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lunes, 30 de noviembre de 2020

R.P ARTURO VARGAS (ANIVERSARIO 34 DE SU ORDENACION SACERDOTAL)

 


"TU ES SACERDOS IN AETERNUM SUCUNDUM ORDINEM MELCHISEDEC"

Felicitaciones sinceras al padre Arturo Vargas Meza por su 34 aniversario de Ordenación Sacerdotal. Dios lo bendiga y multiplique todas sus caridades.



 El regalo más rico y el favor más precioso que la Bondad Divina puede efectuar a la Iglesia es darle un buen pastor, ya sea obispo o sacerdote. Esta es la gracia de las gracias, y el regalo de los regalos que comprenden en su interior todas las otras gracias y dones.

Por lo tanto ¿qué es un pastor o un sacerdote de acuerdo al Corazón de Dios '? Un tesoro inestimable que contiene una inmensidad de bondades. San Juan Eudes



"No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes" San Juan 15, 16

CONFERENCIA PADRES HEWKO Y RAFAEL OSB (Como evitar las trampas modernas, línea Thuc y vacunas del NOM)

 


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R.P HEWKO


R.P. RAFAEL

sábado, 28 de noviembre de 2020

Cuando una muerte (Maradona) es un insulto: ANTONIO CAPONETTO


 

FUENTE:

Difícil sintetizar en un par de líneas el oscuro fenómeno que desató la muerte de Maradona. Valga el intento:

El sujeto que acaba de morir era un degenerado; un vicioso ostensible, que aglomeró en su conducta todos los pecados capitales. Una contrafigura, un antimodelo, un personaje despreciable. Los filigranas que supo hacer con una pelota no quiso ni supo hacerlo con su vida, a la que llevó, en no pocas ocasiones, al límite mismo del bestialismo. Sus predilecciones hacia la izquierda rabiosa y virulenta, tan ostensibles cuanto básicas, completaron el cuadro de una degradación que parecía no hallar fondo.

La deificación que se le tributó en vida –y que él fomentó como parte de su inmoralidad- hasta la actual apoteósis insensatamente organizada por el gobierno alrededor de su cadaver, muestran como pocas veces en la historia la inmensa y avasallante corrupción que envuelve al poder político, y la penosísima estupidización de las masas, incapaz el uno como las otras, de admirar a los verdaderos arquetipos, pero siempre prontos a glorificar a los canallas.

La reacción oficial de la Iglesia,desde el obsceno Bergoglio hacia abajo, pasando por Poli,Tucho, capellanes futboleros et caterva, fue la previsible en estos tiempos de felonías múltiples e idolatrías formales: se sumó a la oclocracia imperante y desbordada, laudando al finado cual si estuviera ante los funerales de Héctor o el tránsito de un Padre del Yermo. Frases estamparon los encumbrados pretes en estas horas aciagas, que escandalizan y ofenden la vida y la memoria de los hombres de bien. El precitado Tucho, verbigracia, –que al fin de cuentas también se llama Fernández- osó decir que Maradona “nunca perdió la fe popular de los sencillos”. El besólogo episcopal debería saber que el occiso era la cabeza de una “Iglesia Maradoniana”, fundada en Rosario el 30 de octubre de 1998,en nombre de cuyos principios blasfemos pidió ser embalsamado y exhibido. No habrá sido la Pachamama, pero de haberse cumplido con su voluntad póstuma, no habría faltado quien lo llevara después hasta los mismos jardines del Vaticano.

Se repite por todas partes que “al Diego” le debemos felicidad los argentinos todos; que no ha sido sino un surtidor de dichas, gozos y alegrías colectivas. Y el mismísimo Alberto, tras declarar tres días de duelo nacional y ordenar su velatorio en la Casa de Gobierno, usando el mismo argumento de la felicidad emanada por doquier, se preguntó retóricamente: “con qué autoridad moral puede alguien decirle algo?”.

La respuesta es muy simple: con la autoridad moral que no tiene el que se formula el interrogante. Con la autoridad moral que sí tienen, en cambio, los simples hombres buenos, que a diferencia del orgulloso papi de “Dyhzy”, no son aborteros, ladrones, mentirosos, verdugos de la nación, hermafroditas o mafiosos.

