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jueves, 9 de febrero de 2023

LA IGLESIA OCUPADA Libro de Jacques Ploncard d’Assac (CAPITULO 3)

 


III DE LA DEMOCRACIA RELIGIOSA A LA DEMOCRACIA POLITICA

Si existiese un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. 

Un gobierno tan perfecto no está hecho para los hombres. J. J. Rousseau 

El pueblo ha encontrado en el pueblo su propio tirano. Goethe 

No podemos saber hasta dónde pueden llegar los hombres en las épocas de descomposición social. Talleyrand


Cuando J. J. Rousseau lanza su famosa afirmación: “El hombre nace naturalmente bueno, la sociedad es la que le ha corrompido”, ¿ve que acaba de encerrarse en una contradicción sin salida? Siendo la sociedad obra de los hombres, regida por hombres, ¿cómo ha podido corromperse si esta corrupción no estuviese en cada uno de ellos?

Rousseau no tiene en cuenta la naturaleza del hombre, sino su sola libertad. Pretende “encontrar una fórmula de asociación (...) por la cual, uniéndose cada uno a todos, sólo se obedezca a sí mismo y permanezca tan libre como antes”. Esto será “el cuerpo político”, emanación de la voluntad general. El hombre obedece, pero se obedece a sí mismo, a través de la ficción de la “voluntad general”. Sofisma evidente, pues lejos de obedecerse, obedece a la mayoría; si ésta no existe, entonces obedece a los otros. La libertad que nos trae J. J. Rousseau no tiene en cuenta la opinión de la minoría; “cualquiera que se niegue a obedecer la voluntad general —escribe— será forzado a ello por la sociedad, lo cual no significa otra cosa sino que se le forzará a ser libre”. 

Rousseau no ha podido dejar de ver que su sistema podía conducir a una situación tal, que un país corriera el riesgo de encontrarse dividido en dos facciones de igual poder y que bastaría con que una voz se desplazase hacia una u otra, para que los súbditos pasasen a señores y los señores a súbditos. 

Por una mayoría de un voto más, Luis XVI es condenado a muerte, por un voto más la III República queda instituida y por ínfimas mayorías, las grandes democracias designan a los jefes de gobierno para cuatro o siete años. Rousseau intenta salvar la dificultad, afirmando la infalibilidad de la mayoría porque, dice, “por lo menos en su intención, la ley escogida por el pueblo no puede ser injusta, puesto que nadie es injusto contra sí mismo”. Otro sofisma. Lo más frecuente es que los pueblos estén mal informados, y no bien, de sus intereses. También sabemos que coaliciones de intereses privados pueden pesar fuertemente sobre las decisiones de la mayoría y que la democracia evoluciona necesariamente en plutocracia. En fin, hoy día se sabe por experiencia que el fraccionamiento de las opiniones no da jamás a la “voluntad general” más que una base disparatada, de modo que esta voluntad presuntamente general no es, en el mejor de los casos, más que una torpe adición de voluntades diversas.

 Rousseau había visto bien la objeción que podría hacerse a su teoría de la “voluntad general”: ¿cómo éstar seguros de su autenticidad? Ya debía presentir los juegos de influencia de las propagandas, de los intereses, de los partidos. Entonces es cuando declara que no deben formarse partidos en una democracia. “Es importante —escribe— para que quede claramente manifiesta la expresión de la voluntad general, que no haya sociedad parcial en el Estado y que cada ciudadano no opine más que por sí”. Esto es desviar la cuestión.

 ¿Cómo se forma la opinión, si no es por lo que se le dice? Hasta tal punto, que el que dice, el que tiene los medios de decir, posee la realidad del poder. O bien, sólo uno informa a la opinión y poseyendo el monopolio de la información, detenta el poder de hecho, o bien son varios y, entonces, los hombres tienden naturalmente a aproximarse cuando tienen las mismas ideas y a expresarlas y a imponerlas: han nacido los partidos políticos, la división está en el seno de la sociedad. ¿Habrá, por lo menos, en el Estado rousseauniano una Constitución, un conjunto de convenciones, de preceptos que no sean puestos en duda? No, responde Rousseau, lógico con su sistema, el pueblo siempre tiene el derecho de deshacer lo que ha hecho. Esto es dar al Pueblo Soberano poderes que se asemejan a la tiranía más absoluta. No puede haber ley fundamental, escribe, “ni siquiera para el Contrato Social”. 

