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viernes, 29 de marzo de 2024

Lo que fué el Corazón de Jesús para su Santísima Madre durante su Pasión (Mons. Segur)

 


Siendo Jesús el hijo más perfecto, el mejor hijo que haya existido, sintió con dolor amarguísimo la repercusión de los terribles dolores que su amadísima Madre tuvo que sufrir durante toda su vida, principalmente en los días de su Pasión. Los dolores de Jesús eran los de María, y los dolores de María eran los de Jesús. Llegado el día de su acerba Pasión, Nuestro Señor, obediente hasta la muerte á su Santa Madre lo mismo que á su Padre celestial, pidió á la Santísima Virgen, en común sentir de los Santos, consentimiento para llevar á cabo su sangriento sacrificio, y Ella se lo dió con un amor y un dolor inconcebibles. Jesús le dió á conocer sus (uturos sufrimientos, y le pidió que en ellos le acompañara en espíritu y en cuerpo.

Así, pues, María ofreció su Corazón, y Jesús entregó su cuerpo; y de esta suerte la Madre tuvo que sufrir en su Corazón todos los tormentos de su Hijo, y el Hijo tuvo que sufrir á la vez torturas inconcebibles en su cuerpo, y en su sagrado Corazón las del Corazón de su Madre.

Después de su tierna despedida, el Salvador fué á abismarse en el océano inmenso de sus dolores, llevando, como aguda saeta atravesada en su Corazón, el pensamiento y las desolaciones de Aquella á quien El amaba sobre todas las cosas. Por su parte, la Santísima Virgen, entrando en profunda oración, empezó á acompañarle interiormente y á participar délas angustias de su agonía. María decía con Jesús: «Señor, cúmplase vuestra voluntad y no la mía.»

Durante la terrible noche de la Pasión, la Santísima Virgen siguió en espíritu á su querido y adorable Jesús, vendido traidoramente, abandonado, maltratado, cubierto de insultos y ultrajes, abofeteado, escupido. ¡Qué noche! El Corazón de Jesús no dejó un solo instante el Corazón desgarrado de su Madre, y le enviaba incesantemente gracias extraordinarias para que pudiera sufrirlo todo sin morir. Entre otras gracias, le envió San Juan, su discípulo amado, que ya no la dejó, y fué el único entre los Apóstoles que la acompañó hasta el pie de la Cruz y hasta el sepulcro.

Sabiendo que se acercaba el momento en que debía seguir, no sólo con el corazón, sino también personalmente, á la Víctima divina hasta el sangriento altar del sacrificio, salió al clarear el día, acompañada de San Juan, de María Magdalena y de otras santas mujeres. Pronto, confundida entre la turba del pueblo, vió á su Hijo, su Señor, su Dios, y su único Amor; viole pálido y desfigurado, arrastrado como vil malhechor del palacio de Caifás al de Pilatos, del palacio de Pilatos al de Herodes, y otra vez al de Pilatos, vestido de blanco en señal de loco. Vió á su dulce é inocente Cordero azotado y bañado en sangre en el pretorio; y luego, cubierto con andrajoso manto de púrpura, con irrisorio cetro de caña en sus manos, y coronado de espinas, ser mostrado á un pueblo ebrio de furor, y por último condenado á muerte. En sus oídos resonaba la horrible blasfemia: «¡Crucifícale, crucifícale! No tenemos otro rey que el César!

Y durante todo este tiempo Jesús miraba á su Madre, á veces con los ojos del cuerpo, siempre con los del Corazón! ¡Qué de angustias en esta mirada! Imitando al inocente Cordero que se dejaba inmolar en silencio, María, como Oveja de Dios, lloraba y sufría en silencio. Sólo el silencio podía convenir á semejantes dolores. Pónese en marcha el lúgubre cortejo. La Oveja podía seguir á su Cordero por el rastro de su sangre. Con esta sangre divina mezclaba la de su Corazón, es decir, sus lágrimas. Vió a su Amado, á su Jesús, caer bajo el peso de la Cruz. Viole subir la cuesta del Calvario. Viole, después de clavado en el terrible madero, elevarse como ensangrentada bandera de salvación y de esperanza, de amor y de justicia, de vida y de muerte, dominando la multitud. El amor la obligó á aproximarse lo más que pudo á su adorable Hijo, y durante aquellas horas interminables sufría con Jesús dolores que jamás podrá el hombre comprender; dolores divinos, en expresión de San Buenaventura. Todo lo que Jesús pendiente de la Cruz sufría en su alma y en su cuerpo, lo sufría la Madre de los Dolores en su Corazón. Y desde lo alto de la Cruz, á través de las lágrimas y de la sangre que oscurecían sus ojos, el Redentor contemplaba á su Santísima Madre, y daba sus sufrimientos un mérito que sólo Él medir podía. La sacratísima Oveja y el divino Cordero se miraban en silencio y se comunicaban sus dolores. Y á medida que el sacrificio avanzaba á su término, á medida que la santa Víctima entraba en las angustias de la muerte, el sufrimiento inenarrable de Jesús, y por consiguiente de María, de María y por consiguiente de Jesús, subían, subían siempre como la marea de los grandes mares. Este sufrimiento llegó á su colmo cuando, consumado todo, el Verbo eterno crucificado exhaló su último grito de horrible angustia y de triunfo, inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Jesús espiró mirando á su Madre. María fué la primera que recibió aquella divina mirada en Belén, cuando el Hijo de Dios vino al mundo; justo era que-fuese también la última en gozar de ella cuando el misterio de la Redención se consumaba en el Gólgota.

¡Oh! ¡quién pudiese sondear los misterios de amor y de dolor contenidos en aquella última mirada de Jesús moribundo! Esta caía sobre la más pura de todas las criaturas, sobre la Virgen inmaculada, sobre la Hija predilecta del Padre Eterno, sobre la Madre de Dios-Hijo, sobre la Obra maestra y Esposa del Espíritu Santo. Caía sobre la mejor de las madres; sobre la que Jesús amaba más que á todas las criaturas de la tierra y de los cielos; sobre la compañera fidelísima de toda su vida y de todos sus trabajos. Desde lo alto de la Cruz, el Corazón de Jesús nos dió por Madre á todos y á cada uno la Santísima Virgen en la persona de San Juan. Sí, del fondo de ese Corazón lleno de amor han salido estas dos palabras escritas en caracteres de fuego en el corazón de los verdaderos cristianos: «¡Hé ahí á vuestro Hijo!» y «¡Hé ahí á vuestra Madre!» ¡Recibir por Madre á la inmaculada Madre de Dios! ¡qué legado! ¡qué donación tan divina! Bien se reconoce en ella al sagrado Corazón de Jesús: sólo El era capaz de semejante exceso de ternura! ¡Así se venga de los pecadores, dándoles su Madre inmaculada! ¡Oh buen Jesús! inocentísimo Cordero, que tanto sufristeis en vuestra Pasión y que visteis el Corazón virginal de vuestra Madre abismado en un océano de dolores! enseñadme, si os place, á acompañaros como Ella en vuestras aflicciones. Enseñadme á odiar el pecado y á ser un buen hijo para con vuestra Madre. Pobre corazón mío, tan débil y tan culpable, ¿no te derretirás de dolor viendo que eres la causa de los indecibles dolores de tan Santa Madre y tan dulcísimo Salvador? ¡Oh Jesús crucificado, amor de mi corazón ! ¡Oh María, mi consuelo y Madre mía! imprimid en mi alma un gran desprecio de las vanidades y placeres mundanales, y haced que tenga siempre ante mis ojos vuestros sagrados dolores, á los cuales deberé mi salvación y mi eterna felicidad.

