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miércoles, 5 de julio de 2023

SOLEDAD Y SUFRIMIENTO DE MARIA SANTISIMA

 


(Ntra. Sra. tiene a su Santísimo Hijo muerto en sus brazos…)

Es Viernes Santo. Son más de las 3 de la tarde.

El terremoto ya pasó. El velo del templo está rasgado.

La oscuridad de la tierra pasó. Sobre el calvario se ve una gran Cruz, está vacía.

Pero allí, allí en el lugar del calvario,

Se puede divisar a una mamá, está llorando,

Tiene a su Hijo muerto en sus brazos.

 

Sí, Ella llora y está sola, con su Hijo muerto en sus brazos.

Lo bajaron de la Cruz, y ahora ya descansa entre sus brazos.

¡Sí, su Hijo está muerto, está completamente destrozado!

¡ Su Hijo era inocente, hombres malvados se lo han arrebatado!

¡Y ahora miren, cómo se lo han entregado!

 

En la cabeza tiene una corona de espinas,

Manos y pies, completamente agujereados,

El costado lo tiene abierto,

El rostro, completamente desfigurado,

El cuerpo, ni decirlo, Dios mismo lo dijo:

“más que un hombre, parece gusano “

 

¡Sí, queridos fieles, sobre el Calvario se ve una Cruz,

Y una mamá que llora con el Hijo muerto en sus brazos!

 

* Comentario:

Queridos fieles, ¡Cuánto es el dolor de María!

¿Quién se podría imaginarlo?

La misma Iglesia le aplica estas palabras a nuestra dolorosa Madre Santísima:

 

“ ¿ a quién te compararé y asemejaré, Hija de Jesuralén?

¿ A quién te compararé para consolarte, Virgen Hija de Sion?

¡ Grande es, así como el mar, tu quebranto!” (Jer.2,13)

 

¡ Sí, grande es, así como el mar, tu quebranto!

La mamá llora, con su Hijo muerto en sus brazos.

 

Pero queridos fieles,

¿ Quién es el culpable de su dolor y quebranto?

¿ Quiénes son los hombres malos que se lo han arrebatado?

¡ Queridos fieles, somos todos nosotros, por nuestros enormes pecados!

 

Si nosotros no hubiésemos pecado,

¡ Su Jesús no hubiese sido crucificado!

¡ Y ahora no estaría su Hijo muerto en sus brazos!

 

Queridos fieles, ¡tengamos valor, tengamos valor!

¡Vayamos con esa mamá que llora,

Con su Hijo muerto en sus brazos!,

¡ Sí, vayamos tímidamente y digámosle! :

 

“ Madre mía, yo no quisiera,

Ni mirarte ni mirarlo,

En Belén, tú me lo entregaste Niño,

Todo hermoso, todo sano,

Y ahora te lo devuelvo,

Todo muerto y destrozado”

 

“ Madre mía, yo soy el culpable,

Te lo confieso llorando,

¡ Mis pecados, mamá,

mira cómo te lo han dejado!

 

Es cierto, yo nunca podré pagarte

Lo que hicieron mis pecados,

Por eso me entrego a ti,

Como tu perpetuo esclavo,

¡ haz conmigo lo que quieras, Madre mía,

Eso es lo que estoy deseando!

 

Si quieres ahora soy yo tu hijo,

Como tu Jesús amado,

Y te amaré por siempre,

Y siempre estaré a tu lado.

 

Ya sé que nunca nadie será,

Como tu Jesús amado,

Déjame al menos amarte

Y consumirme a tu lado.

 

*Comentario:

¡ Sí, queridos fieles, vayamos y digámosle esto de todo corazón a nuestra mamá del cielo,

Que tiene al Hijo muerto en sus brazos!

Digámosle esto de todo corazón y no duden escuchar de sus labios estas poquitas palabras:

 

“ Hijo, no sigas llorando,

Así como Jesús,

Yo también te he perdonado,

Ahora tú eres mi hijo,

No te alejes de mi lado”

 

¡Sí, queridos fieles, no nos alejemos más de María,

No la dejemos sola, a partir de este momento y hasta la muerte,

estemos siempre con Ella, seamos siempre buenos hijos, más devotos,

amemos rezar con Ella su amadísimo Rosario.

 

 

 

Así es , queridos fieles, Es Viernes santo, ya ha caído la tarde,

Sobre el calvario se ve una gran Cruz,

Y una mamá, con su Hijo muerto en sus brazos.

Ella llora, sí, pero ya no esta sola,

Estamos nosotros, allí con Ella a su lado.

 

Queridos fieles, preguntémosle lo que ha sentido,

Su corazón desgarrado,

Al ver a su Hijo morir

En esa Cruz crucificado

¡ Sí, preguntémosle lo que sintió cuando oyó

De Jesús sus últimas siete palabras:

 

Mamá, yo sé que sufres,

Por este tu Hijo amado

Que está muerto entre tus brazos,

Y quisiera no preguntarte,

Y sólo llorar a tu lado,

Pero dime lo que Él ha dicho

Al estar crucificado,

Así con estas palabras aprenderé

A amar más al Amado.

