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domingo, 22 de marzo de 2015

MEDITACIONES: Domingo de Pasión



Meditación
Por el P. Alonso de Andrade

De la doctrina del Evangelio

   El Evangelio contiene una pregunta que hizo Cristo en abono suyo a los sacerdotes de la ley, a la cual no respondieron; antes tomaron ocasión de humillarlo, y pasaron tan adelante que quisieron apedrearle; pero el Señor los dejó y se fue del templo.

   Punto I.- Considera que siendo Cristo la misma santidad se purifica en la opinión de los hombres de la mancha de pecado, y sólo Él pudo decirle: ¿quién de vosotros me argüirá de pecado? Para que entiendas cuán grave mal es el pecado, pues ni la sombra de él permitió Cristo en su opinión, ni tú la debes permitir en la tuya, cuando menos en tu alma. Atiende  a las palabras de Cristo y mira si podrás tú decirlas y ponerte a examen de tus  enemigos; purifica tu alma de cualquier pecado; pide al Señor su gracia para no caer en él, y antes morir mil veces que ofenderle.

   Punto II.- Medita las palabras del Redentor y tómalas como dichas a ti: si os digo la verdad, ¿Por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios, y el que no, no. Mira tu conciencia y cuántas verdades te ha dicho Cristo al corazón y cuán pocas has obrado, olvidándolas y despreciándolas como si no las creyeras. Pondera para bien tuyo el sentimiento que tendrá el Señor de ti por haberle despreciado, y haberte hecho sordo a sus verdades, pídele perdón y dispón tu alma para recibir sus verdades y muestra que les das crédito poniéndolas por obra, y para decirlas con valor siempre que importare para su santo servicio.

   Punto III.- Considera el efecto que hicieron en estos malos sacerdotes las verdades de Cristo; pues se volvieron contra Él, llamándole samaritano y endemoniado, y tomaron piedras para apedrearle. ¡Oh, malicia grande de los hombres, que volvéis en ponzoña la medicina. Escarmienta en su cabeza y ruega a Dios que no sea la malicia de tu corazón como la de estos, que saque ponzoña de las palabras de vida, y que no te vuelvas contra quien te avisa o reprende tus pecados como se volvían estos contra Cristo; sino que aprovechándote de sus palabras obren en ti efectos de vida eterna.

   Punto IV.- Considera con San Gregorio la mansedumbre de Cristo, que siendo maldecido no retornó maldiciones; y siendo afrentado sufrió las humillaciones y respondió con igual mansedumbre y humildad: yo no tengo demonio, sino honro y glorifico a mi Padre, y queriendo apedrearle no se defendió ni los ofendió, sino dejólos en el templo quitando la ocasión a sus enemigos de cometer aquel pecado. ¡Oh manso Cordero! Bendito seáis mil veces por vuestra grande humildad y paciencia. Dadme gracia para que yo la imite y sepa ser manso y humilde de corazón, callado y sufrido en mis injurias como Vos lo sois con las vuestras.

sábado, 21 de marzo de 2015

FOTOS: CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DEL R. P. JEAN MICHEL FAURE











MEDITACIONES: Sábado quinto de Cuaresma



Meditación
Por el P. Alonso de Andrade
De la doctrina del Evangelio

   Dijo Cristo a los judíos cómo Él era la luz del mundo y que los que le seguían no andaban en tinieblas, sino en luz y luz de vida, de cuya doctrina ofendidos los fariseos le opusieron varias calumnias, a que respondió con modestia Cristo y aunque le quisieran echar mano no les fue permitido, porque no era llegada la hora en que había determinado padecer.

   Punto I.- Considera con cuánta razón se llama Cristo luz; porque sin Él todo es tinieblas de pecados y ceguedad de vicios; y de Él procede, como de fuente, la luz del conocimiento, y del conocimiento el amor de la voluntad y la gracia de los santos deseos; semilla de las buenas obras con que merecemos el cielo. Mírate a ti mismo, y considera cuán en tinieblas has andado siempre, que te has apartado de esta luz, y llégate a Jesús para que te alumbre y encamine a la bienaventuranza de la gloria.

   Punto II.- Considera que, como dijo el venerable Beda, Cristo no solamente se llama luz, sino luz del mundo, no del cielo o de los ángeles, que según su estado no la necesitan para caminar, sino los hombres que peregrinan por este valle tenebroso del mundo, a los cuales bajó Cristo a alumbrar, y alumbra como el sol resplandeciente con la luz de su doctrina; y pondera con San Crisóstomo que es luz del mundo, porque le alumbra todo, y no hay quien se esconda de su luz, si quiere recibirla. Pídele al Señor que no deje tu alma a obscuras, pues alumbra a todo hombre que viene a este mundo, sino que te de un rayo de su divina luz y te inflame en su amor, para emplearte en su santo servicio.

