FIDELIDAD CATÓLICA MEXICANA
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lunes, 15 de agosto de 2016
viernes, 12 de agosto de 2016
EN MEDIO DE LA TORMENTA
En el episodio de la segunda tempestad apaciguada, se demuestra la Providencia en acción, con sus procedimientos ocultos pero profundos, desconcertantes pero paternales. No hay un solo cristiano que al leer este relato no piense en su propia nave en la tempestad; ninguno, que no se vea así mismo invocando a veces el socorro necesario, urgente, imposible; ninguno tampoco, que no acabe por comprender, si no cierra obstinadamente su corazón, que Dios quiere salvarle.
Desde hace ocho largas horas, los apóstoles luchan con la tempestad. Entonces Jesús se levanta, baja del monte, llega a la ribera, pone el pie sobre las aguas y avanza sin desviarse hacia la barca perdida. Aunque sea necesario un milagro, ninguna imposibilidad le detiene, una vez llegada su hora: va derecho a los que la prueba amenaza sumergir y socorre a aquellos cuya fe está a punto de apagarse… Unos pasos más, y el corazón del Maestro goza con la serenidad que su providencia aporta a estos pobres hombres. Los apóstoles divisan de repente la prodigiosa aparición, y al ver, en esta noche de tempestad, a un hombre que camina seguro sobre las olas se sienten presas del terror y lanzan gritos de espanto. ¡Un fantasma!
Pero Jesús se acercaba más y más, y –suprema y misteriosa prueba- hace como que quiere pasar de largo… ¡Ah!, aquellos pobres no conocen a quien viene a salvarlos. Más que a la tempestad es a Jesús a quien ahora tienen miedo, Él a quien rechazan a gritos… Exactamente como los que se olvidan de Dios en la prueba. Hasta el último momento, los ojos de su alma permanecen cerrados a lo divino.
Siempre impetuoso, Simón Pedro se rehízo el primero. “Señor, le dice, si eres tú, manda que vaya hacia ti sobre las aguas”. Después de algunos pasos sobre el mar alborotado, el apóstol comienza a temer. Al instante siente que se hunde. ¡Señor, grita al verse perdido, sálvame! Enseguida Jesús le tiende la mano, le coge, e imperiosamente le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” Así, pues, el Salvador se dignó prestarse al capricho de Pedro, a fin de hacer resaltar con mayor claridad su poder sobre la naturaleza y su invencible protección sobre los hombres.
Apenas Jesús hubo subido a la barca, cesó el viento y el lago recobró súbitamente la calma. La prueba terminaba con la presencia sensible de Jesús. Entonces aquellos hombres le adoraron con una fe y una confianza renovadas diciéndole: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
En cuando a nosotros, sabemos suficientemente que Él es el Hijo eterno de Dios para no tener necesidad de que nos dé pruebas materiales. Cristianos de toda la vida, deberíamos poder soportar los misterios de la Providencia sin otra seguridad que la de nuestra fe.
Cuando el Señor nos hace bajar a nuestra barca, cuando su mano agita alrededor de nosotros la prueba, cuando se ausenta por algún tiempo y parece que nos abandona a nosotros mismos, perdemos el sentido cristiano, nos parece que vamos a tocar el fondo de la amargura y, como los apóstoles, perdemos la esperanza.
