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jueves, 29 de enero de 2026

EL PURGATORIO (RELACIONES Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS ACERCA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO) 3a

 


P. —¿Cómo lo conoce usted?

R. — Por el aire contento y la afabilidad del ángel de la guarda.

P. —¿Dónde se encuentra el purgatorio?

R. — En el centro de la tierra, muy cerca del infierno.

P. —¿Hay varias moradas en el purgatorio?

R. — Hay tres, y cada una de ellas con gran número de subdivisiones, según que el alma sea más o menos culpable.

P. —¿En cual de las moradas estaba usted?

R. — En la del centro.

P. —¿Se permanece mucho tiempo en una misma morada, o se cambia, una vez expiadas las faltas?

R. — Yo permanecí siempre en la misma morada.

P. —¿Sabe usted si en la morada más próxima al infierno se oyen los gritos de los condenados?

R. — No, no se oyen; hay sin embargo algunas almas más culpables que sí los oyen por permisión divina.

P. —¿Hay mucha gente en el purgatorio?

R. — Sí, mucha, represéntese una gran feria: las almas están allí apretadas, amontonadas.

P. —¡Me asombra que mi pobre madre haya durado tanto tiempo en el purgatorio; ha mucho tiempo que la creía en el cielo!

R. — Pues no se sorprenda; diez y siete años es mucho tiempo, en verdad; pero hay almas que están detenidas hace dos o trescientos años.

P. —¿Hay muchas religiosas?

R. — Sí, muchísimas; pero ninguna de las que practicaron su regla.

P. — ¿Cuáles son las faltas que se castigan con más severidad en las personas religiosas?

R. — La falta de obediencia y las murmuraciones contra los superiores; el buen Dios castiga estas últimas muy severamente.

P. — ¿Qué le hacen sufrir los demonios a las ánimas?

R. — No tienen poder para perjudicarlas; pero las hacen sufrir mucho, echándoles en cara sus culpas o mostrándoselas simplemente.

P. — ¿Oran las almas del purgatorio, hablan unas con otras, en qué se ocupan?

R. — Sí oran; dicen mentalmente el Padre Nuestro, el Ave María y otras oraciones por las personas que se interesan por ellas; pero nunca hablan. Reina profundo silencio; sólo se oyen algunas veces gemidos arrancados por la fuerza del dolor; pero a pesar de todo están siempre tranquilas y resignadas. Su ocupación es amar a Dios y cumplir su voluntad, para estar más y más unidas con Él.

P. — ¿Sabía usted en el purgatorio lo que pasaba en la comunidad después de su muerte?

R. — Sí, porque todas las ánimas ven lo que sucede en la tierra, a menos que por permisión divina se vean privadas de ello.

P. — ¿El favor concedido a la indulgencia sabatina tiene su efecto?

R. — La indulgencia es cierta; pero rara vez tiene efecto por los obstáculos que se le oponen.

P. — ¿Se ve el fuego en el purgatorio?

R. — Sí. Represéntese un horno de cal, cuyas paredes y bóveda no sean más que fuego; ya puede comprender que uno se quema, y sin embargo, hay almas que soportan un frío glacial.

P. — ¿Ve usted a menudo el demonio en esta casa, en qué partes lo ve?

R. — (La hermana se quedó algo confusa como quien teme faltar a la caridad. Díjele que hablaba para mí sola y entonces me contestó): Casi todos los días lo veo cerca de su cama, por la mañana al despertarse; también lo veo en el coro, especialmente durante la oración.

P. — ¿Sabe usted si mi pobre madre ha tenido algún alivio con las misas que se le han dicho?

R. — No sé si ha recibido la aplicación de esas misas, pero estese tranquila: el buen Dios le ha aplicado una parte de lo que se ha hecho por mí, y además por lo que respecta a las misas que se ofrecen por las ánimas, el mérito se concede inmediatamente a la persona que las da. Las almas por quienes se ofrecen se sienten aliviadas en el acto; pero experimentan nuevo alivio cuando se dicen las misas, cosa que los sacerdotes deben hacer lo más pronto posible; pues hay muchos de ellos en el purgatorio por haber sido descuidados en esta materia.

P. — Hermana, ¿usted ha sentido algún provecho por las cinco misas que se le aplicaron?

R. — No he sentido provecho sino de tres.

P. — ¿Y la que el padre me dijo que le ofreciera ¿le fue aplicada?

R. — (Algo confusa): No. (El padre me había mandado a hacerle aquella pregunta sin haber dicho la misa; pero sólo él lo sabía.)

P. —Nuestra Madre me ha dicho que le pregunte si usted tendrá gusto en que ella escriba al padre B. para pedirle misas por usted.

R. —No tengo permiso; y además el buen Dios no me permitiría que me dirigiese a él porque lo hice sufrir demasiado.

P. —¿Debo creerse lo que dice el Padre Faber de que casi todo el mundo se salva?

R. —La misericordia de Dios es muy grande, y no obstante la multitud de pecados mortales que se cometen, son muchas las personas que se salvan. Sin embargo, yo creo también que hay gran número de condenados.

P. —Nuestra Madre me ha encargado le diga que pida por la comunidad cuando esté en el cielo. ¿Tendrá usted la bondad de hacerlo así?

R. —Oh sí, por cierto; yo quiero mucho a la comunidad, y además estoy en el deber de hacerlo por gratitud.

P. —¿Ha visto usted alguna vez a nuestros santos fundadores?

P. —No; pero si puedo decirte que San Francisco de Sales fué quien me alcanzó la gracia de venir a acabar mi purgatorio en la tierra, y vino a ella en día de su fiesta.

P. —¿Dónde estaba usted en todo eso tiempo en que no la veíamos?

R. —En las bohardillas; el día en que usted ofreció oraciones e indulgencias por mí, fue cuando el buen Dios me permitió dirigirme a usted, para pedirle continuara socorriéndome.