   Punto III.- Aprende del Salvador a ser luz del mundo para tus prójimos, alumbrándolos según tu estado con la luz de la doctrina y con la del ejemplo, igualmente a todos sin particularizarte con alguno, usando de caridad con todos, como el sol que a todos alumbra igualmente. Pon delante de los ojos al Redentor, y contempla su vida, y cómo anduvo alumbrando a los pueblos, enseñando a todos, haciéndoles bien sin exceptuar a alguno, y sigue sus pisadas sin perderle de vista, que el que le sigue no anda en tinieblas, mas tendrá lumbre de vida.

   Punto IV.- Contempla el resto del Evangelio, y cómo deslumbrados los fariseos con esta luz se volvieron contra Cristo, y quisieron quitarle la vida; no te acobardes si diciendo verdades tuvieres enemigos: mira cómo Dios le defendió, y confía que también te defenderá a ti; repara en lo que le oponen, diciendo que su testimonio no era verdad, porque se alababa a sí mismo. Considera cuán mal recibidas son las propias alabanzas, y nunca digas cosa de ti que sea de loor o estimación, y por último, pondera lo que les dijo Cristo, que ellos eran carnales y juzgaban como tales, según la pasión de que estaban poseídos, y así eran errados sus juicios, como lo son todos los de aquellos que juzgan según  la carne y no según el espíritu. Pon la mano en tu pecho, y mira cuáles son tus juicios y qué espíritu te mueve, y no te dejes vencer del sensual, para que no caigas en los yerros que cayeron estos, juzgando tan erradamente de Cristo.


viernes, 20 de marzo de 2015

PRESENCIA DE SATAN EN EL MUNDO MODERNO: Capitulo 5

 
CAP. V
Casos de posesión en los
Siglos XIX y XX

En Ars.
En el presente capítulo vamos a agrupar cierto número de casos de posesión que se encuentran escalonados desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera mitad del XX Tomaremos a Ars, nuevamente, como nuestro punto de partida.
Pero volvemos a encontrar allí al santo cura, no ya como sujeto a las infestaciones diabólicas, sino echando al demonio por la fuerza de sus exorcismos.
He aquí, primeramente, un hecho que tuvo por testigo al herrero del pueblo, Jean Picard, el cual declaró en el proceso de beatificación.
Una posesa había sido llevada a Ars por su propio marido. La mujer estaba furiosa y lanzaba gritos desarticulados. Imposible comprender nada de lo que decía. El cura de Ars, después de haberla examinado, comprendió que estaba bajo la influencia de la acción diabólica y declaró que era necesario llevarla al obispo de su diócesis.
Súbitamente, la mujer recobró la palabra y fue para maldecir en los siguientes términos:
"¡Bien! ¡Bien! ; La criatura volverá allá!. . . ]Ah, si yo tuviera el poder de Jesucristo los hundiría a todos en los infiernos!
"—Pues mira, conoces a Jesucristo — dijo en seguida el abate
Vianney—. ¡Y bien! Llévenla al pie del altar mayor."
Cuatro hombres se apoderaron de ella y pese a su resistencia la depositaron donde el cura había dicho.
Extrayendo entonces su gran relicario que siempre llevaba en el bolsillo, el abate Vianney lo apoyó sobre la cabeza de la posesa, la cual cayó al suelo como si estuviera muerta. Al cabo de un instante se irguió sin ayuda y salió con paso rápido de la iglesia. Una hora más tarde regresó muy tranquila, tomó agua bendita para santiguarse y se arrodilló. Estaba completamente liberada. Se quedó en Ars con su marido durante tres días más, como ejemplo edificante para los peregrinos por su bondad y su piedad.
¡La acción del cura de Ars había sido pues extraordinariamente eficaz!
 
Lo mismo ocurrió en el caso siguiente: Se trataba esta vez también de una mujer, pero acompañada de su hijo. Ambos provenían de los alrededores de Clermont-Ferrand. Hacía cuarenta años que esta mujer sufría y se la creía poseída por el demonio. En Ars mismo, demostró en efecto síntomas muy claros. Se la vio bailar parte del día, cantando, cerca de la iglesia. Hasta ahí podría tratarse de un caso de simple demencia. Pero revelador fue que al darle de beber unas gotas de agua bendita se puso súbitamente furiosa y empezó a morder los muros de la iglesia.
 
Un sacerdote extranjero que se hallaba presente tuvo piedad de ella. La condujo al camino por donde debía pasar el abate Vianney entre la curia y la iglesia. El santo apareció en efecto y dio a esta mujer, cuya boca estaba llena de sangre, una simple bendición. Inmediatamente la desgraciada se tranquilizó completamente ¡y las terribles crisis que sufría desde hacía tantos años no volvieron jamás! Un tercer caso provenía de la diócesis de Aviñón. Una joven maestra que daba señales de posesión demoníaca, fue llevada por orden del obispo que había estudiado su caso personalmente, al cura de Ars.
 