 

 

Hijo, aunque prefiero también

Estar callada y llorando,

Te digo sólo un poquito

De lo que oí de sus labios,

Sí, de lo que le oí decir,

Cuando estaba allá en lo alto :

 

 

1ª.Palabra:

 

Era más de mediodía, mi Jesús estaba

Clavado y agonizando:

Su rostro, con la terrible corona.

La sangre llenaba sus ojos,

Su boca estaba entreabierta

Y su cuerpo todo desgarrado;

 

Los hombros, codos y puños estaban tendidos

Hasta ser dislocados,

La sangre corría por sus brazos,

Su pecho estaba bien hinchado;

 

Sus muslos y su piel,

Sufrían tensión tan violenta

Que fácilmente podían

Contarse todos sus huesos.

 

 

Ya se habían repartido

Los vestidos de mi Hijo,

Y comenzaron los verdugos otra vez

A lanzarle imprecaciones:

 

Vinieron también fariseos y escribas,

Saduceos y algunos ancianos,

Y a mi Hijo con gran rabia

Lo insultaron echando fuego:

 

“ ¡ embustero, le decían,

Destruye el templo y levántalo en tres días!

¡Ha salvado a otros

Y a sí mismo no puede salvarse !”

 

Y con gran rabia continuaban:

“ ¡ si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz,

Y reían, y escupían y se burlaban!”

 

Y entonces, hijo mío,

Mi Jesús, todo dolorido y ultrajado,

Abriendo su boca dijo

Su dulce primera palabra:

 

“! Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”

 

Hijo mío, yo cuando lo escuché,

¡ ya no pude contenerme,

Y corrí hacia la Cruz,

Corrí hacia donde estaba mi Niño,

El centurión que cuidaba,

Me dejó el paso abierto!

 

Cuando llegué junto a Él,

Mi corazón exclamaba :

¡ Oh, mi Jesús bueno y dulce,

Eres pura misericordia ¡

 

Y tú hijo debes también aprender

A perdonar a tu prójimo,

No importa lo que te hayan hecho,

Ya sea mucho ya sea poco,

Si a Jesús me lo clavaron

En una Cruz entre risas y blasfemias,

Y aún así perdonó

Con un corazón muy tierno,

 Tú también deberás perdonar,

Así te hagan otro tanto.

Y nunca has de olvidar

Que algún día, fuiste también culpable,

Y fuiste también perdonado.

 

*Comentario:

 

¡Sí, queridos fieles, aprendamos de esta primera palabra de Jesús a perdonar las ofensas!,

Recuerden siempre las palabras de Jesús :

 

* “ Si amáis sólo a vuestros amigos ¿qué recompensa tendréis?, ¿no hacen esto también los paganos?

 * “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen y calumnian,

Devolved bien por mal”

* “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”

* “Perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”

* “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”

 

 

Pero volvamos a preguntarle

 a nuestra querida Madre Santísima,

qué más ha dicho nuestro Jesús amado:

 

“ ¡ Madre mía Santísima, dime ,

¿ qué más ha dicho nuestro Jesús amado?

 

2ª.Palabra:

 

Hijo mío:

El cielo se obscureció,

Las estrellas aparecieron,

Y despedían luz tan ensangrentada

Que asustaban a todos

 

Muchas personas se daban

Grandes golpes de pecho

Y Jesús , en medio de sus dolores,

Volvió los ojos hacia ellos

 

Las tinieblas aumentaron,

Muchos salieron corriendo,

Y entonces Dimas, levantando la cabeza,

A mi Jesús, con esperanza le dijo:

 

“ ¡Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu reino!”

 

¿ Y qué crees que respondió mi Jesús,

A quién sólo pedía un recuerdo?

Mi Hijo le dijo:

“ ¡En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso!”

 

 

 

 

 

 

 

 

Hijo, por más que seas pecador,

Y aunque ya te estés muriendo,

No dejes de confiar en Jesús,

No dejes de confiar y reza,

Reza y pide mucho, mucho,

Pues aunque no lo creas,

Todo lo que pides es nada,

Es nada para mi Jesús generoso

Que te quiere dar el cielo en un instante,

¡ Sí,  en un instante y esto es poco!

 

* Comentario:

Sí, queridos fieles, no dejemos nunca de rezar,

Quien reza se salva, quien no reza se condena.

La oración todo lo puede,

La oración todo lo alcanza,

No desesperen, tengan fe,

Recuerden las promesas de Jesús:

 

·         “En verdad, en verdad os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi Nombre, os lo concederá.”

