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jueves, 19 de junio de 2014

FIESTA DE CORPUS CHRISTI


Corpus Christi






Cristo nos representó su santísimo cuerpo bajo la figura de pan y en el N. T. dejando la figura dice de sí mismo: "Yo soy el pan vivo que descendí del cielo." Más adelante continúa: "El pan que yo daré, es mi es mi carne por la vida del mundo."

Este es aquel pan que el ángel trajo a Elías. "Miro Elías y vio junto a su cabeza un pan cocido al rescoldo y un vaso de agua." Por el pan cocido al rescoldo se figura al cuerpo de Cristo, el cual esta velado por los accidentes significados por las cenizas y el vaso de agua significa el misterio de la sangre de Cristo. Pero de Elías se dice que antes de comer de este pan hizo cuatro cosas: “dejar al criado, marchar al desierto, sentarse bajo un enebro y despertar al llamado del ángel. Estas cuatro cosas nos señalan cuatro disposiciones que debemos tener para acercarnos a recibir el Cuerpo de Cristo: huir de los consuelos del mundo, entrar en religión, sujetarse en ella al prelado y tener devoción para con Dios.

a) Ha de huir de los consuelos del mundo.

Porque hallándose, en este Sacramento la plenitud de la consolación espiritual y no comunicándose ésta a los que dan entrada a otro género de consolaciones, síguese necesariamente que quien quiera alcanzarla deberá dejar la delectación carnal. Precisamente a Bersabe vino Elías y Bersabé significa fuente de hartura, palabra que podemos aplicar a N. S., porque en Él se encuentra la plenitud de gracia. Y continua la escritura Santa diciendo: "Dejo allí al criado." Y ¿Qué cosa se significa por este criado sino las cosas de este mundo? Y, efectivamente, quien deja al criado deja las puerilidades mundanales.
    
     b) Entrar en la religión.

Quien desea acercarse dignamente a este Sacramento ha de arreglar su alma según la honestidad de vida, propia del estado religioso, lo cual se significa en las palabras: "Elías marchó al desierto." El desierto, se deriva de la palabra desero, que equivale a dejar, significa el estado religioso, donde se dejan las cosas temporales. Y, en verdad, se deja en este estado las riquezas por el voto de pobreza; los placeres por el voto de castidad; y las honras y dignidades mundanas, por la abnegación de la voluntad propia. Y no hay en el mundo cosa tan prejudicial ni nociva como estas tres concupiscencias. Lo dice claramente San Juan: "Todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de carne, concupiscencia de ojos y soberbia de vida." Y así como por medio de estas tres concupiscencias cautiva el diablo las almas pecadoras, así también mediante ellas mueve guerra contra las almas religiosas.

c) Ha de sujetarse al prelado; y esta es la sumisión que se deja entrever cuando se nos dice que Elías se sentó bajo el enebro. El enebro, como dice San Isidoro, es un arbusto, cuyas cenizas conservan el fuego durante todo el año. ¿Qué es por lo tanto lo que podemos deducir del enebro sino el buen prelado? Por la ceniza del enebro se entiende la humildad del prelado, la cual suele conservar en los corazones de los súbditos el fuego del amor mutuo y el calor de la devoción ferviente.

 d) La devoción para con Dios.
El Ángel despertó a Elías. ¿Qué se entiende por el ángel sino la divina gracia? Porque entonces nos envía Dios algo como a su ángel cuando infunde en nosotros la gracia. Y este ángel nos excita repetidas veces por lo mismo que es propio de la gracia movernos interiormente a progresar constantemente en ella. Siendo cuatro los efectos que se consiguen quien dignamente recibe este sacramento: Nos conforta para la acción, nos eleva a la contemplación, nos dispone para la revelación de las cosas divinas y nos anima y enciende para el desprecio del mundo y para desear los bienes celestiales y eternos. Por esto concluye las Sagradas Escrituras: "Elías confortado con aquella comida, caminó hasta llegar al monte de Dios, vio secretos divinos y se paró a la puerta de la cueva."

En cuanto al primer efecto el Sacramento nos fortalece para la acción que confortada con este manjar celestial camina cuarenta días, en donde el numero cuarenta no resulta sino de la multiplicación de diez por cuatro. Pues por el número diez se entiende el decálogo, al que se reduce todo el Antiguo Testamento y por el numero cuatro todo el Nuevo Testamento. Ahora bien, caminar, fortalecido por aquella comida, equivale a progresar en la vida espiritual durante todo el tiempo de la prueba, lo cual debe regularse por el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El segundo efecto es elevarla a la contemplación lo cual se entenderá mejor con aquel cap. del Exodo: "Moisés apacentaba las ovejas" esta acto designa el ejercicio de la acción, luego añade "Llevo el rebaño al interior del desierto" donde se da a entender que todas las operaciones y afectos se han de reducir a lo interior del corazón. "Llego al monte de Dios" en lo que se expresa la elevación de la mente a las cosas celestiales. Y concluye "Se le apareció el Señor" señalando el momento en que se le comunica al alma el don de la contemplación. Como Uds. ya saben se le apareció el Señor en llama de fuego, cuya propiedad es iluminar y calentar. El alma cuando llega a esta contemplación mediante este Sacramento, no solo el entendimiento se ilumina, sino también la voluntad se inflama con el incendio del amor.

El tercer efecto nos dispone para la revelación de los divinos secretos; por esto se le dijo a Elías: "Sal fuera y ponte sobre el monte delante del Señor; y he aquí que pasa el Señor, y delante del  Señor un viento grande y fuerte  que trastorno los montes y quebranto las piedras; el Señor no está en el viento; y tras el viento un terremoto; el Señor no está el terremoto. Y tras el terremoto un fuego, y el Señor no está en el fuego; y tras el fuego un silbo de un vientecillo suave y allí estaba el Señor." Fue revelado a Elías que el Señor no se encuentra ni en el viento de la soberbia, ni en el estremecimiento de la impaciencia, ni en el fuego de la codicia o de la concupiscencia carnal, sino en el viento suave, o sea, en la tranquilidad de la conciencia pacífica.

El cuarto efecto se produce en nosotros cuando nos mueve a despreciar al mundo y buscar con mayor ahínco los bienes celestiales lo cual se sobreentiende con aquella acción de Elías cuando: "Cubrió su rostro con el manto, y, habiendo salido, paróse a la puerta de la cueva." Ciertamente esto sucede en el alma cuando es llevada o levantada a contemplar lo inmenso de la divina hermosura y lo infinito de la potencia divina, luego se recoge en su propia pequeñez; cubre su rostro con la profunda humildad, sale fuera de la codicia del mundo, se para a la puerta de la cueva, es decir, suspira por la eternidad.  

Pbro. Arturo Vargas Meza

LA IMPORTANCIA DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN


La Santísima Virgen María en nuestros días.

