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martes, 2 de agosto de 2022

EL MILAGRO DE ZARAGOZA

 





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En el glorioso Alzamiento nacional de 1936 Zaragoza quedó en manos de los militares, apoyados por el pueblo, al adelantarse en la toma de la ciudad a los revolucionarios del Frente Popular. Inmediatamente estos lanzaron un ultimátum por radio para que la ciudad se rindiera o de lo contrario sería bombardeada.

La madrugada del 3 de agosto hacía una noche muy clara con luna llena, cuando sobre las 2,30 un avión Fokker del servicio postal que había despegado del aeródromo del Prat en Barcelona cargado con 4 bombas se dejaba oír en pleno centro de la ciudad, creando confusión entre los vecinos más próximos ya que era extraño, sobre todo a esas horas. El avión volaba bajo, a unos 150 metros, casi rozando las torres del Pilar y al no haber defensas antiaéreas el piloto pudo sobrevolar tranquilamente la zona eligiendo el mejor lugar para lanzar su mortífera carga.

Los testigos vieron el lanzamiento de las cuatro bombas. La primera de 50 kilos quedó clavada en la plaza del Pilar según puede observarse en la foto, la segunda cayó el rio Ebro y las otras dos impactaron sobre la misma Basílica del Pilar, pero ninguna hizo explosión. De haber detonado habrían destrozado el sagrario con el Santísimo Sacramento, la imagen de la Virgen y el pilar sobre el que reposa. Hubiera sido una catástrofe tratándose de la verdadera Patrona de España, ya que el nombramiento como patrona de la Inmaculada fue una maniobra de las Fuerzas Secretas para evitar tener un santuario físico de Ella.

Desde primeras horas de la mañana la gente se arremolinaba alrededor del templo indignada con semejante sacrilegio y dando gracias a Dios por no haberse producido mayores daños.

Acabó siendo un estímulo para la resistencia de la plaza, desde donde se oían los cañonazos de los combates en las inmediaciones. La consigna, si entraban los rojos en la ciudad, era atrincherarse en la Basílica y resistir a toda costa.

El diario Solidaridad Obrera del bando rojo publicó en primera página la noticia del bombardeo y anunciaba la inminente caída de la Zaragoza, cosa que nunca se produjo.

Tres de las bombas fueron desmontadas por artificieros y después de analizarlas el director del Parque de Artillería habló de un error de fabricación.

No obstante, la palabra milagro estaba en boca de los zaragozanos creyendo firmemente en la intervención divina, directa o indirectamente. Es incuestionable que hubo un hecho prodigioso cuando los comunistas intentaron destruir el templo, pues Ella lo impidió.

Ahora, los comunistas en el Gobierno que celebran los crímenes del Che Guevara, ciertamente lamentan que las bombas lanzadas sobre el Pilar no explotasen.

Para saber mas de ese atentado comunista fallido dar clic en el siguiente enlace:

https://www.elpandelospobres.com/milagro-de-las-bombas-de-el-pilar-de-zaragoza-madrugada-del-3-de-agosto-1936


martes, 26 de julio de 2022

EL COVIDIANISMO SE IMPONE EN LA FSSPX

 


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El pasado cinco de enero 2022, el canal de Youtube SSPX News publicaba un vídeo en el que el superior de la Hermandad Sacerdotal de San Pío X, don Davide Pagliarani, daba su parecer con respecto a la Plandemia y tomaba una posición sobre la legitimidad de la vacunación contra el Covid-19.

La postura adoptada por el superior de la Hermandad ha causado (y continúa provocándolo) un gran revuelo en Internet, mostrando las grandes discrepancias que mantienen muchos de los fieles de la FSSPX con un punto de vista que, de un tiempo a esta parte, se ha ido consolidando como la opinión general de toda la Sociedad Sacerdotal. 

