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lunes, 15 de junio de 2026

Santificar las Fiestas en estos tiempos de la gran apostasía

 


El tercer mandamiento de la Ley de Dios nos Manda honrar a Dios con obras de culto en los días de Fiesta. Que son los Domingos y Fiestas de Precepto. La obra de culto que se nos manda en los días de Fiesta es la devota asistencia al Santo Sacrificio de la Misa.  

¿Con qué otras obras santifican el buen cristiano los días de Fiesta? 1º Asistiendo a la Doctrina Cristiana, al sermón y a los divinos oficios; 2º recibiendo a menudo y con las debidas disposiciones los Sacramentos de la Penitencia y Sagrada Eucaristía; 3º ejercitándose en la oración y en obras de cristiana caridad con el prójimo.

¿Qué sucede si no hay cerca de mi localidad dónde acudir al Santo Sacrificio de la Misa? Se debe de santificar el día con la oración (rezo de Santo Rosario), lecturas de la Misa del día, lectura de los santos Evangelios, o Doctrina Católica verdadera, lectura piadosa espiritual, escuchar algún sermón de sacerdotes católicos con buena doctrina, hacer obras de misericordia, mantener la mente recogida y elevada a Dios, no hacer trabajos serviles para poder elevar y dedicarle a Dios el día de Fiesta.

¿Qué sucede si tengo cerca en mi localidad Misa Católica Tradicional pero celebrada por sacerdotes que han realizado juramento de fidelidad a la iglesia conciliar, o han comprometido la fe aceptando como válidos y lícitos la nueva misa (novus ordo misae), o han aceptado todo o partes el Concilio modernista Vaticano II, o han aceptado la validez y licitud el Nuevo Código de Derecho Canónico, modernista de 1982, o han aceptado el magisterio ordinario de los papas conciliares? Todos aquellos que han comprometido públicamente la Sacrosanta Fe revelada por Dios mismo a su Unigénito Hijo y resguardada como Depósito a la Santa Madre Iglesia incurre en el grave pecado de sospecha de herejía. Ya que sin la fe integra es imposible agradar a Dios, aquellos que comprometen la Fe comprometen su propia salvación y la salvación de aquellas almas que confían en sus enseñanzas.

¿Por qué la Iglesia ordena la suspensión a divinis a aquellos que están bajo sospecha de herejía? Para proteger la fe y la salvación de aquellas almas a su cuidado, pues los pecados en contra de la Fe tienen como riesgo perderla o disminuirla y sin la fe es imposible salvarse.

¿Por qué es más importante ser fieles a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a la Iglesia que recibir los Sacramentos y asistencia a Misa los días de Fiesta de grupos de católicos tradicionales que han comprometido la fe o han aceptado todo o partes del modernismo? Porque el católico bautizado tiene la obligación de defender su religión, defender la Fe y a la Iglesia contra todos aquellos que quieren disminuirla. Defender la doctrina católica es una obligación, un derecho, un deber de justicia y gratitud para con Dios. Nuestro Señor Jesucristo dijo: El que no esté dispuesto a dar la vida por Mí no es digno de Mí. El que no está conmigo está contra Mí, el que no recoge conmigo desparrama.

Los derechos de Dios y de la Iglesia están ligados a la Gloria de Dios mismo, es una obligación defender toda trasgresión a la Fe.

¿Que necesitan hacer los grupos tradicionales que por sus motivos han comprometido la fe y caen en la censura de sospecha de herejía? Como el pecado contra la fe fue público, y públicamente aceptaron errores contrarios a la fe, ellos tienen que retractarse en lo general y públicamente de todos aquellos errores o herejías ligadas al modernismo que fueron aceptados.


jueves, 4 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI (Catena Aurea)

 



"Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente". Esto dijo en la Sinagoga, enseñando en Cafarnaúm. San Juan 6, 56-60


San Agustín

Como los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed, esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben; esto es, a la misma sociedad de los santos, en donde se encontrará la paz y unidad plena y perfecta. Por lo tanto, nuestro Señor recomendó su cuerpo y su sangre como cosas que se reducen y refieren a cierta unidad, porque de muchos granos se forma otro cuerpo (esto es, el pan), que es un solo todo y lo mismo sucede respecto del vino, que se forma por la reunión de muchos racimos. Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: "El que come mi carne, etc., permanece en mí y yo en él". Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí. Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación.


Y cenando ellos tomó Jesús el pan, y lo bendijo, y lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: "tomad y comed; éste es mi cuerpo". San Mateo 26, 26

San Jerónimo 

Después de haber cumplido la Pascua figurativa y comido el cordero con sus discípulos, pasa el Señor a la institución del sacramento de la verdadera Pascua. Y a la manera como Melquisedec, sacerdote del supremo Dios, había ofrecido pan y vino como figura, así también para presentar la realidad de su cuerpo y sangre, dice: "Y cenando ellos tomó Jesús el pan", etc.

San Ambrosio

 Este pan, antes de las palabras de la consagración es pan común, pero cuando se le consagra, el pan se convierte en carne de Cristo. Por lo tanto la consagración, ¿en qué palabras consiste y en qué oraciones sino en las de Jesús nuestro Dios? Por lo tanto, si hay tanta fuerza en su palabra que empieza a ser lo que antes no era, ¿con cuánta más facilidad debe suceder que existan aquellas cosas que antes eran transformadas en otras sustancias? Si su palabra produjo cosas admirables, ¿no las producirá en los misterios espirituales? Luego, el pan se transforma en el cuerpo de Jesucristo y el vino en su sangre, por medio de la palabra divina. Se pregunta ¿cómo?; de este modo: no se engendra un hombre sino por medio de la unión de un hombre y de una mujer: pero porque quiso el Señor, Jesucristo nació de la Virgen por obra del Espíritu Santo.

viernes, 6 de marzo de 2026

EL PURGATORIO (RELACIONES Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS ACERCA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO) 4a

 


P. — Nuestra hermana N. desearía saber si usted ha visto en el purgatorio a su padre y a su madre.

R. — No sé; yo misma he dejado allí muchos parientes y no lo sabía; el ángel me lo ha dicho después en la tierra.

P. — ¿Usted conoce a mis hermanas? ¿Ha visto usted algunas veces a nuestra Madre desde que está en el mundo?

R. — Si, las conozco a todas y veo cuanto pasa en la casa; lo mismo sucede a todas las ánimas del purgatorio; ven lo que acaece en la tierra a menos que por permisión divina estén privadas de ello.

Vamos, hermana, hasta mañana.

Aquella cita, que nunca me había dado anteriormente, me sorprendió. Lo dije a nuestra venerada Madre, que ansiaba por el siguiente día para saber de qué se trataba.

Esta buena Madre me dijo: «Como usted veló anoche, es preciso que se vaya a acostar antes que toquen el gran silencio; entonces podrá ir a preguntarle qué es lo que tiene qué decirle».

No dejé de hacerlo así: pero su primera palabra fue: Hasta mañana, acuéstese tranquila.

Al siguiente día me le acerqué diciendo: —Buenos días, hermana; ayer me dió usted una cita para hoy, lo que me ha hecho pensar que tenía algo que decirme.

—No, hermana, lo único que quise decirle fue que como había estado en vela, no quería importunarla esta noche.

En efecto toda la noche la pasé muy tranquila.

P. —Como usted no le ha hablado a N. N. sino de N. B., ella está muy angustiada por sus demás parientes, imaginándose que pueden haberse condenado.

R. —No lo sé; pero si le interesa tanto, se lo preguntaré al ángel bueno.

P. —¿La han aliviado algo las oraciones y comuniones de ayer y hoy?

R. —El ángel respondió: «Sí, poca cosa le falta, tres o cuatro intenciones de la santa comunión y después espero que será pronto libertada».

P. —Hermana, ayer me ofreció usted preguntarle algo por N. N. al ángel de su guarda.

Volteóse la hermana como dirigiéndose a alguien y entonces oí la voz del ángel que me dijo:

«Dígale a su Madre que N. N. está en el cielo hace tiempo, y X. desde la Semana Santa; una de sus hijas ha pedido mucho por él».

Yo le repliqué: «Pero ella tiene muchos otros parientes que le interesan: tíos, tías...».

El Ángel me respondió: «En cuanto a N. N. está en el purgatorio; su tía la Hermana X está en el cielo; sin embargo, no fue tan pronto como se creyó, porque aquí las colocan en el cielo muy pronto. Pidan porque ustedes tienen en el purgatorio varias de sus hermanas que estaban mucho antes que la buena hermana María Sofía».

Le pregunté al ángel si mis dos hermanas estaban en el purgatorio y me respondió: «Las dos están en el cielo. Su hermana María no estuvo sino siete semanas en el purgatorio porque el buen Dios aceptó las oraciones y las misas que le mandó decir su hermana Elisa, como también el sacrificio generoso que hizo de su vida. Usted también tiene en el cielo a su sobrina María. Esa niña estuvo diez y siete días en el purgatorio, y eso por no haber pedido con bastante instancia los últimos sacramentos».

P. —¿Hermana, le dije a mi hermana María Sofía, usted recibió la aplicación de las oraciones y comuniones que le ofrecimos esta mañana?

