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viernes, 12 de junio de 2026

EL SAGRADO CORAZON DE JESUS (Don Félix Sardá Salvani)

 


  
EL SAGRADO CORAZÓN

   Jesucristo es Dios. Aunque hay en El dos naturalezas, divina y humana, como enseña la Fe Católica, es, sin embargo, única la Persona, y ésta es divina. Es, pues, digno de toda veneración, así en su Humanidad santísima como en su Divinidad. Y de su Humanidad santísima es digno de veneración, no sólo el conjunto, sí que cada una de las partes de él. De suerte que pueden y deben venerarse el cuerpo y el alma de  Cristo, pero puede separadamente venerarse su cuerpo y venerarse su alma, y pueden de su cuerpo ser venerados con culto especial cada uno de sus sacratísimos miembros. Así es antiquísimo en la Iglesia el culto de las adorables llagas de las manos, pies y costado; así es ya común la veneración a su purísima Sangre; así podemos fijarla muy en particular en su sagrada cabeza, coronada de espinas, etc., etc. Sirva esto de contestación a los que haciéndose del asombradizo preguntan: ¿por qué se da este culto especial al Sagrado Corazón de Jesús? Respuesta decisiva: se le da en primer lugar, como puede darse a una parte cualquiera de su santísima Humanidad.

   Pero hay un motivo especialísimo para dar este culto al Corazón, más que a la cabeza, manos o pies. El corazón es entre todos los órganos corporales, por decirlo así, el menos corporal;  viene a ser con respecto a la parte afectiva de nuestro ser, lo que el cerebro con respecto a su parte intelectiva; es el que está más en íntimo y misterioso contacto con el alma por su vida de sentimiento; es como la fragua suya de que se sirve ella para elaborar sus afectos. Así que del mismo modo que en todos los idiomas se dice que piensa y discurre e imagina el hombre con la cabeza, así en todos los idiomas se dice que ama y aborrece y sufre y goza y anhela y teme con el corazón. Porque para sus operaciones intelectuales parece que se sirve más el alma de la primera, como para sus operaciones afectivas se sirve del segundo. Tiene, pues, el corazón en el compuesto humano una importancia especial. Además de ser la válvula reguladora de su movimiento circulatorio, es el sagrario de sus más delicados sentimientos; es el volcán de sus más encendidas llamaradas; es el oculto resorte de la mayor parte de sus actos e inclinaciones. Se ha dicho con verdad que el hombre lo es casi siempre todo por su corazón. Si se eleva hasta la sublimidad del Ángel o desciende hasta la horrible condición del demonio, es comúnmente según lo que ha purificado y enaltecido, o maleado y degradado los sentimientos de su corazón.

Ahora bien. Cristo, Dios y Hombre verdadero, tuvo en su vida mortal, y tiene hoy en su vida gloriosa en el cielo y en su vida escondida en el Sacramento, un verdadero Corazón. Y como su Divina Persona es justamente la persona de un Dios-Hombre y de un Hombre-Dios, su corazón es juntamente Corazón humano y Corazón divino, Corazón que pertenece al Hombre y Corazón que pertenece a Dios, Corazón que late y alienta con todos los más nobles afectos humanos, y juntamente con los nobilísimos afectos de la Divinidad. Amó Cristo a Dios-Padre y a la humana creatura con amor infinito, el órgano o fragua de este amor infinito fue su Divino Corazón. Aborreció el pecado, que es el único objeto digno de los odios de un Dios, y el centro de estos odios infinitos fue su Divino Corazón. Anheló la divina gloria y la redención humana con hambre y sed que le hicieron impaciente por los tormentos y por la muerte, y el foco de estos anhelos y divinas impaciencias fue su Sagrado Corazón.

   Discurramos, pues, si merecen culto y veneración la cruz en que murió el Salvador, los clavos que taladraron sus manos y pies, las espinas que se hincaron es su cabeza, el sepulcro en que fue colocado, por el contacto material que tuvieron todos estos objetos con su Divina Persona, ¿no hay razón especialísima para honrar con especialísimo culto y amor, el Corazón suyo, aunque se le considere solo como una parte más noble de su Sagrada Humanidad, como una entraña la más delicada de sus sacratísimas entrañas, como el órgano finísimo con el que su bendita alma nos amó, y deseó sufrir y morir por nosotros?

   Hasta aquí, empero, considerando al Sagrado Corazón como objeto material de este hermoso culto, que bajo este solo aspecto tendría ya incontestable derecho a nuestra predilección. Mas, con el culto del Sagrado Corazón no se trata solamente de honrar la dicha víscera material del organismo humano de nuestro Divino Salvador; trátase juntamente de venerarla como símbolo del inmenso amor suyo en favor de los hombres, que le llevó a morir por ellos en el árbol de la cruz.  Segundo aspecto de la cuestión, no menos interesante que el primero.

   También está en el buen sentido del género humano que el corazón es el símbolo más adecuado del amor. El idioma de todos los pueblos lo expresa de esta manera.  Cuando decimos que a una persona la hacemos dueña de nuestro corazón, o que reinamos en el suyo, o le pedimos nos admita en él, no queremos significar con esto más que el hecho de que la amamos, o el deseo de que nos ame.  Por corazón entendemos amor y nada más.  Es un tropo vulgar que emplean hasta los que no han aprendido retórica, porque lo enseña a todos la misma naturaleza. Es, pues, altamente filosófico, y altamente teológico, y altamente artístico, y altamente natural para venerar el amor infinito de Jesucristo a Dios Padre y a los hombres sus hermanos, tomar por símbolo y figura su Sagrado Corazón, rodeándolo con los atributos más expresivos para dar a comprender todo el significado de este divino jeroglífico. 

Sí, no hay representación más exacta que ésta, de los divinos afectos del Salvador: el Corazón con llamas, para significar el ardoroso incendio de sus amores; el Corazón con la herida manando sangre, para demostrar la efusión de este amor sobre todos los mortales; el Corazón con cruz y corona de espinas, para recordar las agonías y sufrimientos que le causó este amor. 