Desde que muchos de los prioratos comenzaran a difundir las opiniones vertidas por el sacerdote de tendencia liberal don Arnaud Sélégny ─donde legitimaba como moralmente aceptables las vacunas contra el Covid-19 calificando sus medios de obtención (utilización de líneas celulares de abortos provocados) como «pecados remotos»─, este parecer ha ido paulatinamente imponiéndose como la opinión general de la Hermandad. Al mismo tiempo, han ido acallando y censurando las conclusiones de sacerdotes, religiosos e incluso superiores de prioratos o distritos que han considerado como moralmente inaceptables la mayoría de las vacunas contra el Covid-19. 

Don Davide Pagliarani afrima que, si bien la Hermandad no toma una postura sobre un «asunto médico», donde en principio deja libertad a cada sacerdote de considerar lo que estime respecto a la Plandemia; opina, no obstante que la FSSPX sí se posiciona sobre la cuestión moral, relativa a las líneas celulares de fetos de abortos provocados y utilizados para la obtención de las principales vacunas comercializadas. En este sentido, el superior de la Hermandad considera que sería lícito acceder a la inoculación en determinadas circunstancias, poniendo el ejemplo de un padre que, para evitar perder el trabajo del que vive toda su familia, accede a la inoculación. Pagliarani piensa en este caso que el padre de familia podría decidir si se vacuna o si, en cambio, decide confiar su suerte y la de su familia a la Divina Providencia. Estaría, pues, legitimado a tomar cualquier decisión.

El problema es que el ejemplo que utiliza el superior de la Hermandad no es válido, ya que no estamos hablando de un asesinato producido aleatoriamente para el cuál, las bienintencionadas empresas deciden aprovecharse, con pena en el alma, de la desgracia del aborto para un bien mayor para la sociedad como son las vacunas. Al contrario, los abortos son producidos por y para las vacunas. Es más, no se trata de un pecado remoto sino de un macabro negocio, un sacrificio ritual satánico de sangre de niños inocentes. Eso es el negocio del aborto y en esa cadena son parte activa las empresas farmacéuticas que, gracias al aborto, obtienen las vacunas. No solamente se trata de casos aislados y remotos de dos abortos producidos hace cincuenta años, sino que este crimen se realiza también para los propios ensayos de las vacunas. No se aprovecha el mal del aborto, sino que el asesinato es producido exclusivamente para la obtención de las vacunas. Para demostrar esto, facilitamos a continuación el siguiente vídeo: [no disponible aqui]

Es curioso comprobar como, generalmente, los sacerdotes y religiosos que han rechazado considerar como aceptable la inoculación experimental de procedencia inmoral, son aquéllos que también (durante las conversaciones que la FSSPX tuvo con la Roma modernista) se mostraron contrarios a que la obra del Arzobispo Lefebvre claudicara ante la secta vaticanosegundista. Al mismo tiempo, coincide que aquéllos sacerdotes que sí han legitimado la vacunación Covid son, mayoritariamente, los sacerdotes tildados como «liberales» o «acuerdistas».

NdB EN ESTE ARTICULO SE REFIERE A OTROS CIRCULOS "TRADICIONALES" COMO LOS SEDEVACANTES (CISMATICOS), FALSA RESISTENCIA DE MONS WILLIAMSON, TODOS ELLOS CON POSTURAS A CONVENIENCIA DE LA DECLARACION DE MONS VIGANÓ, NO QUERIENDO APARENTAR SER MENOS CATOLICO QUE EL, TARDIAMENTE RECHAZAN LAS VACUNAS. ADEMAS DE ELLOS NO SE CUENTA CON ALGUN SERMON DE VIVA VOZ CONDENANDO LAS VACUNAS COVID Y OTRAS VACUNAS HECHAS CON PARTES DE FETOS ABORTADOS. MENOS ENCONTRARAN NADA DEL FLAMANTE OBISPO ZENDEJAS QUE MANTIENE EN SILENCIO TODOS SUS MOVIMIENTOS. 
RESPECTO A LOS PRESBITEROS RIBAS Y CARDOZO (SEDEVACANTISTAS), MEJOR NI HABLAR PUES LA RESISTENCIA CATOLICA NO TIENE NADA QUE VER CON EL SEDEVACANTISMO SECTARIO Y CISMATICO

