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martes, 30 de abril de 2019

CARTA PASTORAL DEL CARDENAL SIRI SOBRE EL USO DE PANTALONES POR LAS MUJERES (1960)






La siguiente es una carta pastoral de Su Eminencia, el cardenal Giuseppe Siri, arzobispo de Génova, Italia. En él se explica en profundidad por qué es peligroso e inadecuado para las mujeres usar pantalones en lugar de vestidos o faldas. Es no sólo una cuestión de pudor, es sobre todo, como explica su eminencia, una cuestión de psicología femenina, de la dignidad femenina, e incluso de viciar las relaciones entre hombre y mujer. Si usted piensa que esto es ridículo o inaceptable, sólo pedimos que le den al cardenal el derecho a la defensa. Escrito hace casi 56 años, hemos visto tristemente que las predicciones de su eminencia se hacen realidad y por lo tanto sus advertencias son reivindicadas.

Génova, 12 de junio, 1960 Para el Reverendo Clero, a todas las hermanas de enseñanza, a los hijos predilectos de la Acción Católica, a los educadores con intención de seguir realmente la Doctrina Cristiana Los primeros signos de la tardía llegada de nuestra primavera indican que este año hay un cierto incremento en el uso de vestimenta de hombres en niñas y mujeres, incluso madres de familia. Hasta 1959, en Génova, tal forma de vestir se veía sólo en turistas, pero ahora parece haber un número significativo de niñas y mujeres de la propia Génova que eligen, al menos en viajes de placer, el uso de pantalones. 

La extensión de este comportamiento nos obliga a tomarlo en serio, y solicitamos a aquellos a quienes se dirige la presente Carta que amablemente presten toda la atención que merece este problema por parte de cualquier persona consciente de ser, de alguna manera responsable ante Dios. Buscamos, sobre todo, dar un juicio moral equilibrado sobre el uso de pantalones por las mujeres. De hecho, nuestros pensamientos sólo se basan en la moral. En primer lugar, cuando se trata de cubrir del cuerpo femenino, no puede decirse que el uso de pantalones constituya una grave ofensa contra el pudor, porque ciertamente, los pantalones cubren más del cuerpo de la mujer de lo que lo hacen las faldas de la mujer moderna. En segundo lugar, sin embargo, la ropa debe cubrir la necesidad no sólo de cubrir el cuerpo, sino también de no adherirse demasiado al mismo. Ahora bien, es cierto que hoy, cierta ropa femenina se adhiere más al cuerpo de lo que lo hace el pantalón, pero éstos pueden estar hechos para adherirse aún más, de hecho, por lo general lo hacen, por lo que el apretado ajuste de tal ropa nos da no menos motivos preocupación que la exposición del cuerpo. 

Por lo tanto, la inmodestia del uso de pantalones sport mujeres es un aspecto del problema que no vamos a dejar fuera de una visión total del problema, incluso tratando de no ser artificialmente exagerados.

Sin embargo, es un aspecto diferente del uso de pantalones por la mujer el que nos parece la más grave. El uso de pantalones, en primer lugar, afecta a la mujer misma, al cambiar su psicología femenina, propia de la mujer; en segundo lugar, afecta a la mujer como esposa, al tender a viciar las relaciones entre los sexos; en tercer lugar, que afecta a la mujer como madre, al dañar su dignidad a los ojos de sus hijos. Cada uno de estos puntos deben ser considerados cuidadosamente por separado:

A. LOS PANTALONES CAMBIAN LA PSICOLOGÍA DE LA MUJER 

   En realidad, el motivo que impulsa a las mujeres a usar pantalones siempre es el de imitar, o, mejor dicho, el de competir con el hombre, que se considera más fuerte, menos atado, más independiente. Esta motivación muestra claramente que la vestimenta masculina es la ayuda visible para lograr una actitud mental de ser "como un hombre." En segundo lugar, desde que el hombre es hombre, la ropa que usa, demanda, impone y modifica gestos, actitudes y comportamientos, de tal manera que sólo por el hecho de usarlos, se impone una particular manera de pensar. Ahora, déjennos agregar que la mujer que usa pantalones siempre indica más o menos su reacción contra su femineidad como si ésta fuera signo de inferioridad, cuando en realidad, es sólo diversidad. La perversión de su psicología puede verse claramente. Estas razones, que son un resumen de muchas más, son suficientes para advertirnos cómo el uso de pantalones lleva a las mujeres a pensar erróneamente.

