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lunes, 29 de mayo de 2023

CREDO MARIANO (COMPUESTO POR SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA)

 


Creo ¡Oh María! Que, como vos misma revelasteis a Santa Brígida, sois Reina del Cielo, Madre de misericordia, alegría de los justos y guía de los pecadores arrepentidos; y que no hay hombre tan perverso que, mientras viva, no tengáis misericordia de él; y que ninguno está tan abandonado de Dios, que, si os invoca no pueda volver a Dios y hallar su perdón, mientras que siempre será desgraciado el que, pudiendo, no recurra a vos.

Creo que sois la Madre de todos los hombres, a los que recibisteis como hijos, en la personas de San Juan, según el deseo de Jesús.

Creo que sois, como declarasteis a Santa Brígida, la Madre de los pecadores que quieren corregirse, y que intercedéis por toda alma pecadora ante el trono de Dios, diciendo: Tened compasión de mí.

Creo que sois nuestra vida, y uniéndome a San Agustín, os aclamaré como única esperanza de los pecadores después de Dios.

Creo que estáis, como os veía Santa Gertrudis, con el manto abierto, y que bajo él se refugian muchas fieras: leones, osos, tigres, etc. Y que Vos, en lugar de espantarlas, las acogéis con piedad y ternura.

Creo que por vos recibimos nosotros el don de la perseverancia: si os sigo, no me descarriaré; si acudo a Vos, no me desesperaré; si vos me sostenéis, no caeré; si Vos me protegéis, no temeré; si os sigo a vos, no me cansaré; si os alcanzo, me recibiréis con amor. 

Creo que vos sois el soplo vivificante de los cristianos, su ayuda y su refugio, en especial a la hora de la muerte, según dijisteis a Santa Brígida, pues no es vuestra costumbre abandonar a vuestros devotos en la hora de la muerte, como asegurasteis a San Juan de Dios.


Creo que vos sois la esperanza de todos, máxime de los pecadores; Vos sois la ciudad de refugio, en particular de quienes carecen de toda ayuda y socorro. Creo que sois la protectora de los condenados, la esperanza de los desesperados, y como oyó Santa Brígida que Jesús os decía, hasta para el mismo demonio obtendríais misericordia, si humildemente os la pidiera. Vos no rechazáis a ningún pecador, por cargado de culpas que se halle, si recurre a vuestra misericordia. Vos con vuestra mano maternal lo sacaríais del abismo de la desesperación, como dice San Bernardo. 

Creo que vos ayudáis a cuantos os invocan y que más solicita sois para alcanzarnos gracias, que nosotros para pedíroslas. 

Creo que, como dijisteis a Santa Gertrudis, acogéis bajo vuestro manto a cuantos acuden a Vos, y que los Ángeles defienden a vuestros devotos contra los ataques del infierno. Vos salís al encuentro de quien os busca y también, sin ser rogada, dispensáis muchas veces vuestra ayuda y creo que serán salvados los que vos queráis que se salven.

Creo que, como revelasteis a Santa Brígida, los demonios huyen, al oír vuestro nombre, dejando en paz al alma. Me asocio a San Jerónimo, Epifanio, Antonino y otros, para afirmar que vuestro nombre bajó del cielo, y os fue impuesto por orden de Dios. Declaro que siento con San Antonio de Padua las mismas dulzuras al pronunciar vuestro nombre que las que San Bernardo sentía al pronunciar el de vuestro Hijo. Vuestro nombre, ¡Oh María!, es melodía para el oído, miel para el paladar, júbilo para el corazón.

Creo que no hay otro nombre, fuera del de Jesús, tan rebosante de gracia, esperanza y suavidad para los que invocan. Estoy convencido con San Buenaventura de que vuestro nombre no se puede pronunciar sin algún fruto espiritual. Tengo por cierto que, como revelasteis a Santa Brígida, no hay en el mundo alma tan fría en su amor, ni tan alejada de Dios, que no se vea libre del demonio si invoca vuestro santo nombre.

Creo que vuestra intercesión es moralmente necesaria para salvarnos, y que todas las gracias que Dios dispensa a los hombres pasan por vuestras manos, y que todas las misericordias divinas se obran por mediación vuestra, y que nadie puede entrar en el cielo sin pasar por vos, que sois la puerta.

Creo que vuestra intercesión es, no solo útil, sino moralmente necesaria.

Creo que vos sois la cooperadora de nuestra justificación; la reparadora de los hombres, corredentora de todo el mundo.

Creo que cuantos no se acojan con vos, como arca de salvación, perecerán en el tempestuoso mar de este mundo. Nadie se salvará sin vuestra ayuda.

Creo que Dios ha establecido no conceder gracia alguna sino es por vuestro conducto; que nuestra salvación está en vuestras manos y que quien pretende obtener gracia de Dios sin recurrir a vos, pretende volar sin alas.

Creo que quien no es socorrido de vos, recurre en vano a los demás santos: lo que ellos pueden con Vos, Vos lo podéis sin ellos; si Vos calláis, ningún santo intercederá; si Vos intercedéis, todos los santos se unirán a vos. Os proclamo con Santo Tomás como la única esperanza de mi vida, y creo con San Agustín que vos sola sois solícita por nuestra eterna salvación.

Creo que sois la tesorera de Jesús y que ninguno recibe nada de Dios, sino por vuestra mediación: hallándonos a vos se encuentra todo bien. Creo que uno de vuestros suspiros vale más que todos los ruegos de los santos, y que sois capaz de salvar a todos los hombres.

Creo que sois abogada tan piadosa, que no rechazáis defender a los más infelices. Confieso con San Andrés cretense que sois la reconciliadora celestial de los hombres. 



Creo que sois la pacificadora entre Dios y los hombres y que sois el señuelo divino para atraer a los pecadores al arrepentimiento, como Dios mismo reveló a Santa Catalina de Siena. Cómo el imán atrae el hierro, así atraéis vos a los pecadores, según asegurasteis a Santa Brígida. Vos sois toda ojos, y toda corazón para ver nuestras miserias, compadecemos y socorremos. Os llamaré pues, con San Epifanio: «La llena de ojos». Y esto confirma aquella visión de Santa Brígida, en la que Jesús os dijo: «Pedidme, Madre, lo que queráis». Y Vos le respondisteis: «Pido misericordia para los pecadores».

Creo que la misericordia divina que tuvisteis con los hombres cuando vivíais en la tierra, innata en vos, ahora en el Cielo se os ha aumentado en la misma proporción de que el sol es mayor que la luna, como opina San Buenaventura. Y que, así como no hay en el firmamento y en la tierra cuerpo que no reciba alguna luz del sol, tampoco hay en el Cielo ni en la tierra alma que no participe de vuestra misericordia.

Creo también con San Buenaventura, que no solo os ofenden los que os injurian, sino también los que no os piden gracias. Quien os obsequia, no se perderá, por pecador que sea, al contrario, como asegura San Buenaventura, quien no es devoto vuestro, perecerá inevitablemente. Vuestra devoción es el billete del cielo, diré con Efrén.

Creo que, como revelasteis a Santa Brígida, sois la Madre de las almas del Purgatorio, y que sus penas son mitigadas por vuestras oraciones. Por tanto, afirmo con San Alfonso que son muy afortunados vuestros devotos y con San Bernardino que vos libráis a vuestros devotos de las llamas del Purgatorio.

Creo que vos, cuando subíais al cielo, pedisteis, y lo obtuvisteis sin ninguna duda, llevar con vos al Cielo todas las almas que entonces se hallaban en el purgatorio.

Creo también que, como prometisteis al Papa Juan XXII, libráis del Purgatorio el sábado siguiente a su muerte a cuantos lleven vuestro escapulario del Carmen. Pero vuestro poder va introduciendo en el cielo a cuantos queráis. Por vos se llena el Cielo y queda vacío el infierno.

Creo que los que se apoyan en vos no caerán en pecado, que quienes os honran alcanzarán la vida eterna. Vos sois el piloto celestial, que conducís al puerto de la gloria a vuestros devotos en la barquilla de vuestra protección, como dijisteis a Santa María Magdalena de Pazzis. Afirmo lo que asegura San Bernardo: El profesaros devoción es señal cierta de predestinación, y también lo del abad Guerrico: Quien os tiene un amor sincero, puede estar tan cierto de ir al Cielo, como si ya estuviese en él.


Creo con San Antonio, que no hay santo tan compasivo como vos: dais más de lo que se os pide; vais en busca del necesitado, buscáis a quien salvar: Muchas veces salváis a los mismos que la justicia de vuestro Hijo está a punto de condenar, como enseña el Abad de Celles. Por tanto, estoy convencido de la verdad que se contiene en la visión que tuvo Santa Brígida: Jesús os decía «Si no se interpusieran vuestras oraciones, no habría en este caso ni esperanza, ni misericordia». 

Opino también con San Fulgencio, que, si no hubiera sido por vos, la tierra y el cielo habrían sido destruidos por Dios.
Creo, como revelasteis a Santa Matilde, que erais tan humilde que, a pesar de veros enriquecida de dones y gracias celestiales sin número, no os preferirías a nadie. Y que, como dijisteis a Santa Isabel, Benedictina, os juzgabais vilísima sierva de Dios e indigna de su gracia.