Mala señal para un pueblo cuando su máximo dador de felicidad es precisamente alguien que ha sido la antítesis de las dos condiciones que señalan los maestros clásicos para ser genuinamente feliz:vivir virtuosamente y contemplar lo que rectamente se ama.

Como paradójico saldo positivo del circo tanático orquestado por el Gobierno, quedan varias evidencias. La mentira infame de la cuarentena; el mito del distanciamiento social, la cruel insensatez de embarbijar a la población y la aberración de la llamada neonormalidad. De la noche a la mañana,en cuestión de minutos, todo este andamiaje homicida y tiránico montado por el Gobierno, en consonancia con el Nuevo Orden Mundial al que sirve, se vino completamente abajo. Las multitudes recuperaron por arte de magia la paleonormalidad habitual, ordinaria, común y corriente. Dieron la vuelta al mundo las fotos de esos morochos rubicundos en cuero, “ferné” o “birra” en ristre, amontonados, atiborrados y hacinados; llorando, gritando y mucho más, los unos encima de los otros.

De ahora en más, el ciudadano que siga creyendo en que nos han estado cuidando la salud, a costa de nuestra libertad genuina y de nuestra dignidad creatural, o es un estulto o es un cómplice de la “plandemia”. De ahora en más, lo reiteramos, será tenido por necio o por aliado de la tiranía, el que no advierta que hay muertos de primera y otros de cuarta, que la plata y la fama no tienen protocolos sanitarios que cumplir,y que para los actuales gobernantes se puede prohibir el culto, la educación y la familia, pero se debe permitir el desborde de las hordas futboleras.

Interrogado el asesino Ginés González García acerca del peligro de un contagio masivo ante los desmanes provocados por las tales hordas, respondió con uno de sus flatus vocis: “no se puede ir en contra del pueblo”. Esto es lo que sucede cuando se confía el cuidado de la salud pública a un regenteador de chiqueros, a un repartidor de condones, a un promotor de vacunaciones probadamente dañinas, a un propulsor del filicidio y de la contranatura.

Ha muerto Maradona. Dios sabrá –siempre lo supo, ya lo sabe- lo que tiene que hacer con su alma. A nosotros, más que su previsible muerte, nos duele hasta la sangre, constatar una vez más que,en la patria, hace tiempo ha muerto la Verdad, el Bien y la Belleza.

Ha muerto Maradona. Su muerte, seguida de faraónicos tributos y de libertinajes por doquier, ha sido un insulto para los tantos muertos de estos meses de encierro; apenas dígitos de las estadísticas fraguadas por el oficialismo; apenas bolsas de cenizas; acaso apenas desconsolados agonizantes.

Que a nadie se le ocurra, tras lo visto y vivido, que debemos quedarnos en casa; sin templos, sin escuelas, sin cercanías hogareñas; sin responsos ni festejos ni duelos.



viernes, 20 de noviembre de 2020

Quiero en mi vida las burlas y mofas del Calvario: Padre Miguel Agustín Pro



Dios en su infinita sabiduría dispuso que nos tocara vivir  en una época donde la gente no tiene tiempo para pensar en las cosas eternas. Las diversiones, las vacaciones, las fiestas, las compras, la música, los restaurantes, el nuevo look,  llenan los días de la gran mayoría. La gente está aturdida.


   Si nos detenemos un poco a reflexionar cuál fue el común denominador de todos los santos, veremos que fue el sufrimiento, las pruebas, las tribulaciones enfrentadas con espíritu católico,  y lo más importante, por amor a Dios.

   En la medida que cada uno de nosotros estemos convencidos de que esta vida es para ganar o perder el cielo, emplearemos el valioso tiempo que Dios no da en aquello que verdaderamente valga la pena, finalmente sabemos que  cualquier cosa que Dios permita en nuestra vida será nada comparado con la recompensa eterna y que no se mueve una sola hoja del árbol sin Su voluntad. Dios  quiere que cooperemos con Él en la salvación de las almas. Somos peregrinos y vamos de paso. El ejemplo del Padre Pro, sacerdote mexicano nos animará a hacer otro tanto, entre los nuestros, en nuestro pequeño ámbito. Con la gracia de Dios todo es posible. 



 Plegaria escrita por el Padre Pro el 13 de noviembre de 1927:

“¡Déjame pasar la vida a tu lado, Madre mía, acompañado de tu soledad amarga y tu dolor profundo…! ¡Déjame sentir en mi alma el triste llanto de tus ojos y el desamparo de tu corazón!

