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viernes, 12 de junio de 2026
EL SAGRADO CORAZON DE JESUS (Don Félix Sardá Salvani)
jueves, 4 de diciembre de 2025
PROMESAS DE NUESTRO SEÑOR A SANTA BRIGIDA (12 AÑOS)
Oración
inicial
Oh Jesús, ahora deseo rezar la oración del Señor siete veces
junto con el amor con que Tú santificaste esta oración en Tu Corazón. Tómala de
mis labios hasta Tu Sagrado Corazón. Mejórala y complétala para que le brinde
tanto honor y felicidad a la Trinidad en la tierra como Tú lo garantizaste con
esta oración. Que esta se derrame sobre Tu santa humanidad para la
glorificación de Tus dolorosas heridas y la preciosísima Sangre que Tú
derramaste de ellas. Amén
1. La circuncisión
Padre Nuestro,
Avemaría, Gloria
Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el
Sagrado Corazón de Jesús, Te ofrezco las primeras heridas, los primeros dolores
y el primer derrame de Sangre como expiación de los pecados de mi infancia y de
toda la humanidad, como protección contra el primer pecado mortal,
especialmente entre mis parientes.
2. La
agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos
Padre
Nuestro, Avemaría, Gloria
Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el
Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco el intenso sufrimiento del Corazón de
Jesús en el Huerto de los Olivos y cada gota de sudor de sangre como expiación
de mis pecados del corazón y los de toda la humanidad, como protección contra
tales pecados y para que se extienda el amor divino y fraterno.
3. La
flagelación
Padre
Nuestro, Avemaría, Gloria
Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el
Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco las muchas miles de heridas, los terribles
dolores y la preciosísima sangre de la flagelación como expiación de mis
pecados de la carne y los de toda la humanidad, como protección contra tales
pecados y la preservación de la inocencia, especialmente entre mis parientes.
4. La
coronación de espinas
Padre
Nuestro, Avemaría, Gloria
Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el
Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco las heridas, los dolores y la preciosísima
sangre de la sagrada cabeza de Jesús luego de la coronación de espinas, como
expiación de mis pecados del espíritu y los de toda la humanidad, como
protección contra tales pecados y para que se extienda el reino de Cristo aquí
en la tierra.
5.
Cargando la cruz
Padre
Nuestro, Avemaría, Gloria
Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el
Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco los sufrimientos en el camino a la cruz,
especialmente la santa herida en su hombro y la preciosísima sangre como
expiación de mi negación de la cruz y la de toda la humanidad, todas mis
protestas contra tus planes divinos y todos los demás pecados de palabra, como
protección contra tales pecados y para un verdadero amor a la cruz.
6. La
crucifixión de Jesús
Padre
Nuestro, Avemaría, Gloria
Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el
Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco a Tu Hijo en la cruz, cuando lo clavaron y
lo levantaron, las heridas en sus manos y en sus pies y los tres hilos de la
preciosísima sangre que derramó allí por nosotros, las extremas torturas del
cuerpo y del alma, su muerte preciosa y su renovación no sangrienta en todas
las santas misas de la Tierra, como expiación de todas las heridas contra los
votos y normas dentro de las Órdenes, como reparación de mis pecados y los de
todo el mundo, por los enfermos y moribundos, por todos los santos sacerdotes y
laicos, por las intenciones del Santo Padre por la restauración de las familias
cristianas, para el fortalecimiento de la Fe, por nuestro país y por la unión
de todas las naciones en Cristo y su Iglesia, así como también por la diáspora.
7. La
llaga del costado de Jesús
Padre
Nuestro, Avemaría, Gloria
Padre Eterno, acepta como dignas, por las necesidades de la
Santa Iglesia y como expiación de los pecados de toda la humanidad, la
preciosísima sangre y el agua que manó de la herida del Sagrado Corazón de
Jesús. Sé misericordioso para con nosotros. ¡Sangre de Cristo, el último
contenido precioso de su Sagrado Corazón, lávame de todas mis culpas de pecado
y las de los demás! ¡Agua del costado de Cristo; lávame totalmente de las
penitencias del pecado y extingue las llamas del Purgatorio para mí y para
todas las almas del Purgatorio! Amén.
