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lunes, 17 de febrero de 2014

El Santo Sacrificio de la Misa

El Santo Sacrificio de la Misa:  Por San Claudio De La Colombiere

   Dios es más honrado por una sola Misa que con todas las acciones de los ángeles y de los  hombres juntos,  por muy fervientes y heroicas que puedan ser. Sin embargo, ¡qué pocos escuchan Misa con la intención de darle a Dios este sublime honor! ¡Cuán pocos se alegran de poseer los medios para honrarlo como se merece! Rara vez agradecemos a Nuestro Señor Jesucristo, quien, aboliendo todos los otros sacrificios, nos ha dejado un sacrificio que no puede fallar para agradar a Dios, una acción de gracias proporcionada a los beneficios que hemos recibido de Él, una Víctima capaz de borrar los pecados del mundo.
   Puede ser que rezando, ayunando y dando limosnas ofenda a Dios por mi mala intención o por la forma en la que actúo, más que glorificarlo a Él. Quizás mis actos de penitencia merezcan castigo en lugar de cancelarlo, y que mis limosnas me hagan aún más deudor con Dios; pero cuando escucho Misa, cuando ofrezco  el Santo Sacrificio como sacerdote o como miembro de la Iglesia, puedo, lleno de coraje y confianza desafiar al cielo haciendo algo que agrada más a Dios. Puedo pedir perdón y estar seguro de obtenerlo sin importar qué tan grandes o innumerables sean mis pecados.
   Cualquier cosa que yo desee, puedo rezar con confianza. Puedo pedir grandes gracias de cualquier clase para mí mismo para mis amigos y enemigos; y lejos de sentirme avergonzado por pedir tanto, sabré que es poco en comparación con lo que ofrezco. Mi único temor será pedir poco y no tener una esperanza firme e inquebrantable de obtener no sólo lo que pido, sino aún más.
   ¡Si solo  conociéramos el tesoro que tenemos en nuestras manos! Mil veces feliz aquellos que saben aprovecharse de la Misa!
   En este adorable Sacrificio pueden encontrar todas las cosas: gracias, riquezas –espirituales y temporales, favores para el cuerpo y mente, para la vida y  para la eternidad.
   Sin embargo, qué tan  frecuente debemos confesar que ni siquiera pensamos en usar el tesoro que poseemos, ni siquiera tratamos de comprender. 

Aprovechemos el insondable tesoro de la  Santa Misa y aprovechemos las gracias derramadas para la salvación propia, de nuestras familias y de la Cristiandad.

  

lunes, 10 de febrero de 2014

DEL ARCHIVO: Sobre el Motu Proprio

El siguiente texto esta sacado del archivo, desde el 2007 se nos advertía sobre la estrategia de Benedicto XVI con el Motu proprio y la pseudo-restauración. 

Sobre el Motu Proprio¿Que pensar? 

Es increíble el estado de expectativa y de optimismo que gira alrededor de este documento, lo cual es como un signo o una señal del estado de distensión combativa general dentro del ámbito de los fieles tradicionalistas que pareciera no tienen la misma consistencia espiritual y doctrinal de antes que dan los principios solidamente arraigados. Es como una especie de anemia espiritual o de un deterioro neuronal que pareciera no dejar ver claro. Roma modernista siempre ha querido y quiere neutralizar el dedo acusador a su traición y a su apostasía e intenta diluir, si es que no puede destruir, toda resistencia tradicional que impugne su error. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X es la única congregación eclesiástica de envergadura universal (a nivel mundial) junto con todos los otros grupos que se le suman que se opone al modernismo, aunque hay otros que lo hacen pero son más limitados a nivel internacional. Es evidente luego que el objetivo principal sea de destruir, aniquilar o absorber, o por lo menos neutralizar dicha resistencia de algún modo y parece que el mejor y más eficaz seria el de la lenta pero firme disgregación, dilución de esa fuerza, por procedimientos de una amplia acción dialéctica, que permita el “solve et coagula” (disolver y coagular) típico de la Revolución Anticristiana que esta hoy imperando dentro de la misma Iglesia. Uno de los procedimientos para lograr vencer la resistencia tradicionalista es, entonces, corromper diluyendo los conceptos, o las nociones claras y precisas que originaron dicha resistencia.             El medio será, producir un cambio en la mentalidad de los fieles firmes en la tradición, que permita el objetivo deseado por los enemigos infiltrados en la Iglesia, y que la gobiernan destruyendo la fé de siempre y creando una Nueva Iglesia postconciliar acorde con los planes de la sinarquia o globalización universal, dirigidos por el poder oculto de la alta finanza en manos del judaísmo internacional. El Motu Proprio de Benedicto XVI tiene por finalidad (en un acto de pausada audacia) envolver, diluir y absorber el bastión más firme de resistencia al modernismo que aun se mantiene defendiendo la fe, que cada vez está más carcomida gracias al Concilio Vaticano II. Se pretende silenciar el rechazo frontal de la nueva misa reconociendo que la Misa Tridentina (de siempre o de San Pío V) nunca fue suprimida, pero que la misa nueva sigue siendo la forma ordinaria (común o general) y la Misa Tridentina la forma o expresión extraordinaria (especial o particular) de un mismo rito todo lo cual es inadmisible, por ser un error de contenido doctrinal manifiesto, pues ya  había dicho Monseñor Lefebvre que la nueva misa era un rito bastardo, que era mala y que no era católica que era próxima a la herejía, que era protestantizante, que era contraria a la tradición sacrosanta de la Iglesia, entonces cómo se podrá decir hoy que es el mismo rito, absurdo, como absurdo es además pensar, creer o decir que con el Motu Proprio la Misa Tridentina recobra su derecho al punto de exultar un Te Deum o de considerarlo como un triunfo póstumo de Monseñor Lefebvre, cuando el derecho de la Misa de siempre no puede consistir, en el mejor de los casos, en una igualdad jurídica ante la nueva misa, es decir ambas como forma ordinaria, lo cual ya es un agravio a la exclusividad de la Misa Tridentina y católica, ante la nueva misa protestantizante o protestante según se la mire y califique, porque si nos atenemos a la definición tal cual como aparece en el artículo 7 de la Institutio Generalis del nuevo misal, tenemos la cena protestante sin bemoles. Ahora bien ni siquiera hay igualdad de derecho (lo cual es ya claudicar) sino peor aún derechos desiguales, la nueva misa es lo común u ordinario y la Misa Tridentina lo especial o extraordinario, vale decir que la concubina es la mujer ordinaria (de todos los días) y la esposa legitima (es la mujer extraordinaria, la de días especiales) con lo cual ni siquiera la mujer legítima es igualmente dueña y señora junto con la concubina. Esto muestra además que se trata de un indulto universal camuflado enmascarado, como un derecho especial extraordinario. Con todo lo cual se pretende que por el privilegio obtenido se pague el precio de reconocer la concubina y aceptar ser ambas las servidoras de un mismo señor, aunque la una sea la ordinaria y la otra la extraordinaria. ¿Que mejor jugada del demonio vestido de ángel de luz? Además bajo apariencia de bien se nos brinda la ilusión del espejismo, como por ejemplo, sembrar la división en el campo de los modernistas o que los sacerdotes modernistas puedan decir la Misa Tridentina. La primera cosa, el mismo Benedicto XVI se encargara de despejarla pues como él advierte, para decir la Misa Tridentina se requiera una cultura litúrgica y un conocimiento mínimo de latín que la mayoría de los sacerdotes no tienen, permaneciendo así, la nueva misa, tanto de hecho (situación real) como por derecho (norma jurídica), es la norma ordinaria. La ventaja aparente de que los sacerdotes modernistas tengan la posibilidad (libertad) de decir la Misa Tridentina es una ilusión más, producida por el espejismo después de vivir prácticamente durante cuarenta años en el desierto de la desolación abominable a causa de la revolución litúrgica; pues de qué nos sirve o beneficia que los sacerdotes modernistas digan la Misa verdadera si su doctrina permanece y sigue siendo modernista, pues su formación filosófica y teológica es modernista y eso es muy difícil de suprimir, de cambiar, lo que simplemente acontecería es favorecer la confusión como sepulcros blanqueados, blancos por fuera y podridos por dentro, blanqueados o enmascarados al decir la Misa Tridentina pero podridos por dentro por la mentalidad y formación modernista, con el agravante de no tenerse la garantía teológica de la certeza infalible de sus ordenaciones sacerdotales conferidas con el nuevo rito. No hay ningún teólogo que pueda probar la certeza infalible de las ordenaciones con el nuevo rito, hay como mínimo una duda positiva sobre la validez, si es que no tenemos una prueba de su invalidez por razones teológicas sacramentales de peso que no se pueden dejar  de considerar. De todos modos sin entrar de lleno en la cuestión bástenos que las ordenaciones sacerdotales conferidas con el nuevo rito están desprovistas del sello de garantía infalible que excluye toda duda de invalidez. Espero que estas reflexiones sirvan para que nos consolidemos en la verdad y en sus derechos exclusivos sin amalgamas dialécticas entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, entre Dios y el Diablo, entre Cristo y el Anticristo, entre la Iglesia de Cristo y la Nueva Iglesia Sinagoga de Satanás o del Anticristo. Estamos todavía a tiempo para llorar recitando un Miserere y que Dios se apiade de nuestras miserias, sin que sigamos la ilusión y el espejismo de un infundado optimismo que no corresponde a la realidad de la crisis irreversible y última que vivimos. Que la Santísima Virgen nos proteja y con su firmeza ante la Cruz permanezcamos firmes en la fe y en el amor a su Divino Hijo.  
                                                                                                                                                      

