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domingo, 24 de marzo de 2019

MIRADAS CON QUE JESUS NOS MIRA



 He observado que muchos favores y  milagros del Evangelio fueron otorgados, más que a la Fe de los que lo pedían, a la ternura con que se trataba al Corazón de Jesús.

  Pregunto: Si Lázaro no hubiera tenido hermanas tan tiernas para con Jesús, ¿hubiera resucitado? Yo creo que no. La resurrección de Lázaro y las lágrimas con que Jesús ablanda la piedra de su sepulcro son el fruto de la ternura para con Él.

  Una comprobación de esta eficacia nos da la Sagrada Liturgia de la Misa, en los besos que al altar, al libro del Evangelio y a la patena da el sacerdote mientras celebra.

  Fijaos: cada beso va acompañado de la petición de un gran favor para sí y para la Iglesia, como remisión de pecados,  participación de bendiciones y gracias, etc.

  Besando: ¿no es así como sacan los pequeñuelos de sus madres cuanto quieren?...

  Jesús en el Sagrario quiere que le lloren y compadezcan porque habla y  no es oído, espera y nadie acude, llama y es despreciado…
  El Corazón  de Jesús, a pesar de su inmovilidad y silencio aparentes en el Sagrario, no está ni ocioso ni callado.

  ¿Cómo vamos a saber lo que dice y hace Jesús en el Sagrario? ¡En el Evangelio! El Evangelio es el retrato de Jesucristo por fuera y por dentro, es la misma tercera persona de la Trinidad augusta la que se ha cuidado de velar por la exactitud y verdad de ese retrato del Hijo de Dios hecho hombre.

  Pensemos, venir del cielo todo un Dios para estar en el Sagrario y hacer el milagro más estupendo de sabiduría, poder y amor para poder llegar hasta la ruindad del hombre, quedarse quieto, callado y hasta gustoso, lo traten bien o lo traten mal, lo busquen o lo desprecien, lo alaben o lo maldigan…

  Sabedlo, demonios que queréis perderme, enfermedades que ponéis tristezas en mi vida, contrariedades, desengaños, que arrancáis lágrimas a mis ojos y gotas de sangre a mi corazón, pecados que me atormentáis con vuestros remordimientos, sabedlo que el Fuerte, el Grande, el Magnífico, el Suave, el Vencedor, el Buenísimo Corazón de Jesús está aquí, aquí, en el Sagrario mío!!!
Sabed que yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos.

  El Corazón de Jesús en el Sagrario me mira, me mira siempre. Me mira en todas partes. Me mira como si no tuviera que mirar a nadie más que a mí. ¿Por qué? Porque me quiere.

  Nuestro Señor Jesucristo tiene tres miradas. Una es la mirada que tiene para con los amigos que no han caído. Otra es para los amigos que  han caído, pero que quieren levantarse y la otra para los que cayeron y no se levantarán porque no quieren.

  Con la primera mirada el Corazón de Jesús envuelve a las almas inocentes y sencillas.
   La segunda mirada tiene por escenario el patio del Sumo Sacerdote. El Reo ha mirado al amigo que caía. Mirada de recuerdos de beneficios recibidos, de reproches que duelen y parten el alma de pena, de invitación a llanto de perdón.

  La tercera mirada ¡qué desoladora! ¡qué triste debe ser la mirada de Jesús sobre un alma que se condenará!
 ¿Con cuál de estas tres miradas seremos mirados?

  ¿Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario?
  Manuel González
  Obispo de Palencia
  1937

jueves, 21 de marzo de 2019

MASONES LUCIFERINOS PREDICEN LA CONTRAIGLESIA (FALSA IGLESIA CONCILIAR)

NdB: es sabido por muchos católicos tradicionales que la falsa iglesia conciliar se rige por los principios masónicos de la revolución del hombre contra Dios. Libertad, igualdad y fraternidad son su lema y consigna. 

