Traducir

miércoles, 28 de septiembre de 2016

CARTA ENCÍCLICA CASTI CONNUBII DEL SUMO PONTÍFICE S.S. PÍO XI Sobre el Matrimonio cristiano



1. Cuán grande sea la dignidad del casto matrimonio, principalmente puede colegirse, Venerables Hermanos, de que habiendo Cristo, Señor nuestro e Hijo del Eterno Padre, tomado la carne del hombre caído, no solamente quiso incluir de un modo peculiar este principio y fundamento de la sociedad doméstica y hasta del humano consorcio en aquel su amantísimo designio de redimir, como lo hizo, a nuestro linaje, sino que también lo elevó a verdadero y gran1 sacramento de la Nueva Ley, restituyéndolo antes a la primitiva pureza de la divina institución y encomendando toda su disciplina y cuidado a su Esposa la Iglesia. Para que de tal renovación del matrimonio se recojan los frutos anhelados, en todos los lugares del mundo y en todos los tiempos, es necesario primeramente iluminar las inteligencias de los hombres con la genuina doctrina de Cristo sobre el matrimonio; es necesario, además, que los cónyuges cristianos, robustecidas sus flacas voluntades con la gracia interior de Dios, se conduzcan en todos sus pensamientos y en todas sus obras en consonancia con la purísima ley de Cristo, a fin de obtener para sí y para sus familias la verdadera paz y felicidad. 

2. Ocurre, sin embargo, que no solamente Nos, observando con paternales miradas el mundo entero desde esta como apostólica atalaya, sino también vosotros, Venerables Hermanos, contempláis y sentidamente os condoléis con Nos de que muchos hombres, dando al olvido la divina obra de dicha restauración, o desconocen por completo la santidad excelsa del matrimonio cristiano, o la niegan descaradamente, o la conculcan, apoyándose en falsos principios de una nueva y perversísima moralidad. Contra estos perniciosos errores y depravadas costumbres, que ya han comenzado a cundir entre los fieles, haciendo esfuerzos solapados por introducirse más profundamente, creemos que es Nuestro deber, en razón de Nuestro oficio de Vicario de Cristo en la tierra y de supremo Pastor y Maestro, levantar la voz, a fin de alejar de los emponzoñados pastos y, en cuanto está de Nuestra parte, conservar inmunes a las ovejas que nos han sido encomendadas. Por eso, Venerables Hermanos, Nos hemos determinado a dirigir la palabra primeramente a vosotros, y por medio de vosotros a toda la Iglesia católica, más aún, a todo el género humano, para hablaros acerca de la naturaleza del matrimonio cristiano, de su dignidad y de las utilidades y beneficios que de él se derivan para la familia y la misma sociedad humana, de los errores contrarios a este importantísimo capítulo de la doctrina evangélica, de los vicios que se oponen a la vida conyugal y, últimamente, de los principales remedios que es preciso poner en práctica, siguiendo así las huellas de Nuestro Predecesor León XIII, de s. m., cuya encíclica Arcanum2 , publicada hace ya cincuenta años, sobre el matrimonio cristiano, hacemos Nuestra por esta Nuestra Encíclica y la confirmamos, exponiendo algunos puntos con mayor amplitud, por requerirlo así las circunstancias y exigencias de nuestro tiempo, y declaramos que aquélla no sólo no ha caído en desuso sino que conserva pleno todavía su vigor.

