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martes, 8 de julio de 2014

ENCÍCLICAS QUE ADVIERTEN SOBRE EL PELIGRO Y MALDAD DE LA MASONERIA (1a Parte)



Aclaración conveniente: esta recopilación de Encíclicas sobre la masonería fueron hechas por Monseñor Lefebvre; los párrafos subrayados en negrita y bastardilla son propiamente los textos de las Encíclicas, lo demás son los comentarios de Monseñor Lefebvre a dichas Encíclicas. Al finalizar el texto anexaremos algunas fotos de saludos masónicos tan populares aún, por desgracia, entre los prelados de Iglesia incluyendo a los Papas posteriores a S.S. Pio XII. Espero aprovechen lectura tan instructiva y muy necesaria en nuestros tiempos, vuestro servidor Arturo Vargas Meza Pbro.


Encíclica Quo graviora
Del Papa León XII
Sobre la Masonería
(13 de marzo de 1826)

La encíclica Quo graviora, publicada por el Papa León XII el 13 de marzo de 1826 y que trata sobre la Masonería, tiene la particularidad de contener el texto completo de los documentos publicados por los Papas precedentes, principalmente la carta de Clemente XII (1738), la de Benedicto XIV (1751) y la de Pío VII (1821), con lo que vemos que desde 1738, es decir, desde hacía ya un siglo, los Papas ya habían denunciado las sociedades secretas y lo siguieron haciendo después de León XII.

Este Papa quiso volver a poner estos textos ante los ojos de los obispos y fieles porque, por des-gracia, no se había hecho bastante caso a las advertencias que contenían y estas sociedades se des-arrollaban cada día más.
Quo graviora empieza así:
«Cuanto más graves son los males que aquejan a la grey de Jesucristo nuestro Dios y Salvador, tanto más deben cuidar de librarla de ellos los Pontífices romanos, a quienes, en la persona de Pedro príncipe de los Apóstoles, se confió la solicitud y el poder de apacentarla».

Recuerda, pues, la principal obligación que tiene el Papa, encargado de conducir el rebaño: señalarle los peligros que le rodean.

«Corresponde pues a los Pontífices, como a los que están puestos por primeros centinelas para seguridad de la Iglesia, observar desde más lejos los lazos con que los enemigos del nombre cristiano procuran exterminar la Iglesia de Jesucristo, a lo que nunca llegarán, e indicar estos lazos a fin de que los fieles se guarden de ellos y pueda la autoridad neutralizarlos y aniquilarlos».
Insisto: el Papa no vacila en decir: “¡Esas sectas amenazan a la Iglesia!”, es decir: “quieren la ruina completa de la Iglesia”. Y continúa:

«No sólo se encuentra esta solicitud de los Sumos Pontífices en los antiguos anales de la cristiandad, sino que brilla todavía en todo lo que en nuestro tiempo y en el de nuestros padres han estado haciendo constantemente para oponerse a las sectas clandestinas de los culpables, que en contradicción con Jesucristo, están prontos a toda clase de maldades».

En ese momento introduce la carta de Clemente XII:

«Cuando nuestro predecesor, Clemente XII, vio que echaba raíces y crecía diariamente la secta llamada de los francmasones, o con cualquier otro nombre, conoció por muchas razones que era sospechosa y completamente enemiga de la Iglesia católica, y la condenó con una elocuente constitución expedida el 28 de abril de 1738, la cual comienza: In eminenti ».
Clemente XII: excomunión de los masones




La carta de Clemente XII dice:
«Habiéndonos colocado la Divina Providencia, a pesar de nuestra indignidad, en la cátedra más elevada del Apostolado, para velar sin cesar por la seguridad del rebaño que Nos ha sido confiado, hemos dedicado todos nuestros cuidados, en lo que la ayuda de lo alto Nos ha permitido, y toda nuestra aplicación ha sido para oponer al vicio y al error una barrera que detenga su progreso, para conservar especialmente la integridad de la religión ortodoxa, y para alejar del Universo católico en estos tiempos tan difíciles, todo lo que pudiera ser para ellos motivo de perturbación».
¡Qué claros y sencillos eran en otro tiempo los Papas! Decían: “Somos los pastores y tenemos que proteger al rebaño”. ¿Contra qué? “Contra los errores y contra los vicios; por esto, denunciamos los vicios y los errores, y proclamamos la verdad del Evangelio”. No podía ser más claro. Con tales pastores, que no tenían miedo en decir: “¡Cuidado! ¡Evitad tal o cual cosa! ¡Aquí hay peligro! ¡Seguid la verdad de la Iglesia!, etc.”, se sentía seguridad. Ahora, después del Papa Juan XXIII, ya no sentimos esto. Antes de él, en 1950, Pío XII había escrito la Humani generis, una encíclica fuerte y magnífica contra los errores de los tiempos modernos, pero desde entonces parece como si ya no hubiera errores o como si en los mismos errores hubiese elementos de verdad. Con esa porcioncita de verdad aparente, la gente se traga el error que la recubre y el rebaño se envenena… Volvamos a Clemente XII:

«Nos hemos enterado, y el rumor público no nos ha permitido ponerlo en duda, que se han formado, y que se afirmaban de día en día, centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos, que bajo el nombre de Liberi Muratori o Francmasones o bajo otra denominación equivalente, según la diversidad de lengua, en las cuales eran admitidas indiferentemente personas de todas las religiones, y de todas las sectas, que con la apariencia exterior de una natural probidad, que allí se exige y se cumple, han establecido ciertas leyes, ciertos estatutos que las ligan entre sí, y que, en particular, les obligan bajo las penas más graves, en virtud del juramento prestado sobre las sagradas Escrituras, a guardar un secreto inviolable sobre todo cuanto sucede en sus asambleas».

Esta definición es maravillosa. Primeramente son: hombres «de todas las religiones», con una «apariencia exterior de una natural probidad» —es decir de filantropía—, haciéndose pasar por amigos del pueblo, del progreso, de la sociedad… lo mismo que hoy. Entre ellos siempre hay un pacto secreto que les compromete, bajo penas graves —hasta la muerte, como después se supo— a un silencio inviolable. Es imposible saber exactamente qué se trama en estas sociedades; el secreto es absoluto. Los Papas insisten en este hecho: lo que se realiza de este modo sólo puede ser malo, pues si hicieran cosas buenas no habría motivos para no hacerlas a la luz del día.
Clemente XII enuncia luego las acusaciones de la Iglesia contra estas sociedades. En primer lugar, las sospechas que nacen en la mente de los fieles:

«Pero como tal es la naturaleza humana del crimen que se traiciona a sí mismo, y que las mismas precauciones que toma para ocultarse lo descubren por el escándalo que no puede contener, esta sociedad y sus asambleas han llegado a hacerse tan sospechosas a los fieles, que todo hombre de bien las considera hoy como un signo poco equívoco de perversión para cualquiera que las adopte. Si no hiciesen nada malo no sentirían ese odio por la luz».

El Papa se apoya en cierta opinión pública: los fieles prudentes y personas honradas juzgan que algo malo sucede en estas sociedades.

«Por ese motivo, desde hace largo tiempo, estas sociedades han sido sabiamente proscritas por numerosos príncipes en sus Estados, ya que han considerado a esta clase de gente como enemigos de la seguridad pública».