viernes, 7 de febrero de 2014

EL AVE MARIA: BREVE HISTORIA

EL AVE MARÍA CONVIRTIÓ A UN PROTESTANTE
(HISTORIA VERDADERA)


   Un pequeño niño  Protestante de seis años de edad con frecuencia escuchaba a sus compañeros Católicos rezar la oración “Ave María”. Le gustaba tanto que la copió, la memorizó y la rezaba todos los días. “Mira mami, qué hermosa oración”, le dijo a su madre un día.
   “Jamás digas eso otra vez”, respondió la madre. Es una oración supersticiosa de los Católicos quienes adoran ídolos y piensan que María es una diosa. Después de todo, ella es una mujer como cualquier otra. Vamos, toma esta Biblia y léela. Contiene todo lo que estamos obligados a hacer y que tenemos que hacer”. Desde ese día en adelante, el pequeño niño suspendió el rezo diario del “Ave María” y  dedicó más tiempo a leer la Biblia.
   Un día, mientras estaba leyendo el Evangelio, llegó al pasaje sobre la Anunciación del Ángel a Nuestra Señora. Lleno de alegría, el pequeño niño corrió con su madre y le dijo: “Mami, he encontrado el “Ave María” en la Biblia y dice: “Dios te salve llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres. ¿Por qué dices que es una oración supersticiosa?”.
   En otra ocasión encontró la hermosa Salutación de Santa Isabel a la Virgen María y el maravilloso cántico Magnífica en el que María predice que “las generaciones la llamarían bienaventurada”.
   Ya no le dijo nada más  sobre  esto a su madre, pero empezó a rezar el “Ave María” todos los días como lo hacía antes. Sintió tremendo gusto en dirigir esas encantadoras palabras a la Madre de Jesús, nuestro Salvador.
   Cuando tuvo catorce años, un día escuchó una discusión sobre Nuestra Señora entre los miembros de su familia. Decían que María era una mujer común como cualquier otra mujer. El niño, después de escuchar sus erróneos razonamientos, y lleno de indignación, los interrumpió y dijo:
   “María no es como los demás hijos de Adán, manchados con el pecado. ¡No! El Ángel la llamó LLENA DE GRACIA Y BENDITA ENTRE LAS MUJERES. María es la Madre de Jesús y por lo tanto, Madre de Dios. No existe una dignidad más alta a la cual se puede elevar una criatura. El Evangelio dice que las generaciones la proclamarán bienaventurada y ustedes están tratando de  menospreciarla. El espíritu de ustedes no es el espíritu del Evangelio o de la Biblia que ustedes proclaman es la base de la religión Cristiana”.
   Esto hizo que su madre gritara varias veces: “¡Oh mi Dios! Temo que mi hijo se una un día a la religión Católica, la religión de los Papas”.  
   Poco tiempo después, habiendo hecho un serio estudio  del Protestantismo y del Catolicismo, el niño encontró que la Religión Católica era la Única Iglesia Verdadera, la abrazó y llegó a ser uno de sus más ardientes apóstoles.
      Poco tiempo después de su conversión,  se encontró con su hermana casada quien lo regañó y le dijo indignadamente: “Sabes cuánto amo a mis hijos. Si alguno de ellos deseara ser Católico,   al momento le clavaría una daga en su corazón antes que permitirle que abrace la religión de los Papas”.
   Su cólera y su temperamento eran tan furiosos como el de San Pablo antes de su conversión. Sin embargo, cambiaría así como lo hizo San Pablo en su camino a Damasco. Sucedió que uno de sus hijos enfermó gravemente y los médicos no daban ninguna esperanza de recuperación. Entonces, su hermano se acercó a su  ella y cariñosamente  le dijo:
   “Mi querida hermana, tu deseas la curación de tu hijo. Muy bien, entonces, vas a hacer lo que yo te diga. Sígueme, recemos un “Ave María” y vamos a prometerle a Dios que, si tu hijo recupera su salud, estudiarás seriamente la doctrina Católica, y deberás llegar a la conclusión de que el Catolicismo es la única religión verdadera, y la abrazarás sin importar ningún sacrificio.
   Al principio su hermana estaba renuente, pero como deseaba la recuperación de su hijo, aceptó la proposición de su hermano y rezó el “Ave María” con él. Al día siguiente, su hijo estaba completamente curado. La madre cumplió su promesa y estudió la doctrina Católica. Después de una larga preparación, recibió el Bautismo junto con toda su familia, agradeciendo a su hermano por ser un apóstol para ella.
   La historia fue relatada durante un sermón dado por el Rev. Padre Tuckwel, quien les  dijo: “el niño que llegó a ser Católico y convirtió a su hermana al Catolicismo dedicó toda su vida al servicio de Dios. Ese niño es  el sacerdote  que les está hablando a ustedes ahora. ¡Cuánto le debo a Nuestra Señora! Ustedes también, mis queridos hijos, dedíquense completamente a Nuestra Señora y nunca, nunca dejen pasar un solo día sin rezar la hermosa oración “Ave María” y su Rosario. Pídanle a Ella que ilumine las mentes de los Protestantes, quienes están separados de la Iglesia de Cristo y “contra la cual las puertas del infierno jamás prevalecerán”.

miércoles, 5 de febrero de 2014

CONSOLACIONES A LOS FIELES EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN O DE HEREJÍA (COMPLETO)

CONSOLACIONES A LOS FIELES EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN O DE HEREJÍA



El padre Demaris[1], que veía a los fieles amenazados de quedarse sin sacerdotes,

su Caridad, aunque encarcelado, le hizo escribir, por requerimiento de ellos y para

su consuelo la Regla de Conducta que sigue:



Mis queridos hijos: Pedís una regla de conducta. Voy a mostrárosla y a tratar de llevar a vuestras almas el consuelo que necesitáis. Jesucristo, el modelo de los cristianos, nos enseña con su conducta lo que debemos hacer en los penosos momentos en que nos hallamos.