·         “ Y no hay necesidad que Yo interceda por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque creísteis que salí de Él y me han recibido”

·         “ Hasta ahora nada habéis pedido en mi Nombre, pedid y recibiréis para que vuestro gozo sea completo”

 

Madre mía Santísima, ayúdame a perdonar al prójimo que me ofendió,

Ayúdame a no dejar de rezar

Y a pedir mucho, mucho,

Pero ¿ qué más ha dicho Jesús,

Qué más ha dicho el Amado?

 

 

3ª.Palabra:

 

Hijo, lo que sigue tiene que ver,

Contigo y conmigo:

Estaba yo al pié de la Cruz

Contemplando a mi Hijo,

Y yo interiormente le decía:

¡ Hijo, déjame morir contigo!

 

Él entonces me miró

Con una ternura inefable,

Y mirando hacia San Juan me dijo:

“ ¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!”

Y después dijo a San Juan:

“ ¡hijo, ahí tienes a tu Madre!”

 

 

 

 

 

Con esto hemos de comprender

Que ahora, soy mamá de todos.

Por eso hijo mío, no te separes de mí,

Mira que ya eres mi hijo,

No dejes sola a tu mami,

Pues quiero cuidarte siempre,

Y cuidar que nunca nada te falte.

 

¡Sí, Madre mía Santísima, cuídame mucho

Temo no perseverar

El diablo me está acechando

Y me quiere devorar

No sea que cuando venga Jesús

Ya no me encuentre a tu lado

Y no sepas que decirle

A su corazón destrozado

Que pregunta por el hijo

Por quien murió crucificado.

 

Hijo, no te preocupes,

Sólo échate en mis brazos

Yo no perderé a ninguno

De los que Jesús me ha dado,

Si alguien alguna vez

Te separa de mi lado,

Al instante iré en tu busca

Con mayor furor y celo

Que el de la osa en el campo

A quien le han robado el cachorro

 

Dame sólo unos instantes

Y ya te habré recuperado,

Y el enemigo quedará

Totalmente destrozado

Le aplastaré la cabeza

Y será un eterno derrotado

 

Así cuando venga Jesús

Tú estarás entre mis brazos

Y entonces podré decirle

Lo que tanto he deseado:

“Jesús, aquí tienes a tu hijo,

El que me habías encargado,

Hijo, aquí tienes a tu Dios enamorado.

 

 

*Comentario

 

Queridos fieles, sobran palabras para comentar éstas líneas,

Amen mucho, mucho a la Santísima Virgen,

Nunca se separen de Ella,

Amen rezar con Ella su santo Rosario,

Y si nunca se han consagrado a Ella: Aún no es tarde,

Y si ya lo han hecho: Renueven su entrega con mayor amor,

 

Pues Ella más que nunca se preocupa por presentar ante Jesús a sus hijos,

Vivos, limpios y con sus almas hermosas,

Sí, para entregarle a Jesús sano y salvo el hijo que antes de morir,

Jesús le había encargado.

 

Queridos fieles, recuerden, ya es Viernes Santo,

Sobre el Calvario se ve una gran Cruz

Y a una mamá que está llorando,

Sí, es María, que tiene a su Jesús

Muerto en sus brazos.

 

Pero mamá, sígueme platicando,

¿qué más te ha dicho el Amado?

 

 4ª.Palabra:

 

Pues mira, hijo mío,

Allí en la Cruz,

Se sintió muy desamparado

Y desde arriba exclamó:

“ Dios mío, Dios mío,

Por qué me has abandonado?”

 

¿qué podía hacer yo,

Yo que lo estaba escuchando?

Mi corazón de mamá se sintió

Totalmente desgarrado,

Quise gritarle: ¡Jesús, hijo mío,

Aquí está tu mamá, a tu lado!

¡desde Belén te cuidé

Y ahora no te he dejado,

Aquí al pié de la Cruz estaré

Hasta que todo haya terminado!

 

Hijo mío, si Jesús murió,

De su Padre abandonado,

Fue para con eso expiar

Todos tus grandes pecados

Que por ellos merecías

En el infierno,

El eterno desamparo.

 

¿Mamá, qué debo yo hacer,

Para compensar tanto daño?

¡Mira cuánto sufrió Jesús

Y mírate a ti,

Con tu Hijo muerto en tus brazos,

Y todo por mi culpa, mami,

Ya me deshago de llanto

¡Ayúdame a amarlo,

Y a amarte a ti sin descanso.

 

Mira, Madre Santísima, ya viene

El José de Arimatea,

Y viene con una sábana en mano

Ya se lo quieren llevar

Al sepulcro bien cerrado

¡ que esperen un poco, mami,

Tú sígueme platicando,

Faltan sólo tres palabras,

Anda , dime

¿qué más te ha dicho el Amado?

 

5ª.Palabra:

 

¡ Ay, hijo mío, la que sigue

Me desgarró toda el alma,

Yo que siempre le cuidé

Y le di sus alimentos,

Cuando dijo : “ Tengo sed”

¡ me quedé sin aliento!