En aquel tiempo, por supuesto, los Estados eran católicos y los príncipes decidieron prohibir las sociedades secretas. Como vemos, el Papa funda su juicio en lo que sabe a través de personas que están en contacto con estas sociedades, y así proclama:

«Después de una madura reflexión sobre los grandes males que se originan habitualmente de esas asociaciones, siempre perjudiciales para la tranquilidad del Estado y la salud de las almas, y que, por esta causa, no pueden estar de acuerdo con las leyes civiles y canónicas; instruidos por otra parte, por la propia palabra de Dios, que en calidad de servidor prudente y fiel, elegido para gobernar el rebaño del Señor, debemos estar continuamente alerta contra la gente de esta especie, por miedo a que, a ejemplo de los ladrones, asalten nuestras casas, y al igual que los zorros se lancen sobre la viña y siembren por doquier la desolación, es decir, el temor a que seduzcan a la gente sencilla y hieran secretamente con sus flechas los corazones de los simples y de los inocentes.

Finalmente, queriendo detener los avances de esta perversión y prohibir una vía que daría lugar a dejarse ir impunemente a muchas iniquidades, y por otras varias razones de Nos conocidas, y que son igualmente justas y razonables; después de haber deliberado con nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, y por consejo suyo, así como por nuestra propia iniciativa y conocimiento cierto, y en toda la plenitud de nuestra potencia apostólica, hemos resuelto condenar y prohibir, como de hecho condenamos y prohibimos, los susodichos centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos de francmasones o cualquiera que fuese el nombre con que se designen, por esta nuestra presente Constitución, valedera a perpetuidad.

Por todo ello, prohibimos muy expresamente y en virtud de la santa obediencia, a todos los fieles, sean laicos o clérigos, seculares o regulares… que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos antes mencionados, ni favorecer su progreso, recibirlos u ocultarlos en sus casas, ni tampoco asociarse a los mismos, ni asistir, ni facilitar sus asambleas, ni proporcionarles nada, ni ayudarles con consejos, ni prestarles ayuda o favores en público o en secreto, ni obrar directa o indirectamente por sí mismo o por otra persona, ni exhortar, solicitar, inducir ni comprometerse con nadie para hacerse adoptar en estas sociedades, asistir a ellas ni prestarles ninguna clase de ayuda o fomentarlas; les ordenamos, por el contrario, abstenerse completamente de estas asociaciones o asambleas, bajo la pena de excomunión…»
Tal es el primer documento. Clemente XII se inquietaba por las acciones secretas que llevaban a cabo estas sociedades, y por eso excomulgó a los que asistían a sus reuniones.
Sin embargo, esta carta —podemos decir esta bula— de 1738, no fue suficiente:
«Muchos decían que no habiendo confirmado expresamente Benedicto XIV las letras de Clemente XII, muerto pocos años antes, no subsistía ya la pena de excomunión».
Esto le hizo decir a León XII:
«No parecieron suficientes todas estas precauciones a Benedicto XIV, también predecesor nuestro de venerable memoria».

Benedicto XIV: luchar contra el indiferentismo
«Era seguramente absurdo pretender que se reducían a nada las leyes de los Pontífices anteriores, al no ser expresamente aprobadas por los sucesores; por otra parte era manifiesto que la Constitución de Clemente XII había sido confirmada por Benedicto XIV diferentes veces. Con todo eso, pensó Benedicto XIV que debía privar a los sectarios de tal argucia mediante la nueva Constitución expedida el 18 de mayo de 1751… y que comienza Próvidas».
León XII se refiere a este segundo documento. Primeramente, Benedicto XIV explica por qué ha juzgado oportuno confirmar el acto de su predecesor:
«Nuestro predecesor, Clemente XII, de gloriosa memoria… en 1738, el octavo de su Pontificado… ha condenado y prohibido a perpetuidad ciertas sociedades llamadas comúnmente de los Francmasones… prohibiendo a todos los fieles de Jesucristo, y a cada uno en particular, bajo pena de excomunión, que se incurre en el mismo acto y sin otra declaración, de la cual nadie puede ser absuelto a no ser por el Sumo Pontífice… Pero como se ha visto, y Nos hemos sabido, que no existe temor de asegurar y publicar que la mencionada pena de excomunión dada por nuestro predecesor, no tiene ya vigencia… y como también algunos hombres piadosos y temerosos de Dios Nos han insinuado que, para quitarle toda clase de subterfugios a los calumniadores y para poner de manifiesto la uniformidad de Nuestra intención con la voluntad de Nuestro Predecesor, es necesario acompañar el sufragio de Nuestra confirmación a la Constitución de Nuestro mencionado predecesor…»
Vemos cómo el Papa confirma con claridad lo que había dicho Clemente XII, aunque luego da algunas razones suplementarias que hay que estudiar, puesto que las precisa con mucha claridad. En la primera, repite con fuerza lo que ya había advertido Clemente XII:

«...que en esta clase de sociedades, se reúnen hombres de todas las religiones y de toda clase de sectas...»

Y Benedicto XIV añade:
«...de lo que puede resultar evidentemente cualquier clase de males para la pureza de la religión católica».

Hay que recordar que los Papas han luchado siempre contra el indiferentismo: el error que consiste  que todas las religiones son buenas, que cada persona puede tener la suya y que no hay que poner la católica por encima de las demás. Esto contradice a la verdad católica. Un católico no lo puede aceptar. Por esto los Papas han luchado siempre contra estas reuniones denominadas “interconfesionales”, sindicatos o congresos en los que se da la impresión de que todas las religiones son iguales y que ninguna tiene más valor que las demás. Es algo absolutamente contrario a nuestra fe.
Hay algunos casos en los que se puede llegar a un acuerdo espontáneo ante un acontecimiento o una catástrofe, como un terremoto, un maremoto o un ciclón, en que todo el mundo está en la misma desgracia; o en tiempos de guerra, etc. En ese caso, ponerse de acuerdo con un grupo de otra religión para ayudar a los demás, es una acción puntual que no compromete a la fe; es un acto de caridad y algo perfectamente normal.
Pero es peligroso crear instituciones permanentes, porque no se tienen los mismos principios.
Yo recuerdo muy bien que tuvimos dificultades parecidas en Camerún. El gobierno había pro-puesto una ayuda a las escuelas privadas. A algunos les pareció muy ingenioso decir: “Hay escuelas privadas católicas y protestantes; unámonos para presentar nuestras exigencias, reclamos y programas, y así seremos más fuertes”… y resultó que los que, a pesar de los consejos de los obispos, actuaron así, se dejaron engañar por los protestantes, pues un buen día estos últimos decidieron que había que aceptar todo lo que proponía el gobierno, ya sea en los programas o en la implantación de las escuelas, siendo que había cosas inadmisibles para un católico. Fue algo que casi arruinó a las escuelas católicas. Se produjo una ruptura y la situación fue peor que antes.
Lo mismo pasa con los sindicatos. Hay una noción verdadera de la justicia, puesto que la de los que no son católicos sólo es más o menos buena, y cuando se llega a las discusiones, estos últimos se sienten más bien tentados a inducir a los obreros a la rebelión. San Pío X tuvo que intervenir, sobre este tema, ante los sindicatos alemanes, que estaban divididos acerca de la creación de sindica-tos interconfesionales, y los desaconsejó en una carta en que, en pocas palabras, les decía a los cató-licos: “Vosotros tenéis principios que aplicáis en la práctica, pero ellos no tienen principios ni convicciones claras y los cambian; es imposible trabajar juntos”. Volvamos al razonamiento de Bene-dicto XIV contra la Masonería:
«La segunda es el estrecho e impenetrable pacto secreto, en virtud del cual se oculta todo lo que se hace en estos conventículos, por lo cual podemos aplicar con razón esta sentencia:… las cosas buenas aman siempre la publicidad; los crímenes se cubren con el secreto».
Esta comprobación está relacionada con la tercera razón, que se refiere a la aplicación del secreto:
«La tercera es el juramento que ellos hacen de guardar inviolablemente este secreto como si pudiese serle permitido a cualquiera apoyarse sobre el pretexto de una promesa o de un juramento, para negarse a declarar si es interrogado por una autoridad legítima, sobre si lo que se hace en cualesquiera de esos conventículos, no es algo contra el Estado y las leyes de la Religión o de los gobernantes».
Hay un secreto y además, después de haberlo jurado, no se puede decir nada ante la justicia. Eso es algo ilegítimo. Nadie puede comprometerse bajo juramento a negarse a responder a quienes tienen derecho a preguntar, ni a los que tienen que saber cosas que repercuten en el ámbito de la seguridad del Estado e incluso para la existencia de la religión.
Benedicto XIV sigue con la cuarta razón:
«La cuarta es que esas sociedades no son menos contrarias a las leyes civiles que a las normas canónicas».
Las leyes civiles y canónicas prohíben estos conventículos, asociaciones y reuniones secretas, de las que no se sabe nada, puesto que todas las sociedades que se reúnen sin el permiso de la autoridad pública están prohibidas por el derecho civil y también por el canónico.