Creo que, por vuestra humildad, ocultasteis a San José vuestra maternidad, aunque aparentemente pareciera necesario manifestárselo, y que servisteis a Santa Isabel y que en la tierra buscasteis siempre el último puesto.

Creo que, como revelasteis a Santa Brígida, tuvisteis tan bajo concepto de vos misma porque sabíais que todo lo habíais recibido de Dios, por ello en nada buscasteis vuestra gloria, sino la de Dios únicamente.

Creo con San Bernardo que ninguna criatura del mundo es comparable con vos en la humildad.
Creo que el fuego del amor, que ardía en vuestro corazón para con Dios, era de tantas calorías, que al instante hubiera encendido y consumido el cielo y la tierra, y que, en comparación de vuestro amor, el de los santos era frío.

Creo que cumplisteis a la perfección el precepto del Señor «Ama a Dios», y que, desde el primer instante de vuestra existencia, vuestro amor a Dios fue superior al de todos los ángeles y serafines. Creo que, debido a este intenso amor vuestro a Dios, jamás fuisteis tentada, y que nunca tuvisteis un pensamiento que no fuera para Dios, ni dijisteis palabra que no fuera dirigida a Dios.

Creo con Suárez, Ruperto, San Bernardino y San Ambrosio, que vuestro corazón amaba a Dios, aun cuando vuestro cuerpo reposaba, de manera que se os puede aplicar lo que dice la Sagrada Escritura: «yo duermo, pero mi corazón vela», y que mientras vivíais en la tierra, vuestro amor a Dios nunca fue interrumpido.
Creo que amasteis al prójimo con tal perfección, que no habrá quien lo haya amado más, exceptuando vuestro Hijo. Y que aunque se reuniera el amor de todas las madres para con sus hijos, de los esposos y esposas entre sí de todos los santos y ángeles del cielo, sería este amor inferior al que vos profesáis a una sola alma.
Creo que tuvisteis, como dice Suárez, más fe que todos los Ángeles y Santos juntos: aun cuando dudaron los Apóstoles, Vos no vacilasteis.

Os llamaré pues, con San Cirilo «Centro de la fe ortodoxa».
Creo que sois la Madre de la Santa Esperanza y modelo perfecto de confianza en Dios. Que fuisteis mortificadísima, tanto que, como dicen San Epifanio y San Juan Damasceno, tuvisteis siempre los ojos bajos, sin fijarlos jamás en persona alguna.

Creo lo que dijisteis a Santa. Isabel, Benedictina: que no tuvisteis ninguna virtud sin haber trabajado para poseerla, y con Santa Brígida creo que compartisteis todas vuestras cosas entre los pobres, sin reservaros para vos más que lo estrictamente necesario.
Creo despreciabais las riquezas mundanas. Creo que hicisteis voto de pobreza.
Creo que vuestra dignidad es superior a todos los ángeles y santos y que es tanta vuestra perfección, que solo Dios puede conocerla.
Creo que después de Dios, es ser Madre de Dios, y que por tanto no pudisteis estar más unida a Dios sin ser el mismo Dios, como decía San Alberto.
Creo que la dignidad de Madre de Dios es infinita y única en su género y que ninguna criatura puede subir más alto. Dios pudo haber creado un mundo mayor, pero no pudo haber formado criatura más perfecta que vos.

Creo que Dios os ha enriquecido con todas las gracias y dones generales y particulares que ha conferido a todas las demás criaturas juntas.

Creo que vuestra belleza sobrepasa a la de todos los hombres y los Ángeles, como reveló el Señor a Santa Brígida.
Creo que vuestra belleza ahuyentaba todo movimiento de impureza e inspiraba pensamientos castos.
Creo que fuisteis niña, pero de niña sólo tuvisteis la inocencia, no los defectos de la niñez.

Creo que fuisteis virgen antes de dar a luz, al dar a luz y después de dar a luz; fuisteis madre sin la esterilidad de la virgen, sin dejar por ello de ser virgen. Trabajabais, pero sin que la acción distrajera; orabais, pero sin descuidar vuestras ocupaciones. 

Moristeis, pero sin angustia, ni dolor, ni corrupción de vuestro cuerpo.
Creo que, como enseña San Alberto, fuisteis la primera en ofrecer, sin consejo de nadie, vuestra virginidad, dando ejemplo a todas las vírgenes, que os han imitado, y que Vos, delante de todas, lleváis el estandarte de esta virtud. Por vos se mantuvo virgen vuestro castísimo esposo San José.

Creo también que estabais resuelta a renunciar a la dignidad de Madre de Dios, antes que perder vuestra virginidad. Diré con el Beato Alano, que practicar la devoción de saludarte siempre con el Ave María con el Rosario, es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.”


lunes, 22 de mayo de 2023

LA IGLESIA OCUPADA (CAPITULO 5) EL "CRISTO" REPUBLICANO

 


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¡Pasémonos a los bárbaros!

OZANAM

 

Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis visto los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor de DIVINO REPUBLICANO? 

MONTALEMBERT (a dom Guéranger)

 

A veces una página es suficiente para describir un reinado. Que un escritor de genio capte el rasgo dominante de la época, que lo presente y todo se vuelve luminoso. Sobre el reinado de Luis-Felipe se ha escrito mucho, pero todo está contenido en una página de Louis Veuillot. Ella nos servirá de transición para abordar la Segunda República, la de 1848, la de los curas demócratas y el “Cristo republicano”.

 

Veuillot resumía así el reinado de Luis Felipe:

 

“En diecisiete años, la disolución social, ya muy avanzada, alcanzó el punto culminante. Algunos la predecían sin poder hacerse escuchar. La realidad sobrepasa todos los temores. Mientras el espíritu burlón y destructivo de Voltaire tronaba en las Tullerías, en las Cámaras, en la Universidad, en los concejos municipales, en los teatros, en los libros, en los folletines, allí donde resonase una voz, allí donde corriera una pluma burguesa, el fanatismo socialista se volvía a encender en el pueblo, animado por individuos, en su mayoría, situados a bajo nivel y apenas conocidos del público y a los que la autoridad no veía como peligrosos. Pensamos que habríamos asombrado a M. Delessart si alguien, hojeando los registros de la policía y poniendo el dedo en ciertos nombres le hubiese dicho: ‘Aquí están las personas que van a dominar inmediatamente en París y en Francia’. Y sin embargo esto fue lo que sucedió. Todo el edificio de febrero se hundió como un árbol con las raíces podridas. Ni el hacha ni la tormenta fueron necesarios, bastó con la sacudida del aire producida por los gritos y los movimientos de una revuelta de burgueses. En un día, en algunas horas, la nación que se complacía envaneciéndose de haber aniquilado la religión, la realeza, la aristocracia, había caído totalmente en las manos de algunos demagogos, pontífices de sectas odiosas y torpes, reyes de barricada, caballeros de periódicos, teatros y prisiones”

Se llegaba al período más extravagante de la historia de Francia.

Resulta divertido y un poco triste, releer las viejas gacetas. Pensamos que estas páginas han sido leídas, que el sábado 13 de mayo de 1848 ha habido personas que han leído el artículo de Mme. G. Sand en la Vraie Republique, que han vibrado con sus sueños, que han creído en ellos y que, en cierto modo, nuestros problemas han nacido de sus ilusiones.


Sonreímos al leer esta prosa que, sin embargo, tuvo su parte en la desorientación de las mentes. Lo que nos hace sonreír, es el ridículo que se ha hecho notar por el fracaso de las ilusiones; pero nuestro tiempo ¿no se forja otras aún más peligrosas?

Existe un progreso en la tontería, incluso es el único que se hace evidente.

“¿Cuáles serán las formas del culto?, se preguntaba George Sand. Y contestaba: serán eternamente libres, eternamente modificables, eternamente progresivas como el genio de la humanidad. Se llamarán fiestas públicas y ya París y Francia han improvisado el boceto. El culto será más o menos hermoso, más o menos saludable según que la humanidad esté más o menos inspirada por los acontecimientos y por las ideas. Si volvemos a la monarquía, recaeremos en pleno catolicismo; si caminamos hacia una verdadera república, tendremos un verdadero culto, artistas inspirados, símbolos magníficos que ya no velarán los pensamientos, las maravillas de la invención y las obras maestras del arte. Pero no llegará la inspiración a los que dispongan las fiestas, mientras la inspiración no llegue a las masas. En la hora en que vivimos, hacen falta fiestas sencillas cuyo lujo no sea un insulto a la miseria del pueblo. En el futuro, las creaciones de genio volverán por derecho a la gran iglesia republicana igual que en otro tiempo volvían de hecho a la rica Iglesia Católica”.

El Arzobispo de París veía con inquietud estas ideas sobre las fiestas litúrgicas republicanas y George Sand protestaba:

“El sacerdote quiere guardar en el fondo del santuario cuyas llaves posee, la imagen venerada de Jesús, el amigo y el profeta del pueblo. Las imágenes paganas de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad mancharían con su contacto la imagen del filósofo que ha santificado y predicado esta triple idea, madre de su doctrina”.