3. Y comenzando por esa misma Encíclica, encaminada casi totalmente a reivindicar la divina institución del matrimonio, su dignidad sacramental y su perpetua estabilidad, quede asentado, en primer lugar, como fundamento firme e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina; que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de la misma, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges. Esta es la doctrina de la Sagrada Escritura3 , ésta la constante tradición de la Iglesia universal, ésta la definición solemne del santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras del texto sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios4 . Mas aunque el matrimonio sea de institución divina por su misma naturaleza, con todo, la voluntad humana tiene también en él su parte, y por cierto nobilísima, porque todo matrimonio, en cuanto que es unión conyugal entre un determinado hombre y una determinada mujer, no se realiza sin el libre consentimiento de ambos esposos, y este acto libre de la voluntad, por el cual una y otra parte entrega y acepta el derecho propio del matrimonio5 , es tan necesario para la constitución del verdadero matrimonio, que ninguna potestad humana lo puede suplir6 . Es cierto que esta libertad no da más atribuciones a los cónyuges que la de determinarse o no a contraer matrimonio y a contraerlo precisamente con tal o cual persona, pero está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio, de tal suerte que si alguien ha contraído ya matrimonio se halla sujeto a sus leyes y propiedades esenciales. Y así el Angélico Doctor, tratando de la fidelidad y de la prole, dice: “Estas nacen en el matrimonio en virtud del mismo pacto conyugal, de tal manera que si se llegase a expresar en el consentimiento, causa del matrimonio, algo que les fuera contrario, no habría verdadero matrimonio” 7 . Por obra, pues, del matrimonio, se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable.

4. Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la vida doméstica. De donde se desprende que la autoridad tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones torpes que se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas, y, como quiera que se trata de un asunto que fluye de la naturaleza misma del hombre, no es menor la certidumbre con que consta lo que claramente advirtió Nuestro Predecesor, de s. m., León XIII8: No hay duda de que, al elegir el género de vida, está en el arbitrio y voluntad propia una de estas dos cosas: o seguir el consejo de guardar virginidad dado por Jesucristo, u obligarse con el vínculo matrimonial. Ninguna ley humana puede privar a un hombre del derecho natural y originario de casarse, ni circunscribir en manera alguna la razón principal de las nupcias, establecida por Dios desde el principio: “Creced y multiplicaos” 9 . Hállase, por lo tanto, constituido el sagrado consorcio del legítimo matrimonio por la voluntad divina a la vez que por la humana: de Dios provienen la institución, los fines, las leyes, los bienes del matrimonio; del hombre, con la ayuda y cooperación de Dios, depende la existencia de cualquier matrimonio particular —por la generosa donación de la propia persona a otra, por toda la vida—, con los deberes y con los bienes establecidos por Dios.

5. Comenzando ahora a exponer, Venerables Hermanos, cuáles y cuán grandes sean los bienes concedidos por Dios al verdadero matrimonio, se Nos ocurren las palabras de aquel preclarísimo Doctor de la Iglesia a quien recientemente ensalzamos en Nuestra encíclica Ad salutem10, dada con ocasión del XV centenario de su muerte. Estos, dice San Agustín, son los bienes por los cuales son buenas las nupcias: prole, fidelidad, sacramento11. De qué modo estos tres capítulos contengan con razón un síntesis fecunda de toda la doctrina del matrimonio cristiano, lo declara expresamente el mismo santo Doctor, cuando dice: "En la fidelidad se atiende a que, fuera del vínculo conyugal, no se unan con otro o con otra; en la prole, a que ésta se reciba con amor, se críe con benignidad y se eduque religiosamente; en el sacramento, a que el matrimonio no se disuelva, y a que el repudiado o repudiada no se una a otro ni aun por razón de la prole. Esta es la ley del matrimonio: no sólo ennoblece la fecundidad de la naturaleza, sino que reprime la perversidad de la incontinencia12 .