miércoles, 6 de agosto de 2025
SACRATÍSIMO CORAZON DE JESUS
miércoles, 28 de mayo de 2025
martes, 8 de abril de 2025
CAP. 4 FRUTOS DEL SANTO ABANDONO (Muerte santa y valimiento cerca de Dios)
Artículo 5º.- Muerte santa y valimiento cerca de Dios
A medida que el alma avanza en el Santo Abandono,
progresa también en el desasimiento de todas las cosas para
no adherirse sino a Dios sólo; la fe, la confianza y el amor con
todas las demás virtudes han tomado en ella vastas
proporciones, y la unión de su voluntad con la de Dios se ha
ido estrechando de día en día. El alma camina a pasos
agigantados por el camino de la perfección. Una santa vida prepara
una muerte santa, y en cierto modo la asegura. La
perseverancia final es siempre la gracia de las gracias, el don
gratuito por excelencia; mas nada hay comparable al Santo
Abandono para mover a nuestro Padre celestial a
concedernos esta gracia decisiva. El, que va en busca del
pecador, ¿podrá acaso rechazar un alma que sólo vive de
amor y filial sumisión? Que ella prosiga por este camino hasta
el fin, y vedla salva, pero al modo de los santos. Aun hablando
de los cristianos ordinarios, el piadoso Obispo de Ginebra
acostumbraba decir: «A Dios con todo su poder le es
imposible condenar a un alma que, al salir de su cuerpo, tiene
su voluntad sumisa a la voluntad divina. Tal como se halla
nuestra voluntad a la hora de nuestra muerte, del mismo modo
permanecerá toda la eternidad. Como queda el árbol al ser
derribado, así permanece. Por este motivo, cuando asistía a
un moribundo hacia los mayores esfuerzos para conseguir que
sometiera por completo su voluntad a la de Dios, y apenas le
hablaba de otra cosa.»
La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra
situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo. Cuando
uno está bien afianzado en el Santo Abandono, ni siquiera
llega a sentir esas crueles separaciones que desgarran el
alma apegada a las cosas de este mundo. Este abandono nos
ha hecho indiferentes por virtud a todo lo que la muerte nos ha
de arrebatar por fuerza; venga cuando quiera, que el sacrificio
está ya hecho en el corazón y ninguna mella hacen en éste las
cosas que ella nos quita, pues no se quiere sino a Dios solo, y
precisamente la muerte es la que va a colmar este deseo.
Sin duda, traerá un terrible cortejo de sufrimientos y
tentaciones; es el combate decisivo y la prueba dolorosa entre
todas. Nada, empero, dispone a este trance supremo como el
Santo Abandono, pues él nos ha formado para recibirlo todo
de la mano de Dios con amor y confianza, y a cumplir con
valentía nuestro deber hasta bajo el peso de la cruz,
apoyándonos en el poder y en la bondad de Dios. He aquí la
razón por qué Santa Teresa del Niño Jesús haya podido decir
con legítima seguridad: «No temo en manera alguna los
últimos combates, ni los sufrimientos de la enfermedad por
intensos que sean. Dios me ha socorrido siempre: El me ha ayudado
y conducido desde mi tierna infancia... Cuento con
El. Podrá el sufrimiento alcanzar su máxima intensidad, mas
estoy segura de que El no me abandonará jamás.» Aun para
las almas más santas, es una cosa en sumo grado
impresionante el paso del tiempo a la eternidad. « ¡ Qué
solemne hora ésta en que me hallo! -decía en sus últimos
momentos Sor Isabel de la Trinidad-. El más allá es
imponente; parecíame haber vivido en él después de largo
tiempo y, sin embargo, lo desconozco por completo... Yo
experimento un sentimiento indefinible, algo de la justicia, de
la santidad de Dios. ¡Me hallo tan pequeña, tan desprovista de
méritos! ¡Cuán necesario es exhortar a los agonizantes a la
confianza! » « ¡Qué necesario es -decía Santa Teresa del Niño
Jesús-, qué necesario es orar por los agonizantes! ¡Si lo
entendiéramos bien! » Razón tenía ella para expresarse de
esta suerte, pues a pesar de haber llevado una vida tan pura,
percibía el sonido de una voz maldita que murmuraba a sus
oídos: «¿Tienes seguridad de ser amada de Dios? ¿Ha venido
El a decírtelo?» Con esto permaneció durante muchos días en
un estado de angustia que no se puede explicar. «¡Padre mío
-decía a su confesor Santa Juana de Chantal en su agonía-,
os aseguro que los juicios de Dios son espantosos! »
Preguntóle aquél si tenía miedo. - «No, respondió ella; mas os
aseguro que los juicios de Dios son terribles.» Es el grito de la
naturaleza en el último trance, es el pasmo de este momento
decisivo, infinitamente solemne; es la angustia de una
conciencia delicada, alarmada por su misma humildad. Un
alma que vive en el Santo Abandono triunfará de este temor.
