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martes, 8 de diciembre de 2020

LA FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 



                                   La Fiesta de la Pureza

Bien podría llamarse así a la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, la flor de los cielos que por los cuidados exquisitos de Jesús, se ha aclimatado en nuestra árida tierra. Mirar hacia abajo y medir la distancia que separa a un alma de la tierra, o mirar hacia arriba y vislumbrar su aproximación a Dios, eso es la pureza: alejamiento de lo terreno y participación de lo divino.
¡La Inmaculada gozo de la familia franciscana! El año de 1645 toda la Orden de los Frailes Menores tomó por Patrona a la Virgen María Madre de Dios, en cuanto la confesamos y celebramos inmune de la culpa original en su misma concepción.

La fiesta de la Inmaculada Concepción y de la Natividad del Señor están entre sí íntimamente enlazadas, la primera es la fiesta de la pureza, la segunda es la fiesta de la fecundidad de la pureza.  Dios hizo tan pura a la Santísima Virgen para que fuera su Madre, y fue Madre de Dios por ser tan pura.

   La conducta de Dios y la conducta de la Virgen bendita nos predican horror al pecado, estima de la gracia y deseo de una santidad más perfecta. ¡Cómo contrasta en esto nuestra conducta con las suyas! La Santísima Virgen no ha tenido parte en nuestra degradación  moral; todas sus intenciones se dirigen al bien… y, no obstante, tomó todas las precauciones que nuestra fragilidad nos hace necesarias: huida del mundo, vigilancia sobre sí  misma, austera penitencia, trabajo continuo, oración ferviente… está llena de gracia desde el momento de su concepción y lejos de descansar en la abundancia de los dones que ha recibido, se dispuso continuamente a hacerse acreedora a otros nuevos acrecentando sin cesar el tesoro de sus merecimientos.

   ¿Y nosotros? Con demasiada frecuencia nuestras imprudencias nos exponen a perder la gracia, nuestras flojedades impiden aumentar en nosotros sus riquezas. Con la vigilancia que tuvo nuestra Madre del Cielo las gracias que recibimos serían suficientes para librarnos del pecado; con la fidelidad que tuvo Ella, serían abundantes para elevarnos a la perfección que requiere nuestro estado.

   Ante la perfección incomparable de la Santísima Virgen, ¿qué pensar nosotros, pobres pecadores, que al pecado original hemos agregado tantos pecados personales, que somos tan  miserables que hasta en nuestros mismos actos de virtud nos buscamos a nosotros mismos y no puramente a Dios?
                                                                           
                                 Mi Compromiso con la Inmaculada
                   ¡Para un mundo mejor en el reino de Jesucristo por medio de María!

¿Qué es mi compromiso con la Inmaculada?
Es una promesa hecha en secreto a Nuestra Señora, por lo cual me obligo, para este año del 8 de diciembre de 2020 al 8 de diciembre de 2021, de una manera individual, a VIVIR EN GRACIA DE DIOS mediante los siguientes pasos:

   Primero.- Poner un ESFUERZO ESPECIALÍSIMO, durante todo el año, para mi mariano, por conservar la GRACIA SANTIFICANTE y huir de las ocasiones y peligros de pecar.

   Segundo.- En caso de haber caído en pecado mortal, RECUPERAR INMEDIATAMENTE LA GRACIA, por un acto de perfecta contrición con el propósito de no volver a pecar y de confesarme, si es posible, dentro de los tres días siguientes.

   Tercero.- Rezar cada noche LAS TRES AVEMARÍAS, pidiendo para mí y para todos los hombres, especialmente para los que han hecho este mismo Compromiso, el deseo sincero de vivir en gracia de Dios y de poner los medios para no perderla jamás.

   Cuarto.- Ayudar a otra persona para que viva en gracia de Dios.

