suicida de dialogar con Roma, y ​​que, en su lugar, siguiera el sabio principio de monseñor Lefebvre: no establecer acuerdos prácticos ni entablar conversaciones con una Roma modernista y no convertida. El obispo Fellay desestimó implacablemente a esos tres obispos tachándolos de sedevacantistas y de carecer de fe. Esta fue la última defensa significativa de la política del arzobispo Lefebvre y de la Tradición que oiríamos por parte de los obispos Tissier y Galarreta, pues poco después se convirtieron en insignificantes «yes-men» (aduladores sumisos), aprobando ciegamente todo lo que el obispo Fellay hacía y decía.

Los escandalosos sucesos en la FSSPX continuaron a un ritmo alarmante, no solo por parte del obispo Fellay, sino también de muchos superiores de distrito y a través de artículos publicados por los medios de la FSSPX. Estos escándalos están bien documentados en varios artículos de *Catholic Candle*, pero aquí presentamos algunos ejemplos:

La «nueva» FSSPX presenta a los revolucionarios y destructores conciliares como «víctimas» del Vaticano II2 y afirma que los bárbaros conciliares, incluido el papa Francisco, «permanecen en la verdad». 29

El deterioro continuó de innumerables formas. La «nueva» FSSPX siguió a la iglesia conciliar al:

Llamar «cristianos» a los herejes. 30

Llamar «mártires» a aquellas personas que murieron por su falsa fe herética. 31

Declarar que debemos cambiar continuamente.32

Contradecir la enseñanza católica infalible de que los judíos cometieron deicidio. 33

La «nueva» FSSPX:

Suavizó su postura sobre la nueva misa.34

Desplazó su énfasis: de combatir errores doctrinales pasó a centrarse en la «cultura» de la misa en latín. 35

Comenzó a expresar opiniones amables y conciliadoras sobre el Vaticano II. 36

Este periodo, iniciado aproximadamente en 2012, marcó una nueva dirección —una nueva estrategia de imagen— en la que la «nueva» FSSPX seguía publicando artículos doctrinales, pero estos tendían mayoritariamente hacia el liberalismo. Así, hubo numerosas declaraciones de la «nueva» FSSPX que evidenciaban su liberalismo. Sin embargo, gradualmente, la «nueva» FSSPX empezó a evitar los temas doctrinales en general por considerarlos demasiado controvertidos. En su lugar, la «nueva» FSSPX se centró en aspectos positivos y «alegres», tales como:

Fomentar la gratitud hacia sus propios sacerdotes ancianos;

Promover sus propias confirmaciones, peregrinaciones, campamentos y retiros (de contenido suavizado);

Promover la belleza de la misa;

Relatar las vidas de los santos;

Ofrecer una reflexión piadosa diaria o una explicación del Evangelio;

Promover artículos culturales sobre arte y música católicos; y

Debates —generalmente a cargo de «conservadores» conciliares— sobre noticias políticas en la Iglesia.

Como explicó el P. Jergen Wegner, entonces Superior del Distrito de EE. UU. de la FSSPX:

Una característica final del nuevo estilo es su positividad. Desprovistos de cualquier elemento agresivo e imponente, nos comprometemos a evitar polémicas innecesarias... principalmente queremos destacar por nuestra información positiva... 37

Todo este material publicado, de tono alegre, evita la controversia y evita alienar a la modernista Roma.

Hay mucho más liberalismo de la FSSPX que podríamos catalogar. Para un catálogo incompleto pero más extenso del liberalismo de la FSSPX, visite https://catholiccandle.neocities.org/#gsc.tab=0 y haga clic en el botón de la FSSPX.