En nuestro tiempo es muy necesario amar a la Santísima Virgen María porque sin este amor no vamos a poder ser guerreros. Las personas con grandes deseos vienen por María. El demonio sabe que el hombre necesita de María. La manera más simple, más barata, más fácil de ganar la vida eterna es a través de María. 
La gran tragedia de hoy es que la gente se está alejando de la Santísimama Virgen María, ya no hablan de Ella, la están desapareciendo. Y si Ella desaparece toda esperanza se pierde. Ella es la respuesta a todos nuestros problemas.

Estamos en una guerra tremenda entre el Cielo y el Infierno. Sólo con María podremos ganar. Nadie más nos dará la victoria. En este mundo en el cual la gran mayoría se está alejando de Ella, el valor de una mirada hacia Nuestra Madre es muy grande, porque ya es raro. Nuestro mundo la desprecia, se aleja de Ella. Ya no es el centro de nuestras vidas. Ella es la respuesta. Es el tiempo de la Santísima Virgen María.
Sin Ella, no podremos permanecer en la verdadera Fe. No hay esperanza de ningún tipo sin  Ella.

Ella es la Medianera de todas las Gracias. Ninguna gracia llega a  nosotros si no pasa por Sus manos. Recordemos que en esta crisis en la que está la Iglesia debemos abrir los ojos y ver la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo quiere que tengamos una fe fuerte. Así que tengamos un gran amor a nuestra Madre. Pidamos que el amor a la Inmaculada, el amor a María esté en nosotros y que se difunda en todo el mundo.

Fr. Joseph Pfeiffer

VIDA DE SAN BENITO POR SAN GREGORIO MAGNO (3a PARTE)



CAPÍTULO VI
DEL HIERRO VUELTO A SU MANGO DESDE EL FONDO DEL AGUA 

En otra ocasión, un godo pobre de espíritu llegó al monasterio para hacerse monje y el hombre de Dios Benito le recibió con sumo gusto. Cierto día mandó darle una herramienta -que por su parecido con la falce llaman falcastro-, para que cortara la maleza de un sitio donde había de plantarse un huerto. El lugar que el godo había recibido para limpiarlo estaba en la misma orilla del lago. Mientras el godo cortaba aquel matorral de zarzas con todas sus fuerzas, se desprendió el hierro del mango y cayó al lago, precisamente en un lugar donde era tanta la profundidad del agua, que no había esperanza alguna de recuperarlo. Perdida ya la herramienta, corrió el godo tembloroso al monje Mauro, le contó lo que le había sucedido e hizo penitencia por su falta. Enseguida, Mauro puso el hecho en conocimiento del siervo de Dios Benito, el cual, enterado del caso, fue al lugar del suceso, tomó el mango de la mano del godo y lo metió en el agua. A1 momento, el hierro subió de lo hondo del lago y se ajustó al mango. Luego entregó la herramienta al godo diciéndole: "Toma, trabaja y no te aflijas más". 

CAPÍTULO VII 

DE UN DISCÍPULO SUYO QUE ANDUVO SOBRE LAS AGUAS 

Un día, mientras el venerable Benito estaba en su celda, el mencionado niño Plácido, monje del santo varón, salió a sacar agua del lago y al sumergir incautamente en el agua la vasija que traía, cayó también él en el agua tras ella. A1 punto le arrebató la corriente arrastrándole casi un tiro de flecha. El hombre de Dios, que estaba en su celda, al instante tuvo conocimiento del hecho. Llamó rápidamente a Mauro y le dijo: 

"Hermano Mauro, corre, porque aquel niño ha caído en el lago y la corriente lo va arrastrando ya lejos". 
Cosa admirable y nunca vista desde el apóstol Pedro; después de pedir y recibir la bendición, marchó Mauro a toda prisa a cumplir la orden de su abad. Y creyendo que caminaba sobre tierra firme, corrió sobre el agua hasta el lugar donde la corriente había arrastrado al niño; le asió por los cabellos y rápidamente regresó a la orilla". Apenas tocó tierra firme, volviendo en sí, miró atrás y vio que había andado sobre las aguas, de modo que lo que nunca creyó poder hacer, lo estaba viendo estupefacto como un hecho. 

Vuelto al abad, le contó lo sucedido. Pero el venerable varón Benito empezó a atribuir el hecho, no a sus propios merecimientos, sino a la obediencia de Mauro. Éste, por el contrario, decía que el prodigio había sido únicamente efecto de su mandato y que él nada tenía que ver con aquel milagro, porque lo había obrado sin darse cuenta. En esta amistosa porfía de mutua humildad, intervino el niño que había sido salvado, diciendo: "Yo, cuando era sacado del agua, veía sobre mi cabeza la melota del abad y estaba creído que era él quien me sacaba del agua". 

PEDRO.- Portentosas son las cosas que cuentas y sin duda alguna serán de edificación para muchos. Yo, por mi parte, te digo que cuantos más milagros conozco de este santo varón, más sed tengo de ellos. 



CAPÍTULO VIII 

DEL PAN ENVENENADO TIRADO LEJOS POR UN CUERVO 

GREGORIO.- Habiéndose ya inflamado aquellos lugares circunvecinos en el amor de nuestro Dios y Señor Jesucristo, muchos empezaron a dejar la vida del siglo y a someter la cerviz de su corazón al suave yugo del Redentor. Pero como es propio de los malos envidiar en los otros el bien de la virtud que ellos no aprecian, el sacerdote de una iglesia vecina llamado Florencio, abuelo de nuestro subdiácono Florencio, instigado por el antiguo enemigo, empezó a tener envidia del celo de tan santo varón, a denigrar su género de vida y a apartar de su trato a cuantos podía. Mas, viendo por una parte que era imposible impedir sus progresos, y por otra, que cada día crecía más la fama de su vida monástica, de manera que eran muchos los que se sentían llamados incesantemente a una vida más perfecta por la fama de su santidad, abrasado más y más en la llama de la envidia se hacía cada vez peor, porque deseaba recibir la alabanza de su vida monástica, pero no quería llevar una vida santa. 

Cegado, pues, por las tinieblas de su envidia, llegó a enviar al siervo de Dios todopoderoso un pan envenenado, como obsequio. Aceptólo el hombre de Dios dándole las gracias, pero no se le ocultó la ponzoña escondida en el pan. A la hora de la comida, solía venir del bosque cercano un cuervo, al que el santo le daba de comer por su propia mano. Habiendo venido como de costumbre, el siervo de Dios echó al cuervo el pan que el sacerdote le había enviado y le ordenó: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo toma 
este pan y arrójalo a un lugar donde no pueda ser hallado por nadie". Entonces el cuervo, abriendo el pico y extendiendo las alas, empezó a revolotear y a graznar alrededor del pan, como diciendo que estaba dispuesto a obedecer, pero no podía cumplir lo mandado. El siervo de Dios le reiteró la orden, diciendo: "Llévatelo, llévatelo sin miedo y échalo donde nadie pueda encontrarlo". Tardó todavía largo rato el cuervo en ejecutar la orden, pero al fin tomó el pan con su pico, levantó el vuelo y se fue. 
A1 cabo de tres horas, habiendo arrojado ya el pan, regresó y recibió el alimento acostumbrado de mano del hombre de Dios. Pero el venerable abad, viendo que el ánimo del sacerdote se enardecía contra su vida dolióse más por él que por sí mismo. Mas, el sobredicho Florencio, ya que no pudo matar el cuerpo del maestro, intentó matar las almas de sus discípulos. Para ello, introdujo en el huerto del monasterio donde vivía, a siete muchachas desnudas, para que allí, ante sus ojos, juntando las manos unas con otras y bailando largo rato delante de ellos, inflamaran sus almas en el fuego de la lascivia. Vio el santo varón desde su celda lo que pasaba y temió mucho la caída de sus discípulos más débiles. Mas, considerando que todo aquello se hacía únicamente con ánimo de perseguirle a él, trató de evitar la ocasión de aquella envidia. Y así, constituyó prepósitos en todos aquellos monasterios que había fundado y tomando consigo unos pocos monjes mudó su lugar de residencia. 

