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sábado, 19 de abril de 2014

NUESTRA SEÑORA CONDENA LA MASONERIA (Don Luigi Villa)





Sermon de las siete palabras de Ntro.Señor. (Pbro. Hugo Ruiz)


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MUERTE EN LA CRUZ



Es el suplicio de la cruz uno de los más espantosos que inventó el ingenio del hombre para vengar la justicia ultrajada. La palabra griega “stauros”, lo mismo que la latina “crux, significa un palo, estaca o poste plantado en tierra, el cual podía ser sustituído por un árbol. El uso que de él se hacía para castigar a los criminales era diferente.  En el Génesis dice José que dentro de tres días el Rey mandara quitarle la cabeza y colgar su cuerpo de un árbol para ser pasto de las aves (40-19), Josué hizo colgar de un  árbol al rey de Hai, dejándolo allí hasta la tarde (8-19). Lo mismo hizo con los cinco reyes después de darles muerte (10-26), y antes de él lo mismo hizo Moisés con los príncipes prevaricadores  de Baal-Fogor (Num. 25,4). Tal es la pena que establece el Deuteronomio para los reos de muerte.

Parece que fueron los fenicios los que agravaron esta pena, colgando vivos a los reos y dejándolos así  hasta que muriesen en medio de sus dolores y fuesen luego devorados  por las aves y las fieras. 

Durante el asedio de Tiro por Alejandro, este castigó con esta pena a 2000 tirios. Los griegos no la aplicaban sino en casos como ese; en cambio, la emplearon desde antiguo los romanos. Era el suplicio de los delitos que el derecho consideraba como mas graves: la sedición, el vandalismo, la piratería, la deslealtad de los siervos para con sus amos, la traición, etc. 
Los ciudadanos romanos estaban exentos de esta pena, y Cicerón pondera la crueldad de Verres en haberla aplicado en Sicilia a individuos que gozaban de ser ciudadanos romanos. 

En las provincias romanas se aplicaba esta pena con más frecuencia que en Roma, Flavio Josefo nos cuenta los millares de judíos que la sufrieron en las sediciones  que precedieron  a la guerra del 70 y durante esta guerra. En las ciudades, la salida de estas aparecían cubiertas de postes derechos preparados para la ocurrencia de la crucifixión. Así la vista de los condenados debía ser escarmiento a los demás. 

Cuando uno era condenado a este suplicio, empezaban por administrarle la pena dura de la flagelación, que a Jesús Pilato, porque ya antes de la sentencia se la había mandado dar para calmar la furia de los judíos (Luc. 23,22). Luego de azotado, le cargaban el travesaño de la cruz sobre los hombros y, dándole más azotes, entre la algarabía de las turbas, que se gozaban de estos espectáculos, era conducido el reo al lugar del suplicio, precedidos del heraldo que llevaba con el nombre del reo y el delito por el cual había sido condenado.

 De aquí que toma Jesús la imagen de tomar la cruz y seguirle (Mat. 10,38), llegado allí, se le desnudaba, dejando sus vestidos a los cuatro soldados encargados de la ejecución. El poste, clavado en tierra, tenía en la parte baja el subpedaneum, un taco de madera  que servía de apoyo a los pies. A media altura otro, sobre el cual el reo venía a quedar a horcajadas. Todo esto para ayudar a sostener el cuerpo del pobre reo, a quien la gravedad inclinaría hacia el suelo. 

Los textos históricos de que disponemos no están claros sobre el modo como los soldados levantaban en alto al reo para clavarle con cuatro gruesos clavos, dos en las manos y dos en los pies. Sobre la cabeza colocaban el cartel con el nombre del reo y la causa de su condenación. Parece que entre los judíos, que no gustaban tanto del desnudo como los griegos y romanos, se consentía cubrir con un paño las partes naturales. Así mismo se administraba al condenado una bebida de vino con mirra, a modo de anestésico, para que no sintiera tanto los dolores. De este modo, enclavado en la cruz, quedaba el pobre reo, guardado por los soldados hasta que moría, y su agonía podía prolongarse varios días. Por eso Pilatos se admiro de que Jesús hubiera muerto tan pronto. 