En otros ambientes tradicionalistas, la tesitura se encuentra también enfrentada; así la postura general de los obispos y sacerdotes de la Resistencia, es de oposición a la vacunación. Mientras en el sedevacantismo, los hay que mantienen un ¿prudente? silencio (caso del Instituto Mater Boni Consilii) y otros que han adoptado una posición en la línea de la ya postura oficial de la FSSPX (o incluso llegando más lejos), como es el caso del Obispo Sanrborn. Otros sacerdotes independientes sedevacantistas (como don Ernesto Cardozo o don Ramiro Ribas) y obispos (como don Daniel Dolan) han calificado la inoculación como inaceptable para el católico.

AMOR A LA DOCTRINA Y A LA VERDAD

 


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COMBATIVIDAD

No penséis que he venido a la Tierra a sembrar paz, no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí, y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

Como mucha gente de nuestros días, con la cual espíritus acomodaticios y pacifistas prefieren contemporizar perpetuamente, también los fariseos tenían “algo de bueno”. Sin embargo, ellos no fueron tratados según la táctica del terreno común. Con una lógica impecable el Maestro los fustigó diciendo las siguientes palabras: Plantad un árbol bueno y el fruto será bueno, plantad un árbol malo y el fruto será malo, porque el árbol se conoce por el fruto. Raza de víboras, ¿Cómo podéis decir cosas buenas si sois malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. El hombre bueno saca del caudal bueno cosas buenas, pero el hombre malo saca del caudal malo cosas malas.

Cuando la experiencia demostró que los fariseos rechazaron la inmensa y adorable gracia contenida en las fulminantes palabras del Salvador, e incluso se rebelaron contra Él, no por eso cambió de táctica.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: ¡la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre, lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad. ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo escaparéis del infierno? Mirad, yo os envío profetas, sabios y escribas. A unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad. Así recaerá sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra. Y entregará a la muerte el hermano al hermano y el padre al hijo, se levantarán hijos contra padres y se darán muerte, y seréis odiados por todos a causa de mi nombre, pero quien persevere hasta el fin se salvará.

Es un error ocultar sistemáticamente al pecador su verdadero estado. San Juan, por ejemplo, no dudó en decir: Quien comete el pecado es del diablo. Por ello fue el apóstol del amor categórico al escribir: Todo el que se propasa y no se mantiene en la doctrina de Cristo, no posee a Dios, quien permanece en la doctrina, éste posee al Padre y al Hijo. Si os visita alguno que no trae esa doctrina, no lo recibáis en casa ni le deis la bienvenida, quien le da la bienvenida se hace cómplice de sus malas acciones.

miércoles, 20 de julio de 2022

EL SANTO ABANDONO. Capítulo 4° EL ABANDONO EN LOS BIENES NATURALES DEL CUERPO Y DEL ESPÍRITU

 


Artículo 2º.- Las consecuencias de la enfermedad 

La prolongación de la enfermedad, la incapacidad para muchas cosas que la acompañan o que la siguen, agravan no poco las molestias que ocasiona: y todo esto ha de ser objeto de un filial y confiado abandono. 