«La quinta es que ya en muchos países las dichas sociedades y agregaciones han sido proscritas y desterradas por las leyes de los príncipes seculares».

Evidentemente, se podría objetar que los príncipes obran así porque estas sociedades les estorban —y que eso no quiere decir que siempre sean malas—, pero el Papa se apoya en los príncipes seculares católicos que creen que no pueden tolerar estas asociaciones que se esconden y obran en secreto. Luego da la sexta razón:

«Estas sociedades gozan de mal concepto entre las personas prudentes y honradas, y alistarse en ellas es ensuciarse con las manchas de la perversión y la malignidad».

El Papa se apoya en la opinión de personas prudentes y honradas, y luego insiste, como su predecesor, ante los prelados, obispos, ordinarios del lugar, superiores eclesiásticos y también ante los príncipes y jefes de Estado para pedirles que luchen contra esas sociedades secretas.

Este es, pues, el segundo documento de Benedicto XIV. León XII añade una reflexión: reprocha a los gobiernos y jefes de Estado que no hayan tenido en cuenta los avisos de los Papas, de modo que las sociedades secretas siguieron expandiéndose y difundiendo el mal. Citemos:

«Ojalá los gobernantes de entonces hubiesen tenido en cuenta esos decretos que exigía la salvación de la Iglesia y del Estado.
Ojalá se hubiesen creído obligados a reconocer en los romanos Pontífices, sucesores de San Pedro, no sólo los pastores y jefes de toda la Iglesia, sino también los infatigables defensores de la dignidad y los diligentes descubridores de los peligros de los príncipes.
Ojalá hubiesen empleado su poder en destruir las sectas cuyos pestilenciales designios les había descubierto la Santa Sede Apostólica. Habrían acabado con ellas desde entonces. Pero fuese por el fraude de los sectarios, que ocultan con mucho cuidado sus secretos, fuese por las imprudentes convicciones de algunos soberanos que pensaron que no había en ello cosa que mereciese su atención ni debiesen perseguir; no tuvieron temor alguno de las sectas masónicas, y de ahí resultó que naciera gran número de otras más audaces y más malvadas.
Pareció entonces que en cierto modo, la secta de los Carbonarios las encerraba todas en su seno. Pasaba ésta por ser la principal en Italia y otros países; estaba dividida en muchas ramas que solo se diferencian en el nombre, y le dio por atacar a la religión católica y a toda soberanía legítima».

Como vemos, el Papa no vacila en señalar esta nueva secta, que ataca abiertamente a la religión católica y autoridad legítima del Estado. 

CONTINUARÁ

viernes, 4 de julio de 2014

VIDA DE SAN BENITO (CUARTA PARTE)




CAPÍTULO VI

DEL HIERRO VUELTO A SU MANGO DESDE EL FONDO DEL AGUA

En otra ocasión, un godo pobre de espíritu llegó al monasterio para hacerse monje y el hombre de Dios Benito le recibió con sumo gusto. Cierto día mandó darle una herramienta -que por su parecido con la falce llaman falcastro-, para que cortara la maleza de un sitio donde había de plantarse un huerto. El lugar que el godo había recibido para limpiarlo estaba en la misma orilla del lago. Mientras el godo cortaba aquel matorral de zarzas con todas sus fuerzas, se desprendió el hierro del mango y cayó al lago, precisamente en un lugar donde era tanta la profundidad del agua, que no había esperanza alguna de recuperarlo. Perdida ya la herramienta, corrió el godo tembloroso al monje Mauro, le contó lo que le había sucedido e hizo penitencia por su falta. Enseguida, Mauro puso el hecho en conocimiento del siervo de Dios Benito, el cual,
enterado del caso, fue al lugar del suceso, tomó el mango de la mano del godo y lo metió en el agua. 
A1 momento, el hierro subió de lo hondo del lago y se ajustó al mango. Luego entregó la herramienta al godo diciéndole: "Toma, trabaja y no te aflijas más". 


CAPÍTULO VII

DE UN DISCÍPULO SUYO QUE ANDUVO SOBRE LAS AGUAS
Un día, mientras el venerable Benito estaba en su celda, el mencionado niño Plácido, monje del santo varón, salió a sacar agua del lago y al sumergir incautamente en el agua la vasija que traía, cayó también él en el agua tras ella. A1 punto le arrebató la corriente arrastrándole casi un tiro de flecha. El hombre de Dios, que estaba en su celda, al instante tuvo conocimiento del hecho. 

Llamó rápidamente a Mauro y le dijo:
"Hermano Mauro, corre, porque aquel niño ha caído en el lago y la corriente lo va arrastrando ya lejos". Cosa admirable y nunca vista desde el apóstol Pedro; después de pedir y recibir la bendición, marchó Mauro a toda prisa a cumplir la orden de su abad. Y creyendo que caminaba sobre tierra firme, corrió sobre el agua
hasta el lugar donde la corriente había arrastrado al niño; le asió por los cabellos y rápidamente regresó a la orilla". Apenas tocó tierra firme, volviendo en sí, miró atrás y vio que había andado sobre las aguas, de modo que lo que nunca creyó poder hacer, lo estaba viendo estupefacto como un hecho.

Vuelto al abad, le contó lo sucedido. Pero el venerable varón Benito empezó a atribuir el hecho, no a sus propios merecimientos, sino a la obediencia de Mauro. Éste, por el contrario, decía que el prodigio había sido únicamente efecto de su mandato y que él nada tenía que ver con aquel milagro, porque lo había obrado sin darse cuenta. En esta amistosa porfía de mutua humildad, intervino el niño que había sido salvado, diciendo: "Yo, cuando era sacado del agua, veía sobre mi cabeza la melota del abad y estaba creído que era él quien me sacaba del agua".

PEDRO.- Portentosas son las cosas que cuentas y sin duda alguna serán de edificación para muchos. Yo, por mi parte, te digo que cuantos más milagros conozco de este santo varón, más sed tengo de ellos.