                                                          PROMESA

   Porque quiero vivir en la libertad de los hijos de Dios y no en la servidumbre de los esclavos; porque quiero colaborar en la construcción de un mundo mejor; porque amo y honro a  mi Madre y Reina del Cielo, la Santísima Virgen María, concebida sin pecado: prometo, con la confianza puesta en la gracia de Dios, cumplir durante todo este año, leal y esforzadamente mi

                               COMPROMISO CON LA INMACULADA

   Yo N: confiado en el auxilio de Dios y en la protección de mi Madre del Cielo, me COMPROMETO a:
1° LUCHAR sinceramente durante todo el año mariano por conservarme en ESTADO DE GRACIA manteniendo mi alma limpia de todo pecado mortal.
2° COMBATIR con valentía –como obsequio especial a mi MADRE INMACULADA- por mantener íntegros los ideales de la PUREZA en mis pensamientos, palabras y obras.
3° En caso de perder la gracia por el pecado mortal, haré inmediatamente un ACTO DE CONTRICIÓN y me confesaré lo más pronto posible.

¡Oh Virgen Inmaculada, los hijos siempre se parecen a su madre; muestra pues que eres nuestra Madre dándonos tu parecido con una migaja siquiera de tu pureza!


                                                   ¡Sea para gloria de Dios!

lunes, 7 de diciembre de 2020

SEGUNDA VENIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN GLORIA Y MAJESTAD (R.P. RAFAEL OSB)

 


En la Epístola de hoy, tomada de su Carta a los Romanos, San Pablo nos enseña: Todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza.

Y a su discípulo San Timoteo le declaró: Toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté bien provisto para toda obra buena.

Y por eso le exhorta, diciendo: Permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado, considerando de quiénes lo aprendiste, y porque desde la infancia conoces las Escrituras Sagradas, que pueden instruirte en orden a la salud por la fe en Jesucristo.

Lo que el Apóstol enseña en esta exhortación es de suma importancia doctrinal. Ahí tenemos indicado el cauce por el cual llega a nosotros la verdad revelada: Tradición y Sagrada Escritura.

De la Escritura dice el Apóstol que es divinamente inspirada, afirmación básica, en virtud de cuya realidad los Libros Sagrados están por encima de cualquier otro libro, por profundo y bien compuesto que lo supongamos.

De esa realidad, que la hace estar exenta de todo error, fluye como consecuencia necesaria su utilidad para enseñar la verdadera doctrina, para combatir los errores, para corregir los vicios y para hacer progresar en la vida moral.

Bien pertrechado con su conocimiento, el hombre de Dios o ministro del Evangelio estará en condiciones de desempeñar debidamente su ministerio.


Lo que en la Escritura se contiene para nuestra enseñanza es la paciencia y el consuelo que Ella contiene.

Porque en la Sagrada Escritura encontramos la paciencia de los Santos en soportar las desdichas, y hallamos también en Ella el consuelo que Dios les dio, según el Salmo XCIII, 19: A proporción de los muchos dolores que atormentaron mi corazón, tus consuelos llenaron de alegría mi alma.

Cuál sea el fruto que de esta doctrina recibimos lo muestra agregando: tengamos la esperanza.

Por enseñarnos la Sagrada Escritura que aquellos que pacientemente soportaron por Dios la tribulación fueron divinamente consolados, recibimos la esperanza de que, como ellos, también nosotros seremos consolados, si en las mismas tribulaciones somos pacientes.

Por lo tanto, permanezcamos en lo que hemos aprendido y nos ha sido confiado, considerando de quiénes lo aprendimos, y porque conocemos las Escrituras Sagradas, que pueden instruirnos en orden a la salud por la fe en Jesucristo.


El hombre ha sido creado para conocer y glorificar a Dios; pero, en lugar de ir por ese camino, los seres humanos han divinizado la creación; de donde resultó el desorden y la corrupción en el mundo; a cuya situación angustiosa, Dios ha preparado una solución: la fe en Jesucristo.

San Pablo, aun reconociendo las diferencias entre gentiles y judíos, engloba también a éstos dentro del alud de pecados de la humanidad antes de Cristo, llegando a la conclusión de que todos, judíos y gentiles, nos hallamos bajo el pecado.

Y presenta de su tesis central: Mas ahora, sin la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios, por la fe en Jesucristo, pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios.

De allí que todo lo que antes se escribió, fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que tengamos la esperanza mediante la paciencia y la consolación de las Escrituras.