Volvió a tomar el ángel la palabra y dijo: «Si, ya ella no se quema; sólo padece por el deseo de ver a Dios; pero le faltan aún algunas oraciones para alcanzar su completa libertad. Dele las gracias a su Madre y a sus hermanas por las oraciones que han hecho por esta alma.

Ella también les da las gracias; pero usted a su vez le debe alguna gratitud, pues no dejará de haber observado que está mejor de los ojos desde que pide por ella.

Me volví hacia mi hermana María Sofía y le dije: «¿Hermana, tendría usted la bondad de decirme qué es lo que debo hacer para aprovechar el tiempo?».

R. — Practique bien su regla y sus constituciones. Le recomiendo en particular la obediencia pronta y sencilla, la humildad, la mortificación; purifique bien su intención sobre todo por la mañana al levantarse, pues de ese primer momento depende todo el día; prepare bien su punto de oración, pues en este santo ejercicio es donde el demonio trata por lo menos de hacerle perder el tiempo. Y al responderle yo que muchas veces estaba tan cansada que tenía que sentarme, me dijo: «No son las rodillas las que quiere el buen Dios, sino el corazón y la voluntad.»

— En cuanto a la Misa, prosiguió, póngase al empezar bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del santo sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para las demás. ¡Ah si usted pudiese comprender el valor de una sola misa sobre el corazón de Dios, y los bienes que podría conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre celestial es la sangre de Jesucristo: con esa sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! ¡Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtudes más heroicos. Usted puede adoptar, o adopte el espíritu del Director. (No recuerdo bien su expresión).

— En el Ofertorio ofrézcase a Dios por manos del sacerdote; pídale que le cambie sus inclinaciones y su corazón, que la haga amar la virtud, sobre todo, la de la humildad. Dígale que usted quiere que todo en usted le sea sacrificado. Pídale al Señor que reciba la ofrenda de todos sus pensamientos, de todos sus afectos, de todo su ser.

— En la Consagración, represéntese estar a los pies de la Cruz de Nuestro Señor, y que la sangre de Jesús penetre en su alma gota a gota; este es el momento más precioso para alcanzar gracias del buen Dios. Aunque una alma estuviera en pecado mortal, podría salir de allí justificada. Pídale en ese momento al Señor por las ánimas del Purgatorio, para que su sangre apague todas las llamas, pues entonces Jesús no rehúsa nada.

— En la Comunión, únase a las disposiciones de la Santísima Virgen; pídale que le preste su corazón y reciba en él a Jesús, lo adore, ame y glorifique por usted. No deje nunca en sus comuniones de hacer una intención por las ánimas; acuérdese que Nuestro Señor mismo quiere que ruegue por su libertad, y que nada le negará a usted su padre, pidiéndole en su nombre.—Como durante todo el día se están celebrando misas, hará bien en unirse a ellas. Haga con sencillez sus oraciones, porque el escrúpulo es un gran mal. Evite apresurarse en lo que deba hacer, y nunca deje las comuniones por su culpa; no puede comprender cuánto pierde en omitirlas: haga a menudo la comunión espiritual. Aplíquese también a la caridad para el prójimo; usted no lo critica abiertamente, pero a veces, por excusarse, lo deja aparecer culpable. También debe respetar más el gran silencio; el otro día faltó con una de las alumnas.

— Pero lo que le dije fué por caridad, para hacerle un servicio —Es verdad, me dijo: pero sin embargo, usted dijo muchas palabras inútiles que ha podido evitar Dígale a su Madre que pediré mucho por ella cuando esté en el purgatorio; porque no se haga ilusiones, mi buena hermana, muy pocas personas van derecho al cielo.

Trabajando un día en nuestra celda y rezando al mismo tiempo el rosario de Ánimas, se me acercó mi hermana María Sofia y me dijo que rezara siempre ese rosario, porque le era muy agradable a Dios, y aliviaba prontamente a las ánimas. Me pareció que ella lo rezaba conmigo.

P. —Puedo esperar, hermana, que usted me cumplirá su palabra, y que tendrá la bondad de avisarme cuando se vaya para el cielo?

R. —Si, estese tranquila: no me iré sin avisárselo, y si no temiese que eso la perjudique le pediría al ángel el favor de que lo viese.

Le pregunté por qué motivo creía perjudicarme. Me respondió que era por temor de que con eso me envaneciera. Le di las gracias, manifestándole que si era así prefería verme privada de tan gran favor.

Después me dijo en dos diversas ocasiones: «Le prometo hacer todo lo posible para alcanzar del buen Dios la gracia de que pueda ver a su mamá cuando se vaya para el cielo.» Eso me lo repitió el 25 de mayo, víspera de Pentecostés, día de su entrada al cielo. Eran las dos y media de la tarde. Yo no quería separarme de ella; pero a pesar de mis deseos, no pude volver a su lado hasta las cinco menos cuarto.

Al presentarme me dijo: «Se ha hecho esperar. Ansiaba porque viniese.... Vamos, hermana, ¡me voy!... Le doy las gracias por todo lo que ha hecho por mi; manifiéstale también mi gratitud a la Madre y a todas las hermanas».

El temor de que se fuese sin haberle podido dar un recado que me habían encomendado poco antes, me hizo interrumpirla: «Oh, hermana, le dije emocionada, mi hermana María Adelaida me ha suplicado le pregunte si sus hermanos y hermanas están en el purgatorio.»

Tomó la palabra el ángel y dijo con voz de contento y felicidad: «No sólo a ella, sino a todas las hermanas dígales que se tranquilicen, que por ese respecto son muy felices; pues aquellos de sus parientes que no están en el cielo, van ya en camino. Al buen Dios le ha sido muy agradable la educación cristiana que dieron a sus hijas, y también el sacrificio que de ellas hicieron consagrándolas a Él. Ahora, le doy las gracias por todo lo que ha hecho por esta alma. Déle también las gracias a la Madre y a todas las hermanas y estén seguras de que ella no las olvidará en el Cielo, como tampoco a los seres queridos que tienen en el Purgatorio. Y usted, hermana, aplíquese a la humildad, a la obediencia y a la caridad; sea muy fiel a su regla, y después no tema nada.»

La hermana María Sofía tomó la palabra y me dijo: «Adiós, hermana, me voy.»

Me impresionó tanto con estas palabras que al punto caí de rodillas.

Volvió a tomar la palabra el ángel y me dijo: «crea, hermana que no le será ingrata!»...

Fué tan fuerte la impresión de todo esto, que apenas ví la desaparición de la hermana; sólo pude observar algo blanco que se elevaba como un vuelo de pájaro.

Aquí terminó todo; después ni he visto, ni oido nada.

Siguen algunas preguntas que dirigió nuestra muy venerada Madre a la hermana Margarita María acerca del físico de la hermana María Sofía.

P. — ¿Es alta la hermana María Sofía?

R. — Si, Madre un poco más alta que yo.

P. — ¿Tiene la cara larga o redonda?

R. — La tiene larga

P. — ¿Ojos grandes o pequeños?

R. — Grandes; el párpado se le ve con una gran arruga.

P. — ¿Cómo tiene la nariz?

R. — Bastante larga y esponjada.

P. — ¿Tiene mucho cabello?

R. — No; lo tiene largo y claro.

P. — ¿Tiene finos los labios?

R. — No; los tiene gruesos.

P. — ¿Cómo tiene las uñas?

R. — Parecen uñas encajadas; no las tiene lisas como nosotras; se le ven como rayadas y algo volteadas. Tiene las manos rojizas y mal formadas; al principio, cuando se me apareció, me causaba miedo.

P. — ¿Cómo tiene la punta de los dedos?

R. — Gruesas.

P. — ¿Es ancha de hombros, de pecho levantado?

R. — No, por el contrario, muy estrecha de hombros, y de pecho más hondo que yo.

P. — ¿Y su voz?

R.— Tiene buena palabra, pero la voz hueca; sus maneras parecen algo bruscas.

Según esta exposición, nuestra muy venerada Madre y todas mis hermanas de la comunidad que han conocido a la hermana María Sofía, aseguran que ese retrato está absolutamente conforme con el original.

miércoles, 25 de febrero de 2026

VACUNAS HECHAS CON PARTES DE FETOS ABORTADOS

 


La ciencia, los medios de comunicación o la iglesia oficial que se dice católica y mucho menos los gobiernos NO nos han hablado ni alertado sobre este aspecto. 

MRC-5 A finales de la década de los 60’´s, la línea celular MRC-5 (AG05965) que son fibroblastos de pulmón de feto humano abortado se desarrolló en septiembre de 1966 a partir de tejido pulmonar extraído de un feto de 14 semanas abortado de una mujer de 27 años físicamente sana. La morfología celular es similar a la de los fibroblastos. [coriell.org] Actualmente las vacunas que se fabrican cultivando virus en estas células son Hepatitis A, Hepatitis A +B, Hepatitis A+B + tifoidea, y en todas las combinaciones que incluyan Rubeola. 