Símbolo que por sí solo es un poema; símbolo que habla con más elocuencia que las frases del más vehemente discurso; símbolo que puede entender cualquiera aunque no tenga talento, sólo con que tenga ojos en la cara para ver, y a su vez en el pecho un corazón para sentir.

   Ahora bien. Este símbolo tan perfecto y adecuado podía ser escogido por los hombres para mejor representar con él el infinito amor que nos tuvo nuestro dulcísimo Jesús; pero no fue escogido ni inventado por los hombres, no, sino que les fue dado y comunicado del cielo por el mismo adorable Redentor. Tiene, pues, además de su fundamento teológico y de su exactísima propiedad filosófica, el carácter más respetable de todos, el de su origen celestial. Sí, el culto del Sagrado Corazón de Jesús, así bajo su punto de vista material como bajo su aspecto simbólico, conocido ya desde los primeros siglos en la Iglesia y practicado por gran número de Santos y almas enamoradas de Dios, fue más especialmente declarado al mundo por el mismo Cristo en el último tercio del siglo XVII por mediación de la bienaventurada Margarita María  Alacoque, religiosa de la Visitación, recientemente elevada por Pío IX al honor de los altares. 

Las revelaciones hechas por Jesucristo a esta su fiel esposa para el mayor desarrollo del culto de su Sagrado Corazón, han sido todas reconocidas por la Santa Iglesia, cuya escrupulosidad en este punto es imponderable. En repetidas ocasiones se apareció Jesucristo mostrando a la Beata Margarita su Corazón con las dichas insignias de la cruz, corona de espinas y herida de la lanza, encargándola que juntamente con el P. La Colombiére, de la Compañía de Jesús, propagase por el mundo cristiano la devoción al Sagrado Corazón, y que pidiese a la Iglesia la celebración de su fiesta el viernes primero después de la octava de Corpus Christi. Añadió además  singularísimas promesas a favor de los que se esmerasen en practicar y propagar este culto, señalándolo como eficaz medicina para la restauración de la fe y re-encendimiento de la piedad en estos últimos tiempos de tibieza e indiferentismo. 



Cumpliólo así la ejemplar Religiosa, secundada en todo por el dicho P. La Colombiere, y después de muchas y exquisitas averiguaciones practicadas por la Santa Sede, después de tenaz e incansable guerra que le hizo el Jansenismo, logrose ver sancionado por la Autoridad apostólica el culto del Sagrado Corazón, instituída su fiesta universal, aprobado su rezo, y hoy por fin venerada en los altares la memoria de su insigne apóstol y propagandista, la fervorosa contemplativa de Paray-le-Monial. Y hoy, gracias sean dadas al Señor, en medio de los horrores de la moderna persecución, que persecución es y gravísima la que en todos los confines del globo sufre el Catolicismo, el Sagrado Corazón de  Jesús es la divisa de todos los buenos, el grito de guerra en todos sus combates, su celestial esperanza de triunfo para el porvenir.

   ¡Amemos, pues, y honremos al Sagrado Corazón! No hay libro en que mejor puedan estudiarse y aprenderse todas las virtudes, no hay maestro que con más divina autoridad nos las pueda enseñar. La paciencia y abnegación hasta el sacrificio; la celestial mansedumbre, a par de la incontrastable firmeza; el celo devorador e impetuoso y a la vez la caridad incansable, benigna y afectuosísima.

   ¡Amemos y honremos al Sagrado Corazón! Harto se nos da cada día el espectáculo de corazones envilecidos en lo más inmundo de cenagosas aspiraciones, corazones a quienes la posesión de un puñado de oro endurece como este metal, o a quienes el insaciable afán de sensualidad tiene podridos y hediondos. 

Hartos estamos de ver cada día enlodadas en el barro las alas del corazón que Dios crió para que se cerniese como las aves en la más pura región del firmamento, y no como los reptiles, pegado el rostro a la tierra vil y a sus groseras emociones. ¡Arriba, arriba con el Corazón de Jesús! ¡Arriba con Él siguiendo su generoso vuelo! ¡Arriba con Él, emulando la alteza de sus pensamientos, lo sublime de sus miras, la perfección de su ideal, que es hacernos grandes como su Padre que está en los cielos! ¡Arriba, a otra región, a otros aires, a más noble esfera, con el Corazón de  Jesús! Él lo ha dicho y en sus devotos se cumple sin excepción: Elevado de la tierra, todo lo atraeré en pos de Mí. ¡Atráiganos, elévenos en pos de sí este imán divino, y contrapese en nosotros la ley de la gravedad terrena que nos inclina constantemente a lo bestial! ¡Vivamos con El para el cielo, que allí está nuestro verdadero y espiritual centro de gravedad!

   ¡Amemos y honremos al Sagrado Corazón! ¡Es el Corazón de nuestro Padre, de nuestro Hermano, de nuestro Amigo, de nuestro Rey, de nuestro Dios! ¡Gózase en arrimarse y recostarse y juntarse a par del nuestro en la Sagrada Comunión! ¡Gózase en hacerse confidente de nuestros más ocultos pesares y de nuestras más punzantes angustias! ¡Se da sin reserva a quien le quiere; sólo anhela para entregarse que se le vaya a buscar! ¡Corazones sedientos de consuelo y amor, que tan a tontas y a locas lo mendigáis de miserables criaturas, id a pedírselo a la puerta de este Divino Corazón!

   ¡Amemos y honremos al Sagrado Corazón! El templo es su casa, el sagrario su gabinete de íntimas confidencias. Nadie le ha buscado allí en vano. Nadie dejó de encontrar paz, amor y consuelo allí. Lo saben todos los Santos; lo saben gran número de pecadores. Sí, pecadores también, con sus pecados y todo, son recibidos allí y escuchados y abrazados. A los justos concede allí el Corazón Divino la perseverancia en su amor; a los arrepentidos la gracia del perdón y el ósculo de una reconciliación tiernísima.
   ¡Sí, amemos y honremos al Sagrado Corazón!