LA CRUZ FUENTE DE TODAS LAS GRACIAS

 


Los sacramentos son armas poderosas que Dios nos da para santificarnos y fortalecernos. Nos da por medio de los sacramentos la gracia y fortaleza que necesitamos.
Los sacramentos nos incrementan la vida en el alma. Pero ellos NO son el árbol de la vida. El árbol de la vida es la Cruz. Su fruto son los Sacramentos. Uno no puede querer el fruto sin querer también el árbol. Uno no puede solo amar el fruto y despreciar al árbol.
Es en estos momentos cuando casi no tenemos sacerdotes ni sacramentos verdaderos cuando la Cruz, fuente de toda santidad nos es absolutamente necesaria. Nos encontramos en el presente estado de necesidad en una situación similar en el que estuviera la iglesia del Japón hace unos siglos.
Es ahora entonces cuando hay que meditar y profundizar en el hecho de que nuestro instrumento esencial,
La Cruz, la tendremos siempre ahí, nadie nos la puede quitar, solo depende de nosotros mismos que la abracemos para que nos santifique o de que la quitemos para que sea nuestra perdición.
Dios dijo a Santa Catalina de Siena que muchos quieren ir directamente a Él para no pasar por la Cruz ya que en Él en este momento no hay dolor; pero que esto NO es posible y añade: “En mi verdad, en mi palabra está el dolor. Así como en mi Cruz, en mi Pasión y muerte, ahí está el dolor, y nadie podrá venir a Mí si primero no pasa por la Cruz”.

Pero la Cruz es precisamente la parte que la mayoría de los católicos no quieren. Esto es lo que la Iglesia Conciliar y la falsa misa nueva enseñan. No están dispuestos a aceptar el dolor que causa la fidelidad a Cristo, la fidelidad a la Cruz, la Cruz que causa la fidelidad a su verdad, el amor a la verdad, único amor capaz de hacernos libres.
La bendita Cruz es entonces, sin duda alguna, el medio más eficaz para llegar a Dios. Y esta, gracias a Dios todos la tenemos. NO busquemos la santificación donde Cristo NO la ofrece. Donde esta Cristo ahí está la Verdad, y donde esta la verdad está la Cruz y la salvación eterna.

Digamos con San Pablo “No me glorío sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. AMEN

R.P. RAFAEL OSB

martes, 19 de marzo de 2024

CONSAGRACIÓN TOTAL A SAN JOSE Y LA SAGRADA FAMILIA. (Libro ahora en Español).

 


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19 DE MARZO SOLEMNIDAD DE SAN JOSE

 



   El Señor San José no solo amaba a Jesús y a María como debe ser amado Dios y su madre, es decir, con todo su corazón, sino que también amaba al prójimo por amor de Dios, formando dichos amores el torrente infinito de la caridad de José; él amaba al prójimo con todo su corazón en Dios y por Dios, mostrándole su amor con toda clase de beneficios. José, en fuerza de su amor, deseaba enjugar las lágrimas de todo el género humano, socorrer a los necesitados, alegrar al triste y desconsolado y trabajar por la salvación de todos. Por esto, en Belén no se queja de los desprecios, vive con los pastores, los introduce a Jesús y hace a los reyes magos reyes de sí mismos y de su gloria.
   Por esto, con su bondad, gana en Egipto el corazón de sus habitantes, arranca a muchos de sus supersticiones, les alcanza gracias admirables para que adoren a un solo Dios verdadero y, con sus palabras de sabiduría, puso los cimientos de la vida santísima que se estableció en aquellas regiones después de algunos años. José en su patria hacía para su prójimo las más heroicas obras del más perfecto israelita, ni podía ser de otro modo como formado en la escuela de Jesús y de María. José amó al prójimo haciéndole todos los bienes que podía, entregándole al Hijo y a la Madre para su redención y continuando él poniendo su dulzura inalterable a los malos tratamientos, un perfecto silencio a injurias horribles, una paciencia a toda prueba a los desprecios y el mayor sufrimiento a sus penas.
   ¡Oh! Si lo amásemos en Dios y para Dios. ¡Oh! Si cumpliéramos la parte esencial de tan importante precepto.
   Acordémonos del amor de José y pidámosle tan importante gracia.

 Las Glorias de San José


R.P. José María Vilaseca

jueves, 14 de marzo de 2024

EL SANTO ABANDONO CAP. 13 (Artículo 4º.-El escrúpulo)

 



El escrúpulo no es la delicadeza de conciencia, es tan sólo su falsificación. Una conciencia delicada y bien formada no confunde la imperfección con el pecado, ni el pecado venial con el mortal; juzga con sano juicio de todas las cosas, y es tanto lo que ama a Dios, que en nada quiere desagradarle; tiene tanto celo por la perfección, que quiere evitar hasta la menor falta: está, pues, formada de luz, de amor y de generosidad. 

El escrúpulo, por el contrario, se funda en la ignorancia, el error, o una desviación de juicio, es el fruto de un espíritu turbado, y exagera las obligaciones y las faltas, viéndolas donde no las hay. Por el contrario, le sucede con harta frecuencia desconocer las que realmente existen, pudiendo darse el caso de ser escrupuloso en determinada materia hasta lo ridículo, y ancho de conciencia en otra hasta la desedificación. 

El escrúpulo es el azote de la paz interior. El alma atacada de este mal es esclava de un dueño intratable, y no habrá paz para ella. «Sus más ligeras faltas -dice el P. Ambrosio de Lombez- serán crímenes, sus mejores acciones estarán mal hechas, sus deberes no serán cumplidos; y, después que el alma hubiere revuelto mil y mil veces todo esto, este tirano del reposo no estará más satisfecho que la primera.» La perseguirá sin descanso en sus oraciones, por el miedo a los malos pensamientos; en sus comuniones, por las arideces inseparables de estos violentos combates; en la confesión, por el temor de haberse acusado mal o de no haber tenido contrición; en todos sus ejercicios espirituales, por el recelo de haberlos practicado mal; en las conversaciones, por el temor de hablar del prójimo, y en la soledad, por hallarse allí sola sin consejo y sin apoyo, sola con sus ideas, sola con su tirano.

 «Los escrupulosos temen a Dios, mas este temor constituye su suplicio; le aman, y este amor no les da algún consuelo; le sirven, pero es a la manera de esclavos; están como aplastados bajo el peso de su yugo, cuando éste es alivio y reposo para los demás hijos.» En una palabra, son justos con frecuencia, envidiables por su virtud, siempre dignos de lástima por sus sufrimientos. El escrúpulo es uno de los peores azotes de la virtud espiritual, pero en diversos grados.