Iba acompañada de un vicario de la parroquia de San Pedro, de Aviñón, y de la Superiora de las Franciscanas de Orange. Llegaron a Ars en la noche del 27 de diciembre de 18 57. Al día siguiente por la mañana la hicieron entrar en la sacristía, en el momento en que el santo cura revestía los ornamentos para celebrar la misa. Pero en seguida la posesa se puso a gritar, tratando de huir:
"—Hay demasiada gente aquí —exclamaba.
"—Hay demasiada gente —repuso el cura—; ¡pues bien! ¡Saldrán todos!"
Y ante una señal de su mano se quedó solo frente a frente con Satán. Al principio sólo se oyó desde adentro de la iglesia un ruido confuso y violento. 
Luego el tono se elevó aún más. El vicario de Aviñón, vigilante junto a la puerta, pudo desde ese momento captar el siguiente diálogo:
"— ¿Quieres entonces salir a todo trance? — decía el abate
Vianney.
"— ¡Sí!
"—iY por qué?
"— ¡Porque estoy con un hombre que no quiero!
"— ¿No me quieres entonces? —preguntó el cura con tono irónico.
"—\No —gritó el espíritu infernal. Y este ¡No! estaba proferido en tono estridente y furioso."
Pero casi en seguida la puerta volvió a abrirse. Todos pudieron ver a la joven maestra llorando de alegría y, en adelante recatada y modesta, con una expresión de agradecimiento en el rostro. ¡Estaba liberada! Pero de pronto un sentimiento de temor volvió a asaltarla y volviéndose hacia el abate Vianney le dijo:
"— ¡Tengo miedo que él regrese!
"—No, hija mía — contestóle el santo hombre —, o no tan pronto."
La joven pudo volver a su pueblo y a sus funciones de educación en la ciudad de Orange. ¡Y él no retornó! Otro ejemplo memorable de la acción del abate Vianney en sus encuentros con Satán: Era una tarde, el 23 de enero de 1840. Una mujer llegaba del Haute Loire, de los alrededores de Puy, acababa de arrodillarse en el confesionario del cura de Ars. Pero en el momento en que éste le urgía que empezara la confesión de sus pecados se oyó súbitamente una voz amarga y fuerte que exclamaba:
"¡No he cometido más que un pecado y doy parte de este bello fruto a todos los que quieran compartirlo! 
Levanta la mano y absuélveme.
¡Ah, la levantas bien, algunas veces, para mí, porque estoy a menudo junto a ti en el confesonario!"
Comprendiendo que tenía que vérselas con el demonio, pero queriendo estar seguro de ello, el abate Vianney le hizo en latín la pregunta del Ritual:
"—Tu quis es? (¿Quién eres tú?)
"—Magister Caput! (el Maestro en Jefe) —replicó el otro, luego continuando en francés exclamó:
"— ¡Ah, sapo negro, cuánto me haces sufrir! Siempre dices que quieres marcharte. ¿Por qué no lo haces?. . . ¡Hay sapos negros que me hacen sufrir menos que tú!
"—Voy a escribirle a monseñor — respondió el cura — para hacerte salir.
"—Sí, pero haré temblar tanto tu mano que no podrás escribirle ¡No te escaparás, no creas! ¡He ganado a más fuertes que tú!. . . ¡Y todavía no estás muerto! Sin esta... (Aquí una palabra grosera para designar a la Santísima Virgen), que está allí arriba, no te escaparías; pero ella te protege, con ese gran dragón (evidentemente San Miguel) que está en la puerta de tu iglesia. . . ¿Di, por qué te levantas tan temprano? Desobedeces a la túnica violeta (a tu obispo). ¿Por qué predicas con tanta sencillez? Eso te hace pasar por un ignorante. ¿Por qué no predicas en grande como en las ciudades?'"

Y las invectivas continuaron así todavía largo rato, contra varios obispos y varias categorías de sacerdotes. ¡Pero Satán tuvo que reconocer, a pesar suyo, que el cura de Ars era un verdadero servidor de Dios!
 
Monseñor Trochu, que relata esta batalla, no dice cómo terminó, pero podemos suponer que terminó, como todas las otras, con la derrota de Satán.
Es de notar que en este caso existe, a la vez, posesión de una mujer e infestación del santo cura por el Diablo.
 
Citemos, por fin, la cura de una posesa por el abate Vianney en el extremo final de su vida. Era el 2 5 de julio de 18 59. Debía acostarse al día siguiente para no volver a levantarse. Le llevaron no sin trabajo, hacia las ocho de la noche a "una mujer que pasaba por posesa". Su marido que estaba con ella entró con la mujer en el presbiterio.
 