Pero, apenas el hombre de Dios había rechazado, humildemente, el odio de su adversario, cuando Dios todopoderoso castigó terriblemente a su rival. Pues estando dicho sacerdote en la azotea de su casa, alegrándose con la nueva de la partida de Benito, de pronto; permaneciendo inmóvil toda la casa, se derrumbó la terraza donde estaba, y aplastando al enemigo de Benito, lo mató. 

El discípulo del hombre de Dios, Mauro, creyó oportuno hacérselo saber al venerable abad Benito, que aún no se había alejado ni diez millas del lugar, diciéndole: "Regresa, porque el sacerdote que te perseguía ha muerto". Al oír esto el hombre de Dios, prorrumpió en grandes sollozos, no sólo porque su adversario había muerto, sino porque el discípulo se había alegrado de su desastroso fin. Y por eso impuso una penitencia al discípulo, porque al anunciarle lo sucedido se había atrevido a alegrarse de la muerte de su rival. 

PEDRO.- Admirables y sobremanera asombrosas son las cosas que acabas de contar, pues en el agua que manó de la piedra veo a Moisés (Núm 20,11); en el hierro que remontó desde lo profundo del agua, a Elíseo (2Re 6,7); en el andar sobre las aguas, a Pedro (Mt 14,29); en la obediencia del cuervo, a Elías (1 Re 17,6) y en el llanto por la muerte de su enemigo, a David (2Sam 1,2; 18,33). Por todo lo cual, veo que este hombre estaba lleno del espíritu de todos los justos. 

GREGORIO.- Pedro, el hombre de Dios Benito tuvo únicamente el espíritu de Aquel que por la gracia de la redención que nos otorgó, llenó el corazón de todos los elegidos; del cual dice san Juan: era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9), y más abajo: de su plenitud todos hemos recibido (Jn 1,16). Los santos alcanzaron de Dios el poder de hacer milagros, pero no el de comunicar este poder a los demás, pues solamente lo concede a sus discípulos, el que prometió dar a sus enemigos la señal de Jonás (Mt 12,39). En efecto, quiso morir en presencia de los soberbios, pero resucitar ante los humildes, para que aquéllos se dieran cuenta de quién habían condenado, y éstos, a quién debían 
amar con veneración. En virtud de este misterio, mientras los soberbios contemplaron al que habían despreciado con una muerte infame, los humildes recibieron la gloria de su poder sobre la muerte. 

PEDRO.- Dime ahora, por favor, a qué lugares emigró el santo varón y si obró milagros en ellos. 

GREGORIO.- El santo varón, al emigrar a otra parte, cambió de lugar, pero no de enemigo. Ya que después hubo de librar combates tanto más difíciles, cuanto que tuvo que luchar abiertamente contra el maestro de la maldad en persona. El fuerte llamado Casino está situado en la ladera de una alta montaña, que le acoge en su falda como un gran seno, y luego continúa elevándose hasta tres millas de altura, levantando su cumbre hacia el cielo. Hubo allí un templo antiquísimo, en el que según las costumbres de los antiguos paganos, el pueblo necio e ignorante daba culto a Apolo. A su alrededor había también bosques consagrados al culto de los demonios, donde todavía en aquel tiempo una multitud enloquecida de paganos ofrecía sacrificios sacrílegos. Cuando llegó allí el hombre de Dios, destrozó el ídolo, echó por tierra el ara y taló los 
bosques. Y en el mismo templo de Apolo construyó un oratorio en honor de san Martín, y donde había estado el altar de Apolo edificó un oratorio a san Juan. Además, con su predicación atraía a la fe a las gentes que habitaban en las cercanías. 

Pero he aquí que el antiguo enemigo, no pudiendo sufrir estas cosas en silencio, se aparecía a los ojos del abad, no veladamente o en sueños, sino visiblemente, y con grandes clamores se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa. Los hermanos, aunque oían su voz, no veían su figura. Pero el venerable abad contaba a sus discípulos cómo el antiguo enemigo se aparecía a sus ojos corporales horrible y envuelto en fuego y le amenazaba echando fuego por la boca y por los ojos. 
En efecto, todos oían lo que decía, porque primero le llamaba por su nombre, y como el hombre de Dios no le respondía nada, enseguida prorrumpía en ultrajes. Pues cuando gritaba: "¡Benito, Benito!", y veía que éste nada respondía, a continuación añadía: "¡Maldito y no bendito! ¿Qué tienes contra mí? ¿Por qué me persigues?". 
Pero veamos ahora los nuevos embates del antiguo enemigo contra el siervo de Dios, a quien incitó presentándole batalla, pero, muy a pesar suyo, con ello no hizo más que proporcionarle ocasiones de nuevas victorias. 



 CAPITULO IX 

DE UNA ENORME PIEDRA LEVANTADA POR SU ORACIÓN

Un día, mientras estaban trabajando en la construcción de su propio monasterio, los monjes decidieron poner en el edificio una piedra que había en el centro del terreno. A1 no poderla remover dos o tres monjes a la vez, se les juntaron otros para ayudarlos, pero la piedra permaneció inamovible como si tuviera raíces en la tierra. 
Comprendieron entonces claramente que el antiguo enemigo en persona estaba sentado sobre ella, puesto que los brazos de tantos hombres no eran suficientes para removerla. 

Ante la dificultad, enviaron a llamar al hombre de Dios para que viniera y con su oración ahuyentara al enemigo, y así poder luego levantar la piedra. Vino enseguida, oró e impartió la bendición, y al punto pudieron levantar la piedra con tanta rapidez, como si nunca hubiera tenido peso alguno. 

CAPÍTULO X 

EL INCENDIO IMAGINARIO DE LA COCINA 

Entonces los monjes empezaron a cavar allí la tierra delante del siervo de Dios, y ahondando más el hoyo encontraron un ídolo de bronce, que por el momento guardaron en la cocina. Pero de pronto, vieron salir fuego de la misma y creyendo que iba a quemarse todo el edificio, corrieron a apagar el fuego. Mas hicieron tanto ruido al arrojar el agua, que acudió también allí el hombre de Dios. Y al comprobar que aquel fuego existía sólo ante los ojos de sus monjes, pero no ante los suyos, inclinó la cabeza en actitud de oración. Y al punto, a los monjes, que vio que eran víctimas de la ilusión de un fuego ficticio, hizo volver a la visión real de las cosas, diciéndoles que hicieran caso omiso de aquellas llamas que había simulado el antiguo enemigo y que comprobaran cómo el edificio de la cocina estaba intacto. 