HEK-293 Otra cepa de células de origen de feto abortado son HEK-293. La línea celular de riñón embrionario humano HEK293 tiene potencial biosintético para la producción similar a la humana y actualmente se utiliza para la fabricación de varios proteínas terapéuticas y vectores virales. Aunque inicialmente se usó para la producción de vectores adenovirales, HEK293 también se convirtió en una de las líneas celulares preferidas para la expresión de proteínas transitoria o estable. La necesidad de un plegamiento de proteínas y glicosilación adecuados de proteínas terapéuticas ha promovido la producción en células HEK293. [https://www.capricorn-scientific.com/en/landing-pages/HEK-ONE] 

HEK293 es una línea celular derivada de células renales embrionarias humanas cultivadas en cultivo de tejidos. También se conocen, de manera más informal, como células HEK. Esta línea en particular se inició mediante la transformación y cultivo de células HEK normales con ADN de adenovirus 5 cortado. La transformación dio como resultado la incorporación de aproximadamente 4,5 kilobases del genoma viral en el cromosoma 19 humano de las células HEK. La línea fue cultivada por el científico Alex Van der Eb a principios de la década de 1970 en su laboratorio de la Universidad de Leiden, Holanda. La transformación fue ejecutada por Frank Graham, otro científico del laboratorio de Van der Eb que inventó el método del fosfato de calcio para transfectar células. La fuente de las células era un feto abortado sano de paternidad desconocida. El nombre HEK293 se llama así porque fue el experimento número 293 de Frank Graham. 

Se “desconoce” el tipo de célula de riñón de la que proviene la línea celular HEK293 y es difícil caracterizar de manera concluyente las células después de la transformación, ya que el adenovirus 5 podría haber alterado significativamente la morfología y expresión celular. Además, los riñones embrionarios son una mezcla heterogénea de casi todos los tipos de células presentes en el cuerpo. De hecho, investigadores independientes, incluido el propio Van der Eb, han especulado que las células pueden ser de origen neuronal. Aunque teóricamente posible, la mayoría de las células derivadas de un riñón embrionario serían células endoteliales, epiteliales o fibroblásticas. Se sospecha un origen neuronal debido a la presencia de ARNm y productos génicos que se encuentran típicamente en las neuronas.

 Hoy en día, las células HEK293 se utilizan con frecuencia en biología celular y biotecnología, solo superadas por HeLa, la primera línea celular humana. Alrededor del establecimiento de HeLa en 1951, los científicos se mostraban reacios a aceptar y utilizar líneas celulares humanas debido a la preocupación por un agente oncogénico en ellas. Esta preocupación, junto con la capacidad conocida de las líneas de células animales para crecer rápidamente y producir una gran cantidad de proteínas, dio a los científicos razones para favorecer las líneas de células animales sobre las líneas celulares humanas al producir proteínas recombinantes. Sin embargo, los avances en la tecnología desde entonces han permitido un aumento en el uso de líneas celulares humanas. Una ventaja de las líneas celulares humanas es que pueden producir proteínas muy similares a las que los humanos sintetizan de forma natural. Ahora existen productos bioterapéuticos recombinantes aprobados producidos a partir de HEK293 y otras líneas celulares humanas. HEK293 y sus derivados se utilizan en una amplia gama de experimentos, incluidos estudios de transducción de señales e interacción de proteínas, producción rápida de proteínas a pequeña escala y producción biofarmacéutica. 

Las células HEK293 crecen fácilmente en cultivos sin suero en suspensión, se reproducen rápidamente y producen altos niveles de proteína, lo que explica por qué se han utilizado ampliamente para producir proteínas de grado de investigación durante varios años. [http://www.hek293.com/] 

Las vacunas que se fabrican a partir de esta línea de células son varias del COVID19, la vacuna del ebola y pulmozyme (alfa dornasa) para fibrosis quística. 

HEK 293 y vacunas COVID Las vacunas que actualmente utilizan HEK para su fabricación son COVID 19 ChAdOx 1 AztraSeneca, CanSino Biologics, Pfizer (para pruebas), Inovio, Moderna para pruebas de RNA, Novavax – NVX-CoV2373. [https://cogforlife.org/wpcontent/uploads/CovidCompareMoralImmoral.pdf] Si bien las vacunas de Pfizer y Moderna no tienen en su composición directamente productos derivados de cultivo de células fetales, el RNA que se utiliza, es vectorizado e insertado en este tipo de células fetales para su evaluación y control de “calidad”, para verificar que mediante la inserción de RNA en las células fetales se produzca la proteína Spike del coronavirus. 

WI-38 

Otra de las líneas celulares de fetos abortados es WI-38. Son células humanas de feto abortado de 3 meses de gestación; de pulmón embrionario normal. Tienen espectros de virus humanos muy amplios, especialmente útiles para el aislamiento de rinovirus. Las células forman una membrana multicapa cuando se mantienen durante períodos prolongados a 37 ° C con ajustes periódicos de pH. Se utiliza en la preparación de vacunas contra virus humanos. Descripción del producto: (https://www.atcc.org/products/ccl-75) 

La línea celular WI-38 se derivó de un trabajo anterior de Hayflick en el cultivo de cultivos de células humanas. A principios de la década de 1960, Hayflick y su colega Paul Moorhead en el Instituto Wistar en Filadelfia , Pensilvania, descubrieron que cuando las células humanas normales se almacenaban en un congelador, las células recordaban el nivel de duplicación en el que se almacenaban y, cuando se reconstituían, comenzaban a dividirse. desde ese nivel hasta aproximadamente 50 duplicaciones totales (para células derivadas de tejido fetal). Hayflick determinó que las células normales experimentan gradualmente signos de senescencia a medida que se dividen, primero desacelerándose antes de detener la división por completo. Este hallazgo es la base del límite de Hayflick, que especifica el número de veces que una población de células humanas normales se dividirá, antes la división celular se detiene. El descubrimiento de Hayflick contribuyó posteriormente a la determinación de las funciones biológicas de los telómeros. Hayflick afirmó que la capacidad finita de las células humanas normales para replicarse era una expresión de envejecimiento o senescencia a nivel celular. Durante este período de investigación, Hayflick también descubrió que, si las células se almacenaran adecuadamente en un congelador, las células seguirían siendo viables y que se podría producir una enorme cantidad de células a partir de un solo cultivo inicial. Se descubrió que una de las cepas de células que aisló Hayflick, a la que llamó WI-38, estaba libre de virus contaminantes, a diferencia de las células primarias de riñón de mono que se usaban para la producción de vacunas de virus. Además, las células WI-38 podrían congelarse, luego descongelarse y probarse exhaustivamente. Estas ventajas llevaron a que WI-38 reemplazara rápidamente las células primarias de riñón de mono para la producción de vacunas de virus humanos. WI-38 también se ha utilizado para la investigación de numerosos aspectos de la biología celular humana normal. Las vacunas que actualmente se fabrican con la línea celular WI-38 son sarampión, rubeola y paperas, varicela y vacuna para zoster. Se ha comentado que se trata de líneas celulares que solo se fabricaron una sola vez a partir de los primeros fetos abortados, sin embargo, todas estas líneas celulares tienen una senescencia conocida (es decir mueren después de cierto número de divisiones), máximo hasta 60-90 divisiones. Son miles de millones de dosis que se han fabricado desde la década de los 60s y se han aplicado, la pregunta inmediata es ¿Cuántos fetos abortados se han requerido para mantener la demanda de cultivos celulares? Los fabricantes no detallan esta información.

Cuáles son las implicaciones morales 

¿Cuál es la implicación moral de utilizar células de fetos abortados para la fabricación de vacunas? Primero hay que recordar que el 5o. Mandamiento prohíbe matar al inocente. El aborto provocado entra claramente en esta prohibición. Aunque el aborto pudiera llegar a ser un medio por el que se salvara la vida a muchos seres humanos, ni siquiera por ese fin tan noble se podría justificar hacer un mal tan grave rompiendo la ley de Dios. El pecado del aborto es uno de los que se denominan como un “pecado que clama al cielo”: es un crimen atroz, es matar a un inocente y privarlo de su derecho a ser redimido.

La ley moral nos prohíbe participar de algo intrínsecamente malo, como el aborto, ni directamente (participando, induciendo, aconsejándolo), ni tampoco provocando abortos indirectamente (por ejemplo, el consumir o utilizar una de las vacunas mencionadas, ya que crea indirectamente demanda de más fetos abortados para su producción o prueba). No se puede hacer uso del principio del doble efecto para justificar el uso de tales vacunas, ya que el hipotético buen efecto (“salvar vidas”) no sucede antes ni simultáneamente al mal efecto (aborto). De aquí se deriva el principio católico mencionado por San Pablo de que el fin no justifica los medios (“¿Hagamos el mal para que venga el bien?” Rom. 3,8). Por los tanto es materia grave el participar directamente o indirectamente en el aborto para conseguir un bien posterior. De aquí se tiene que concluir necesariamente que el vacunarse (con las vacunas mencionadas) es materia de pecado grave. Por lo tanto, nadie debe usar las actuales “vacunas” del Covid: (ChAdOx 1, AztraSeneca, CanSino Biologics, Pfizer, Inovio, Moderna, Novavax – NVX-CoV2373, e inclusive la SPUTNIK cuando usa fetos humanos para reproducir los vectores virales, o son usadas para pruebas de “control de calidad”), ni tampoco las vacunas “convencionales” como las de varicela, hepatitis A, Rubeola, Sarampion, Poliomielitis inyectable entre otras. 

