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martes, 10 de diciembre de 2024
viernes, 23 de febrero de 2024
1926 Encíclica Iniquis Afflictisque, sobre la durísima situación del catolicismo en México. Pío XI.
1926 Encíclica Iniquis Afflictisque, sobre la durísima situación del catolicismo en México. Pío XI. |
Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1926.
Carta Encíclica “Iniquis Afflictisque”. Sobre la durísima situación del catolicismo en México. Pío PP. XI. VENERABLES HERMANOS SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA INTRODUCCIÓN 1.- Violenta persecución en Méjico. 2.- Ordena preces por los mejicanos. 3.- Frutos heroicos de las oraciones.
I. BREVE HISTORIA DE LA INICUA PERSECUCIÓN
4.- Recuerdo general de los detalles persecutorios. 5.- Trato irrespetuoso a los Nuncios. 6.- La Ley de 1917 y sus disposiciones vejatorias. Y en primer lugar veamos aquella ley promulgada el año 1917 y llamada “constitución política” de las ciudades federadas de México. Por lo que atañe a Nosotros, después de haber sancionado la separación de la República respecto de la Iglesia, ningunos derechos le quedan a ésta, como condenada a muerte, y ningunos derechos puede adquirir en lo futuro; se da a los magistrados la potestad de interponer su autoridad en los asuntos del culto de la disciplina interna de la Iglesia. Los ministros sagrados quedan comparados con los obreros y demás empleados, con esta diferencia, que aquellos no sólo deben ser mexicanos de nacimiento y no exceder un número determinado, que deben definir los legisladores de cada uno de los estados, sino que también se ven privados de sus derechos políticos y civiles, a manera de hombres facinerosos o insanos. A esto se añade que se les ha mandado que junto con diez de los ciudadanos declaren al magistrado que ellos han tomado posesión de algún templo o se han trasladado a otro lugar. No es permitido en México pronunciar los votos religiosos, ni la existencia de órdenes y congregaciones religiosas. No es lícito ejercer el culto público, a no ser dentro de los templos y bajo la vigilancia de los gobernadores; los mismos templos se consideran propios de la nación: y por el mismo título los palacios episcopales y canonicales, los seminarios, las casas religiosas, los hospitales y todas las instituciones dedicadas a la beneficencia son sustraídas a la Iglesia. Esta ya no tiene dominio sobre ninguna cosa; y todos los bienes que poseía cuando la ley se promulgó fueron adjudicados a la Nación, dándose a cualquiera denunciar lo que la Iglesia parecía poseer por medio de otros: a este derecho o acción, con el objeto de fortalecerlo se ha prevenido por la misma ley que le asiste el favor de la mera presunción. Los ministros sagrados no pueden recibir nada en testamento, a no ser de sus parientes próximos. No se reconoce a la Iglesia ninguna potestad sobre el matrimonio de los cristianos, el cual por lo tanto sólo entonces es válido cuando lo es por derecho civil. Hay libertad de enseñanza, pero con estas condiciones, que a los sacerdotes y a los hermanos religiosos no les es lícito enseñar ni dirigir las escuelas de primera enseñanza y que la instrucción de los niños, aún en los colegios privados, debe estar huérfanos de religión. Se ha establecido, asimismo que todo cuanto la Iglesia ordene acerca del orden de los estudios y del certificado de haber pasado el curso de los estudios en sus escuelas no tiene ningún valor público. 7.- La Iglesia, sociedad perfecta, protesta de los atropellos. 8.- Los obispos mitigan y esperan mejores tiempos. 9.- Nueva Ley persecutoria, más severa. 10.- Campaña de difamación. 11.- Clausura de instituciones católicas. 12.- Limitación del número de sacerdotes y de sus funciones. 13.- Terrorización de las conciencias. 14.- Enjuiciamiento y encarcelación.
II. LA DEFENSA CATÓLICA
15.- Carta pastoral aclaratoria de los obispos. Por cierto no puede dudarse de que los Obispos mexicanos, por unánime consentimiento, debían probar todos los medios posibles para atender a la libertad y a la dignidad de la Iglesia. Y, primeramente, en una carta dada a todo el pueblo después que demostraron fácilmente que el clero siempre se había conducido pacíficamente, y que asimismo había tratado con los gobernantes de la República con prudencia y con paciencia y había tolerado leyes injustas con ánimos tranquilos, después de haber resumido la doctrina de la Iglesia acerca de su constitución divina, avisaron a los fieles que debían perseverar de tal manera en la religión cristiana, que debían obedecer más a Dios que a los hombres (Act. 5, 29), siempre que se imponían leyes que por su estructura estaban en oposición a la constitución y la vida de la Iglesia. 16.- Nuevas cartas definen la posición de la Iglesia frente a la ley de persecución. 17.- Actitudes conciliatorias de la Iglesia. 18.- Moción respetuosa a la Cámara es rechazada. 19.- Resolución de heroica resistencia pese a las amenazas de los gobernadores. 20.- Los sacerdotes fieles a la jerarquía sufren. 21.- La acción sacerdotal; se extreman las medidas. 22.- Los fieles también oponen resistencia. 23.- Ejemplar conducta de las asociaciones católicas. 24.- La Asociación de los Padres de Familia, los Caballeros de Colón y Federación de defensa. 25.- La Acción Católica de la Juventud y de las Madres. 26.- Heroísmo de mártires de la juventud. 27.- La Iglesia no sucumbirá como no sucumbió en el pasado. La Iglesia, que ha nacido para la inmortalidad, desde el día de Pentecostés, desde el cual fue enriquecida por las luces y los dones del Paráclito y salió por primera vez de su retiro del Cenáculo a la luz y a la fama de los hombres, ¿qué otra cosa hizo en este espacio de veinte siglos y entre todas las gentes sino a ejemplo de su Fundador pasó haciendo el bien? (Act. 10, 38). Estos beneficios de todo género debieron conciliar el amor de todos hacia la Iglesia; pero sucedió lo contrario, como, por lo demás, el mismo Divino Maestro lo había anunciado clarísimamente (Mat. 10, 17-25). Así pues, la navecilla de PEDRO unas veces con vientos favorables siguió su curso maravillosa y gloriosamente, pero otras veces pareció que iba a ser tragada por las olas y quedar totalmente sumergida: pero acaso ¿no está gobernada por aquel divino Piloto, quien en el tiempo oportuno calmará las iras de los vientos y de las olas? Las vejaciones con que es atormentado el nombre católico, Cristo que es el único que todo lo puede, manda que sirvan para la utilidad de la Iglesia: pues esto, según testimonio de HILARIO, es propio de la Iglesia, que entonces vence cuando es herida, entonces es entendida cuando es contradicha, y entonces triunfa cuando es abandonada (S. Hilar. Pictav., De Trinitate, 1. 7, 4 [Migue, Patrol. Lat., 10, 202]). 28.- Por prejuicios desconocen la magna obra civilizadora de la Iglesia en Méjico.
