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lunes, 29 de agosto de 2016

No hay sufrimiento más que en la vacilación en aceptar la Cruz



  El sufrimiento, la prueba, la cruz, forman la espléndida gradación de los dolores humanos.

  El sufrimiento siempre será odioso a la naturaleza. El hecho de sufrir, aislado en sí  mismo, siempre será odioso, bárbaro,  y cruel. Desgraciado aquel cuyo corazón no ve en él nada más y sufre a solas con su dolor como un verdugo. No hay en la tierra desolación más desgarradora que este suplicio solitario e inútil. El lenguaje cristiano emplea otro término. Más que sufrimiento se complace en llamarlo prueba. Si el hombre que sufre en su corazón o en sus miembros se sabe sometido a una prueba, ya no está tan espantosamente solitario en su mal. Alguien le mira, inclinado sobre él, alguien que espía las reacciones de su alma. Y este testigo atento no le mira despiadado, pues es Dios, el más amante y compasivo de los padres… Entonces el sufrimiento mismo, en lugar de corroer el alma y atormentarla inútilmente, toma un sentido, un valor, una razón magnífica: debe probar a Dios la virtud del hombre. Sufrir no es, pues, tan cruelmente estéril. El alma está en prueba… Y el valor le sube al corazón, porque el pobre ha aprendido, como luminosamente dirá San Agustín, a no perder la utilidad de su sufrimiento.

  La prueba aceptada eleva, pues, el alma, muy por encima del sufrimiento inhumano, a un  mundo trascendente en que el dolor encuentra, al parecer, su más alta perfección.

  Desde que el divino Maestro ha enseñado al hombre que debe llevar su cruz todos los días sobre los hombros, sobre todo desde que Él llevó la suya, la lengua cristiana, más que de la prueba, hablará de la cruz. Con esta palabra audaz y sagrada, traspasa, transfigura el pobre sufrimiento humano, lo diviniza uniéndolo al del Hombre-Dios. Propiamente hablando, el cristiano no sufre, lleva su cruz; se inmola voluntariamente con Jesús; no se resigna a sufrir, se crucifica con corazón grande junto con el Salvador. Una palabra basta para recordar al hombre que puede cambiar su eterna queja en una ofrenda de amor perfecto.

  Cuando por fin pronuncia su “Fiat” y consiente en el sacrificio, franquea la frontera del sufrimiento, y penetra en una paz repentina. No ha acabado aún de aceptar la cruz, y ya se siente extrañamente feliz. No ha rechazado su carga: al contrario, la ha cogido en lo que tiene de más crucificante. El enfermo continuará padeciendo en sus pobres miembros, pero se ha desvanecido la amargura de su dolor.“Sobreabundo de gozo en todas mis penas”,exclamaba San Pablo. Sólo la gracia que irradia la cruz puede crear esa incomprensible simultaneidad de dolor y la dicha. Cuántas personas martirizadas por la enfermedad, o desoladas por el luto, o perseguidas por la malicia de los hombres, han podido declarar con toda sinceridad: sufro, pero experimento, a pesar de todo, una alegría que me ilumina.  Me siento feliz y no quisiera cambiar mi suerte… Vemos así cumplirse a diario la promesa misteriosa que hizo Jesús a los suyos:“Os contristaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”.

Hay que aceptar la cruz, lo que implica que nos la ofrecen y que Jesús mismo nos la propone mirándonos a los ojos. Porque ninguna cruz se nos presenta por casualidad y sola. Consoladora visión: siempre que tengamos que cargar nuestras espaldas, estará presente Jesús, como lo está cuando luchamos y cuando vacilamos, ¡ay! en aceptarla.