Muchos sacerdotes y laicos que habían abandonado la FSSPX no podían hacer más que escribir artículo tras artículo para advertir a los demás en aquel momento. La “nueva” FSSPX acabó expulsando al último obispo que se manifestaba en contra de su liberalismo: el obispo Williamson, quien, aunque podía ver correctamente los errores del obispo Fellay, aparentemente no podía ver los muchos problemas graves de 2018 – 2026:

El 11 de julio de 2018, durante el IV Capítulo General en Écône, Suiza, el P. Davide Pagliarani fue elegido nuevo Superior General de la FSSPX por un período de 12 años (2018–2030). Algunos fieles desconocían que el P. Pagliarani había sido durante años la mano derecha del Obispo Fellay y que él mismo lo había ordenado sacerdote. Por ello, algunos abrigaban la vana esperanza de que se regresaría a la “antigua FSSPX”, dado que el Obispo Fellay ya no era Superior General.

Escándalos de la “Nueva” FSSPX bajo el P. Pagliarani

¿Por qué la “Nueva” FSSPX ahora solo PARECE más conservadora que en años anteriores?

Una forma de clasificar los escándalos es si son acciones (cosas dichas y hechas) o inacciones (cosas no dichas ni hechas). Durante los 24 años de mandato del obispo Fellay, vimos innumerables escándalos de ambos tipos, que llevaron a muchos buenos sacerdotes y fieles a abandonar la FSSPX.

Examinamos ahora tanto las acciones (comisiones) como las omisiones durante el mandato del P. Pagliarani,desde 2018 hasta 2026. Esto dará el «golpe de gracia» al mito de que la «nueva» FSSPX ha «cambiado de rumbo».

Comenzaremos por las acciones, ya que queremos reservar el final de este artículo para exponer las omisiones, que son más difíciles de detectar.

1. Acciones escandalosas bajo el P. Pagliarani

Durante el mandato del P. Pagliarani (desde 2018 hasta el presente, 2026), tal vez no haya habido tantas acciones de este tipo. (El equipo de *Catholic Candle* dejó de observar y analizar cuidadosamente el liberalismo de la «nueva» FSSPX en algún momento alrededor de 2017; por lo que no disponemos de una lista tan exhaustiva como nos gustaría ofrecer).

No obstante, ha habido suficientes como para escandalizar a los católicos fieles e informados.

*Catholic Candle* publicó un artículo en marzo de 2025 titulado: *21 ejemplos de liberalismo en la «nueva» FSSPX. La «nueva» FSSPX liberal nunca se ha retractado públicamente de ninguno de estos actos de liberalismo, tal como es su deber.

La «nueva» FSSPX bajo el P. Pagliarani ha sumado los siguientes escándalos adicionales:

1. La FSSPX enseñó anteriormente la verdad de que la vacuna contra la rubéola y otras vacunas desarrollados a partir del aborto son siempre pecaminosas. Por el contrario, la «nueva» FSSPX bajo el P. Pagliarani afirma ahora no solo que esa misma vacuna contra la rubéola es justificable para algunas personas, sino también que las «vacunas» contra el COVID —que también se desarrollaron a partir del aborto—están justificadas. La nueva postura de la FSSPX es incorrecto, liberal y contradice su propia enseñanza anterior sobre las vacunas desarrolladas a partir de celulas de fetos abortados.

2. La «nueva» FSSPX, en lugar de situar a Mons. Fellay en un puesto donde no pudiera causar más daño, lo ha mantenido en un cargo importante de liderazgo dentro de la Fraternidad: el de Primer Consejero General del Consejo General de la FSSPX. Esto demuestra la continuación del liberalismo que promovió Mons. Fellay.