Pero Rousseau es incoherente. Apenas acaba de reconocer una autoridad sin límites a la mayoría, cuando escribe páginas sobre el Legislador en un tono completamente distinto. “Para descubrir las reglas de sociedad que mejor convengan a las naciones —escribe— haría falta una inteligencia superior que viese todas las pasiones y que no experimentase ninguna, que no tuviese ninguna relación con nuestra naturaleza y que la conociese a fondo, cuya felicidad fuese independiente de nosotros y que, sin embargo, quisiera ocuparse de la nuestra, en fin que, con el progreso de los tiempos, preparándose una distante gloria, pudiese trabajar en un siglo y gozar en el otro. Harían falta dioses para dar leyes a los hombres”. 

Y, como si se encarnizase bruscamente en destruir todos los sofismas que había acumulado en los primeros capítulos del Contrato social, Rousseau se desvirtúa a sí mismo, como nadie lo ha hecho jamás. Nos muestra a los “sabios” que quieren hablar al pueblo con su lenguaje y “no serían comprendidos” porque hay “mil clases de ideas que es imposible traducir en la lengua del pueblo. Las visiones de conjunto y las cosas demasiado distantes están igualmente fuera de su alcance; como a cada individuo no le gusta otro plan de gobierno que el que tiene relación con su interés particular, difícilmente percibe las ventajas que debe sacar de las continuas privaciones que imponen las buenas leyes”. Asombroso Rousseau, que destruye sus propios sofismas con una palabra; parece no darse cuenta de ello y prosigue su fatal sueño. Las últimas páginas del Contrato social son desoladoras. Rousseau, que acaba de reconocer que el pueblo, tomado como masa inorgánica, es incapaz de concebir el interés general, sucumbe a la tentación y escribe con fatalismo: “en cualquier caso, un pueblo es siempre dueño de cambiar sus leyes, incluso las mejores, pues si le GUSTA HACERSE DAÑO, ¿QUIÉN TIENE DERECHO A IMPEDÍRSELO ?”. ¿Se ha leído bien el Contrato social! ¿No reconoce Rousseau la imposibilidad de la democracia? Al fin y al cabo ¿no es él quien ha escrito: “tomando el término en su concepción más rigurosa, jamás HA EXISTIDO VERDADERA DEMOCRACIA Y NO EXISTIRÁ JAMÁS” ?

 “Añadamos —prosigue el desconcertante ginebrino— que no existe gobierno más sujeto a las guerras civiles y a las agitaciones internas que el democrático popular, porque no hay ninguno que tienda tan fuerte y continuamente a cambiar de forma, ni que exija mayor vigilancia y valor para ser mantenido en la suya (...)· Si existiese un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no está HECHO PARA LOS HOMBRES”. Al final del Contrato social escribe: “Cuando se desea saber de forma absoluta cuál es el mejor gobierno, se plantea una pregunta insoluble, indefinida o, si se prefiere, con tantas buenas soluciones como combinaciones posibles existen en las posiciones absolutas y relativas de los pueblos”. Y Rousseau acaba por confesar que el buen gobierno es aquél “que garantiza la conservación y la prosperidad de sus miembros”. Esto, la teoría no lo enseña. Sólo la experiencia lo enseña. Es el fundamento de la “política experimental”: estudiemos la historia para reunir los hechos y sacar sus propias conclusiones. La decepción de Rousseau ante sus propios sofismas conduce así, de forma bastante inesperada, a Joseph de Maistre... En el cuarto y último libro, Rousseau, que ha notado, de todas maneras, lo que había de extravagante en su definición de la “voluntad general”, vuelve a ella buscando apartar la objeción que le obsesiona. “Uno se pregunta —escribe— ¿cómo un hombre puede ser libre y verse forzado a conformarse con voluntades que no son las suyas? ¿Cómo pueden ser libres los que se oponen y están sometidos a unas leyes que ellos no han consentido?”. 

Someterse a la mayoría o someterse al Príncipe viene a ser, respecto a la libertad del oponente, estrictamente lo mismo. Luego, si la libertad no puede garantizarse ¿no es más prudente definir los límites de la autoridad, que pretender una imposible libertad para todos ? Pero Rousseau prosigue con su quimera: ‘‘Cuando se propone una ley en la asamblea popular —intenta explicar— lo que se le pide (a los ciudadanos) no es precisamente si aprueban la propuesta o la rechazan, sino si está conforme o no con la voluntad general, que es la suya; cada uno, al dar su voto, dice cuál es su opinión sobre ello, y del cálculo de los votos se saca la declaración de la voluntad general. 

