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martes, 7 de junio de 2022

FORMA PARTE DEL “EJÉRCITO HEROICO PARA EL RESCATE DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO”

 


¡Cuánto sufren las pobres Almas del Purgatorio!

 

Ven, mortal, penetra con el espíritu en aquellos horrendos calabozos, en donde la Justicia divina acrisola las almas del Purgatorio;  mira si fuera del infierno pueden darse penas mayores, ni aún semejantes a las que allí se padecen.  Considera todos los dolores que han sufrido los enfermos en todos los hospitales y lugares del mundo;  aquellos dolores de cabeza y de vientre tan agudos, aquellos tan rabiosos de costado y de muelas, aquellas convulsiones y contorsiones espantosas de miembros, aquellas llagas y postemas insoportables, aquellos dolores de parto y males de corazón que han acabado con la vida de tantas personas: ¿igualarían todos estos males reunidos a los dolores que padece un alma en el Purgatorio? No, dice San Agustín; pues estos exceden a todo cuanto se pueda sentir, ver o imaginar en este mundo.  Añadid a todos estos males los suplicios y tormentos que la crueldad de los Nerones, Dioclecianos, Decios y demás perseguidores de la Iglesia, inventó contra los cristianos, aquellas tenazas y garfios de hierro con que les despedazaban las carnes; aquellas parrillas en que los asaban vivos; aquellas herramientas con que les descoyuntaban los miembros; aquellas ruedas de navajas y puntas de hierro; aquellas prensas y máquinas con que los martirizaban; todo este horrible aparato de dolores y tormentos cruelísimos ¿no igualarían al Purgatorio? Tampoco, dice San Anselmo, pues la menor pena de aquel lugar de expiación es más terrible que el mayor tormento que se pueda imaginar en este mundo.  Entonces ¡qué penas serán aquéllas!  ¡Ah! son tales, dice San Cirilo de Jerusalén, que cualquiera de aquellas almas querrían más ser atormentadas hasta el día del juicio con cuantos dolores y penas han padecido los hombres desde Adán hasta la hora presente, que no estar un solo día en el Purgatorio sufriendo lo que allí padecen.  Pues todos los tormentos y penas que han sufrido en este mundo, comparados con los que sufre un alma en el Purgatorio, pueden tenerse por consuelo y alivio.  ¡Quién no tiembla!

 

¡Cuánto las olvidamos nosotros, los mortales!

 

¡Pobres almas!  Están padeciendo tormentos y penas inexplicables; no pueden merecer, ni esperar alivio sino de los vivos; y éstos, ingratos, no se acuerdan de ellas.  Tienen en el mundo tantos hermanos, parientes y amigos; y no hallan como José, un Rubén piadoso que las saque de aquella profunda cisterna.  Sus tinieblas son más dolorosas que la ceguedad de Tobías, y no encuentran ningún hijo que les dé la vista deseada para contemplar el rostro hermosísimo de Dios.  Se abrazan en más ardiente sed que el criado de Abraham; y no hallan una oficiosa Rebeca que se la alivie.  Son infinitamente más desgraciadas que el caminante de Jericó y el paralítico del Evangelio, más no encuentran un Samaritano u otra persona compasiva que las consuele.  ¡Pobres almas!  ¡Qué tormento tan grande será para vosotras este olvido de los mortales!  ¡Podrían tan fácilmente aliviaros y  libertaros del purgatorio, bastaría una Misa, una Comunión, un Vía Crucis, una indulgencia que aplicasen, y nadie se acuerda de ofrecérosla!

 

¡Cómo recompensará el Señor a los devotos de las benditas almas!

 

¿Cómo pensáis vosotros que premiará el Señor al que haya sacado una o más almas de las abrasadoras llamas del purgatorio?  Decid, padres y madres: si aquel hijo que es la niña de vuestros ojos cayese en un río o en el fuego, y un hombre generoso lo sacara y os lo presentara vivo, ¿cómo se lo agradeceríais?  Si vosotros fueseis ricos y potentados, y él pobre, ¿cómo lo premiaríais?  Entonces: ¿qué tiene que ver el cariño del padre más amoroso con el amor que Dios profesa a aquellas almas, que son sus hijas y esposas muy amadas?  ¿Qué son todos estos peligros y males de este mundo, comparados con las espantosas penas del purgatorio?  ¿Y qué comparación hay entre el poder y la generosidad de un miserable mortal y el poder y la generosidad infinita de Dios, que promete un inmenso premio de gloria por la visita hecha a un preso, a un enfermo, o por el vaso de agua dado a un pobre por su amor?  ¡Ah, hijo, hija! Yo, casi diré, miro como asegurada tu salvación, si logras sacar a una sola alma del purgatorio.  ¿Y no harás lo posible por lograrlo? 

 

¡Ah!  Dichosos ustedes, si socorréis a las pobres almas del purgatorio, “Venid”, os dirá algún día nuestro generosísimo Juez, “Venid benditos de mi Padre celestial; aquellas pobres almas tenían hambre, y vosotros comulgando las habéis alimentado con el pan de vida de mi sacratísimo Cuerpo: morían de sed, y oyendo o haciendo celebrar Misas les habéis dado a beber mi Sangre preciosísima: estaban desnudas, y con vuestras oraciones y sufragios las habéis vestido con una estola de inmortalidad: gemían en la más triste prisión, y con vuestros méritos e indulgencias las habéis sacado de ella.  Y no es precisamente a las almas a quienes habéis hecho estos favores; a Mí me lo habéis hecho: “Mihi fecistis”: pues todo lo que hicisteis por ellas, Yo lo miro por tan propio, como si lo hubieseis hecho para Mí mismo.  Por lo tanto, venid benditos de mi Padre celestial, a recibir la corona de gloria que os está preparada en el cielo”.  ¿Y no querríais, hijo, hija, lograr tanta dicha?  Pues en tu mano está. 