El Apóstol recalca el valor permanente de la Escritura en orden a nuestra instrucción, al infundir en nosotros, con sus enseñanzas, la esperanza de los bienes eternos, dándonos así paciencia y consolación en las pruebas de esta vida.


Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro, dice el Ángel a San Juan Evangelista después de haberle revelado los arcanos del Apocalipsis.

De modo que es una bienaventuranza guardar estas palabras; lo cual significa custodiar, como dice el latín, conservar las palabras en el corazón.

Esta bienaventuranza se extiende a todos, como se ve desde el principio: Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía y conserva lo que en ella está escrito; porque el tiempo está cerca.

Tal afirmación, de que el tiempo está cerca, está repetida varias veces en la profecía, y es dada como la razón de ser de la misma: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.

Compárese esto con lo que Dios dice al Profeta Daniel en sentido contrario, hablando de estos mismos tiempos de la vuelta de Cristo: Pero tú, oh Daniel, ten guardadas estas palabras, y sella el libro hasta el tiempo determinado; muchos le recorrerán, y sacarán de él mucha doctrina.

Este cotejo de ambos textos impone la conclusión de que, si en tiempo de Daniel algunas profecías habían de estar selladas, hoy es necesario, al revés, que las conozcamos.

Si esto fuera así, si el esplendor de las maravillas de bondad y grandeza que Dios ha revelado al hombre fuese conocido por todos los cristianos; si ellos se enterasen de que San Pablo nos revela misterios escondidos de Dios que ignoraban los mismos Ángeles, ¡cómo aumentaría su interés y su amor por la religión!

Ante estas palabras de Dios, confirmamos claramente lo que ya sabíamos por el Evangelio, esto es: que en el cristianismo no hay nada que sea misterio reservado

San Jerónimo: El Apocalipsis de San Juan contiene tantos misterios como palabras; y digo poco con esto, pues, ningún elogio puede alcanzar el valor de este libro.

Notemos que el no leerlo y el no creer en él, es precisamente el síntoma de que esas profecías están por cumplirse, como lo dijo Jesucristo: Lo que acaeció en tiempos de Noé, igualmente acaecerá en el tiempo del Hijo del hombre: comían y bebían, casábanse y celebraban bodas, hasta el día en que Noé entró en el Arca: y sobrevino entonces el diluvio que acabó con todos. Como también sucedió en los días de Lot: comían y bebían; compraban y vendían; hacían plantíos y edificaban casas; mas el día que Lot salió de Sodoma llovió del cielo fuego y azufre, que los abrasó a todos.


La Parusía, o segunda venida de Cristo, es verdaderamente el alfa y el omega, el comienzo y el fin, la primera y última palabra de la predicación de Jesús; que es su llave, su desenvolvimiento, su explicación, su razón de ser, su sanción; que es, en fin, el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin el cual todo lo demás se derrumba y desaparece.


Libro del Eclesiástico dice: El sabio se dedica al estudio de los Profetas; lo cual equivale a decir que los que no se dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios, que caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos y demás explotadores de la credulidad humana.

Ahora bien, entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es la que San Pablo llama la bienaventurada esperanza.

¿Qué es la bienaventurada esperanza con lo que San Pablo consuela a su discípulo Tito? Este término equivale a la manifestación de la gloria de Jesucristo en su Segundo Advenimiento.

Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo de su Hijo.

También en los escritos de los Padres Apostólicos brilla la fe en la Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad; y los Padres posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual fue la inagotable fuente de energía de los primeros cristianos en medio de las persecuciones.

Pero, la espera es larga. Han pasado ya en verdad dos mil años y la profecía no se ha cumplido aún. Entretanto hemos tomado gusto en las cosas del mundo, de tal manera que para muchos la dichosa esperanza ha perdido su primitivo fervor.

¿Cuándo aparecerá Cristo de nuevo? No sabemos el día ni la hora. Nadie puede calcular el día de su Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque Él mismo dice: A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre.

En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo vendrá tan sorprendentemente como un ladrón.

San Pablo inculca aún más este punto, diciendo: Cuando todos digan que hay paz y seguridad.

Y nos advierte gravemente: No despreciéis las profecías.

Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser la que recomienda el mismo Señor: Velad, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón.

Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la segunda Carta a Timoteo.

He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo.

No desear su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa su Parusía para nuestra alma y nuestro cuerpo.

Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él, asemejados a Él, entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera.

No olvidemos, no despreciemos tan consoladora Profecía…, porque todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

LOS SILENCIOS DE SAN JOSE (CAPITULO 22 Y 23)

 


(“Trente visites a Joseph le Silencieux”)
Padre Michel Gasnier, O,F

Capitulo 22

LA SANTA CASA DE NAZARET

“Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto ”(Lc 2, 51)

Al encontrar a Jesús en el Templo, María había exclamado:  Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros?  Pregunta que incluye a José. Y como si temiese que el niño pensara que era ella la única en amarle y en sufrir por su amor, insiste: tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.

Al responder que si no sabían que debía ocuparse primero en las cosas de su Padre, Jesús no desautorizaba a su madre, que acaba de llamar a José padre suyo, sino que eleva su pensamiento hacia su Padre eterno, en cuyos intereses debe aplicarse por completo. Es la primera vez que menciona a su Padre celestial, pero ¡con qué claridad!

Ni María ni José le preguntan nada más, aunque, como nos dice el Evangelio, no comprendieron del todo el sentido de sus palabras. Ni siquiera en el camino de vuelta se atreven a interrogarle, aunque conservaron en su corazón lo que les había dicho, para meditar sobre ello.

Como María, José se mantiene en la reserva de la reflexión. Comprende que la trascendencia del niño acaba de fulgurar. Quizá más que María, sentía la necesidad de penetrar esta respuesta, que parecía querer desviar la atención de él, pobre carpintero, para evocar el pensamiento del otro "padre". Tal vez se reprochaba el haber tratado a su hijo demasiado familiarmente. Captó enseguida que Jesús era ante todo del Padre de los cielos, a quien pertenecía infinitamente más que a sí mismo.

Sin embargo, la respuesta de Jesús, que parecía querer subrayar la distancia que los separaba, se va a ver seguida de una emocionante sumisión. El encuentro en el Templo esclarece el misterio de José, como las bodas de Caná iluminarán el de María. En Caná, el rechazo aparente de Jesús — ¿Qué nos importa a ti y a mí?... Aún no ha llegado mi hora— se verá seguido de un maravilloso milagro. Es como si Jesús hubiese querido exponer primero la imposibilidad de responder a la petición de su madre para hacer luego más patente el triunfo de su oración.

De manera semejante, en Jerusalén, las palabras que parecen dejar a José al margen fueron pronunciadas para hacer más admirable la frase del Evangelio que sigue inmediatamente: les estaba sujeto. Jesús empieza por mostrarse dueño y maestro de quienes tienen el encargo de enseñarle; afirma su filiación divina y por lo tanto su soberana independencia, pero sólo es para mejor poner de relieve la perfección de la obediencia con que nos dará ejemplo. Su ocupación continua va a ser obedecer exactamente en todo lo que se le mande. Obedecerá más especialmente a José, que le ha sido dado como padre, y que es cabeza de familia. Todos sus actos, sus actividades, su alimento, su reposo, todo, será reglamentado por las órdenes de José.

Cuando Jesús habla de "los asuntos de su Padre" quiere decir que busca su gloria sometiéndose en todo a sus padres ; a María, sin duda, pero también a José, "sombra de su Padre", que representaba en el hogar de Nazaret la primera autoridad. ¿No podemos asegurar que era a él al primero que obedecía en todo?

Si la obediencia de Jesús manifiesta su incomprensible humildad, subraya también la incomparable dignidad de aquella quien se sometía. Las palabras de Jesús van a incrustarse en el espíritu de José como una luz permanente que le ayudará a ajustar toda su vida a los designios divinos. Siente interponerse entre Jesús y él un misterio inaccesible, pero este pensamiento no le paraliza en absoluto. Antes al contrario, le ayuda a ejercer con más perfecta rectitud la función que le ha sido encargada cerca de Aquel que ha de considerar a la vez como su hijo según la naturaleza humana y su maestro según la naturaleza divina. Trata de conciliar esa incompatibilidad aparente de mandar sin apremio a quien adora como Dios. Lo hace, por lo demás, sin temor ni turbación, ya que así lo quiere Dios¡ viendo en el ejercicio de su autoridad la ocasión de ejercer el mandato que el Señor le ha confiado y, en consecuencia, de obedecerle.