El abate Vianney se reunió con ellos. ¿Qué ocurrió? No se sabe con precisión, pero lo seguro es que la mujer fue liberada. Un buen número de testigos que se hallaban en la puerta del presbiterio la vieron salir de golpe, libre y contenta. Pero uno de ellos dijo: "Se yo en el patio un ruido semejante al de las ramas de árbol violentamente quebradas. Esto hizo un ruido tan tremendo que los presentes se espantaron. Ahora bien, añade el señor Oriol en su declaración, ¡cuando yo entré en la curia después de la oración de la noche, vi que los saúcos estaban intactos!"
Una vez más posesión e infestación se habían unido.

Los posesos de Illfurt

1 Hablaremos no obstante de un caso muy reciente de posesión en el cual el demonio declaró que no tenía permiso para insultar a María, y que debía
Llamarla "Señora".

 
Salimos de Ars que acaba de darnos bastantes casos de posesión, llegados de distintas regiones de Francia. Y nos trasladaremos a Alsacia.
El cura de Ars acababa de morir el 4 de agosto de 1859. Los hechos de posesión que vamos a recordar se desarrollan en Illfurth entre 1864 y 1869. Advirtamos que Illfurth está situado a siete kilómetros de Altkirch, en el confluente del 111 y del Largue, y sobre el canal del
Rhóne al Rhin, distrito de Mulhouse. Era entonces un pueblo grande de 1.200 habitantes.
Las víctimas del Demonio en esta localidad fueron dos hermanos, el uno Thiébaut Buerner, de nueve años, el otro Joseph, de siete solamente. Hacia fines del año 1864, presentaron el uno y el otro síntoma de una enfermedad que desconcertó a los médicos. En septiembre de 1865 aparecieron fenómenos completamente anormales.
 
Los dos niños, por ejemplo, si se acostaban de espaldas podían volverse y revolverse como trompos vivientes, a una velocidad increíble. Pero esto no era todo: eran víctimas a veces de hambres insaciables. Sus vientres se les inflaban en forma desmesurada. Decían que tenían en el estómago como una bola y que un animal vivo se movía dentro de ellos de arriba abajo.
Y todavía más que eso: a veces si estaban sentados en una silla, ésta se levantaba con ellos, movida por una mano inasible y permanecía en el aire sin razón aparente. Hemos visto más arriba, junto con Saudreau, que éstas son señales precursoras, reveladoras de la posesión.
 
Estas señales tenían en Illfurth innumerables testigos, personas reposadas
e instruidas, que no se dejaban llevar a creer, sin pruebas, extravagancias como las que nos informa la crónica. El señor Gruninger, cuya obra hemos citado largamente en el capítulo anterior, atestigua que entre los testigos de los hechos acaecidos en Illfurth se hallaba su propio padre y que éste ha informado muchas veces lo que pasaba. Por lo demás, se hablaba de ello en toda la región.
 
Era imposible que en una diócesis tan esclarecida como la de Estrasburgo, no se les ocurriera muy pronto a algunos católicos y sacerdotes que podía existir ahí un caso de posesión. Se trató de poner la cosa en claro. Hubo ensayos de exorcismo al cabo de los cuales los demonios fueron conminados a dar sus nombres.
Hemos anotado hace un instante las palabras sacramentales que pronunció el cura de Ars en un caso semejante: (Tu quis es?)
 
(¿Quién eres tú?)" Conminados a nombrarse, los espíritus infernales, al no encontrarse tal vez frente a una autoridad tan imponente como la del santo hombre de Ars, se negaron a hacerlo durante mucho tiempo. Por fin, sin embargo, se supo que había por lo menos dos espíritus diabólicos en cada niño. El mayor, Thiébaut, estaba atormentado por dos demonios que pretendían llamarse Ypés y Oribas.
El más joven de los dos varones tenía en el cuerpo un demonio llamado Zolathiel, pero nunca se pudo llegar a saber el nombre del otro.
 
Las señales reveladoras de la posesión indicadas en el Ritual Romano se verificaron en el caso de los dos chicos por cuanto hablaban los idiomas más diversos, o por lo menos contestaban las preguntas que se les hacían en latín, inglés, francés, alemán o en el dialecto local. Este conocimiento de los idiomas que nunca habían aprendido era ya un indicio concluyente. Otro indicio era la aversión insuperable por el agua bendita y en general por los objetos benditos. Tercer indicio: predicción de los acontecimientos que iban a ocurrir. Era inútil turnarse para interrogar a los dos jóvenes posesos. Estos daban pruebas de una ciencia muy impropia de su edad y de su instrucción al no dejar sin respuestas ninguna pregunta que se les hacía, inclusive sobre problemas difíciles o embarazosos. Esta ciencia no era evidentemente natural. Era, entonces, preternatural, pero todas las circunstancias tendían a probar que no era angélica, sino indiscutiblemente diabólica.
 