El Cristo republicano, reducido al papel de filósofo amigo del pueblo y predicando la trilogía republicana, he aquí la herejía del siglo XIX, la que predicaba Lamennais y aplaudían G. Sand y Chateaubriand. Nuestros ‘innovadores” de hoy no son más que los discípulos retrasados de los ideólogos de 1848. Tienen el cabello largo y las ideas cortas.

Las ideas de esta época fueron extravagantes, pero ejercieron una gran influencia sobre la imaginación.

Sarcey narraba un día en el Temps un recuerdo de su juventud: “Era en 1848, en Uno de esos banquetes tan frecuentes entonces, donde se comía ternera fría y se bebía vino ‘noble’ para consolidar la República. Aquel banquete había sido organizado por la juventud de las Escuelas. Yo asistí porque a lo veinte años uno es tonto.


“En los postres dijeron muchas bobadas, se cantaron muchas canciones patrióticas y entre ellas una que tenía de refrán estos Versos miríficos:

”El socialismo tiene dos alas: el estudiante y el obrero. Estoy orgulloso de ser una de esas dos alas del socialismo”.

Entre los oradores figuraba Challemel-Lacour que transportó al auditorio.

“De esta jornada inolvidable me había quedado un recuerdo que aún me hacía latir el corazón después de más de cuarenta años. ¡Qué pena que este trozo de elocuencia no haya sido recogido!”.

Sarcey expresó en un artículo este sentimiento de pesar.


Un día de 1898 encontró a Reinach:

“Podría Ud., por favor —me dijo con una sonrisa enigmática—, volver a leer este discurso?”. Confió a Sarcey que estaba en su poder por habérselo pedido en otro tiempo al mismo Challemel-Lacourt, quien al dárselo le bahía dicho:


—Es demasiado malo, no lo publique jamás.

Reinach envió una copia a Sarcey quien volvió a leer aquel trozo de elocuencia de 1848.


“¡Ay!, tres veces ¡ay! ¡Qué fárrago de banalidades oratorias! ¡Qué ímpetu en todos los tópicos!

“¡Y esto es lo que habíamos admirado y aplaudido! Y Sarcey concluye melancólicamente:

“El texto era el mismo; las pasiones que nos animaban y que le comunicaban su brillantez habían desaparecido”

Es bastante curioso ver que el historiador de la democracia cristiana, M. Vaussard, tiene como primer y auténtico precursor de ésta, en el siglo XIX, a Buchez, un carbonario que frecuentaba los medios sansimonianos. Aseguraba haberse convertido al catolicismo, pero reconoce M. Vaussard, que aunque se separa de los pontífices del sansimonismo, Bazard y Enfantin, no deja de permanecer vinculado a varios principios


de la doctrina de Saint Simon.

Buchez había tomado parte en la Revolución de 1830 en las filas de las sociedades secretas. Es un adepto del sufragio universal del que da esta curiosa definición:

“La soberanía del pueblo es católica porque manda a cada uno la obediencia a todos. Es católica porque comprende el pasado, el presente y el futuro, es decir, todas las generaciones. Es católica, porque tiende a hacer de toda la sociedad humana una sola nación sometida a la ley de la igualdad. Es católica, en fin, porque emana directamente de las enseñanzas de la Iglesia”.

Después de Lamennais y Buchez, M. Vaussard, da como auténticos precursores del movimiento a los animadores de la Ere Nouvelle.


El 15 de abril de 1848 aparecía una hoja diaria: la Ere Nouvelle, cuyo manifiesto estaba firmado por Lacordaire, el cura Maret, Ozanam, Charles de Coux y otros cinco publicistas o profesores católicos amigos del P. Lacordaire quien asumía la dirección del periódico.


Lacordaire se había colocado a la izquierda en la Asamblea nacional y esto hay que tenerlo en cuenta, porque los innovadores demócrata-cristianos van a hacer valer la idea de que la preocupación por lo social es patrimonio de la izquierda.

La Ere Nouvelle afirmaba que la Iglesia no encontraría su libertad y su protección más que en el marco de la democracia: “Si la Iglesia —podía leerse en el número del 4 de julio de 1848— se ha dado cuenta de que un nuevo poder (la Segunda República) acaba de surgir, es por el profundo respeto que la ha rodeado, por la libertad mayor de la que ha disfrutado”.

“— ¡Pasémonos a los bárbaros! —exclama Ozanam—, pero no se bautiza a la democracia igual que a Clodoveo. Clodoveo es un hombre, la democracia es una idea”.

El programa de la Ere Nouvelle aseguraba que los principios de 1789 abrían “la era pública del cristianismo y del Evangelio”.


El error fundamental del equipo de este periódico va a ser el de querer confiar la recristianización de la sociedad a la democracia, que lo único que puede hacer es acelerar la corrupción. “Dios —decía Ozanam— no crea pobres: no envía a las criaturas a este mundo azaroso sin proveerlas de dos riquezas que son las primeras de todas, me refiero a la inteligencia y a la voluntad”, y concluía diciendo que la sociedad era la que tenía que permitir su desarrollo. Sin duda, pero ¿cómo estos ideólogos han podido llegar a pensar en volver a poner la organización de la sociedad en manos de aquéllos que sin duda más lo necesitan, pero, con toda seguridad, son los menos aptos para establecer esta organización? Este es el error fundamental de los demócratas: niegan la preeminencia de la élite.

Si la sociedad capitalista del siglo XIX se revelaba muy a menudo dura y egoísta, esto indicaba una languidez en la fe y en la caridad cristiana bajo el empuje del liberalismo económico. Añadir a esto el liberalismo político, ¿qué probabilidades tenía de mejorar la situación?

Todo el esfuerzo hubiese debido dirigirse hacia la recristianización de las clases dirigentes. El resto se hubiese dado por añadidura. Debió haberse dicho: Aristocracia cristiana y no Democracia cristiana.

Lacordaire debía estar profundamente turbado por las sangrientas jornadas de junio de 1848. Tampoco podía ignorar la hostilidad del episcopado hacia las “nuevas ideas”. Lo mismo que en la noche en que había huido de La Chesnaie, abandonando a Lamennais, va ahora a abandonar al equipo de la Ere Nouvelle. Incluso desea que el periódico deje de salir, como en otros tiempos el Avenir, pero sus amigos se obstinan. Entonces los deja solos. El abate Maret le sustituye en la dirección de la Ere Nouvelle. Lacordaire va a consagrarse a la predicación y a hacer notable la de Notre Dame. De vuelta de sus errores, dirá: “la democracia europea ha roto los lazos del presente con el pasado, ha enterrado los abusos en las raíces, ha construido aquí y allá una libertad precaria, más que renovar el mundo por medio de instituciones, lo ha agitado por acontecimientos y, dueña incontestable del futuro, nos prepara, si por fin no se forma y ordena, la espantosa alternativa de una demagogia sin fondo o de un despotismo sin freno”


Montalembert, el otro compañero de Lamennais, que había abandonado al herético quince años antes, lanza un grito de romántico —pues estos hombres de la Avenir y de la Ere Nouvelle son ante todo románticos—, frente a la triunfante democracia.


“Yo la soporto sin negar la sublime ley por la cual Dios se complace en sacar bien del mal, pero sin querer tomar el mal por el bien. No sé si el triunfo de la democracia será durable, o si este torrente devastador no irá a perderse pronto en las aguas estancadas del despotismo. Pero, pase lo que pase, no quiero compartir ni la vergüenza de su derrota, ni la de su victoria. Me quedaré solo, pero DE PIE. El carro de la democracia, del falso progreso, de la tiranía mentirosa e impía, está lanzado. No seré yo quien lo detenga. Pero prefiero, cien veces más, ser aplastado bajo sus ruedas que subir atrás para servir de lacayo, de heraldo, o incluso de bedel a los sofistas, a los retóricos y a los espadones que la dirigen”.


Lo que sobre todo inquieta a Montalembert es la manía por las nuevas ideas que ve en el clero. Escribe a Dom Guéranger: “Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis oído acaso los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor Jesucristo de DIVINO REPUBLICANO? El espíritu siempre es el mismo, la adoración servil de la fuerza laica y del poder vencedor. Desgraciadamente este espíritu galicano se complica y se envenena por las tendencias demagógicas que han infectado al clero en un grado que no podía sospechar”


La Ere Nouvelle, bajo la dirección del padre Maret se desliza a la izquierda. Se desliza hacia la “Gran Tentación”: la traducción temporal del mensaje evangélico. El 20 de octubre de 1848, el cura Maret había escrito a los obispos de Francia para pedirles que apoyasen la posición de la Ere Nouvelle. No le llegó ninguna respuesta favorable. En febrero de 1849, el obispo de Montauban, Monseñor Donay, condenaba incluso el periódico. El sacerdote no tenía más que un protector, el obispo de Troyes, que le nombró vicario general de su diócesis.


Así, desde sus orígenes, el “progresismo cristiano” divide a la Iglesia. Louis Veuillot dirige una violenta campaña contra los redactores de la Ere

Nouvelle, a quienes llama los “liberaloides”, violenta campaña aprobada por la inmensa mayoría de los católicos, ya bastante ocupados en luchar contra el liberalismo masónico, como para no encontrar inconveniente y peligroso ver variar sus posiciones por un “liberalismo católico”.

La Ere Nouvelle al perder sus abonados y sus lectores fue puesta en venta. Y... ¡fue comprada por un grupo de... legitimistas!

