Hacía, en efecto, mucho tiempo que no pedía por ella, creyéndola ya en el cielo. Voy ahora a organizar algunas preguntas que nuestra muy venerada Madre me ha hecho dirigir a la hermana María Sofía, o que con permiso de ella le he hecho yo misma. Diré todas nuestras conversaciones con toda sencillez y con la más escrupulosa exactitud.
P. —Hermana, le ruego me cuente lo que usted sufría en el purgatorio y lo que sufre ahora en la tierra.
R. —Son sufrimientos intolerables que usted no podría concebir.... Aquí sufro menos, y sin embargo, todos los males reunidos no tienen comparación con lo que yo sufro. (Entonces me dejó ver las llamas que la consumían.)
P. —Dicen que la Santísima Virgen y el Ángel de la guarda visitan algunas veces a las ánimas del purgatorio; ¿es cierto?
R. —Si, la Santísima Virgen muy rara vez; el Ángel bueno siempre. También se ven los demonios, lo que hace sufrir mucho.
P. —Y desde que usted está en el mundo ha vuelto a tener la dicha de ver a la Santísima Virgen y al Ángel?
R. —Nunca he visto a la Santísima Virgen desde que estoy en la tierra, lo que es una privación; pero al Ángel bueno lo tengo siempre a mi lado; muchas veces veo al suyo; y no es raro que vea también demonios en el monasterio.
P. —N. N. le suplica le diga si N. está en el purgatorio, o alguno de sus parientes cercanos.
R. —De N. no sé nada, pero si he visto a su cuñado M. X.... Sin embargo, no sé si todavía está allí, porque estaba mucho más arriba que yo cuando me vine para el mundo.
P. —Nuestra madre quiere que usted me dé una señal segura de su aparición, diciéndome algo que yo ignore, algún acontecimiento pasado entre usted y ella cuando estaba en la tierra.
R. —No puedo; no tengo permiso.
P. —¿Ha hecho usted ruido en el cuarto de la superiora depuesta?
R. —No, el buen Dios no lo permitiría.
P. —Le suplico me diga qué es lo que pone más obstáculo a mi perfección; se lo agradeceré muchísimo.
R. —Su orgullo es el principal obstáculo, y después su falta de mortificación y sencillez. ¿No recuerda dos faltas cometidas al principio de la cuaresma?
P. —Sí, es verdad, hermana, que soy muy orgullosa y poco mortificada; pero no creía haber faltado a la sencillez.
R. —Acuérdese, hermana, que un día en la enfermería no se contentó con coger las pastillas que necesitaba entonces; sino que llevó algunas para comerlas en el día. Ha debido decírselo a la Madre y por no haberlo hecho faltó a las tres virtudes ya citadas. Lo mismo sucedió en otro caso, en que llegó hasta la impaciencia. Usted recordará que fué por una miel que se sirvió en el refectorio, y que se acabó al llegar a su vecina; por despecho no quiso seguir comiendo.
P. — Hemos leído que las ánimas del purgatorio pueden merecer: ¿eso es verdad? R. — No, no merecen para sí mismas, pero si alcanzan muchas gracias a las personas que ruegan por ellas, y hasta pueden impedir accidentes en la tierra. P. — ¿Usted se me aparece con su propio cuerpo, o con un cuerpo extraño?
R. — Con un cuerpo extraño
Cuando la hermana me contestó esta última pregunta, tocaron un ejercicio de comunidad. Yo me quedé, porque nuestra respetada madre me había dicho intencionalmente que siguiera a pesar de la campana pero la hermana María Sofia salió rápidamente, y al oír que yo la llamaba, asegurándole que tenía permiso, me dijo sin detenerse: Hermana, la Regla, la Regla!... En otro encuentro, continué así mis preguntas:
P. —¿Es muy agradable a Dios el voto heroico aliviar prontamente a las almas del purgatorio?
R. — Sí, es muy agradable a Dios aliviar prontamente a las almas del purgatorio, sin perjuicio para las personas que lo hacen, pues éstas, por el contrario, ganan mucho.
P. —¿Cuál es el objeto que se propone Dios, haciéndola visible en la tierra, y con tanta frecuencia?
R. — (Algo confusa): En primer lugar, no es para su mal; además, como objeto secundario, para despertar en la comunidad la devoción a las almas del purgatorio.