Cuando la opinión contraria a la mía gana, esto demuestra nada más que yo me había confundido y que lo que yo creía ser la voluntad general no lo era. Si mi opinión particular hubiese ganado, habría hecho una cosa distinta de la que había querido y, entonces, es cuando no habría sido libre”. Rousseau está en el límite de la impostura y tiene miedo de que su lector se le escape, asfixiado por la idea de que sólo es libre en la medida en que su opinión está conforme con la de la mayoría, pues “la diferencia de un solo voto rompe la igualdad”. Entonces, para ganarse al lector, Rousseau reniega de la ley de “la mitad más uno” y habla de mayorías diferentes según la importancia de los problemas a tratar, pues dice, “cuanto más importantes y graves sean las deliberaciones, tanto más la opinión que prevalezca deberá acercarse a la unanimidad”. ¿Y si no se consigue? ¿Si el fraccionamiento de las opiniones es tal que sea imposible alcanzar la unanimidad? Rousseau no ha conocido las democracias salidas de estos sofismas. Hubiese comprobado que jamás han podido reunir mayorías coherentes, que han abolido las libertades concretas de las cuales disfrutaban los cuerpos intermedios y han dado el poder a las oligarquías de intereses, a la plutocracia, justificando así la terrible frase de Goethe: “El pueblo ha encontrado en el pueblo su propio tirano”. 

Es interesante comprobar que Rousseau y Voltaire, a los que se presenta como Padres de la Libertad, desembocan, de hecho, el primero en la tiranía de la mayoría; el segundo en la del “déspota ilustrado”. En su sistema, después de haberse desplazado la autoridad, ésta no es menos absoluta que antes. Incluso la divinizan con el nombre de Razón y veremos a Robespierre declarando en la Convención: el Gobierno de la República es el despotismo de la Libertad contra la Tiranía”. No siendo la libertad otra cosa más que una autoridad, ser libre es poder hacer lo que se quiera, por lo tanto, ejercer una autoridad; conviene desconfiar tanto de la libertad como de la autoridad, puesto que se trata de lo mismo observado desde puntos diferentes. 

Una libertad sin determinar: libertad de esto, libertad de aquello, engendra la tiranía, exactamente igual que una autoridad que ya no lo es. “La libertad, según la enseñanza de León XIII, en la Encíclica Immortale Dei, debe moverse en la esfera de la verdad y del bien. Ahora bien, la naturaleza del bien y de la verdad no puede cambiar según el capricho del hombre; permanece siempre la misma y no es menos inmutable que la esencia misma de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad consiente este daño y se vincula a él, lejos de elevarse a la perfección de su naturaleza, ambas rebajan su dignidad original y caminan a la depravación”. No es pues la libertad la que debe ir en primer lugar,, sino la verdad. 

La verdad no se vota, se descubre. En su quinto aviso a los protestantes, Bossuet, al describir la situación de los hombres “tal como son según su naturaleza y antes de cualquier gobierno implantado” observaba que en este estado “sólo se encuentra la anarquía, es decir, una libertad feroz y salvaje, donde cada uno« puede pretender todo y al mismo tiempo discutir todo: donde todos están en guardia y por consiguiente en guerra perpetua contra todos: donde la razón nada puede, porque cada uno llama razón a la pasión que le arrastra; donde el mismo derecho de la naturaleza se queda sin fuerza, puesto que la razón no lo tiene; donde, por consiguiente, no hay ni propiedad, ni dominio, ni bien, ni descanso asegurado, ni, a decir verdad, ningún derecho, salvo el del más fuerte; y además sin saber quien lo es, puesto que cada uno puede llegar a serlo a su vez, según las pasiones puedan conjurar juntas a más o menos gente”. 

Bossuet responde a Rousseau, un siglo antes de los sofismas del Contrato social. Es interesante ver que al refutar a Lutero, Bossuet refuta por adelantado a Rousseau. Es que, como lo había dicho Veuillot, “era imposible que la razón individual proclamada soberana, limitase su pleno poder a elegirse una religión y una filosofía, y volviese después dócilmente al orden social, dejando a la autoridad temporal el carácter divino que negaba a toda autoridad (...) Después de haberse inventado, a su gusto, una religión y una filosofía, el individuo quiere inventarse un gobierno (...) De ahora en adelante, el campo queda libre para el combate de los intereses individuales, armados unos contra otros con toda la fuerza y toda la terquedad del egoísmo”. Volvamos a Bossuet: 

“Lejos de ser el pueblo soberano en tal estado, ya ni siquiera existe pueblo. Puede haber familias, aunque mal gobernadas y mal defendidas, puede haber también un tropel, un montón de gente, una multitud confusa pero no puede haber pueblo, porque un pueblo SUPONE YA algo QUE REÚNA un comportamiento ordenado y algún derecho establecido”. “Aunque no se tuviese que conducir más que un caballo o un rebaño —decía Bossuet bromeando— no podemos hacerlo sin ayuda de la razón”.

