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viernes, 23 de febrero de 2024

1926 Encíclica Iniquis Afflictisque, sobre la durísima situación del catolicismo en México. Pío XI.

 


1926 Encíclica Iniquis Afflictisque, sobre la durísima situación del catolicismo en México. Pío XI.

Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1926.

 

Carta Encíclica “Iniquis Afflictisque”. Sobre la durísima situación del catolicismo en México. Pío PP. XI.

VENERABLES HERMANOS SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

INTRODUCCIÓN

1.- Violenta persecución en Méjico.
Que no haya otro remedio sino de algún especial auxilio de Dios misericordioso para las condiciones inicuas y aflictivas en que está el catolicismo en la República Mexicana, lo dijimos al terminar el año anterior en la alocución que dirigimos a los Cardenales reunidos en el consistorio; y no habéis vosotros dejado de instar a vuestros fieles con pastoral cuidado, coincidiendo con Nuestra opinión y deseos, que más de una vez hemos manifestado, a fin de que conmoviesen al divino Fundador de la Iglesia con preces abundantes para que cure tan graves males. Tan graves males, decimos, puesto que a nuestros queridos hijos de México están atormentando desde hace tiempo y lo mismo en estos días, otros también, hijos nuestros, que se han apartado de la milicia de Cristo y del común Padre de todos. Y si en los tiempos primitivos de la Iglesia y en otras ocasiones se han cometido atrocidades contra los cristianos, tal vez en ninguna parte y en ningún otro tiempo sucedió que, desechados y violados los derechos de Dios y de la Iglesia, y sobrepuesta con el objeto de excusar la arbitrariedad cierta especie legal con artimañas premeditadas, unos pocos han quitado la libertad a la mayoría, sin ninguna consideración para con los ciudadanos, y sin ningún miramiento a los méritos de los antepasados.

2.- Ordena preces por los mejicanos.
Queremos, pues, que por medio de súplicas empleadas para el efecto en privado y en público, y ordenadas para ello, no os falte a vosotros y a los fieles todos el testimonio más grande de Nuestra buena voluntad; estas preces que ya han comenzado a rezarse, es necesario y de suma importancia que de ninguna manera se interrumpan, más aún, que continúen fervorosamente. Pues dirigir y acomodar las circunstancias de las cosas y de los tiempos, por medio del cambio de las opiniones y los ánimos de los hombres, de manera que sirvan para el bien de la sociedad humana, no es propio de los mortales, sino del Ser divino, el cual es el único que puede poner fin y término a tales vejaciones.

3.- Frutos heroicos de las oraciones.
Y no os parezca, Venerables Hermanos, que tales súplicas las habéis ordenado inútilmente porque los gobernantes de la República Mexicana, por su despiadado odio contra la religión, han continuado urgiendo sus malas leyes con más acritud y fiereza: puesto que fortalecidos el clero y la multitud de los católicos por la más abundante efusión de la gracia divina para resistir pacientemente, han dado de sí tal ejemplo y espectáculo, que Nosotros mismos con un solemne documento de la autoridad apostólica lo colocamos a la luz de todo el orbe católico con toda razón y justicia. El mes pasado en el día en que ante una gran concurrencia de fieles decretamos el honor de los beatos a los mártires de la revolución francesa, Nuestro pensamiento volaba espontáneamente hacia los católicos mexicanos, a los cuales asistía el mismo deliberado propósito que a aquellos, es decir, resistir a la pasión y violencia ajena, antes que apartarse de la unidad de la Iglesia y de la autoridad de la Sede Apostólica. ¡Oh alabanza preclara de la divina esposa de Cristo, a la cual nunca ha faltado a través de los siglos una descendencia noble y generosa, dispuesta a luchar y a padecer y a morir por la santísima libertad de la fe!

 

I. BREVE HISTORIA DE LA INICUA PERSECUCIÓN

 

4.- Recuerdo general de los detalles persecutorios.
Los tristes tiempos de la Iglesia mexicana, Venerables Hermanos, no hay para qué de nuevo los traigamos a la memoria. Basta que tengamos presente esto solo: que en la edad reciente, las agitaciones políticas, ciertamente frecuentes, las más de las veces han redundado en perturbación y destrucción de la religión, a la manera como sucedió principalmente en los años 1914 y 1915, cuando hombres de barbarie inveterada se portaron tan feroz y ásperamente contra ambos cleros, contra las sagradas vírgenes, contra los lugares y las cosas dedicadas al culto divino, que no perdonaron a ninguna injuria o ignominia y a ninguna violencia.

5.- Trato irrespetuoso a los Nuncios.
Y puesto que estamos ante un asunto conocidísimo, acerca del cual Nosotros hemos protestado públicamente y se ha informado con abundancia en los diarios, no hay para qué lamentemos extensamente con vosotros cómo en estos últimos años de los delegados apostólicos enviados a México, despreciando toda justicia, fidelidad y humanidad, a uno lo echaron de la República, y al otro, que por causa de salud había pasado breve tiempo fuera del territorio, se le prohibió volver, y a otro finalmente no se le trató, con menor hostilidad y se le mandó al fin salir de la nación. En lo cual —pasando por alto que no hubiera habido ningún intérprete y conciliador de la paz más apto que aquellos ilustres varones— nadie deja de ver cuan injusto deshonor se infirió a su dignidad arzobispal y al honorífico cargo que desempeñaban, y principalmente a Nosotros, cuya autoridad representaban.

6.- La Ley de 1917 y sus disposiciones vejatorias.
Todo esto es muy desagradable y muy grave; pero, Venerables Hermanos, las cosas que después debemos decir, están tan en contra de los derechos de la Iglesia como las que más, y son a la vez las más deplorables para los católicos de esa nación.

Y en primer lugar veamos aquella ley promulgada el año 1917 y llamada “constitución política” de las ciudades federadas de México. Por lo que atañe a Nosotros, después de haber sancionado la separación de la República respecto de la Iglesia, ningunos derechos le quedan a ésta, como condenada a muerte, y ningunos derechos puede adquirir en lo futuro; se da a los magistrados la potestad de interponer su autoridad en los asuntos del culto de la disciplina interna de la Iglesia. Los ministros sagrados quedan comparados con los obreros y demás empleados, con esta diferencia, que aquellos no sólo deben ser mexicanos de nacimiento y no exceder un número determinado, que deben definir los legisladores de cada uno de los estados, sino que también se ven privados de sus derechos políticos y civiles, a manera de hombres facinerosos o insanos. A esto se añade que se les ha mandado que junto con diez de los ciudadanos declaren al magistrado que ellos han tomado posesión de algún templo o se han trasladado a otro lugar. No es permitido en México pronunciar los votos religiosos, ni la existencia de órdenes y congregaciones religiosas. No es lícito ejercer el culto público, a no ser dentro de los templos y bajo la vigilancia de los gobernadores; los mismos templos se consideran propios de la nación: y por el mismo título los palacios episcopales y canonicales, los seminarios, las casas religiosas, los hospitales y todas las instituciones dedicadas a la beneficencia son sustraídas a la Iglesia. Esta ya no tiene dominio sobre ninguna cosa; y todos los bienes que poseía cuando la ley se promulgó fueron adjudicados a la Nación, dándose a cualquiera denunciar lo que la Iglesia parecía poseer por medio de otros: a este derecho o acción, con el objeto de fortalecerlo se ha prevenido por la misma ley que le asiste el favor de la mera presunción. Los ministros sagrados no pueden recibir nada en testamento, a no ser de sus parientes próximos. No se reconoce a la Iglesia ninguna potestad sobre el matrimonio de los cristianos, el cual por lo tanto sólo entonces es válido cuando lo es por derecho civil. Hay libertad de enseñanza, pero con estas condiciones, que a los sacerdotes y a los hermanos religiosos no les es lícito enseñar ni dirigir las escuelas de primera enseñanza y que la instrucción de los niños, aún en los colegios privados, debe estar huérfanos de religión. Se ha establecido, asimismo que todo cuanto la Iglesia ordene acerca del orden de los estudios y del certificado de haber pasado el curso de los estudios en sus escuelas no tiene ningún valor público.

7.- La Iglesia, sociedad perfecta, protesta de los atropellos.
Ciertamente, Venerables Hermanos, los que instituyeron, aprobaron y sancionaron tal ley ignoraban que la Iglesia, sociedad perfecta con propio derecho, ha sido constituida por Cristo Redentor y Rey de los hombres para el bien común, y que tiene plena libertad concedida por Dios para desempeñar su cargo —esta ignorancia en el siglo XX después de Cristo parece increíble en una nación católica y entre hombres bautizados—, o creyeron soberbia y locamente que podían ellos echar abajo y destruir la casa del Señor, edificada firmemente y bien fundada sobre piedra firme (Mat. 7, 28), o ardían en la pasión vehemente de dañar de cualquier manera a la Iglesia. Así, pues, ¿cómo podían callar los arzobispos y obispos mexicanos después de la promulgación de tan inicua ley? Y poco después ¿cómo podían dejar de reclamar en cartas tranquilas pero llenas de fuerza; tener Nuestro Antecesor su, exposición como verdadera; aprobarla los obispos todos en común de algunas naciones y la mayoría de los de otras en iniciativas particulares; y confirmarla Nosotros mismos el 25 de Enero de este año, cuando escribimos a todos los obispos mexicanos Nuestra carta consolatoria?

8.- Los obispos mitigan y esperan mejores tiempos.
Confiaban a su vez los mismos obispos, que los gobernantes mexicanos llegarían a comprender, tranquilizadas poco a poco las cosas, cuánto daño amenazaba y cuánto peligro a casi todo el pueblo por causa de los artículos de aquella ley con los cuales se disminuía la libertad religiosa, y que, por lo tanto, por causa de la paz, no harían ninguno o casi ningún uso de aquellas determinaciones y que llegarían entre tanto a una manera tolerable de vivir. Pero, aunque los obispos aconsejaban mitigación y a causa de ello el clero el pueblo tuvieron infinita paciencia, se perdió toda esperanza de tranquilidad y de paz.

9.- Nueva Ley persecutoria, más severa.
Pues por una ley promulgada por el presidente en Julio de este año (1926), ya entonces no le queda a la Iglesia casi nada de los derechos y de la libertad en aquellas regiones; el ejercicio del sagrado ministerio de tal manera se halla impedido, que es castigado con penas severísimas como un crimen capital. Con este uso tan perverso de la potestad pública Nos conmovemos, Venerables Hermanos, mucho más de lo que es creíble. Pues todo aquel que venera a Dios nuestro Creador y Redentor amantísimo, todo aquel que quiere obedecer a los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, éste, este inocente decimos, debe ser tenido como culpable, éste debe ser privado de los derechos comunes, y debe ser llevado a la cárcel pública con los criminales. Oh i qué bien cuadra a los autores de tales cosas aquello que dijo Cristo Nuestro Señor a los príncipes de los judíos: esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Luc. 22, 53). De estas leyes la que se ha dado más recientemente no viene ya a interpretar la antigua, como quieren, sino a hacerla peor y mucho más intolerable; pero las prescripciones de ambas de tal manera las urgen el Presidente de la República y sus Ministros, que ninguno de los gobernadores de los estados federados y ninguno de los magistrados y de los jefes militares se dan reposo en la persecución de los católicos.

10.- Campaña de difamación.
a la persecución se siguen las injurias: pues acostumbran unas veces a recriminar a la Iglesia ante el pueblo, otras por medio de impudentísimas mentiras pronunciadas en discursos públicos, quitando a cualquiera de los nuestros la potestad de hablar y de rebatir, con escarnios e injurias, otras por medio de revistas y de diarios enemigos de la verdad y de la acción católica. Y si al principio en los comentarios públicos, mediante la exposición de la verdad y la refutación de las falsedades pudieron los nuestros prestar algún auxilio a la Iglesia e intentar su defensa, a estos ciudadanos, inflamados del amor a la patria, ya no les es permitido clamar por la libertad y la fe tradicional y del culto divino, con paga o sin ella. Pero Nosotros conscientes de nuestra misión apostólica levantaremos la voz; y la pasión de los adversarios por un lado, y la heroica virtud y la constancia de los obispos, de los sacerdotes, de las congregaciones religiosas y de los laicos por otro lado, sépalas todo el orbe católico de labios del Padre común.

11.- Clausura de instituciones católicas.
Los sacerdotes extranjeros y los religiosos son expulsados; los colegios destinados a la educación cristiana de los niños y de las niñas son clausurados porque o tienen algún nombre religioso o poseen alguna imagen o estatua sagrada; no por otro motivo son clausurados bastantes seminarios, escuelas, hospitales, monasterios, y los edificios que contienen templos.

12.- Limitación del número de sacerdotes y de sus funciones.
Casi en cada una de las ciudades o estados se ha determinado y limitado al mínimum el número de los sacerdotes destinados a desempeñar las sagradas funciones, los cuales además no pueden desempeñarlas si no están inscritos ante el magistrado y han obtenido permiso del mismo. En algunas partes tales son las condiciones que se han puesto para desempeñar el misterio sagrado, que si no se tratase de cosa tan lamentable, movería a risa: por ejemplo que los sacerdotes tengan una edad determinada; que hayan contraído matrimonio civil; que no bauticen sino con agua corriente. En cierto Estado se ha decretado que dentro de sus límites no haya más que un Obispo; por lo cual los otros dos obispos han debido desterrarse de sus propias diócesis. Forzados por la condición de las cosas, algunos otros obispos han debido salir de su sede episcopal; otros han sido llevados a los jueces; muchos han sido detenidos; y los demás están a punto de serlo.

13.- Terrorización de las conciencias.
De todos los mexicanos que se ocupan en la instrucción de la juventud o en otros oficios públicos, se les ha preguntado si están con el Presidente de la República o si alaban la guerra hecha a la religión católica; y han sido obligados asimismo, bajo pena de ser apartados de su oficio, a participar en compañía de los soldados y de los obreros en cierta manifestación, organizada por la Asociación socialista que llaman el Obrero Regional Mexicano; esta manifestación, organizada en México, D.F. y en las demás ciudades en el mismo día y disuelta después de impíos discursos dirigidos al pueblo, tuvo como fin que, después de haberse llenado a la Iglesia de injurias, se aprobara en medio de clamores y aplausos populares la acción y los trabajos del mismo Presidente.

