Santísima Virgen María que has sido
constituida como Auxiliadora de los cristianos, te elijo por Señora y Dueña de
esta casa. Te pido que te dignes mostrar en ella tu poderoso auxilio
preservándola de la peste, del fuego, del agua, del rayo, de los ciclones, de
los terremotos, de los ladrones, de los impíos, de los bombardeos de la guerra
y de cuantas calamidades tú conoces. Bendice, protege, defiende y guarda como
cosa tuya a las personas que habitan y que vivirán en ella, presérvalas de
todas las desgracias y accidentes y concédeles sobre todo la importantísima
gracia de evitar el pecado. ¡Oh María Auxiliadora de los cristianos, ruega por
cuantos viven en este hogar que se te ha consagrado para siempre! Así sea.
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martes, 13 de octubre de 2015
sábado, 10 de octubre de 2015
Domingo Decimoctavo Después de Pentecostés (Bogotá, año 2015): R. P. Altamira
Queridos hijos: Hemos escuchado el relato de este hecho tan portentoso cuando Nuestro Señor cura “al paralítico que bajó del techo”. Imagínense si ustedes hubieran estado presentes, lo que hubieran visto… Al dueño de la casa probablemente no le gustó tanto (decía el P. Castellani): Le rompieron parte de su casa. Ya que nombramos al Padre Castellani, queríamos compartirles algunos conceptos de él en la prédica de este domingo.
Comencemos escuchando una reseña del padre, sobre el episodio en general:1 “En la curación del paralítico de Cafarnaúm… hace Cristo la primera afirmación implícita de su Divinidad… «Ánimo, hijo, te perdono tus pecados». No esperaban oír eso… «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?»… En efecto, pensaban: «Éste blasfema. Nadie puede perdonar pecados sino Dios». No pensaban mal en eso último, porque es verdad; pero hacían mal en juzgar ligeramente de blasfemo a un hombre santo (nota: y más que santo porque era Dios: Él perdona los pecados, y en nombre de Él los perdonamos nosotros los sacerdotes). «¿Qué es más fácil decir: Te perdono tus pecados, o decir: Levántate y anda?». Decirlo es igual de fácil; la cuestión es hacerlo. «Pues bien, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados – se volvió al paralítico y dijo– tú levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Así lo hizo el favorecido, el cual pacatamente, en vez de salir corriendo, se llevó su sofá-cama a cuestas, como le mandaron: porque hoy día los muebles están caros. Los que casi salieron corriendo fueron los de afuera al verlo: «Llenos de temor decían: hemos visto lo increíble».
Uno de los temas aquí es el pecado, qué es y quién lo perdona. Interesante por la realidad que nos toca vivir: Interesante por la herejía del Modernismo o Progresismo (que padecemos sin límites desde el Concilio) y por sus tesis del Misterio Pascual. Interesante por los verdaderos conceptos de pecado y de conversión; nos referimos a los conceptos católicos. Interesante para comparar con los nuevos conceptos inventados por Francisco y su falsa religión.
Pero escuchemos primero al Padre Castellani: “«¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios solo?» ¿Por qué? Porque se cometen contra Dios… el pecado (la consciencia del pecado o pecaminosidad) es la primera relación del hombre con Dios. La pecaminosidad es el pecado original; San Luis Gonzaga no hizo nunca un pecado [mortal] y sin embargo se sentía pecador; por la pecaminosidad. Y la religión es la relación del hombre con Dios: la misma palabra significa eso: «religio» viene de «religare»:
«religar»… Sí, pero la mayoría de los que pecan no piensan en Dios, no tiene ninguna intención contra Dios ni contra nadie… (…) Los que pecan no piensan en Dios; sí, pero deberían pensar. La relación del pecado es una relación objetiva… está allí en las cosas, sea que yo la piense o no; y es una relación trascendente como todo lo que toca directo a Dios; LA CUAL TRASLADA AL PECADO A UN PLANO TREMENDO, QUE ES VISIBLE SÓLO A LOS OJOS DE LA FE (nota: tremendo y visible sólo a los ojos de la Fe por la gravedad del pecado: ofensa contra Dios, y por la gravedad de los castigos: la eternidad del Infierno con el maldito Diablo, los otros demonios y el resto de los condenados… para siempre); pero que también hasta cierto punto puede vislumbrar la razón…
Por esa relación directa y trascendental, que es el objeto de la religión, nadie puede perdonar pecados sino sólo Dios; y para poderlo fue necesario interviniera la inmolación de Cristo, Cordero de Dios inmolado…”.
