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jueves, 30 de mayo de 2024

Cómo en la sagrada Comunión el Corazón de Jesús nos purifica nos ilumina y nos deifica en su santo amor

 

Imaginad, si podéis, toda la caridad, todos los amorosos afectos habidos y por haber en todos los corazones que la omnipotente mano de Dios ha formado y puede formar; imaginadlos unidos y como condensados en un corazón bastante capaz para abarcarlos á todos; decidme, ¿no formaría esto un foco de amor verdaderamente incomprensible? Pues bien (y es de fe) esto no sería nada, por decirlo así, en comparación del amor infinito en que arde el Hijo eterno de Dios por nosotros, por cada uno de nosotros, en su sagrado Corazón, y por consiguiente en el Santísimo Sacramento del altar. 

Así, pues, cuando comulgamos tenemos la dicha de recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma al divino Jesús con el tesoro infinito de su Corazón y de su amor. Entra en nosotros todo abrasado, y ¿Qué quiere sino abrasarnos también con el fuego sagrado en que arde? «Fuego vine á poner en la tierra, dice, ¿y qué quiero sino que arda

 Para corresponder más fácilmente á este deseo del Corazón de Jesús, entiéndase que el fuego de que habla, es un fuego, que purifica, que ilumina, que santifica, que transforma, que deifica: el fuego de su santo amor. 

Es un fuego que. purifica. Cuando tenemos la dicha de comulgar dignamente, las sagradas llamas del Corazón de Jesús purifican nuestra alma hasta de sus menores manchas. Como el oro en el crisol, nuestra alma se derrite de amor en el Corazón de Jesús, y las mil pajitas imperceptibles que alteraban su pureza son devoradas por el fuego del divino amor. La sagrada Comunión ha sido instituida, dice el Concilio de Trento, «para preservarnos de los pecados mortales, y para librarnos de nuestras faltas cotidianas. Estas faltas veniales que se ocultan á la humana fragilidad, lejos de apartarnos de la Comunión frecuente, deben por el contrario excitarnos más á ella, como la enfermedad nos hace desear el médico y el remedio. L a sagrada Comunión es el remedio -directo que el Médico celestial nos ofrece para purificarnos, para desembarazarnos de nuestros pecados veniales; y en este Sacramento el fuego del amor es el que obra esta saludable purificación.

En segundo lugar, el fuego del Corazón eucarístico de Jesús ilumina. En la Eucaristía Jesús es como el sol, que da luz al mismo tiempo que calienta. La Comunión es un foco de amor que ilumina, que fortifica, que aumenta los esplendores de la fe, que disipa en nuestra alma las ilusiones y las tinieblas con que el infierno trata sin cesar de oscurecerla, y que nos hace entrar cada vez más en la admirable luz de Jesucristo, en las espléndidas realidades de la fe. Al comulgar, sobre todo, es cuando debemos decir con toda confianza á Jesús: «Señor, aumentad nuestra fe> Y Él nos abrirá con amor los tesoros de luz celestial de que es sol y foco su divino Corazón.

En tercer lugar, el fuego del amor de Dios santifica. No sin fundamento el acto de recibir el sacramento de la Eucaristía, es llamado en la Iglesia «la sagrada Comunión, la santísima Comunión.» Ella nos santifica, es decir, nos desprende de la tierra uniéndonos más y más al Rey de los cielos. Hace que viva y crezca en nosotros Jesucristo, el Santo de los Santos; y alimenta en nosotros todas las virtudes que constituyen la santidad cristiana. El amor de Jesús en la Eucaristía es el verdadero alimento de los imperfectos que desean alcanzar la perfección, de los pecadores penitentes que resuelven enmendarse y ser fieles siempre más, de los débiles que quieren hacerse fuertes. ¡Oh santísimo Cuerpo! ¡oh santísimo Corazón de mi Dios haced que reporte de mis Comuniones todos los frutos de santidad que vuestro amor ha depositado ellas. 

El fuego del Corazón de Jesús en la santa Comunión es también un fuego que transforma. Así coma el fu-ego material transforma el oro; la plata, los metales más duros, y de sólidos los vuelve líquidos, de groseros y ásperos los convierte en sutiles, puros y brillantes; así también el fuego del santo amor de Jesucristo hace que nuestras Comuniones obren insensiblemente en nosotros una transformación maravillosa, como que de mundanos nos hacen cristianos y espirituales; de negligentes, tibios y disipados que éramos antes de frecuentar el sacramento del Amor, nos transforman poco á poco en hombres recogidos, fervorosos, llenos de celo; cambian nuestros gustos y la dirección de nuestra vida, nos vuelven mansos y humildes de corazón, castos, amantes de nuestros hermanos hasta el sacrificio; en una palabra, concluyen por transformarnos en otros tantos Cristos; y á fuerza de alimentarnos con la Bondad, la Pureza, la Santidad, que no son otra cosa que Jesucristo mis­mo, nos hacen llegar á ser buenos, puros y santos de un modo sobrenatural. 

Finalmente, el fuego del sagrado Corazón de Jesús que abrasa nuestras almas cuando recibimos á Jesucristo en la Comunión, es un fuego que deifica. Sí, la gracia y él amor de Dios llegan hasta el punto de hacernos partícipes de su naturaleza divina, como El mismo lo declara: Divinos consortes naturae. Y aunque la gracia comienza ya esta deificación en el Bautismo, debe comprenderse, no obstante, que sin la santa Comunión no podría desarrollarse, ni aún subsistir; como la vida que recibimos al nacer no podría desarrollarse ni subsistir sin el alimento que la nutre de continuo.

 «Sois dioses é hijos del Excelso,» nos dice el Señor: ¿es sorprendente que dioses, que hijos de Dios se alimenten con la carne y la sangre del Unigénito de Dios, que reside real y verdaderamente en la Eucaristía bajo las apariencias de pan? ¡Y todos estos prodigios, Salvador mío, no reconocen otra causa que vuestro adorable amor! todos manan de una fuente única, que es vuestro sagrado Corazón, presente y encendido en medio de vuestra celeste humanidad, y contenido juntamente con ella en el gran Sacramento del altar. ¡Oh! haced que me abrase, que se abrasen también todos vuestros sacerdotes, todos vuestros fieles, hombres y mujeres, niños y ancianos, ricos y pobres, todos sin excepción, en vivas ansias de recibiros en este Sacramento de amor! Hacednos comprender á todos que comulgar es amaros; que comulgar c o d frecuencia y bien dispuestos es amaros perfectamente. ¡Gloria y amor al Corazón de Jesús en el santísimo Sacramento del altar!

EL SAGRADO CORAZÒN DE JESÙS por Monseñor Segur