Es difícil comprender por qué la nueva FSSPX y la falsa resistencia de Mons Williamson y ayudantes, la consideran la Iglesia Católica. En el fondo, y no tan en el fondo están ambos grupos de acuerdo. Es muy difícil que no se den cuenta de lo que hacen, por lo cual sus fieles deberían preguntarles, recojen con Cristo o desparraman. Si dicen que recojen, ¿por qué no denuncian los errores y herejías de la falsa iglesia conciliar abiertamente? ¿Ignorancia invencible o complicidad?
Recomendamos la lectura de esta serie: LA PSEUDO-RESTAURACIÓN


Papa León XIII, Dall’alto, 15 de octubre de 1890: “No es necesario ahora enjuiciar a las sectas masónicas. Ellas ya están juzgadas; sus fines, sus medios, sus doctrinas, y sus acciones, son por todos conocidos con certeza indiscutible. Poseídas por el espíritu de Satanás, del cual son su instrumento, se queman como él por su odio mortal e implacable a Jesucristo y a su obra; y se esfuerzan por todos los medios por derrocarla y eliminarla”.

La sociedad secreta luciferina, los carbonarios, conocida como la Alta Venta, publicó una serie de Instrucciones Permanentes, o Código de Reglas, que aparecieron en Italia en 1818. En ella decían:

“… Es un deber de las sociedades secretas hacer el primer ataque a la Iglesia y al papa, con el objeto de conquistarlos a los dos. La obra para la que nos ceñimos no es una obra de un día, ni de un mes, ni de un año. Puede durar por muchos años, tal vez un siglo… Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar, así como los judíos esperan al Mesías, es un papa de acuerdo a nuestras necesidades. Necesitamos un papa para nosotros, si tal papa fuera posible. Con ese papa marcharemos de forma más segura al asalto de la Iglesia, que con todos los libritos de nuestros hermanos franceses e ingleses”.
El mismo documento masónico hizo esta predicción asombrosa:
“En un plazo de cien años… los obispos y sacerdotes creerán que están marchando detrás de la bandera de las llaves de Pedro, cuando en realidad estarán siguiendo nuestra bandera… Las reformas tendrán que ser introducidas en nombre de la obediencia”.

El masón Eliph Levi dijo en 1862: “El día llegará en que el papa… declarará que todas las excomuniones están suprimidas y todos los anatemas retirados. Cuando todos los cristianos estén unidos dentro de la Iglesia, cuando los judíos y los musulmanes sean bendecidos y llamados de nuevo a ella… permitirá que todas las sectas se le acerquen poco a poco y abarcará a toda la humanidad en la comunión de su amor y oraciones. Luego, los protestantes ya no existirán. ¿Contra qué van a protestar? El Sumo Pontífice será entonces verdaderamente el rey del mundo religioso, y él hará lo que él quiera con todas las naciones de la tierra.

lunes, 18 de marzo de 2019

AMOR DE SAN JOSÉ POR LOS PECADORES



     
  Los pecadores son para el Señor San José el objeto de su amor y aun podemos asegurar que ama más a aquellos que son más endurecidos, desde el momento que quieren reconciliarse con Dios. Como Jesucristo no vino por los justos, sino para convertir a los pecadores, así podemos decir lo mismo con relación al señor San José.

 San José aprendió en la escuela de Cristo cuánto vale un redimido con el precio de su Sangre Preciosísima. San José entrevió todas las dificultades de Jesús, sus sermones, sus trabajos, su paciencia, sus milagros, los golpes extraordinarios de la gracia para convertir a los obstinados y rebeldes.

  San José se ha declarado el refugio de los necesitados y está siempre pronto a obrar los mayores milagros de la gracia para su eterna salvación. Les hace aborrecer el pecado, les comunica el arrepentimiento y justificándolos los deja de nuevo amigos de Dios y herederos de su gloria.

  San José recibe todas las plegarias de los pecadores, no desprecia ni las más tibias de los más obstinados, una oración la premia con la gracia de otra oración, él mismo dirige la súplica, él mismo la conduce al trono del Eterno, él mismo la junta con su misma oración, expone los méritos suyos, los de su virginal esposa, los de Jesús y no desciende del trono de las divinas misericordias, sino con la justificación del antes obstinado y rebelde pecador.

  San José ama a los pecadores y convierte aun a los más obstinados y rebeldes.