6. La prole, por lo tanto, ocupa el primer lugar entre los bienes del matrimonio. Y por cierto que el mismo Creador del linaje humano, que quiso benignamente valerse de los hombres como de cooperadores en la propagación de la vida, lo enseñó así cuando, al instituir el matrimonio en el paraíso, dijo a nuestros primeros padres, y por ellos a todos los futuros cónyuges: Creced y multiplicaos y llenad la tierra13 . Lo cual también bellamente deduce San Agustín de las palabras del apóstol San Pablo a Timoteo14 , cuando dice: «Que se celebre el matrimonio con el fin de engendrar, lo testifica así el Apóstol: “Quiero —dice— que los jóvenes se casen”. Y como se le preguntara: “¿Con qué fin?, añade en seguida: Para que procreen hijos, para que sean madres de familia”»15 . Cuán grande sea este beneficio de Dios y bien del matrimonio se deduce de la dignidad y altísimo fin del hombre. Porque el hombre, en virtud de la preeminencia de su naturaleza racional, supera a todas las restantes criaturas visibles. Dios, además, quiere que sean engendrados los hombres no solamente para que vivan y llenen la tierra, sino muy principalmente para que sean adoradores suyos, le conozcan y le amen, y finalmente le gocen para siempre en el cielo; fin que, por la admirable elevación del hombre, hecha por Dios al orden sobrenatural, supera a cuanto el ojo vio y el oído oyó y pudo entrar en el corazón del hombre16. De donde fácilmente aparece cuán grande don de la divina bondad y cuán egregio fruto del matrimonio sean los hijos, que vienen a este mundo por la virtud omnipotente de Dios, con la cooperación de los esposos.

7. Tengan, por lo tanto, en cuenta los padres cristianos que no están destinados únicamente a propagar y conservar el género humano en la tierra, más aún, ni siquiera a educar cualquier clase de adoradores del Dios verdadero, sino a injertar nueva descendencia en la Iglesia de Cristo, a procrear ciudadanos de los Santos y familiares de Dios17, a fin de que cada día crezca más el pueblo dedicado al culto de nuestro Dios y Salvador. Y con ser cierto que los cónyuges cristianos, aun cuando ellos estén justificados, no pueden transmitir la justificación a sus hijos, sino que, por lo contrario, la natural generación de la vida es camino de muerte, por el que se comunica a la prole el pecado original; con todo, en alguna manera, participan de aquel primitivo matrimonio del paraíso terrenal, pues a ellos toca ofrecer a la Iglesia sus propios hijos, a fin de que esta fecundísima madre de los hijos de Dios los regenere a la justicia sobrenatural por el agua del bautismo, y se hagan miembros vivos de Cristo, partícipes de la vida inmortal y herederos, en fin, de la gloria eterna, que todos de corazón anhelamos. Considerando estas cosas la madre cristiana entenderá, sin duda, que de ella, en un sentido más profundo y consolador, dijo nuestro Redentor: “La mujer..., una vez que ha dado a luz al infante, ya no se acuerda de su angustia, por su gozo de haber dado un hombre al mundo” 18, y superando todas las angustias, cuidados y cargas maternales, mucho más justa y santamente que aquella matrona romana, la madre de los Gracos, se gloriará en el Señor de la floridísima corona de sus hijos. Y ambos esposos, recibiendo de la mano de Dios estos hijos con buen ánimo y gratitud, los considerarán como un tesoro que Dios les ha encomendado, no para que lo empleen exclusivamente en utilidad propia o de la sociedad humana, sino para que lo restituyan al Señor, con provecho, en el día de la cuenta final.

8. El bien de la prole no acaba con la procreación: necesario es que a ésta venga a añadirse un segundo bien, que consiste en la debida educación de la misma. Porque insuficientemente, en verdad, hubiera provisto Dios, sapientísimo, a los hijos, más aún, a todo el género humano, si además no hubiese encomendado el derecho y la obligación de educar a quienes dio el derecho y la potestad de engendrar. Porque a nadie se le oculta que la prole no se basta ni se puede proveer a sí misma, no ya en las cosas pertenecientes a la vida natural, pero mucho menos en todo cuanto pertenece al orden sobrenatural, sino que, durante muchos años, necesita el auxilio de la instrucción y de la educación de los demás. Y está bien claro, según lo exigen Dios y la naturaleza, que este derecho y obligación de educar a la prole pertenece, en primer lugar, a quienes con la generación incoaron la obra de la naturaleza, estándoles prohibido el exponer la obra comenzada a una segura ruina, dejándola imperfecta. Ahora bien, en el matrimonio es donde se proveyó mejor a esta tan necesaria educación de los hijos, pues estando los padres unidos entre sí con vínculo indisoluble, siempre se halla a mano su cooperación y mutuo auxilio. Todo lo cual, porque ya en otra ocasión tratamos copiosamente de la cristiana educación19 de la juventud, encerraremos en las citadas palabras de San Agustín: “En orden a la prole se requiere que se la reciba con amor y se la eduque religiosamente” 20, y lo mismo dice con frase enérgica el Código de derecho canónico: “El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole” 21 . Por último, no se debe omitir que, por ser de tanta dignidad y de tan capital importancia esta doble función encomendada a los padres para el bien de los hijos, todo honesto ejercicio de la facultad dada por Dios en orden a la procreación de nuevas vidas, por prescripción del mismo Creador y de la ley natural, es derecho y prerrogativa exclusivos del matrimonio y debe absolutamente encerrarse en el santuario de la vida conyugal.