Estos hechos fueron pronto conocidos en toda Alsacia. El rumor se extendió hasta París. El obispado de Estrasburgo, como era su obligación canónica, hizo iniciarse una investigación. Por su parte el subprefecto de Mulhouse, a pedido de la Prefectura del Alto Rin, daba
la orden al brigadier de gendarmería Werner, de redactar un informe sobre los hechos.
Werner se dirigió al lugar. Si tenía un prejuicio, era desfavorable.
 
Estaba convencidísimo que en pleno siglo XIX la creencia en el Diablo era un infantilismo inadmisible. Pero no tardó en salir de su error cuando estuvo en el lugar. Ocurrían, decididamente, en Illfurth, cosas que estaban más allá de su entendimiento.
La autoridad eclesiástica por su lado había llegado a la conclusión que se imponía desde hacía mucho tiempo, a saber, que el exorcismo debía practicarse en el caso de los dos niños. Entre tanto, éstos habían crecido. Se estaba, efectivamente, en 1869. Las "diabluras" duraban desde hacía casi cinco años. Thiébaut, el mayor de los dos posesos, contaba entonces catorce años y su hermano doce.
La liberación iba a producirse en dos tiempos, es decir, los dos hermanos, uno después del otro.

Liberación de Thiébaut

Sobre el exorcismo que fue operado en el orfelinato de San Carlos,
Schiltigheim, tenemos el relato de un libro muy reciente; el del cura de Eichhoffen, en Alsacia, padre Suter, y de Francois Gaquére, doctor en letras y en teología, canónigo de Arras, bajo el título: En lucha con Satán. Los posesos de Illfurth. (Ediciones Marie-Mediatrice en Gen val, Bélgica, 1957.)
Recordemos primeramente el horror que el joven poseso manifestaba por las cosas sagradas y eso que pertenecía a una familia cristiana y había sido educado en la fe.
 
"Para él — dice en esta obra — una iglesia era una porquería, el agua bendita una chanchada, los sacerdotes unas faldas negras, unos clerizontes, las hermanitas de caridad unas basuras, los católicos unos roñosos, los niños, unos perros cachorro."
No cabe duda que es el demonio el que habla por su boca. Cuando manifiesta su presencia, el niño está como en éxtasis, postrado como un muerto. El chico, que es por lo demás apuesto aunque pálido y melancólico, tiene el aspecto de un desgraciado.
En el orfelinato donde lo habían llevado se mostraba tranquilo y no hacía más que jugar en el patio y pasearse. Nunca había sabido francés, pero contestaba en un lenguaje implacable y respondía también en latín, si se le hablaba en este idioma, por más que él no empleaba nunca primero este último idioma que jamás había aprendido.
 
Andaba libremente por todo, menos por la capilla. En cuanto se acercaba al santuario, aun cuando le vendaban los ojos para que no supiera dónde lo conducían, se endurecía, ladraba como un perro, osaba avanzar. Su rostro se tornaba horrible. Si se le asperjaba con agua bendita, se retorcía como un gusano que se aplasta y no volvía a serenarse más que cuando se le dejaba alejarse. El día elegido para el exorcismo era el 3 de octubre de 1869. Fue necesario llevar por la fuerza al chico hasta la capilla donde se le ató a un sillón mientras lo sujetaban además tres hombres: Schrantzer, Hausser y el jardinero, Andrés. Se hallaba sobre una alfombra, frente al comulgatorio, con el rostro vuelto hacia el tabernáculo. Sus mejillas habían enrojecido como si tuviera fiebre. De sus labios salía una espuma que caía al piso. Se volvía y revolvía en todas direcciones, como si hubiera estado sobre una parrilla, y buscaba con los ojos la puerta. El exorcista era el padre Souquat, provisto de los poderes de monseñor Racss, obispo de Estrasburgo. En el primer momento tuvo una vacilación muy comprensible, cuando oyó de boca del niño, que conocía apenas, esta exclamación brutal pronunciada con voz ronca y violenta: "¡Déjate de jorobar! ¡Fuera de aquí, roñoso!"
Desconcertado, casi desarmado, el exorcista, a quien rodeaban altas personalidades eclesiásticas y algunas religiosas, se dominó y empezó las letanías de los santos. Al oír las palabras: "¡Santa María, ruega por nosotros!" el diablo lanzó un grito aterrador: "¡Sal de la porquería, roñoso! —bramaba—. ¡No quiero!" Y repetía estas palabras en cada invocación de un santo. Había gritado más fuerte sobre todo cuando había oído: "¡Santos ángeles y arcángeles, rogad por nosotros!" Poco después, cuando el exorcista pronunció: "¡De los lazos del demonio, libéranos Señor!" se vio al poseso sacudirse y temblar todo entero. Empezó a lanzar aullidos, haciendo contorsiones frenéticas, ¡a tal punto que los tres hombres que lo sujetaban tenían dificultad en dominarlo! Las letanías terminaron, el padre se colocó frente al niño y siguió con las oraciones del Ritual.
El poseso no cesaba de gritar: "¡Fuera de la porquería, roñoso!"
Pero cuando el exorcista pronunció en latín las palabras Gloria Patri et Filio, etc., el diablo, por boca del desgraciado niño quien, naturalmente, ignoraba el latín gritó: “No quiero!" Lo cual fue interpretado:
"no quiero rendir gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo."
 
