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martes, 18 de marzo de 2025

CAP. 4 FRUTOS DEL SANTO ABANDONO (Paz y Alegría)

 


Artículo 4º.- Paz y alegría

El Santo Abandono no procura tan sólo la preciosa libertad

de los hijos de Dios y una suave igualdad de alma, en la

instabilidad de las cosas humanas y los diversos sucesos de

la vida, sino que proporciona además una paz profunda y la

alegría interior, que constituyen aquí abajo la verdadera

felicidad.


«Por la perfecta conformidad con la de Dios -dice el P.

Saint-Jure- es como se adquiere el más cumplido reposo que

es posible disfrutar en el tiempo; es el medio de hacer sobre la

tierra un paraíso. Preguntóse a Alfonso el Grande, rey de

Aragón y Nápoles, príncipe muy sabio y prudente, cuál era la

persona a quien juzgaba más feliz en este mundo; aquélla,

respondió este príncipe, que se abandona enteramente a la

voluntad de Dios y que recibe todos los acontecimientos

prósperos o adversos, como venidos de su mano.» Monseñor

Gay añade: «Sométete a Dios, dice Elías a Job, y tendrás paz,

pero una paz que la Escritura llama en otra parte inagotable,

una paz que es semejante a un río caudaloso. Los pacíficos,

es decir, los que poseen tal tesoro de paz que la esparcen en

derredor suyo son los hijos de Dios; y los hijos de Dios por

excelencia son las almas que se abandonan a El. Este pueblo

de mis fieles hijos, este pueblo de mis pequeñuelos, de niños,

de abandonados en mis brazos, "se sentará en la hermosura

de la paz bajo las tiendas de la confianza, y en un magnífico

reposo que tendrá cuanto pudiera desear". David moraba bajo

esas tiendas cuando cantaba ese dulce cántico que pudiera

bien llamarse el himno del abandono: "El Señor me conduce,

nada me faltará; me ha establecido en un lugar de los más

abundantes pastos, al borde de un arroyo por el que corre el

agua que vivifica. El atrajo mi alma toda hacia si. A causa de su 

nombre", que es su Unigénito Hijo Jesús, "ha dirigido mis

pasos por el sendero de la justicia". Y ahora, Maestro mío, mi

guía, mi madre Providencia, "aun cuando debiera atravesar las

sombras de la muerte, no temería mal alguno, porque tú estás

conmigo. Tu vara -que me indica el camino-, y aun tu báculo

-que me hiere para volverme hacia él cuando me consuela .

Sí, el abandono produce la paz, una paz profunda, perfecta, y

-por decirlo así-, imperturbable.»


«A la verdad -dice el P. Saint-Jure- las almas que siguen

este camino -del Santo Abandono-, disfrutan de una paz

inalterable y pasan su vida en una paz que sólo ellas pueden

comprender y que no seria posible hallar en otro lugar de la

tierra. Refiere Santa Catalina de Sena que Nuestro Señor la

enseñaba a construir un retiro en su corazón con la piedra

durísima de la Providencia divina y a permanecer allí

constantemente encerrada, porque de esta manera tenía la

seguridad de ser feliz, de encontrar el verdadero reposo del

alma y de estar al abrigo de todas las tribulaciones y de todas

las tempestades. Y, en efecto, ¿puede concebirse un estado

más feliz que aquel en que el alma es llevada, reposa y se

duerme como un niño en brazos de la amorosa y

todopoderosa Providencia divina?» ¿Queréis otra imagen bien

clara de la felicidad de esta alma? Considerad a Noé durante

el diluvio: «Permanecía en paz en el arca con los leones, los

tigres y los osos, porque Dios le conducía, mientras que todos

los demás, en la más espantosa confusión de cuerpo y de

espíritu, eran sumergidos sin piedad en las olas. Así, el alma

que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su

barca, goza de una paz perfecta en medio de todas las

perturbaciones, boga con tranquilidad por el océano de esta

vida, en tanto que las "almas indisciplinadas", esclavas,

fugitivas y rebeldes a la Providencia, están en agitación

continua, y no contando con más piloto que su voluntad ciega

e inconstante, después de haber sido por largo tiempo juguete

de los vientos y de la tempestad, terminan con un lamentable

naufragio.»