CAPÍTULO XI 

DEL MONJE JOVEN APLASTADO POR UNA PARED Y SANADO 
En otra ocasión, mientras los monjes estaban levantando una pared, porque así convenía, el hombre de Dios se hallaba en el recinto de su celda entregado a la oración. Apareciósele el antiguo enemigo insultándole y diciéndole que se iba al lugar donde los monjes estaban trabajando. Comunicolo rápidamente el hombre de Dios a los monjes, por medio de un enviado, diciéndoles: "Hermanos, id con cuidado, porque ahora mismo va a vosotros el espíritu del mal". Apenas había acabado de hablar el enviado, cuando el maligno espíritu derrumbó la pared que levantaban, y atrapando entre las ruinas a un monje joven, hijo de un curial, lo aplastó. Consternados todos y profundamente afligidos, no por el daño ocasionado a la pared, sino por el quebrantamiento del hermano, se apresuraron a anunciárselo al venerable Benito con gran llanto. El abad mandó que le trajeran al muchacho destrozado, cosa que no pudieron hacer sino envolviéndole en una manta, ya que las piedras de la pared le habían triturado no sólo las carnes sino hasta los huesos. El hombre 
de Dios ordenó enseguida que lo dejasen en su celda sobre el psiathium -es decir, sobre la estera-, donde él solía orar; y despidiendo a los monjes, cerró la puerta de la celda y se puso a orar con más intensidad que nunca. ¡Cosa admirable! Al punto se levantó curado aquel monje y tan sano como antes. Y el santo envió de nuevo a acabar la pared a aquel monje con cuya muerte el antiguo enemigo había creído insultar a Benito. 

martes, 17 de junio de 2014

VIDA Y OBRAS DE MONSEÑOR LEFEBVRE (Continuación de su biografía)


Un temperamento equilibrado

Chrietiane es una excelente testigo para conocer y definir el carácter del adolescente: “El buen Dios-decía ella- había dotado a Marcel de un temperamento equilibrado y apacible dentro de una fortaleza de alma poco común. Con su hermano René era el animador de la “banda de los cinco” Mamá solía decir que poco y nada debía ocuparse de los juegos de los cinco mayores: ellos mismos sabían organizarlos juntos. Había mucho entusiasmo y alegría entre nosotros y, por supuesto, nuestros hermanos mayores- futuros misioneros- los que dirigían a la pequeña banda.”

René tomaba la iniciativa, mientras que Marcel era sobre todo un organizador. En el verano de 1920 preparo la excursión de los hermanos y hermanas desde bagnoles-de-ÍOrne hasta el monte Saint Michel. El joven tenía también el don de captar los acentos provinciales, como el conserje de la fábrica, quien apreciaba las breves visitas de Marcel y después cuando regresaba a casa, se ponía a hablar en un dialecto muy típico del conserje. Marcel contrastaba con la hermana mayor, Jeanne que era cuidadosa de la perfección, pero fácilmente moralizadora. “Marcel también era perfecto- comentaba Christinane- pero muy distendido, trasmitía paz, bastaba verlo para sentirse feliz, con una facilidad que tenia para esas replicas bromistas que te alegraban.”

Sentido práctico y juicio destacado.

El carácter servicial de Marcel era unánimemente elogiado por su familia. En casa se las ingeniaba para hacer más fácil el trabajo de las sirvientas. Aceptaba de buena gana leer un fragmento de la vida de los santos, mientras que su hermano mayor lo hacía bastante mal. Además le gustaba acompañar a su abuelo Eugene Lefebvre quien tenía una especial debilidad por él: “Mi nieto tenía el don de adivinar el origen del vino tan solo por el aroma, decía el abuelo”. Sin embargo lo que le seducía de él era sobre todo la caridad sencilla pero efectiva del adolescente.

A estas cualidades del corazón, se le unía una inteligencia abierta a todos los conocimientos: alimentada por una perseverante dedicación que lo orientaba preferentemente Asia las cosas prácticas.

Después de la guerra de 1919, Marcel decidió que ya no era necesario iluminar las habitaciones con las grandes lámparas de aceite. Y así, durante las vacaciones, leía con avidez  un libro de electricidad y luego, con sus amigo y vecino Robert Leputre, se puso a conectar todos los cables en el primer y segundo piso de la casa, previendo todas las necesidades. No bien termino el trabajo, hicieron lo mismo en casa de su amigo.

También adquirió la habilidad para tallar la madera, esto a los 18 años, y con esta habilidad hizo varios objetos, uno de ellos un enorme pedestal esculpido para una imagen de la Virgen. Tampoco le faltaba el sentido comercial, se encargaba de las gallinas y de los conejos y le cobraba a su madre los huevos que recolectaba en el gallinero y con ese dinero pudo comprarse una bicicleta que le permitían hacer todos los encargos que le pidiesen, sobre todo visitar a sus pobres. “de dos de los hermanos, René se mantenía fácilmente a la cabeza de su clase y brillaba mas por la vivacidad de su inteligencia. Marcel, que se encontraba más bien entre los segundones, destacaba más por la claridad de su juicio. Así, cuando se fue al seminario, mamá me hizo esta reflexión: “Me pregunto como la casa podrá seguir su vida sin Marcel” su partida fue una de las más duras, decía Christiane”

LA GRAN DECISION.

Una decisión madura.

La señora Lefebvre tuvo una premonición sobre el futuro de Marcel, pero se abstuvo muy bien de compartirla con su hijo y de influir en la decisión de su hijo. Probablemente Asia el verano de 1919, cuando la sotana del hermano mayor impresiono a la familia y todos se pusieron a hablar de este tema, Marcel se sintió movido a declarar su vocación a sus padres: _ ¡Me gustaría ser sacerdote!
Apenas tres semanas de su entrada en el Seminario de Roma, René, entusiasmado, le escribió a Marcel: “Solo te pido una cosa, y es que te puedas reunir aquí conmigo dentro de tres años. Disfrutaras de la alegría que no pueden darse en otras partes, ni en el mundo ni en ningún otro seminario de Francia, creo yo. Roma y el Seminario Francés son dos gracias que debemos pedir a Dios”

Así sintió Marcel crecer su deseo del sacerdocio. Pero cuando en la clase de último curso, al acercarse las vacaciones de semana Santa, oyó que el Padre Deconinck les advertía a sus alumnos: “¡Ojo!, durante estas vacaciones deben tomar una decisión sobre su futuro”, se quedo perplejo. ¿Cómo decidir por sí mismo algo tan serio? Su director espiritual, el Padre Desmarchelir, quería que la vocación se dejara oír directamente en el alma, sin que el director ayudase con algún consejo. Marcel, en cambio, esperaba la inspiración de su director como viniendo del Espíritu Santo, y por ese lado no llegaba nada. Durante esas vacaciones le confió a su hermana menor Christiane sus dudas y reflexiones:

_Creo que no seré sacerdote. Me parece una locura pensar en hacerme sacerdote. Así que hare como San Francisco: quiero ser santo, me haré religioso, pero no puedo pensar en ser sacerdote.