B. EL USO DE PANTALONES POR PARTE DE LA MUJER, TIENDE A VICIAR LAS RELACIONES ENTRE MUJERES Y HOMBRES

En verdad, cuando con la mayoría de edad se desarrollan las relaciones entre los dos sexos, predomina el instinto de atracción mutua. La base esencial de esta atracción es la gran diversidad entre los dos sexos que se hace posible sólo por su complementación o el completarse el uno con el otro. Si esta "diversidad" se hace menos evidente debido a que se elimina uno de sus principales signos externos y porque se debilita la estructura psicológica normal, lo que resulta es la alteración de un factor fundamental en la relación. El problema va más allá todavía. La atracción mutua entre los sexos es precedida de forma natural, por ese sentido de la vergüenza que impone respeto al aumento de los instintos en jaque, y tiende a elevar a un nivel más alto la estima mutua y el saludable temor a los actos incontrolados a los que esos instintos pueden conducir. Cambiar la ropa que por su diversidad revela y sostiene los límites de la naturaleza y la defensa de las acciones, es allanar las diferencias y ayudar a derribar las vitales barreras de contención del sentido de vergüenza. Lo menos que puede decirse, es que obstaculiza ese sentido. Y cuando se impide el freno que impone el sentido de vergüenza, se sigue una relajación de las relaciones entre el hombre y la mujer hasta hundirse en sensualidad pura, desprovista de todo respeto mutuo o estima. La experiencia nos muestra que cuando la mujer es "des feminizada", son socavadas las defensas y la aumenta la debilidad.

C. A LOS OJOS DE LOS HIJOS, EL VESTIDO MASCULINO PERJUDICA LA DIGNIDAD DE MADRE.

Todos los niños tienen el instinto del sentido de la dignidad y el decoro de su madre. Un análisis de la primera crisis interna de los niños cuando despiertan a la vida a su alrededor, incluso antes de que entren en la adolescencia, muestra cuánto cuenta en ellos el sentido de su madre. Los niños son extremadamente sensibles en este punto. Por lo general, los adultos suelen dejar todo detrás y no piensan más en ello. Pero haríamos bien en recordar las severas demandas que por instinto hacen los niños a su propia madre, y las reacciones profundas e incluso terribles despertadas en ellos mediante la observación de la mala conducta de su madre. Muchas líneas de la vida se trazarán más tarde - y no para bien - en estos primeros dramas interiores de la infancia y la niñez. 

El niño puede no saber la definición de la exposición, la frivolidad o la infidelidad, pero posee un instintivo sexto sentido que las reconoce cuando se producen, y las sufren, y son amargamente heridos en su alma por ellas. Pensemos seriamente a la importancia de todo lo dicho hasta ahora, incluso si la mujer al aparecer con pantalones no dé inmediatamente lugar a todo el malestar causado por una grave inmodestia. El cambio de la psicología femenina hace fundamentales y, a la larga, irreparables daños a la familia, a la fidelidad conyugal, a los afectos humanos y a la sociedad humana. Es cierto que los efectos de un vestido inadecuado no son vistos a corto plazo. Pero debemos pensar en lo que está siendo lenta e insidiosamente desgarrado y pervertido ¿Es imaginable alguna satisfactoria reciprocidad entre marido y mujer si se cambia la psicología femenina? ¿O puede imaginarse una verdadera educación de los niños, tan delicada en su procedimiento, por lo tejida de factores imponderables en los que la intuición y el instinto de la madre desempeñan el papel decisivo en esos tiernos años? ¿Qué van a ser capaces estas mujeres de dar a sus hijos cuando han usado tanto tiempo pantalones, que su autoestima se basa más en competir con los hombres que en su funcionamiento como mujeres? Nos preguntamos por qué, desde que los hombres han sido hombres, o más bien desde que se civilizaron, en todos los tiempos y lugares invariablemente han hecho una división diferenciada entre las funciones de los dos sexos, ¿No tenemos aquí cabal testimonio del reconocimiento por parte de toda la humanidad de una verdad y una ley que está por encima del hombre? 

