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jueves, 2 de julio de 2015
martes, 30 de junio de 2015
30° ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DEL R.P. HUGO RUIZ VALLEJO
"TU ES SACERDOS IN AETERNUM SUCUNDUM ORDINEM MELCHISEDEC"
El Domingo 28 de Junio el reverendo padre Hugo Ruiz Vallejo celebró la misa dominical en la capilla de la Santísima Trinidad en Polotitlán, Estado de México, dando gracias a Dios por sus 30 años de sacerdocio. Dios bendiga al padre Hugo Ruiz por su incansable trabajo en defensa de la Fe, doctrina y liturgia católica tradicional.
Fue acompañado por su familia y por muchos de sus fieles a la misa y al convite posterior a la misa. La comunidad de la resistencia católica rezamos por su perseverancia en el ministerio sacerdotal.
Viva Cristo Rey!
domingo, 28 de junio de 2015
La Corte de EEUU reconoció la legalidad del "matrimonio gay" a nivel nacional: NO OS HAGAIS ILUSIONES CONTESTA SAN PABLO
A propósito de la legalización de los matrimonios entre homosexuales en los Estado Unidos de América recordamos a San Pablo en la primera carta a los Corintios, la cual es verdad revelada por Dios, inmutable e infalible. Así mismo se aclara que la verdad revelada no puede cambiarse ni ponerse en discusión en los Sínodos para la Familia que organiza Francisco, la nueva teología que planean definir es contraria a lo enseñado por la Iglesia Católica. Dios tenga piedad de aquellos que atentan contra la Fé de los pequeños hijos de Dios; y Dios tenga piedad de aquellos que ya no desean defender la Fé como lo hicieron grandes papas antiliberales y en nuestros tiempos Mons. Lefebvre y Mons de Castro Mayer.
Tomas Moro
" ¿No sabeis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No querais cegaros, hermanos míos: ni los FORNICARIOS, NI LOS IDÓLATRAS,NI LOS ADÚLTEROS, NI LOS AFEMINADOS, NI LOS SODOMITAS, NI LOS LADRONES, NI LOS AVARIENTOS, NI LOS BORRACHOS, NI LOS MALDICIENTES NI LOS QUE VIVEN DE RAPIÑA HAN DE POSEER EL REINO DE DIOS.
1 Cor 6,9-10
San Pedro Damián levantó su voz profética contra la sodomía definiéndola como el mayor y más grave de todos los vicios.
“Este vicio (el de la sodomía) no puede compararse en absoluto con ningún otro, pues a todo los supera enormemente. Este vicio es la muerte del cuerpo, perdición del alma; infecta la carne, apaga las luces de la mente, expulsa al Espíritu Santo del templo del corazón, hace que entre el diablo fomentador de la lujuria; induce al error, hurta la verdad de la mente, engañándola; prepara trampas al que camina, cierra la boca del pozo a quien en él cae; abre el infierno, cierra las puertas del Paraíso, transforma al ciudadano de la Jerusalén celeste en habitante de la Babilonia infernal: secciona un miembro de la Iglesia y lo arroja a las codiciosas llamas de encendida Gehena.
Este vicio busca abatir los muros de la patria celeste y busca reedificar los que fueron incendiados en Sodoma. Es algo que atropella la sobriedad, que asesina el pudor, que degüella la castidad, que destroza la virginidad con la hoja de una repugnante infección. Todo lo ensucia, todo lo ofende, todo lo mancha y como no tiene en sí nada de puro, nada exento de indecencia, no soporta que nada sea puro. Como dice el apóstol, “todo es puro para los puros, pero para los infieles y contaminados nada es puro” (Tito 1,15). Este vicio expulsa del coro de la familia eclesiástica y obliga a rezar con los endemoniados y con aquellos que sufren a causa del demonio; separa el alma de Dios para unirla al diablo.
Esta pestilentísima reina de los sodomitas convierte a quienes se someten a su ley en torpes para los hombres y odiosos para Dios. Exige hacer una abominable guerra contra el Señor, militar bajo las insignias de un espíritu absolutamente malvado; separa del consorcio de los ángeles y con el yugo de su dominación extraña al alma de su nobleza innata. A sus soldados les priva de las armas de la virtud y los expone, para que sean traspasados, a los dardos de todos los vicios. Humilla en la iglesia, condena en el tribunal, corrompe en privado, deshonra en público, roe la conciencia con un gusano, quema la carne como el fuego, empuja a satisfacer la lujuria, y por otro lado teme ser descubierta, mostrarse en público, que los hombres la conozcan. El que mira con aprensión a su mismo cómplice en la perdición, ¿qué no podrá temer?