_ no puedes quedarte con esa indecisión, le respondió su hermana, ¿Por qué no haces unos días de retiro? A ciertas horas se sentía atraído por la vida austera de los trapenses, cerca de Sant Omer estaba la abadía benedictina de Wisquez, seguramente frecuentada por su padre en otro tiempo, cuando era alumno interno en Boulogne.

_ ¡Vete a Wisquez, le aconsejaron sus padres, el Padre hospedero se encarga de esclarecer a los ejercitantes.

Marcel opto por ir a Wisquez y, a su regreso, toda la familia tenía la misma pregunta en los labios:

_Bueno ¿Qué dice el Padre hospedero?

_pensó que no tengo vocación para ser benedictino porque me atrae el apostolado.

Pero esto no le bastaba al joven; le hacía falta una indicación positiva. En Poperinghe, Bélgica, se hallaba la Trapa de San Sixto de Westvleteren, donde se encontraba como familiar de un tío de su padre, Alban Théry. “Iba a verlo, contaba, y esa vida me atraía mucho, incluso me habría quedado allí como hermano. Me parecían tan admirables esos hermanos, tan cerca de Dios… en su sencillez y candor reflejan una felicidad celestial.”

Seguramente no habría que pensar más…Pero, en dicha abadía, se encontraba un monje conocido por su santidad y don de profecía, el Padre Alphonse. “Me gustaría ir a Poperinghe, dijo Marcel,  y hablar con el Padre Alphonse.”

Tomo su bicicleta, llego a la trapa, saludo al tío Alban y solicito hablar con el Padre Alphonse y aconteció que antes de entrar al locutorio, incluso antes de preguntar, el Padre le dijo: “Usted será sacerdote…Ud. Debe ser sacerdote.” Esta vez ya no había dudas.


¡TU IRAS A ROMA!

Yo no veía clara mi ida a Roma, diría más tarde Monseñor Lefebvre, no era un gran intelectual y  debía estudiar los cursos en latín… Ir hasta allá, y luego la Universidad Gregoriana y pasar exámenes difíciles. Hubiera preferido quedarme, como los seminaristas de mi diócesis, en el Seminario de Lille y convertirme en un simple párroco rural. Así me veía, siendo como un padre, el padre espiritual de una población a la cual uno se consagra para inculcarles la fe y las costumbres cristianas. Ese era mi ideal.

_Me gustaría quedarme en la diócesis, le dijo Marcel a su padre, y puesto que quiero trabajar en la diócesis, no vale la pena que me vaya a Roma.

_ ¡No, no no, no! Tú iras con tu hermano. Tú hermano esta en Roma, así que tu iras con tu hermano; de ninguna manera te vas a quedar aquí, en la diócesis; además la diócesis…

Don René ya desconfiaba un poco, y por eso resolvió una vez más; “No no, Roma, será mejor.

“Así es como la providencia ha guiado mi vida, a cusa de la guerra. De no haber estallado la guerra, es evidente que mi hermano no hubiera hecho sus estudios en Versalles; habría entrado directamente con los misioneros, ya que sentía una vocación misionera. Pero en Versalles estaba el Padre Collin, que lo oriento Asia Roma..Si no, yo mismo hubiera ingresado en el Seminario de Lille, nunca habría ido a Roma; y eso habría cambiado completamente mi existencia, decía Monseñor.”
“¡Tú iras a Roma!” fue la decisión tajante del Sr. Lefebvre había sido tomada. Marcel no intento discutirla, por respeto a su padre; en su casa, el Sr. Lefebvre era la cabeza pensante.








sábado, 14 de junio de 2014

LOS "CATOLICOS" LIBERALES Y EL ESPIRITU LIBERAL





“Si nos alejamos de esta gente, es absolutamente de la
misma manera que con las personas que tienen el SIDA. No se
tiene deseo de atraparlo. Ahora bien, tienen el SIDA espiritual,
enfermedades contagiosas. Si se quiere guardar la salud, es
necesario no ir con ellos”.

¡Sí!, el liberalismo y el modernismo se introdujeron en el
Concilio y dentro de la Iglesia. Son ideas revolucionarias; y la
Revolución, que se encontraba en la sociedad civil, pasó a la
Iglesia.”

(Extractos de la conferencia dada por S. Exc. Mgr Lefebvre,
Ecône el 9 de septiembre de 1988, después del Retiro
sacerdotal. Fuente: Fideliter N° 66. Noviembre-diciembre de
1988).


LIBERALISMO:
EL PEOR ENEMIGO DE LA IGLESIA
(Mons. Marcel Lefebvre)

Dos corrientes se combaten al interior del Catolicismo desde hace dos siglos. Después de la Revolución francesa algunos quisieron acomodarse con los principios revolucionarios y componer con los enemigos de la Iglesia; otros rehusaron este arreglo, teniendo en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo nos advirtió: "Quien no está Conmigo está contra Mí". Por consiguiente, si se está por el reinado de Jesucristo, se está contra sus enemigos. No es posible de otra forma. Para pactar, los primeros pretendieron que se podía dejar de hablar de Nuestro Señor a pesar de continuar amándole. Más los Papas, hasta el Concilio Vaticano II, desaprobaron a éstos.

JESUCRISTO ÚNICO REY, ÚNICO DIOS
Nuestro Señor es nuestro Rey, nuestro Dios. Debe, pues, reinar y no solo en privado sobre nuestras personas sino sobre nuestras familias, aldeas, y por doquier. Por otro lado, quiérase o no, Él será un día nuestro juez. Cuando vendrá sobre las nubes a juzgar el mundo entero, todos los hombres estarán postrados de rodillas: budistas, musulmanes, todos. No hay, en efecto, varios dioses, sino uno solo, como lo cantamos en el Gloria: "Tu solus sanctus, Tu solus altissimus Jesu Christe". Él descendió de los Cielos para salvarnos, es Él que reina en el Cielo; lo veremos cuando muramos.

DIVISIÓN DE LOS CATÓLICOS: LOS "CATOLICOSLIBERALES"

Con la Revolución francesa se declaró una verdadera división, la que, por otra parte, tuvo su inicio ya con los protestantes. Toda una clase de intelectuales se sublevó contra Nuestro Señor, en un auténtico complot diabólico contra su reino del que no se quería oír más. Esos toleraban que Le honrásemos en nuestras capillas y sacristías, pero en forma alguna al exterior. No se debía hablar más de Nuestro Señor en los tribunales, la escuela, los hospitales, en una palabra, en ninguna parte. Más Nuestro Señor tiene el derecho de reinar sobre todo, y en los países católicos es el Amo. Y nosotros debemos tratar de hacerlos reinar lo más posible, de convertir a aquellos que no le conocen y no le aman todavía, a fin de que éstos lleguen a ser también sus súbditos, y que reconozcan a su Maestro, en el Cielo.

