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martes, 16 de abril de 2024

NOCIONES DE HISTORIA DE ESPAÑA (EDAD MEDIA 3a Parte)

 


España goda

P. ¿Cómo acabó la dominación romana en España?

R. Con la venida de los bárbaros del Norte (1) el año 409 de la Era cristiana, que se apoderaron de España, estableciéndose de este modo: los suevos, en Galicia y León; los alanos, en Portugal y Extremadura; los vándalos, en Andalucía, y el resto de España continuó en poder de los romanos hasta el año 416, en que vinieron los godos.

P. ¿Quiénes eran los godos y por qué vinieron a España?

R. Los godos, o más propiamente, visigodos, como los suevos, alanos y vándalos, eran originarios del Norte. Vinieron desde Italia, donde fueron a establecerse, porque habiendo recibido una ofensa del emperador Honorio, se volvieron contra él y lo derrotaron; hicieron las paces casando a Honorio a una hermana suya con Ataulfo, rey de los godos, comprometiéndose el emperador a reconocerse como señor de los pueblos que conquistara en España, además de no ponerle obstáculos para ello.

P. ¿Cuántos reyes godos hubo en España en el siglo V?

R. Siete: Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodoredo, Turismundo, Teodorico y Eurico.

P. ¿Quién fue el primer rey godo de España?

R. Ataulfo, vino como conquistador; mas habiéndose establecido en Barcelona, después de conquistar algunos pueblos, le agrado mas la paz, y por esta causa le asesinaron sus belicosos soldados el mismo año 416, suponiéndole cobarde o vendido al emperador de Roma.

Los asesinos de Ataulfo pusieron en el trono a Sigerico, que también fue asesinado a los pocos días, porque, como su antecesor, gustaba de la paz.

(1) La palabra bárbaro significa para los romanos y griegos extranjero, o sea persona no sujeta al imperio

romano ni griego; pero los que invadieron a España estaban tan poco civilizados, que ahora la palabra

bárbaro es sinónimo de inculto y salvaje.


P. ¿Qué me dice V. de su sucesor Walia?

R. Era más político que sus antecesores, y conociendo el espíritu de los soldados godos, declaró la guerra a los romanos, con quienes hizo la paz al poco tiempo, llevando sus armas contra los suevos, alanos y vándalos, de quienes se hizo respetar. Murió el año 419.

P. ¿Quién fue el sucesor de Walia?

R. Teodoredo: vivió en paz algunos años, después de haber sostenido la guerra con romanos y vándalos, hasta que hubo de oponer resistencia al feroz Atila, que con un formidable ejército se adelantaba por Francia, pretendiendo conquistar Europa.

Aliáronse contra Atila los godos, los romanos y los francos; y encontrándose los ejércitos en los Campos Cataláunicos, en Francia, dieron una gran batalla el año 453, en la que Atila fue vencido y Teodoredo muerto.

P. ¿Quién subió al trono a la muerte de Teodoredo?

R. Su hijo Turismundo, quien derrotó a Atila en otra batalla. Al año siguiente de ser proclamado rey, 454, cayó enfermo, y estando en la cama, le hicieron asesinar sus hermanos acusándole de soberbio y cruel.

P. ¿Quién reinó en España después de Turismundo?

R. Teodorico, su hermano y asesino. Reinó doce años con suerte adversa, sin tener día de paz, y al fin murió asesinado por su hermano Eurico el año 466.

P. ¿Quién fue el sucesor de Teodorico?

R. Su hermano Eurico. Fue hombre de mucho valor e ingenio; venció a los romanos, arrojándolos de España; hizo compilar las leyes godas, y su reinado ocuparía un lugar preferente en la historia, si pudiera borrarse de ella el asesinato de su hermano y la persecución que hizo a los cristianos. Murió el año 484.

P. ¿Cuántos y quiénes fueron los reyes godos del siglo VI?

R. Diez: Alarico, Gesaleico, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Aguila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo y Recaredo I.

P. ¿Qué me dice V, de Alarico?

R. Era hijo de Eurico: gobernó con acierto y sin alterar la paz de sus estados hasta que Clodoveo, rey de Francia, le provocó a una guerra por cuestión de religión: en ella murió Alarico a manos de Clodoveo el año 506, perdiendo los godos el territorio que dominaban en Francia.

P. ¿Quién reinó en España después de Alarico?

R. Gesaleico, hijo bastardo de Alarico, se hizo proclamar rey a la muerte de su padre, usurpando los derechos de Amalarico, hijo legítimo; más el abuelo de éste, rey de Italia, defendió sus derechos, enviando a España un ejército, y en una batalla cerca de Barcelona murió Gesaleico el año 511.

P. ¿Qué noticias hay del reinado de Amalarico?

R. Fue puesto en el trono en su menor edad, y el gobierno confiado a un noble llamado Teudis. Casó luego con una princesa cristiana, hija de Clodoveo, rey de Francia, en cuyo matrimonio hubo serias disensiones, porque esta princesa no quiso abrazar el arrianismo, que era la religión de Amalarico. Este fue tan injusto con su mujer, que además de maltratarla, no le permitía ejercer el culto católico, por cuyo motivo le declaró la guerra a Francia, y cerca de Barcelona fue vencido y muerto el año 531.

P ¿Quién heredó el trono de Amalarico?

R. Teudis, el noble que gobernó en la menor edad de Amalarico, fue proclamado rey en pago de sus virtudes. Los francos le declararon la guerra injustamente, derrotándole muchas veces, entrándose hasta Zaragoza. Apurando sus recursos, pudo Teudis reunir un ejército capaz para oponer resistencia al franco, y alcanzando en una retirada, le obligó a dejar el botín, vengándose además de las ofensas que había recibido. Gobernó con acierto, y no se sabe por qué causa le asesinó en su mismo palacio un hombre que se fingía loco, el año 548. Antes de morir se arrepintió de sus pecados y perdonó a su asesino.

P. ¿Qué recuerdos dejó el reinado de Teudiselo y Agila?

R. Teudiselo fue nombrado rey por su valor y por la nobleza de su linaje; pero sus electores se equivocaron, porque todo el valor de este rey se convirtió en libertinaje y crueldad; reino poco más de un año, y fue asesinado por los suyos el año 549.

Agila era, como su antecesor, de costumbres relajadas, y en su corto reinado no tuvo días de paz; se levantaron en contra el todos sus pueblos, encerrarse en Mérida y allí murió asesinado el año 554.

P. ¿Qué ocurrió después de la muerte de Aguila?

R. Atanagildo, que ayudó a destronarle, fue proclamado rey de los godos sin contradicción. Hizo armas contra los romanos, siéndole variable la suerte.

Cuentan como cierto que se hizo católico, si bien no lo hizo público por no alterar los ánimos de su gente. Murió en Toledo el año 567.

P. ¿Quién fue el sucesor de Atanagildo?

R. Liuva I, hombre de gran experiencia, fue proclamado rey después de cinco meses de indecisión y anarquía; mas era tan poco ambicioso, que el segundo año de su reinado abdicó en su hermano Leovigildo, quedando el gobernador la Galia gótica, hasta que murió el año 572.

P. ¿Qué me dice V. del reinado de Leovigildo?

R. Nombrado rey por su hermano Liuva, el año 567, dejo su residencia en Toledo; muerto su hermano, quedó dueño de la Galia gótica. Sostuvo y ganó varias batallas importantes: una contra los romanos, otra contra su hijo San Hermenegildo, que por haberse hecho católico fue encerrado y muerto en un calabozo por orden de su padre. Los francos quisieron vengar la muerte de este príncipe, pero fueron vencidos; también fueron vencidos y arrojados de España los suevos.

Modificó las leyes, protege la agricultura, las ciencias y las artes.

Este rey fue el que eligió como insignias reales el manto, cetro y corona.

Después de la guerra que hizo al catolicismo, se arrepintió y antes de morir puso en trono a su hijo Recaredo, aconsejando que abrazara la religión cristiana, dándole como director espiritual a San Leandro. Murió en Toledo el año 586.

P. ¿Cómo cumplió Recaredo I los consejos de su padre?

R. Hizo grandes estudios, sostuvo polémicas con los arrianos y al fin se hizo católico. Como está prohibido que se imponga el catolicismo por forzar la voluntad de la nación, se valió de la predicación de la caridad y de la justicia; tanto admiró su prudencia, que los pueblos se mostraron propicios a seguir la religión de un rey muy bondadoso; y llegado a este punto, reunió un concilio en Toledo, y todas la provincias juraron el catolicismo el año 589. Conspiraron contra él algunos nobles arrianos; pero el rey aplacó esta sedición, venció a los francos en una guerra que contra ellos sostuvo, y después de quince años de reinado, en que demostró su valor, prudencia y justicia, murió en Toledo el año 601.

P. ¿Qué reyes godos hubo en España en el siglo VII?

R. Catorce: Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Chintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio y Egica.

P. ¿Quién reinó en España después de Recaredo I?

R. Su hijo Liuva II, quien, a pesar de haber heredado las virtudes de su padre, fue asesinado el segundo año de su reinado por unos generales, llamado Witerico, que ambicionaba hacerse rey, consiguiéndolo con la muerte del joven Liuva, ocurrida en el año 603.

P. Witerico, ¿fue respetado después de su crimen?

R. Con ayuda de sus parciales se hizo rey, pero expió su crimen en sus seis años de reinado, viéndose siempre rodeado de adversidades, y al fin murió asesinado y arrastrado por las calles de Toledo el año 610.

P. ¿Quién heredó la corona a la muerte de Witerico?

R. Por voto de los nobles fue elegido rey Gundemaro, noble y virtuoso príncipe, quien murió el año 612, segundo de su reinado, después de sofocar una rebelión de los navarros y ganar una batalla a los romanos.

P. ¿Qué recuerdos dejó el reinado de Sisebuto?

R. Era varón ilustre y acreditado por sus dotes de valor, prudencia y talento; era buen católico, pero en materia de religión cometió algunos desaciertos, como obligar a bautizarse a todos los judíos de España, bajo pena de muerte, cuya imposición prohíbe la religión cristiana; arrojó a los griegos de las costas del Mediterráneo, ganó algunas batallas y ciudades a los romanos, construyo una armada, ejercitando a sus tropas en la navegación, protegió las artes y las ciencias y murió muy querido de los suyos el año 621.

P. ¿Quién heredó la corona de Sisebuto?

R. Su hijo Recaredo II, de cuyo reinado nada se puede decir, pues murió a los tres meses de ser elegido.

P. ¿Quién fue el sucesor de Recaredo II?

R. Suintila, esforzado guerrero durante el reinado de Sisebuto, fue nombrado rey, y solo con la fama de su valor apaciguó a los navarros, que nuevamente se habían alborotado. Venció también a las tropas romanas y tuvo bajo su poder a toda la península, lo que ningún godo pudo lograr hasta él.

Para asegurar sus sucesión, puso en el trono como compañero suyo a su hijo Rechimiro; los nobles no aprobaron esta medida, pues tenían costumbres de elegir rey de su gusto; pero mas les desagrado el que Suintila se abandonara en brazos del vicio, y así no pararon hasta arrojarlo del trono, el año 631.

P. ¿A quién pusieron los nobles en el trono cuando arrojaron a Suintila?

R. Aunque los ánimos andaban divididos fue elegido Sisenado, que fue quien dirigió la rebelión contra Suintila. Reunió un concilio en Toledo con pretexto de reformar las costumbres eclesiásticas; pero en realidad su objeto no fue otro que hacerse más fuerte en el poder, declarando a Suintila indigno de ocupar el trono.

En este concilio se confirió a los prelados y nobles el derecho de elegir sus reyes. Este reinado fue feliz y de paz. Sisenado murió en Toledo el año 636.

P. ¿Qué me dice V. del reinado de Chintila?

R. Elegido por los prelados y nobles, según las leyes hechas en el anterior reinado, fue bien querido de los suyos, de carácter pacifico y buen cristiano.

Murió al poco tiempo de ser elegido en Toledo el año 640.

P. ¿Quién fue nombrado rey después de Chintila?

R. Tulga: reinó solos dos años, dejando muy buena impresión de su paso por el poder, pues, aunque joven, demostró muy buenas disposiciones para gobernar.

Murió el año 642.

P. ¿Quién reinó en España después de Tulga?

R. Chindasvinto, que tenía a su cargo la gente de armas, se hizo rey sin que los nobles se atreviesen a oponérsele. Aunque ocupó el trono de un modo violento, luego fue rey prudente y bondadoso. Para asegurar su sucesión asoció al mando a su hijo Recesvinto, quien fue el verdadero rey en los tres años que aún vivió su padre: éste murió el año 652.