3. La «nueva» FSSPX, bajo el mando del P. Pagliarani, mantiene desde hace años acuerdos con «obispos» conciliares modernistas para utilizar edificios diocesanos conciliares donde rezar y celebrar la Misa. Por ejemplo, un «obispo» conciliar de Friburgo (Suiza) había concedido a la «nueva» FSSPX permiso para utilizar ciertos edificios «sagrados» de su diócesis, y la «nueva» FSSPX comenzó a aprovechar dichos permisos ya en 2019. Sin embargo, ese mismo «obispo» revocó los permisos en julio de 2026, en respuesta a las consagraciones realizadas por la «nueva» FSSPX. Diversos artículos de *Catholic Candle* han demostrado que existen múltiples razones por las cuales utilizar los edificios de la Revolución conciliar constituye un gran mal y un escándalo; entre ellas, el hecho de que en dichos edificios se cometen sacrilegios habitualmente, así como el peligro que corren la fe de quienes entran y rezan en ellos.

4. La «nueva» FSSPX promueve ahora la falsa «aparición» conciliar de Akita, Japón.

5. La «nueva» FSSPX liberal promueve a los «santos» conciliares y los procesos de «canonización» conciliares; por ejemplo, el caso de Annella Zervas, una religiosa estadounidense cuya causa está siendo impulsada actualmente en los procesos de «canonización» de la iglesia conciliar, y para la cual dicha iglesia nombró a una mujer como postuladora.

6. La «nueva» FSSPX (a la que Roma ha declarado nuevamente «excomulgada» en 2026) ha reaccionado ante el decreto de «excomunión» de Roma de una manera diametralmente opuesta a la actitud militante y católica que adoptó el arzobispo Lefebvre en 1988. En la primera parte de este artículo vimos numerosas citas del arzobispo Lefebvre y de los principales dirigentes de la FSSPX en las que consideraban que las «excomuniones» de 1988 carecían de valor, proclamándolas nulas e inválidas, e incluso sintiéndose orgullosos de haberlas recibido.

Además, el arzobispo Lefebvre sabía que la «excomunión» no provenía de la Iglesia Católica, sino de la iglesia conciliar: «Por eso, ser excomulgados por una Iglesia liberal, ecuménica y revolucionaria nos resulta indiferente». Por el contrario, en julio de 2026, los dirigentes de la «nueva» FSSPX llegaron a presentar un recurso canónico contra el decreto de excomunión de Roma. La «nueva» FSSPX presentó esta solicitud ante el Dicasterio para la Doctrina de la Fe el 11 de julio de 2026, en un intento de suspender e incluso detener la (supuesta) validez jurídica de la sentencia de excomunión de Roma. Este enfoque legalista constituye un escándalo para los católicos:

Al actuar así, la «nueva» FSSPX niega implícitamente la existencia de la iglesia conciliar y, en su lugar, continúa con su pauta (mantenida durante más de 10 años) de no distinguir entre la Iglesia Católica y la iglesia conciliar.

Al actuar así, la «nueva» FSSPX niega implícitamente que se encuentre en guerra con la Roma modernista, pues los enemigos en guerra no presentan peticiones legales buscando la ayuda del enemigo.

El nefasto Código de Derecho Canónico de 1983 del Papa Juan Pablo II contiene muchos preceptos perversos. Sin embargo, en este proceso de recurso de 2026, la «nueva» FSSPX cita y se basa únicamente en el Código de 1983, y lo hace en la que tal vez sea la correspondencia más oficial mantenida hasta la fecha con Roma. Esto transmite al mundo el mensaje de que es aceptable utilizar los términos y las reglas del enemigo para conseguir lo que se desea.

7. La «nueva» FSSPX, bajo el mandato del P. Pagliarani, ha seguido dependiendo de —y nunca ha rechazado— las facultades para confesiones y matrimonios que recibió del Papa Francisco durante el mandato de Mons. Fellay.

8. La «nueva» FSSPX, bajo Mons. Fellay, comenzó a llamar a la nueva misa «Santa Misa». Ahora, bajo el P. Pagliarani, la FSSPX denomina a la Misa Tradicional con su nombre conciliar, es decir, la «Forma Extraordinaria» 53.