Las Glorias de San José
R.P. José María Vilaseca

TRES DIAS DE TINIEBLAS: SAN GASPAR


FUENTE

"La destrucción de los perseguidores de la Iglesia durante los tres días de tinieblas egipcíacas, declarando que los que veneran la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, serán salvos de esta catástrofe. Aquel que sobreviva a los tres días de tinieblas y espanto, se verá a sí mismo como solo en la tierra, porque de hecho el mundo estará cubierto de cadáveres. El mundo no ha visto nada semejante desde los días del diluvio".

San Gaspar de Búfalo, sacerdote italiano (1786-1837), fundador de los Misioneros de la Preciosísima Sangre. Nacido en Roma de padres muy cristianos. Alumno de los PP. Escolapios. El 31-7-1808 recibió las órdenes sacerdotales y con celo inusitado se dedicó a la conversión de los pobres pecadores. A las amenazas de Napoleón, cuando se anexionó los Estados Pontificios e impuso el exilio al Papa, exigiendo el juramento de fidelidad al tirano usurpador, se opuso con toda resolución y durante cinco años fue llevado de cárcel en cárcel hasta la caída del Emperador despótico de Europa. Al regresar de su destierro Pío VII le nombró Misionero Apostólico. El 15-8-1815 fundó la Congregación de Misioneros de la Preciosísima Sangre. Durante 22 años recorrió todas las poblaciones de los Estados Pontificios, consiguiendo grandes y ruidosas conversiones. Los enemigos de la Iglesia, masones y revolucionarios le persiguieron con saña, por medio de calumnias y amenazas de muerte. Murió a los 52 años en medio de una vida gastada en un profundo apostolado de amor a Jesucristo y a las almas. Fue canonizado en 1954 por el Papa Pío XII.

(Cf. San Gaspar de Búfalo, J de Librero, Cáceres 1958)

domingo, 17 de marzo de 2019

SAN JOSE EJEMPLO DE PACIENCIA Y RESIGNACIÓN



   AMOR DE SAN JOSÉ A LAS ALMAS ATRIBULADAS

  La vida de San José fue una vida la más trabajosa y angustiada, y podemos decir que fue dado a los hombres como ejemplar de paciencia y resignación, y para alcanzarles además con su amor la cesación de sus penas o un aumento de gracia que les asegure la victoria.


  La vida de San José fue una vida de padecimientos, un tejido de penas  y un torrente de angustias que rodeándolo por todas partes le hizo merecer la gracia de ser especial protector de las almas atribuladas. Cuántas contradicciones las suyas, cuántos desprecios por parte de los hombres, cuántos trabajos conduciendo a María, cuántas marchas y contramarchas para conservar la vida de Jesús, cuántas inquietudes para proporcionar a la Sagrada Familia el necesario sustento.

  San José sufrió sin quejarse, sin murmurar y, poniendo la mano en su corazón, hacia los actos más heroicos de paciencia, manifestaba su alma completamente resignada, continuaba su vida de sacrificio, bendecía a la Providencia. Él emplea en favor de cuantos le invocan las gracias que están a su disposición, de he hecho les alcanza la gracia de que cesen los trabajos, o les da el valor de sobrellevarlos con el debido  mérito.             

viernes, 15 de marzo de 2019

El Catolicismo es la verdad absoluta (P. Garrigou-Lagrange)


El Catolicismo es la verdad absoluta (P. Garrigou-Lagrange)
Autor: Fray Cándido de «Sí, sí, No, no»
Extraído de la edición española de «Sí, sí; No, no», año XXI, n. 224, marzo de 2011, pp. 1-3.
BIBLIA Y TRADICION
Fray Réginald Marie Garrigou-Lagrange, O.P.
Mientras que los modernistas, incluso después de la condena de la encíclica Pascendi (1907) del gran Papa san Pío X, seguían intrigando en secreto para subvertir el credo católico, la ley de Dios, la liturgia y la disciplina eclesiástica, la Iglesia Católica, en cambio, tuvo todavía grandes teólogos en el siglo XX, que ilustraron y defendieron su santa tradición. Uno de éstos vio la luz el 21 de febrero de 1877, en Auch en Gascogne (Francia). Vástago de una ilustre familia, los suyos lo llamaron Gontran. Se reveló en seguida como inteligentísimo, con una sed de conocimiento que le salía por los ojos y le empujaba, siendo aún niño, a lecturas arduas, incluso de las obras nada fáciles de san Juan de la Cruz.