CAPÍTULO VIII

DEL PAN ENVENENADO TIRADO LEJOS POR UN CUERVO

GREGORIO.- Habiéndose ya inflamado aquellos lugares circunvecinos en el amor de nuestro Dios y Señor Jesucristo, muchos empezaron a dejar la vida del siglo y a someter la cerviz de su corazón al suave yugo del Redentor. Pero como es propio de los malos envidiar en los otros el bien de la virtud que ellos no aprecian, el sacerdote de una iglesia vecina llamado Florencio, abuelo de nuestro subdiácono Florencio ", instigado por el antiguo enemigo, empezó a tener envidia del celo de tan santo varón, a denigrar su género de vida y a apartar de su trato a cuantos podía. Mas, viendo por una parte que era imposible impedir sus progresos, y por otra, que cada día crecía más la fama de su vida monástica, de manera que eran muchos los que se sentían llamados incesantemente a una vida más perfecta por la fama de su santidad, abrasado más y más en la llama de la envidia se hacía cada vez peor, porque deseaba recibir la alabanza de su vida monástica, pero no quería llevar una vida santa.
Cegado, pues, por las tinieblas de su envidia, llegó a enviar al siervo de Dios todopoderoso un pan envenenado, como obsequio. Aceptólo el hombre de Dios dándole las gracias, pero no se le ocultó la ponzoña escondida en el pan.

A la hora de la comida, solía venir del bosque cercano un cuervo, al que el santo le daba de comer por su propia mano. Habiendo venido como de costumbre, el siervo de Dios echó al cuervo el pan que el sacerdote le había enviado y le ordenó: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo toma este pan y arrójalo a un lugar donde no pueda ser hallado por nadie". Entonces el cuervo, abriendo el pico y extendiendo las alas, empezó a revolotear y a graznar alrededor del pan, como diciendo que estaba dispuesto a obedecer, pero no podía cumplir lo mandado. El siervo de Dios le reiteró la orden, diciendo: "Llévatelo, llévatelo sin miedo y échalo donde nadie pueda encontrarlo". Tardó todavía largo rato el cuervo en ejecutar
la orden, pero al fin tomó el pan con su pico, levantó el vuelo y se fue. A1 cabo de tres horas, habiendo arrojado ya el pan, regresó y recibió el alimento acostumbrado de mano del hombre de Dios. Pero el venerable abad, viendo que el ánimo del sacerdote se enardecía contra su vida dolióse más por él que por sí mismo.

Mas, el sobredicho Florencio, ya que no pudo matar el cuerpo del maestro, intentó matar las almas de sus discípulos. Para ello, introdujo en el huerto del monasterio donde vivía, a siete muchachas desnudas, para que allí, ante sus ojos, juntando las manos unas con otras y bailando largo rato delante de ellos, inflamaran sus almas en el fuego de la lascivia 22. Vio el santo varón desde su celda lo que pasaba y temió mucho la caída de sus discípulos más débiles. Mas, considerando que todo aquello se hacía únicamente con ánimo de perseguirle a él, trató de evitar la ocasión de aquella envidia. Y así, constituyó prepósitos en todos aquellos monasterios que había fundado y tomando consigo unos pocos monjes mudó su lugar de residencia.

Pero, apenas el hombre de Dios había rechazado, humildemente, el odio de su adversario, cuando Dios todopoderoso castigó terriblemente a su rival. Pues estando dicho sacerdote en la azotea de su casa, alegrándose con la nueva de la partida de Benito, de pronto; permaneciendo inmóvil toda la casa, se derrumbó la terraza donde estaba, y aplastando al enemigo de Benito, lo mató.

El discípulo del hombre de Dios, Mauro, creyó oportuno hacérselo saber al venerable abad Benito, que aún no se había alejado ni diez millas del lugar, diciéndole: "Regresa, porque el sacerdote que te perseguía ha muerto". Al oír esto el hombre de Dios, prorrumpió en grandes sollozos, no sólo porque su adversario había muerto, sino porque el discípulo se había alegrado de su desastroso fin. Y por eso impuso una penitencia al discípulo, porque al anunciarle lo sucedido se había atrevido a alegrarse de la muerte de su rival.

PEDRO.- Admirables y sobremanera asombrosas son las cosas que acabas de contar, pues en el agua que manó de la piedra veo a Moisés (Núm 20,11); en el hierro que remontó desde lo profundo del agua, a Elíseo (2Re 6,7); en el andar sobre las aguas, a Pedro (Mt 14,29); en la obediencia del cuervo, a Elías (1 Re 17,6) y en el llanto por la muerte de su enemigo, a David (2Sam 1,2; 18,33). Por todo lo cual, veo que este hombre estaba lleno del espíritu de todos los justos.

GREGORIO.- Pedro, el hombre de Dios Benito tuvo únicamente el espíritu de Aquel que por la gracia de la redención que nos otorgó, llenó el corazón de todos los elegidos; del cual dice san Juan: era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9), y más abajo: de su plenitud todos hemos recibido (Jn 1,16).

 Los santos alcanzaron de Dios el poder de hacer milagros, pero no el de comunicar este poder a los demás, pues solamente lo concede a sus discípulos, el que prometió dar a sus enemigos la señal de Jonás (Mt 12,39). En efecto, quiso morir en presencia de los soberbios, pero resucitar ante los humildes, para que aquéllos se dieran cuenta de quién habían condenado, y éstos, a quién debían
amar con veneración. En virtud de este misterio, mientras los soberbios contemplaron al que habían despreciado con una muerte infame, los humildes recibieron la gloria de su poder sobre la muerte.

PEDRO.- Dime ahora, por favor, a qué lugares emigró el santo varón y si obró milagros en ellos.

GREGORIO.- El santo varón, al emigrar a otra parte, cambió de lugar, pero no de enemigo. Ya que después hubo de librar combates tanto más difíciles, cuanto que tuvo que luchar abiertamente contra el maestro de la maldad en persona. El fuerte llamado Casino está situado en la ladera de una alta montaña, que le acoge en su falda como un gran seno, y luego continúa elevándose hasta tres millas de altura, levantando su cumbre hacia el cielo. 

Hubo allí un templo antiquísimo, en el que según las costumbres de los antiguos paganos, el pueblo necio e ignorante daba culto a Apolo. A su alrededor había también bosques consagrados al culto de los demonios, donde todavía en aquel tiempo una multitud enloquecida de paganos ofrecía sacrificios sacrílegos. Cuando llegó allí el hombre de Dios, destrozó el ídolo, echó por tierra el ara y taló los bosques. Y en el mismo templo de Apolo construyó un oratorio en honor de san Martín, y donde había estado el altar de Apolo edificó un oratorio a san Juan. Además, con su predicación atraía a la fe a las gentes que habitaban en las cercanías. Pero he aquí que el antiguo enemigo, no pudiendo sufrir estas cosas en silencio, se aparecía a los ojos del abad, no veladamente o en sueños, sino visiblemente, y con grandes clamores se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa. Los hermanos, aunque oían su voz, no veían su figura. Pero el venerable abad contaba a sus discípulos cómo el antiguo enemigo se aparecía a sus ojos corporales horrible y envuelto en fuego y le amenazaba echando fuego por la boca y por los ojos.

En efecto, todos oían lo que decía, porque primero le llamaba por su nombre, y como el hombre de Dios no le respondía nada, enseguida prorrumpía en ultrajes. Pues cuando gritaba: "¡Benito, Benito!", y veía que éste nada respondía, a continuación añadía: "¡Maldito y no bendito! ¿Qué tienes contra mí? ¿Por qué me persigues?". Pero veamos ahora los nuevos embates del antiguo enemigo contra el siervo de Dios, a quien incitó presentándole batalla, pero, muy a pesar suyo, con ello no hizo más que proporcionarle ocasiones de nuevas victorias.