[…]
La carne arde con el fuego del deseo, la mente tiembla helada por la sospecha, y el corazón del hombre infeliz hierve como un caos infernal: todas las veces que le golpean las espinas del pensamiento, en un cierto sentido, viene torturado con los tormentos del castigo. Una vez que esta venenosísima serpiente ha hincado sus dientes en un alma desgraciada, la pobrecita pierde inmediatamente el control, la memoria se desvanece, la inteligencia se oscurece, se olvida de Dios y hasta de sí misma. Esta peste expulsa el fundamento de la fe, absorbe las fuerzas de la esperanza, destruye el vínculo de la caridad, elimina la justicia, abate el rigor, retira la temperancia, mina el fundamento de la prudencia.
¿Qué debo añadir todavía? En el momento en el que ha desterrado del escenario del corazón humano la lista de todas las virtudes, como quebrando los cerrojos de las puertas, hace entrar en él la bárbara turba de los vicios. A este se le aplica con exactitud aquel versículo de Jeremías (Lament 1, 10) que trata de la Jerusalén terrena: “El enemigo echó su mano a todas las cosas que Jerusalén tenía más apreciables; y ella ha visto entrar en su santuario a los gentiles, de los cuales habías tú mandado que no entrasen en tu iglesia”.
El que es devorado por los ensangrentados colmillos de esta famélica bestia, es mantenido lejos, como por cadenas, de cualquier obra buena, y es instigado sin freno que lo contenga, por el precipicio de la más infame perversión. En cuanto se cae en este abismo de total perdición, ipso facto se destierra de la patria celeste, se es separado del Cuerpo del Cristo, rechazados por la autoridad de toda la Iglesia, condenados por el juicio de los Santos Padres, expulsados de la compañía de los ciudadanos de la ciudad celeste. El cielo se vuelve como de hierro, la tierra de bronce: ni se puede ascender a aquél, pues se está lastrado por el peso de crimen, ni sobre aquella podrá por mucho tiempo ocultar sus maldades en el escondrijo de la ignorancia. Ni podrá gozar aquí cuando está vivo, ni siquiera esperar en la otra vida cuando muera, porque ahora deberá soportar el oprobio del escarnio de los hombres y después los tormentos de la condenación eterna.
[…]
¡Lloro por ti, alma infeliz entregada a las porquerías de la impureza, y te lloro con todas las lágrimas que poseo en mis ojos!
¡Qué dolor!
[…]
Compadezco a un alma noble, hecha a imagen y semejanza de Dios y comprada con la Preciosísima Sangre de Cristo, más digna que los grandes edificios y ciertamente más digna de ser antepuesta a todas las construcciones humanas. Por eso me desespera la caída de un alma insigne y por la destrucción del templo en el que habitaba Cristo.
Deshaceos en llanto, ojos míos, derramad ríos abundantes de lágrimas y regad, lúgubres, las gotas con un llanto continuo! “Derramen mis ojos sin cesar lágrimas, noche y día, porque la virgen, hija del pueblo mío se halla quebrantada por una gran aflicción, con una llaga sumamente maligna” (Jer. 14, 17). Y ciertamente la hija de mi pueblo ha sido golpeada por una herida mortal, porque el alma, que era hija de la Santa Iglesia ha sido cruelmente herida por el enemigo del género humano con el dardo de la impureza; y a ella, que en la corte del rey eterno era suavemente alimentada con la leche de los sagrados parlamentos, ahora se la ve tumbada, tumefacta y cadavérica, mortalmente infectada por el veneno de la líbido, entre las cenizas ardientes de Gomorra. “Aquellos que comían con más regalo han perecido en medio de las calles; cubiertos se ven de basura los que se criaban entre púrpura” (Lam. 4, 5). ¿Por qué? El profeta prosigue y dice: “Ha sido mayor el castigo de las maldades de la hija de mi pueblo que el del pecado de Sodoma; la cual fue destruida en un momento” (Lam. 4, 6). Y ciertamente la maldad del alma cristiana supera el pecado de los sodomitas, porque cada uno peca tanto más cuanto más rechaza los preceptos de la gracia evangélica: el conocimiento de la ley evangélica lo fija, para que no pueda encontrar remedio con ninguna excusa. ¡Helas!, alma desgraciada, ¡helas! ¡Pero porque no te das cuenta de la altura de la dignidad de la que has caído y de cómo te has despojado del honor de una gloria y de un esplendor inmenso?