Si se hubiese dejado llevar sólo por su fe, habría .exclamado como más tarde San Pedro: jamás permitiré que tú me laves los pies. Pero, haciendo callar su fe, acepta las atenciones que Jesús tiene con él, adorando esa obediencia inaudita que vino a traer a la tierra para dar ejemplo a los hombres. Espectáculo que es para él fuente inagotable de humildad.

Así pues, se encargó de educar al Verbo encarnado, proposición turbadora que, sin embargo, expresa una realidad. La unión hipostática, en efecto, dejaba a las dos naturalezas sin mezcla ni confusión alguna, de tal forma que Jesús, en cuanto Dios, poseía desde su concepción la plenitud de la sabiduría y de la ciencia. Ahora bien, en cuanto hombre, y desde el punto de vista puramente natural, estaba sujeto a la ley del desarrollo como los demás niños, a los que hay que enseñarles y explicarles todo. Su vida interior de pleno conocimiento quedaba oculta a la mirada de los hombres. No hacía nada que no conviniera a su edad: tenía que aprender a andar, a hablar, a leer, a repetir palabra por palabra los textos de los Libros Santos, a explorar el mundo y sus maravillas. Enseñarle todo eso fue la gran tarea conjunta de María y José.

José educó a Jesús, en primer lugar, con su ejemplo y su conducta. Hay en el alma de los niños una tendencia innata, una necesidad instintiva de leer en el rostro de quienes los rodean y reproducir sus maneras. El rostro de José fue, con el de María, el primer espejo de perfección para Jesús. Sus gestos, su conducta, su forma de hablar, fueron objeto de sus primeras observaciones. Los ojos del niño estaban fijos en José, el espectáculo de este varón piadosísimo y el contacto con su espíritu contemplativo constituyeron su primera lección.

Les estaba sujeto. Es decir, que no hacía nada sin contar con ellos. Se mostraba lleno de sumisión y deferencia respetuosas, de delicada cortesía, dé pronta abnegación, de docilidad total. Obedecía con una naturalidad desconcertante. Nunca, se vio joven más atento a los consejos de su padre, ni más modesto en las preguntas que hacía; honraba a José con un culto religioso y filial, viendo en él la imagen de su Padre celestial.

Fue José quien le informó de todo lo que su encargo paternal le inducía a enseñar a su hijo. Por él, Jesús se enraizó tan profundamente en la estirpe humana que más tarde podrá darse a sí mismo, con justicia, el título de "hijo del hombre".

José le explicó la Ley, le inició en el ritual, le enseñó la historia y las tradiciones de su pueblo, los proverbios de su raza. Pero sobre todo le enseñó a rezar, obligación que en Israel incumbía en primer lugar a los padres. Le repetiría las grandes consignas extraídas de los Libros Santos:

El Señor nuestro Dios es el único Señor.

Amarás al Señor tu Dios

con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

A Dios pertenece el país,

a Dios su destino... 

Es el Señor nuestro Dios el que nos hizo salir de Egipto

para ser nuestro verdadero Dios...

Jesús prestaría una atención respetuosa a las palabras de José. Todas las mañanas y todas las tardes recitaría con él y con María —que nunca pensaría en abandonar su papel femenino, para dirigir la oración—, la profesión de fe del piadoso israelita.

En las jambas y en el dintel de la puerta, lo mismo que en todas las casas judías, una cajita de madera, colgada, guardaría un pergamino con textos de la Sagrada Escritura. Cuando José saliera de la casa, tocaría la cajita con gesto parecido al de un cristiano que, al entrar en la iglesia, moja sus dedos en el agua bendita. Es bonito imaginarle tomando a Jesús en sus brazos para que alcanzara e hiciera lo mismo...