CAPITULO IX

DE UNA ENORME PIEDRA LEVANTADA POR SU ORACIÓN

Un día, mientras estaban trabajando en la construcción de su propio monasterio, los monjes decidieron poner en el edificio una piedra que había en el centro del terreno. A1 no poderla remover dos o tres monjes a la vez, se les juntaron otros para ayudarlos, pero la piedra permaneció inamovible como si tuviera raíces en la tierra. Comprendieron entonces claramente que el antiguo enemigo en persona estaba sentado sobre ella, puesto que los brazos de tantos hombres no eran suficientes para removerla.

Ante la dificultad, enviaron a llamar al hombre de Dios para que viniera y con su oración ahuyentara al enemigo, y así poder luego levantar la piedra. Vino enseguida, oró e impartió la bendición, y al punto pudieron levantar la piedra con tanta rapidez, como si nunca hubiera tenido peso alguno.

CAPÍTULO X

EL INCENDIO IMAGINARIO DE LA COCINA

Entonces los monjes empezaron a cavar allí la tierra delante del siervo de Dios, y ahondando más el hoyo encontraron un ídolo de bronce, que por el momento guardaron en la cocina. Pero de pronto, vieron salir fuego de la misma y creyendo que iba a quemarse todo el edificio, corrieron a apagar el fuego. Mas hicieron
tanto ruido al arrojar el agua, que acudió también allí el hombre de Dios. Y al comprobar que aquel fuego existía sólo ante los ojos de sus monjes, pero no ante los suyos, inclinó la cabeza en actitud de oración. Y al punto, a los monjes, que vio que eran víctimas de la ilusión de un fuego ficticio, hizo volver a la visión real de las cosas, diciéndoles que hicieran caso omiso de aquellas llamas que había simulado el antiguo enemigo y que comprobaran cómo el edificio de la cocina estaba intacto.

CAPÍTULO XI

DEL MONJE JOVEN APLASTADO POR UNA PARED Y SANADO

En otra ocasión, mientras los monjes estaban levantando una pared, porque así convenía, el hombre de Dios se hallaba en el recinto de su celda entregado a la oración. Apareciósele el antiguo enemigo insultándole y diciéndole que se iba al lugar donde los monjes estaban trabajando. Comunicólo rápidamente el hombre de Dios a los monjes, por medio de un enviado, diciéndoles:

"Hermanos, id con cuidado, porque ahora mismo va a vosotros el espíritu del mal". Apenas había acabado de hablar el enviado, cuando el maligno espíritu derrumbó la pared que levantaban, y atrapando entre las ruinas a un monje joven, hijo de un curial, lo
aplastó. Consternados todos y profundamente afligidos, no por el daño ocasionado a la pared, sino por el quebrantamiento del hermano, se apresuraron a anunciárselo al venerable Benito con gran llanto. El abad mandó que le trajeran al muchacho destrozado, cosa que no pudieron hacer sino envolviéndole en una manta, ya que las piedras de la pared le habían triturado no sólo las carnes sino hasta los huesos. El hombre de Dios ordenó enseguida que lo dejasen en su celda sobre el psiathium -es decir, sobre la estera-, donde él solía orar; y despidiendo a los monjes, cerró la puerta de la celda y se puso a orar con más intensidad que nunca. ¡Cosa admirable! Al punto se levantó curado aquel monje y tan sano como antes. Y el santo envió de nuevo a acabar la pared a aquel monje con cuya muerte el antiguo enemigo había creído insultar a Benito.

CAPITULO XII

DE UNOS MONJES QUE TOMARON ALIMENTO CONTRA LO ESTABLECIDO POR LA REGLA

En esto empezó el hombre de Dios a tener también espíritu de profecía, prediciendo sucesos futuros y revelando a los presentes cosas que sucedían lejos.

Era costumbre en el cenobio, que cuando los monjes salieran a hacer alguna diligencia, no comieran ni bebieran fuera del monasterio. Este punto de la observancia se guardaba escrupulosamente, según lo establecido por la Regla. Un día salieron unos monjes a cumplir cierto encargo, en el que estuvieron
ocupados hasta muy tarde. Y como conocían a cierta piadosa mujer, entraron en su casa y tomaron alimento.

Llegaron muy tarde al monasterio y, según la costumbre, pidieron la bendición al abad. Éste les interpeló al punto diciendo: "¿Dónde habéis comido?". En ninguna parte", respondieron ellos. Pero él les reprochó:

"¿Por qué mentís de ese modo? ¿Acaso no entrasteis en casa de tal mujer y comisteis allí tal y tal cosa y bebisteis tantas veces?". Cuando vieron que el venerable abad les iba refiriendo la hospitalidad de la mujer, la clase de manjares que habían comido y el número de veces que habían bebido, reconocieron todo lo que
habían hecho, y temblando cayeron a sus pies y confesaron su culpa. Pero él al instante los perdonó, creyendo que en adelante no volverían a hacer semejante cosa, pues sabían que, aun ausente, les estaba presente en espíritu.

CAPÍTULO XIII

DEL HERMANO DEL MONJE VALENTINIANO

El hermano del monje Valentiniano, de quien más arriba hice mención, era un hombre seglar, pero muy piadoso. Para encomendarse a las oraciones del siervo de Dios y ver a su hermano, acostumbraba a ir todos los años en ayunas al monasterio desde el lugar donde vivía. Cierto día, yendo de camino hacia el
monasterio, se le juntó otro caminante que llevaba consigo comida para el viaje. Siendo ya la hora avanzada, le dijo: "Ven, hermano, tomemos alimento para no desfallecer en el camino". A lo que respondió aquél: "De ninguna manera, hermano; no lo tomaré, porque he tenido siempre la costumbre de ir en ayunas a visitar al
venerable Benito". Recibida esta respuesta, el compañero de viaje no insistió más por el momento. Pero habiendo andado otro pequeño trecho, invitóle de nuevo a comer. Tampoco esta vez quiso aceptar, porque había hecho propósito de llegar en ayunas. Calló nuevamente el que le había invitado a comer y consintió en caminar con él todavía un poco más sin probar alimento. Pero después de haber recorrido un largo trecho, cuando la hora era ya avanzada y los viajeros estaban fatigados, encontraron a la vera del camino un prado con una fuente y con todo lo que podía parecerles a propósito para reparar sus fuerzas. Entonces díjole el compañero de viaje: 

"Aquí hay agua, un prado y un lugar ameno donde podemos comer y descansar un poco, para que luego podamos acabar nuestro viaje sin novedad". Como estas palabras halagaron sus oídos y el lugar sus ojos, persuadido por esta tercera invitación, aceptó y comió. Al anochecer llegó al monasterio; presentóse al venerable abad Benito y le pidió la bendición. Pero al instante el santo varón le reprochó lo que había hecho en el camino, diciéndole: "¿Cómo ha sido, hermano, que el maligno enemigo, que te habló por boca de tu compañero de viaje, no pudo persuadirte la primera vez ni tampoco la segunda, pero logró persuadirte a la tercera y te venció en lo que quería?". Entonces él, reconoció su culpa, fruto de su débil voluntad; se echó a sus pies y comenzó a llorar avergonzado de su falta, tanto más cuanto que se dio cuenta que, aunque ausente, había prevaricado a la vista del abad Benito.

PEDRO.- Veo que en el corazón de este santo varón había el espíritu de Elíseo, que aunque estaba lejos, estuvo presente a lo que su discípulo Guejazi hacía (2Re 5,26).