Antes de leerle el Evangelio según San Juan, como está prescrito en el Ritual, el padre trazó sobre él la señal de la cruz, pero sucesivamente sobre la frente, sobre la boca y sobre el corazón, lo cual provocó nuevos aullidos. El poseso hasta trató de morderle la mano. El padre Souquat entabló entonces el siguiente diálogo, en alemán:
— ¡Espíritu de las tinieblas, serpiente aplastada, yo, sacerdote del
Señor, te ordeno, en nombre de Dios, que me digas quién eres!
— ¡Eso no te importa, roñoso, lo diré si quiero! . . .
—Esa es la misma actitud y la palabra altivas que tuviste con el
Todopoderoso, cuando te echó del Cielo. ¡Pero yo te lo repito, sal de aquí, Satán, sal de esta iglesia! ¡No es a la casa de Dios, sino a las
Tinieblas adonde tú perteneces!
— ¡No! — gritó Satán —. ¡No quiero: no ha llegado aún mi hora!
El exorcismo duraba ya tres horas. El sacerdote se hallaba agotado por el cansancio y empapado en sudor. Tuvo que suspender la ceremonia.
En cuanto el niño hubo salido de la capilla se serenó.
Por la noche hizo esta reflexión al abate Schrantzer, que había llevado esa tarde al exorcista en coche:
— ¡Ah, has hecho bien en deslizarle una medalla!
— ¿A quién?
— ¡Al cochero, pues!
 
El abate había dado, efectivamente, una medalla de San Benito al cochero que los llevaba, pero Thiébaut no había podido, sin lugar a duda, ver ese gesto. El padre prosiguió:
— ¿Cómo sabes eso? ¿Qué hubieras hecho sin eso?
—Hubiera volcado el coche con caballos y todo. ¡Yo galopaba al costado!...
—Oye, te hemos atormentado mucho: ¿sabes quién te bendijo? . . .
—Sí, claro que sí, ya ha echado a uno de nuestros señores. . .
En realidad el padre Souquat, bastantes años atrás, había echado al demonio de una casa. Pero ¿cómo podía saberlo el niño? Estos pequeños detalles confirmaron al padre Souquat en la convicción que ya tenía de que Thiébaut estaba realmente poseído. Se preparó en consecuencia la segunda sesión.

El asalto supremo

Al día siguiente, lunes 4 de octubre de 1869, a las dos de la tarde, en presencia de los mismos testigos, se inició de nuevo el exorcismo.
 
Habían atado fuertemente al niño en el sillón rojo y le habían puesto una camisa de fuerza. El diablo no dejó por ello de manifestar su  presencia. Súbitamente, en efecto, se vio al sillón con el niño elevarse por los aires, a pesar de los esfuerzos de tres fuertes muchachos que se aferraban a él para sujetarlo, y que fueron arrojados a derecha e izquierda. En el mismo momento, el poseso lanzaba horrendos rugidos y de su boca salían chorros de espuma.
Consiguieron dominarlo, sin embargo, y el exorcismo empezó. Al cabo de dos horas, después de haber leído las letanías y acabado las oraciones del Ritual, el padre se levantó e interpeló de nuevo al demonio en estos términos:
 
—Ahora, espíritu impuro, te ha llegado el momento. En nombre de la Iglesia Católica, en nombre de Dios, en mi nombre, sacerdote de
Dios, te ordeno que me digas cuántos son.
— ¡Eso no te importa, roñoso!
— ¡Esa es justamente la palabra de orgullo que tú tienes y que dicen en el Infierno! ¡Perteneces al abismo y no a la luz! ¡Regresa a él, espíritu impuro! . . .
 
— ¡No quiero volver allí: quiero ir a otra parte! . . .
— ¡Pues bien, Satán! ¡Te ordeno que me digas cuántos son! . . .
—Somos nada más que dos.
— ¿Cómo te llamas tú?"
—Oribas.
— ¿Y el otro?
—Ypés.
 
— ¡Pues bien, espíritus impuros, os lo ordeno, salid de la casa de
Dios: nada tenéis que hacer aquí! ¡Espíritus de perdición, salid de aquí: os lo ordeno en el nombre del Santísimo Sacramento! . . .
 