P. A Recesvinto, ¿le fue disputado el trono?

R. No; continuó reinando en paz hasta que murió el año 672, dedicándose a labrar la riqueza y felicidad de España con leyes sabias y protegiendo todo lo bueno.

P. ¿Quién fue el sucesor de Recesvinto?

R. Wamba, hombre principal, privado de los reyes anteriores, diestro en las armas y de mucho talento, fue elegido rey; pero, fundándose en muchos años y como era muy modesto, no quiso aceptar la corona; mas no habiendo otra persona de tan buenas prendas, los nobles le obligaron a que la aceptara, amenazándole con la muerte, y por fin se decidió a gobernar el reino. En honor de España sostuvo tres guerras contra los francos, navarros y sarracenos, de los cuales salió victorioso: uno de sus generales se sublevó con un ejército, pretendiendo hacerse rey, pero le salió al encuentro y le hizo prisionero.

Cuidó mucho de hermosear y fortificar el reino, y gracias a su esfuerzo y prudencia empezó a florecer la riqueza en España. Un cortesano llamado Ervigio le dio a beber un narcótico; y como le creyeran muerto, le cortaron la cabellera y la barba, poniendo hábito de monje; cuando Wamba volvió de su letargo y se encontró con aquellas vestiduras, se retiró a un convento el año 680.

P. ¿En quien recayó la corona de Wamba?

R. Ervigio, aunque adquirió el reino malamente por el narcótico que dio a Wamba, gobierno bien ; modero los tributos que pesaban sobre sus pueblos, y al fin hizo lo que pudo para borrar la mala idea que de él pudiera tener el pueblo por las malas artes con que subió al trono. Murió en Toledo el año 687.

P. ¿Quién fue el sucesor de Ervigio?

R. El mismo Ervigio, un día antes de morir, nombró rey a su yerno Egica, que vengó algunas ofensas hechas a su tío el rey Wamba: refrenó algunos alborotos, entre ellos la sedición de los judíos, que no solamente iban contra el rey, sino contra la religión cristiana. Fue prudente y justiciero: murió el año 701.

P. ¿Qué reyes godos hubo en el siglo VIII?

R. Dos: Witiza y Rodrigo, en quien terminó la monarquía goda.

P. ¿Cómo gobernó Witiza sus estados?

R. Este rey, hijo de Egica, empezó a reinar dando pruebas de talento y de buenos instintos; pero, entregándose luego a toda clase de vicios, concluyó por ser una verdadera calamidad para España.

Sin otro fundamento que su capricho, y por si algún día le disputaban la corona, mandó a perseguir a los príncipes de sangre real; asesinó a D. Favila, padre de D.  Pelayo, y a este le persiguió de muerte; mandó sacar los ojos a Teodofredo, hermano de don Favila y padre de D. Rodrigo, a quien también persiguió, y fue de torpeza en torpeza, hasta que D. Rodrigo le arrojó del trono el año 709. El fin de este rey no se sabe cual fué; supónese que Rodrigo le mandó sacar los ojos y encerrarlo en un calabozo en Córdoba.

P. ¿Qué memoria dejó D. Rodrigo?

R. Es sin duda quien más daño ha hecho a España; habiendo podido ser un rey poderoso, fue quien arruinó la monarquía goda.

Había en España muchos príncipes que aspiraban al trono, como les sucedía a los hijos de Witiza, y unidos a los descontentos que produjo la mala conducta del rey, fraguaron una conspiración; más no considerándose fuertes para destronar a D. Rodrigo, se coligaron con los árabes, a quien permitió la entrada en España el ofendido conde D. Julian, que gobernaba las Andalucías.

P. ¿Cómo invadieron los árabes la península?

R. No están acordes los autores; algunos lo refieren del modo siguiente: llegaron a España doce mil sarracenos a las órdenes de Tarif con objetos de probar el estado de nuestra patria, y consiguieron algunas pequeñas victorias sobre los godos, cuyo valor arrogante había desaparecido con sus deshonestidades y vicios de todo género; en vista del buen resultado, pidieron refuerzos al África y presentaron batalla al godo.

D. Rodrigo mandó tomar las armas a cuantos hombres fueron capaces de poderlas llevar, y así reunió un ejército considerable en número; pero como no estaban adiestrados en la guerra, después de tantos años de paz y mal gobierno, y la mayor parte no tenían otras armas que hondas, palos u otros objetos como estos, no era tan fuerte como parecía.

P. ¿Dónde se dio la batalla y que circunstancias hubo en ella?

R. Los dos ejércitos se avistaron a orillas del río Guadalete, cerca de Jerez, y se acometieron con igual valor, llevando los godos la mejor parte, hasta que D. Oppas, que estaba en el ejército de D. Rodrigo, se volvió contra él, y unido al conde D. Julián y otros muchos godos, empezaron a atacar por la espalda a los mismos godos, sembrando la confusión y el desorden. D. Rodrigo se mostró en esta batalla como buen capitán y buen soldado, pero no pudo evitar un desastre completo. En este día ¡de triste memoria para España! se hundió para siempre el imperio de los godos, año 711.

Las vestiduras de D. Rodrigo y su caballo se encontraron a la orilla del río, y nadie volvió a verle ni se sabe cuál fue su muerte.


lunes, 15 de abril de 2024

EL SANTO ABANDONO. CAP 14. EL ABANDONO EN LAS VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VÍA MÍSTICA

 


Artículo 1º.- Vía ordinaria o vía mística 

No hablaremos por el momento sino de la oración. y solamente con relación al santo abandono. 

¿Cuál es el fin de la oración? Por ella nos proponemos rendir a Dios nuestro homenaje; mas también hemos de buscar en ella la reforma de nuestras costumbres y el acrecentamiento de todas las virtudes, en especial de la caridad divina, con el fin de crecer en la vida de la gracia, y por consiguiente en la vida de la gloria. La oración nos encamina a este fin, mediante los actos que en ella se hacen, las gracias que se obtienen y las santas disposiciones en que nos deja. Y la mejor para nosotros será siempre aquella que de una manera afectiva y con más acierto nos conduzca a todo esto. 

El venerable P. Luis de la Puente decía, pues, con mucha razón: « El punto capital -en los caminos de la oración-, es que las almas enderecen sus meditaciones a la reforma de sus costumbres, y que estén bien persuadidas de que las luces espirituales son de muy escaso valor sin la práctica. Es, pues, necesario que se aprovechen de las gracias de la oración y de las luces que en ella reciben, para hacer cada día nuevos progresos en la virtud, para llegar a ser más serviciales, más obedientes, más dulces, más pacientes, más desprendidas de sí mismas, más amigas de los empleos bajos, más indiferentes en la estima y afecto de las criaturas, más cuidadosas de quebrantar su voluntad y de moderar la impetuosidad de sus deseos.» 

En otra parte, añade el mismo autor con el P. Baltasar Álvarez: « En fin principal de una buena oración y el mejor fruto que de ella resulta consiste en dar a Dios todo lo que nos pide, conformarnos en todo con las disposiciones de su Providencia relativas a nosotros, teniendo por un bien que nos quite la salud, el honor, los bienes y las comodidades temporales, que nos prive de sus favores o nos retire su presencia, dejándonos en las tinieblas y en los hielos del invierno; que nos entregue como presa a las tentaciones, a los temores, a las desolaciones de todo género. Nada más razonable: porque, ¿qué pretende Dios haciéndonos andar por estos duros caminos, sino conseguir por ello mayor gloria y procurar nuestro adelantamiento en la virtud? No hay duda, con tal que seamos fieles y perseverantes y no vayamos a mendigar cerca de las criaturas las consolaciones que El nos niega, y no retrocedamos ante la cruz que nos presenta.»

Rendir a Dios nuestros homenajes es el objeto primario de la oración, pero otro, que nunca debemos perder de vista, es nuestro progreso espiritual: esto es lo que ante todo debemos procurar y pedir con las más vivas instancias y de manera absoluta. Sea cualquiera la forma de nuestra oración, ahí es adonde ha de ir a desembocar: si efectivamente consigue este efecto, importa poco que sea de las más comunes; y si eso no se consigue, ¿de qué nos serviría, aun cuando fuese de las más místicas? «Estas enseñanzas -añade el Venerable P. La Puente- son tanto más necesarias -y deben recordarse- cuanto que muchas almas, aplicadas de lleno a soñar en caminos espirituales, descuidan su reforma y su adelantamiento, lo que es un verdadero engaño, y de donde se sigue que, después de muchos años de oración, han avanzado poco más que al principio de su carrera. Quizá no hay ilusión más funesta para sí misma y para los demás.» 

Dos caminos hay para llegar al fin: el camino ordinario, en que la oración no es manifiestamente pasiva, y el camino místico, en el que domina la contemplación infusa oscura, con las purificaciones pasivas. Las visiones, las revelaciones, las palabras sobrenaturales pueden o no hallarse en este segundo camino. 

¿Bastará el camino ordinario para conducimos a la santidad propiamente dicha? Bossuet declara que «sin las oraciones extraordinarias, se puede llegar a ser un gran santo»; mas se limita a afirmarlo. Según San Francisco de Sales, «muchos santos hay en el cielo que jamás tuvieron éxtasis ni raptos de contemplación, porque ¡cuántos mártires y grandes santos vemos en la historia que nunca tuvieron en la oración otro privilegio que el de la devoción y fervor!». Nadie lo dudará respecto de los mártires; en cuanto a los otros santos, el piadoso doctor sólo habla de éxtasis, pasando en silencio los grados de oración que le preceden. En los procesos de canonización, según hace notar Benedicto XIV, la Iglesia empéñase siempre en comprobar la heroicidad de las virtudes y milagros, pero «hay muchos nombres perfectos que han sido canonizados, sin que se haya tratado si tuvieron la contemplación infusa». ¿Obedece esto a que no se considera al estado místico necesario para la santidad? ¿No se funda más bien este proceder en que es imposible a veces determinar, fuera de tiempo, la existencia y grado de esta contemplación? La cuestión queda incierta en teoría, y de hecho, según el P. Poulain, un estudio histórico conduciría a esta conclusión: que «casi todos los santos canonizados» han tenido la unión mística, y en general intensa; se acostumbra a decir que no la disfrutaron, y tal afirmación es errónea respecto de algunos, y no está suficientemente probada con relación a los demás, faltando los documentos en determinados casos. 

¿Basta el camino ordinario por lo menos para conducir a una elevada perfección? En general se admite. Santa Teresa, como nadie ignora, colma de los más brillantes elogios las oraciones místicas, e invita a desearlas vivamente. No obstante, para consolar a aquellas de sus hijas que no serían elevadas a tal estado, aunque hiciesen cuanto era de su parte, les dice: «Es de suma importancia comprender que Dios no nos conduce a todos por un mismo camino, y que con frecuencia el que es más pequeño a sus propios ojos, es el más elevado en presencia del Señor. Así, por más que todas las religiosas de este monasterio se ejerciten en la oración, no se sigue que todas hayan de ser contemplativas; esto es imposible... - La que no lo es, no dejará de ser muy perfecta, a condición que cumpla fielmente lo que acabo de indicar; podrá aun sobrepujar a las otras en mérito, pues habrá de trabajar más a sus propias expensas. El divino Maestro tratándola como a un alma fuerte, unirá a la felicidad que la reserva en la otra vida todas las consolaciones que no ha disfrutado en ésta... Santa Marta fue una santa, aunque no se dice que fue contemplativa; si lo hubiera sido al modo de su hermana, abismada en una amorosa contemplación, no hubiera hallado nadie para preparar el alimento de Nuestro Señor. Puesto que es indudable que, sea por la oración mental o vocal, servimos siempre a este divino huésped, ¿qué nos importa llenar nuestras obligaciones con El más bien de una manera que de otra?» 