Y la razón no es la expresión desordenada de los deseos de los individuos, sino la conformidad del deseo con las leyes naturales que rigen las sociedades. No hay manera de escapar a la condición humana. Además bien sabemos que en la Creación existe un orden en todo. ¿Por qué Dios habría dejado de poner alguno en el gobierno de las sociedades?  

En 1789, el mundo había vuelto la espalda a su constitución esencial. De ahí han venido todos los males que no han hecho más que agravarse desde hace dos siglos, con algunas treguas, algunas reacciones, pero insuficientes porque no llegaron a los principios, sino solamente a los efectos. Mientras el viejo fondo de las tradiciones se ha mantenido en las familias, la crisis sólo ha sido política, después se ha convertido en social, religiosa y moral. Todo se ha mantenido al principio, dentro del sofisma expresado por el abate Sieyès en sus Perspectivas sobre los medios ejecutivos publicada en 1788:

 “Me parece —escribe— que juzgar lo que sucede por lo que ha sucedido, es juzgar lo conocido por lo desconocido. Es más justo juzgar el pasado por el presente y admitir que las pretendidas verdades históricas no tienen más realidad que las pretendidas verdades religiosas”. 

Ha sucedido lo que tenía que suceder: las mal conocidas verdades históricas se han vengado con su propio silencio; al no ser enseñadas por la experiencia, los innovadores han edificado en las nubes. La imaginación ha tomado el poder, pero la sociedad no se somete a la imaginación. Aquélla tiene sus leyes inexorables. La sabiduría antigua las había buscado, descubierto, codificado. 

El imbécil y vanidoso Sieyès ha echado al fuego el conjunto de ellas y el Progreso sin Tradición, al no continuar nada, pretendiendo inventar todo, ha producido una aceleración loca de la historia, corriendo de una experiencia a otra, negándose a tener en cuenta lo que había aprendido la víspera, vuelto hacia un oscuro futuro al que ya no servían las lecciones del pasado, y hoy se ha llegado al último grado de este rechazo fanático de las realidades por medio de la evasión a los paraísos artificiales de la droga, más fáciles de alcanzar que el imposible paraíso terrestre.

¿ Qué es lo que ha derribado la monarquía francesa ? —se preguntaba Louis Veuillot—. ¿ Una guerra, una conspiración, un partido en armas, un gran desastre? Cien veces había sufrido estos accidentes de la vida de las naciones y cien veces había resistido a ellas. Lo que la ha hecho caer, son las ideas de las que se había hecho cómplice y que la separaba del pueblo al separarla de Dios. Algunos panfletos bastaron para derribar esta monarquía secular”. Dos hombres dominan la pre-Revolución: Voltaire y Rousseau.

 “Rousseau —decía Veuillot— sigue a Voltaire como el castigo sigue al crimen” y con una palabra ejecutaba a Voltaire: “Voltaire, tan conocido, no fue más que un hombre en el anonimato durante toda su vida. Asestaba sus golpes por la espalda a la vuelta de una esquina, envuelto en su capa”. Una tarde de marzo de 1894, el abate Garnier daba una conferencia en Argenteuil. Recordó las palabras de Voltaire: “Mentid, mentid, siempre quedará algo”. Fue requerido por un oyente para que dijera en qué línea, en qué página, en qué capítulo se encontraba esta frase. “Os daré la respuesta, en el Peuple Français”, respondió el abate. Mantuvo su palabra y el 16 de marzo de 1894 publicaba la referencia prometida: “La frase que he citado se encuentra en una carta escrita a Thiriot, con fecha 21 de octubre de 1936; en ella Voltaire añadía incluso esto : ‘Hay que mentir como un demonio, no tímidamente, ni por algún tiempo, sino osadamente y siempre’ 

Se comprende la frase de Veuillot sobre Voltaire cuando decía que éste “asestaba sus golpes por la espalda”. Cuando en plena Revolución, Condorcet dijo: “Voltaire no ha visto todo lo que hacemos, pero ha hecho todo lo que vemos”, sabía lo que decía. Todo esto era el resultado del “abominable complot” que había previsto Pío VI; el mismo complot que descubría María Antonieta en 1790 y que le hacía escribir a su hermano el emperador Leopoldo II:

 “Tened mucho cuidado, ahí (en Austria) con cualquier asociación de francmasones. Ya os lo habrán advertido; por este camino es por el que todos los monstruos de aquí cuentan con llegar al mismo fin en todos los países”. 