EPÍLOGO
29.- Oración a la Virgen de Guadalupe por la paz religiosa de Méjico. 30.- Bendición Apostólica. Dado en Roma, en San Pedro, el día 18 del mes de Noviembre del año 1926, quinto de Nuestro Pontificado. PÍO PAPA XI. |
jueves, 22 de febrero de 2024
LA RESISTENCIA HEROICA DE LOS MARTIRES DE LA VENDEE
DAR CLIC AL VIDEO PARA ESCUCHAR LA CONFERENCIA IMPARTIDA POR EL PADRE SAENZ
Si no se puede obedecer a una republica que rechaza a Dios, menos se puede obedecer ni seguir a un clero que acepta los errores de la "republica". El modernismo que Monseñor Lefebvre siempre rechazó, es el mismo que nosotros rechazamos, ese modernismo (herejías del Vaticano II) fue aceptado y tomado como válido por congregaciones liberales como la Fraternidad San Pio X, San Pedro y la IBP. La lucha de los martires de la Vendee es nuestra lucha.
martes, 20 de junio de 2023
EL MENSAJE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO AL REY LUIS XIV, QUE NO QUISO ATENDER
Un episodio de la historia de Francia plantea ciertas preguntas: las revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque, una monja visitandina que vivió en el convento de Paray-leMonial durante la época del Rey Sol, y que recibió gracias místicas singulares, en particular con respecto al Sagrado Corazón de Jesús.
Por un misterio, los caminos y destinos de la historia de un pueblo se deciden a menudo por actitudes – a veces muy sencillas – de aquél o de aquellos en quienes Dios deposita especial cuidado y confianza: “Es en las regiones secretas de la conciencia donde se elabora el destino del mundo, y las nuevas fuerzas que hacen que los imperios se derrumben son las mismas que todo hombre enfrenta en las tinieblas de su corazón cómplice” [1].
Un episodio de la historia de Francia plantea varias incógnitas: las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque, una monja visitandina que vivió en el convento de Paray-le-Monial durante la época del Rey Sol, y recibió gracias místicas singulares, en particular con respecto al Sagrado Corazón de Jesús.
Una carta de la santa a la Madre María de Saumaise, su superiora, datada del 17 de junio de 1689, manifiesta el anhelo de Jesús por el reinado de Luis XIV: “Me parece, pues, escribe – Santa Margarita – que desea entrar con pompa y magnificencia en las casas de príncipes y reyes, para ser en ellas tan honrado como fue injuriado, despreciado y humillado en su Pasión, y recibir tanto contentamiento al ver a los grandes de la tierra abatidos y humillados ante Él, cuanto fue la amargura que sintió viéndose atado en sus pies . Y aquí tengo las palabras que escuché refiriéndose a nuestro Rey (Luis XIV):
‘Haced saber al hijo mayor de mi Sagrado Corazón que, así como su nacimiento temporal se obtuvo por la devoción a los méritos de mi Sagrada Infancia, así alcanzará su nacimiento a la gracia y a la gloria eterna mediante la consagración de su persona a mi adorable Corazón, que quiere lograr la victoria en el suyo y, por él, sobre el de los grandes de la Tierra. Él quiere reinar en su palacio, ser pintado en sus estandartes y grabado en sus armas para que sean triunfantes sobre todos sus enemigos, derribando estas cabezas
orgullosas y altivas a sus pies, a fin de que sea él victorioso sobre todos los enemigos de la Iglesia’. [2]
¿Qué habría sido de Francia, la Hija Primogénita de la Iglesia si se hubieran observado los deseos paternos y las recomendaciones de Nuestro Señor? De hecho, tales nunca se llevaron a cabo; ni siquiera sabemos si el llamado divino llegó al conocimiento del Rey …
El año en que se escribió la carta, 1689, no deja de evocar otro: ¡1789! Exactamente cien años antes de la Revolución Francesa, había llegado del cielo un mensaje conmovedor de Jesucristo al gran Luis XIV. La coincidencia es, al menos, notoria.