San Francisco de Sales usa idéntico lenguaje: «Hay personas muy perfectas, a las que nuestro Señor jamás concedió semejantes dulzuras ni estas quietudes; todo lo ejecutan con la parte superior de su alma y hacen morir su propia voluntad en la de Dios, gracias a notables esfuerzos y haciendo un llamamiento heroico a la razón; y esta muerte es en ellas la muerte de cruz, la cual es mucho más excelente y generosa que la otra.» De aquí concluye Bossuet, que «es un error hacer consistir el mérito y la perfección en el estado activo o pasivo. A Dios pertenece juzgar el mérito de las almas a quienes favorece con su gracia según las disposiciones que les inspira, y según los grados de amor divino -y otras virtudes- de sólo El conocidas». Concluyamos con el P. Álvarez de Paz: «Todos los perfectos no son elevados a contemplación perfecta, porque Dios todopoderoso tiene otros caminos para hacer perfectos y santos. En unos obra de un modo admirable por medio de las aflicciones, las enfermedades, las tentaciones y las persecuciones. Forma a otros mediante los trabajos de la vida y por el ministerio de las almas, ejercitado con las más puras intenciones. Conduce a otros a una eminente santidad, por medio de la oración ordinaria y de la mortificación en todas las cosas. Acontece a veces que uno, favorecido con grandes dones de contemplación, hállase inferior en caridad perfecta a otro que no los ha recibido.» 

El camino místico no es, por consiguiente, el único que puede conducir a una elevada perfección, pero es preciso convenir en que lleva a ella más aprisa y más fácilmente. En los Caminos de la Oración mental, «hemos puesto de manifiesto los poderosos resultados de las purificaciones pasivas, en las que Dios mismo, queriendo purificar al alma y simplificarla, obra con exquisita sabiduría que conoce el mal y el remedio, aplicando su mano poderosa, que continúa su obra a pesar de nuestras cobardías y debilidades». Hemos dicho que las oraciones místicas, sobre todo las más elevadas, están dotadas de una incomparable fuerza para iluminar el espíritu, mover el corazón, arrastrar la voluntad, y transformar nuestra vida. La contemplación infusa no es ciertamente ni la perfección ni el medio necesario para llegar a ella; sin embargo, es un maravilloso instrumento de santificación, «la escuela de las heroicas virtudes, el camino más corto y el vehículo más rápido para la perfección, una perla preciosa entre todas; tesoro tan deseable, que un sabio mercader no titubea en vender todos sus bienes por adquirirla». 

Suélese poner fácilmente como objeción los peligros de estos caminos más elevados y menos comunes; pero, «si la contemplación mística ofrece peligros que no es conveniente exagerar, la oración ordinaria tiene los suyos, que no son menos reales, y que tampoco se han de olvidar; y ya que el temor de los peligros no impide que las almas se entreguen a la meditación atraídas por sus ventajas, no hay razón suficiente para sospechar de la contemplación. Las oraciones místicas son una mina de oro, explotémosla; es cierto que ofrecen peligros, mas velemos por nuestra seguridad, sigamos con docilidad la inspiración divina, evitando con el mayor cuidado las emboscadas del enemigo. Por otra parte, la experiencia no tardará en mostrarnos que estas oraciones convienen a las almas generosas dispuestas a sufrirlo todo para unirse a Dios, y no a aquellas que están ávidas de gozar y de elevarse. El contemplativo participará con mayor frecuencia de la crucifixión del Calvario que de las alegrías del Tabor, y si tiene necesidad de ser probado y humillado, la tiene más aún de ser confortado.» 

Otra objeción es el peligro de las lecturas místicas. ¿Será el único? ¿No habrá que temer mucho más la ignorancia, las prevenciones, una especie de idea preconcebida, que cerrarían la puerta al Espíritu Santo? Suponemos, entiéndase bien, que el libro es de santa doctrina y que responde a las necesidades del alma. Y aquí aprovechamos gustosos la ocasión para decir que en los caminos de la oración es particularmente necesario un sabio director, al cual incumbe la elección de las lecturas. Entonces, este peligro provendría no del libro, sino de la misma alma, demasiado ansiosa de gozar y de elevarse. En estas disposiciones todo será peligroso para ella, no sólo las lecturas místicas, sino los libros ascéticos, las consolaciones de la oración ordinaria, y hasta la sagrada Comunión. Es esta lamentable disposición la que se habrá de condenar. 

La contemplación mística depende ante todo del beneplácito divino. «No está Dios obligado -dice Santa Teresa- a distribuirnos en este mundo esas gracias sin las que nos podemos salvar. Distribuye sus favores cuando le place: Dueño de sus bienes, los puede así comunicar sin ofensa de nadie.» «Perfectos hay -dice Álvarez de Paz- a quienes Dios rehúsa este don, a causa de su temperamento poco acomodado para la contemplación... a otros para humillarlos, por el riesgo que corren de estimarse a sí mismos y enorgullecerse con estos brillantes favores; a otros en fin, para realizar disposiciones secretas de su Providencia, que no nos es dado conocer.» Empero, no se ha de exagerar el alcance de esta observación, porque, en sentir de Santa Teresa, «nada desea Dios tanto como hallar a quien dar, y sus dones no aminoran sus riquezas». Por el contrario, cuando más da más se enriquece; ¿acaso no es éste para El el medio más excelente de hacerse conocer, amar y servir? 

Sucede con los dones místicos lo que con cualquier otra gracia; Dios la concede liberalmente, pero «como El quiere y conforme a la disposición y cooperación de cada uno». A nadie debe gracia tan inestimable, por bien preparado que se halle. De ordinario, espera que el alma esté suficientemente purificada y rica ya de virtudes, sin ser aun del todo perfecta. Cuando ella se abre por completo mediante una generosa preparación y una fiel correspondencia, la luz y el amor se precipitan en ella a grandes oleadas, entrando con menor abundancia si el alma se abre sólo a medias. Por consiguiente, siendo en todo la contemplación una gracia, depende en gran parte del celo que se despliegue para disponerse y corresponder a ella: Más adelante diremos que Dios mismo acaba de disponer al alma cuando a El le place por medio de las purificaciones pasivas. La preparación de que aquí hablamos proviene de nuestra iniciativa, mediante el socorro ordinario de la gracia. Consiste, según dejamos dicho en otra parte: 1º En suprimir los obstáculos, reforzando la cuádruple pureza de conciencia, de espíritu, de corazón y de voluntad tan necesaria para toda oración; En disponer positivamente el alma, haciendo de ella un santuario silencioso y recogido, embalsamado con todas las virtudes. Le es necesaria la fe viva, la confianza y el amor; y esto no lo alcanza sin una medida proporcionada de renunciamiento, de obediencia y de humildad. Y naturalmente, más adelantado debe uno hallarse en estas virtudes para la contemplación que para la oración ordinaria. 

Es la doctrina que nuestro Padre San Bernardo no cesa de inculcarnos. Citemos tan sólo el pasaje en que explica estas palabras del Cantar de los Cantares: «Lectulus noster floridus.» «Vos también deseáis, quizá, dice, este reposo de la contemplación, y hacéis bien; sólo que no habéis de olvidar las flores que adornan el lecho del Esposo. El ejercicio de las virtudes ha de preceder al santo reposo, como la flor debe preceder al fruto». Abnegad vuestra propia voluntad, porque si vuestra alma está cubierta de la cicuta y de las ortigas de la desobediencia, ¿podrá darse todo a vos Aquel que amó la obediencia hasta el punto de morir antes que dejar de obedecer? Yo no puedo comprender a algunos de entre nosotros: nos han turbado por su singularidad, irritado por su impaciencia, despreciado por su obstinación: molestan sin cesar a sus hermanos y hieren la concordia, mas aún tienen «la desvergüenza» de invitar con incesantes ruegos al Dios de toda pureza a tomar reposo en su alma manchada. «Vuestro lecho no es florido, huele mal. Comenzad por purificar vuestra conciencia de toda levadura de ira y de disputa, de murmuración y de envidia. Apresuraos a arrojar de vuestro corazón todo cuanto conozcáis contrario a la paz con vuestros hermanos, a la obediencia para con vuestros superiores. Rodeaos en seguida de flores de todo género de buenas acciones, de buenos deseos, perfumados con los suaves olores de las virtudes. Pensad, practicad todo lo que es verdadero, todo lo que es casto, todo lo que es justo, santo, amable, de buen nombre, todo lo que es virtud y disciplina. Entonces podréis llamar al Esposo con confianza, y decirle con toda verdad: "Nuestro lecho es florido, pues sólo respira piedad, paz, mansedumbre, justicia, obediencia, santa alegría y humildad". Así, pues, los aún novicios en la vida espiritual han "de besar los pies al Salvador", regarlos con las lágrimas de su arrepentimiento. Los que trabajan penosamente en la adquisición de las virtudes "besen las manos del buen Maestro"», y llámenle humildemente en su ayuda; es preciso que aun adoren temblando, que se hagan del todo pequeñas, y el Maestro infinitamente sabio tendrá cuidado de humillarlas antes de elevarlas, y de humillarlas aun después de haberlas elevado. «Porque es necesario que, quien aspira a tan valiosos favores, tenga de sí bajos sentimientos... Cuando veáis que os humilla, es prueba de la proximidad de la gracia... si sabéis sufrirlo todo en silencio y con alegría por Dios.» 

La contemplación mística, en opinión de Santa Teresa, es un convite general al que Nuestro Señor nos invita a todos. Les es, pues, ofrecido y como prometido a las almas de buena voluntad; lo dará a las que se preparen a él por un completo desasimiento, una perfecta humildad, y la práctica de las otras virtudes, y a los que, lejos de detenerse en el camino, marchan con ardor siempre nuevo hacia el feliz término de sus deseos. La Santa exige sobre todo «humildad, humildad, puesto que por ésta se deja vencer el Señor y cede a todos nuestros deseos». Sin duda, esta oración es sobrenatural, y Dios, dueño siempre de sus bienes, no nos conduce a todos por un mismo camino. Sin embargo, « sea el alma humilde y despegada de todo, pero que lo sea de verdad, y no de pura imaginación que con frecuencia engaña, y el divino Maestro le concederá, sin duda, no sólo esta gracia, sino muchas otras también que sobrepasan sus deseos». San Juan de la Cruz tiene idéntico modo de pensar. 

De hecho, por poco que se hojeen los Exordios de Císter, nuestro Menelogio y los Sermones de nuestro Padre San Bernardo, se llega pronto al convencimiento de que la mística ha tenido magnífico desarrollo en nuestra Orden durante muchos años y siglos. Otro tanto sucedió entre los hijos del Pobre de Asís, en el Carmelo, en la Visitación, y en todas las familias religiosas, mientras han conservado el fervor primitivo, especialmente entre las contemplativas y de vida claustral. Santa Teresa afirma que apenas había en sus casas una religiosa que marchase por los caminos de la meditación; las otras, son todas elevadas a la contemplación perfecta. Declara Santa Juana de Chantal que «el atractivo casi general de las Hijas de la Visitación es por una secillísima presencia de Dios y un entero abandono»; lo que no es ya de la oración ordinaria, y lo cual no es de extrañar, dado que el medio ambiente era ideal. Mas declara Scaramelli después de treinta años de misión, «que ha encontrado por todas partes algunas almas a las que Dios conducía por estos caminos místicos a una elevada santidad». En nuestros días, como en los siglos pasados, la experiencia demuestra que Dios se ha reservado no pocas almas a las que favorece con sus más preciosos dones; las hay hasta en el mundo, y en las comunidades religiosas. Esto no lo alcanzará la mayoría de las almas; la muchedumbre quedará siempre en el valle, un buen número subirá las primeras pendientes, y sólo una parte escogida ganará las cumbres. La oración mística será, pues, muy rara en sus grados superiores, pero en sus primeros escalones lo es mucho menos de lo que comúnmente se cree. Tanto más, cuanto que muchas almas son contemplativas sin saberlo su confesor, y hasta sin sospecharlo ellas mismas: «Son éstos, según expresión de Bossuet, los juegos maravillosos de la divina Sabiduría que oculta a las almas lo que les da, y que les hace buscar la contemplación que ya poseen.» 

Debiera, empero, el estado místico ser harto más frecuente. Son numerosas las almas que Dios querría conducir allí y se quedan en mitad del camino. Algunos podrían decir con el enfermo del Evangelio: «Hominem non habeo»; no tengo quien me introduzca en la piscina, y hasta encuentro quienes me impiden entrar en ella. Otras están retenidas por la fatiga, la agitación, los escrúpulos; pero la mayor parte no aprecian esta perla preciosa en su valor, no han hecho lo necesario para conseguirla, no han cultivado suficientemente la abnegación, la obediencia, la humildad. Esta es la causa principal de que no haya más contemplativos. Con razón decía Santa Catalina de Bolonia: «Si hoy se hallase una Magdalena que amase a Dios con más ardor que la del Evangelio, Dios también le correspondería con más amor y le concedería dones más excelentes; si existiera un Francisco que abrazase por El más sufrimientos que San Francisco de Asís, le colmaría de más numerosos y preciados favores; si hubiese una Clara que por su santidad fuese más agradable a Dios que Santa Clara, la enriquecería de gracias más preciosas.» 