En efecto, dice Monseñor Gay, «¿qué cosa os turba?» No

hablo de la turbación que agita la superficie; pues por poco

sensible que uno sea no podrá verse libre de ella; hablo de la 

turbación que llega al fondo del alma y en ella conmueve las

virtudes. ¿A quién atribuir la causa de ello? ¿Son por ventura

las órdenes que se os dan o los accidentes que os

sobrevienen? No, porque esta cruz que a vosotros os quita la

paz, se la deja completa a vuestra hermana. ¿De dónde

procede esto? Es que la voluntad de vuestra hermana se ha

abandonado, la vuestra se guarda y hace resistencia. La

turbación viene, pues, únicamente de la voluntad propia y de

la oposición que ella hace a Dios. Ella es causa de tales

agitaciones e inquietudes, pues el abandono las hace

imposibles.


Así es, en efecto, pues las almas abandonadas han

conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por

consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada

hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas no

lo quieran así. «A mi juicio -dice Salviano nadie en el mundo

es más feliz que estas almas. Son humilladas, despreciadas,

pero es a su gusto, y ellas lo quieren; son pobres, mas se

complacen en su pobreza: por esto siempre están contentas.»

«Sea lo que fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio

nada podrá contristarle», ni alterar la paz y serenidad de su

espíritu, porque ha puesto su confianza en Dios y de

antemano acepta todo cuanto plazca al buen Maestro. Sin

duda, no es esta la paz del cielo, sino la de aquí abajo, pues

Dios no quiere sobre la tierra ni paz perfecta, ni felicidad

durable; no podemos evitar la tribulación, y la cruz nos seguirá

por todas partes. Mas el Santo Abandono nos enseña la

importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en este

mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber sufrir!, es decir,

sufrir como conviene sufrir todo lo que Dios quiere, mientras El

lo quiere y como El lo quiere, con espíritu de fe, con amor y

confianza. El nos enseña a reposar en los brazos de la cruz,

por consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el corazón

de Jesús. Allí se encuentra más que la paz, allí se saborea la

alegría.


«No es del todo extraño -dice Monseñor Gay- que esta

alegría sea sensible, aunque otras veces, y lo más

frecuentemente es que sea tan sólo espiritual.» En todo caso,

el santo abandono produce la alegría del alma. «Bastaría para esto 

que él asegurara la libertad y que proporcionara la paz;

porque, ¿de qué proviene el regocijo sino de ser uno libre y

estar tranquilo en la libertad? Por el contrario, sin la libertad y

la paz, ¿qué alegría se puede gustar ni aun concebir?»

¿Queréis saber un secreto para estar constantemente

alegres? Digo un secreto, porque todos desean la alegría,

¡cuán pocos la encuentran! Ahora bien: el mejor secreto para

conseguirla y conservarla, un secreto verdaderamente infalible

es el Santo Abandono. ¿Cómo así? Las almas que no son

devotas del Santo Abandono tienen todavía muy poca fe,

confianza y amor, para gustar la alegría en la tribulación;

aquéllas empero que han llegado a la perfecta conformidad

tienen una fe viva, una esperanza firme, una caridad

generosa. Han aprendido a ver en los menores

acontecimientos a su Padre Celestial, al Salvador, al Amigo, al

Esposo, al Amado, enteramente ocupado en santificarías. Le

han dado sin reserva su confianza y su amor. ¿No es El dueño

soberano de los acontecimientos? Al combinarlos, ¿podrá

olvidar su carácter de Padre y Salvador? Todo será, pues,

para bien de su alma, con tal que ellas le permanezcan

filialmente sumisas. ¿Cómo no han de estar alegres? En los

seis días de la creación, Dios contempla las obras de sus

manos; las encuentra perfectas y hasta excelentes, y por eso

las mira con una alegre satisfacción. «De igual manera resulta

en el alma que a Dios se abandona, no sé qué efusión de esta

alegría divina, porque el fondo de su abandono es

precisamente la aprobación amorosa que ella da de todo lo

que hace y quiere, y la complacencia que ella experimenta en

todo cuanto Dios dispone.»


«Esta es la causa de aquella paz y alegría perpetua -dice

el P. Rodríguez- con que leemos andaban siempre aquellos

antiguos santos: un San Antonio, un Santo Domingo, un San

Francisco y otros semejantes. Y lo mismo leemos de nuestro

bienaventurado Padre Ignacio, y lo vemos ordinariamente en

los siervos de Dios. ¿Por ventura carecían de trabajos

aquellos santos? ¿No tenían tentaciones y enfermedades

como nosotros? ¿No pasaban por ellos varios y diversos

sucesos? Si, por cierto, y más dificultosos que por nosotros;

porque a los más santos les suele Dios probar y ejercitar mas. Pues, 

¿cómo estaban siempre en un mismo ser, con un

mismo semblante, con una serenidad y alegría interior y

exterior que siempre parece que era pascua para ellos? La

causa de esto era lo que vamos diciendo, porque habían

llegado a tener una conformidad entera con la voluntad de

Dios y puesto todo su gozo en el cumplimiento de ella: y así

todo se les convertía en contento. El trabajo, la tentación y la

mortificación, todo se les convertía en gozo, porque entendían

que aquella era la voluntad de Dios, la cual era todo su

contento.» Eran ingeniosos en hallar mil santas razones para

justificar a Dios hasta en sus rigores, y para animarse a una

confiada y alegre sumisión.