Resumiendo, dondequiera que las mujeres lleven ropa de hombre, puede eso ser considerado como un factor que a largo dañará el orden humano. La consecuencia lógica de todo lo presentado hasta ahora es que cualquier persona en posición de responsabilidad debe llenarse de alarma en el estricto sentido de la palabra, de una alarma grave y decisiva. 

Dirigimos a una grave advertencia a los párrocos, a todos los sacerdotes en general y, en particular, a los confesores, a los miembros de toda clase de asociación, a todos los religiosos, a todas las monjas, en especial a las de enseñanza. Los invitamos a ser claramente conscientes del problema, de modo que decidan la acción a seguir. Esta conciencia es lo que importa. A su debido tiempo se sugerirá la acción apropiada. ¡Pero no dejemos que nos invada el deseo de ceder ante el cambio inevitable, como si nos enfrentáramos a una evolución natural de la humanidad! 

Los hombres pueden ir y venir, porque Dios ha dejado mucho espacio para el vaivén de su libre voluntad; pero las líneas sustanciales de la naturaleza y las líneas no menos sustanciales de la Ley Eterna nunca han cambiado, no cambian y no cambiarán. Hay límites, más allá de los que cada uno puede desviarse hasta donde lo considere oportuno, pero hacerlo termina en la muerte; existen límites de los que fantasías filosóficas pueden burlarse o no tomar en serio, pero son un conjunto de duros hechos, y la naturaleza castiga a cualquiera que pase por encima de ellos. 

Y la historia, ha enseñado lo suficiente, de la vida y la muerte de las naciones, con aterradoras pruebas, en respuesta a todos los infractores de las reglas de la "humanidad", que esto desemboca siempre, tarde o temprano, en catástrofe. A partir de la dialéctica de Hegel, han sonado en nuestros oídos lo que no son más que fábulas, y por escucharlas tan a menudo, muchos terminan por acostumbrarse a ellas, aunque sólo sea en forma pasiva. 

Pero la verdad del asunto es que la naturaleza, y la Verdad, y la Ley sujeta a ambas, siguen su camino imperturbablemente, y destrozan a los simplones que sin ningún motivo creen en radicales y profundos cambios en la estructura misma de hombre. Las consecuencias de tales violaciones no son un nuevo esquema del hombre, pero los trastornos, la nociva inestabilidad de todo tipo, la aterradora sequedad de las almas, el incremento de estos náufragos humanos, impulsado desde hace mucho tiempo, conducen a vivir su caída en el aburrimiento, la tristeza y el rechazo. 

Alineadas en la demolición de las normas eternas, se encuentran familias rotas, vidas truncadas antes de tiempo, hogares y viviendas fríos, ancianos hechos a un lado, jóvenes voluntariamente degenerados y - por último- almas desesperadas que se quitan la vida. ¡Todas estas miserias humanas dan testimonio del hecho de que la “línea de Dios” no cede, ni tampoco admite ninguna adaptación a los sueños delirantes de los llamados filósofos!

Hemos invitado a todos aquellos a quienes dirigimos la presente Carta Pastoral a tomar seria consciencia del problema al que nos enfrentamos. Por lo tanto, ellos saben lo que tienen que decir, empezando por las pequeñas niñas aun en la falda de su madre. 