 

No sabes lo que siente una mamá,

Al ver a su Hijo sediento

Y sin poder ayudarlo

Y verlo morir sediento,

Hijo su sed, no la podía yo apagar,

Estaba de almas sediento,

Pues en su corazón decía:

“ ¡No, almas, almas,

Eso es lo que quiero!”

 

Hijo, si quieres ayudar

A nuestro Jesús sediento,

Ten siempre un gran celo

Por la salvación de las almas:

Reza por los pecadores,

Da siempre un buen ejemplo,

Que haciendo esto, hijo mío,

Aunque tú no le veas,

Estás dando agua muy fresca

A nuestro Jesús sediento.


 

6ª.Palabra:

 

Poco después pronunció:

“ ¡Todo se ha consumado!”

Mi corazón se acercó

Al dolor más extremado,

¡ Mi Hijo a punto de morir,

Y yo lo estaba observando!

 

¡Déjame morir contigo, Hijo!

¡déjame morir a tu lado!

Pero no se haga mi voluntad

Sino siempre la tuya.

 

Hijo, tú que me escuchas,

Sé siempre muy obediente,

Jesús en todo cumplió

La voluntad de su Padre,

Haz siempre también lo mismo

Para que siempre le agrades.

 

Hijo, no hay cosa mayor

Para agradar al Amado,

Que cumplir su voluntad

Hasta que mueras amando

Y para que al fin de tu vida

Pronuncies como Él,

el “todo se ha consumado”.

 

Madre mía Santísima, allí sigue José,

El de Arimatea esperando,

Y mira, ya Nicodemo llegó

Con una mezcla de bálsamos,

Ya se lo quieren llevar

Al sepulcro bien cerrado.

¡Pero falta una sola palabra, mamá,

Y ya habremos terminado!

 

¡Anda, dime!,

¿qué fue lo último que dijo

Nuestro Jesús amado?

 

7ª.Palabra:

 

Mi Hijo desde la Cruz

Se fue poco a poco desangrando,

Ya no podía respirar,

Se le fue acabando el aire,

y yo, al pié de la Cruz,

¡lo mismo sufría por dentro!

 

De pronto se incorporó,

Agarró fuerza y frescura,

Y levantando sus ojos al cielo exclamó:

“!Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu!”

 

Y yo, con mi corazón,

Dije esto al mismo tiempo:

 

“Padre, en tus manos

Te entrego a mi Hijo,

Tú me lo entregaste,

Es tuyo,

Ahora te lo devuelvo,

La obra que le encargaste

Ya le ha dado cumplimiento,

 

Ahora regresa contigo,

Y contigo estará tiempo eterno,

Y no importa si ya estoy sola,

¡Señor, aquí tienes tu esclava!

 

Es Viernes Santo, ya ha caído la tarde,

Sobre el Calvario se ve una gran Cruz,

Y una mamá, con su Hijo muerto en sus brazos.

 

¡ Cuánto sufres, Madre mía,

Por la muerte de tu Amado,

Consumió toda su vida

Y ahora ya descansa entre tus brazos!

 

¡Mira, mami, sus heridas,

Y esa llaga del costado,

Cuanto amor siempre me tuvo

Y yo, que tanto lo he olvidado!

 

¡Ayúdame, Madre mía Santísima, a corresponder

A mi Dios enamorado,

Enséñame a realizar

Lo que siempre le ha gustado:

El sacrificio completo

Por amor a los hermanos.

 

Y ahora son muchos tus hijos,

Los que Jesús te ha dado,

Para que Tú se los cuides

Hasta que venga a buscarlos

 

Si quieres, mami, te ayudo

A cuidar a mis hermanos,

Hasta que entregue mi vida

Por ayudarte a salvarlos

Para que al fin mi cuerpo descanse

Como el de Jesús, en tus brazos.


FINAL

 

¡Mira, mami, ya se llevan a Jesús,

Al sepulcro bien cerrado!

¡Mira cómo le ponen

El bálsamo en su costado!

Lo envuelven con una sábana

Ya todo se ha terminado.

 

La piedra es grande,

Y la mueven sólo entre varios,

¡Mira, mami, ya ha quedado,

El sepulcro bien cerrado!

 

¡No llores, Mami,

No estás sola,

Aquí contigo,

Contigo estoy a tu lado

Esperemos un poquito, mami,

¡Y Jesús habrá resucitado!

 

¡Vámonos a casa, mami,

Necesitas descansar!

¡Mira cuánto has llorado, mami!

¡Sí, necesitas descansar!

 

AVE MARIA PURISIMA

SIN PECADO CONCEBIDA

MARIA SANTISIMA


R.P. BERNARDO ARIZAGA (2007)




lunes, 3 de julio de 2023

EL SANTO ABANDONO CAPITULO 10 (LAS TENTACIONES)

 



«Para un alma que ame a Jesucristo -dice San Alfonso-, no

hay mayores penas que las tentaciones, pues todos los otros

males le facilitan la unión más íntima con Dios, recibiéndolos

con resignación; empero, las tentaciones le exponen a

separarse de Jesucristo, siendo por lo mismo mucho más

amargas que cualquier otro tormento.»