                                                                         A.M.D.G.

Por D. Félix Sardá y Salvany, Pbro.

jueves, 4 de diciembre de 2025

PROMESAS DE NUESTRO SEÑOR A SANTA BRIGIDA (12 AÑOS)

 


1. El alma que las reza no sufrirá ningún Purgatorio.
2. El alma que las reza será aceptada entre los mártires como si hubiera derramado su propia sangre por la fe.
3 El alma que las reza puede (debe) elegir a otros tres a quienes Jesús mantendrá luego en un estado de gracia suficiente para que se santifiquen. (*)
4. Ninguna de las cuatro generaciones siguientes al alma que las reza se perderá.
5. El alma que las reza será consciente de su muerte un mes antes de que ocurra.
(*) Escribir los tres nombres (personas vivas) en un papel y guardarlo. Los nombres no se pueden cambiar.

Oración inicial

Oh Jesús, ahora deseo rezar la oración del Señor siete veces junto con el amor con que Tú santificaste esta oración en Tu Corazón. Tómala de mis labios hasta Tu Sagrado Corazón. Mejórala y complétala para que le brinde tanto honor y felicidad a la Trinidad en la tierra como Tú lo garantizaste con esta oración. Que esta se derrame sobre Tu santa humanidad para la glorificación de Tus dolorosas heridas y la preciosísima Sangre que Tú derramaste de ellas. Amén

1. La circuncisión



Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, Te ofrezco las primeras heridas, los primeros dolores y el primer derrame de Sangre como expiación de los pecados de mi infancia y de toda la humanidad, como protección contra el primer pecado mortal, especialmente entre mis parientes.

2. La agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos



Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco el intenso sufrimiento del Corazón de Jesús en el Huerto de los Olivos y cada gota de sudor de sangre como expiación de mis pecados del corazón y los de toda la humanidad, como protección contra tales pecados y para que se extienda el amor divino y fraterno.

3. La flagelación



Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco las muchas miles de heridas, los terribles dolores y la preciosísima sangre de la flagelación como expiación de mis pecados de la carne y los de toda la humanidad, como protección contra tales pecados y la preservación de la inocencia, especialmente entre mis parientes.

4. La coronación de espinas




Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco las heridas, los dolores y la preciosísima sangre de la sagrada cabeza de Jesús luego de la coronación de espinas, como expiación de mis pecados del espíritu y los de toda la humanidad, como protección contra tales pecados y para que se extienda el reino de Cristo aquí en la tierra.

5. Cargando la cruz



Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco los sufrimientos en el camino a la cruz, especialmente la santa herida en su hombro y la preciosísima sangre como expiación de mi negación de la cruz y la de toda la humanidad, todas mis protestas contra tus planes divinos y todos los demás pecados de palabra, como protección contra tales pecados y para un verdadero amor a la cruz.

6. La crucifixión de Jesús



Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco a Tu Hijo en la cruz, cuando lo clavaron y lo levantaron, las heridas en sus manos y en sus pies y los tres hilos de la preciosísima sangre que derramó allí por nosotros, las extremas torturas del cuerpo y del alma, su muerte preciosa y su renovación no sangrienta en todas las santas misas de la Tierra, como expiación de todas las heridas contra los votos y normas dentro de las Órdenes, como reparación de mis pecados y los de todo el mundo, por los enfermos y moribundos, por todos los santos sacerdotes y laicos, por las intenciones del Santo Padre por la restauración de las familias cristianas, para el fortalecimiento de la Fe, por nuestro país y por la unión de todas las naciones en Cristo y su Iglesia, así como también por la diáspora.

7. La llaga del costado de Jesús



Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, acepta como dignas, por las necesidades de la Santa Iglesia y como expiación de los pecados de toda la humanidad, la preciosísima sangre y el agua que manó de la herida del Sagrado Corazón de Jesús. Sé misericordioso para con nosotros. ¡Sangre de Cristo, el último contenido precioso de su Sagrado Corazón, lávame de todas mis culpas de pecado y las de los demás! ¡Agua del costado de Cristo; lávame totalmente de las penitencias del pecado y extingue las llamas del Purgatorio para mí y para todas las almas del Purgatorio! Amén.


miércoles, 6 de agosto de 2025

SACRATÍSIMO CORAZON DE JESUS

 


Oh Sacratísimo Corazón de Jesús, afligido con lágrimas por la ceguera y las iniquidades de los hombres, ayúdanos por tu gracia a aspirar siempre a lo que te agrada y renunciar a lo que te desagrada, para que permanezcamos en tu amor y encontremos paz para nuestras almas. Amén. ( Obispo Clemens August von Galen).

martes, 8 de abril de 2025

CAP. 4 FRUTOS DEL SANTO ABANDONO (Muerte santa y valimiento cerca de Dios)

 


Artículo 5º.- Muerte santa y valimiento cerca de Dios

A medida que el alma avanza en el Santo Abandono,

progresa también en el desasimiento de todas las cosas para

no adherirse sino a Dios sólo; la fe, la confianza y el amor con

todas las demás virtudes han tomado en ella vastas

proporciones, y la unión de su voluntad con la de Dios se ha

ido estrechando de día en día. El alma camina a pasos

agigantados por el camino de la perfección. Una santa vida prepara

una muerte santa, y en cierto modo la asegura. La

perseverancia final es siempre la gracia de las gracias, el don

gratuito por excelencia; mas nada hay comparable al Santo

Abandono para mover a nuestro Padre celestial a

concedernos esta gracia decisiva. El, que va en busca del

pecador, ¿podrá acaso rechazar un alma que sólo vive de

amor y filial sumisión? Que ella prosiga por este camino hasta

el fin, y vedla salva, pero al modo de los santos. Aun hablando

de los cristianos ordinarios, el piadoso Obispo de Ginebra

acostumbraba decir: «A Dios con todo su poder le es

imposible condenar a un alma que, al salir de su cuerpo, tiene

su voluntad sumisa a la voluntad divina. Tal como se halla

nuestra voluntad a la hora de nuestra muerte, del mismo modo

permanecerá toda la eternidad. Como queda el árbol al ser

derribado, así permanece. Por este motivo, cuando asistía a

un moribundo hacia los mayores esfuerzos para conseguir que

sometiera por completo su voluntad a la de Dios, y apenas le

hablaba de otra cosa.»