Ya muerto, era abandonado en la cruz para que las fieras y las aves de rapiña lo consumiesen, a no ser que el juez hubiera concedido a la familia o amigos del reo para que le diesen sepultura. Cuando por algún motivo se quería que los reos acabasen más pronto., se les quebraban las piernas, con lo que se desangraban en seguida y acababan su triste vida. También esto debía ser usual en Judea, a causa del precepto del Deuteronomio (21,23)

Era este suplicio no solo terrible por los dolores y la duración, sino también sumamente afrentoso, ya que no se aplicaba sino a los grandes criminales y a las personas de baja condición. Por lo cual San Pablo que conocía bien esto, dice de Jesús que “se humilló, hecho obediente, hasta la muerte, y muerte de Cruz”. (Phil. 2,8) Y en la epístola a los Hebreos se dice que “soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia” (12,2) De aquí nació el juicio que judíos y gentiles formaban del Evangelio, que les ofrecía como objeto de fé y de adoración un Dios crucificado. Era esto para los griegos una locura, y un escándalo para los judíos ((1 Cor. 1,23) San Pablo dice a los judaizantes que se aferraban  a la circuncisión y a la ley para tener que soportar el escándalo de la cruz de Cristo (Gal.5,11; c.12).

 Este escándalo debía ser también el que inclinaba a muchos herejes al docetismo y a decir que la crucifixión había sido solo aparente,  o que Simón de Cirene había ocupado en la cruz el lugar de Jesús.

Santo Tomas tenía especial devoción por la pasión de Jesucristo, y el Señor le había concedido una inteligencia grande de sus misterios, que él gustaba de explicar, sea al pueblo en sus sermones,  sea a los doctos en sus comentarios del Nuevo Testamento, he aquí sus propias palabras sobre el tema que estamos tratando:

“Por muchos motivos fue convenientísimo que Cristo padeciera muerte de cruz;
Primero, para ejemplo de virtud, pues dice San Agustín. “La sabiduría de Dios tomó la naturaleza humana para ejemplo de vida recta. Pertenece a esta recta vida el no temer  a lo que no es de temer. Hay hombres que, si bien no temen la muerte, pero se espantan ante cierto género de muerte. Pues, para que ningún género de muerte infundiera temor a los hombre que llevaban una vida buena la muerte de cruz de aquel Hombre, pues nada había entre todos los géneros de muerte mas execrable y horrendo  que este género de muerte”.

Segundo porque este género de muerte era el más conveniente para satisfacer  por el pecado del primer hombre, que consintió en comer del fruto prohibido por el mandato de Dios. Por esto fue conveniente que Cristo, para satisfacer por aquel pecado, tolerase ser clavado en el madero, según las palabras del Salmo: “Lo que no arrebate lo tuve que pagar”. Por donde dice San Agustín en un sermón de la pasión: “Despreció Adán el precepto tomando la fruta del árbol, pero cuanto Adán perdió, Cristo lo encontró en la Cruz”.

Tercero, porque al decir de San Crisóstomo, “en un alto madero padeció y no bajo un techo, para que el aire mismo fuera purificado. Pero la tierra recibía también semejante beneficio al ser purificada por la sangre que corría del costado”. Y sobre las palabras de San Juan: “Es preciso que sea levantado el Hijo del hombre”. Dice: “Al oír ser levantado, entiende ser colgado en alto, para que santificase el aire quien había santificado la tierra caminando por ella”.

Cuarto, porque muriendo en la cruz nos prepara la subida al cielo, según dice San Crisóstomo. Porque esto dice el mismo Salvador: “Si yo fuese levantado de la tierra, todo lo atraeré a mi”.

Quinto, porque así convenía a la universal salvación de todo el mundo. Por donde San Gregorio dice que “la figura de la cruz desde un centro único irradia a los cuatro extremos, significando la virtud y la providencia  de Aquel que en ella pendía de la cruz, extendida las manos, para atraer con la una al pueblo de la ley antigua y con la otra a los gentiles”.

Sexto, porque con este género de muerte se designan diversas virtudes. Y así dice San Agustín: “No en vano eligió tal género de muerte, para mostrarse, como dice el Apóstol, maestro de la latitud, y de la altura, y de la longitud, y de la profundidad. Pues la latitud, en aquel patíbulo, es el travesaño que se fija en la parte superior, y significa las buenas obras porque en él se extienden las manos. La longitud, en aquel trozo que se prolonga hasta la tierra, y en ella esta, en cierto modo, firme, es decir, persiste, persevera lo que se atribuye  a la longanimidad. La alteza se halla en aquella parte que desde el centro se prolonga hacia arriba, hacia la cabeza del crucificado, y significa la suprema expectación de los que viven en la esperanza. Aquella parte que se oculta bajo la tierra y esta fija en ella, de donde todo lo demás se levanta, significa la profundidad de la gracia gratuita”. Y como dice San Agustín: “el madero en el que están fijos los miembros del paciente es también la cátedra del maestro que enseña”.