   No quiero en el camino de mi vida saborear las alegrías de Belén, adorando entre tus brazos virginales al niño Dios. No quiero gozar en la casita humilde de Nazaret de la amable presencia de Jesucristo. ¡No quiero acompañarte en tu Asunción gloriosa entre los coros de los ángeles!
   Quiero en mi vida las burlas y mofas del Calvario; quiero la agonía lenta de tu Hijo, el desprecio, la ignominia, la infamia de su Cruz. Quiero estar a tu lado, Virgen dolorosísima, de pie, fortaleciendo mi espíritu con tus lágrimas, consumando mi sacrificio con tu martirio, sosteniendo mi corazón con tu soledad, amando a mi Dios y a tu Dios con la inmolación de mi ser”.


   El 23 de noviembre de 1927 el Padre Pro se coloca en el lugar que se le designa, de frente al pelotón. El mayor Torres le pregunta si desea alguna cosa: -Que me permitan rezar –responde.

   Se postra de rodillas, se santigua lentamente, cruza los brazos sobre el pecho, ofrece a Dios el sacrificio de su vida, besa devotamente el pequeño crucifijo que tiene en la mano y se levanta.
   Rehúsa ser vendado y se vuelve de cara a los espectadores y soldados, y los deja atónitos con su serenidad.

   En una mano aprieta el crucifijo, en otra el rosario. Extiende los brazos en forma de cruz, levanta los ojos al cielo.
-¡Viva Cristo Rey!


   Hace la señal a los soldados de que está dispuesto. Resuena una descarga cerrada y cae con los brazos extendidos. Un soldado se le acerca y le da el tiro de gracia en la sien. Eran las 10:38.

   A  las 4:00 sale el cadáver del Padre Pro, en hombros de varios sacerdotes. Por todas partes resonaban aplausos y gritos de ¡Viva Cristo Rey! De los balcones caía copiosísima lluvia de flores. En las calles las gentes de arrodillaban.

   Espontáneamente la multitud se puso a rezar el rosario. Más de 20,000 personas esperaban en el panteón. Se depositó el cadáver del Padre Pro en su nicho y, entretanto, todos los asistentes guardaron respetuoso silencio.


   A lo lejos se oyó una voz firme que entonaba el conocido cántico:
   Tú reinarás, ¡oh Rey Bendito!
   Pues Tú dijiste reinaré.
   Y toda aquella multitud derramando lágrimas respondió:
   Reine Jesús por siempre,
   Reine su Corazón,
   En nuestra patria, en nuestro suelo,
   Que es de María la nación.
   La multitud emprende el camino de regreso hacia la ciudad. Los cánticos y vivas llenan el espacio. Desde las ventanas de su Castillo, pudo ver el presidente Calles desfilar a sus enemigos vencedores, que cantaban:
-¡Viva Cristo Rey!
   De la misma manera, hace diecinueve siglos, pasaban delante de Nerón los primeros cristianos, que venían de ver morir a sus hermanos.
   “Dios quiere que aceptemos todo lo que nos pasa como venido de Su Santísima mano. La mayor santidad consiste en cumplir su voluntad”. Padre Pro
   “Una cosa que le dará mucha alegría, es saber que, mientras más desolados y solos nos encontramos, más cerca de nosotros está Cristo Jesús”. Padre Pro
   “Óyeme. Los últimos escalones de una subida difícil son los más costosos, el último esfuerzo de un corredor para llegar a la meta es el más arduo… y tú que estás a punto de coronar la obra, emprendida con tanta abnegación ¿desfallecerás? ¡Hijitos míos, nos dice Jesús, no los dejará huérfanos! ¡Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos! Si esta promesa es siempre verdadera, dime: ¿no será cierta en el momento más difícil de nuestra vida? Escucha a Nuestro Señor que te dice: Yo estoy contigo porque me amas. Sigue esa calle de la amargura; sube al Gólgota del vencimiento, muere conmigo en la cruz del amor, porque la blanquísima luz de la resurrección va a brillar muy pronto en tu alma…”  Padre Pro


miércoles, 18 de noviembre de 2020

LOS SILENCIOS DE SAN JOSE (CAPITULO 20 Y 21)