Dios tenga misericordia de nosotros

Bibliografía Use of human diploid cell MRC-5, for production of measles and rubella virus vaccines. Dev Biol Stand. 1976 Dec 13-15;37:297-300. 

Rubini, a new live attenuated mumps vaccine virus strain for human diploid cells. Dev Biol Stand. 1986;65:29-35. 

Microneedle array delivered recombinant coronavirus vaccines: Immunogenicity and rapid translational development. EBioMedicine 55 (2020) 102743 

Olshansky SJ, Hayflick L. The Role of the WI-38 Cell Strain in Saving Lives and Reducing Morbidity. AIMS Public Health. 2017;4(2):127-138. Published 2017 Mar 2. doi:10.3934/publichealth.2017.2.127 

Hayflick L, Moorhead PS. The serial cultivation of human diploid cell strains. Exp Cell Res. 1961;25:585–621. 

Jacobs JP, Jones CM, Baille JP. Characteristics of a human diploid cell designated MRC5. Nature. 1970;227:168–170.

Sykes JA, Whitescarver J, Jernstrom P, Nolan JF, Byatt P. Some properties of a new epithelial cell line of human origin. J Natl Cancer Inst. 1970 Jul;45(1):107-22. PMID: 4317734. 

Koprowski H, Ponten JA, Jensen F, et al. Transformation of cultures of human tissue infected with simian virus S.V. 40. J Cell Comp Physiol. 1962;59:281. 

Hayflick L, Norton TW, Plotkin SA, et al. Preparation of poliovirus vaccines in a human fetal diploid cell strain. Am J Hyg. 1962;77:240–258. 

Hayflick L. The limited in vitro lifetime of human diploid cell strains. Exp Cell Res. 1965;37:614–636. [PubMed] [Google Scholar] 

Jacobs JP, Jones CM, Baille JP. Characteristics of a human diploid cell designated MRC5. Nature. 1970;227:168–70. [PubMed] [Google Scholar] 

California Legislative Information, SB-277 Public Health: Vaccinations. 2015. Available From: https://leginfo.legislature.ca.gov/faces/billNavClient.xhtml?bill_id=201520160SB27 7. 

Manual de Teologia Moral para seglares. Pbro. Royo Marin OP. BAC Tercera edicion.

martes, 12 de agosto de 2025

LA NUEVA FSSPX INSISTE EN APARENTAR DEFENDER LA FE

 


A continuación presentamos análisis de la conferencia impartida por el padre Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX en la Vendée, se incluye link de la conferencia.

Comentarios a la Conferencia del padre Pagliarani, superior de la FSSPX, a los fieles de la Vendée

Minuto 1:00: El Superior General de la FSSPX, Fr. Davide Pagliarani hace mención de la heroica declaración de Mons Lefebvre 1971, esta declaración la usan para su propia promoción, pero no lo siguen ni lo siguieron al menos claramente desde 2012. Presentamos 4 ejemplos claros y graves de que no siguen lo enseñado por Mons. Lefebvre en su declaración (noviembre 1974).

    1º La aceptación de Mons. Fellay (2022) a título de Superior General de la SSPX del modernismo, del magisterio modernista y de la validez de la nueva misa. Este hecho provocó la salida de más de 50 sacerdotes y religiosos afiliados a la FSSPX para no ser parte de esta apostasía.

    2º Años antes ya habían aceptado el levantamiento de excomuniones por parte del modernismo (diciembre 2008) a los obispos de la FSSPX consagrados por Mons. Lefebvre, sin embargo, esas excomuniones fueron inválidas, no reivindicaron a Mons. Lefebvre y no pidieron nulidad de las excomuniones para el Fundador ni para Mons. De Castro Mayer, eso significó, aceptar de forma tácita, que las excomuniones fueron lícitas, por lo tanto, aceptaron que las consagraciones no eran necesarias para preservar la Fe y que la Iglesia Conciliar oficial actuó con justicia. Esto es un ejemplo muy precoz de que la FSSPX ya claudicaba en la defensa de la Fe y la meta era congraciarse con la Roma modernista.

     3º En tiempos más recientes, aceptaron la jurisdicción ordinaria a manos de Francisco (noviembre 2016). Aceptar la jurisdicción ordinaria es reconocer que no hay crisis en la Iglesia y no se requiere resistir al modernismo. La FSSPX siempre recurrió válidamente a la jurisdicción de suplencia, que en tiempos de crisis en la Iglesia o apostasía no se requiere de la jurisdicción ordinaria para la administración de Sacramentos (penitencia, matrimonio, extremaunción y orden sacerdotal).  Aceptar la jurisdicción ordinaria de Francisco fue aceptar que los modernistas tenían razón y que no hay diferencia entre católicos y conciliares.

    4º Para colmo, aceptaron y promovieron la “vacuna Covid-19” manufacturada con partes de fetos abortados, la recomendaron como moralmente aceptable; esa aceptación es una muestra clave de la amistad con los modernistas y signo de apostasía, pues la vacuna covid utiliza partes de fetos abortados sin las cuales la “vacuna” sería imposible que se fabricara. Ellos mismos aceptaron y recomendaron la vacuna sin objeción moral antes que los mismos modernistas. (Diciembre 2021). 

LEER AQUI LA POSTURA OFICIAL DE LA FSSPX SOBRE LAS VACUNAS COVID


Minuto 6:30: el padre Davide hace referencias a objeciones y reacciones que vienen por fuera de la Fraternidad hablando de la reforma litúrgica, ecumenismo. ¿De la FSSPX no vienen esas objeciones?

Minuto 11:30. Hace referencia a Benedicto XVI y su hermenéutica de continuidad y el Motu proprio 2007, según el Fr. Davide tuvo un efecto positivo para que muchos conocieran la misa tridentina, esto es un error, porque no se puede aceptar algo malo que ofende a Dios (rebajar la misa verdadera a rito extraordinario), para que algo bueno, como lo es la Misa de siempre sea reconocida, la Misa de San Pio V tiene y ya tenía derechos para toda la eternidad. Hacer esto es depreciar la gloria de Dios 

Minuto 17:54 Sobre la Sinodalidad.  Dice el padre Davide que no es error de contenido sino de método. ¿No es error de contenido? La Sinodalidad para Francisco es el equiparamiento de la autoridad en la Iglesia repartido entre los obispos, sacerdotes y fieles en la función de enseñar, eso es una herejía.

Minuto 30:00:  el padre desmenuza los errores de la sinodalidad, pero él como Superior General de la FSSPX, ¿Qué tipo de objeción o protesta formal presentó al papa Francisco para salvaguardar la Fe públicamente? Esta conferencia "valiente" llegó demasiado tarde.

Minuto 41:30 el padre habla de la batalla doctrinal, legado de Mons. Lefebvre, el enemigo con quien luchar es el modernismo, pero en los hechos ¿qué hicieron? Volvemos a los 4 ejemplos más importantes del inicio de esta publicación. 

Minuto 46:40 expone como si de forma eficaz defendieran la fe y la tradición contrario a lo que han hecho, simplemente a eso se le llama retórica para el convencimiento de ellos mismos o de sus seguidores.

Minuto 48:00: se distancia de las comunidades Ecclesia Dei, pero la FSSPX ya cedió en los mismos puntos de Doctrina que esas comunidades.


El que no esta Conmigo está contra Mí, el que no recoge conmigo, desparrama. Mt 12,30

Carísimos, no creáis a todo espíritu, sino poned a prueba los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. 1Juan 4,1


Por eso me obstino. Y si se quiere conocer el motivo profundo de esa obstinación, es éste: en la hora de mi muerte, cuando Nuestro Señor me pregunte: ¿Qué has hecho de tu episcopado, y con tu gracia episcopal y sacerdotal?, no quiero oír de su boca estas terribles palabras: Has cooperado con los demás a destruir mi Iglesia”. Monseñor Marcel Lefebvre



miércoles, 9 de julio de 2025

EL MISTERIO DEL MAS ALLA: R. P. ROYO MARIN (Primera Parte)



EL MISTERIO DEL MÁS ALLÁ

Antonio Royo Marín, O.P.

AL LECTOR (Artículos apologéticos sobre lo que debemos recordar siempre hasta nuestra muerte para unos y para otros sean estas páginas un retorno a la fe o a la devoción)

Las siguientes páginas contienen el texto íntegro de una serie de Conferencias Cuaresmales pronunciadas por el autor en la Real Basílica de Atocha, de Madrid, que fueron retransmitidas a toda España por Radio Nacional en conexión con varias emisoras de provincias.
La resonancia verdaderamente nacional que alcanzaron aquellas conferencias, nos ha impulsado a ofrecerlas en su texto taquigráfico, a fin de conservar en lo posible la espontaneidad y el ritmo oratorio con que fueron pronunciadas.