Séptimo, porque este género de muerte responde a muchas figuras. Pues como dice San Agustín, del diluvio de muchas aguas libró el arca lignea al género humano; al retirarse de Egipto el pueblo de Dios, dividió Moisés con la vara el mar y, echando por tierra el poder del Faraón, rescató al pueblo de Dios; el mismo Moisés echo un leño en el agua y de amarga la volvió dulce; con la vara de madera hizo brotar de la roca espiritual la onda saludable; y para que Amelec fuera vencido, Moisés extendió las manos enfrente de la vara; y la ley de Dios es depositada en un arca de madera, para que por todas estas figuras, como por ciertos grados, vengamos al madero de la cruz.


miércoles, 16 de abril de 2014

EL EXTRAÑO PONTIFICADO DE FRANCISCO (Miles Christi) 2a Parte



II. La cuestión del judaísmo. La primera carta oficial de Francisco, enviada el mismo día de su elección, fue dirigida al gran rabino de Roma. Hecho por demás sorprendente. La primera carta de su pontificado ¡enviada a los judíos ! Acaso esta decisión habrá obedecido a un imperativo evangelizador apremiante, a saber, una proclamación inequívoca del Evangelio, destinada a curarlos de su tremenda ceguera espiritual, una solemne invitación a que reconozcan por fin a Jesús de Nazareth como a su Mesías y Salvador…Pues nada de eso. 

Francisco evoca la « protección del Altísimo », fórmula convencional y vacía de contenido, destinada a ocultar las divergencias teológicas insalvables que separan a la Iglesia de la Sinagoga, para que sus relaciones avancen « en un espíritu de ayuda mutua y al servicio de un mundo cada vez más en armonía con la voluntad de su Creador. » Hay dos preguntas que un lector prevenido no puede dejar de formularse. 

La primera es la siguiente : ¿Cómo puede concebirse una « ayuda mutua » con un enemigo que no tiene sino un objetivo en mente, a saber, la desaparición del cristianismo, y esto desde hace casi dos mil años ? ¿En qué cabeza puede caber el absurdo según el cual los judíos desearían « ayudar » a la Iglesia, fundada según ellos por un impostor, por un falso mesías, el cual constituye el principal obstáculo al advenimiento del que ellos aguardan, y a propósito del cual Nuestro Señor les advirtió : « Yo he venido en nombre de mi Padre y vosotros no me habéis recibido ; otro vendrá en su nombre y vosotros lo recibiréis. » (Jn., 5, 43) Terrible profecía que San Jerónimo comenta diciendo que « los judíos, tras haber despreciado la verdad en persona, aceptarán la mentira aceptando al Anticristo » (Epist. 151, ad Algasiam, quest. II) y San Ambrosio que « eso muestra que los judíos, quienes no quisieron creer en Jesucristo, creerán en el Anticristo. » (in Psalmo XLIII) Ahora que el obstáculo político encarnado por la Cristiandad ha sido suprimido por la oleada revolucionaria asistimos a la supresión progresiva del obstáculo religioso, a saber, el papado, alcanzado desde hace más de cincuenta años por el virus de la modernidad revolucionaria. 

Ese obstáculo a la manifestación del « hombre de iniquidad », ese misterioso katejon del que habla San Pablo (2 Tes. 2,7), que retarda su venida y que no es otro que el poder espiritual romano, es decir, el papado, según la tradición exegética. Es tan sólo cuando ese obstáculo haya sido removido que « se revelará el impío. » (2 Tes. 2, 8)

La penetración de las ideas revolucionarias en Roma no es en absoluto una cuestión de fantasías complotistas ni el resultado de una imaginación desbocada: quienes trabajaron activamente para realizar el aggiornamento de la Iglesia, esto es, con miras a su adaptación al mundo moderno, lo que ha sido el objetivo principal del Concilio Vaticano II, su « línea directora » (Pablo VI, Ecclesiam Suam, 1964, n°52), no tienen empacho en admitirlo. Así el cardenal Suenens no se anduvo con rodeos : « Vaticano II, es 1789 en la Iglesia » (citado por Mons. Lefebvre, Ils l’ont découronné, Clovis, 2009, p. 10), aseveró quien fuera una de las figuras más relevantes del último concilio y uno de los cuatro moderadores nombrados por Pablo VI. El padre Ives Congar (o.p.), nombrado por Juan XXIII en 1960 consultor de la Comisión Teológica Preparatoria y luego, en 1962, experto oficial en el concilio, en el cual fuera también miembro de la citada Comisión Teológica, a sido sin duda alguna el teólogo más influyente de la asamblea conciliar, junto al jesuita Karl Rahner. El famoso dominico declaró, refiriéndose a la colegialidad episcopal, que en el Concilio « la Iglesia había efectuado pacíficamente su Revolución de Octubre » (Vatican II. Le concile au jour le jour, deuxième session, Cerf, p. 115), reconoció que la declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa dice « materialmente otra cosa que el Syllabus de 1864, incluso aproximadamente lo contrario » (La crise dans l’Eglise et Mgr. Lefebvre, Cerf, 1976, p. 51) y admitió que en ese texto, en el cual había trabajado, « se trataba de mostrar que el tema de la libertad religiosa se hallaba presente en la Escritura. Pero no lo estaba. » (Eric Vatré, La droite du Père, Guy Trédaniel Editeur, 1995, p. 118).