El sacerdote Chantôme recogió los restos de la Ere Nouvelle en su Revue des Réformes et du Progrés, pero sólo saldrán 25 números. El presbítero Chantôme, debido a sus osadías, fue suspendido en la diócesis de París por Monseñor Sibour, aunque éste era tenido por “abierto a las novedades”. El se retira a Langres, pero es suspendido de nuevo por el obispo. Insiste, funda el Drapeau du Peuple, “periódico de la democracia y del socialismo cristiano”. Publicará seis números y, en diciembre de 1852, seis días después del golpe de Estado de Luis Napoleón, se someterá a Monseñor Sibour.


Un laico, Victor Challand, intenta proseguir la campaña de la Ere Nouvelle en su Revue du Socialisme Chrétien que se hundirá en el séptimo número. Pierre Prodié, diputado de Aveyron, intenta a su vez lo mismo con su revista: la Republique Universelle, pero sólo se sostendrá un año. El caso de Prodié es interesante. Acabará por comprender que la verdadera solución de la cuestión social debe pasar por la restauración de las Corporaciones destruidas por la Revolución de 1789, y se convertirá en discípulo de Le Play ¡e incluso se hará adicto a la monarquía!

Sin embargo un gran número de mentes habían sido contaminadas y los errores renacerían sin cesar.

Dom Guéranger resumía así el conflicto fundamental que acababa de instaurarse en el seno de la Iglesia:

“Un ancho surco dividía de ahora en adelante a los católicos en dos grupos; los que tenían como principal preocupación la libertad de la Iglesia y el mantenimiento de sus derechos en una sociedad todavía cristiana, y los que se esforzarían primeramente en determinar qué cantidad de cristianismo podía soportar la sociedad moderna, para después invitar a la Iglesia a reducirse a ella. La media centuria que entonces comenzaba vibró con el choque de estas dos familias espirituales.


Era también así como Veuillot, con su genio sintetizador, resumía la situación: “Lo que lleva sobre todo a nuestros adversarios a alentar los pasos que aparentemente se hacen hacia ellos, escribía, no es la esperanza de una reconciliación que no es objeto de sus deseos... Saben que nuestras más extravagantes concesiones jamás llegarán a mitad de camino de la meta a la que tienden sus doctrinas. Pero aún así, creen captar en nosotros un oculto desfallecimiento de esta fe que los asombra y los desespera. Si no tienen más que odio, su odio se aviva con nuestras incertidumbres; si tienen alguna quimera, algún absurdo sistema de renovación social, su confianza se acrecienta a medida que la nuestra parece disminuir (...). Basta para agradarles titularse la Ere Nouvelle; o hablar de NUEVAS EXIGENCIAS. ¡Vaya!, ¡nuevas necesidades!, por fin lo confiesan; la humanidad experimenta nuevas necesidades.

“A nuevas exigencias, nuevos dogmas; luego la pretendida revelación cristiana no está completa, la humanidad ha progresado y el cristianismo se ha estacionado, luego el cristianismo no es divino. La democracia da una respuesta a las nuevas necesidades del mundo, luego el verdadero cristianismo es la democracia. Estos son sus razonamientos. ¿Por qué no cortar por lo sano esta dialéctica que pretenden atribuirnos, diciéndoles de una vez, que la nueva necesidad de la humanidad es sencillamente aprender el catecismo y poner en práctica la fe, la esperanza y la caridad?”.





viernes, 19 de mayo de 2023

EL SANTO ABANDONO CAPITULO 9. (LAS PRUEBAS INTERIORES EN GENERAL)

 


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Hemos considerado ya los bienes y los males temporales, la esencia de la vida espiritual y sus modalidades extrínsecas. Réstanos estudiar las penas de la vida interior; primero en general, y después algunas en particular, como las tentaciones, las arideces, las oscuridades, etc. Allí en donde el abandono será moneda corriente, pues, estas pruebas son inevitables y muy frecuentes; según San Alfonso, constituyen «la más amarga de todas las penas posibles». 

«No hay día -dice San Francisco de Sales- que se parezca enteramente a otro; y así los hay nebulosos, de lluvia, secos y de viento. Otro tanto sucede en el hombre: su vida se desliza como el agua, flotando y ondulando en una continua diversidad de movimientos que, ya le levantan a la esperanza, ya le abaten por el temor, ya le tuercen a la derecha por los consuelos, ya a la izquierda por la aflicción; de suerte que nunca se halla en un mismo estado... Quisiéramos no hallar ninguna dificultad, ninguna contradicción, ninguna pena, sino más bien consolaciones sin arideces, reposo sin trabajo, paz sin turbación, pero, ¿no es esto una locura? Pretendemos un imposible, pues solución tan completa sólo se halla en el paraíso o en el infierno; en el paraíso: el bien, el reposo, la consolación sin mezcla alguna de mal, de turbación ni de aflicción; en el infierno reina el mal, la desesperación, la turbación y la inquietud sin mezcla alguna de bien, de esperanza, de tranquilidad ni de paz. Mas en esta vida perecedera nunca se halla el bien sin su correspondiente mal, ni reposo sin trabajo, consolación sin aflicción.» 

La vida interior no puede sustraerse a esta ley general, debiendo, por tanto, hallarse en ella, y en grande, las vicisitudes y las pruebas, de las que nuestra miseria puede ser la causa inmediata, o bien la malicia del demonio; pero Dios es siempre su primera causa. Cuando se originan de nuestro propio fondo, se explican por la ignorancia del espíritu, la sensibilidad del corazón, el desarreglo de la imaginación, la perversidad de nuestras inclinaciones, etc. Mas, ¿no obedece a un designio de Dios que hayamos nacido hijos de Adán, y a su voluntad que hayamos de soportar estas enfermedades para nuestra santificación? ¿Puede el demonio mismo cosa alguna contra nosotros sin la permisión de Dios? Cuando Saúl era asediado de tentaciones de envidia y de aversión contra David, los libros santos nos dicen que «el espíritu maligno, venido del Señor, le agitaba». Pero, si este espíritu viene de Dios, ¿cómo puede ser malo? Y si es malo, ¿cómo puede venir de Dios? Es malo, por la depravada voluntad que tiene de afligir a los hombres para perderlos; es del Señor, porque Dios le ha permitido que nos aflija, atendiendo a los designios que tiene de salvarnos. 

Con mucha frecuencia es el mismo Señor quien obra y diversifica su acción en relación con la fuerza y necesidades de las almas y los designios que sobre ellas tiene. He aquí cómo el venerable Luis de Blosio resume en maravillosos rasgos «la conducta admirable del Celestial Esposo para con un alma que le está unida». Al principio, cuando los nudos del contrato apenas están formados, El la visita, la fortifica, la ilumina, cautiva su corazón haciéndola encontrar tan sólo la alegría en su servicio, la atrae por la dulzura de sus atractivos, y de continuo muéstrasele lleno de encantos por retenerla en su presencia; en una palabra, no le hace gustar sino las delicias y dulzuras en consideración a su debilidad. Mas, con el tiempo, la retira la leche de la consolación, dándola el alimento sólido de las aflicciones; ábrela los ojos, y la hace conocer cuánto habrá de sufrir en adelante. Y ved ahí el cielo y la tierra y el infierno conjurados todos contra ella. Enemigos por fuera, y tentaciones por dentro; fuera, tribulaciones y tinieblas, y en el interior del alma sequedades y desolaciones: todo lo cual contribuye a su martirio. Aquí el Esposo se sustrae a sus miradas, y si algún tiempo después reaparece, es para volverla a dejar. Ya la abandona en las sombras y horrores de la muerte, ya la llama a la luz y a la vida para hacerla gustar la verdad de este oráculo: «El es quien conduce al sepulcro y saca de él.» 

¿Por qué esta conducta de la Providencia? Es porque en nosotros hay dos pueblos. «El amor divino y el amor propio están en nuestro corazón como Jacob y Esaú en el seno de Rebeca; y como entre ellos hay marcada antipatía chocan de continuo entre sí. "Dos naciones hay en tu seno -dijo el Señor a Rebeca-: los dos pueblos que de ti saldrán estarán divididos, y el uno dominará al otro; el mayor servirá al menor". Del mismo modo, el alma que tiene dos amores dentro de su corazón, tiene, por consiguiente, dos grandes pueblos o muchedumbres de movimientos, afectos y pasiones; y así como los dos hijos de Rebeca le ocasionaban grandes convulsiones por el encuentro y lucha de sus movimientos, así los dos amores de nuestra alma causan grandes trabajos a nuestro corazón; pero aquí es preciso también que el mayor sirva al menor, es decir, que el amor sensual sirva al amor de Dios.» 

