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viernes, 14 de agosto de 2020

TESTIMONIO DEL ARZOBISPO CATÓLICO MARCEL LEFEBVRE UN AÑO Y DOS MESES ANTES DE SU MUERTE.

FUENTE

Mons. Marcel Lefebvre

Prólogo al libro Itinerario espiritual

Saint-Michel-en-Brenne, 29 de enero de 1990, fiesta de San Francisco de Sales Queridos lectores:

 

En la tarde de una larga vida —ya que, nacido en 1905, he llegado al año 1990—, podría decir que esta vida se ha visto marcada por acontecimientos mundiales excepcionales: tres guerras mundiales, la de 1914-1918, la de 1939-1945, y la del Concilio Vaticano II de 1962-1965.

Los desastres acumulados por estas tres guerras, y especialmente por la última, son incalculables en el orden de las ruinas materiales, pero mucho más aún espirituales. Las dos primeras han preparado la guerra dentro de la Iglesia, facilitando la ruina de las instituciones cristianas y la dominación de la Masonería, la cual llegó a ser tan poderosa que logró penetrar profundamente, por su doctrina liberal y modernista, en los organismos directores de la Iglesia.

Por la gracia de Dios, instruido desde mi seminario en Roma sobre el peligro mortal de sus influencias para la Iglesia por el Rector del Seminario francés, el venerado Padre Le Floch, y por los profesores, los Reverendos Padres Voetgli, Frey, Le Rohellec, he podido comprobar a lo largo de mi vida sacerdotal qué justificados eran sus llamamientos a la vigilancia, fundados sobre las enseñanzas de los Papas y sobre todo de San Pío X.

He podido comprobar a mis expensas qué justificada era esta vigilancia, no sólo desde el punto de vista doctrinal, sino también por el odio que provocaba en los medios liberales laicos y eclesiásticos, un odio diabólico.

Los innumerables contactos a que me condujeron los cargos que me fueron confiados, con las más altas autoridades civiles y eclesiásticas en numerosos países y especialmente en Francia y en Roma, me confirmaron con exactitud que el viento era generalmente favorable para todos los que estaban dispuestos a compromisos con los ideales masónicos liberales, y desfavorable para el mantenimiento firme de la doctrina tradicional.

Creo poder decir que pocas personas en la Iglesia han podido tener y hacer esta experiencia de información en la medida en que pude hacerla yo mismo, no por propia voluntad, sino por voluntad de la Providencia.

Como misionero en Gabón, mis contactos con las autoridades civiles fueron más frecuentes que cuando era vicario en Marais-de-Lomme, en la diócesis de Lille. Este tiempo de misión quedó marcado por la invasión gaullista, en la que pudimos comprobar la victoria de la Masonería contra el orden católico de Petain. ¡Era la invasión de los bárbaros sin fe ni ley!

Quizás un día mis memorias den algunos detalles sobre estos años que van de 1945 a 1960 con el fin de ilustrar esta guerra en el interior de la Iglesia. Lean los libros del señor Marteaux sobre este período: son reveladores.

La ruptura se acentuaba en Roma y fuera de Roma entre el liberalismo y la doctrina de la Iglesia. Los liberales, después de lograr que se nombraran papas como Juan XXIII y Pablo VI, harán triunfar su doctrina por medio del Concilio, medio maravilloso para obligar a toda la Iglesia a adoptar sus errores.

Luego de asistir al combate dramático entre el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani, el primero como representante del liberalismo y el otro de la doctrina de la Iglesia, quedaba claro, después del voto de los setenta cardenales, que la ruptura estaba consumada. Se podía pensar sin engaño que el apoyo del Papa iría a los liberales. ¡Ese es el verdadero problema, planteado desde entonces a plena luz! ¿Qué harán los obispos conscientes del peligro que corre la Iglesia? Todos comprueban el triunfo de las ideas nuevas venidas de la Revolución y de las Logias; dentro de la Iglesia: doscientos cincuenta cardenales y obispos se alegran de su victoria, doscientos cincuenta se asustan, y los otros mil setecientos cincuenta tratan de no plantearse problemas y siguen al Papa: “¡Ya veremos más tarde!”…

El Concilio pasa, las reformas se multiplican tan rápido como se puede. Comienza la persecución contra los cardenales y obispos tradicionales, y pronto, en todas partes, contra los sacerdotes y religiosos o religiosas que se esfuerzan en conservar la tradición. Es la guerra abierta contra el pasado de la Iglesia y sus instituciones: “¡Aggiornamento, aggiornamento!”.

El resultado de este Concilio es mucho peor que el de la Revolución. Las ejecuciones y martirios son silenciosos; decenas de millares de sacerdotes, religiosos y religiosas abandonan sus compromisos, otros se laicizan, desaparecen las clausuras, el vandalismo invade las iglesias, se destruyen los altares, desaparecen las cruces... los seminarios y noviciados se vacían.

Las sociedades civiles que aún seguían siendo católicas se laicizan bajo la presión de las autoridades romanas: ¡Nuestro Señor no tiene ya por qué reinar en la tierra!

La enseñanza católica se hace ecuménica y liberal; se cambian los catecismos, que ya no son católicos; la Gregoriana en Roma se hace mixta, y Santo Tomás ya no está a la base de la enseñanza.

Ante esta comprobación pública, universal, ¿qué deber tienen los obispos, miembros oficialmente responsables de la institución que es la Iglesia? ¿Qué hacen? Para muchos la institución es intocable, incluso si ya no se conforma al fin para el que ha sido instituida... Los que ocupan la sede de Pedro y de los obispos son responsables; hacía falta que la Iglesia se adaptara a su tiempo. Los excesos pasarán. Es mejor aceptar la Revolución en nuestra diócesis, conducirla antes que combatirla.

Entre los tradicionalistas, ante el desprecio que Roma les muestra, un buen número dimite, y algunos como Monseñor Morcillo, arzobispo de Madrid, y Monseñor Mac Quaid, arzobispo de Dublín, mueren de tristeza, al igual que muchos buenos sacerdotes.

Es evidente que, si muchos obispos hubieran actuado como Monseñor de Castro Mayer, obispo de Campos en Brasil, la Revolución ideológica dentro de la Iglesia habría podido ser limitada, pues no hay que tener miedo de afirmar que las autoridades romanas actuales, desde Juan XXIII y Pablo VI, se han hecho colaboradoras activas de la Masonería judía internacional y del socialismo mundial. Juan Pablo II es ante todo un político filocomunista al servicio de un comunismo mundial con tinte religioso. Ataca abiertamente a todos los gobiernos anticomunistas y no aporta con sus viajes ninguna renovación católica.

Se entiende, pues, que las autoridades romanas conciliares se opongan feroz y violentamente a toda reafirmación del Magisterio tradicional. Los errores del Concilio y sus reformas siguen siendo la norma oficial consagrada por la profesión de fe del Cardenal Ratzinger, de marzo de 1989.

Nadie negaba que yo fuera miembro oficial reconocido del cuerpo episcopal. El Anuario Pontificio lo afirmó hasta la consagración de obispos de 1988, presentándome como Arzobispo Obispo emérito de la diócesis de Tulle.

Con este título de Arzobispo católico pensé rendir un servicio a la Iglesia, herida por los suyos, fundando una congregación dedicada a formar verdaderos sacerdotes católicos, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, debidamente aprobada por Monseñor Charrière, Obispo de Friburgo, en Suiza, y avalada con una carta de alabanza del Cardenal Wright, Prefecto de la Congregación para el Clero.

Con razón podía yo temerme que esta Fraternidad, que quería aferrarse a todas las tradiciones de la Iglesia, doctrinales, disciplinarias, litúrgicas, etc.., no seguiría estando aprobada mucho tiempo más por los demoledores liberales de la Iglesia.