Todo lo que veis, todo lo que oís, es atemorizador. Pero consolaos: se está cumpliendo la voluntad de Dios. Vuestros días están contados, su Providencia gravita sobre vosotros. Amad a esos hombres que la humanidad presenta como bestias salvajes. Son instrumentos que el cielo utiliza para sus designios y, como un mar enfurecido, no traspasarán el límite prescripto contra las olas que oscilan, se agitan y amenazan.

Os diré pues lo que San Pedro a los primeros fieles: “Es una gracia que por consideración a Dios se soporten dolores injustamente padecidos.

Los discípulos de Jesucristo, en su fidelidad a Dios, son fieles a su patria, y plenos de sumisión y respeto hacia las autoridades. Abroquelados en sus principios, con una conciencia irreprochable, adoran la voluntad de Dios. No han de huir cobardemente de la persecución. Cuando se ama la cruz, se es audaz para abrazarla y el amor mismo nos regocija. La persecución es necesaria para nuestra íntima unión con Jesucristo. Puede desatarse a cada instante, pero no siempre tan meritoria ni tan gloriosa”.

He aquí, mis queridos hijos, cuáles deben ser vuestras disposiciones. El escudo de la fe debe armarnos, la esperanza sostenernos y la caridad dirigirnos en todo. Si en todo y siempre hay que ser simples como las palomas y prudentes como las serpientes, tanto más cuando somos afligidos a causa de Jesucristo.

Os recordaré ahora una máxima de San Cipriano que, en estos momentos, debe ser la regla de vuestra fe y vuestra piedad: “No busquemos demasiado, dice este ilustre mártir, la ocasión del combate y no la evitemos demasiado. Aguardémosla de la orden de Dios y esperemos todo de su misericordia. Dios requiere de nosotros más bien una humilde confesión que un testimonio demasiado audaz”.

La humildad es toda nuestra fuerza. Esta máxima nos invita a meditar sobre la fuerza, la paciencia e incluso la alegría con que los santos sufrieron.

Ved lo que San Pablo dice. Os convenceréis de que cuando uno está animado por la fe, los males no nos afectan más que en lo exterior y no son más que un instante de combate que la victoria corona. Esta verdad consoladora sólo puede ser apreciada por el justo.

Amar a Dios y no temer más que a Él es patrimonio del pequeño número de los elegidos. Este amor y este temor forma a los mártires, desapegando a los fieles del mundo y apegándolos a Dios y a su santa ley.

Para mantener este amor y temor en sus corazones, velad y orad, incrementad vuestras buenas obras y unid a ello las instrucciones edificantes de que los primeros fieles nos dieron ejemplo.

Esta práctica os será tanto más saludable cuanto más privados estéis de los ministros del Señor, que alimentaban vuestras almas con el pan de la palabra. Parecéis abandonados a vosotros mismos, pero este abandono, a los ojos de la Fe, ¿no podría seros saludable? La fe es lo que une a los fieles.

Por legítima que sea vuestra desolación, no olvidéis que Dios es vuestro Padre y que, si permite que carezcáis de los mediadores instituidos por El para dispensar sus misterios, no cierra por eso los canales de sus gracias y sus misericordias. No busquemos más que la verdad y nuestra salvación en la abnegación de nosotros mismos, en nuestro amor a Dios y en una perfecta sumisión a su voluntad.

Vosotros conocéis la eficacia de los sacramentos, sabéis la obligación a nosotros impuesta de recurrir al sacramento de la penitencia para purificarnos de nuestros pecados. Pero para aprovechar de estos canales de misericordia se necesitan ministros del Señor. ¡En la situación en que estamos, sin culto, sin altar, sin sacrificio, sin sacerdote, no vemos más que el cielo! ¡Y no tenemos mediador alguno entre los hombres!… Que este abandono no os abata. La fe nos ofrece a Jesucristo, ese mediador inmortal. El ve nuestro corazón, oye nuestros deseos, corona nuestra fidelidad. A los ojos de su misericordia todopoderosa somos ese paralítico enfermo hacía treinta y ocho años (Juan, cap. 5) a quien para curarlo le dijo no que hiciera venir a alguno que lo arrojara a la piscina, sino que tomara su camilla y anduviera…

Ahora tenemos un solo talento que es nuestro corazón. Hagamos que fructifique y nuestra recompensa será igual a la que recibiríamos de haber hecho fructificar más. Dios es justo. No pide de nosotros lo imposible. Pero porque es justo pide de nosotros la fidelidad en lo que es posible. Con todo respeto por las leyes divinas y eclesiásticas que nos llaman al sacramento de la penitencia, debo deciros que hay circunstancias en que estas leyes no obligan. Es esencial para vuestra instrucción y vuestra consolación que conozcáis bien tales circunstancias, a fin de que no toméis el propio espíritu de vosotros por el de Dios.

Si en el curso de nuestra vida hubiéramos descuidado el más pequeño de los recursos que Dios y su Iglesia instituyeron para santificarnos, habríamos sido hijos ingratos; pero si se nos diera por creer que, en circunstancias extraordinarias, no podemos prescindir aun de los mayores de esos recursos, olvidaríamos e insultaríamos a la sabiduría divina que nos pone a prueba y que, queriendo que nos veamos privados de ellos, los suple con su espíritu.

Es verdad de fe que el primero y más necesario de los sacramentos es el bautismo: es la puerta de la salvación y de la vida eterna. Pero el deseo, el anhelo del bautismo es suficiente en ciertas circunstancias. Los catecúmenos sorprendidos por las persecuciones no lo recibieron sino en la sangre que derramaron por la religión. Hallaron la gracia de todos los sacramentos en la confesión libre de su fe y fueron incorporados a la Iglesia por el Espíritu Santo, vínculo que une todos los miembros a la cabeza.

Así se salvaron los mártires. Su sangre les sirvió de Bautismo.

Cuando uno tiene el espíritu de Jesucristo, cuando por amor a El quedamos expuestos a la persecución, privados de toda ayuda, agobiados por las cadenas del cautiverio, cuando se nos conduce al cadalso, entonces tenemos en la Cruz todos los sacramentos. Este instrumento de nuestra redención contiene todo lo necesario para nuestra salvación.

San Ambrosio consideró santo al piadoso emperador Valentiniano, aunque murió sin el bautismo, que había deseado, sin poder recibirlo. El deseo, la voluntad es lo que nos salva. “En tal caso, dice este santo doctor de la Iglesia, quien no recibe el sacramento de la mano de los hombres, lo recibe de la mano de Dios. El que no es bautizado por los hombres, lo es por la piedad, lo es por Jesucristo”. Lo que nos dice del bautismo este gran hombre digámoslo de todos los sacramentos, de todas las ceremonias y todas las oraciones en los momentos actuales.

Quien no puede confesarse a un sacerdote, pero, teniendo todas las disposiciones necesarias para el sacramento, lo desea y tiene un anhelo firme y constante de él, oye a Jesucristo que, tocado por su fe y testigo de ella, le dice lo que una vez a la mujer pecadora: “Vete. Mucho te está perdonado porque has amado mucho” (Lucas 7. 36-48).

Rodeados por esos extremos que son las pruebas de los Santos, si no pudiéramos confesar nuestros pecados a los sacerdotes, confesémoslos a Dios. Siento, hijos míos, vuestra delicadeza y vuestros escrúpulos. Que cesen y que aumenten vuestra fe y vuestro amor por la cruz. Decíos a vosotros mismos, y con vuestra conducta decid a todos los que os vean, lo mismo que decía San Pablo: “¿Quién me separará de la caridad de Jesucristo?” (Romanos 8.35).