También José, al despuntar el sábado, conduciría a Jesús a la sinagoga. Entrarían con la cabeza cubierta y babuchas en los pies. Escucharían las lecturas del texto santo (el comentario de la Ley), harían las postraciones acostumbradas y responderían a las letanías. Por la tarde, después de asistir a otra ceremonia, irían a visitar a los ancianos, a los enfermos, a los afligidos, a todos aquellos a quienes Jesús proclamaría bienaventurados en el Sermón de la Montaña. Otras veces darían juntos un paseo que se llamaba sabático —y por tanto necesariamente corto, dadas las exigencias de la Ley—.

José llevaría a Jesús y a María por los senderos florecidos de anémonas. Procuraría que su hijo se fijara en la belleza policroma de la Creación, y en todo lo que decía se notaba su interés por suscitar un pensamiento religioso. Le mostraría cómo en primavera la higuera produce sus primeros frutos, cómo hay que podar las cepas de la vid para que den más uvas. Dirigiría su atención hacia las ovejas errantes, hacia los halcones que se juntan para devorar su presa, hacia la solidez de las casas construidas sobre la roca, hacia los campos baldíos a causa de la pereza de sus dueños, hacia la belleza de los lirios del campo que, sin hilar ni sembrar, deben todo su esplendor a la magnificencia divina, hacia la cizaña que envenena el trigo, hacia la simiente que germina de una u otra forma según la calidad de la tierra... Le enseñaría a interpretar el aspecto del cielo, diciéndole: "Cuando al caer la tarde el cielo se pone rojo, al día siguiente hará bueno, pero si es por la mañana, amenaza tormenta". 0 bien: "Cuando una nube se alza por poniente, es que se acerca la lluvia. Y si el viento sopla del sudeste, hará calor".

Más tarde, Jesús hablará de todas estas cosas en su predicación (Mt 16, 2-3, Lc 12, 24-25). Pero no nos está vedado pensar que Jesús las oyera antes de labios de José. Y leyendo las parábolas del Evangelio, podemos ver en ellas, emocionados, esa ciencia experimental que, sin duda, debió recibir en sus primeros años de José.

 

Capitulo 23

JOSÉ Y SU APRENDIZ

“¿No es el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6, 3)

Ha pasado el tiempo en que María, ocupada en compras y en tareas fuera del hogar, dejaba al niño Jesús en el taller de José durante algunas horas; en que José, encantado, le veía divertirse, entre el serrín, con las virutas y trozos de madera caídos del banco de carpintero, o en las ensortijadas láminas surgidas de la garlopa o del cepillo.

Ha pasado el tiempo en que Jesús frecuentaba la escuela del rabbí y su voz se mezclaba con la de sus condiscípulos que recitaban en voz alta los textos de la Ley. El tiempo es ido en que, al caer la tarde, de vuelta al hogar, José se sentaba cerca de él y, a la luz de un candil, le hacía estudiar las lecciones y repetir lo que había aprendido...

Y es que Jesús ha crecido, Después de ayudar a su madre en las pequeñas tareas del hogar, ha ido pasando insensiblemente a depender de José, con quien sus relaciones son cada vez más directas y frecuentes. Ahora pasa el día en el taller de José.

Ha empezado por ver cómo trabajo su padre y ayudarle en pequeñas tareas: " ¿Quieres alcanzarme el martillo?" "¿No te importaría coger el serrín y llevárselo a tu madre?"... Una antigua estampa representa a José cepillando en el banquillo a la caída de la tarde, mientras Jesús, a su lado, sostiene un candil para alumbrarle.

Por fin llega el día en que José le permite utilizar sus herramientas. Su ancha mano cubre la del joven aprendiz para guiarlo con habilidad y precaución. Y bajo su dirección, el que había creado como en un juego el Universo esplendoroso, aprende a cortar planchas de madera, a ensamblar las piezas, a pulir los objetos... Quien más tarde dirá: tomad sobre vosotros mi yugo (Mt 11, 28), sabía por experiencia cómo se fabricaban.