No descuida medio alguno de completar su preparación, mas
ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su
Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus
complacencias; el Dios de su corazón, al cual no ha cesado de
dar su vida gota a gota; gusta recordar con una dulce emoción
las innumerables pruebas de su amor, de sus misericordias,
de sus inefables ternuras, y siente que ella le ama del fondo
de su alma y que a su vez es aún mucho más amada. ¡Cuán
feliz se considera pudiendo decir con el Salmista en esta hora
tan seria y decisiva: «Vos sois mi Dios, y mi suerte está en
vuestras manos!». En una palabra, ella ha vivido de amor y de
confianza, muere en el amor y en la confianza. Después de
una vida tan llena de penas interiores, Santa Juana de Chantal
y San Alfonso de Ligorio tuvieron la más dulce muerte. Tal vez
quiera Dios conservarnos sobre la cruz hasta el fin, mas no es
raro ver a las almas que han practicado el abandono morir sin
temor alguno, irse a la eternidad tranquilas y alegres, como un
niño que entra en el hogar paterno, cual religioso que se dirige
a cantar el Oficio. Tal fue el fin de la bienaventurada María
Magdalena Postel: «En su muerte no encontramos debilidad
alguna, ningún temor. Después de haber estado tan
perfectamente sometida a la divina voluntad durante su larga
carrera, no podía dejar de estarlo en el día decisivo. Sus horas
postreras rebosan en calma, en confianza y en abandono. A la
invitación del capellán para que ofrezca el sacrificio de su vida,
responde: "Nada me cuesta, ¡hágase en todo la voluntad de
Dios!" Maravilladas de su serenidad y sosiego, pregúntanle
sus hijas si es feliz. "¡Que si soy feliz!" y su rostro se tomó
radiante, parecía transparente como un alma que vuela al
cielo, no cesando de unirse a su Amado por actos de fe y
amorosas aspiraciones.» En esta hora decisiva nadie se
encontrará sobradamente puro ni bastante rico en méritos. Es
verdad, mas nada hay de tanta eficacia como el Santo
Abandono para hacer del todo fructuosa la suprema prueba.
¡Cuánto se gana soportando con una amorosa paciencia el
duro trabajo de la destrucción, recibiendo de la mano de Dios
con filial confianza el golpe de la muerte! Esto formará un
magnifico haz de méritos añadidos a otros muchos, y éste
será el más cargado de buen grano. Es además una ofrenda
muy agradable a la justicia divina, y quizá una satisfacción
suficiente por nuestros pecados. Según San Alfonso, «aceptar
la muerte que Dios nos presenta para conformarnos con su
voluntad, es merecer una recompensa parecida a la de los
mártires: éstos no son reputados por tales, sino en cuanto han
aceptado los tormentos y la muerte para agradar a Dios. El
que muere conformándose con la Divina Voluntad tiene una
muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene
una muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio que
en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva no
tan sólo del infierno, sino que también del purgatorio». ¿No será, al
menos, un motivo de angustia dejar en el
destierro, en los peligros, en la necesidad tal vez, todo lo que
se ha amado después de Dios: su familia, su Comunidad,
seres queridos que habrán puesto su confianza en nosotros?
La bienaventurada María Magdalena deja en el mayor
desamparo una Congregación apenas fundada, «pero ella,
que no había sido durante su vida sino el instrumento de la
Providencia, muere sin preocupación por su Comunidad; no
habiendo contado nunca con ningún brazo humano, en sus
últimos momentos tampoco cuenta sino con el Señor». A todos
los que se ha amado según Dios, no se deja de amarlos en el
cielo; lejos de esto, el afecto se hace más intenso y más puro,
y se está mejor situado para velar sobre ellos y para manejar
sus verdaderos intereses. ¿No es Dios el Soberano Dueño de
su suerte? ¿Y quién será tan poderoso cerca de El como un
alma que no ha vivido sino de su amor, en una constante
fidelidad para cumplir su voluntad significada, en un perfecto
abandono a su beneplácito? El mismo nos ha declarado «que
hará la voluntad de los que le temen, y que escuchará sus
ruegos». No hay palabra que más anime que ésta: hagamos la
voluntad de Dios, y El hará la nuestra; hagamos todo lo que El
quiere, que El hará todo lo que nosotros queramos. De ahí es
de donde procede el poder de intercesión de las almas que
viven en una amorosa y perfecta conformidad: ellas nada
niegan a Dios y Dios no les negará nada a ellas. El poder de
su oración en la tierra y en el cielo, estará siempre en relación
con su grado de amor, de obediencia y de abandono; y si Dios
se complace en glorificar algunas almas entre las mejores, no
busquemos en otra parte la causa de su elección.