CONTINÚA

EL MAS TERRIBLE CASTIGO PARA LOS HOMBRES


El mayor signo de la ira de Dios y de su más terrible castigo en este mundo es entregar a su pueblo en manos de los pastores nominales que tratan a las ovejas con la crueldad de los lobos, en lugar de con el amor de afectuosos guardianes, desgarran y devoran a las ovejas que son asignados a alimentar, llevándolos a Satanás en lugar de a Dios, al infierno en vez de los cielos, y que actúan como veneno y oscuridad en lugar de como la sal de la tierra y la luz del mundo.

"Para nosotros, los pastores y sacerdotes," dice San Gregorio Magno, "seremos condenados delante de Dios como los asesinos de todas las almas que van diariamente a la muerte eterna por medio de nuestro silencio ya través de nuestra negligencia" (Homilía sobre Ezequiel 12).

En la Homilía 27, de este mismo santo: “porque no hay nada que tanto indigne a Dios (y por lo tanto provoque su ira y llame más la invocación de mal en tanto Pastor y rebaño, a sacerdotes y personas) que cuando ve a los que están encargados de corregir a los demás, dan el mal ejemplo de vidas depravadas, y en lugar prevenir las ofensas a Dios ellos mismos son los primeros en perseguirlo.

Cuando estos pastores son indiferentes a la salvación de las almas y sólo piensan en su propia comodidad o conveniencia; cuando todos sus afectos son para las criaturas terrestres, buscando con avidez la estima humana, usando su bendito ministerio para la ambición privada, abandonando el servicio de Dios para servir al mundo; ocupándose de los asuntos mundanos y profanos en lugar de la obra de santificación "-

Cuando Dios permite que sucedan estas cosas, es la prueba mas cierta de que está muy enojado con Su pueblo, y este estado es el castigo más terrible que le puede imponer al mundo. Esta es la razón por la cual Él sin cesar clama a todos los cristianos: "Convertíos a mí, y yo te daré pastores según mi corazón" (Jer 3-15.).

La muestra más concluyente que las malas vidas de los pastores son un castigo por los pecados del pueblo, y que, por otra parte, que la más grande misericordia de Dios sobre las personas y la gracia más preciosa que Él puede impartir es cuando da pastores y sacerdotes de acuerdo a su propio corazón.

Estos sacerdotes son hombres que buscan Su gloria y la salvación de las almas. El regalo más rico y el favor más precioso que la Bondad Divina puede efectuar a la Iglesia es darle un buen pastor, ya sea obispo o sacerdote. Esta es la gracia de las gracias, y el regalo de los regalos que comprenden en su interior todas las otras gracias y dones.
Por lo tanto ¿qué es un pastor o un sacerdote de acuerdo al Corazón de Dios '? Un tesoro inestimable que contiene una inmensidad de bondades ...