Es un misterio que no se levantaran cincuenta o cien obispos como Monseñor de Castro Mayer y yo, que reaccionaran contra los impostores, como verdaderos sucesores de los apóstoles.

No es orgullo y suficiencia decir que Dios, en su misericordiosa sabiduría, salvó la herencia de su sacerdocio, de su gracia, de su revelación, mediante estos dos obispos. No somos nosotros quienes nos hemos escogido, sino Dios, que nos ha guiado en el mantenimiento de todas las riquezas de su Encarnación y de su Redención. Quienes piensan deber minimizar estas riquezas e incluso negarlas sólo pueden condenar a estos dos obispos, lo cual no hace más que confirmar su cisma de Nuestro Señor y de su Reino, por su laicismo y su ecumenismo apóstata.

Tal vez alguien me diga: “¡Usted exagera! Cada vez hay más obispos buenos que rezan, que tienen fe, que son edificantes...”. Aunque fuesen santos, desde el momento en que aceptan la falsa libertad religiosa, y por consiguiente el Estado laico, el falso ecumenismo (y con ello la existencia de varias vías de salvación), la reforma litúrgica (y con ello la negación práctica del sacrificio de la Misa), los nuevos catecismos con todos sus errores y herejías, contribuyen oficialmente a la revolución en la Iglesia y a su destrucción.

El Papa actual y estos obispos ya no trasmiten a Nuestro Señor Jesucristo, sino una religiosidad sentimental, superficial, carismática, por la cual ya no pasa la verdadera gracia del Espíritu Santo en su conjunto. Esta nueva religión no es la religión católica; es estéril, incapaz de santificar la sociedad y la familia.

Una sola cosa es necesaria para la continuación de la Iglesia católica: obispos plenamente católicos, que no hagan ningún compromiso con el error, que establezcan seminarios católicos, donde los jóvenes aspirantes se alimenten con la leche de la verdadera doctrina, pongan a Nuestro Señor Jesucristo en el centro de sus inteligencias, de sus voluntades, de sus corazones, se unan a Nuestro Señor por medio de una fe viva, una caridad profunda, una devoción sin límites, y pidan como San Pablo que se rece por ellos, para que avancen en la ciencia y en la sabiduría del “Mysterium Christi”, en el que descubrirán todos los tesoros divinos; obispos católicos, que se preparen a predicar a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado, “opportune et importune...”.

¡Seamos cristianos! Aun las mismas ciencias humanas y racionales sin excepción, han de ser ilustradas por la luz de Cristo, que es la Luz del mundo y que, cuando viene al mundo, da a cada hombre su inteligencia.

El mal del Concilio es la ignorancia de Jesucristo y de su Reino. Es el mal de los ángeles malos, el mal que encamina al infierno.

Justamente por haber tenido una ciencia excepcional del Misterio de Cristo, Santo Tomás ha sido proclamado por la Iglesia como su Doctor. Amemos leer y repasar las encíclicas de los Papas sobre Santo Tomás y sobre la necesidad de seguirlo en la formación de los sacerdotes, a fin de no dudar ni un instante de la riqueza de sus escritos, y sobre todo de su Suma Teológica, para comunicarnos una fe inmutable y el medio más seguro de llegar, en la oración y en la contemplación, a las riberas celestiales, que nuestras almas abrasadas del espíritu de Jesús ya no dejarán nunca, pese a todas las vicisitudes de esta vida terrenal.

+ Marcel LEFEBVRE

 

Nota. Oficialmente en abril de 2012 los Obispos de la Congregación fundada por este gran Arzobispo comenzó los arreglos con la Roma modernista ¡Que paradoja! Y que pesadilla para los católicos que queremos seguir las huellas de este gran hombre de Dios, amante de la Iglesia instituida por Nuestro Señor Jesucristo y su tierno amor a la Santísima Virgen María. Es una verdadera desgracia para el orbe católico, la acción tan triste y lamentable que no solo va contra el espíritu del fundador sino contra el mismo Corazón de Nuestro señor Jesucristo sumo y eterno Sacerdote, contra la misma Institución de la Iglesia y contra el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María.

Pena y dolor y a la vez una gran impotencia invade mi alma al leer y escribir la presente nota porque tuve la gracia no solo de conocerle sino y ante todo de recibir todas las ordenes menores y mayores propias del sacerdocio católico y la gracia de recibir este hermoso sacramento del sacerdocio de sus manos, de tratar con él familiarmente y sentirme uno de sus amados discípulos. Monseñor Marcel Lefebvre no he traicionado, gracias a Dios y su Santísima Madre, el JURAMENTO ANTIMODERNISTA impuesto por su Santidad San Pío X. desde mi nada y mi miseria y con vuestra valiosísima ayuda seguiré siempre firme a este juramento hasta el ultimo aliento de mi vida. 

Padre Arturo Vargas Meza. 

LOS SILENCIOS DE SAN JOSE (CAPITULO 7 Y 8)

 

(“Trente visites a Joseph le Silencieux”)
Padre Michel Gasnier, O,F

Capitulo 7

LA PROMETIDA DE JOSÉ

“Y el nombre de la Virgen era María...” (Lc 1, 26)

Mientras José, en su taller, se dedicaba a sus humildes tareas de carpintero, su espíritu permanecía unido al Señor. Sabía que se aproximaba el tiempo en que se manifestaría Dios, y sus labios suplicaban, con palabras del profeta: Cielos, derramad vuestro rocío, y que las nubes destilen al justo; ábrase la tierra y germine el Salvador (Is 45, 8).

Todos los justos, en aquella época, repetían esa oración en Israel con tanto más ardor cuanto que todos los signos anunciaban como inminente la venida del Mesías.

De hecho, en una humilde morada de Nazaret Dios ya había designado a Aquella que había de traerle al mundo. Se llamaba María y era el fruto tardío de Joaquín y de Ana, quienes, según una antigua tradición, la habían obtenido de Dios por sus oraciones, acompañadas de lágrimas y penitencia. El nacimiento de la que todas las generaciones iban a saludar con el título de Bienaventurada" no se había hecho notar. Era, exteriormente, semejante a los demás niños, pero en su interior Dios la había revestido de santidad y de perfección. Había sido adornada, desde su concepción, con los siete dones de¡ Espíritu Santo, ya que había sido librada de la mancha original. La liturgia no duda en poner en boca de Dios, que la contempla desde el cielo, este clamor de admiración: Eres hermosísima, María, y no hay en ti ninguna mancha.

La tradición unánime de los Santos Padres dice que pasó su infancia en el Templo de Jerusalén, a donde ella mismo quiso que la condujeran para ofrecerla al Señor: en virtud de los privilegios con que había sido colmada, había comprendido, tan pronto como tuvo uso de razón, que la única sabiduría de una criatura consiste en entregarse irrevocablemente a su divino Maestro y ponerse en cuerpo y alma a su servicio.

Sin renunciar por eso al amor, antes al contrario, escogiendo el amor eterno y principal, había hecho voto de virginidad. Pertenecía, por supuesto, a la descendencia de David, de la cual había de nacer el Mesías, y deseaba, con más fuerza que cualquier otra mujer en Israel, ver realizadas las promesas de Dios y colaborar en ellas, pero corno no se consideraba digna del favor divino, había ofrecido al Señor su virginidad en holocausto, con objeto de que llegara cuanto antes la hora anunciada de su intervención.

En aquella época, la virginidad, aunque estimada en el pueblo hebreo, era cosa excepcional y generalmente proscrita por la Ley. La espera del Mesías aguijoneaba tanto los espíritus que la renuncia al matrimonio equivalía a negarse a contribuir a la llegada de quien debía restablecer el reino de Israel. Por eso, en su momento, los parientes de María se empeñaron en encontrar un marido para ella. Cuando se lo propusieron, nada objetó, ya que a nadie había revelado el voto que había hecho, convencida de que no la habrían comprendido y menos aprobado. Confiaba exclusivamente en Dios para salir de aquella situación delicada y, en apariencia, contradictoria. Lo único que pedía al Cielo era que pusiese en su camino a un hombre capaz de comprender, estimar y respetar su promesa de virginidad, a fin de contraer con ella una unión cuyo fundamento fuese tan sólo un amor espiritual.

