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viernes, 18 de agosto de 2017

MEMORIAS DEL CARDENAL MINDSZENTY (Quinta parte)



   No todo en la cárcel es maldad y ruindad. También hay cosas buenas. La cárcel preserva de algunos peligros y tentativas.  A mí me resguardó de tener que prestar un juramento de fidelidad a los verdugos de mi pueblo, de llegar a un acuerdo con aquellos que habían pisoteado a la Iglesia.

   El hombre encarcelado está mucho más protegido  contra la triple concupiscencia. ¿Puede acaso ser orgulloso un recluso? Para el examen de conciencia, para el arrepentimiento, para la introspección y la elevación del alma, el tiempo que se pasa en la cárcel resulta fructífero, son días de bienaventuranza.

   El ofrecimiento del Santo Sacrificio de la Misa era para mí, cuando obtenía permiso para ello, punto central del día. Duraba dos horas y media o tres. Durante el mismo rezaba a la intención de las necesidades y penalidades de la Iglesia y la patria húngara. Incluía siempre en mis oraciones al Papa, los cardenales y los obispos, los sacerdotes, los enfermos, mi madre, mi hermana, mis seminaristas, cuantos vivían en la búsqueda de la verdad y también a los enemigos, los carceleros, los presos, los fugitivos húngaros, los padres y madres, los jóvenes y la vida familiar húngara.

   Quien celebra la Santa Misa a solas, se toma todo el tiempo para ello y lo hace con la máxima conciencia.
   Protegía con el mayor cuidado al Santísimo, que tenía oculto en mi celda, y le dirigía largas plegarias, sobre todo durante la noche. El breviario era para mí una auténtica fuente de gozo. Sentía hambre y sed del mismo, como el pastor que busca con ansia la fuente. Una plegaria del breviario me duraba, en vez de la hora y cuarto habitual, dos horas y media o tres. Por espacio de largo tiempo, aquel libro fue mi Sagrada Escritura, mi dogma, mi mística, el orientador de mi alma.  La existencia en la cárcel ayuda a un buen entendimiento de los salmos. El “De profundis” (salmo 129) es conocido por todos. Pero hay otros salmos que aluden a la cárcel, como el 21, el 25, el 29, el 30, el 37, el 53-56, el 68, 69, 70, 85, 87, 90, 101, 102, 108, 142, etc.

   Daban renovadas fuerzas a mi alma “La Imitación de Cristo”, las vidas de los santos y el via crucis en la celda. Del Rosario me conmovían mayormente los misterios de dolor.

   El tiempo de los mártires nunca quedará atrás. En la  cárcel se experimenta en carne propia que vida y mundo no son por su misma esencia lugares de alegría y gozo, sino un valle de lágrimas. Es esta una realidad. Tan solo el Evangelio nos ofrece verdadera respuesta a las preguntas “¿dónde? ¿De dónde? ¿por qué? A cada instante nos alejamos más y más de los que aquí viven para aproximarnos a los de allá.

   Cuando se está en la cárcel se percibe con mayor intensidad la presencia de la Gracia redentora.
   Fue precisamente en la cárcel donde aprendí a hacer del amor fundamento de la vida.

   En las cárceles comunistas de Hungría ocurrieron cosas que tocaban el corazón. En 1949, cuando el odio brotaba con mayor ímpetu, uno de los policías que me vigilaban, aprovechó los momentos en que los otros dormían para musitarme: “¡Padre, confíe en Dios! ¡Siempre ayuda! En 1954 el carcelero  me dijo ¡Yo también soy cristiano!

   La fe y el amor tienen que fortalecerse para sobrevivir así siempre al odio.
  
   En la primera mitad del año 1954 perdí notoriamente peso. De 82 kilos me quedé aproximadamente en la mitad. Estaba literalmente en la piel y los huesos. Cuando en una ocasión y a pesar de la prohibición, conseguí verme en un espejo, me asusté de mi aspecto.

Lo que vi era solamente la sombra de mi persona. Perdí considerablemente la visión. Apenas acertaba a leer mi libro de horas,  aún acercándome mucho a la bombilla.

   Mi madre me informó, aunque con mucho retraso, de la muerte de Stalin.

   Me comunicaron que teniendo en cuenta mi estado de salud y por gestión del episcopado, me indultaban de la pena de encarcelamiento.