Y esto nos lleva a una reflexión: ¡Cuántas veces la llamada de Dios a los hombres ha encontrado, como respuesta, solo el silencio! No sería sorprendente que tal omisión estuviera en la raíz de tantos trastornos políticos y sociales que afligen a la humanidad en la actualidad.
Por João Paulo Bueno
[1] DANIEL-ROPS, Henri. Historia de la Iglesia de Cristo. La Iglesia del Renacimiento y la Reforma. São Paulo: Quadrante, 1996, v.1, p. 106.
[2] TEJADA, José M. Sáenz de. Vida y obras completas de Santa Margarita María de Alacoque. Miami: Fiat Voluntas Tua Inc / Quito: Jesús de la Misericordia. 1958, pág. 377.
lunes, 22 de mayo de 2023
LA IGLESIA OCUPADA (CAPITULO 5) EL "CRISTO" REPUBLICANO
PARA LEER EL CAPITULO 4° DAR CLIC
¡Pasémonos a los bárbaros!
OZANAM
Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis visto los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor de DIVINO REPUBLICANO?
MONTALEMBERT (a dom Guéranger)
A veces una página es suficiente para describir un
reinado. Que un escritor de genio capte el rasgo dominante de la época, que lo
presente y todo se vuelve luminoso. Sobre el reinado de Luis-Felipe se ha
escrito mucho, pero todo está contenido en una página de Louis Veuillot. Ella
nos servirá de transición para abordar la Segunda República, la de 1848, la de
los curas demócratas y el “Cristo republicano”.
Veuillot
resumía así el reinado de Luis Felipe:
“En diecisiete años, la disolución social, ya muy avanzada,
alcanzó el punto culminante. Algunos la predecían sin poder hacerse escuchar.
La realidad sobrepasa todos los temores. Mientras el espíritu burlón y
destructivo de Voltaire tronaba en las Tullerías, en las Cámaras, en la
Universidad, en los concejos municipales, en los teatros, en los libros, en los
folletines, allí donde resonase una voz, allí donde corriera una pluma
burguesa, el fanatismo socialista se volvía a encender en el pueblo, animado
por individuos, en su mayoría, situados a bajo nivel y apenas conocidos del
público y a los que la autoridad no veía como peligrosos. Pensamos que
habríamos asombrado a M. Delessart si alguien, hojeando los registros de la
policía y poniendo el dedo en ciertos nombres le hubiese dicho: ‘Aquí están las
personas que van a dominar inmediatamente en París y en Francia’. Y sin embargo
esto fue lo que sucedió. Todo el edificio de febrero se hundió como un árbol
con las raíces podridas. Ni el hacha ni la tormenta fueron necesarios, bastó
con la sacudida del aire producida por los gritos y los movimientos de una
revuelta de burgueses. En un día, en algunas horas, la nación que se complacía
envaneciéndose de haber aniquilado la religión, la realeza, la aristocracia,
había caído totalmente en las manos de algunos demagogos, pontífices de sectas odiosas y torpes, reyes de
barricada, caballeros de periódicos, teatros y prisiones”
Se llegaba al período más
extravagante de la historia de Francia.
Resulta divertido y un poco triste, releer las viejas
gacetas. Pensamos que estas páginas han sido leídas, que el sábado 13 de mayo
de 1848 ha habido personas que han leído el artículo de Mme. G. Sand en la
Vraie Republique, que han vibrado con sus sueños, que han creído en ellos y
que, en cierto modo, nuestros problemas han nacido de sus ilusiones.
Sonreímos al leer esta prosa que, sin embargo,
tuvo su parte en la desorientación de las mentes. Lo que nos hace sonreír, es
el ridículo que se ha hecho notar por el fracaso de las ilusiones; pero nuestro
tiempo ¿no se forja otras aún más peligrosas?
Existe un progreso en la tontería,
incluso es el único que se hace evidente.
“¿Cuáles serán las formas del culto?, se preguntaba
George Sand. Y contestaba: serán eternamente libres, eternamente modificables,
eternamente progresivas como el genio de la humanidad. Se llamarán fiestas
públicas y ya París y Francia han improvisado el boceto. El culto será más o
menos hermoso, más o menos saludable según que la humanidad esté más o menos
inspirada por los acontecimientos y por las ideas. Si volvemos a la monarquía,
recaeremos en pleno catolicismo; si caminamos hacia una verdadera república,
tendremos un verdadero culto, artistas inspirados, símbolos magníficos que ya
no velarán los pensamientos, las maravillas de la invención y las obras
maestras del arte. Pero no llegará la inspiración a los que dispongan las
fiestas, mientras la inspiración no llegue a las masas. En la hora en que
vivimos, hacen falta fiestas sencillas cuyo lujo no sea un insulto a la miseria
del pueblo. En el futuro, las creaciones de genio volverán por derecho a la
gran iglesia republicana igual que en otro tiempo volvían de hecho a la rica
Iglesia Católica”.
El
Arzobispo de París veía con inquietud estas ideas sobre las fiestas litúrgicas
republicanas y George Sand protestaba:
“El sacerdote quiere guardar en el fondo del santuario
cuyas llaves posee, la imagen venerada de Jesús, el amigo y el profeta del
pueblo. Las imágenes paganas de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad
mancharían con su contacto la imagen del filósofo que ha santificado y
predicado esta triple idea, madre de su doctrina”.