Y según el cardenal Ratzinger « el problema del concilio fue el de asimilar los mejores valores de dos siglos de cultura liberal. Son valores que, aunque surgidos fuera de la Iglesia, pueden hallar un sitio –purificados y corregidos- en su visión del mundo y eso es lo que sucedió » (Jesus, nov. 1984, p. 72), quien tampoco vacila en afirmar, a propósito de la constitución pastoral Gaudium et Spes sobre las relaciones de la Iglesia con el mundo moderno, que se puede considerar ese texto como un « anti-Syllabus, en la medida en que representa un intento de reconciliación de la Iglesia con el mundo tal cual se ha vuelto desde 1789. » (Les principes de la théologie catholique, Téqui, 1987, p. 427) La segunda pregunta que se plantea a propósito de la carta enviada por Francisco al gran rabino de Roma es la siguiente : ¿Cómo puede concebirse que una religión falsa (el judaísmo talmúdico, corrupción del judaísmo vetero-testamentario), estructurada en base al rechazo, a la condena y al odio de Jesucristo, pueda estar « al servicio de un mundo cada día más en armonía con la voluntad del Creador » ? Tamaño absurdo exime de comentarios…Mas se encuentra naturalmente en perfecta consonancia con la modificación de la plegaria por los judíos del Viernes Santo, que Juan XXIII se apresuró a efectuar en marzo de 1959, apenas cuatro meses después de su elección, suprimiendo los términos « perfidis » y « perfidiam » aplicados a los judíos, y que sería luego suprimida definitivamente del nuevo misal aprobado por Pablo VI en abril de 1969 y promulgado en 1970. 

He aquí la nueva plegaria que en él figura : « Oremos por los judíos, a quienes Dios habló en primer lugar : que progresen en el amor de su Nombre y en la fidelidad a su Alianza. » Plegaria a propósito de la cual cabría efectuar varias observaciones : 1. No se menciona la necesidad de su conversión a Jesucristo. 2. El término « alianza » insinúa que la « antigua » aún tendría vigor. 3. Todo « progreso » en el amor de alguien implica un amor ya presente ; ahora bien, ¿cómo podrían « progresar » en el amor del Padre si niegan al Hijo ? 4. ¿Y cómo podrían « progresar » en la « fidelidad a su alianza » si se obstinan en rechazar a Jesucristo sacerdote perfecto y cordero sin tacha, que ha sellado una Nueva Alianza entre Dios y los hombres al inmolarse en la Cruz ? La conclusión cae de su peso : nos encontramos ante una nueva teología que marca una ruptura de fondo con la que había tenido curso en la Iglesia desde sus orígenes hasta Vaticano II y que la antigua plegaria por la conversión de los judíos, eliminada de la liturgia latina, expresaba de manera luminosa : « Oremos igualmente por los judíos, que no han querido creer (perfidis judaeis), a fin de que Dios nuestro Señor quite el velo de sus corazones y que conozcan, ellos también, a Jesucristo nuestro Señor (…) Dios eterno y todopoderoso, que no rehúsas tampoco tu misericordia a la infidelidad judía (judaicam perfidiam), escucha las oraciones que te dirigimos por este pueblo enceguecido ; haz que conozcan la luz de la verdad, que es Jesucristo, para que sean liberados de sus tinieblas. » El contraste con la nueva plegaria es pasmoso, tanto como lo es con el discurso de Juan Pablo II en la sinagoga de Roma en abril de 1986, en el cual alaba la « legítima pluralidad religiosa » y afirma que hay que esforzarse en « suprimir toda forma de prejuicio (…) a fin de presentar la verdadera cara de los judíos y del judaísmo. » « Prejuicio » que la antigua plegaria del Viernes Santo expresaba de manera cabal, lo que explica ciertamente su desaparición de la nueva liturgia…Pero no se puede negar que esto sea harto problemático, pues según reza el célebre adagio del siglo V atribuido al papa San Celestino I : lex orandi, lex credendi, la ley de la oración determina la ley de la creencia, es decir que, modificando el contenido de la oración, puede modificarse a la vez el contenido de la Fe. 