   El gobierno temía la impresión desfavorable  que sobre la opinión pública mundial hubiera tenido el hecho de que tras la muerte de tantos sacerdotes y fieles seglares, también el pastor supremo de la Iglesia húngara hubiera fallecido en la cárcel.

   Salí de la cárcel el 17 de julio de 1955. Me trasladaron a Puspókszentlászlo. Llegando sufrí un ataque al corazón. Me preguntaba con frecuencia cuándo terminaría mi existencia de recluso. No me iba ahora nada mal en cuanto a comida y bebida, aire y movimientos. Acudió a mí un sacerdote quien me informó muy minuciosamente de lo ocurrido durante los siete años que yo había permanecido separado del mundo. Me habló de los sacerdotes, los presos, los fallecidos, los que habían permanecido fieles y aquellos cuya fidelidad había vacilado.

   Una gran noticia fue para mí saber la proclamación de la Asunción de la Virgen y la santificación de Pío X.

   En Puspókszentlászlo no nos dieron de cenar, pues mientras se procedía a mi reconocimiento, se llevaron la cena. Yo recorrí con ellos 22 km sin probar bocado.

   El 2 de noviembre llegamos a las cuatro de la madrugada a Felsopeteny, nuestro nuevo lugar de residencia. Algunas muchachas preguntaron dónde tenían que servirme la cena.

   -Muchas gracias, no quiero nada.
   -¿Por qué?
   -Tengo que celebrar, pues hoy es el día de Ánimas.
   Insistieron en que la cena estaba servida.
   -Gracias. No quiero nada. Voy a decir Misa.
   -¿Ha comido usted algo esta noche?
   -No.
   -¿Y no tiene usted apetito?
   -Cuando un sacerdote tiene que celebrar el Santo Sacrificio de la Misa es poco importante que tenga o no apetito.

   Los emisarios de las autoridades habían subrayado muchas veces que yo no era un preso, sino un invitado.
   -¿No soy un preso? ¿Por qué me rodean, dos vallados, uno de alambre espinoso? ¿Por qué tengo a mí alrededor quince policías, tres perros lobos y un arsenal de armamento?

   Diez años antes de mi tercer cautiverio escribí las palabras siguientes sobre el amor materno:

   “Te olvidarán tus superiores, tras haberles servido; tus subordinados cuando no sientan el peso de tu poder; tus amigos cuando te vean en dificultades… en la puerta de la cárcel estará tan solo tu madre. En las profundidades de la prisión tendrás únicamente a tu madre querida. Sólo ella descenderá hasta allá, tan sólo ella no retrocederá, no se echará nunca hacia atrás…”

   Cuando escribí estas palabras me hallaba muy lejos de pensar que mi anciana madre sería la única estrella en el oscuro firmamento de mi reclusión. Ella fue mi única visita y de ella recibí los abrazos durante los ocho años que permanecí en la cárcel.

   ¿Quién es mi madre? Una mujer con seis hijos, que vivía a los 85 años en su hogar de Mindszent, rodeada de 14 nietos y otros tantos biznietos. En la época de mi detención, cuando mi nombre fue arrastrado por el fango, ella tenía 74 años y era viuda desde hacía dos.  

Se orientaba muy bien en aquel mundo cruel de las cárceles comunistas.  Supo comportarse con la máxima dignidad en su trato con los jefes del partido que contra toda legalidad se habían apoderado del poder. Ni que decir tiene que aquello presentó para ella una pesada cruz. Dondequiera que aparecía, en el Ministerio, en la cárcel, en el penal, su actitud era en todo momento testimonio de la fortaleza de su alma.

   Hubiera sacrificado su vida del mejor grado para salvar a su hijo, pero no había nadie capaz de aceptar aquel sacrificio.

   Tuvo que pasar también por la prueba de ver cómo muchas antiguas amistades se iban apartando de ella.

   Cuando me visitaba sus palabras últimas estaban siempre henchidas de fe. Mi libro “La Madre”, fue inspirado por su figura. No puedo dar suficientes gracias al Señor por haberme dado aquella madre y por conservármela durante los años más difíciles de mi vida. Supimos siempre aceptar la voluntad de Dios, tal como Él nos la expresaba a través de los hechos. Nuestros caminos estaban, por tanto, en manos de Dios. Esto lo sabía ella con tanta claridad como yo.

 Cardenal Mindszenty, Memorias         

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