El amor propio se manifiesta por el horror al sufrimiento, por el interés de los goces, y sobre todo por el orgullo, de donde nace esta guerra intestina de que se lamentaba el Apóstol; guerra siempre ruda y tenaz, pero más violenta en determinadas personas, sobre ciertas materias y en determinadas edades, en determinados tiempos y en determinadas ocasiones. Aun en los espirituales aprovechados queda un fondo de amor propio oculto, un orgullo refinado y casi imperceptible, de donde se origina una infinidad de imperfecciones de que apenas tiene conciencia, vanas complacencias en sí mismo, vanos temores, vanos deseos, manifestaciones de confianza en el valor personal, sospechas y burlas contra el prójimo, todo un caos de  miserias, debilidades y pequeñas faltas. ¿Cuál será el remedio? Indudablemente que la mortificación cristiana, a la que hemos de entregarnos de lleno, y proseguir y perseverar en ella sin tregua ni descanso. Pero unas veces nos faltará la luz, otras decaerá el ánimo; mas nunca podremos cantar victoria definitiva sobre ese enemigo casi imperceptible y que forma parte de nosotros mismos, si Dios por la acción de su Providencia no nos alarga la mano poderosa de su gracia. 

De dos maneras nos la puede alargar: mediante las dulzuras, o los santos rigores. Cuando un alma comienza a entregarse a El, cólmala de consuelos sensibles para atraerla, para alejarla de los placeres terrenales; y así engolosinada, despégase ella poco a poco de las criaturas y se une a Dios, si bien de manera defectuosa, pues es vicio general de las almas todavía imperfectas buscar su satisfacción casi en todo cuanto hacen. Y precisamente las dulzuras constituyen el plato más delicado tanto para el orgullo como para la gula espiritual. Por medio de miras imperceptibles de complacencia, se apropia los dones de Dios, y uno se siente satisfecho en tal o cual estado; y en lugar de bendecir a la infinita misericordia, se atribuye a sí el mérito de lo que hace, por lo menos en el interior de su corazón. Conveniente será, pues, dar el golpe de gracia al amor propio, que Dios nos someta a los recios golpes de las pruebas interiores, que aunque dolorosas serán decisivas. 

Por este medio, Dios nos humilla y nos instruye. Celoso de conservar su gloria y de asegurarla contra estos secretos latrocinios del corazón, nos oculta la mayor parte de sus gracias y favores. Sólo dos excepciones hemos de poner en esta regla: primero, los principiantes que tienen necesidad de ser atraídos y ganados por medio de estos dones sensibles y conocidos; y segundo, los grandes santos, que a fuerza de haber sido purificados del amor propio con mil pruebas interiores, pueden reconocer en sí las gracias de Dios sin la menor mirada de propia complacencia. En general, también oculta a las almas los favores de que las coima, de modo que no vean ni su humildad, ni su paciencia, ni sus progresos, ni su amor a Dios. De ahí que algunas veces no puedan menos de llorar por la presunta ausencia de estas virtudes y su falta de generosidad en el sufrimiento. Al propio tiempo les descubre este profundo abismo de nativa corrupción que llevamos en nosotros mismos, y que hasta entonces no habían podido ni querido sondear; y muéstraselo despacio, no mediante luces gloriosas, sino a fuerza de dolorosas experiencias. Nada más a propósito para destruir nuestro amor propio que este cuadro tan aflictivo y humillante. Sentir a cada instante su debilidad, y verse al borde del precipicio, ¿no es la prueba más fuerte para llevarnos a la desconfianza de nosotros mismos y a la confianza en sólo Dios? Si nos es provechoso ser abatidos en presencia de los demás, no menos lo es vernos anonadados a nuestros propios ojos, y esto será lo que poco a poco hará morir nuestro orgullo: esta es la razón por la que Dios permite tantas humillaciones interiores. Es una lección de evidencia deslumbradora, por lo que la prolonga hasta que quede bien aprendida y no pueda, por decirlo así, ser jamás olvidada. Sólo resta saber aprovecharse de ella, para establecerse en la verdadera humildad dulce y tranquila, que arroja fuera de sí la falsa humildad malhumorada y despechada. El enojo y el despecho en la humillación son otros tantos actos de orgullo, como en los dolores son otros tantos actos de impaciencia. 

Por medio de estas pruebas, Dios nos acaba de despegar. El amor propio es una hidra con muchas cabezas y que es preciso cortar una a una. Al principio se trabajó en cercenar el apego al mundo, a los bienes de la tierra, a los placeres de los sentidos, a la salud, etc. Y para ofrecernos su mano poderosa, Dios ha derramado la amargura en las alegrías de acá abajo, nos ha herido en las personas y en las cosas que nos eran más queridas, ha entregado a nuestro cuerpo a toda clase de enfermedades. Dóciles a su acción, hemos reportado ya notables ventajas; mas el amor propio, vencido en este terreno, nos espera en otro más delicado: aficiónase a la parte sensible de la piedad, y este apego es tanto más de temer, cuanto es menos grosero y más legítimo en apariencia. Y, sin embargo, el amor perfecto no puede soportar que nuestro corazón ande dividido por el afecto a los consuelos con el amor de Dios. ¿Qué sucederá? Si se trata de almas menos privilegiadas para las que Dios no tiene una ternura tan celosa, las dejará disfrutar de estas santas dulzuras, y se dará por contento con el sacrificio de los placeres de los sentidos que ellas le han hecho. Tal es la vida ordinaria de las personas devotas, cuya piedad está mezclada con ciertas tendencias a buscarse a sí mismas. A la verdad, Dios no aprueba esos defectos, pero como no les concede tantas gracias, no espera de ellas tan elevada perfección. Muy distintas son las exigencias, como distintos son también los designios, tratándose de almas escogidas. El celo de su amor iguala al de la ternura que les manifiesta. Deseoso de entregarse todo a ellas, quiere también poseer su corazón sin participación ajena; y así, no se contenta con las cruces y penas exteriores que las desprendan de las criaturas, sino que se propone desasirías de sí mismas, y matar en ellas las últimas raíces de este amor propio que se adhiere al sentimiento de devoción, que en él se apoya, de él se nutre, y en él se complace. Para llevar a término esta segunda muerte, retira Dios todo consuelo, todo gusto, todo apoyo interior, y prueba al alma por las arideces, las repugnancias, las insensibilidades y otras penas, de suerte que ella se encuentra en un estado de anonadamiento. 

No siempre la acción de Dios alcanza ese grado de intensidad, sino que lo aumenta o disminuye según los designios de amor, y conforme a la fuerza y a la generosidad de las almas. Si no juzga conveniente tratarlas con este santo rigor, las hace al menos pasar por alternativas de consuelos y desolación, de paz y de combate, de luz y de oscuridad. Y merced a estas continuas vicisitudes, las vuelve flexibles y dóciles a todas sus mociones; pues, a fuerza de cambiar de situación interior, se acaba por no tener ninguna y se halla dispuesto a tomar todas las formas, obedeciendo a este Espíritu divino que sopla donde quiere y como quiere. 

Finalmente, por medio de estas pruebas, dice el venerable Luis de Blosio, «Dios purifica a las almas, las humilla, las instruye, las hace dóciles a su voluntad, cercena todo cuanto tenían de rudo, deforme y repugnante, y las embellece con todos los atavíos que puedan hacerlas agradables a sus ojos. Y cuando las halla fieles, llenas de paciencia y buena voluntad; cuando el dilatado ejercicio de las tribulaciones las ha conducido, con la ayuda de su gracia, hasta aquel elevado grado de perfección, que consiste en sufrir con tranquilidad y con alegría todo género de tentaciones y de penas, entonces las une consigo del modo más perfecto, les confía sus secretos y sus misterios, y se comunica plenamente a ellas». 

Estos son los días del puro amor, puesto que en ellos servimos a Dios por El mismo, y a nuestras propias expensas. ¡Cuán difícil es amarle de verdad en la alegría, sin que se mezcle algo de amor propio y de yana complacencia! Mas en el tiempo de las cruces y de las privaciones interiores santamente aceptadas, no hemos de temer ya que el amor propio se mezcle en nuestras relaciones con Dios, puesto que nada hay en ellas que no tienda a crucificar el amor propio. ¡Qué a propósito es esta seguridad para consuelo del que comprende el precio del amor puro! He aquí la razón por qué tantos santos preferían las privaciones y las penas a los consuelos y alegrías, por qué amaban tan apasionadamente las unas y tenían verdadera pena en gozar de las otras. 

Es el tiempo de la rica cosecha para el cielo, porque ahora es cuando el alma se eleva a las obras santas, puras y desinteresadas. «En el estado de consuelos -dice San Alfonso-, no es menester gran virtud para renunciar a los placeres sensuales, ni para soportar las afrentas y las adversidades; un alma así favorecida lo sufre todo, pero muchas veces su paciencia proviene más de las dulzuras que experimenta, que de la fuerza de su amor a Dios.» Por el contrario, es efecto de no mediana virtud saber soportar sus miserias, sus debilidades, su temperamento, sus defectos y todas las penas de que Dios se sirve para corregirnos. Después de estas purificaciones y estos desasimientos interiores, se facilita la elevación al perfecto abandono, a la confianza filial sólo en Dios; es decir, que las virtudes más perfectas llegan a sernos como naturales. Por este motivo, ¡cuántas riquezas no han procurado a los santos estas miserias y estas pruebas, sirviendo de materia a sus combates interiores, a sus victorias y al triunfo de la gracia! Por lo demás, sólo después de haber sido despojado de esta manera y por completo de sí mismo, es cuando uno puede llegar a no pensar sino en Dios, a no gustar sino de Dios, a no apoyarse y complacerse sino en Dios; y ésta es la vida nueva en Jesucristo, la formación del hombre nuevo y destrucción del viejo. Apresurémonos, pues, a morir como el gusano de seda, para llegar a ser la mariposa que se remonte al cielo, en vez de arrastrarse sobre la tierra. 