Saben que sin exagerar ni convertirse en fanáticos, tendrán que limitar estrictamente hasta donde toleran como regla general el que las mujeres vistan pantalones. Saben que nunca deben ser tan débiles como para permitir que nadie crea que hacen la vista gorda a una costumbre que se está imponiendo y socava la integridad moral de todas las instituciones. Ellos, los sacerdotes, saben que la línea que tienen que tomar en el confesionario, si bien no sosteniendo que el que la mujer vista como hombre, es una falta grave, debe ser fuerte y decisiva. Todos tienen que reflexionar sobre la necesidad de una línea de acción unida, reforzada por todas partes por la cooperación de todos los hombres de buena voluntad y todas las mentes iluminadas, con el fin de crear un verdadero dique para contener la inundación.

Aquellos de ustedes que en cualquier medida son responsables de las almas, saben lo útil que es tener como aliados en esta campaña de defensa los hombres de las artes, a los medios de comunicación y las artes gráficas. La posición adoptada por las casas de diseño de moda, sus brillantes diseñadores y la industria de la confección, es de crucial importancia en toda esta cuestión. El sentido artístico, el refinamiento y el buen gusto juntos, pueden encontrar soluciones adecuadas, pero dignas en cuanto a la vestimenta que deben usar las mujeres cuando tienen que utilizar una motocicleta o participar en uno u otro ejercicio o trabajo. 

Lo que importa es preservar la modestia, junto con el eterno sentido de la feminidad, esa feminidad, que, más que cualquier otra cosa los niños continuarán asociando con su madre. No negamos que la vida moderna presenta problemas y permite requerimientos desconocidos para nuestros abuelos. Pero afirmamos que hay valores que necesitan ser protegidos de las experiencias fugaces, y que en todas las inteligencias siempre hay buen sentido y buen gusto suficiente como para encontrar soluciones aceptables y dignas a los problemas a medida que surgen. Aparte de la caridad, estamos luchando contra el aplastamiento de la humanidad, contra el ataque a esas diferencias sobre las que descansa la complementariedad del hombre y de la mujer.

Cuando veamos a una mujer con pantalones, debemos pensar no tanto en ella, sino en toda la humanidad, en lo que será cuando las mujeres se hayan masculinizado a sí mismas para siempre. Nadie ganará ayudando a lograr un futuro de vaguedad, ambigüedad, imperfección y, en una palabra, monstruosidad. Esta carta pastoral no está dirigida al público, sino a los responsables de las almas, a los educadores, a las asociaciones católicas. Dejar que ellos hagan su tarea, y que no sean atrapados como centinelas dormidos en sus puestos mientras se introduce el mal.

Cardenal Giuseppe Siri 
Arzobispo de Génova

miércoles, 3 de abril de 2019

Alberto Barcena Expone el Gnosticismo y Luciferismo de la Masoneria


Gran mal de nuestro tiempo, la única salida para revertir tan gran mal es el rezo del Santo Rosario. Como dijo Nuestra Señora en Fátima: "No esperen un llamado a la penitencia ni a la conversión de la jerarquía eclesiástica.

sábado, 30 de marzo de 2019

ESPOSA CRISTIANA: El espíritu de sacrificio



  EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO
  El sacrificio, esposa cristiana, es la sumisión y abnegación llevadas a sus últimos límites.  Es esa disposición de ánimo que nos fuerza a inmolar sobre el ara del corazón nuestro parecer, preferencias, comodidades, salud y hasta la vida, tratándose del cumplimiento del deber para conseguir la felicidad del prójimo y hacernos agradables a Dios.

  La mujer fuerte y cristiana, al contrario de tantas mujeres de cálculos mezquinos e ideas egoístas, que retroceden ante el sacrificio o se resignan de mal grado, no vacila en abrazarse a esta cruz, útil para la gloria de Dios y bien de la familia y de la sociedad.