No todas las tentaciones vienen del demonio: «Cada cual

es tentado por su concupiscencia que le arrastra y seduce», y

este fuego maldito es atizado por el escándalo de los

perversos y de los imperfectos. La mayor parte de los

hombres se exponen personalmente al peligro, o se precipitan

en él unos a otros. El demonio no ha de hacer sino cruzarse

de brazos, contemplándoles realizar su obra; mas al contrario,

no cesa de agitarse alrededor de las almas que no le son

adictas. Así, un padre del desierto vio al diablo sentado

tranquilamente sobre la puerta de la ciudad de Alejandría,

mientras que las legiones infernales acometían

impetuosamente a los santos de la soledad.


«El demonio nos ataca de diferentes maneras -dice el

venerable Luis de Blosio-. Ora viene secretamente y al

parecer sin hacer nada, o aun bajo el exterior de piedad, a fin

de hacernos caer más fácilmente en sus lazos; ora de una

manera brutal se abalanza sobre nosotros, para hacernos

sucumbir a los violentos y numerosos golpes que descarga

sobre nuestra persona; en ocasiones, se desliza de un modo

insensible a manera de serpiente, intentando arrastrarnos a

faltas mayores por el desprecio de las más pequeñas y

pisoteando ciertos remordimientos y ciertas dudas, para

formarnos una conciencia falsa y endurecida. 


A tiempos, sin guardar estas consideraciones, preséntase bajo todas 

las formas y con todos los horrores, y propone los mayores

crímenes. Unas veces emplea los consuelos espirituales o las

penas interiores con la mira de engreírnos o de abatirnos;

otras, sírvese de la prosperidad o de la adversidad temporal

para inclinarnos a la pereza o precipitarnos en la

desesperación... ¿Qué diremos de los asaltos que os darán

los malignos espíritus? Semejantes a reiteradas olas de mar

embravecido, sacudirán con violencia vuestro corazón y os

creeréis a cada instante a punto de padecer triste naufragio.


Quizá llegue la tentación a ser tan horrible que los

pensamientos sugeridos por ella os parezca que sólo pueden

tener cabida en el espíritu de un réprobo. Os parecerá que

todo el infierno se ha conjurado contra vosotros, y que Dios,

irritado, os entregó a Satanás. Con frecuencia, ni siquiera

podréis abrir la boca ni para orar, ni para cantar las alabanzas

del Señor; y estos ataques tan aflictivos en sí mismos, lo serán

aún mucho más por su duración y frecuentes repeticiones. No

se satisfará el demonio con un ataque ni con muchos;

sumergidos y vueltos a sumergir en este horno, pasaréis días

tristes, rodeados de penas más o menos terribles, pero

siempre crueles.» San Francisco de Sales cita a este

propósito dos ejemplos memorables, y después añade esta

alentadora observación: «Estos grandes asaltos y tentaciones

tan fuertes jamás son permitidos por Dios, sino en ciertas

almas que quiere elevar a su amor puro y sublime.» Por lo

demás, con tal que se vigile y se ore, El está en la barca con

nosotros; parece dormir, pero la tempestad no se levantará

sino con su licencia, y se apaciguará a una palabra de su

boca.


A veces al principio, otras durante el curso o hacia el fin de

la vida espiritual es cuando la tentación se deja sentir con

mayor crueldad. En determinados casos puede hasta llegar a

tener una influencia decisiva; por ejemplo, cuando ataca

nuestra fe o nuestra vocación, puede suceder que pasemos

por pruebas especiales y poco ordinarias, como las

tentaciones de blasfemia, de odio a Dios o dudas persistentes

contra la fe. El carácter de las personas que nos rodean, el

empleo que se nos ha confiado, circunstancias transitorias pueden 

ser ocasión de tentaciones. Estas pueden tener su

principio y raíz en el temperamento, en el carácter, en el lado

flaco de nuestra alma, en nuestros defectos dominantes; y

como todo hombre se compone de cuerpo y alma, y es a la

vez ángel y bestia, habrá de combatir sobre todo el orgullo y la

impureza, y de no haber una gracia especial, éstos son los

dos enemigos por excelencia.


Los santos mismos han conocido estas dolorosas pruebas

y luchas. Y para no hablar sino de las tentaciones contra la

virtud angelical, algunos han sido preservados de ellas, como

Santa Teresa, Santa Rosa de Lima y Santa Teresita del Niño

Jesús. Otros, sólo de pasada han tenido esta humillación:

durante nueve días Santa Magdalena de Pazzis, Santa

Margarita María durante algunas horas. Muchos, después de

brillante victoria, fueron preservados de ella en lo sucesivo,

como nuestro Padre San Benito y Santo Tomás de Aquino.