De esta exposición dimanan las conclusiones siguientes: No estamos obligados a desear el estado místico, y Dios tampoco lo está a dárnoslo, porque no constituye la perfección, ni el único camino para llegar a ella. 

Tenemos legítimo derecho a desearlo y pedirlo hasta con instancias, por la sobreabundancia de luz y de amor, por el aumento de fuerza que nos proporciona. Es muy bueno tenerlo a la vista, aunque sólo fuese como un ideal lejano, pues sería poderoso estimulante de nuestra actividad espiritual. 

Hemos de disponemos a él, porque, en definitiva, la preparación que de nosotros depende, no es otra cosa sino el fiel cumplimiento de los deberes diarios y la práctica de la mortificación cristiana; y esto se impone a toda alma cuidadosa de su adelantamiento espiritual. No ha de ser nuestro deseo afanoso ni quimérico, ya que cada cosa ha de venir a su tiempo; es necesario arrostrar los duros combates de la vía purgativa y los prolongados trabajos de la vía iluminativa, antes de gustar el reposo de la vía unitiva. Seria una deplorable ilusión descuidar la lucha y el progreso, acariciando la idea de llegar a la contemplación sin ejecutar con celo y sin demora lo que constituye su preparación necesaria. 

Por legítimo que sea nuestro deseo, ha de regularse por la humildad y el abandono. Un alma humilde se juzga indigna de tan encumbrado favor, no se sentirá herida de estar privada de él durante largo tiempo, ni de estarlo para siempre. Con el abandono se hace indiferente por virtud, hasta para una cosa tan deseable cual es la contemplación; no la pretende sino en cuanto Dios la quiere para nosotros, y así se conserva en el orden y la paz, y en caso de falta de éxito se evita la tristeza y el desaliento. 

Deseemos el progreso en la oración, puesto que es un poderoso medio. Deseemos aún con mayor ahínco el progreso en la virtud, puesto que es el fin. Pongamos nuestra solicitud y esfuerzo en hermosear nuestra morada interior, en adornarla con todas las virtudes, en vivir allí con Dios en el silencio y la vida de oración; y, aun suponiendo que nos las rehusase para santificarnos por otro camino, siempre nos quedará como premio de nuestros esfuerzos un rico acrecentamiento de gracia y de gloria. ¿No es esto lo esencial?

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lunes, 8 de abril de 2024

Que el Corazón de Jesús es una hoguera de amor para cada uno de nosotros

 


Lo que Nuestro Señor es para todos sus fieles en general, lo que ha hecho por todos, esto es y hace también para cada uno en particular.

Cada uno de nosotros es, por decirlo así, el mundo compendiado de Jesús, el compendio de su Iglesia, de su creación natural y sobrenatural. Por tanto puedo resumir en dos palabras lo que el Hijo de Dios hace por mí, lo que hace por cada uno de nosotros individualmente, á saber: me saca de un abismo de males, y abre ante mi fidelidad un mundo de bienes y de felicidades sin fin. 

Por el pecado original nací en un estado de degradación y de muerte, cuyo horror ni aun puede concebir mi entendimiento: era hijo de ira, según la terrible expresión de la Escritura;, era enemigo de mi Dios y objeto de su maldición. Estaba excomulgado por la Santísima Trinidad, anatematizado por el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, separado de la compañía de los Ángeles, desterrado de la casa de mi Padre celestial, excluido del Paraíso, privado de ver a Dios. Estaba perdido sin remedio.

Estaba en pecado, es decir, en el mal de los males, en la causa única de todos los males que desoían la tierra y el infierno, el tiempo y la eternidad. ¡Oh qué sima es el pecado! Sin ser infinito en la criatura que le comete y que no es capaz de lo infinito, es sin embargo en sí mismo un mal verdaderamente infinito, porque viola la santidad de Dios, que es infinita; porque ofende a una majestad, a una bondad, a un poder, a una sabiduría infinitas; y por esto merece en estricta justicia una pena infinita, al menos en cuanto a la duración. 

Para expiarle digna y plenamente, es necesaria una víctima de una dignidad infinita, esto es, divina. Au-n O 1 ’ cuando todos los Angeles, todos los Serafines y todas las Virtudes de los cielos llegaran á encarnarse, y á sufrir, y á morir; aún cuando todos los Santos, desde el principio hasta el fin del mundo, juntaran sus méritos, sus oraciones, sus penitencias, sus lágrimas, sus buenas obras; aun cuando todos derramáran hasta la última gota de su sangre; aun cuando ¡oh prodigio! la santísima é inmaculada Virgen María ofreciera á Dios los inefables méritos de su vida y de su muerte, el abismo del pecado permanecería siempre abierto, sin que pudiese llenarse el lado por donde es infinito con los esfuerzos de ninguna criatura. 

El abismo del pecado no es otro, en efecto, que el abismo del infierno. Luego, si mi Salvador en su infinita misericordia y bondad, sea mil veces bendito, no se hubiese hecho hombro para venir á salvarme; si no hubiese llorado y sufrido por mí miserable; si su divino sacrificio no me hubiese rescatado de la muerte, y muerte eterna, ninguna criatura, ni en el cielo ni en la tierra, hubiera podido sacarme del abismo del pecado, ni librarme de la muerte y del anatema, ni aun refrigerarme por medio de aquella gota de agua que el rico avariento (tipo del condenado) pide en vano hace tanto tiempo. No obstante, por una dicha incomprensible, me encuentro fuer^ de ese. abismo de infidelidad; y ¿á quién lo debo? ¿á quién? ¡Oh Jesús! Vos lo sabéis ¡sólo á Vos! Sí, vuestro amor infinito, vuestro sagrado Corazón, órgano y foco de este amor; la bondad inmensa, la infinita misericordia y el amor incomparable de vuestro Corazón son los nue me han salvado! Esas llamas sagradas me han dado la vida y han apagado las llamas de mi horrible infierno. Y esto lo habéis hecho gratuitamente, y más que gratuitamente, pues me encontraba ante Vos, no sólo desnudo de todo mérito, sino como un réprobo, asqueroso, horrible y hediondo. ¡Qué gracia la vuestra, Dios mío! ¡Qué misterio de amor! ' Y lo que Jesucristo ha hecho por mí al admitirme al Bautismo, lo ha renovado sobreabundantemente mil y mil veces, lo renueva incesantemente en el sacramento de la Penitencia, perdonándome siempre; sí, siempre, siempre; perdonándomelo todo, sin cansarme nunca, ¡ah! sin saber vengarse más que con el perdón.

Esto ha hecho por mí el Corazón de mi Jesús. «¿Qué le daré en acción de gracias? Tomaré el cáliz de salud,»1 y ofreceré á mi celeste Bienhechor un sacrificio digno de El. Orando un día Santa Teresa delante del Santísimo Sacramento, se encontraba como agobiada por el peso de las misericordias divinas, y experimentaba grande angustia por no poder agradecerlas como convenía. Entonces salió una voz del Tabernáculo, que le dijo: «Manda celebrar una misa; esto basta.» También yo tomaré, para otrecérosla en acciones de gracias infinitas, la sangre de ese mismo Sacrificio que me ha redimido y salvado. Recibidla, Señor Jesús, como recibisteis en el seno de vuestro Padre el sacrificio de Abel, y no permitáis que pierda jamás por mi infidelidad el fruto de vuestra pasión y muerte.

viernes, 29 de marzo de 2024

Lo que fué el Corazón de Jesús para su Santísima Madre durante su Pasión (Mons. Segur)

 


Siendo Jesús el hijo más perfecto, el mejor hijo que haya existido, sintió con dolor amarguísimo la repercusión de los terribles dolores que su amadísima Madre tuvo que sufrir durante toda su vida, principalmente en los días de su Pasión. Los dolores de Jesús eran los de María, y los dolores de María eran los de Jesús. Llegado el día de su acerba Pasión, Nuestro Señor, obediente hasta la muerte á su Santa Madre lo mismo que á su Padre celestial, pidió á la Santísima Virgen, en común sentir de los Santos, consentimiento para llevar á cabo su sangriento sacrificio, y Ella se lo dió con un amor y un dolor inconcebibles. Jesús le dió á conocer sus (uturos sufrimientos, y le pidió que en ellos le acompañara en espíritu y en cuerpo.

Así, pues, María ofreció su Corazón, y Jesús entregó su cuerpo; y de esta suerte la Madre tuvo que sufrir en su Corazón todos los tormentos de su Hijo, y el Hijo tuvo que sufrir á la vez torturas inconcebibles en su cuerpo, y en su sagrado Corazón las del Corazón de su Madre.

Después de su tierna despedida, el Salvador fué á abismarse en el océano inmenso de sus dolores, llevando, como aguda saeta atravesada en su Corazón, el pensamiento y las desolaciones de Aquella á quien El amaba sobre todas las cosas. Por su parte, la Santísima Virgen, entrando en profunda oración, empezó á acompañarle interiormente y á participar délas angustias de su agonía. María decía con Jesús: «Señor, cúmplase vuestra voluntad y no la mía.»

Durante la terrible noche de la Pasión, la Santísima Virgen siguió en espíritu á su querido y adorable Jesús, vendido traidoramente, abandonado, maltratado, cubierto de insultos y ultrajes, abofeteado, escupido. ¡Qué noche! El Corazón de Jesús no dejó un solo instante el Corazón desgarrado de su Madre, y le enviaba incesantemente gracias extraordinarias para que pudiera sufrirlo todo sin morir. Entre otras gracias, le envió San Juan, su discípulo amado, que ya no la dejó, y fué el único entre los Apóstoles que la acompañó hasta el pie de la Cruz y hasta el sepulcro.

Sabiendo que se acercaba el momento en que debía seguir, no sólo con el corazón, sino también personalmente, á la Víctima divina hasta el sangriento altar del sacrificio, salió al clarear el día, acompañada de San Juan, de María Magdalena y de otras santas mujeres. Pronto, confundida entre la turba del pueblo, vió á su Hijo, su Señor, su Dios, y su único Amor; viole pálido y desfigurado, arrastrado como vil malhechor del palacio de Caifás al de Pilatos, del palacio de Pilatos al de Herodes, y otra vez al de Pilatos, vestido de blanco en señal de loco. Vió á su dulce é inocente Cordero azotado y bañado en sangre en el pretorio; y luego, cubierto con andrajoso manto de púrpura, con irrisorio cetro de caña en sus manos, y coronado de espinas, ser mostrado á un pueblo ebrio de furor, y por último condenado á muerte. En sus oídos resonaba la horrible blasfemia: «¡Crucifícale, crucifícale! No tenemos otro rey que el César!

Y durante todo este tiempo Jesús miraba á su Madre, á veces con los ojos del cuerpo, siempre con los del Corazón! ¡Qué de angustias en esta mirada! Imitando al inocente Cordero que se dejaba inmolar en silencio, María, como Oveja de Dios, lloraba y sufría en silencio. Sólo el silencio podía convenir á semejantes dolores. Pónese en marcha el lúgubre cortejo. La Oveja podía seguir á su Cordero por el rastro de su sangre. Con esta sangre divina mezclaba la de su Corazón, es decir, sus lágrimas. Vió a su Amado, á su Jesús, caer bajo el peso de la Cruz. Viole subir la cuesta del Calvario. Viole, después de clavado en el terrible madero, elevarse como ensangrentada bandera de salvación y de esperanza, de amor y de justicia, de vida y de muerte, dominando la multitud. El amor la obligó á aproximarse lo más que pudo á su adorable Hijo, y durante aquellas horas interminables sufría con Jesús dolores que jamás podrá el hombre comprender; dolores divinos, en expresión de San Buenaventura. Todo lo que Jesús pendiente de la Cruz sufría en su alma y en su cuerpo, lo sufría la Madre de los Dolores en su Corazón. Y desde lo alto de la Cruz, á través de las lágrimas y de la sangre que oscurecían sus ojos, el Redentor contemplaba á su Santísima Madre, y daba sus sufrimientos un mérito que sólo Él medir podía. La sacratísima Oveja y el divino Cordero se miraban en silencio y se comunicaban sus dolores. Y á medida que el sacrificio avanzaba á su término, á medida que la santa Víctima entraba en las angustias de la muerte, el sufrimiento inenarrable de Jesús, y por consiguiente de María, de María y por consiguiente de Jesús, subían, subían siempre como la marea de los grandes mares. Este sufrimiento llegó á su colmo cuando, consumado todo, el Verbo eterno crucificado exhaló su último grito de horrible angustia y de triunfo, inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Jesús espiró mirando á su Madre. María fué la primera que recibió aquella divina mirada en Belén, cuando el Hijo de Dios vino al mundo; justo era que-fuese también la última en gozar de ella cuando el misterio de la Redención se consumaba en el Gólgota.