Siendo «el Altísimo quien ha creado los médicos y remedios», entra en el orden de la Providencia que se recurra a ellos en la necesidad; los seglares con una prudente moderación, y los religiosos según la obediencia. Mas Dios tiene en su soberana mano el mal, el remedio y el médico. «No son las hierbas y las cataplasmas, es vuestra palabra, Señor, la que todo lo cura» Dios ha sanado en otro tiempo, sanará ahora si le place, sin el menor socorro humano, como cuando Nuestro Señor devolvía la salud con una palabra. El sanó en otro tiempo, sana aún si le place, por medios inofensivos mas sin valor curativo, por ejemplo: cuando Eliseo enviaba a Naamán a bañarse siete veces en el Jordán, o Jesús imponía las manos a los enfermos, o les untaba con un poco de saliva. El ha sanado en otro tiempo, y sana aún si le place, por medios al parecer contrarios, como cuando Jesús frotó con lodo los ojos del ciego de nacimiento. Y a pesar de la ciencia de los doctores, a pesar de la abnegación de los enfermos, a pesar de la energía de los remedios, deja empeorar al que quiere, y todos terminan por morir, así el sabio más famoso como el último de los vivientes. Dios es, pues, el Dueño absoluto de la naturaleza, de la salud y de la enfermedad. En El se ha de creer y no conviene tener como Asá una confianza exagerada en los medios humanos, porque El les otorga o niega el resultado según le place. Si, pues, a despecho de los médicos y de las medicinas, el mal se prolonga y las enfermedades subsisten, en preciso adorar con filial y humilde sumisión la santísima voluntad de Dios. El Señor no ha permitido que el médico acierte o que el remedio obre, quizá ha permitido aun que los cuidados agraven el mal en lugar de curarlo. Nada de esto hace sino con un designio paternal y para el bien de nuestra alma; a nosotros toca aprovecharnos de ello. La primera prueba es, pues, la prolongación del mal. Lejos de nosotros las quejas, el descorazonamiento, la murmuración y el pensamiento de culpar a los que nos cuidan. Ellos han cumplido seguramente su deber con gran abnegación y les debemos mucho reconocimiento. Si han merecido alguna reprensión, Dios les pedirá cuentas de su falta; pero ha querido servirse de ellos para mantenernos en la cruz, y será necesario ver en esto mismo un designio de la divina Providencia. 

El error o la habilidad, la negligencia o la abnegación, nada hay que no haya sido previsto por Ella con toda claridad, nada que Ella no haya elegido, y a ciencia cierta, nada que Ella no sepa utilizar para conducirnos a sus fines. Por tanto, veamos sólo a Dios, creamos en su amor y bendigamos la prueba como don de su mano paternal. A los que se quejan con sobrada facilidad de la falta de cuidados, dice San Alfonso reprendiéndoles: «Os compadezco, no por vuestros sufrimientos, sino por vuestra poca paciencia; estáis en verdad doblemente enfermos, de espíritu y de cuerpo. Se os olvida, pero vosotros sois los que olvidáis a Jesucristo muriendo en la cruz, abandonado de todos por vuestro amor. ¿Para qué quejaros de éste o de aquél, cuando os habríais de quejar de vosotros mismos por tener tan poco amor a Jesucristo, y por consecuencia, mostrar tan poca confianza y paciencia?» San José de Calasanz decía: « Practíquese tan sólo la paciencia en las enfermedades, y las quejas desaparecerán de la tierra.» Y Salvino: «Muchas personas no llegarían jamás a la santidad, si disfrutasen de buena salud.» De hecho, para no hablar sino de las mujeres que se santificaron, leed su vida, y veréis a todas, o a casi todas, sujetas a mil enfermedades. 

Santa Teresa no pasó durante cuarenta años un solo día sin sufrir. Así el citado Salvino añade: «Las personas consagradas al amor de Jesucristo están y quieren estar enfermas.» Las múltiples impotencias debidas a la enfermedad son otra prueba muy crucificante. Con más o menos frecuencia y extensión, no se puede como en tiempo de salud observar toda la Regla, asistir al coro, comulgar, orar, hacer penitencia, ser asiduo al trabajo, al estudio y a todos los deberes de su cargo; y cuando el mal es tenaz, estas impotencias pueden durar largo tiempo. A esto responde San Alfonso diciendo: «Dime, alma fiel, ¿por qué deseas hacer estas cosas? ¿No es para agradar a Dios? ¿Qué buscas, pues, cuando sabes con certeza que el beneplácito de Dios no es que hagas (como en otro tiempo), oraciones, comuniones, penitencias, estudios, predicaciones u otras obras, sino soportar con paciencia esta enfermedad y estos dolores que El te envía? «Amigo mío, escribía San Juan de Ávila a un sacerdote enfermo, no examináis lo que haríais estando sano, sino contentaos con ser un buen enfermo todo el tiempo que a Dios pluguiere. Si es su voluntad lo que de veras buscáis, ¿qué os importa estar enfermo o sano?» 