P. —Hermana, hace pocos días hice el voto heroico, no puedo, según eso pedir por usted en particular.

La hermana María Sofía me respondió:

R. —Lo sé; pero la Santísima Virgen ha permitido que a pesar de eso, se me aplique todo lo que usted haga.

P. —Nuestra Madre le ruega que cuando esté en el Cielo pida por los parientes de nuestras hermanas, cuando estén en agonía.

R. —¡Oh! sí; dígale que se esté tranquila, que no olvidaré a ninguno.

P. —Mi hermana María Teresa le pregunta si usted se acuerda de ella.

R. —¡Oh! ciertamente; estoy en el deber de hacerlo por agradecimiento, por haberle causado mucha molestia durante mi última enfermedad. Dígale que voy a pedir mucho por ella y por su madre a quien quería mucho.

P. —Le ruego me diga lo que nuestra Madre hizo ayer de extraordinario.

R. —Todas esas preguntas las hace usted por el mismo motivo.

P. —¿Por qué motivo?

R. —Para tener una seña, y convengo en que a usted le agradaría mucho eso.

P. —¡Ah! es la verdad, si usted se dejase ver de alguien me causaría mucho placer.

R. —Pues bien, hermana; todo eso no proviene sino de su orgullo y de un gran fondo de amor propio.

P. — ¿Cuando usted haya terminado su purgatorio, tendrá la bondad de darme una señal para hacérmelo saber?

R. — Sí, se lo prometo.

P. — ¿De donde provenía aquella gran luz que yo veía durante la noche, antes que usted me hablase?

R. — Era una señal para darle a entender que tenía necesidad de oraciones.

P. — ¿Dónde pasa usted las noches?

R. — En su celda; en el dormitorio; generalmente cerca de su cama.

P. — ¿Cómo se consiguió el hábito religioso? ¿La cruz es de plata, el hábito de lana, la toca de género? ¿Qué va usted a hacer con eso cuando se vaya para el cielo?

R. — (La hermana me dijo riéndose): ¡Oh! tranquilícese que eso no me dará que hacer: todo esto no es más que un cuerpo aéreo, fantástico.

P. — ¿Por qué cuando yo le echo agua bendita por temor de que sea cosa del diablo, el agua cae al suelo y no sobre su hábito?

R. — Por la misma razón; porque este hábito no es sino un cuerpo aéreo.

P. — ¿Usted me dice que tiene un cuerpo aéreo; pero cómo es que cuando yo le di agua bendita, se me quemaron los tres dedos que tocaron los suyos?

R. — Eso lo permitió el buen Dios para darle una señal, y crea que el dolor que entonces experimentó es nada comparado con lo que sufro yo.

Al acercarme un día a mi hermana María Sofía le presenté una silla, rogándole se sentara. Hermana, me dijo, yo no estoy ni sentada ni de pie.

Sin embargo, cuando yo estaba de pie me parecía que ella también lo estaba, y cuando yo me sentaba la veía como sentada, pues siempre me parecía estar a la misma altura que yo. Pero en cuanto se tocaba algún ejercicio, si yo no me levantaba prontamente, adoptaba un aire severo, como queriendo levantarse para salir antes que yo.

La aproximación de esta santa hermana me penetraba de tal modo de la presencia de Dios, que muchas veces al abrir la boca para impacientarme con la negrita, sentía una fuerza invencible que me contenía.

Proseguí en mis preguntas.

P. — ¿Está ya para terminarse su purgatorio? Oí una voz que no era la de mi hermana María Sofía, pero que parecía salir de su derecha y de una persona superior a ella, que me dijo con tono de autoridad: — Pida, y diga que pidan por ella y que le den algunas intenciones de la santa comunión.

Me asustó de tal modo que salí a escape; creía que nunca iba a encontrar la puerta de la celda. Mi hermana María Sofía me llamaba diciéndome: Hermana, no tenga miedo. Pero yo no hice caso, y seguí al trote.

Al día siguiente, volví ya más tranquila y le dirigí otras preguntas a mi hermana María Sofía. — ¿Qué voz era esa que me dijo ayer que pidiera e hiciera pedir por usted y que se le dieran intenciones de la santa comunión?

R. — Era la voz del ángel de mi guarda. Usted no ha debido irse tan de carrera; si se hubiera quedado le había dicho algo más.

P. — ¿De dónde proviene ese calor que siento hace dos noches? Me parece que tengo fuego en la cama.

R. — Ese calor proviene de mí; yo me siento muy aliviada cuando estoy cerca de usted; y eso lo hago desde el día en que usted permitió venir; si pudiera ser de utilidad para una o otra... pero yo no le dejo sentir el calor cuando está dormida.

(Era verdad que mientras dormía no sentía nada pero el calor que experimentaba despierta era tan fuerte que parecía tener la piel tostada al levantarme por la mañana. Lo mismo me sucedía con la quemadura de los dedos, hasta el punto de tener que sacarlos fuera de la cama, y todas las mañanas parecía como reciente la quemadura; después, en el curso del día, el dolor iba disminuyendo hasta la noche. Todo sucedió del mismo modo por espacio de mas de veinte días, es decir desde el 1 de mayo hasta el 27 del mismo mes, día en que entró al cielo mi hermana María Sofía. Después he sufrido poco, pero siempre me queda la marca).

P. — Tenga la bondad de excusarme con su ángel, continué, por haberlo dejado el otro día tan bruscamente. Si usted pudiera alcanzar que me hablara otra vez, me causaría mucho placer.

R. — Tranquilícese, que todo se arreglará; al buen ángel no le desagrada que usted le tema. Yo también tenía mucho más lástima de verla llorando, y me alegro de que ya no tenga miedo.

P. — ¿No le he dicho que siempre temo estar engañada en lo que veo y oigo? ¿No será cosa del diablo? Me dicen que aunque sea él, no le debo tener tanto miedo siempre que no me induzca sino al bien; pero yo temo mucho estar en ilusión.