¡Oh! ¡quién pudiese sondear los misterios de amor y de dolor contenidos en aquella última mirada de Jesús moribundo! Esta caía sobre la más pura de todas las criaturas, sobre la Virgen inmaculada, sobre la Hija predilecta del Padre Eterno, sobre la Madre de Dios-Hijo, sobre la Obra maestra y Esposa del Espíritu Santo. Caía sobre la mejor de las madres; sobre la que Jesús amaba más que á todas las criaturas de la tierra y de los cielos; sobre la compañera fidelísima de toda su vida y de todos sus trabajos. Desde lo alto de la Cruz, el Corazón de Jesús nos dió por Madre á todos y á cada uno la Santísima Virgen en la persona de San Juan. Sí, del fondo de ese Corazón lleno de amor han salido estas dos palabras escritas en caracteres de fuego en el corazón de los verdaderos cristianos: «¡Hé ahí á vuestro Hijo!» y «¡Hé ahí á vuestra Madre!» ¡Recibir por Madre á la inmaculada Madre de Dios! ¡qué legado! ¡qué donación tan divina! Bien se reconoce en ella al sagrado Corazón de Jesús: sólo El era capaz de semejante exceso de ternura! ¡Así se venga de los pecadores, dándoles su Madre inmaculada! ¡Oh buen Jesús! inocentísimo Cordero, que tanto sufristeis en vuestra Pasión y que visteis el Corazón virginal de vuestra Madre abismado en un océano de dolores! enseñadme, si os place, á acompañaros como Ella en vuestras aflicciones. Enseñadme á odiar el pecado y á ser un buen hijo para con vuestra Madre. Pobre corazón mío, tan débil y tan culpable, ¿no te derretirás de dolor viendo que eres la causa de los indecibles dolores de tan Santa Madre y tan dulcísimo Salvador? ¡Oh Jesús crucificado, amor de mi corazón ! ¡Oh María, mi consuelo y Madre mía! imprimid en mi alma un gran desprecio de las vanidades y placeres mundanales, y haced que tenga siempre ante mis ojos vuestros sagrados dolores, á los cuales deberé mi salvación y mi eterna felicidad.

LA CRUZ FUENTE DE TODAS LAS GRACIAS

 


Los sacramentos son armas poderosas que Dios nos da para santificarnos y fortalecernos. Nos da por medio de los sacramentos la gracia y fortaleza que necesitamos.
Los sacramentos nos incrementan la vida en el alma. Pero ellos NO son el árbol de la vida. El árbol de la vida es la Cruz. Su fruto son los Sacramentos. Uno no puede querer el fruto sin querer también el árbol. Uno no puede solo amar el fruto y despreciar al árbol.
Es en estos momentos cuando casi no tenemos sacerdotes ni sacramentos verdaderos cuando la Cruz, fuente de toda santidad nos es absolutamente necesaria. Nos encontramos en el presente estado de necesidad en una situación similar en el que estuviera la iglesia del Japón hace unos siglos.
Es ahora entonces cuando hay que meditar y profundizar en el hecho de que nuestro instrumento esencial,
La Cruz, la tendremos siempre ahí, nadie nos la puede quitar, solo depende de nosotros mismos que la abracemos para que nos santifique o de que la quitemos para que sea nuestra perdición.
Dios dijo a Santa Catalina de Siena que muchos quieren ir directamente a Él para no pasar por la Cruz ya que en Él en este momento no hay dolor; pero que esto NO es posible y añade: “En mi verdad, en mi palabra está el dolor. Así como en mi Cruz, en mi Pasión y muerte, ahí está el dolor, y nadie podrá venir a Mí si primero no pasa por la Cruz”.

Pero la Cruz es precisamente la parte que la mayoría de los católicos no quieren. Esto es lo que la Iglesia Conciliar y la falsa misa nueva enseñan. No están dispuestos a aceptar el dolor que causa la fidelidad a Cristo, la fidelidad a la Cruz, la Cruz que causa la fidelidad a su verdad, el amor a la verdad, único amor capaz de hacernos libres.
La bendita Cruz es entonces, sin duda alguna, el medio más eficaz para llegar a Dios. Y esta, gracias a Dios todos la tenemos. NO busquemos la santificación donde Cristo NO la ofrece. Donde esta Cristo ahí está la Verdad, y donde esta la verdad está la Cruz y la salvación eterna.

Digamos con San Pablo “No me glorío sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. AMEN

R.P. RAFAEL OSB

martes, 19 de marzo de 2024

CONSAGRACIÓN TOTAL A SAN JOSE Y LA SAGRADA FAMILIA. (Libro ahora en Español).

 


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19 DE MARZO SOLEMNIDAD DE SAN JOSE

 



   El Señor San José no solo amaba a Jesús y a María como debe ser amado Dios y su madre, es decir, con todo su corazón, sino que también amaba al prójimo por amor de Dios, formando dichos amores el torrente infinito de la caridad de José; él amaba al prójimo con todo su corazón en Dios y por Dios, mostrándole su amor con toda clase de beneficios. José, en fuerza de su amor, deseaba enjugar las lágrimas de todo el género humano, socorrer a los necesitados, alegrar al triste y desconsolado y trabajar por la salvación de todos. Por esto, en Belén no se queja de los desprecios, vive con los pastores, los introduce a Jesús y hace a los reyes magos reyes de sí mismos y de su gloria.
   Por esto, con su bondad, gana en Egipto el corazón de sus habitantes, arranca a muchos de sus supersticiones, les alcanza gracias admirables para que adoren a un solo Dios verdadero y, con sus palabras de sabiduría, puso los cimientos de la vida santísima que se estableció en aquellas regiones después de algunos años. José en su patria hacía para su prójimo las más heroicas obras del más perfecto israelita, ni podía ser de otro modo como formado en la escuela de Jesús y de María. José amó al prójimo haciéndole todos los bienes que podía, entregándole al Hijo y a la Madre para su redención y continuando él poniendo su dulzura inalterable a los malos tratamientos, un perfecto silencio a injurias horribles, una paciencia a toda prueba a los desprecios y el mayor sufrimiento a sus penas.
   ¡Oh! Si lo amásemos en Dios y para Dios. ¡Oh! Si cumpliéramos la parte esencial de tan importante precepto.
   Acordémonos del amor de José y pidámosle tan importante gracia.

 Las Glorias de San José


R.P. José María Vilaseca

jueves, 14 de marzo de 2024

EL SANTO ABANDONO CAP. 13 (Artículo 4º.-El escrúpulo)

 



El escrúpulo no es la delicadeza de conciencia, es tan sólo su falsificación. Una conciencia delicada y bien formada no confunde la imperfección con el pecado, ni el pecado venial con el mortal; juzga con sano juicio de todas las cosas, y es tanto lo que ama a Dios, que en nada quiere desagradarle; tiene tanto celo por la perfección, que quiere evitar hasta la menor falta: está, pues, formada de luz, de amor y de generosidad. 

El escrúpulo, por el contrario, se funda en la ignorancia, el error, o una desviación de juicio, es el fruto de un espíritu turbado, y exagera las obligaciones y las faltas, viéndolas donde no las hay. Por el contrario, le sucede con harta frecuencia desconocer las que realmente existen, pudiendo darse el caso de ser escrupuloso en determinada materia hasta lo ridículo, y ancho de conciencia en otra hasta la desedificación. 

El escrúpulo es el azote de la paz interior. El alma atacada de este mal es esclava de un dueño intratable, y no habrá paz para ella. «Sus más ligeras faltas -dice el P. Ambrosio de Lombez- serán crímenes, sus mejores acciones estarán mal hechas, sus deberes no serán cumplidos; y, después que el alma hubiere revuelto mil y mil veces todo esto, este tirano del reposo no estará más satisfecho que la primera.» La perseguirá sin descanso en sus oraciones, por el miedo a los malos pensamientos; en sus comuniones, por las arideces inseparables de estos violentos combates; en la confesión, por el temor de haberse acusado mal o de no haber tenido contrición; en todos sus ejercicios espirituales, por el recelo de haberlos practicado mal; en las conversaciones, por el temor de hablar del prójimo, y en la soledad, por hallarse allí sola sin consejo y sin apoyo, sola con sus ideas, sola con su tirano.

 «Los escrupulosos temen a Dios, mas este temor constituye su suplicio; le aman, y este amor no les da algún consuelo; le sirven, pero es a la manera de esclavos; están como aplastados bajo el peso de su yugo, cuando éste es alivio y reposo para los demás hijos.» En una palabra, son justos con frecuencia, envidiables por su virtud, siempre dignos de lástima por sus sufrimientos. El escrúpulo es uno de los peores azotes de la virtud espiritual, pero en diversos grados.

Por de pronto impide la oración. Hay quien tiene la manía de volver sobre sí mismo; examina, vuelve a examinar, examina otra vez, y durante este tiempo ni adora ni da gracias, y ¿ha pensado siquiera en hacer un acto de contrición, en pedir la gracia de corregirse? Está sobradamente ocupado de sí para tener tiempo de hablar con Dios; y así no ora, o si lo hace es de una manera defectuosa, porque el escrúpulo causa una agitación que impide el silencio interior y la atención en la oración; sumergiendo al alma en la tristeza y el temor, ahoga la confianza y el amor, y conduciría hasta huir de Dios, e impide al menos las expansiones cordiales y efusivas y las alegrías de la intimidad. Llegará a hacer penosas y quizá insoportables la confesión, la sagrada Comunión y la oración, que constituyen la fuerza y las delicias de las almas piadosas. Además de la oración, la vida interior exige la vigilancia sobre sí mismo y la continua aplicación a reprimir los movimientos de la naturaleza, a secundar los de la gracia. Para este doble trabajo tan duro y tan delicado, el escrúpulo nos coloca en mala situación, porque agita y deprime. El espíritu turbado no acierta a ver con claridad, porque, demasiado preocupado de ciertos deberes, es capaz de dejarse absorber de tal suerte por ellos que olvida los demás. 

La voluntad fatigada con tantas luchas podrá aflojar, perder el ánimo y aun desistir de su empeño, para ir a buscar con harta sinrazón el reposo y la tranquilidad en las cosas criadas. Si el escrúpulo no paraliza al menos la obra, de ordinario la retardará y siempre la dañará. ¿Puede ser perfecta la fe que cierra los ojos a las misericordias de Dios y no quiere ver sino su justicia, al mismo tiempo que la desnaturaliza? ¿Será perfecta la esperanza que, a pesar de la buena y más sincera voluntad, osa apenas esperar el cielo y la gracia, tiembla siempre de espanto y jamás confía? ¿Puede ser perfecta la caridad que, a pesar de amar a Dios, teme comparecer en su presencia, no tiene una palabra amorosa, y no acierta sino a temer al Señor infinitamente bueno? ¿Está bien ordenada la contrición que turba la inteligencia, abate el ánimo y trastorna al alma de buena voluntad? ¿Es una verdadera virtud esa humildad que destruye la confianza y degenera en pusilanimidad? No, de ninguna manera; el escrúpulo no es la prueba de un amor ardiente, de una conciencia delicada. ¿Será entonces sutil amor propio, un egoísmo espiritual demasiado ocupado de sí mismo y no lo bastante de Dios? ¿Diremos que es una voluntad buena y sincera, pero extraviada? 

Lo que de cierto podemos afirmar es que constituye una verdadera enfermedad que amenaza a la vida espiritual en su existencia, y que perjudica terriblemente su ejercicio. Así, en tanto que los demás marchan, corren, vuelan por los senderos de la perfección con el corazón dilatado por la confianza y el alma rebosando paz, el pobre escrupuloso con no menos generosidad, pero mal regulada, se fatiga en vano, apenas avanza, quizá retrocede y sufre, porque «consume un tiempo precioso atormentándose por todos sus deberes, pesando átomos, haciendo monstruos de las más pequeñas bagatelas»; hace gemir a sus confesores, contrista al Espíritu Santo, arruina su salud, fatiga la cabeza. No osa emprender cosa alguna, y apenas sabría ser útil a los otros; podría hasta dañarlos comunicándoles su mal, o haciendo la piedad enfadosa y ridícula. 