Vuestra conducta es una verdadera confesión ante Dios y ante los hombres. Si la confesión debe preceder a la absolución, aquí vuestra conducta debe preceder a las gracias de santidad o de justicia que Dios os dispense; y es ésta una confesión pública y continua. La confesión es necesaria, dice San Agustín, porque incluye la condenación del pecado. Aquí lo condenamos tan pública y solemnemente que ella es conocida en toda la tierra. Y esta condenación, que es la causa de que no podamos acercarnos a un sacerdote, ¿no es mucho más meritoria que una acusación de pecados particular y hecha en secreto? ¿No es más satisfactoria y más edificante? La confesión secreta de nuestros pecados al sacerdote nos costaba poco. ¡Y la que hacemos hoy es sostenida por el sacrificio general de nuestros bienes, de nuestra libertad, de nuestro reposo, de nuestra reputación e incluso tal vez de nuestra vida!

La confesión al sacerdote casi no era útil más que para nosotros, mientras que la que hoy hacemos es útil para nuestros hermanos y puede servir para la Iglesia entera. Dios, por indignos que seamos, nos hace la gracia de querer servirse de nosotros para mostrar que ofender la verdad y la justicia es un crimen enorme, y nuestra voz será tanto más inteligible cuanto mayores los males y mayor la paciencia con que los suframos.

El hábito y la facilidad que teníamos para confesarnos, nos dejaba a menudo en la tibieza, mientras que hoy, privados de confesores, uno se repliega sobre sí mismo y el fervor aumenta. Consideremos esta privación como un ayuno para nuestras almas y una preparación para recibir el bautismo de la penitencia que, vivamente deseado, se convertirá en un alimento más saludable. Intentemos apartar de nuestra conducta, que es nuestra confesión ante los hombres y nuestra acusación ante Dios, todos los defectos que pudieran haberse deslizado en nuestras confesiones ordinarias; sobre todo la poca humildad interior.

Cuando se confía en Dios no hay que hacerlo a medias; sería carecer de confianza el considerar que los recursos con los que Dios llama y conserva son incompletos y dejan algo que desear en el orden de la gracia. En la sabiduría, la madurez y la experiencia de los ministros del Señor encontraban consejos y prácticas eficaces para evitar el mal, hacer el bien y avanzar en la virtud. Nada de eso hace al carácter sacramental, sino a las luces particulares. Un amigo virtuoso, celoso y caritativo puede ser en esto vuestro juez y vuestro director. Las personas piadosas no iban al tribunal de Dios a buscar sólo instrucciones y luces; se abrían a personas notables por su santa vida en conversaciones familiares. Haced otro tanto. Pero que la caridad más recta reine en este comercio mutuo de vuestras almas y vuestros deseos. Dios os bendecirá y encontraréis las luces que necesitáis. Si este recurso os fuera imposible, descansad sobre las misericordias de Dios. Él no os abandonará. Su espíritu hablará por sí mismo a vuestros corazones mediante inspiraciones santas que os inflamarán y dirigirán a los objetivos augustos de vuestros destinos.

Alejados de los recursos del santuario y privados de todo ejercicio del sacerdocio, no nos queda otro mediador que Jesucristo; a El hay que recurrir para nuestras necesidades. Tenemos que desgarrar sin miramientos el velo de nuestras conciencias ante su majestad suprema y, en la indagación del bien y el mal que hiciéramos, agradecerle sus gracias, reconocernos culpables de nuestras ofensas… y rogar enseguida que nos perdone y nos indique los senderos de su voluntad santa (teniendo en el corazón el deseo sincero de hacerlo a su ministro cuando y tan pronto como podamos). He aquí, hijos míos, lo que llamo confesarse a Dios. ¡Hecha bien semejante confesión, será Dios mismo quien nos absuelva! El Evangelio es el que nos lo enseña al proponernos el ejemplo del publicano que, humillado ante Dios, se vio justificado (Lucas 18. 9-14), porque el mejor signo de la absolución es la justicia, que no puede ser apresada porque ella es la que libera. He aquí lo que debemos hacer, en el aislamiento total en que estamos. La Escritura santa nos indica aquí nuestros deberes.

Todo lo que se liga a Dios es santo. Cuando sufrimos por la verdad nuestros sufrimientos son los de Jesucristo, que nos honra con un especial carácter de semejanza consigo y con su cruz. Esta gracia es la mayor fortuna que puede tocarle a un mortal durante su vida.

Así es como en todas las penosas situaciones que nos privan de los sacramentos, la cruz llevada cristianamente es la fuente de la remisión de nuestras faltas, tal como, llevada una vez por Jesucristo, lo fue de las faltas de todo el género humano. Dudar de esta verdad es injuriar a nuestro Salvador crucificado, es no reconocer suficientemente la virtud y el mérito de la cruz.

Los santos Padres observan que el buen ladrón fue criminal hasta la cruz, para mostrar a los fieles lo que deben esperar de esta cruz cuando la abrazan y permanecen ligados a ella por la justicia y la verdad. Jesucristo, al terminar sus sufrimientos, entró al cielo a través de la cruz. Nosotros somos sus discípulos; El es nuestro modelo.

Suframos como El y entraremos en la heredad que nos preparó mediante la cruz.

Pero para ser santificado por la cruz es necesario no ser para sí mismo, sino por entero para Dios. Es necesario que nuestra conducta reproduzca las virtudes de Jesucristo. No basta ahora con que, animados por su amor, reposéis sobre su pecho como San Juan. Es necesario que lo sirváis con firmeza y constancia sobre el Calvario y sobre la cruz. Allí, si al confesaros a Dios, vuestra confesión no es coronada por la imposición de manos de los sacerdotes, lo será por la imposición de las manos de Jesucristo. ¡Mirad sus manos adorables que parecen tan pesadas por naturaleza y son tan ligeras para los que lo aman!… Están tendidas sobre vosotros de la mañana a la noche para colmaros con toda suerte de bendiciones, si por propia iniciativa no las rechazáis. No existe bendición como la de Cristo crucificado cuando bendice a sus hijos sobre la cruz.

El sacramento de la penitencia es para nosotros ahora el pozo de Jacob, cuya agua es excelente y saludable. Pero el pozo es profundo. Desprovistos de todo, no podemos abrevar en él y saciarnos (Juan, cap. 4). Hay incluso guardias que impiden la entrada… ¡Veamos la conducta de nuestros perseguidores como un castigo de nuestros pecados! ¡Que Jesucristo habite en nuestros corazones! Que su Santo Espíritu nos inflame y encontraremos en nosotros la fuente de agua viva que suplirá al pozo de Jacob. Es Jesucristo en nosotros quién de nosotros se ocupa continuamente!

La confesión no debe ser únicamente un remedio para todos los pecados pasados; debe preservarnos de todos los pecados por venir. ¡Si reflexionáramos seriamente sobre esta doble eficacia del sacramento de la penitencia, mucho tendríamos que humillarnos y que llorar! Y tanto más abatidos estaríamos entonces cuanto más lento haya sido nuestro avance en la virtud y más hayamos seguido siendo los mismos antes y después de nuestras confesiones.

¡Ahora podemos reparar todas esas faltas, que vienen de una confianza demasiado grande en la absolución y de no haber profundizado lo suficiente en sus llagas!… Obligada ya a gemir ante Dios, el alma fiel se ocupa en considerar todas sus deformidades propias. Allí, a los pies del Salvador y penetrada por el dolor y el arrepentimiento, se queda entonces en silencio, sin hablarle sino por sus lágrimas, como la pecadora del Evangelio, mientras ve de un lado sus miserias y del otro la bondad de Dios. Se aniquila delante de Su majestad, hasta que ésta disipe sus males con una de sus miradas. Entonces la luz divina esclarece su corazón contrito y humillado y le descubre hasta los átomos que pudieran oscurecerla. Que esta confesión a Dios sea para vosotros es práctica cotidiana, breve pero vivaz, y hacedla cada tanto de una época a otra, como hacéis cotidianamente la del día (en vuestro examen nocturno).

El primer fruto que sacaréis de ello, además de la remisión de los pecados, será aprender a conoceros y a conocer a Dios. El segundo, presentarse siempre ante los sacerdotes, si os fuera posible, ornados con el sello de las misericordias del Señor.