  Todo cristiano está, pues, llamado a reconocerse en Simón de Cirene, el desconocido que se inmortalizó en la quinta estación del Via-Crucis. Aquel extranjero, indiferente al movimiento que agitaba las calles de Jerusalén, volvía del campo, cuando la comitiva salía de la ciudad. ¿Habrá que creer que en aquel momento acababa de desfallecer el Salvador? Sea lo que fuere, el centurión comprendió que el condenado no tendría ya fuerza para llevar su carga hasta el término. Por eso, requirió del transeúnte que cargara con la cruz. Simón no conocía a Jesús. Protestó contra esta contrata injusta que se añadía a la fatiga de su trabajo. El evangelista deja entender que fue preciso imponerle la orden. Aun bajo los ojos del divino Maestro, aquel desdichado se negaba, resistía, se indignaba; por fin hubo de agacharse, coger la cruz y llevarla; pero ¡era la cruz de Jesús!... ¡Oh bienaventurado Simón! Porque consintió, aunque protestando por ignorancia, sentía en su alma una profunda revolución. Rebelde e irritado hace un momento, se siente invadir por una paz milagrosa. Tras de algunos pasos llevaba la cruz con compasión para el condenado, luego aun con alegría. Cuando llegó, seguido del Salvador, a la cima del Calvario, el Cirineo era un santo y el precursor de cuantos luego llevarían la cruz del Señor.

  San Pablo ha afirmado que Dios no permite las tentaciones, o las tribulaciones, sino en proporción con nuestras fuerzas. Hay un bello proverbio popular que dice: Dios da el frío conforme la ropa.

  La experiencia habrá podido enseñarnos que muchos sacrificios ante los que nos encabritamos, sólo se nos piden en perspectiva. Dios no tiene intención de imponérnoslos de hecho; mas, para que podamos evaluar nuestra virtud, nos presenta como próximos. Entonces nos trata como trató a Abraham , a quien ordenó la inmolación inmediata de su hijo, reservándose el detener su ejecución en el momento supremo. El pobre padre no podía preveer este viraje del último minuto; y consumó en su desgarrado corazón un sacrificio que creía total. Pero bien pronto el gozo de su liberación se vio duplicado con el mérito de una obediencia heroica. Cuando, pues, se nos vaya a pedir un sacrificio, en vez de protestar contra la Providencia, en vez de amedrentarnos, en vez de atormentarnos en la vacilación, aceptémoslo en un puro impulso de sumisión. Muchas veces ocurrirá que Dios nos pedía el sacrificio  de Abraham… Pero si el golpe se nos debe asestar, santamente preparados como estaremos, nos herirá con menos fuerza.

  Quizás nos hemos hecho desconfiados porque, habiéndonos ofrecido a Dios en un momento de fervor, la desgracia no se ha hecho esperar. Esta desgracia la veía Dios abalanzarse inevitablemente sobre nosotros, empujada por el juego de las causas segundas. Unos días, una horas más, y nos veríamos de pronto heridos, desbaratados y quizá trastornados por lo repentino del golpe. Y entonces, Dios, que nos ama, nos concede una gracia especial. Para disponernos a la prueba, oculta aún, pero inminente,  nos inspira el pensamiento de aceptar de su mano cuantas penas sobrevengan. Nosotros respondemos a la invitación de la gracia. Así creemos tomar la iniciativa de un ofrecimiento generoso, y aun ganamos mérito con ello. En realidad, es Dios quien paternalmente nos abre el corazón a un sacrificio que la vida está a punto de imponernos…

  Si queremos no vacilar ya en aceptar la cruz, no debemos esperar, para decidirnos, la hora difícil y probablemente imprevista, en que se nos ha de presentar. Cuando de pronto llegue a levantársenos en el camino, no debe sorprendernos y espantarnos, sino aparecérsenos como una amiga muy conocida y querida. Como la saludó San Andrés cuando fue conducido a un duro martirio. En cuanto divisó la cruz que le esperaba, el Santo Apóstol se detuvo, tendió hacia ella los brazos y exclamó: “¡Oh cruz buena, largo tiempo deseada, ardientemente amada,  sin cesar buscada, y por fin preparada a mi deseoso corazón! Recógeme de las manos de los hombres y devuélveme a mi maestro…”.

  Pocos cristianos se creerán llamados a una virtud tan consumada. Se equivocarían, Andrés se muestra aquí en el más puro espíritu del cristianismo: amar, desear, buscar la cruz de Jesús. Lo que más nos falta es esa larga y habitual generosidad de sentimientos en que se había mantenido el santo mártir.

  Si aceptamos cada una de las pequeñas cruces que la Providencia coloca en nuestro camino; si acogemos los sacrificios menudos que olvidamos en el minuto siguiente, pero que quedan archivados en la memoria eterna de Dios; si estamos prontos a entrar en las menores pruebas, aprenderemos poco a poco a amar la cruz. Cuando por fin se la ama, no se vacila en cargarla, y toda la aspereza del sufrimiento se desvanece de la vida.