Los Apócrifos imaginaron una serie de leyendas sobre las circunstancias en que se celebraron los esponsales de María, leyendas tenaces que han encontrado un crédito tal a lo largo de los siglos que no hay más remedio que mencionarlas brevemente.

Según esas leyendas, el Sumo Sacerdote habría convocado a todos los jóvenes de la Casa de David que aspiraban a casarse con María, invitándolos a depositar sobre el altar su cayado o bastón, pues el dueño de aquél que floreciera sería el elegido del Señor. Naturalmente, fue el bastón o la vara de José el que floreció...

Entre los defraudados, había un tal Agabo, joven rico y noble que, lleno de rabia y de despecho, huyó al desierto. Es el personaje que se ve en el famoso cuadro de Rafael (Lo Sposaíizio), quebrando su vara en las rodillas.

La realidad debió ser mucho más simple, y cabe imaginarla así: como los padres de María probablemente habían muerto, se hallaba bajo la tutela del sacerdote Zacarías, quien, un día, le diría —pues en aquella época se casaba a las jóvenes sin consultarlas demasiado— que sus gestiones habían tenido éxito; que había encontrado un joven bueno para ella. Se llamaba José, era una excelente persona y, como ella, también descendía de David... No era, desde luego, más que un simple obrero —trabajaba con sus manos para ganarse la vida—, pero no ejercía ninguna profesión indigna, incompatible con la práctica de la religión. Por otra parte, tenía fama de ser recto, piadoso y justo...

Cuando María supo que José era la persona elegida, sus temores se disiparon. Seguramente le conocía, pues era de su misma tribu y tal vez pariente lejano. Apreciaría su fe, la elevación de su alma y amaría a este hombre sencillo, de manos callosas, de mirada limpia y de gestos reposados y graves. Sabría que vivía apartado del mal, a la espera ardiente de la venida del Mesías...

José, por su parte, no habría permanecido insensible al misterioso encanto que emanaba de la persona de María. Habría detenido la mirada en su rostro lleno de pureza y se habría sentido profundamente conmovido, como ante la revelación de algo indeciblemente grande. Pensaría que así debían ser los ángeles cuando se mostraban en sus apariciones...

Sea como fuese, María, en su primer encuentro, tuvo que darle a conocer su resolución de permanecer virgen, para evitar que su matrimonio quedara invalidado, y lo haría posando en él su mirada clara y dulce. Hablaría con la misma sinceridad que usaría más tarde con al Ángel de la Anunciación, ya que, convencida de que sus palabras hallarían una resonancia profunda en el alma de ese hombre justo, no tendría inconveniente en proponerle que la acompañara en su camino virginal. Esperaba de él, su futuro esposo, algo más que un simple asentimiento: la promesa de que respetaría su voto sin que nadie le hiciera cambiar de parecer.

Podríamos admitir también, con gran parte de la Tradición, que José había hecho a su vez un voto de virginidad y que, al contraer matrimonio, no hizo más que seguir una costumbre que tenía casi fuerza de ley.

Otra explicación es más plausible: José, que había vivido hasta entonces una vida casta , al oír de labios de María la belleza y la grandeza de la virginidad, concebiría hacia esta virtud privilegiada un amor y una atracción todavía mayores. Por eso, luego de explicar a María que no podía ofrecerle más que una posición muy modesta, le aseguraría, gozoso, que para ser más digno de ella haría a Dios un voto semejante al suyo. Sería para ella como un hermano, y se lo garantizaría con una promesa.

Cuando terminara el encuentro, sintiendo compenetradas sus almas con una armonía sin disonancias, uno y otro exultarían de gozo. El corazón de María rebosaría de paz y seguridad. El alma de José se dilataría con un inmenso deseo de ternura protectora.  Descendiente de reyes, no poseía palacios, corte, opulencia o celebridad, pero Dios le acababa de dar, con María, un tesoro tal que, a su lado, los de Salomón le parecían miserables. Y en su espíritu, un texto del Libro de la Sabiduría, se le ofrecía como la expresión perfecta de sus sentimientos desbordantes de felicidad: por Ella y con Ella, poseeré todos los bienes...

 

Capitulo 8

 LOS ESPONSALES DE JOSÉ

“Estando desposada María, su madre, con José... ” (Mt 1, 18).

Si hubiera que hacer caso a ciertos apócrifos, habría que creer que José, cuando esposó a María, era ya un anciano. Influido tal vez por ello, San Epifanio le asigna nada menos que ochenta años...

Parece ser que lo que lleva a éste y otros autores a atribuirle una edad tan avanzada es su preocupación por afirmar mejor la virginidad perpetua de María. Argumento detestable y suposición injuriosa también para José, ésta de atribuir su continencia a una supuesta senilidad.

Hay que afirmar, por el contrario, que las costumbres de entonces, como las de ahora, habrían justamente reprobado una unión tan desigual. La boda de un anciano con una adolescente habría sido considerada corno una profanación. Por eso, el sentido común nos dice que José tenía que ser joven, no solo para que la gente pudiera considerarle como padre del divino Niño, sino también para que pudiera ejercer con Él la tarea de protector y de padre nutricio que Dios iba a confiarle. Un israelita solía casarse alrededor de los dieciocho años y nada nos obliga a pensar que José fuese mucho mayor. Algunos documentos de la iconografía antigua (catacumba romana de San Hipólito y sarcófago de San Celso en Milán) le muestran joven e imberbe, y cuando la imaginería moderna nos lo representa casi con los rasgos de un anciano, queremos creer que es para subrayar, más que su edad, la perfección de sus virtudes,, especialmente su prudencia y su madurez.

Ciertos autores se han preguntado si José era o no bien parecido. Apoyándose, por analogía, en el testimonio de la Biblia que nos dice que el José del Antiguo Testamento era agradable y gracioso, responden afirmativamente. No hay ningún inconveniente en admitirlo, aunque el argumento no deja de ser débil. En cualquier caso, podemos estar seguros de que, para María, el encanto varonil de su futuro esposo no era lo más importante.

Entre los judíos, las transacciones que precedían a los esponsales constituían, por parte de los parientes, una especie 'de chalaneo. Discusiones interminables trataban de precisar minuciosamente la aportación recíproca de los prometidos. Si los esponsales de María y de José no escaparon a este tira y afloja, ¡cuánto les harían sufrir!

En ningún documento consta el lugar en el que se desarrollaron las ceremonias. Fuera en Jerusalén o fuera en Nazaret, asistirían todos los parientes. María y José, que nunca quisieron singularizarse, no se sustraerían a ninguno de los ritos obligatorios, tanto más cuanto que el ceremonial de los esponsales databa de la época de los patriarcas. José tendría que revestirse de una larga túnica sobre la cual pendía un pesado manto. En cuanto al traje de novia de María, la Iglesia de Chartres asegura poseerlo. Le fue donado por Carlos el Calvo en el año 877. Provenía del tesoro imperial de Bizancio y es una larga túnica de color beige, sembrada de flores azules, blancas y violeta, bordadas con aguja y entreverada de oro...

María daría a José la mano, no esa mano fina y delicada que pintaron los artistas del Renacimiento, sino una mano de mujer acostumbrada a lavar, a coser y a amasar el pan. José, por su parte, pondría en su dedo el anillo de oro —símbolo de alianza y de posesión—, diciendo: "Por este anillo, quedas unida a mí, ante Dios, según el rito de Moisés". Luego, entregaría a su prometida el acta del contrato, así como el denario de plata que representaba su dote o su viudedad. Jamás una joven novia, al dar su mano a su joven novio, aportó una felicidad semejante a la que estalló en el corazón de José.