I

EXISTENCIA DEL MÁS ALLÁ

Comenzamos hoy, bajo el manto y la mirada maternal de la Santísima Virgen de Atocha, esta serie de conferencias cuaresmales, cuyo tema central lo constituye El misterio del más allá.
Y, ante todo, os voy a decir por qué he escogido este tema. Son tres las principales razones que me han movido a ello:
En primer lugar, por su trascendencia soberana. Ante él, todos los demás problemas que se pueden plantear a un hombre sobre la tierra, no pasan de la categoría de pequeños problemas sin importancia. No voy a invocar una conversación tenida con un alto intelectual. Salid simplemente a la calle. Preguntadle a ese obrero que se dirige a su trabajo:
–¿Adónde vas?
Os dirá: ¿Yo?, a trabajar.
–¿Y para qué quieres trabajar?
–Pues para ganar un jornal.
–Y el jornal, ¿para qué lo quieres?
–Pues para comer.
–¿Y para qué quieres comer?
–Pues..., ¡para vivir!
–¿Y para qué quieres vivir?

Se quedará estupefacto creyendo que os estáis burlando de él. Y en realidad, señores, esa última es la pregunta definitiva; ¿para qué quieres vivir?, o sea, ¿cuál es la finalidad de tu vida sobre la tierra?, ¿qué haces en este mundo?, ¿quién eres tú? No me interesa tu nombre y tu apellido como individuo particular: ¿quién eres tú como criatura humana, como ser racional?, ¿por qué y para qué estás en este mundo?, ¿de dónde vienes?, ¿adónde vas?, ¿qué será de ti después de esta vida terrena?, ¿qué encontrarás más allá del sepulcro?

Señores: éstas son las preguntas más trascendentales, el problema más importante que se puede plantear un hombre sobre la tierra. Ante él, vuelvo a repetir, palidecen y se esfuman en absoluto esa infinita cantidad de pequeños problemas humanos que tanto preocupan a los hombres. El problema más grande, el más trascendental de nuestra existencia, es el de nuestros destinos eternos.
La segunda razón que me impulsó a escoger este tema es su enorme eficacia sobrenatural para orientar a las almas en su camino hacia Dios. Este tema interesantísimo no puede dejar indiferente a nadie, porque plantea los grandes problemas de la vida humana. No se trata de una cosa fugaz y perecedera. Se trata de nuestros destinos inmortales, y esto, a cualquier hombre reflexivo tiene que llegarle forzosamente hasta lo más hondo del alma. Para encogerse de hombros ante él es menester ser un loco o un insensato irresponsable.

La tercera razón, señores, es su palpitante actualidad. Porque si este tema no puede envejecer jamás, por tratarse del problema fundamental de la vida humana, de una manera especialísima en estos tiempos que estamos atravesando adquiere caracteres de palpitante actualidad. No hay más que contemplar el mundo, señores, para ver de qué manera camina desorientado en las tinieblas por haberse puesto voluntariamente de espaldas a la luz.

Es inútil que se reúnan las cancillerías, que se organicen asambleas internacionales. No lograrán poner en orden y concierto al mundo hasta que lo arrodillen ante Cristo, ante Aquél que es la Luz del mundo; hasta que, plenamente convencidos todos de que por encima de todos los bienes terrenos y de todos los egoísmos humanos es preciso salvar el alma, se pongan en vigor, en todas las naciones del mundo, los diez mandamientos de la Ley de Dios.

Con sola esta medida se resolverían automáticamente todos los problemas nacionales e internacionales que tienen planteados los hombres de hoy; y sin ella será absolutamente inútil todo cuanto se intente.

Precisamente porque el mundo de hoy no se preocupa de sus destinos eternos, porque no se habla sino del petróleo árabe, de la hegemonía económica mundial de ésta o de la otra nación, o de cualquier otro problema terreno materialista, en el horizonte cercano aparecen negros nubarrones que, si Dios no lo remedia, acabarán en un desastre apocalíptico bajo el siniestro resplandor y el estruendo horrísono de las bombas atómicas.


Examinemos, señores, los datos fundamentales del problema.
Desde la más remota antigüedad se enfrentan y luchan en el mundo dos fuerzas antagónicas, dos concepciones de la vida completamente distintas e irreductibles: la concepción materialista, irreligiosa y atea, que no se preocupa sino de esta vida terrena, y la concepción espiritualista, que piensa en el más allá.

La primera podría tener como símbolo una sala de fiestas, un salón de baile, un cabaret, y sobre su frontispicio esta inscripción, estas solas palabras: No hay más allá. Por consiguiente, vamos a gozar, vamos a divertirnos, vamos a pasarlo bien en este mundo. Placeres, riquezas, aplausos, honores... ¡A pasarlo bien en este mundo! Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Concepción materialista de la vida, señores.

Pero hay otra concepción: la espiritualista, la que se enfrenta con los destinos eternos, la que podría tener como símbolo una grandiosa catedral en cuyo frontispicio se leyera esta inscripción: ¡Hay un más allá! O si queréis esta otra más gráfica y expresiva todavía: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma para toda la eternidad?

He aquí, señores, la disyuntiva formidable que tenemos planteada en este mundo. No podemos encogernos de hombros. No podemos permanecer indiferente ante este problema colosal, porque, queramos o no, lo tenemos todos planteado por le mero hecho de haber nacido: “estamos ya embarcados” y no es posible renunciar a la tremenda aventura.

Yo comprendo perfectamente la risa y la carcajada volteriana del incrédulo irreflexivo que se hunde totalmente en el cieno, que no vive más que para sus placeres, sus riquezas y sus comodidades temporales. Lo comprendo perfectamente, porque es un insensato, un loco, que no se ha planteado nunca en serio el problema del más allá. Pero una persona que tenga un poquito de fe y otro poco de sentido común, que sepa reflexionar y que se plantee el problema del más allá, y se encoja de hombros ante él y diga: “La eternidad, ¿qué me importa eso?”, señores, eso no lo comprendo, eso no lo concibo. Ante el problema pavoroso del más allá no podemos permanecer indiferentes, no podemos encogernos de hombros. Tenemos que tomar una actitud firme y decidida, si no queremos renunciar, no ya a la fe cristiana, sino a la simple condición de seres racionales.
Precisamente estos días vengo a hablaros de este gran problema de nuestros destinos eternos: del misterio del más allá.

Esta tarde, en las primeras de mis conferencias, voy a ceñirme exclusivamente a poner en claro la existencia del más allá. Nada más.
No vengo en plan apologético. Tengo muy poca fe en la apologética, señores, como instrumento apto para convencer al que no está dispuesto a aceptar la verdad aunque brille ante él más clara que el sol. Ya lo supo decir admirablemente uno de los genios más portentosos que ha conocido la humanidad, una de las inteligencias más preclaras que han brillado jamás en el mundo: San Agustín. Un hombre que conocía maravillosamente el problema, que sabía las angustias, la incertidumbre de un corazón que va en busca de la luz de la verdad sin poderla encontrar, porque vivió los primeros treinta años de su vida en las tinieblas del paganismo. Conocía maravillosamente el problema y sabía muy bien que no hay ni pueden haber argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal del error, para ser juzgada y sentenciada por él. Es imposible, señores, que haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Imposible de todo punto!

No hay incrédulos de cabeza, pero sí muchísimos incrédulos de corazón. No tienen argumentos contra la fe, pero sí un montón de cargas afectivas. No creen porque no les conviene creer. Porque saben perfectamente que si creen tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.

Señores: cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia. ¡Ah, pero cuando el corazón está corrompido...! ¿No os habéis fijado que sólo los malhechores y delincuentes –jamás las personas honradas– atacan a la Policía o la Guardia Civil?
San Agustín conocía maravillosamente esta psicología del corazón humano y por eso escribió esta frase lapidaria y genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.

Maravillosa frase, señores. Para el que quiere creer, para el hombre honrado, para el hombre sensato, para el hombre que quiere discurrir con sinceridad, tengo mil pruebas enteramente demostrativas de la verdad de la fe católica. Pero para el que no quiere creer, para el que cierra obstinadamente su inteligencia a la luz de la verdad, no tengo absolutamente ninguna prueba.

A ese incrédulo del “corazón”, a ése que lanza su carcajada volteriana porque “no le interesan las cosas de los curas y de los frailes”, a ése no tengo que decirle absolutamente nada. Pero que no olvide, sin embargo, la frase magistral de San Agustín: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.

No me dirijo al incrédulo volteriano. Me dirijo, sencillamente, al hombre de la calle, que vive quizá olvidado de Dios, pero que posee un fondo honrado y un corazón recto; a ese hombre bueno, honrado, de corazón sincero, de corazón naturalmente cristiano, pero irreflexivo y atolondrado, que no se ha planteado nunca en serio el problema del más allá. Con éste quiero hablar. Con éste quiero entablar diálogo, y le digo: “amigo, escúchame, que estoy completamente seguro de que llegaremos a un acuerdo, porque te voy a hablar a la inteligencia y al corazón y tú tienes una inteligencia sana y un corazón noble y me vas a escuchar con sincera rectitud de intención”.