  Para la mujer católica no existen los sacrificios forzosos, puesto que los suyos, o son voluntarios o los acepta con gusto; y todos, por lo mismo, le resultan meritorios para el cielo. Así que siempre tiene a Dios de parte suya,  y consigue de la bondad infinita los favores que demanda.

  ¡Ah, cuánto ama el Señor a esas almas, adornadas del espíritu de sacrificio! Las considera como a imagen de su Hijo amadísimo que no vino a la tierra sino con el fin de sacrificarse, y reconoce complacido que bien puede contar con ellas para completar la obra de la Redención.

  Examen.- ¿Estoy habituada a la idea de que mi misión en este mundo es una misión de sacrificio? ¿Reconozco que debo sacrificarme por Dios, por mi esposo y por los míos? ¿Tengo aversión a sacrificarme y murmuro al tener que someterme? ¿Olvido que para que sean meritorios los sacrificios debo aceptarlos generosamente? ¿Me doy cuenta que Dios, al imponérmelos, me concede los recursos y fuerza necesarios para sobrellevarlos, y que me los aligera y me dice: “Mi yugo es suave y mi carga ligera?” ¿He de desanimarme por las cargas de familia y de los hijos que el cielo me otorga?

  La vida es un manantial de sacrificios. Las contrariedades y el dolor, son nuestros inseparables compañeros, en todos y cada uno de los estados, pero más particularmente en el matrimonio.

  El Señor tiene medios de castigar nuestras debilidades o nuestra falta de conformidad, por eso es absolutamente necesario que nos abracemos a la cruz del sacrificio y la llevemos en pos de Nuestro Señor Jesucristo abnegadamente, y no arrastrándola, pues la carga sería más gravosa y pesada.

  ¿No lleva Él la mayor parte de la misma, dejándonos tan sólo  a nosotros la parte más ligera? No consiste la felicidad de este  mundo en esquivar el sacrificio, sino en sobrellevarlo con varonil constancia.

  Advierte, por otra parte, que no pesan únicamente sobre ti los trabajos de familia. También le toca una muy buena porción a tu esposo.

  Decídete, por lo tanto,  a aceptar los sacrificios que se te exigen.
  ¿Espero una vida cómoda, fácil, agradable,  colmada de satisfacciones y de goces? ¿He tenido valor para culpar a alguno de los míos, y aun tal vez a mi esposo, de causantes de todos mis sacrificios?

  ¿He comparado mi vida con la de tal o cual persona, que se me figura mucho más feliz que yo? Quizás mientras así la juzgo, viendo las apariencias, sufre ella mucho más. ¿Procuro unir  mis sacrificios a los del Señor, para aligerarme el peso y endulzar su amargura?

  Mujer cristiana, puesto que deseas cumplir tus obligaciones de esposa y de madre, no te niegues al sacrificio. Sopórtalo todo… ¡molestias, privaciones, contrariedades, vigilias, lágrimas, enfermedades! A precio tan costoso obtendrás todos los éxitos, todas las gracias que solicites. No, no lo olvides. Así lo dispuso Dios para su Hijo, y así quiere que lo hagamos también nosotros.

Misión y Virtudes Sociales de la Esposa Cristiana
Rdo. Lefevre
(Obra aprobada por 43 Cardenales Arzobispos y Obispos, honrada con carta de Su Santidad  Pío X)

viernes, 29 de marzo de 2019

REMEDIOS CONTRA LA MASONERIA (S.S. LEON XIII)