Y lo acontecido en el siglo XVI a raíz de las innovaciones litúrgicas de Lutero en Alemania y de Cranmer en Inglaterra basta para demostrarlo. Desgraciadamente, el episodio de la carta enviada por Francisco al rabino de Roma en el día de su elección no habría de quedar en eso. En efecto, doce días más tarde Francisco reincidió enviando una segunda carta al rabino, esta vez con motivo de la pascua judía, dirigiéndole sus « felicitaciones más fervientes por la gran fiesta de Pesaj. » Lo que no deja de suscitar una pregunta insoslayable : desde una perspectiva católica, ¿cuál puede ser la naturaleza de esas « felicitaciones » con motivo de una celebración en la que se ultraja a Jesucristo, único y verdadero Cordero Pascual inmolado en la Cruz en redención de nuestros pecados ? Porque tales « felicitaciones » no pueden sino confortar a los judíos en su ceguera espiritual y por tanto mantenerlos alejados de su Mesías y Salvador, lo cual es cuando menos paradójico viniendo de parte de un soberano pontífice…El cual prosigue diciendo : « Que el Todopoderoso que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo hacia la tierra prometida continúe liberándolos de todo mal y acompañándolos de su bendición. » Palabras embarazosas en grado sumo, dado que manifiestamente Dios no los ha liberado aún de todo mal, puesto que no existe mal mayor que el de ser considerados « enemigos del Evangelio » (Rom. 11, 28) y formar parte de la « Sinagoga de Satán » (Ap. 3, 9) ¿Cómo concebir que Dios pueda continuar « acompañándolos de su bendición », cuando ellos continúan rechazando con obstinación a Aquel que El ha enviado ? 

Deseo precisar aquí, para evitar cualquier tipo de malentendido, que de ningún modo ataco a los judíos de manera personal, ya que no me caben dudas de que los hay excelentes personas y que profesan sus creencias con toda buena fe. Al referirme a los judíos entiendo situarme en el plano de los principios teológicos, el único que es pertinente en esta cuestión. Y en ese terreno se comprueba una enemistad irreductible entre la Iglesia, que busca establecer el reino de Jesucristo en la sociedad, y el judaísmo talmúdico, el cual, habiéndose estructurado en oposición a Jesucristo y a la Iglesia, busca obstaculizar su misión evangelizadora, en total coherencia con su teología, que no le permite ver en Jesús de Nazareth más que a un impostor y a un blasfemador, a un falso mesías que impide la venida del verdadero, el que ellos aguardan ansiosamente con vistas a restaurar el reino de Israel y a regir las naciones desde Jerusalén convertida en la capital de su reino mesiánico mundial. No se trata pues en absoluto de « racismo » ni de un pretendido « antisemitismo » conceptualmente absurdo, según la raída cantinela que no cesan de entonar cuando alguien se atreve a abordar el tema, al unísono y a voz en cuello, los creadores de opinión mediáticos, auténtica policía ideológica del sistema mundialista, para desviar la atención del verdadero problema que plantea el judaísmo talmúdico y sionista, cuya índole es estrictamente teológica, aunque de él se sigan necesariamente consecuencias políticas, económicas y culturales. 

Hecha esta aclaración, volvamos a la carta de Francisco, quien concluye diciendo : « Les pido que recen por mí, y les garantizo mi oración por ustedes, con la confianza de poder profundizar los lazos de estima y de amistad recíproca. » Nos es forzoso constatar que aquí llegamos al colmo en el ámbito de lo absurdo. En efecto, ¿cómo es posible imaginar que la oración de quienes están, según San Juan, bajo el imperio de Satán, podría ser atendida por Dios ? Y en buena lógica, si los judíos aceptaran rezar por el papa, cosa inimaginable considerando que su misión se opone diametralmente a la suya, se verían obligados a pedir su apostasía del cristianismo y su conversión al judaísmo. Es decir que Francisco implícitamente les estaría pidiendo nada menos que rezaran por él para que pudiera rechazar a Cristo, ¡tal como lo hacen ellos! A decir verdad, si esta cuestión no revistiese una gravedad inaudita, estaríamos ante un gag desopilante por sus incongruentes y grotescas implicaciones. Y esto sin mencionar los lazos de « amistad recíproca » que Francisco evoca al final de su mensaje, ya que la incoherencia de esta expresión no es menos flagrante que la de la anterior. 