Por de pronto impide la oración. Hay quien tiene la manía de volver sobre sí mismo; examina, vuelve a examinar, examina otra vez, y durante este tiempo ni adora ni da gracias, y ¿ha pensado siquiera en hacer un acto de contrición, en pedir la gracia de corregirse? Está sobradamente ocupado de sí para tener tiempo de hablar con Dios; y así no ora, o si lo hace es de una manera defectuosa, porque el escrúpulo causa una agitación que impide el silencio interior y la atención en la oración; sumergiendo al alma en la tristeza y el temor, ahoga la confianza y el amor, y conduciría hasta huir de Dios, e impide al menos las expansiones cordiales y efusivas y las alegrías de la intimidad. Llegará a hacer penosas y quizá insoportables la confesión, la sagrada Comunión y la oración, que constituyen la fuerza y las delicias de las almas piadosas. Además de la oración, la vida interior exige la vigilancia sobre sí mismo y la continua aplicación a reprimir los movimientos de la naturaleza, a secundar los de la gracia. Para este doble trabajo tan duro y tan delicado, el escrúpulo nos coloca en mala situación, porque agita y deprime. El espíritu turbado no acierta a ver con claridad, porque, demasiado preocupado de ciertos deberes, es capaz de dejarse absorber de tal suerte por ellos que olvida los demás. 

La voluntad fatigada con tantas luchas podrá aflojar, perder el ánimo y aun desistir de su empeño, para ir a buscar con harta sinrazón el reposo y la tranquilidad en las cosas criadas. Si el escrúpulo no paraliza al menos la obra, de ordinario la retardará y siempre la dañará. ¿Puede ser perfecta la fe que cierra los ojos a las misericordias de Dios y no quiere ver sino su justicia, al mismo tiempo que la desnaturaliza? ¿Será perfecta la esperanza que, a pesar de la buena y más sincera voluntad, osa apenas esperar el cielo y la gracia, tiembla siempre de espanto y jamás confía? ¿Puede ser perfecta la caridad que, a pesar de amar a Dios, teme comparecer en su presencia, no tiene una palabra amorosa, y no acierta sino a temer al Señor infinitamente bueno? ¿Está bien ordenada la contrición que turba la inteligencia, abate el ánimo y trastorna al alma de buena voluntad? ¿Es una verdadera virtud esa humildad que destruye la confianza y degenera en pusilanimidad? No, de ninguna manera; el escrúpulo no es la prueba de un amor ardiente, de una conciencia delicada. ¿Será entonces sutil amor propio, un egoísmo espiritual demasiado ocupado de sí mismo y no lo bastante de Dios? ¿Diremos que es una voluntad buena y sincera, pero extraviada? 

Lo que de cierto podemos afirmar es que constituye una verdadera enfermedad que amenaza a la vida espiritual en su existencia, y que perjudica terriblemente su ejercicio. Así, en tanto que los demás marchan, corren, vuelan por los senderos de la perfección con el corazón dilatado por la confianza y el alma rebosando paz, el pobre escrupuloso con no menos generosidad, pero mal regulada, se fatiga en vano, apenas avanza, quizá retrocede y sufre, porque «consume un tiempo precioso atormentándose por todos sus deberes, pesando átomos, haciendo monstruos de las más pequeñas bagatelas»; hace gemir a sus confesores, contrista al Espíritu Santo, arruina su salud, fatiga la cabeza. No osa emprender cosa alguna, y apenas sabría ser útil a los otros; podría hasta dañarlos comunicándoles su mal, o haciendo la piedad enfadosa y ridícula. 

El escrúpulo, si se le da pábulo, es en mayor o menor escala un verdadero azote de la vida espiritual. Sin duda alguna es la voluntad de Dios significada que nosotros le persigamos a causa de sus desastrosos efectos. Todos los teólogos y los maestros de la vida espiritual están unánimes en este punto, y señalan detalladamente el procedimiento que ha de seguirse. Bástenos decir aquí que, para vencer este terrible enemigo, es necesario orar mucho, apartar las causas voluntarias, y sobre todo practicar la obediencia ciega. El escrupuloso puede ser instruido, experimentado, juicioso para todo lo demás, pero en lo concerniente a sus escrúpulos es un enfermo cuyo espíritu divaga, y obraría como un demente siguiendo su propio juicio. Obedecer con la docilidad de un niño a su confesor que diagnostica el mal y prescribe los remedios, es para él la más alta sabiduría y la única esperanza de curación, que es obra harto difícil.

Por lo mismo, es imprescindible orar con instancia para implorar la gracia de no adherirse a sus ideas, sino de obedecer aun contra sus propios sentimientos; tiene la conciencia falseada, y la enderezará conformándola con la de su confesor. Es también el beneplácito de Dios que soportemos con paciencia la pena del escrúpulo por el tiempo que a El le agradare. Podemos siempre combatir este mal, y a veces conseguiremos hacerlo desaparecer, otras atenuarlo solamente, y se dará el caso de que, por permisión divina, persista a pesar de nuestros esfuerzos. 

Hay, en efecto, muy diversas causas de las que unas dependen de nuestra voluntad, otras no están sujetas a su dominio. ¿Es acaso origen de este mal el exceso de trabajo y austeridades, la lectura de libros demasiado rígidos, el trato frecuente con personas escrupulosas, la costumbre de no ver a Dios sino como juez terrible, y no como Padre infinitamente bueno? ¿ Proviene por ventura de la ignorancia que exagera las obligaciones, que confunde la tentación con el pecado, la impresión con el consentimiento? En estos y otros semejantes casos está en nuestra mano el suprimir las causas y, removido el principio, llegaremos más fácilmente a hacer desaparecer el mal. Mas la causa es con frecuencia un temperamento melancólico, un natural tímido y suspicaz, la debilidad de la cabeza, o cierto estado particular de salud; cosas todas que más dependen del divino beneplácito que de nuestra voluntad. En este caso suelen durar largo tiempo los escrúpulos, y hasta se manifiestan en las ocupaciones de índole no religiosa. No pocas veces será el demonio la causa del mal. Se aprovecha de nuestras imprudencias, explota nuestras predisposiciones, agita los sentidos y la imaginación para excitar los escrúpulos o aumentarlos. 

Si encuentra un alma algún tanto ancha de conciencia la excita a que lo sea más aún; pero si la ve algún tanto tímida, busca cómo hacerla temerosa hasta el exceso, llenarla de turbación y angustia, con la esperanza de que ha de abandonar a Dios, la oración y los Sacramentos. El fin que persigue es hacer insoportable la virtud, conducir a la tibieza, al desaliento, a la desesperación. 

Dios jamás será directamente el autor de los escrúpulos. Estos sólo pueden originarse de la naturaleza caída o del demonio, puesto que se apoyan en el error, y constituyen una enfermedad del alma. Mas Dios los permite, y a veces quiere hasta servirse de ellos como de un medio transitorio de santificación; y en este caso, los regula y los dirige en su infinita sabiduría, de suerte que consigamos el buen efecto de vida espiritual que de ahí esperaba; llena el alma del temor al pecado a fin de que arroje por completo de sí las faltas pasadas, y en lo sucesivo las evite con doblado celo. La humilla de tal suerte que no se atreva ya a fiarse de su propio juicio y se someta enteramente a su padre espiritual. Si se trata de un alma adelantada, con este procedimiento la acaba de purificar, despegar, aniquilar para disponerla a mayores gracias. Así es como los santos han pasado por esta prueba, unos al tiempo de su conversión, como San Ignacio de Loyola; otros, como San Alfonso, en la época de su más encumbrada santidad. 