CAPÍTULO XIV

DESCUBRIMIENTO DEL ENGAÑO DEL REY TOTILA

GREGORIO.- Ahora, Pedro, es necesario que calles un poco, para que puedas conocer aún mayores cosas. En tiempo de los godos, su rey Totila oyó decir que el santo varón tenía espíritu de profecía. Dirigióse a su monasterio y deteniéndose a poca distancia del mismo, le anunció su visita. Enseguida se le pasó aviso del
monasterio, diciéndole que podía venir, pero él, pérfido como era, intentó cerciorarse de si el hombre de Dios tenía espíritu de profecía. Para ello, prestó su calzado a cierto escudero suyo llamado Rigo, le hizo vestir con la indumentaria real y le mandó que se presentara al hombre de Dios como si fuera él mismo en persona. Envió para su séquito a tres compañeros de los que solían ir en su comitiva, a saber: Vulderico, Rodrigo y Blidino, para que formando cortejo con él hicieran creer al siervo de Dios que se trataba del mismo rey Totila. Dióle además otros honores y acompañamiento, para que tanto por el séquito como por los vestidos de púrpura le tuviese por el propio rey.

Cuando Rigo llegó al monasterio ostentando las vestiduras reales y rodeado de numeroso séquito, el hombre de Dios estaba sentado a la puerta. Vio cómo iba acercándose y cuando podía ya hacerse oír de él, grito diciendo: "¡Quítate eso, hijo, quítate eso que llevas, que no es tuyo!". Al instante Rigo cayó en tierra lleno de espanto por haber intentado burlarse de tan santo varón; y todos los que con él habían ido a ver al el hombre de Dios, cayeron consternados en tierra. Al levantarse, no se atrevieron a acercársele, sino que regresaron adonde estaba su rey y temblando le contaron la rapidez con que habían sido descubiertos.

CAPÍTULO XV

PROFECÍA QUE HIZO AL REY TOTILA

Entonces el rey Totila en persona llegóse al hombre de Dios, y viéndole a lo lejos sentado no se atrevió a acercársele, sino que cayó de hinojos en tierra. El hombre de Dios le dijo dos o tres veces: "¡Levántate!".

Pero como él no se atrevía a levantarse en su presencia, Benito, siervo de nuestro Señor Jesucristo, se dignó acercarse al rey -que permanecía postrado-, le levantó, le increpó por sus desmanes y en pocas palabras le vaticinó todo cuanto había de sucederle. Le dijo:

"Has hecho y haces mucho daño; es ya hora de poner término a tu maldad. Ciertamente, entrarás en Roma, atravesarás el mar y reinarás nueve años, pero al décimo morirás". Oídas estas palabras, el rey quedó fuertemente impresionado, le pidió la bendición y se marchó. Y desde entonces fue menos cruel. Poco tiempo después entró en Roma, pasó luego a Sicilia y al décimo año de su reinado, por disposición de Dios todopoderoso, perdió el reino con la vida.

También el obispo de la iglesia de Canosa", a quien el hombre de Dios amaba entrañablemente por los méritos de su vida ejemplar, acostumbraba a visitar al siervo de Dios. Un día, conversando con él acerca de la entrada del rey Totila en Roma y de la devastación de la ciudad, díjole el obispo: "Este rey destruirá de tal manera la ciudad, que ya no podrá ser jamás habitada" '2. A lo que respondió el hombre de Dios: "Roma no será destruida por los hombres, sino que se consumirá en sí misma, abatida por tempestades, huracanes,
tormentas y terremotos".

Los misterios de esta profecía nos son ya más patentes que la luz, puesto que vemos demolidas las murallas de la ciudad, arruinadas sus casas, destruidas sus iglesias por los huracanes y que se van desmoronando sus edificios, como cansados por una larga vejez.
Su discípulo Honorato, de quien es la relación de todo lo que voy diciendo, confiesa que esto no lo oyó de su boca, pero afirma que los monjes le aseguraron que así lo había dicho el santo.

CAPITULO XVI

DE UN CLÉRIGO LIBRADO DEL DEMONIO

En este tiempo, cierto clérigo de la iglesia de Aquino, era atormentado por el demonio. Había sido enviado por el venerable varón Constancio, obispo de la misma iglesia, a visitar muchos sepulcros de mártires, a fin de obtener de ellos la curación. Pero los santos mártires no quisieron concederle la salud, para que con este
motivo se manifestara la santidad de Benito.

Así pues, fue conducido a la presencia del siervo de Dios Benito, que oró a nuestro Señor Jesucristo y al momento expulsó al antiguo enemigo del hombre poseso. Después de haberle curado le ordenó:

"Ve, y en lo sucesivo no comas carne ni te atrevas jamás a recibir orden sagrada alguna, porque el día que intentares temerariamente acceder a orden sacro alguno, al instante volverás a ser esclavo de Satanás".

Marchó, pues, el clérigo curado, y como la pena reciente suele atemorizar al espíritu, cumplió por el momento lo que el hombre de Dios le había ordenado.

Pero transcurridos muchos años, cuando vio que los que le habían precedido habían muerto y que otros más jóvenes que él recibían las órdenes sagradas, no acordándose de las palabras del hombre de Dios por el largo tiempo transcurrido, hizo caso omiso de ellas, acercándose a recibir otra orden sagrada. Inmediatamente tomó posesión de él aquel demonio que le había dejado y no cesó de atormentarle hasta que le quitó la vida.

PEDRO.- Por lo que veo, este hombre de Dios penetró hasta los secretos de la divinidad, puesto que sabía que este clérigo había sido entregado a Satanás, precisamente para que no osara recibir orden sagrada alguna.

GREGORIO.- ¿Cómo no iba a conocer los secretos de la divinidad, el que guardaba tan fielmente los preceptos del mismo Dios, estando como está escrito que: El que se adhiere al Señor, se hace un espíritu con él? (1 Co 6,17).

PEDRO.- Si el que se adhiere al Señor se hace un mismo espíritu con él, ¿por qué el mismo egregio predicador dice también: Quién conoció el pensamiento del Señor, o quién fue su consejero? (Rom 11,34).

Pues parece ilógico que uno ignore el pensamiento de aquel con el cual ha sido hecho un solo espíritu.

GREGORIO.- Los hombres santos, en cuanto son una misma cosa con el Señor, no ignoran su pensamiento, pues también el mismo Apóstol dice: ¿Qué hombre conoce lo que en el hombre hay, sino el
espíritu del hombre que está en él? Así también, nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu de Dios (1Co 2,lls). Y para mostrarnos que conocía las cosas de Dios, añadió: Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu de Dios (1Co 2,12). Por eso dice también: Lo que ni el ojo vio ni el oído oyó, ni imaginó el corazón del hombre, eso es lo que Dios tiene preparado para los que le aman; pero a nosotros nos lo ha revelado por su Espíritu (1 Co 2,9)
.
PEDRO.- Si, pues, las cosas que son de Dios fueron reveladas al mismo Apóstol por el Espíritu de Dios, ¿cómo responde a lo que propuse antes, diciendo: ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Rm 11,33). Además de esto, me viene ahora a la mente otra duda. Pues el profeta David, hablando con el Señor, dice: Con mis labios he pronunciado todos los juicios de tu boca (Sal 119,13). Y como conocer es menor que pronunciar, ¿por qué afirma san Pablo que los juicios de Dios son inescrutables, cuando David asegura, no sólo que los
conoce, sino también que los ha pronunciado con sus labios?