Es incumbencia de Dios aplicarnos, según su beneplácito, a las obras de salud o a las de enfermedad. A nosotros toca ver en todo su santa voluntad, amarla, adorarla puesto que ella es siempre la única regla suprema. Hagamos, pues, en la salud las obras de la salud, en la enfermedad, las de la enfermedad según que están determinadas por nuestras observancias. Dios nos pide esto y no quiere otra cosa. ¿Por qué turbarse obrando de este modo? 

La inquietud mostraría que no hemos entendido nuestro deber, o que nos dejamos prender de los artificios del demonio. Pero, diréis, el mal, prolongándose, mi impide cumplir los deberes de mi cargo, y ¿qué va a suceder? Sucederá lo que Dios quiera. ¿No tiene el derecho de disponer de nosotros en esto como en todas las cosas? Todo el tiempo que vuestros Superiores, debidamente advertidos, juzguen conveniente manteneros en el empleo, llenadle lo mejor que podáis y conservaos en paz. De vuestra parte todo va bien, con tal de que hagáis la voluntad de Dios, que tiene mil medios de suplir lo que hacéis si es tal su beneplácito. Elige obreros según entiende que debe hacerlo, les da los medios que quiere, deja a San Pablo consumirse en el fondo de una prisión durante dos años, en tiempo en que la Iglesia naciente tenía mayor necesidad del Apóstol. Por lo menos, dirá alguno, si yo pudiera orar como antes, esto me consolaría en mi impotencia. Mas, responde San Alfonso de Ligorio, «no hay mejor manera de servir a Dios que abrazar con alegría su santa voluntad. Lo que glorifica al Señor no son nuestras obras, sino nuestra resignación y la conformidad de nuestra voluntad con su beneplácito». Por eso decía San Francisco de Sales que se da más gloria a Dios en una hora de sufrimiento con filial sumisión que en muchos días de trabajo con menos amor. 

Quejándose a él un enfermo de no poder entregarse a la oración que seria sus delicias y su fuerza, le dijo: «No os entristezcáis, pues recibir los golpes de la Providencia no es menor bien que meditar; es mejor estar en la cruz con el Salvador que mirarle solamente.» Por lo demás un alma generosa persevera fiel a sus prácticas diarias en cuanto le sea posible; y para llenar su tarea acostumbrada le basta por lo regular distribuir bien el tiempo, simplificar su oración y adaptarla a su estado actual. «Para un alma que ama -dice Santa Teresa- la verdadera oración durante la enfermedad consiste en ofrecer a Dios lo que sufre, en acordarse de El, en conformarse con su santísima voluntad y en mil actos de este género que se presentan; no se precisan grandes esfuerzos para entrar en este trato íntimo.» Y San Alfonso añade: «No digamos a Dios sino esta palabra: Fiat voluntas tua; repitámosla desde lo íntimo del corazón, cien veces, mil, siempre. 

Agradaremos más a Dios con esta sola palabra que con todas las mortificaciones y devociones posibles.» Diréis, en fin, que el malestar, las enfermedades, os hacen inútil, que sois una carga para la Comunidad, que la escandalizáis no guardando las observancias. Con seguridad que un enfermo se sacrifica cuanto puede; evita ocasionar demasiados gastos, reclamar cuidados superfluos, parecer exigente, difícil para hacerse servir; los cuidados que se le prodigan sabe pagarlos con el agradecimiento y la docilidad. Es Nuestro Señor a quien se honra en su persona, y El se esfuerza en parecérsele. Ansioso de adelantar siempre y de no perder el beneficio de tanta cruz, tiene sin cesar presente a Dios y a su eternidad; observa generosamente lo que puede de su Regla, compensando lo que le es imposible con la abnegación, la humildad y el Santo Abandono. 

Sin él pensarlo, este enfermo edifica, es una bendición para cuantos le rodean. Mas en definitiva, es la voluntad divina y no la suya la que pone sobre sus espaldas la cruz de un mal pasajero o de prolongadas enfermedades. De éstas, es él quien lleva la parte más pesada, quedando algo también para el enfermero, el superior y la Comunidad. ¿Y no tiene Dios derecho a servirse de nosotros como de otro cualquiera para pedir un sacrificio a nuestros hermanos, e imponerles un deber? 

