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miércoles, 26 de abril de 2017

LA INTOLERANCIA DOCTRINAL (Sermón del Cardenal Pie en la Catedral de Chartres)



NdB. Sermón del Cardenal Pie, sin perder nada de su vigencia, esta dirigido a todos los sacerdotes  de la incorruptible verdad (sacerdotes de Cristo y de la Iglesia Católica) y a los fieles católicos.

Nos exhorta a defender la verdad en contra de la mentira. Evitar la fatiga de resistir, continuar la lucha para evitar las consecuencias de la imprudente debilidad. 

La concesión de mons Fellay y de la nueva FSSPX respecto al Vaticano II, nueva misa, aceptar levantamiento de excomuniones inexistentes y querer ser aceptados como católicos por quienes no lo son; son muestra de concesiones doctrinales y teológicas que la Iglesia Católica nunca haría. Abrid los ojos de una buena vez, no podemos servir a dos Señores. Fellay y sus seguidores atentan contra la Verdad Religiosa, la Verdad Religiosa proviene del cielo, no se puede transigir a la verdad (acuerdos prácticos). Esta flexibilidad en principios es propia del modernismo, que relativiza la verdad y la somete a la mentira. 

Los modernistas desde un principio han buscado la ruina de la Iglesia Católica, Fellay con sus acciones no se quedan atrás. Es necesario pues que los sacerdotes de Cristo, de la incorruptible Verdad levanten la poderosa voz de la Doctrina Católica y defiendan nuestra sacrosanta religión, nosotros fieles católicos bautizados en Cristo hagamos otro tanto. No provoquemos la ira de Dios, puesto que El ya lo ha dicho, si la sal pierde su sabor...  ya no sirve, sino para ser tirada y pisada.
¡Adelante Católicos Cristeros...!

“Unus Dominus, una fides, unum baptista” "No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (San Pablo a los Efesios, IV, 5) 


Un sabio ha dicho que las acciones del hombre son las hijas de su pensamiento, y nosotros mismos hemos comprobado que tanto los bienes como los males de una sociedad son fruto de los principios buenos o malos que ella profesa. 

La verdad en el espíritu y la virtud en el corazón son dos cosas que se corresponden casi puntualmente: cuando el espíritu se ha entregado al demonio de la mentira, el corazón — no obstante que el desorden no haya comenzado por él — está muy cerca de abandonarse al demonio del vicio.

La inteligencia y la voluntad son dos hermanas, entre las cuales la seducción es contagiosa: si ven que la primera se ha abandonado al error, corren un velo sobre la honra de la segunda. Y porque esto es así, mis hermanos, porque no existe ningún daño, ninguna lesión en el orden intelectual que no tenga consecuencias funestas en el orden moral y aún en el orden material, es que concedemos importancia a combatir el mal en su origen, a secarlo en su fuente, esto es, en sus ideas. 

Mil prejuicios se han popularizado entre nosotros: el sofisma, asombrado de sentirse atacar, invoca la prescripción; la paradoja se vanagloria de haber adquirido carta de nacionalidad y derechos de ciudadanía. 

Los mismos cristianos, viviendo en medio de esta atmósfera impura, no han evitado totalmente su contagio: aceptan demasiado fácilmente muchos de los errores. Fatigados de resistir en los puntos esenciales, a menudo cansados de luchar, ceden en otros puntos que les parecen menos importantes, y no advierten nunca — a veces porque no quieren percatarse — hasta dónde podrán ser llevados por su imprudente debilidad. 

 Entre esta confusión de ideas y de falsas opiniones nos toca a nosotros, sacerdotes de la incorruptible verdad, salir al paso y censurar con la acción y la palabra, satisfechos si la rígida inflexibilidad de nuestra enseñanza puede detener el desborde de la mentira, destronar principios erróneos que reinan orgullosamente en las inteligencias, corregir axiomas funestos admitidos ya por la convalidación del tiempo, esclarecer finalmente y purificar una sociedad que amenaza hundirse, que envejece en un caos de tinieblas y de desórdenes, donde no será ya posible distinguir la índole y, menos aún, el remedio de sus males. 

Nuestra época grita: “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!" Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante. Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante. 

Pero antes de entrar en materia, y para entendernos bien, distingamos las cosas, determinemos el sentido de las palabras y no confundamos nada. La tolerancia puede ser o civil o teológica. La primera no es de nuestra incumbencia, y yo me permito sólo una palabra al respecto: si la ley pretende decir que ella autoriza todas las religiones porque ante sus ojos todas ellas son igualmente buenas, o aun hasta porque el poder público es incompetente para tomar partido sobre este tema, la ley es impía y atea; ella profesa, no ya la tolerancia civil tal como vamos a definirla, sino la tole-rancia dogmática, y — por una neutralidad criminal — ella justifica en los individuos la indiferencia religiosa más absoluta. 