Expliquémonos : Un amigo es un alter ego, un otro yo, de lo que se sigue que la verdadera amistad no es viable si los amigos no poseen una correspondencia de pensamientos, de sentimientos y de objetivos que vuelva posible la comunión de las almas. Ahora bien, los pensamientos y la acción de la Iglesia y de la Sinagoga son, como ya lo hemos dicho, diametralmente opuestos, sus proyectos son incompatibles, la oposición que existe entre ellas es radical, de suerte que, hasta tanto los judíos no hayan aceptado a Cristo como a su Mesías y Salvador, le enemistad entre ambas permanecerá irreductible, por razones teológicas evidentes, del mismo modo que lo son la luz y las tinieblas, Dios y Satán, Cristo y el Anticristo… Con este tipo de deseos entramos de plano en el terreno de la utopía, de la sensiblería humanista, de la negación de la realidad y, sobretodo, en la falsificación del lenguaje y en la perversión de los conceptos : nos encontramos de lleno en la esfera de la ilusión, de la manipulación intelectual y de la mentira. Mentira de la cual sabemos fehacientemente quien es el padre… Monseñor Jorge Mario Bergoglio, cuando era arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina, tenía ya la muy peculiar costumbre de acudir regularmente a sinagogas para participar en encuentros ecuménicos, el último de los cuales no remonta más allá del 12 de diciembre de 2012, apenas tres meses antes de su elección pontifical, con motivo de la celebración de Hanukkah, la fiesta de las luces, en la cual se enciende cada tarde una vela en un candelabro de nueve brazos durante ocho días consecutivos, liturgia cuyo significado es, desde un punto de vista espiritual, la expansión del culto judío. El cardenal Bergoglio participó activamente en la ceremonia del quinto día, encendiendo la vela correspondiente.


De más está decir que evento semejante no se había producido jamás en la historia de la Iglesia. Y que constituye un hecho altamente perturbador. Aunque no menos inquietante resulta ser el hecho de que este tipo de gestos escandalosos pasen completamente desapercibidos para la inmensa mayoría de los católicos, profundamente aletargados, imbuídos hasta la médula del pensamiento revolucionario que socava la Fe y debilita el sensus fidei de los creyentes, compenetrados de la ideología pluralista, humanista, ecuménica, democrática y derecho-humanista que sus pastores les inculcan sin cesar desde hace más de medio siglo, ideología que es totalmente extranjera al depósito de la Revelación y que se ha vuelto el leitmotiv de los discursos oficiales de la jerarquía eclesiástica desde Vaticano II. Para concluir este apartado, he aquí un pequeño extracto de lo que Francisco decía a los judíos en otra sinagoga de Buenos Aires, Bnei Tikva Slijot, en septiembre de 2007, durante su participación a la ceremonia de Rosh Hashanah, el año nuevo hebreo : « Hoy, en esta sinagoga, tomamos nuevamente conciencia de ser pueblo en camino (???) y nos ponemos en presencia de Dios. Hacemos un alto en nuestro camino para mirar a Dios y dejarnos contemplar por El. » ¿Qué interpretación podrá atribuirse al « nosotros » empleado por Francisco ? ¿Qué realidad querrá designar utilizando la palabra « Dios » ? En todo caso, habida cuenta del contexto, no podría designar a Dios Padre, pues sino está claro que los judíos no rechazarían al Hijo. En efecto, Nuestro Señor les dijo : « Si Dios fuese vuestro Padre, me amaríais, porque es de Dios que he salido y que vengo (…) Vosotros tenéis por padre al Demonio, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre (…) El que es de Dios escucha las palabras de Dios. Vosotros no escucháis porque no sois de Dios. » (Jn. 8, 42-47) Hecho de lo más sorprendente, durante su extenso discurso pronunciado en esa sinagoga de la capital argentina, quien en ese entonces no era « sino » Monseñor Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina, no se dignó a pronunciar ni siquiera una vez el Santo Nombre de Jesús…

Continuará..

ORACION AL ESPÍRITU SANTO (San Agustin)



“Recordemos el caso de un niño de 5 años el cual, habiendo oído una explicación sobre las palabras de Jesús relativas al Espíritu Santo, dijo días más tarde: El Espíritu Santo es la fuerza para ser bueno. Y hay que pedirlo a Dios porque si no, no podemos ser buenos.


Imposible sintetizar con mayor profundidad y sencillez la más alta doctrina de la vida espiritual. El Divino Padre le hizo comprender a ese pequeño lo que esconde como dijo Jesús, a muchos tenidos por sabios y prudentes”. 





¡Oh Divino Amor, oh Lazo sagrado que unís al Padre y al Hijo, Espíritu Todopoderoso, fiel consolador de los afligidos, penetrad en los abismos de mi corazón!

