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lunes, 23 de enero de 2023

LA IGLESIA OCUPADA Libro de Jacques Ploncard d’Assac

 


Sinopsis: "La Iglesia Ocupada" es un libro de JACQUES PLONCARD D’ASSAC que demuestra como la Iglesia Católica está siendo ocupada por el enemigo así como un país puede estar ocupado por un ejército enemigo.

El demonio nunca ha parado de atacar a la Iglesia de Jesucristo. Tales intentos cada vez se acrecientan más comenzando por la Revolución protestante (mal llamada reforma protestante), seguida de la Revolución francesa y la Revolución comunista o bolchevique.

Pero el Golpe Maestro de Satanás fue la revolución de la Iglesia más grande de la historia: EL CONCILIO VATICANO II. Donde el “Humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”, contaminado a sus miembros con principios modernistas, haciendo que los ataques ya no fueran desde afuera sino más bien desde dentro de la misma.**


La mayoría de los errores de los hombres proceden menos de que éstos razonen mal partiendo de principios verdaderos, que de que razonen bien

partiendo de juicios inexactos o de principios falsos.


Sainte-Beuve, Causerie du Lundi, t.X,p.36

 


Si se llega a demostrar que todas las “novedades” que confunden hoy a la Iglesia no son más que antiguos errores, constantemente condenados por Roma, se podrá sacar la conclusión que la Iglesia en este final del siglo XX está ocupada por una secta extranjera, de la misma forma que un país puede estarocupado por un ejército enemigo.

 

El fin de esta obra es llevar a cabo esta demostración para la tranquilidad de las almas inquietas y para llegar a una más justa apreciación de los hombres de las cosas.

 

J. P. d’A


La perfección de una idea falsa es llegar al absurdo.

LOUIS VEUILLOT

 

Que Dios nos conceda aplastar los huevos y matar a los polluelos.

UN MONJE DE COLONIA (s. XVI)

 

Si se hubiese envenenado a Lutero y a Calvino cuando aparecieron, se habrían ahorrado grandes males a la religión y mucha sangre a Europa.

CARDENAL DE RICHELIEU

 

¡Ay! de los luteranos, es muy mala la causa, pero muy bien la defienden; y por fatal desgracia, la nuestra es buena y mal la defendemos.

RONSARD



CAPITULO I - EL HUEVO DE ERASMO


Ya hace cuatro siglos, Erasmo profesaba que “cada hombre posee la teología verdadera”, que está “inspirado y guiado por el espíritu de Cristo, ya sea picapedrero o tejedor”. Cuando Erasmo habla así, todavía no se conoce a Lutero, el “protestantismo” no existe, aunque ya la insidiosa herejía va deslizándose en la Iglesia del siglo XVI. El mensaje de Erasmo “apareció como un mensaje nuevo y fecundo, susceptible de llevar una renovación a la Iglesia, desde el interior”.


Erasmo encontró un terreno particularmente favorable en España “donde las clases superiores estaban profundamente influenciadas por la levadura de los judíos conversos” . Su doctrina se extiende en el siglo XVI, igual que la filosofía masónica se extenderá en el siglo XVIII mediante la conquista de los soberanos y de sus consejeros. El mismo Erasmo era consejero del archiduque Carlos, gobernador de los Países Bajos, y a este príncipe dedica su tratado De la educación de un príncipe cristiano. En 1520, Carlos se ha convertido en el monarca más poderoso de la época.

Reina en Alemania y en España. Su camarilla está llena de “erasmistas”. Mercurio Gattinara, su canciller piamontés, es un discípulo del filósofo flamenco, lo mismo que su inseparable secretario, Alonso de Valdés. Pero el acontecimiento capital sobreviene en 1521, cuando Adriano de Utrecht, un flamenco “erasmista” es elegido Papa. Adriano VI lleva consigo a Roma “un grupo de gente de su país” ganado a las nuevas ideas.


Los “innovadores” arremetieron primeramente contra las órdenes monásticas.


Se reconoce el espíritu del error en que ataca más a las Instituciones que a los hombres. En lugar de reformar, suprime. Ahora bien, las instituciones, fruto de la experiencia y de la historia, tienen siempre una razón de ser y es malo destruirlas. Llevado por el espíritu innovador, vemos que el futuro Papa Paulo IV preconiza la supresión paulatina de las órdenes monásticas en toda la cristiandad.


