P. —¿Cómo lo conoce usted?
R. — Por el aire contento y la afabilidad del ángel de la guarda.
P. —¿Dónde se encuentra el purgatorio?
R. — En el centro de la tierra, muy cerca del infierno.
P. —¿Hay varias moradas en el purgatorio?
R. — Hay tres, y cada una de ellas con gran número de subdivisiones, según que el alma sea más o menos culpable.
P. —¿En cual de las moradas estaba usted?
R. — En la del centro.
P. —¿Se permanece mucho tiempo en una misma morada, o se cambia, una vez expiadas las faltas?
R. — Yo permanecí siempre en la misma morada.
P. —¿Sabe usted si en la morada más próxima al infierno se oyen los gritos de los condenados?
R. — No, no se oyen; hay sin embargo algunas almas más culpables que sí los oyen por permisión divina.
P. —¿Hay mucha gente en el purgatorio?
R. — Sí, mucha, represéntese una gran feria: las almas están allí apretadas, amontonadas.
P. —¡Me asombra que mi pobre madre haya durado tanto tiempo en el purgatorio; ha mucho tiempo que la creía en el cielo!
R. — Pues no se sorprenda; diez y siete años es mucho tiempo, en verdad; pero hay almas que están detenidas hace dos o trescientos años.
P. —¿Hay muchas religiosas?
R. — Sí, muchísimas; pero ninguna de las que practicaron su regla.
P. — ¿Cuáles son las faltas que se castigan con más severidad en las personas religiosas?
R. — La falta de obediencia y las murmuraciones contra los superiores; el buen Dios castiga estas últimas muy severamente.
P. — ¿Qué le hacen sufrir los demonios a las ánimas?
R. — No tienen poder para perjudicarlas; pero las hacen sufrir mucho, echándoles en cara sus culpas o mostrándoselas simplemente.
P. — ¿Oran las almas del purgatorio, hablan unas con otras, en qué se ocupan?
R. — Sí oran; dicen mentalmente el Padre Nuestro, el Ave María y otras oraciones por las personas que se interesan por ellas; pero nunca hablan. Reina profundo silencio; sólo se oyen algunas veces gemidos arrancados por la fuerza del dolor; pero a pesar de todo están siempre tranquilas y resignadas. Su ocupación es amar a Dios y cumplir su voluntad, para estar más y más unidas con Él.
P. — ¿Sabía usted en el purgatorio lo que pasaba en la comunidad después de su muerte?
R. — Sí, porque todas las ánimas ven lo que sucede en la tierra, a menos que por permisión divina se vean privadas de ello.
P. — ¿El favor concedido a la indulgencia sabatina tiene su efecto?
R. — La indulgencia es cierta; pero rara vez tiene efecto por los obstáculos que se le oponen.
P. — ¿Se ve el fuego en el purgatorio?
R. — Sí. Represéntese un horno de cal, cuyas paredes y bóveda no sean más que fuego; ya puede comprender que uno se quema, y sin embargo, hay almas que soportan un frío glacial.
P. — ¿Ve usted a menudo el demonio en esta casa, en qué partes lo ve?
R. — (La hermana se quedó algo confusa como quien teme faltar a la caridad. Díjele que hablaba para mí sola y entonces me contestó): Casi todos los días lo veo cerca de su cama, por la mañana al despertarse; también lo veo en el coro, especialmente durante la oración.
P. — ¿Sabe usted si mi pobre madre ha tenido algún alivio con las misas que se le han dicho?
R. — No sé si ha recibido la aplicación de esas misas, pero estese tranquila: el buen Dios le ha aplicado una parte de lo que se ha hecho por mí, y además por lo que respecta a las misas que se ofrecen por las ánimas, el mérito se concede inmediatamente a la persona que las da. Las almas por quienes se ofrecen se sienten aliviadas en el acto; pero experimentan nuevo alivio cuando se dicen las misas, cosa que los sacerdotes deben hacer lo más pronto posible; pues hay muchos de ellos en el purgatorio por haber sido descuidados en esta materia.