R. — No, no tema, no es el diablo. Pero no por eso se crea mejor que las demás: por el contrario usted es menos que las otras, porque tiene un orgullo detestable. Aplíquese a la humildad, a la obediencia y a la observancia.

P. — Nuestra Madre me ha dicho riendo que no estaba contenta de usted; que desde que le ha pedido que le hable, bien podía haberle alcanzado esa gracia.

R. — (La hermana se echó a reir y me dijo): Dígale a la Madre que no puedo, porque no tengo permiso. Por lo demás, asegúrele que no es por ella, porque yo la quiero mucho y eso me causaría gran placer; pero que no hay ninguna necesidad. Y luego, ¿qué puede provenir de todo esto sino confusiones? A usted debía gustarle; puesto que necesita tanto de la virtud de la humildad.

P. — No teniendo nosotras muchas austeridades en nuestra orden, ¿es ésta tan agradable a Dios como las demás?

R. — (Echóse a reír la hermana María Sofía y respondió con expresión de dicha y de alegría): ¡Ah! ciertamente. No son las austeridades lo que quiere el buen Dios, sino solamente la práctica de la regla.

P. — ¿Es muy severo Dios en lo que se refiere a los ejercicios de la regla que se omiten cuando una está enferma o indispuesta?

R. — No, el buen Dios es muy bueno, con tal que se practique la regla de los enfermos.

P. — ¿Qué debo hacer para ser buena enferma?

R. — Es preciso que acepte la enfermedad con sumisión y resignada a la voluntad de Dios; y aunque la constitución permita pedir aquello de que se crea tener necesidad, no debe mostrarse ni difícil ni exigente; sea lo más fiel que pueda al silencio, tal como se debe practicar en la enfermería. Usted falta a ésta con mucha facilidad.

P. —¿No me dijo usted anoche, cuando yo me fuí a acostar: Tú estás muy tranquila en tu cama y yo me estoy quemando?

R. —Sí, fuí yo, pero no la traté de tú.

P. —Sin embargo, yo no me había ido a acostar sin permiso.

R. —Es verdad; pero usted no tenía verdadera necesidad.

P. —Cuando estoy enferma o cansada, nuestra Madre me manda a acostar o yo misma lo he pedido, ¿le causa a usted alguna pena?

R. —No; cuando su Madre le dice que vaya, no tema, obedezca sencillamente; no se permita sino una sola observación, cuando crea que no lo necesita. Pero sea siempre muy reservada para pedir usted misma la dispensa.

P. —¿Todas las preguntas que le dirigimos le causan pena?

R. —No siempre que no tenga que hablar sino en general, y por lo que se refiere a usted misma; pero en cuanto a hablar con alguno en particular, no tengo permiso.

P. —Nuestra Madre me ha dicho que tome algo cuando sienta necesidad, porque teme que me haga daño la falta de sueño; ¿es esto desagradable a Dios?

R. —No, obedezca siempre con sencillez; por lo demás en cuanto a que se pueda enfermar, no tema, el buen Dios no lo permitirá porque usted está haciendo una obra de caridad.

P. —Deseo saber nuestra Madre cuál es el principal fin que se propone el buen Dios haciéndola a usted visible.

R. —No debo decirle nada; pero tranquilícese, y verá que es para su bien. En cuanto a la devoción por las ánimas, se siente ya gran movimiento en la comunidad.

P. —Sin embargo, hermana, siempre queda duda si es ánima del purgatorio o el diablo lo que se me aparece.

R. —Poco importa que se crea que es el diablo o una ánima del purgatorio, con tal que se sepa que algo se le aparece.

P. —¿Hay muchas de nuestras hermanas en el purgatorio? ¿Cuáles son?

R. —Sí, hay varias; pero no le diré sus nombres. Sólo le digo que pida porque aquí las ponen muy pronto en el cielo, y el buen Dios ha permitido que yo venga a la tierra, porque hace mucho tiempo que morí, y quiere que vean que no se llega al cielo tan pronto.

P. — Hace mucho tiempo que nuestra Madre hace aplicar por usted las intenciones de dos hermanas; ¿ha sentido usted el efecto de eso, como también de las muchas oraciones e indulgencias que se han ofrecido por usted?

R. — ¡Oh! sí, le debo mucho agradecimiento; dele por mí las gracias, como también a todas las hermanas.

El día de la Ascensión le pregunté si su purgatorio se acabaría pronto. Oí de nuevo aquella voz que mi hermana María Sofía me había dicho era la de su buen ángel, que me dijo: Pida y haga pedir: yo creía poderla hacer subir al cielo, pero no me ha sido posible.

Esta segunda vez, aunque sabia era la voz del ángel que me hablaba, me impresionó de tal modo, que me dejé caer sobre mi hermana María Sofía, creyendo me podría sostener; pero no encontré apoyo sino en una silla que tenía a su lado; esto me hizo comprender la verdad de lo que me había dicho aquella santa hermana, de que se me aparecía con un cuerpo aéreo.

De nuevo me dirigí a mi hermana María Sofía y le dije:

P. — ¿Por qué me pide usted oraciones, indulgencias e intenciones de comunión con preferencia a misas?

R. — No tengo permiso para pedir otra cosa porque no debo imponer nuevas cargas a la comunidad, que ya ha hecho por mí cuanto debía hacer; y además, pido comuniones para expiar por todas las que he perdido por mi culpa.

P. — Ayer se rezaron en comunidad los seis Padre Nuestros y el De profundis delante del Cristo. ¿Usted aprovechó de esas oraciones? ¿Son ciertas las indulgencias que dicen se ganan con eso?