Ya se pertenecían mutuamente, de manera irrevocable. Porque entre los hebreos, los esponsales no eran una simple promesa de alianza, como ocurre con nuestra petición de mano. Tenían el mismo valor, en la práctica, que el matrimonio. En el Deuteronomio, lo mismo que en el Evangelio, a la prometida se la llama "mujer" del prometido, porque lo es realmente. Si se demostraba su infidelidad, era condenada a la pena de las adúlteras y debía ser lapidada. Si su prometido moría, se la consideraba como viuda, y no podía ser repudiada más que mediante las formalidades exigidas para la esposa legítima. Sin embargo, la cohabitación solía quedar diferida durante un lapso de tiempo que a veces duraba hasta un año. Era preciso —decían los rabinos— dejar a la prometida tiempo suficiente para preparar su equipo y al prometido para cumplir las cláusulas del contrato.

Los esposados, no obstante, mantenían constantes relaciones y sus derechos recíprocos eran idénticos a los de los casados. La esposada podía concebir de su futuro marido sin incurrir en falta. Por eso, las interminables controversias relativas a la situación de María después de concebir al Verbo encarnado —unos afirmando que estaba sólo prometida y otros casada— quedan reducidas a simples e inútiles juegos de palabras.

Así pues, luego de sus esponsales, José y María se separaron y se fueron cada uno a su casa, en espera de la ceremonia oficial de la boda, pero desde ese momento, puesto que se habían hecho ante Dios promesas definitivas, eran ya marido y mujer para siempre.

Seguramente, una cláusula secreta eliminaría uno de los fines esenciales de la unión conyugal. Por el voto de virginidad renunciaban al ejercicio del débito recíproco. Su compromiso no dejaba de ser por eso una verdadera unión, valedera ante Dios y ante los hombres, pues lo que hace al matrimonio perfecto, según Santo Tomás, es «una unión indisoluble de las almas en virtud de la cual los esposos se prometen una fidelidad inviolable».

Uno y otro, pues, ofrecerían a Dios su virginidad como un don que sabían le sería agradable, aunque no podían sospechar las consecuencias. ¿Cómo iban a prever que renunciando a engendrar según la naturaleza se estaban preparando para recibir el más sublime de los dones? No podían saber que su unión virginal era obra de Dios, algo preparado y ordenado por El con vistas a la venida al mundo del Mesías.

La virginidad de María era necesaria para operar la Encarnación del Verbo:  «Así como Dios produce a su Hijo en la eternidad por una generación virginal —dice Bossuet—, así también nacerá en el tiempo, engendrado por una madre-virgen».

La virginidad de José no era menos importante, ya que debía salvaguardar la de María.

He aquí, pues, dos almas vírgenes que se prometían fidelidad, una fidelidad que consistía sobre todo en proteger su mutua virginidad. Obran al contrario, según todas las apariencias, de lo que era preciso hacer para contribuir personalmente a acelerar la hora del advenimiento del Mesías. Han renunciado al honor de ver un día una cuna en su hogar, pero precisamente a causa del valor y del mérito de su renuncia, van a merecer que Dios en persona venga a poner un niño en medio de esta pareja virginal. Y ese niño será Su propio Hijo. Sin saberlo, acaban de firmar un contrato y de pronunciar una promesa que les capacita para recibir la misión excepcionalmente grandiosa que Dios les va a encomendar.

El cuadro 'Los desposorios de la Virgen', de Rafael, recupera su ...

lunes, 10 de agosto de 2020

LOS SILENCIOS DE SAN JOSE (CAPITULO 5 Y 6)



(“Trente visites a Joseph le Silencieux”)
Padre Michel Gasnier, O,F
Capitulo 5

JOSÉ, EL JUSTO

“José, como era justo... ” (Mt 1, 19)
El panegírico de José, tal y como lo hace el Evangelio, es de un laconismo desconcertante para los oídos del hombre actual, tan aficionado a los superlativos, tan amante de las alabanzas ditirámbicas. Se limita a una sola palabra: era justo.Sin embargo, al nombrarle así, el Evangelio no se queda corto, ya que la palabra expresa una plenitud de santidad. La justicia a que se refiere no es sólo la virtud que consiste en dar a los demás lo que se les debe: es también ese conjunto de perfecciones que ponen al hombre en sintonía total con la ley de Dios, en perfecta adecuación con su voluntad.

La palabra justo, en el lenguaje bíblico, designa el compendio de todas las virtudes. El justodel Antiguo Testamento es el mismo que el Evangelio llama santo. justicia y santidad expresan la misma realidad. El retrato del justo bajo la Antigua Ley se esboza sobre todo en los Salmos con una variedad de rasgos cuyo conjunto representa el ideal de la rectitud moral tal y como Dios la quiere para los hombres. El justo es el que se abstiene del mal y hace el bien, el que tiene un corazón puro y es irreprochable en sus intenciones, el que en su conducta observa todo lo prescrito con relación a Dios, al prójimo y a uno mismo. El justo no hace nada sin preguntarse lo que Dios manda o prohíbe: le alaba, le enaltece y bendice su nombre, le merece una confianza sin límites, le presta una obediencia diligente. Conserva, además, su corazón limpio de orgullo, de ambición, de ansia de riquezas. Con su prójimo, practica la sinceridad, la rectitud y la lealtad; le horroriza la mentira, la duplicidad y el fraude. Se esfuerza por ser bueno, bienhechor, compasivo; por atender con amor a quienes necesitan consuelo y socorro. Ejercita, en una palabra, las obras de misericordia temporales y espirituales en toda su plenitud.

¡Bienaventurado —no cesan de proclamar los Salmos— quien obre así! Sobre él se posará la mirada de Dios. Se asemejará al árbol plantado junto a un río, cuyas hojas siempre están verdes y da a su tiempo magníficos frutos. No estará por eso al abrigo de cualquier prueba, pero todo lo que padezca se convertirá, por voluntad divina, en progreso espiritual. Recibirá ciento por uno a la hora de la verdad.

En la vida de José se verificó al pie de la letra el programa de perfección contenido en esta descripción. Fue justo en todas las acepciones del término. No hay que llamarse a engaño ante la, falta de relieve de su vida. Si, tal como nos cuenta el Evangelio, nada a los ojos del mundo lo hizo protagonista, interiormente poseía una extraordinaria grandeza, un esplendor moral auténtico, que es lo que cuenta ante Dios. A este justo se le podía aplicar a la letra lo que Jesús dijo en su oración al Padre: Yo te bendigo, porque has ocultado estas cosas a los sabios y los prudentes y se las has revelado a los humildes (Mt 10, 25; Lc 11, 21).

Moldeados por la gracia divina, su corazón era puro y su voluntad fuerte. Tenía un alma profunda y fiel, recta y sencilla, desconocedora de su valía.
Era justo, en primer lugar, respecto a Dios, cuidadoso de agradarle en todo y no desagradarle en nada. Su ocupación constante consistía en escrutar la Ley de Dios para conformar con ella su vida, pensamientos, deseos, palabras y actos. A veces interrumpiría su trabajo para dar reposo a sus brazos, se sentaría en un taburete y releería los salmos de su tatarabuelo, el rey David. Terminaría sabiéndoselos de memoria y así, al tomar de nuevo la garlopa o la sierra, cantaría versículos que subirían a Dios como humo de incienso:

He escondido en mi corazón tu oráculo
para no pecar contra ti... (Sal 118, 11).
¡Qué dulces son a mi paladar tus oráculos,
más que la miel para mi boca! (Sal 118, 103).
Como el ciervo suspira por la fuente de las aguas,
así mi alma suspira por ti, mi Dios.
Mi alma tiene sed de Yahveh, Dios Vivo (sal 41, 2-3).
Porque tú, Señor, eres mi esperanza,
mi confianza desde mi juventud..
Tú eres mi refugio...
Llénese mi boca de tus alabanzas,
de tu gloria continuamente (Sal 70, 5-8).