14.- Enjuiciamiento y encarcelación.
Y no paró aquí la arbitrariedad y crueldad de los enemigos. Hombres y mujeres que defendían la causa de la religión y de la Iglesia ya sea de viva voz, ya con escritos o pequeños comentarios, han sido llamados a juicio y encarcelados; asimismo han sido encarcelados íntegros capítulos de canónigos con ancianos o enfermos; los sacerdotes y otros del pueblo han sido muertos sin misericordia alguna en los caminos, en las plazas, frente a los templos. ¡Ojala que tos que tantas y tan grandes culpas cometen se arrepientan alguna vez y se acojan penitentes a la misericordia de Dios: y estamos persuadidos que Nuestros hijos, muertos injustamente, no piden de Dios otra venganza para sus verdugos que ésta!

 

II. LA DEFENSA CATÓLICA

 

15.- Carta pastoral aclaratoria de los obispos.
Vamos ahora a exponer, aunque sea brevemente, Venerables Hermanos, cómo los obispos, los sacerdotes y los fieles de México se han levantado y han opuesto un muro alrededor la casa de Israel y se han organizado en guerra (Ezeq. 13, 5).

Por cierto no puede dudarse de que los Obispos mexicanos, por unánime consentimiento, debían probar todos los medios posibles para atender a la libertad y a la dignidad de la Iglesia. Y, primeramente, en una carta dada a todo el pueblo después que demostraron fácilmente que el clero siempre se había conducido pacíficamente, y que asimismo había tratado con los gobernantes de la República con prudencia y con paciencia y había tolerado leyes injustas con ánimos tranquilos, después de haber resumido la doctrina de la Iglesia acerca de su constitución divina, avisaron a los fieles que debían perseverar de tal manera en la religión cristiana, que debían obedecer más a Dios que a los hombres (Act. 5, 29), siempre que se imponían leyes que por su estructura estaban en oposición a la constitución y la vida de la Iglesia.

16.- Nuevas cartas definen la posición de la Iglesia frente a la ley de persecución.
Después de haber sido promulgada por el Presidente la inicua ley, por medio de otras cartas comunes afirmaron lo siguiente: que admitir tal ley era lo mismo que negar la Iglesia y entregarla a los gobernantes de los Estados, los cuales por lo demás desistirían de su empeño; que preferían abstenerse del público ejercicio de sus sagradas funciones; y que por lo tanto el culto, que no podía ejercerse sin los sacerdotes, quedaba totalmente suspendido a partir del último día del mes de Julio, en el cual comenzaba a tener vigor aquella ley. Y como los gobernadores mandasen que los templos se entregasen en todas partes a la custodia de laicos, que debía elegir el Presidente del Municipio, y de ninguna manera debía entregarse a los que fueran nombrados o designados por los Obispos o Sacerdotes, por haberse trasladado la posesión de los templos a
las manos de los civiles, casi en todas partes los Obispos ordenaron que no admitiesen la elección hecha por los magistrados civiles, y que no entrasen en aquellos templos que dejaban de estar en posesión de la Iglesia; en algunas otras partes sin embargo, según la variedad de las circunstancias, se proveyó de otra manera.

17.- Actitudes conciliatorias de la Iglesia.
Pero no penséis, Venerables Hermanos, que los Obispos mexicanos dejaron pasar alguna ocasión y oportunidad de calmar los ánimos y de llegar a la concordia de la conciliación, aunque desconfiasen del buen éxito, y, más aún, desesperasen. Pues consta muy bien que los Obispos reunidos en México en representación de todo el Episcopado Mexicano, enviaron al Presidente de la República una carta sumamente correcta y respetuosa, en favor del Obispo de Huejutlan, el cual había sido tomado preso y llevado en forma indigna con gran acompañamiento de soldados a la ciudad vulgarmente llamada Pachuca; pero no es menos cierto que el Presidente les contestó con una carta llena de ira y de odio. Y como algunos esclarecidos varones, deseosos de la paz, interpusiesen espontáneamente sus oficios para que el mismo Presidente tuviera a bien hablar con el arzobispo de Morelia y el Obispo de Tabasco, después de haber tratado durante mucho tiempo de asuntos gravísimos, disputándose de una y otra parte, no se logró ningún éxito o resultado.

18.- Moción respetuosa a la Cámara es rechazada.
Después deliberaron los Obispos si debían pedir al Congreso Público, encargado de las leyes, la abrogación de aquellas que eran contrarias a los derechos de la Iglesia, o más bien, como lo habían hecho antes, resistir pacientemente o como suelen decir pasivamente: pues por muchos motivos pensaban que tal súplica sería enteramente inútil. Presentaron sin embargo el escrito suplicatorio, redactado sabiamente por católicos muy peritos en el derecho y diligentemente meditado por los Obispos: a esta petición de los Obispos, gracias a la diligencia de los socios de la Federación para defender a la libertad religiosa, de la que hablaremos después, muchos de los fieles de ambos sexos dieron su asentimiento por escrito. Lo que tenía que pasar, los Obispos lo habían previsto acertadamente, pues el Congreso Nacional rechazó el escrito propuesto, por unanimidad de sufragios con una sola excepción, y por el único motivo de que los Obispos carecían de personalidad jurídica, habían recurrido al Romano Pontífice y no querían reconocer las leyes nacionales.

19.- Resolución de heroica resistencia pese a las amenazas de los gobernadores.
¿Qué más le quedaba por hacer a los Obispos sino manifestar que nada cambiarían en su manera propia de proceder y en la del pueblo, antes de que se suprimiesen las leyes injustas? Los gobernadores de los Estados, abusando de su poder y de la maravillosa paciencia de los ciudadanos, amenazaron al clero y al pueblo mexicano con cosas todavía más graves; pero ¿cómo era posible vencer y superar a hombres que estaban dispuestos a sufrir cualesquiera atropellos antes que se llegase a una transacción tal que sufriera detrimento la causa de la libertad católica?

20.- Los sacerdotes fieles a la jerarquía sufren.
Los sacerdotes por su parte imitaron maravillosamente e hicieron suya la constancia de los obispos en medio de las mayores calamidades: los ejemplos egregios de virtudes que ellos nos han dado y de los cuales hemos recibido Nosotros grande consuelo los proponemos y los alabamos ante todo el universo católico "porque son dignos de ello (Apoc. 3, 4). Y en este asunto, cuando pensamos que a pesar de que en México se han utilizado todos los artificios, y que todo el esfuerzo y todas las vejaciones de los adversarios se han dirigido principalmente a este punto, es decir, a que el clero y el pueblo se aparten de la jerarquía sagrada y de la Sede Apostólica, y que sin embargo de todos los sacerdotes, que pasan de cuatro mil, solamente uno u otro ha faltado a su obligación, no hay nada que no podamos esperar del clero mexicano. Pues estos ministros sagrados unidos estrechamente entre sí obedecieron reverente y libremente a los mandatos de sus obispos, aunque esto las más de las veces no podía hacerse sin grave perjuicio para ellos; ellos mismos, como no podían vivir de su sagrado ministerio y por otra parte como la Iglesia reducida a la pobreza no tenía con qué sustentarlos, debieron sobrellevar con paciencia y fortaleza la pobreza y la miseria.

21.- La acción sacerdotal; se extreman las medidas.
Celebrar misa en privado; mirar por las necesidades espirituales de los fieles en la medida de sus fuerzas y fomentar y mantener el fuego de la piedad en todos fue la constante preocupación de ellos; y además con su ejemplo, con sus consejos y exhortaciones procuraban levantar la mente de los fieles hacia lo alto, y confirmar los ánimos para perseverar pacientemente. ¿Quién se admirará que la ira y la rabia de los enemigos se haya dirigido principalmente contra los sacerdotes? Pero ellos, siempre que fue necesario, no dudaron en sobrellevar con rostro sereno y con fortaleza de ánimo la cárcel y la misma muerte. Pues lo que se ha anunciado en los últimos días ha sobrepasado las mismas leyes injustas de que hemos hecho mención y sólo es compatible con la máxima impiedad; pues repentinamente se hace irrupción en las casas donde los sacerdotes están celebrando, y se viola irreverentemente la sagrada eucaristía, y los mismos sacerdotes son llevados a la cárcel.

22.- Los fieles también oponen resistencia.
Tampoco se hablará bastante de los esforzados fieles de México, los cuales entendieron muy bien cuánto les interesa a ellos que la nación católica en asuntos santísimos y gravísimos —cuales son el culto a Dios, la libertad de la Iglesia y la eterna salvación de las almas—-, no dependa del arbitrio y la audacia de unos pocos, sino que sea regida por leyes justas, que estén conformes con el derecho natural, divino y eclesiástico y finalmente con la bondad de Dios.

23.- Ejemplar conducta de las asociaciones católicas.
Pero merecen una alabanza verdaderamente singular las asociaciones católicas, que en la presente situación vienen a ser como legiones que custodian al clero, pues sus socios, en cuanto de ellos depende, no solamente se preocupan de alimentar y sustentar a los sacerdotes, sino que también vigilan los templos, instruyen los niños en la doctrina cristiana, y como guardias procuran, avisando a los sacerdotes, que ninguno de ellos quede falto de la debida custodia. Esto en general: sin embargo, deseamos decir algo de las principales asociaciones para que cada una de ellas sepa que el Vicario de JESUCRISTO las aprueba y las alaba vehementemente.

24.- La Asociación de los Padres de Familia, los Caballeros de Colón y Federación de defensa.
Y para venir a Nuestro propósito, la Sociedad de los Caballeros de Colón, la cual se extiende por toda la república, está formada afortunadamente por hombres activos y trabajadores, que por el manejo de los negocios, por la abierta profesión de fe y por el deseo de ayudar a la Iglesia son muy recomendables; y lleva adelante principalmente dos cosas, que en el tiempo presente son sumamente oportunas: Nos referimos a la asociación de padres de familia de toda la nación, los cuales se proponen no solamente educar cristianamente a sus hijos, sino también defender el derecho que los padres cristianos tienen de educar libremente a sus hijos, y puesto que ellos frecuentan las escuelas públicas, de enseñarles plena y debidamente la doctrina cristiana; Nos referimos también a la Federación para defender la libertad religiosa, fundada últimamente cuando se vio evidentemente que males enormes amenazaban al catolicismo. Esta Federación, extendida por toda la nación, tiene por objeto que sus socios trabajen asidua y concordemente para que de todos los católicos se forme un ejército ordenado e instruido que se oponga a los adversarios.

25.- La Acción Católica de la Juventud y de las Madres.
No de otra manera que los Caballeros de Colón merecen de la Iglesia y de la patria otras dos asociaciones, las que tienen como objeto propio la llamada acción católica social: es decir la Sociedad Católica de la Juventud Mexicana y la Unión o Asociación Católica de Madres Mexicanas. Ambas sociedades, además de los intereses que les son propios, tienen cuidado de fomentar y ayudar las iniciativas de la Federación en defensa de la libertad religiosa, que antes hemos mencionado. Pero no podemos en este punto tratarlo todo detenidamente: una sola cosa deseamos referir, Venerables Hermanos, y es que todos los socios y socias de estas asociaciones de tal manera están libres del miedo, que no solamente no rehuyen sino que buscan los peligros y aún se alegran cuando deben sufrir alguna acerbidad de los enemigos. ¡Oh espectáculo hermosísimo, dado al mundo, a los ángeles y a los hombres! ¡Oh gesta que debe ser celebrada con la alabanza eterna! Pues como ya anteriormente hemos dicho, son muchos los caballeros de Colón o los directores de la Asociación o las madres de familia o los jóvenes, que han sido encarcelados, llevados por las calles rodeados de soldados, encerrados en cárceles inmundas, tratados duramente, colmados de penas y de multas.

26.- Heroísmo de mártires de la juventud.
Más aún, Venerables Hermanos, aún de aquellos adolescentes y jóvenes hay algunos —y no podemos contener las lágrimas—, que llevando en las manos el Rosario, y aclamando a Cristo Rey, sufrieron espontáneamente la muerte; a nuestras jóvenes llevadas a la cárcel se las ha tratado con injurias indignísimas, esto se ha divulgado de intento para apartar a las demás de sus obligaciones.

27.- La Iglesia no sucumbirá como no sucumbió en el pasado.
Cuándo, Venerables Hermanos, Dios pondrá fin en su benignidad y moderación a estas calamidades nadie puede preverlo: pero esto es lo único que sabemos, que al fin algún día la Iglesia Mexicana descansará de esta tempestad calamitosa, porque, como nos lo dicen los divinos oráculos, no hay sabiduría, no hay prudencia, no hay consejo contra Dios (Prov. 21, 30), y contra la Inmaculada Esposa de Cristo no prevalecerán las puertas del infierno (Mat. 16, 18).

La Iglesia, que ha nacido para la inmortalidad, desde el día de Pentecostés, desde el cual fue enriquecida por las luces y los dones del Paráclito y salió por primera vez de su retiro del Cenáculo a la luz y a la fama de los hombres, ¿qué otra cosa hizo en este espacio de veinte siglos y entre todas las gentes sino a ejemplo de su Fundador pasó haciendo el bien? (Act. 10, 38). Estos beneficios de todo género debieron conciliar el amor de todos hacia la Iglesia; pero sucedió lo contrario, como, por lo demás, el mismo Divino Maestro lo había anunciado clarísimamente (Mat. 10, 17-25). Así pues, la navecilla de PEDRO unas veces con vientos favorables siguió su curso maravillosa y gloriosamente, pero otras veces pareció que iba a ser tragada por las olas y quedar totalmente sumergida: pero acaso ¿no está gobernada por aquel divino Piloto, quien en el tiempo oportuno calmará las iras de los vientos y de las olas? Las vejaciones con que es atormentado el nombre católico, Cristo que es el único que todo lo puede, manda que sirvan para la utilidad de la Iglesia: pues esto, según testimonio de HILARIO, es propio de la Iglesia, que entonces vence cuando es herida, entonces es entendida cuando es contradicha, y entonces triunfa cuando es abandonada (S. Hilar. Pictav., De Trinitate, 1. 7, 4 [Migue, Patrol. Lat., 10, 202]).