Los monjes se defendieron:


“La sabiduría cristiana —dijeron— es lo perfecto para los hombres instruidos, para los obispos y el alto clero, para los príncipes, los altos funcionarios, los negociantes cultivados, los juristas, los eruditos, toda esta burguesía instruida donde Erasmo reclutaba a sus discípulos. Pero ¿qué pasaba con el pobre y el ignorante que no podían comprender un mensaje tan intelectual? Para esas gentes, las imágenes visibles, las ‘devociones mecánicas’, las peregrinaciones, las reliquias, las ceremonias religiosas, constituían otras tantas representaciones de la Iglesia. Las imágenes tan criticadas por los reformadores eran la Biblia del iletrado”.

 

Evidentemente, los monjes se burlaban de los “cultivados burgueses”, quienes no debieron percibir la ironía. Les faltaba la sencillez de corazón.

 

Fue necesario que llegase Lutero atacando ahora de frente a la Iglesia, para darse cuenta del peligro. Y entonces sucedió lo que acontece siempre en casos semejantes: los protestantes buscaron la alianza de Erasmo, quien tan bien les había abierto el camino y Roma se volvió hacia el mismo Erasmo como hacia una “tercera fuerza” que impediría a la herejía ir demasiado lejos.

Pero Erasmo, consciente de las potencias de destrucción que ha desencadenado, no osa pronunciarse. Prefiere conservar su confort y su tranquilidad espiritual; el liberal se calla. Ya sólo quedan frente a frente la Revolución y la Contrarrevolución, la Reforma y la Contrarreforma.

Un monje de Colonia resume con humor y sentido común las responsabilidades del liberal Erasmo en la Reforma: “Erasmo ha puesto el huevo; Lutero hará salir el pollo”.


Y, belicoso, concluía:

“Que Dios nos conceda aplastar los huevos y matar a los polluelos”.

No hay que ir muy lejos para encontrar en Erasmo al demócrata-cristiano de nuestros días:


“Han hecho bien —escribe— en elegir el águila como símbolo de la realeza, puesto que ni es hermosa, ni canta bien, ni es comestible; pero es carnívora, rapaz, todo el mundo la detesta. Es una verdadera plaga: puede y quiere hacer más daño que nadie”.


Estas palabras se habrían esperado de un convencional de 1793. Las ideas son siempre mucho más antiguas de lo que parecen.

Erasmo murió en 1536, en Basilea, en tierra protestante. El Papa “erasmista” le había ofrecido el capelo cardenalicio. Lo rechazó. Sabía que estaba vencido por Lutero quien había llevado sus principios hasta las últimas consecuencias.


“ Qué buen defensor de la libertad evangélica es Lutero! —escribe—, gracias a él, el yugo que soportamos va a hacerse el doble de pesado. Simples opiniones van a convertirse en dogmas”.


H. R. Trévor-Roper, que recoge estas citas, concluye su ensayo sobre Erasmo con estas palabras que conviene meditar: “La historia de esa generación está llena de interés, pues se parece bastante a la nuestra. Estaba constituida por liberales que se vieron obligados a elegir entre dos ortodoxias rivales” .


Pero el asunto no quedó ahí.


Todos los libros de Erasmo fueron puestos en el Indice. Sólo fueron reeditados en países protestantes, donde se sabía por experiencia que el liberalismo es el camino hacia la contestación, el libre examen y la rebelión.


Y hay que retener esta observación. Veremos que el “erasmismo” vuelve a apoderarse de los Países Bajos, esta tierra donde siempre parece que renace alguna herejía. De ahí llegará a la Sorbona, contaminará a los jansenistas, pasará por la Revolución, alcanzará a Lamennais y nos alcanzará a nosotros en la segunda mitad del siglo XIX.


Nunca comienza nada, ni termina. Las ideas fluyen como esos arroyos que desaparecen bruscamente, corren bajo tierra y reaparecen más lejos.


Louis Veuillot usaba una bella imagen para explicar los comienzos de los errores humanos. Eso, decía, venía desde el día en que Adán y Eva “comieron el fruto prohibido para hacerse semejantes a Dios y hacer la primera revolución democrática, que consistiría en reducir a Dios a la condición de simple habitante del Paraíso, sin perjuicio de expulsarle más tarde”.

Lutero repite el pecado de Adán.


Sigamos con Veuillot el desarrollo de la idea protestante, sus prolongaciones filosóficas y políticas:


“Al pretender liberar la razón humana — observa Veuillot—, Lutero ha sido para sus adeptos una causa inmediata de hundimiento intelectual y moral; asimismo, la razón humana ‘emancipada’ se ha convertido en el principio de las aberraciones filosóficas y políticas de lo tiempos modernos y de los desórdenes sociales”.


