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viernes, 16 de enero de 2026

EL PURGATORIO (RELACIONES Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS ACERCA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO)

 


Tomado del periódico EL PURGATORIO de Roma. (Abril de 1905) Los manuscritos de estas revelaciones han sido mandados a publicar a Roma. Imprímanse: FR. ALBERTUS LEPIDI 

Imprímanse: JOSEPH CAPPETELLI 

Con licencia de reimprimirse: PEDRO ADAN BRIOSHI, ARZOBISPO DE CARTAGENA


Relaciones de dos almas del purgatorio Manuscrito de la Visitación de San Ceré que refiere las apariciones sucesivas de dos almas del purgatorio en aquel monasterio. (Desde fines de febrero hasta el 24 de julio de 1868.) Las dos almas aparecidas son: La 1°. La de la hermana María Sofía Claux, del mismo monasterio, muerta siete años antes. La 2°. muerta 17 años antes, es la de la Señora María Monsset, la cual refiere lo que vio y oyó. La superiora del monasterio en trienio tuvieron lugar los hechos relatados, es la honorabilísima Madre María Ambrosina Mage, muerta el 10 de enero de 1872. El manuscrito conservado hace 40 años en el monasterio de San Ceré, diócesis de Cahors, es ya conocido por varios extractos publicados desde 1863 en diversas revistas religiosas: es un documento histórico; de la más evidente autenticidad, y la difusión que de él se está haciendo hoy en la Iglesia se debe a Monseñor Enard, Obispo de Cahors. 

 Esta noticia de lo que pasa en el Purgatorio confirma perfectamente todas las enseñanzas y tradiciones sobre aquel lugar de purificación, y aun, respecto del sitio donde se encuentra y de su proximidad a la cárcel espantosa del infierno: muchos puntos que hasta ahora han sido dudosos quedan muy bien aclarados y el gran resultado de esta lectura es aumentar extraordinariamente la devoción a las almas del Purgatorio, devoción que produce una firme confianza en las oraciones que ellas hacen por los que las socorren. Últimamente ha sido publicado dicho manuscrito con la licencia eclesiástica del Reverendísimo Maestro de los Sagrados Palacios Apostólicos, y nosotros lo reproducimos con todas las reservas que manda nuestra Madre la Santa Iglesia, según los Decretos de Urbano VIII.

Las relaciones de estas dos almas no favorecen en nada al espiritismo, antes bien lo condenan en todas sus partes. En efecto: el espiritismo; como una secta impía y supersticiosa, que es, niega los principales dogmas del catolicismo, especialmente la divinidad de Jesucristo, la redención, el pecado original, la existencia del infierno, etc. etc. Al contrario, las susodichas relaciones confirman todas las enseñanzas de la Iglesia, hasta en sus más pequeños pormenores. Las almas del Purgatorio se aparecen cuando Dios se los permite para pedir sufragios o para otros fines honestos y santos; no se contradicen jamás y enseñan siempre la verdad. Los espiritistas evocan los espíritus a su capricho; y, está probado, que quien se les aparece es el demonio, pues sus revelaciones son frecuentemente absurdas, blasfemas, mentirosas, contradictorias y pueriles, contrarias a la fe católica y a las buenas costumbres. 

 Las revelaciones de las almas del Purgatorio producen bienestar, inducen a las virtudes y llevan las almas hasta la santidad. Al contrario, las evocaciones de los espiritistas han producido muchas veces suicidios, venganzas, divorcios y otros delitos; y casi siempre paran en locos los que se dejan llevar de las falsas doctrinas del espiritismo.

I - PRIMERA RELACIÓN 

 Hacia fines de febrero de 1863, oí cierta noche unos gemidos al acostarme. Me dirigí al lugar de donde provenían y no ví nada, lo que me dejó bajo una grande impresión de terror. Nada dije, sin embargo, contentándome con orar. A los pocos días me llamó por dos veces una voz, diciéndome: ¡Hermana, hermana!; ya muy asustada, me metí en la cama y empecé a rezar. Con todo, la voz continuaba llamándome y yo persistía también en mi mutismo. Ante este silencio, la voz se acercó tanto a mi cama, que llegué a sentir el aliento de una persona sobre mí, lo que acabó de espantarme. 