28.- Por prejuicios desconocen la magna obra civilizadora de la Iglesia en Méjico.
Y si todos aquellos que en la República de México se ensañan contra sus hermanos y ciudadanos, los cuales no son reos de ningún crimen a no ser de guardar las leyes de Dios, considerasen las cosas de su patria con la mente libre de prejuicios y las meditasen atentamente, no podría menos de suceder que reconocieran y confesaran que cuanto hay en su patria de civilización y de cultura y de humanidad, cuanto de bueno, cuanto de bello, ha nacido sin duda ninguna de la Iglesia. Pues nadie ignora que desde el primer momento en que se organizó allí el cristianismo los sacerdotes, y principalmente los religiosos que actualmente son detenidos y tratados con tanta ingratitud y acerbidad, aunque impedidos por grandes dificultades, las cuales las creaban por una parte los colonos con su excesivo deseo del oro, y por otra parte los indígenas todavía fieros, sin embargo con gran trabajo consiguieron que no solamente el esplendor del culto divino y los beneficios de la fe católica, sino también las obras y las instituciones de caridad y finalmente los colegios y las escuelas para enseñar las letras a los indígenas y para cultivar las disciplinas sagradas y profanas y las artes liberales y los oficios, abundaran en aquella extensa región.

 

EPÍLOGO

 

29.- Oración a la Virgen de Guadalupe por la paz religiosa de Méjico.
No queda más, Venerables Hermanos, sino que imploremos y roguemos a Nuestra Señora de Guadalupe, celeste patrona de la nación mexicana, que quiera, que borradas las injurias que a ella misma se le han inferido, restituya a su pueblo los dones de la paz y de la concordia. Pero si por el secreto designio de Dios, aquel día tan deseado todavía estuviera lejos, llene los ánimos de los fieles mexicanos de todos los consuelos y los fortalezca para luchar por la libertad de la Religión que profesan.

30.- Bendición Apostólica.
Entre tanto, como prenda y auspicio de las gracias y de Nuestra benevolencia paterna, a vosotros, Venerables Hermanos, a aquellos principalmente que dirigen las Diócesis mexicanas, al clero y a todo vuestro pueblo, os damos con amor la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, el día 18 del mes de Noviembre del año 1926, quinto de Nuestro Pontificado.

PÍO PAPA XI.

jueves, 22 de febrero de 2024

LA RESISTENCIA HEROICA DE LOS MARTIRES DE LA VENDEE

 




DAR CLIC AL VIDEO PARA ESCUCHAR LA CONFERENCIA IMPARTIDA POR EL PADRE SAENZ


Si no se puede obedecer a una republica que rechaza a Dios, menos se puede obedecer ni seguir a un clero que acepta los errores de la "republica".  El modernismo que Monseñor Lefebvre siempre rechazó, es el mismo que nosotros rechazamos, ese modernismo (herejías del Vaticano II) fue aceptado y tomado como válido por congregaciones liberales como la Fraternidad San Pio X, San Pedro y la IBP. La lucha de los martires de la Vendee es nuestra lucha.

martes, 20 de junio de 2023

EL MENSAJE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO AL REY LUIS XIV, QUE NO QUISO ATENDER


FUENTE  

Un episodio de la historia de Francia plantea ciertas preguntas: las revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque, una monja visitandina que vivió en el convento de Paray-leMonial durante la época del Rey Sol, y que recibió gracias místicas singulares, en particular con respecto al Sagrado Corazón de Jesús. 

Por un misterio, los caminos y destinos de la historia de un pueblo se deciden a menudo por actitudes – a veces muy sencillas – de aquél o de aquellos en quienes Dios deposita especial cuidado y confianza: “Es en las regiones secretas de la conciencia donde se elabora el destino del mundo, y las nuevas fuerzas que hacen que los imperios se derrumben son las mismas que todo hombre enfrenta en las tinieblas de su corazón cómplice” [1]. 

Un episodio de la historia de Francia plantea varias incógnitas: las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque, una monja visitandina que vivió en el convento de Paray-le-Monial durante la época del Rey Sol, y recibió gracias místicas singulares, en particular con respecto al Sagrado Corazón de Jesús. 

Una carta de la santa a la Madre María de Saumaise, su superiora, datada del 17 de junio de 1689, manifiesta el anhelo de Jesús por el reinado de Luis XIV: “Me parece, pues, escribe – Santa Margarita – que desea entrar con pompa y magnificencia en las casas de príncipes y reyes, para ser en ellas tan honrado como fue injuriado, despreciado y humillado en su Pasión, y recibir tanto contentamiento al ver a los grandes de la tierra abatidos y humillados ante Él, cuanto fue la amargura que sintió viéndose atado en sus pies . Y aquí tengo las palabras que escuché refiriéndose a nuestro Rey (Luis XIV): 

‘Haced saber al hijo mayor de mi Sagrado Corazón que, así como su nacimiento temporal se obtuvo por la devoción a los méritos de mi Sagrada Infancia, así alcanzará su nacimiento a la gracia y a la gloria eterna mediante la consagración de su persona a mi adorable Corazón, que quiere lograr la victoria en el suyo y, por él, sobre el de los grandes de la Tierra. Él quiere reinar en su palacio, ser pintado en sus estandartes y grabado en sus armas para que sean triunfantes sobre todos sus enemigos, derribando estas cabezas 

orgullosas y altivas a sus pies, a fin de que sea él victorioso sobre todos los enemigos de la Iglesia’. [2] 

¿Qué habría sido de Francia, la Hija Primogénita de la Iglesia si se hubieran observado los deseos paternos y las recomendaciones de Nuestro Señor? De hecho, tales nunca se llevaron a cabo; ni siquiera sabemos si el llamado divino llegó al conocimiento del Rey … 

El año en que se escribió la carta, 1689, no deja de evocar otro: ¡1789! Exactamente cien años antes de la Revolución Francesa, había llegado del cielo un mensaje conmovedor de Jesucristo al gran Luis XIV. La coincidencia es, al menos, notoria. 

Y esto nos lleva a una reflexión: ¡Cuántas veces la llamada de Dios a los hombres ha encontrado, como respuesta, solo el silencio! No sería sorprendente que tal omisión estuviera en la raíz de tantos trastornos políticos y sociales que afligen a la humanidad en la actualidad. 

Por João Paulo Bueno 

[1] DANIEL-ROPS, Henri. Historia de la Iglesia de Cristo. La Iglesia del Renacimiento y la Reforma. São Paulo: Quadrante, 1996, v.1, p. 106. 

[2] TEJADA, José M. Sáenz de. Vida y obras completas de Santa Margarita María de Alacoque. Miami: Fiat Voluntas Tua Inc / Quito: Jesús de la Misericordia. 1958, pág. 377.  

LEER ARTICULO RELACIONADO CON ESTE AVISO DE NUESTRO SEÑOR Y LA TAMBIEN PETICION AL PAPA DE LA CONSAGRACION DE RUSIA AL INMACULADO CORAZON DE MARIA

lunes, 22 de mayo de 2023

LA IGLESIA OCUPADA (CAPITULO 5) EL "CRISTO" REPUBLICANO

 


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¡Pasémonos a los bárbaros!

OZANAM

 

Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis visto los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor de DIVINO REPUBLICANO? 

MONTALEMBERT (a dom Guéranger)

 

A veces una página es suficiente para describir un reinado. Que un escritor de genio capte el rasgo dominante de la época, que lo presente y todo se vuelve luminoso. Sobre el reinado de Luis-Felipe se ha escrito mucho, pero todo está contenido en una página de Louis Veuillot. Ella nos servirá de transición para abordar la Segunda República, la de 1848, la de los curas demócratas y el “Cristo republicano”.

 

Veuillot resumía así el reinado de Luis Felipe:

 

“En diecisiete años, la disolución social, ya muy avanzada, alcanzó el punto culminante. Algunos la predecían sin poder hacerse escuchar. La realidad sobrepasa todos los temores. Mientras el espíritu burlón y destructivo de Voltaire tronaba en las Tullerías, en las Cámaras, en la Universidad, en los concejos municipales, en los teatros, en los libros, en los folletines, allí donde resonase una voz, allí donde corriera una pluma burguesa, el fanatismo socialista se volvía a encender en el pueblo, animado por individuos, en su mayoría, situados a bajo nivel y apenas conocidos del público y a los que la autoridad no veía como peligrosos. Pensamos que habríamos asombrado a M. Delessart si alguien, hojeando los registros de la policía y poniendo el dedo en ciertos nombres le hubiese dicho: ‘Aquí están las personas que van a dominar inmediatamente en París y en Francia’. Y sin embargo esto fue lo que sucedió. Todo el edificio de febrero se hundió como un árbol con las raíces podridas. Ni el hacha ni la tormenta fueron necesarios, bastó con la sacudida del aire producida por los gritos y los movimientos de una revuelta de burgueses. En un día, en algunas horas, la nación que se complacía envaneciéndose de haber aniquilado la religión, la realeza, la aristocracia, había caído totalmente en las manos de algunos demagogos, pontífices de sectas odiosas y torpes, reyes de barricada, caballeros de periódicos, teatros y prisiones”

Se llegaba al período más extravagante de la historia de Francia.

Resulta divertido y un poco triste, releer las viejas gacetas. Pensamos que estas páginas han sido leídas, que el sábado 13 de mayo de 1848 ha habido personas que han leído el artículo de Mme. G. Sand en la Vraie Republique, que han vibrado con sus sueños, que han creído en ellos y que, en cierto modo, nuestros problemas han nacido de sus ilusiones.


Sonreímos al leer esta prosa que, sin embargo, tuvo su parte en la desorientación de las mentes. Lo que nos hace sonreír, es el ridículo que se ha hecho notar por el fracaso de las ilusiones; pero nuestro tiempo ¿no se forja otras aún más peligrosas?

Existe un progreso en la tontería, incluso es el único que se hace evidente.

“¿Cuáles serán las formas del culto?, se preguntaba George Sand. Y contestaba: serán eternamente libres, eternamente modificables, eternamente progresivas como el genio de la humanidad. Se llamarán fiestas públicas y ya París y Francia han improvisado el boceto. El culto será más o menos hermoso, más o menos saludable según que la humanidad esté más o menos inspirada por los acontecimientos y por las ideas. Si volvemos a la monarquía, recaeremos en pleno catolicismo; si caminamos hacia una verdadera república, tendremos un verdadero culto, artistas inspirados, símbolos magníficos que ya no velarán los pensamientos, las maravillas de la invención y las obras maestras del arte. Pero no llegará la inspiración a los que dispongan las fiestas, mientras la inspiración no llegue a las masas. En la hora en que vivimos, hacen falta fiestas sencillas cuyo lujo no sea un insulto a la miseria del pueblo. En el futuro, las creaciones de genio volverán por derecho a la gran iglesia republicana igual que en otro tiempo volvían de hecho a la rica Iglesia Católica”.

El Arzobispo de París veía con inquietud estas ideas sobre las fiestas litúrgicas republicanas y George Sand protestaba:

“El sacerdote quiere guardar en el fondo del santuario cuyas llaves posee, la imagen venerada de Jesús, el amigo y el profeta del pueblo. Las imágenes paganas de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad mancharían con su contacto la imagen del filósofo que ha santificado y predicado esta triple idea, madre de su doctrina”.

El Cristo republicano, reducido al papel de filósofo amigo del pueblo y predicando la trilogía republicana, he aquí la herejía del siglo XIX, la que predicaba Lamennais y aplaudían G. Sand y Chateaubriand. Nuestros ‘innovadores” de hoy no son más que los discípulos retrasados de los ideólogos de 1848. Tienen el cabello largo y las ideas cortas.

Las ideas de esta época fueron extravagantes, pero ejercieron una gran influencia sobre la imaginación.

Sarcey narraba un día en el Temps un recuerdo de su juventud: “Era en 1848, en Uno de esos banquetes tan frecuentes entonces, donde se comía ternera fría y se bebía vino ‘noble’ para consolidar la República. Aquel banquete había sido organizado por la juventud de las Escuelas. Yo asistí porque a lo veinte años uno es tonto.


“En los postres dijeron muchas bobadas, se cantaron muchas canciones patrióticas y entre ellas una que tenía de refrán estos Versos miríficos:

”El socialismo tiene dos alas: el estudiante y el obrero. Estoy orgulloso de ser una de esas dos alas del socialismo”.

Entre los oradores figuraba Challemel-Lacour que transportó al auditorio.

“De esta jornada inolvidable me había quedado un recuerdo que aún me hacía latir el corazón después de más de cuarenta años. ¡Qué pena que este trozo de elocuencia no haya sido recogido!”.

Sarcey expresó en un artículo este sentimiento de pesar.


Un día de 1898 encontró a Reinach:

“Podría Ud., por favor —me dijo con una sonrisa enigmática—, volver a leer este discurso?”. Confió a Sarcey que estaba en su poder por habérselo pedido en otro tiempo al mismo Challemel-Lacourt, quien al dárselo le bahía dicho:


—Es demasiado malo, no lo publique jamás.

Reinach envió una copia a Sarcey quien volvió a leer aquel trozo de elocuencia de 1848.


“¡Ay!, tres veces ¡ay! ¡Qué fárrago de banalidades oratorias! ¡Qué ímpetu en todos los tópicos!

“¡Y esto es lo que habíamos admirado y aplaudido! Y Sarcey concluye melancólicamente:

“El texto era el mismo; las pasiones que nos animaban y que le comunicaban su brillantez habían desaparecido”

Es bastante curioso ver que el historiador de la democracia cristiana, M. Vaussard, tiene como primer y auténtico precursor de ésta, en el siglo XIX, a Buchez, un carbonario que frecuentaba los medios sansimonianos. Aseguraba haberse convertido al catolicismo, pero reconoce M. Vaussard, que aunque se separa de los pontífices del sansimonismo, Bazard y Enfantin, no deja de permanecer vinculado a varios principios


de la doctrina de Saint Simon.

Buchez había tomado parte en la Revolución de 1830 en las filas de las sociedades secretas. Es un adepto del sufragio universal del que da esta curiosa definición:

“La soberanía del pueblo es católica porque manda a cada uno la obediencia a todos. Es católica porque comprende el pasado, el presente y el futuro, es decir, todas las generaciones. Es católica, porque tiende a hacer de toda la sociedad humana una sola nación sometida a la ley de la igualdad. Es católica, en fin, porque emana directamente de las enseñanzas de la Iglesia”.