Veuillot ha demostrado admirablemente cómo la esencia del cristianismo es “la unión de Dios y del hombre”. “Al tener el hombre por todas partes y siempre con él el elemento divino (. . .) sólo puede errar y caer por un abuso del más bello atributo que ha recibido de Dios: la libertad”. Dentro del orden es invencible; si quiere salir del orden, puede hacerlo fácilmente, pero está perdido.


“Para pervertir al hombre bastaba con separarle del elemento divino, es decir, REDUCIRLE A SUS PROPIAS FUERZAS.”

Lo más difícil era “aislar al hombre y separarle de Dios, AÚN EN EL SENO DE LA RELIGIÓN; crear un cristiano que en presencia de la Iglesia, depositaria e intérprete de la verdad de Dios, proclamase la soberanía de su propia razón. Este horrible prodigio lo ha obrado Lutero”.

La razón “emancipada”, ¿cómo va a comportarse? “Súbitamente —escribe Veuillot— hela aquí vagando a través de las opiniones religiosas, sin encontrar un motivo suficiente para detenerse en ninguna. De una sumisión ciega a la palabra de los innovadores, pasa directamente a la independencia absoluta y esta independencia se inclina con una indiferencia vergonzosa, bajo cualquier dictadura. Se ha abandonado la fe de la Iglesia y se reciben los dogmas imperiosos de Lutero, de Calvino, de Isabel, de Gustavo Adolfo. Ya no se está con el Papa, pero se está con los Cuáqueros, con los hermanos Moravos, con Stork, con Knox, con Ronge y con mil más que no demuestran más que impotencia para encontrar la verdad”.


Ya tenemos el principio de Lutero volviéndose contra Lutero:


“Lutero emplea inútilmente la espada de los príncipes para apoyar su doctrina y protegerla contra el espíritu innovador del cual ella es, a la vez, resultado y causa: de cada pueblo sale un teólogo dispuesto a reformar al reformador”.

 

Las consecuencias del principio de Lutero no se limitan a las cuestiones religiosas y una vez más conviene que sigamos con Veuillot el encadenamiento lógico de las cosas:


“Era imposible que la razón individual habiendo sido proclamada soberana, limitase su plenitud de poder a escoger una religión y una filosofía y volviese a entrar después dócilmente en el orden social, respetando en la autoridad temporal el carácter divino que rechazaba en toda otra autoridad. Pero, ¿qué sería de la libertad de pensar sin la libertad de hablar? ¿Y la libertad de expresión sin la libertad de acción? ¿Y la libertad de acción si hubiese cualquier ley que jamás pudiese ser atacada? Tal es la constancia inexorable con la que los principios admitidos engendran iguales consecuencias en todo lo que se refiere a la humanidad”.

 

“La razón individual, soberana en religión, soberana en filosofía, se vuelve soberana también en política. Después de haberse hecho a su gusto una religión y una filosofía, el individuo quiere hacerse de nuevo un gobierno que siga las ideas y los gustos que le han guiado en la elección de lo demás. . .“. De ahora en adelante el campo está libre para los combates “de los intereses individuales, armados unos contra otros con toda la fuerza y la terquedad del egoísmo”.


Sigamos la admirable demostración de Veuillot:


“Dios —prosigue—, habiendo misericordiosamente creado al hombre demasiado débil para que pueda hacer prevalecer su voluntad personal, cada individuo busca fortalecerse asociándose a los que comparten o se aproximan a sus opiniones; así se conserva siempre alguna forma de autoridad (...), pero el hombre cae inmediatamente bajo el yugo del hombre.

“En esta fragmentación y en esta imitación de la autoridad, la sociedad que era una familia, degenera en una mezcolanza de tribus cuyo más ardiente deseo es el de aniquilarse recíprocamente. ¡ Cuán viva imagen de las sectas del protestantismo y de las escuelas filosóficas! Los mismos principios, el mismo resultado, igual derecho.

Suprimamos la idea del deber, que no viene más que de Dios, puesto que el hombre no puede imponer nada al hombre, y DIGAMOS DESPUÉS QUIÉN TIENE RAZÓN”.