Gran parte de ellos han soportado sus dolorosas acometidas

durante largos años y aun toda la vida. El Apóstol de las

Gentes, Santa Francisca Romana, Santa Catalina de Sena,

San Benito Labre y cuántos otros! fueron cruelmente

abofeteados por el Ángel de Satanás. Estas tentaciones

persistieron siete años en San Alonso Rodríguez, diecisiete en

Santa Maria Egipciaca, veinticinco en el venerable César de

Busto, San Alfonso de Ligorio, verdadero ángel de inocencia,

padeció estos ataques de una manera espantosa a la edad de

ochenta y ocho años, por espacio de más de un año entero.

Mueve a compasión Ángela de Foligno cuando hace el relato

de sus pruebas. Es el gran combate para todas las almas,

salvo una gracia particular. Mas hay sin duda otras tentaciones

en que casi no nos fijamos, aunque de ellas está llena la vida

de los santos.


En cuanto a nosotros, ¿cuándo seremos principalmente

probados? ¿Al principio, al medio o al fin de nuestra carrera?

¿Acaso siempre? ¿En qué materia sobre todo? ¿Con qué

grado de intensidad o de duración? Es el secreto de Dios, y en

parte también el nuestro. El infierno es una jauría de perros

rabiosos que anhelan despedazarnos, pero todas estas

malditas bestias están encadenadas; Dios es quien las maneja

a su antojo, y contra sus disposiciones son la impotencia misma. 

Quítales toda la libertad de tentar, o se la concede

más o menos restringida, según El lo juzga conveniente, como

armas que pueden usar contra aquellos que El permite sean

probados, en la materia y por el tiempo que halla ser a

propósito. Elegir la tentación, el tiempo, la violencia y la

duración, todo está en manos de Dios, nuestro Padre, nuestro

Salvador, nuestro Santificador; esto es lo que debe inspirarnos

confianza. Podemos nosotros mismos, con el auxilio de la

gracia, prevenir muchas tentaciones, rechazar los más rudos

asaltos del enemigo; y si sucumbimos, será por nuestro libre

consentimiento, pues el demonio puede ladrar, amenazarnos,

solicitarnos, pero no muerde sino al que lo quiere. Mas, por

desgracia, tenemos en nuestro libre albedrío la tremenda

posibilidad de ceder, a pesar de la gracia; y de no pedirla,

hasta de ir en busca de la tentación; todo lo cual nos ha de

mantener en una continua desconfianza. El peligro, pues, en

definitiva, está en nosotros, y a nosotros es a quien sobre todo

hemos de temer.


En todo esto hay una mezcla de divino beneplácito y de su

voluntad significada, exigiendo ésta que cada cual «vele y ore

para no caer en la tentación», es decir, para prevenir la

tentación en cuanto de nosotros dependa, o para obtener la

gracia de no sucumbir. Que ésta se presenta a pesar de la

vigilancia y de la oración, la voluntad de Dios significada pide

entonces que combatamos como valientes soldados de

Jesucristo. Todos conocen perfectamente los medios que han

de emplearse, pero, según San Alfonso, «el más eficaz y el

más necesario de todos los remedios, el remedio de los

remedios, es invocar el auxilio de Dios y continuar orando

mientras dure la tentación. Con frecuencia vincula el Señor la

victoria, no a la primera oración, sino a la segunda, a la

tercera, o a la cuarta. En una palabra, es necesario

persuadirse que todo nuestro bien depende de la oración; de

la oración depende el cambio de vida; de la oración depende

la victoria sobre las tentaciones; de la oración depende la

gracia del amor divino, de la perfección, de la perseverancia y

de la salvación eterna. Lo prueba la experiencia: que el que

recurre a Dios en la tentación, triunfa, y el que no recurre a

Dios peca, sobre todo en las tentaciones de incontinencia». Mas, a 

pesar de la vigilancia, de la oración, de la lucha, es

preciso resolverse a combatir, pues tal es el beneplácito

divino. «Quiero que sepáis -dice nuestro Padre San Bernardoque

nadie puede vivir sin tentación. Se va una, esperad otra

con seguridad; ¿qué digo con seguridad?, mejor diría con

temor. Pedid veros libres de ella, mas no os prometáis

completo reposo y libertad perfecta en este cuerpo de muerte.

Considerad, sin embargo, con qué bondad nos trata Dios,

pues nos deja a veces ciertas tentaciones, a fin de

preservarnos de otras más peligrosas; nos libra prontamente

de unas, para que por otras seamos ejercitados y que sabe

han de sernos provechosas.»


Debemos poner en Dios nuestra confianza, pues

cualquiera que sea la causa de las tentaciones, «¿No es

siempre El quien las permite para nuestro bien? ¿Y por qué no

adorar todo lo que en sus santos designios permite, a

excepción del pecado, que detesta y nosotros hemos de

detestar con El?» Por lo demás, nos dice el venerable Luis de

Blosio, «considerad que las tentaciones son en los designios

de Dios pruebas destinadas a hacer resaltar en todo su brillo

vuestro amor por El, lecciones que os enseñarán a

compadeceros de los que como vos serán blanco de los tiros

del enemigo, medios de expiar nuestros pecados y prevenir

nuestras faltas, disposiciones para más abundantes gracias

contra el orgullo, pues os harán sentir que sin su gracia nada

podéis».