Los avisos no habían faltado, pero, como hoy, se había creado una conspiración del silencio. En 1785, un sacerdote apóstata austríaco, llamado Lang, fue herido por un rayo cuando llevaba importantes mensajes del jefe de la Masonería de los Iluminados de Baviera, el doctor Weishaupt. Los papeles que se le encontraron permitieron el arresto de los principales afiliados. Tuvo lugar un proceso cuyas piezas de autos fueron hechas públicas por el Elector de Baviera, con el fin de informar a todas las potencias cristianas del complot tramado contra todas ellas. El abate Burruel los publicó también, cuando estaba en el exilio en Hamburgo, en 1795, en sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo. Podemos leer en ellas esta consigna de Weishaupt:

“Los francmasones deben ejercer el imperio sobre los hombres de cualquier Estado, de cualquier nación y de cualquier religión, dominarlos sin ninguna violencia externa, mantenerlos unidos por vínculos duraderos, inspirarles una misma idea, animarles de un mismo espíritu, en el mayor silencio y con toda la actividad posible, dirigir a todos los hombres de la tierra hacia el mismo fin. En la intimidad de las sociedades secretas es donde HAY QUE SABER PREPARAR LA OPINIÓN”.

Verdaderamente, sería una singular crítica histórica la que quisiese ignorar lo que está entre los bastidores de la historia. En junio de 1895, se abre una discusión en El Rappel sobre el origen de la divisa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Un miembro de la logia Unidad Masónica, M. Henry Vaudémont escribe al periódico:

El origen de la divisa republicana: Libertad, Igualdad, Fraternidad, es conocido desde hace largo tiempo: era la de hace cerca de un siglo y es todavía, la de la francmasonería. Si estaba en germen en el Juramento del Jeu de Paume, si fue aprobada por el Club de los Cordeliers y preconizada por el impresor Momoro, es simplemente porque la mayoría de los hombres que dirigieron en sus comienzos el inolvidable movimiento de 1789, eran francmasones. “En efecto, desde hace cerca de un siglo, en las logias a puerta cerrada, bullían entonces todas las nuevas ideas filosóficas que poco a poco iban tomando cuerpo, se armonizaban, se fundían, se transformaban en principio convertido rápidamente en axiomas e incluso se formulaban en casi proyecto de leyes. “Basta con ojear las reseñas de las logias para encontrar en ellas los elementos de donde brotaron con una espontaneidad y unanimidad, que serían inexplicables de otra manera, esos maravillosos cuadernos del Tercer- Estado, cuya puesta en marcha fue toda la Revolución”

M. G. Boris comentaba esta carta en la Vérité del 28 de junio de 1895: “M. Vaudémont está incontestablemente en la verdad histórica, pero no precisa la fecha de la introducción de la divisa. “En nuestra opinión, coincide con la introducción de la abreviatura que sólo aparece después de la fusión de los ritos masónicos en uno solo, con el título de Gran Oriente de Francia bajo el mando del duque de Orléans. Antes, la abreviatura se componía de un solo punto”. El redactor de la Vérité refiere que en 1848, un comerciante de tabaco humorista y antirrepublicano colgó debajo de cada una de las tres palabras de la divisa una bolsa de tabaco y se inventó esta muestra: ¡La casa de las tres bromas! 

Cuando el 11 de junio de 1793 Pío VI, en una página admirable por su lucidez juzgó a la Revolución Francesa, hacía menos de seis meses que Luis XVI había sido guillotinado. La sentencia que ha condenado al rey de Francia, declara el Papa, “la Convención nacional no tenía derecho, ni autoridad para pronunciarla”.

“En efecto, después de haber abolido la monarquía, El mejor de los gobiernos, había hecho pasar todo el poder público al pueblo, que no se dirige ni por la razón, ni por el consejo; en ningún punto se adapta a las justas ideas, aprecia pocas cosas según la verdad y evalúa gran número de ellas según la opinión, que siempre es inconstante, fácil para dejarse engañar, se arrastra a todos los excesos, es ingrata, arrogante y cruel”

Y Pío VI se pregunta cómo se ha llegado hasta ahí. Es una pregunta que sus sucesores no dejarán nunca de hacerse, a cada nueva etapa del progreso de las ideas revolucionarias. Si no se incorpora la primera respuesta a las respuestas siguientes, se falsea toda la perspectiva histórica, se puede pensar en una irrupción espontánea, que, en realidad, no es más que una consecuencia lógica de cierta actitud tomada en una época determinada, en unas condiciones hoy conocidas perfectamente. Además no imaginemos que los contemporáneos fueron totalmente inconscientes de ello. Pío VI, en todo caso, veía muy bien lo que había sucedido: “Ya desde hace mucho tiempo —explicaba— los calvinistas habían empezado a preparar en Francia la ruina de la religión católica. “Pero para conseguirlo, hizo falta preparar las mentes y empapar a los pueblos de estos principios impíos, que los innovadores no han cesado de extender después en libros que no respiran más que la perfidia y la sedición. Con este propósito se han ligado a filósofos perversos. “La Asamblea general del Clero de Francia, en 1735, había descubierto y denunciado los abominables complots de estos artesanos de la impiedad. Y Nos mismo también, desde el comienzo de nuestro Pontificado, previendo las execrables maniobras de un partido tan pérfido, Nos anunciábamos el inminente peligro que amenazaba a Europa en nuestra Carta encíclica dirigida a todos los Obispos de la Iglesia católica. Si hubiesen sido escuchadas nuestras observaciones y avisas, no tendríamos que lamentarnos ahora de esta vasta conjuración tramada contra los reyes y contra los imperios”.