JUAN CALVINO


Conviene recoger aquí la poderosa demostración de Louis Veuillot. Ni ha envejecido ni ha perdido su fuerza. Los acontecimientos que se han desarrollado desde el tiempo en que fue escrita, hace más de un siglo, la han. confirmado aún más. El interés de las grandes páginas de verdades religiosas, sociales y políticas es que no envejecen nunca. Como siempre es el mismo error el que reaparece a lo largo del tiempo, las refutaciones que fueron hechas entonces conservan toda su fuerza. De ahí el interés de lo que León Daudet llamaba la ‘‘Biblioteca del Orden’’, la que recomendaba se opusiese a la ‘‘Biblioteca del Desorden’’.

¿Dónde han llevado, históricamente, las ideas que el monje de Colonia, en el siglo XVI, descubría ya en ‘‘el huevo de Erasmo’’?

Abramos otra vez la obra de Veuillot, puesto que en ella todo está magníficamente dicho:


“Desde que la Filosofía se ha divorciado de la Revelación, como el Protestantismo se había divorciado de la Iglesia, la Razón, errando al azar por el desierto del pensamiento poblado de fantasmas y lleno de espejismos, y no encontrando en ninguna parte un jalón para reconocer su camino, sucesivamente ha sometido todo a sus investigaciones, ha afirmado todo, ha puesto en duda todo, ha negado todo: de extravagancia en extravagancia, SE HA NEGADO A SI MISMA, pero ¡ay!, no para confesar su impotencia, sino por un último exceso de orgullo y, como para castigarse por el instinto que la empuja a volver a Dios, a la verdad” .


No habiendo podido fundar nada estable, ni en religión, ni en filosofía, ni en política, puesto que es la DUDA, sólo encuentra cierta verdad en su lucha contra la Verdad, pues es el objeto de su combate, el que unifica sus tropas y sus argumentos.


“La razón emancipada, es decir, incrédula, desde su victoria, no ha hecho otra cosa más que trabajar para destruir lo que la razón sometida, es decir, creyente, había edificado tras largos siglos e ingentes trabajos”. Pero no ha terminado, pues “por un lado, era tal la grandeza y la solidez de la obra, que ciertas partes resisten todavía y, por otro lado, es tal el frenesí de destrucción que nada entorpece su camino, ni lo detiene”, así pues, concluía Veuillot, “el trabajo continúa”.


Ante nuestros ojos lo vemos continuar y vemos caer partes que aún resistían. Lo importante no es enumerar los bastiones que ceden, sino comprender POR QUÉ ceden.


Veuillot había captado muy bien el mecanismo, lo que tiene de fuerte y también lo que tiene de frágil, si se sabe desarticularlo en el sitio exacto:


“La política de la Razón soberana —decía— SE REDUCE AL MANEJO DE LAS MASAS”, ahora bien, “a las masas se las excita por la pasión, por el error, por el temor y de esta fermentación se desprende una fuerza que lo puede todo, pero que pasa pronto y que NO CREA NADA POR SI MISMA; irresistible como el vapor, tan sutil y estéril como él”.

He aquí el punto débil del error: no crea nada. Desorganiza, siembra la duda, trastorna la sociedad pero es impotente para reconstruirla. Ahora bien, la sociedad no puede vivir de dudas, de desorden, de ausencia de estructuras duraderas.


Es el punto exacto a donde debemos llegar con nuestra “Biblioteca del Orden”.


La Cristiandad experimentó ante la herejía de Lutero un violento sobresalto. Cuando no se le condena, se intenta disculparle y disculparnos de ello. Pero Veuillot, veía las cosas de otra manera.

“Nuestros antecesores —decía— creían que el heresiarca era más peligroso que el ladrón y tenían razón. Su doctrina herética era una doctrina revolucionaria. De ella salían confusiones, sediciones, robos, asesinatos, toda clase de crímenes contra los particulares y contra el Estado; se caía en la guerra civil, se hacían alianzas con el extranjero y estaba amenazada la nacionalidad, así como la vida y la fortuna de los individuos. La herejía, que es un mal religioso muy grande, era también un crimen político muy grande. Esto no necesita demostrarse a las personas Instruidas y de buena fe; a los demás... no se les demuestra nada. La pronta represión de los discípulos de Lutero, una cruzada contra el protestantismo, habría ahorrado a Europa tres siglos de discordias y de catástrofes en los que pudieron perecer Francia y la civilización”


Esta era la opinión de Richelieu cuando escribía a su sobrina la duquesa d’Aiguillon: “Si se hubiese envenenado a Lutero y a Calvino cuando aparecieron, se habrían ahorrado grandes males a la religión y mucha sangre a Europa”


Erasmo mismo, el hombre del HUEVO, al regresar de su visita a Calvino en Basilea, decía aterrado:


“Veo que una gran peste va a nacer en la Iglesia contra la Iglesia” .