Por el contrario, si, aunque reconociendo que una sola religión es buena, ella tolera y permite el libre ejercicio de las otras, la ley en cuestión — como otros lo han observado antes que yo — puede ser sabia y necesaria, según las circunstancias. Si hay tiempos en que es necesario decir, con el famoso condestable: "Una fe, una ley“, habrá otros donde es preciso decir, como Fenelón a los hijos de Jacobo II: "Conceded a todos la tolerancia civil, aunque no aprobando todo como indiferente, sino sufriendo con paciencia lo que Dios sufre“. Pero dejo de lado este campo erizado de dificultades y, ateniéndome a la cuestión propiamente religiosa y teológica, expondré estos dos principios: 

1. La religión que viene del cielo es verdad, y ella es intolerante con las otras doctrinas. 
2. La religión que viene del cielo es caridad, y ella está llena de tolerancia hacia las personas.

Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio. Por eso, mis hermanos, por la necesidad misma de las cosas, la intolerancia es necesaria en todo, porque en todo hay bien y mal, verdad y falsedad, orden y desorden; en todas partes lo verdadero no soporta lo falso, el bien excluye el mal, el orden combate el desorden. ¿Qué más intolerante, por ejemplo, que esta proposición: “dos y dos son cuatro“? Si usted viene a decirme que dos y dos son tres, o que dos y dos son cinco, le responderé que dos y dos son cuatro. 

Y si usted me dijera que no impugna mi manera de contar, pero que mantiene la suya, y que me pide ser tan indulgente con usted como usted lo es conmigo, permaneciendo yo totalmente convencido de que tengo razón y que usted está equivocado, posiblemente yo me callare, en rigor, porque después de todo me importa muy poco que haya sobre la tierra un hombre para el que dos más dos sean tres o cinco. 

Sobre un cierto número de asuntos, donde la verdad fuera menos absoluta o las consecuencias fueran menos graves, yo podría hasta cierto punto transigir con usted. Seré conciliador si usted me habla de literatura, de política, de arte, de ciencias amenas, porque en todas estas cosas no hay un modelo único y determinado. Ahí lo bello y lo cierto son, más o menos, convenciones; y, por lo demás la herejía, en esta materia, no incurre en otros anatemas que los del sentido común y del buen gusto. 

Pero si se trata de la verdad religiosa, enseñada o revelada por Dios mismo; si va en ello vuestro destino eterno y el de la salvación de mi alma, por consiguiente ninguna transacción es posible. Me encontrareis inflexible, y debo serlo. Es condición de toda verdad el ser intolerante, pero siendo la verdad religiosa la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por lo tanto también la más intolerante y la más exclusivista. 

continuará...

 “Obras Sacerdotales del Cardenal Pie”, editorial religiosa H. Oudin, 1901, Tomo I pág. 356-377, y en español por ediciones Río Reconquista, año 2006 – Fraternidad Sacerdotal San Pío X)

lunes, 24 de abril de 2017

Sermón Padre Ruíz 1er Domingo después de Pascua (2017 04 23)





FIDELIDAD CATÓLICA MEXICANA

Sermón Padre Rafael Consagración a San José (CONTINUACIÓN)



La infinita confianza de Santa Gertrudis en Nuestro Señor





La confianza sin reserva de Santa Gertrudis en el Supremo, su confianza ilimitada y plena en la misericordia y en el amor de Dios, son clave para obtener la santidad.

Los Santos Padres siempre nos han enseñado que la medida de nuestra esperanza y confianza es la medida de las gracias que recibiremos del Cielo, porque es debido a nuestra confianza sin reserva en El, que Dios será más honrado y glorificado. Nada será negado a quien tenga una confianza ilimitada.

Nuestro Señor nos ha revelado: “Es imposible que alguien no reciba todo aquello en lo cual cree y está esperanzado en obtener… cuando los hombres esperan cosas grandiosas de mí, Yo siempre les daré más de lo que esperan.”

Santa Gertrudis tenía esta confianza ilimitada, la cual abre el corazón de Jesús, que es donde aguarda la misericordia infinita de Dios. Todos los dones que ella recibió se los atribuía a su confianza plena, e invitaba a todos a tener ésta confianza ilimitada en nuestro Salvador, para así recibir de Él inconmensurables gracias: “Todo lo que he recibido”, afirmaba ella, “se lo debo a la confianza que tengo en la generosidad de Dios.”