R. — Las indulgencias son ciertas; pero ni esas oraciones, ni esas indulgencias han sido hechas particularmente para mí, ni han sido ganadas por mí; yo he tenido mi parte como las demás. En cuanto al Viacrucis delante del Cristo pequeño, le aconsejo no lo haga así sino cuando le sea absolutamente imposible seguir las estaciones.

P. — ¿Qué es lo que alivia más prontamente a las ánimas?

R. — Primero el santo sacrificio de la misa y la sagrada comunión, y después las indulgencias. También experimentan gran alivio con la observancia de la regla.

P. — Nos aconsejan que no hagamos el voto heróico sino por un año, para evitar perturbaciones de conciencias; haciendo así ese voto, ¿se ganan igualmente las indulgencias concedidas?

R. — ¡Oh, sí! Haga sencillamente todo lo que le digan.

Mientras yo hablaba con la hermana, nuestra respetada Madre estaba detrás de la mampara, cosa que yo ignoraba; pero la hermana María Sofía me hizo seña con la cabeza dándome a conocer que nuestra Madre estaba allí oculta.

Otra vez conversando con ella, entró una de las hermanas en la pieza en que nos encontrábamos, y mi hermana María Sofía me dijo: No me puedo quedar.

Teníamos una alumna enferma y nuestra buena madre me encargó que la velara. En toda la noche tuve a mi lado a la hermana María Sofía. Le habíamos aplicado sanguijuelas a la enfermita y corrió la sangre por tanto tiempo y en tanta abundancia, que después de haber probado en vano todos los remedios que se emplean en semejantes circunstancias, estuvo a punto de ir a despertar a nuestra muy venerada Madre, como también a la hermana María Jerónima, tía de nuestra enfermita, para mandar a buscar el médico. Antes de llegar a ese extremo, me dirigí a mi hermana María Sofía, y para hacerlo recordar lo que tantas veces me había dicho de que las ánimas tenían gran poder para auxiliar a las personas del mundo, le dije: — Hermana, usted ve el apuro en que estoy; haga algo para sacarme de él.

Tranquilícese, me respondió, y en el acto se contuvo la sangre. Le di agua a la niña, que me dijo: —¿Por qué no me da agua la hermanita que está a su lado?

Insistí en que repitiera la pregunta, y le dije: — ¿Qué dices niña?

— La otra, la otra hermana, ¿por qué no me da el agua? me volvió a decir la niña.

Al día siguiente la niñita al ver a su tía, le dijo, siempre asombrada: — Pero qué cosa tan rara, usted me pareció en toda la noche más alta que la hermana Margarita María. Esto parecía tanto más extraño a la niña cuanto que su tía María Jerónima es mucho más pequeña que nosotras, y la hermana que ella veía, no podía ser otra que mi hermana María Sofía, lo cual era en efecto más alta que yo.

Después que el padre dijo la misa, fui a buscar a mi hermana María Sofía y le dirigí estas otras preguntas:

P. — ¿Le fue aplicada la misa que el padre dijo ayer?

R. — Sí; sentí gran alivio, como también por las otras intenciones particulares que él quiso aplicarme. Dele las gracias por la complacencia con que se prestó.

P. — Dudo que el padre le dé mucha fe a todo esto.

R. — La amabilidad con que se ofreció le prueba que aunque no tenga mucha fe, algo cree.

P. — Mi hermana María Carolina, que me dice usted se encuentra en el purgatorio, ¿está próxima a salir?

R. — No lo sé; cuando me vine del purgatorio estaba mucho más abajo que yo. Dígale a mi hermana María Adelaida que pida por mi hermana que está en el purgatorio.

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lunes, 19 de enero de 2026

EL PURGATORIO (RELACIONES Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS ACERCA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO) 2a

 


Hacía, en efecto, mucho tiempo que no pedía por ella, creyéndola ya en el cielo. Voy ahora a organizar algunas preguntas que nuestra muy venerada Madre me ha hecho dirigir a la hermana María Sofía, o que con permiso de ella le he hecho yo misma. Diré todas nuestras conversaciones con toda sencillez y con la más escrupulosa exactitud. 

 P. —Hermana, le ruego me cuente lo que usted sufría en el purgatorio y lo que sufre ahora en la tierra. 

 R. —Son sufrimientos intolerables que usted no podría concebir.... Aquí sufro menos, y sin embargo, todos los males reunidos no tienen comparación con lo que yo sufro. (Entonces me dejó ver las llamas que la consumían.) 

 P. —Dicen que la Santísima Virgen y el Ángel de la guarda visitan algunas veces a las ánimas del purgatorio; ¿es cierto? 

 R. —Si, la Santísima Virgen muy rara vez; el Ángel bueno siempre. También se ven los demonios, lo que hace sufrir mucho. 

 P. —Y desde que usted está en el mundo ha vuelto a tener la dicha de ver a la Santísima Virgen y al Ángel? 

 R. —Nunca he visto a la Santísima Virgen desde que estoy en la tierra, lo que es una privación; pero al Ángel bueno lo tengo siempre a mi lado; muchas veces veo al suyo; y no es raro que vea también demonios en el monasterio. 

 P. —N. N. le suplica le diga si N. está en el purgatorio, o alguno de sus parientes cercanos. 

 R. —De N. no sé nada, pero si he visto a su cuñado M. X.... Sin embargo, no sé si todavía está allí, porque estaba mucho más arriba que yo cuando me vine para el mundo.

P. —Nuestra madre quiere que usted me dé una señal segura de su aparición, diciéndome algo que yo ignore, algún acontecimiento pasado entre usted y ella cuando estaba en la tierra. 

 R. —No puedo; no tengo permiso. 

 P. —¿Ha hecho usted ruido en el cuarto de la superiora depuesta? 

 R. —No, el buen Dios no lo permitiría. 

 P. —Le suplico me diga qué es lo que pone más obstáculo a mi perfección; se lo agradeceré muchísimo. 

 R. —Su orgullo es el principal obstáculo, y después su falta de mortificación y sencillez. ¿No recuerda dos faltas cometidas al principio de la cuaresma? 