Una vez completados los estudios superiores se inscribió en la universidad para estudiar medicina. Se acercaba, con todo, “la hora de Dios”.
Iluminación
«Cuando en 1897, a la edad de veinte años –escribió-, cursaba yo estudios de medicina en Burdeos, leí un libro de Ernest Hello, L’uomo e il suo bisogno di Dio [“El hombre y su necesidad de Dios”]. Durante aquella lectura vi o entreví, en un instante, que la doctrina de la Iglesia católica es la verdad absoluta sobre Dios, su vida íntima, el hombre, su origen, su destino sobrenatural. Vi, en un abrir y cerrar de ojos, que no era sólo una verdad relativa al estado actual de nuestros conocimientos, sino la verdad absoluta que no pasará y que se manifestará cada vez más elevada en su esplendor hasta que veamos a Dios directamente, facie ad fsciam [cara a cara]. Un rayo de luz me aclaró la afirmación de nuestro Salvador: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt XXIV, 35)».

Gontran vivió así el acontecimiento central de su vida: si Jesucristo era la verdad absoluta, no una opinión, ni un maestro como hay tantos, sólo restaba seguirlo con una entrega total, o mejor dicho, consumirse por él. Imbuido de esta certeza, el joven dejó estudios y prometida y entró como novicio en la orden dominicana, en el convento de Amiens, donde, vestido con el hábito blanco, tomó el nombre de Fray Reginaldo, igual que el más instruido de los primeros discípulos de Sto. Domingo de Guzmán.
Fray Réginald Garrigou-Lagrange realizó, en Flavigny y en Gante, estudios serios y solidísimos sobre la Summa de Sto. Tomás y sus comentarios bajo la guía de padres doctos y austeros. El 30 de abril de 1900 hizo su profesión solemne. El 28 de septiembre de 1902 se ordenó de sacerdote a los veinticinco años de edad.

Lo enviaron en 1904 a la Sorbona de París a que se licenciara en filosofía y letras. Allí, aunque conoció a hombres famosos como Bergson y Maritain, le fastidiaba el tener que consagrar demasiado tiempo a investigar sobre temas literarios profanos: no ambicionaba ser un esteta; tan sólo deseaba ser un sacerdote y maestro de la verdad. Por eso enseñará historia de la filosofía ya en 1905, e impartirá clases de teología dogmática en 1906, en Le Saulchoir, en Bélgica. Pero se trataba nada más que de la preparación para la luminosa misión que le esperaba.
En la cátedra
El 8 de septiembre de 1907, el papa san Pío X condenó el modernismo, “cloaca de todas las herejías”, con la encíclica Pascendi (y, algunas semanas antes, en el decreto Lamentabili). El padre Jacinto Cormier, maestro general de los dominicos (hoy beato), acababa de fundar en Roma el colegio internacional Angelicum para la enseñanza y defensa de la verdad del catolicismo.