 



(“Trente visites a Joseph le Silencieux”)
Padre Michel Gasnier, O,F

Capitulo 20

HALLADO EN EL TEMPLO

“Al volverse ellos, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo echasen de ver” (Lc 2, 43)

Según lo prescrito en la Ley, todos los israelitas debían realizar una peregrinación al Templo de Jerusalén en cada una de las fiestas anuales de la Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos. Cuando vivían lejos —como era el caso para los de Nazaret—, bastaba con que acudieran durante una de las tres fiestas. La Ley no decía nada de las mujeres, pero la costumbre era que acompañasen a su marido. Ni qué decir tiene que José y María observaban puntualmente el precepto.

Cuando Jesús alcanzó la edad de doce años convirtiéndose de golpe en "hijo de la ley" tuvo que someterse también a esta observancia. Así pues, subió a Jerusalén con sus padres. Nos gusta representárnoslo en medio de una caravana, cantando por el camino el "Cántico de las Subidas": Como el ciervo suspira por las fuentes de agua viva, así suspira mi alma por ti, Señor. Los que confían en el Señor serán tan firmes como la montada sobre la que está construida Sión... ¡Qué bueno es y qué agradable para los hermanos el caminar todos juntos…!

En Jerusalén, durante una semana, los tres miembros de la Sagrada Familia María, Madre de la Iglesia universal, José, futuro protector de la Iglesia, y Jesús, Dios eterno y cabeza de esa misma Iglesia, perdidos entre la multitud, sin buscar el hacer prevalecer sus títulos para reclamar prioridades, aceptando más bien los empujones y los últimos lugares, asistieron a las ceremonias de culto en el Templo.

Una vez terminada la fiesta, las caravanas volvían a formarse con la confusión y la exuberancia que caracteriza habitualmente a las concentraciones orientales, luego, se ponían en camino.

Cuando la caravana de que formaba parte la Sagrada Familia había cubierto su primera jornada de viaje, María y José comprobaron, desconcertados, que Jesús no estaba presente. No hay por qué asombrarse de que tardaran tanto en darse cuenta. Jesús tenía doce años y por eso, la Ley, cuyo "hijo" ya era, le concedía una cierta libertad. Hubiese sido inoportuno que sus padres le vigilaran de manera demasiado estrecha. Por otra parte, podía escoger, dentro de la misma caravana, entre los grupos de hombres o de mujeres. Al no volver a su lado, José pensaría que estaba con María —y se alegraría por ella—, mientras que la Virgen, por su parte, se imaginaría el gozo que sentiría José al tener a Jesús junto a él. Incluso pudiera ser que Jesús hubiese dicho a María, al partir la caravana, que pensaba permanecer con su "Padre", y que Ella no hubiese comprendido de qué "padre" se trataba...Sea como fuere, una pesada angustia se apoderó de ellos. Mil suposiciones pasarían por su mente. ¿Se habría extraviado y caído en manos de unos malhechores? ¿Les habría abandonado para emprender su misteriosa misión? ¿Habría sonado la hora de la espada predicha por Simeón? Tal vez oyeran murmurar a su alrededor: "Si hubiesen estado más vigilantes, no le habrían perdido...".

Inmediatamente, regresaron a Jerusalén, recorriendo el mismo camino a la inversa. Tienen el corazón en un puño y caminan en silencio. La pena de José es tan viva como la de María. En el paraíso terrestre, Adán había acusado a Eva y ésta a la serpiente. Aquí, sin embargo, cada uno se acusa a sí mismo y excusa al otro. Ninguno de los dos piensa en hacer recaer en el otro la prueba que le humilla. José se pregunta si Dios no le ha castigado por cumplir mal su tarea, y se lo dice a María, la cual responde: 6 ' ¡No, no!... ¡Soy yo la que debía haber tenido más cuidado! ".

De regreso a Jerusalén, emprenden a través de las calles y callejas de la ciudad una búsqueda punzante, una especia de viacrucis que anticipa el que recorrerá su hijo un día, con la cruz en sus hombros...

Preguntan a los viandantes, describiendo a su hijo, pero nadie es capaz de informarles, nadie sabe nada. Y cuando divisan, aunque sea de lejos, un adolescente de la talla de Jesús, echan a correr para sufrir enseguida una nueva decepción.