P. — ¿Y por qué le permite el buen Dios que haga su purgatorio en la tierra?
R. — Es una recompensa.
P. — Nuestra Madre me ha dicho, en efecto que debía ser una recompensa concedida a su caridad. (La humildad de mi hermana María Sofía parecía sufrir por la buena opinión en que la tenían: como turbada guardó silencio).
P. — ¿El fuego del purgatorio es lo mismo que nuestro fuego?
R. — No, no puede haber comparación
P. — ¿Permite a menudo el buen Dios que las almas sufran su purgatorio en la tierra?
R. — No; cuando lo permite es siempre como una recompensa.
P. — ¿En qué puede conocerse que las almas sufran su purgatorio en la tierra? A veces se oyen ruidos y gemidos: ¿son las ánimas?
R. — Puede ser a veces; lo hacen para pedir oraciones; pues es raro que puedan hablar si no se les habla.
P. — Hay algunos autores que dicen que las almas pueden sufrir su purgatorio donde mismo han cometido las faltas, y sin embargo, no fue en el colegio donde usted vivió más tiempo.
R. — Es la verdad; pero como yo no tenia permiso para hablar sino a usted, no podía ir sino a los lugares donde usted habita.
P. — Puesto que el objeto secundario de Dios al permitir que usted se haga visible es despertar la devoción a las ánimas del purgatorio, debía darme una señal cierta de que lo es;— porque sino, siempre se creerá que es el demonio el que se me aparece y eso no podrá inducir a hacer oración por los difuntos.
R. — Esa señal no es necesaria: la Madre lo puede todo en la comunidad, y ya hay un gran movimiento en favor de las ánimas.
P. — ¿Ha aprovechado usted de las misas que se le han dicho y de la comunión general?
R. — No he recibido ningún alivio; la comunión no me fue ofrecida sino por un pequeño número.
P. —¿Por qué razón no recibió alivio?
R. — Sea porque el buen Dios permitiese que se aplicaran a otras almas, o bien porque las hermanas no cumpliesen con la intención de la obediencia.
P. — ¿En el lugar del purgatorio en que usted estaba fue donde vio al señor X.....?
R. — Sí; el señor X. estaba en el mismo lugar; pero yo no le conocí sino por permisión divina, a causa de la alianza espiritual que existe entre nuestros parientes y la familia religiosa.
P. — Nuestra Madre desea que usted le diga si ve en Dios lo que pueda ser más útil a la comunidad para hacerla adelantar en perfección.
R. — La práctica de la regla y de las constituciones.
P. — Ella quiere también que usted le diga cuál es el mayor obstáculo para su perfección?
R. — (La hermana Maria Sofia contestó con aire severo): Usted no debía preguntarme eso! (Y al asegurarle que era por orden de nuestra Madre, me dijo) La obediencia es lo que la disculpa; pero usted no debe hacerme nunca semejantes preguntas.
P. — Nuestra Madre desea también que usted alcance del buen Dios la gracia de decirle todos sus defectos, y las faltas que ha cometido durante su gobierno, que ella no conozca.
R. — Su Madre no sabe la distancia que existe entre Dios y yo; asegúrele que por grande que sea su deseo de hablarme yo lo quiero todavía más; pero no tengo permiso. Dígale por lo demás que se tranquilice y que no se siga por respetos humanos.
P. —¿No he obrado contra la voluntad de Dios saliéndome de la Congregación de la Santa Familia?
R. — No, por el contrario: pues si usted no hubiese venido aquí, estaba muy en peligro su salvación. P. —¿Y por qué?
R. —Porque allá era usted muy aplaudida. Debe darle muchas gracias a Dios y a San José que le han concedido ese favor.
P. — ¿Por qué no está usted ya a mi lado como cuando se me aparecía al principio? Antes por el contrario, parece como si huyera de mí?
R. — Primero, porque sé que ahora ruega usted por mi, y después, porque al alejarme he querido darle una lección de obediencia, siendo así que la Madre me había mandado a decir que la dejara tranquila.
P. —Y se siente aliviada con eso, o bien, me sería provechoso que usted volviese a mi lado? Si así es, nuestra Madre me ha permitido le diga que vuelva, porque ahora ya no tengo miedo.