Voy a hablaros ahora de la privación de la Eucaristía y sucesivamente de todos los temas que me comentáis en vuestra carta. La Eucaristía, el sacramento del amor, os proporcionó muchas dulzuras y ventajas cuando podíais participar de ella. Pero ahora, que de ella fuisteis privados por defender la verdad y la justicia, las ventajas que tenéis son las mismas.

Abraham obedece cuando inmola a su hijo y cuando no lo inmola, pero su obediencia fue mucho mayor cuando empuñó la espada que cuando la remitió a su vaina. Nosotros obedecemos al aproximarnos a la Eucaristía, pero al apartarnos de este sacrificio nos inmolamos a nosotros mismos. Alterados por la sed de la justicia y privándonos de la Sangre del Cordero, que es el único que puede saciarla, sacrificamos nuestra propia vida en la medida en que eso está en nosotros. El sacrificio de Abraham fue de un instante; un ángel detuvo la espada. El nuestro es cotidiano y se renueva todas las veces que adoramos con sumisión la mano de Dios, que nos aleja de los altares; y este sacrificio es voluntario.

Estamos ventajosamente privados de la Eucaristía al elevar el estandarte de la cruz por la causa de Jesucristo y la gloria de su Iglesia. He aquí la conducta del cristiano en las persecuciones: la cruz sigue a la Eucaristía ¡Que el amor por la Eucaristía no nos aleje pues de la cruz! Sí, no temo decirlo: cuando la tempestad de la malicia humana atrona contra la verdad y la justicia, es más ventajoso para los fieles sufrir por Jesucristo que participar de su cuerpo sagrado en la comunión.

Me parece oír al Salvador diciéndonos: “¡Oh, no teman ser separados de mi mesa por la confesión de mi nombre! Es esta una gracia que os hago, que significa un raro bien. Reparad con esta humillación -una privación que me glorifica- todas las comuniones que me deshonraron. Sentid esta gracia: nada podéis hacer sin mí, ¡y yo pongo entre vuestras manos un recurso para que hagáis lo que yo hice por vosotros y me devolváis generosamente lo más grande que os di! Os los di Yo.

Es así como encontramos la Eucaristía en la misma privación de la Eucaristía. Por lo demás, ¿quién puede separarnos de Jesucristo y de su Iglesia en la comunión, cuando por la fe nos acercamos a sus altares de modo tanto más eficaz cuanto más espiritual y más alejado de los sentidos?



Esto es lo que llamo comulgar espiritualmente, uniéndose a los fieles que pueden hacerlo en los diversos lugares de la tierra.

Nada sucede sin la voluntad de Dios. Con un culto que nos permita asistir a misa o privados de él, debemos someternos por igual a Su voluntad santa, ¡y, en cualquier circunstancia, ser dignos del Dios al que servimos!

El culto que debemos a Jesucristo se funda sobre la asistencia que nos da y sobre la necesidad que tenemos de su ayuda.

Como hijos de Dios, según el testimonio de San Pedro y de San Juan, participamos en el sacerdocio de Jesucristo para ofrecer plegarias y anhelos. Si no tenemos el sello del Orden sagrado para sacrificar sobre los altares visibles, no estamos empero sin hostias, porque podemos ofrecerlas en el culto de nuestro amor, sacrificando nosotros mismos a Jesucristo para su Padre sobre el altar visible de nuestros corazones. Fieles a este principio, recogeremos todas las gracias que hubiéramos podido recoger si hubiésemos asistido al santo sacrificio de la misa.

Sí, hijos míos, los fieles que están sin sacerdotes, por ser, según San Pedro, sacerdotes y reyes, ofrecen sus sacrificios sin templo, sin ministros y sin nada sensible. Sólo hay necesidad de Jesucristo para ofrecerlos, mediante el sacrificio del corazón, donde la víctima debe ser consumida por el fuego del amor del Espíritu Santo. Esto significa estar unido a Jesucristo, dice San Clemente de Alejandría, por las palabras, por las acciones y por el corazón. Estamos unidos a El por nuestras palabras cuando son verdaderas, por nuestras acciones cuando son justas y por nuestros corazones cuando la caridad los inflama. Entonces digamos la verdad, no amemos más que la verdad; así rendiremos a Dios la gloria que se le debe. Cuando somos veraces en nuestras palabras, justos en nuestras acciones, sometidos a Dios en nuestros deseos y nuestros pensamientos, hablando sólo por medio de Él, alabándolo por sus dones y humillándonos por nuestras infidelidades, ofrecemos un sacrificio agradable a Dios, que no puede sernos quitado. El sacrificio que Dios reclama es un espíritu penetrado de dolor, dice el santo rey David: tú no despreciaras, Dios mío, un corazón contrito y humillado (Salmo 50).

Resta considerar la Eucaristía como viático. Podéis quedaros sin él al morir. Debo ilustraros y preveniros contra privación tan sensible. Dios, que nos ama y nos protege, quiso darnos su cuerpo cuando la muerte se acerca, para fortificarnos en este peligroso pasaje. ¡Al lanzar vuestras miradas al porvenir, viéndoos en vuestra agonía sin víctima, sin Extremaunción y sin ninguna asistencia de parte de los ministros del Señor, os sentís en el más triste y más afligente de los abandonos!

Consolaos, hijos míos, en la confianza que le debéis a Dios. Este Padre tierno verterá sobre vosotros sus gracias, sus bendiciones y sus misericordias, en esos momentos terribles que teméis, con más abundancia que si pudierais ser asistidos por sus ministros, de los que estáis privados sólo porque vosotros mismos no quisisteis abandonarlo.

El abandono y el desamparo en que tememos encontrarnos semejan a los del Salvador sobre la cruz, cuando decía a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”: ¡Ah, qué instructivas son estas palabras! Vuestras penas y desamparo, os conducen a sus gloriosos destinos, haciendo que terminéis vuestra carrera como Jesucristo terminó la suya. Jesús en los sufrimientos, en su abandono y su muerte, se mantenía en la más íntima unión con su Padre. En sus penas y su desamparo mantened la misma unión y sea vuestro último suspiro como el suyo: que se cumpla la voluntad de Dios.

Lo que dije de la privación del viático en la muerte lo diré también de la Extremaunción. Si muero entre las manos de personas que no sólo no me asisten, sino que me insultan, tanto más dichoso seré cuanta más conformidad tenga mi muerte con la de Jesucristo, ¡que fue espectáculo de oprobio para toda la tierra!… Crucificado por las manos de sus enemigos, es tratado como un delincuente, ¡y muere entre dos ladrones! Era la Sabiduría misma, pasa por un insensato; era la Verdad, pasa por un embustero y un seductor. ¡Los fariseos y los escribas triunfaron sobre El en su presencia! ¡Finalmente se saciaron con su sangre! ¡Jesucristo murió en la infamia del suplicio más vergonzoso y en los dolores más sensibles! Cristianos, si vuestra agonía y vuestra muerte son para vuestros enemigos ocasión de insulto y de trato oprobioso, ¿cómo fue la de Jesucristo? No sé si el ángel enviado para suplir la dureza y la insensibilidad de los hombres, no lo fue para enseñarnos que en una ocasión así recibimos consolación del cielo cuando las terrenales nos faltan. No sin un designio particular de Dios fue que los apóstoles, que hubieran debido consolar a Jesucristo, permanecieran en un sopor profundo.

Que el fiel no se asombre pues por encontrarse sin sacerdote en su última hora. Jesucristo reprochó a sus apóstoles porque dormían, no porque lo dejaran sin consolación, sino para enseñarnos que, si entramos en el Huerto de los Olivos, si subimos al Calvario, si expiramos solos y sin socorros humanos, Dios vela por nosotros, nos consuela y abastece todas nuestras necesidades.

Fieles que teméis las consecuencias del momento actual, mirad a Jesús. Fijaos en El, contempladlo. El es su modelo.