Después de Lamennais y Buchez, M. Vaussard, da como auténticos precursores del movimiento a los animadores de la Ere Nouvelle.


El 15 de abril de 1848 aparecía una hoja diaria: la Ere Nouvelle, cuyo manifiesto estaba firmado por Lacordaire, el cura Maret, Ozanam, Charles de Coux y otros cinco publicistas o profesores católicos amigos del P. Lacordaire quien asumía la dirección del periódico.


Lacordaire se había colocado a la izquierda en la Asamblea nacional y esto hay que tenerlo en cuenta, porque los innovadores demócrata-cristianos van a hacer valer la idea de que la preocupación por lo social es patrimonio de la izquierda.

La Ere Nouvelle afirmaba que la Iglesia no encontraría su libertad y su protección más que en el marco de la democracia: “Si la Iglesia —podía leerse en el número del 4 de julio de 1848— se ha dado cuenta de que un nuevo poder (la Segunda República) acaba de surgir, es por el profundo respeto que la ha rodeado, por la libertad mayor de la que ha disfrutado”.

“— ¡Pasémonos a los bárbaros! —exclama Ozanam—, pero no se bautiza a la democracia igual que a Clodoveo. Clodoveo es un hombre, la democracia es una idea”.

El programa de la Ere Nouvelle aseguraba que los principios de 1789 abrían “la era pública del cristianismo y del Evangelio”.


El error fundamental del equipo de este periódico va a ser el de querer confiar la recristianización de la sociedad a la democracia, que lo único que puede hacer es acelerar la corrupción. “Dios —decía Ozanam— no crea pobres: no envía a las criaturas a este mundo azaroso sin proveerlas de dos riquezas que son las primeras de todas, me refiero a la inteligencia y a la voluntad”, y concluía diciendo que la sociedad era la que tenía que permitir su desarrollo. Sin duda, pero ¿cómo estos ideólogos han podido llegar a pensar en volver a poner la organización de la sociedad en manos de aquéllos que sin duda más lo necesitan, pero, con toda seguridad, son los menos aptos para establecer esta organización? Este es el error fundamental de los demócratas: niegan la preeminencia de la élite.

Si la sociedad capitalista del siglo XIX se revelaba muy a menudo dura y egoísta, esto indicaba una languidez en la fe y en la caridad cristiana bajo el empuje del liberalismo económico. Añadir a esto el liberalismo político, ¿qué probabilidades tenía de mejorar la situación?

Todo el esfuerzo hubiese debido dirigirse hacia la recristianización de las clases dirigentes. El resto se hubiese dado por añadidura. Debió haberse dicho: Aristocracia cristiana y no Democracia cristiana.

Lacordaire debía estar profundamente turbado por las sangrientas jornadas de junio de 1848. Tampoco podía ignorar la hostilidad del episcopado hacia las “nuevas ideas”. Lo mismo que en la noche en que había huido de La Chesnaie, abandonando a Lamennais, va ahora a abandonar al equipo de la Ere Nouvelle. Incluso desea que el periódico deje de salir, como en otros tiempos el Avenir, pero sus amigos se obstinan. Entonces los deja solos. El abate Maret le sustituye en la dirección de la Ere Nouvelle. Lacordaire va a consagrarse a la predicación y a hacer notable la de Notre Dame. De vuelta de sus errores, dirá: “la democracia europea ha roto los lazos del presente con el pasado, ha enterrado los abusos en las raíces, ha construido aquí y allá una libertad precaria, más que renovar el mundo por medio de instituciones, lo ha agitado por acontecimientos y, dueña incontestable del futuro, nos prepara, si por fin no se forma y ordena, la espantosa alternativa de una demagogia sin fondo o de un despotismo sin freno”


Montalembert, el otro compañero de Lamennais, que había abandonado al herético quince años antes, lanza un grito de romántico —pues estos hombres de la Avenir y de la Ere Nouvelle son ante todo románticos—, frente a la triunfante democracia.


“Yo la soporto sin negar la sublime ley por la cual Dios se complace en sacar bien del mal, pero sin querer tomar el mal por el bien. No sé si el triunfo de la democracia será durable, o si este torrente devastador no irá a perderse pronto en las aguas estancadas del despotismo. Pero, pase lo que pase, no quiero compartir ni la vergüenza de su derrota, ni la de su victoria. Me quedaré solo, pero DE PIE. El carro de la democracia, del falso progreso, de la tiranía mentirosa e impía, está lanzado. No seré yo quien lo detenga. Pero prefiero, cien veces más, ser aplastado bajo sus ruedas que subir atrás para servir de lacayo, de heraldo, o incluso de bedel a los sofistas, a los retóricos y a los espadones que la dirigen”.


Lo que sobre todo inquieta a Montalembert es la manía por las nuevas ideas que ve en el clero. Escribe a Dom Guéranger: “Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis oído acaso los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor Jesucristo de DIVINO REPUBLICANO? El espíritu siempre es el mismo, la adoración servil de la fuerza laica y del poder vencedor. Desgraciadamente este espíritu galicano se complica y se envenena por las tendencias demagógicas que han infectado al clero en un grado que no podía sospechar”


La Ere Nouvelle, bajo la dirección del padre Maret se desliza a la izquierda. Se desliza hacia la “Gran Tentación”: la traducción temporal del mensaje evangélico. El 20 de octubre de 1848, el cura Maret había escrito a los obispos de Francia para pedirles que apoyasen la posición de la Ere Nouvelle. No le llegó ninguna respuesta favorable. En febrero de 1849, el obispo de Montauban, Monseñor Donay, condenaba incluso el periódico. El sacerdote no tenía más que un protector, el obispo de Troyes, que le nombró vicario general de su diócesis.


Así, desde sus orígenes, el “progresismo cristiano” divide a la Iglesia. Louis Veuillot dirige una violenta campaña contra los redactores de la Ere

Nouvelle, a quienes llama los “liberaloides”, violenta campaña aprobada por la inmensa mayoría de los católicos, ya bastante ocupados en luchar contra el liberalismo masónico, como para no encontrar inconveniente y peligroso ver variar sus posiciones por un “liberalismo católico”.

La Ere Nouvelle al perder sus abonados y sus lectores fue puesta en venta. Y... ¡fue comprada por un grupo de... legitimistas!

El sacerdote Chantôme recogió los restos de la Ere Nouvelle en su Revue des Réformes et du Progrés, pero sólo saldrán 25 números. El presbítero Chantôme, debido a sus osadías, fue suspendido en la diócesis de París por Monseñor Sibour, aunque éste era tenido por “abierto a las novedades”. El se retira a Langres, pero es suspendido de nuevo por el obispo. Insiste, funda el Drapeau du Peuple, “periódico de la democracia y del socialismo cristiano”. Publicará seis números y, en diciembre de 1852, seis días después del golpe de Estado de Luis Napoleón, se someterá a Monseñor Sibour.


Un laico, Victor Challand, intenta proseguir la campaña de la Ere Nouvelle en su Revue du Socialisme Chrétien que se hundirá en el séptimo número. Pierre Prodié, diputado de Aveyron, intenta a su vez lo mismo con su revista: la Republique Universelle, pero sólo se sostendrá un año. El caso de Prodié es interesante. Acabará por comprender que la verdadera solución de la cuestión social debe pasar por la restauración de las Corporaciones destruidas por la Revolución de 1789, y se convertirá en discípulo de Le Play ¡e incluso se hará adicto a la monarquía!

Sin embargo un gran número de mentes habían sido contaminadas y los errores renacerían sin cesar.

Dom Guéranger resumía así el conflicto fundamental que acababa de instaurarse en el seno de la Iglesia:

“Un ancho surco dividía de ahora en adelante a los católicos en dos grupos; los que tenían como principal preocupación la libertad de la Iglesia y el mantenimiento de sus derechos en una sociedad todavía cristiana, y los que se esforzarían primeramente en determinar qué cantidad de cristianismo podía soportar la sociedad moderna, para después invitar a la Iglesia a reducirse a ella. La media centuria que entonces comenzaba vibró con el choque de estas dos familias espirituales.


Era también así como Veuillot, con su genio sintetizador, resumía la situación: “Lo que lleva sobre todo a nuestros adversarios a alentar los pasos que aparentemente se hacen hacia ellos, escribía, no es la esperanza de una reconciliación que no es objeto de sus deseos... Saben que nuestras más extravagantes concesiones jamás llegarán a mitad de camino de la meta a la que tienden sus doctrinas. Pero aún así, creen captar en nosotros un oculto desfallecimiento de esta fe que los asombra y los desespera. Si no tienen más que odio, su odio se aviva con nuestras incertidumbres; si tienen alguna quimera, algún absurdo sistema de renovación social, su confianza se acrecienta a medida que la nuestra parece disminuir (...). Basta para agradarles titularse la Ere Nouvelle; o hablar de NUEVAS EXIGENCIAS. ¡Vaya!, ¡nuevas necesidades!, por fin lo confiesan; la humanidad experimenta nuevas necesidades.

“A nuevas exigencias, nuevos dogmas; luego la pretendida revelación cristiana no está completa, la humanidad ha progresado y el cristianismo se ha estacionado, luego el cristianismo no es divino. La democracia da una respuesta a las nuevas necesidades del mundo, luego el verdadero cristianismo es la democracia. Estos son sus razonamientos. ¿Por qué no cortar por lo sano esta dialéctica que pretenden atribuirnos, diciéndoles de una vez, que la nueva necesidad de la humanidad es sencillamente aprender el catecismo y poner en práctica la fe, la esperanza y la caridad?”.





lunes, 13 de marzo de 2023

LA IGLESIA OCUPADA (CAPITULO 4) LAMENNAIS O LA REVOLUCION POR MEDIO DE LA IGLESIA

 


Tanto por su carácter como por su espíritu, sólo podía detenerse cuando ya no quedaba nada por destruir. Lacordaire 

Tenemos continuamente ante los ojos, su rostro de condenado. León XII 

Chateaubriand a Lamennais: —Desearía veros Papa.


Escondida en medio del bosque, cerca de Combourg, La Chesnaie es una casa blanca de tejado puntiagudo, rodeada de árboles y agobiada bajo un cielo generalmente cargado de nubes. En esta morada se desarrolló a principios del pasado siglo un gran drama religioso, cuyas repercusiones han alcanzado nuestros tiempos. Fue en 1805, a la edad de veintitrés años, cuando Félicité de La Mennais se encerró en La Chesnaie con su hermano sacerdote Jean Marie de La Mennais. Su única distracción era la amplia biblioteca, formada por volúmenes que provenían de los monasterios devastados por la revolución y los paseos por el bosque y la landa. Los La Mennais, que pertenecían a la alta burguesía, habían alcanzado la nobleza en 1798, justo en vísperas de la Revolución. Era ya un poco tarde. Félicité, a quien llaman “Féli”, tuvo la desgracia de perder a su madre siendo joven. Aprendió el latín, el griego, se apasionó por Jean Jacques Rousseau y se ocupó sin entusiasmo de los negocios de su padre que era naviero. Lo que no cabe duda es que se aburrió mucho y lo confesará con un sarcasmo: “el aburrimiento nació en familia durante una velada de invierno”. En La Chesnaie desde 1805, la influencia de su hermano clérigo va a ser decisiva y le llevará al sacerdocio que nunca ha deseado, pero que aceptará porque parece que no hay otra salida a esta “soledad de tres: dos hermanos y la teología”. Félicité se convirtió a los veintidós años e hizo su primera comunión en 1804. En 1809 recibirá las órdenes menores y solamente siete años más tarde, a los treinta y cuatro años, será ordenado sacerdote. Durante todo este tiempo, arrastra los días sin alegría en La Chesnaie, entre los libros y el bosque:

“No puedo decir que me aburra, no puedo decir que me divierta, no puedo decir que esté ocioso, no puedo decir que trabaje... Mi vida transcurre en una especie de ambiente impreciso en medio de todas estas cosas, con una inclinación muy fuerte a una indolencia del espíritu y del cuerpo, triste, amarga, más fatigosa que cualquier trabajo y sin embargo insuperable”

Una vez, abandonó La Chesnaie, la landa y d bosque para ir a París, pero precisamente para encerrarse en el seminario de la rué du Bac. Allí no permanecerá siquiera un año:

“No tengo ánimo para nada —escribirá— el siglo es demasiado necio y además una nueva voltereta me parece tan inevitable que creo más prudente hacer mi equipaje que escribir libros”.

De los trabajos hechos en La Chesnaie, sin alegría, han salido los tres volúmenes de la Tradition de l’Eglise Sur l’institution des eveques (Tradición de la Iglesia SOBRE LA INSTITUCIÓN DE LOS OBISPOS) y las REFLEXIONS SUR LA SITUATION DE L’EGLISE EN FRANCE PENDANT LE XIIIe SIÈCLE ET SUR SA SITUATION ACTUELLE (REFLEXIONES SOBRE LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN FRANCIA DURANTE EL SIGLO XIII Y SU SITUACIÓN ACTUAL). Estos libros no se venden bien y Lamennais anota melancólicamente: “no hay más que una opinión sobre la Tradición, todo el mundo la alaba pero nadie la compra”. Aparte de sus serios estudios, madurados en la soledad de La Chesnaie, Lamennais se había comprometido con un memorial contra la Universidad imperial. Al regreso de Napoleón de la isla de Elba tuvo miedo y marchó a Inglaterra. Allí, para subsistir, dio clases en un pensionado y conoció a un viejo sacerdote emigrado, el Padre Carrón, con el cual volvió a Francia al día siguiente de Waterloo. Se instaló en las Feuillantines, residencia del querido padre que había conseguido una enorme influencia sobre él, y después en el seminario de Saint-Sulpice. El 23 de marzo de 1816, Félicité de La Mennais era ordenado sacerdote. Obedeció al padre Carrón, pero pone interés en subrayar que su entrada en las órdenes no ha sido más que un acto de obediencia:

“decidiéndome, o más bien dejándome decidir por el partido que se me ha aconsejado tome, ciertamente no sigo ni mi voluntad, ni mi inclinación... creo, por el contrario, que nada en el mundo sería más opuesto a ello”.