Te voy a hablar de la existencia del más allá. Voy a proponerte tres argumentos. Sencillos, claros, al alcance de todas las fortunas intelectuales. En el primero, nos moveremos en el plano de las meras posibilidades. En el segundo, llegaremos a la certeza natural, o sea, a la que corresponde al orden puramente humano, filosófico, de simple razón natural. Y en tercero, llegaremos a la certeza sobrenatural, en torno a la existencia del más allá.


Primer argumento, señores. Nos vamos a mover en el plano de las meras posibilidades.
Las personas cultas que me escuchan saben muy bien que Renato Descartes quiso encontrar el principio fundamental de la filosofía planteando su famosa “duda metódica”. Se propuso dudar de todo, incluso de las cosas más elementales y sencillas, para ver si encontraba alguna verdad de evidencia tan clara y palmaria que fuera absolutamente imposible dudar de ella, con el fin de tomarla como punto de partida para construir sobre ella toda la filosofía. Y al intentar tamaña duda, escepticismo tan absoluto y universal, se dio cuenta de que estaba pensando, y al punto, lanzó su famoso entimema, que, en realidad, no admite vuelta de hoja, aunque no constituye, ni mucho menos, el principio fundamental de la filosofía: “Pienso, luego existo”.

Señores, una duda real, absoluta y universal, que no excluya verdad alguna, además de absurda e insensata, es herética y blasfema. El mismo Descartes, que era y actuó siempre como católico, se encargó de aclarar después que no había tratado en ningún momento de extender su duda universal a las verdades sobrenaturales de la fe, sino únicamente a las de orden puramente natural y humano.
Nosotros no vamos a dudar un solo instante de las verdades de la fe católica. Pero vamos a fingir, vamos a imaginarnos por un momento, que la fe católica no nos dijera absolutamente nada sobre la existencia del más allá. Es absurda tal suposición, puesto que esa existencia constituye la verdad primera y fundamental del catolicismo; pero vamos a imaginarnos, por un momento, ese disparate. Y amontonando nuevos absurdos y despropósitos, vamos a suponer, por un momento, que la razón humana no nos ofreciera tampoco ningún argumento enteramente demostrativo de la existencia del más allá, sino, únicamente, de su mera posibilidad.

¿Cuál debería ser nuestra actitud en semejante suposición? ¿Qué debería hacer cualquier hombre razonable, no ante la certeza, pero sí ante la posibilidad de la existencia de un más allá con premios y castigos eternos?

Es indudable, señores, que aún en este caso, aún cuando no tuviéramos la certeza sobrenatural de la fe sobre la existencia del más allá, y aún cuando la simple razón natural no nos pudiera demostrar plenamente su existencia y tuviéramos que movernos únicamente en el plano de las simples probabilidades y hasta de las meras posibilidades, todavía, entonces la prudencia más elemental debería empujarnos a adoptar la postura creyente, por lo que pudiera ser. Nos jugamos demasiadas cosas tras esa posibilidad: no podríamos tomarla a broma.

Reflexionad un momento. Ved lo que ocurre con las cosas e intereses humanos. Existen infinidad de Compañías de Seguros para asegurar un sin fin de cosas inseguras, sobre todo cuando se trata de cosas que, humanamente hablando, vale la pena asegurar. El mendigo harapiento que vive en una miserable chabola del suburbio de una gran ciudad, no tiene por qué preocuparse de asegurar aquella miserable vivienda; pero el que posee un magnífico palacio que vale millones de pesetas, hace muy bien en asegurarlo  contra un posible incendio, porque para él, un incendio podría representar una catástrofe irreparable. Ahora bien, al hacer el seguro contra incendios, ¿está convencido el que lo firma de que el incendio sobrevendrá efectivamente? ¡Qué va a estar convencido! Está casi seguro de que no se producirá, porque no solamente no es infalible que se produzca, sino que ni siquiera es probable. Es, simplemente, posible, nada más. No es cosa cierta, ni infalible, ni siquiera probable, pero es posible. Y como tiene mucho que perder, lo asegura y hace muy bien.

Otros hacen seguro contra el pedrisco, otros contra el robo. ¿Es que están convencidos de que sobre sus tierras vendrá el pedrisco y las arrasará, o de que vendrá el ladrón y se apoderará de los bienes de su casa? No. Están completamente convencidos de lo contrario. No habrá pedrisco y, si lo hay, quedará muy localizado y no les arruinará todas sus tierras, ni muchísimo menos. Pero para evitarse el posible perjuicio parcial, firman la póliza del seguro. No vendrá el ladrón, pero por si acaso, aseguran sus bienes de fortuna. Esta conducta, señores, es muy sensata y razonable. No se le puede poner reparo alguno.

Pues, señores, traslademos esto del orden puramente natural y humano, a las cosas del alma, al tremendo problema de nuestros destinos eternos, y saquemos la consecuencia.

Señores, aunque no tuviéramos la seguridad absoluta, ciertísima que tenemos ahora; aunque no fuera ni siquiera probable, sino meramente posible la existencia de un más allá con premios y castigos eternos (fijaos bien: con premios y castigos eternos), la prudencia más elemental debería impulsarnos a tomar toda clase de precauciones para asegurar la salvación de nuestra alma. Porque, si efectivamente hubiera infierno y nos condenáramos para toda la eternidad, lo habríamos perdido absolutamente todo para siempre. No se trata de la fortuna material, no se trata de las tierras o del magnífico edificio, sino nada menos, que del alma, y el que pierde el alma lo perdió todo, y lo perdió para siempre.

Aunque no tuviéramos certeza absoluta, sino sólo meras conjeturas y probabilidades, valdría la pena tomar toda clase de precauciones para salvar el alma. Esto es del todo claro e indiscutible. Escuchad una anécdota muy gráfica y aleccionadora:
Dos frailes descalzos, a las seis de la mañana, en pleno invierno y nevando copiosamente, salían de una iglesia de París. Habían pasado la noche en adoración ante el Santísimo sacramento. Descalzos, en pleno invierno, nevando... Y he aquí que, en aquel mismo momento, de un cabaret situado en la acera de enfrente, salían dos muchachos pervertidos, que habían pasado allí una noche de crápula y de lujuria. Salían medio muertos de sueño, enfundados en sus magníficos abrigos, y al cruzarse con los dos frailes descalzos que salían de la iglesia, encarándose uno de los muchachos con uno de ellos, le dijo en son de burla: “Hermanito, ¡menudo chasco te vas a llevar si resulta que no hay cielo!” Y el fraile que tenía una gran agilidad mental, le contestó al punto: “Pero ¡qué terrible chasco te vas a llevar tú si resulta que hay infierno!”.

El argumento, señores, no tiene vuelta de hoja. Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar los que no piensan ahora en el más allá, los que gozan y se divierten revolcándose en toda clase de placeres pecaminosos! Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar!
En cambio, nosotros, no. Los que estamos convencidos de que lo hay, los que vivimos cristianamente no podemos desembocar en un fracaso eterno. Aun suponiendo, que no lo supongo; aun imaginando, que no lo imagino, que no existe un más allá después de esta pobre vida, ¿qué habríamos perdido, señores, con vivir honradamente? Porque lo único que nos prohíbe la religión, lo único que nos prohíbe la Ley de Dios, es lo que degrada, lo que envilece, lo que rebaja al hombre al nivel de las bestias y animales. Nos exige, únicamente, la práctica de cosas limpias, nobles, sublimes, elevadas, dignas de la grandeza del hombre: “Sé honrado, no hagas daño a nadie, no quieras para ti lo que no quieras para los demás, respeta el derecho de todos, no te revuelques en los placeres inmundos, practica la caridad, las obras de misericordia, apiádate del prójimo desvalido, sé fiel y honrado en tus negocios, sé diligente en tus deberes familiares, educa cristianamente a tus hijos...”

¡Qué cosas más limpias, más nobles, más elevadas! ¿Qué habríamos perdido con vivir honradamente, aun suponiendo que no hubiera cielo? Y, en cambio, ¿qué habríamos ganado con aquella conducta inmoral si hay infierno y perdiéramos el alma por no haber hecho caso de nuestros destinos eternos?
Señores, aun moviéndonos en el plano de las meras posibilidades, les hemos ganado la partida a los incrédulos. Nuestra conducta es incomparablemente más sensata que la suya.


¡Ah!, pero tenemos argumentos mucho más fuertes y decisivos. Podemos avanzar mucho más y hasta rebasar en absoluto las meras probabilidades y entrar de lleno en el terreno de la certeza plena. Primero en un plano natural, meramente filosófico, y después, en un plano sobrenatural, en el plano teológico de la verdad revelada por Dios.
Primero la filosofía, señores. En el plano de la simple razón natural se pueden demostrar como dos y dos son cuatro, dos verdades fundamentales: la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Estas son verdades de tipo filosófico, demostrables por la simple razón natural. Hay otras verdades que rebasan el marco de la simple filosofía y entran de lleno en el terreno de la fe. Por ejemplo, si el mismo Dios no se hubiese dignado revelarnos que es uno en esencia y trino en personas, no lo hubiéramos sabido ni sospechado jamás en este mundo. La razón natural no puede descubrir, ni sospechar siquiera, el misterio de la Santísima Trinidad. Pero la simple razón natural, repito, puede demostrar de una manera apodíctica, ciertísima, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Ahora bien, si Dios existe, si el alma es inmortal, empezad vosotros mismos a sacar las consecuencias prácticas en torno a nuestra conducta sobre la tierra.