He aquí por qué Santa Teresa del Niño Jesús es el gran
taumaturgo de nuestros días. Al fin de su vida parece tener
conciencia de su misión, cuyos secretos revela más de una
vez: «Yo quiero pasar mi cielo haciendo bien sobre la tierra.
Después de mi muerte haré caer una lluvia de rosas. Siento
que mi misión va a comenzar, mi misión de hacer amar a Dios
como yo le amo y de manifestar mi pequeño camino a las
almas. «¿Cuál es el pequeño camino que queréis enseñar?»
«Es el camino de la infancia espiritual, es el camino de la
confianza y del completo abandono.» Escuchemos ahora la razón que ella pone en primer término. «Yo no he dado a Dios
sino amor. El me devolverá amor. El cumplirá todos mis
deseos en el cielo, porque yo no he hecho jamás mi voluntad
en la tierra.»
Terminemos por un rasgo que se encuentra en todas
partes, pero que de un modo especial nos pertenece: pues el
héroe es un hermano converso de nuestra Orden, el
bienaventurado Aniano de Eberbach, y el narrador es también
de los nuestros, el bienaventurado Cesáreo, Prior de
Heisterbach. Vivía en el Monasterio de Eberbach un santo
hermano que se distinguía sobre todo por la obediencia y
simplicidad. Habíale Dios otorgado con tanta largueza el don
de milagros, que con sólo tocar su cinturón o sus hábitos los
enfermos sanaban de cualquier enfermedad. Maravillado de
un favor tan singular, y no advirtiendo en este hermano señal
alguna de santidad, preguntóle su Abad un día cómo explicaba
que Dios hiciera tantos prodigios por su mediación.-No lo sé,
respondió éste, porque ni oro, ni velo, ni trabajo, ni ayuno más
que mis hermanos; lo único que puedo decir es que en
cualquier acontecimiento, próspero o adverso, adoro la
voluntad de Dios. Tengo siempre un gran cuidado de querer
en todas las cosas lo que Dios quiere, y El me concede la
gracia de conservar mi voluntad enteramente abandonada a la
suya. Ni me eleva la prosperidad, ni me abate la adversidad,
porque todo lo recibo indiferentemente como de la mano de
Dios, y el único fin de mis oraciones es que se cumpla
perfectamente su santa voluntad en mí y en todas las
criaturas. - Decidme, replicó el Abad, ¿no os turbasteis algo
cuando el otro día una mano malvada incendió la granja, y
destruyó nuestros medios de subsistencia? - No, padre, muy
por el contrario, he dado gracias a Dios, según mi costumbre
en semejantes ocasiones, persuadido de que el Señor nada
hace o permite que no redunde en su gloria y en mayor bien
nuestro. Habida esta respuesta, que muestra tan perfecta
conformidad con la voluntad de Dios, ya no se maravilló el
Abad de que aquel religioso obrase tantos prodigios.
martes, 18 de marzo de 2025
CAP. 4 FRUTOS DEL SANTO ABANDONO (Paz y Alegría)
Artículo 4º.- Paz y alegría
El Santo Abandono no procura tan sólo la preciosa libertad
de los hijos de Dios y una suave igualdad de alma, en la
instabilidad de las cosas humanas y los diversos sucesos de
la vida, sino que proporciona además una paz profunda y la
alegría interior, que constituyen aquí abajo la verdadera
felicidad.
«Por la perfecta conformidad con la de Dios -dice el P.