Jesús no hace nada sin preguntar a José. Ningún aprendiz se ha mostrado nunca tan atento a los consejos ni tan dócil a ellos. No hay por qué pensar que las primeras piezas salidas de sus manos fuesen perfectas, pues era conveniente que la Perfección, increada y creadora, al encarnarse, aprendiese en la escuela de una criatura. Sin embargo, no tardó en ser iniciado en todas las habilidades del oficio. Sus brazos jóvenes y vigorosos realizaron con seguridad y suavidad los más complicados trabajos. Supo dar, a pequeños hachazos, la forma de yugo a un trozo de madera o igualar un nudo. Supo manejar fácilmente el cincel y el mazo, sacar hábilmente el hilo del cáñamo que hace girar el berbiquí.

Pronto, cuando preguntara a José cómo hacer tal o cual cosa, éste le respondería: "Hazlo como te parezca...  Lo harás mejor que yo". En adelante trabajarán desde el alba al ocaso codo a codo, haciendo los mismos trabajos. Al despuntar el día, ya están en el taller. Abren de par en par la puerta para que entre la luz del sol; reina allí un penetrante y saludable olor a madera y a resina. El banquillo ocupa el centro, las herramientas están colgadas de las paredes. En espera de que María venga a recogerlos, el serrín y las virutas barridas el día antes forman un montón en una esquina. Empiezan por ponerse un delantal de cuero, ya que, en el trabajo, no llevan esa pesada y embarazosa túnica, cubierta de dorados, con que los representan las imágenes de las iglesias. Reemprenden su tarea donde la dejaron la víspera o inician una nueva.

Su taller de carpintería no se distingue de los demás. No hay corriente eléctrica que accionen las herramientas; sólo la fuerza de sus brazos. Un carpintero actual que visitara —si fuera posible— el taller de Nazaret, se asombraría de los toscos útiles de trabajo que vería allí.

Sus manos son duras y callosas. A veces se hieren con los instrumentos cortantes. Claudel habla de «un dedo de José que a menudo estaba envuelto en un trapo, como suele ocurrir con los que trabajan la madera». Sí así era, María sería la encargada de curárselo.

Trabajan sin pausa, envueltos en el chirrido monótono de la sierra y el golpear constante del martillo. La cuchilla del cepillo rechina y las virutas vuelan por los aires. De vez en cuando tienen que secarse con la manga remangada el sudor que perla su frente.

Inclinados sobre el caballete, ensamblan a mazazos los diversos elementos de un arado. Procuran también trazar una línea recta sobre la plancha de madera que van a partir en dos, hacer un marco de ventana y una celosía que encajen perfectamente, ya que es para la sinagoga y tiene que aumentar la sensación de recogimiento...

Casi siempre trabajan en silencio. De vez en cuando, entonan un salmo cuyos versículos alternan, como un oficio recitado a coro. Pero no hay que pensar que su taller fuera de una especie de celda monástica. Está abierto a todo el mundo. El mismo Claudel ha dicho que su «tienda debía ser muy visitada por los niños, como lo suelen ser todas las carpinterías». ¿Cómo pensar que le molestaran a quien más tarde diría dejad que los niños se acerquen a mí?...

Los viandantes y los vecinos entran también con frecuencia. Sus lenguas volubles se entregan a interminables lamentaciones sobre los tiempos que corren, e informan a los dos artesanos —ajenos a esas cotillerías— de "lo que se dice" en el pueblo o en los pueblos vecinos, así como de los rumores políticos. Jesús y José escucharían todo sin interrumpir su tarea y sin perder la serenidad. El padre dejaría hablar al hijo, ya que había en sus palabras una profundidad inaudita que asombrada a los visitantes y les dejaba desconcertados. Sin dejar de mostrarse fiel y respetuoso observador de la Ley, tenía una manera de pensar que rompía todos los esquemas hasta entonces admitidos.

En cuanto a los clientes, aunque siempre quedaban satisfechos del trabajo de los dos artesanos, solían discutir el precio, regatear incansables y retrasar el pago. Entonces José, recordando que tenía que ganar el pan con el sudor de su frente y velar por su familia, se mantenía firme. "El precio que le pido es justo. ¡Hay que amar la justicia!".

Cuando los clientes se llevaban los yugos, los arados o los toneles, ni siquiera sospechaban que habían, sido hechos por las mismas manos que forjaron la bóveda de los cielos. ¿Qué no daríamos nosotros por poseer uno de esos arados fabricados por Jesús? Pero tenemos algo mejor: el madero de la Cruz en que llevó a cabo su tarea suprema, hacia la cual se ordenaban todas las demás.