Así, desde la Revolución francesa, los católicos se dividieron entre los que aceptaban honrar a Nuestro Señor en las familias y parroquias, pero no en la vida pública, y en aquellos que, al contrario, querían que Nuestro Señor reine en todos lados. Los primeros, para justificar el silencio sobre Nuestro Señor en la sociedad, se apoyaron sobre la libertad de creer y de no creer.

Pero esto no es así; uno no es libre de creer lo que quiere. Nuestro Señor dijo "El que creerá será salvado, el que no creerá será condenado". Por supuesto, se puede usar mal de esta libertad, pero entonces se desobedece alejándose de Dios. Moralmente uno no es libre: se debe honrar a nuestro Señor y seguir su enseñanza.




LOS PAPAS CONDENAN A LOS LIBERALES

He aquí aquellos que se llamó liberales, porque estaban por la libertad, dejando a cada uno el derecho de pensar lo que quería según su conciencia. Pero los Papas han condenado siempre ese liberalismo, afirmando en alta voz que no hay más libertad de conciencia que la de hacer el bien y evitar el mal. Por supuesto se puede desobedecer. Un niño puede desobedecer a sus padres, pero ¿tiene derecho a eso? Evidentemente no. Es lo mismo en la religión. Cierto, existen personas que desobedecen, pero hay que tratar de convertirlos y de llevarlos a obedecer a nuestro Señor, el Dios verdadero que nos juzgará a todos. Esa corriente liberal fue desarrollada por católicos como Lamennais que era sacerdote; de allí la división en el propio seno de la Iglesia. Pero papas tales como Pío IX, León XIII; San Pío X, Pío XI, y Pío XII, han condenado siempre a esos liberales como los peores enemigos de la Iglesia, dado que alejaban a las gentes, las familias y los Estados de Nuestro Señor Jesucristo.

Cuando Nuestro Señor no está más presente en las escuelas, hospitales, tribunales y gobiernos, cuando está ausente del ambiente público, es la apostasía y el ateísmo. En efecto, se toma el hábito de no pensar más en Nuestro Señor, ya que no se lo ve en ninguna parte, y poco a poco este olvido se difunde y se introduce en las familias.

¿Cuáles son actualmente, para dar un ejemplo, los restaurantes y hoteles donde se halla la Cruz de Nuestro Señor? Por mi parte viajo mucho, y no he hallado sino en Austria un hermoso crucifijo en algunos restaurantes y una bella imagen de la Santísima Virgen en la habitación del hotel. En otra parte esto se terminó. Antes no había casa sin crucifijo. Hoy, hasta buenoscatólicos tienen miedo de colocar una en su casa, por temor de la reacción de aquellos que no aman la Religión cristiana. Ved a lo que se llega alejando suavemente a Nuestro Señor.

LOS ENEMIGOS EN EL INTERIOR DE LA IGLESIA

Al comenzar el siglo, San Pío X decía que ahora los enemigos de la Iglesia no están solamente en el exterior sino también en el interior. Con esto quería señalar esos católicos que no querían más la realeza pública de Nuestro Señor.

Pero eso no es todo. Dado que había hasta en los seminarios profesores modernistas, que querían adaptarse al mundo moderno, con su rechazo de nuestro Señor y su apostasía, San Pío X exigió que se los apartase de los seminarios, para que no influyan sobre los seminaristas que, una vez sacerdotes, difundirían a su turno las malas doctrinas. Y San Pío X tenían razón, pues es lo que ocurrió. Los obispos no quisieron prestar atención y suavemente esas ideas fueron introducidas en los seminarios, luego en el clero y finalmente en todos lados. Al nombre de la libertad, se dejó de hablar de Nuestro Señor y fue la apostasía.

En 1926, hace pues más de sesenta años, me encontraba en el seminario en Roma, bajo Pío XI, quien, él también, combatía y condenaba a los sacerdotes favorables al laicismo. En este año tuvo lugar en Roma una semana contra el liberalismo, y se presentaron dos pequeños libros: "Libéralisme et Catholicisme" del R.P. Roussel y "Le Christ Roi des Nations" del R.P. Philippe.

He aquí la introducción del primero:

"Queremos que Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor de los hombres, reine no sólo sobre el individuo, sino sobre las familias, pequeñas y grandes, sobre las naciones y sobre el orden social entero; este es el pensamiento que nos une especialmente esta semana. Este reinado social, de Jesús Rey, reinado legítimo en sí, necesario para nosotros, no tiene adversario más temible, por su astucia, su tenacidad y su influencia, que el liberalismo moderno".

¿Cuáles son, pues, los orígenes de este liberalismo, sus manifestaciones principales, su desarrollo lógico? ¿Cómo calificarlo y refutarlo? Tales son las cuestiones que trata el libro del R.P. Roussel con su respuesta; un libro muy interesante que damos a todos nuestros seminaristas para que estén al corriente de esos errores modernos. El liberalismo, el laicismo, la secularización y la ausencia de sumisión pública a Nuestro Señor se han difundido a pesar de los Papas, porque los obispos y los sacerdotes no los escucharon lo suficiente.

El segundo pequeño libro editado, con ocasión de esa semana contra el liberalismo, en Roma, es: "Catechisme des droits divins dans L'ordre social", conocido bajo el título "Le Christ Roi des Nations" del R.P. Philippe, redentorista. Veamos el prefacio:
"Bajo pretexto de seguir las solas luces de la conciencia, se tomó el hábito de abandonar a la libre disposición de ésta el cumplimiento de todos los deberes: los derechos de la verdad y especialmente, los de la Verdad suprema son pisoteados. Nuestro catecismo pide un gran acto de fé, el acto de fe en Dios y en Jesucristo que ejerce su autoridad. Los pueblos deben saber que, en todas las relaciones de hombre a hombre, en todo lo que constituye la intimidad de una nación, dependen de Dios y de Jesucristo".
Todo esto ocurrió en 1926. Entonces los sacerdotes resistían aprestándose para luchar contra la apostasía invasora y para defender a Nuestro Señor, contra la secularización y la laicización de todas las instituciones. León XIII en su incíclica Humanun genus describió que los francmasones tienen por fin descristianizar todo, especialmente las instituciones, y que quieren quitar y expulsar a Nuestro Señor de todos lados. Todo esto se desarrolló pues a pesar de los Papas, y así se llegó al Concilio Vaticano II.