Señores, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma se pueden demostrar con argumentos apodícticos. No tengo tiempo para hacer ahora una demostración a fondo de ambas cosas; pero, al menos, voy a exponer los rasgos fundamentales de la demostración de la inmortalidad del alma, ya que, para negar la existencia de Dios, hace falta estar enteramente desprovisto de sentido común.
En primer lugar, ¿existe nuestra alma? ¿Es del todo seguro e indiscutible que tenemos un alma?

En absoluto, señores. Estamos tan seguros, y más, de la existencia del alma que la de nuestro propio cuerpo. En absoluto, el cuerpo podría ser una ilusión del alma, pero el alma no puede ser, de ninguna manera, una ilusión del cuerpo. Vamos a demostrarlo con un triple argumento: ontológico, histórico y de teología natural.

1.º Argumento ontológico. Es un hecho indiscutible, de evidencia inmediata, que pensamos cosas de tipo espiritual, inmaterial. Tenemos ideas clarísimas de cosas abstractas, universales, que escapan en absoluto al conocimiento de los sentidos corporales internos os externos. Tenemos idea clarísima de lo que es la bondad, la verdad, la belleza, la honradez, la hombría de bien; lo mismo que de la maldad, la mentira, la fealdad, la villanía, la delincuencia. Tenemos infinidad de ideas abstractas, enteramente ajenas a las cosas materiales. Esas ideas no son grandes ni pequeñas, redondas ni cuadradas, dulces ni amargas, azules ni verdes. Trascienden, en absoluto, todo el mundo de los sentidos. Son ideas abstractas, señores. ¿Las ha visto alguien con los ojos? ¿Las ha captado con sus oídos? ¿Las ha percibido con su olfato? ¿Las ha tocado con sus manos? ¿Las ha saboreado con su gusto? Los sentidos no nos dicen absolutamente nada de esto, y, sin embargo, ahí está el hecho indiscutible, clarísimo: tenemos ideas abstractas y universales. Luego, si nosotros tenemos ideas abstractas, universales, irreductibles a la materia, o sea, absolutamente espirituales, queda fuera de toda duda que hay en nosotros un principio espiritual capaz de producir esas ideas espirituales. Porque, señores, es evidentísimo que “nadie da lo que no tiene” y nadie puede ir más allá de lo que sus fuerzas le permiten. Los sentidos corporales no pueden producir ideas espirituales porque lo espiritual trasciende infinitamente al mundo de la materia y es absolutamente irreductible a ella. Luego, es indiscutible que tenemos un principio espiritual capaz de producir ideas espirituales; y ese principio espiritual es, precisamente, lo que llamamos alma.

Señores, el alma existe, es evidentísimo para el que sepa reflexionar un poco. Y es evidentísimo que el alma es espiritual, porque de ella proceden operaciones espirituales, y la filosofía más elemental enseña que “la operación sigue siempre al ser” y es de su misma naturaleza: luego, si el alma produce operaciones espirituales, es porque ella misma es espiritual.

Tenemos un alma espiritual. Pero esto equivale a decir que nuestra alma es absolutamente simple, en el sentido profundo y filosófico de la palabra, porque todo lo espiritual es absolutamente simple, aunque no todo lo simple sea espiritual. Todo español es europeo, aunque no todo europeo es español. Lo espiritual es simple porque carece de partes, ya que éstas afectan únicamente al mundo de la materia cuantitativa. Pero no todo lo simple es espiritual, porque pueden los cuerpos compuestos descomponerse en sus elementos simples sin rebasar los límites de la materia.
El alma es espiritual porque es independiente de la materia; y es absolutamente simple, porque carece de partes. Pero un ser absolutamente simple es necesariamente indestructible, porque lo absolutamente simple no se puede descomponer.

Examinad, señores, la palabra descomposición. ¿Qué significa esa palabra? Sencillamente, desintegrar en sus elementos simples una cosa compuesta.

Luego, si llegamos a un elemento absolutamente simple, si llegamos a lo que podríamos denominar “átomo absoluto”, habríamos llegado a lo absolutamente indestructible. El “átomo absoluto” es indestructible, señores. No me refiero al átomo físico. Dentro del átomo físico, la moderna química ha descubierto todo un sistema planetario. Son los electrones. La química moderna ha logrado desintegrar el átomo físico en sus elementos más simples. Pero cuando se llega al “átomo absoluto” –que quizá no pueda darse en lo puramente corporal–, se ha llegado a lo absolutamente indestructible. Sencillamente, porque no se puede “descomponer” en elementos más simples. Sólo cabe la aniquilación en virtud del poder infinito de Dios.
Ahora bien, éste es el caso del alma humana, señores. El alma humana, por el hecho mismo de ser espiritual, es absolutamente simple, es como un “átomo absoluto” del todo indescomponible, y, por consiguiente, es intrínsecamente inmortal.

El principio de nuestra vida espiritual, el alma, es por su propia naturaleza, absolutamente, simple, indestructible, indescomponible: luego, es intrínsecamente inmortal. Solamente Dios, que la ha creado, sacándola de la nada, podría destruirla aniquilándola. Dios podría hacerlo, hablando en absoluto, pero sabemos con toda certeza, porque lo ha revelado el mismo Dios, que no la destruirá jamás. Porque habiendo creado el alma intrínsecamente inmortal, Dios respetará la obra de sus manos. La ha hecho Dios así y la respetará eternamente tal como la ha hecho, no la destruirá jamás. Nuestra alma es, pues intrínseca y extrínsecamente inmortal.


Además de este argumento ontológico profundísimo que deja por sí solo plenamente demostrada la inmortalidad del alma, pueden invocarse todavía dos nuevos argumentos en el plano meramente filosófico y puramente racional: uno de tipo histórico y otro de teología natural. Veámoslo brevemente.

2.º Argumento histórico. Echad una ojead al mapa-mundi. Asomaos a todas las razas, a todas las civilizaciones, a todas las épocas, a todos los climas del mundo. A los civilizados y a los salvajes; a los cultos y a los incultos; a los pueblos modernos y a los de existencia prehistórica. Recorred el mundo entero y veréis cómo en todas partes los hombres –colectivamente considerados– reconocen la existencia de un principio superior. Están totalmente convencidos de ello. Con aberraciones tremendas, desde luego, pero con un convencimiento firme e inquebrantable.

Hay quienes ponen un principio del bien y otro del mal; ciertos salvajes adoran al sol; otros, a los árboles; otros, a las piedras; otros, a los objetos más absurdos y extravagantes. Pero todos se ponen de rodillas ante un misterioso más allá.

Señores, se ha podido decir con la historia de las religiones en las manos, que sería más fácil encontrar un pueblo sin calles, sin plazas, sin casas, sin habitantes (o sea, un pueblo quimérico y absurdo, porque un pueblo con tales características no ha existido ni existirá jamás), que un pueblo sin religión, sin una firme creencia en la supervivencia de las almas más allá de la muerte.

¿Os dais cuenta de la fuerza probativa de este argumento histórico? ¡Ah, señores! Cuando la humanidad entera, de todas las razas, de todas las civilizaciones, de todos los climas, de todas las épocas, sin haberse puesto previamente de acuerdo coincide, sin embargo, de una manera tan absoluta y unánime en ese hecho colosal, hay que reconocer, sin género alguno de duda, que esa creencia es un grito que sale de lo más íntimo de la naturaleza racional del hombre; esa exigencia de la  propia inmortalidad en un más allá, procede del mismo Dios, que la ha puesto, naturalmente, en el corazón del hombre. Y eso no puede fallar, eso es absolutamente infrustrable. Todo deseo natural y común a todo el género humano, procede directamente del Autor mismo de la naturaleza, y ese deseo no puede recaer sobre un objeto falso y quimérico, porque esto argüiría imperfección o crueldad en Dios, lo cual es del todo imposible. El deseo natural de la inmortalidad prueba apodícticamente, en efecto, que el alma es inmortal.