Los que nos cuidan sabrán, con la gracia de Dios, abandonarse como nosotros a la Providencia, y llenar para con nosotros las obligaciones que Ella les señale. Nuestra misión es aceptar pacientemente la humillación y sentir que somos una carga; lo es también aligerar la de nuestros hermanos con nuestro espíritu verdaderamente religioso. Deber nuestro es imitar a aquella religiosa que no pudiendo explicar su enfermedad, sufría al ver que no era útil, pero aceptaba con humildad el beneplácito de Dios y se consolaba pensando que le quedaban tres grandes medios de hacer el bien: la oración, el ejemplo y el perfecto cumplimiento de sus Reglas. 

Un buen enfermo no es inútil sino en apariencia; en realidad puede él hacerse de gran valor si quiere, porque lo que sobre todo aprovecha a la Comunidad, no son los brazos para los trabajos pesados, ni la inteligencia para los empleos elevados; es la virtud, son las almas santamente ávidas de progresar en la santidad y perfección, verdaderos contemplativos y verdaderos penitentes; de nosotros depende ser así, con la divina gracia, en la enfermedad como en la salud, aunque por medios diferentes. Dios estará satisfecho, y la Comunidad no podrá menos de estarlo; y si alguno que otro, a pesar de nuestra buena voluntad, nos juzga con algo de severidad, no habrá desedificación ninguna por nuestra parte; sólo nos resta recibir humildemente la prueba de no ser comprendidos hasta el día en que Dios nos justifique. Nuestro austero San Bernardo era de naturaleza extremadamente tierna y delicada; escuchó más a su generosidad que a sus fuerzas, de suerte que casi al principio de su vida religiosa enfermó y siempre anduvo así. 

Cuando se presentó al Obispo de Chalons para recibir la bendición abacial, estaba del todo extenuado y parecía un moribundo. Púsose por obediencia en manos de un practicante, que acabó de ponerle peor, haciéndole servir platos que un hombre robusto y acosado de hambre apenas hubiera querido tocar. El santo tomaba todo con indiferencia y todo lo hallaba igualmente bueno. Una estrechura de garganta que casi no le permitía pasar más que líquidos, el estómago muy delicado y el vientre en estado deplorable, eran sus tres dolencias permanentes. A éstos venían accidentalmente a reunirse otros males. Con frecuencia devolvía los alimentos como los había tomado, y lo poco que de ellos conservaba sólo servia para torturarle. A pesar de tantos sufrimientos como le extenuaban, maceraba su cuerpo con severos ayunos, con vigilias prolongadas, con los más duros trabajos. Considerábase siempre como un principiante, y decía que le hacía falta la regularidad de un novicio, la severidad de la Orden y el rigor de la disciplina. Sin embargo, hubo de adoptar un régimen que su estómago pudiese soportar, sin perder lo más mínimo el espíritu de sacrificio y la pobreza. 

Con ánimo increíble asistía con la Comunidad al coro, al trabajo, a todo. Si había faenas que él no supiera ejecutar, cavaba la tierra, cortaba leña, la llevaba sobre sus espaldas; y cuando sus fuerzas le traicionaban, cogía las ocupaciones más viles, a fin de compensar la fatiga con la humildad. Sólo la necesidad era capaz de apartarle de los ayunos comunes. Fue, sin embargo, preciso hacerlo, porque llegó tiempo en que, no pudiéndose sostener sin gran trabajo en pie, permanecía casi de continuo sentado y muy rara vez se movía. Lo que no podía hacer lo compensaba dándose más a la oración, a las piadosas lecturas, al estudio y a la composición; dábase por entero a sus religiosos por la predicación y la dirección. Y cuando la Iglesia tenía necesidad de sus servicios, olvidaba su estado de agotamiento, afrontaba la fatiga de los viajes, resolvía los asuntos, predicaba sin descanso y daba solución a todo. Volvía luego aún más enfermo, pero también más hambriento de su amada vida de penitencia y de contemplación. Tal existencia no era otra cosa que una muerte continua y prolongada. «El Santo lo sentía, y sus religiosos le suplicaban tomase algún alivio, pero ponía los ojos en Jesús ensangrentado en la cruz, cubierto de llagas, y, más dócil a la lección del amor que a los consejos de la prudencia, hacía callar la voz de la ternura filial y saboreaba más la amargura del cáliz.» ¿Pudo la enfermedad impedirle ser un perfecto cisterciense más útil que ninguno a su Comunidad y aun a la Iglesia entera? 