LA PREPARACIÓN DEL CONCILIO: LOS OBISPOS LIBERALES

Ahí también fue la división, en el seno mismo de la Iglesia. Esos liberales que no quieren que se hable más de Nuestro Señor en la sociedad, que, al contrario, quieren la libertad de todas las religiones y de todos los sistemas de pensamiento, crearon una oposición entre las cardenales y esto desde la preparación del concilio.
La Santa Sede había instituido unas comisiones a la cabeza de las cuales se elevaba la "Comisión central preparatoria del Concilio". Sesionó de 1960 a 1962 y estaba integrado de setenta cardenales y una veintena de arzobispos y obispos, y si me encontraba allí era por ser presidente de la Asamblea de arzobispos y obispos de la África occidental francesa. El Papa Juan XXIII presidía, con frecuencia, nuestras reuniones.
Fue como un campo de batalla, hay que decirlo. ¿Quién ganaría? ¿Los liberales o los auténticos católicos que estaban con todos los Papas en su condena al liberalismo? Por un lado unos querían que la Iglesia declarase su tesis sobre la libertad, la neutralidad de las sociedades y la ausencia de Nuestro Señor Jesucristo de la vida pública. Por otro, hubo vivas reacciones contrarias. ¿Nosotros católicos no tendríamos el derecho de tener nuestros Estados católicos para no chocar con las religiones musulmana, budista o protestante? ¿Y esto bajo el pretexto de no hacerles agravio, cuando ellos nos lo hacen categórica y públicamente?
En los Estados protestantes, por ejemplo, se es protestante oficialmente. El cantón de Vaud inscribió en su constitución que el protestantismo es religión de Estado. Así es igualmente para Suecia, Noruega, Inglaterra y Dinamarca, y públicamente la religión protestante es la única reconocida por el Estado.
LOS LIBERALES SUPRIMEN LOS ESTADOS CATÓLICOS
¿Entonces no tendríamos el derecho de tener nosotros también nuestros Estados católicos? El Estado del Valais era católico un 90 %. Como los liberales ganaron en el Concilio, y dominan ahora en Roma, pidieron a Mons. Adams (a quien conocí bien y que era un buen amigo), por intermedio del nuncio en Berna, de acabar con el Estado católico del Valais. La constitución valdense enunciaba, en efecto, que la Religión católica era la única religión reconocida públicamente por el Estado. Esto era, en definitiva, afirmar que Nuestro Señor Jesucristo era el Rey del Valais. Y Mons. Adam, todo lo favorable que fuese la Tradición, él que había combatido
durante el concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor, escribió una carta a todos sus fieles para que el Estado de Valais cambiase su constitución y se convierta oficialmente en neutra.
Me informé y se me contestó que eso venía del nuncio. Fui pues a encontrarlo a Berna y él que había combatido durante el Concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor, escribió una carta a todos sus fieles para que el Estado de Valais cambiase su constitución y se convierta oficialmente en neutra.
Me informé y se me contestó que eso venía del nuncio. Fui pues a encontrarlo a Berna y él me confirmó que Mons. Adam había escrito por orden suya.
- ¿Y no tiene Usted, vergüenza de pedir que Nuestro Señor Jesucristo no reine más el Valais?
- (El Nuncio) Oh, pero ahora esto no es más posible. Usted comprende no es más posible.
- ¿Y los protestantes? Vaya Usted, pedirles de dejar de reconocer su protestantismo como religión oficial en el cantón de Vaud y o en Dinamarca. ¿Y nosotros católicos, no tenemos, acaso, el derecho de tener Estados en los cuales la Religión católica es la única reconocida públicamente?
- (El nuncio) Ah, eso no es más posible. - ¿Qué hace Usted de la magnífica encíclica Quas primas donde Pío XI recuerda que Nuestro Señor Jesucristo debe reinar sobre todos los Estados y sobre todas las naciones?
- (El nuncio) Oh, el Papa no lo escribiría ahora.
Ah, esto como ejemplo. Esta encíclica fue escrita en 1925 por Pío XI para recordar a todos los obispos la doctrina sobre el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, y he aquí ahora obispos hacen exactamente lo contrario. Y es lo que desgraciadamente aconteció: oficialmente el Estado del Valais no es más un Estado católico. La Iglesia sólo sigue reconocida al mismo nivel que cualquier asociación privada, como las otras religiones, que tienen el derecho de organizarse en el Valais (Suiza).
EL CARDENAL BEA PORTAVOZ DE LOS LIBERALES
¿Cómo ocurrió esto? Un día el cardenal Ottaviani y el cardenal Bea nos trajeron dos fascículos que valían su peso en oro. Estos dos fascículos delimitaron los campos en la Iglesia: uno es de la Revolución francesa y el otro de la Tradición católica. Uno es el del cardenal Bea, liberal, el otro el del cardenal Ottaviani, prefecto de la Comisión.
En su documento el cardenal Ottaviani habla de la "tolerancia religiosa". Es decir, si hay otras religiones en los Estados católicos, se los tolera, pero no se les concede las mismas libertades que a la Iglesia, del mismo modo que se toleran los pecados y los errores, dado que no se puede expurgar todo. En una sociedad hace falta una cierta tolerancia, pero esto no quiere decir que se apruebe el mal.
Cuando llegó el momento para el cardenal Ottaviani de presentar su documento a la Comisión central preparatoria del Concilio, documento que no hacía más que retomar la doctrina enseñada siempre por la Iglesia católica, el cardenal Bea se irguió diciendo que se oponía. El cardenal Ruffini, de Sicilia, intervino para detener ese pequeño escándalo de dos cardenales que se enfrentaban así con violencia ante todos los otros. Pidió referir a la autoridad superior, es decir al Papa que ese día no presidía la sesión. Pero el cardenal Bea dijo, no, quiero que se vote para saber quién está conmigo y quién con el cardenal Ottaviani.
Se procedió, pues, a votar. Los setenta cardenales, los obispos y los cuatro superiores de órdenes religiosas que estaban allí se dividieron más o menos por mitades. Prácticamente todos los cardenales de origen latino: italianos, españoles y sudamericanos, estaban por el cardenal Ottaviani. El contrario los cardenales norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses estaban por el cardenal Bea. Así se halló una Iglesia dividida sobre un tema fundamental de su doctrina: La realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Era la última sesión, y uno se podía preguntar lo que iba a acontecer con ese Concilio si ya la mitad de los setenta cardenales eran favorables a la tolerancia religiosa del cardenal Ottaviani y la otra mitad favorable a la libertad religiosa del cardenal Bea que se basaba en la Revolución francesa y la Declaración de los derechos del hombre. Y bien, en el Concilio también hubo lucha, y hay que reconocer que son los liberales los que se impusieron. ¡Qué escándalo! Así llegó esa nueva religión, que desciende más de la Revolución francesa que de la Tradición católica, ese famoso ecumenismo donde todas las religiones están en pie de igualdad. Ahora Ustedes, pueden comprender la situación actual, esta se deriva de los liberales en el Concilio.