P. — Hermana, ¿usted ha sentido algún provecho por las cinco misas que se le aplicaron?
R. — No he sentido provecho sino de tres.
P. — ¿Y la que el padre me dijo que le ofreciera ¿le fue aplicada?
R. — (Algo confusa): No. (El padre me había mandado a hacerle aquella pregunta sin haber dicho la misa; pero sólo él lo sabía.)
P. —Nuestra Madre me ha dicho que le pregunte si usted tendrá gusto en que ella escriba al padre B. para pedirle misas por usted.
R. —No tengo permiso; y además el buen Dios no me permitiría que me dirigiese a él porque lo hice sufrir demasiado.
P. —¿Debo creerse lo que dice el Padre Faber de que casi todo el mundo se salva?
R. —La misericordia de Dios es muy grande, y no obstante la multitud de pecados mortales que se cometen, son muchas las personas que se salvan. Sin embargo, yo creo también que hay gran número de condenados.
P. —Nuestra Madre me ha encargado le diga que pida por la comunidad cuando esté en el cielo. ¿Tendrá usted la bondad de hacerlo así?
R. —Oh sí, por cierto; yo quiero mucho a la comunidad, y además estoy en el deber de hacerlo por gratitud.
P. —¿Ha visto usted alguna vez a nuestros santos fundadores?
P. —No; pero si puedo decirte que San Francisco de Sales fué quien me alcanzó la gracia de venir a acabar mi purgatorio en la tierra, y vino a ella en día de su fiesta.
P. —¿Dónde estaba usted en todo eso tiempo en que no la veíamos?
R. —En las bohardillas; el día en que usted ofreció oraciones e indulgencias por mí, fue cuando el buen Dios me permitió dirigirme a usted, para pedirle continuara socorriéndome.
P. —Hermana, hace pocos días hice el voto heroico, no puedo, según eso pedir por usted en particular.
La hermana María Sofía me respondió:
R. —Lo sé; pero la Santísima Virgen ha permitido que a pesar de eso, se me aplique todo lo que usted haga.
P. —Nuestra Madre le ruega que cuando esté en el Cielo pida por los parientes de nuestras hermanas, cuando estén en agonía.
R. —¡Oh! sí; dígale que se esté tranquila, que no olvidaré a ninguno.
P. —Mi hermana María Teresa le pregunta si usted se acuerda de ella.
R. —¡Oh! ciertamente; estoy en el deber de hacerlo por agradecimiento, por haberle causado mucha molestia durante mi última enfermedad. Dígale que voy a pedir mucho por ella y por su madre a quien quería mucho.
P. —Le ruego me diga lo que nuestra Madre hizo ayer de extraordinario.
R. —Todas esas preguntas las hace usted por el mismo motivo.
P. —¿Por qué motivo?
R. —Para tener una seña, y convengo en que a usted le agradaría mucho eso.
P. —¡Ah! es la verdad, si usted se dejase ver de alguien me causaría mucho placer.
R. —Pues bien, hermana; todo eso no proviene sino de su orgullo y de un gran fondo de amor propio.
P. — ¿Cuando usted haya terminado su purgatorio, tendrá la bondad de darme una señal para hacérmelo saber?
R. — Sí, se lo prometo.
P. — ¿De donde provenía aquella gran luz que yo veía durante la noche, antes que usted me hablase?
R. — Era una señal para darle a entender que tenía necesidad de oraciones.
P. — ¿Dónde pasa usted las noches?
R. — En su celda; en el dormitorio; generalmente cerca de su cama.
P. — ¿Cómo se consiguió el hábito religioso? ¿La cruz es de plata, el hábito de lana, la toca de género? ¿Qué va usted a hacer con eso cuando se vaya para el cielo?
R. — (La hermana me dijo riéndose): ¡Oh! tranquilícese que eso no me dará que hacer: todo esto no es más que un cuerpo aéreo, fantástico.
P. — ¿Por qué cuando yo le echo agua bendita por temor de que sea cosa del diablo, el agua cae al suelo y no sobre su hábito?
R. — Por la misma razón; porque este hábito no es sino un cuerpo aéreo.
P. — ¿Usted me dice que tiene un cuerpo aéreo; pero cómo es que cuando yo le di agua bendita, se me quemaron los tres dedos que tocaron los suyos?
R. — Eso lo permitió el buen Dios para darle una señal, y crea que el dolor que entonces experimentó es nada comparado con lo que sufro yo.