José era igualmente justo con los hombres. Vivía alejado de todo orgullo que, en los ambientes orientales, es causa de disputas o de pleitos incesantes. Era cosa sabida en Nazaret que no era parlanchín, que odiaba la maledicencia, el comadreo. Eso no quiere decir que no hablara con nadie. La puerta de su taller siempre estaba abierta y los que pasaban por la calle solían entrar para verle trabajar y entablar diálogo con él. Pero sus visitantes quedaban siempre conmovidos por su sentido común, por el acierto de sus apreciaciones y la indulgencia que emanaba de sus juicios. Se sentían mejores después de haberle oído.

José era justo con todos. Reputado por su conciencia profesional, los que recurrían a él quedaban siempre satisfechos. No dudaba en madrugar y prolongar su jornada hasta la noche para acabar un encargo urgente. Nunca se excedía en el precio, lo que no era óbice para que —como suele ocurrir en Oriente— hubiera quien regatease y protestase. Algunos abusaban de su bondad, pues sabían que le repugnaban las reclamaciones y los deudores recalcitrantes.

José era del temple de esos justos que, como Simeón y la profetisa Ana, esperaban la redención de Israel y el cumplimiento de las antiguas promesas. Deseaban con toda su alma la venida y la manifestación del Mesías, y creían que "la plenitud de los tiempos", de la que tan a menudo hablaban las Escrituras, estaba cerca. Habían calculado que las setenta semanas de años, cuyo desarrollo había desvelado a Daniel el ángel Gabriel, ya habían pasado, y que los días del Enviado de Dios eran inminentes. Para los que permanecían atentos a las realidades religiosas, existía como un presentimiento confuso de que un mundo nuevo estaba a punto de surgir, que se aproximaba una “edad de oro”. Historiadores paganos como Tácito y Suetonio se sintieron obligados a consignarlo en sus obras.

En José, esa espera era especialmente ardiente y hacía palpitar su corazón con inmensa alegría. Mientras otros se agitaban inútilmente con la misteriosa revelación y se entregaban a una efervescencia político-religiosa, él pensaba que lo más urgente era rezar. Su corazón ferviente imploraba al Señor constantemente que sonase por fin la hora en que Dios había de enviar a Aquel que traería a la tierra la luz y la salvación.

No sospechaba, por supuesto, que sus deseos iban a verse colmados, que Dios había dirigido sobre él, pobre carpintero de una humilde aldea galilea, sus miradas misericordiosas, y que todas las generaciones futuras le llamarían Bienaventurado. No sabía que habría de ser el último patriarca que cerraría. el inmenso cortejo en ruta hacia el Mesías, y que, más privilegiado que sus antecesores, tendría la dicha de llevar en sus brazos a Aquel que tantos profetas y reyes habían deseado ver con sus ojos y oír con sus oídos. Aquel a quien su antepasado David habla saludado y cantado tantas veces con el salterio:

Apresúrate, y sálgannos al encuentro tus misericordias,
que estábamos abatidos sobremanera,
Socórrenos, oh Dios, Salvador nuestro, por la gloria de tu nombre,
líbranos y perdónanos nuestros pecados… (Sal 78, 8-9).
Despierta tu poder,
ven y sálvanos...
Haz resplandecer tu faz sobre nosotros
y seremos salvos(Sal 79, 3 y 20).

Nunca pudo imaginar José que iba a ser considerado indispensable para el misterio de la Encarnación y que contribuiría a realizar el gran designio divino de cambiar la angustia humana en transportes de alegría.
Por todo eso, Dios le había querido justo; solo faltaba que él estuviera a la altura de su misión. Dice la teología que siempre que Dios confía una misión a un hombre, le da las gracias necesarias para que la realice. Dios había llenado a José de justicia, de sabiduría y santidad, pues le había predestinado para ser esposo de María, la Madre del Verbo encarnado, y padre virginal de Jesús.

Capitulo 6

LA PREDESTINACIÓN DE JOSÉ

“Padre nuestro... el pan nuestro de cada día dánosle hoy... ” (Mt. 6, 11).
Los justos que vivieron antes del advenimiento de Cristo, conocedores de los profetas de la Biblia, tuvieron un alma vibrante de esperanza. Sabiendo que Dios es fiel a su palabra, aguardaban la realización de las promesas: la venida de un Mesías cuya misión consistiría en traer alegría a la Tierra y salvar al mundo, librándole de sus pecados y del poder del Maligno. Ahora bien, si el hecho mismo de esa redención estaba fuera de toda duda, nadie podía prever la desconcertante manera en que, para la sabiduría humana, habría de producirse.

El Hijo de Dios iba a hacerse presente entre los hombres, pero su venida no iba a ser ni repentina ni deslumbrante. Aparecería despojado de toda majestad y entraría en el mundo de forma humilde y discreta' Una vida oculta iba a preceder a su vida pública.

Santo Tomás (cfr. STh III, q. 36 a. 1), buscando las razones de esa oscuridad, descubre tres principales. Al venir a. salvar el mundo por la Cruz —dice— era preciso que tuviera un cuerpo capaz de padecer; una manifestación gloriosa habría obstaculizado sus designios. Si hubiesen conocido al Dios de majestad—afirma San Pablo—, los judíos no te habrían crucificado (1 Cor 2, 8).

Por otra parte, el brillo de su esplendor, además de disminuir el mérito de la fe de sus discípulos, habría hecho dudar de su naturaleza humana y por lo tanto de la realidad de sus sufrimientos. Si el hijo de Dios no hubiese tenido necesidad de comer, beber y dormir, si se hubiera librado de las miserias inherentes a la naturaleza humana, habría confirmado el error de quienes creen que no se hizo hombre más que en apariencia. No habría sido verdaderamente el "Emmanuel" anunciado por los profetas, es decir, un Dios anonadado, puesto a nuestro nivel, viviendo con nosotros y como nosotros.

Sin embargo, por humilde que debía ser el nacimiento del Hombre-Dios, era preciso que tuviera al menos un carácter excepcional en un punto. El Hijo eterno de Dios no podía nacer más que de una mujer virgen. Sólo el Espíritu Santo debía ser el autor de su concepción, pues es inimaginable que fuera de otra manera. El Hijo de Dios no podía tener más que un Padre en el sentido exacto y preciso del término. Ciertamente, eso se podía lograr mediante un prodigio, pero se trataba sin duda de un prodigio indispensable.

Ahora bien, si Dios debía revestir la naturaleza humana en el seno de una virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, ¿qué iba a pasar con el honor del niño y con el de su madre si los hombres ignoraban el misterio? ¿No quedaban expuestos a ser víctimas .del desprecio y del baldón públicos? ¿No recaería la vergüenza sobre Aquel que venía a purificar al mundo de toda mancha lo mismo que sobre Aquella que IQ había engendrado?

La Virgen que iba a alumbrar un niño, según la profecía de Isaías, no podía proclamar a los cuatro vientos los favores de que había sido objeto. Además, ¿quién la hubiera creído...? Incluso suponiendo que la modestia, el candor, la gracia, la pureza, iluminasen su frente, su persona y todo su comportamiento, con una luz vivísima, no habría bastado para garantizar el crédito de su testimonio. Se habrían considerado sus afirmaciones como refinada hipocresía, y cuando el hijo nacido de su carne dijera más tarde a los judíos ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?,éstos le habrían echado en cara el oprobio de su nacimiento.