La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra

situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo. Cuando

uno está bien afianzado en el Santo Abandono, ni siquiera

llega a sentir esas crueles separaciones que desgarran el

alma apegada a las cosas de este mundo. Este abandono nos

ha hecho indiferentes por virtud a todo lo que la muerte nos ha

de arrebatar por fuerza; venga cuando quiera, que el sacrificio

está ya hecho en el corazón y ninguna mella hacen en éste las

cosas que ella nos quita, pues no se quiere sino a Dios solo, y

precisamente la muerte es la que va a colmar este deseo.


Sin duda, traerá un terrible cortejo de sufrimientos y

tentaciones; es el combate decisivo y la prueba dolorosa entre

todas. Nada, empero, dispone a este trance supremo como el

Santo Abandono, pues él nos ha formado para recibirlo todo

de la mano de Dios con amor y confianza, y a cumplir con

valentía nuestro deber hasta bajo el peso de la cruz,

apoyándonos en el poder y en la bondad de Dios. He aquí la

razón por qué Santa Teresa del Niño Jesús haya podido decir

con legítima seguridad: «No temo en manera alguna los

últimos combates, ni los sufrimientos de la enfermedad por

intensos que sean. Dios me ha socorrido siempre: El me ha ayudado

y conducido desde mi tierna infancia... Cuento con

El. Podrá el sufrimiento alcanzar su máxima intensidad, mas

estoy segura de que El no me abandonará jamás.» Aun para

las almas más santas, es una cosa en sumo grado

impresionante el paso del tiempo a la eternidad. « ¡ Qué

solemne hora ésta en que me hallo! -decía en sus últimos

momentos Sor Isabel de la Trinidad-. El más allá es

imponente; parecíame haber vivido en él después de largo

tiempo y, sin embargo, lo desconozco por completo... Yo

experimento un sentimiento indefinible, algo de la justicia, de

la santidad de Dios. ¡Me hallo tan pequeña, tan desprovista de

méritos! ¡Cuán necesario es exhortar a los agonizantes a la

confianza! » « ¡Qué necesario es -decía Santa Teresa del Niño

Jesús-, qué necesario es orar por los agonizantes! ¡Si lo

entendiéramos bien! » Razón tenía ella para expresarse de

esta suerte, pues a pesar de haber llevado una vida tan pura,

percibía el sonido de una voz maldita que murmuraba a sus

oídos: «¿Tienes seguridad de ser amada de Dios? ¿Ha venido

El a decírtelo?» Con esto permaneció durante muchos días en

un estado de angustia que no se puede explicar. «¡Padre mío

-decía a su confesor Santa Juana de Chantal en su agonía-,

os aseguro que los juicios de Dios son espantosos! »


Preguntóle aquél si tenía miedo. - «No, respondió ella; mas os

aseguro que los juicios de Dios son terribles.» Es el grito de la

naturaleza en el último trance, es el pasmo de este momento

decisivo, infinitamente solemne; es la angustia de una

conciencia delicada, alarmada por su misma humildad. Un

alma que vive en el Santo Abandono triunfará de este temor.

No descuida medio alguno de completar su preparación, mas

ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su

Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus

complacencias; el Dios de su corazón, al cual no ha cesado de

dar su vida gota a gota; gusta recordar con una dulce emoción

las innumerables pruebas de su amor, de sus misericordias,

de sus inefables ternuras, y siente que ella le ama del fondo

de su alma y que a su vez es aún mucho más amada. ¡Cuán

feliz se considera pudiendo decir con el Salmista en esta hora

tan seria y decisiva: «Vos sois mi Dios, y mi suerte está en

vuestras manos!». En una palabra, ella ha vivido de amor y de

 confianza, muere en el amor y en la confianza. Después de

una vida tan llena de penas interiores, Santa Juana de Chantal

y San Alfonso de Ligorio tuvieron la más dulce muerte. Tal vez

quiera Dios conservarnos sobre la cruz hasta el fin, mas no es

raro ver a las almas que han practicado el abandono morir sin

temor alguno, irse a la eternidad tranquilas y alegres, como un

niño que entra en el hogar paterno, cual religioso que se dirige

a cantar el Oficio. Tal fue el fin de la bienaventurada María

Magdalena Postel: «En su muerte no encontramos debilidad

alguna, ningún temor. Después de haber estado tan

perfectamente sometida a la divina voluntad durante su larga

carrera, no podía dejar de estarlo en el día decisivo. Sus horas

postreras rebosan en calma, en confianza y en abandono. A la

invitación del capellán para que ofrezca el sacrificio de su vida,

responde: "Nada me cuesta, ¡hágase en todo la voluntad de

Dios!" Maravilladas de su serenidad y sosiego, pregúntanle

sus hijas si es feliz. "¡Que si soy feliz!" y su rostro se tomó

radiante, parecía transparente como un alma que vuela al

cielo, no cesando de unirse a su Amado por actos de fe y

amorosas aspiraciones.» En esta hora decisiva nadie se

encontrará sobradamente puro ni bastante rico en méritos. Es

verdad, mas nada hay de tanta eficacia como el Santo

Abandono para hacer del todo fructuosa la suprema prueba.