Prosiguen su búsqueda él con el rostro contraído, ella curvada por el dolor, enseñando a las generaciones futuras cómo hay que comportarse cuando se tiene la desgracia de perder a Jesús.

Por fin, al tercer día, lo encuentran en una sala del Templo rodeado por los doctores judíos que, según la costumbre, en las fiestas de la Pascua organizaban una especie de congresos de teología en los que hacían gala de erudición y sutileza. Jesús estaba sentado en una estera, como un alumno, pero el asombro que manifestaban los que él interrogaba ponía de manifiesto que su inteligencia era magistral.

Ante tal espectáculo, María y José no pudieron ocultar su sorpresa. Era la primera vez que Jesús manifestaba un resplandor de su sabiduría increada. Por otra parte, ¿cómo era posible que él, que hasta entonces había dado ejemplo de todas las virtudes, se hubiera sustraído a su autoridad y guardara una calma tal, conociendo como debía conocer la terrible ansiedad de sus padres?...

Comprenden que deben decirle algo, pero José se coloca en un segundo plano, pensando que es María la que debe intervenir en este caso, por estar más comprometida que él en el misterio de la Encarnación.

Así, pues, ella deja escapar una exclamación en la que se manifiesta toda su alma maternal: Hijo mío, ¿Por qué has obrado así con nosotros? Queja amorosa y afectuoso reproche. Deseo también de conocer el motivo de una conducta tan contraria a las costumbres de un hijo siempre respetuoso y sumiso.

Jesús no se excusa ni pide perdón, sino que a la legítima pregunta de su madre, responde:  ¿Por qué me buscáis? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?

Esta respuesta de Jesús, acompañada sin duda de una sonrisa, puede entenderse de dos maneras. Según una, no les reprocha que le hayan buscado, sino que no hayan acudido enseguida al Templo, único sitio donde podía estar, ya que era la casa de su Padre; sin embargo, atenerse a ese único sentido sería tanto corno suavizar unas palabras de un alcance mucho más profundo y sublime. Según la otra, Jesús quiso, al salir de la infancia, recordar a sus padres su filiación divina y la trascendencia de su misión. Les advirtió que la obediencia que les tenía estaba subordinada a la que debía prestar a su Padre celestial. Era preciso que supieran que todo lo que sucediese en su vida estaría conforme con esa voluntad, en virtud de la cual se había encarnado. Habrá, por eso, cosas que les sorprenderán; quiso, pues prevenirles y prepararles para el "escándalo" de la Redención por la Cruz.

Antes de volver al silencio de Nazaret y a esa postura que el Evangelio resume con las palabras "les estaba sujeto", quiso enseñarnos  —Él, que diría que no llamáramos a nadie en la tierra nuestro padre, pues sólo tenemos uno, el que habita en los cielos— que nuestra principal ocupación, como la suya, debe consistir en buscar los intereses y la gloria de Dios.

Sus palabras, pues, no significaban que quisiera eludir la tutela de sus padres. Al contrario, les tenía un amor y una sumisión incomparables. Por otra parte, ¿cómo un Dios que dictó a los hombres con tanta solemnidad el precepto de honrar padre y madre no habría comenzado Él mismo por subrayar con su ejemplo la gravedad del mandamiento?…  Lo que quería decirnos era que nuestras obediencias, deben estar jerarquizadas y que el servicio de Dios debe anteponerse a los más legítimos afectos.

El Evangelio nos dice que ni María ni José comprendieron lo que Jesús quería decirles. Ciertamente, no podían engañarse en cuanto a su más profundo sentido, pero se preguntaban por qué Jesús, que hasta entonces había llevado una vida oculta hasta el punto de no haber mostrado nunca el menor signo de su divinidad, había querido evidenciar esta. actitud -misteriosa en tan singulares condiciones. Lo que no comprendían era que su hijo, todavía tan joven, rompiendo totalmente con su habitual actitud de sumisión, se mostrara bruscamente como Hijo de Dios y pareciera evadir, como molesta, la tutela de sus padres.

Su humildad les hizo confesar que no acababan de comprender las palabras de Jesús. Comprenderlas plenamente hubiese sido abarcar todos los misterios de la Encarnación y de la misma Trinidad. Pero José y María estaban sometidos, como toda criatura, a la ley del progreso. Jesús quería estimular su curiosidad religiosa y comprometerles en esa vía que señalará a quien quiera ser su discípulo: Buscad y hallaréis, Pedid y recibiréis. Llamad y se os abrirá...