Escuchemos al santo Cura de Ars: «La cruz es quien ha

dado la paz al mundo, es ella quien ha de traerla a nuestros

corazones. Todas nuestras miserias vienen de que no la

amamos. El temor de las cruces es quien las aumenta. Una

cruz llevada sencillamente no es ya un sufrimiento. Nada nos

hace tan parecidos a Nuestro Señor como llevar su cruz, y

todas las penas son dulces cuando se sufren en unión con El.

¡Yo no comprendo cómo un cristiano puede odiar la cruz, y

sacudirla de sus hombros! ¿No es esto lo mismo que huir de

Aquel que ha querido ser clavado en ella y en ella morir por

nosotros? Las contradicciones nos ponen al pie de la cruz, y la

cruz, a la puerta del cielo. Para llegar, es preciso que seamos

pisoteados, vilipendiados, despreciados, triturados. ¡Sufrir!

¿Qué importa? Es cuestión de un momento. Si nos fuere dado

poder pasar ocho días en el cielo, comprenderíamos, sin

duda, el precio de este minuto de sufrimiento, no hallaríamos

cruz bastante pesada, ni prueba suficientemente amarga. La

cruz es el don que Dios hace a sus amigos. Es necesario pedir

el amor de las cruces y entonces éstas se nos tomarán dulces.

He hecho la experiencia durante cuatro o cinco años. He sido

calumniado, contradecido, atropellado. ¡Vaya si tenía cruces!

¡Casi eran más de las que podía llevar! Púseme a pedir el

amor de las cruces, me sentí feliz y me dije: ¡Verdaderamente

aquí está la dicha! Jamás se ha de mirar de dónde vienen las

cruces, pues vienen de Dios y es siempre Dios quien nos da

este medio de probarle nuestro amor. ¡Cuán felices nos

consideraremos en el día del juicio por nuestras desdichas, cuán 

santamente orgullosos estaremos de nuestras

humillaciones y qué ricos seremos por nuestros sacrificios! »

Para Gemma Galgani, un día sin sufrimiento era un día

perdido. «Días ha habido, decía lamentándose, en que nada

he tenido que ofrecer por la tarde a Jesús. ¡Cuán desgraciada

era! » En el curso de una prolongada tribulación que aún

duraba, como le preguntase Nuestro Señor si había sufrido

con resignación: « ¡Es tan dulce, le respondió ella, sufrir con

Vos!»


«Acabo de recitar el Rosario, escribía una religiosa a su

director, para dar gracias a Dios por haberme arrojado en el

crisol de los sufrimientos. Esta mañana, después de la

Comunión, he entonado el Magnificat. Yo no tengo otro

consuelo que sufrir con Jesús y por Jesús, si El se digna

aceptar mis sufrimientos. Sufrir, sufrir siempre, sufrir más, ésta

es mi continua oración.»


Minada por la enfermedad, atormentada por la fiebre, Sor

Isabel de la Trinidad escribía en sus últimos días: «Se ha

abierto para mí el camino del Calvario, y me considero

sumamente feliz al andar por él, como esposa al lado del

divino Crucificado. ¡ Si supieras qué días tan divinos estoy

disfrutando! Yo me debilito y presiento que el divino Maestro

no tardará mucho en venir a buscarme. Gusto y experimento

desconocidas alegrías. ¡Cuán suaves y dulces son las alegrías

del dolor! Sola, en esta pequeña celdita, con Dios sólo y

llevando mi cruz con mi amado Maestro, me creo en cierto

modo en el cielo; mi dicha crece en proporción de mi

sufrimiento. ¡Si supieras el sabor que se encuentra en el fondo

del cáliz preparado por el Padre celestial!»


«Desde que no me busco a mí misma -decía Santa Teresa

del Niño Jesús- llevo la vida más feliz que se puede imaginar.»