Al acercarme un día a mi hermana María Sofía le presenté una silla, rogándole se sentara. Hermana, me dijo, yo no estoy ni sentada ni de pie.
Sin embargo, cuando yo estaba de pie me parecía que ella también lo estaba, y cuando yo me sentaba la veía como sentada, pues siempre me parecía estar a la misma altura que yo. Pero en cuanto se tocaba algún ejercicio, si yo no me levantaba prontamente, adoptaba un aire severo, como queriendo levantarse para salir antes que yo.
La aproximación de esta santa hermana me penetraba de tal modo de la presencia de Dios, que muchas veces al abrir la boca para impacientarme con la negrita, sentía una fuerza invencible que me contenía.
Proseguí en mis preguntas.
P. — ¿Está ya para terminarse su purgatorio? Oí una voz que no era la de mi hermana María Sofía, pero que parecía salir de su derecha y de una persona superior a ella, que me dijo con tono de autoridad: — Pida, y diga que pidan por ella y que le den algunas intenciones de la santa comunión.
Me asustó de tal modo que salí a escape; creía que nunca iba a encontrar la puerta de la celda. Mi hermana María Sofía me llamaba diciéndome: Hermana, no tenga miedo. Pero yo no hice caso, y seguí al trote.
Al día siguiente, volví ya más tranquila y le dirigí otras preguntas a mi hermana María Sofía. — ¿Qué voz era esa que me dijo ayer que pidiera e hiciera pedir por usted y que se le dieran intenciones de la santa comunión?
R. — Era la voz del ángel de mi guarda. Usted no ha debido irse tan de carrera; si se hubiera quedado le había dicho algo más.
P. — ¿De dónde proviene ese calor que siento hace dos noches? Me parece que tengo fuego en la cama.
R. — Ese calor proviene de mí; yo me siento muy aliviada cuando estoy cerca de usted; y eso lo hago desde el día en que usted permitió venir; si pudiera ser de utilidad para una o otra... pero yo no le dejo sentir el calor cuando está dormida.
(Era verdad que mientras dormía no sentía nada pero el calor que experimentaba despierta era tan fuerte que parecía tener la piel tostada al levantarme por la mañana. Lo mismo me sucedía con la quemadura de los dedos, hasta el punto de tener que sacarlos fuera de la cama, y todas las mañanas parecía como reciente la quemadura; después, en el curso del día, el dolor iba disminuyendo hasta la noche. Todo sucedió del mismo modo por espacio de mas de veinte días, es decir desde el 1 de mayo hasta el 27 del mismo mes, día en que entró al cielo mi hermana María Sofía. Después he sufrido poco, pero siempre me queda la marca).
P. — Tenga la bondad de excusarme con su ángel, continué, por haberlo dejado el otro día tan bruscamente. Si usted pudiera alcanzar que me hablara otra vez, me causaría mucho placer.
R. — Tranquilícese, que todo se arreglará; al buen ángel no le desagrada que usted le tema. Yo también tenía mucho más lástima de verla llorando, y me alegro de que ya no tenga miedo.
P. — ¿No le he dicho que siempre temo estar engañada en lo que veo y oigo? ¿No será cosa del diablo? Me dicen que aunque sea él, no le debo tener tanto miedo siempre que no me induzca sino al bien; pero yo temo mucho estar en ilusión.
R. — No, no tema, no es el diablo. Pero no por eso se crea mejor que las demás: por el contrario usted es menos que las otras, porque tiene un orgullo detestable. Aplíquese a la humildad, a la obediencia y a la observancia.
P. — Nuestra Madre me ha dicho riendo que no estaba contenta de usted; que desde que le ha pedido que le hable, bien podía haberle alcanzado esa gracia.
R. — (La hermana se echó a reir y me dijo): Dígale a la Madre que no puedo, porque no tengo permiso. Por lo demás, asegúrele que no es por ella, porque yo la quiero mucho y eso me causaría gran placer; pero que no hay ninguna necesidad. Y luego, ¿qué puede provenir de todo esto sino confusiones? A usted debía gustarle; puesto que necesita tanto de la virtud de la humildad.