¡Cuánto se gana soportando con una amorosa paciencia el

duro trabajo de la destrucción, recibiendo de la mano de Dios

con filial confianza el golpe de la muerte! Esto formará un

magnifico haz de méritos añadidos a otros muchos, y éste

será el más cargado de buen grano. Es además una ofrenda

muy agradable a la justicia divina, y quizá una satisfacción

suficiente por nuestros pecados. Según San Alfonso, «aceptar

la muerte que Dios nos presenta para conformarnos con su

voluntad, es merecer una recompensa parecida a la de los

mártires: éstos no son reputados por tales, sino en cuanto han

aceptado los tormentos y la muerte para agradar a Dios. El

que muere conformándose con la Divina Voluntad tiene una

muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene

una muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio que

en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva no

tan sólo del infierno, sino que también del purgatorio». ¿No será, al

 menos, un motivo de angustia dejar en el

destierro, en los peligros, en la necesidad tal vez, todo lo que

se ha amado después de Dios: su familia, su Comunidad,

seres queridos que habrán puesto su confianza en nosotros?


La bienaventurada María Magdalena deja en el mayor

desamparo una Congregación apenas fundada, «pero ella,

que no había sido durante su vida sino el instrumento de la

Providencia, muere sin preocupación por su Comunidad; no

habiendo contado nunca con ningún brazo humano, en sus

últimos momentos tampoco cuenta sino con el Señor». A todos

los que se ha amado según Dios, no se deja de amarlos en el

cielo; lejos de esto, el afecto se hace más intenso y más puro,

y se está mejor situado para velar sobre ellos y para manejar

sus verdaderos intereses. ¿No es Dios el Soberano Dueño de

su suerte? ¿Y quién será tan poderoso cerca de El como un

alma que no ha vivido sino de su amor, en una constante

fidelidad para cumplir su voluntad significada, en un perfecto

abandono a su beneplácito? El mismo nos ha declarado «que

hará la voluntad de los que le temen, y que escuchará sus

ruegos». No hay palabra que más anime que ésta: hagamos la

voluntad de Dios, y El hará la nuestra; hagamos todo lo que El

quiere, que El hará todo lo que nosotros queramos. De ahí es

de donde procede el poder de intercesión de las almas que

viven en una amorosa y perfecta conformidad: ellas nada

niegan a Dios y Dios no les negará nada a ellas. El poder de

su oración en la tierra y en el cielo, estará siempre en relación

con su grado de amor, de obediencia y de abandono; y si Dios

se complace en glorificar algunas almas entre las mejores, no

busquemos en otra parte la causa de su elección.


He aquí por qué Santa Teresa del Niño Jesús es el gran

taumaturgo de nuestros días. Al fin de su vida parece tener

conciencia de su misión, cuyos secretos revela más de una

vez: «Yo quiero pasar mi cielo haciendo bien sobre la tierra.

Después de mi muerte haré caer una lluvia de rosas. Siento

que mi misión va a comenzar, mi misión de hacer amar a Dios

como yo le amo y de manifestar mi pequeño camino a las

almas. «¿Cuál es el pequeño camino que queréis enseñar?»

«Es el camino de la infancia espiritual, es el camino de la

confianza y del completo abandono.» Escuchemos ahora la razón que ella pone en primer término. «Yo no he dado a Dios

sino amor. El me devolverá amor. El cumplirá todos mis

deseos en el cielo, porque yo no he hecho jamás mi voluntad

en la tierra.»


Terminemos por un rasgo que se encuentra en todas

partes, pero que de un modo especial nos pertenece: pues el

héroe es un hermano converso de nuestra Orden, el

bienaventurado Aniano de Eberbach, y el narrador es también

de los nuestros, el bienaventurado Cesáreo, Prior de

Heisterbach. Vivía en el Monasterio de Eberbach un santo

hermano que se distinguía sobre todo por la obediencia y

simplicidad. Habíale Dios otorgado con tanta largueza el don

de milagros, que con sólo tocar su cinturón o sus hábitos los

enfermos sanaban de cualquier enfermedad. Maravillado de

un favor tan singular, y no advirtiendo en este hermano señal

alguna de santidad, preguntóle su Abad un día cómo explicaba

que Dios hiciera tantos prodigios por su mediación.-No lo sé,

respondió éste, porque ni oro, ni velo, ni trabajo, ni ayuno más

que mis hermanos; lo único que puedo decir es que en

cualquier acontecimiento, próspero o adverso, adoro la

voluntad de Dios. Tengo siempre un gran cuidado de querer

en todas las cosas lo que Dios quiere, y El me concede la

gracia de conservar mi voluntad enteramente abandonada a la

suya. Ni me eleva la prosperidad, ni me abate la adversidad,

porque todo lo recibo indiferentemente como de la mano de

Dios, y el único fin de mis oraciones es que se cumpla

perfectamente su santa voluntad en mí y en todas las

criaturas. - Decidme, replicó el Abad, ¿no os turbasteis algo

cuando el otro día una mano malvada incendió la granja, y

destruyó nuestros medios de subsistencia? - No, padre, muy

por el contrario, he dado gracias a Dios, según mi costumbre

en semejantes ocasiones, persuadido de que el Señor nada

hace o permite que no redunde en su gloria y en mayor bien

nuestro. Habida esta respuesta, que muestra tan perfecta

conformidad con la voluntad de Dios, ya no se maravilló el

Abad de que aquel religioso obrase tantos prodigios.



martes, 18 de marzo de 2025

CAP. 4 FRUTOS DEL SANTO ABANDONO (Paz y Alegría)

 


Artículo 4º.- Paz y alegría

El Santo Abandono no procura tan sólo la preciosa libertad

de los hijos de Dios y una suave igualdad de alma, en la

instabilidad de las cosas humanas y los diversos sucesos de

la vida, sino que proporciona además una paz profunda y la

alegría interior, que constituyen aquí abajo la verdadera

felicidad.


«Por la perfecta conformidad con la de Dios -dice el P.