Después de haberlo contemplado, ¿teméis todavía la privación de las oraciones y las ceremonias que la Iglesia estableció para honrar vuestra agonía, vuestra muerte y vuestro sepulcro? Pensad que la causa por la que sufrís y morís convierte a esta privación en una nueva gloria y os da el mérito del último rasgo de semejanza posible con Jesucristo. La Providencia permitió y quiso, para nuestra instrucción, que los fariseos pusiesen guardias en el sepulcro para cuidar el cuerpo de Jesús crucificado; quiso que incluso después de la muerte su cuerpo quedara en manos de sus enemigos, para enseñarnos que por largo que sea el dominio de nuestros enemigos, debemos sufrirlo con paciencia y rogar por ellos.

Los primeros cristianos enviados a los verdugos, ¿se afligieron jamás por su agonía y por su sepultura? Ninguno se inquietó por lo que se haría con sus cuerpos. Sí, hijos míos, cuando uno se confía a Jesucristo durante la vida, se confía a él tras la propia muerte.

Jesucristo sobre la cruz y cerca de expirar vio cómo las mujeres, que lo habían seguido desde Galilea, se mantenían alejadas. ¡Su Madre, María Magdalena y el discípulo muy amado estaban junto a la cruz en el abatimiento, el silencio y el dolor!…

Destaco, con san Ambrosio, que la Madre de Jesús sabía, al pie de la cruz, que su Hijo moría por la redención de los hombres y que, deseando expirar con él para el cumplimiento de esta magna obra, no temía irritar a los judíos con su presencia ni morir con su Hijo divino. Cuando veáis, mis queridos hijos, que alguien muere en el desamparo o bajo la espada de la persecución, imitad a la madre de Jesús y no a las mujeres que lo habían seguido desde Galilea. Compenetraos de esta verdad: que el momento más glorioso y más saludable para morir se da cuando la virtud es más fuerte en nuestro corazón. ¡No debe temerse por el miembro de Jesucristo que esté sufriendo! Asistámoslo, aunque no sea más que con nuestras miradas y con nuestras lágrimas.

He aquí, hijos míos, lo que creí mi deber deciros. Lo considero suficiente para responder a vuestros reclamos y tranquilizar vuestra piedad. He de añadir, hijos míos, que no debe afligiros el asombroso espectáculo de que somos testigos. La fe no se compadece con tales terrores: el número de los elegidos siempre es muy pequeño. Sólo temed el que Dios vaya a reprocharos vuestra poca fe y el no haber podido velar una hora con El. Os confesaré sin embargo que la humanidad puede afligirse, pero al haceros esta confesión, os diré que la fe debe regocijarse.

Dios hace bien todas las cosas. Hijos míos, sostened esta afirmación: es la única digna de vosotros. Los fieles mismos la sostenían cuando el Salvador hacía curaciones milagrosas. Lo que El hace hoy es mucho más grande. En su vida mortal curaba los cuerpos; actualmente cura las almas y completa por la tribulación el pequeño número de los elegidos.

Cualesquiera sean los designios de Dios para nosotros, adoremos la profundidad de sus juicios y pongamos en él toda nuestra confianza. Si quiere liberarnos, el momento está cerca. Todos se levantan contra nosotros.

Nuestros amigos nos oprimen, nuestros parientes nos tratan como a extraños. Los fieles que participan de los santos misterios con nosotros son apartados con la sola mirada. No sólo temen decir que, como nosotros, son fieles a su patria, sometidos a sus leyes, pero fieles a Dios; temen decir que nos quieren y hasta que nos conocen. Si quedamos sin ayuda del lado de los hombres, henos entonces del lado de Dios que, según el profeta-rey, librará al pobre del poderoso y al débil que no tenga ayuda alguna. El universo es obra de Dios. El lo rige y todo lo que pasa está en los designios de su Providencia. Cuando creemos que la deserción va a ser general, olvidamos que basta un poco de fe para devolver la fe a la familia de Jesucristo, como un poco de levadura hace fermentar toda la masa.

Esos acontecimientos extraordinarios, en que la multitud levanta el hacha para abatir la obra de Dios, sirven maravillosamente para manifestar Su omnipotencia.

En todos los siglos se verá lo que vio el pueblo de Dios cuando el Señor quiso, mediante Gedeón, manifestar su omnipotencia contra los madianitas (Jueces 5). Le hizo despachar casi todo su ejército. Sólo se conservaron trescientos hombres, sin armas incluso, a fin de que se reconociera visiblemente que la victoria venía de Dios. El pequeño número de soldados de Gedeón es figura del pequeño número de elegidos viviente en este siglo. Vosotros habéis visto, hijos míos, con el más doloroso asombro, cómo de la multitud de los que fueron llamados (ya que toda Francia era cristiana), la mayoría, como en el ejército de Gedeón, permaneció débil, tímida, temerosa de perder su interés temporal. Dios los devolvió. Dios sólo quiere servirse en su justicia de quienes se dan por completo a El. No nos asombremos pues del gran número de quienes lo abandonan. La verdad triunfa, por pequeño que sea el número de quienes la aman y le siguen adictos.

Lo que hay que confesar es la verdad y la justicia, los objetos augustos, eternos, inmutables de la fe. Es el Evangelio, pues las instrucciones humanas, cualesquiera sean, son variables y temporales. En cambio el Evangelio y la ley de Dios están ligados a la eternidad. Será meditando esta distinción como veréis claramente lo que es propio de Dios y lo que es propio de César.

No puede haber nada tan santo y tan glorioso como confesar el nombre de Jesucristo. Pero recordad, hijos míos, que, para confesarlo de modo condigno con la corona que deseamos, en los tiempos en que más se sufre es cuando hay que manifestar mayor santidad. Nada más bello que las palabras de san Cipriano cuando alaba todas las virtudes cristianas en los confesores de Jesucristo: “Observasteis siempre, les dice, el mandato de nuestro Señor con un vigor digno de vuestra firmeza. Conservasteis la simplicidad, la inocencia, la caridad, la concordia, la modestia y la humildad. Cumplieron con su ministerio con gran cuidado y exactitud. Trasuntaron diligencia para ayudar a los que tenían necesidad de ayuda, compasión por los pobres, constancia para defender la virtud, coraje para mantener la severidad de la disciplina y, a fin de que nada faltase a los grandes ejemplos de virtud que dieron, he aquí que, mediante una confesión y los sufrimientos generosos, animaron extremadamente a sus hermanos al martirio y les señalaron el camino”.

Espero, mis queridos hijos, aunque Dios no os llame al martirio ni a una confesión dolorosa de su nombre, poder un día hablaros como Él hablaba a los confesores Celerino y Aurelio y alabaros más vuestra humildad que vuestra constancia, glorificaros más por la santidad de vuestras costumbres que por vuestras penas y heridas…

Dios vela sobre vosotros. Nuestra esperanza tiene fundamento; ella nos muestra o la persecución que termina o la persecución que nos corona. En la alternativa entre una u otra veo el cumplimiento de nuestro destino. Hágase la voluntad de Dios, porque cualquiera sea el modo con que nos libere, sus misericordias eternas se derraman sobre nosotros.

Termino, mis queridos hijos, abrazándoos y rogando a Dios por vosotros. Rogadle por mí y recibid mi bendición paternal, como prueba de mis afectos por vosotros, de mi fe y de mi resignación sincera de no tener otra voluntad que la de Dios.

[*]Traducido de EINSICHT, por el Dr. Arnaldo Rossi.

[1] El padre Demaris, fue sacerdote y profesor de teología en la casa de los misioneros de San José en Lyon, tuvo que exiliarse de Francia en 1803 y murió por la Fe.