 P. —Sí, es verdad, hermana, que soy muy orgullosa y poco mortificada; pero no creía haber faltado a la sencillez. 

 R. —Acuérdese, hermana, que un día en la enfermería no se contentó con coger las pastillas que necesitaba entonces; sino que llevó algunas para comerlas en el día. Ha debido decírselo a la Madre y por no haberlo hecho faltó a las tres virtudes ya citadas. Lo mismo sucedió en otro caso, en que llegó hasta la impaciencia. Usted recordará que fué por una miel que se sirvió en el refectorio, y que se acabó al llegar a su vecina; por despecho no quiso seguir comiendo.

 P. — Hemos leído que las ánimas del purgatorio pueden merecer: ¿eso es verdad? R. — No, no merecen para sí mismas, pero si alcanzan muchas gracias a las personas que ruegan por ellas, y hasta pueden impedir accidentes en la tierra. P. — ¿Usted se me aparece con su propio cuerpo, o con un cuerpo extraño? 

 R. — Con un cuerpo extraño

Cuando la hermana me contestó esta última pregunta, tocaron un ejercicio de comunidad. Yo me quedé, porque nuestra respetada madre me había dicho intencionalmente que siguiera a pesar de la campana pero la hermana María Sofia salió rápidamente, y al oír que yo la llamaba, asegurándole que tenía permiso, me dijo sin detenerse: Hermana, la Regla, la Regla!... En otro encuentro, continué así mis preguntas: 

 P. —¿Es muy agradable a Dios el voto heroico aliviar prontamente a las almas del purgatorio? 

 R. — Sí, es muy agradable a Dios aliviar prontamente a las almas del purgatorio, sin perjuicio para las personas que lo hacen, pues éstas, por el contrario, ganan mucho. 

 P. —¿Cuál es el objeto que se propone Dios, haciéndola visible en la tierra, y con tanta frecuencia? 

 R. — (Algo confusa): En primer lugar, no es para su mal; además, como objeto secundario, para despertar en la comunidad la devoción a las almas del purgatorio. 

 P. — ¿Y por qué le permite el buen Dios que haga su purgatorio en la tierra? 

 R. — Es una recompensa. 

 P. — Nuestra Madre me ha dicho, en efecto que debía ser una recompensa concedida a su caridad. (La humildad de mi hermana María Sofía parecía sufrir por la buena opinión en que la tenían: como turbada guardó silencio). 

P. — ¿El fuego del purgatorio es lo mismo que nuestro fuego? 

R. — No, no puede haber comparación

P. — ¿Permite a menudo el buen Dios que las almas sufran su purgatorio en la tierra? 

 R. — No; cuando lo permite es siempre como una recompensa. 

P. — ¿En qué puede conocerse que las almas sufran su purgatorio en la tierra? A veces se oyen ruidos y gemidos: ¿son las ánimas? 

 R. — Puede ser a veces; lo hacen para pedir oraciones; pues es raro que puedan hablar si no se les habla. 

 P. — Hay algunos autores que dicen que las almas pueden sufrir su purgatorio donde mismo han cometido las faltas, y sin embargo, no fue en el colegio donde usted vivió más tiempo. 

 R. — Es la verdad; pero como yo no tenia permiso para hablar sino a usted, no podía ir sino a los lugares donde usted habita. 

 P. — Puesto que el objeto secundario de Dios al permitir que usted se haga visible es despertar la devoción a las ánimas del purgatorio, debía darme una señal cierta de que lo es;— porque sino, siempre se creerá que es el demonio el que se me aparece y eso no podrá inducir a hacer oración por los difuntos. 

 R. — Esa señal no es necesaria: la Madre lo puede todo en la comunidad, y ya hay un gran movimiento en favor de las ánimas. 

 P. — ¿Ha aprovechado usted de las misas que se le han dicho y de la comunión general? 

R. — No he recibido ningún alivio; la comunión no me fue ofrecida sino por un pequeño número. 

P. —¿Por qué razón no recibió alivio?

R. — Sea porque el buen Dios permitiese que se aplicaran a otras almas, o bien porque las hermanas no cumpliesen con la intención de la obediencia. 

P. — ¿En el lugar del purgatorio en que usted estaba fue donde vio al señor X.....? 

R. — Sí; el señor X. estaba en el mismo lugar; pero yo no le conocí sino por permisión divina, a causa de la alianza espiritual que existe entre nuestros parientes y la familia religiosa. 

 P. — Nuestra Madre desea que usted le diga si ve en Dios lo que pueda ser más útil a la comunidad para hacerla adelantar en perfección. 

 R. — La práctica de la regla y de las constituciones. 

 P. — Ella quiere también que usted le diga cuál es el mayor obstáculo para su perfección? 

 R. — (La hermana Maria Sofia contestó con aire severo): Usted no debía preguntarme eso! (Y al asegurarle que era por orden de nuestra Madre, me dijo) La obediencia es lo que la disculpa; pero usted no debe hacerme nunca semejantes preguntas. 

 P. — Nuestra Madre desea también que usted alcance del buen Dios la gracia de decirle todos sus defectos, y las faltas que ha cometido durante su gobierno, que ella no conozca. 

 R. — Su Madre no sabe la distancia que existe entre Dios y yo; asegúrele que por grande que sea su deseo de hablarme yo lo quiero todavía más; pero no tengo permiso. Dígale por lo demás que se tranquilice y que no se siga por respetos humanos. 

P. —¿No he obrado contra la voluntad de Dios saliéndome de la Congregación de la Santa Familia?

R. — No, por el contrario: pues si usted no hubiese venido aquí, estaba muy en peligro su salvación. P. —¿Y por qué? 

 R. —Porque allá era usted muy aplaudida. Debe darle muchas gracias a Dios y a San José que le han concedido ese favor. 

 P. — ¿Por qué no está usted ya a mi lado como cuando se me aparecía al principio? Antes por el contrario, parece como si huyera de mí? 