[…]
Y tú dices: “Soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un desventurado y miserable y pobre y ciego desnudo” (Ap. 3,17). ¡Infeliz, date cuenta de qué oscuridad ha envuelto tu corazón; advierte lo densa que es la tiniebla de la niebla que te rodea!
[…]
¡Ay de ti, alma desgraciada! Por tu perdición se entristecen los ángeles, mientras que el enemigo aplaude exultante. Te has convertido en prenda del demonio, botín de los malvados, despojo de los impíos. “Abrieron contra ti su boca todos tus enemigos; daban silbidos y rechinaban sus dientes, y decían: “Nosotros nos la tragaremos. Ya llegó el día que estábamos aguardando. Ya vino, ya lo tenemos delante”. Por esto, ¡oh alma miserable!, yo te lloro con todas mis lágrimas: porque no te veo llorar a ti.
[…]
Si tú te humillases de verdad, yo exaltaría con todo mi corazón en el Señor por tu renacimiento espiritual. Si un verdadero y angustiante arrepentimiento golpease la profundidad de tu corazón, yo podría con justicia gozar de una alegría inimaginable. Por esta razón, alma, eres por encima de todo digna de llanto: ¡porque no lloras! Se hace necesario el dolor de los demás, desde el momento que no experimentas dolor por el peligro de la ruina que te amenaza; y eres digna de condoler con las más amargas lágrimas de la compasión fraterna porque ningún dolor te turba y no te puedes dar cuenta de la envergadura de tu desolación. ¿Por qué finges no ser consciente del peso de tu condenación? ¿Por qué no detienes este continuo acumular la ira divina sobre ti, bien enfangándote de los pecados, bien ensalzándote en la soberbia?
miércoles, 24 de junio de 2015
MEDITACIÓN SOBRE LA FALSA CONFIANZA
Meditación sobre la falsa
confianza
(Tomado del Año Cristiano mes de
Junio)
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El que os oye a vosotros,
me oye a Mí, y el que a vosotros os desprecia,
me desprecia a Mí. Y el que me desprecia a Mí, desprecia al que me envió.
Los setenta y dos pues, volvieron con alegría, diciendo: Señor, hasta los
demonios se nos sujetan en tu nombre. Y Él les dijo: Yo veía a Satanás caer del
cielo como un rayo. He aquí que yo os he dado potestad de andar sobre serpientes
y escorpiones, y de superar toda la fuerza del enemigo, y nada os dañará. Sin embargo, no os alegréis por esto, porque
los espíritus se os sujeten; sino alegraos, porque vuestros nombres están
escritos en los cielos”.
Considera qué tan pernicioso es tener poca confianza, como tener
demasiada. La primera es desconfianza, la segunda presunción: aquella nace de
una culpable pusilanimidad, esta de un orgullo que mira a Dios con horror. La
verdadera confianza se funda en la bondad infinita de Dios, en su poder, y en
la dignación con que quiere le consideremos como nuestro padre. Esta es aquella
confianza que acredita nuestra fe, y nos
pide continuamente el Señor como condición indispensable para oír nuestras oraciones, bajo la cual no nos
negará cosa que le pidamos. Pero hay otra confianza presuntuosa, otra confianza
falsa, que no merece el nombre de esta virtud, y consiste en cierta opinión
demasiadamente ventajosa que tiene el hombre de sí mismo, en una esperanza
fundada en cierta virtud imaginaria que se atribuye a sí propio y no a las
especiales gracias con que el Señor nos ha querido favorecer; confianza que
fácilmente se conoce cuánto engaña y cuánto precipita. Cuéntase mucho con las
máximas piadosas que se tienen frecuentemente en los labios; cuéntase con
cierta como virtud de costumbre, de que nos lisonjea nuestro amor propio;
cuéntase con una especie de ciega seguridad, que siempre es hija de una necia
confianza. Aunque no hubiera otro pecado que esta vana opinión que tiene uno de
sí mismo, bastaría para que delante de Dios fuese muy reprensible.