El escrúpulo, si se le da pábulo, es en mayor o menor escala un verdadero azote de la vida espiritual. Sin duda alguna es la voluntad de Dios significada que nosotros le persigamos a causa de sus desastrosos efectos. Todos los teólogos y los maestros de la vida espiritual están unánimes en este punto, y señalan detalladamente el procedimiento que ha de seguirse. Bástenos decir aquí que, para vencer este terrible enemigo, es necesario orar mucho, apartar las causas voluntarias, y sobre todo practicar la obediencia ciega. El escrupuloso puede ser instruido, experimentado, juicioso para todo lo demás, pero en lo concerniente a sus escrúpulos es un enfermo cuyo espíritu divaga, y obraría como un demente siguiendo su propio juicio. Obedecer con la docilidad de un niño a su confesor que diagnostica el mal y prescribe los remedios, es para él la más alta sabiduría y la única esperanza de curación, que es obra harto difícil.

Por lo mismo, es imprescindible orar con instancia para implorar la gracia de no adherirse a sus ideas, sino de obedecer aun contra sus propios sentimientos; tiene la conciencia falseada, y la enderezará conformándola con la de su confesor. Es también el beneplácito de Dios que soportemos con paciencia la pena del escrúpulo por el tiempo que a El le agradare. Podemos siempre combatir este mal, y a veces conseguiremos hacerlo desaparecer, otras atenuarlo solamente, y se dará el caso de que, por permisión divina, persista a pesar de nuestros esfuerzos. 

Hay, en efecto, muy diversas causas de las que unas dependen de nuestra voluntad, otras no están sujetas a su dominio. ¿Es acaso origen de este mal el exceso de trabajo y austeridades, la lectura de libros demasiado rígidos, el trato frecuente con personas escrupulosas, la costumbre de no ver a Dios sino como juez terrible, y no como Padre infinitamente bueno? ¿ Proviene por ventura de la ignorancia que exagera las obligaciones, que confunde la tentación con el pecado, la impresión con el consentimiento? En estos y otros semejantes casos está en nuestra mano el suprimir las causas y, removido el principio, llegaremos más fácilmente a hacer desaparecer el mal. Mas la causa es con frecuencia un temperamento melancólico, un natural tímido y suspicaz, la debilidad de la cabeza, o cierto estado particular de salud; cosas todas que más dependen del divino beneplácito que de nuestra voluntad. En este caso suelen durar largo tiempo los escrúpulos, y hasta se manifiestan en las ocupaciones de índole no religiosa. No pocas veces será el demonio la causa del mal. Se aprovecha de nuestras imprudencias, explota nuestras predisposiciones, agita los sentidos y la imaginación para excitar los escrúpulos o aumentarlos. 

Si encuentra un alma algún tanto ancha de conciencia la excita a que lo sea más aún; pero si la ve algún tanto tímida, busca cómo hacerla temerosa hasta el exceso, llenarla de turbación y angustia, con la esperanza de que ha de abandonar a Dios, la oración y los Sacramentos. El fin que persigue es hacer insoportable la virtud, conducir a la tibieza, al desaliento, a la desesperación. 

Dios jamás será directamente el autor de los escrúpulos. Estos sólo pueden originarse de la naturaleza caída o del demonio, puesto que se apoyan en el error, y constituyen una enfermedad del alma. Mas Dios los permite, y a veces quiere hasta servirse de ellos como de un medio transitorio de santificación; y en este caso, los regula y los dirige en su infinita sabiduría, de suerte que consigamos el buen efecto de vida espiritual que de ahí esperaba; llena el alma del temor al pecado a fin de que arroje por completo de sí las faltas pasadas, y en lo sucesivo las evite con doblado celo. La humilla de tal suerte que no se atreva ya a fiarse de su propio juicio y se someta enteramente a su padre espiritual. Si se trata de un alma adelantada, con este procedimiento la acaba de purificar, despegar, aniquilar para disponerla a mayores gracias. Así es como los santos han pasado por esta prueba, unos al tiempo de su conversión, como San Ignacio de Loyola; otros, como San Alfonso, en la época de su más encumbrada santidad. 

Puede, pues, haber muchas causas inmediatas de los escrúpulos, y no hay más que una causa suprema, sin que la naturaleza y el demonio nada podrían. Aun cuando nosotros mismos fuésemos los autores de nuestra desdicha, requiérese por lo menos la voluntad permisiva de Dios, y por lo mismo, es preciso ver en esto, como en todo, la mano de la Providencia; y no es porque Ella quiera el desorden de los escrúpulos, mas puede, sin embargo, querer que llevemos esa cruz.

Su voluntad significada nos invita en este caso a luchar contra el mal, y su beneplácito a soportar la prueba. Nos convendrá, pues, por todo el tiempo que dure, combatir con frecuencia, y ¡ojalá que sepamos hacerlo con un abandono lleno de confianza! «Para terminar -dice San Alfonso- repito: obedeced; y, por favor, no continuéis mirando a Dios como un cruel tirano. Es indudable que aborrece el pecado, mas no puede aborrecer a un alma que detesta y llora sinceramente sus faltas.» «Tú me buscas -decía el Señor a Santa Margarita de Cortona- pero Yo, tenlo bien entendido, te busco a ti, más que tú a mi; y tus temores son los que te impiden avanzar en el amor divino.» 

Atormentada por los escrúpulos, aunque siempre sumisa, Santa Catalina de Bolonia temía acercarse a la sagrada mesa, pero bastaba una señal de su confesor para que sobreponiéndose a sus temores, fuese a comulgar. Para animarla a obedecer siempre, apareciósela un día Nuestro Señor y la dijo: «regocíjate, hija mía, que muy agradable me es tu obediencia». Aparecióse también a la Beata Estefanía de Soncino, dominica, y le dijo: «en vista de que has puesto tu voluntad en manos de tu confesor como en las mías propias, pídeme lo que quieras que te lo concederé». -«Señor, respondió ella, sólo os quiero a Vos.» 

Al principio de su conversión San Ignacio de Loyola fue asaltado de dudas e inquietudes sin poder hallar un momento de reposo. Mas, como hombre de fe, lleno de confianza en la palabra del divino Maestro: el que a vosotros os escucha a mí me escucha, exclamó un día: «Señor, mostradme el camino que debo seguir, que aunque no hubiera de tener sino a un perro por guía, os prometo obedecer con toda fidelidad.» Y de hecho, supo obedecer con tanta perfección, que se vio libre de sus escrúpulos y hasta llegó a ser un excelente maestro de la vida espiritual... Una vez más os diré que obedezcáis en todo a vuestro confesor, y que tengáis confianza en la obediencia.

 «He aquí -decía San Felipe de Neri- el medio más seguro para escapar de los lazos del enemigo, así como no hay nada tampoco más dañoso que pretender conducirse según su propio parecer.» En todas vuestras oraciones pedid, pues, la gracia, la inestimable gracia de obedecer, y estad seguros que obedeciendo os salvaréis ciertamente, y ciertamente os santificaréis.

jueves, 7 de marzo de 2024

RECOMENDACIONES DE ESPIRITUALIDAD DE SAN FRANCISCO DE SALES (Tercera parte)

 


Segunda parte clic aqui

31. Antes de juzgar al prójimo pongámosle en nuestro lugar, y a nosotros en el suyo; y seguramente nuestro juicio será entonces recto y caritativo. 

32. Antes morir que pecar: pero si tenemos la desgracia de cometer un pecado, no por ello hemos de perder la esperanza, ni el ánimo, ni los buenos propósitos. 

33. Antes morir que pecar; pero si tenemos la desgracia de cometer un pecado, antes hemos de perderlo todo que perder la esperanza, el ánimo y los buenos propósitos. 

34. Antes perderlo todo que perder la confianza, el ánimo, la resolución de amar a Dios para siempre. 

35. Aprendamos de una vez a amarnos en este mundo, de la misma manera que nos amaremos en el cielo. 

36. Aprovechad las ocasiones que se ofrecen de hacer el bien; sucede con frecuencia que, dejando de hacerlo so pretexto de hacerlo mayor, no se hace ni uno ni otro. 

37. Ascendamos siempre, sin cansarnos, hacia el Salvador, alejémonos poco a poco de los afectos terrenos y bajos. 

38. Asistid con asiduidad a los oficios divinos públicos; de ellos sacaréis más fruto y consuelo que de vuestros ejercicios privados, porque la voluntad de Dios es que lo público prevalezca sobre lo privado. 

39. Aspirad cada vez más a la perfecta comunión con Dios, y ese deseo os estimulará a ser cada vez más exacta con la observancia de las virtudes requeridas para contentarlo, entre las cuales la paz, la dulzura, la humildad y el dominio de sí mismo, tienen los primeros lugares. 

40. Aunque el universo se trastornada de arriba abajo, no deberíamos turbarnos, porque el universo no vale tanto como la paz del alma. 

41. Aunque estemos en la oración como una piedra, no importa, nuestra sola presencia es agradable a Dios pues es una muestra de nuestro amor filial a El. 

42. Basta recibir los males cuando vienen, sin que hayamos de prevenirlos con un desmesurado temor, afligiéndonos de antemano. 

43. Bienaventurados los corazones flexibles, porque no se romperán jamás. 

44. Buena oración y buen modo de guardar la presencia de Dios es permanecer en su voluntad y en su beneplácito. 

45. Bueno es mortificar la carne; pero vale mucho más purificar el corazón de sus afectos desordenados. 

46. Buenos son los consuelos espirituales, y quien nos los da es perfectamente bueno; pero de esto no se infiere que seamos buenos los que lo recibimos. 

47. Cada pasión se ha de corregir por su contrario: la vanidad por la seria reflexión sobre las miserias de esta vida; la cólera, pensando en las ventajas que trae la dulzura: y así en las demás. 

48. Caridad, obediencia, necesidad; he aquí tres infalibles indicios de la voluntad de Dios, de lo que exige de nosotros. 

49. Ciertamente es totalmente inútil confesarse de un pecado, por leve que sea, sin propósito de la enmienda. 

50. Ciertamente no procuro ser tenido por sabio, ni hago ostentación de lo poco que sé.

lunes, 4 de marzo de 2024

CARTA CIRCULAR A “LOS AMIGOS DE LA CRUZ” (SAN LUIS Mª GRIGNION DE MONFORT) continuación

 


Primera Parte aquí

Llevad vuestra cruz alegremente: encontraréis en ella una fuerza victoriosa a la que ningún enemigo vuestro podrá resistir (Lc. 21, 15), y gozaréis de una dulzura encantadora, con la que nada puede compararse. Sí, Hermanos míos, sabed que el verdadero paraíso terrestre está en sufrir algo por Jesucristo (Hch. 5, 41). Preguntad, si no, a todos los santos: os dirán que nunca gozaron en su espíritu de tan grandes delicias como en medio de los mayores tormentos. «¡Vengan sobre mí todos los tormentos del demonio!», decía San Ignacio mártir [Romanos 5]. «O morir o padecer», decía Santa Teresa [Vida 40, 20]. «No morir, sino sufrir», decía Santa Magdalena de Pazzi. Y San Juan de la Cruz: «padecer por Vos y que yo sea menospreciado. Y tantos otros hablaron este mismo lenguaje, como leemos en sus vidas. 

 

Creed a Dios, queridos Hermanos míos: cuando se sufre por Dios alegremente, dice el Espíritu Santo, la cruz es causa de toda clase de alegrías para toda clase de personas (Sant. 1, 2). La alegría de la cruz es mayor que la de un pobre a quien colman de todo género de riquezas; mayor que la de un aldeano que se ve elevado al trono; mayor que la de un comerciante que gana millones; mayor que la de un general que consigue grandes victorias; mayor que la de unos cautivos que se ven libres de sus cadenas. Imaginad, en fin, todas las mayores alegrías que puedan darse en esta tierra: pues bien, todas están contenidas y sobrepasadas por la alegría de una persona crucificada, que sabe sufrir bien. 