3.º Argumento de teología natural. No me refiero todavía a la fe. Estoy moviéndome todavía en un plano puramente natural, puramente filosófico. Me refiero a la teología natural, a eso que llamamos teodicea, o sea, a lo que puede descubrir la simple razón natural en torno a Dios y a sus divinos atributos. ¿Qué nos dice esta rama de la filosofía con relación a la existencia de un más allá? Que tiene que haberlo forzosamente, porque lo exigen así, sin la menor duda, tres atributos divinos: la sabiduría, la bondad y la justicia de Dios.

a) Lo exige la sabiduría, que no puede poner una contradicción en la naturaleza humana. Como os acabo de decir, el deseo de la inmortalidad es un grito incontenible de la naturaleza. Y Dios, que es infinitamente sabio, no puede contradecirse; no puede poner una tendencia ciega en la naturaleza humana que tenga por resultado y por objeto final el vacío y la nada. No puede ser. Sería una contradicción de tipo metafísico, absolutamente imposible. Dios no se puede contradecir.

b) Lo exige también la bondad de Dios. Porque Dios ha puesto en nuestros propios corazones el deseo de la inmortalidad. ¡Examinad, señores, vuestros propios corazones! Nadie quiere morir; todo el mundo quiere sobrevivirse. El artista, por ejemplo, está soñando en su obra de arte, para dejarla en este mundo después de su muerte, sobreviviéndose a través de ella. Todo el mundo quiere sobrevivirse en sus hijos, en sus producciones naturales o espirituales. Pero esto es todavía demasiado poco. Queremos sobrevivirnos personalmente, tenemos el ansia incontenible de la inmortalidad. La nada, la destrucción total del propio ser, nadie la quiere ni apetece. No puede descansar un deseo natural sobre la nada, porque la nada es la negación total del ser, es la no existencia, y eso no es ni puede ser apetecible. El deseo, o sea la tendencia afectiva de la voluntad, recae siempre sobre el ser, sobre la existencia, jamás sobre la nada o el vacío. Todos tenemos este deseo natural de la inmortalidad. Y la bondad de Dios exige que, puesto que ha sido Él quien ha depositado en el corazón del hombre este deseo natural de inmortalidad, lo satisfaga plenamente. De lo contrario, no habría más remedio que decir que Dios se había complacido en ejercitar sobre el corazón del hombre una inexplicable crueldad, una especie de suplicio de Tántalo. Pero esto sería impío, herético y blasfemo. Luego hay que concluir que Dios ha puesto en nuestros corazones el deseo incoercible de la inmortalidad, porque, efectivamente, somos inmortales.

c) Lo exige, finalmente, la justicia de Dios. Señores, muchas gentes se preguntan asombradas: “¿Por qué Dios permite el mal? ¿Por qué permite que haya tanta gente perversa en el mundo? ¿Por qué permite, sobre todo, que triunfen con tanta frecuencia los malvados y sean oprimidos los justos?”

La contestación a esta pregunta es muy sencilla. ¿Sabéis por qué permite Dios tamaño escándalo, injusticias tan irritantes? Pues porque hay un más allá en donde la virtud recibirá su premio y el crimen su castigo merecido.
Un hombre tan poco sospechoso de clericalismo como Juan Jacobo Rousseau, en un momento de sinceridad, llegó a escribir su famosa frase: “Si yo no tuviera otra prueba de la inmortalidad del alma, de la existencia de premios y castigos en el otro mundo, que ver el triunfo del malvado y la opresión del justo acá en la tierra, esto sólo me impediría ponerlo en duda. Tan estridente disonancia en la armonía universal me empujaría a buscarle una solución, y me diría: Para nosotros no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

¡Vaya si volverá, señores! ¡Vaya si volverá todo al orden más allá de esta vida! ¡En el plano individual, en el familiar, en el social, en el internacional...!, todo volverá al orden después de la muerte.

El vulgar estafador que, escudándose en un cargo político o en el prestigio de una gran empresa o de un comercio en gran escala, se ha enriquecido rápidamente contra toda justicia, acaso abusando del hambre y de la miseria ajena..., ¡que se apresure a disfrutar sin frenos ni cortapisas de esas riquezas inicuamente adquiridas! Le queda ya poco tiempo, porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y el joven pervertido, estudiante coleccionista de suspensos que se pasa las mañanas en la cama, la tarde en el cine o en el fútbol y la noche en el cabaret o en el lupanar... Y la muchacha frívola, la que vive únicamente para la diversión, para el baile, el teatro y la novela; la que escandaliza a todo el mundo con sus desnudeces provocativas, con el desenfado en el hablar, con su “despreocupación” ante el problema religioso, con..., ¡que rían ahora, que gocen, que se diviertan, que beban hasta las heces la dorada copa del placer! Ya les queda poco tiempo, porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y el casado que pone a su capricho limitación y tasa a la natalidad, contradiciendo gravemente los planes del Creador. Y el marido infiel que le ha puesto un piso a una mujer perversa que no es la suya. Y el padre que no se preocupa de la cristiana educación de sus hijos y se hace responsable de sus futuros extravíos y, acaso, de la perdición eterna de sus almas. Y tantos y tantos otros como viven completamente de espaldas a Dios, olvidados en absoluto de sus deberes más elementales para con Él..., ¡pobrecitos!, ¡qué pena me dan! Porque, por desgracia para ellos, no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y al revés. El obrero tuberculoso que siente que se le acaban las fuerzas por momentos y se ve obligado, a pesar de todo, a seguir trabajando para prolongar un poco su agonía con el mísero jornal que, al final de la semana, deposita en sus manos la injusticia de una sociedad paganizada; la pobre viuda madre de ocho hijos, que no tiene un pedazo de pan para calmarles el hambre..., ¡que no se desesperen! Si saben elevar sus ojos al cielo para contemplarlo a través del cristal de sus lágrimas, pronto terminará su martirio: porque no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Y la joven obrera, llena de privaciones y miserias, y quizá calumniada y perseguida porque no se doblegó ante la bestialidad ajena y prefiere morirse de hambre antes de mancillar el lirio inmaculado de su pureza..., ¡que tenga ánimo y fortaleza para seguir luchando hasta la muerte!, porque, para dicha y ventura suya, no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Todo vuelve al orden con la muerte. Lo exige así la justicia de Dios, que no puede dejar impunes los enormes crímenes que se cometen en el mundo sin que reciban sanción ni castigo alguno acá en la tierra, ni puede dejar sin recompensa las virtudes heroicas que se practican en la oscuridad y el silencio sin que hayan obtenido jamás una mirada de comprensión o de gratitud por parte de los hombres.

Pero además de estos argumentos de tipo meramente natural o filosófico tenemos, señores, en la divina revelación la prueba definitiva o infalible de la existencia del más allá. ¡Lo ha revelado Dios! Y la tierra y el cielo, con todos sus astros y planetas, pasarán, pero la palabra de Dios no pasará jamás.

La certeza sobrenatural de la fe es incomparablemente superior a todas las certezas naturales, incluso a la misma certeza metafísica en la que no es posible el error. La certeza metafísica es absoluta e infalible. Dios mismo, con toda su omnipotencia infinita, no podría destruir una verdad metafísica. Dios mismo, por ejemplo, no puede hacer que dos y dos no sean cuatro, o que el todo no sea mayor que una de sus partes. Tenemos de ello certeza absoluta, metafísica, infalible; porque lo contrario envuelve contradicción, y lo contradictorio no existe ni puede existir: es una pura quimera de nuestra imaginación. La certeza metafísica es una certeza absolutamente infalible.

Pues bien: La certeza de fe supera todavía a la certeza metafísica. No porque la certeza metafísica pueda fallar jamás, sino porque la certeza de fe nos da a beber el agua limpia y cristalina de la verdad en la fuente o manantial mismo de donde brota –el mismo Dios, Verdad Primera y Eterna, que no puede engañarse ni engañarnos–, mientras que la certeza metafísica nos la ofrece en el riachuelo del discurso y de la razón humanas.

Las dos certezas nos traen la verdad absoluta, natural o sobrenaturalmente; pero la fe vale más que la metafísica, porque su objeto es mucho más noble y porque está más cerca de Dios.

Dios ha hablado, señores. Ha querido hacerse hombre, como uno cualquiera de nosotros, para ponerse a nuestro alcance, hablar nuestro mismo idioma y enseñarnos con nuestro lenguaje articulado el camino del cielo. Y ved lo que nos ha dicho:

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque muera, vivirá.” (Jn 11, 25)
“Estad, pues, prontos, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.” (Lc 12, 40)
“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a Aquel que puede perder el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mt 10, 28)
“¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)
“Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras.” (Mt 16, 27)
“E irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna.” (Mt 25, 46)

Lo ha dicho Cristo, señores, el Hijo de Dios vivo. Lo ha dicho la Verdad por esencia, Aquél que afirmó de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” (Jn 16, 6) ¡Qué gozo y qué satisfacción tan íntima para el pobre corazón humano que siente ansia y sed inextinguible de inmortalidad! Nos lo asegura el mismo Dios: ¡somos inmortales! Llegará un día en que nuestros cuerpos, rendidos de cansancio por las luchas de la vida, se inclinarán hacia la tierra y descenderán al sepulcro, mientras el alma volará a la inmortalidad. Cuando el leñador abate con su hacha el viejo árbol carcomido, el pájaro que anidaba en sus ramas levanta el vuelo y se marcha jubiloso a cantar en otra parte. ¡Qué bien lo sabe decir la liturgia católica en el maravilloso prefacio de difuntos! Con esa visión de paz y de esperanza quiero terminar esta mi primera conferencia cuaresmal:

“Para tus fieles, Señor, la vida se cambia, pero no se quita; y al disolverse la casa de esta morada terrena, se nos prepara en el cielo una mansión eterna.”
Que así sea.