2. Omisiones escandalosas bajo el P. Pagliarani

Por naturaleza, las omisiones son más difíciles de detectar que las acciones específicas. Por ejemplo, es fácil percibir el escándalo que supone que un sacerdote afirma en un sermón que «todas las religiones son buenas y queridas por Dios». Tales cosas resultan aún más evidentes si se repiten una y otra vez. (¡Cabe esperar que no sigamos regresando semana tras semana solo para ver si el sacerdote lo hace!)

Sin embargo, es más inusual que alguien exclame lo siguiente: «Me encantan los sermones del P. Jones; semana tras semana habla siempre de Santo Tomás de Aquino, de las virtudes y de la caridad. Todo es tan hermoso e inspirador... Al salir de la iglesia, siento que estoy en el cielo. (... larga pausa; la gracia actúa...) Mmm... Pero, bien pensado, rara vez —o nunca— habla de los errores del Vaticano II que nos amenazan a todos, como hacía tan a menudo Mons. Lefebvre...». Esta persona ha identificado correctamente una omisión grave.

Este tipo de momento de revelación es mucho más raro; de nuevo, porque en general es más difícil detectar omisiones, pero también porque la mayoría de nosotros no estamos tan atentos como deberíamos. Basta con que una persona o una parroquia deje de escuchar advertencias regulares sobre esos errores para que se vuelva liberal.

He aquí otro experimento mental. Imaginemos que, tras la muerte del Papa León XIV, es elegido el «Papa Pío XIII». Supongamos, en el mejor de los casos, que el Papa Pío XIII no protagoniza escándalos modernistas, expone una doctrina general acertada e incluso ordena a todos los obispos y sacerdotes que permitan la Misa tridentina sin restricciones. En resumen, supongamos que no realizamos acciones que causen conmoción, incluso las sensibilidades católicas tradicionales. Pero supongamos, además, que este papa no dice ni escribe absolutamente nada para condenar explícitamente los más de 60 años transcurridos desde el Vaticano II: ninguna condena de los documentos corruptos del propio Vaticano II, ninguna condena del malvado rito de la misa *Novus Ordo* y ninguna condena de la infinidad de escándalos de los papas modernistas destructores que le precedieron inmediatamente, etcétera. ¿Qué deberíamos pensar de este nuevo papa? ¿Es un buen papa? ¡No lo es! Sigue siendo un mal papa, porque incurre en una negligencia grave en el cumplimiento de su deber. Los escándalos y problemas públicos deben corregirse a fondo, públicamente y lo antes posible para evitar la pérdida de almas.

Imagínese la confusión de los católicos bajo el pontificado de este papa: «Entonces, ¿cuál es la conclusión? ¿Tenía razón el Vaticano II en todas sus enseñanzas o la tenían todos los papas anteriores? ¿Debo asistir a la nueva misa o a la misa tridentina? Ambas están permitidas en todas partes y son fáciles de encontrar hoy en día». Surgirían innumerables confusiones graves adicionales; por ejemplo, sobre el nuevo frente al antiguo Derecho Canónico, etcétera.

Primera omisión bajo el mandato del P. Pagliarani: no corregir los escándalos de Mons. Fellay

Al igual que en el ejemplo del «Papa Pío XIII» mencionado anteriormente, la «nueva» FSSPX nunca se ha distanciado de ninguno de los escandalosos sucesos ocurridos durante los 24 años en que Mons. Fellay fue superior de la Fraternidad (1994-2018), ni ha realizado retractación, reparación o corrección pública alguna al respecto. Tales escándalos fueron tan numerosos —y muchos de ellos tan graves— que casi cualquiera de ellos bastaría, a los ojos de Dios, para que un obispo o superior perdiera su alma en el juicio final. Sin embargo, no tenemos constancia de ni un solo artículo de la FSSPX escrito desde que el P. Pagliarani asumió el cargo de Superior General y declaró: «Nos equivocamos respecto a [tales o cuales palabras y acciones] y pusimos gravemente en peligro a muchas almas durante años. Castigamos injustamente a buenos sacerdotes y perseguimos a buenos fieles. Ahora vemos que [lo contrario] es lo correcto que hay que hacer y decir», etc.