Y de hecho, el sufrimiento había llegado a ser su cielo

sobre la tierra; ella le sonreía como nosotros sonreímos a la

dicha. «Cuando sufro mucho -decía- cuando me acontecen

cosas penosas, en vez de entristecerme, respondo con una

sonrisa. Al principio no siempre lo conseguía, mas ahora he

llegado a no poder sufrir, porque todo sufrimiento me es

dulce.» «¿Cómo es que estáis tan contenta esta mañana? -

Porque he tenido dos pequeñas penas, y nada es capaz de 

proporcionarme pequeñas alegrías como las pequeñas

pruebas.» - «¿Habéis tenido hoy muchas pruebas? - Sí, pero

¡cómo las amo! Yo amo todo lo que Dios me da. Mi corazón

está lleno de la voluntad de Jesús.»


Oigamos ahora a Taulero en su famoso Diálogo del

Teólogo y del mendigo. «Un teólogo -éste era el mismo

Taulero- suplicó a Dios durante ocho años le hiciera conocer

un hombre que le mostrase el camino de la verdad. Cierto día

en que ardía en este deseo con mayores ansias que nunca,

oyó una voz del cielo que le dijo: Sal fuera y dirígete hacia la

iglesia, y encontrarás al hombre que te enseñará el camino de

la verdad. Sale, pues, y halla a un mendigo con los pies

lastimados, desnudos y cubiertos de lodo, llevando sobre sí

tan pobres vestidos que no valían tres óbolos. Saludóle

diciendo: Dios os conceda un buen día. Respondióle el

mendigo: no recuerdo haber tenido un día malo. - Dios os

haga dichoso, continuó el Maestro. - Nunca he sido

desgraciado, continuó el pobre-Dios os bendiga, repuso el

teólogo: mas explicaos, porque no entiendo lo que decís .-Con

mucho gusto lo haré, dijo el pobre. Me habéis deseado un

buen día, y os he respondido que no recuerdo haber tenido

jamás uno malo. En efecto, cuando el hambre me atormenta,

alabo a Dios; si sufro frío, si graniza, si nieva o llueve, lo

mismo en buen que en mal tiempo alabo a Dios; cuando

padezco necesidad, en los reveses y los desprecios, alabo

también a Dios; de donde resulta que no hay día malo para mi.

Me habéis deseado además una vida feliz y dichosa, yo os he

respondido que nunca he sido desgraciado, y esto es verdad,

porque he aprendido a vivir con Dios y estoy persuadido de

que todo cuando El hace no puede ser sino muy bueno. De

ahí que todo cuanto de Dios recibo, y permite me venga de

otra parte, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, lo

miro como una verdadera fortuna, y lo acepto de su mano con

alegría. Por lo demás, estoy del todo decidido a no

aficionarme sino a la voluntad de Dios y tan fundida tengo mi

voluntad en la suya, que todo cuanto El quiere, lo quiero yo

también. En consecuencia, jamás he sido desgraciado. - Mas,

decidme, ¿qué haríais si Dios os quisiere arrojar al fondo del

abismo? - ¿Arrojarme al fondo del abismo? Si Dios llegare a ese 

extremo, tengo dos brazos para abrazarme a El

fuertemente: con el izquierdo, que es la verdadera humildad,

tomaría su santísima Humanidad y a ella me abrazaría; con el

derecho que es el amor, me asiría a su Divinidad y la tendría

estrechamente apretada, de suerte que si El me quisiera

precipitar en el infierno, sería preciso que El viniese conmigo,

y por mx parte, más querría estar en el infierno con El que en

el cielo sin El. Con esto entendió el teólogo que la verdadera

resignación unida a una profunda humildad es el camino más

corto para ir a Dios. -¿De dónde procedéis? dijo aún el

teólogo. - Vengo de Dios. - ¿En dónde lo hallasteis? - Le hallé

donde dejé a todas las criaturas. - ¿En dónde tiene El su

morada? - En los corazones puros y en los hombres de buena

voluntad. - ¿Y quién sois vos? - Yo soy rey. - ¿En dónde está

vuestro reino? - Está en mi alma, porque he aprendido a

gobernar mis sentidos interiores y exteriores, de suerte que

todos los afectos y todas las potencias de mi alma estén

sujetos; y este reino vale, sin que nadie pueda dudarlo, más

que todos los de la tierra. - ¿De qué modo habéis llegado a

esta sublime perfección? - Con el silencio, profundas

meditaciones, y la unión con Dios. Yo no he podido hallar

reposo en nada que no sea El; y al presente he hallado a mi

Dios, y en El disfruto de un perfecto reposo y de una paz

inalterable.» «Tal fue la conversación de Taulero con el

mendigo, quien por la entera conformidad de su voluntad con

la de Dios, era más rico en su pobreza que los monarcas, y

más dichoso en sus sufrimientos que aquellos para cuya

felicidad aportan su concurso los elementos y la naturaleza

entera.»