Desearía que se pusiese atención en los términos de que se sirve Pío VI, contemporáneo de estos acontecimientos, para designar su causa, lo que hoy se conoce bajo el nombre de Revolución Francesa. Pío VI habla de una “vasta conjuración tramada”. No habla de “sentido histórico”, de evolución espontánea de las mentes. No, él dice: ha sido tramada una vasta conjuración.

Esto es importante, porque la influencia que ha podido ejercer en el curso de la historia una reunión de hombres asociados por ciertas ideas, otra reunión de hombres asociados por un principio contrario, puede también hacerlo e invertir el sentido de la historia. La conjuración que denuncia Pío VI en junio de 1793, se desarrolló bajo la máscara de la Libertad. El Soberano Pontífice recordaba que había denunciado el carácter especioso de esta palabra Libertad. “Los filósofos desenfrenados —decía— se proponen romper los vínculos que unen a todos los hombres entre sí, los ligan a sus Soberanos y los mantienen en el deber. Dicen y repiten hasta la saciedad que el hombre nace libre y que no está sometido a la autoridad de nadie. En consecuencia, presentan la sociedad como un atajo de idiotas, cuya estupidez se posterna ante los Reyes que los oprimen, de manera que la armonía entre el Sacerdocio y el Imperio no es más que una bárbara conjuración contra la libertad del hombre”. A la “engañosa” palabra de “libertad”, prosigue Pío VI, se ha añadido la de igualdad “que no lo es menos”. La sociedad no puede apoyarse sobre estos dos conceptos contrarios a la naturaleza humana. Recuerda que “la religión es la más segura protección o el más sólido fundamento de los imperios, puesto que lo mismo reprime los abusos de autoridad de las potencias que gobiernan, que los abusos de libertad de los súbditos que obedecen; por eso los facciosos, adversarios de las prerrogativas reales, intentan destruirlas, esforzándose primero en conseguir la renuncia a la fe católica”

Sabemos que a los noventa y un años, Pío VI, enfermo, arrancado de Roma, fue deportado a Francia por los ejércitos revolucionarios. En Valence, agonizando, mandó que se le revistiera de los ornamentos pontificales y declaró;

—En la medida de lo posible, ¡ muramos de pie ! Después añadió : —Que mi sucesor perdone a los franceses como yo les perdono de todo corazón. Murió en la noche del 27 de agosto de 1799.

El ciudadano Deydier, administrador del Drôme, escribió al Directorio: “El antes de ahora Papa acaba de morir, ¡será el último y el fin de la superstición!”. 

Generalmente, los historiadores soslayan la figura de Pío VI. Se habla más fácilmente de Pío VII que fue a París para coronar a Bonaparte, cosa que no le dio resultado, pues tuvo que volver allí prisionero de Napoleón. Sin embargo es más interesante observar la figura de Pío VI, porque él fue el testigo lúcido de esa Revolución, nacida de una conjura tramada en el fondo de las logias masónicas y cuyo mecanismo había comprendido perfectamente. 

Su sucesor Pío VII se encontró en una situación difícil. En 1799, intentó un acercamiento a la República francesa, una especie de “Ralliement” anticipado: “El régimen democrático —declaró— no se opone al Evangelio, por el contrario, pide el concurso de éste, pues las virtudes que exige sobrepasan las fuerzas de la naturaleza y requieren las gracias y las luces de la fe”. Esto era el primero y tímido ensayo de “democracia cristiana”. Hoy sabemos que los dos términos son antagónicos, pues el Cristianismo se apoya en la Revelación y la democracia en el libre-examen. ¿Qué puede decir la Iglesia el día en que la mayoría decida que Dios no existe? Sólo puede oponer la ley de Dios a la ley del Número y la contradicción estalla. 