P. — No teniendo nosotras muchas austeridades en nuestra orden, ¿es ésta tan agradable a Dios como las demás?
R. — (Echóse a reír la hermana María Sofía y respondió con expresión de dicha y de alegría): ¡Ah! ciertamente. No son las austeridades lo que quiere el buen Dios, sino solamente la práctica de la regla.
P. — ¿Es muy severo Dios en lo que se refiere a los ejercicios de la regla que se omiten cuando una está enferma o indispuesta?
R. — No, el buen Dios es muy bueno, con tal que se practique la regla de los enfermos.
P. — ¿Qué debo hacer para ser buena enferma?
R. — Es preciso que acepte la enfermedad con sumisión y resignada a la voluntad de Dios; y aunque la constitución permita pedir aquello de que se crea tener necesidad, no debe mostrarse ni difícil ni exigente; sea lo más fiel que pueda al silencio, tal como se debe practicar en la enfermería. Usted falta a ésta con mucha facilidad.
P. —¿No me dijo usted anoche, cuando yo me fuí a acostar: Tú estás muy tranquila en tu cama y yo me estoy quemando?
R. —Sí, fuí yo, pero no la traté de tú.
P. —Sin embargo, yo no me había ido a acostar sin permiso.
R. —Es verdad; pero usted no tenía verdadera necesidad.
P. —Cuando estoy enferma o cansada, nuestra Madre me manda a acostar o yo misma lo he pedido, ¿le causa a usted alguna pena?
R. —No; cuando su Madre le dice que vaya, no tema, obedezca sencillamente; no se permita sino una sola observación, cuando crea que no lo necesita. Pero sea siempre muy reservada para pedir usted misma la dispensa.
P. —¿Todas las preguntas que le dirigimos le causan pena?
R. —No siempre que no tenga que hablar sino en general, y por lo que se refiere a usted misma; pero en cuanto a hablar con alguno en particular, no tengo permiso.
P. —Nuestra Madre me ha dicho que tome algo cuando sienta necesidad, porque teme que me haga daño la falta de sueño; ¿es esto desagradable a Dios?
R. —No, obedezca siempre con sencillez; por lo demás en cuanto a que se pueda enfermar, no tema, el buen Dios no lo permitirá porque usted está haciendo una obra de caridad.
P. —Deseo saber nuestra Madre cuál es el principal fin que se propone el buen Dios haciéndola a usted visible.
R. —No debo decirle nada; pero tranquilícese, y verá que es para su bien. En cuanto a la devoción por las ánimas, se siente ya gran movimiento en la comunidad.
P. —Sin embargo, hermana, siempre queda duda si es ánima del purgatorio o el diablo lo que se me aparece.
R. —Poco importa que se crea que es el diablo o una ánima del purgatorio, con tal que se sepa que algo se le aparece.
P. —¿Hay muchas de nuestras hermanas en el purgatorio? ¿Cuáles son?
R. —Sí, hay varias; pero no le diré sus nombres. Sólo le digo que pida porque aquí las ponen muy pronto en el cielo, y el buen Dios ha permitido que yo venga a la tierra, porque hace mucho tiempo que morí, y quiere que vean que no se llega al cielo tan pronto.
P. — Hace mucho tiempo que nuestra Madre hace aplicar por usted las intenciones de dos hermanas; ¿ha sentido usted el efecto de eso, como también de las muchas oraciones e indulgencias que se han ofrecido por usted?
R. — ¡Oh! sí, le debo mucho agradecimiento; dele por mí las gracias, como también a todas las hermanas.
El día de la Ascensión le pregunté si su purgatorio se acabaría pronto. Oí de nuevo aquella voz que mi hermana María Sofía me había dicho era la de su buen ángel, que me dijo: Pida y haga pedir: yo creía poderla hacer subir al cielo, pero no me ha sido posible.
Esta segunda vez, aunque sabia era la voz del ángel que me hablaba, me impresionó de tal modo, que me dejé caer sobre mi hermana María Sofía, creyendo me podría sostener; pero no encontré apoyo sino en una silla que tenía a su lado; esto me hizo comprender la verdad de lo que me había dicho aquella santa hermana, de que se me aparecía con un cuerpo aéreo.