 

Alegraos, pues, y saltad de gozo cuando Dios os regale con alguna buena cruz, porque, sin daros cuenta, recibís lo más grande que hay en el cielo y en el mismo Dios. ¡Regalo grandioso de Dios es la cruz! Si así lo entendierais, encargaríais celebrar misas, haríais novenas en los sepulcros de los santos, emprenderíais largas peregrinaciones, como hicieron los santos, para obtener del cielo este regalo divino. El mundo la llama locura, infamia, estupidez, indiscreción, imprudencia. Dejadles hablar a los ciegos: su ceguera, que les lleva a juzgar humanamente de la cruz muy al revés de lo que es en realidad, forma parte de nuestra gloria. Y cada vez que nos procuran algunas cruces con sus desprecios y persecuciones, nos regalan joyas, nos elevan sobre el trono, nos coronan de laureles. ¿Pero qué digo? Todas las riquezas, todos los honores, todos los cetros, todas las brillantes coronas de potentados y emperadores, como dice San Juan Crisóstomo, no son nada comparados con la gloria de la cruz [MG. 62, 55-58]. Ella supera la gloria del apóstol y del escritor sagrado. Este santo varón, inspirado por el Espíritu Santo, decía: «si así me fuera dado, yo dejaría el cielo con mucho gusto para padecer por el Dios del cielo. Prefiero las cárceles y mazmorras a los tronos del empíreo. Envidio menos la gloria de los serafines que las mayores cruces. Menos estimo el don de los milagros, por el que se sujeta a los demonios, se domina sobre los elementos, se detiene al sol, se da vida a los muertos, que el honor de los sufrimientos. San Pedro y San Pablo son más gloriosos en sus calabozos, con los grilletes en los pies (Hch. 12, 3-7), que arrebatados al tercer cielo (2 Cor. 12, 2) o que recibiendo las llaves del paraíso (Mt. 16, 19)». En efecto, ¿no es la cruz la que dio a Jesucristo «un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos» (Filip. 2, 9)? La gloria de la persona que sufre bien es tan grande, que el cielo, los ángeles y los hombres, y el mismo Dios del cielo lo contemplan con gozo, como el espectáculo más glorioso. Y si los santos tuvieran algún deseo, sería el de volver a la tierra para llevar alguna cruz. 

 

Pero si esta gloria es tan grande ya sobre la tierra ¿cómo será la que adquiere en el cielo? ¿Quién podrá explicar y comprender jamás ese «peso de gloria eterna» que obra en nosotros el breve instante de una cruz bien llevada (2 Cor. 4, 17)? ¿Quién comprenderá la gloria que produce en el cielo un año y quizá una vida entera de cruz y de dolores? 

 

Seguramente, mis queridos Amigos de la Cruz, el cielo os prepara para algo grande -os lo dice un gran santo-, pues el Espíritu Santo os une tan estrechamente con aquello que todo el mundo rehuye con tanto cuidado. Es indudable que Dios quiere hacer tantos santos y santas cuantos Amigos de la Cruz existen, si sois fieles a vuestra vocación, si lleváis vuestra cruz como es debido, como Jesucristo la ha llevado.  

 

Pero no basta con sufrir: también el demonio y el mundo tienen sus mártires. Es preciso que cada uno sufra y lleve su cruz siguiendo a Jesucristo: «que me siga» (Mt. 16, 24), es decir, llevándola como él la llevó. Y para eso habéis de guardar estas reglas: 

 

PRIMERO: No os busquéis cruces a propósito ni por culpa propia. No hay que hacer el mal para que venga el bien (Rom. 3, 8). No conviene, sin una inspiración especial, hacer las cosas mal para atraerse el desprecio de los hombres.  Hay que imitar, más bien, a Jesucristo, del que se dijo «todo lo ha hecho bien» (Mc. 7, 37), y no por amor propio o vanidad, sino por agradar a Dios y para ganar al prójimo. Y si os dedicáis a cumplir lo mejor que podáis vuestros deberes, nos os faltarán contradicciones, persecuciones y desprecios, pues la Divina Providencia os los enviará, contra vuestra voluntad y sin que lo elijáis. 

 

SEGUNDO: Si vais a hacer cualquier cosa en sí indiferente, que, aunque sea sin motivo, pudiera escandalizar al prójimo, absteneos de hacerlo por caridad, para evitar el escándalo de los débiles (1 Cor. 8, 13). Y el acto heroico de caridad que en esa ocasión hacéis vale infinitamente más de lo que hacías o queríais hacer.  

 

Sin embargo, si el bien que hacéis es necesario o útil al prójimo, aunque algún fariseo o mal espíritu se escandalice sin motivo, consultad con alguien prudente para aseguraros de que lo que hacéis es necesario o muy útil al común de los prójimos; y si él así lo considera, continuad haciéndolo y dejadles murmurar, con tal de que os dejen actuar, contestando en esta ocasión aquello que respondió Nuestro Señor a algunos de sus discípulos, cuando vinieron a decirle que había escribas y fariseos que se escandalizaban de sus palabras y actos: «dejadles; están ciegos» (Mt. 15, 14). 

 

TERCERO: Algunos santos y varones ilustres han pedido, buscado e incluso procurado por medios ridículos cruces, desprecios y humillaciones. Pues bien, eso debe movernos a adorar y admirar la obra extraordinaria del Espíritu Santo en sus almas, y a humillarnos ante tan sublime virtud; pero no ha de llevarnos a pretender volar tan alto, pues nosotros, comparados con esas águilas veloces y esos leones rugientes, no pasamos de ser pollos mojados y perros muertos.  

 

CUARTO: No obstante, podéis e incluso debéis pedir la sabiduría de la cruz, que es una ciencia sabrosa y experimental de la verdad, por la que se entienden a la luz de la fe los más ocultos misterios, entre otros el de la cruz; pero es ciencia que no se alcanza sino a través de muchos trabajos, profundas humillaciones y fervientes oraciones. Si necesitáis este espíritu generoso (Sal. 50, 14), que permite llevar con valor las más pesadas cruces; este espíritu bueno (Lc. 11, 13) y suave, que hace, en lo parte superior del alma, gustar las amarguras más repugnantes; este espíritu puro y firme (Sal. 50, 12), que solamente busca a Dios; esta ciencia de la cruz, que contiene todas las verdades; en una palabra, este tesoro infinito que nos hace partícipes de la amistad de Dios (Sab. 7, 14), pedid la sabiduría; pedidla incesantemente, con toda insistencia, sin vacilar (Sant. 1, 5-6), sin temor de no alcanzarla, e infalible-mente la recibiréis. Y entonces comprenderéis claramente, por experiencia, cómo se puede llegar a desear, a buscar y a gustar la cruz.  

 

QUINTO: Cuando por ignorancia o incluso por culpa propia hayáis cometido cualquier torpeza que os acarree alguna cruz, humillaos inmediatamente bajo la mano poderosa de Dios (1 Pe. 5, 6), sin consentir en turbaciones, diciendo interiormente, por ejemplo: «¡éstos son, Señor, los frutos de mi huerto!». Y si en vuestra falta hubiese algún pecado, aceptad como un castigo la humillación que os sobreviene. Muchas veces, permite Dios que sus mejores servidores, que son los más levantados por su gracia, cometan las faltas más humillantes para humillarlos ante sí mismos y ante los hombres, y para quitarles así la vista y la consideración orgullosa de las gracias que Él les concede y del bien que hacen, a fin de que, como dice el Espíritu Santo, «ningún mortal pueda enorgullecerse ante Dios» (1 Cor. 1, 29). 

 

SEXTO: Estad bien convencidos de que todo cuanto hay en nosotros está todo corrompido por el pecado de Adán y por los pecados actuales (Rom. 3, 23), y no sólo los sentidos del cuerpo, sino también las potencias del alma. Y de que desde el momento en que nuestro espíritu corrompido considera algún don de Dios en nosotros con morosidad y complacencia, ese don, esa acción, esa gracia se ensucian y corrompen, y Dios aparta de ellas su divina mirada. Y si las mismas miradas y pensamientos del espíritu humano echan así a perder las mejores acciones y los dones más divinos ¿qué diremos de los actos de la propia voluntad, que aún son más corruptos que los del entendimiento? 

 

Después de eso, no nos extrañemos, pues, si Dios se complace en ocultar a los suyos en el asilo de su presencia (Sal. 30, 21), para que no se vean manchados por las miradas de los hombres ni por su propio conocimiento. Y para ocultarlos así ¡qué cosas permite y hace ese Dios celoso! ¡Cuántas humillaciones les procura! ¡De qué tentaciones permite que sean atacados, como San Pablo (2 Cor. 12, 7)! ¡En qué incertidumbres, tinieblas y perplejidades les deja! ¡Oh qué admirable es Dios en sus santos, y en las vías que Él dispone para conducirles a la humildad y la santidad! 

 

SÉPTIMO: Tened mucho cuidado de creer, como los devotos orgullosos y engreídos, que vuestras cruces son grandes, que no son sino pruebas de vuestra fidelidad, y testimonios de un amor singular de Dios hacia vosotros. Esta trampa del orgullo espiritual es sumamente sutil y delicada, pero está llena de veneno.  

 

Pensad más bien: 

 

• 1) Que vuestro orgullo y delicadeza os hacen tomar como postes lo que no son más que pajas, como heridas las picaduras, como elefantes los ratones, como atroces injurias y abandono cruel una palabrita que se lleva el viento, en realidad una nadería. • 2) Que las cruces que Dios os envía son más bien amorosos castigos de vuestros pecados, y no muestras de una benevolencia especial; • 3) Que por más cruces y humillaciones que Él os envíe, os perdona infinitamente más, dado el número y la gravedad de vuestros crímenes; pues habéis de considerar éstos a la luz de la santidad de Dios, que no soporta nada impuro, y a quien vosotros habéis ofendido; a la luz de un Dios que muere, abrumado de dolor a causa de vuestros pecados; a la luz de un infierno eterno que habéis merecido mil y quizá cien mil veces; • 4) Que en la paciencia con la que padecéis mezcláis lo humano y natural bastante más de lo que creéis; prueba de ello son esos miramientos, esas búsquedas secretas de consuelos, esas expansiones del corazón tan naturales con vuestros amigos, y quizá con vuestro director espiritual, esas excusas tan sutiles y prontas, esas quejas, o más bien maledicencias contra quienes os han hecho mal, tan bien formuladas, tan caritativamente expuestas, ese reconsiderar y complacerse delicadamente en vuestros males, ese convencimiento luciferino de que sois algo grande (Hch. 8, 9), etc. No acabaría nunca si hubiera de describir todas las vueltas y revueltas de la naturaleza incluso en los sufrimientos. 

 

OCTAVO:  Aprovechaos de los pequeños sufrimientos aún más que de los grandes. No mira Dios tanto lo que se sufre como la manera en que se sufre. Sufrir mucho y mal es sufrimiento de condenados; sufrir mucho y con aguante, pero por una mala causa, es sufrir como mártir del demonio; sufrir poco o mucho, sufriendo por Dios, es sufrir como santo. Si se diera el caso de que pudiéramos elegir nuestras cruces, optemos por las más pequeñas y deslucidas, frente a otras más grandes y llamativas. El orgullo natural puede pedir, buscar e incluso elegir y tomar las cruces más grandes y espectaculares. En cambio, sólo puede ser fruto de una gracia excelente y de una gran fidelidad a Dios ese elegir y llevar alegremente las cruces pequeñas y oscuras. Actuad, pues, como el comerciante en su mostrador, y sacad provecho de todo: no desperdiciéis ni la menor partícula de la verdadera Cruz, aunque sólo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, la dificultad de un vecino, la pequeña injuria de un desprecio, la pérdida mínima de un dinero, un ligero malestar del ánimo, un cansancio pasajero del cuerpo, un dolorcillo en uno de vuestros miembros, etc. Sacad provecho de todo, como el que atiende su comercio, y así como él se hace rico ganando centavo a centavo en su mostrador, así muy pronto vendréis vosotros a ser ricos según Dios. A la menor contrariedad que os sobrevenga, decid: «¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío!». Y guardad en seguida en la memoria de Dios, que viene a ser vuestra alcancía, la cruz que acabáis de ganar. Y después ya no os acordéis más de ella, si no es para decir: «¡Mil gracias, Señor!» o «¡Misericordia!» 

 

NOVENO: Cuando se os pide que améis la cruz no se está hablando de un amor sensible, que es imposible a la naturaleza. Hay que distinguir bien entre tres clases de amor: el amor sensible, el amor racional y el amor fiel y supremo. Dicho de otro modo: el amor de la parte inferior, que es la carne; el amor de la parte superior, que es la razón; y el amor de la parte suprema o cima del alma, que es el entendimiento iluminado por la fe. Dios no os exige que améis la cruz con la voluntad de la carne (Jn. 1, 13). Siendo ésta completamente corrupta y criminal, todo lo que de ella nace está corrompido (3, 6), y ella misma no puede por sí misma someterse a la voluntad de Dios y a su ley crucificante.  