Tres meses después de su ordenación confía a su hermano el sacerdote Jean Marie: 

"Desde ahora no soy y no puedo ser sino extraordinariamente desgraciado... No aspiro más que al olvido en todos los sentidos y ¡quiera Dios que pueda olvidarme de mí mismo !... Todo lo que me queda por hacer es· arreglarme lo mejor que pueda y, si es posible, adormecerme al pie del poste donde han remachado mi cadena”.

Sacerdote a pesar suyo, La Mennais en esta época de su vida es “un clericucho enclenque, desdichado, desmedrado, ceñudo”. Tiene una larga nariz, la frente surcada de arrugas, los ojos son hermosos pero atormentados. Lleva la cabeza inclinada, habla “frotando suavemente sus manos juntas una contra otra”. Es de pequeña, estatura, parece que es “el sacristán de la parroquia”. Tal es el autor de L’Essai sur VIndifférence en matière de religion (Ensayo sobre la indiferencia en materia religiosa), la “pesada cimentación teológica” que será el acontecimiento literario de la Restauración. M. Mourre dirá bromeando: “se izó al autor entre Pascal y Bossuet”, M. de Chateaubriand prometió la inmortalidad; Ampère recomendó a sus amigos que leyeran este libro, “ese libro que reanimaría a un muerto”

 según la opinión de M. de Frayssinous; Lamartine juzgó- que estaba “pensado como Maistre, escrito como Rousseau” y Maistre mismo saludaba a este “trueno bajo un cielo de plomo”. En fin, Hugo tuvo una frase insólita, pero la más justa de todas: “un libro con un porvenir temible”. Hoy sabemos que L’Essai no había sido escrito con alegría :

"Apenas avanzo en mi obra, me aburre —escribía La- Mennais en 1816—. Escribir es para mí un suplicio. Detesto París, detesto todo. Esta vida es para mí un infierno. He desperdiciado la ocasión de vivir según mr carácter y mi gusto. Esto no tiene remedio”.

El mismo año en que aparece Le Essai escribe lúgubremente : 

“¿Para qué sirven los libros? No conozco más que un libro alegre, consolador y que siempre se ve con placer, es un registro de defunciones. Todo lo demás es vano, no va a lo esencial”.

¿Cuál era el tema de este libro “con un porvenir temible” escrito con tedio, por ese “enclenque clericucho” bretón que parecía un sacristán? La Mennais descubriría en las tradiciones de los pueblos antiguos la idea de lo que debía un día constituir el cristianismo. Este aparecía como un vestigio persistente de la Revelación primitiva. “Los cristianos —escribía La Mennais— creen todo lo que creía el género humano antes de Jesucristo, y el género humano creía todo lo que creen los cristianos; puesto que las verdades de la religión se encadenan una a otra y se suponen mutuamente, estaban todas encerradas en la primera revelación, como las verdades que Dios reserva a los elegidos están encerradas en aquéllas que aquí abajo son objeto de su fe”. Con tal perspectiva, el cristianismo corre el riesgo de no presentarse más que como un momento de la Revelación en marcha a través de los tiempos. El sincretismo es el resultado fatal de esta visión: una religión única, universal, futura, reconciliando todas las culturas y en la historia de la cual la venida de Cristo es sólo un episodio. Para La Mennais, las otras religiones son un esbozo del CRISTIANISMO ESENCIAL. Si el primer tomo del Essai (Ensayo) había logrado un éxito fulgurante, tomándose tiempo para reflexionar, la brillantez del estilo no bastó para ocultar, sobre todo en los tomos siguientes, las aventuradas perspectivas del joven teólogo. Se hizo notar la hostilidad del clero y La Mennais mismo lo constata: “el clero está muy indignado contra mi libro”. 

La venta descendió y, en 1822, confiesa: “hace diez meses que no he visto un céntimo de mis libros, esto me fastidia bastante”. Va a ser necesario dejar París y volver a La Ches- naie bajo los grandes árboles. Sacerdote sin vocación, teólogo sin prestigio, no por eso La Mennais da menos que hablar. Es de esos personajes que se hacen notar, no por las luces que aportan, sino por la inquietud que siembran. Irritado, irritante, ha echado la culpa a todo el mundo. Por lo demás, tiene un mirada perspicaz para las faltas de los otros: esa monarquía que duda “entre Vol- taire y San Luis”, no puede ni terminar con la revolución, ni continuarla por su cuenta y, al comprobar la debilidad del Trono surge en La Mennais la idea de apoyar a la Sociedad sobre el único Altar. Mientras tanto, colabora en el ultra Conservateur y no está poco orgulloso de ello: “Cuando supieron que estaba en el Conservateur —dice— hablando de los ultras y que consentía en darles mis artículos, se mostraron encantados. Chateaubriand vino a verme, estuvo muy amable y me dijo que habíamos nacido sobre la misma roca y que habíamos escuchado las mismas olas, etc. ... ”. Pero, ¿veían las mismas cosas? Barres refiere que “contemplando una tempestad desde las murallas de Saint- Malo, La Mennais decía: todo el mundo mira lo que yo miro, pero nadie ve lo que yo veo”. Del ilustre Vizconde, La Mennais escribirá desdeñosamente : “su gloria pasará rápidamente. Como ciertos arbustos no se alimentó más que por las hojas”. Sin embargo, Chateaubriand se proclamó su discípulo. En 1824, La Mennais realizó su primer viaje a Roma. Es una maravilla. Descubre ese cristianismo italiano que ‘‘bajo todas sus formas, en todos los instantes está en contacto con el pueblo, se adueña de su pensamiento por los sentidos y se convierte, sin que él mismo se dé cuenta, en la parte principal de su existencia”. La acogida que le reserva León XII colma su vanidad. Refiere que el Papa no tiene en su habitación más que dos imágenes: una de la Virgen y otra... de La Mennais; que se le va a hacer cardenal; que León XII le ha ofrecido un apartamento en su palacio; que el Papa le ha recibido. En resumen, “tiene conmigo mil atenciones”. Al final La Mennais no se había alojado en el Vaticano, sino con el teatino Ventura y, en sus conversaciones bajo los claustros de San Andrés della Valle, “los innovadores” se exaltan y edifican “su” Iglesia. El 30 de agosto de 1824, el cardenal Bernetti escribía al duque de Laval-Montmorency, una carta reveladora de los verdaderos sentimientos que se vivían en Roma hacia el demasiado satisfecho autor de L’Essai sur l’Indifférence (Ensayo sobre la Indiferencia): 

“Tenemos en Roma al Padre La Mennais y me parece que no hay ninguna relación entre él y su inmensa reputación”. 

Al cardenal le había impresionado el aspecto físico del Padre: “Tiene en su fisonomía y en su porte algo de raquítico o de turbado que hace daño”. Y proseguía así: “En una de mis últimas audiencias, el Santo Padre me preguntó si había visto al padre La Mennais y lo que pensaba de él. No queriendo aventurarme en ese terreno y habiendo oído decir que el Papa se mostraba bien dispuesto hacia él, di una respuesta dilatoria. Pronto, me quedé asombrado, cuando el Santo Padre con voz tranquila y casi triste me dijo: 

“Pues bien, Nos, le habíamos juzgado mejor que ninguno. Cuando Nos le recibimos y conversamos con él, nos sobrecogimos de espanto. Desde ese día, tenemos continuamente ante los ojos su rostro de condenado. “El Santo Padre me decía esto tan seriamente que no pude evitar una sonrisa. ‘Sí, añadió mirándome fijamente, sí, este sacerdote tiene un rostro de condenado. Tiene algo de heresiarca en su frente. Sus amigos de Francia y de Italia desearían para él un capelo cardenalicio. Este hombre está demasiado poseído por el orgullo para no hacer que la Santa Sede se arrepienta de una bondad que sería justicia si no se consideraran más que sus obras actuales; pero estudiadle a fondo; precisad los rasgos de su rostro, y decidme si no hay en ellos una huella visible de la maldición celeste"

El cardenal invitó a cenar a La Mennais y no descubrió “nada infernal en aquel hombrecillo enclenque cuya conversación hace tan poco honor a su genio”, y apenas le encontró otro reproche que su manía de comparar las costumbres romanas y las de su país. “Me atreví —prosigue el cardenal riéndose— a comunicar al Santo Padre mis reflexiones... ‘¡ Ah!, me respondió, vos también, como Soglia, no veis la mano de Dios’ ”. La Mennais volvió a París a fines de septiembre de 1824. Se instaló en casa de su hermano, en la calle de Bourbon, en la Gran Capellanía de Francia, pero el príncipe de Croy, Gran Capellán, vio con malos ojos que este sacerdote discutido, querellado con el episcopado, se alojase en un edificio oficial de la Iglesia de Francia y ordenó le hicieran cambiar de alojamiento. La Mennais tomó su pluma y escribió al príncipe: 

“Monseñor, dentro de una hora habré salido del alojamiento que Vos me invitáis a abandonar rápidamente. Hace tres semanas, el Soberano Pontífice me pedía con insistencia que aceptase un apartamento en el Vaticano. Os doy las gracias por haberme pemitido, en tan poco tiempo, apreciar las diferencias de hombres y de países”

La nota era espiritual, pero insolente. A su vuelta de Roma, tiene un gran sueño; escribe a su hermano: “El mundo espera un gran Papa; en muchos aspectos podría suplir a los grandes reyes”. “La Nación —añade— está entregada a los hombres de dinero, y a poco que se sueñe con algún provecho, vendida acaso a algún judío”. Las monarquías se hunden, parecen no creer ya en su fundamento, viven al día, disputando a la opinión un resto de autoridad que se desmorona, con el respeto que desaparece. Entonces, La Mennais ofrece la Monarquía Universal al Papa. El Papa se calla. Pues bien, piensa La Mennais, prescindiremos del Papa. Después de todo la Religión no se ha terminado. Reléase L’Essai (El Ensayo). La revelación es una larga evolución. La razón general pertenece al género humano “por encima de Roma, está la autoridad del género humano... el cristianismo no está terminado, le falta una política”. Y La Mennais profetiza: “Tarde o temprano saldrá del caos actual una gran religión, inmutablemente una (...) y realizará entre los hombres una más amplia unidad que el pasado no ha conocido jamás”. Esta es la brecha por la cual va a pasar el modernismo. Si la religión no está terminada, no hay límites a la evolución de la Iglesia. Roma se calla. La Mennais escribe el 18 de marzo de 1826: “Asombra el silencio de Roma y nadie puede saber en qué se convertiría este asombro si se prolongase”. Y he aquí, que una palabra estalla de la pluma de La Mennais: ¡la Libertad!

“Veinte millones de hombres en Italia, como en España y en Portugal se levantarán de repente al primer grito de ¡ Libertad ! que saldrá de aquí... el género humano quiere otro estado, ¡no hay otra explicación!”.

Ahora La Mennais ha roto completamente con sus amigos monárquicos. Quiere un república francamente declarada. A sus ojos, es la resistencia del Trono la que da un pretexto a la agitación. En el fondo no está lejos de decir a Carlos X: “Marchaos, pues si no habrá que poneros a la puerta y esto creará algún desorden”. Esto es ya la teoría de la transición pacífica o no pacífica al nuevo poder sacado del “sentido de la historia”. Por lo demás se expresa en los siguientes términos:

“No creáis que se puede parar el movimiento que arrastra a la sociedad, ni adueñarse de su dirección por alguno de los medios que suministra la política. Este movimiento está en los espíritus que preocupados por las nuevas ideas, en parte falsas, en parte verdaderas, avanzan hacia un futuro tan desconocido como inevitable”.