EXTRACTOS DE CARTA ENCÍCLICA HUMANUM GENUS

 (21) Pero sea lo que sea, ante un mal tan grave y tan extendido ya, es nuestra obligación, venerables hermanos, consagrarnos con toda el alma a buscar los remedios. Y como la mejor y más firme esperanza de remedio está situada en la eficacia de la religión divina, tanto más odiada de los masones cuanto más temida por ellos, juzgamos que el remedio fundamental consiste en el empleo de esta virtud tan eficiente contra el común enemigo. Por consiguiente, todo lo que los Romanos Pontífices, nuestros antecesores, decretaron para impedir las iniciativas y los intentos de la masonería, todo lo que sancionaron [NdB: Excomunión] para alejar a los hombres de estas sociedades o liberarlos de ellas, todas y cada una de estas disposiciones damos por ratificadas y las confirmamos con nuestra autoridad apostólica. Y, confiados en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno de ellos en particular por su eterna salvación que tengan como un deber sagrado de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esta materia ordena la Sede Apostólica. 

Desenmascarar la masonería 

(22) A vosotros, venerables hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor insistencia que, uniendo vuestros esfuerzos a los nuestros, procuréis con ahinco extirpar este inmundo contagio que va penetrando en todas las venas de la sociedad. Debéis defender la gloria de Dios y la salvación de los prójimos. Si miráis a estos fines en el combate, no ha de faltaros el valor ni la fortaleza. Vuestra prudencia os dictará el modo y los medios mejores de vencer los obstáculos y las dificultades que se levantarán. Pero como es propio de la autoridad de nuestro ministerio que Nos indiquemos algunos medios más adecuados para la labor referida, quede bien claro que lo primero que debéis procurar es arrancar a los masones su máscara, para que sea conocido de todos su verdadero rostro; y que los pueblos aprendan por medio de vuestro sermones y pastorales, escritas con este fin, las arteras maniobras de esas sociedades en el halago y en la seducción, la maldad de sus teorías y la inmoralidad de su acción. Que nadie que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación personal, juzgue serle lícito por ninguna causa inscribirse en la masonería, prohibición confirmada repetidas veces por nuestros antecesores. Que nadie sea engañado por una moralidad fingida. Pueden, en efecto, pensar algunos que nada piden los masones abiertamente contrario a la religión y a la sana moral. Sin embargo, como toda la razón de ser de la masonería se basa en el vicio y en la maldad, la consecuencia necesaria es la ilicitud de toda unión con los masones y de toda ayuda prestada a éstos de cualquier modo. 

Esmerada instrucción religiosa 
(23) Es necesario, en segundo lugar, inducir por medio de una frecuente predicación a las muchedumbres para que se instruyan con todo esmero en materia religiosa. A este fin recomendamos mucho que en los escritos y en los sermones se expliquen oportunamente los principios fundamentales de la filosofía cristiana. El objetivo de estas exposiciones es sanar los entendimientos por medio de la instrucción y fortalecerlos contra las múltiples formas del error y las variadas sugestiones del vicio, contenidas especialmente en el libertinaje actual de la literatura y en el ansia insaciable de aprender. Gran obra, sin duda. Pero en ellas será vuestro primer auxiliar y colaborador el clero si lográis con vuestros esfuerzos que salga bien formado en costumbres y bien equipado de ciencia. Pero una empresa tan santa e importante exige también la cooperación auxiliar de los seglares, que unan el amor de la religión y de la patria con la virtud y el saber. 

Unidas las fuerzas del clero y del laicado, trabajad, venerables hermanos, para que todos los hombres conozcan y amen como se debe a la Iglesia. Cuanto mayores sean este conocimiento y este amor, tanto mayores serán la huída y el rechazo de las sociedades secretas. Aprovechando justificadamente esta oportunidad, renovamos ahora nuestro encargo, ya repetido otras veces, de propagar y fomentar con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con prudente moderación hemos aprobado hace poco. El único fin que le dio su autor, es atraer a los hombre a la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia, al ejercicio de todas las virtudes cristianas. Grande, por consiguiente, es su eficacia para impedir el contagio de estas malvadas sociedades. Auméntese, pues, cada vez más esta santa asociación, de la cual podemos esperar muchos frutos, y especialmente el insigne fruto de que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad jurídicas, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el género humano y las siguió San Francisco. 