En 1909 el padre Réginald Garrigou-Lagrange fue llamado a Roma para que ejerciera la docencia. Teólogo profundo y seguro pese a sus verdes treinta años, fue, por más de medio siglo, un profesor cada vez más prestigioso, que enseñaba metafísica, teología fundamental y varios tratados de teología dogmática. Fundó en 1917 la cátedra de ascética y mística, en la que él mismo enseñaría hasta 1959, a causa de la fascinación que sentía por un hermano suyo de hábito, el padre Juan Arintero (1860-1928), místico e investigador de la teología mística de Sto. Tomás de Aquino.
Estudiaba a fondo, rezaba y contemplaba a Dios, y de la sobreabundancia de su contemplación nacía, como óptimo dominico que era y seguidor de las huellas del santo fundador de su orden y del maestro Tomás de Aquino, lo que el padre Garrigou-Lagrange enseñaba, predicaba y escribía; realizaba de ese modo en sí mismo el lema de la orden a la que pertenecía: contemplare et comtemplata aliis tradere (“contemplar y transmitir a otros lo contemplado”). Por eso trabajaba con pasión y método, sin perder ni un instante de tiempo siquiera: todo por la verdad, todo por Jesús-verdad.
En el centro de su existencia figuraba cada día el santo sacrificio de la misa y el rezo del breviario, “anhelo ardiente y preocupación cotidiana de su corazón Sacerdotal”: vivía de Jesús y en Jesús, en una unión intensísima que lo hacía feliz, afable, laborioso y fuerte como una roca.
Era fiel al rezo coral en compañía de sus hermanos de hábito, aunque se hallaba dispensado del mismo por su labor de profesor. Cada mañana, sentado en su puesto en el coro, cumplía su hora de meditación contemplando a Dios con la mirada vuelta hacia el sagrario, donde se hallaba su único amor.
Metafísico y teólogo doctísimo, amaba a los pobres y a los pequeños con predilección singular; para ayudarles extendía la mano, como un mendigo ante reyes, presidentes y pontífices, con la sencillez de un niño. Era un director espiritual muy solicitado y amaba sobremanera a la Virgen, a la cual se había consagrado al estilo de la “perfecta esclavitud de amor” de San Luis María Grignon de Montfort; la honraba cada día con las tres partes del rosario, que era para él “escuela de contemplación” y “plegaria de adoración, alabanza, reparación e impetración: los mismos fines de la santa misa”.
Investigaba y proponía a los demás, escribiendo al respecto con altísima competencia, el ejemplo de niños muertos en olor de santidad, a los que consideraba «obras maestras de Jesús y la inocencia en persona, que interceden por nosotros ante Dios, a menudo hasta con la fuerza del martirio». Brillante por su doctrina y magisterio, era humilde en su vida y trato.
Considerando bien todo lo ya expuesto más arriba, fácilmente se comprenderá por qué la Iglesia exige que los futuros sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filosóficas según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico; pues por la experiencia de muchos siglos sabemos y bien que el método del Aquinatense se distingue por una singular excelencia. Pío XII, Humani Generis
Mas ¿para quién y para qué vivía el padre Garrigou-Lagrange? Para servir a la verdad, por la cual lo sacrificaba todo. Su vida era un servicio continuo a la verdad divina, que es Jesucristo, como lo había comprendido en la radiante “intuición” de sus veinte años. A eso se enderezaban sus veintitrés grandes obras y los seiscientos competentísimos artículos, que publicó entre 1904 y 1960.
Llegado a la madurez en el momento en que el modernismo, al separar el catolicismo de la revelación divina para disolverlo en la cambiante y voluble experiencia individual, destruía con el relativismo escéptico toda certeza relativa a la razón y la fe, el padre Garrigou-Lagrange reivindicó con todas sus fuerzas, para la razón, la capacidad de conocer a Dios en cuanto creador, y para la fe, la de alcanzar a Dios en sí mismo por medio de la revelación. Así trazó para los hombres de hoy el itinerario espiritual e intelectual que podía conducirlos a Dios y a la salvación de sus almas: es la misión que Jesucristo confía a todo sacerdote suyo, y que él vivió como teólogo y como docente.
Pero hoy, ¿quién se acuerda de ello?, ¿quién se afana por hallar un confesor y, una vez encontrado, lo sigue en lugar de mofarse de él?, ¿quién se sigue planteando el problema de la salvación de las almas?
Del ser a Dios
Su primera entrada en acción –véase la obra Il senso comune e la filosofía dell’essere (1909)- consistió en refutar el agnosticismo, al decir del cual no se puede conocer nada verdadero ni cierto, demostrando su carencia de fundamento; así corroboraba el valor objetivo y trascendente de los principios primeros de la razón, con los cuales el hombre conoce la verdad primera mediante lo real. Era la primera gran lección de Sto. Tomás, o mejor dicho, de la “filosofía del ser”: sin la certeza de que alcanzamos la realidad con nuestra razón, aunque sea de manera limitada, no podríamos nunca decir nada seguro sobre Dios, ni siquiera sobre el Dios que Jesucristo nos reveló. Los principios primeros con los que se estructura el conocimiento humano son las leyes, no sólo del pensamiento, sino, además, de la realidad ontológica de las cosas: es la condición inexcusable, incluso para la Iglesia, de todo verdadero razonamiento relativo a Dios.
La segunda entrada en acción de Garrigou-Lagrange estribó en resolver el problema del conocimiento natural de la existencia de Dios y de su naturaleza. En 1910, en el denso artículo sobre “Dios” que escribió para el Dictionnaire Apologétique, demolía de manera irrefutable la tesis kantiana según la cual era imposible conocer a Dios, y demostraba que sin Dios no podía fundamentarse ley moral alguna, por lo que el hombre caería presa de sí propio, de su egoísmo, de su prepotencia y de su desesperación. Dicha demostración la repitió y desarrolló en 1914, en la obra gigantesca Dios, su existencia y su naturaleza.