Cuando, en nombre de las nuevas ideas, Napoleón pretende establecer la igualdad de cultos, Pío VII se dará cuenta y dirá : “Bajo la igual protección de todos los cultos se esconde y se disfraza la más peligrosa y astuta persecución que pueda imaginarse contra la Iglesia de Jesucristo y, desgraciadamente, la mejor preparada para confundirla y destruirla, si fuese posible que la fuerza y las astucias del infierno pudiesen prevalecer contra ella”. Insiste aún sobre esta cuestión de la “libertad religiosa” y esto, al comienzo de la Restauración, el 24 de abril de 1814, y es para quejarse de la Carta de Luis XVIII:

“Por el hecho de establecer la libertad de cultos sin distinción, se confunden la libertad y el error y se pone en el mismo rango de las sectas heréticas e incluso de la perfidia judaica, a la Esposa santa e inmaculada de Cristo, a la Iglesia, fuera de la cual no puede haber salvación (...)· Nuestro asombro y Nuestro dolor no han sido menores cuando Nos hemos leído el artículo 23 de la Constitución que mantiene y permite la libertad de prensa, libertad que amenaza la fe y las costumbres con los mayores peligros y con una ruina segura. Si alguien pudiese dudar de ello, la experiencia del pasado bastará por sí sola para enseñárselo. “Es un hecho plenamente comprobado: esta libertad de prensa ha sido el instrumento principal que, primeramente, ha depravado las costumbres de los pueblos, después ha corrompido y destruido su fe, y por fin ha levantado sediciones, disturbios, sublevaciones. Aún serían de temer estos desgraciados resultados, a la vista de la gran maldad de los hombres si, no lo permita Dios, se concediese a cada uno la libertad de imprimir lo que quisiera”.

Sabemos lo que sucedió después. “La prensa —cuenta Veuillot— multiplicó el montón de escritos abyectos que habían nacido de su irradiación; la fermentación que produjeron engendró otros escritos tan culpables como aquéllos. Verdaderos talentos a los que rodeó en seguida la popularidad, se dedicaron a esta guerra indigna: la poesía, la filosofía, la historia, la elocuencia, la enseñanza, el teatro, el panfleto, la prensa, la caricatura, lo que hay de más alto y de más bajo, el orador y el histrión, todo habló contra la Iglesia”

Entre los obispos que cayeron en las nuevas ideas el más conocido es sin lugar a duda el obispo de Autun, el príncipe de Talleyrand. No deja de tener interés conocer el juicio que más tarde él mismo emitió sobre sus extravíos. En el atardecer de su vida, en Valengay, conversando con su sobrina la duquesa de Dino, que ocupó un gran lugar en su existencia, Talleyrand confesaba que los recuerdos del pasado le turbaban. Al preguntarle madame de Dino sobre algunos hechos de su vida, que tanto habían escandalizado a la Iglesia y al mundo, el viejo diplomático tuvo esta respuesta: —En verdad, no puedo daros ninguna explicación satisfactoria. Esto sucedió en una época de desorden general: entonces no se daba importancia a nada, ni a uno mismo ni a otros. No podéis saber hasta dónde pueden DESVIARSE LOS HOMBRES EN LAS ÉPOCAS DE DESCOMPOSICIÓN SOCIAL. 

“Un día —cuenta también la duquesa de Dino—, en el verano de 1835, mi tío me mandó llamar. Le encontré leyendo en su habitación. —“Venid, me dijo, quiero enseñaros de qué manera hay que hablar de los misterios; leed, leed en voz alta y leed lentamente. —Yo leí lo que sigue: “ ‘En el año cuatro mil del mundo, Jesucristo, hijo de Abraham en el tiempo, Hijo de Dios en la eternidad, nació de una Virgen’. —Aprended este pasaje de memoria, prosiguió M. de Talleyrand, y ved con qué autoridad, con qué sencillez, se encuentran concentrados en tan pocas líneas todos los misterios. Así y solamente así, es como conviene hablar de las cosas sagradas. Se las impone, no se las explica, únicamente esto puede lograr que sean aceptadas, cualquier otra forma no vale nada, pues la DUDA SE PRESENTA CUANDO FALTA LA AUTORIDAD y la autoridad, la tradición, el magisterio no se revelan suficientemente más que en la Iglesia católica”. Los vicarios de poco fuste que quieran explicar todo en el lenguaje del siglo, no saben cuánta fuerza gastan rechazando la autoridad de la Tradición. El anciano obispo de Autun, por muy pecador que hubiera sido, sabía de eso mucho más que ellos. Además, la sabiduría no viene siempre por el camino de la virtud. Cuando Talleyrand decía que no se puede saber hasta dónde pueden llegar los hombres en las épocas de descomposición social, le bastaba con acudir a sus recuerdos.