¡Qué lección de humildad! «Cuando un alma -dice San

Alfonso- es favorecida de Dios mediante las consolaciones

interiores, fácilmente se cree capaz de vencer todos los

ataques de sus enemigos y de salir airosa en cualquier

empresa que interese a la gloria de Dios; mas, cuando es

rudamente combatida, y se ve ya al borde del precipicio y a

punto de caer, siente su miseria y su impotencia para resistir,

si Dios no viene en su ayuda.» Luces particulares sobre la

humildad pudieran proporcionarle llana complacencia, pero la

tentación le muestra hasta la saciedad su miseria con toda su

desnudez. Se embriagaría quizá con los dones y favores

celestiales, mas la tentación la impide elevarse, o la sumerge

en el fondo de la nada. Los santos mismos hubiéranse perdido por el 

orgullo, pero la tentación fue el contrapeso providencial;

y así, Dios los hundió en un abismo de humillación para

elevarlos a las cumbres de la santidad. Así, el Apóstol, vuelto

del tercer cielo, había de ser abofeteado por Satanás; Santa

Catalina de Sena, después de sus íntimas comunicaciones

con Nuestro Señor, San José de Cupertino después de sus

maravillosos éxtasis, sintieron cruelmente el aguijón de la

carne; San Alfonso, ese maestro incomparable, ha de ser

atormentado con escrúpulos más que el último de sus

discípulos.


«Es necesario -dice nuestro Padre San Bernardo- que

haya tentaciones, porque nadie puede ser legítimamente

coronado sin haber combatido, y para combatir es forzoso

tener enemigos. Por el contrario, cuantos más actos de

resistencia, más coronas.» De no ser así, nos dormiríamos

sobre los laureles; pero en el campo de batalla no hay más

remedio que vencer o morir, y para no perecer, se vela, se ora,

se obedece, se humilla, se mortifica, se hace cien veces más

que fuera de peligro. El demonio nos persigue por odio y nos

fuerza, por decirlo así, a caminar, convirtiéndose de este

modo, a pesar de su malicia, en factor importantísimo para

nuestro progreso espiritual. He aquí, concluye San Alfonso,

por qué permite Dios con frecuencia que las almas que le son

más queridas, sean las más probadas por la tentación, con lo

que adquieren más méritos en la tierra y mayor gloria en el

cielo. Al verse embestidas por tantos enemigos, despréndense

de la vida presente, desean con ansia la muerte, a fin de volar

hacia Dios y no estar expuestas a perderle. Cuando alguien,

pues, se vea en medio de tentaciones (con tal que cumpla con

su deber), en vez de abrigar temores de no estar en gracia de

Dios, debe confiar más en que es amado.


Sería, pues, un error turbarse por el sólo hecho de que la

tentación es frecuente y violenta; y no se obraría con menor

desacierto, temiéndola con exceso. «Pues -dice Santa Teresa si

este Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es,

y que son sus esclavos los demonios, y de ésta no hay que

dudar, pues es de fe, siendo yo sierva de este Señor y Rey,

¿qué mal me pueden ellos hacer a mí? ¿Por qué no he de

tener yo fortaleza para combatir con todo el infierno? Tomaba una 

cruz en la mano y parecía verdaderamente darme Dios

ánimos, que yo me vi otra en breve tiempo, que no temería

tomarme con ellos a brazos, que me parecía fácilmente con

aquella cruz los venciera a todos; y así dije: Ahora venid todos,

que siendo sierva del Señor, yo quiero ver qué me podéis

hacer.


»Es sin duda, que me parecía que me habían miedo,

porque yo quedé sosegada y tan sin temor de todos ellos, que

se me quitaron todos los miedos que solía tener hasta hoy:

porque aunque algunas veces los veía, como diré después, no

les he habido más casi miedo, antes me parecía que ellos me

le habían a mí. Quedóme un señorío contra ellos, bien dado

del Señor de todos, que no se me da más de ellos que de

moscas. Parécenme tan cobardes, que en viendo que los

tienen en poco, no les queda fuerza, no saben estos enemigos

de hecho acometer, sino a quien ven que se les rinde, o

cuando lo permite Dios, para más bien de sus siervos, que los

tiente y atormente. Pluguiese a su Majestad, temiésemos a

quien hemos de temer y entendiésemos nos puede venir

mayor daño de un pecado venial, que de todo el infierno junto,

pues es ello así». El piadoso Obispo de Ginebra hablaba de

idéntica manera a Santa Juana de Chantal: «Se han renovado

vuestras tentaciones contra la fe, os acosan por todas partes;