Segunda omisión bajo el mandato del P. Pagliarani: no seguir la sabiduría de Monseñor Lefebvre

Recordemos, tal como se mencionó en la primera parte de este artículo, que Monseñor Lefebvre aprendió la importante lección de no volver a «dialogar» jamás con Roma sin pruebas de su conversión, pues comprendió que tal proceder no podía acarrear más que un gran daño para las almas. El «mundo entero» sabe que Mons. Fellay ignoró esa sabiduría e intentó persistentemente llegar a un acuerdo práctico con una Roma no convertida. Sin embargo, muchas personas creen erróneamente que el P. Pagliarani ha revertido completamente esa política y ha vuelto a la sabiduría de Mons. Lefebvre. La verdad es que, en el mejor de los casos, se podría argumentar que el P. Pagliarani simplemente ha «suspendido» la política de conversaciones de Mons. Fellay, dejando al mismo tiempo la «ventana abierta» para que Roma vea que «estamos listos cuando ustedes lo estén».

Podemos verlo claramente analizando una carta del 18 de febrero de 2026 que la «nueva» FSSPX escribió a Roma. El contexto histórico de esa carta es el siguiente:

1. En 2019, apenas seis meses después de asumir las riendas de la «nueva» FSSPX, el P. Pagliarani se dirigió a la Roma no convertida bajo el Papa Francisco para solicitar nuevas conversaciones. Fue él quien pidió estas conversaciones, no Roma. Por el lado positivo, el tema de la carta era claramente discutir la doctrina (lo cual la hace preferible a las maniobras de Mons. Fellay, que buscaban meramente un acuerdo práctico sin consenso doctrinal). Pero por el lado negativo, en esta carta el P. Pagliarani no sigue en absoluto la firme decisión ni la sabiduría de Mons. Lefebvre. Es decir, omite preguntar a Roma: «Antes de aceptar dialogar, respóndanme esto: ¿Se han convertido? ¿Aceptan la verdad que enseñaron constantemente los papas anteriores al Vaticano II?». En cualquier caso, Roma no respondió a la solicitud de diálogo de la «nueva» FSSPX.

2. Pasaron siete años. Sin duda, la «nueva» FSSPX se encontraba en un grave dilema provocado por ella misma. Durante este tiempo, la «nueva» FSSPX estaría reflexionando: «Vacilamos...»...ofender a Roma con consagraciones porque queremos ser aceptados en la iglesia conciliar y obtener muchos favores. Pero, por otro lado, ¡nuestros dos obispos restantes morirán pronto y entonces quedaremos desamparados!". Tomaron una decisión: el 2 de febrero de 2026, la FSSPX escribió a Roma (bajo el pontificado del Papa León XIV) y anunció que la "nueva" FSSPX tenía la intención de consagrar obispos sin mandato papal.

3. En respuesta, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, invitó al superior general de la FSSPX, el padre Pagliarani, a Roma para mantener conversaciones. La FSSPX sabía muy bien que este cardenal Fernández era un modernista que también había escrito libros gravemente impuros y que era culpable de muchos otros escándalos graves.

4. No obstante, la "nueva" FSSPX aceptó la invitación y la reunión tuvo lugar el 12 de febrero de 2026. Una vez más, la "nueva" FSSPX no preguntó nada a Roma sobre si aceptaría la verdadera doctrina católica antes de dialogar.

5. Seis días después de la reunión, el 18 de febrero de 2026, el padre Pagliarani escribió una carta de seguimiento dirigida a Roma. Es esa carta la que analizamos a continuación.