¿Quién puede presumir racionalmente de su fidelidad, ni, mucho menos, de
su perseverancia en las ocasiones más frecuentes y comunes? Se han visto caer las más robustas columnas
de la Iglesia, que la sirvieron de apoyo por algún tiempo; viéronse precipitar
y se vieron eclipsar los más brillantes astros que por muchos años fueron luz,
farol y guía de los fieles: un Salomón, a quien dotó Dios de tan portentosa
sabiduría, se precipitó en los mayores excesos; un apóstol del mismo
Jesucristo, llamado al apostolado por el Señor, instruido en su divina escuela,
paró en ser un alevoso traidor. Desbarraron en errores, y se extraviaron en
descaminos muchos que hicieron milagros. Y, después de esto, ¿habrá todavía quien fie mucho de su aparente
fervor, y de una virtud inconstante mientras está expuesto a las tentaciones de
esta vida?
¡Ah, Señor! Que esta falsa confianza bastaría ella sola para
precipitarnos en funestas caídas y en desacertados desvaríos dentro de los
caminos mismos de la perfección.
Considera que no es menos falsa, ni menos insuficiente la confianza
fundada en los favores recibidos del Señor, si no la acompaña siempre una muy
santa desconfianza de sí mismo; y si, exponiéndose a las ocasiones más
peligrosas, se presume imprudentemente en auxilios extraordinarios, que siempre
niega Dios a los orgullosos, y solamente
los concede a las almas verdaderamente humildes.
Reflexiona sobre la respuesta que dio a sus discípulos, cuando tanto se
gloriaban del poder que les había dado para lanzar los demonios. Mirad, les dijo, que Yo vi caer a Satanás como un rayo precipitado del cielo. Fue lo
mismo que decirles: Guardaos bien de envaneceros por las gracias que habéis
recibido de mi poderosa mano; mayores había Yo concedido a aquellos espíritus
puros que componían mi corte; los enriquecí con dones más excelentes, y los
escogí para hacerlos las criaturas más nobles que habían salido del seno de mi
poder; ocupaban en el cielo las primeras sillas; pero su orgullo y su
presunción los precipitaron en los abismos. Cuanto mayores gracias se han
recibido de la mano del Señor, mayor cuenta se ha de dar a su justicia; a los
favores más señalados corresponden mayores obligaciones de agradecimiento y de fidelidad.
Trabajad en el negocio de vuestra salvación con temor y temblor, dice el
Apóstol. No te fíes mucho de esa inocencia de costumbre, de esa constante
devoción; es una flor que el aire la marchita; es un cristal que el menor soplo
le empaña, un golpe de viento echa muchas veces a pique los más fuertes navíos;
basta un soplo para apagar el hacha más luminosa. ¡Buen Dios, cuántos perecen
por una falsa seguridad!
Las pasiones nunca se doman enteramente, ni al enemigo de la salvación
se le vence jamás por medio de la complacencia. Todo aquel que se descuida, es
hombre perdido. Cuando el Salvador recomienda tanto el velar y orar, no habla
precisamente con los pecadores de profesión; dirigió estas palabras a los tres
Apóstoles más favorecidos suyos. ¿Te expones a los mayores peligros de pecar,
sin miedo de precipitarte, porque fuiste fiel hasta ahora? ¡Qué ilusión, qué
confianza tan mal fundada! David había salido victorioso de muchos combates,
había hecho grandes progresos en la virtud, y David, aquel hombre según el corazón de Dios, luego que no desconfió de su
flaqueza, cayó en los pecados más enormes. Apenas hay tentación más digna de
temerse que la falsa confianza. Basta un solo pecado para perder en un momento
todos los méritos de la vida más santa y más penitente. Después que hagáis hecho todo cuanto os he mandado (dice
Jesucristo), decid: Siervos inútiles
somos. Bienaventurado aquel que desconfía siempre de sí, y anda siempre
temeroso.
¡Ah, Señor, y cuánto tengo
de que acusarme en este punto! Mis frecuentes caídas, ¿no han sido efecto de mi
demasiada confianza, o, por mejor decir, de mi necia presunción? En vuestra
sola gracia debo esperar, mi Dios y en Vos solo coloco toda mi confianza; Vos
solo sois toda mi esperanza y toda mi fortaleza; en mí no hay más que miseria,
y nunca perderé de vista mi pobreza y mi nada.
Bienaventurado aquel que siempre
vive temeroso y desconfiado de sí mismo. (Prov. XXVIII, v.14).
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