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domingo, 11 de febrero de 2018

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA: Meditación


Aquello del Evangelio de hoy, aplicado al Cuerpo real y físico de Nuestro Señor: Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron sobre el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, puede muy bien ser adaptado a su Cuerpo Místico:

Sea con las enseñanzas de San Pablo a los Tesalonicenses:
Tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios.

Sea con lo escrito por el mismo San Pablo a su discípulo Timoteo:
Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.

Sea con los anuncios proféticos del Padre Emmanuel:
La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión.

Sea con los textos esclarecedores del Cardenal Pie:
A medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja.
No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra, es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.
Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.
La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final, irán consumándose de día en día.
La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.
Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: “se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos”.
La insolencia del mal llegará a su cima.

Insisto, Jesús quiere sanar la ceguera de los hijos del miedo… de aquellos que lo siguen con miedo, y no comprenden nada de todo esto, porque estas palabras les quedan ocultas y no entienden lo que les dice.

Todo lo aplicado al Cuerpo real y físico de Nuestro Señor puede muy bien ser adaptado a su Cuerpo Místico…
Igualmente, la vista restituida milagrosamente a Bartimeo puede ser aplicada como una imagen de la curación de los que, enceguecidos, no comprenden o no aceptan la situación actual de la sociedad y de la Iglesia.

Jesús se acercaba a Jericó, cuando un hombre ciego, que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna…, escuchando pasar el tropel de personas, se informó sobre qué era aquello. Le dijeron que era Jesús de Nazareth, que se acercaba rodeado de una multitud.

Enseguida exclamó: Jesús, hijo de David, ¡ten misericordia de mí!
La primera virtud que practica Bartimeo es una fe profunda y una confianza firme en Nuestro Señor. Lo reconoce y le confiesa como el Mesías, verdadero hijo de David, Dios Todopoderoso, lleno de misericordia, y capaz de aliviar nuestras miserias.

En segundo lugar, muestra un fervor especial, que puede medirse por sus clamores renovados. Se reconoce en ellos su aflicción y la esperanza que tiene en ser socorrido enseguida por la bondad del Salvador.

La tercera virtud es una constancia que nada puede perturbar. Las órdenes y amenazas para que permanezca en silencio, nada pueden contra ella. Al contrario, aprovecha la oportunidad para elevar su voz y reiterar su oración.

Consideremos que nosotros padecemos esta doble ceguera espiritual: ceguera de la ignorancia y del pecado; o del error y la pasión; las cuales oscurecen nuestra inteligencia y enervan nuestra voluntad.

Debemos reflexionar sobre el estado de nuestra alma, ciega, inactiva y mendiga… Y después hemos de dirigirnos al único que puede remediar ese triste estado: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí…

Pero, a veces, incluso aquellos que acompañan a Jesucristo nos distraen de esta meditación, presentando diversos pretextos. Jamás debemos detener nuestro llamado y clamor: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí.

Si aumentan las dificultades, si los obstáculos abundan, es cuando hemos de elevar más todavía la voz.
Narra el Evangelio que Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? El dijo: ¡Señor, que vea!

Si Nuestro Señor nos preguntase: ¿Qué quieres que te haga?…, deberíamos apresurarnos a responderle: ¡Señor, que vea!
¡Señor, que vea!, es decir, que conozca tu divina voluntad y todo lo que ella desea o permite…

Lleno de gozo, Bartimeo siguió a Jesús. Nada más natural. También nosotros debemos ser consecuentes. A medida que Dios nos da más luz, debemos acercarnos al Divino Salvador.
La luz es una gracia muy grande. Toda gracia exige una fiel correspondencia. Toda correspondencia trae progresos.
Seguir a Jesús es, en primer lugar, amarlo; luego quedar libre y hábil para estar con Él; y sobre todo es vivir como Él vivió.
Si nuestra fe topa con obscuridades, elevemos nuestra visión en proporción a las luces que nos deja, y estas luces aumentarán mucho más.

Si en la vida interior Jesús se nos manifiesta con aspectos nuevos, seamos más decididos en seguirlo.
Digámosle con instancia; ¡Oh Divino Salvador!, haced que vea, haced que os siga…

Como conclusión, vale la pena volver sobre una poesía de Santa Teresa, que refleja bien los sentimientos, los deseos y las resoluciones que debemos tener hoy:



Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra.



Y como capitán fuerte
quiso nuestro Dios morir,
comencémosle a seguir,
pues que le dimos la muerte.
¡Oh, qué venturosa suerte
se le siguió desta guerra!
Ya no durmáis, no durmáis,
pues Dios falta de la tierra.



Con grande contentamiento
se ofrece a morir en cruz
por darnos a todos luz
con su grande sufrimiento.



¡Oh glorioso vencimiento!
¡Oh dichosa aquesta guerra!
Ya no durmáis, no durmáis,
pues Dios falta de la tierra.



¡No haya ningún cobarde!
¡Aventuremos la vida!
Pues no hay quien mejor la guarde
que el que la da por perdida.



Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra.
Ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra.



Ofrezcámonos de veras
a morir por Cristo todas
y en las celestiales bodas
estaremos placenteras.
Sigamos esta bandera,
pues Cristo va en delantera.
No hay que temer, no durmáis,

porque no hay paz en la tierra.

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