Puede, pues, haber muchas causas inmediatas de los escrúpulos, y no hay más que una causa suprema, sin que la naturaleza y el demonio nada podrían. Aun cuando nosotros mismos fuésemos los autores de nuestra desdicha, requiérese por lo menos la voluntad permisiva de Dios, y por lo mismo, es preciso ver en esto, como en todo, la mano de la Providencia; y no es porque Ella quiera el desorden de los escrúpulos, mas puede, sin embargo, querer que llevemos esa cruz.

Su voluntad significada nos invita en este caso a luchar contra el mal, y su beneplácito a soportar la prueba. Nos convendrá, pues, por todo el tiempo que dure, combatir con frecuencia, y ¡ojalá que sepamos hacerlo con un abandono lleno de confianza! «Para terminar -dice San Alfonso- repito: obedeced; y, por favor, no continuéis mirando a Dios como un cruel tirano. Es indudable que aborrece el pecado, mas no puede aborrecer a un alma que detesta y llora sinceramente sus faltas.» «Tú me buscas -decía el Señor a Santa Margarita de Cortona- pero Yo, tenlo bien entendido, te busco a ti, más que tú a mi; y tus temores son los que te impiden avanzar en el amor divino.» 

Atormentada por los escrúpulos, aunque siempre sumisa, Santa Catalina de Bolonia temía acercarse a la sagrada mesa, pero bastaba una señal de su confesor para que sobreponiéndose a sus temores, fuese a comulgar. Para animarla a obedecer siempre, apareciósela un día Nuestro Señor y la dijo: «regocíjate, hija mía, que muy agradable me es tu obediencia». Aparecióse también a la Beata Estefanía de Soncino, dominica, y le dijo: «en vista de que has puesto tu voluntad en manos de tu confesor como en las mías propias, pídeme lo que quieras que te lo concederé». -«Señor, respondió ella, sólo os quiero a Vos.» 

Al principio de su conversión San Ignacio de Loyola fue asaltado de dudas e inquietudes sin poder hallar un momento de reposo. Mas, como hombre de fe, lleno de confianza en la palabra del divino Maestro: el que a vosotros os escucha a mí me escucha, exclamó un día: «Señor, mostradme el camino que debo seguir, que aunque no hubiera de tener sino a un perro por guía, os prometo obedecer con toda fidelidad.» Y de hecho, supo obedecer con tanta perfección, que se vio libre de sus escrúpulos y hasta llegó a ser un excelente maestro de la vida espiritual... Una vez más os diré que obedezcáis en todo a vuestro confesor, y que tengáis confianza en la obediencia.

 «He aquí -decía San Felipe de Neri- el medio más seguro para escapar de los lazos del enemigo, así como no hay nada tampoco más dañoso que pretender conducirse según su propio parecer.» En todas vuestras oraciones pedid, pues, la gracia, la inestimable gracia de obedecer, y estad seguros que obedeciendo os salvaréis ciertamente, y ciertamente os santificaréis.

jueves, 7 de marzo de 2024

RECOMENDACIONES DE ESPIRITUALIDAD DE SAN FRANCISCO DE SALES (Tercera parte)

 


Segunda parte clic aqui

31. Antes de juzgar al prójimo pongámosle en nuestro lugar, y a nosotros en el suyo; y seguramente nuestro juicio será entonces recto y caritativo. 

32. Antes morir que pecar: pero si tenemos la desgracia de cometer un pecado, no por ello hemos de perder la esperanza, ni el ánimo, ni los buenos propósitos. 

33. Antes morir que pecar; pero si tenemos la desgracia de cometer un pecado, antes hemos de perderlo todo que perder la esperanza, el ánimo y los buenos propósitos. 

34. Antes perderlo todo que perder la confianza, el ánimo, la resolución de amar a Dios para siempre. 

35. Aprendamos de una vez a amarnos en este mundo, de la misma manera que nos amaremos en el cielo. 

36. Aprovechad las ocasiones que se ofrecen de hacer el bien; sucede con frecuencia que, dejando de hacerlo so pretexto de hacerlo mayor, no se hace ni uno ni otro. 

37. Ascendamos siempre, sin cansarnos, hacia el Salvador, alejémonos poco a poco de los afectos terrenos y bajos. 

38. Asistid con asiduidad a los oficios divinos públicos; de ellos sacaréis más fruto y consuelo que de vuestros ejercicios privados, porque la voluntad de Dios es que lo público prevalezca sobre lo privado. 

39. Aspirad cada vez más a la perfecta comunión con Dios, y ese deseo os estimulará a ser cada vez más exacta con la observancia de las virtudes requeridas para contentarlo, entre las cuales la paz, la dulzura, la humildad y el dominio de sí mismo, tienen los primeros lugares. 

40. Aunque el universo se trastornada de arriba abajo, no deberíamos turbarnos, porque el universo no vale tanto como la paz del alma. 

41. Aunque estemos en la oración como una piedra, no importa, nuestra sola presencia es agradable a Dios pues es una muestra de nuestro amor filial a El. 

42. Basta recibir los males cuando vienen, sin que hayamos de prevenirlos con un desmesurado temor, afligiéndonos de antemano. 

43. Bienaventurados los corazones flexibles, porque no se romperán jamás. 

44. Buena oración y buen modo de guardar la presencia de Dios es permanecer en su voluntad y en su beneplácito. 

45. Bueno es mortificar la carne; pero vale mucho más purificar el corazón de sus afectos desordenados. 

46. Buenos son los consuelos espirituales, y quien nos los da es perfectamente bueno; pero de esto no se infiere que seamos buenos los que lo recibimos. 

47. Cada pasión se ha de corregir por su contrario: la vanidad por la seria reflexión sobre las miserias de esta vida; la cólera, pensando en las ventajas que trae la dulzura: y así en las demás. 

48. Caridad, obediencia, necesidad; he aquí tres infalibles indicios de la voluntad de Dios, de lo que exige de nosotros. 

49. Ciertamente es totalmente inútil confesarse de un pecado, por leve que sea, sin propósito de la enmienda. 

50. Ciertamente no procuro ser tenido por sabio, ni hago ostentación de lo poco que sé.

lunes, 4 de marzo de 2024

CARTA CIRCULAR A “LOS AMIGOS DE LA CRUZ” (SAN LUIS Mª GRIGNION DE MONFORT) continuación

 


Primera Parte aquí

Llevad vuestra cruz alegremente: encontraréis en ella una fuerza victoriosa a la que ningún enemigo vuestro podrá resistir (Lc. 21, 15), y gozaréis de una dulzura encantadora, con la que nada puede compararse. Sí, Hermanos míos, sabed que el verdadero paraíso terrestre está en sufrir algo por Jesucristo (Hch. 5, 41). Preguntad, si no, a todos los santos: os dirán que nunca gozaron en su espíritu de tan grandes delicias como en medio de los mayores tormentos. «¡Vengan sobre mí todos los tormentos del demonio!», decía San Ignacio mártir [Romanos 5]. «O morir o padecer», decía Santa Teresa [Vida 40, 20]. «No morir, sino sufrir», decía Santa Magdalena de Pazzi. Y San Juan de la Cruz: «padecer por Vos y que yo sea menospreciado. Y tantos otros hablaron este mismo lenguaje, como leemos en sus vidas. 