— ¡No quiero! ¡Roñoso! ¡No tienes ningún poder: mi hora no ha llegado todavía!
De nuevo el exorcista estaba empapado en sudor. Temblaba. Los presentes no estaban menos emocionados y hasta espantados. El padre Souquat volvió, no obstante, a la lucha. Tomando un crucifijo lo elevó delante del poseso, diciendo:

—Miserable Satán, no te atreves a mirar de frente esta imagen y vuelves el rostro para no verla y desafías al sacerdote. ¡Te lo ordeno, sal de aquí y regresa al Infierno que te está reservado! . . .
 
— ¡No quiero —gritó el demonio—, no se está bien a l l á!...

MEDITACIONES: Viernes quinto de Cuaresma



Meditación
Por el P. Alonso de Andrade

De la resurrección de Lázaro

   Estando Lázaro enfermo avisaron a Cristo sus hermanas, detúvose dos días, y cuando llegó ya estaba enterrado. Fue a la sepultura, gimió, lloró y oró; hizo mover la losa del sepulcro, llamóle y salió afuera vivo, mandó desamortajarle y que se fuese a su casa, y muchos creyeron en Él por este milagro.

   Punto I.- Considera cómo en cayendo Lázaro enfermo, avisaron sus hermanas a Cristo diciendo: el que amas está enfermo: en que has de meditar la presteza de estas santas hermanas en acudir al Salvador en sus trabajos a pedirle remedio, porque es el médico soberano a quien hemos de acudir todos para que nos remedie en los nuestros. Considera también que no le piden que venga a curarle, ni que desde allá mande a la enfermedad que le deje como el Centurión, sino que lo sepa, no porque lo ignorase, sino para manifestar su fe y la confianza que tenían en su piedad, y que no querían otro médico sino a Él. Aprende a hacer lo mismo en tus trabajos y a poner toda tu confianza en Dios, y preséntate delante de su Divina Majestad, que Él te mirará con ojos de misericordia y la tendrá de ti. Repara también en aquellas palabras: el que amas está enfermo; que así trata Dios a los que ama. Y si te hallares con enfermedades y trabajos y ocasiones de paciencia; cree que son prendas que te da el Señor del amor que te tiene como a Lázaro; recíbelas como a tales, y pídele gracia para llevarlas con paciencia por su amor.

   Punto II.- Considera cómo recibida la carta de Marta y María, no fue luego Cristo a consolarlas y dar salud a Lázaro su hermano, sino que se detuvo, hasta que murió y fue sepultado, lo uno para hacer prueba de su fe y darles ocasión de mayor merecimiento; lo otro para manifestación de su gloria, resucitándole de los muertos. Porque como dice San Ambrosio, si no le dejara morir, no pudiera resucitarle, ni hacerles una tan grande merced, como fue reducirle a la vida después de cuatro días de muerto; no te despeches, si no te concede luego Dios lo que pides; que si lo dilata es para hacer ostentación de su gloria, y doblarle las mercedes, cuando parezca imposible a todo juicio humano lo que le suplicas, como la salud de Lázaro muerto y podrido en un sepulcro.

   Punto III.- Considera aquellas palabras que dijo Cristo a sus discípulos cuando recibió la carta de las hermanas de Lázaro: Lázaro nuestro amigo duerme y voy a despertarle del sueño, porque la muerte de los amigos de Dios es un dulce sueño y un suave descanso con  nuevos alientos y salud permanente, como fue esta muerte de Lázaro, de la cual despertó a los cuatro días con mayor salud que antes; pero la muerte de los malos es un tormento eterno, sin apelación ni remedio para recuperar la vida. Pondera esto en tu corazón, y pues necesariamente has de morir, dispón tu vida ya, se manera que tu muerte sea sueño y descanso, y no tormento eterno.

Punto IV.- Camina con el Redentor a la casa de Marta y María, mira y contempla todo lo que allí pasa para bien de tu alma, cómo le salen a recibir las hermanas, el agrado con que les habla Cristo, los parientes y amigos que las acompañan llorando; cómo les preguntó por él, y ellas le llevaron a su sepulcro; cómo mandó quitar la losa, aunque pudiera resucitarle sin quitarla, pero quiso darles parte para su merecimiento, y enseñarnos a aliviar en lo que pudiéramos la carga a los difuntos orando por ellos, mira cómo la levantan y descubren aquella cueva tenebrosa llena de podredumbre; ya está quitada la tapa; mírate en ese espejo, y acuérdate cuán presto te has de ver en compañía de los otros muertos; pon los ojos con atención en Cristo, mírale cómo se turba, gime y llora, y  no dejes caer sus lágrimas preciosas en tierra. ¡Oh Señor! ¿Por qué lloráis si le queréis resucitar? Por eso mismo, dice San Jerónimo, porque se hallaba obligado con los ruegos  de sus hermanas a volverle a los riesgos y calamidades de esta vida, en que verás cuánto mejor suerte es, y más de envidiar la de los que han salido de ella, que la de los que están en ella; y si no medita lo que dice San Pedro Crisólogo, que lloró Cristo porque habiendo tantos muertos no había de resucitar más que a uno.