Saint-Jure- es como se adquiere el más cumplido reposo que

es posible disfrutar en el tiempo; es el medio de hacer sobre la

tierra un paraíso. Preguntóse a Alfonso el Grande, rey de

Aragón y Nápoles, príncipe muy sabio y prudente, cuál era la

persona a quien juzgaba más feliz en este mundo; aquélla,

respondió este príncipe, que se abandona enteramente a la

voluntad de Dios y que recibe todos los acontecimientos

prósperos o adversos, como venidos de su mano.» Monseñor

Gay añade: «Sométete a Dios, dice Elías a Job, y tendrás paz,

pero una paz que la Escritura llama en otra parte inagotable,

una paz que es semejante a un río caudaloso. Los pacíficos,

es decir, los que poseen tal tesoro de paz que la esparcen en

derredor suyo son los hijos de Dios; y los hijos de Dios por

excelencia son las almas que se abandonan a El. Este pueblo

de mis fieles hijos, este pueblo de mis pequeñuelos, de niños,

de abandonados en mis brazos, "se sentará en la hermosura

de la paz bajo las tiendas de la confianza, y en un magnífico

reposo que tendrá cuanto pudiera desear". David moraba bajo

esas tiendas cuando cantaba ese dulce cántico que pudiera

bien llamarse el himno del abandono: "El Señor me conduce,

nada me faltará; me ha establecido en un lugar de los más

abundantes pastos, al borde de un arroyo por el que corre el

agua que vivifica. El atrajo mi alma toda hacia si. A causa de su 

nombre", que es su Unigénito Hijo Jesús, "ha dirigido mis

pasos por el sendero de la justicia". Y ahora, Maestro mío, mi

guía, mi madre Providencia, "aun cuando debiera atravesar las

sombras de la muerte, no temería mal alguno, porque tú estás

conmigo. Tu vara -que me indica el camino-, y aun tu báculo

-que me hiere para volverme hacia él cuando me consuela .

Sí, el abandono produce la paz, una paz profunda, perfecta, y

-por decirlo así-, imperturbable.»


«A la verdad -dice el P. Saint-Jure- las almas que siguen

este camino -del Santo Abandono-, disfrutan de una paz

inalterable y pasan su vida en una paz que sólo ellas pueden

comprender y que no seria posible hallar en otro lugar de la

tierra. Refiere Santa Catalina de Sena que Nuestro Señor la

enseñaba a construir un retiro en su corazón con la piedra

durísima de la Providencia divina y a permanecer allí

constantemente encerrada, porque de esta manera tenía la

seguridad de ser feliz, de encontrar el verdadero reposo del

alma y de estar al abrigo de todas las tribulaciones y de todas

las tempestades. Y, en efecto, ¿puede concebirse un estado

más feliz que aquel en que el alma es llevada, reposa y se

duerme como un niño en brazos de la amorosa y

todopoderosa Providencia divina?» ¿Queréis otra imagen bien

clara de la felicidad de esta alma? Considerad a Noé durante

el diluvio: «Permanecía en paz en el arca con los leones, los

tigres y los osos, porque Dios le conducía, mientras que todos

los demás, en la más espantosa confusión de cuerpo y de

espíritu, eran sumergidos sin piedad en las olas. Así, el alma

que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su

barca, goza de una paz perfecta en medio de todas las

perturbaciones, boga con tranquilidad por el océano de esta

vida, en tanto que las "almas indisciplinadas", esclavas,

fugitivas y rebeldes a la Providencia, están en agitación

continua, y no contando con más piloto que su voluntad ciega

e inconstante, después de haber sido por largo tiempo juguete

de los vientos y de la tempestad, terminan con un lamentable

naufragio.»


En efecto, dice Monseñor Gay, «¿qué cosa os turba?» No

hablo de la turbación que agita la superficie; pues por poco

sensible que uno sea no podrá verse libre de ella; hablo de la 

turbación que llega al fondo del alma y en ella conmueve las

virtudes. ¿A quién atribuir la causa de ello? ¿Son por ventura

las órdenes que se os dan o los accidentes que os

sobrevienen? No, porque esta cruz que a vosotros os quita la

paz, se la deja completa a vuestra hermana. ¿De dónde

procede esto? Es que la voluntad de vuestra hermana se ha

abandonado, la vuestra se guarda y hace resistencia. La

turbación viene, pues, únicamente de la voluntad propia y de

la oposición que ella hace a Dios. Ella es causa de tales

agitaciones e inquietudes, pues el abandono las hace

imposibles.


Así es, en efecto, pues las almas abandonadas han

conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por

consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada

hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas no

lo quieran así. «A mi juicio -dice Salviano nadie en el mundo

es más feliz que estas almas. Son humilladas, despreciadas,

pero es a su gusto, y ellas lo quieren; son pobres, mas se

complacen en su pobreza: por esto siempre están contentas.»

«Sea lo que fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio

nada podrá contristarle», ni alterar la paz y serenidad de su

espíritu, porque ha puesto su confianza en Dios y de

antemano acepta todo cuanto plazca al buen Maestro. Sin

duda, no es esta la paz del cielo, sino la de aquí abajo, pues

Dios no quiere sobre la tierra ni paz perfecta, ni felicidad

durable; no podemos evitar la tribulación, y la cruz nos seguirá

por todas partes. Mas el Santo Abandono nos enseña la

importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en este

mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber sufrir!, es decir,

sufrir como conviene sufrir todo lo que Dios quiere, mientras El

lo quiere y como El lo quiere, con espíritu de fe, con amor y

confianza. El nos enseña a reposar en los brazos de la cruz,

por consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el corazón

de Jesús. Allí se encuentra más que la paz, allí se saborea la

alegría.