Mas el amor propio tiene una vida muy resistente, y no muere sino después de larga agonía. El alma aún imperfecta, es la madera verde que suda y gime, que se retuerce y se agita antes de abrasarse. Es la estatua bajo el cincel del escultor, la piedra que se talla a golpe de martillo; así las tentaciones, las arideces, las otras penas nos hacen sentir dolorosamente sus penetrantes golpes, pero es que sin esto permaneceríamos bloque informe, y no tomaríamos la semejanza de Jesús, paciente, humillado y crucificado. Al perfecto amor no se llega sino por múltiples desprendimientos, y cuanto más nos propongamos adelantar en los caminos de la oración, en la unión de amor y la verdadera santidad, más necesario nos será estar desasidos y libres. Buscaríamos tanto los consuelos de Dios como al Dios de los consuelos, si no aprendiéramos a servirle en los más terribles abandonos. En una palabra, siendo las penas interiores el camino de la perfección, Dios nos privará de sus dulzuras sólo porque nos ama, sin que por eso hayamos desmerecido. Quizá sintamos en el claustro menos dulzuras que en el mundo, pues Dios nos purifica más enérgicamente, a fin de unirnos a El con mayor perfección. 

El cáliz, a no dudarlo, es amargo, pero mucho más lo sería el infierno, y Dios obra con nosotros misericordiosísimamente sustituyendo los rigores del otro mundo con este purgatorio mitigado. Además, puesto que de gana o por fuerza es necesario beber el cáliz de la salud, hagamos de la necesidad virtud, que es el modo de dulcificar su amargura. Se nos hará todo más dulce, conforme la prueba nos vaya purificando y desprendiendo, de suerte que apenas sentiremos el dolor, sino por permisión de Dios, y en los momentos de pruebas excepcionalmente graves. Porque la viveza del dolor proviene en gran parte de la fuerte oposición del amor propio que no quiere ni morir ni abdicar. El amor divino se limitaría casi a no producir sino impresiones dulces y encantadoras, si no hallara en el corazón obstáculo alguno que le resistiera. De cualquier modo, ¿querríamos gozar del cielo en la tierra y caminar siempre sobre rosas, en tanto que nuestro adorado Maestro lleva su cruz y desmaya en la agonía? Bien merece el Paraíso todos los sacrificios. El hombre espiritual no tiene el monopolio de las pruebas, pues van las suyas embalsamadas en amor y esperanza, y todo bien considerado, menos le cuesta a él correr hacia la santidad, que al tibio languidecer bajo el peso de sus pasiones inmortificadas. 

Siendo esto así, evitemos con cuidado estorbar los favores divinos; mas si Dios tuviera a bien quitarnos estos días claros en que experimentamos gustos sensibles en la oración, en la comunión, en que nuestra unión con el Amado sólo nos proporciona encantos y delicias, no echemos de menos las dulzuras, porque Dios nos las quita sin culpa nuestra; han desempeñado su misión y no ofrecen ya la misma utilidad. ¡Qué preciosos son bajo otro aspecto el martirio y la agonía de los días presentes! Si se supiera aceptar, estimar y amar esta feliz abyección interior, se la querría sentir siempre y permanecer siempre en ella, porque en ella el alma se hallaría más cerca de Dios. 

Muchos santos, impulsados por particular inspiración, decían a Dios en sus sufrimientos: Más, Señor, más. Según el P. Caussade, es por lo regular presunción e ilusión pretender seguir estos ejemplos, y juzga que somos demasiado pequeños y demasiado débiles para llegar hasta ahí, a menos de una certeza moral de que Dios quiere esto de nosotros. Nunca deseó ni pidió penas y contradicciones para sí mismo, y a una de sus Filoteas prohíbe solicitar más ni menos de las que ya tiene: porque Dios sabe mejor que nosotros la justa medida de todo lo que necesitamos, y las pruebas que nos envía son suficientes, sin necesidad de desearías o procurarías uno mismo. Esperarlas y prepararse a ellas es el mejor medio de disponer de más valor y ánimo para recibirlas con fruto cuando las envíe. 

Por lo demás, preciso nos será armarnos de paciencia y de humildad. Si no tenemos una naturaleza afortunada, y si Dios nos envía más pruebas a fin de reducirla, la violencia y la resistencia del combate no acarrean mal alguno al alma que lucha con la resolución de no desanimarse jamás. Lo rudo de los ataques hará crecer la fatiga y el peligro, pero, con la ayuda de Dios, dará lugar a más victorias, santidad, méritos y recompensas. 

Mientras que el Médico celestial nos prodiga las lancetadas y las píldoras amargas, mirémonos, no en el engañoso espejo del amor propio, sino en el espejo fiel de la verdad, pero sin perder de vista nuestras miserias. Entonces nos humillaremos sin esfuerzo bajo la poderosa mano de Dios, y lejos de recriminar su justicia y su amor, reconoceremos que aún nos perdona, y que es muy misericordioso hasta en sus rigores. 

Establezcámonos sobre todo en la santa indiferencia. «Que el navío se incline al levante o poniente, al mediodía o septentrión, sea cual fuere el viento que le empuje, nunca su aguja dejará de mirar a su hermosa estrella norte y del polo. De igual modo, aunque todo se revuelva de arriba abajo en derredor de nosotros, y aun en nuestro interior, esto es, que nuestra alma esté triste o alegre, entre dulzuras o amarguras, o en tranquilidad o en guerra, en claridad o en tinieblas, en tentaciones, gusto o disgustos, en sequedad o en ternura, que el sol la abrase o el rocío la refresque, siempre la cumbre del corazón y del espíritu, esto es, nuestra voluntad superior que es nuestra brújula, ha de mirar sin cesar y se ha de dirigir perpetuamente al amor de Dios.» La parte inferior de nuestra alma quizá se halle en la inquietud y agitación, mas la voluntad ha de permanecer tranquila en medio de la borrasca, vuelta hacia Dios y no buscando otra cosa que a El, sin que nada pueda jamás separarnos de su amor: ni la tribulación, ni la angustia, ni el dolor presente, ni el temor a los males futuros. Amar a Dios y hacer su santísima voluntad, ¿no es lo esencial y nuestro mismo fin? Todo lo demás no es sino el medio de conseguirlo, lo mismo los consuelos que las aflicciones, la paz como el combate, la luz como las tinieblas. ¿Qué camino será el mejor para nosotros? Lo ignoramos; Dios lo sabe y nos ama; dejémosle, pues, disponer de nosotros como vea que nos conviene, que nuestra suerte mejor está en sus manos que no en las nuestras. Por otra parte, no nos dejará la elección, sino que dispone como dueño y soberano; por tanto, prestémonos de buena gana a su acción: El es quien nos pone en la prueba, El nos sostendrá. Los santos preferían el dolor, pues más se aprovecha padeciendo que obrando; el santo abandono es el camino más seguro y más directo. 

El P. Baltasar Álvarez hacía a Dios esta admirable oración: «Dignaos disponer de mí según vuestra voluntad, que esto es todo lo que deseo y no os pediré ni otra fe, ni otros medios, ni más favores, ni menos padecimientos. Deseo permanecer tal como me habéis hecho, y ser tratado como lo he merecido. Me contentaré con los consuelos que me diereis, y no me quejaré de las desolaciones que me enviareis. Ejecutad, Señor, vuestros designios sobre mi con toda libertad, que tan sólo así puede hallar mi alma el reposo que tanto desea. 

Cuando las penas vengan a caer sobre nosotros duras y persistentes, abandonémonos sin reservas a Aquel de quien nos creemos quizá abandonados, y digámosle con ánimo resuelto: «Vos lo queréis, Dios mío, también lo quiero yo y por todo el tiempo que quisiereis.» Nada mejor podemos hacer entonces, en el coro, en la oración, en la Misa, en la Sagrada Comunión, que repetir dulcemente y sin esfuerzo nuestro fiat -hágase-; repetir con frecuencia durante el día, según lo encomienda San Francisco de Sales: «Sí, Padre celestial, si y siempre si», y conservarnos en esta disposición habitual de completo abandono. Ved ahí una corta y sencilla práctica, y no sería necesario más para adquirir esa perfección que frecuentemente vamos a buscar muy lejos. El simple fiat en todas nuestras penas interiores y exteriores, bastará para conducirnos a una elevada santidad. 