Ya se ha puesto el sol y ambos siguen trabajando. Retrasan la hora de regresar a casa porque tienen un trabajo urgente que hacer... Cuando eso ocurre, la silueta de María aparece en el umbral. Se admira de los bellos muebles de cedro o de sicómoro que salen de sus manos, pero, al mismo tiempo, les recuerda que es hora de cenar y que la sopa caliente aguarda en la mesa. Ellos, entonces, se excusan por la demora. "Es que ese arado tiene que estar para mañana..."  Y regresan a casa fatigados, pero contentos de estar juntos. Tantas horas de trabajo han hinchado sus manos y su espalda se curva de estar inclinados sobre el banco.

No siempre trabajan en el taller. A veces van al bosque para cortar algunos árboles que compran allí mismo; los talan, los trocean y los llevan a un cobertizo para almacenarlos.0 Otras, trabajan a domicilio. Salen, muy temprano en dirección a una granja para reparar un techo, montar una prensa, hacer un armazón o colocar una puerta. Marchan juntos, en silencio, con el saco de las herramientas al hombro y un cesto. de provisiones preparado por María en la mano.

Probablemente, dispondrían de un asno, ya que en Oriente sólo los mendigos carecen de tan humilde montura. En él cargarían todo lo que por su peso o su volumen no pudieran llevar a la espalda. También tendrían un trocito de tierra. En un antiguo documento egipcio se habla de un tal Pavetis, carpintero, que alquilaba una tierra cultivable, lo que hoy se llama "huerto del obrero". Cuando Jesús hable más tarde de siembras y cosechas, de terrenos fértiles o pedregosos, del trigo que crece, de la cizaña, de la higuera estéril, de precios en el mercado, del grano que brota por sí solo, de la gallina y los polluelos, de los obreros de la viña, del surco que abre el arado, de los lirios del campo, de la plantación inútil, se expresará con conocimiento de causa, hablándonos de cosas que ha visto y ha palpado con sus manos trabajando en el huerto familiar cultivado por él mismo.

Es posible también que cuando no tuvieran trabajo en el taller, Jesús y José fueran a buscarlo a los almacenes de Tariquea, en la ribera sur del lago de Genesaret, la más próxima a Nazaret. Allí, los martillos siempre sonaban, clavando las cajas y calafateando los barriles llenos de peces en salmuera.

Lo que parece indudable es que, lejos de limitarse a su oficio, practicaban ampliamente otros. Hacemos nuestras las reflexiones del Padre Bernard, autor de El Misterio de Jesús : «Los artesanos de los pueblos y ciudades pequeñas están muy ligados a los campesinos. Generalmente, no se sienten tan sujetos a su oficio ni especializados en su arte como para no prestar de buen grado ayuda a los agricultores, sobre todo en los momentos de más trabajo: en la siega, en la vendimia, en el vareo de los olivos. Jesús no podía mantenerse distante de aquellos a quienes venia a salvar. Quien un día contaría la parábola del buen samaritano y, antes de morir, diría que nos daba un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros como yo os he amado, no podía por menos de darnos ejemplo...».

lunes, 30 de noviembre de 2020

R.P ARTURO VARGAS (ANIVERSARIO 34 DE SU ORDENACION SACERDOTAL)

 


"TU ES SACERDOS IN AETERNUM SUCUNDUM ORDINEM MELCHISEDEC"

Felicitaciones sinceras al padre Arturo Vargas Meza por su 34 aniversario de Ordenación Sacerdotal. Dios lo bendiga y multiplique todas sus caridades.



 El regalo más rico y el favor más precioso que la Bondad Divina puede efectuar a la Iglesia es darle un buen pastor, ya sea obispo o sacerdote. Esta es la gracia de las gracias, y el regalo de los regalos que comprenden en su interior todas las otras gracias y dones.

Por lo tanto ¿qué es un pastor o un sacerdote de acuerdo al Corazón de Dios '? Un tesoro inestimable que contiene una inmensidad de bondades. San Juan Eudes



"No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes" San Juan 15, 16