Si miramos el estado actual de la Iglesia y se lo compara con lo que sucedió en el siglo XVIII, tenemos que preguntarnos: ¿en qué fase de la Revolución estamos? “El partido del clero encontró en sí mismo la derrota —escribieron los Goncourt— y fueron algunos de sus miembros los que le dieron los más rudos golpes y las heridas menos curables” y nombraban al abate Gregoire, al obispo de Autun y al abate Fauchet. “El abate Gregoire llevaba a la filosofía las armas de la Iglesia, las habilidades y las experiencias de la dialéctica. El obispo de Autun llevaba menos: llevaba su conciencia (...) El abate Fauchet era un tránsfuga más temible. “De tierna imaginación y espíritu alimentado del Evangelio, se complacía con preferencia en la sencillez de los primeros tiempos de la Iglesia; corazón débil seducido por la ambición de representar un gran papel de caridad, cabeza indefensa contra la utopía, presbiteriano sensible, Fauchet parecía un Fénelon revolucionario (...) El abate Fauchet aportaba a la Revolución entusiasmo, elocuencia y una paradoja. Quería vincular su siglo a Dios, el Evangelio a la Revolución, a la Pascua de la Libertad. Según él, la filosofía era la aliada de la Providencia y la reverenciaba como el instrumento santo traído por ella para que llegasen a la humanidad los derechos del hombre y del ciudadano”.

Siempre se encuentra entre los clérigos, al comienzo de las revoluciones, cuando éstas maduran en los espíritus antes de desbordarse por la calle, espíritus intrigantes o simplemente ambiciosos que hablan de casar el Evangelio con la Revolución. Y esto acaba mal. Así vemos que un periódico pedía, cuentan los Goncourt, para que hubiese buenos sacerdotes, que el abate Fauchet instaurase un harén “con un centenar de mujeres de un patriotismo y de una virtud probadas, con el propósito de tener pequeños Fauchet de los que se harían buenos sacerdotes”. “En fin, se llegaba al día en que Fauchet, arrebatado por el impulso, desde lo alto de su estrado coronaba al Pueblo-Cristo: ‘La aristocracia es la que ha crucificado al Hijo de Dios’. ‘Todo poder viene del pueblo’, añadía. “Clubs, banquetes, iglesias, todo resonaba con la voz impía e incansable de este terrible enemigo del clero, escuchado por las multitudes, por las mujeres y por los ilustrados, de este Fouchet que tranquilizaba las conciencias timoratas, acomodando la devoción a las nuevas ideas, que prometía el paraíso al patriotismo, juntando, alrededor del Dios del 14 de julio, a las gentes piadosas asombradas y asustadas, volviendo la cruz en contra de la contrarrevolución”. 

Gran página de la historia terriblemente aleccionadora. Si las revoluciones se comparan por la semejanza de sus fases, el aviso es serio. “Los asesinatos de l’Abbaye —decían también los Goncourt— se realizan el 10 de agosto en contra de la Providencia. 

Ya en la prisión Luis XVI, la revolución proclama la muerte de Dios, rompe la religión, depone la fe, acosa al clero no juramentado como a la Vendée y hace declarar al otro clero: ‘Soy sacerdote, soy párroco, es decir charlatán, hasta aquí charlatán de buena fe; he engañado por estar yo mismo engañado, ahora que estoy civilizado’ ... Jesucristo es ya el sans-culotte Jesús, O EL EN OTRO TIEMPO DIGAMOS REY DE NAZARET O DIFUNTO Jesucristo, muerto en la época de las revoluciones DE JUDEA POR HABER INTENTADO UNA CONTRARREVOLUCIÓN CONTRADICTORIA A LA AUTORIDAD DEL EMPERADOR”.

¿No tenemos ya a la vista toda nuestra época resumida? ¿Desde la “muerte de Dios” al “Cristo Che Guevara”? Nos queda por ver “la eucaristía de los Jacobinos”. Los Goncourt han querido cerrar su estudio sobre La Société française pendat la Révolution con esta página. Hagamos como ellos. Acaso el horror dará ánimos a los que se entregan: ¡El abate Morellet propuso que los patriotas comiesen la carne de sus víctimas! “Proponía la instalación de una carnicería nacional según los planos del gran artista y del gran patriota David”. Reclamaba “una ley que obligase a los ciudadanos a proveerse allí por lo menos una vez por semana, bajo pena de ser encarcelados, deportados y ahorcados como sospechosos”. “El abate Morellet pedía que en toda fiesta patriótica, hubiese un plato de este género, que sería la verdadera comunión de los patriotas, la eucaristía de los Jacobinos”. Esto es lo que sucede cuando las mentes se trastornan hasta perder el juicio... 

Continuará..