La mayor demostración del error de los Reformadores se encuentra en el hecho de que no podían mantenerse más que contraviniendo sus propios principios.


Hay que leer lo que Veuillot cuenta sobre Calvino en su obra Pelerinages de Suisse. Demasiado lo olvidamos cuando nos paseamos en Ginebra por el apacible parque de los Reformadores“la vida estaba en juego en Ginebra cuando se hacía uso demasiado libremente del derecho del libre examen. Calvino que no aguantaba ni la contradicción ni la competencia, quemaba a cualquiera que se atreviese a dogmatizar a su lado y en sus libros acribillaba de atroces injurias a los que no podía alcanzar de otra manera”.


Pasemos las hojas de la historia:


“Epifanio, obispo apóstata de Nevers, consultado a menudo por los magistrados, fue decapitado; la misma suerte alcanzó a Gruet, culpable de haber escrito contra el reformador. Un pobre tintorero metido en teología tuvo que pedir perdón de rodillas por haber dicho que Calvino bien podía haberse confundido y no debería avergonzarse de reconocer su error, como hizo San Agustín en una ocasión semejante.


SERVET


“Servet, médico español, había sostenido contra Calvino una polémica al estilo de la época; Calvino supo atraerle pérfidamente a Ginebra, le acusó de herejía, le mandó procesar sin concederle siquiera un abogado, y le hizo condenar.


“Servet,, dice Allwardin, fue atado de pie a un poste clavado en el suelo, una cadena de hierro ligaba su cuerpo y cuatro o cinco vueltas de gruesa soga sujetaban su cuello. Su libro estaba colgado a su lado, una corona de paja o de follaje untada de azufre cubría su cabeza. El verdugo, a quien rogaba abreviase su suplicio, prendió el fuego ante sus ojos y después, acercó las llamas en círculo a su alrededor. Servet al verlo, lanzó un grito tan horrible que los asistentes se estremecieron de horror y hubo hombres que viéndole durar mucho tiempo se apresuraron a arrojar haces de leña a la pira. Al fin, después de media hora de tormentos, entregó su alma gritando con voz lastimera: ¡ Jesús, Hijo de Dios eterno, ten piedad de !“. Calvino tuvo miedo de que Servet pasase por un mártir y reanudó sus ultrajes. “Para que los miserables a quienes ha conmovido su suplicio, escribió, no se vanaglorien de la terquedad de este hombre como de la perseverancia de un mártir, tengo que señalar que en el momento de su muerte mostró una estupidez completamente animal; cuando se le comunicó la sentencia, unas veces permanecía en la actitud de una persona estúpida, otras veces lanzaba profundos suspiros, o bien gritos furiosos y esta última manía le duró tanto, que no se le oía más que mugir como las vacas de su país: ¡ Misericordia! ¡ misericordia !“


He ahí a dónde llevaba la emancipación de la razón, el derecho al libre examen, la promesa de la libertad. Miremos ahora las revoluciones nacidas de estos principios: en 1789, 1830, 1848, 1871, 1944, todas ellas nos ofrecen escenas semejantes y los regímenes que instauran se fundan en la sangre y la opresión de aquellos cuyo “libre examen” no se doblega a las ideas de los demócratas del día. Luego el error, tiene que estar en el principio mismo que es su base.


No hay que creer que los contemporáneos de Lutero y de Calvino no fueran conscientes de la formidable batalla de ideas que iba a entablarse. Ronsard, en el momento más duro de la Reforma, denunciaba “la insuficiencia de la defensa intelectual y moral del catolicismo respecto a la propaganda protestante”.


En 1560, en su Elégie á Guillaume des Autels, proponía un plan, no ya de discusión defensiva, sino de réplica ofensiva en el terreno que era el suyo, el de las letras. No es con las armas como hay que responder al adversario, sino CON LA RAZÓN, CON LA RAZÓN VIVA:


Así como el enemigo ha seducido con libros al pueblo descarriado que falsamente le sigue, hay que, discutiendo, con libros responderle, con libros asaltarle, con libros confundirle.

Se quejaba de no ver “a nadie que empuje desde lo alto de la brecha y rechace al enemigo”,...nadie toma la pluma y por escrito, defiende nuestra ley.