 

Capitulo 21

LA TAREA PATERNAL DE JOSÉ

“Tu padre y yo, apenados, te andábamos buscando”  (Lc  2, 48)

San Lucas parece complacerse en dar a José el nombre de padre de Jesús y unirle al de María bajo la apelación común de "parentes eius", sus padres... Sin embargo, este evangelista, que había sido confidente de María, conocía más que ningún otro todo lo concerniente al nacimiento del Mesías y sabía perfectamente que José no era padre por generación carnal. Así pues, como hace notar Suárez, sólo por inspiración especial de Dios usó esos términos.

Por otra parte, la expresión de que se sirve San Lucas la encontramos también en labios de María. Cuando encuentra a Jesús en el Templo, la oímos pronunciar estas palabras: ¿Por qué nos has hecho eso? Tu padre y yo, llenos de angustia, te andábamos buscando...  Al hablar de su esposo, no vacila en darle el título de "padre". Era, sin duda, el nombre que utilizaba habitualmente en la intimidad de su hogar de Nazaret, y que no teme ella, Virgen prudentísima pronunciarla públicamente ante los doctores de la Ley. Y es que, profundamente iluminada sobre el misterio de la Encarnación, no se cree con derecho a ocultar, en ocasión tan solemne, esta verdad: que José debe ser llamado, con toda sinceridad, padre de Jesús.

Conviene que sepamos de qué manera le corresponde este título y tratemos de descubrir la realidad oculta bajo esa palabra.

Se distinguen habitualmente dos clases de paternidad: la natural, que lleva consigo la transmisión de la vida, de la que resulta la venida al mundo de un nuevo ser, y la adoptiva, que es una simple atribución por la cual un hombre se compromete a reconocer y aceptar legalmente como suyo un niño engendrado por otro. Sin embargo, ninguna de estas dos paternidades convienen en absoluto a José. La primera dice demasiado y la segunda poco. Es histórica y teológicamente cierto que José, según el modo ordinario y natural, no fue padre de Jesús, el cual no tuvo padre humano. ¿Quiere decir esto que fue solamente su padre adoptivo o "putativo", según la expresión consagrada por el uso y sancionada por la liturgia de la fiesta del 19 de marzo?... "Adoremos a Cristo, hijo de Dios, que aceptó pasar en la tierra por hijo de José". Es el mismo término que utilizan los soberanos Pontífices en numerosos documentos oficiales.

Sin embargo, los teólogos se inclinan cada vez más unánimemente a declarar que las expresiones corrientes —padre adoptivo, padre putativo, padre nutricio— son minimizantes y no dicen más que una verdad incompleta. Esos títulos, por honorables que sean, sólo expresan una paternidad fáctica, ficticia, prestada: una especie de simple protección. Ahora bien, la realidad sobrepasa esos calificativos. La adopción, por ejemplo, supone esencialmente que un extraño, por afecto, escoge al que trata como un hijo. Pero en ningún momento José fue un extraño para Jesús, ni Jesús para José: desde que se encarnó en María, al hacerse divinamente fecunda, Jesús perteneció legítimamente a José, ya que el esposo y la esposa, según el orden querido y establecido por Dios, son una sola cosa y sus bienes comunes.

No es fácil desde luego, calificar la paternidad de José de una manera precisa; representa, si se puede decir así, un caso único en la historia de la paternidad, que requiere, si el vocabulario ofrece la posibilidad, un título nuevo, adaptado a la función ejercida.

Recordemos, de entrada, que la generación humana de Jesús en la genealogía que nos dan los Evangelios es la de José. El hecho merece ser subrayado. No dudemos en repetir la expresión de Bossuet, tomada por él mismo de San Juan Crisóstomo: «Dios ha dado a José todo lo que pertenece a un padre, sin detrimento de la virginidad». Dicho de otra manera: José no tuvo ninguna participación en el nacimiento natural de Jesús, pero exceptuando eso, su paternidad implica todos los privilegios, todos los deberes, todos los derechos que normalmente tiene en el hogar un padre de familia, de tal forma que el título que le conviene mejor es el de padre virginal de Jesús.