El Cristiano ante la Providencia

Sermón Padre Ruíz 15o Dom desp de Pentecostés (2016 08 28)





FIDELIDAD CATÓLICA MEXICANA

miércoles, 24 de agosto de 2016

LA ÚLTIMA ENTREVISTA PÚBLICA DE SOR LUCÍA




Por el Padre Joaquín María Alonso, C. M. F. - Archivero oficial de Fátima.

El Padre Augustín Fuentes, sacerdote mejicano nombrado vicepostulador de las causas de beatificación de Francisco y Jacinta, tuvo una conversación con Sor Lucía el día 26 de diciembre de 1957. Vuelto a Méjico, el día 22 de mayo de 1958 dió una conferencia en la Casa Madre de las Misioneras del Sagrado Corazón, y habló de esta entrevista. Poseemos dos textos "auténticos" de esa conferencia, uno en español y otro en inglés, (una traducción abreviada del texto en español), esencialmente idéntica al primero. 



Aquí presentamos el texto original, español, de las "Declaraciones de Sor Lucía al Padre Agustín Fuentes". - Imprimatur a este texto del Padre A. Fuentes de S.E.R. Arzobispo Mons. Sánchez de Santa Cruz, Méjico.

(Estas DECLARACIONES al Padre Agustín Fuentes, investigador oficial, postulador, del Vaticano en la causa de beatificación de Francisco y Jacinta, están reconocidas por S. S. Pío XII, y fueron publicadas en su día con licencia eclesiástica (imprimatur), en la revista "Fátima Findlings" -Junio de 1959, y en el "Messaggero dell Cuore di Maria." -Septiembre de 1961, entre muchas otras.)

Se habla en las declaraciones de un mensaje recibido «de los labios mismos» de la vidente de Fátima:


«Quiero contaros la última conversación que tuve con ella, que fué el 26 de diciembre del año pasado: La encontré en su convento muy triste, pálida y demacrada; y me dijo: "Padre, la Santísima Virgen está muy triste, porque nadie hace caso a su Mensaje, ni los buenos ni los malos. Los buenos, porque prosiguen su camino de bondad; pero sin hacer caso a este mensaje.

Los malos, porque no viendo el castigo de Dios, actualmente sobre ellos, a causa de sus pecados, prosiguen también su camino de maldad, sin hacer caso a este Mensaje. Pero, créame Padre, Dios va a castigar al mundo y lo va a castigar de una manera tremenda.


El castigo del cielo es inminente. ¿Qué falta, Padre, para 1960; y qué sucederá entonces? Será una cosa muy triste para todos; y no una cosa alegre si antes el mundo no hace oración y penitencia. No puedo detallar más, ya que es aún secreto que, por voluntad de la Santísima Virgen, solamente pudieran saberlo tanto el Santo Padre como el señor Obispo de Fátima.»


«Ambos no han querido saberlo para no influenciarse. Es la tercera parte del Mensaje de Nuestra Señora, (TERCER SECRETO), que aún permanece secreto hasta esa fecha de 1960. Dígales, Padre, que la Santísima Virgen, repetidas veces, tanto a mis primos Francisco y Jacinta, como a mí, nos dijo, que muchas naciones de la tierra desaparecerán sobre la faz de la misma, que Rusia sería el instrumento del castigo del Cielo para todo el mundo, si antes no alcanzábamos la conversión de esa pobrecita Nación (...).»


Sor Lucía me decía también:
Padre, el demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen; y como sabe qué es lo que más ofende a Dios y lo que, en menos tiempo, le hará ganar mayor número de almas, está tratando de ganar a las almas consagradas a Dios, ya que de esta manera también deja el campo de las almas desamparado, y (el demonio) más fácilmente se apodera de ellas.»

«Dígales también, Padre, que mis primos Francisco y Jacinta se sacrificaron porque vieron siempre a la Santísima Virgen muy triste en todas sus apariciones. Nunca se sonrió con nosotros, y esa tristeza y angustia que notábamos en la Santísima Virgen, a causa de las ofensas a Dios y de los castigos que amenazaban a los pecadores, nos llegaban al alma; y no sabíamos qué idear para encontrar en nuestra imaginación infantil medios para hacer oración y sacrificio (...).