«No es del todo extraño -dice Monseñor Gay- que esta

alegría sea sensible, aunque otras veces, y lo más

frecuentemente es que sea tan sólo espiritual.» En todo caso,

el santo abandono produce la alegría del alma. «Bastaría para esto 

que él asegurara la libertad y que proporcionara la paz;

porque, ¿de qué proviene el regocijo sino de ser uno libre y

estar tranquilo en la libertad? Por el contrario, sin la libertad y

la paz, ¿qué alegría se puede gustar ni aun concebir?»

¿Queréis saber un secreto para estar constantemente

alegres? Digo un secreto, porque todos desean la alegría,

¡cuán pocos la encuentran! Ahora bien: el mejor secreto para

conseguirla y conservarla, un secreto verdaderamente infalible

es el Santo Abandono. ¿Cómo así? Las almas que no son

devotas del Santo Abandono tienen todavía muy poca fe,

confianza y amor, para gustar la alegría en la tribulación;

aquéllas empero que han llegado a la perfecta conformidad

tienen una fe viva, una esperanza firme, una caridad

generosa. Han aprendido a ver en los menores

acontecimientos a su Padre Celestial, al Salvador, al Amigo, al

Esposo, al Amado, enteramente ocupado en santificarías. Le

han dado sin reserva su confianza y su amor. ¿No es El dueño

soberano de los acontecimientos? Al combinarlos, ¿podrá

olvidar su carácter de Padre y Salvador? Todo será, pues,

para bien de su alma, con tal que ellas le permanezcan

filialmente sumisas. ¿Cómo no han de estar alegres? En los

seis días de la creación, Dios contempla las obras de sus

manos; las encuentra perfectas y hasta excelentes, y por eso

las mira con una alegre satisfacción. «De igual manera resulta

en el alma que a Dios se abandona, no sé qué efusión de esta

alegría divina, porque el fondo de su abandono es

precisamente la aprobación amorosa que ella da de todo lo

que hace y quiere, y la complacencia que ella experimenta en

todo cuanto Dios dispone.»


«Esta es la causa de aquella paz y alegría perpetua -dice

el P. Rodríguez- con que leemos andaban siempre aquellos

antiguos santos: un San Antonio, un Santo Domingo, un San

Francisco y otros semejantes. Y lo mismo leemos de nuestro

bienaventurado Padre Ignacio, y lo vemos ordinariamente en

los siervos de Dios. ¿Por ventura carecían de trabajos

aquellos santos? ¿No tenían tentaciones y enfermedades

como nosotros? ¿No pasaban por ellos varios y diversos

sucesos? Si, por cierto, y más dificultosos que por nosotros;

porque a los más santos les suele Dios probar y ejercitar mas. Pues, 

¿cómo estaban siempre en un mismo ser, con un

mismo semblante, con una serenidad y alegría interior y

exterior que siempre parece que era pascua para ellos? La

causa de esto era lo que vamos diciendo, porque habían

llegado a tener una conformidad entera con la voluntad de

Dios y puesto todo su gozo en el cumplimiento de ella: y así

todo se les convertía en contento. El trabajo, la tentación y la

mortificación, todo se les convertía en gozo, porque entendían

que aquella era la voluntad de Dios, la cual era todo su

contento.» Eran ingeniosos en hallar mil santas razones para

justificar a Dios hasta en sus rigores, y para animarse a una

confiada y alegre sumisión.


Escuchemos al santo Cura de Ars: «La cruz es quien ha

dado la paz al mundo, es ella quien ha de traerla a nuestros

corazones. Todas nuestras miserias vienen de que no la

amamos. El temor de las cruces es quien las aumenta. Una

cruz llevada sencillamente no es ya un sufrimiento. Nada nos

hace tan parecidos a Nuestro Señor como llevar su cruz, y

todas las penas son dulces cuando se sufren en unión con El.

¡Yo no comprendo cómo un cristiano puede odiar la cruz, y

sacudirla de sus hombros! ¿No es esto lo mismo que huir de

Aquel que ha querido ser clavado en ella y en ella morir por

nosotros? Las contradicciones nos ponen al pie de la cruz, y la

cruz, a la puerta del cielo. Para llegar, es preciso que seamos

pisoteados, vilipendiados, despreciados, triturados. ¡Sufrir!

¿Qué importa? Es cuestión de un momento. Si nos fuere dado

poder pasar ocho días en el cielo, comprenderíamos, sin

duda, el precio de este minuto de sufrimiento, no hallaríamos

cruz bastante pesada, ni prueba suficientemente amarga. La

cruz es el don que Dios hace a sus amigos. Es necesario pedir

el amor de las cruces y entonces éstas se nos tomarán dulces.

He hecho la experiencia durante cuatro o cinco años. He sido

calumniado, contradecido, atropellado. ¡Vaya si tenía cruces!

¡Casi eran más de las que podía llevar! Púseme a pedir el

amor de las cruces, me sentí feliz y me dije: ¡Verdaderamente

aquí está la dicha! Jamás se ha de mirar de dónde vienen las

cruces, pues vienen de Dios y es siempre Dios quien nos da

este medio de probarle nuestro amor. ¡Cuán felices nos

consideraremos en el día del juicio por nuestras desdichas, cuán 

santamente orgullosos estaremos de nuestras

humillaciones y qué ricos seremos por nuestros sacrificios! »

Para Gemma Galgani, un día sin sufrimiento era un día

perdido. «Días ha habido, decía lamentándose, en que nada

he tenido que ofrecer por la tarde a Jesús. ¡Cuán desgraciada

era! » En el curso de una prolongada tribulación que aún

duraba, como le preguntase Nuestro Señor si había sufrido

con resignación: « ¡Es tan dulce, le respondió ella, sufrir con

Vos!»


«Acabo de recitar el Rosario, escribía una religiosa a su

director, para dar gracias a Dios por haberme arrojado en el

crisol de los sufrimientos. Esta mañana, después de la

Comunión, he entonado el Magnificat. Yo no tengo otro

consuelo que sufrir con Jesús y por Jesús, si El se digna

aceptar mis sufrimientos. Sufrir, sufrir siempre, sufrir más, ésta

es mi continua oración.»