El Cristo republicano, reducido al papel de filósofo
amigo del pueblo y predicando la trilogía republicana, he aquí la herejía del
siglo XIX, la que predicaba Lamennais y aplaudían G. Sand y Chateaubriand.
Nuestros ‘innovadores” de hoy no son más que los discípulos retrasados de los
ideólogos de 1848. Tienen el cabello largo y las ideas cortas.
Las ideas de esta época fueron extravagantes, pero ejercieron una gran influencia sobre la imaginación.
Sarcey narraba un día en el Temps un recuerdo de su juventud: “Era en 1848, en Uno de esos banquetes tan frecuentes entonces, donde se comía ternera fría y se bebía vino ‘noble’ para consolidar la República. Aquel banquete había sido organizado por la juventud de las Escuelas. Yo asistí porque a lo veinte años uno es tonto.
“En los postres dijeron muchas bobadas, se cantaron
muchas canciones patrióticas y entre ellas una que tenía de refrán estos Versos
miríficos:
”El socialismo tiene dos alas: el estudiante y el obrero.
Estoy orgulloso de ser una de esas dos alas del socialismo”.
Entre los oradores figuraba Challemel-Lacour que transportó al
auditorio.
“De esta jornada inolvidable me había quedado un recuerdo
que aún me hacía latir el corazón después de más de cuarenta años. ¡Qué pena
que este trozo de elocuencia no haya sido recogido!”.
Sarcey expresó en un artículo este
sentimiento de pesar.
Un día de 1898 encontró a Reinach:
“Podría Ud., por favor —me dijo con una sonrisa
enigmática—, volver a leer este discurso?”. Confió a Sarcey que estaba en su
poder por habérselo pedido en otro tiempo al mismo Challemel-Lacourt, quien al
dárselo le bahía dicho:
—Es demasiado malo, no lo publique jamás.
Reinach envió una copia a Sarcey quien volvió a leer
aquel trozo de elocuencia de 1848.
“¡Ay!, tres veces ¡ay! ¡Qué fárrago de banalidades
oratorias! ¡Qué ímpetu en todos los tópicos!
“¡Y
esto es lo que habíamos admirado y aplaudido! Y Sarcey concluye
melancólicamente:
“El texto era el mismo; las pasiones que nos animaban y
que le comunicaban su brillantez habían desaparecido”
Es bastante curioso ver que el historiador de la
democracia cristiana, M. Vaussard, tiene como primer y auténtico precursor de
ésta, en el siglo XIX, a Buchez, un carbonario que frecuentaba los medios
sansimonianos. Aseguraba haberse convertido al catolicismo, pero reconoce M.
Vaussard, que aunque se separa de los pontífices del sansimonismo, Bazard y
Enfantin, no deja de permanecer vinculado a varios principios
de
la doctrina de Saint Simon.
Buchez
había tomado parte en la Revolución de 1830 en las filas de las sociedades
secretas. Es un adepto del sufragio universal del que da esta curiosa
definición:
“La soberanía del pueblo es católica porque manda
a cada uno la obediencia a todos. Es católica porque comprende el pasado, el
presente y el futuro, es decir, todas las generaciones. Es católica, porque
tiende a hacer de toda la sociedad humana una sola nación sometida a la ley de
la igualdad. Es católica, en fin, porque emana directamente de las enseñanzas
de la Iglesia”.
Después de Lamennais y Buchez, M. Vaussard, da como
auténticos precursores del movimiento a los animadores de la Ere Nouvelle.
El 15 de abril de 1848 aparecía una hoja diaria: la Ere Nouvelle, cuyo manifiesto estaba firmado por Lacordaire, el cura Maret, Ozanam, Charles de Coux y otros cinco publicistas o profesores católicos amigos del P. Lacordaire quien asumía la dirección del periódico.
Lacordaire se había colocado a la izquierda en la
Asamblea nacional y esto hay que tenerlo en cuenta, porque los innovadores
demócrata-cristianos van a hacer valer la idea de que la preocupación por lo
social es patrimonio de la izquierda.
La Ere Nouvelle afirmaba que la Iglesia no
encontraría su libertad y su protección más que en el marco de la democracia:
“Si la Iglesia —podía leerse en el número del 4 de julio de 1848— se ha dado
cuenta de que un nuevo poder (la Segunda República) acaba de surgir, es por el
profundo respeto que la ha rodeado, por la libertad mayor de la que ha
disfrutado”.
“— ¡Pasémonos a los bárbaros! —exclama Ozanam—, pero no se bautiza a la democracia igual que a Clodoveo. Clodoveo es un hombre, la democracia es una idea”.
El programa de la Ere Nouvelle aseguraba que los principios de 1789 abrían “la era pública del cristianismo y del Evangelio”.
El error fundamental del equipo de este periódico va a
ser el de querer confiar la recristianización de la sociedad a la democracia,
que lo único que puede hacer es acelerar la corrupción. “Dios —decía Ozanam— no
crea pobres: no envía a las criaturas a este mundo azaroso sin proveerlas de
dos riquezas que son las primeras de todas, me refiero a la inteligencia y a la
voluntad”, y concluía diciendo que la sociedad era la que tenía que permitir su
desarrollo. Sin duda, pero ¿cómo estos ideólogos han podido llegar a pensar en
volver a poner la organización de la sociedad en manos de aquéllos que sin duda
más lo necesitan, pero, con toda seguridad, son los menos aptos para establecer
esta organización? Este es el error fundamental de los demócratas: niegan la preeminencia
de la élite.