Saint-Jure- es como se adquiere el más cumplido reposo que
es posible disfrutar en el tiempo; es el medio de hacer sobre la
tierra un paraíso. Preguntóse a Alfonso el Grande, rey de
Aragón y Nápoles, príncipe muy sabio y prudente, cuál era la
persona a quien juzgaba más feliz en este mundo; aquélla,
respondió este príncipe, que se abandona enteramente a la
voluntad de Dios y que recibe todos los acontecimientos
prósperos o adversos, como venidos de su mano.» Monseñor
Gay añade: «Sométete a Dios, dice Elías a Job, y tendrás paz,
pero una paz que la Escritura llama en otra parte inagotable,
una paz que es semejante a un río caudaloso. Los pacíficos,
es decir, los que poseen tal tesoro de paz que la esparcen en
derredor suyo son los hijos de Dios; y los hijos de Dios por
excelencia son las almas que se abandonan a El. Este pueblo
de mis fieles hijos, este pueblo de mis pequeñuelos, de niños,
de abandonados en mis brazos, "se sentará en la hermosura
de la paz bajo las tiendas de la confianza, y en un magnífico
reposo que tendrá cuanto pudiera desear". David moraba bajo
esas tiendas cuando cantaba ese dulce cántico que pudiera
bien llamarse el himno del abandono: "El Señor me conduce,
nada me faltará; me ha establecido en un lugar de los más
abundantes pastos, al borde de un arroyo por el que corre el
agua que vivifica. El atrajo mi alma toda hacia si. A causa de su
nombre", que es su Unigénito Hijo Jesús, "ha dirigido mis
pasos por el sendero de la justicia". Y ahora, Maestro mío, mi
guía, mi madre Providencia, "aun cuando debiera atravesar las
sombras de la muerte, no temería mal alguno, porque tú estás
conmigo. Tu vara -que me indica el camino-, y aun tu báculo
-que me hiere para volverme hacia él cuando me consuela .
Sí, el abandono produce la paz, una paz profunda, perfecta, y
-por decirlo así-, imperturbable.»
«A la verdad -dice el P. Saint-Jure- las almas que siguen
este camino -del Santo Abandono-, disfrutan de una paz
inalterable y pasan su vida en una paz que sólo ellas pueden
comprender y que no seria posible hallar en otro lugar de la
tierra. Refiere Santa Catalina de Sena que Nuestro Señor la
enseñaba a construir un retiro en su corazón con la piedra
durísima de la Providencia divina y a permanecer allí
constantemente encerrada, porque de esta manera tenía la
seguridad de ser feliz, de encontrar el verdadero reposo del
alma y de estar al abrigo de todas las tribulaciones y de todas
las tempestades. Y, en efecto, ¿puede concebirse un estado
más feliz que aquel en que el alma es llevada, reposa y se
duerme como un niño en brazos de la amorosa y
todopoderosa Providencia divina?» ¿Queréis otra imagen bien
clara de la felicidad de esta alma? Considerad a Noé durante
el diluvio: «Permanecía en paz en el arca con los leones, los
tigres y los osos, porque Dios le conducía, mientras que todos
los demás, en la más espantosa confusión de cuerpo y de
espíritu, eran sumergidos sin piedad en las olas. Así, el alma
que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su
barca, goza de una paz perfecta en medio de todas las
perturbaciones, boga con tranquilidad por el océano de esta
vida, en tanto que las "almas indisciplinadas", esclavas,
fugitivas y rebeldes a la Providencia, están en agitación
continua, y no contando con más piloto que su voluntad ciega
e inconstante, después de haber sido por largo tiempo juguete
de los vientos y de la tempestad, terminan con un lamentable
naufragio.»
En efecto, dice Monseñor Gay, «¿qué cosa os turba?» No
hablo de la turbación que agita la superficie; pues por poco
sensible que uno sea no podrá verse libre de ella; hablo de la
turbación que llega al fondo del alma y en ella conmueve las
virtudes. ¿A quién atribuir la causa de ello? ¿Son por ventura
las órdenes que se os dan o los accidentes que os
sobrevienen? No, porque esta cruz que a vosotros os quita la
paz, se la deja completa a vuestra hermana. ¿De dónde
procede esto? Es que la voluntad de vuestra hermana se ha
abandonado, la vuestra se guarda y hace resistencia. La
turbación viene, pues, únicamente de la voluntad propia y de
la oposición que ella hace a Dios. Ella es causa de tales
agitaciones e inquietudes, pues el abandono las hace
imposibles.
Así es, en efecto, pues las almas abandonadas han
conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por
consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada
hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas no
lo quieran así. «A mi juicio -dice Salviano nadie en el mundo
es más feliz que estas almas. Son humilladas, despreciadas,
pero es a su gusto, y ellas lo quieren; son pobres, mas se
complacen en su pobreza: por esto siempre están contentas.»