 

Creed a Dios, queridos Hermanos míos: cuando se sufre por Dios alegremente, dice el Espíritu Santo, la cruz es causa de toda clase de alegrías para toda clase de personas (Sant. 1, 2). La alegría de la cruz es mayor que la de un pobre a quien colman de todo género de riquezas; mayor que la de un aldeano que se ve elevado al trono; mayor que la de un comerciante que gana millones; mayor que la de un general que consigue grandes victorias; mayor que la de unos cautivos que se ven libres de sus cadenas. Imaginad, en fin, todas las mayores alegrías que puedan darse en esta tierra: pues bien, todas están contenidas y sobrepasadas por la alegría de una persona crucificada, que sabe sufrir bien. 

 

Alegraos, pues, y saltad de gozo cuando Dios os regale con alguna buena cruz, porque, sin daros cuenta, recibís lo más grande que hay en el cielo y en el mismo Dios. ¡Regalo grandioso de Dios es la cruz! Si así lo entendierais, encargaríais celebrar misas, haríais novenas en los sepulcros de los santos, emprenderíais largas peregrinaciones, como hicieron los santos, para obtener del cielo este regalo divino. El mundo la llama locura, infamia, estupidez, indiscreción, imprudencia. Dejadles hablar a los ciegos: su ceguera, que les lleva a juzgar humanamente de la cruz muy al revés de lo que es en realidad, forma parte de nuestra gloria. Y cada vez que nos procuran algunas cruces con sus desprecios y persecuciones, nos regalan joyas, nos elevan sobre el trono, nos coronan de laureles. ¿Pero qué digo? Todas las riquezas, todos los honores, todos los cetros, todas las brillantes coronas de potentados y emperadores, como dice San Juan Crisóstomo, no son nada comparados con la gloria de la cruz [MG. 62, 55-58]. Ella supera la gloria del apóstol y del escritor sagrado. Este santo varón, inspirado por el Espíritu Santo, decía: «si así me fuera dado, yo dejaría el cielo con mucho gusto para padecer por el Dios del cielo. Prefiero las cárceles y mazmorras a los tronos del empíreo. Envidio menos la gloria de los serafines que las mayores cruces. Menos estimo el don de los milagros, por el que se sujeta a los demonios, se domina sobre los elementos, se detiene al sol, se da vida a los muertos, que el honor de los sufrimientos. San Pedro y San Pablo son más gloriosos en sus calabozos, con los grilletes en los pies (Hch. 12, 3-7), que arrebatados al tercer cielo (2 Cor. 12, 2) o que recibiendo las llaves del paraíso (Mt. 16, 19)». En efecto, ¿no es la cruz la que dio a Jesucristo «un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos» (Filip. 2, 9)? La gloria de la persona que sufre bien es tan grande, que el cielo, los ángeles y los hombres, y el mismo Dios del cielo lo contemplan con gozo, como el espectáculo más glorioso. Y si los santos tuvieran algún deseo, sería el de volver a la tierra para llevar alguna cruz. 

 

Pero si esta gloria es tan grande ya sobre la tierra ¿cómo será la que adquiere en el cielo? ¿Quién podrá explicar y comprender jamás ese «peso de gloria eterna» que obra en nosotros el breve instante de una cruz bien llevada (2 Cor. 4, 17)? ¿Quién comprenderá la gloria que produce en el cielo un año y quizá una vida entera de cruz y de dolores? 

 

Seguramente, mis queridos Amigos de la Cruz, el cielo os prepara para algo grande -os lo dice un gran santo-, pues el Espíritu Santo os une tan estrechamente con aquello que todo el mundo rehuye con tanto cuidado. Es indudable que Dios quiere hacer tantos santos y santas cuantos Amigos de la Cruz existen, si sois fieles a vuestra vocación, si lleváis vuestra cruz como es debido, como Jesucristo la ha llevado.  

 

Pero no basta con sufrir: también el demonio y el mundo tienen sus mártires. Es preciso que cada uno sufra y lleve su cruz siguiendo a Jesucristo: «que me siga» (Mt. 16, 24), es decir, llevándola como él la llevó. Y para eso habéis de guardar estas reglas: 

 

PRIMERO: No os busquéis cruces a propósito ni por culpa propia. No hay que hacer el mal para que venga el bien (Rom. 3, 8). No conviene, sin una inspiración especial, hacer las cosas mal para atraerse el desprecio de los hombres.  Hay que imitar, más bien, a Jesucristo, del que se dijo «todo lo ha hecho bien» (Mc. 7, 37), y no por amor propio o vanidad, sino por agradar a Dios y para ganar al prójimo. Y si os dedicáis a cumplir lo mejor que podáis vuestros deberes, nos os faltarán contradicciones, persecuciones y desprecios, pues la Divina Providencia os los enviará, contra vuestra voluntad y sin que lo elijáis. 

 

SEGUNDO: Si vais a hacer cualquier cosa en sí indiferente, que, aunque sea sin motivo, pudiera escandalizar al prójimo, absteneos de hacerlo por caridad, para evitar el escándalo de los débiles (1 Cor. 8, 13). Y el acto heroico de caridad que en esa ocasión hacéis vale infinitamente más de lo que hacías o queríais hacer.  

 

Sin embargo, si el bien que hacéis es necesario o útil al prójimo, aunque algún fariseo o mal espíritu se escandalice sin motivo, consultad con alguien prudente para aseguraros de que lo que hacéis es necesario o muy útil al común de los prójimos; y si él así lo considera, continuad haciéndolo y dejadles murmurar, con tal de que os dejen actuar, contestando en esta ocasión aquello que respondió Nuestro Señor a algunos de sus discípulos, cuando vinieron a decirle que había escribas y fariseos que se escandalizaban de sus palabras y actos: «dejadles; están ciegos» (Mt. 15, 14). 

 

TERCERO: Algunos santos y varones ilustres han pedido, buscado e incluso procurado por medios ridículos cruces, desprecios y humillaciones. Pues bien, eso debe movernos a adorar y admirar la obra extraordinaria del Espíritu Santo en sus almas, y a humillarnos ante tan sublime virtud; pero no ha de llevarnos a pretender volar tan alto, pues nosotros, comparados con esas águilas veloces y esos leones rugientes, no pasamos de ser pollos mojados y perros muertos.  

 

CUARTO: No obstante, podéis e incluso debéis pedir la sabiduría de la cruz, que es una ciencia sabrosa y experimental de la verdad, por la que se entienden a la luz de la fe los más ocultos misterios, entre otros el de la cruz; pero es ciencia que no se alcanza sino a través de muchos trabajos, profundas humillaciones y fervientes oraciones. Si necesitáis este espíritu generoso (Sal. 50, 14), que permite llevar con valor las más pesadas cruces; este espíritu bueno (Lc. 11, 13) y suave, que hace, en lo parte superior del alma, gustar las amarguras más repugnantes; este espíritu puro y firme (Sal. 50, 12), que solamente busca a Dios; esta ciencia de la cruz, que contiene todas las verdades; en una palabra, este tesoro infinito que nos hace partícipes de la amistad de Dios (Sab. 7, 14), pedid la sabiduría; pedidla incesantemente, con toda insistencia, sin vacilar (Sant. 1, 5-6), sin temor de no alcanzarla, e infalible-mente la recibiréis. Y entonces comprenderéis claramente, por experiencia, cómo se puede llegar a desear, a buscar y a gustar la cruz.  