Sin duda podemos pedir a Dios que aligere nuestras pruebas, o nos las quite, pero no estamos a ello obligados; lo más conveniente para su gloria y para nuestro bien sería que El se dignare aumentar nuestra paciencia. San Alfonso nos enseña a decir: «¡Heme aquí, Señor! Si queréis que permanezca en la desolación y en la aflicción toda mi vida, dadme gracia, haced que os ame, y disponed de mí como os plazca.» Evitemos por lo menos la inquietud y el apresuramiento, que denotaría un deseo desarreglado. Suframos en paz sin ir a mendigar las consolaciones en las criaturas. Para no condolernos de nosotros mismos, hablemos de nuestras penas lo menos posible, evitando aun ocupar demasiado en ellas nuestro espíritu, pero pidamos consejo y esfuerzo a un hombre de Dios; sobre todo, refugiémonos en la oración, a fin de implorar la fortaleza y aceptar la cruz, fijos amorosamente los ojos en nuestro Amado Jesús, que nos amó y se entregó por nosotros. Nunca como en estas circunstancias necesitamos perseverar en la oración, llamar al Señor en nuestra ayuda y apoyarnos sólo en El.




viernes, 12 de mayo de 2023

FLORILEGIO DE MÁRTIRES ESPAÑA 1936-1939 (Capítulo 6: MUJERES DE GRAN TEMPLE CRISTIANO)

 


MUJERES DE GRAN TEMPLE CRISTIANO

14°.María de la Piedad, joven de 27 años, residía en Villanueva de Alcardete, provincia de Toledo y diócesis de Cuenca. Se distinguió siempre por la práctica de sus virtudes cristianas: humildad, caridad, sencillez, modestia, etc. Era respetada y querida por sus virtudes y su candor. Fue elegida Presidenta de las Hijas de María, y desempeñaba este cargo cuando la llamó el Señor a la gloria del martirio por la virginidad y por la fe. En los registros de su casa por los milicianos hubo de sufrir muchas vejaciones y malos tratos. Pero no consiguieron ni con malos tratos ni con amenazas, ni con promesas, ni por la violencia, mancillar un punto siquiera la pureza de María de la Piedad. El día 5 de septiembre de 1936, con el permiso y salvo conductos, ella y su madre se trasladaban a Madrid; en otro coche las siguieron uno milicianos, armados hasta los dientes… Al llegar a El Luján, casa de campo, en el cruce de las carreteras de Carrascosa a Villanueva, las hicieron bajar del coche, las maniataron…, le rasgaron los vestidos, y siempre llorando y resistiendo ella, pero dominada por la fuerza salvaje de aquellos energúmenos, quebraron el vaso de pureza de la vírgen y mártir, sucediéndose unos a otros aquel cadáver, abandonado ya por el alma.. Así, en presencia de su madre y en manos de aquellos bárbaros, terminó su vida María de la Piedad, uniendo en sus manos las palmas de la virginidad y del martirio… Es modelo y símbolo de la joven casta, fuerte, piadosa y española… Después asesinaron a su madre. La misma noche del día 5 de septiembre de 1936”. 

15° Doña Felícitas de Lara, vivía en el pueblo llamado Miguel Esteban, provincia de Toledo y diócesis de Cuenca, era esposa de Julián Moreno, herrero de profesión, honrada y muy cristiana, de buenos sentimientos. Después de haber asesinado a su esposo, al que maltrataron y apalearon cruelmente en la plaza del pueblo, y también martirizaron a sus dos hijos, ella fue detenida el 23 de agosto de 1936, encerrada en la cárcel, instalada en la iglesia donde estuvo dos meses, hasta que la trasladaron al cuartel de la Guardia Civil. Allí la maltrataron y la injuriaron de la manera más soez y salvaje, sin respeto a su condición, ni a su edad, ni a su dolor de esposa y madre sacrificada en lo más íntimo de su corazón. Después de cometer con ella toda clase de salvajismos humanos, que la pluma se resiste a escribir, fue asesinada ocultamente, en medio de la noche, en el cementerio de Quero, a los tres meses de un martirio abominable y repugnante, que resistió sin vacilación ni cobardía, como la mujer fuerte y honrada, cristiana y española digna de memoria eterna, en alabanza suya, para baldón del régimen rojo, y para ejemplo de la mujer cristiana, española y digna de su honor. Parece confirmarse que fue enterrada viva”.

RELIGIOSAS MARTIRIZADAS

16. Sor María del Patrocinio de San José Badía, carmelita calzada de clausura del Convento de la Presentación e Vich. Hay de ella una biografía con el título de “La azucena de Vich”. A sus dos años largos de la profesión, sobrevino la revolución que asoló a España, y la Comunidad de Carmelitas tuvo que abandonar precipitadamente el Convento, el cual a las pocas horas era pasto de las llamas. Ella acudió el 13 de agosto, por mandato de la Madre Superiora , a una casa cuyos dueños habían dado refugio a varios sacerdotes y religiosas. Llegó en el preciso momento en que lo milicianos registraban la casa y buscaban a un sacerdote en ella escondido. Pudo haber pasado inadvertida si sus treinta y tres años y su belleza física no hubieran despertado la atención de aquellos criminales. “¿Eres monja?” “Si”, respondió tranquila. “¿Para que entraste?” “Para seguir mi vocación”. Después de algunas preguntas más, acompañadas por gestos procaces, fue metida en un auto fantasma, con cuatro milicianos armados, y en coche aparte marchaban custodiados dos sacerdotes, el Vicario General de la Diócesis doctor Jaime Serra, figura benemérita de 89 años, y el párroco de Arlés. Llegados al punto de la carretera que roza las paredes del templo de Riudeperas, la arrancaron violentamente del auto, ante las protestas suyas de “eso jamás”, “antes morir” en su presencia asesinaron a los dos sacerdotes, y al intentar ella huir para no ser atropellada en la angelical virtud, fue materialmente acribillada por más de treinta balazos, estrechando fuertemente en su ano derecha el Crucifijo, según se comprobó a la mañana siguiente. Sus restos mortales, exhumados al brillar el sol de la paz, descansan interinamente en un modesto nicho del cementerio de la citada parroquia de Ríudeperas”. Fue virgen y mártir. 

17. Sor Martina Vázquez, Hija de la Caridad de San Vicente, era castellana de pura cepa; mujer fuerte, de temple diamantino…; de ella se dice que “era una institución”. Sor Martina era, en efecto, una mujer extraordinaria.. Asi nos la presenta el Padre Elías Fuente, en su obra “Paúles e Hijas de la Caridad, mártires”. Y el Padre Besalduch O.C. Este dice: “Al preguntar por ella, las Hermanas les hicieron saber que se encontraban ya unos días en la cama con fuerte constipado que le había producido un vómito de sangre y que además era diabética… Una vez en presencia de Sor Martina, uno de los dos criminales dijo: “Venimos por ti, para llevarte a Castellón a declarar”. Sor Martina le atajó con estas palabras que dan la tónica de su viril temple: “¿Venís por mi para llevarme a declarar o venís a matarme?”. El más criminal contestó: “Nosotros no matamos a nadie… Vosotras sois las que matáis… Levántate y vístete enseguida”. Las buenas religiosas tuvieron una idea feliz: “Nosotras, dijeron los criminales, iremos a declarar por la enfermedad de Sor Martina… al menos permitan que la acompañemos… si es que ustedes vienen por la superiora para matarla, la Superiora no es ella, soy yo…”, agregó Sor Ignacia… Sor Martina acababa de vestirse en su preciado Hábito de Paula… La debilidad física de la víctima apenas le permitía dar un paso… Ya en la puerta de la calle, Sor Martina puso en la frente de cada una de sus Hermanas un beso efusivo y se despidió de ellas con estas palabras: “Adiós, hasta el cielo”… Un minuto después, el coche de la muerte se ponía en marcha, con rumbo desconocido para Sor Martina. Al llegar a la entrada de Algar, Sor Martina dijo a los de su escolta: “¿Me váis a a matar?” y como contestasen que sí, añadió: “Pues no es menester pasar mas adelante; aquí mismo”… Paró el vehiculo, la apearon y la colocaron junto al tronco de un algarrobo… Rechazó la sugerencia de ponerse de espaldas, diciendo que “ponerse de espaldas a la muerte es de cobardes”… Luego añadió: “Yo quiero ver la cara de los que me matan, que son los mismos a quienes yo tantas veces les he matado el hambre”… Debe ser el lector que al más criminal Sor Martina le había socorrido espléndidamente en el comedor de Caridad no hacía mucho tiempo… A otro de los que iban a fusilarla le habían favorecido con el socorro de la “Gota de leche”, para un hijo suyo… Ya estaban las armas en ristre, cuando Sor Martina les pidió una brevísima tregua diciendo: “Esperad un poco”… Sacó del bolsillo una pilita de agua bendita de plata y de forma cilíndrica; destornilló serenamente el taponcillo, aplicó a él la yema del dedo pulgar de la mano derecha, santiguóse diciendo tranquila y fervorosamente: “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Al punto dijo: “Ya podéis tirar”… Sonó la descarga y desplomóse aquel cuerpo que parecía siempre de coloso retador”… El más criminal se acercó a la víctima agonizante por ver si llevaba encima dinero o alhajas… y dijo: “Bah, esta monja no lleva más que rosarios”… Al terminar este espeluznante relato, nos dice el P. Besalduch, que quiere dejar constancia de que “el más criminal” fue más tarde uno de los reos condenados a muerte, a quien asistimos dice, en el acto de ejecución; que murió, como los demás, muy arrepentido, después de haberse confesado y con el santo escapulario en el pecho”. 