Oh si, Jesús es el tesoro infinito entregado por el Padre Eterno, puesto a disposición de todos, y es su supremo regocijo como Salvador distribuir sus dones a todo aquel que confíe en Él.

En muchas ocasiones le dijo a la Santa de la falta de confianza de los hombres. A aquel religioso que oró en vano para obtener un favor en particular, Jesús le reveló lo complacido que estaba con la confianza ilimitada que Gertrudis tenía en su bondad. “¿Por qué no te comportas como Gertrudis, mi virgen escogida?”, nuestro Señor le preguntó. “Se encuentra tan firmemente establecida en mi Providencia, que no hay nada que ella no desee desde la plenitud de mi gracia. Por lo tanto, no hay nada que yo le vaya a negar.”

Tendemos a desconfiar en Dios debido a que lo comparamos con nosotros mismos. Si solo nuestros corazones comprendieran que Jesús es todo amor, toda misericordia. Tiene tesoros de gracias para todos, pero pocos vienen para llevárselos por medio de esta dulce confianza.

Gertrudis ha recurrido a Jesús en todo, tal y como lo hiciera un niño pequeño que depende enteramente de su madre.

A sus ojos, nada era tan trivial que no pudiera ser recomendado a Él.

Por ejemplo, habiendo perdido una aguja en un pajar, le imploró a Nuestro Señor que se la encontrara. “Mi amado Jesús, en vano buscaría esta aguja, sería tiempo perdido. Te pido me la des tú mismo.” Al instante se encontró con la aguja entre sus dedos. Una y otra vez, Nuestro Señor alentó esta confianza tan preciada para Él.

“¿Jesús, que debo de hacer para que estas oraciones sean todavía más eficaces?”, Gertrudis le preguntó. Volteando hacia ella con su semblante lleno de dulzura, Nuestro Salvador le contestó, “¡La confianza por sí sola fácilmente obtiene todas las cosas!”

En alguna ocasión en que Gertrudis se encontraba aquejada por  tentaciones, imploró la ayuda Divina. Nuestro Señor, con su extraordinaria misericordia le habló: “Cualquiera que sufra por  tentaciones humanas  y que se cobije bajo mi protección, pertenecerá a aquellos de los cuales puedo decir: [Eres mi paloma, la elegida entre miles, aquella que traspasó mi corazón con solo una mirada.] Y esta confianza hiere mi corazón de manera tan profunda, que si fuera incapaz de aliviar esta alma, causaría una tristeza tal en mi Corazón que ni todo el regocijo del Cielo podría calmar…”

Aquella confianza donde verdaderamente tengo el poder, la sabiduría y la bondad para aliviar al alma de todas sus miserias, es la flecha que traspasa mi corazón, y causa tal violencia en mi amor, que nunca podría abandonarla a ella.”

sábado, 22 de abril de 2017

CREO ES TIEMPO DE REZAR AHORA




Dedicación de la Iglesia de Santa María en Cosmedin (Roma, Siglo VI) – Nuestra Señora de Bessières (Francia)

“Creo que es tiempo de rezar ahora”
En el día de Año Nuevo de 1953, una aeronave de Saint Kieran transportaba 25 pasajeros de Dublín, Irlanda a Birmingham, Inglaterra. Un poco antes del aterrizaje, los motores se detuvieron.
La aeromoza anunció con calma: “Le pedimos a todos los pasajeros que se abrochen sus cinturones”. Ella explicó la seriedad de la situación después se arrodilló en medio del pasillo diciendo : “Damas y caballeros, creo que es tiempo de rezar ahora”. Recitó el acto de contrición, después invocó a la Santísima Virgen María, pidiendo su ayuda  y comenzó a rezar el Rosario.
Mientras tanto, el piloto, cuyo avión estaba perdiendo altitud, buscó un lugar para aterrizar. Notó un campo arado el cual se veía un buen terreno para un aterrizaje forzado. Cuando el avión tocó el suelo con todo su peso, hizo un sonido como una explosión: la aeronave se había partido en dos.
Los primeros testigos que llegaron a la escena estaban pasmados al ver a los pasajeros ilesos saliendo del accidente. Sólo el piloto y el co-piloto estaban ligeramente lastimados. En cuanto a los pasajeros, estaban convencidos de que la Madre de Dios premió la confianza de la valiente aeromoza.
Ave María