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sábado, 6 de enero de 2018

¿Qué es la eternidad?


                                                     
   Es lo que no tiene fin. Es un mar sin riberas. Es un espacio sin término. Un momento que nunca pasa. Bajada a un abismo sin fondo. Noche sin nuevo día. Circunferencia que no se sabe dónde comienza y acaba. Reloj que sólo señala esta hora: siempre.
   ¿Cuántos siglos tiene toda la eternidad? Todos. Pongamos el número mayor de siglos que pueda concebirse. ¿Ha pasado ya el primer instante de la eternidad? No, porque queda ella toda tan entera como antes.
   Si un condenado derramase cada cien años una lágrima, ¿cuántos siglos habrían de pasar hasta que sus lágrimas igualasen las aguas del océano?
   Si todo el espacio fuese de papel y en él se escribiera la unidad seguida de tantos ceros como caben en todo el cielo, ¿cuándo acabarían de pasar los siglos representados por ese número?
   Si hubiese un monte que llegara hasta las estrellas y un ángel quitara un granito cada mil años, ¿cuándo acabaría de desaparecer ese monte?
   Pues cuando todos esos siglos hubieran pasado, la eternidad no sólo no habría terminado, sino ni siquiera comenzado.
   Todo es mudable en la vida: sus penas se acaban, se alivian o acaban con quienes las padecen. En el infierno serán sin alivio sin fin.
   ¡Qué despecho será para el condenado viendo que se acabaron las llamas de San Lorenzo, la cruz de San Andrés, los ayunos de San Hilarión, las disciplinas de Santo Domingo, y que sus propias penas ni se pasan, ni tienen esperanza de que se acaben. Padezcamos ahora para gozar eternamente.
   ¿Qué será nuestra vida de cincuenta, sesenta, ochenta años, comparada con la eternidad?
   Por un instante que duró el pecado de los ángeles tienen ahora una eternidad de condenación.
   De la misma manera, pasada la vida pecadora del hombre le parecerá un relámpago comparada con la eternidad.
   Repitamos muchas veces ¡siempre! ¡Jamás! Siempre durará el infierno; jamás se acabará. Siempre será el condenado odiado de Dios; jamás le perdonará. Siempre blasfemará de la Virgen Santísima; jamás será mirado con misericordia por Ella. Siempre tendrá los demonios por señores; jamás se verá libre de su yugo. Siempre sentirá que le roe las entrañas su mala conciencia. Jamás tendrá un instante de paz en su espíritu.
   ¡Oh, si los hombres pensaran estas verdades! No quieren…
   Tengamos con ellos la inmensa caridad de hacerlos pensar; aunque no quieran.
   Ignacianas

   Angel Anaya S.J.

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