Análisis de la carta de la FSSPX a Roma del 18 de febrero de 2026

En lugar de reproducir la carta completa, ofreceremos algunos fragmentos. Sin embargo, animamos a todos a leer la carta en su totalidad en este enlace: https://fsspx.news/en/news/letter-fatherpagliarani-cardinal-fernandez

En dicha carta, la FSSPX del padre Pagliarani escribe lo siguiente:

"... Esta fue precisamente mi intención en 2019, cuando sugerí un debate en un momento de calma y paz, sin la presión o la amenaza de una posible excomunión, lo cual habría socavado el diálogo libre —tal como es, lamentablemente, la situación actual." … Ambos sabemos de antemano que no podemos llegar a un acuerdo doctrinal… [y que] los textos del Concilio [Vaticano II] no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica…”.

Nota: La FSSPX afirma que ambas partes saben que no hay forma de llegar a un acuerdo doctrinal; sin embargo, la FSSPX busca seguir reuniéndose y dialogando. ¿Qué podría lograr otra reunión, salvo un acuerdo práctico sin acuerdo doctrinal, para poner a la FSSPX bajo el control práctico directo de la Roma modernista?

La “nueva” FSSPX presenta las discusiones doctrinales como algo meramente “deseable” y “útil”, en lugar de esencial. Pero ya sabemos que, para el arzobispo Lefebvre, se convirtió en una cuestión de principios no volver a dialogar con Roma, aún no convertida. Sin embargo, la «nueva» FSSPX escribe a Roma: «Por parte de la Sociedad, un debate doctrinal siempre ha sido —y sigue siendo— deseable y útil».


La «nueva» FSSPX pretende que Roma ama sinceramente la Verdad y la salvación de las almas. La «nueva» FSSPX se muestra paternalista y escandalosa cuando escribe: «En efecto, incluso si nosotros [la FSSPX y Roma] no llegamos a un acuerdo, los intercambios fraternos nos permiten conocernos mejor, refinar y profundizar nuestros propios argumentos y comprender mejor el espíritu y las intenciones que subyacen a las posiciones de nuestro interlocutor, especialmente su genuino amor por la Verdad, por las almas y por la Iglesia. Esto es válido, en todo momento, para ambas partes». Nota: Si bien no juzgaríamos ni afirmaríamos saber que la jerarquía conciliar odia conscientemente a las almas y a la Iglesia, prácticamente todo lo que hacen atenta contra ellas. Por lo tanto, esta afirmación (es decir, el amor a las almas y a la Iglesia) es contraria a toda evidencia objetiva, sea cual sea su intención subjetiva e interior. Es tan incongruente como ver a un hombre apuñalar a personas con un cuchillo de carnicero y decir: «Sabemos que él y nosotros podemos estar de acuerdo en amar a las personas y a la vida».

La «nueva» FSSPX se preocupa principalmente por el bienestar de la FSSPX, no por el bien común: el P. Pagliarani escribe: «Más recientemente, hemos escrito dos veces al Santo Padre: primero para solicitar una audiencia y luego para explicarle con claridad y respeto nuestras necesidades y la situación actual de la Sociedad». La “nueva” FSSPX admite aquí que escribe a Roma para obtener favores, aprobación, para convencer a Roma de que “¡estamos haciendo un buen trabajo!”, para ser “regularizada”. Todo esto es muy diferente del lenguaje del arzobispo Lefebvre, quien le decía a Roma a la cara que hacían el trabajo del diablo y debían convertirse, para que Roma pudiera convertir al mundo.

La “nueva” FSSPX sigue fingiendo que su propia situación canónica es irregular. No hay nada malo en el estatus canónico de la FSSPX. Todos los intentos pasados ​​de Roma de suprimirla, excomulgarla y silenciarla ilegal e injustamente son nulos. El arzobispo Lefebvre nunca reconoció la validez de los “castigos” de Roma. Sin embargo, la “nueva” FSSPX lleva años diciéndole al mundo (y a Roma) que cree en la validez de las censuras, y que por eso se necesita urgentemente un acuerdo. La “nueva” FSSPX muestra esta misma falsa preocupación en esta carta del 18 de febrero sobre las “excomuniones”. 