Haced brillar en él vuestra esplendorosa luz. Esparcid ahí vuestro dulce rocío a fin de hacer cesar su grande aridez.


Enviad los rayos celestiales de vuestro amor hasta el santuario de mi alma, para que penetrando en ella, enciendan llamas ardientes que consuman todas mis debilidades, mis negligencias y mis languideces.


Venid, pues, venid, dulce Consolador de las almas desoladas, refugio en los peligros y protector en la miseria.


Venid Vos que laváis a las almas de sus manchas y que curáis sus llagas.


Venid, Fuerza del débil, Apoyo del que cae.

Venid, Doctor de los humildes y vencedor de los orgullosos. Venid, Padre de los huérfanos, Esperanza de los pobres, Tesoro de los que están en la indigencia.


Venid, Estrella de los navegantes, Puerto seguro de los que naufragan.


Venid, Fuerza de los vivientes, y salud de los que van a  morir.Venid, Oh Espíritu Santo, venid y tened piedad de mí.


Haced a mi alma sencilla, dócil y fiel, y compadeceos de  mi debilidad con tanta bondad, que mi pequeñez encuentre gracia ante vuestra grandeza infinita, mi impotencia la encuentre ante vuestra fuerza, y mis ofensas la encuentren ante la multitud de vuestras misericordias.


Por Nuestro Señor Jesucristo mi Salvador. Así sea.


sábado, 12 de abril de 2014

EFICACIA DE LA PASION DE CRISTO. (CONTINUACION)



EFICACIA DE LA PASION DE CRISTO


¿Cómo se realiza esto en la pasión de Cristo? Volviendo al principio antes indicado, debemos ver en Jesús la divinidad y la humanidad. La primera es la causa de la salud humana; la humanidad, la instrumental, o el instrumento, las dos eficientes, pero subordinadas, puesto que el instrumento no obra si no es movido sin la causa principal, como por ejemplo la pluma por el que escribe. Pero la principal, todo cuanto hace, lo hace valiéndose del instrumento. De otro modo no sería causa principal, sino causa única. La aplicación de esta doctrina a estas cosas divinas suele tener sus dificultades, puesto que solo por analogía se pueden aplicar las doctrinas humanas a la declaración de los misterios divinos. Por eso no es extraño que no concuerden la sentencia de los teólogos que aquí propone el aquinatense. Vamos hacerlo apoyándonos en sus palabras. Hay en Cristo dos naturalezas, la divina y la humana, siendo la humana el instrumento de la divina; aquella obra (la humana), sufre y muere por la salud del mundo; pero sus obras, sufrimientos y muerte reciben la virtud de obrar la salud humana de la naturaleza divina. La flaqueza humana se hace fuerte por la virtud de la divinidad.

Cuando el alma fiel, movida por la gracia,  se une a la pasión y muerte de Cristo mediante la fe, la divinidad obra comunicándole los frutos de la pasión y muerte de Cristo, que son frutos de la salvación. “La pasión de Cristo, aun siendo corporal, posee, sin embargo, virtud espiritual, derivada de la divinidad, a la que está unida. Y así, por el contacto espiritual alcanza su eficacia, a saber por la fe y los sacramentos de la fe". Según aquella palabra del Apóstol a los Romanos: “A quien (Cristo) ha puesto Dios como sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre” (3,15).

 Es este un misterio demasiado divino para que lo alcance la razón humana. Por esto, los teólogos protestantes, que pretenden medir las cosas divinas por la pequeñez de la razón, reducen la eficacia de la redención de Cristo a una causa moral, el ejemplo de abnegación, de sacrificio, de entrega a Dios Padre, que en su vida y en su pasión nos dejo. Muy diferente es el sentir de Santo Tomas, interprete fiel de la verdad católica.



MARIA MADRE CORREDENTORA

Esta cuestión exige para su complemento un breve apéndice sobre la parte que a la Virgen María corresponde en esta obra de la salvación humana, ya que es común apellidar a María Corredentora y universal mediadora. Lo de Corredentora parece referirse a la obra de Jesucristo en su vida y pasión; la mediación, a la distribución de su gracia a las almas en el curso de la historia hasta el fin de los siglos. Para ver como esto conviene a María, es preciso sentar algunos principios indispensables para la recta solución de una verdad que se halla tan gravada en el corazón de los fieles y que la teología mariana toma muy a pecho en estudiar y definir.


Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, es el único en quien puso Dios la salud del mundo. El, a su vez, ofreció a la justicia divina una satisfacción plenísima por los pecados; El nos mereció de rigurosa justicia el perdón de los pecados, la gracia de Dios, el don de la filiación divina y la gloria eterna; El es la cabeza del cuerpo místico, que es la Iglesia, y nadie puede alcanzar de Dios la menor gracia que no sea por su mediación. Tal es la doctrina cristiana, la enseñanza fundamental de la fe.