Lo segundo que santificó a los niños fue la visión del infierno (...). Por esto, Padre, no es mi misión indicarle al mundo los castigos materiales que ciertamente vendrán sobre la tierra si el mundo antes no hace oración y penitencia. No. Mi misión es indicarles a todos el inminente peligro en que estamos de perder para siempre nuestra alma si seguimos aferrados al pecado.»

«Padre —me decía Sor Lucía—, no esperemos que venga de Roma una llamada a la penitencia, de parte del Santo Padre, para todo el mundo; ni esperemos tampoco que venga de parte de los señores Obispos cada uno en su diócesis; ni siquiera tampoco de parte de las Congregaciones Religiosas. No; ya Nuestro Señor usó muchas veces estos medios, y el mundo no le ha hecho caso.

Por eso, ahora que cada uno de nosotros comience por sí mismo su reforma espiritual; que tiene que salvar no sólo su alma, sino salvar a todas las almas que Dios ha puesto en su camino... Padre, la Santísima Virgen no me dijo que nos encontramos en los ULTIMOS TIEMPOS del mundo, pero me lo dió a demostrar por tres motivos:

El primero, porque me dijo que el demonio está librando una batalla decisiva con la Virgen y una batalla decisiva, es una batalla final en donde se va a saber de qué partido es la victoria, de qué partido es la derrota. Así que ahora, o somos de Dios, o somos del demonio; no hay término medio.
Lo segundo, porque me dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo; el Santo Rosario y la devoción al Inmaculado Corazón de María. Y, al ser los últimos remedios, quiere decir que son los últimos, que ya no va a haber otros.

Y tercero, porque siempre en los planos de la Divina Providencia, cuando Dios va a castigar al mundo, agota antes todos los demás medios; y cuando ha visto que el mundo no le ha hecho caso a ninguno de ellos, entonces, como si dijéramos a nuestro modo imperfecto de hablar, nos presenta con cierto temor el último medio de salvación, su Santísima Madre.

Si despreciamos y rechazamos este último medio, ya no tendremos perdón del cielo; porque hemos cometido un pecado, que en el Evangelio suele llamarse pecado contra el Espíritu Santo; que consiste en rechazar abiertamente, con todo conocimiento y voluntad, la salvación que se presenta en las manos.

Y también porque Nuestro Señor es muy buen hijo... y no permite que ofendamos y despreciemos a su Santísima Madre, teniendo como testimonio patente la historia de varios siglos de la Iglesia que, con ejemplos terribles, nos indica cómo Nuestro Señor siempre ha salido en defensa del honor de su Santísima Madre.»

«Dos son los medios para salvar al mundo, me decía Sor Lucía de Jesús: la oración y el sacrificio (...) Y luego, el Santo Rosario. Mire Padre, la Santísima Virgen, en estos ULTIMOS TIEMPOS en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, sea temporal o sobre todo espiritual, que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros; o a la vida de nuestras familias, sean familias del mundo o Comunidades Religiosas; o la vida de los pueblos y naciones.

No hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario.

Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Y luego, la devoción al Corazón Inmaculado de María, Santísima Madre, poniéndonosla como sede de la clemencia, de la bondad y el perdón; y como puerta segura para entrar al cielo. Esta es la primera parte del Mensaje referente a Nuestra Señora de Fátima; y la segunda parte, que, aunque es más breve, no es menos importante, se refiere al Santo Padre.

lunes, 22 de agosto de 2016

Sermón Padre Ruíz Solemnidad de la Fiesta del Cor Inmaculado de María





FIDELIDAD CATÓLICA MEXICANA

EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 

Mira a tu Madre; no olvides que es la Madre de Dios también. ¿Qué corazón habrá puesto en Ella? ¿Qué corazón le hubieras dado tú, si de ti hubiera dependido? De ti ciertamente que no dependió, pero sí de Dios. Si Él se lo dio ¿cómo sería? Y ¿cómo amaría este Corazón? Si tenía que amar a Dios y a los hombres con un amor sólo inferior al de Dios, ¿cómo sería el corazón que encerrara este amor?