18. Dolores Pujalte Sánchez, Religiosa de 83 años y su compañera de martirio Madre Francisca Aldea, de 54 años, prestaban sus servicios de caridad en favor de unos mil niños de la barrida de Ventas de Madrid, las llevaron en un coche hasta el pueblo de Canillejas, y a la salida junto al arranque de la carretera de Barajas, bajan del coche las dos monjas, las ordenan dar unos pasos, y disparan. Cada una recibió nueve tiros , y ambas murieron instantáneamente. De un informe del Instituto de Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, al que pertenecían las víctimas, transcribe el doctor Montero: “Los facultativos, el ayudante (que practicaron la autopsia) y hasta la misma gente de la chusma allí presente, recibieron como obsequio de las dos presuntas mártires un olor a escencia muy exquisito; tal que nunca lo han vuelto a percibir, ni parecido siquiera, y así han querido hacerlo constar en el proceso de beatificación que se sigue a estas dos siervas de Dios”. Nota: Muchas personas fueron asesinadas en aquella revolución y hasta comunidades de religiosas enteras, como al final indicaré; mas aquí solo quiero hacer señalar como una Comunidad de Carmelitas Descalzas, las del Cerro de los Angeles se salvaron de un modo que tiene algo milagroso, dadas las circunstancias que se dieron con otras religiosas. “El informe de las Carmelitas. Descalzas de la provincia de Castilla”, hace relación del registro que hubieron de padecer dichas monjas, en su refugio de la calle de Claudio Coello (Madrid): “Antes de salir del piso, el caporal de la cuadrilla, vivamente impresionado de lo que acababa de ver, les dijo que “no se explicaba como en medio de tantos peligros y pobreza podían tener tanta alegría, porque ustedes dense cuenta que, si ahora mismo quisiéramos, las fusilábamos”. ¡Todo eso lo hace Dios!, contestó la Priora… ¡Qué mejor dicha podríamos tener que dar la vida por El! Como vieran que tenían que dormir en el suelo, les manifestaron que ellos no podían consentirlo, y después le enviaron unos colchones. Al tiempo de despedirse, las religiosas les dijeron que pedirían mucho a Dios por su conversión, sólo uno dijo que no creía en El, que no le encomendaran… Después de algún tiempo las visitó de nuevo el que hizo de jefe en el registro anterior, acompañado de otro miliciano rojo… Las carmelitas, intrépidas hijas de Santa Teresa, se pusieron a hablar de la vida religiosa, y otra vez manifestó el caporal dicho, su asombro al verlas de nuevo tan tranquilas y contentas. ¡Dios lo hace!, dijeron las religiosas. Poco les importaría, continuó diciendo, lo que nosotros les comuniquemos, puesto que están deseando el martirio. Interrumpióle el compañero, que dijo, aludiendo a las religiosas: Puede ser que no tarden mucho en serlo. La Madre Priora muy amablemente, indicó a las religiosas que le cantaran la coplilla que tenían compuesta por el martirio, que decía de esta manera: Si el martirio conseguimos, Que mejor felicidad,; Beber con Jesús el cáliz, Y después con El gozar. Al oírlo cantar, el verdugo mejoró de rostro y se puso más humano. Por fin se fueron, sin más novedad. Las religiosas salieron todas juntas de Madrid, en septiembre de 1937 y pasaron por Francia a España Nacional.

jueves, 11 de mayo de 2023

FLORILEGIO DE MÁRTIRES ESPAÑA 1936-1939 (Capítulo 5: CASTIDAD Y MARTIRIO)

 


CASTIDAD Y MARTIRIO

 12° Fernando Saperas. 
Este era un joven coadjutor de los Misioneros Hijos del Imaculado Corazón de María, y uno de los 117 miembros que componían la Comunidad Claretiana de la Universidad de Cervera. (Casi todos fueron martirizados en Barbastro, unos en grupos y otros aisladamente). El hermano Saperas, después de dos semanas fue detenido en “La Rabassa”, oscuro caserío cercano a “Mas Claret”, y allí hubo de subir con los milicianos y con Bofarull, dueño del caserío, al auto que los condujo a todos a Cervera. Por el camino, según explica Bofarull, quisieron obligar al hermano a blasfemar. El les había dicho antes que era un jornalero que buscaba trabajo para ganarse la vida…; como no les convenció, para averiguar si era lo que sospechaban, le pusieron en esta dura contingencia de blasfemar.

Fue cuando él les dijo que era religioso y que no blasfemaba jamás… Le desnudaron en el coche para obligarle a cometer acciones inmorales. Resistió heroicamente… “Matadme pero no me atormentéis de esta manera…”. “Te llevaremos a una casa de prostitución, y allí…” “Eso jamás…”. Viendo que en el coche no conseguían nada, un poco más adelante lo hicieron bajar, lo desnudaron de nuevo y repitieron la orden con amenaza de muerte… “Matadme cuando queráis, pero eso, ¡no!...”. El hermano braceaba con todo su vigor, y cuando le vencían las musculaturas de los otros, se oía su voz firme y jadeante: “Matadme, pero no conseguiréis nada más…” Cuando se hubieron cansado, volvieron al coche…, y al llegar a Cervera el hermano comió con los milicianos, que pretendían emborracharlo, y después lo llevaron, aquella tarde, por dos o tres prostíbulos, empleando ellos todos los medios imaginables para derrocar la virtud del casto religioso… Se le atormentó con verdadera saña y encono… y sabemos que las mismas prostitutas tuvieron que volver por los fueros de la humanidad y el decoro: “Si él no quiere, dejadlo, no lo atormentéis de esa manera…”. 

Todavía le llevaron a Tárrega, para probar la fortuna en sus prostíbulos… En esas infames tentativas se gastó toda la tarde y toda la noche, durante las cuales aquel valiente atleta de la Virgen tuvo tiempo para sufrir muchas injurias. Faltábale, sin embargo, la última y más gentil. Al amanecer del día 13 lo llevaron al cementerio de Tárrega con el despecho y rabia, que les reventaba en el cuerpo. En presencia de los que le iban a asesinar, el hermano, según dice un testigo, pidió permiso para hablar, y repitió entonces tres veces:

“Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”, terminando también, como el Divino Maestro, con un grito vigoroso y triunfal de “¡Viva la Religión!” que resonó entre los cipreses, confundido ya con las descargas de los fusiles. 

Nota: También los milicianos animaron a los jóvenes religiosos estudiantes del Colegio de Barbastro a que apostataran para salvar sus vidas, y al ver que no lo lograban, intentaron quebrar la integridad de su castidad consagrada, y a este fin los incitaban a una vida licenciosa, animándolos a que hicieran un buen rostro a las mujeres que introducían en la prisión, y todo era con el ánimo de corromper a aquellos muchachos, que resistieron valientes, firmes a su fe, y decididos a no traicionar las promesas hechas a Dios el día de su profesión. Y muchos sólo por la causa de ser religiosos o sacerdotes fueron asesinados por aquellos días.

13°. Andrés Molina, joven sacerdote granadino, de 27 años, fiel a la palabra dada a sus Señor, supo mantenerla incluso ante la muerte. Regía las parroquias de Instinción y Ragel, en la provincia de Almería. De él publica Monseñor Montero, en su obra sobre la persecución religiosa en España, la siguiente carta, que es la última:

“Instinción, 16 de septiembre de 1936. -¡Viva el Sagrado Corazón de Jesus!. “Muy queridísima madre y hermanos. Estas letras quiero que sean de despedida, que espero les entregará mi muy estimado amigo don Luis, para que se consuele lo mismo usted que mis hermanos y toda la familia. Termina de decirme esta pobre gente, que compadezco y perdono de todo corazón, que si quiero librar mi vida tengo que casarme, y si no lo hago me matan, y yo, pensando no en esta vida sino en la otra que es verdadera vida, les he contestado que prefiero que me maten, antes de renegar de nuestra santa Religión, y espero en N.S. Jesucristo, y en nuestra Madre de la Santísima Virgen, que me dará fuerzas para dar la vida por Dios, lo mismo que lo han hecho ya otros compañeros y lo hicieron innumerables mártires.

Madre muy querida y hermanos muy amados, no tengáis pena porque me hayan matado; lo contrario dad muchas gracias a Dios nuestro Señor, porque me ha elegido para ser mártir y desde el cielo pediré por todos vosotros y por todos los de la familia; si aquí, en la presente vida, no he tenido la dicha de abrazaros, en el cielo espero para darnos el abrazo eterno y reinar y gozar eternamente con Nuestro Señor, la Santísima Virgen y demás santos escogidos. Madre queridísima, no tengo pena, lo repito; al contrario debe estar usted muy orgullosa, porque es usted madre de un mártir; y a vosotros hermanos, digo lo mismo, sois hermanos de un mártir que desde el cielo vela por vosotros, y todos mis queridísimos sobrinos. Para terminar quiero daros algunos consejos: sed siempre muy buenos católicos; amad cada día con un amor más grande a Nuestro Señor y a nuestra Madre, la Santísima Virgen, y si algún día estuviereis en el trance que me encuentro yo: renegar de Dios o dar la vida, dad la vida mil veces, antes que renegar y ofender a Dios, porque así debemos ser, pensando que los sufrimientos pasarán y el premio será eterno. Adiós, madre mía: un abrazo te envía, y lo mismo a Santiago, a todos mis hermanos y a toda mi familia. Que así sea y que pronto nos veamos en el cielo. Su hijo y hermano, Andrés Molina” (Del informe diocesano de Granada).