He aquí cómo Garrigou-Lagrange nos ayudaba a dar el tercer paso. Para los modernistas de su tiempo (y para los más peligrosos y más pérfidos de hoy), las “verdades reveladas” eran sólo la expresión humana de una experiencia de Dios vivida por la conciencia subjetiva, para la cual no existe ninguna verdad absoluta y eterna, ni dogma ni ley moral objetiva (“hago lo que me gusta y lo que me da la gana”). Esto no será ya el catolicismo, sino otra religión –la de los modernistas-, o mejor dicho, era la disolución de todo, como lo reconocería en 1950, con lágrimas en los ojos, el venerable santo padre Pío XII: “Así no queda ya nada de la verdad”.
En 1918, el padre Garrigou-Lagrange ratificó, con la obra De revelatione per Ecclesiam propósito, la existencia de una revelación objetiva por parte de Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, cuyo vértice es Jesucristo, y también que dicha revelación propone no sólo verdades accesibles de suyo a la razón humana, sino, sobre todo, verdades de origen sobrenatural, no accesibles directamente a la razón, las cuales hemos de creer en fuerza de la autoridad de Dios revelador. Creer no es algo facultativo, ni tampoco se cree “por un salto en la oscuridad” por parte de la inteligencia, sino que se cree porque a Dios, creador y Señor que se revela, el hombre le debe obediencia de la fe, y porque Dios mismo le suministra a la razón pruebas para creer. De ahí que el creer sea obligatorio y racional.

La formulación dogmática de la Iglesia, explicaba Garrigou-Lagrange, presenta las mismas verdades reveladas por Dios, y no se halla sujeta a los cambios del progreso científico y filosófico porque expresa la verdad divina inmutable y eterna. Todo hombre, de cualquier lugar y tiempo que se considere, podrá aprehenderla con la gracia de Dios, que nunca falta a quien la busca, porque la inteligencia, que está esencialmente constituida para aprehender el ser, para conocer la verdad, no deja nunca de ser la misma. El dogma es estable porque está anclado en la verdad de Dios e interpela a la inteligencia humana directamente, más allá de las mudanzas de la ciencia y de la filosofía.
Por eso la teología no es presentación sistemática de la experiencia religiosa subjetiva, como decían los modernistas, entre otras razones porque, si fuera así, el “creyente” no amaría al Dios real y verdadero, sino que en el fondo se amaría sólo a sí mismo. Para vivir la caridad para con Dios y con el prójimo, caridad constitutiva de la misma vida cristiana, es menester que se arraigue en la verdad revelada por Dios y profesada por la fe. La sobrenaturalidad de la fe es necesaria e indispensable para la vida cristiana auténtica: no hay verdadera caridad sin fe.
«La gracia, semilla de la gloria»
Una vez llegado a este punto, se le da al creyente, en virtud del don de sabiduría del Espíritu Santo y a la luz de su inspiración, el gustar y el experimentar las realidades divinas en el centro del alma. Este Dios, objeto de experiencia íntima, no es el Dios incognoscible o desconocido de los modernistas, sino que es el Dios de la fe, cuya sublime verdad guía esta experiencia. A través de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros por medio de la gracia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven y manifiestan su presencia en nuestro propio centro: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.» (Jn. XIV, 23).