   Sólo cuando entres de lleno en su Corazón, podrás comenzar a conocer a tu Madre. A la Virgen hay que entenderla, hay que conocerla en su Corazón. Cuanto más estudiemos su amor, más conoceremos a María. ¡Qué dulce es este pensamiento! ¡Qué dulcísima esta devoción! El mismo Dios así conoce también a la Virgen, así la aprecia y estima, por el amor de su Corazón.

   Y no solo a Ella, sino a todos los hombres. Los hombres nos conocemos mirándonos a la cara, y por eso tantas veces nos engañamos. ¡Somos todos tan hipócritas! ¡Qué maña nos damos para poner una cara y sentir otra cosa en nuestro interior! Pero, ¡ah!, a Dios no se le engaña. Dios no se fía de apariencias, no se fija en exterioridades, no nos mira a la cara, penetra hasta lo más íntimo del corazón, y allí, lee lo que somos.

   Mira a Dios, penetrando con esa mirada en el Corazón de María; ¿qué verá allí? ¿qué complacencia, qué gusto, qué satisfacción no encontrará en esa mirada? Y cuando mire a tu corazón, ¿qué sentirá? ¿gusto? ¿tedio? ¿repugnancia y asco?

   Pide al Señor un poco de esta luz, con la que Él penetra en tu interior y con esa luz divina trata de mirar al Corazón de tu Madre y después a tu propio corazón y al ver la diferencia, avergüénzate, pídele gracia para imitarla en algo, para parecerte en algo a Ella, para tener un corazón en todo semejante al suyo.

   Penetremos más en particular en los motivos que deben movernos a tener esta devoción tierna y encendida al Purísimo Corazón de la Santísima Virgen. Es el instrumento del que se valió el Espíritu Santo principalmente para la obra de la Encarnación. De aquel Purísimo e Inmaculado Corazón, brotó la sangre preciosísima de la que se formó el cuerpo sacrosanto y hasta  ¡el mismo Corazón Sacratísimo de Cristo! De allí tomó el Señor aquella sangre que había de ofrecer en la cruz por la salvación de la humanidad.

   Era aquel Corazón el centro y el foco de la vida de la Santísima Virgen; todos sus latidos y pulsaciones, todos sus más íntimos movimientos, participaron de los méritos incalculables que, en cada instante de su vida, mereció María.

   Recorre los pasos principales de esta vida y contempla a la vez al Corazón de la Santísima Virgen, ¡cómo se estremecería en la Anunciación cuando lanzó la sangre a colorear aquellas mejillas que se turbaron ante la presencia del Ángel y al escuchar sus palabras! ¡Qué emoción en la Noche Buena, cuando contempló el rostro de Jesús por primera vez! ¡Qué encogimiento y ahogo en los sobresaltos de la huída a Egipto! Y cuando el anciano Simeón le clavó aquella espada de dolor, ¡qué latidos tan apresurados no daría aquel Corazón! Y en la pérdida del Niño, y sobre todo en la Pasión y muerte de su Hijo! ¡Ah! Y cuántas veces se hubiera parado ese Corazón si Dios no la hubiera sostenido y a veces hasta llegando a echar mano milagrosamente de su omnipotencia para conservar una vida que, naturalmente, no se podía sostener!

   La devoción al Corazón Inmaculado de María es el mejor camino para llegar  al Divino Corazón de Jesús. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dice Jesús, para lanzarnos a Su Amor. Idénticas palabras podemos decir de la Virgen. Después del de Jesús, ningún Corazón nos ha amado como el de María.  Ningún Corazón nos ha enseñado a amar a Jesús como el de la Virgen. Ningún Corazón puede servirnos de modelo como el suyo.

   En esa queja amorosísima del Corazón de Jesús, en la que manifiesta lo que le hace sufrir el desamor y la ingratitud de los hombres, en esa queja, repito, entramos todos sin excepción.
   Pero mira, el Corazón de María no es así. Es el único en el que no pensaba al lanzar esa queja de amor. Jesús no tiene ninguna queja del  Corazón de Su Madre. ¡Qué gusto! ¡Qué satisfacción para nosotros mirar, estudiar, aprender ese modelo, para aprender con ese Corazón y por su medio, a amar al Corazón de Cristo!