GREGORIO.- A ambas cosas te respondí brevemente más arriba, cuando te dije que los hombres santos, en cuanto son una misma cosa con el Señor, no ignoran su pensamiento. En efecto, todos los que siguen devotamente al Señor están unidos a Dios por su devoción, pero mientras están abrumados por el peso de la
carne corruptible, no están aún junto a Dios. Y así, en cuanto le están unidos, conocen los ocultos designios de Dios, y en cuanto están separados de él, los ignoran. Por eso, en tanto no penetran aún perfectamente sus secretos aseguran que sus juicios son incomprensibles, pero en cuanto se adhieren a él por el espíritu, y por esta unión, instruidos por las palabras de la Sagrada Escritura o por secretas revelaciones, reciben algún conocimiento, entonces saben estas cosas y las anuncian. Así, pues, ignoran lo que Dios calla y conocen lo que les habla. Por eso cuando el profeta David dijo: Con mis labios pronuncié todos tus decretos, añadió a
continuación: salidos de tu boca (Sal 119,13); como si dijera abiertamente: "Pude conocer y proclamar estos decretos, porque tú los proferiste. Puesto que aquellas cosas que tú no dices, por lo mismo las ocultas a nuestra inteligencia". Concuerda, pues, la sentencia del Profeta y la del Apóstol, porque si es cierto que los
juicios de Dios son inescrutables, también lo es que una vez han sido proferidos por su boca, pueden ser pronunciados por labios humanos, porque lo que Dios revela puede ser conocido, pero no lo que oculta.

PEDRO.- Has resuelto esta pequeña objeción mía con razones bien claras. Pero, te ruego, que prosigas, si tienes algo que decir aún sobre los milagros de este varón.

SERMON DE LA FIESTA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO: Pbro. Hugo Ruiz






INTERVENCIÓN DIVINA EN LAS CRISIS DE LA IGLESIA (1a parte)



¿Porque este título? ¿Fue elegido al azar o es algo providencial, para estos momentos? Hoy el mundo “católico” está de fiesta porque, por fin la Roma modernista y no la verdadera Roma Católica, va a “canonizó” a dos verdaderos creadores y promotores de la madre de todas las herejías; el Modernismo.

Nuestro Señor en el pasado suscitó verdaderos defensores del catolicismo siempre que la esposa virginal de Nuestro Salvador, la Iglesia por Él fundada, se vió en peligros muy serios para defenderla de sus agresores físicos y morales. Sin embargo lo sucedido el 27 de abril del presente año muchos podrán decir que no tiene parangón dentro de la Iglesia de siempre. Afortunadamente no es así, siempre la Divina Providencia tiene un as bajo la manga y lo muestra en su momento oportuno no antes ni después porque para Ella no existe el tiempo, según lo define Santo Tomas; “El tiempo es según un antes y un después” (quien esto acota es el autor o cuando menos el porta voz de los variados artículos que, sobre la pasión del Señor, hizo llegar para vuestra meditación en esta pasada semana Santa). Como dije más arriba hablando sobre las “canonizaciones” de estos dos portentos del liberalismo y modernismo actual dentro de la Iglesia ocupada, cuenta con un antecedente en el Papa Honorio de triste memoria que en el año del Señor 650 apoyó la herejía Monofisita llevando consigo a una parte considerable de la cristiandad de aquellos tiempos. ¿Cómo sucedió eso?, he aquí la historia estimado lector.

Grandes méritos y cualidades del Papa Honorio

Vamos a referirnos al serio conflicto ocurrido en los tiempos del Papa Honorio siendo de capital importancia, sobre todo en este mes de abril de 2014, que todos los, clérigos y laicos tengan conocimiento de los medios extraordinarios que Nuestro Señor Jesucristo ha utilizado, para salvar a su Iglesia de sus peores crisis, incluso cuando todo parecía ya humanamente perdido. Este ejemplo fortalecerá a nuestros lectores en estos tiempos aciagos donde la herejía modernista, “madre y cloaca de todas la herejías”, como en su momento lo dijo San Pío X y les mostrara cuales han sido, en crisis tan graves, como la actual que la venimos padeciendo desde 1960, los medios de salvación de salvación señalados por Dios.

El Papa Honorio fue elegido por el clero y el pueblo de la ciudad de Roma, pues como es sabido en la elección del Papa ha habido en la Iglesia a través  de su historia, distintos sistemas, todos los cuales han sido legítimos.
Su Santidad el Papa Honorio I fue tan hábil político como Paulo VI y fue también magnífico administrador de los asuntos de la Iglesia, desplegó gran celo en la conversión de los habitantes de las islas Británicas continuando la obra de San Agustín, liquidó el cisma provocado por el Patriarca Fortunato que siguió los pasos del surgido en tiempos del Papa Virgilio, deponiendo de su cargo al mencionado jerarca cismático, y como lo han hecho la mayoría de los Papas, combatió las conspiraciones de los israelitas contra la Iglesia de Cristo, dirigiendo una carta al concilio de Toledo, muy elocuente a este respecto, y siendo también su epitafio que contenía las siguientes frases: “Judaicae gentis sub te est perfidia victa Sic unum Domini redis ovile nium”.


La unidad de los cristianos, deseada por Cristo y por su Santa Iglesia

Fue el noble fin de la unidas de los cristianos, el que en esta ocasión dió inicio a una crisis de gravísimas proporciones. La herejía de los “Monofisitas”, que afirmaban que siendo Cristo Nuestro Señor una sola persona, tenía también una sola naturaleza (remito al lector a los escritos que, sobre la pasión se encuentran en este sitio), había sido ya condenada por la Santa Iglesia y vencida en la Cristiandad, quedando solamente algunos núcleos heréticos minoritarios, aunque de cierta fuerza, dirigida por los obispos aferrados a la herejía.

Esta lamentable situación hizo ver a todos la necesidad de hacer un esfuerzo supremo a favor de la unidad de los cristianos y de la Santa Iglesia, UNIDAD DESEADA POR EL MISMO CRISTO Y POR TODOS LOS QUE SOMOS FIELES A SU DOCTINA, DICHA UNIDAD ERA EN ESOS TRAGICOS MOMENTOS DE MAYOR URGENCIA EN VISTA QUE LA CRISTIANDAD SE HALLABA EN PELIGRO ANTE LA INVASION AL IMPERIO ROMANO DE ORIENTE por los persas, dualistas y paganos, que iban conquistando una tras otra las provincias del este de África cometiendo las atrocidades más horribles contra los cristianos y destruyendo las iglesias y monasterios.

Pero la unidad de los cristianos no debe intentarse adulterando o negando, la divina revelación.

Ante el avance arrollador de los persas, la unidad de los cristianos ERA UN ASUNTO VITAL. Pero desgraciadamente, cuando este objetivo no se busca por los verdaderos caminos, en vez de obtenerse la anhelada unidad deseada, se han provocado una mayor discordia y una desunión todavía mayor que la que existía cuando se inicio el noble intento. Y eso fue lo que lamentablemente ocurrió en el caso que nos ocupa por traer a la unidad a ciertos núcleos heréticos, se provocó un cisma y una nueva hernia, que desgarró a la Santa Iglesia en el curso del siglo VI, y que provocaron MUCHO MAS DESUNION QUE LA QUE SE QUERIA SUPRIMIR.