Una libertad propia de los hijos de Dios, por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás y de la perversa tiranía de las pasiones; una fraternidad cuyo origen resida en Dios, Creador y Padre común de todos; una igualdad que, basada en los fundamentos de la justicia y de la caridad, no borre todas las diferencias entre los hombres, sino que con la variedad de condiciones, deberes e inclinaciones forme aquel admirable y armonioso conjunto que es propio naturalmente de toda vida civil digna y útilmente constituida.

 (25) En cuarto lugar, para obtener más fácilmente lo que queremos, encomendamos con el mayor encarecimiento a vuestra fe y a vuestros desvelos la juventud, que es la esperanza de la sociedad humana. Consagrad a su educación la parte más principal de vuestra atención, y, por mucho que hagáis, nunca penséis haber hecho lo bastante para preservar a la adolescencia de las escuelas y maestros que puedan inculcarle el aliento malsano de las sectas. Exhortad a los padres, a los directores espirituales, a los párrocos para que insistan, al enseñar la doctrina cristiana, en avisar oportunamente a sus hijos y alumnos de la perversidad de estas sociedades, y que aprendan pronto a precaverse de las fraudulentas y variadas artimañas que suelen emplear sus propagadores para enredar a los hombres. No harían mal los que preparan a los niños para recibir la primera comunión si les aconsejan que hagan el firme propósito de no ligarse nunca con sociedad alguna sin decirlo antes a sus padres o sin consultarlo previamente con su confesor o con su párroco.             


 (26) Pero sabemos muy bien que todos nuestro comunes esfuerzos serán insuficientes para arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor si desde el cielo el dueño de la viña no secunda benignamente nuestros esfuerzos. Es necesario, por tanto, implorar con vehemente deseo un auxilio tan poderoso de Dios que sea adecuado a la extrema necesidad de las circunstancias y a la grandeza del peligro. Levántase insolente y como regocijándose ya de sus triunfos, la masonería. Parece como si no pusiera ya límites a su obstinación. Sus secuaces, unidos todos con un impío consorcio y por una oculta comunidad de propósitos, se ayudan mutuamente y se excitan los unos a los otros para la realización audaz de toda clase de obras pésimas. Tan fiero asalto exige una defensa igual: es necesaria la unión de todos los buenos en una amplísima coalición de acción y de oraciones. Les pedimos, pues, por un lado, que, estrechando las filas, firmes y de acuerdo resistan los ímpetus cada día más violentos de los sectarios; y, por otro lado, que levanten a Dios las manos y le supliquen con grandes gemidos para alcanzar que florezca con nuevo vigor el cristianismo, que goce la Iglesia de la necesaria libertad, que vuelvan al buen camino los descarriados, que cesen por fin los errores a la verdad y los vicios a la virtud. Tomemos como auxiliadora y mediadora a la Virgen María, Madre de Dios. Ella, que vencido a Satanás desde el momento de su concepción, despliegue su poder contra todas las sectas impías, en que se ven revivir claramente la soberbia contumaz, la indómita perfidia y los astutos engaños del demonio. Pongamos por intercesores al Príncipe de los Angeles, San Miguel, vencedor de los enemigos infernales; a San José, esposo de la Virgen Santísima, celestial patrono de la Iglesia católica; a los grandes apóstoles San Pedro y San Pablo, sembradores e invictos defensores de la fe cristiana. Bajo su patrocinio y con la oración perseverante de todos, confiamos que Dios socorrerá oportuna y benignamente al género humano, expuesto a tantos peligros. Y como testimonio de los dones celestiales y de nuestra benevolencia, con el mayor amor os damos in Domino la bendición apostólica a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo todo confiado a vuestro cuidado. 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de abril de 1884, año séptimo de nuestro pontificado.