Nuestra Beata Aleida hubo de soportar durante toda su vida los más crueles sufrimientos y una horrorosa lepra. Separada de sus hermanas a causa de este terrible mal, sirvióse de ello para unirse a Dios con oración más continua; gozábase en su dolorosa situación por amor de Cristo su Esposo, en cuyas llagas acontecíale encontrar con frecuencia gozos y una fuerza sobrenatural. Rica en dones celestiales, ilustre por sus milagros, curó no pocos leprosos con la sola imposición de sus manos. Había, pues, llegado a la cumbre, pero Nuestro Señor quiso elevarla a mayor altura. ¿Qué hace? Prepárala un acrecentamiento de sufrimientos con las correspondientes gracias, para hacerla crecer en la paciencia. En la fiesta de San Bernabé, parecía estar a las puertas de la muerte. Nuestro Señor le anuncia que le queda un año de vida todavía y que durante este tiempo había de soportar males más terribles que los anteriores, por amor de su Amado Esposo. 

En efecto, su vista se apaga, sus manos se contraen, la piel de la cabeza y de todo su cuerpo se cubre de úlceras, de las que manan sin cesar gusanos y carne dañada. Estos crueles tormentos súfrelos la bienaventurada con inalterable paciencia, hasta que llegado de nuevo el día de San Bernabé, exhala su purísima alma en las manos de Cristo, su Esposo. Santa Gertrudis, que floreció en Helfta, bajo las leyes de nuestra Orden, con Santa Matilde, su maestra y amiga, tenía muy precaria salud. Por temporadas que a veces eran largas, la enfermedad la obligaba a guardar cama. Sus frecuentes insomnios, su ardor en la oración y sus raptos causábanle tal fatiga que llegaba al agotamiento. Con frecuencia le era, pues, imposible tomar parte en el Oficio divino, o bien no podía asistir a él sino permaneciendo sentada. Estábala prohibido el ayuno aun en la Cuaresma, y hasta durante la noche se la obligaba a tomar algo para poder sostenerse, o cuando el Oficio era demasiado largo. Humillábase al verse sometida a tales necesidades, quejábase de no poder hacer las reverencias del coro, sentíase inclinada a rehusar los alimentos que la ofrecían, y Nuestro Señor enseñóla a recibir todo como venido de su mano, a servirse de estos alivios para su adelantamiento espiritual. Una cosa la afligía, y era fa molestia que causaba a sus compañeras, ¡servíanla éstas con tanto afecto...! Y ella, ¿no les pagaba en justo retorno con sus incesantes oraciones, sus consejos sobrenaturales y sus fraternales avisos? Felices enfermedades que la procuraron entre otros bienes la dicha de vivir toda para Dios en la contemplación, sin las que quizá no tendríamos sus escritos llenos de unción tan penetrante. Pudiéramos citar otros muchos ejemplos tomados de la hagiografía de nuestra Orden, que nos mostrarían cómo las enfermedades, lejos de ser obstáculo que cierra el camino, son por el contrario un sendero que lleva a la santidad. 