San Juan Eudes


lunes, 26 de septiembre de 2016

CATECISMO DEL LIBERALISMO (4a PARTE)


LEER CATECISMO DEL LIBERALISMO 1a PARTE


LEER CATECISMO DEL LIBERALISMO 2a PARTE

 52.- ¿Podría poner ejemplos de otros derechos? El perezoso que no trabaja y que por lo mismo nada posee, no tiene derecho de propiedad; por el contrario, el que por su trabajo, o el de su padre tiene una propiedad, en ella tiene derecho.
  El ignorante o el desmoralizado, no tienen derecho de enseñar, y tampoco tienen derecho de escribir en los periódicos.
  Ni el malvado ni el ignorante tienen derecho a ser elegidos gobernadores, diputados, etc.

  53.- Según lo dicho ¿qué debe juzgarse del sufragio universal? Que es la mentira universal, como la llamó el gran Pío IX.

  54.- Volviendo a la igualdad ¿cuáles son las aplicaciones que de su principio hace el liberalismo? Tres principales.

  55.- ¿Cuáles son? Primero, igualdad entre la verdad y la mentira (v.g. tolerancia de cultos).
Segunda, igualdad entre el trabajo y la holgazanería (v.g. sufragio universal, liquidación social, etc.).
Tercera, igualdad entre los clérigos y los legos (v.g. la ley contra los fueros, etc.).

  56.- ¿Qué decís de ellas? Que destruyen totalmente los principios cristianos.

  57.- ¿Qué cosa es fraternidad? Amar al prójimo como a sí mismo, por amor de Dios.

  58.- ¿Por qué añadís diciendo: por amor de Dios? Porque no puede haber fraternidad si no hay hermanos, ni puede haber hermanos si no hay un padre común a todos ellos.

  59.- ¿Y esta es la fraternidad que proclama el liberalismo? No, pues el liberalismo tiende en todo a separarse del verdadero Dios.

  60.- ¿Pues en qué consiste la fraternidad liberal? Difícil sería decirlo porque el liberalismo, dondequiera que existe trae consigo persecuciones, matanzas, y aun como en Francia la guillotina; y a veces incendios como en París, y a veces destrucciones de fábricas como en Bélgica, etc. etc. Además de las persecuciones a sus contrarios, elliberalismo es esencialmente anárquico, como dijo el eminente liberal D. Melchor Ocampo que lo conocía muy bien, y en efecto, nunca los liberales han dejado de destruirse mutuamente, como los Jacobinos y Girondinos en Francia y para no ir muy lejos, como los Juaristas, los Lerdistas y los Porfiristas en México, que se fusilaban entre sí.

  61.- Pero algo han de querer significar con su principio de fraternidad.-  Puede creerse que su fraternidad consiste en unir en un interés común a todas las sectas, a los partidos todos contra la Iglesia.

  62.- Entonces, ¿cómo se pudiera formular la fraternidad liberal? De este modo: Fraternidad con todos, menos con el Catolicismo, fraternidad de todos contra el Catolicismo.

  63.- Y prácticamente ¿cumple con este programa? Ya lo estamos viendo en México: aunque el protestantismo, por lo que tiene de religión revelada es contrario al liberalismo, este sin embargo lo llama, lo sostiene y lo protege, sólo porque es contrario a la Iglesia de Dios.

  64.- ¿En qué consiste el progreso? Habiendo hecho Dios al hombre perfectible, y siendo el mismo Dios su último fin, el progreso consiste en perfeccionar al hombre, acercándolo más y más a Dios.

  65.- ¿Cómo se puede definir el progreso? Los adelantos tanto en el orden moral como en el intelectual y en el  material subordinados unos a otros según lo exige la naturaleza humana.

  66.- ¿Cómo es esa subordinación? Subordinando los intereses materiales a los intelectuales, y unos y otros a los morales.

  67.- Y el progreso liberal ¿en qué consiste? En olvidar el fin sobrenatural del hombre, en aumentar los goces materiales, y en hacer creer al hombre que la tierra es su patria.

  68.- ¿Pues qué, no es nuestra Patria aquel país en el cual nacimos? Eso es otra cosa. Así como decimos, y decimos verdad, que Dios es nuestro Padre, y no por eso dejamos de honrar a nuestro padre terreno que nos dio el ser, del mismo modo, sabemos que el cielo es nuestra verdadera Patria, y no por eso dejamos de amar a la nación donde vimos la luz, y aún de sacrificarnos por ella, como lo han hecho tantos héroes cristianos.