 

Por eso Nuestro Señor, refiriéndose a ella en el Huerto de los Olivos, dice: «Padre mío, que se haga tu voluntad y no la mía» (Lc. 22, 42). Si la parte inferior del hombre en el mismo Jesucristo, siendo toda ella santa, no fue capaz de amar la cruz sin alguna interrupción, con más razón la nuestra, completamente corrompida, la rechazará. Es cierto que podemos experimentar a veces, como no pocos santos han experimentado, una cierta alegría sensible en nuestros sufrimientos; pero esa alegría, aunque esté en la carne, no procede de la carne; proviene de la parte superior, que está tan llena del gozo divino del Espíritu Santo que lo hace desbordar sobre la parte inferior, de modo que entonces la persona crucificada puede decir: «mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal. 83, 3). Hay otro amor a la cruz que llamo racional; está en la parte superior, que es la razón. Este amor es completamente espiritual, y como nace del conocimiento de la felicidad que hay en sufrir por Dios, es perceptible y es percibido por el alma, a la que alegra y fortalece interiormente. Pero este amor racional, aunque bueno y muy bueno, no siempre es necesario para sufrir alegremente y según Dios. Y es que existe otro amor de la cima, del ápice del alma, como dicen los maestros de la vida espiritual -o de la inteligencia, como dicen los filósofos-. Por él, sin sentir alegría alguna en los sentidos, sin captar en el alma ningún placer razonable, sin embargo, se ama y se gusta, a la luz de la pura fe, la cruz que se lleva; y eso aunque muchas veces esté en guerra y lágrimas la parte inferior, que gime y se queja, que llora y busca alivio, de manera que dice con Jesucristo: «Padre mío, que se haga tu voluntad y no la mía» (Lc. 22, 42); o con la Santísima Virgen: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (1, 38). 

 

Pues bien, con uno de estos dos amores de la parte superior hemos de amar y aceptar la cruz. DÉCIMO: Decidios, queridos Amigos de la Cruz, a sufrir toda clase de cruces, sin exceptuar ninguna y sin elegirlas: cualquier pobreza, cualquier injusticia, cualquier pérdida, cualquier enfermedad, cualquier humillación, cualquier contradicción, cualquier calumnia, cualquier sequedad, cualquier abandono, cualquier pena interior y exterior, diciendo siempre: «Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme» (Sal. 56, 8; 107, 2). Disponeos, pues, a ser abandonados por los hombres y los ángeles, y hasta del mismo Dios; a ser perseguidos, envidiados, traicionados, calumniados, desprestigiados y abandonados por todos; a sufrir hambre, sed, mendicidad, desnudez, exilio, cárcel, horca y toda clase de suplicios, aunque seáis inocentes de los crímenes que se os imputan. Imaginaos, en fin, que después de haber sido despojados de vuestros bienes y de vuestro honor, después de haber sido expulsados de vuestra casa, como Job y Santa Isabel reina de Hungría, se os tira al barro, como a esta santa, o se os arrastra a un estercolero, como a Job, hediondo y cubierto de llagas (Job 2, 7-8), sin que se os dé un trapo con que cubrir vuestras heridas, sin un trozo de pan, que no se niega a un caballo o a un perro, para comer, y que en medio de tales males extremos, Dios os abandona a todas las tentaciones de los demonios, sin aliviar vuestra alma con la menor consolación sensible. 

 

Creedlo firmemente: ahí está la meta suprema de la gloria divina y de la felicidad verdadera para un verdadero y perfecto Amigo de la Cruz. 

 

UNDÉCIMO: Para ayudaros a sufrir bien, tomad la santa costumbre de considerar estas cuatro cosas: 

 

En primer lugar, la mirada de Dios que, como un gran rey en lo alto de una torre, mira en el combate a su soldado, complacido y alabando su valor. ¿Qué mira Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? Con frecuencia no los mira sino con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos del Estado, las piedras preciosas, en una palabra, las cosas que los hombres consideran más grandes? Lo que es más estimable a los ojos de los hombres es abominable ante Dios (Lc. 16, 15). ¿Qué es, pues, lo que mira con placer y gozo, y de qué pide noticias a los ángeles y a los mismos demonios? -Dios mira al hombre que por Él lucha contra la fortuna, el mundo, el infierno, y contra sí mismo, al hombre que lleva con alegría su cruz. ¿No has visto sobre la tierra una maravilla inmensa, que todo el cielo contempla con admiración?, dice el Señor a Satanás: ¿no te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí (Job 2, 3)? 

 

En segundo lugar, considerad la mano de este Señor poderoso, que permite todo el mal que nos sobreviene de la naturaleza, desde el mayor hasta el menor. La misma mano que aniquiló un ejército de cien mil hombres (2 Re. 19, 35) es la que hace caer la hoja del árbol o el cabello de vuestra cabeza (Lc. 21, 18). La mano que hirió tan duramente a Job (Job 1, 13-22; 2, 7-10) es la misma que os roza suavemente con esa pequeña contrariedad. La misma mano que hace el día y la noche, el sol y las tinieblas, el bien y el mal, es la que permite los pecados que os inquietan: no ha causado la malicia, pero ha permitido la acción. Por eso, cuando veáis que un semejante os injuria y os tira piedras, como al rey David (2 Re. 16, 5 14), decios interiormente: «no nos venguemos de él; dejémosle actuar, pues el Señor ha dispuesto que obre así. Reconozco que yo he merecido toda clase de ultrajes, y que con toda justicia Dios me castiga. Detente, brazo mío, y tú, mi lengua: ¡no hieras, no digas nada! Este hombre o esta mujer que me dicen y hacen injurias son embajadores de Dios, que de parte de su misericordia vienen para castigarme amistosamente. No irritemos, pues, su justicia, usurpando los derechos de su venganza. Ni menospreciemos su misericordia resistiendo los amorosos golpes de sus azotes, no sea que, para vengarse, nos remita a la estricta justicia de la eternidad». Considerad que Dios, con una mano infinitamente poderosa y prudente os sostiene, mientras os hiere con la otra. Con una mano mortifica, con la otra vivifica; humilla y enaltece (Lc. 1, 52). Con sus dos brazos abarca por completo vuestra vida dulce y fuertemente (Sab. 8, 1): dulcemente, sin permitir que seáis tentados y afligidos por encima de vuestras fuerzas (1 Cor. 10, 13); fuertemente, pues os ayuda con una gracia poderosa, que corresponde a la fuerza y duración de la tentación y de la aflicción; fuertemente, sí, porque, como lo dice por el espíritu de su santa Iglesia, Él se hace «vuestro apoyo junto al precipicio ante el que os halláis, vuestro guía si os extraviáis en el camino, vuestra sombra en el calor abrasador, vuestro vestido en la lluvia que os empapa y en el frío que os hiela, vuestro vehículo en el cansancio que os agota, vuestro socorro en la adversidad que os abruma, vuestro bastón en los pasos resbaladizos, y vuestro puerto en las tormentas que os amenazan con ruina y naufragio» [Breviario antiguo].  

 

En tercer lugar, mirad las llagas y los dolores de Jesús crucificado. Él mismo os dice: «¡vosotros, los que pasáis por el camino lleno de espinas y cruces por el que yo he pasado, mirad, fijaos! (Lam. 1, 12). Mirad con los ojos corporales y ved con los ojos de la contemplación si vuestra pobreza y desnudez, vuestros desprecios, dolores y abandonos, son comparables con los míos. Miradme, a mí que soy inocente, y quejaos vosotros, que sois los culpables». El Espíritu Santo nos manda por boca de los Apóstoles esa misma mirada a Jesús crucificado (Gál. 3, 1); nos ordena armarnos con este pensamiento (1 Pe. 4, 1), arma más penetrante y terrible contra todos nuestros enemigos que todas las demás armas. Cuando os veáis atacados por la pobreza, la abyección, el dolor, la tentación y las otras cruces, armaos con el pensamiento de Jesucristo crucificado, que será para vosotros escudo, coraza, casco y espada de doble filo (Ef. 6, 11-18). En él hallaréis la solución de todas las dificultades y la victoria sobre cualquier enemigo. 

 

En cuarto lugar, mirad en el cielo la hermosa corona que os espera, si lleváis bien vuestra cruz. Ésta es la recompensa que sostuvo a los patriarcas y profetas en su fe en medio de las persecuciones; y es la que ha animado a Apóstoles y Mártires en sus trabajos y tormentos. Preferimos, dicen los patriarcas con Moisés, ser afligidos con el pueblo de Dios, para gozar eternamente con él, a disfrutar momentáneamente de un placer culpable (Heb. 11, 24-26). Soportamos grandes persecuciones en espera del premio, dicen los profetas con David (Sal. 68, 8; Jer. 15, 15). Somos por nuestro sufrimientos como víctimas condenadas a muerte, como espectáculo para el mundo, para los ángeles y los hombres, y somos como basura y anatema del mundo (1 Cor. 4, 9.13), dicen los Apóstoles y Mártires con San Pablo, por el peso inmenso de gloria que nos prepara la momentánea y ligera tribulación (2 Cor. 4, 17). Contemplemos sobre nuestra cabeza a los ángeles que nos gritan: «Guardaos de perder la corona señalada con la cruz que se os ha dado, si la lleváis bien. Pues si no la lleváis como se debe, otro la llevará como conviene y os arrebatará el premio. Combatid valientemente, sufriendo con paciencia, nos dicen todos los santos, y recibiréis un reino eterno» (Mt. 5, 10-12; 11, 12). Escuchemos, en fin, a Jesucristo, que nos dice: «no daré yo mi premio sino a quien haya sufrido y vencido por su paciencia» (Ap. 2, 7.11.17.26-28; 3,5.12. 21; 21,7). Contemplemos abajo el lugar que hemos merecido, y que nos espera en el infierno con el mal ladrón y los condenados, si como ellos sufrimos con protesta, despecho y venganza. Exclamemos con San Agustín: quema, Señor, corta, poda, divide en esta vida, castigando mis pecados, con tal que me los perdones en la eternidad. 

 

DUODÉCIMO: Jamás os quejéis voluntariamente, murmurando de las criaturas de que Dios se sirve para afligiros. Y distinguid en las penas tres modos de quejas:   1. -La primera es involuntaria y natural: es la del cuerpo que gime y suspira, que se queja y llora, que se lamenta. Mientras el alma, como he dicho, esté sometida a la voluntad de Dios en su parte superior, no hay en esto pecado alguno. 2. -La segunda es razonable: nos quejamos y manifestamos nuestro mal a quienes pueden remediarlo, como al superior, al médico. Es una queja que pueda ser imperfecta si es demasiado ansiosa, pero en sí misma no es pecado. 3. -La tercera es criminal: se da cuando nos quejamos al prójimo para evitar el mal que nos hace sufrir o para vengarnos, o cuando nos quejamos del dolor que padecemos, consintiendo en la queja y añadiéndole impaciencia y murmuración.  

 

DECIMOTERCERO: Nunca recibáis una cruz sin besarla humildemente con agradecimiento. Y si Dios en su bondad os favorece con alguna cruz de mayor peso, agradecédselo de un modo especial y pedid a otros que hagan lo mismo. Seguid el ejemplo de aquella pobre mujer que, habiendo perdido en un pleito injusto todos sus bienes, con la única moneda que le quedaba, encargó celebrar una misa para dar gracias a Dios por la buena suerte que le había deparado. 

 

DECIMOCUARTO: Si queréis haceros dignos de las cruces que os vendrán sin vuestra participación, y que son las mejores, procuraos algunas cruces voluntarias, con el consejo de un buen director. Por ejemplo; ¿tenéis en casa algún mueble inútil al que estáis aficionados? Dadlo a los pobres, diciendo: ¿quisieras tener cosas superfluas, mientras Jesús es tan pobre? ¿Os repugna algún alimento, ciertos actos de virtud, algún mal olor? Probad, practicad, oled: venceos. ¿Estáis excesivamente apegados a alguna persona o a determinados objetos? Apartaos, privaos, alejaos de aquello que os halaga. ¿Tenéis muchas ganas naturales de ver, de actuar, de aparecer, de ir a tal sitio? Deteneos, callaos, ocultaos, desviad vuestra mirada. ¿Sentís natural repugnancia por un objeto o por una persona? Usadlo a menudo, frecuentad su trato: dominaos. Si de verdad sois Amigos de la Cruz, el amor, que es siempre ingenioso, os hará encontrar muchas pequeñas cruces, con las que os iréis enriqueciendo sin daros cuenta y sin peligro de vanidad, que no pocas veces se mezcla con la paciencia cuando se llevan cruces más deslumbrantes. Y por haber sido fieles en lo poco, el Señor, como lo prometió, os constituirá sobre lo mucho (Mt. 25, 21.23); es decir, sobre muchas gracias que os dará, sobre muchas cruces que os enviará, sobre mucho gloria que os preparará...  

 

DIOS SOLO