Hubo, sin embargo, oposiciones violentas, pero como el Papa tomó parte prácticamente por la libertad, son los liberales que tomaron los puestos en Roma y los ocupan aún.
Me opuse a esto con Mons. Sigaud, Mons. de Castro Mayer y muchos otros miembros del Concilio. Porque no se puede admitir que Nuestro Señor sea destronado. La Iglesia está fundada sobre el principio que exige la realeza de Nuestro Señor sobre la tierra del mismo modo que en el Cielo. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo. ¡Sí, que la voluntad del Señor sea hecha por doquier y no solamente en las familias!. Pero ahora que el liberalismo reina en Roma, aquel que nuestros autores de 1926 calificaban como de el peor enemigo de la Iglesia, asistimos a la demolición de la Iglesia.
Hay una auténtica ruptura. Más nosotros permanecemos en comunión con todos los Papas hasta el Concilio, mientras que el cardenal Bea no da referencia alguna en su documento. Él no podía remitirse a ningún Papa, dado que su doctrina es nueva y ésta siempre fue condenada por los Sumos Pontífices. En el folleto del Cardenal Ottaviani hay más páginas de referencia que de texto, referencias a los Papas, a los concilios, a toda la doctrina de la Iglesia. La tolerancia religiosa está realmente en la continuidad de la Tradición. La Fe en la Iglesia fue siempre predicar la verdad y tolerar el error, ya que no puede hacer de otro modo, pero esforzándose en ser misionera, reducir el error y atraer a la verdad. La Iglesia no afirmó jamás que se tenía el derecho tanto de estar en el error como en la verdad, que había igual derecho de ser budista que católico. Esto no es posible, o la Religión católica no es más la única verdadera. Es una catástrofe fundamental para la Iglesia. Hemos vivido ese combate en el Concilio y lo vivimos todavía.
CONSECUENCIAS DE LA NEUTRALIDAD
Una vez que el Estado deja de tener religión, y que la Iglesia exige que todas las religiones sean admitidas, las puertas están abiertas. Y se asiste a una invasión inverosímil. Moon, adventistas, testigos de Jehová, a tal punto que hasta los obispos se han reunido en Sudamérica para constatar la gravedad de la situación. Unos hablan de cuarenta millones, y otros de sesenta millones de católicos que han pasado a las sectas desde 1968; por consiguiente, desde el Concilio. He aquí la terrible consecuencia de la posición del cardenal Bea: la apostasía de millones y millones de católicos. Y se constata la misma cosa por doquier, como en Francia, donde se ve de más en más católicos pasarse al Islam, a las sectas o a las logias masónicas. Es la apostasía general, es por eso que resistimos, pero las autoridades romanas quieren que aceptemos esto. Cuando discutí con ellas en Roma, querían que yo conozca la libertad religiosa como el cardenal Bea. Pero les dije, no, no puedo. Mi fe es la del cardenal Ottaviani fiel a todos los Papas y no esta doctrina nueva y perpetuamente condenada.
He aquí lo que constituye nuestra oposición y es la razón por la cual no existe posibilidad de entenderse. Y no es tanto la cuestión de la Misa, dado que la Misa es precisamente una de las consecuencias del hecho que quiso acercarse al protestantismo y, por ende, transformar el culto, los sacramentos, el catecismo, etc...
EL FUNDAMENTO DE NUESTRA POSICIÓN
La verdadera oposición fundamental es el reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Opportet Illum regnare, nos dice San Pablo. Ellos dicen, no, nosotros decimos, sí, con todos los Papas. Nuestro Señor no vino para estar escondido en el interior de las casas sin salir de éstas. ¿Por qué se han hecho masacrar los misioneros? Para predicar que Nuestro Señor Jesucristo es el único Dios verdadero, para decir a los paganos que se conviertan. Entonces los paganos han querido hacerlos desaparecer, pero ellos no han dudado en dar su vida para continuar predicando a Nuestro Señor Jesucristo.
¿Habrá que hacer ahora lo contrario, decir a los paganos: "vuestra religión es buena, conservadla siempre que seáis buenos budistas, buenos musulmanes, o buenos paganos"? ¡He aquí la razón de nuestra desinteligencia! Nosotros obedecemos a Nuestro Señor que dijo a los Apóstoles "Id a enseñar el Evangelio hasta los confines de la tierra".
No hay que extrañarse que no lleguemos a entendernos con Roma. Esto no será posible hasta que Roma no vuelva a la fe en el reino de Nuestro Señor Jesucristo, hasta que deje de dar la impresión de que todas las religiones son buenas. Nos enfrentamos con ellos sobre un punto de la Fe católica, como se han enfrentado el cardenal Bea y el cardenal Ottaviani, y como se han enfrentado todo los Papas con el liberalismo. Es la misma cosa, la misma corriente, las mismas ideas y las mismas divisiones en el interior de la Iglesia.
Antes del Concilio los Papas y Roma sostenían la Tradición contra el liberalismo, mientras ahora los liberales ocuparon el lugar. Evidentemente éstos están contra los tradicionalistas y, por consiguiente, somos perseguidos. Pero estamos tranquilos porque estamos en comunión con todos los Papas desde Nuestro Señor y los Apóstoles. Guardamos su Fe y no vamos a pasarnos ahora a la fe revolucionaria en la Declaración de los derechos del hombre. No queremos ser hijos de 1789, sino hijos de Nuestro Señor e hijos del Evangelio.
Los representantes de la Iglesia católica dicen: cada uno es libre y se puede colocar a todas las religiones juntas para rezar como en Asís. ¡Eso es una abominación! El día en el que el Señor se enoje no será cosa de risa. Pues si Nuestro Señor castigó a los judíos, como lo hizo, es porque estos habían rehusado creen en Él. Anunció que Jerusalén sería destruida y lo fue, y el templo nunca fue reconstruido desde aquel entonces. Bien podría decir lo mismo ahora cuando todos sus pastores están contra Él, ya que no quieren creer más en su realeza universal.
Hay que seguir apegado a la doctrina de la Iglesia. Permaneced apegados a Nuestro Señor que es todo para nosotros. Él es el Amo que nos juzgará como juzgará a todo el mundo. Luego, hay que rezar para que su reino llegue, aún cuando se deba ser perseguido.
Por más extraordinario que pueda parecer, he aquí la situación de hoy. No soy yo quien la inventé. ¿Por qué me he hallado casi sólo contra ese liberalismo al que son favorables la mayoría de los obispos, hasta de Roma? Es un gran misterio. Siendo, como antes, fiel a todo lo que han dicho los Papas, uno se halla casi solo.
Lo principal es estar con Nuestro Señor, aún cuando haya que estar solo. Si se está con toda la enseñanza de la Iglesia de veinte siglos, no se tiene miedo. ¿No hay que hacerse problemas, verdad? ¡Confiad en la Providencia! Dios que conoce el futuro, restablecerá todas las cosas un día, dado que la iglesia no puede quedar indefinidamente en esta situación.
Confiemos en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor y no nos acobardemos ni nos deprimamos, ya que continuamos la Iglesia. Permanezcamos en paz. ¡Que Dios os bendiga!
+ Mons. MARCEL LEFEBVRE
Arzobispo
De su conferencia en Sierre, Suiza, 27 de noviembre de 1988