Sin embargo, nosotros somos mucho menos excusables que ellos. ¡Ellos sabían tan poco! ¿Tenían conciencia de que el Maestro les miraba en la tempestad y contaba cada una de sus penas? En su fe rudimentaria ¿les era siquiera posible esperar un auxilio milagroso? Ellos no habían podido conocer la suave ley de que nuestra alma recobraba la paz en el instante mismo en que Jesús entra en nuestra barca, es decir, desde que nuestro corazón se somete y cristianiza el sufrimiento. Ignoraban que cuando Jesús está presente, todo está bien y nada nos parece difícil; pero cuando está ausente, todo es duro. Ellos todavía no habían recibido la larga formación del alma cristiana de hoy, para la que el Maestro es el amigo siempre vigilante, siempre fiel, siempre pronto a dar…
Cuando nosotros oramos a fin de obtener cualquier gracia determinada, nuestra fe rara vez es tan firme que conceda crédito total al Señor. Hemos trazado un plan en nuestra sabiduría humana, y este plan es infalible, a nuestro juicio, con tal de que se ejecute a la letra; nos parece imprescindible, insustituible. Entonces imploramos la gracia divina; más exactamente exponemos nuestro plan en la presencia de Dios, exponemos al Infinito los caminos por que hemos decidido nos debe hacer pasar. Y olvidamos que Dios es lo suficientemente poderoso para atendernos por medios desconocidos y aun por pruebas cuya eficacia no llegamos a entrever. Dios escucha nuestras oraciones sin darles siempre la solución que nosotros les deseamos. Responde a nuestros deseos, pero realizándolos a su manera. Exige que el corazón del hombre se someta también a su voluntad y se fie de su bondad.
“Demos por lo menos, a Dios esta ventaja, decía San Agustín, que pueda hacer algo que nosotros no podamos comprender. No es mucho pedir para Él, y, sin embargo, es lo que nosotros le negamos todos los días. Porque nosotros censuramos todo lo que hace si no se acomoda a nuestro juicio; y toda la razón que tenemos para censurarle, es que nosotros no lo entendemos”.
La Providencia exige nuestra confianza filial y nada más.
EL CRISTIANO ante la PROVIDENCIA
Paul Dohet, S.I.
jueves, 11 de agosto de 2016
LA ELITE MUNDIAL Y EL SATANISMO
Están desarrollando aceleradamente un proyecto para destruir totalmente el cristianismo y entronizar el anticristo. Vea algunos de los muchos links al respecto.
Los Iluminati tienen su página web oficial donde ya están anunciando la salvación del género humano.
La reciente celebración del túnel de san Gotardo con un show satánico hace ver a quien sirve la élite mundial.
Tienen preparado un caos mundial y un gran show estelar
La semana anterior en el parlamento europeo el presidente de la comisión europea admitió haber tenido comunicación con líderes extraterrestres de otros planetas.
En el Congreso Paul Heyer ex-ministro de defensa del Canada asegura que:
"2 Extraterrestres vivos trabajan con el Gobierno de Estados Unidos" (Paul Hellyer) 2013
El presidente Reagan ante la ONU hizo discurso sobre los extraterrestres.
Discurso sobre la amenaza de extraterrestres del ex presidente Reagan
CAROLIN COLOFONIA divulgó parte del proyecto
martes, 9 de agosto de 2016
PARA DESTERRAR LAS INQUIETUDES
Dios infinitamente grande, infinitamente perfecto, no cree degradarse cuando se ocupa de estos pequeños seres que somos nosotros; más bien nos invita a fiarnos filialmente de las más enigmáticas decisiones de su Providencia, y está seguro de no decepcionarnos. Pero sabe que la confianza no siempre llega a abolir todas las inquietudes de nuestro débil corazón.
Sabe que sordos y tenaces temores continúan royendo a veces almas de buena voluntad que quieren sinceramente confiar en Él. En el alma del cristiano estas inquietudes son doblemente dolorosas.
Cuando estés aguijada por el deseo de verte libre de algún mal, dice San Francisco de Sales, o de alcanzar algún bien, ante todo pon tu espíritu en paz y tranquilidad, haz reposar tu juicio y tu voluntad; y luego, suavemente procura obtener el logro de tus deseos, tomando los medios más convenientes; sin apresuramiento, turbación e inquietud; de lo contrario, en lugar de obtener el logro de tu deseo, lo echarás todo a perder y te enredarás más todavía.
Pero el Salvador en el Evangelio, nos da un consejo mejor que el de una actitud de mera prudencia humana. Intenta disipar nuestras inquietudes latentes.“No os inquietéis por el futuro”: tal es el tema principal, por no decir el único, del pasaje del Sermón de la montaña. Él como nadie nos conoce hasta lo más profundo. Sabe que en cualquier momento encontrará siempre nuestro corazón más o menos preocupado, más o menos alarmado.