Si la sociedad capitalista del siglo XIX se revelaba muy a menudo dura y egoísta, esto indicaba una languidez en la fe y en la caridad cristiana bajo el empuje del liberalismo económico. Añadir a esto el liberalismo político, ¿qué probabilidades tenía de mejorar la situación?
Todo el esfuerzo hubiese debido dirigirse hacia la recristianización de las clases dirigentes. El resto se hubiese dado por añadidura. Debió haberse dicho: Aristocracia cristiana y no Democracia cristiana.
Lacordaire debía estar profundamente turbado por las
sangrientas jornadas de junio de 1848. Tampoco podía ignorar la hostilidad del
episcopado hacia las “nuevas ideas”. Lo mismo que en la noche en que había
huido de La Chesnaie, abandonando a Lamennais, va ahora a abandonar al equipo
de la Ere Nouvelle. Incluso desea que el periódico deje de salir, como en otros
tiempos el Avenir, pero sus amigos se obstinan. Entonces los deja solos. El
abate Maret le sustituye en la dirección de la Ere Nouvelle. Lacordaire va a
consagrarse a la predicación y a hacer notable la de Notre Dame. De vuelta de
sus errores, dirá: “la democracia europea ha roto los lazos del presente con el
pasado, ha enterrado los abusos en las raíces, ha construido aquí y allá una
libertad precaria, más que renovar el mundo por medio de instituciones, lo ha
agitado por acontecimientos y, dueña incontestable del futuro, nos prepara, si
por fin no se forma y ordena, la espantosa alternativa de una demagogia sin
fondo o de un despotismo sin freno”
Montalembert, el otro compañero de Lamennais, que había
abandonado al herético quince años antes, lanza un grito de romántico —pues
estos hombres de la Avenir y de la Ere Nouvelle son ante todo románticos—,
frente a la triunfante democracia.
“Yo la soporto sin negar la sublime ley por la cual Dios
se complace en sacar bien del mal, pero sin querer tomar el mal por el bien. No
sé si el triunfo de la democracia será durable, o si este torrente devastador
no irá a perderse pronto en las aguas estancadas del despotismo. Pero, pase lo
que pase, no quiero compartir ni la vergüenza de su derrota, ni la de su
victoria. Me quedaré solo, pero DE PIE. El carro de la democracia, del falso progreso, de la tiranía mentirosa e
impía, está lanzado. No seré yo quien lo detenga. Pero prefiero, cien veces más, ser aplastado bajo sus ruedas que
subir atrás para servir de lacayo, de heraldo, o incluso de bedel a los
sofistas, a los retóricos y a los espadones que la dirigen”.
Lo que sobre todo inquieta a Montalembert es la manía por
las nuevas ideas que ve en el clero. Escribe a Dom Guéranger: “Estoy preocupado
por el clero. ¿No habéis oído acaso los discursos de ciertos curas de París que
han calificado a Nuestro Señor Jesucristo de DIVINO REPUBLICANO? El espíritu
siempre es el mismo, la adoración servil de la fuerza laica y del poder
vencedor. Desgraciadamente este espíritu galicano se complica y se envenena por
las tendencias demagógicas que han infectado al clero en un grado que no podía
sospechar”
La Ere Nouvelle, bajo la dirección del padre Maret se
desliza a la izquierda. Se desliza hacia la “Gran Tentación”: la traducción
temporal del mensaje evangélico. El 20 de octubre de 1848, el cura Maret había
escrito a los obispos de Francia para pedirles que apoyasen la posición de la
Ere Nouvelle. No le llegó ninguna respuesta favorable. En febrero de 1849, el
obispo de Montauban, Monseñor Donay, condenaba incluso el periódico. El
sacerdote no tenía más que un protector, el obispo de Troyes, que le nombró
vicario general de su diócesis.
Así,
desde sus orígenes, el “progresismo cristiano” divide a la Iglesia. Louis
Veuillot dirige una violenta campaña contra los redactores de la Ere
Nouvelle,
a quienes llama los “liberaloides”, violenta campaña aprobada por la inmensa
La Ere Nouvelle al perder sus abonados y sus lectores fue puesta en venta. Y... ¡fue comprada por un grupo de... legitimistas!
El sacerdote Chantôme recogió los restos de la Ere
Nouvelle en su Revue des Réformes et du Progrés, pero sólo saldrán 25 números.
El presbítero Chantôme, debido a sus osadías, fue suspendido en la diócesis de
París por Monseñor Sibour, aunque éste era tenido por “abierto a las
novedades”. El se retira a Langres, pero es suspendido de nuevo por el obispo.
Insiste, funda el Drapeau du Peuple, “periódico de la democracia y del
socialismo cristiano”. Publicará seis números y, en diciembre de 1852, seis
días después del golpe de Estado de Luis Napoleón, se someterá a Monseñor
Sibour.
Un laico, Victor Challand, intenta proseguir la campaña
de la Ere Nouvelle en su Revue du Socialisme Chrétien que se hundirá en el
séptimo número. Pierre Prodié, diputado de Aveyron, intenta a su vez lo mismo
con su revista: la Republique Universelle, pero sólo se sostendrá un año. El
caso de Prodié es interesante. Acabará por comprender que la verdadera solución
de la cuestión social debe pasar por la restauración de las Corporaciones
destruidas por la Revolución de 1789, y se convertirá en discípulo de Le Play
¡e incluso se hará adicto a la monarquía!