Minada por la enfermedad, atormentada por la fiebre, Sor

Isabel de la Trinidad escribía en sus últimos días: «Se ha

abierto para mí el camino del Calvario, y me considero

sumamente feliz al andar por él, como esposa al lado del

divino Crucificado. ¡ Si supieras qué días tan divinos estoy

disfrutando! Yo me debilito y presiento que el divino Maestro

no tardará mucho en venir a buscarme. Gusto y experimento

desconocidas alegrías. ¡Cuán suaves y dulces son las alegrías

del dolor! Sola, en esta pequeña celdita, con Dios sólo y

llevando mi cruz con mi amado Maestro, me creo en cierto

modo en el cielo; mi dicha crece en proporción de mi

sufrimiento. ¡Si supieras el sabor que se encuentra en el fondo

del cáliz preparado por el Padre celestial!»


«Desde que no me busco a mí misma -decía Santa Teresa

del Niño Jesús- llevo la vida más feliz que se puede imaginar.»

Y de hecho, el sufrimiento había llegado a ser su cielo

sobre la tierra; ella le sonreía como nosotros sonreímos a la

dicha. «Cuando sufro mucho -decía- cuando me acontecen

cosas penosas, en vez de entristecerme, respondo con una

sonrisa. Al principio no siempre lo conseguía, mas ahora he

llegado a no poder sufrir, porque todo sufrimiento me es

dulce.» «¿Cómo es que estáis tan contenta esta mañana? -

Porque he tenido dos pequeñas penas, y nada es capaz de 

proporcionarme pequeñas alegrías como las pequeñas

pruebas.» - «¿Habéis tenido hoy muchas pruebas? - Sí, pero

¡cómo las amo! Yo amo todo lo que Dios me da. Mi corazón

está lleno de la voluntad de Jesús.»


Oigamos ahora a Taulero en su famoso Diálogo del

Teólogo y del mendigo. «Un teólogo -éste era el mismo

Taulero- suplicó a Dios durante ocho años le hiciera conocer

un hombre que le mostrase el camino de la verdad. Cierto día

en que ardía en este deseo con mayores ansias que nunca,

oyó una voz del cielo que le dijo: Sal fuera y dirígete hacia la

iglesia, y encontrarás al hombre que te enseñará el camino de

la verdad. Sale, pues, y halla a un mendigo con los pies

lastimados, desnudos y cubiertos de lodo, llevando sobre sí

tan pobres vestidos que no valían tres óbolos. Saludóle

diciendo: Dios os conceda un buen día. Respondióle el

mendigo: no recuerdo haber tenido un día malo. - Dios os

haga dichoso, continuó el Maestro. - Nunca he sido

desgraciado, continuó el pobre-Dios os bendiga, repuso el

teólogo: mas explicaos, porque no entiendo lo que decís .-Con

mucho gusto lo haré, dijo el pobre. Me habéis deseado un

buen día, y os he respondido que no recuerdo haber tenido

jamás uno malo. En efecto, cuando el hambre me atormenta,

alabo a Dios; si sufro frío, si graniza, si nieva o llueve, lo

mismo en buen que en mal tiempo alabo a Dios; cuando

padezco necesidad, en los reveses y los desprecios, alabo

también a Dios; de donde resulta que no hay día malo para mi.

Me habéis deseado además una vida feliz y dichosa, yo os he

respondido que nunca he sido desgraciado, y esto es verdad,

porque he aprendido a vivir con Dios y estoy persuadido de

que todo cuando El hace no puede ser sino muy bueno. De

ahí que todo cuanto de Dios recibo, y permite me venga de

otra parte, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, lo

miro como una verdadera fortuna, y lo acepto de su mano con

alegría. Por lo demás, estoy del todo decidido a no

aficionarme sino a la voluntad de Dios y tan fundida tengo mi

voluntad en la suya, que todo cuanto El quiere, lo quiero yo

también. En consecuencia, jamás he sido desgraciado. - Mas,

decidme, ¿qué haríais si Dios os quisiere arrojar al fondo del

abismo? - ¿Arrojarme al fondo del abismo? Si Dios llegare a ese 

extremo, tengo dos brazos para abrazarme a El

fuertemente: con el izquierdo, que es la verdadera humildad,

tomaría su santísima Humanidad y a ella me abrazaría; con el

derecho que es el amor, me asiría a su Divinidad y la tendría

estrechamente apretada, de suerte que si El me quisiera

precipitar en el infierno, sería preciso que El viniese conmigo,

y por mx parte, más querría estar en el infierno con El que en

el cielo sin El. Con esto entendió el teólogo que la verdadera

resignación unida a una profunda humildad es el camino más

corto para ir a Dios. -¿De dónde procedéis? dijo aún el

teólogo. - Vengo de Dios. - ¿En dónde lo hallasteis? - Le hallé

donde dejé a todas las criaturas. - ¿En dónde tiene El su

morada? - En los corazones puros y en los hombres de buena

voluntad. - ¿Y quién sois vos? - Yo soy rey. - ¿En dónde está

vuestro reino? - Está en mi alma, porque he aprendido a

gobernar mis sentidos interiores y exteriores, de suerte que

todos los afectos y todas las potencias de mi alma estén

sujetos; y este reino vale, sin que nadie pueda dudarlo, más

que todos los de la tierra. - ¿De qué modo habéis llegado a

esta sublime perfección? - Con el silencio, profundas

meditaciones, y la unión con Dios. Yo no he podido hallar

reposo en nada que no sea El; y al presente he hallado a mi

Dios, y en El disfruto de un perfecto reposo y de una paz

inalterable.» «Tal fue la conversación de Taulero con el

mendigo, quien por la entera conformidad de su voluntad con

la de Dios, era más rico en su pobreza que los monarcas, y

más dichoso en sus sufrimientos que aquellos para cuya

felicidad aportan su concurso los elementos y la naturaleza

entera.»