El hombre inquieto es un hombre que ha perdido el sosiego. ¿Qué sosiego? El del alma. Puede uno llevar dentro de sí inquietudes mortales, y sin embargo guardar toda su calma exterior hasta engañar al más perspicaz. Por lo tanto, es el alma lo que se agita, es decir que el espíritu se atormenta; se atormenta porque no ve salida a su mal, o, más exactamente, porque se plantea cuestiones y más cuestiones, para las cuales no encuentra respuesta… El hombre se inquieta cuando percibe un peligro en el porvenir y no descubre ningún medio para defenderse de él; cuando el auxilio indispensable le parece tan imposible como al náufrago agarrado a los restos de la nave en medio del océano desierto…
El hombre inquieto se horroriza ante algunas eventualidades en que ve su desgracia –como si él pudiese pronunciarse con certeza sobre su verdadero bien, y por consiguiente sobre su verdadero mal, siendo que éste es secreto exclusivo de Dios.
El hombre inquieto tiembla ya a la sola idea de que se acercan sus pretendidas desgracias –como si Dios Nuestro Señor, antes de permitir que sucedan, no tuviese que hacerlas pasar primero por la criba de su amor paternal.
El hombre inquieto se agita para ponerse a salvo de lo que tiene por un infortunio –como si pudiese impedir que la voluntad de Dios, siempre sabia y siempre bienhechora, dejase de cumplirse en todo momento.
El cristiano inquieto piensa y se porta exactamente como si no creyese que Dios, para gobernar el mundo y juzgar de lo que nos conviene, posee una verdadera clarividencia, una bondad y un poder infinitos.
El cristiano conoce a su Padre, se acuerda de Él, sabe que es todopoderoso y verdaderamente paternal, entonces, ¿Por qué se inquieta?
Si uno quiere disipar al momento la inquietud, basta con reanimar la confianza. Mientras uno se fíe de Dios y le otorga crédito, nada podrá alterar la serenidad del alma.
¿Cómo guardar el equilibrio justo entre los cuidados de la vida y la confianza en la Providencia? O más bien, ¿cómo conservarse uno en la confianza, sin dejarse enredar por los inevitables cuidados de la vida?
“No os preocupéis del mañana, que el día de mañana tendrá también su preocupación: basta a cada día con su carga”.
Y creedme, basta él para vuestras espaldas y vuestro valor. ¡No vayáis, pues, a aumentar en balde su peso con perspectivas desalentadoras! No os finjáis dificultades imaginarias, y por consiguiente, inquietudes estériles. Mañana, ya se verá.
El fatalista mira al pasado; el cristiano mira a Dios, que tiene en su mano el porvenir.
El fatalista aguanta el presente, porque no puede sustraerse a él; el cristiano lo acepta como un don cargado de futuro.
El fatalista deja caer los brazos diciendo: ¿para qué?; el cristiano abraza la voluntad divina, a quien reconoce amable en todas las cosas.
Si olvidáis a Dios en vuestros cálculos, caeréis en la espantosa inquietud pagana o atea. Os vais a agitar, afanar, echar planes inciertos y frágiles, alarmaros por peligros hipotéticos, como si estuviérais solos, como si el Señor no fuera el único y gran dueño del futuro.
Sólo el verdadero discípulo de Cristo posee el derecho de vivir al día. No ciertamente como un hombre aturdido, perezoso o ciego;ni que esté dispensado del esfuerzo, de la previsión o de la prudencia; ni tampoco que no deba medir el alcance de sus actos y sembrar cuerdamente para el futuro. Debe asumir con valentía el trabajo de “cada día”, la misma vida ordinaria hay que tomarla con garbo, pues la humilde vida de los trabajos enojosos es una obra que requiere mucho amor. Permanecer alegre cuando un día triste sucede a otro, ser fuerte.
En los días monótonos como en los días trágicos, el hombre que se fía de la Providencia permanece animoso. Sabe que el mañana está en las manos de Dios, y que la felicidad o la prosperidad, si tienen que venirle en esta vida, vendrán cuando Nuestro Señor lo quiera.
lunes, 8 de agosto de 2016
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