Los enfermos fervorosos caminan, corren, vuelan hacia el blanco de sus deseos, según el grado de sus disposiciones. Los malos enfermos no hacen lo mismo, pero hay que atribuirlo solamente a su falta de valor y de sumisión. Concluyamos con una palabra del Padre Saint-Jure a propósito de la convalecencia. «Es, dice, uno de los momentos más peligrosos de la vida, porque se está constreñido, a pesar de conocerlo, a conceder algo a la naturaleza, a tratarla con más suavidad con el fin de restablecer las fuerzas, lo que hace que se emancipe y se relaje con facilidad; déjase llevar por la gula, procúrase gustos bajo pretexto de necesidad, entrégase a la ociosidad bajo el pretexto de debilidad, a la negligencia en la oración y en los ejercicios de piedad por miedo de fatigarse, a pasatiempos y recreaciones pueriles para descansar, como si el cuidado de recobrar la salud diese libertad de ver, oír, o decir todo lo que se ofrece. Y como el espíritu no está ocupado, llénase fácilmente de mil pensamientos inútiles que le distraen. Todos estos males acontecen a quien no vigila con cuidado sobre si mismo.» Y sin embargo, la única máxima que debe seguirse en la convalecencia, así como en la salud o en la enfermedad, debería ser la de Gemma Galgani: «Primero, el alma, después el cuerpo.»

viernes, 15 de julio de 2022

HEROES Y MARTIRES DE LA VENDEE

 


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VANDEANOS – 15/07/2022

Los vandeanos, entrañablemente adheridos a la monarquía católica, se distinguieron particularmente en ese rechazo a las autoridades revolucionarias.

El levantamiento popular, en ocasiones sin más armas que los aperos de labranza, fue tan entusiasta que infligió a los azules derrotas memorables, de forma que los caudillos católicos se convirtieron en mitos, comenzando por el primero de ellos, Jacques Cathelineau, muerto en combate como representa el vitral, y siguiendo por nombres de leyenda como Charette o el conde de La Rochejaquelein.

Hasta 40.000 soldados lograron presentar en orden de batalla los contrarrevolucionarios, que estuvieron a punto de conquistar Nantes. Llegaron a sumar más de 100.000 hombres.

La Convención comprendió que la mecha vandeana podía prender en todo el país por motivos similares, y fue entonces cuando se tomó la decisión del genocidio. El decreto de 1 de agosto de 1793 incluía el envío a la región de cantidades ingentes de materiales combustibles de toda clase. El pueblo no combatiente abandonó masivamente la zona, en número de 80.000 personas, mientras los revolucionarios saqueaban y quemaban sus casas.

Un despacho del general Marceau, comandante en jefe interino del ejército revolucionario, describe así su paso por la Vendée: “Por agotadas que estuvieran nuestras tropas hicieron todavía ocho leguas, masacrando sin cesar y haciendo un botín inmenso. Nos hicimos con siete cañones, nueve cajas de munición y una inmensidad de mujeres”, tres mil fueron ahogadas en Pont Baux. Los ahogamientos masivos en los ríos fueron uno de los métodos más usados para las matanzas a las que llamaban eufemísticamente “deportaciones verticales”.

“Fusilamos a todo el que cae en nuestras manos, prisioneros, heridos, enfermos en los hospitales”, confiesa el general Rouyer.

La intensidad de las matanzas era de tal calibre, que algunos de los ejecutores quisieron ponerse a cubierto de cualquier responsabilidad. El 17 de enero de 1794, el general Turreau exige a la Convención que le confirme la orden de “quemar todas las villas, pueblos y aldeas de la Vendée que no estén en el sentido de la Revolución”. Y no por escrúpulos morales, sino por mera seguridad jurídica, pide certidumbres: “Debéis igualmente pronunciaros de antemano sobre la suerte de las mujeres y los niños. Si hay que pasarlos a todos por el filo de la espada, yo no puedo ejecutar semejante medida sin una orden que ponga mi responsabilidad a cubierto”. La respuesta del Comité de Salud Pública llegó el 8 de febrero, y es la prueba evidente de que en la Vendée todo lo que se hizo estaba amparado por las autoridades de la Revolución Francesa. “Te quejas, ciudadano general”, le dicen, “de no haber recibido del Comité una aprobación formal a tus medidas. Éstas le parecen buenas y puras, pero alejado del teatro de operaciones, espera los resultados para pronunciarse: extermina a los bandidos hasta el último, ése es tu deber”. Los bandidos eran, obviamente, los católicos vandeanos.