Como todos los liberales del siglo xix, La Mennais ve que la Verdad avanza apoyada sobre el brazo de la Libertad: “Una inmensa libertad —escribe en 1828— es necesaria para que las verdades que salvarán al mundo, si debe ser salvado, puedan desarrollarse como deben”. El año 1828 es importante en la vida de La Mennais:
 funda la “Congregación de San Pedro” de la que desea hacer una especie de Compañía de Jesús democrática. En La Chesnaie reúne algunas inteligencias brillantes: Lacor- daire, Guéranguer, Gerbert, Salinis, Gousset. Lo que hay de preocupante en este clan lamenesiano es que organiza dentro de la Iglesia algo así como otra Iglesia. Puesto que Roma no responde a la llamada de La Mennais, él responderá por Roma. Funda un diario: L’Avenir, instalado el 16 de octubre de 1830 en la calle Jacob, n9 20. No se ha señalado convenientemente cuanta importancia iba a dar al joven clero el desarrollo de la prensa. Por el solo hecho de imprimir algo, cualquier cura resulta ser una autoridad, frecuentemente más escuchada que la Jerarquía. La Mennais, Lacordaire y Montalambert son las figuras más destacadas de UAvenir', “dos sacerdotes sin ministerio y un aristócrata vagabundo”. De hecho, unos hombres de ardiente imaginación, salidos de su ambiente y que han cesado de pertenecer a un cuerpo para entregarse a una idea. “La primera virtud hoy día, enseña Lacordaire, no es lia fe ¡ sino el amor sincero de la libertad!”. “La libertad —sostiene UAvenir— tiene su principio indestructible en la ley primera y fundamental, en virtud de la cual la humanidad tiende a desprenderse progresivamente de los vínculos de la infancia a medida que la inteligencia es liberada por el cristianismo creciente, y desarrollándose, los pueblos alcanzan por así decir la edad adulta”. Toda la herejía modernista está contenida en estas pocas líneas que anuncian el evolucionismo de Teilhard de Chardin, el progresismo cristiano de fines del siglo xx y esa idea de una Iglesia en vías de desarrollo, que escapa a la fijeza del dogma y conduce a los pueblos a “la edad adulta”. Es el Mito del Progreso, de un progreso ganado por la destrucción del pasado. Es la revolución dentro de la Iglesia, como en 1789 fue la revolución en la sociedad. La nueva legitimidad a la que debe vincularse la Iglesia, igual que la sociedad política, es la Democracia. “Las prerrogativas con las que los católicos creen investida sobrenaturalmente a la Iglesia —escribe L’Avenir— pertenecen naturalmente a la humanidad ; ella es la verdadera Iglesia instituida por Dios por el hecho mismo de la Creación y todas sus altas prerrogativas, sus divinos atributos, forman en su conjunto lo que se ha llamado la soberanía del pueblo. A él le pertenece el mando supremo, la última decisión sobre todas las cosas, EL JUICIO INFALIBLE: VOX POPULI, VOX DEl”. Para La Mennais, el cristianismo tal como lo entiende ahora, va a ser el motor de la Revolución; su desarrollo “suspendido desde hace siglos” va a continuar y va a fundar “el nuevo orden social”. ¡Qué decir de este desarrollo de la Iglesia “suspendida desde hace siglos” y que se habría vuelto a poner en marcha en la calle Jacob n*? 20, redacción de U Avenir! Desde 1831, el episcopado reacciona contra la nueva doctrina y lanza condenaciones. Los suscriptores de VAvenir disminuyen; de 3.000 su número ha pasado a 1.500; entonces La Mennais decide dar un gran golpe: irá a Roma para preguntar al Papa: “¿Estáis a favor nuestro o en contra?”. El 25 de noviembre de 1831, UAvenir anuncia que dejará de aparecer hasta la respuesta del Papa y La Mennais escribe: “Peregrino de Dios y de la Libertad, partimos para ir, como Israel en otro tiempo, a invocar al Señor en Silo”. UAvenir había durado un año y un mes. Realmente, “los peregrinos de Dios y de la Libertad” llegaban a Roma en un mal momento: los carbonarios habían aprovechado el interregno del Cónclave, a la muerte de Pío VIII, para proclamar la República romana. Cuando Gregorio XVI tomó la tiara en febrero de 1831, Bolonia, Ferrara y Ravena sublevadas, habían proclamado la prescripción de su dependencia y enarbolado la bandera verde, blanca y roja. La Romaña estaba en abierta rebelión, las ciudades se negaban a pagar el impuesto. Cuando La Mennais, Lacordaire y Montalambert llegan a Roma, el Papa acaba de enviar un cardenal y 5.000 hombres contra los sublevados. No hay pues de qué asombrarse si, quince días después de su llegada, los tres peregrinos de la Libertad no han sido todavía recibidos por el Papa. Sólo más tarde, por su correspondencia, es cuando se conoce verdaderamente a los hombres. Mientras La Mennais y sus amigos se consumen a la sombra del mudo Vaticano, el “enclenque clericucho” escribe a su amigo Gerbert: “Representaos a este anciano (el Papa) rodeado de hombres que llevan los asuntos y de los cuales varios no están ni siquiera tonsurados; hombres para quienes la religión les es tan indiferente como lo es a todos los gabinetes de Europa, ambiciosos, codiciosos, avaros, cobardes como un estilete, ciegos e imbéciles como eunucos del Bajo Imperio; este es el gobierno de este país, éstos son los que dirigen todo y los que sacrifican diariamente a la Iglesia a los intereses más miserables, concebidos neciamente, referentes a sus negocios temporales”. A fines de febrero, el Papa hizo saber a La Mennais y a sus amigos que podían regresar y que sus doctrinas serían examinadas. ¿Cómo se las arregló La Mennais? Lo cierto es que Gregorio XVI, el 13 de marzo de 1832, concedió la audiencia que había sido rechazada. Unicamente no habló de L’Avenir. Habló del padre Jean Marie de La Mennais, el hermano de Féli, de las obras piadosas de este primogénito del que se sirve como reproche indirecto. A Montalambert le habla de la piedad de su madre. Habla de las campanas de San Pedro que resuenan en el invierno romano. También habla de arte, hace admirar a La Mennais un reproducción del Moisés de Miguel Angel, le ofrece una toma de rapé, distribuye medallas de San Gregorio, bendice rosarios y despide a los tres “peregrinos de la Libertad”. La audiencia ha durado un cuarto de hora. “Ya no hay Papado, ¡así están las cosas!”, decreta La Mennais. Sin Monarquía, sin Papado, ¿qué queda? Queda el pueblo. En junio de 1832, La Mennais abandona Roma, “la gran tumba donde sólo se encuentran huesos”. Dejó el relato de su marcha: 

“Era el mes de julio, hacia el atardecer. Desde las alturas que dominan la cuenca donde serpentea el Tíber, lanzamos una triste y última mirada sobre la Ciudad Eterna. Los rayos del sol poniente inflamaban la cúpula de San Pedro, imagen y reflejo del antiguo esplendor del Papado”.

La Mermáis no regresa directamente a París. Pasa por Munich donde cuenta con numerosos discípulos. Parece que confía en la decisión final de Roma y hasta escribe tranquilamente a su hermano el padre Jean Marie: “Nuestra misión aquí (en Roma) ya está cumplida. Las personas más destacadas ven como ganada nuestra causa cerca de la Santa Sede”. El 31 de julio, en Venecia, incluso había anunciado su decisión de reanudar la publicación de U Avenir cuando regresase a París. El 12 de agosto había llegado a Munich. Lo que La Mennais ignoraba, es que tres días antes, la Congregación de Cardenales había dado el último toque a la encíclica Mirwri Vos. Es en Munich, el 30 de agosto, en el transcurso de un banquete ofrecido en su honor cuando La Mennais recibió un pliego de la Santa Sede que contenía el texto de la Encíclica. La anécdota refiere que le fue llevado sobre una bandeja de plata. El hotel debía de ser de primera clase. La encíclica Miran Vos es un documento de considerable importancia: es la primera condenación hecha en contra de esta herejía difusa a la que se denominará sucesivamente: liberalismo católico, modernismo, sillqnismo, democracia-cristiana, progresismo e izquierda cristiana. Gregorio XVI, cuyo primer acto de su pontificado era éste, anunciaba que se estaba en la hora del poder de las tinieblas: “Las lecciones y los ejemplos de los maestros pervierten a la juventud —decía el Papa—; los desastres de la religión se acrecientan inmensamente y la inmoralidad más espantosa triunfa y se extiende. Así, una vez que han sido rechazados con desprecio los vínculos sagrados de la religión, los únicos que conservan los reinos y mantienen la fuerza y el vigor de la autoridad, yernos desaparecer el orden público, declinar la soberanía y todo poder legítimo amenazado por una revolución cada vez más cercana”. Y el Papa acusaba a las sociedades secretas de haber “por así decirlo, vomitado en una especie de sentina, todo lo que hay en su seno de licencioso, de sacrilego y de blasfemo”. Gregorio XVI sabía de qué hablaba. Había tenido en sus manos las Instrucciones de la Alta Venta de los Carbonarios, cuyo texto hará publicar Pío IX algunos años más tarde, en 1860 42. “El trabajo que vamos a emprender—escribían los conjurados— no es obra de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, acaso un siglo (...). Lo que debemos buscar y esperar, como los judíos esperan al Mesías, es un Papa según nuestras necesidades”. ¿Y de qué manera? “Ante todo se trata de prepararle, a este Papa, una generación digna del reino que soñamos (...). Que el clero camine bajo nuestro estandarte creyendo siempre que camina bajo la bandera de las Llaves Apostólicas (...). Habréis predicado una revolución de tiara y capa pluvial, caminando con la cruz y el estandarte, una revolución que no necesitará más qué ser ligeramente estimulada para prender fuego en todos los extremos de la tierra”. Uno de los jefes de la secta del que únicamente se sabe que era un banquero judío y que viajaba mucho, escribía a sus cómplices: “La revolución en la Iglesia es la revolución continua... ”. Tal es la coyuntura histórica en la cual conviene situar la encíclica Mirari Vos. “El lugar que Nos ocupamos —decía Gregorio XVI— nos advierte que no basta con lamentar estas innumerables desdichas, si Nos no hacemos también todos nuestros esfuerzos para secar sus fuentes”, y él comenzaba por establecer que “toda novedad abre una brecha en la Iglesia Universal”, que “nada de lo que ha sido convenientemente definido admite ni disminución ni cambio, ni adición y rechaza toda alteración del sentido e incluso de las palabras”. Condenación doctrinal y sin equívoco de todo AGGIOR- NAMENTO. “Puesto que, para servirnos de las palabras de los Padres de Trento —proseguía Gregorio XVI— es una verdad que la Iglesia ha sido instruida por Jesucristo y por sus apóstoles y que el Espíritu Santo, por su continua asistencia, jamás deja de enseñarle toda verdad, es el colmo del absurdo y del ultraje hacia ella pretender que una restauración y que una regeneración le sean necesarias para asegurar su existencia y sus progresos, como si pudiese creerse que ella también estuviese sujeta, sea al desfallecimiento, sea a la oscuridad, sea a cualquier otra alteración de este género. ¿Y qué quieren estos innovadores temerarios, si no dar nuevos fundamentos a una institución que ya no sería, precisamente por esto, más que la obra del hombre... volviendo a la Iglesia, que es divina, humana?”. Tal es la condenación que cae sobre los “innovadores”, sobre los de hoy, como sobre los de ayer, pues un error no deja de ser un error. Gregorio XVI condenaba a continuación a los que —ya entonces— reclamaban el matrimonio de los sacerdotes, la misa en lengua vulgar y la “libertad de conciencia”. A propósito de esto, recordaba lo que decía San Agustín: “¡Qué muerte hay más funesta para las almas que la libertad del error!”. Luego, venía la gran página donde Gregorio XVI se expresaba sobre la libertad de opinión. Página admirable por el estilo y por la profundidad del pensamiento. ¿Pues quién hoy en día se atrevería todavía a ir así hasta el fondo de las cosas? Cuanto más caminamos, más nos tapamos los oídos y más nos vendamos los ojos por miedo a escuchar y ver la verdad. He aquí la página de la que hablo:

“En efecto, viendo quitar así a los hombres todo freno capaz de retenerlos en los senderos de la verdad, arrastrados como ya lo están a su perdición por una natural inclinación al mal, es una realidad que Nos digamos que está abierto el pozo del abismo, del que San Juan vio ascender una humareda que oscurecía el sol y langostas salidas para la devastación de la tierra. De ahí, en efecto, la poca estabilidad de los espíritus; de ahí, la corrupción siempre creciente de los jóvenes; de ahí, en el pueblo, el desprecio de los derechos sagrados y de las cosas y de las leyes más santas; de ahí, en una palabra, la plaga más funesta que pueda devastar los Estados, puesto que la experiencia nos atestigua y la antigüedad más remota nos enseña que ciudades poderosas en riquezas, en dominación y en gloria, han perecido por este único mal: la libertad sin freno de las opiniones, la licencia de los discursos públicos, la pasión de las novedades”. 

Y Gregorio XVI mostraba el trabajo de zapa realizado por “una multitud inmensa de libros, de folletos y de otros escritos, pequeños en volumen es verdad, pero enormes en perversidad”. Y no se pretenda “que el diluvio de errores que de ahí se desprende está compensado con la abundancia suficiente por la publicación de algún libro impreso para defender, en medio de este montón de iniquidades, la verdad y la religión. Es sin duda un crimen, y un crimen reprobado por cualquier derecho, el cometer con propósito deliberado un mal real y muy grande con la esperanza de que acaso resulte de él algún bien; ¿y qué hombre sensato osará jamás decir que: está permitido difundir venenos, tomarlos con avidez bajo pretexto de que existe algún remedio que ha arrancado a veces de la muerte a quienes se han servido de ellos?”. A quienes han caminado demasiado tiempo en las: tinieblas, la luz demasiado viva les hiere la vista. La Encíclica terminaba con una llamada a la obediencia debida a los soberanos; en resumen, La Mennais no había sido nombrado una sola vez y en todas partes se apuntaba a él. ; La tarde del 30 de agosto de 1832, La Mennais, aturdido por el golpe que le habían dirigido, declara que sus amigos y él mismo se someten y que L’Avenir no reaparecerá. A fines de septiembre, La Mennais lleno de deudas, y a quien Guizot ha librado de la prisión y Montalambert ha concedido una renta de doscientos francos por mes, se retira a La Chesnaie. Lacordaire es el primero que va a romper. Comprendió muy bien que La Mennais no se había sometido realmente. Pues, ¿no había empleado en su declaración esta singular expresión: que sus amigos y él “abandonaban la lid”? Esto no quería decir que La Mennais aceptase la doctrina de Mirari Vos. Sencillamente, constataba que en la Iglesia la defensa de las ideas de VAvenir ya no era posible; pero, ¿fuera de la Iglesia? De noche, después de un esfuerzo supremo, Lacordaire huye de La Chesnaie, dejando una carta de despedida : “... Os dejo, con la convicción de que mi vida en adelante os sería inútil a causa de la diferencia de nuestros pensamientos sobre la Iglesia y la Sociedad”. Desde su regreso de Roma, La Mennais no ha publicado nada, pero mantiene una abundante correspondencia que nos permite reconstituir su estado de ánimo: “El catolicismo —escribe el 1? de noviembre de 1832— era mi vida, porque era la de la humanidad; •quería defenderlo, quería sacarlo del abismo en el que se va hundiendo cada día; nada era más fácil. Los obispos han visto que esto no les convenía. Quedaba Roma, he ido allí y allí he visto la más infame cloaca que jamás haya manchado la mirada humana. La cloaca gigantesca de Tarquino sería demasiado pequeña para dar paso a tantas inmundicias. Allí no hay otro Dios que el interés: allí se vendería a los pueblos, al género humano, allí se vendería a las Tres Personas de la Santísima Trinidad —una tras otra, o todas juntas— por un trozo de tierra o por algunas piastras”. “La carta del Papa, que no tiene ningún carácter dogmático, que no es, a los ojos de todos los que entienden esta clase de cosas, sino un acto de gobierno, bien podía imponerme momentáneamente la inacción, pero no alguna creencia” (15 de noviembre de 1832). El tono de sus cartas es cada vez más áspero. De Monseñor de Quélen, arzobispo de París, escribe: “Este hombre está afectado de una enfermedad extraordinaria: se levanta por la noche lanzando gritos, hace llamar a su médico, a su confesor, y el mal, según unos, está sólo en su inquietud, otros dicen que en su conciencia”. De Mons. de Frayssinous escribe que es “un obispo cismático” y que “cuando se haya sacado partido de este hombre se escupirá encima y estará hecho su epitafio”. Además, el cuerpo episcopal todo entero está formado por “lacayos tonsurados”. “Son gentes que ño quieren andar. iPam! una patada en el... que les empuja cien pasos”. Gregorio XVI no es más que “un cobarde e imbécil anciano”. Conclusión: “Que el Papa y los obispos se las arreglen como puedan y en lugar de hacernos campeones del catolicismo, dejemos a la Jerarquía y presentémonos simplemente como los hombres de la libertad y de la humanidad”. En la soledad de La Chesnaie, el Maestro enseña todavía a algunos fieles discípulos. Maurice de Guérin, que es uno de ellos, nos ha dejado esta descripción de los días en La Chesnaie en 1832:

“ El gran hombre es bajo, frágil, pálido, de ojos grises, cabeza alargada, nariz gruesa y larga, la frente surcada profundamente de arrugas que descienden por el entrecejo hasta el arranque de Ja nariz, vestido de gris de los pies a la cabeza, corriendo por la habitación hasta cansar nuestras jóvenes piernas, y cuando salimos a pasear, va siempre en cabeza, tocado con un mal sombrero de paja. “Nos levantamos a las cinco, después viene la oración, la meditación espiritual. Cenamos a las ocho. A las diez, todo el mundo está en la cama. La Mennais cena un caldo de patatas y una taza de chocolate, pero cuando hay forasteros, ‘la cena es mucho mejor, con café y licores’ y después ‘Féli’ narra su ‘campaña de Italia’, como él llama a su último viaje a Roma. “Después de cenar pasamos al salón. El (La Mennais) se echa en un inmenso sofá, viejo mueble de raído terciopelo carmesí, que se encuentra colocado precisamente bajo el retrato de su abuela; en él se observan algunos rasgos del nieto y parece mirarle con complacencia. Es la hora de la charla. Entonces, si entraseis en el salón veríais allí, en un rincón, una pequeña cabeza, nada más que la cabeza, el resto del cuerpo desaparece en el sofá, con ojos brillantes como carbunclos y girando sin cesar sobre su cuello, oiríais una voz, a veces grave, a veces burlona y de vez en cuando agudas y largas carcajadas: es nuestro hombre. “El 5 de abril de 1833, por última vez, La Mennais reunió a sus amigos. Era el día de Pascua, la puerta de la capilla se abrió, una pequeña sombra avanzaba hacia la pila del agua bendita y alguien se arrojaba de rodillas sobre el crujiente suelo, con una especie de anonadamiento. Después, todo volvía a quedar en silencio e inmóvil. F. de La Mennais rezaba ante el altar”.

La homilía que va a pronunciar ese día está sacada de San Mateo: “Y vosotros también os escandalizaréis por mi causa, porque escrito está: heriré al pastor y se dispersará el rebaño”. Y el grito de La Mennais es la escena romántica: 

"Ya no hay razón para estar con vosotros. Yo sería para vosotros sujeto de escándalo, os desviaría, a pesar mío y para vuestra desgracia, del camino que os he trazado. El pastor ha sido herido de ceguera, ¿cómo podría conducir su rebaño? Dispersaos, amigos míos, mis bienamados hijos, mis ojos se cierran y mis caminos se vuelven oscuros, permaneced en la luz que os he dado y dejad que los muertos entierren a los muertos”. 

Y La Mennais cae desvanecido contra el altar. Cuando se leen las cartas que La Mennais escribía entonces, se comprende que interiormente ya había abandonado la Iglesia —si alguna vez estuvo en ella. “Ha llegado el tiempo de decirlo todo”, anuncia y profetiza:

“Dentro de pocos años, la Iglesia, liberada por acontecimientos extraordinarios se regenerará y hasta ese momento no debe esperarse nada. Las cosas se preparan para una reforma inmensa. “Las viejas Jerarquías, tanto políticas como eclesiásticas, desaparecerán juntas... ”. “¿Qué será la nueva Iglesia?”. “Lo ignoro —responde La Mennais—. No se sabía más cuando la Sinagoga expiró, o, mejor dicho, cuando sufrió la transformación profetizada”. 

La Mennais parece tener razón cuando predice que se verá una nueva Iglesia. En efecto, estamos en ello, pero la “reforma inmensa” no es más que el resultado •de un complot. Algunos hombres lo han concebido y proseguido durante años. Que otros hombres lo desenmascaren y arrojen toda la luz sobre sus intrigas subterráneas, su objetivo verdadero, y entonces, la historia dará la vuelta inmediatamente. Hay reacción. Se vio bajo San Pío X. Por lo demás, La Mennais no está todavía tan seguro •del futuro. Desearía ganar tiempo, no romper inmediatamente con Roma, esperar que los progresos de la Revolución lleven a Roma a un arreglo. Asegura su sumisión a los actos de la Santa Sede y proclama su resolución “de permanecer en el futuro, en sus escritos y en sus actos, totalmente apartado de las cosas que se refieren a la Iglesia”.

¡Pobre astucia del diablo! La Mennais olvida que es sacerdote y que anunciar que, en adelante, ya no hablará de las cosas que se refieren a la Iglesia, es abandonar de hecho su ministerio. El 4 de noviembre de 1833, el obispo de Rennes le retira sus poderes sacerdotales. El 11 de diciembre, La Mennais, acorralado, firma el texto siguiente: “Yo, el que suscribe, declaro en los mismos términos de la fórmula contenida en el breve del Soberano Pontífice Gregorio XVI de fecha 5 de octubre de 1833, seguir única y absolutamente la doctrina expuesta en la encíclica del mismo Papa y me comprometo a no escribir nada, ni a aprobar nada que no esté conforme con ella”. —He firmado, he firmado —dirá a sus amigos— ¡habría firmado que la luna había caído en China! Tres meses más tarde reanuda la guerra contra la Jerarquía que, dice, se ha puesto “fuera de lugar”. “Se trata de una transformación análoga a la que aconteció hace dieciocho siglos... ”, La Mennais está por excomulgar al Papa y a los obispos y anuncia un nuevo Mesías: el Pueblo.

Félicité de La Mennais ya no es en 1834 más que “un secularizado con un nombre ridículo que parece una burla del destino”. Acaba de publicar el manifiesto de la democracia cristiana: Las paroles d’un Croyant (Palabras de un Creyente) y, para indicar su “paso al pueblo”, en adelante firmará: Lamennais en una sola palabra, sin partícula, como esos nobles del tiempo de la Revolución aliados al nuevo régimen. Las paroles d’un Croyant (Palabras de un Creyente) están dedicadas al Pueblo: 

“Este libro ha sido hecho especialmente para vosotros. Es a vosotros a quienes lo ofrezco. ¡Ojalá pueda, en medio de tantos males que son vuestra herencia, de tantos dolores que os aquejan sin ningún reposo, animaros y consolaros un poco! Vosotros que lleváis el peso del día, querría que pudiese ser para vuestra pobre alma cansada lo que es al mediodía, en un rincón del campo, la sombra de un árbol, por raquítico que sea, para el que ha traba- j'ado toda la mañana bajo los ardientes rayos del sol”. 

Lamennais se dedica a explicar que no hay incompatibilidad entre el Evangelio y la Libertad, que ésta solamente existe entre la religión tal como Roma la enseña y las aspiraciones del pueblo. El libró es rico en imágenes de sombrío lirismo romántico, tal como la escena del banquete de los reyes bebiendo sangre en cráneos y confesando sus más secretos pensamientos: uno quiere abolir la religión porque ha abolido la esclavitud; otro propone ahogar la ciencia y el pensamiento, causas del despertar del pueblo; un tercero dice que hay que embrutecer al pueblo por la relajación de costumbres para que no note su miseria; el cuarto dice que hay que reinar por el terror y los suplicios, pero el último, más agudo, explica que basta con ganar a los sacerdotes, porque con ellos se será dueño de todo. Pero el Pueblo no puede nada si no está organizado: 

“Cuando un árbol está solo, es golpeado por el viento y despojado de sus hojas, y sus ramas, en lugar de elevarse, se inclinan como si buscasen la tierra. “Cuando una planta está sola, no encontrando defensa alguna contra el ardor del sol, languidece, se seca y muere. “Cuando el hombre está solo, el viento del poder le inclina hacia la tierra y el ardor de la codicia de los grandes de este mundo absorbe la savia que le nutre. “Así pues, no seáis como la planta y el árbol que están solos, sino unios unos a otros y apoyaos, y resguardaos mutuamente. “Dios no os hizo para ser el rebaño de unos cuantos hombres. Os hizo para vivir libremente en sociedad como hermanos. ' “Sed hombres: nadie es suficientemente poderoso para unciros al yugo a pesar vuestro; pero podéis pasar la cabeza por el collarón, si lo deseáis”.

Gregorio XVI ha visto el peligro de esta herejía de los tiempos modernos que sustituye la Revolución social a la revolución espiritual. El 25 de junio de 1834, condena Les paroles d’tm Croyant (Palabras de un Creyente), “ese libro pequeño de dimensiones, pero inmenso de perversidad, en el que por un abuso impío de la palabra de Dios, los pueblos son criminalmente empujados a romper los vínculos de todo orden público, a derrocar a esta y a aquella autoridad, a excitar, a alimentar, extender y fortificar las sediciones en los imperios, los disturbios y las rebeliones, libro que encierra, por consiguiente, proposiciones respectivamente falsas, calumniosas, temerarias, que conducen a la anarquía, contrarias a la palabra de Dios, impías, escandalosas, erróneas, ya condenadas por la Iglesia especialmente en los Husitas, los Valdenses, los Wiclefitas y otros herejes de esta especie”. No es lo menos interesante de esta encíclica (Singulari Vos) el subrayar la filiación de la herejía lame- nesiana. Lamennais no aparece como un “innovador” sino a los ojos de los ignorantes; su doctrina no es nueva, no es más que una mezcla romántica de los postulados de los husitas, valdenses y otros herejes de los tiempos pasados. Ocho ediciones en menos de un año, más de cien mil ejemplares vendidos, el consejo de ministros proyecta las medidas que debe tomar contra los posibles efectos de tal llamada a la rebeldía: Les Paróles dyun Croyant (Palabras de un Creyente) tuvieron un éxito enorme que pronto decayó. Sin embargo, este librito continuó inquietando los espíritus largo tiempo. Charles Maurras refiere como, en el Liceo de Aix, leyó estas fogosas páginas y el efecto fulminante que le produjeron: “El mundo se me apareció dividido en opresores y oprimidos, explotados y explotadores; todos los ricos, perversos; los pobres, divinamente buenos; cada uno de los signos del poder o de la riqueza se correspondía con algún cuerno de la Bestia, toda rebelión justificada y colmada de bendiciones; esta noción de espartaquismo, alimentada de sentimientos piadosos y de una noción exaltada de la justicia divina y de humanidad indomable, no permitía en absoluto más que un tipo de régimen: la teocracia revolucionaria. Me hice pues republicano teócrata sin pensar en las consecuencias: comunidad de bienes, igualdad absoluta de padres e hijos, de maestros y discípulos...”. Así pues, Maurras fue cierto tiempo demócrata cristiano, republicano teócrata, como dice más exactamente, porque hay en Lamennais un fondo de autoritarismo clerical mal encubierto por la demagogia de la prosa. A fines de marzo de 1834, retirado en La Chesnaie, aún embrolla el alcance de la encíclica de Gregorio XVI. No es más, dice, que “la opinión personal de Mauro Capellán”. Su orgullo alcanza tales alturas que a veces uno se sentiría tentado a hablar de locura. El anota en sus Cuadernos, con fecha del trece de julio: “Dicen que estoy solo. Cuando Cristo murió en la cruz, también estaba solo”. ¿Blasfemia? Seguro, pero no existe certeza de que Lamennais tenga conciencia de ello. “Quise comenzar una vida totalmente nueva”, escribe en enero de 1834. Esta vida nueva tiene algo de espantoso. Lacordaire lo narrará más tarde: 

“En los últimos tiempos en que le vi, cuando su alma estaba turbada por la decadencia de su partido y el abandono en que Roma le había dejado, yo le sorprendía en actitudes sombrías y espantosas, me recordaba a Saúl... Tanto por su carácter como por su espíritu, sólo podía detenerse cuando ya no quedaba nada por destruir”.

Después de Les paroles d’un Croyant (Las palabras de un Creyente) Lamennais se hunde en su error, buscando mediante libros cada vez más violentos, sublevar al pueblo predicando una “nueva sociedad”. Además, esto está de moda. En el gran vacío dejado por la desaparición de la Legitimidad y la perturbación de la Iglesia, cada cual aportaba su sistema. En los Affaires de Rome (Asuntos de Roma), que publica en 1837 y donde cuenta a su manera el viaje de los “peregrinos de Dios y de la Libertad” en 1832, también anuncia su Iglesia.

“Si los hombres acuciados por la imperiosa necesidad de reanudar, por así decir, su trato con Dios, de rellenar el vacío inmenso que la religión ha dejado en ellos al retirarse, se vuelven a hacer cristianos, que no se piense que el cristianismo al que se vuelven a vincular puede ser jamás el que se les presenta bajo el nombre de catolicismo. Hemos explicado el porqué, mostrando un futuro inevitable y ya cerca de nosotros, en el cual el cristianismo será concebido y el Evangelio interpretado de una manera por los pueblos, de otra manera por Roma; de un lado el pontificado, del otro la raza humana, esto lo dice todo”.

Esta idea de un cristianismo interpretado directamente por el pueblo, evolutivo, político, ganó a mediados del siglo xix muchas mentes. Generalmente se ignora que Chateaubriand fue al fin de su vida un discípulo de Lamennais. La inteligencia humana, piensa el ilustre Vizconde, se adentra cada vez más en el cristianismo con los siglos, “hace un inventario, lo deletrea, descubriendo hoy en él lo que no veía la víspera y que sin embargo estaba allí. La formulación es la que cambia y se precisa y se agranda a medida que el espíritu prosigue su obra explicativa. Y esta aparente “transformación” del cristianismo “encierra la transformación universal”. “La libertad (...) entregará a las naciones este Nuevo Testamento escrito en su favor y hasta ahora trabado en sus cláusulas”. “Todavía no se ha cumplido más que una muy pequeña parte de la misión evangélica”. “Lejos de estar a su término, LA RELIGIÓN DEL LIBERTADOR ENTRA APENAS EN SU TERCER PERÍODO, EL PERÍODO POLÍTICO: LIBERTAD, IGUALDAD, Fraternidad” 43. Chateaubriand no tuvo el ánimo taciturno de La- mennais, pero sabemos, por una carta de este último, que compartía su herejía. El 11 de febrero de 1846 Lamen- nais escribe a Marlón:

“ Jesucristo (...) no solamente no ha ligado la ley que anunciaba a ninguna concepción dogmática, sino que ha querido, muy expresamente, que no lo fuese (...) yo hablaba de ello últimamente con Chateaubriand, quien me respondió: — Está claro como el día” .