 El 26 o 27 del mismo mes, no sólo oí sino que ví, en el momento de acostarme, una cara y unas manos; el resto del cuerpo no tenía forma y era únicamente una sombra. Cuando me dirigía a mi oficio, iba siempre acompañada por este personaje. Bien les atendiese a las alumnas (yo era auxiliar en el colegio) ya cuidase de una negrita que había adoptado nuestra comunidad, el personaje no me abandonaba, exceptuando solo las reuniones de comunidad, y aún en estas, me seguía hasta la puerta. Una vez, entre otras, al salir de nuestra celda, para entrar en el dormitorio de las alumnas, lo que yo veía me acompañó como de ordinario. Al llegar a la puerta me aparté para darle paso, imaginándome siempre, que me iba a agarrar; pero con gran sorpresa vi que me hacía la misma cortesía, y tuve por fuerza que pasar adelante, haciendo una inclinación que me fue correspondida. Me aterroricé de tal manera que pedí permiso para no apagar la luz hasta ya avanzada la noche; pero sucedió que cuando la apagaba me veía iluminada por una gran antorcha que parecía fija al lado derecho de mi cama: eso duró hasta el 28 de marzo. Durante este intervalo me dieron remedios, creyendo que era agitación de la sangre; mas la visión, en vez de desaparecer, se veía más clara y más sensible, hasta el punto de que, un día que me habían sangrado, como se me cayese la venda durante la noche, brotando la sangre en abundancia, pude ver muy bien para vendarme otra vez el brazo. Varias veces cogí un libro para ver si podía leer: leí perfectamente. Nuestra cama estaba situada en el extremo del dormitorio de las alumnas y una de ellas me preguntó si había pasado mala noche, porque había visto luz al lado de mi cama. 

En la noche del 28 de marzo, cuando me disponía a acostarme, me asusté de tal modo por la aproximación de aquella cara que parecía venir a oprimirme, que me sentí a punto de caer sobre la desconocida; en mi emoción le dije: Podríais dejarme tranquila. Entonces me pareció como que se alejaba gimiendo. Aunque muy asustada me sentí dispuesta a preguntarle si podía servirle en algo. A esta pregunta volvió hacia mí la desconocida y me dijo: «No temáis, no os haré mal. No me conocéis, y sin embargo soy una de vuestras hermanas, aquella a quien dicen que os parecéis. Acordaos que estando un día con la comunidad en recreación en la sala, nuestras hermanas Luisa, Úrsula y María de Gonzaga os dijeron que teníais algún parecido conmigo. Recordad que hicisteis una aspiración para invocarme, si yo estaba en el cielo; y que en caso no fuese así, ofrecisteis por mí las indulgencias del siguiente día. Desde ese momento me ha permitido el buen Dios que me dirija a vos para pediros oraciones, porque yo tenía antes una persona que pedía por mí y hoy nadie pide ya». Corrí espantada a referir todo a nuestra respetada Madre, a quien no había dejado ignorar cosa alguna de lo que había sucedido desde el principio de la visión. Contestóme nuestra querida Madre: «Puesto que ese fantasma le dice que es una de nuestras hermanas pregúntele su nombre y lo que desea que hagamos por ella, y pídale que si le conviene a la comunidad, nos diga por qué faltas la tiene el buen Dios detenida en el purgatorio, y que después la deje tranquila, pues temo que eso le haga daño.».

Pregunta. —Puesto que usted me ha dicho que es una de nuestras hermanas, nuestra Madre desea que me diga su nombre. 

Respuesta. —Soy la hermana María Sofía. 

 P. —¿Qué desea que se haga por usted?. 

 R. —No quiero imponer nuevas obligaciones a la comunidad, pues ya ha hecho por mí lo que debía hacer; pero usted le va a decir a la Madre Ambrosina que si ella quiere mandar que se ore por mí y que se me apliquen algunas comuniones e indulgencias, se lo agradeceré mucho cuando esté en el cielo. 

 P. —Nuestra Madre le suplica me diga, siempre que pueda ser conveniente a los miembros de la comunidad, por qué faltas está en el purgatorio. 