«Sea lo que fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio
nada podrá contristarle», ni alterar la paz y serenidad de su
espíritu, porque ha puesto su confianza en Dios y de
antemano acepta todo cuanto plazca al buen Maestro. Sin
duda, no es esta la paz del cielo, sino la de aquí abajo, pues
Dios no quiere sobre la tierra ni paz perfecta, ni felicidad
durable; no podemos evitar la tribulación, y la cruz nos seguirá
por todas partes. Mas el Santo Abandono nos enseña la
importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en este
mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber sufrir!, es decir,
sufrir como conviene sufrir todo lo que Dios quiere, mientras El
lo quiere y como El lo quiere, con espíritu de fe, con amor y
confianza. El nos enseña a reposar en los brazos de la cruz,
por consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el corazón
de Jesús. Allí se encuentra más que la paz, allí se saborea la
alegría.
«No es del todo extraño -dice Monseñor Gay- que esta
alegría sea sensible, aunque otras veces, y lo más
frecuentemente es que sea tan sólo espiritual.» En todo caso,
el santo abandono produce la alegría del alma. «Bastaría para esto
que él asegurara la libertad y que proporcionara la paz;
porque, ¿de qué proviene el regocijo sino de ser uno libre y
estar tranquilo en la libertad? Por el contrario, sin la libertad y
la paz, ¿qué alegría se puede gustar ni aun concebir?»
¿Queréis saber un secreto para estar constantemente
alegres? Digo un secreto, porque todos desean la alegría,
¡cuán pocos la encuentran! Ahora bien: el mejor secreto para
conseguirla y conservarla, un secreto verdaderamente infalible
es el Santo Abandono. ¿Cómo así? Las almas que no son
devotas del Santo Abandono tienen todavía muy poca fe,
confianza y amor, para gustar la alegría en la tribulación;
aquéllas empero que han llegado a la perfecta conformidad
tienen una fe viva, una esperanza firme, una caridad
generosa. Han aprendido a ver en los menores
acontecimientos a su Padre Celestial, al Salvador, al Amigo, al
Esposo, al Amado, enteramente ocupado en santificarías. Le
han dado sin reserva su confianza y su amor. ¿No es El dueño
soberano de los acontecimientos? Al combinarlos, ¿podrá
olvidar su carácter de Padre y Salvador? Todo será, pues,
para bien de su alma, con tal que ellas le permanezcan
filialmente sumisas. ¿Cómo no han de estar alegres? En los
seis días de la creación, Dios contempla las obras de sus
manos; las encuentra perfectas y hasta excelentes, y por eso
las mira con una alegre satisfacción. «De igual manera resulta
en el alma que a Dios se abandona, no sé qué efusión de esta
alegría divina, porque el fondo de su abandono es
precisamente la aprobación amorosa que ella da de todo lo
que hace y quiere, y la complacencia que ella experimenta en
todo cuanto Dios dispone.»
«Esta es la causa de aquella paz y alegría perpetua -dice
el P. Rodríguez- con que leemos andaban siempre aquellos
antiguos santos: un San Antonio, un Santo Domingo, un San
Francisco y otros semejantes. Y lo mismo leemos de nuestro
bienaventurado Padre Ignacio, y lo vemos ordinariamente en
los siervos de Dios. ¿Por ventura carecían de trabajos
aquellos santos? ¿No tenían tentaciones y enfermedades
como nosotros? ¿No pasaban por ellos varios y diversos
sucesos? Si, por cierto, y más dificultosos que por nosotros;
porque a los más santos les suele Dios probar y ejercitar mas. Pues,
¿cómo estaban siempre en un mismo ser, con un
mismo semblante, con una serenidad y alegría interior y
exterior que siempre parece que era pascua para ellos? La
causa de esto era lo que vamos diciendo, porque habían
llegado a tener una conformidad entera con la voluntad de
Dios y puesto todo su gozo en el cumplimiento de ella: y así
todo se les convertía en contento. El trabajo, la tentación y la
mortificación, todo se les convertía en gozo, porque entendían
que aquella era la voluntad de Dios, la cual era todo su
contento.» Eran ingeniosos en hallar mil santas razones para
justificar a Dios hasta en sus rigores, y para animarse a una
confiada y alegre sumisión.