Espigando en los escritos de Chateaubriand, se hacen singulares descubrimientos: le vemos opinar que “los ornamentos del altar deben cambiar según los siglos”, considerar al cristianismo como “la verdad religiosa”, pero “no como Bossuet, haciendo del dogma un círculo inflexible, sino un círculo que se extiende a medida que las luces de la libertad se desarrollan”. Y es Chateaubriand quien escribirá un día a La- mennais:
“ Desearía veros Papa” . ¡Qué amable de su parte no pretender el puesto para él! Tanto más cuanto que Lamennais, mala lengua, dirá del Vizconde: “no conozco hombre más curioso, él solo es toda una comedia”. Lo que sí es cierto, es que el último acto de la comedia fue progresista. Chateaubriand no ha hablado de “sentido de la historia”, pero ya se encuentra en su pluma esta “fuerza de las cosas”, que otro imitando su estilo traducirá por la pesada frase: “siendo las cosas lo que son”. “¿ Queréis —escribe Chateaubriand— que la idea cristiana no sea la idea humana en progresión? Consiento en ello”.

Volvemos a encontrar aquí los grandes temas del MODERNISMO. No son pues ni nuevos, ni tan originales como querrían hacérnoslo creer. Tienen una edad de un siglo. Esto es molesto para los innovadores. ¿No sería mejor confesar que el error no tiene edad y no hace sino disfrazarse de siglo en siglo, con nuevas palabras? Es verdad que entonces ya no bastaría proclamarse moderno, haría falta justificar su verdad. Esto sería mucho más difícil. Esta “nueva Iglesia” con la que sueñan Lamennais y Chateaubriand, ya no es “romana”, suprime la tiara, no tiene ninguna justificación, sencillamente ha nacido del tintero de F. de Lamennais y de M. de Chateaubriand, dos bretones románticos que escribían bien. La crítica más pertinente que se haya hecho de este cristianismo democrático, es la de Charles Maurras en la Democratie réligieuse (Democracia religiosa): “Suprimido lo ‘romano’ —decía— y con lo romano abatidas la unidad y la fuerza de la Tradición, los monumentos escritos de la fe católica obtendrán necesariamente toda la parte de la influencia religiosa arrebatada a Roma. Se leerá directamente en los textos, se leerá sobre todo en ellos la letra, esa letra que es judía, actuará, si Roma no lo explica, al estilo judío. “Alejándose de Roma, nuestros clérigos evolucionaron cada vez más, como evolucionaron los clérigos de Inglaterra, de Alemania y de Suiza, incluso de Rusia y de Grecia. Convertidos de sacerdotes en “pastores” y en “ministros del Evangelio”, se volverán progresivamente al rabinismo y os harán virar poco a poco hacia Jeru- salén... Apartada de la Sede romana, en ausencia de las tradiciones y de las interpretaciones de la Iglesia, la letra hebraica de las Escrituras, los comentarios de los rabinos y su exegesis, en una palabra, el espíritu judío, ganan todo lo que pierde el espíritu del catolicismo”. Maurras escribía esto en 1906. Desde entonces las cosas han ido muy de prisa. A medida que transcurren los días, después de su ruptura con Roma, Lamennais se desprende de las cuestiones religiosas. Está dedicado totalmente a su nuevo mito: el Pueblo. Para él escribe en 1837, el Livre du Peuple (El libro del Pueblo). Divide la sociedad en dos: de un lado los privilegiados, del otro el Pueblo. El inmenso problema de la Caída, como decía Blanc de Saint-Bonnet, ni siquiera parece presentarse ya al espíritu del exclaustrado. Este hombre que, como sacerdote, habría debido penetrar en el fondo de las conciencias y reconocer en ellas el germen de los males de la Sociedad, se ha vuelto a convertir en el discípulo de Rousseau. Está dispuesto a decir que la sociedad es la que corrompe al hombre y que por lo tanto hay que cambiar la sociedad. No ve que la sociedad está corrompida porque está compuesta de hombres. En 1838, Lamennais publica la Politique a Vusage du Peuple (La política para uso del Pueblo). Anuncia en ella la República Universal. Hacia 1840, hace el papel de jefe del partido avanzado y publica ese año un violento panfleto contra Luis Felipe: Le Pays et le Gouver- nement (El País y el Gobierno) que le costará un año de prisión que cumple en Sainte-Pélagie donde Chateaubriand fue a verle “arriba, en la útlima habitación, bajo un techo rebajado que se puede tocar con la mano”, lo que nos ha valido una página sobre Lamennais en las Memoires de Outre-Tombe (Memorias de Ultratumba). 

“ Fiel que profesa la herejía, el autor de UEssai sur VIndifférence (Ensayo sobre la Indiferencia) habla mi lengua con mis ideas. Si después de haber abrazado la enseñanza evangélica popular, se hubiese quedado vinculado al sacerdocio, habría conservado la autoridad que sus cambios han destruido. Los curas, los nuevos miembros del clero (y los más distinguidos entre estos levitas) iban a él; los obispos se hubieran visto comprometidos en su causa si se hubiese adherido a las libertades galicanas, sin dejar de reverenciar al sucesor de San Pedro y defendiendo la unidad. “En Francia, la juventud hubiera rodeado al misionero en el que encontraba las ideas que ama y los progresos a los que aspirá; en Europa, los disidentes atentos no habrían puesto obstáculos, grandes pueblos católicos, los polacos, los irlandeses, los españoles, habrían bendecido al predicador que había surgido. Incluso Roma, habría acabado por darse cuenta que el nuevo evangelista hacía renacer el dominio de la Iglesia y proporcionaba al Pontífice oprimido el medio de resistir a la influencia de los reyes absolutos. ¡Qué potencia de vida! ¡La inteligencia, la religión, la libertad representadas en un sacerdote ! “Dios no lo ha querido: de repente, le faltó la luz a quien era la luz; al ocultarse el guía ha dejado al rebaño en la oscuridad. A mi compatriota, cuya carrera pública está interrumpida, siempre le quedará la superioridad privada y la preeminencia de los dones naturales; yo le emplazo a mi lecho de muerte para airear nuestras grandes discusiones ante esas puertas que sólo se traspasan una vez. Me gustaría que su genio derramase sobre mí la absolución que en otro tiempo su mano tenía derecho de hacer descender sobre mi cabeza. Hemos sido acunados por las mismas olas; que a mi ardiente fe y a mi admiración sincera les sea permitido esperar que volveré a encontrar aún a mi amigo reconciliado, en la misma orilla de las cosas eternas”.

La bella prosa romántica rueda como los guijarros llevados por la ola y reprocha suavemente a Lamennais el haber abandonado la Iglesia, pues hubiera bastado permanecer en ella para deslizar insensiblemente sus ideas... La lección de Chateaubriand no se perderá para los sucesores de Lamennais. No abandonarán la Iglesia, la minarán desde el interior, engañando, ocultos como los carbonarios.
El último gran libro de Lamennais apareció en 1841, su título era: Du Passé et de VAvenir du Peuple (Del Pasado y del Porvenir del Pueblo). En él se encuentra una interesante crítica del comunismo que comenzaba a inquietar al “innovador” ya sobrepasado: “Habiendo sido abolida toda propiedad privada —escribía— no hay más poseedor de derecho que el Estado. Este modo de posesión, si es voluntario, es el del monje obligado por sus votos tanto a la obediencia como a la pobreza; si no es voluntario, es el del esclavo, donde nada modifica el rigor de su condición. Todos los lazos de la humanidad, las reacciones de simpatía, la entrega mutua, el intercambio de servicios, la libre entrega de sí, todo lo que hace el encanto de la vida y su grandeza, todo, todo ha desaparecido, desaparecido para siempre. De tal manera que todos los medios propuestos por los colectivistas para resolver el problema del futuro del pueblo van a parar a la negación de todas las condiciones indispensables de la existencia, destruyen, ya sea directa, ya sea implícitamente, el deber, el derecho, la familia, y no producirían, si pudiesen ser aplicados a la sociedad en lugar de la libertad en la cual se resume todo progreso real, más que una servidumbre a la que la historia, por mucho que nos remontemos en el pasado no ofrece nada comparable”. “Nada hay que oponer a esta lógica”, decía M. de Chateaubriand. Sí, una cosa; su democratismo, su sumisión a la ley del Número debía arrastrarla a aceptar las peores consecuencias de las pasiones populares, incluso la pérdida de la libertad. Una vez más, la Revolución de 1848, arrastra a Lamennais a los grandes movimientos populares. Es elegido diputado, se sienta a la izquierda y lanza un diario: Le Peuple Constituant. Pero si Lamennais marcha siempre con la revolución, apenas la revuelta ha instaurado un nuevo poder, una insatisfacción perpetua se levanta con tra éste. Es lo que también le sucede el 10 de julio de 1848; habiendo restablecido el gobierno la caución para contener la anarquía de la prensa, Lamennais hace salir su periódico enmarcado de negro y anuncia que en adelante dejará de aparecer. “Le Peuple Constituant —escribía— ha comenzado con la República, termina con la República, pues lo que vemos no es ciertamente la República, ni siquiera algo que se llame de alguna manera”. ¿Se da cuenta Lamennais que está en un callejón sin salida? ¿Que se ha equivocado sobre la monarquía, sobre la Iglesia y finalmente sobre la democracia? Alexis de Tocqueville nos ha dejado un retrato de Lamennais diputado, que permite situar al hombre al final de su vida: “Hay que considerar sobre todo a los sacerdotes secularizados —escribe Tocqueville— si queremos hacernos una idea exacta del poder indestructible y por así decir infinito, que ejercen el espíritu y las costumbres clericales sobre aquéllos que ya han estado sometidos a ellos. Por más que Lamennais llevase medias blancas, un chaleco amarillo, una corbata de colorines y una levita verde, no por ello dejaba de ser sacerdote por el carácter e incluso por su aspecto. Avanzaba con pasos cortos, apresurados y discretos, sin jamás volver la cabeza ni mirar a nadie, y así se deslizaba entre la multitud con un aspecto torpe y modesto, como si hubiese salido de una sacristía, y junto a esto un orgullo como para andar sobre cabezas de reyes y enfrentarse con Dios”. 
Después del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, Lamennais se recluye en la soledad, traduce la Divina Comedia y reúne sus pensamientos que aparecerán después de su muerte. ¿De qué vive? Crétineau-Joly refiere un hecho sin
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guiar: Lamennais había publicado con su nombre, en otro tiempo, opúsculos ascéticos y mientras sus grandes libros políticos no habían conocido más que un éxito efímero, tuvo asegurado el pan de su vejez por la venta regular de sus obras piadosas, “este pensamiento fue para él un tormento supremo”. Amargado, ya casi no veía a nadie y sólo visitaba todos los días a los animales del Jardín de Plantas. A comienzos de 1854 enfermó de pleuresía. Sintió llegar la muerte. Entonces tomó sus últimas disposiciones, nombró sus albaceas testamentarios, legó sus obras y sus manuscritos a un antiguo redactor del National, M. Forgues, y pidió a sus últimos amigos: Henry Martin, Carnot, Barbet y algunos otros, que “le pusieran al abrigo de los sacerdotes”. “Quiero ser enterrado en medio de los pobres —había dispuesto— y como lo son los pobres. No se pondrá nada sobre mi tumba ni siquiera una simple losa. Mi cuerpo será llevado directamente al cementerio sin ser expuesto en ninguna iglesia”. El 27 de febrero de 1854, unas horas antes de morir, Lamennais quiso hablar, pero no conseguía articular palabra, “entonces se volvió hacia la pared con un movimiento de impaciencia desalentada”. ¿Qué había querido decir? Sus funerales tuvieron lugar furtivamente el 1? de marzo. Se había adelantado la hora porque la autoridad temía disturbios, seis u ocho personas seguían el coche fúnebre del que la fuerza armada alejaba a la multitud. “El féretro fue bajado a una de esas largas y horribles zanjas donde se entierra al pueblo. Cuando se le recubrió de tierra, el enterrador preguntó: “¿Hay que PONER una cruz? M. Barbet respondió: No. F. de Lamennais había dicho: Sobre mi tumba no se pondrá nada”.

Un día de 1895, la dirección del Ami du Clergé recibió una carta de un lector que relataba las confidencias hechas por un jesuíta, el P. Bazin, a unos seminaristas de Rennes, hacia 1867: “El P. Bazin (...) predicaba un retiro a los estudiantes del Seminario Mayor de Rennes y en una plática les habló de Lamennais, del cual había sido discípulo. Afirmó que después de la defección de su maestro no abandonó jamás sus relaciones con él y que, hasta su muerte, le veía por lo menos una vez por semana. El P. Bazin durante una conversación le hizo esta pregunta:
 ‘Maestro, ¿recordáis que fuisteis vos quien me empujó a tomar el camino que ahora sigo?; he obedecido vuestros consejos. Hoy ¿qué me diríais?'. —‘Has hecho bien', respondió Lamennais. —‘Vos, Maestro, ya no estáis en el camino que habíais tomado al comienzo' y Lamennais, entonces, se limitó a bajar la cabeza”. Pero he aquí el hecho más importante que ha referido el P. Bazin: cuando el Maestro llegaba al final de su vida, dijo a su sobrina que fuese a buscar al P. Bazin; la sobrina obedeció y cuando volvió con el sacerdote, la puerta de la habitación estaba cerrada. El P. Bazin no pudo entrar, pero desde la habitación oyó la voz de su maestro que gritaba: “Quiero al P. Bazin... ¡dejad entrar al P. Bazin!” Los miserables guardianes dejaron la puerta cerrada y el Padre no pudo entrar. Pero pudo hablarle desde la antecámara y darle la absolución. “Esto es lo que el P. Bazin refirió a los seminaristas de Rennes en el año 1867 ó 1868”