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lunes, 27 de enero de 2014

CONSOLACIONES A LOS FIELES EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN O DE HEREJÍA

CONSOLACIONES A LOS FIELES EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN O DE HEREJÍA

El padre Demaris[1], que veía a los fieles amenazados de quedarse sin sacerdotes,
 su Caridad, aunque encarcelado, le hizo escribir, por requerimiento de ellos y para
su consuelo la Regla de Conducta que sigue:
                                                                                                 
Mis queridos hijos:  Pedís una regla de conducta. Voy a mostrárosla y a tratar de llevar a vuestras almas el consuelo que necesitáis. Jesucristo, el modelo de los cristianos, nos enseña con su conducta lo que debemos hacer en los penosos momentos en que nos hallamos.
    Todo lo que veis, todo lo que oís, es atemorizador. Pero consolaos: se está cumpliendo la voluntad de Dios. Vuestros días están contados, su Providencia gravita sobre vosotros. Amad a esos hombres que la humanidad presenta como bestias salvajes. Son instrumentos que el cielo utiliza para sus designios y, como un mar enfurecido, no traspasarán el límite prescripto contra las olas que oscilan, se agitan y amenazan.
     Os diré pues lo que San Pedro a los primeros fieles: “Es una gracia que por consideración a Dios se soporten dolores injustamente padecidos.
   Los discípulos de Jesucristo, en su fidelidad a Dios, son fieles a su patria, y plenos de sumisión y respeto hacia las autoridades. Abroquelados en sus principios, con una conciencia irreprochable, adoran la voluntad de Dios. No han de huir cobardemente de la persecución. Cuando se ama la cruz, se es audaz para abrazarla y el amor mismo nos regocija. La persecución es necesaria para nuestra íntima unión con Jesucristo. Puede desatarse a cada instante, pero no siempre tan meritoria ni tan gloriosa”.
    He aquí, mis queridos hijos, cuáles deben ser vuestras disposiciones. El escudo de la fe debe armarnos, la esperanza sostenernos y la caridad dirigirnos en todo. Si en todo y siempre hay que ser simples como las palomas y prudentes como las serpientes, tanto más cuando somos afligidos a causa de Jesucristo.
   Os recordaré ahora una máxima de San Cipriano que, en estos momentos, debe ser la regla de vuestra fe y vuestra piedad: “No busquemos demasiado, dice este ilustre mártir, la ocasión del combate y no la evitemos demasiado. Aguardémosla de la orden de Dios y esperemos todo de su misericordia. Dios requiere de nosotros más bien una humilde confesión que un testimonio demasiado audaz”.
   La humildad es toda nuestra fuerza. Esta máxima nos invita a meditar sobre la fuerza, la paciencia e incluso la alegría con que los santos sufrieron.
   Ved lo que San Pablo dice. Os convenceréis de que cuando uno está animado por la fe, los males no nos afectan más que en lo exterior y no son más que un instante de combate que la victoria corona. Esta verdad consoladora sólo puede ser apreciada por el justo.
   Amar a Dios y no temer más que a Él es patrimonio del pequeño número de los elegidos. Este amor y este temor forma a los mártires, desapegando a los fieles del mundo y apegándolos a Dios y a su santa ley.
   Para mantener este amor y temor en sus corazones, velad y orad, incrementad vuestras buenas obras y unid a ello las instrucciones edificantes de que los primeros fieles nos dieron ejemplo.
   Esta práctica os será tanto más saludable cuanto más privados estéis de los ministros del Señor, que alimentaban vuestras almas con el pan de la palabra.  Parecéis abandonados a vosotros mismos, pero este abandono, a los ojos de la Fe, ¿no podría seros saludable? La fe es lo que une a los fieles.
    Por legítima que sea vuestra desolación, no olvidéis que Dios es vuestro Padre y que, si permite que carezcáis de los mediadores instituidos por El para dispensar sus misterios, no cierra por eso los canales de sus gracias y sus misericordias. No busquemos más que la verdad y nuestra salvación en la abnegación de nosotros mismos, en nuestro amor a Dios y en una perfecta sumisión a su voluntad.
  Vosotros conocéis la eficacia de los sacramentos, sabéis la obligación a nosotros impuesta de recurrir al sacramento de la penitencia para purificarnos de nuestros pecados. Pero para aprovechar de estos canales de misericordia se necesitan ministros del Señor. ¡En la situación en que estamos, sin culto, sin altar, sin sacrificio, sin sacerdote, no vemos más que el cielo! ¡Y no tenemos mediador alguno entre los hombres!… Que este abandono no os abata. La fe nos ofrece a Jesucristo, ese mediador inmortal. El ve nuestro corazón, oye nuestros deseos, corona nuestra fidelidad. A los ojos de su misericordia todopoderosa somos ese paralítico enfermo hacía treinta y ocho años (Juan, cap. 5) a quien para curarlo le dijo no que hiciera venir a alguno que lo arrojara a la piscina, sino que tomara su camilla y anduviera…
   Ahora tenemos un solo talento que es nuestro corazón. Hagamos que fructifique y nuestra recompensa será igual a la que recibiríamos de haber hecho fructificar más. Dios es justo. No pide de nosotros lo imposible. Pero porque es justo pide de nosotros la fidelidad en lo que es posible. Con todo respeto por las leyes divinas y eclesiásticas que nos llaman al sacramento de la penitencia, debo deciros que hay circunstancias en que estas leyes no obligan. Es esencial para vuestra instrucción y vuestra consolación que conozcáis bien tales circunstancias, a fin de que no toméis el propio espíritu de vosotros por el de Dios.
   Si en el curso de nuestra vida hubiéramos descuidado el más pequeño de los recursos que Dios y su Iglesia instituyeron para santificarnos, habríamos sido hijos ingratos; pero si se nos diera por creer que, en circunstancias extraordinarias, no podemos prescindir aun de los mayores de esos recursos, olvidaríamos e insultaríamos a la sabiduría divina que nos pone a prueba y que, queriendo que nos veamos privados de ellos, los suple con su espíritu.
    Es verdad de fe que el primero y más necesario de los sacramentos es el bautismo: es la puerta de la salvación y de la vida eterna. Pero el deseo, el anhelo del bautismo es suficiente en ciertas circunstancias. Los catecúmenos sorprendidos por las persecuciones no lo recibieron sino en la sangre que derramaron por la religión. Hallaron la gracia de todos los sacramentos en la confesión libre de su fe y fueron incorporados a la Iglesia por el Espíritu Santo, vínculo que une todos los miembros a la cabeza.
   Así se salvaron los mártires. Su sangre les sirvió de Bautismo.
   Cuando uno tiene el espíritu de Jesucristo, cuando por amor a El quedamos expuestos a la persecución, privados de toda ayuda, agobiados por las cadenas del cautiverio, cuando se nos conduce al cadalso, entonces tenemos en la Cruz todos los sacramentos. Este instrumento de nuestra redención contiene todo lo necesario para nuestra salvación.
   San Ambrosio consideró santo al piadoso emperador Valentiniano, aunque murió sin el bautismo, que había deseado, sin poder recibirlo. El deseo, la voluntad es lo que nos salva. “En tal caso, dice este santo doctor de la Iglesia, quien no recibe el sacramento de la mano de los hombres, lo recibe de la mano de Dios. El que no es bautizado por los hombres, lo es por la piedad, lo es por Jesucristo”. Lo que nos dice del bautismo este gran hombre digámoslo de todos los sacramentos, de todas las ceremonias y todas las oraciones en los momentos actuales.
   Quien no puede confesarse a un sacerdote, pero, teniendo todas las disposiciones necesarias para el sacramento, lo desea y tiene un anhelo firme y constante de él, oye a Jesucristo que, tocado por su fe y testigo de ella, le dice lo que una vez a la mujer pecadora: “Vete. Mucho te está perdonado porque has amado mucho” (Lucas 7. 36-48).
     Rodeados por esos extremos que son las pruebas de los Santos, si no pudiéramos confesar nuestros pecados a los sacerdotes, confesémoslos a Dios. Siento, hijos míos, vuestra delicadeza y vuestros escrúpulos. Que cesen y que aumenten vuestra fe y vuestro amor por la cruz. Decíos a vosotros mismos, y con vuestra conducta decid a todos los que os vean, lo mismo que decía San Pablo: “¿Quién me separará de la caridad de Jesucristo?” (Romanos 8.35).
    Vuestra conducta es una verdadera confesión ante Dios y ante los hombres. Si la confesión debe preceder a la absolución, aquí vuestra conducta debe preceder a las gracias de santidad o de justicia que Dios os dispense; y es ésta una confesión pública y continua. La confesión es necesaria, dice San Agustín, porque incluye la condenación del pecado. Aquí lo condenamos tan pública y solemnemente que ella es conocida en toda la tierra. Y esta condenación, que es la causa de que no podamos acercarnos a un sacerdote, ¿no es mucho más meritoria que una acusación de pecados particular y hecha en secreto? ¿No es más satisfactoria y más edificante? La confesión secreta de nuestros pecados al sacerdote nos costaba poco. ¡Y la que hacemos hoy es sostenida por el sacrificio general de nuestros bienes, de nuestra libertad, de nuestro reposo, de nuestra reputación e incluso tal vez de nuestra vida!
   La confesión al sacerdote casi no era útil más que para nosotros, mientras que la que hoy hacemos es útil para nuestros hermanos y puede servir para la Iglesia entera. Dios, por indignos que seamos, nos hace la gracia de querer servirse de nosotros para mostrar que ofender la verdad y la justicia es un crimen enorme, y nuestra voz será tanto más inteligible cuanto mayores los males y mayor la paciencia con que los suframos.
   El hábito y la facilidad que teníamos para confesarnos, nos dejaba a menudo en la tibieza, mientras que hoy, privados de confesores, uno se repliega sobre sí mismo y el fervor aumenta. Consideremos esta privación como un ayuno para nuestras almas y una preparación para recibir el bautismo de la penitencia que, vivamente deseado, se convertirá en un alimento más saludable. Intentemos apartar de nuestra conducta, que es nuestra confesión ante los hombres y nuestra acusación ante Dios, todos los defectos que pudieran haberse deslizado en nuestras confesiones ordinarias; sobre todo la poca humildad interior.
    Cuando se confía en Dios no hay que hacerlo a medias; sería carecer de confianza el considerar que los recursos con los que Dios llama y conserva son incompletos y dejan algo que desear en el orden de la gracia. En la sabiduría, la madurez y la experiencia de los ministros del Señor encontraban consejos y prácticas eficaces para evitar el mal, hacer el bien y avanzar en la virtud. Nada de eso hace al carácter sacramental, sino a las luces particulares. Un amigo virtuoso, celoso y caritativo puede ser en esto vuestro juez y vuestro director. Las personas piadosas no iban al tribunal de Dios a buscar sólo instrucciones y luces; se abrían a personas notables por su santa vida en conversaciones familiares. Haced otro tanto. Pero que la caridad más recta reine en este comercio mutuo de vuestras almas y vuestros deseos. Dios os bendecirá y encontraréis las luces que necesitáis. Si este recurso os fuera imposible, descansad sobre las misericordias de Dios. Él no os abandonará. Su espíritu hablará por sí mismo a vuestros corazones mediante inspiraciones santas que os inflamarán y dirigirán a los objetivos augustos de vuestros destinos.