A M. Henri Longnon le había llamado la atención esta queja de Ronsard:

“En efecto, observaba, cuanto más ardiente, pronta, inalcanzable era la propaganda protestante, que se hace a carretadas bien camufladas de vivos libelos y de alegres panfletos firmados por mentes activas, instruidas, mordaces y hechas para la disputa, tanto más la réplica católica era pesada, pedante, o bien blanda, desmayada y sin alcance (...) era como para creer que todo vigor intelectual se hubiese retirado de la Iglesia Católica”, ¡Ay!, rabiaba Ronsard, ¡ ay! de los luteranos; es muy mala la causa y la defienden bien; mas, por desgracia fatal, la nuestra es buena y santa y la defendemos mal.


Ronsard no se contentaba con lamentarse:


“Tomó sobre sí la improvisación de esta defensa necesaria. Había que golpear a los enemigos con rapidez y energía, atacar al adversario en sus propias líneas y puesto que aquél multiplicaba los panfletos en francés, responderle con panfletos en francés que el pueblo leería igual que leía los de los hugonotes. Llamó al orden a la Brigade , despertó a Baïf, despertó a Belleau, despertó a des Autels y a Daurat, y él fue el primero en tomar la ofensiva (...) Pues, ¿ no estaba todo el talento del lado de la Reforma?... Los católicos atemorizados volvieron a tener confianza en sí mismos.

Tenían a Ronsard a la cabeza”.

Si bien Ronsard no tenía gran estima de la Opinión, cuya verdadera esencia conocía: Se dice, contaba el poeta,

se dice que Júpiter, enojado contra la raza

de los hombres, que quería por curiosa osadía hacer llegar sus razones hasta el cielo, para saber los altos secretos divinos que el hombre no debe ver un día, sintiéndose alegre, escogió por amiga a la Presunción, la vidente dormida

al pie del monto Olimpo y besándola de repente concibió a la Opinión, peste del género humano creer fue su nodriza y fue llevada a la escuela de Orgullo, Fantasía y Loca Juventud.


Pero, por muy desdeñoso que fuese con la Opinión, Ronsard sabía, tenía presente que el enemigo la manipulaba y él no quería consentir que se corrompiera. Tanto más cuanto que los “reformadores” eran muy hábiles. 


Jacques Maritain nos narra en Trois Réformateurs, con qué procedimientos se impuso la Reforma:

“El pueblo quería permanecer fiel a su religión, un cambio brutal habría provocado sublevaciones. ¿Qué se hizo, entonces? Por una serie de medidas hábilmente calculadas, SE GRADUARON LAS NOVEDADES EN LA DOCTRINA Y EN EL CULTO, de

manera que no se percibieran; se separó al pueblo de la comunión con la Iglesia SIN QUE SE DIESE CUENTA DE ELLO. Lutero escribía en 1545: ‘Porque entonces (poco después de su apostasía) nuestra doctrina era nueva y ESCANDALIZABA A LAS MASAS en el mundo entero, tuve que avanzar con precaución y, a causa de los débiles, dejar de lado muchos puntos, cosa que ya no he hecho después’ “.


Por ejemplo, según palabras de Mélanchton, “el mundo estaba tan unido a la misa, que parecía que nadie podría arrancarla del corazón de los hombres”. Por eso, LUTERO HABIA CONSERVADO LA MISA en los formularios oficiales de 1527 y de 1528, en Sajonia. La elevación de la hostia y del cáliz se mantenían. PERO LUTERO HABIA SUPRIMIDO EL CANON SIN ADVERTIR AL PÚBLICO. “El sacerdote, decía, puede arreglárselas muy bien, de manera que el hombre del pueblo ignore siempre el cambio efectuado y pueda asistir a misa sin encontrar de qué escandalizarse…”


En su opúsculo sobre LA CELEBRACIÓN DE LA MISA EN ALEMÁN decía también: “Los sacerdotes saben las razones que les obligan a suprimir el canon” (Lutero negaba EL SACRIFICIO de la misa); respecto a los laicos, es inútil tratar con ellos sobre este punto”.

¿No nos recuerda nada todo esto?

Qué mejor manera de terminar este capítulo que con una página de Bossuet que dice todo, resume todo y aclara todo: “Dios —escribía el obispo de Meaux— ha querido que la verdad llegase a nosotros de transmisor en transmisor y de mano en mano, sin que nunca se percibiese innovación alguna. En esto se reconoce lo que se ha creído siempre y por consiguiente lo que debe ser creído siempre. Y es, por así decirlo, en este SIEMPRE donde aparece la fuerza de la verdad y de la promesa y se pierde totalmente cuando hallamos que se interrumpe en un solo lugar”.