A veces uno escucha “tal o cual cosa es mala porque Dios así lo dispuso, pero no debería ser así. ¿Qué tiene de malo hacer tal cosa, “si yo la quiero mucho a Juanita”? Las cosas no son malas porque Dios así lo disponga, como un mandato “caprichoso” de su Voluntad. Antes que nada la naturaleza de las cosas y de las acciones es la que determina si algo es malo o no. Mentir no está mal porque Dios lo diga, mentir está mal porque la cosa en sí está mal, porque la misma naturaleza de la mentira (contra el ser veraces y a favor de engañar al prójimo) es mala, “lo diga o no lo diga un padre, lo enseñe o no lo enseñe un sacerdote”, y así con todo pecado. Las acciones que son pecado están fuera de la naturaleza de las cosas, están contra la naturaleza de las cosas, y por lo mismo fuera del fin o finalidad de las mismas.
Escuchemos nuevamente al P. Castellani con estos conceptos: “Las cosas malas no son malas porque Dios las prohíba, sino que Dios la prohíbe porque son malas. La naturaleza de las cosas no depende primordialmente de la Voluntad de Dios, sino de la Sapiencia, del Intelecto de Dios… (nota: Dios es quien creó todas las cosas, les dio una naturaleza y un fin que cumplir: las acciones malas se salen de la naturaleza y del fin para el cual las cosas han sido creadas)”.
Sobre el pecado: La herejía del Modernismo (tesis del Misterio Pascual) sostiene que el pecado no es algo contra Dios sino “algo contra el hombre”. (*) La religión verdadera, dos mil años de Catolicismo, ¿qué nos enseñan? Nuestra Santa Religión Católica nos enseña La Verdad, y La Verdad nos dice que el pecado, antes que nada, “es algo contra Dios”, algo contra el honor y reverencia de Dios (su alabanza), al no adecuar nuestras vidas a lo que El Creador espera de nosotros, al no hacer la voluntad de Dios (que nos dice “no hagas esa acción porque es mala”) y preferir la voluntad nuestra, la voluntad propia (“quiero hacer esa acción por más que sea mala”, “por más que Dios me diga otra cosa”, no me importa y peco… “total, después me confieso” –así le va a ir a ése).
“El pecado es una ofensa contra Dios”, también daña al ser humano, pero primero y antes que nada es un acto contra Dios. Un católico se convierte, la conversión, cuando deja el pecado en general, y en especial el pecado mortal y recupera el estado de gracia (para no ir al Infierno). Y así poder cumplir el fin que tenemos aquí en la tierra: “Conocer, amar y servir a Dios aquí en la tierra, y -mediante esto- salvar el alma y llegar al Cielo”.
Francisco entra en la herejía del Modernismo y los conceptos ya reseñados. Pero él también “inventa” o “crea” nuevos conceptos para la Nueva (falsa) Religión de él. Recordemos: Pecado: Ahora es entre otras cosas “romper la relación con la tierra” (y no exageremos porque en el fondo él quiere quitar la noción de pecado o de “ciertos pecados” por lo menos: veremos lo que va a pasar en el nuevo Sínodo de Roma en octubre). ¿Qué es en la religión de Francisco la conversión? Él habla de una “CONVERSIÓN ECOLÓGICA”, la cual “IMPLICA… encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea… [conversión es] RECONCILIACIÓN CON LA CREACIÓN” (nota: está citando a los obispos australianos; un católico hubiera dicho más bien: “reconciliarse con Dios”, pero bueno…). Y el fin de nosotros aquí en la tierra, según Francisco es “dejar un planeta habitable” para las otras generaciones.
Terminamos con el P. Castellani, quien ya hacia 1940 se adelantaba respondiendo al Modernismo y a Francisco: “La peor herejía de nuestros tiempos es la supresión –supuesta– del pecado. (…) Se ha echado fuera el pecado cristiano; y por tanto, todo el Cristianismo. El pecado retorna en forma de inhumanidad, angustia, crueldad, desesperación… Un hombre que está en pecado es un paralítico.
Queridos hijos: Tenemos que asegurar nuestra salvación, evitar el Infierno, para eso estamos vivos, pero algunos “brillan por su ausencia”, “ausencia” de la Confesión, “ausencia” de la Comunión. Les repetimos un extracto de esa tan hermosa poesía (“Décimas para despertar al pecador”): Piensa que has de morir,/Piensa que hay Gloria y hay Infierno,/Bien y mal, y todo eterno,/Y que a juicio has de venir: Ponte luego a discurrir/Tu vida y modo de obrar,/Y que ahora sin pensar,/Si te diese un accidente,/Y murieses de repente,/¿A dónde irías a parar?...