En ella se lee: “Por eso, a lo largo de los años, los Sumos Pontífices han tomado nota de esta existencia [es decir, de la FSSPX] y, mediante actos concretos y significativos, han reconocido el valor del bien que [la FSSPX] puede realizar, a pesar de su situación canónica”. Y añade: “No les pide nada más: ni privilegios, ni siquiera regularización canónica”.


La “nueva” FSSPX es cobarde en sus intentos de defender el honor de la Virgen María: Nuestros lectores probablemente saben que en 2025, el Cardenal Fernández, con la ...aprobación del Papa León XIV, blasfemó contra Nuestra Señora, diciendo al mundo que ya no utilizara los gloriosos títulos de Nuestra Señora «Mediadora de todas las Gracias» y «Corredentora». La «nueva» FSSPX cierra esta carta del 18 de febrero de 2026 disculpándose ante esos mismos romanos modernistas mientras defiende con timidez el honor de Ella: «Rezo por ustedes en particular al Espíritu Santo y —no tomen esto como una provocación— a Su Santísima Esposa, la Mediadora de todas las Gracias».

Compárese todo esto con el espíritu de Monseñor Lefebvre y de la «antigua» FSSPX en 1988, tras las supuestas excomuniones. El tono de toda la carta del 18 de febrero es servil y suplicante. A la «nueva» FSSPX le falta la combatividad de la antigua FSSPX y de Monseñor Lefebvre. Ese espíritu combativo se aprecia en las múltiples citas presentadas anteriormente en este artículo, que muestran cómo Monseñor Lefebvre y toda la dirección de la FSSPX hicieron caso omiso de las «excomuniones» y se lo comunicaron a Roma con valentía. Asimismo, el lenguaje diplomático, sumiso y blando de la «nueva» FSSPX, refleja una gran falta de caridad hacia los romanos. Al no decirles la verdad (por miedo a ofenderlos y arruinar las relaciones diplomáticas), disminuyen las probabilidades de que se conviertan y, por el contrario, aumenta el riesgo de que se condenen.

Conclusión

Podría parecer (aunque falsamente) que la «nueva» FSSPX, bajo el mando del P. Pagliarani, ha «cambiado de rumbo», dado que los escándalos son menos evidentes que los ocurridos bajo el obispo Fellay. Sin embargo, un análisis detenido demuestra que nada ha cambiado realmente. La consagración de nuevos obispos en 2026 no demuestra en absoluto que la «nueva» FSSPX haya empezado a entrar en razón y a rechazar su liberalismo. Más bien, simplemente otorga a esos cuatro nuevos obispos liberales una mayor capacidad para promover el liberalismo de la FSSPX. Toda esta situación difiere enormemente de las magníficas consagraciones realizadas por Monseñor Lefebvre en 1988. Por tanto, los católicos tradicionalistas, fieles e informados, deben seguir apartándose de la «nueva» FSSPX y continuar rezando por su conversión.

Por tanto, la «nueva» FSSPX sigue siendo una organización liberal. Quienes han permanecido en la «nueva» FSSPX hasta ahora —más de 14 años después de que los escándalos se hicieran evidentes (en 2012)— están consintiendo y apoyando el liberalismo de la FSSPX.

Sin embargo, consagrar nuevos obispos en 2026 (que son ellos mismos liberales) en nombre de una organización liberal —lejos de ayudar— solo contribuye a que dicha organización liberal perdure y continúe atacando la auténtica Tradición católica. Así pues, las consagraciones de 2026 son, en sí mismas, actos de liberales que promueven su propio grupo liberal. Nadie debería pensar que la FSSPX ha «cambiado de rumbo» simplemente porque hay nuevos obispos. Mucho menos debería alguien pensar que es seguro regresar a la FSSPX.