  69.- ¿Pudieráis explicar más esto? Decimos que la tierra no es nuestra patria, para significar que en ella estamos solo de paso, y que todas nuestras acciones en este mundo, han de tender a la consecución de nuestro último fin en cual está en el cielo; pero no decimos que en la tierra no tengamos una Patria, que es aquella nación en la cual nacimos, y a la cual por voluntad de Dios, debemos amar y defender.

  70.- ¿De modo que el patriotismo es una virtud cristiana? Si lo es, y así se explica lo que venimos diciendo, pues cumpliendo con los deberes que Dios nos impone para con la Patria, que  Él mismo quiere que tengamos en la tierra, practicamos una virtud, es decir, hacemos méritos para llegar a nuestra Patria eterna.

  71.- Decid algo más sobre esto.- Que los deberes hacia nuestra patria terrenal, son un medio, y el fin es conseguir nuestra patria celestial. Por esto no se dice que el cielo es nuestra única Patria, sino que es nuestra verdadera Patria.  


  72.- ¿Qué deberemos decir del progreso en las ciencias, en las artes y en la cultura? Que el progreso en las ciencias es un don de Dios; pero hay que cuidar mucho que no se llame con el usurpado nombre de ciencias a aquellas doctrinas o teorías que nos apartan de Dios o de su revelación.

  El progreso en las artes es un don de Dios, y debe estar regido por la caridad cristiana.

  El progreso en la cultura es un don de Dios y debe basarse en las virtudes. O de otro modo; el progreso en la tierra no es otra cosa que el desarrollo de las virtudes cristianas.

  73.- A qué se llama el liberalismo progreso en las ciencias? A la invención de las más absurdas hipótesis con tal de que ellas se opongan a Dios o a su Iglesia.
  Han llegado a más con el positivismo, pues llaman progreso en las ciencias negar y procurar destruir las ciencias.

  74.- ¿Así lo hacen los positivistas? No lo ocultan, niegan y procuran destruir la ideología, la estética, la teodicea, la ética, la teología, etc. en una palabra, todas aquellas ciencias que de algún modo pudieran dar armas para probar la falsedad del liberalismo.

  75.- ¿Y a esto llaman progreso? Como llaman libertad a la tiranía, como llaman soberano al pueblo para explotarlo y esclavizarlo.

  76.- ¿A qué llama el liberalismo progreso en el arte? El liberalismo ha creado un género de literatura que se llama realista, que además de ser obsceno e inmoral, es la perversión del buen gusto y arrastra a la literatura por el lodo. A su imitación, la pintura y la escultura están haciéndose también realistas, destruyendo el ideal, siendo así que el ideal es lo que eleva a las bellas artes.

  Por lo demás, un gobierno Católico prohibiría la zarzuela y la ópera bufa, que pervierten la música y el arte dramático, que propagan el mal gusto, que tienden a apartar de lo bello y de lo grande, etc. etc. además de desmoralizar las costumbres, y el liberalismo no sólo no las prohíbe, sino las protege. Y no podía ser de otro modo, pues abundan las zarzuelas cuyas tendencias son marcadamente liberales.

  77.- ¿Y a qué  llama progreso en la cultura el liberalismo? La desmoralización; la falta de respeto de los hijos a los padres y en general de los inferiores a los superiores; el olvido de las buenas costumbres y de las prácticas cristianas, y en general el desarrollo del orgullo en todos los órdenes.

  78.- ¿De todos los superiores cuál es el más aborrecido por el liberalismo? El Romano Pontífice, que es el Vicario de Nuestro Señor Jesucristo.

  79.- ¿En qué se distingue el verdadero progreso del progreso liberal? En que el primero tiene a Dios por fin, y el segundo tiene por último fin al hombre.