 R. —Por mi falta de obediencia sencilla a mi confesor y a mis superiores; y si algo pudiera aconsejarle, mi buena hermana, es la humildad, la obediencia y la fidelidad a la regla: porque una religiosa, de la Visitación fiel en el cumplimiento de su regla tiene poco purgatorio.

Tenía alguna repugnancia en cumplir con las últimas intenciones de nuestra venerada Madre, que consistía en decir a aquella pobre alma me dejase tranquila: lo hice sin embargo por obediencia. Dió entonces un profundo suspiro la pobre hermana María Sofía y me dijo: —Con todo, el buen Dios me había dado permiso para terminar aquí mi purgatorio. Entonces me pareció ver que se entreabría un manto negro, del cual salía un brasero con llamas azuladas, y después todo desapareció dejando sólo un grandísimo hedor ocasionado por el brasero. La aparición seguía siempre presentándose, pero a distancia, hasta el punto que al salir yo la pobre hermana María Sofía se alejaba rápidamente pasando a otra pieza. 

En este estado siguieron las cosas durante un mes poco más o menos, después de este tiempo me dijo nuestra buena Madre que llamase a María Sofía y le preguntase quien era esa persona que antes rogaba por ella. Me respondió: Era mi hermana. —Hay que observar que Mme. Canet, hermana María Sofía, había muerto hacía poco. Me dijo también que una de sus antiguas discípulas le había dado por mucho tiempo el auxilio de sus oraciones. 

Le pregunté como se llamaba, y como era difícil retener el apellido cogí un lápiz para apuntarlo; pero éste se partió al escribir y se me cayó de las manos. La hermana María Sofía se echó a reír y me dijo: «No es necesario; es religiosa, se encontraba en un hospicio de Tolosa en la época de mi muerte». Esto sucedió en nuestra celda que da al patio interior, en el cual se hallaba la negrita, que al oírme hablar con alguien, subió a toda carrera para ver quien estaba conmigo cuando ella me creía sola; con mucho empeño me preguntó:

 —¿Quién estaba contigo? Pocos días antes la misma muchacha, al entrar en nuestra celda había dicho: «¿Qué hermana es esa que estaba contigo y que yo no conozco?...». Me hice la sorprendida porque no quería decirle lo que había de cierto: —«¡Pues bien! si no eres tú es tu sombra; pero yo he visto algo». Otro día reiteró sus instancias la pequeña Fortunata suplicándome le dijera quién era esa hermana extraña que ella veía algunas veces conmigo, y agregaba: ¿Por qué se va cuando yo entro? Otras veces no veía nada; pero sí me preguntaba de donde provenía ese gran calor que se sentía en la pieza. Tenía yo entonces a mi lado a la hermana María Sofía y experimentaba también el excesivo calor. Nuestra reverendísima Madre me recomendó dijera a mi hermana María Sofía que si quería oraciones debía mostrarse y hablar en su presencia, porque si no, no creía que era una alma del purgatorio. 

La hermana María Sofía me respondió: Hace tiempo que lo deseo, pero no he podido. Nuestra Madre al ver que la hermana María Sofía no quería hablar, me encargó le dijera en la primera entrevista que ya que no quería dirigirse a ella, lo hiciese a la superiora depuesta, a lo cual respondió: El buen Dios no me lo permitiría, porque yo la hice sufrir mucho mientras estuvo de Superiora. Por último, viendo nuestra buena Madre que no quería hablar ni delante de ella ni en presencia de la depuesta, me ordenó le preguntase ante cual de las hermanas de la comunidad quería mostrarse porque era preciso un testigo. —Me respondió que no tenía permiso para hablar sino conmigo, ni para dejarse ver sino de mi. — «Pero le repliqué, cómo es que la negrita la ha visto a usted dos veces?». —«Esa muchacha es extraña a la comunidad, y además mi vista no le causa ninguna impresión». Otro día, nuestra veneradísima Madre me encargó le preguntase si mi hermana María Carolina estaba en el purgatorio. Me respondió que sí, en la morada del centro, y agregó: «Hermana, usted tiene allí también su pobre madre, que me dijo cuando salí del purgatorio: «¿Usted es más feliz que yo; porque mi hija pide por usted y no por mí»

Continuará..