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viernes, 15 de diciembre de 2017

VANIDAD DE LA SABIDURÍA


   Si yo he de  morir lo mismo que el necio, ¿de qué me sirve haberme aplicado con mayor desvelo a la sabiduría?
   Habla la Escritura de la sabiduría humana, que si no va acompañado del temor de Dios, principio de la sabiduría, no sólo es vana, sino que daña.
   Dice Salomón: “Yo he visto todo cuanto se hace debajo del sol y he hallado ser todo vanidad y aflicción de espíritu”.
   “Porque no ha de ser eterna la memoria del sabio, como no lo es la del necio”.
   Sabios e ignorantes mueren por igual, y por igual son olvidados con el tiempo.
   Todo es vano, porque nada harta el ánimo ni es capaz de hacerle feliz.
   El hombre más sabio de la tierra, inspirado del Espíritu Santo, dice: todo es vanidad de vanidades.
   La sabiduría sin el temor de Dios es vana, porque ella no nos preserva del pecado: no sólo no nos preserva, sino que nos incita a la soberbia.
   El hombre que más sabe no sabe nada. Entre todos los hombres sabios del mundo no saben nada. ¿Qué saben los hombres de Dios? ¿Qué saben del alma? ¿Qué saben de la materia? ¿Qué saben de la luz?
   Toda la ciencia médica no sabe curar un cáncer. ¿Qué digo? No sabe curar un resfriado. ¡Qué inmensa humillación!
   ¿De qué sirvió  a Luzbel  su inmensa sabiduría? ¿De qué les sirvió a sus secuaces los ángeles malos? ¿De qué le sirvió a Adán, que recibió ciencia infusa de Dios?
   Todos los sabios de la antigüedad griega y latina, ¿qué consiguieron con su sabiduría, si se condenaron?
   La verdadera sabiduría es el temor de Dios, el amor de Dios, la humildad, el conocimiento de sí, el menosprecio de sí.
   “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”, dice Cristo. No dice: Aprended los misterios de la naturaleza, aprended a hacer milagros, aprended a conquistar reinos, aprended a dejar fama en el mundo.
   Si la sabiduría se aprovecha para el bien, es buena; si para el mal, es mala.
   Pidamos a Dios la sabiduría, que es un gran don del cielo, con el que se puede hacer un bien grande si se une con la virtud.
   Y no queramos la sabiduría del sabio soberbio, que, mientras averigua los caminos misteriosos de los astros, no ve la mano omnipotente de Dios en ellos.
   Es preferible ser ignorante honrado y bueno a ser sabio arrogante e impío.
   Contentémonos con la ciencia y el talento que Dios no dé. Negociemos con él, que no seremos más agradables a sus ojos por más inteligentes y sabios, sino por más humildes.

Ignacianas

Angel Anaya, S.J.  

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