José es padre de Jesús por derecho de matrimonio. María, a consecuencia del contrato matrimonial, reconocido por la ley y sancionado por Dios, era el bien de José y, por lo tanto, todo lo que le podía suceder eventualmente a María, incluso milagrosamente, se convertía inmediatamente en propiedad de José, su esposo. En consecuencia, Jesús nacido de la carne de su esposa, la cual le pertenecía en razón del sagrado lazo y de la donación propia del matrimonio, tenía un necesario parentesco con José, y al revés. Además, al ocupar José un lugar insustituible al lado de María, había sido ese instrumento considerado indispensable por Dios para que el misterio de la Encarnación pudiese insertarse en el seno de una familia compuesta por las tres unidades habituales. No convenía que el hogar donde había de nacer el niño se viese desprovisto de su cabeza.

Junto a ese papel que se puede considerar negativo, José tuvo también otro activo en el nacimiento de Jesús. ¿No fue acaso el Hombre-Dios fruto de la virginidad de María? ¿No fue grata al Señor a causa de su pureza, por la que el Espíritu Santo pudo realizar en ella su divino designio? En cierto sentido, fue su virginidad lo que la hizo fecunda. Ahora bien, ¿no fue José el que, al respetar la virginidad de María, había como preparado las vías al Espíritu Santo y hecho posible esa fecundidad milagrosa?... Fue él, en efecto, quien conservó la virginidad de su esposa, estimada por Dios indispensable; y los dos, de común acuerdo, la habían ofrecido al cielo como un bien que fue aceptado, a cambio del cual recibieron ambos un hijo que les pertenecía por igual, ya que era como el fruto de su alianza virginal.

José, indudablemente, no dio a ese hijo su sangre, pero esa sangre tenía que ser alimentada, mantenida, enriquecida. Y fue el humilde carpintero quien, con el sudor de su frente, se encargó de hacerlo. Jesús comerá el pan que José ganará con su trabajo y gracias a él alcanzará la talla humana que necesitaba para salvar al mundo al ser clavado en la Cruz.

Con ese alimento, adquirido gracias al duro trabajo de José, Jesús llenará sus venas con la sangre generosa que derramará hasta la última gota y correrá hasta la consumación de los siglos en nuestros altares durante el Santo Sacrificio de la Misa. Así, José tuvo su parte activa en la sangre de la Redención.

Tenía, pues, derecho a llamar a Jesús “hijo” suyo y a considerarle como tal. Por eso los Padres de la Iglesia no dudan en verle junto a Jesús, como  «la sombra de Dios Padre», según una expresión consagrada. Fue, en palabras de Olier, «como un sacramento del Padre eterno bajo el cual Dios ha puesto, una vez engendrado, su Verbo, encarnado en María». Y porque el verdadero Padre de Jesús, que lo engendra desde la eternidad según su naturaleza divina, confió a José la misión de ser en la tierra su vicario de alguna manera, tuvo, al mismo tiempo, que poner en él algo del amor infinito que tiene al Verbo.

El ángel había precisado: Le pondrás por nombre Jesús. Dicho de otra manera: “El padre de este niño es Dios, pero El te transmite sus derechos.  Eres tú el designado para hacer de padre. Tendrás con él un verdadero corazón paternal y ejercerás sobre él tus derechos de padre”.

José pues, cuidó de Jesús, amándole a la vez como su hijo y adorándole como su Dios. Y el espectáculo que tenía constantemente ante los ojos de un Dios que daba al mundo su amor infinito era un estímulo para amarle más y más y entregarse cada vez con más generosidad.

Amaba a Jesús como sí realmente le hubiera engendrado, como un don misterioso de Dios otorgado a su pobre vida humana. Le consagró sin reservas, de forma total, sus fuerzas, su tiempo, sus inquietudes, sus cuidados. No esperaba otra recompensa que poder vivir su consagración cada vez mejor. Su amor era a la vez dulce y fuerte, tranquilo y ferviente, apacible y ardiente, emotivo y tierno. Podemos representárnoslo tomando al niño en sus brazos, meciéndole con canciones, acunándole para que se duerma, sonriéndole, paseándole, fabricándole graciosos juguetes, jugando él mismo con él como hacen todos los padres, prodigándole sus caricias como actos de adoración y testimonio del más profundo afecto.