 R. — Primero, porque sé que ahora ruega usted por mi, y después, porque al alejarme he querido darle una lección de obediencia, siendo así que la Madre me había mandado a decir que la dejara tranquila. 

 P. —Y se siente aliviada con eso, o bien, me sería provechoso que usted volviese a mi lado? Si así es, nuestra Madre me ha permitido le diga que vuelva, porque ahora ya no tengo miedo. 

 R. — No hay ninguna necesidad de que vuelva; sin embargo, vendré alguna vez. Yo tenía siempre temor de sufrir algún engaño; y esto hizo que el señor capellán me dijese debía encomendarme a la Santísima Virgen y hacer la señal de la cruz; así lo hice al acercarme a María Sofía, que se sonrió. Mis temores hicieron que nuestra venerada Madre me mandase echar agua bendita en un frasco, tomarla y ofrecerla a María Sofía cuando se me apareciese. Cuando tomé el agua bendita, la hermana se echó a reír y me dijo: Yo no le tengo miedo al agua bendita; por el contrario, me gusta mucho. Al mismo tiempo aplicó tres de sus dedos sobre tres míos, causándome tan gran quemadura que no pude contener un grito; entonces me dijo, siempre riendo: ¿No quería una señal? Ahí tiene una pequeñita.

Corrí a buscar a nuestra respetadísima Madre para mostrarle la quemadura, y le dije que mi hermana María Sofía me había dicho que puesto que quería una señal, ahí tenía una bien pequeña. Nuestra buena Madre examinó la quemadura, se la mostró a cuatro de nuestras hermanas, y me mandó volviera donde estaba la hermana para decirle que la quemadura, aunque bien comprobada por las hermanas que la habían visto, no era suficiente, y que era preciso me aplicase toda la mano sobre el brazo izquierdo. Nuestra hermana se negó diciendo: Eso no es preciso, y créame que si lo hiciera, le causaría más mal a su alma que a su cuerpo. Siguen algunas otras preguntas que le dirigí a mi hermana María Sofía de parte de nuestra muy venerada Madre, o con su permiso le hice yo misma. 

 P. — Nuestro capellán me ha encargado le diga que si usted lo desea, con mucho gusto le diría una misa. 

 R. — No tengo permiso para pedirlo; pero si él quiere hacerme esa caridad, no dejará de tener su recompensa, y yo se lo agradeceré mucho. 

 P. —¿Cómo es que sufriendo usted tanto tiene sin embargo el rostro tan plácido que parece no tener ninguna pena? 

 R. — El deseo de cumplir la voluntad de Dios y de satisfacer a su justicia me da tanta felicidad, que me alegraría de sufrir aún más, si con ese aumento de pena pudiera gozar más pronto de Dios. 

 P. —¿Es muy terrible, en sus juicios el buen Dios? 

 R. — Si, muy terrible, pero también muy justo. 

 P. —¿Cuándo uno es juzgado, ve a Nuestro Señor? 

 R. — Si, y eso le da al alma tal contento que se siente feliz en el Purgatorio, no obstante sus grandes sufrimientos.

P—¿En qué lugar es juzgada el alma? 

 R. — En el mismo lugar en que espira, al dar el último suspiro. 

 P. —¿La asistieron San José y la Virgen en el momento de su muerte? ¿Usted los vió? 

 R. — No; me he visto privada de esa gracia a causa de mi obstinación. Pero sí se concede a menudo ese favor. 

 P. —¿Visita San José a las ánimas del Purgatorio? 

 R. — No le ví sino una voz, acompañando a la Santísima Virgen. 

 P. —¿Cuántas veces ha visto usted a la Santísima Virgen? ¿Qué le dice para consolarla? ¿Ha hecho disminuir sus sufrimientos? 

 R. — (Mi hermana María Sofia se echó a reír y me dijo): Usted va demasiado lejos; sin embargo, por darle gusto le diré que en algunos años no la he visto sino una vez; en otros hasta tres: en la víspera de la Asunción y en los días de la Inmaculada Concepción y de la Presentación. Cuando iba al Purgatorio, visitaba todas las moradas, le hablaba a todas las almas una por una, para consolarlas, diciéndole a unas: Sufres mucho; pero ten paciencia, pronto irás al cielo; y a las otras: Tu purgatorio se ha abreviado en tantos años, tantas semanas y a veces tantas horas; a otras, por último, las coronaba y se las llevaba al Cielo. 

 P. —¿Han disminuido algo los sufrimientos de Ud? 

 R. —¡Oh, sí! mucho usted ha podido comprenderlo, ¿pues no lo observa que al principio cuando me le aparecí no veía más que cara y cuello y que el resto del cuerpo lo tenía como envuelto en un gran manto, y que ahora distingue bien claro el hábito religioso? (en efecto, la veía así hasta las rodillas.) Yo espero que pronto se acabará mi purgatorio.

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viernes, 16 de enero de 2026

EL PURGATORIO (RELACIONES Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS ACERCA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO)

 


Tomado del periódico EL PURGATORIO de Roma. (Abril de 1905) Los manuscritos de estas revelaciones han sido mandados a publicar a Roma. Imprímanse: FR. ALBERTUS LEPIDI 

Imprímanse: JOSEPH CAPPETELLI 

Con licencia de reimprimirse: PEDRO ADAN BRIOSHI, ARZOBISPO DE CARTAGENA


Relaciones de dos almas del purgatorio Manuscrito de la Visitación de San Ceré que refiere las apariciones sucesivas de dos almas del purgatorio en aquel monasterio. (Desde fines de febrero hasta el 24 de julio de 1868.) Las dos almas aparecidas son: La 1°. La de la hermana María Sofía Claux, del mismo monasterio, muerta siete años antes. La 2°. muerta 17 años antes, es la de la Señora María Monsset, la cual refiere lo que vio y oyó. La superiora del monasterio en trienio tuvieron lugar los hechos relatados, es la honorabilísima Madre María Ambrosina Mage, muerta el 10 de enero de 1872. El manuscrito conservado hace 40 años en el monasterio de San Ceré, diócesis de Cahors, es ya conocido por varios extractos publicados desde 1863 en diversas revistas religiosas: es un documento histórico; de la más evidente autenticidad, y la difusión que de él se está haciendo hoy en la Iglesia se debe a Monseñor Enard, Obispo de Cahors. 