  80.- ¿Cuáles son las últimas consecuencias del liberalismo? El nihilismo y el anarquismo que tienen por lema ni Dios ni amo, y las bombas y el asesinato como medios.

  81.- ¿Y en otros órdenes? Las Doctrinas de Lombroso y de Marx Nordau, que son la destrucción de toda arte, de toda literatura, y de toda belleza; todo va dar a lo absurdo.

  82.- Según lo dicho, ¿deberemos condenar todos los principios proclamados por los liberales, solamente por ser proclamados por ellos? De ninguna manera, y los que así lo hacen, se olvidan de que el buen padre de familia debe sacar de su tesoro lo viejo y lo nuevo.


  83.- Pues qué ¿no todos los principios que proclaman los liberales son falsos? Ciertamente que no. Algunos son falsos y hasta absurdos.  Otros son una mezcla confusa de verdadero y de falso. Finalmente, hay otros que son verdaderos. Adviértase que también proclaman algunos principios cuya admisión es libre, es decir que unos católicos los tienen por verdaderos y otros por falsos, porque versan sobre materia discutible.

  84.- En vista de esto ¿qué deberemos hacer? Instruirnos bien para no caer en error.

  85.- ¿Qué deberemos hacer respecto a los primeros de que habéis hablado? Rechazarlos absolutamente y sin miramiento.

  86.- ¿Y cómo los conoceremos? No hay ningún principio de esos que no haya sido condenado por la Iglesia, de modo que no es difícil conocerlos.

  87.- Y respecto a los segundos, ¿qué deberemos hacer? Separar lo que tienen de falso de lo que tienen de verdadero.

  88.- ¿Y respecto de los terceros? Puesto que son ciertos, debemos profesarlos; pero debemos tener mucho cuidado en su enunciación, para que no se nos crea liberales.

  89.- ¿Cómo deberá ser eso? Solamente la prudencia puede aconsejar en cada caso; pero para poner algunos ejemplos: algunos acostumbran al hablar de progreso decir: el verdadero progreso. Al hablar del pueblo añadir: en el buen sentido de la palabra, y así en otros casos, señalando muy marcada línea divisoria entre nuestros principios y las declamaciones liberales.

  90.- ¿Qué decís respecto de los últimos? Hay principios puramente políticos, que no atañen ni al dogma ni a la moral, los cuales un católico puede profesarlos o negarlo según su educación, sus estudios especiales, sus simpatías, etc. Así por ejemplo, hay católicos que son republicanos y otros que son monarquistas, y entre los primeros, muy bien puede haber quienes crean que la conveniente forma de gobierno es la República unitaria, al paso que otros juzguen que es la República Federal. Así hay otros varios principios.

  Lo que debemos hacer respecto de ellos, si por nuestras convicciones sostenemos un principio que a fuerza de ser repetido por los liberales huele a liberalismo es, como en la respuesta anterior, marcar de algún modo, cuando hablemos o escribamos, que no pertenecemos a esa secta.

  91.- Según lo que acabáis de decir, ¿son indiferentes todas las formas de gobierno? No ciertamente, y hay tres que difícilmente se convienen con el cristianismo.

  92.- ¿Cuáles son? 1° La demagogia, 2° El Cesarismo, 3° El absolutismo.                

jueves, 22 de septiembre de 2016

Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!



En cualquier necesidad permíteme llegar a Vos con humildad y confianza,
diciéndoos:
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
En todas mis dudas, perplejidades y tentaciones, Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
En las horas de soledad, cansancio y pruebas,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
En el fracaso de mis planes y deseos; en las decepciones, problemas y dolores,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
Cuando mi corazón esté abatido por el fracaso, al no ver algo bueno venido de mis
esfuerzos,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
Cuando otros me fallen, y sólo Vuestra gracia pueda asistirme,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
Cuando me arroje a Vuestro tierno amor como mi Padre y Salvador,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
Cuando me sienta impaciente, y mi cruz me moleste,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
Cuando esté enfermo y mi cabeza y manos no puedan trabajar y esté solo,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame!
Siempre, siempre a pesar de mi debilidad, caídas y defectos de cualquier tipo,
Sangre de Jesús, ¡Ayúdame y nunca me abandones!