Sin embargo un gran número de mentes habían sido
contaminadas y los errores renacerían sin cesar.
Dom Guéranger resumía así el conflicto fundamental que acababa de instaurarse en el seno de la Iglesia:
“Un ancho surco dividía de ahora en adelante a los
católicos en dos grupos; los que tenían como principal preocupación la libertad
de la Iglesia y el mantenimiento de sus derechos en una sociedad todavía
cristiana, y los que se esforzarían primeramente en determinar qué cantidad de
cristianismo podía soportar la sociedad moderna, para después invitar a la
Iglesia a reducirse a ella. La media centuria que entonces comenzaba vibró con
el choque de estas dos familias espirituales.
Era también así como Veuillot, con su genio sintetizador, resumía la situación: “Lo que lleva sobre todo a nuestros adversarios a alentar los pasos que aparentemente se hacen hacia ellos, escribía, no es la esperanza de una reconciliación que no es objeto de sus deseos... Saben que nuestras más extravagantes concesiones jamás llegarán a mitad de camino de la meta a la que tienden sus doctrinas. Pero aún así, creen captar en nosotros un oculto desfallecimiento de esta fe que los asombra y los desespera. Si no tienen más que odio, su odio se aviva con nuestras incertidumbres; si tienen alguna quimera, algún absurdo sistema de renovación social, su confianza se acrecienta a medida que la nuestra parece disminuir (...). Basta para agradarles titularse la Ere Nouvelle; o hablar de NUEVAS EXIGENCIAS. ¡Vaya!, ¡nuevas necesidades!, por fin lo confiesan; la humanidad experimenta nuevas necesidades.
“A nuevas exigencias, nuevos dogmas; luego la pretendida revelación cristiana no está completa, la humanidad ha progresado y el cristianismo se ha estacionado, luego el cristianismo no es divino. La democracia da una respuesta a las nuevas necesidades del mundo, luego el verdadero cristianismo es la democracia. Estos son sus razonamientos. ¿Por qué no cortar por lo sano esta dialéctica que pretenden atribuirnos, diciéndoles de una vez, que la nueva necesidad de la humanidad es sencillamente aprender el catecismo y poner en práctica la fe, la esperanza y la caridad?”.
lunes, 13 de marzo de 2023
LA IGLESIA OCUPADA (CAPITULO 4) LAMENNAIS O LA REVOLUCION POR MEDIO DE LA IGLESIA
Tanto por su carácter como por su espíritu, sólo podía detenerse cuando ya no quedaba nada por destruir. Lacordaire
Tenemos continuamente ante los ojos, su rostro de condenado. León XII
Chateaubriand a Lamennais: —Desearía veros Papa.
Escondida en medio del bosque, cerca de Combourg, La Chesnaie es una casa blanca de tejado puntiagudo, rodeada de árboles y agobiada bajo un cielo generalmente cargado de nubes. En esta morada se desarrolló a principios del pasado siglo un gran drama religioso, cuyas repercusiones han alcanzado nuestros tiempos. Fue en 1805, a la edad de veintitrés años, cuando Félicité de La Mennais se encerró en La Chesnaie con su hermano sacerdote Jean Marie de La Mennais. Su única distracción era la amplia biblioteca, formada por volúmenes que provenían de los monasterios devastados por la revolución y los paseos por el bosque y la landa. Los La Mennais, que pertenecían a la alta burguesía, habían alcanzado la nobleza en 1798, justo en vísperas de la Revolución. Era ya un poco tarde. Félicité, a quien llaman “Féli”, tuvo la desgracia de perder a su madre siendo joven. Aprendió el latín, el griego, se apasionó por Jean Jacques Rousseau y se ocupó sin entusiasmo de los negocios de su padre que era naviero. Lo que no cabe duda es que se aburrió mucho y lo confesará con un sarcasmo: “el aburrimiento nació en familia durante una velada de invierno”. En La Chesnaie desde 1805, la influencia de su hermano clérigo va a ser decisiva y le llevará al sacerdocio que nunca ha deseado, pero que aceptará porque parece que no hay otra salida a esta “soledad de tres: dos hermanos y la teología”. Félicité se convirtió a los veintidós años e hizo su primera comunión en 1804. En 1809 recibirá las órdenes menores y solamente siete años más tarde, a los treinta y cuatro años, será ordenado sacerdote. Durante todo este tiempo, arrastra los días sin alegría en La Chesnaie, entre los libros y el bosque:
“No puedo decir que me aburra, no puedo decir que me divierta, no puedo decir que esté ocioso, no puedo decir que trabaje... Mi vida transcurre en una especie de ambiente impreciso en medio de todas estas cosas, con una inclinación muy fuerte a una indolencia del espíritu y del cuerpo, triste, amarga, más fatigosa que cualquier trabajo y sin embargo insuperable”
Una vez, abandonó La Chesnaie, la landa y d bosque para ir a París, pero precisamente para encerrarse en el seminario de la rué du Bac. Allí no permanecerá siquiera un año:
“No tengo ánimo para nada —escribirá— el siglo es demasiado necio y además una nueva voltereta me parece tan inevitable que creo más prudente hacer mi equipaje que escribir libros”.