Dejemos a los. apócrifos imaginando un pequeño niño —prodigio ajeno a la verdadera infancia—, viviendo aparte como en un nimbo glorioso, con costumbres impropias de su edad  y una potencia milagrosa sobrecogedora. En realidad, el Hombre-Dios había escogido, al venir al mundo, aparecer como un niño corriente. No iba por delante de su edad, no hablaría —Él, que era el Verbo divino— antes que los demás niños. Y José, al cubrirle de tiernas caricias, se maravillaría precisamente de ver dormir al custodio de Israel, siempre vigilante, de ver llorar al que es la alegría de los elegidos, de ver jugar como un niño al Creador del universo.

Según las costumbres judías, el niño, en el hogar, estaba al cuidado de su madre hasta la edad de cinco años. Luego, el padre empezaba a ocuparse de él más activamente, enseñándole la Ley de Dios y los preceptos mosaicos. Grande sería la alegría de José cuando llegara el momento de realizar esa función paternal, constatando que su hijo crecía en sabiduría, en edad  y en gracia ante Dios y ante los hombres. De sus labios se elevarían silenciosamente al Señor, para expresarle su felicidad y darle gracias, las palabras del Cantar de los Cantares:

Mi amado es rubio y sonrosado,

se distingue entre diez mil.

Su persona emana encanto y gracia.

Mi amado es mío y yo soy suyo...

miércoles, 11 de noviembre de 2020

EL MAS TERRIBLE CASTIGO PARA LOS HOMBRES

 


El mayor signo de la ira de Dios y de su más terrible castigo en este mundo es entregar a su pueblo en manos de los pastores nominales que tratan a las ovejas con la crueldad de los lobos, en lugar de con el amor de afectuosos guardianes, desgarran y devoran a las ovejas que son asignados a alimentar, llevándolos a Satanás en lugar de a Dios, al infierno en vez de los cielos, y que actúan como veneno y oscuridad en lugar de como la sal de la tierra y la luz del mundo.

"Para nosotros, los pastores y sacerdotes," dice San Gregorio Magno, "seremos condenados delante de Dios como los asesinos de todas las almas que van diariamente a la muerte eterna por medio de nuestro silencio ya través de nuestra negligencia" (Homilía sobre Ezequiel 12).

En la Homilía 27, de este mismo santo: “porque no hay nada que tanto indigne a Dios (y por lo tanto provoque su ira y llame más la invocación de mal en tanto Pastor y rebaño, a sacerdotes y personas) que cuando ve a los que están encargados de corregir a los demás, dan el mal ejemplo de vidas depravadas, y en lugar prevenir las ofensas a Dios ellos mismos son los primeros en perseguirlo.

Cuando estos pastores son indiferentes a la salvación de las almas y sólo piensan en su propia comodidad o conveniencia; cuando todos sus afectos son para las criaturas terrestres, buscando con avidez la estima humana, usando su bendito ministerio para la ambición privada, abandonando el servicio de Dios para servir al mundo; ocupándose de los asuntos mundanos y profanos en lugar de la obra de santificación "-

Cuando Dios permite que sucedan estas cosas, es la prueba mas cierta de que está muy enojado con Su pueblo, y este estado es el castigo más terrible que le puede imponer al mundo. Esta es la razón por la cual Él sin cesar clama a todos los cristianos: "Convertíos a mí, y yo te daré pastores según mi corazón" (Jer 3-15.).

La muestra más concluyente que las malas vidas de los pastores son un castigo por los pecados del pueblo, y que, por otra parte, que la más grande misericordia de Dios sobre las personas y la gracia más preciosa que Él puede impartir es cuando da pastores y sacerdotes de acuerdo a su propio corazón.

Estos sacerdotes son hombres que buscan Su gloria y la salvación de las almas. El regalo más rico y el favor más precioso que la Bondad Divina puede efectuar a la Iglesia es darle un buen pastor, ya sea obispo o sacerdote. Esta es la gracia de las gracias, y el regalo de los regalos que comprenden en su interior todas las otras gracias y dones.
Por lo tanto ¿qué es un pastor o un sacerdote de acuerdo al Corazón de Dios '? Un tesoro inestimable que contiene una inmensidad de bondades ...


San Juan Eudes