Así se pasa de la sabiduría metafísica (capacidad de la inteligencia de conocer el ser y llegar a Dios) a la sabiduría teológica (que se funda en la fe divina y tiene por objeto la comprensión de las verdades reveladas por Dios y la profundización en las mismas) y, por último, a la sabiduría mística infusa, don del Espíritu Santo, por la cual los santos conocen a Dios de modo inefable en esta vida.
De todo este itinerario único –verdadero itinerarium mentis in Deum-, conducente al perfecto conocimiento de Dios, fue un maestro el padre Garrigou-Lagrange con las obras citadas más arriba y, finalmente, con la obra maestra Las tres edades de la vida interior, preludio de la del cielo. Tratado de teología ascética y mística (París, 1938), que escribió en la fidelidad plena a la verdad absoluta y eterna cual la enseña la Iglesia católica y a la zaga de las huellas de Sto. Tomás de Aquino, pues estaba convencido, con razón, de que seguir la doctrina de éste era la única manera de resolver los problemas suscitados por la cultura contemporánea.
si aun en el campo filosófico, todos mirasen con la debida reverencia al Magisterio de la Iglesia, la cual por divina institución tiene la misión no sólo de custodiar e interpretar el depósito de la verdad revelada, sino también vigilar sobre las mismas disciplinas filosóficas para qué los dogmas no puedan recibir daño alguno de las opiniones no rectas. Pío XII, Humani Generis.

La Iglesia reconoció y honró la rectitud y competencia del padre Garrigou-Lagrange: los pontífices Benedicto XV, Pío XI y Pío XII recurrieron a menudo a sus luces para pronunciarse sobre graves problemas doctrinales. Desempeñó un papel fundamental en la redacción de la encíclica Humani generis (12 de agosto de 1950) del venerable Pío XII, altísimo faro de luz en pleno centro del siglo XX, en la que el Papa condenaba los gravísimos errores de la “teología nueva” (que disolvía el catolicismo, como ya vimos) y refrendaba la verdad del credo católico. ¿Quién mejor que el padre Garrigou-Lagrange (y que otros teólogos de su mismo cuño) para colaborar con el Papa en aras de ese servicio indispensable den defensa de la verdad?

Filósofo, teólogo, místico, verdadero hombre de Dios, guía de millares de almas, se retiró al término de su actividad académica en 1960, al convento de Santa Sabina, que el propio Sto. Domingo había fundado en Roma, en el Aventino. Vino el dolor a visitarlo, mas el padre Réginald era un sol en el fulgor del ocaso. Configurado con Jesucristo crucificado, “el libro que contiene toda la verdad”, vivía ya en la luz, que se dilató “sin límites”, en derredor suyo, el 15 de febrero de 1964, en el encuentro definitivo con el Hacedor.
Respondió fielmente a la vocación singular que Dios le había hecho sentir cuando, a los veinte años de edad, era un estudiante enamorado de la verdad, el bien y la belleza. Como lo consignó en la misma página que empezamos a citar al comienzo:
«Comprendí entonces que esa verdad absoluta debía fructificar como el grano de trigo… Si bien la germinación natural es ya algo espléndido, ¿qué pensar de la germinación de la vida eterna cuando la gracia bautismal, que es su germen, produce el treinta, el sesenta y aun el ciento por uno en el alma de un Santo Domingo, de un San Vicente de Paúl, de un santo cura de Ars? Gratia est semen gloriae! La vida de la gracia en nuestra alma es la vida eterna incoada. Se echa de ver cada vez mejor la importancia de una vocación sacerdotal, sobre todo cuando se responde de veras a ella. La Iglesia, en efecto, cultiva la gracia en las almas a fin de prepararlas para la vida eterna. Por eso la Iglesia, la verdadera Iglesia de Cristo, necesita sacerdotes, teólogos, directores espirituales que sean almas de profunda oración. Así fue como yo vislumbré, a la edad de veinte años, la importancia de la vocación sacerdotal».

A tamaño hombre de Dios nadie debe reprocharle (como algunos, auténticos necios, hacen hoy) que no se adelantara a los tiempos y no dijera cosas nuevas, porque la verdadera sabiduría no estriba en hallar “novedades” que confundan y destruyan juntamente la verdad y las almas –como demasiada gente hace hoy-, sino en conocer y adherirse cada vez más intensamente a la verdad una y eterna como a Dios mismo, y en anunciarla en su esplendor. Por esto, mientras los novadores pasan como el humo que se disipa, quien busque la verdad puede aún enriquecerse de luz leyendo a Garrigou-Lagrange, uno de los mayores maestros de nuestro tiempo en la escuela eterna de Jesucristo, maestro único y sólo salvador.
Fray Cándido.