AVE MARÍA PURÍSIMA.
viernes, 9 de octubre de 2015
SI ES ALGUNA VEZ RECOMENDABLE LA UNIÓN ENTRE CATÓLICOS Y LIBERALES PARA UN FIN COMÚN, Y CON QUÉ CONDICIONES.
A propósito de la aceptación de los "dones" de Francisco por parte de Mons. Fellay y su Fraternidad, de la búsqueda de amistad y reconocimiento por parte de los modernistas conciliares transcribimos importantes pensamientos del gran téologo español Félix Sardá Salvany en el Liberalismo es pecado.
CAPÍTULO XXXVI
Otra cuestión se ha agitado muchísimo en nuestros días, y
es la relativa a la unión entre católicos y liberales menos
avanzados, para el fin común de contener a la revolución
más radical y desencadenada. Sueño dorado o candorosa
ilusión de algunos; de otros, empero, pérfida asechanza
con que sólo pretendieron (y han logrado en parte)
desunirnos y paralizarnos. ¿Qué hemos de pensar, pues, de
tales conatos unionistas los que deseamos, sobre todo otro
interés, el de nuestra Santa Religión?
En tesis general hemos de pensar que no son buenas ni
recomendables tales uniones. Dedúcese rectamente de los
principios hasta aquí sentados. El Liberalismo es en su
esencia, por moderado y mojigato que se presente en la
forma, oposición directa y radical al Catolicismo. Los
liberales son, pues, enemigos natos de los católicos, y sólo
en algún concepto accidental pueden tener intereses
verdaderamente comunes.
Pueden, sin embargo, darse de estos algunos rarísimos
casos. Puede, en efecto, suceder que contra una de las
fracciones más avanzadas del Liberalismo sea útil en un
caso dado la unión de fuerzas íntegramente católicas con
las de otro grupo más moderado del propio campo liberal.
Cuando realmente así convenga, deben tenerse en cuenta
las siguientes bases para la unión.
1.ª No partir del principio de una neutralidad o conciliación
entre lo que son principios o intereses esencialmente
opuestos, cuales son los católicos y los liberales. Esta
neutralidad o conciliación está condenada por el Syllabus, y
es de consiguiente base falsa; tal unión es traición, es
abandono del campo católico por parte de los encargados
de defenderlo. No se diga, pues: "prescindamos de
diferencias de doctrina y de apreciación". Nunca se haga
esta vil abdicación de principios. Dígase ante todo: "A pesar
de la radical y esencial oposición de principios y
apreciaciones, etc." Háblese así y óbrese así para evitar
confusión de conceptos, escándalo de incautos y alardes del
enemigo.
2.ª Mucho menos se concede al grupo liberal la honra de
capitanearnos con su bandera. No; conserve cada cual su
propia divisa, o véngase por aquellos momentos a la
nuestra quien con nosotros quiera luchar contra un común
enemigo. Más claro: únanse ellos a nosotros; nunca
nosotros a ellos. A ellos, abigarrados siempre en su
insignia, no les será tan difícil aceptar nuestro color; a
nosotros, que lo queremos todo puro y sin mezcla, ha de
sernos más intolerable tal barajamiento de divisas.
3.ª Nunca se crea con esto dejar establecidas bases para
una acción constante y normal. No pueden serlo más que
para una acción fortuita y pasajera. Una acción constante y
normal no puede establecerse más que con elementos
homogéneos y que engranen entre sí como ruedas
perfectamente combinadas. Para entenderse durante
mucho tiempo personas radicalmente opuestas en su
convicción, fueran necesarios continuos actos de heroica
virtud por parte de todos. Y el heroísmo no es cualidad
común ni de todos los días. Es exponer, pues una obra a
lamentable fracaso, edificarla sobre base de encontradas
opiniones, por más que en algún punto accidental
concuerden ellas entre sí. Para un acto transitorio de
defensa común o de común arremetida, puede muy bien
intentarse esta coalición de fuerzas, y puede ser laudable y
de verdaderos resultados, siempre que no se echen en
olvido las otras condiciones o reglas que hemos puesto
como de imprescindible necesidad.