De los trabajos hechos en La Chesnaie, sin alegría, han salido los tres volúmenes de la Tradition de l’Eglise Sur l’institution des eveques (Tradición de la Iglesia SOBRE LA INSTITUCIÓN DE LOS OBISPOS) y las REFLEXIONS SUR LA SITUATION DE L’EGLISE EN FRANCE PENDANT LE XIIIe SIÈCLE ET SUR SA SITUATION ACTUELLE (REFLEXIONES SOBRE LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN FRANCIA DURANTE EL SIGLO XIII Y SU SITUACIÓN ACTUAL). Estos libros no se venden bien y Lamennais anota melancólicamente: “no hay más que una opinión sobre la Tradición, todo el mundo la alaba pero nadie la compra”. Aparte de sus serios estudios, madurados en la soledad de La Chesnaie, Lamennais se había comprometido con un memorial contra la Universidad imperial. Al regreso de Napoleón de la isla de Elba tuvo miedo y marchó a Inglaterra. Allí, para subsistir, dio clases en un pensionado y conoció a un viejo sacerdote emigrado, el Padre Carrón, con el cual volvió a Francia al día siguiente de Waterloo. Se instaló en las Feuillantines, residencia del querido padre que había conseguido una enorme influencia sobre él, y después en el seminario de Saint-Sulpice. El 23 de marzo de 1816, Félicité de La Mennais era ordenado sacerdote. Obedeció al padre Carrón, pero pone interés en subrayar que su entrada en las órdenes no ha sido más que un acto de obediencia:
“decidiéndome, o más bien dejándome decidir por el partido que se me ha aconsejado tome, ciertamente no sigo ni mi voluntad, ni mi inclinación... creo, por el contrario, que nada en el mundo sería más opuesto a ello”.
Tres meses después de su ordenación confía a su hermano el sacerdote Jean Marie:
"Desde ahora no soy y no puedo ser sino extraordinariamente desgraciado... No aspiro más que al olvido en todos los sentidos y ¡quiera Dios que pueda olvidarme de mí mismo !... Todo lo que me queda por hacer es· arreglarme lo mejor que pueda y, si es posible, adormecerme al pie del poste donde han remachado mi cadena”.
Sacerdote a pesar suyo, La Mennais en esta época de su vida es “un clericucho enclenque, desdichado, desmedrado, ceñudo”. Tiene una larga nariz, la frente surcada de arrugas, los ojos son hermosos pero atormentados. Lleva la cabeza inclinada, habla “frotando suavemente sus manos juntas una contra otra”. Es de pequeña, estatura, parece que es “el sacristán de la parroquia”. Tal es el autor de L’Essai sur VIndifférence en matière de religion (Ensayo sobre la indiferencia en materia religiosa), la “pesada cimentación teológica” que será el acontecimiento literario de la Restauración. M. Mourre dirá bromeando: “se izó al autor entre Pascal y Bossuet”, M. de Chateaubriand prometió la inmortalidad; Ampère recomendó a sus amigos que leyeran este libro, “ese libro que reanimaría a un muerto”
según la opinión de M. de Frayssinous; Lamartine juzgó- que estaba “pensado como Maistre, escrito como Rousseau” y Maistre mismo saludaba a este “trueno bajo un cielo de plomo”. En fin, Hugo tuvo una frase insólita, pero la más justa de todas: “un libro con un porvenir temible”. Hoy sabemos que L’Essai no había sido escrito con alegría :
"Apenas avanzo en mi obra, me aburre —escribía La- Mennais en 1816—. Escribir es para mí un suplicio. Detesto París, detesto todo. Esta vida es para mí un infierno. He desperdiciado la ocasión de vivir según mr carácter y mi gusto. Esto no tiene remedio”.
El mismo año en que aparece Le Essai escribe lúgubremente :
“¿Para qué sirven los libros? No conozco más que un libro alegre, consolador y que siempre se ve con placer, es un registro de defunciones. Todo lo demás es vano, no va a lo esencial”.
¿Cuál era el tema de este libro “con un porvenir temible” escrito con tedio, por ese “enclenque clericucho” bretón que parecía un sacristán? La Mennais descubriría en las tradiciones de los pueblos antiguos la idea de lo que debía un día constituir el cristianismo. Este aparecía como un vestigio persistente de la Revelación primitiva. “Los cristianos —escribía La Mennais— creen todo lo que creía el género humano antes de Jesucristo, y el género humano creía todo lo que creen los cristianos; puesto que las verdades de la religión se encadenan una a otra y se suponen mutuamente, estaban todas encerradas en la primera revelación, como las verdades que Dios reserva a los elegidos están encerradas en aquéllas que aquí abajo son objeto de su fe”. Con tal perspectiva, el cristianismo corre el riesgo de no presentarse más que como un momento de la Revelación en marcha a través de los tiempos. El sincretismo es el resultado fatal de esta visión: una religión única, universal, futura, reconciliando todas las culturas y en la historia de la cual la venida de Cristo es sólo un episodio. Para La Mennais, las otras religiones son un esbozo del CRISTIANISMO ESENCIAL. Si el primer tomo del Essai (Ensayo) había logrado un éxito fulgurante, tomándose tiempo para reflexionar, la brillantez del estilo no bastó para ocultar, sobre todo en los tomos siguientes, las aventuradas perspectivas del joven teólogo. Se hizo notar la hostilidad del clero y La Mennais mismo lo constata: “el clero está muy indignado contra mi libro”.