 

QUINTO: Cuando por ignorancia o incluso por culpa propia hayáis cometido cualquier torpeza que os acarree alguna cruz, humillaos inmediatamente bajo la mano poderosa de Dios (1 Pe. 5, 6), sin consentir en turbaciones, diciendo interiormente, por ejemplo: «¡éstos son, Señor, los frutos de mi huerto!». Y si en vuestra falta hubiese algún pecado, aceptad como un castigo la humillación que os sobreviene. Muchas veces, permite Dios que sus mejores servidores, que son los más levantados por su gracia, cometan las faltas más humillantes para humillarlos ante sí mismos y ante los hombres, y para quitarles así la vista y la consideración orgullosa de las gracias que Él les concede y del bien que hacen, a fin de que, como dice el Espíritu Santo, «ningún mortal pueda enorgullecerse ante Dios» (1 Cor. 1, 29). 

 

SEXTO: Estad bien convencidos de que todo cuanto hay en nosotros está todo corrompido por el pecado de Adán y por los pecados actuales (Rom. 3, 23), y no sólo los sentidos del cuerpo, sino también las potencias del alma. Y de que desde el momento en que nuestro espíritu corrompido considera algún don de Dios en nosotros con morosidad y complacencia, ese don, esa acción, esa gracia se ensucian y corrompen, y Dios aparta de ellas su divina mirada. Y si las mismas miradas y pensamientos del espíritu humano echan así a perder las mejores acciones y los dones más divinos ¿qué diremos de los actos de la propia voluntad, que aún son más corruptos que los del entendimiento? 

 

Después de eso, no nos extrañemos, pues, si Dios se complace en ocultar a los suyos en el asilo de su presencia (Sal. 30, 21), para que no se vean manchados por las miradas de los hombres ni por su propio conocimiento. Y para ocultarlos así ¡qué cosas permite y hace ese Dios celoso! ¡Cuántas humillaciones les procura! ¡De qué tentaciones permite que sean atacados, como San Pablo (2 Cor. 12, 7)! ¡En qué incertidumbres, tinieblas y perplejidades les deja! ¡Oh qué admirable es Dios en sus santos, y en las vías que Él dispone para conducirles a la humildad y la santidad! 

 

SÉPTIMO: Tened mucho cuidado de creer, como los devotos orgullosos y engreídos, que vuestras cruces son grandes, que no son sino pruebas de vuestra fidelidad, y testimonios de un amor singular de Dios hacia vosotros. Esta trampa del orgullo espiritual es sumamente sutil y delicada, pero está llena de veneno.  

 

Pensad más bien: 

 

• 1) Que vuestro orgullo y delicadeza os hacen tomar como postes lo que no son más que pajas, como heridas las picaduras, como elefantes los ratones, como atroces injurias y abandono cruel una palabrita que se lleva el viento, en realidad una nadería. • 2) Que las cruces que Dios os envía son más bien amorosos castigos de vuestros pecados, y no muestras de una benevolencia especial; • 3) Que por más cruces y humillaciones que Él os envíe, os perdona infinitamente más, dado el número y la gravedad de vuestros crímenes; pues habéis de considerar éstos a la luz de la santidad de Dios, que no soporta nada impuro, y a quien vosotros habéis ofendido; a la luz de un Dios que muere, abrumado de dolor a causa de vuestros pecados; a la luz de un infierno eterno que habéis merecido mil y quizá cien mil veces; • 4) Que en la paciencia con la que padecéis mezcláis lo humano y natural bastante más de lo que creéis; prueba de ello son esos miramientos, esas búsquedas secretas de consuelos, esas expansiones del corazón tan naturales con vuestros amigos, y quizá con vuestro director espiritual, esas excusas tan sutiles y prontas, esas quejas, o más bien maledicencias contra quienes os han hecho mal, tan bien formuladas, tan caritativamente expuestas, ese reconsiderar y complacerse delicadamente en vuestros males, ese convencimiento luciferino de que sois algo grande (Hch. 8, 9), etc. No acabaría nunca si hubiera de describir todas las vueltas y revueltas de la naturaleza incluso en los sufrimientos. 

 

OCTAVO:  Aprovechaos de los pequeños sufrimientos aún más que de los grandes. No mira Dios tanto lo que se sufre como la manera en que se sufre. Sufrir mucho y mal es sufrimiento de condenados; sufrir mucho y con aguante, pero por una mala causa, es sufrir como mártir del demonio; sufrir poco o mucho, sufriendo por Dios, es sufrir como santo. Si se diera el caso de que pudiéramos elegir nuestras cruces, optemos por las más pequeñas y deslucidas, frente a otras más grandes y llamativas. El orgullo natural puede pedir, buscar e incluso elegir y tomar las cruces más grandes y espectaculares. En cambio, sólo puede ser fruto de una gracia excelente y de una gran fidelidad a Dios ese elegir y llevar alegremente las cruces pequeñas y oscuras. Actuad, pues, como el comerciante en su mostrador, y sacad provecho de todo: no desperdiciéis ni la menor partícula de la verdadera Cruz, aunque sólo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, la dificultad de un vecino, la pequeña injuria de un desprecio, la pérdida mínima de un dinero, un ligero malestar del ánimo, un cansancio pasajero del cuerpo, un dolorcillo en uno de vuestros miembros, etc. Sacad provecho de todo, como el que atiende su comercio, y así como él se hace rico ganando centavo a centavo en su mostrador, así muy pronto vendréis vosotros a ser ricos según Dios. A la menor contrariedad que os sobrevenga, decid: «¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío!». Y guardad en seguida en la memoria de Dios, que viene a ser vuestra alcancía, la cruz que acabáis de ganar. Y después ya no os acordéis más de ella, si no es para decir: «¡Mil gracias, Señor!» o «¡Misericordia!» 

 

NOVENO: Cuando se os pide que améis la cruz no se está hablando de un amor sensible, que es imposible a la naturaleza. Hay que distinguir bien entre tres clases de amor: el amor sensible, el amor racional y el amor fiel y supremo. Dicho de otro modo: el amor de la parte inferior, que es la carne; el amor de la parte superior, que es la razón; y el amor de la parte suprema o cima del alma, que es el entendimiento iluminado por la fe. Dios no os exige que améis la cruz con la voluntad de la carne (Jn. 1, 13). Siendo ésta completamente corrupta y criminal, todo lo que de ella nace está corrompido (3, 6), y ella misma no puede por sí misma someterse a la voluntad de Dios y a su ley crucificante.  