A no ser con estas condiciones, no sólo no creemos
favorable la unión de católicos y liberales para empresa
alguna, sino que la estimamos altamente perjudicial. En vez de
multiplicar las fuerzas, como sucede cuando la suma es
de cantidades homogéneas, paralizará y anulará el vigor de
aquellas mismas que aisladas hubieran podido hacer algo
en defensa de la verdad. Es cierto que hay un proverbio
que dice: "¡Ay del que va solo!" Pero también hay otro
enseñado por la experiencia y en nada opuesto a éste, que
dice: "Vale más soledad que ruin compañía" Creemos que
es Santo Tomás quien dice en no recordamos qué punto:
Bona est unio, ser potior est unitas. "Excelente cosa es la
unión, pero mejor es la unidad". Si se debe, pues, sacrificar
la unidad verdadera en aras de una ficticia y forzada unión,
nada se gana en el cambio, antes se pierde muchísimo, a
nuestro pobre entender.
Además de estas consideraciones, que podrían creerse
meras divagaciones teóricas, la experiencia acreditó ya de
sobras lo que sale por lo regular de tales conatos de unión.
El resultado suele ser siempre mayor exacerbación de
luchas y rencores No hay ejemplo de una coalición de éstas
que haya servido para edificar o consolidar.
Y, sin embargo, es este, como hemos dicho antes, el sueño
dorado, la eterna ilusión de muchos de nuestros hermanos.
Creen éstos que lo que le importa principalmente a la
verdad es sean muchos sus defensores y amigos. Número
paréceles sinónimo de fuerza: para ellos sumar, aunque
sean cantidades heterogéneas, es siempre multiplicar la
acción, así como restar es siempre disminuirla. Vamos a
esclarecer un poco más este punto, y a emitir algunas
últimas observaciones sobre esta ya agotada materia.
La verdadera fuerza y poder de todas las cosas, así en lo
físico como en lo moral, está más en la intensidad de ellas
que en su extensión. Mayor volumen de igual intensa
materia es claro que da mayor fuerza; mas no por el
aumento de volumen, sino por el aumento o suma mayor
de intensidades. Es regla, pues, de buena mecánica
procurar aumento en la extensión y número de las fuerzas,
mas a condición de que con esto resulten verdaderamente
aumentadas las intensidades. Contentarse con el aumento,
sin detenerse a examinar el valor de lo aumentado, es no
solamente acumular fuerzas ficticias, sí que exponerse,
como hemos indicado, a que con ellas salgan paralizadas en
su acción hasta las verdaderas, si algunas hubiere.
Es lo que pasa en nuestro caso, y que nos costará
poquísimo demostrar.
La verdad tiene una fuerza propia que comunica a sus
amigos y defensores. No son éstos los que se la dan a ella;
es ella quien a ellos se la presto. Mas a condición de que
sea ella realmente la defendida. Donde el defensor, so capa
de defender mejor la verdad, empieza por mutilarla y
encogerla o atenuarla a su antojo, no es ya tal verdad lo
que defiende, sino una invención suya, criatura humana de
más o menos buen parecer, pero que nada tiene que ver
con aquella otra hija del cielo.
Esto sucede hoy día a muchos hermanos nuestros, víctimas
(algunos inconscientes) del maldito resabio liberal. Creen
con cierta buena fe defender y propagar el Catolicismo;
pero a fuerza de acomodarlo a su estrechez de miras y a su
poquedad de ánimo, para hacerlo (dicen) más aceptable al
enemigo a quien desean convencer, no reparan que no
defienden ya el Catolicismo, sino una cierta cosa particular
suya, que ellos llaman buenamente así, como pudieran
llamarla con otro nombre. Pobres ilusos que, al empezar el
combate, y para mejor ganarse al enemigo, han empezado
por mojar la pólvora y por quitarle el filo y la punta a la
espada, sin advertir que espada sin punta y sin filo no es
espada, sino hierro viejo, y que la pólvora con agua no
lanzará el proyectil. Sus periódicos, libros y discursos,
barnizados de catolicismo, pero sin el espíritu y vida de él,
son en el combate de la propaganda lo que la espada de
Bernardo y la carabina de Ambrosio, que tan famosas ha
hecho por ahí el modismo popular para representar toda
clase de armas que no pinchan ni cortan.
¡Ah! no, no, amigos míos; preferible es a un ejército de
esos una solo compañía, un solo pelotón de bien armados
soldados que sepan bien lo que defienden y contra quién lo
defienden y con qué verdaderas armas lo deben defender.