La venta descendió y, en 1822, confiesa: “hace diez meses que no he visto un céntimo de mis libros, esto me fastidia bastante”. Va a ser necesario dejar París y volver a La Ches- naie bajo los grandes árboles. Sacerdote sin vocación, teólogo sin prestigio, no por eso La Mennais da menos que hablar. Es de esos personajes que se hacen notar, no por las luces que aportan, sino por la inquietud que siembran. Irritado, irritante, ha echado la culpa a todo el mundo. Por lo demás, tiene un mirada perspicaz para las faltas de los otros: esa monarquía que duda “entre Vol- taire y San Luis”, no puede ni terminar con la revolución, ni continuarla por su cuenta y, al comprobar la debilidad del Trono surge en La Mennais la idea de apoyar a la Sociedad sobre el único Altar. Mientras tanto, colabora en el ultra Conservateur y no está poco orgulloso de ello: “Cuando supieron que estaba en el Conservateur —dice— hablando de los ultras y que consentía en darles mis artículos, se mostraron encantados. Chateaubriand vino a verme, estuvo muy amable y me dijo que habíamos nacido sobre la misma roca y que habíamos escuchado las mismas olas, etc. ... ”. Pero, ¿veían las mismas cosas? Barres refiere que “contemplando una tempestad desde las murallas de Saint- Malo, La Mennais decía: todo el mundo mira lo que yo miro, pero nadie ve lo que yo veo”. Del ilustre Vizconde, La Mennais escribirá desdeñosamente : “su gloria pasará rápidamente. Como ciertos arbustos no se alimentó más que por las hojas”. Sin embargo, Chateaubriand se proclamó su discípulo. En 1824, La Mennais realizó su primer viaje a Roma. Es una maravilla. Descubre ese cristianismo italiano que ‘‘bajo todas sus formas, en todos los instantes está en contacto con el pueblo, se adueña de su pensamiento por los sentidos y se convierte, sin que él mismo se dé cuenta, en la parte principal de su existencia”. La acogida que le reserva León XII colma su vanidad. Refiere que el Papa no tiene en su habitación más que dos imágenes: una de la Virgen y otra... de La Mennais; que se le va a hacer cardenal; que León XII le ha ofrecido un apartamento en su palacio; que el Papa le ha recibido. En resumen, “tiene conmigo mil atenciones”. Al final La Mennais no se había alojado en el Vaticano, sino con el teatino Ventura y, en sus conversaciones bajo los claustros de San Andrés della Valle, “los innovadores” se exaltan y edifican “su” Iglesia. El 30 de agosto de 1824, el cardenal Bernetti escribía al duque de Laval-Montmorency, una carta reveladora de los verdaderos sentimientos que se vivían en Roma hacia el demasiado satisfecho autor de L’Essai sur l’Indifférence (Ensayo sobre la Indiferencia):
“Tenemos en Roma al Padre La Mennais y me parece que no hay ninguna relación entre él y su inmensa reputación”.
Al cardenal le había impresionado el aspecto físico del Padre: “Tiene en su fisonomía y en su porte algo de raquítico o de turbado que hace daño”. Y proseguía así: “En una de mis últimas audiencias, el Santo Padre me preguntó si había visto al padre La Mennais y lo que pensaba de él. No queriendo aventurarme en ese terreno y habiendo oído decir que el Papa se mostraba bien dispuesto hacia él, di una respuesta dilatoria. Pronto, me quedé asombrado, cuando el Santo Padre con voz tranquila y casi triste me dijo:
“Pues bien, Nos, le habíamos juzgado mejor que ninguno. Cuando Nos le recibimos y conversamos con él, nos sobrecogimos de espanto. Desde ese día, tenemos continuamente ante los ojos su rostro de condenado. “El Santo Padre me decía esto tan seriamente que no pude evitar una sonrisa. ‘Sí, añadió mirándome fijamente, sí, este sacerdote tiene un rostro de condenado. Tiene algo de heresiarca en su frente. Sus amigos de Francia y de Italia desearían para él un capelo cardenalicio. Este hombre está demasiado poseído por el orgullo para no hacer que la Santa Sede se arrepienta de una bondad que sería justicia si no se consideraran más que sus obras actuales; pero estudiadle a fondo; precisad los rasgos de su rostro, y decidme si no hay en ellos una huella visible de la maldición celeste"
El cardenal invitó a cenar a La Mennais y no descubrió “nada infernal en aquel hombrecillo enclenque cuya conversación hace tan poco honor a su genio”, y apenas le encontró otro reproche que su manía de comparar las costumbres romanas y las de su país. “Me atreví —prosigue el cardenal riéndose— a comunicar al Santo Padre mis reflexiones... ‘¡ Ah!, me respondió, vos también, como Soglia, no veis la mano de Dios’ ”. La Mennais volvió a París a fines de septiembre de 1824. Se instaló en casa de su hermano, en la calle de Bourbon, en la Gran Capellanía de Francia, pero el príncipe de Croy, Gran Capellán, vio con malos ojos que este sacerdote discutido, querellado con el episcopado, se alojase en un edificio oficial de la Iglesia de Francia y ordenó le hicieran cambiar de alojamiento. La Mennais tomó su pluma y escribió al príncipe:
“Monseñor, dentro de una hora habré salido del alojamiento que Vos me invitáis a abandonar rápidamente. Hace tres semanas, el Soberano Pontífice me pedía con insistencia que aceptase un apartamento en el Vaticano. Os doy las gracias por haberme pemitido, en tan poco tiempo, apreciar las diferencias de hombres y de países”