Escuchemos al santo Cura de Ars: «La cruz es quien ha
dado la paz al mundo, es ella quien ha de traerla a nuestros
corazones. Todas nuestras miserias vienen de que no la
amamos. El temor de las cruces es quien las aumenta. Una
cruz llevada sencillamente no es ya un sufrimiento. Nada nos
hace tan parecidos a Nuestro Señor como llevar su cruz, y
todas las penas son dulces cuando se sufren en unión con El.
¡Yo no comprendo cómo un cristiano puede odiar la cruz, y
sacudirla de sus hombros! ¿No es esto lo mismo que huir de
Aquel que ha querido ser clavado en ella y en ella morir por
nosotros? Las contradicciones nos ponen al pie de la cruz, y la
cruz, a la puerta del cielo. Para llegar, es preciso que seamos
pisoteados, vilipendiados, despreciados, triturados. ¡Sufrir!
¿Qué importa? Es cuestión de un momento. Si nos fuere dado
poder pasar ocho días en el cielo, comprenderíamos, sin
duda, el precio de este minuto de sufrimiento, no hallaríamos
cruz bastante pesada, ni prueba suficientemente amarga. La
cruz es el don que Dios hace a sus amigos. Es necesario pedir
el amor de las cruces y entonces éstas se nos tomarán dulces.
He hecho la experiencia durante cuatro o cinco años. He sido
calumniado, contradecido, atropellado. ¡Vaya si tenía cruces!
¡Casi eran más de las que podía llevar! Púseme a pedir el
amor de las cruces, me sentí feliz y me dije: ¡Verdaderamente
aquí está la dicha! Jamás se ha de mirar de dónde vienen las
cruces, pues vienen de Dios y es siempre Dios quien nos da
este medio de probarle nuestro amor. ¡Cuán felices nos
consideraremos en el día del juicio por nuestras desdichas, cuán
santamente orgullosos estaremos de nuestras
humillaciones y qué ricos seremos por nuestros sacrificios! »
Para Gemma Galgani, un día sin sufrimiento era un día
perdido. «Días ha habido, decía lamentándose, en que nada
he tenido que ofrecer por la tarde a Jesús. ¡Cuán desgraciada
era! » En el curso de una prolongada tribulación que aún
duraba, como le preguntase Nuestro Señor si había sufrido
con resignación: « ¡Es tan dulce, le respondió ella, sufrir con
Vos!»
«Acabo de recitar el Rosario, escribía una religiosa a su
director, para dar gracias a Dios por haberme arrojado en el
crisol de los sufrimientos. Esta mañana, después de la
Comunión, he entonado el Magnificat. Yo no tengo otro
consuelo que sufrir con Jesús y por Jesús, si El se digna
aceptar mis sufrimientos. Sufrir, sufrir siempre, sufrir más, ésta
es mi continua oración.»
Minada por la enfermedad, atormentada por la fiebre, Sor
Isabel de la Trinidad escribía en sus últimos días: «Se ha
abierto para mí el camino del Calvario, y me considero
sumamente feliz al andar por él, como esposa al lado del
divino Crucificado. ¡ Si supieras qué días tan divinos estoy
disfrutando! Yo me debilito y presiento que el divino Maestro
no tardará mucho en venir a buscarme. Gusto y experimento
desconocidas alegrías. ¡Cuán suaves y dulces son las alegrías
del dolor! Sola, en esta pequeña celdita, con Dios sólo y
llevando mi cruz con mi amado Maestro, me creo en cierto
modo en el cielo; mi dicha crece en proporción de mi
sufrimiento. ¡Si supieras el sabor que se encuentra en el fondo
del cáliz preparado por el Padre celestial!»
«Desde que no me busco a mí misma -decía Santa Teresa
del Niño Jesús- llevo la vida más feliz que se puede imaginar.»
Y de hecho, el sufrimiento había llegado a ser su cielo
sobre la tierra; ella le sonreía como nosotros sonreímos a la
dicha. «Cuando sufro mucho -decía- cuando me acontecen
cosas penosas, en vez de entristecerme, respondo con una
sonrisa. Al principio no siempre lo conseguía, mas ahora he
llegado a no poder sufrir, porque todo sufrimiento me es
dulce.» «¿Cómo es que estáis tan contenta esta mañana? -
Porque he tenido dos pequeñas penas, y nada es capaz de
proporcionarme pequeñas alegrías como las pequeñas
pruebas.» - «¿Habéis tenido hoy muchas pruebas? - Sí, pero
¡cómo las amo! Yo amo todo lo que Dios me da. Mi corazón
está lleno de la voluntad de Jesús.»