Ciertamente, Dios habría podido intervenir para revelar milagrosamente el misterio de la concepción virginal de su Hijo. Se habría podido oír una voz proveniente del cielo —como sucedió en el Tabor— declarando que ése era su Hijo bien amado, nacido de una Virgen, pero esta forma de obrar no es propia de Dios. A su infinita sabiduría le place, incluso para realizar los más asombrosos milagros, usar los medios más sencillos, menos aparatosos. Para poner la reputación de su Hijo y de la Madre al abrigo de las ultrajantes sospechas de los hombres, le bastó cubrir el misterio de su concepción con el velo de un santo y legítimo matrimonio.

Si hacía falta que la Virgen-Madre tuviera un marido para salvar su honor, también era necesario para que fuese padre nutricio del niño que iba a nacer... Asombrosa proposición si se piensa que este Niño era el Verbo divino, y por lo tanto, padre nutricio de todas las criaturas, Aquel de quien todos los seres reciben su vida, su sustancia y su crecimiento. ¿Iban, pues, a cambiarse los papeles y la criatura convertirse en proveedora de su Creador? Así iba a ser, en efecto. Aquél cuya Providencia abarca la entera creación, va a pedir a una criatura humana que le socorra, porque quiere nacer como los demás niños: desnudo, frágil, inerme, incapaz de proveer por sí mismo a las necesidades más imperiosas de su naturaleza humana, sin poder expresarlas más que mediante gemidos inarticulados y lágrimas... Y así como ha puesto junto a las más humildes cunas un padre y una madre, pondrá también junto a su propia cuna, al lado de su madre, un hombre con verdadero corazón de padre que tendrá como misión alimentarle, vestirle y ofrecerle una morada.

El Verbo eterno encarnado necesitará igualmente un protector que le libre de las pruebas, dificultades y peligros en que habrá de encontrarse, pues su Padre celestial le dejará desprovisto de todo. No tendrá soldados, ni legiones angélicas a su servicio, y mientras no sea suficientemente fuerte como para protegerse a sí mismo, su debilidad infantil reclamará la ayuda de unos brazos para protegerse tras ellos en la hora del peligro.

Todas esas tareas le van a ser confiadas a José. Al comienzo de la creación, la maravillosa sabiduría de Dios dijo a Adán, tras llamarle a la existencia: No es bueno que el hombre esté solo. Yo te daré una ayuda semejante a él. Cuando llegó el momento elegido por Dios para reparar el desastre causado por el pecado de la primera pareja, vio que tampoco era bueno que la Virgen diese a luz sola, sin apoyo ayuda de nadie.

José fue el fruto de ese gran designio divino. En el pensamiento de Dios, estaba predestinado a dar al niño que había de nacer, y a su madre, un hogar tranqu¡lo, con objeto de que uno y otro pudiesen disfrutar, a los ojos de los hombres, de una situación normal: habría de ser el guardián que rodearía como con un velo de silencio, de candor, de paz y de respeto, la inocencia de María y la debilidad del niño.

Gracias a José, su honor quedaría libre de toda sospecha, y si un día hubiera de. ser puesto en tela de juicio, sería el testigo más autorizado, el menos sospechoso para atestiguar su integridad.

A la espera de que la identidad del niño quedase desvelada, sería, con su sola presencia silenciosa y rgisanta, el guardián del secreto de la Encarnación virginal. Hasta que los Apóstoles reciban por misión manifestar al mundo el misterio del Hijo de Dios, Él, provisionalmente, disimulará este misterio y lo mantendrá oculto a los hombres.

Por otra parte, los designios de Dios le señalan como escogido para permanecer al lado de la Virgen y de su Hijo, a fin de cuidarlos y conducirlos en días de prueba y de persecución por los caminos y de ganar el pan dé todos con el sudor de su frente, en espera de que el niño, convertido en adolescente, fuese iniciado en esa vida laboriosa que habría de llevar durante largos años.

Y es aquí donde hay que admirar la grandeza de la misión recibida por José: dar morada a quien creó el Universo, alimentar a quien es la Providencia mantenedora de todos los seres, vestir a quien da a los lirios del campo un ropaje más maravilloso que el de Salomón, ejercer respecto de Aquel a quien todos los hombres llaman "Padre" la carga y los deberes de la paternidad.

Pero por sublime que fuera la tarea que Dios confió a José, lo que esperaba de él en primer lugar era su abnegación. Cada vez que Dios llama, sus exigencias implican, para el llamado, la obligación de vaciarse moralmente de sí mismo, con objeto de no tener a la vista más que la búsqueda de los deseos divinos. Por eso, el alma de José debía estar dispuesta a todas las renuncias y todas las abnegaciones. Por eso, también, Dios, que le había escogido desde toda la eternidad, le había ido moldeando espiritualmente para que estuviera a la altura de sus funciones.

Mientras tanto, nadie, viendo a José atravesar las callejas de Nazaret, descalzo, con una viga al hombro, camino de su taller, supondría el incomparable destino que Dios tenía reservado a este humilde artesano de aldea, sin el cual nada hubiese sucedido, en el misterio de la Encarnación, tal y corno Dios lo había decretado...

jueves, 6 de agosto de 2020

LOS SILENCIOS DE SAN JOSÉ (CAPITULO 3 Y 4)



(“Trente visites a Joseph le Silencieux”)
Padre Michel Gasnier, O,F

Capitulo 3

JOSÉ DE NAZARET

Fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret (Lc 1, 26)
Sería falso imaginar que José, cualesquiera que fuesen su humildad y su santidad, se hubiese desinteresado de la herencia moral y espiritual transmitida por sus antepasados. Las promesas hechas a David y a su descendencia ocupaban un lugar demasiado importante en las Escrituras para que él se creyera con derecho a desdeñarlas. Se sentía solidario con los de su estirpe que le habían precedido, bien para mostrarse digno de sus virtudes, bien para rescatar sus faltas, bien para crear, con su sola presencia en el seno de esa raza predestinada de la que habría de salir el Mesías, un testimonio agradable a Dios.

No desconocía, pues, sus orígenes. Releería a veces la lista genealógica de sus antepasados, no para enorgullecerse, sino para recordar a cada uno de los que se sentía deudor. Sabía que llevaba en las venas sangre de Abraham, cuya fe viva y obediencia total le habían valido ser bendecido en su posteridad. Sangre de Jesé, del que Isaías había dicho: un vástago surgirá de ese tronco.

Los documentos le indicaban la serie de generaciones que le ligaban al rey profeta: tenia por antepasados a Salomón, el más glorioso de los monarcas, cuya reputación de sabiduría había sido universal, el cual había dirigido la construcción del famoso Templo de Jerusalén. A Roboam, cuyo yugo se habían sacudido diez de las tribus. Al santo Josafat; al rey Acaz, a quien el profeta Elías le había profetizado el alumbramiento de una virgen; a Ezequías, rescatado milagrosamente de las fauces de la muerte; a Jeconías, el último de los reyes de Judá; a Zorobabel, que había conducido al pueblo de vuelta de la cautividad.

Así pues, sintiéndose hijo de reyes y de profetas, de patriarcas y de pontífices, heredero de una sangre que incluía todo lo que la tribu de Judá consideraba más ilustre, ¿ignoraría acaso que la corona, sobre todo después de la extinción de la noble familia de los Macabeos, pertenecía a su estirpe por derecho...? Príncipe por nacimiento, José se encontraba, sin embargo, reducido a la modesta situación de artesano de pueblo. En lugar de vivir en las fértiles tierras asignadas antaño a su tribu, habitaba en Nazaret, humilde villorrio sin pretensiones poblado por agricultores y pastores, de tan mediocre reputación que, según señala el Evangelio, un proverbio decía que de Nazaret no podía salir nada bueno.