MEDITACIONES: Jueves quinto de Cuaresma



Meditación
Por el P. Alonso de Andrade

Del hijo de la viuda de Naím, a quien resucitó Cristo
 
Llegando Cristo a la ciudad de Naím, salió por la puerta un entierro de un mancebo, cuya madre iba llorándole acompañada del pueblo, mandóle detener y a la madre que no llorase. Habló al difunto como si estuviera vivo, mandándole que se levantase, obedeció levantándose, habló y se lo dio a su madre, glorificaron todos a Dios por tan grande maravilla.

   Punto I.- Mira a este mozo en la flor de su juventud, único de su madre, rico, cercado de parientes y amigos, difunto y amortajado, y que le llevan a enterrar, sin que la edad ni la hacienda, ni los deudos y amigos pudiesen valerle. Considera en él  un retrato de la fragilidad humana. Mírate despacio en este espejo y contempla cuán poco vale todo, y cómo no hay que fiar en cosa criada, y cómo pasa la vida presente como un  soplo, y el hombre más florido se marchita de la noche a la mañana, y va a dar a la sepultura; y cobra desengaños para caminar a la luz de estas verdades a la vida verdadera y eterna, despreciando todo lo terreno, caduco y engañoso, y apreciando lo celestial solamente.


   Punto II.- Pon los ojos en este difunto y en la madre que le llora; y mira en él un retrato de tu alma muerta por el pecado, y a tu madre la Iglesia que te está llorando; aquel iba amortajado en una lustrosa mortaja a usanza de los judíos, y tu alma está en este cuerpo, que tanto adornas y regalas; a aquel lloraban su madre y parientes, y él como difunto no se lloraba. Mira no te suceda a ti lo mismo, que llorándote todos, estés tan muerto, que tú solo no sientas tu daño, ni llores tu desventura; a aquél llevaban a la sepultura a ser manjar de gusanos, habitación tan estrecha y penosa de tanto horror y tinieblas; a ti te llevan los tiempos, que nunca paran, a la sepultura profunda del infierno, lugar tan tenebroso y horrible, a ser manjar de los demonios, que como rabiosos dragones siempre están atormentando a los condenados.  Mírate en ese mozo, y considera qué fuera de él, si Dios no le resucitara; y qué será de ti, si no vuelves a la vida de la gracia; y llora tu desdicha, y pide a los buenos y santos que te ayuden a llorarla, y al Señor que te resucite, volviéndote a la vida con su divina gracia.

   Punto III.- Considera las circunstancias de esta resurrección, y los medios con que Cristo le restituyó a la vida, que fueron los siguientes: tocó las andas en que le llevaban, hablóle y levantóse, y empezó a hablar, y restituyóle vivo a su madre; estas diligencias intervienen espiritualmente en la resurrección del pecador muerto a la vida de la gracia. Tócale Dios dando llamadas a su corazón, háblale, óyele, levántase del pecado y empieza a hablar, cuando confiesa su pecado, y restitúyele a su madre la Iglesia. Advierte cuántas llamadas ha dado Dios a tu corazón y cuántas voces te ha dado para que te levantes de los vicios en que vives y mejores tu vida, y te has hecho sordo a sus voces. Los muertos oyen las de Dios y las obedecen, y tú ni las oyes, ni las obedeces, ni te levantas de tus culpas, y por eso te estás muerto en los pecados; nombre tienes de vivo entre los hombres, y a los ojos de Dios estás muerto. Llora tus culpas y levántate, vuélvete al Señor, y pídele su gracia para servirle.

Punto IV.- Considera el gozo de la madre y del hijo con la nueva vida que Cristo le dio, y oye a todo el pueblo exclamar en alabanzas de Cristo, dándole muchas gracias por la misericordia que hizo a aquel difunto, y reconoce en esto el gozo  que tiene un alma cuando sale de la muerte del pecado, y es restituida a la vida de la gracia; las alabanzas que dan los ángeles a Dios, y la fiesta que se hace en el cielo por su resurrección, y mira lo que se hará por ti, si te conviertes a Dios nuestro Señor, y por los demás pecadores, y pídele a su Divina Majestad que extienda su mano y te la de para salir del pecado, y que la extienda también a todos los pecadores del mundo, y los saque de las tinieblas de sus culpas y a los ángeles que te ayuden con sus oraciones y plegarias a conseguir esta merced del Señor para alabanza y gloria de su Divina Majestad.