Oigamos ahora a Taulero en su famoso Diálogo del
Teólogo y del mendigo. «Un teólogo -éste era el mismo
Taulero- suplicó a Dios durante ocho años le hiciera conocer
un hombre que le mostrase el camino de la verdad. Cierto día
en que ardía en este deseo con mayores ansias que nunca,
oyó una voz del cielo que le dijo: Sal fuera y dirígete hacia la
iglesia, y encontrarás al hombre que te enseñará el camino de
la verdad. Sale, pues, y halla a un mendigo con los pies
lastimados, desnudos y cubiertos de lodo, llevando sobre sí
tan pobres vestidos que no valían tres óbolos. Saludóle
diciendo: Dios os conceda un buen día. Respondióle el
mendigo: no recuerdo haber tenido un día malo. - Dios os
haga dichoso, continuó el Maestro. - Nunca he sido
desgraciado, continuó el pobre-Dios os bendiga, repuso el
teólogo: mas explicaos, porque no entiendo lo que decís .-Con
mucho gusto lo haré, dijo el pobre. Me habéis deseado un
buen día, y os he respondido que no recuerdo haber tenido
jamás uno malo. En efecto, cuando el hambre me atormenta,
alabo a Dios; si sufro frío, si graniza, si nieva o llueve, lo
mismo en buen que en mal tiempo alabo a Dios; cuando
padezco necesidad, en los reveses y los desprecios, alabo
también a Dios; de donde resulta que no hay día malo para mi.
Me habéis deseado además una vida feliz y dichosa, yo os he
respondido que nunca he sido desgraciado, y esto es verdad,
porque he aprendido a vivir con Dios y estoy persuadido de
que todo cuando El hace no puede ser sino muy bueno. De
ahí que todo cuanto de Dios recibo, y permite me venga de
otra parte, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, lo
miro como una verdadera fortuna, y lo acepto de su mano con
alegría. Por lo demás, estoy del todo decidido a no
aficionarme sino a la voluntad de Dios y tan fundida tengo mi
voluntad en la suya, que todo cuanto El quiere, lo quiero yo
también. En consecuencia, jamás he sido desgraciado. - Mas,
decidme, ¿qué haríais si Dios os quisiere arrojar al fondo del
abismo? - ¿Arrojarme al fondo del abismo? Si Dios llegare a ese
extremo, tengo dos brazos para abrazarme a El
fuertemente: con el izquierdo, que es la verdadera humildad,
tomaría su santísima Humanidad y a ella me abrazaría; con el
derecho que es el amor, me asiría a su Divinidad y la tendría
estrechamente apretada, de suerte que si El me quisiera
precipitar en el infierno, sería preciso que El viniese conmigo,
y por mx parte, más querría estar en el infierno con El que en
el cielo sin El. Con esto entendió el teólogo que la verdadera
resignación unida a una profunda humildad es el camino más
corto para ir a Dios. -¿De dónde procedéis? dijo aún el
teólogo. - Vengo de Dios. - ¿En dónde lo hallasteis? - Le hallé
donde dejé a todas las criaturas. - ¿En dónde tiene El su
morada? - En los corazones puros y en los hombres de buena
voluntad. - ¿Y quién sois vos? - Yo soy rey. - ¿En dónde está
vuestro reino? - Está en mi alma, porque he aprendido a
gobernar mis sentidos interiores y exteriores, de suerte que
todos los afectos y todas las potencias de mi alma estén
sujetos; y este reino vale, sin que nadie pueda dudarlo, más
que todos los de la tierra. - ¿De qué modo habéis llegado a
esta sublime perfección? - Con el silencio, profundas
meditaciones, y la unión con Dios. Yo no he podido hallar
reposo en nada que no sea El; y al presente he hallado a mi
Dios, y en El disfruto de un perfecto reposo y de una paz
inalterable.» «Tal fue la conversación de Taulero con el
mendigo, quien por la entera conformidad de su voluntad con
la de Dios, era más rico en su pobreza que los monarcas, y
más dichoso en sus sufrimientos que aquellos para cuya
felicidad aportan su concurso los elementos y la naturaleza
entera.»