 

¡Qué gran agradecimiento y ayuda de las benditas almas para con sus devotos!

 

¡Y qué dicha la tuya, si has logrado librar del purgatorio a alguna de aquellas almas!  El cielo debe a tus sufragios el nuevo regocijo y la nueva gloria accidental que ahora experimenta, por tener un nuevo santo en el cielo.  Y aquellas almas dichosas te deben la libertad, y con ella la posesión de una felicidad infinita.  ¿Qué súplicas, pues, tan fervorosas no harán a Dios por ti?  ¿En qué necesidad podrás encontrarte que no se apresuren a socorrerte?  ¿Qué empeño no pondrán en conseguirte las gracias necesarias para vencer las tentaciones, adquirir las virtudes y triunfar sobre los vicios?  Y si alguna vez te vieren en peligro de pecar y de caer en el infierno, con cuánto más celo que el pueblo de Israel lo hizo a favor de Jonatás, dirán al Señor: ¿y permitiréis, oh gran Dios, que se pierda eternamente una persona que me ha librado a mí de tan horribles penas? ¿No prometisteis que alcanzarían misericordia los que hubiesen usado de misericordia con el prójimo?  ¿Y consentiríais ahora que cayese en el infierno aquel que con sufragios me abrió las puertas del cielo?  ¡Sí, dichoso tú!  ¡Cuánto envidio tu dicha!  Persevera, y ten por segura la palma de la gloria. 

 

¡Forma parte del Ejército heroico en rescate de las Almas del Purgatorio!

 

Para formar parte de este ejército heroico, y ayudar al rescate del mayor número posible de almas del Purgatorio, se debe rezar el siguiente ofrecimiento heroico:

 

OFRECIMIENTO HEROICO EN FAVOR DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 

Para mayor honra y gloria de Dios, uno en esencia y trino en personas; para alguna imitación de mi dulce Redentor Jesucristo, y para muestra de mi cordial esclavitud a la Madre de misericordia, María Santísima, Madre amorosa de todas las almas del Purgatorio.

 

Yo propongo cooperar a la redención y libertad de las almas que están presas en él, porque aún deben a la divina justicia algunas penas por sus culpas; y en la forma que puedo lícitamente y sin obligación alguna de pecado y espontáneamente, hago ofrecimiento de redimir aquella alma o almas que quisiere la misma Virgen Madre; renunciando y haciendo donación de mis obras satisfactorias, tanto en esta vida como en la otra; y por lo mismo, hago y confirmo este voto, sin obligación o pecado.

 

Y en caso de no tener yo bastantes obras satisfactorias para pagar las deudas de aquella alma o almas escogidas por la misma Madre de misericordia, y para satisfacer las mías por mis pecados, los cuales detesto de todo mi corazón, con firme propósito de nunca más pecar, me obligo y quiero pagar en la cárcel del Purgatorio, con penas, todo lo que me faltare de obras satisfactorias. Y lo declaro y confirmo, citando por testigos a todos los vivientes en las tres Iglesias, triunfante, militante y paciente. Amén.


ANÉCDOTA 

Santa Gertrudis, aquella esposa tan generosa del Señor, había hecho donación de todos sus méritos y obras buenas a las almas del purgatorio; y para que los sufragios tuvieran más eficacia y fueran más gratos a Dios, suplicaba a su divino Esposo le manifestara por qué alma quería que satisficiese.  Se lo otorgaba su Divina Majestad, y la Santa multiplicaba ayunos, cilicios, disciplinas y otras penitencias hasta que aquella alma hubiera salido del purgatorio.  Sacada una, pedía al Señor le indicara otra, y así logró librar a muchas de aquel horrible fuego.  Siendo ya la Santa de edad avanzada, le sobrevino una fuerte tentación del enemigo, que le decía: “¡Infeliz de ti!  ¡Todo lo has ofrecido a las almas del purgatorio y no has satisfecho todavía por tus pecados!  Cuándo mueras, ¡qué penas y tormentos te esperan!”.  No dejaba de atormentarla este pensamiento, cuando se le apareció Cristo Señor nuestro y la consoló diciendo: “Gertrudis, hija mía muy amada, no temas: los sufragios que has ofrecido a las almas del purgatorio, me son muy agradables; tú no has perdido nada, pues en recompensa, no solo te perdono las penas que allí debías padecer, sino que aun aumentaré tu gloria de muchísimos grados.  ¿No había prometido yo, dar el ciento por uno, pagando a mis fieles servidores “con  medida buena, apretada y abundante”?   Pues mira, yo haré que todas las almas liberadas con tus oraciones y penitencias te salgan a recibir con muchos Ángeles a la hora de la muerte y que acompañada de este numeroso y brillante cortejo de Bienaventurados, entres en el triunfo de la gloria”.