 Esta noticia de lo que pasa en el Purgatorio confirma perfectamente todas las enseñanzas y tradiciones sobre aquel lugar de purificación, y aun, respecto del sitio donde se encuentra y de su proximidad a la cárcel espantosa del infierno: muchos puntos que hasta ahora han sido dudosos quedan muy bien aclarados y el gran resultado de esta lectura es aumentar extraordinariamente la devoción a las almas del Purgatorio, devoción que produce una firme confianza en las oraciones que ellas hacen por los que las socorren. Últimamente ha sido publicado dicho manuscrito con la licencia eclesiástica del Reverendísimo Maestro de los Sagrados Palacios Apostólicos, y nosotros lo reproducimos con todas las reservas que manda nuestra Madre la Santa Iglesia, según los Decretos de Urbano VIII.

Las relaciones de estas dos almas no favorecen en nada al espiritismo, antes bien lo condenan en todas sus partes. En efecto: el espiritismo; como una secta impía y supersticiosa, que es, niega los principales dogmas del catolicismo, especialmente la divinidad de Jesucristo, la redención, el pecado original, la existencia del infierno, etc. etc. Al contrario, las susodichas relaciones confirman todas las enseñanzas de la Iglesia, hasta en sus más pequeños pormenores. Las almas del Purgatorio se aparecen cuando Dios se los permite para pedir sufragios o para otros fines honestos y santos; no se contradicen jamás y enseñan siempre la verdad. Los espiritistas evocan los espíritus a su capricho; y, está probado, que quien se les aparece es el demonio, pues sus revelaciones son frecuentemente absurdas, blasfemas, mentirosas, contradictorias y pueriles, contrarias a la fe católica y a las buenas costumbres. 

 Las revelaciones de las almas del Purgatorio producen bienestar, inducen a las virtudes y llevan las almas hasta la santidad. Al contrario, las evocaciones de los espiritistas han producido muchas veces suicidios, venganzas, divorcios y otros delitos; y casi siempre paran en locos los que se dejan llevar de las falsas doctrinas del espiritismo.

I - PRIMERA RELACIÓN 

 Hacia fines de febrero de 1863, oí cierta noche unos gemidos al acostarme. Me dirigí al lugar de donde provenían y no ví nada, lo que me dejó bajo una grande impresión de terror. Nada dije, sin embargo, contentándome con orar. A los pocos días me llamó por dos veces una voz, diciéndome: ¡Hermana, hermana!; ya muy asustada, me metí en la cama y empecé a rezar. Con todo, la voz continuaba llamándome y yo persistía también en mi mutismo. Ante este silencio, la voz se acercó tanto a mi cama, que llegué a sentir el aliento de una persona sobre mí, lo que acabó de espantarme. 

 El 26 o 27 del mismo mes, no sólo oí sino que ví, en el momento de acostarme, una cara y unas manos; el resto del cuerpo no tenía forma y era únicamente una sombra. Cuando me dirigía a mi oficio, iba siempre acompañada por este personaje. Bien les atendiese a las alumnas (yo era auxiliar en el colegio) ya cuidase de una negrita que había adoptado nuestra comunidad, el personaje no me abandonaba, exceptuando solo las reuniones de comunidad, y aún en estas, me seguía hasta la puerta. Una vez, entre otras, al salir de nuestra celda, para entrar en el dormitorio de las alumnas, lo que yo veía me acompañó como de ordinario. Al llegar a la puerta me aparté para darle paso, imaginándome siempre, que me iba a agarrar; pero con gran sorpresa vi que me hacía la misma cortesía, y tuve por fuerza que pasar adelante, haciendo una inclinación que me fue correspondida. Me aterroricé de tal manera que pedí permiso para no apagar la luz hasta ya avanzada la noche; pero sucedió que cuando la apagaba me veía iluminada por una gran antorcha que parecía fija al lado derecho de mi cama: eso duró hasta el 28 de marzo. Durante este intervalo me dieron remedios, creyendo que era agitación de la sangre; mas la visión, en vez de desaparecer, se veía más clara y más sensible, hasta el punto de que, un día que me habían sangrado, como se me cayese la venda durante la noche, brotando la sangre en abundancia, pude ver muy bien para vendarme otra vez el brazo. Varias veces cogí un libro para ver si podía leer: leí perfectamente. Nuestra cama estaba situada en el extremo del dormitorio de las alumnas y una de ellas me preguntó si había pasado mala noche, porque había visto luz al lado de mi cama. 