pero pensáis demasiado en ellas, las teméis mucho, os

precavéis en demasía de ellas. Estimáis la fe y no quisierais

que os viniera un solo pensamiento contrario, y paréceos que

todo la perjudica. No, en ninguna manera; no toméis el susurro

de las hojas por el choque de las armas. Nuestro enemigo es

un consumado alborotador, pero no os asuste la noticia, que

bien ha gritado en derredor de los santos y armado gran

algazara, y a pesar de todo ¡ahí los tenéis colocados en el

lugar que perdió el miserable! No nos espanten sus

baladronadas, pues como sabe que no puede causarnos daño

alguno, pretende siquiera infundirnos miedo, y con el miedo

inquietarnos, y con la inquietud fatigarnos, y con la fatiga

hacernos sucumbir. No temamos sino a Dios, pero que este

temor sea amoroso. Tengamos bien cerradas las puertas,

cuidemos de no dejar derrumbar las murallas de nuestras

resoluciones, y vivamos en paz.» 

Que la tentación es horrible, que  os  impresiona, que os sentís 

inclinado al mal; no importa, la  impresión no es más que

un sentimiento, y os humilla, pero no os hace culpable. Sentir

no es consentir. Todo cuanto sucede en la parte inferior del

alma: imaginaciones, recuerdos, impresiones, movimientos

desarreglados, todo está en nosotros, pero no es vuestro, y

por su naturaleza es indeliberado e involuntario, y lo que

constituye el pecado es solamente el consentimiento. La

inclinación es una enfermedad de la naturaleza, no un

desorden de la voluntad. El placer pecaminoso solicita al mal y

constituye el peligro, mas no es imputable sino en cuanto la

voluntad lo busca o acepta. Por fuertes que sean las

sugestiones del demonio, sean cualesquiera los fantasmas

que bullan en vuestra imaginación, si esto sucede a pesar

vuestro, lejos de manchar vuestra alma, la vuelven más pura y

agradable a Dios. Una amarga pena se apodera de vosotros

en las tentaciones de impureza, de odio, de aversión, u otras

semejantes: el temor de haber sucumbido os atormenta y

agita, pero ese mismo temor es señal evidente de que

conserváis en alto grado el temor de Dios, el horror al pecado,

la voluntad de resistir. Es moralmente imposible que un alma

así dispuesta cambie en un momento, y preste al pecado

mortal pleno y absoluto consentimiento sin que lo advierta con

toda claridad. Todo lo más que puede suceder es que, dada la

fuerza o frecuencia de la tentación, haya habido alguna

negligencia, un momento de sorpresa, por ejemplo, un deseo

comenzado de vengarse, movimientos de complacencia

semivoluntarios, mas no consentimientos plenos, enteros,

deliberados, que en esta situación de alma no son posibles, o

por lo menos sería muy fácil de conocer la transición entre un

horror invencible al pecado mortal y su aceptación plena y

entera.


Sin embargo, no debemos desear las tentaciones, a pesar

de las preciosas ventajas que de ellas se puedan reportar,

pues constituyen una excitación actual al mal y un peligro para

vuestra alma. Conviene, por el contrario, pedir a Dios que nos

preserve de ellas, en particular de aquellas a las que

sucumbiríamos sin remedio. Como dejamos dicho, hemos de

resignarnos a sufrir la tentación, si tal es el beneplácito divino, mas 

a condición de hacer todo cuanto su voluntad significada

disponga, para prevenirla o para triunfar de ella. Entonces, sin

perder un momento el ánimo, es preciso poner nuestra

confianza en Dios, abandonarnos a su dulce providencia y no

temer nada; oraremos, combatiremos y, siendo El quien nos

expone al combate, no nos dejará solos ni permitirá que

sucumbamos.


No impide ciertamente el Santo Abandonó el deseo

moderado de quedar libre de esta peligrosa prueba, pero sí

desecha la inquietud y el exceso de este deseo. «En cuanto a

vuestras inveteradas tentaciones, decía a Santa Juana de

Chantal su sapientísimo Director, no tengáis tanto empeño en

veros libre de ellas, ni os amedrentéis por sus ataques, de los

que, Dios mediante, os veréis pronto libre; así se lo suplicaré

yo, pero os lo aseguro que resignándome siempre a su divino

beneplácito, mas con una resignación dulce y alegre. Deseáis

con toda vuestra alma que Dios os deje en paz por este lado,

sin embargo, por lo que a mí toca, deseo que Dios esté

tranquilo por todos lados, que ninguno de nuestros deseos sea

contrario a los suyos. No quiero que deseéis con deseo

voluntario esta paz inútil y quizá perjudicial; lo que quiero es

que no os atormentéis con estos deseos ni con otro

cualquiera. Nuestro Señor nos dará la paz cuando nos

sometamos dulcemente a vivir en guerra. Mantened firme

vuestro corazón: Nuestro Señor os ayudará, y nosotros por

nuestra parte lo amaremos de todo corazón.»



Infiltración modernista en la Iglesia (Julio Vargas-Prada) Parte 2