Pero este Hijo de Dios, para venir a ser Hijo del hombre, nació de madre virgen, que el mismo escogió tal y como a Él le plugo, y, en consideración a sus propios merecimientos, la preservo del pecado original, la enriqueció plenamente de todo género de gracia y se la incorporo a la obre que El venia a cumplir en la tierra. Y como El había de cumplir esa obra con su vida, pasión  y muerte, así la Madre, incorporada a esa vida, pasión y muerte, viviese la suya con su Hijo por los mismos fines que El, la salud del mundo. Este último punto pertenece a la enseñanza actual de magisterio de la Iglesia, mientras que los precedentes son otros tantos dogmas de fe. Pues, siendo la Virgen santa exenta de todo pecado, ofreció sus obras, sus plegarias, sus dolores, por las intenciones de su Hijo, o sea, por la salud del mundo, y esta ofrenda fue gratísima a Dios, mereciendo ella por su parte de condigno- al decir de los teólogos- lo que para el Hijo merecía por la suya de rigurosa justicia.


Para entender mejor esta intimidad de vida conviene recordad un episodio evangélico y señalar su hondo sentido. Jesucristo, desde el primer instante de su ser natural humano, conoció plenamente y hasta en sus ínfimos detalles su destino; por consiguiente, en su vida, su pasión y su muerte. Desde entonces se abrazo con todo esto y así vivió llevando siempre la cruz ante sus ojos. Pues, para que la Madre se asemejase al hijo y viviera unida a Él en la cruz, en anciano Simeón, ilustrado por el Espíritu Santo, anuncio a María el triste destino de su Hijo y la parte que ella tendría en ese destino: “Puesto esta para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción, y una espada traspasara tu corazón para que se descubran los pensamientos de muchos" (Luc. 2,34s). Estas palabras dictadas por el Espíritu Santo, fueron recibidas por quien gozaba de abundantísima luz para entenderlas en su más hondo sentido, siendo esta inteligencia causa continua de dolor, hasta ver realizado en el Calvario el sentido pleno de aquella profecía. En esto la Madre, como Abraham, ofreció en el altar de su corazón, el sacrificio de su Hijo, asociándose íntimamente a la oblación de Jesús. Tal ofrenda de María fue en los ojos del Padre celestial sumamente grata, y por ello mereció también de su parte lo que el Hijo, con mayor derecho, merecía de la suya.

De esta suerte quedo la Madre incorporada a la obra redentora del Hijo, cooperando a ella en la medida que su condición de pura criatura le permitía, pero también con la eficacia que le daba su dignidad de Madre de Dios y la riqueza de su gracia y santidad. Tal es la razón de su título de Corredentora y mediadora.



Pues como en los planes del Padre Eterno se incluía la exaltación del Hijo sobre las demás criaturas en premio de su obediencia hasta la muerte de cruz, no de otro modo está incluida la exaltación de la Madre. En premio de su compasión, es decir, en su intima asociación  a la obediencia del hijo, fue también ensalzada sobre las demás criaturas, y recibió el glorioso titulo de Señora, acatada por los ángeles y santos del cielo, por los hombres de la tierra y por los demonios del infierno. La Sagrada Escritura no nos dice nada de la vida de María después de la venida del Espíritu Santo, sin embargo, la piedad de la Iglesia, desde los primeros siglos reconoció la exaltación de la bienaventurada Virgen, o sea su asunción a los cielos, como una consecuencia necesaria de su asociación a la obra de su Hijo. Por esto S. S. Pio XII definió solemnemente como dogma de fe divina que María, “acabado el curso de su peregrinación terrestre, fue llevada en cuerpo y alma al cielo”

Si la Madre del Salvador, como corredentora, tuvo, en virtud de la unión con su Hijo, tanta parte en la obra de la salud y mereció de condigno lo que Jesucristo mereció de rigurosa justicia para sí, ahora María tendrá el derecho, como mediadora universal, la de distribuir esa misma gracia entre los hombres, no por vía de eficiencia física, como Jesucristo, sino por vía de eficiencia moral,  mediante su intercesión. Y eso hasta el fin de los tiempos, mientras haya una sola alma que aspire a la posesión de Dios en el cielo. Cuando esto sea y en el cuerpo místico de Jesucristo haya alcanzado su plenitud, habrá llegado el momento de que Dios lo sea todo en todos. La obra del Redentor y de la Mediador estará consumada.