De nuevo me dirigí a mi hermana María Sofía y le dije:
P. — ¿Por qué me pide usted oraciones, indulgencias e intenciones de comunión con preferencia a misas?
R. — No tengo permiso para pedir otra cosa porque no debo imponer nuevas cargas a la comunidad, que ya ha hecho por mí cuanto debía hacer; y además, pido comuniones para expiar por todas las que he perdido por mi culpa.
P. — Ayer se rezaron en comunidad los seis Padre Nuestros y el De profundis delante del Cristo. ¿Usted aprovechó de esas oraciones? ¿Son ciertas las indulgencias que dicen se ganan con eso?
R. — Las indulgencias son ciertas; pero ni esas oraciones, ni esas indulgencias han sido hechas particularmente para mí, ni han sido ganadas por mí; yo he tenido mi parte como las demás. En cuanto al Viacrucis delante del Cristo pequeño, le aconsejo no lo haga así sino cuando le sea absolutamente imposible seguir las estaciones.
P. — ¿Qué es lo que alivia más prontamente a las ánimas?
R. — Primero el santo sacrificio de la misa y la sagrada comunión, y después las indulgencias. También experimentan gran alivio con la observancia de la regla.
P. — Nos aconsejan que no hagamos el voto heróico sino por un año, para evitar perturbaciones de conciencias; haciendo así ese voto, ¿se ganan igualmente las indulgencias concedidas?
R. — ¡Oh, sí! Haga sencillamente todo lo que le digan.
Mientras yo hablaba con la hermana, nuestra respetada Madre estaba detrás de la mampara, cosa que yo ignoraba; pero la hermana María Sofía me hizo seña con la cabeza dándome a conocer que nuestra Madre estaba allí oculta.
Otra vez conversando con ella, entró una de las hermanas en la pieza en que nos encontrábamos, y mi hermana María Sofía me dijo: No me puedo quedar.
Teníamos una alumna enferma y nuestra buena madre me encargó que la velara. En toda la noche tuve a mi lado a la hermana María Sofía. Le habíamos aplicado sanguijuelas a la enfermita y corrió la sangre por tanto tiempo y en tanta abundancia, que después de haber probado en vano todos los remedios que se emplean en semejantes circunstancias, estuvo a punto de ir a despertar a nuestra muy venerada Madre, como también a la hermana María Jerónima, tía de nuestra enfermita, para mandar a buscar el médico. Antes de llegar a ese extremo, me dirigí a mi hermana María Sofía, y para hacerlo recordar lo que tantas veces me había dicho de que las ánimas tenían gran poder para auxiliar a las personas del mundo, le dije: — Hermana, usted ve el apuro en que estoy; haga algo para sacarme de él.
Tranquilícese, me respondió, y en el acto se contuvo la sangre. Le di agua a la niña, que me dijo: —¿Por qué no me da agua la hermanita que está a su lado?
Insistí en que repitiera la pregunta, y le dije: — ¿Qué dices niña?
— La otra, la otra hermana, ¿por qué no me da el agua? me volvió a decir la niña.
Al día siguiente la niñita al ver a su tía, le dijo, siempre asombrada: — Pero qué cosa tan rara, usted me pareció en toda la noche más alta que la hermana Margarita María. Esto parecía tanto más extraño a la niña cuanto que su tía María Jerónima es mucho más pequeña que nosotras, y la hermana que ella veía, no podía ser otra que mi hermana María Sofía, lo cual era en efecto más alta que yo.
Después que el padre dijo la misa, fui a buscar a mi hermana María Sofía y le dirigí estas otras preguntas:
P. — ¿Le fue aplicada la misa que el padre dijo ayer?
R. — Sí; sentí gran alivio, como también por las otras intenciones particulares que él quiso aplicarme. Dele las gracias por la complacencia con que se prestó.
P. — Dudo que el padre le dé mucha fe a todo esto.
R. — La amabilidad con que se ofreció le prueba que aunque no tenga mucha fe, algo cree.
P. — Mi hermana María Carolina, que me dice usted se encuentra en el purgatorio, ¿está próxima a salir?
R. — No lo sé; cuando me vine del purgatorio estaba mucho más abajo que yo. Dígale a mi hermana María Adelaida que pida por mi hermana que está en el purgatorio.
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