En la noche del 28 de marzo, cuando me disponía a acostarme, me asusté de tal modo por la aproximación de aquella cara que parecía venir a oprimirme, que me sentí a punto de caer sobre la desconocida; en mi emoción le dije: Podríais dejarme tranquila. Entonces me pareció como que se alejaba gimiendo. Aunque muy asustada me sentí dispuesta a preguntarle si podía servirle en algo. A esta pregunta volvió hacia mí la desconocida y me dijo: «No temáis, no os haré mal. No me conocéis, y sin embargo soy una de vuestras hermanas, aquella a quien dicen que os parecéis. Acordaos que estando un día con la comunidad en recreación en la sala, nuestras hermanas Luisa, Úrsula y María de Gonzaga os dijeron que teníais algún parecido conmigo. Recordad que hicisteis una aspiración para invocarme, si yo estaba en el cielo; y que en caso no fuese así, ofrecisteis por mí las indulgencias del siguiente día. Desde ese momento me ha permitido el buen Dios que me dirija a vos para pediros oraciones, porque yo tenía antes una persona que pedía por mí y hoy nadie pide ya». Corrí espantada a referir todo a nuestra respetada Madre, a quien no había dejado ignorar cosa alguna de lo que había sucedido desde el principio de la visión. Contestóme nuestra querida Madre: «Puesto que ese fantasma le dice que es una de nuestras hermanas pregúntele su nombre y lo que desea que hagamos por ella, y pídale que si le conviene a la comunidad, nos diga por qué faltas la tiene el buen Dios detenida en el purgatorio, y que después la deje tranquila, pues temo que eso le haga daño.».

Pregunta. —Puesto que usted me ha dicho que es una de nuestras hermanas, nuestra Madre desea que me diga su nombre. 

Respuesta. —Soy la hermana María Sofía. 

 P. —¿Qué desea que se haga por usted?. 

 R. —No quiero imponer nuevas obligaciones a la comunidad, pues ya ha hecho por mí lo que debía hacer; pero usted le va a decir a la Madre Ambrosina que si ella quiere mandar que se ore por mí y que se me apliquen algunas comuniones e indulgencias, se lo agradeceré mucho cuando esté en el cielo. 

 P. —Nuestra Madre le suplica me diga, siempre que pueda ser conveniente a los miembros de la comunidad, por qué faltas está en el purgatorio. 

 R. —Por mi falta de obediencia sencilla a mi confesor y a mis superiores; y si algo pudiera aconsejarle, mi buena hermana, es la humildad, la obediencia y la fidelidad a la regla: porque una religiosa, de la Visitación fiel en el cumplimiento de su regla tiene poco purgatorio.

Tenía alguna repugnancia en cumplir con las últimas intenciones de nuestra venerada Madre, que consistía en decir a aquella pobre alma me dejase tranquila: lo hice sin embargo por obediencia. Dió entonces un profundo suspiro la pobre hermana María Sofía y me dijo: —Con todo, el buen Dios me había dado permiso para terminar aquí mi purgatorio. Entonces me pareció ver que se entreabría un manto negro, del cual salía un brasero con llamas azuladas, y después todo desapareció dejando sólo un grandísimo hedor ocasionado por el brasero. La aparición seguía siempre presentándose, pero a distancia, hasta el punto que al salir yo la pobre hermana María Sofía se alejaba rápidamente pasando a otra pieza. 

En este estado siguieron las cosas durante un mes poco más o menos, después de este tiempo me dijo nuestra buena Madre que llamase a María Sofía y le preguntase quien era esa persona que antes rogaba por ella. Me respondió: Era mi hermana. —Hay que observar que Mme. Canet, hermana María Sofía, había muerto hacía poco. Me dijo también que una de sus antiguas discípulas le había dado por mucho tiempo el auxilio de sus oraciones. 

Le pregunté como se llamaba, y como era difícil retener el apellido cogí un lápiz para apuntarlo; pero éste se partió al escribir y se me cayó de las manos. La hermana María Sofía se echó a reír y me dijo: «No es necesario; es religiosa, se encontraba en un hospicio de Tolosa en la época de mi muerte». Esto sucedió en nuestra celda que da al patio interior, en el cual se hallaba la negrita, que al oírme hablar con alguien, subió a toda carrera para ver quien estaba conmigo cuando ella me creía sola; con mucho empeño me preguntó:

 —¿Quién estaba contigo? Pocos días antes la misma muchacha, al entrar en nuestra celda había dicho: «¿Qué hermana es esa que estaba contigo y que yo no conozco?...». Me hice la sorprendida porque no quería decirle lo que había de cierto: —«¡Pues bien! si no eres tú es tu sombra; pero yo he visto algo». Otro día reiteró sus instancias la pequeña Fortunata suplicándome le dijera quién era esa hermana extraña que ella veía algunas veces conmigo, y agregaba: ¿Por qué se va cuando yo entro? Otras veces no veía nada; pero sí me preguntaba de donde provenía ese gran calor que se sentía en la pieza. Tenía yo entonces a mi lado a la hermana María Sofía y experimentaba también el excesivo calor. Nuestra reverendísima Madre me recomendó dijera a mi hermana María Sofía que si quería oraciones debía mostrarse y hablar en su presencia, porque si no, no creía que era una alma del purgatorio. 

La hermana María Sofía me respondió: Hace tiempo que lo deseo, pero no he podido. Nuestra Madre al ver que la hermana María Sofía no quería hablar, me encargó le dijera en la primera entrevista que ya que no quería dirigirse a ella, lo hiciese a la superiora depuesta, a lo cual respondió: El buen Dios no me lo permitiría, porque yo la hice sufrir mucho mientras estuvo de Superiora. Por último, viendo nuestra buena Madre que no quería hablar ni delante de ella ni en presencia de la depuesta, me ordenó le preguntase ante cual de las hermanas de la comunidad quería mostrarse porque era preciso un testigo. —Me respondió que no tenía permiso para hablar sino conmigo, ni para dejarse ver sino de mi. — «Pero le repliqué, cómo es que la negrita la ha visto a usted dos veces?». —«Esa muchacha es extraña a la comunidad, y además mi vista no le causa ninguna impresión». Otro día, nuestra veneradísima Madre me encargó le preguntase si mi hermana María Carolina estaba en el purgatorio. Me respondió que sí, en la morada del centro, y agregó: «Hermana, usted tiene allí también su pobre madre, que me dijo cuando salí del purgatorio: «¿Usted es más feliz que yo; porque mi hija pide por usted y no por mí»

Continuará..