 

Por eso Nuestro Señor, refiriéndose a ella en el Huerto de los Olivos, dice: «Padre mío, que se haga tu voluntad y no la mía» (Lc. 22, 42). Si la parte inferior del hombre en el mismo Jesucristo, siendo toda ella santa, no fue capaz de amar la cruz sin alguna interrupción, con más razón la nuestra, completamente corrompida, la rechazará. Es cierto que podemos experimentar a veces, como no pocos santos han experimentado, una cierta alegría sensible en nuestros sufrimientos; pero esa alegría, aunque esté en la carne, no procede de la carne; proviene de la parte superior, que está tan llena del gozo divino del Espíritu Santo que lo hace desbordar sobre la parte inferior, de modo que entonces la persona crucificada puede decir: «mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal. 83, 3). Hay otro amor a la cruz que llamo racional; está en la parte superior, que es la razón. Este amor es completamente espiritual, y como nace del conocimiento de la felicidad que hay en sufrir por Dios, es perceptible y es percibido por el alma, a la que alegra y fortalece interiormente. Pero este amor racional, aunque bueno y muy bueno, no siempre es necesario para sufrir alegremente y según Dios. Y es que existe otro amor de la cima, del ápice del alma, como dicen los maestros de la vida espiritual -o de la inteligencia, como dicen los filósofos-. Por él, sin sentir alegría alguna en los sentidos, sin captar en el alma ningún placer razonable, sin embargo, se ama y se gusta, a la luz de la pura fe, la cruz que se lleva; y eso aunque muchas veces esté en guerra y lágrimas la parte inferior, que gime y se queja, que llora y busca alivio, de manera que dice con Jesucristo: «Padre mío, que se haga tu voluntad y no la mía» (Lc. 22, 42); o con la Santísima Virgen: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (1, 38). 

 

Pues bien, con uno de estos dos amores de la parte superior hemos de amar y aceptar la cruz. DÉCIMO: Decidios, queridos Amigos de la Cruz, a sufrir toda clase de cruces, sin exceptuar ninguna y sin elegirlas: cualquier pobreza, cualquier injusticia, cualquier pérdida, cualquier enfermedad, cualquier humillación, cualquier contradicción, cualquier calumnia, cualquier sequedad, cualquier abandono, cualquier pena interior y exterior, diciendo siempre: «Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme» (Sal. 56, 8; 107, 2). Disponeos, pues, a ser abandonados por los hombres y los ángeles, y hasta del mismo Dios; a ser perseguidos, envidiados, traicionados, calumniados, desprestigiados y abandonados por todos; a sufrir hambre, sed, mendicidad, desnudez, exilio, cárcel, horca y toda clase de suplicios, aunque seáis inocentes de los crímenes que se os imputan. Imaginaos, en fin, que después de haber sido despojados de vuestros bienes y de vuestro honor, después de haber sido expulsados de vuestra casa, como Job y Santa Isabel reina de Hungría, se os tira al barro, como a esta santa, o se os arrastra a un estercolero, como a Job, hediondo y cubierto de llagas (Job 2, 7-8), sin que se os dé un trapo con que cubrir vuestras heridas, sin un trozo de pan, que no se niega a un caballo o a un perro, para comer, y que en medio de tales males extremos, Dios os abandona a todas las tentaciones de los demonios, sin aliviar vuestra alma con la menor consolación sensible. 

 

Creedlo firmemente: ahí está la meta suprema de la gloria divina y de la felicidad verdadera para un verdadero y perfecto Amigo de la Cruz. 

 

UNDÉCIMO: Para ayudaros a sufrir bien, tomad la santa costumbre de considerar estas cuatro cosas: 

 

En primer lugar, la mirada de Dios que, como un gran rey en lo alto de una torre, mira en el combate a su soldado, complacido y alabando su valor. ¿Qué mira Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? Con frecuencia no los mira sino con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos del Estado, las piedras preciosas, en una palabra, las cosas que los hombres consideran más grandes? Lo que es más estimable a los ojos de los hombres es abominable ante Dios (Lc. 16, 15). ¿Qué es, pues, lo que mira con placer y gozo, y de qué pide noticias a los ángeles y a los mismos demonios? -Dios mira al hombre que por Él lucha contra la fortuna, el mundo, el infierno, y contra sí mismo, al hombre que lleva con alegría su cruz. ¿No has visto sobre la tierra una maravilla inmensa, que todo el cielo contempla con admiración?, dice el Señor a Satanás: ¿no te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí (Job 2, 3)? 

 

En segundo lugar, considerad la mano de este Señor poderoso, que permite todo el mal que nos sobreviene de la naturaleza, desde el mayor hasta el menor. La misma mano que aniquiló un ejército de cien mil hombres (2 Re. 19, 35) es la que hace caer la hoja del árbol o el cabello de vuestra cabeza (Lc. 21, 18). La mano que hirió tan duramente a Job (Job 1, 13-22; 2, 7-10) es la misma que os roza suavemente con esa pequeña contrariedad. La misma mano que hace el día y la noche, el sol y las tinieblas, el bien y el mal, es la que permite los pecados que os inquietan: no ha causado la malicia, pero ha permitido la acción. Por eso, cuando veáis que un semejante os injuria y os tira piedras, como al rey David (2 Re. 16, 5 14), decios interiormente: «no nos venguemos de él; dejémosle actuar, pues el Señor ha dispuesto que obre así. Reconozco que yo he merecido toda clase de ultrajes, y que con toda justicia Dios me castiga. Detente, brazo mío, y tú, mi lengua: ¡no hieras, no digas nada! Este hombre o esta mujer que me dicen y hacen injurias son embajadores de Dios, que de parte de su misericordia vienen para castigarme amistosamente. No irritemos, pues, su justicia, usurpando los derechos de su venganza. Ni menospreciemos su misericordia resistiendo los amorosos golpes de sus azotes, no sea que, para vengarse, nos remita a la estricta justicia de la eternidad». Considerad que Dios, con una mano infinitamente poderosa y prudente os sostiene, mientras os hiere con la otra. Con una mano mortifica, con la otra vivifica; humilla y enaltece (Lc. 1, 52). Con sus dos brazos abarca por completo vuestra vida dulce y fuertemente (Sab. 8, 1): dulcemente, sin permitir que seáis tentados y afligidos por encima de vuestras fuerzas (1 Cor. 10, 13); fuertemente, pues os ayuda con una gracia poderosa, que corresponde a la fuerza y duración de la tentación y de la aflicción; fuertemente, sí, porque, como lo dice por el espíritu de su santa Iglesia, Él se hace «vuestro apoyo junto al precipicio ante el que os halláis, vuestro guía si os extraviáis en el camino, vuestra sombra en el calor abrasador, vuestro vestido en la lluvia que os empapa y en el frío que os hiela, vuestro vehículo en el cansancio que os agota, vuestro socorro en la adversidad que os abruma, vuestro bastón en los pasos resbaladizos, y vuestro puerto en las tormentas que os amenazan con ruina y naufragio» [Breviario antiguo].  

 

En tercer lugar, mirad las llagas y los dolores de Jesús crucificado. Él mismo os dice: «¡vosotros, los que pasáis por el camino lleno de espinas y cruces por el que yo he pasado, mirad, fijaos! (Lam. 1, 12). Mirad con los ojos corporales y ved con los ojos de la contemplación si vuestra pobreza y desnudez, vuestros desprecios, dolores y abandonos, son comparables con los míos. Miradme, a mí que soy inocente, y quejaos vosotros, que sois los culpables». El Espíritu Santo nos manda por boca de los Apóstoles esa misma mirada a Jesús crucificado (Gál. 3, 1); nos ordena armarnos con este pensamiento (1 Pe. 4, 1), arma más penetrante y terrible contra todos nuestros enemigos que todas las demás armas. Cuando os veáis atacados por la pobreza, la abyección, el dolor, la tentación y las otras cruces, armaos con el pensamiento de Jesucristo crucificado, que será para vosotros escudo, coraza, casco y espada de doble filo (Ef. 6, 11-18). En él hallaréis la solución de todas las dificultades y la victoria sobre cualquier enemigo. 