Ante los avances inminentes de los persas, el emperador Heraclio, que acababa de tomar el trono, se encontraba desmoralizado ante una situación que agravaba, por el hecho de que los herejes monofisitas en Egipto habían facilitado los triunfos de los invasores persas. Entonces surgió el Patriarca Sergio de Constantinopla, como el hombre que trabajó incansablemente por inyectar ánimo al desmoralizado emperador y empujarlo a una acción eficaz, para defender al cristianísimo imperio, conduciéndolo un día a una Iglesia, según refiere la tradición, donde hablándole de Dios, le exigió el juramento de morir por la defensa de la cristiandad y el imperio; operándose con esto un cambio en Heraclio, que inició inmediatamente una serie de campañas victoriosas para recuperar los santos lugares y recobrar de los persas las bastas regiones que habían capturado, pero al mismo tiempo, movido el combativo Patriarca, del celo por obtener la Unidad de los Cristianos, concubió la idea de que esta solamente podría conseguirse  mediante el dialogo (mediante el cambio de impresiones, negociaciones y términos que equivalen al dialogo actual de la Neo- Fraternidad empleando este término que más se adapta a nuestros tiempos), con los herejes y concesiones que hicieron a estos, mediante una fórmula de transacción llamada por él formula de conciliación, que parecía justificarse, ante el nuevo peligro de la invasión musulmana que se gestaba en el sur.

ESO DE CREER QUE LA VERDAD REVELADA, PUEDE SER OBJETO DE DIALOGO, PARA REALIZAR CON ELLA TRANSACCIONES, como con cualquier asunto político, lejos de conseguir la unidad tan deseada, ha traído siempre, por castigo de Dios, nuevas herejías y todo género de males, ya que la verdad revelada por Dios no puede ser modificada por los hombres ni ser objeto de componendas. Dios ha castigado siempre estos gestos de debilidad o de oportunismo de algunos grandes jerarcas eclesiásticos, permitiendo que ocurran mayores conflictos  a la Santa Iglesia, que aquellos que con estos diálogos y transacciones se querían liquidar, quizá para hacernos ver a todos que la Divina Revelación no puede ser objeto de componendas humanas.

El patriarca Sergio, que demostró con hechos su gran celo por defender la Cristiandad, pensó que podría lograr la adhesión de los herejes monofisitas, a la Iglesia Católica, mediante el diálogo y concesiones mutuas que hicieron varias partes y la adopción de la fórmula de compromiso, que aceptando que en Cristo Nuestro Señor hubiera una sola persona, tuviera dos naturalezas, la Divina y la humana, pero una sola energía, una sola voluntad. Creyó que en esta forma se lograría, que los monofisitas, que sostenían la existencia de Cristo en una sola naturaleza, podrían unirse a la ortodoxa, pero se incurrió en una más grave herejía, que en el fondo era el mismo monofisismo con otro aspecto. Y ocurrió que la famosa formula de transacción, si bien logró atraer a la mayoría de los monofisitas, fue insuficiente e inaceptable para otros.

Patriarcas y Obispos se adhieren a la herejía MONOTELITA que avanza sin resistencia entre el episcopado.

Lo más grave de todo, fue que el emperador Heraclio, sobre quien el Patriarca de Constantinopla tenía influencia decisiva, aceptó con gusto la llamada fórmula de reconciliación y la hizo suya, puso en su apoyo toda la fuerza imperial, siendo atraídos a la nueva herejía. Plegándose a las presiones del emperador y del Patriarcado un numero cada día mayor de obispos, entre ellos el Metropolitano de Laica, Atanasio de Antioquia, Faran de Arabia, y otros.

El patriarca Sergio logró que el emperador nombrara a Ciro de Fasis, para ocupar el Patriarcado de Alejandría, al quedar vacante este, con lo que los partidarios de la nueva herejía controlaban las sedes más importantes de oriente, tomando proporciones gigantescas esta nueva herejía, sin haber logrado la tan ansiada anhelada unidad de los cristianos, sino mas bien, acrecentando la discordia y la división, en forma más aguda y peligrosa.

Desgraciadamente, como en el caso de la herejía arriana, fueron los obispos los primeros en claudicar y abrazar la nueva herejía arrastrando en su traición al clero de su diócesis, además, como en otras crisis de la Iglesia, lo primero que hicieron los jerarcas herejes fue la promoción de obispos herejes para que ocuparan las sedes vacantes y demás puestos claves. Clérigos herejes que contribuyeran a propagar la herejía; sin la menor resistencia de los obispos, faltando con esta acción, gravemente a sus deberes para con Dios. En medio de esta tormenta, el Papa Honorio I, convencido de la necesidad de lograr la unidad de los cristianos, había sufrido el impacto de los argumentos del Patriarca de Constantinopla y se encontraba en actitud vacilante, sin condenar la nueva herejía, que era apoyada por la gran parte de la jerarquía y el silencio del Papa, iba controlando cada vez más a la cristiandad.

En realidad, lo que provocaba las vacilaciones del Papa, eran motivos de alta política, pero relacionados íntimamente con la salvación de la cristiandad. Los mismos motivos que inspiraron al Patriarca Sergio y al emperador Heraclio, o sea, lograr a toda costa la unidad de los cristianos para impedir que una división interna facilitara el avance de los Musulmanes, que de llevarse acabo causaría un gran desastre al catolicismo. No se trata de justificar a un Papa sobre quien recayó tremenda excomunión de un santo Concilio Ecuménico, ratificada por un Papa Santo; sino simplemente hacer honor a la verdad histórica, la cual demuestra que los móviles de ese vicario de Cristo en la tierra fueron bien intencionados aunque se hayan desencadenado en una actuación equívoca, que dio motivo justificado a un terrible anatema post mortem.

Unos cuantos sacerdotes se enfrentan a sus obispos, en defensa de la ortodoxia católica.

En tan grave situación, Dios Nuestro Señor se valió, para iniciar la defensa de la verdadera doctrina, de un humilde monje de Palestina llamado Antíoco que, dejando la paz de su convento y rebelándose contra su obispo y Patriarcas que sostenían la herejía, acuso públicamente al Patriarca de Antioquía de ser el Anti-Cristo y de renovar las herejías de Estiques y Apolinar. La rebelión del fraile Antíoco contra la jerarquía eclesiástica hereje, encontró eco en Egipto, donde unos simples sacerdotes y frailes se rebelaron contra sus obispos herejes y contra el nuevo Patriarca Ciro de Alejandría, que vendría siendo ahora como el primado de la Iglesia de Egipto, después del Papa y del Patriarca de Constantinopla, el jerarca de mayor categoría en la Iglesia de esos tiempos. El poderoso Patriarca condenó, excomulgó y hasta empleó la violencia contra esos infelices sacerdotes y monjes que lo sacrificaron todo por la verdadera doctrina de Cristo.

Poco a poco se fue propagando la llama de la defensa de la Fe verdadera y la rebelión contra un episcopado que se había sumado a la herejía, convirtiendo algunos modestos presbíteros, los templos a su cargo en verdaderos baluartes de la verdadera doctrina cristiana, por supuesto con el apoyo moral y físico de sus feligreses, quienes, junto con sus pastores comprendieron la gran necesidad de defender la Fe ortodoxa incluso yendo en contra de sus Obispos y altos jerarcas de la Iglesia en aquellos tiempos y gracias a esta unión lograron sacar a los Obispos herejes. Estos éxitos fueron posibles mientras las autoridades civiles locales se mantuvieron al margen de todo esto y e incluso se abstuvieron de brindar apoyo militar a los Jerarcas eclesiásticos Monotelitas. Pero siempre que dichas autoridades por orden del emperador intervinieron militarmente a favor de los herejes, quitaron a los celosos párrocos sus iglesias y las entregaron a los herejes, así la victoria de los herejes se antojaba definitiva.

Un humilde fraile San Sofronio, surge como caudillo de la Ortodoxia.

Continuará..