domingo, 18 de septiembre de 2016

ERRORES DEL CONCILIO VATICANO II (Sexta Parte)

NO ES LA INTERPRETACIÓN NI LA APLICACIÓN EQUÍVOCA DEL POSTCONCILIO EL PROBLEMA RAIZ DEL MODERNISMO, COMO NOS LO HACEN CREER LOS PRO-CONCILIARES Y ALGUNOS FALSOS TRADICIONALISTAS.

EL CONCILIO ES UN INVENTO Y EJECUCIÓN MASÓNICA PARA HACER PERDER LA FE Y EL ALMA A LOS CATÓLICOS Y A QUIENES CREAN EN ESAS FALSEDADES.

  Los documentos Lumen Gentium y Nostrae Aetate hacen un exagerado reconocimiento a los musulmanes, diciendo que: “adoran al Dios único, viviente… a cuyos decretos procuran someterse con toda el alma, como se sometió Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia” (…) el Corán contradice  expresamente todas las verdades fundamentales de la fe cristiana.

  El elogio del Vaticano II a la “fe” de Abraham profesada por los musulmanes, como si constituyese una característica que los acerca a nosotros, oculta la verdad, ya que  el Abraham del Corán, no coincide con el Abraham verdadero, el de la Biblia (…). Los musulmanes pretenden que Mahoma (descendiente de Abraham por la línea de Ismael, fue llamado por Dios a restaurar, liberándolo de las presuntas falsificaciones de hebreos y cristianos.

  Se sabe que la “cristología” del Corán se basa en el Jesús torcido y desfigurado de los evangelios apócrifos y de las herejías gnósticas de distintos tipos que pululaban en Arabia en tiempos de Mahoma (…) cuando los sarracenos veneran a Jesús como profeta, lo entienden como “profeta del Islam”, mentira que no puede aceptar ningún católico que siga conservando la fe.

  Nostrae Aetate… alaba a los musulmanes y dice que con razón el concilio “exhorta a todos a que, olvidando lo pasado” “procuren con sinceridad comprenderse mutuamente, defender y promover unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad…”

  La verdad es que: el islam es una religión que, además de admitir instituciones moralmente inaceptables como la poligamia, con todos sus corolarios, pretende garantizar la salvación nada más que con solas las prácticas legales del culto… (peor que el ) fariseísmo, (…) La comunidad islámica siempre en guerra con el resto del mundo, “hasta la infalible victoria final”: la instauración de un estado islámico mundial.

  San Gregorio VII, Papa desde 1073 a 1085, le escribió en 1076 a Anazir, emir de Mauritania, quien se había mostrado generoso respecto de algunos prisioneros cristianos, el Papa le decía al emir que tal “acto de bondad” le había sido “inspirado por Dios”; que creemos en el mismo Dios al cual confesamos, aunque de modo distinto; que alabamos y veneramos a diario al Creador de los siglos y rector de este mundo”. ¿Cómo explicar tamañas afirmaciones? Ignorancia de entonces tocante a la religión fundada por Mahoma. En efecto, el Corán no se había traducido aún al latín en tiempos de San Gregorio VII. Blasfemias contra cristianos.

  La primera traducción del Corán al latín, apareció en 1143 y Pedro el Venerable le agregó una refutación decidida del credo islámico.

  El Concilio Vaticano II en vez de exhortar a los creyentes a tomar más aliento para convertir al mayor número posible de infieles, arrancándolos de las tinieblas en que están sumidos, el concilio exhorta a los católicos a afanarse para que los budistas, hindúes, moros, judíos, etc., sigan siendo tales, y “progresen” en los “valores” de sus religiones, hostiles todas ellas a la verdad revelada.

  Esta exhortación pastoral y otras semejantes traicionan la orden impartida a los Apóstoles por Jesús resucitado: “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado”.