 

En cuarto lugar, mirad en el cielo la hermosa corona que os espera, si lleváis bien vuestra cruz. Ésta es la recompensa que sostuvo a los patriarcas y profetas en su fe en medio de las persecuciones; y es la que ha animado a Apóstoles y Mártires en sus trabajos y tormentos. Preferimos, dicen los patriarcas con Moisés, ser afligidos con el pueblo de Dios, para gozar eternamente con él, a disfrutar momentáneamente de un placer culpable (Heb. 11, 24-26). Soportamos grandes persecuciones en espera del premio, dicen los profetas con David (Sal. 68, 8; Jer. 15, 15). Somos por nuestro sufrimientos como víctimas condenadas a muerte, como espectáculo para el mundo, para los ángeles y los hombres, y somos como basura y anatema del mundo (1 Cor. 4, 9.13), dicen los Apóstoles y Mártires con San Pablo, por el peso inmenso de gloria que nos prepara la momentánea y ligera tribulación (2 Cor. 4, 17). Contemplemos sobre nuestra cabeza a los ángeles que nos gritan: «Guardaos de perder la corona señalada con la cruz que se os ha dado, si la lleváis bien. Pues si no la lleváis como se debe, otro la llevará como conviene y os arrebatará el premio. Combatid valientemente, sufriendo con paciencia, nos dicen todos los santos, y recibiréis un reino eterno» (Mt. 5, 10-12; 11, 12). Escuchemos, en fin, a Jesucristo, que nos dice: «no daré yo mi premio sino a quien haya sufrido y vencido por su paciencia» (Ap. 2, 7.11.17.26-28; 3,5.12. 21; 21,7). Contemplemos abajo el lugar que hemos merecido, y que nos espera en el infierno con el mal ladrón y los condenados, si como ellos sufrimos con protesta, despecho y venganza. Exclamemos con San Agustín: quema, Señor, corta, poda, divide en esta vida, castigando mis pecados, con tal que me los perdones en la eternidad. 

 

DUODÉCIMO: Jamás os quejéis voluntariamente, murmurando de las criaturas de que Dios se sirve para afligiros. Y distinguid en las penas tres modos de quejas:   1. -La primera es involuntaria y natural: es la del cuerpo que gime y suspira, que se queja y llora, que se lamenta. Mientras el alma, como he dicho, esté sometida a la voluntad de Dios en su parte superior, no hay en esto pecado alguno. 2. -La segunda es razonable: nos quejamos y manifestamos nuestro mal a quienes pueden remediarlo, como al superior, al médico. Es una queja que pueda ser imperfecta si es demasiado ansiosa, pero en sí misma no es pecado. 3. -La tercera es criminal: se da cuando nos quejamos al prójimo para evitar el mal que nos hace sufrir o para vengarnos, o cuando nos quejamos del dolor que padecemos, consintiendo en la queja y añadiéndole impaciencia y murmuración.  

 

DECIMOTERCERO: Nunca recibáis una cruz sin besarla humildemente con agradecimiento. Y si Dios en su bondad os favorece con alguna cruz de mayor peso, agradecédselo de un modo especial y pedid a otros que hagan lo mismo. Seguid el ejemplo de aquella pobre mujer que, habiendo perdido en un pleito injusto todos sus bienes, con la única moneda que le quedaba, encargó celebrar una misa para dar gracias a Dios por la buena suerte que le había deparado. 

 

DECIMOCUARTO: Si queréis haceros dignos de las cruces que os vendrán sin vuestra participación, y que son las mejores, procuraos algunas cruces voluntarias, con el consejo de un buen director. Por ejemplo; ¿tenéis en casa algún mueble inútil al que estáis aficionados? Dadlo a los pobres, diciendo: ¿quisieras tener cosas superfluas, mientras Jesús es tan pobre? ¿Os repugna algún alimento, ciertos actos de virtud, algún mal olor? Probad, practicad, oled: venceos. ¿Estáis excesivamente apegados a alguna persona o a determinados objetos? Apartaos, privaos, alejaos de aquello que os halaga. ¿Tenéis muchas ganas naturales de ver, de actuar, de aparecer, de ir a tal sitio? Deteneos, callaos, ocultaos, desviad vuestra mirada. ¿Sentís natural repugnancia por un objeto o por una persona? Usadlo a menudo, frecuentad su trato: dominaos. Si de verdad sois Amigos de la Cruz, el amor, que es siempre ingenioso, os hará encontrar muchas pequeñas cruces, con las que os iréis enriqueciendo sin daros cuenta y sin peligro de vanidad, que no pocas veces se mezcla con la paciencia cuando se llevan cruces más deslumbrantes. Y por haber sido fieles en lo poco, el Señor, como lo prometió, os constituirá sobre lo mucho (Mt. 25, 21.23); es decir, sobre muchas gracias que os dará, sobre muchas cruces que os enviará, sobre mucho gloria que os preparará...  

 

DIOS SOLO 

 

viernes, 1 de marzo de 2024

Crónicas de los mártires de la Vendée

 


Por la tarde del 28 de febrero de 1794, las columnas infernales de los republicanos cruzaron el arroyo de Malnaye. Se toparon sorpresivamente con un anciano de 70 años, era el padre Voyneau, cura de esa región, que sin temor a nada había salido al encuentro pidiendo clemencia por sus parroquianos. Mientras entonaba cánticos montfortianos, los soldados lo capturaron, lo ataron a un poste para torturarlo. Primero le cortaron los dedos con los cuales había esbozado una bendición, luego le cortaron la lengua para que dejara de invocar el nombre de Jesucristo y finalmente le arrancaron el corazón, el cual aplastaron con unas piedras al costado del camino. 

Las columnas infernales se fueron abriendo paso hasta la iglesia de Petit-Luc donde se había refugiado gran parte de los habitantes, especialmente ancianos, mujeres y niños. Nada los detuvo, los republicanos empezaron a disparar fusilando a diestra y siniestra todo lo que se movía en el bosque, varios sobrevivientes fueron asesinados a punta de bayoneta incluyendo niños y bebés. Ya cuando parecía que se retiraban, se escuchó un fuerte cañonazo, que terminó coronando la matanza, pues la iglesia de Notre-Damme des Lucs se desmoró sobre los indefensos refugiados, aferrados a sus rosarios, suplicaban sin cesar a la Madre del Cielo. Días después el padre Barbedette fue al pueblo y encontró una montaña de cadáveres entremezclados con escombros, estatuas decapitadas, ornamentos quemados y cruces partidas. Identificó un total de 563 cadaveres, 110 niños entre recién nacidos y 7 añitos de edad. Por estos santos inocentes, se le considera a Petic Luc el “Belen vendeano”.

Ya más reciente a mediados del siglo XIX el nuevo párroco de Les Lucs, el padre Jean Bart excavó los montones de escombros de la iglesia cañoneada y encontró grande cantidad de huesos precisos entrelazados con escapularios del Sagrado Corazón y de Rosarios con los cuales, con los cuales estos piadosos cristianos se habían servido para rezar sus últimas plegarias.

Tomado del libro: Pasión y Gloria de la Vendée