En Nazaret, efectivamente, vivía José cuando se comprometió formalmente con María y no tenemos motivos para dudar de que naciera allí, o, al menos, de que pasara allí su infancia y su juventud, aunque algunos creen que vio la luz en Belén. Pero si fuera así, quedaría por explicar cómo,'al volver allí con su esposa, no hubiera ningún pariente o amigo que les abriera la puerta de su casa y se vieran obligados a buscar hospedaje en la posada.

Ocho días después de nacer, el día de su circuncisión, sus padres le habían impuesto el nombre de José, honroso entre los judíos desde que el hijo de Jacob, convertido en ministro del Faraón, lo había enaltecido. Sin duda no sospechaban que su hijo lo enaltecería más todavía.

¿Enseñarían a leer a su hijo, llevándole a la escuela del pueblo, cuyo “maestro” solía formar parte del personal de la sinagoga ... ? Nada nos dice el Evangelio, pero Flavio Josefo atestigua que, por amor a la Ley, muchos jóvenes aprendían a leer, aunque sólo fuese para tener el privilegio de leer en la sinagoga. Por otra parte, ¿cómo José, sabiéndose descendiente de David, no iba a tener deseos de conocer directamente lo que decían las Escrituras de sus antepasados y, sobre todo, lo que anunciaban los profetas en relación con el Mesías que debía salir de su estirpe? ¿Cómo él, que era "justo", como dice el Evangelio, no iba a desear poseer la ciencia de la Ley, cuyo contenido era como el alimento de su alma?

Sea como fuere, al cumplir los doce años se convirtió, como todo buen israelita, en "hijo de la Ley”, es decir, que ante Dios y ante los hombres, quedaba obligado oficialmente a cumplir todas las prescripciones legales, todos los ritos judíos.

También a esa edad tendría que escoger un oficio, no sólo porque era pobre y tenía que ganarse el pan, sino también porque se trataba de una obligación impuesta por las costumbres sagradas de Israel. Lejos de ser algo despreciable entre los judíos —como lo era entre los romanos—, el trabajo manual estaba considerado como un medio de ser bendecido por Dios. Todo judío, incluso si era un rabino o un hombre rico, debía aprender un oficio y saber trabajar con sus manos.

José escogió el oficio de carpintero. ¿Era el de sus padres? ¿Lo eligió porque le gustaba o por una serie de circunstancias fortuitas en apariencia...? Ningún documento nos permite responder a estas preguntas. Aunque tendremos ocasión a menudo de hablar del oficio de José, bástenos, de momento, con subrayar que se trata de un oficio modesto, sin duda uno de los más humildes del pueblo, y que lejos de avergonzarse de él, José tendría como timbre de honor su título de carpintero.

Puede decirse, resumiendo, que la estirpe real de Israel, cuyos orígenes con David habían tenido por cuadro una majada, había vuelto, con José, a su simplicidad primitiva, con la diferencia de que la majada se había convertido en una carpintería.

Así pues, José, en Nazaret, sin bienes ni herencia, vivía del trabajo de sus manos, sin lamentarse por ello. Más feliz en su pobreza que Augusto en el primer trono del mundo, estaba contento con su suerte, ya que Dios quería que fuese pobre. El espectáculo de Roma, dueña de Jerusalén, el recuerdo de las diferentes revoluciones que habían conmovido a su patria, no habían alterado en absoluto la paz de su corazón.

Por otra parte, cuando iba a la sinagoga, todo lo que escuchaba le recordaba el lujo y el esplendor que había rodeado a sus antepasados. Al regresar a su humilde morada, no se sentía nostálgico, envidioso o amargado.  No se avergonzaba de su delantal de cuero ni se quejaba de la Providencia que le había despojado de todo. Y cuando iba a Jerusalén para celebrar las fiestas legales, donde encontraba a cada paso vestigios de aquella gloria pasada, tampoco experimentaba ningún sentimiento de amargura. Sin prevalerse jamás ante los hombres de su título de descendiente de David, sin pensar en absoluto en darse importancia, le bastaba con ser lo que Dios había querido que fuese, aplicándose a su oficio con tanta dedicación y cuidado como si tuviese que regir un reino.

Sin embargo, su pobreza no restaba nada a su nobleza, antes al contrario le revestía de ese brillo discreto a que hizo referencia Jesús en su Sermón de la Montaña, y que le hacía príncipe privilegiado de la primera bienaventuranza. Hijo de David por la carne, lo era mucho más todavía por el corazón y el espíritu. Representaba exactamente ese “justo” que su antepasado había cantado por adelantado acompañándose del salterio.

¿Tenía parientes en Nazaret? También en este punto, carentes de documentos, es difícil responder. Ya hemos dicho que, según San Mateo, su padre se llamaba Jacob y según San Lucas Helí, anomalía que puede explicarse, como también hemos dicho, a causa de un. probable segundo matrimonio de su madre; según la ley del levirato, uno sería su padre natural y el otro el legal. Sin embargo, según un historiador que vivió en Palestina a comienzos del siglo II, Hegesipo, el cual pudo recoger su información allí mismo, José tenía un hermano llamado Cleofás; este tío de Jesús había esposado una María que el Evangelio designa como "hermana" de la Virgen, la cual era probablemente la madre de los cuatro varones a quienes el Evangelio llama "hermanos" del Señor (Santiago, José, Simón y judas) y de tres hijas de nombre desconocido. Como es sabido, la expresión "hermanos y hermanas" de Jesús no tiene por qué asombrarnos, pues, en realidad, eran sólo sus primos hermanos. El término "hermano" tiene en la Biblia un significado mucho más amplio que en nuestro idioma', por la sencilla razón de que el arameo y el hebreo no tienen palabras para designar a los primos y los sobrinos, utilizando la expresión "hermanos" para hablar de próximos parientes.

En medio, pues, de su familia de Nazaret, José se entregaba a su humilde tarea, preocupado ante todo de agradar a Dios observando la Ley. Vestía como los obreros de su corporación, y llevaba en la oreja, según la costumbre, una viruta de madera. Es de suponer, sin embargo, que su rostro reflejaría su dignidad y, más todavía, su santidad. Bajo sus hábitos artesanos, había unas maneras que llamaban la atención, pues no se solían encontrar entre gentes de su oficio. Tenía en su actitud y en su compostura un no sé qué de digno y sosegado que imponía respeto; en su rostro un aire de dulzura y de bondad, y en sus ojos un mirar limpio y profundo.

Todos, en la comarca, sabían que pertenecía a la casa de David, pero como era sencillo y humilde y jamás hacía valer sus títulos, y por otra parte la modestia de su oficio desdecía de su nobleza de origen, había quien se resistía a creerlo... ¡Ya era tiempo de que Dios viniese en persona a la tierra para revelar a los hombres en lo que consiste la verdadera grandeza!

Capitulo 4

JOSÉ, EL CARPINTERO

¿De dónde te vienen a éste tal sabiduría y tales poderes? ¿No es éste el hijo de¡ carpintero? (Mt 13, 55).
Los evangelistas San Mateo y San Marcos, para designar el oficio de José utilizan un término cuyo sentido general es el de artesano obrero'. Si nos atuviéramos sólo al significado de esta palabra, podría creerse que José era herrero, ebanista, albañil, alfarero, tintorero... Que ejercía, en fin, uno u otro de los múltiples oficios a que en aquella época se dedicaban los artesanos. Sin embargo, las más antiguas tradiciones son casi unánimes, tanto entre los Padres de la Iglesia como entre los evangelistas apócrifos: José era "faber lignarus", es decir, obrero de la madera, o dicho de otra forma, ebanista, carpintero. Verdad es que San Hilario, San Beda el Venerable y San Pedro Crisólogo dicen que fue herrero, y San Ambrosio y Teófilo de Antioquía nos lo representan cortando árboles y construyendo casas, pero esas diversas afirmaciones no tienen nada de contradictorio.