R. — No hay ninguna necesidad de que vuelva; sin embargo, vendré alguna vez. Yo tenía siempre temor de sufrir algún engaño; y esto hizo que el señor capellán me dijese debía encomendarme a la Santísima Virgen y hacer la señal de la cruz; así lo hice al acercarme a María Sofía, que se sonrió. Mis temores hicieron que nuestra venerada Madre me mandase echar agua bendita en un frasco, tomarla y ofrecerla a María Sofía cuando se me apareciese. Cuando tomé el agua bendita, la hermana se echó a reír y me dijo: Yo no le tengo miedo al agua bendita; por el contrario, me gusta mucho. Al mismo tiempo aplicó tres de sus dedos sobre tres míos, causándome tan gran quemadura que no pude contener un grito; entonces me dijo, siempre riendo: ¿No quería una señal? Ahí tiene una pequeñita.
Corrí a buscar a nuestra respetadísima Madre para mostrarle la quemadura, y le dije que mi hermana María Sofía me había dicho que puesto que quería una señal, ahí tenía una bien pequeña. Nuestra buena Madre examinó la quemadura, se la mostró a cuatro de nuestras hermanas, y me mandó volviera donde estaba la hermana para decirle que la quemadura, aunque bien comprobada por las hermanas que la habían visto, no era suficiente, y que era preciso me aplicase toda la mano sobre el brazo izquierdo. Nuestra hermana se negó diciendo: Eso no es preciso, y créame que si lo hiciera, le causaría más mal a su alma que a su cuerpo. Siguen algunas otras preguntas que le dirigí a mi hermana María Sofía de parte de nuestra muy venerada Madre, o con su permiso le hice yo misma.
P. — Nuestro capellán me ha encargado le diga que si usted lo desea, con mucho gusto le diría una misa.
R. — No tengo permiso para pedirlo; pero si él quiere hacerme esa caridad, no dejará de tener su recompensa, y yo se lo agradeceré mucho.
P. —¿Cómo es que sufriendo usted tanto tiene sin embargo el rostro tan plácido que parece no tener ninguna pena?
R. — El deseo de cumplir la voluntad de Dios y de satisfacer a su justicia me da tanta felicidad, que me alegraría de sufrir aún más, si con ese aumento de pena pudiera gozar más pronto de Dios.
P. —¿Es muy terrible, en sus juicios el buen Dios?
R. — Si, muy terrible, pero también muy justo.
P. —¿Cuándo uno es juzgado, ve a Nuestro Señor?
R. — Si, y eso le da al alma tal contento que se siente feliz en el Purgatorio, no obstante sus grandes sufrimientos.
P—¿En qué lugar es juzgada el alma?
R. — En el mismo lugar en que espira, al dar el último suspiro.
P. —¿La asistieron San José y la Virgen en el momento de su muerte? ¿Usted los vió?
R. — No; me he visto privada de esa gracia a causa de mi obstinación. Pero sí se concede a menudo ese favor.
P. —¿Visita San José a las ánimas del Purgatorio?
R. — No le ví sino una voz, acompañando a la Santísima Virgen.
P. —¿Cuántas veces ha visto usted a la Santísima Virgen? ¿Qué le dice para consolarla? ¿Ha hecho disminuir sus sufrimientos?
R. — (Mi hermana María Sofia se echó a reír y me dijo): Usted va demasiado lejos; sin embargo, por darle gusto le diré que en algunos años no la he visto sino una vez; en otros hasta tres: en la víspera de la Asunción y en los días de la Inmaculada Concepción y de la Presentación. Cuando iba al Purgatorio, visitaba todas las moradas, le hablaba a todas las almas una por una, para consolarlas, diciéndole a unas: Sufres mucho; pero ten paciencia, pronto irás al cielo; y a las otras: Tu purgatorio se ha abreviado en tantos años, tantas semanas y a veces tantas horas; a otras, por último, las coronaba y se las llevaba al Cielo.
P. —¿Han disminuido algo los sufrimientos de Ud?
R. —¡Oh, sí! mucho usted ha podido comprenderlo, ¿pues no lo observa que al principio cuando me le aparecí no veía más que cara y cuello y que el resto del cuerpo lo tenía como envuelto en un gran manto, y que ahora distingue bien claro el hábito religioso? (en efecto, la veía así hasta las rodillas.) Yo espero que pronto se acabará mi purgatorio.
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