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jueves, 23 de enero de 2014

Los Católicos Cristeros

Continuación...

A partir del 1° de agosto de 1926, dieciséis millones de católicos mexicanos se quedaron sin misa ni sacramentos. Sintieron que el mundo se les caía encima. Roma callaba en lugar de seguir denunciando la barbarie comunista; las tropas federales asaltaban y fusilaban sin freno alguno; los gobernadores de los estados mandaban ahorcar a los líderes católicos. Al pueblo no le quedaba otra salida que la guerra, por lo que empezaron a sucederse alzamientos populares, poco después de la suspensión del culto.



El propio tirano marxista Elías Calles, el 21 de agosto de 1926, cuando recibió en audiencia a los representantes del episcopado, les dijo: “ a los católicos no les queda más remedio que (hacer gestiones ante) las Cámaras o (empuñar) las armas!”


Casi de inmediato se recabaron muchas firmas de ciudadanos católicos; se realizaron manifestaciones multitudinarias; boicot contra los artículos de lujo; se interpusieron recursos legales ante los diputados el 6 de septiembre de 1926. Dichas peticiones ni siquiera fueron admitidas a trámite.


Por todo ello, era más evidente que el acorralamiento feroz que sufría el pueblo, era lo que le llevaba a la guerra. Este pueblo que hasta entonces lo había soportado todo, no pudo sufrir que se le privara de los sacramentos de su religión, no pudo aguantar que se le privara de Cristo Sacramentado, por lo que poniendo en práctica las enseñanzas de la Religión Católica, de que “no sólo de pan vive el hombre”, y de que “la única muerte que ha de temerse no es la del cuerpo, sino la muerte eterna (del alma)”, se lanzó a combatir en nombre de Cristo Rey y de la Virgen de Guadalupe. La suspensión del culto público fue, pues, la gota que derramó el vaso (…) Su grito de batalla era “¡Viva Cristo Rey!”; de ahí la denominación que encontraron los federales para referirse a los “Cristeros”.


La mayoría de los obispos de México, impidieron que los sacerdotes bajo su jurisdicción los auxiliaran espiritualmente. De un total de 3,500 sacerdotes que había en el país, sólo un centenar entraron a la clandestinidad para asistir sacramentalmente a los cristeros.


Algunos obispos, llegaron al grado de prohibir la insurrección en sus diócesis, amenazando incluso a los sublevados con la excomunión. De 38 obispos, los únicos que apoyaron a los cristeros fueron:


José de Jesús Manríquez y Zárate, Obispo de Huejutla, José María González y Valencia, Arzobispo de Durango, Francisco Orozco y Jiménez, Arzobispo de Guadalajara, Leopoldo Lara y Torres, Obispo de Tacámbaro y Emeterio Valverde y Téllez, Obispo de León.


Por su parte, los obispos norteamericanos tampoco apoyaron a los cristeros; sino que, por el contrario, se sumaron a la infamia y sólo les dieron migajas, limosnas insultantes. Ellos conocían bastante bien lo que estaba sucediendo en México; no ignoraban que el gobierno estadounidense patrocinaba al gobierno comunista de Calles, que sus huestes incendiaban millares de aldeas; arrojaban a la gente desplazada de sus tierras a los caminos y a veces las ametrallaba; robaban sus cosechas y el ganado, para matar luego a tiros a los animales que no habían podido llevarse. Poblaciones enteras fueron deportadas en vagones del ferrocarril, como represalia contra los combatientes cristeros, a quienes temían enfrentar. Los postes telegráficos contiguos a las vías del tren, les sirvieron como cadalso para ahorcar católicos, a lo largo de kilómetros y kilómetros. Las tropas gubernamentales, en sus asaltos, gritaban: ¡viva nuestro padre satanás!; a la vez que profanaban las iglesias entrando a caballo, derribando y fusilando imágenes de la Santísima Virgen y de los Santos.


Las Sagradas Hostias eran pisoteadas bajo los cascos de sus cabalgaduras. Solamente los arzobispos de Baltimore y de San Antonio Texas, movidos por la vergüenza, confesaron lo que sabían: “… Washington… es el aplastante poder que sostiene a los bolcheviques mexicanos”.


No obstante la falta de apoyos, los católicos mexicanos con sus solas fuerzas, y gracias a la sangre de muchos mártires, en tres años de guerra, habían logrado el control de gran parte de los territorios rurales de quince estados de la República, y contaban con un valeroso ejército llamado la Guardia Nacional, de hasta cincuenta mil combatientes, distribuidos en el territorio mexicano.