A un humilde artesano de pueblo le habría sido imposible especializarse, pues no habría tenido suficiente trabajo; se dedicaba, pues, a realizar tareas diversas, entre las cuales las de carpintería y ebanistería parecen haber sido las principales. Tal oficio le obligaba a ser al tiempo un poco leñador, herrero y albañil. Algunos autores dicen que les cuesta admitir que ejerciera tales oficios, pues «exigían un ambiente de ruido y una fuerza corporal que no están en armonía con los hábitos de calma y de oración de la Sagrada Familia» (Card. Lépicier). En realidad, son más bien estas ideas las que resultan extrañas y ofensivas: creer que el Hombre-Dios, que vino a este mundo para compartir la condición humana, se iba a preocupar de escoger una profesión en que nada hiriera sus delicados tímpanos o la delicadeza de sus manos, es francamente ridículo.

Es la misma incomprensión que empuja a ciertos autores a querer elevar el nivel social de José. Según ellos, habría sido una especie de contratista de obras o de arquitecto, con obreros a sus órdenes... Es decir, una especie de notable de Nazaret. A eso se le llama, simplemente, avergonzarse de la humildad del Evangelio.

No dudemos, pues, en afirmar —en la medida que es posible saberlo— que era un pequeño y oscuro artesano de pueblo que se ganaba penosamente. La vida, y que esta oscuridad aparente estaba de completo acuerdo con el espíritu del Misterio de la Encarnación, en el que José iba a verse implicado.

En el siglo II, hacia el año 160, el filósofo San Justino, mártir, escribía: «Jesús pasaba por ser hijo del carpintero José y era él mismo carpintero, pues mientras permaneció entre los hombres, fabricó piezas de carpintería como arados y yugos». San Justino había nacido en Samaria, concretamente en Naplusa, la antigua Siquem; as! pues, había podido recoger testimonios procedentes de la vecina Galilea. Ahora bien, los arados de aquella época, como los actuales, llevaban una reja de hierro que el carpintero se encargaba de forjar personalmente, lo que le obligaba a completar su oficio con el de herrero.

En cualquier caso, es curioso constatar que todavía hoy la fabricación de arados es, con la de hoces y cuchillos, una especialidad de Nazaret. El oficio de José no ha cesado, pues, de constituir una tradición en donde él mismo lo ejerció.

San Cirilo de Jerusalén dice, por su parte, que en sus tiempos todavía se mostraba (vivió en el siglo IV) una pieza de madera en forma de teja, labrada, según se decía, por José y por Jesús.

Uno se siente inclinado a responder afirmativamente a la pregunta que se hace Maurice Brillant en su obra sobre El pueblo de la Virgen: «Podría decirse —por emplear un término familiar, pero expresivo­— que José en su taller multiforme hacía toda clase de chapuces... ». Trabajaba a la vez el hierro, la madera y el barro. Era el artesano del pueblo al que se recurría cuando había que colocar una puerta, levantar un muro desplomado, reemplazar un armazón Podrido, fabricar un mueble o reparar un útil de trabajo. No sólo confeccionaba todas las piezas de madera que entraban en la construcción de las casas de adobe, sino también ruedas para carros, escardillos, rastrillos, cunas, ataúdes, útiles de cocina, taburetes, toneles, y esos baúles o arcones que, en aquélla época, sustituían a los armarios para guardar la ropa, los vestidos y los víveres. En ocasiones es posible que también hiciera piezas finas de marquetería .

Los habitantes de Nazaret solicitarían con frecuencia sus servicios; cuando una puerta no cerraba, cuando se rompía la pata de una banqueta, cuando una repisa estaba carcomida, cuando unos recién casados querían poner su casa, se repetía lo que el Faraón decía refiriéndose a su primer ministro: "Id a ver a José ".

Su taller, como solía ocurrir en Oriente, estaría situado cerca de su casa, quizá adosado a ella. Como en las tiendas de nuestros pueblos, la puerta estaría siempre abierta y se vería repleto de carros y arados por reparar, de troncos de árboles todavía no aserrados y de vigas y tablones de cedro y de sicómoro apoyados en la fachada. Al fondo, las herramientas colgadas del muro. La Biblia menciona entre ellas el hacha y la sierra, el martillo y el rascador, el compás y el cordel; habría que añadir a esta lista el mazo y el berbiquí, el cepillo y la garlopa.

Es absurdo pensar que José no fuese un buen artesano, reputado tanto por su destreza y habilidad como por su honestidad y rectitud. Se sabía en Nazaret, y sin duda en toda la comarca, que al dirigirse a él se estaba seguro de pagar un precio justo y recibir una obra bien hecha.

Amaba su oficio y lo conocía a fondo. Lo había estudiado y lo había ejercido con la misma meticulosidad con que escrutaba la Ley de Dios. Sabía que ante el Señor el trabajo no es solo una exigencia, sino también un motivo de orgullo, algo noble y redentor; que lejos de considerarlo una esclavitud, hay que verlo como una forma de oración, como un medio de encontrar a Dios y, a la vez, ganarse el pan y la salvación. Por eso, transformar un tronco de árbol en planchas, en útiles o en muebles, era un gozo para él. Le gustaba, el entrar por la mañana en el taller, sentir el olor a madera fresca recién cepillada, ver cómo el sol, entrando por la puerta abierta, hacía brillar el metal de sus herramientas. Se preparaba para su tarea como para una ceremonia religiosa. Cuando se ataba a la cintura su delantal de cuero, lo hacía con la gravedad del sacerdote al ponerse la casulla, y cuando se inclinaba sobre su banco de carpintero, llenaba de ilusión y de cariño cada gesto, experimentando un gozo inexpresable en ejecutar los encargos de su clientela.

No se envanecía de nada, pero se sentía feliz satisfaciendo a sus clientes. Les preguntaba qué tal iba el arado que les había hecho, si aguantaba bien el armazón del techo, y el contento que manifestaban se convertía en suyo.

Se pueden aplicar perfectamente a José —como se ha hecho muchas veces— las frases de Péguy en las que dice que en aquella época el trabajo se consideraba como «un increíble honor» y que se hacía una silla de enea «con el mismo espíritu, el mismo amor y las mismas manos que se alzaron las catedrales». José fabricaba los yugos y los arados como si se tratara de hacer un tabernáculo, pues sabía que toda obra realizada por amor es agradable a Dios.
No protestaba por los callos de sus manos, más duros cada día, por el sudor que perlaba su frente y secaba con el dorso de su mano, antes bien cantaba mientras trabajaba en su taller. Cantaba al ritmo de su mazo y repetía los versículos del salmo 150 que su tatarabuelo David había compuesto:

¡Alabad al Señor con arpas y cítaras!
¡Alabadle con tambores y danzas!
¡Alabadle con, instrumentos de cuerda y con flautas!
¡Alabadle con platillos sonoros!
íAlabadle con platillos resonantes!

El címbalo que José tañía era su hacha, su flauta una regla, su tímpano una galopa, su salterio una sierra, su cítara un martillo, Mientras los utilizaba, su corazón permanecía unido a Dios y su alma se elevaba hacia él.

El demonio jamás franqueaba la puerta de su taller. Se sentía confundido y desarmado frente a este hombre humilde. Por listo que fuese, no era capaz de comprender el misterio de quien le parecía a la vez indefenso e inexpugnable. No sabía por donde atacarle, por donde tentarle. Para tener éxito con un alma, necesita encontrar en ella un mínimo de rebelión, un esbozo del non serviam!Pero este misterioso carpintero parecía tan feliz aserrando troncos de árboles y dando forma a las ruedas de las carretas, que Satanás odiaba hasta el ruido de su martillo y de su sierra, que, a sus oídos, sonaba como una música religiosa. 
El espectáculo de aquel hombre justo era una tortura para él.