   Tu corazón debe encerrarse en el de Jesús, luego debes encerrarle antes en el de tu Madre. La devoción, por tanto, al Corazón de Jesús, te exige una devoción tierna al Corazón de la Santísima Virgen María. Ésta es la voluntad de Dios.


   Suplica a la Santísima Virgen sea Ella tu perfecta Mediadora en esta entrega de tu corazón a Jesús. Dáselo primeramente a Ella, totalmente, seriamente, de una manera eficaz y permanente y dale libertad para que haga lo que crea más conveniente, hasta llegar a adaptar tu corazón al de Jesús, de suerte que sea semejante al suyo.

Meditaciones de la Santísima Virgen R. P. Rodríguez Villar

jueves, 18 de agosto de 2016

Del número de los pecados : PREPARACIÓN PARA LA MUERTE




 Si Dios castigase inmediatamente a quien le ofendiese, no se vería, sin duda, tan ultrajado, como se ve. Mas porque el Señor no puede castigar en seguida, sino que espera benignamente, los pecadores cobran ánimos para ofenderle más.

  Preciso es que entendamos que Dios espera y es pacientísimo, mas no para siempre; y es que es opinión de muchos Santos Padres que, así como Dios tiene determinado para cada hombre el número de días que ha de vivir y los dones de salud y de talento que ha de otorgarle (Sb., 11, 21), así también tiene contado y fijo el número de pecados que le ha de perdonar. Y COMPLETO ESE NÚMERO, NO PERDONA MÁS, dicen San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio, San Cirilo de Alejandría y otros.

  Y no hablaron sin fundamento estos Padres, sino basados en la divina Escritura.  Dice el Señor en uno de sus textos (Gn.,15,16), que dilataba la ruina de los amorreos porque aún no estaba completo el número de sus culpas. En otro lugar dice (Os.,1,6):  “No tendré en lo sucesivo misericordia de Israel. Me han tentado ya por diez veces. No verán la tierra”.  (Nm.,14,22-23). Y en el libro de Job se lee: “Tienes selladas como en un saquito mis culpas”. (Jb.,14,17).

  Los pecadores no llevan cuenta de sus delitos, pero Dios sabe llevarla para castigar cuando esté ya granada la mies, es decir, cuando está completo el número de pecados. Leemos en (Ecl.,5,5): “Del pecado perdonado no quieras estar sin miedo, ni añadas pecado sobre pecado”.

  O sea: preciso es, pecador, que tiembles aun de los pecados que ya te perdoné; porque si añadieres otro, podría ser que éste con aquéllos completen el número, y entonces no habrá misericordia para ti. Dios espera el día en que se colme la medida de los pecados, y después castiga.

  ¡Cuántos desdichados viven largos años en el pecado; mas apenas se completa el número, los arrebata la muerte y van a los infiernos. ¿Quién puede indagar el número de pecados que Dios querrá perdonarles?...

  Tengamos, pues, saludable temor. ¿Quién sabe, hermano mío, si después del primer ilícito deleite, o del primer mal pensamiento consentido, o nuevo pecado en que incurrieres, Dios te perdonará más?

  ¡Ah Dios mío! Os doy ferventísimas gracias. ¡Cuántas almas hay que, por menos pecados que los míos, están ahora en el infierno, y yo vivo aún fuera de aquella cárcel eterna, y aún con la esperanza de alcanzar, si quiero, perdón y gloria!... Sí, Dios mío; deseo ser perdonado. Me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, porque injurié a vuestra infinita bondad.

  Mirad, Eterno Padre, a vuestro divino Hijo muerto en la cruz por mí (Sal. 83,10), y por sus merecimientos tened misericordia de mi alma. Propongo antes morir que ofenderos más. Debo temer, sin duda que, si después de los pecados que he cometido y de las gracias que me habéis otorgado, añadiese una  nueva culpa, colmaríase la medida y sería justamente condenado…Ayudadme, pues, con vuestra gracia, que de Vos espero luces y fuerzas para seros fiel. Y si previereis que he de volver a ofenderos, enviadme la muerte antes que pierda vuestra gracia.

  Os amo, Dios mío, sobre todas las cosas, y temo más que el morir verme otra vez apartado de Vos. No lo permitáis por piedad…
  María, Madre mía, alcanzadme la santa perseverancia.

Preparación para la muerte
  San Alfonso María de Ligorio