Denos Dios de esos, que son los que han hecho siempre y
han de hacer en adelante algo por la gloria de su Nombre, y
quédese el diablo con los otros, que como verdadero
desecho se los regalamos.
Lo cual sube de punto si se considera que no sólo es inútil
para el buen combate cristiano tal haz de falsos auxiliares,
sino que es embarazosa y casi siempre favorable al
enemigo. Asociación católica que debe andar con esos
lastres, lleva en si lo suficiente para que no pueda hacer
con libertad movimiento alguno. Ellos matarán a la postre
con su inercia toda viril energía; ellos apocarán a los más
magnánimos y reblandecerán a los más vigorosos; ellos
tendrán en zozobra al corazón fiel, temeroso siempre, y con
razón, de tales huéspedes, que son bajo cierto punto de
vista amigos de sus enemigos. Y, ¿no será triste que, en
vez de tener tal asociación un solo enemigo franco y bien
definido a quien combatir, haya de gastar parte de su
propio caudal de fuerzas en combatir, o por lo menos en
tener a raya, a enemigos intestinos que destrozan o
perturban por lo menos su propio seno? Bien lo ha dicho La
Civiltá Cattolica en unos famosos artículos.
"Sin esa precaución, dice, correrían peligro ciertísimo no
solamente de convertirse tales asociaciones (las católicas)
en campo de escandalosas discordias, mas también de
degenerar en breve de los sanos principios, con grave ruina
propia y gravísimo daño de la Religión."
Por lo cual concluiremos nosotros este capítulo trasladando
aquí aquellas otras tan terminantes y decisivas palabras del
mismo periódico, que para todo espíritu católico deben ser
de grandísima, por no decir de inapelable autoridad. Son
las siguientes:
"Con sabio acuerdo las asociaciones católicas de ninguna
cosa anduvieron tan solicitas como de excluir de su seno,
no sólo a todo aquel que profesase abiertamente las
máximas del Liberalismo, si que a aquellos que, forjándose
la ilusión de poder conciliar el Liberalismo con el
Catolicismo, son conocidos con el nombre de católicos
liberales".
martes, 6 de octubre de 2015
sábado, 3 de octubre de 2015
SANTA TERESITA DEL NIÑO JESUS: Historia de un alma
“Sólo el amor es capaz de
hacernos agradables a Dios. ¡Ah! Si todas las almas débiles e imperfectas como
la mía sintieran lo que yo siento, ninguna desesperaría de llegar a la cumbre
de la montaña del amor, puesto que Jesús no pide acciones extraordinarias; se
contenta con que le demostremos confianza y gratitud.
“Si tuviera hambre, no os lo diría a vosotros, pues la tierra y todo
cuanto encierra me pertenece. ¿Por ventura he de comer la carne de los toros y
beber la sangre de los machos cabríos? INMOLAD A DIOS SACRIFICIOS DE ALABANZA Y DE ACCIONES DE GRACIAS”
Salmo XLIX, 9-14
¡Sólo esto reclama Jesús de nosotros! No tiene necesidad de nuestras
obras, sino únicamente de nuestro amor. Este mismo Dios, que declara que no necesita
decirnos si tiene hambre, no se desdeña de mendigar
un poco de agua a la Samaritana… ¡Tenía sed! Mas al decir: “Dame de beber”,
reclamaba el Creador del Universo el amor de su pobre criatura. ¡Tenía sed de
amor!
Sí, más que nunca está sediento Jesús. Sólo encuentra ingratos e
indiferentes entre los discípulos del mundo; y entre los discípulos suyos, desgraciadamente no encuentra muchos que
entreguen el corazón sin reserva a la ternura de su Amor infinito.
…sobre todo quisiera el martirio. Como Vos quisiera ser azotada,
crucificada… Si pienso en los tormentos atroces que padecerán los cristianos en
tiempo del Anticristo, se estremece mi corazón; quisiera que se reservaran para
mí aquellos tormentos.
¡Mi vocación es el amor! Sé, Dios mío, “que el amor sólo con amor se
paga”. Pero, ¿Cómo demostraré mi amor ya que el amor se prueba con obras? No
tengo otro medio para demostraros mi amor que echar flores; es decir, no
escatimar el menor sacrificio, no dejar perder ninguna palabra, ninguna mirada,
aprovechar las menores acciones y ejecutarlas todas por amor. Quiero sufrir y
hasta gozar por amor. ¡Oh Jesús mío, os amo!
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