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viernes, 11 de junio de 2021

EL SANTO ABANDONO (8. LOS ESFUERZOS EN EL ABANDONO)

 


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8. LOS ESFUERZOS EN EL ABANDONO

Fuera craso error práctico considerar el abandono como

una virtud puramente pasiva y creer que el alma no ha de

hacer otra cosa que echarse a dormir en los brazos divinos

que la llevan. Sería olvidar este principio de León XIII, «no

existe ni puede existir virtud puramente pasiva». Además de

que implicaría un falso concepto del divino beneplácito.


Como toma una madre a su pequeñito y después de

colocarlo donde quiere, éste se ve puesto allí sin haber hecho

de su parte más que dejarse manejar; así pudiera

seguramente haberse Dios con nosotros; podría levantarnos al

grado de virtud que le agradase, enmendar súbitamente un vicio obstinado y rebelde, preservarnos para siempre de

ciertas tentaciones, etc.; y a las veces lo hace; pues al fin esas

elevaciones súbitas y esas transformaciones repentinas no

son cosas que excedan su poder. Sin embargo, continuarán

siendo la excepción, por cuanto desordenarían sus sabios

planes si fueran demasiado frecuentes. Bien está que a un

niño haya que traerle en brazos, porque no puede andar;

empero Dios nos ha dotado del libre albedrío y no quiere

santificarnos sin nosotros. 


Por lo que de tal suerte templará su

acción que nuestros progresos sean justamente obra de su

gracia y de nuestra libre cooperación. Según esto, en los

sucesos que declaran el divino beneplácito, la intervención de

Dios se limitará de ordinario a tomarnos de su mano soberana

y a colocarnos en la situación que El mismo nos haya

deparado, sin consultar para nada nuestras pretensiones y

gustos y aun contrariándolos no pocas veces; nos pondrá en

la salud o en la enfermedad, en consuelos o en penas

interiores, en la paz o en el combate, en la calma o en la

agitación, etc. Veces habrá en que para dicha o desdicha

nuestra nosotros mismos nos hemos ido preparando estos

estados, y muchísimas otras ninguna parte tendremos en ello;

mas como quiera que fuere, lo cierto es que Dios es quien

dispone de nosotros y que por lo mismo, una vez puestos en

tales situaciones, habrá que cumplir con nuestro deber

contando con la gracia de Dios; deber, por cierto, bien

complejo.


Para hacer posible el abandono, ha debido el alma

establecerse con antelación en la santa indiferencia; le queda

persistir en ella mediante la práctica ardua de la mortificación

cristiana, que es trabajo de toda la vida.


Antes de los sucesos el alma se pone en manos de Dios

por una simple y general expectación, sin que excluya la

prudencia; por esta causa, ¡cuánto hay que hacer, por

ejemplo, en la dirección de una casa; en el desempeño de un

cargo para evitar sorpresas y desengaños; en el gobierno de

nuestra alma para prevenir las faltas, la tentación, las

arideces! Todas estas providencias pertenecen a la voluntad

de Dios significada y no se deben omitir so pretexto de

abandono, pues no podemos dejar a Dios el cuidado de hacer lo que nos ha ordenado cumplir por nosotros mismos.


Durante los sucesos es necesario ante todo someterse. En

el Santo Abandono llámase esta adhesión confiada y filial y

amorosa al beneplácito de Dios. Quizá haya que luchar un

tanto para elevarse a esta altura y mantenerse en ella; mas,

aun cuando la sumisión fuese tan pronta y fácil como plena y

afectuosa, y por sencillamente que nuestra voluntad se

someta a la de Dios, siempre hay en esto un acto o

disposición voluntaria. En el Santo Abandono la caridad es la

que está en ejercicio y la que pone en juego otras virtudes. Y

así dice Bossuet: «Es una mezcla y un compuesto de actos de

fe perfectísima, de esperanza entera y confiada, de amor

purísimo y fidelísimo». Si aun después de someterse a la

decisión final, se juzga oportuno pedir a Dios desde el

principio que aleje este cáliz, como hay derecho a hacerlo,

esto constituye de la misma manera un acto o una serie de

actos.


Después de los sucesos se pueden temer consecuencias

desagradables para los demás o para nosotros mismos en lo

temporal o en lo espiritual, como sucede en las calamidades

públicas, en la persecución, en la ruina de la fortuna, en las

calumnias, etc. Si está en nuestra mano apartar estas

eventualidades o atenuarías, haremos lo que de nosotros

dependa, sin aguardar una acción directa de la Providencia,

porque Dios habitualmente se reserva obrar por estas causas

segundas, y puede ser que precisamente cuente con nosotros

en esta circunstancia, lo que con frecuencia nos impondrá

deberes que cumplir.


Después de los sucesos, por ser manifestaciones del

beneplácito divino, hay que hacer brotar también de ellos los

frutos que Dios mismo espera para su gloria y para bien

nuestro: si acontecimientos felices, el agradecimiento, la

confianza, el amor; si desgraciados, la penitencia, la

paciencia, la abnegación, la humildad, etc.; cualquiera que sea

el resultado, un acrecentamiento en la vida de la gracia, y por

consiguiente un aumento de la gloria eterna.


La voluntad de Dios significada no pierde por esto sus

derechos, y salvo las excepciones y legítimas dispensas, es

necesario continuar guardándola; los deberes que ella nos impone forman la trama de nuestra vida espiritual, el fondo

sobre el que el santo abandono viene a aplicar la riqueza y

variedad de sus bordados. Además esta amorosa y filial

conformidad no impide la iniciativa para la práctica de las

virtudes: las Reglas y la Providencia le ofrecen de suyo cada

día mil ocasiones; y, ¿quién nos impide provocar otras

muchas, sobre todo en nuestro trato íntimo con Dios? A la

verdad que no somos sobradamente ricos para desdeñar este

medio de subir de virtud en virtud: el salario de nuestra tarea

ordinaria, por opulento que se le suponga, no debe hacernos

despreciar el magnífico acrecentamiento de beneficios que

puede merecernos dicha actitud.


Henos así bien lejos de una pura pasividad, en que Dios lo

haría todo y el alma se limitaría a recibir. En otra parte diremos

que esta pasividad se encuentra en diverso grado en las vías

místicas, en cuyo caso es preciso secundar la acción divina y

guardarse de ir en contra. Pero aun en estos caminos místicos

la mera pasividad es excepción muy rara. Por poco que se

haya entendido la economía del plan divino y por poca

experiencia que se tenga de las almas, se ha de convenir en

que el abandono no es una espera ociosa, ni un olvido de la

prudencia, ni una perezosa inercia. El alma conserva en él

plena actividad para cuanto se refiere a la voluntad de Dios

significada; y en cuanto a los acontecimientos que dependen

del divino beneplácito, prevé todo cuanto puede prever, hace

cuanto de ella depende. Mas, en los cuidados que ella toma,

confórmase con la voluntad de Dios, se adapta a los

movimientos de la gracia, obra bajo la dependencia y sumisión

a la Providencia. Siendo Dios dueño de conceder el éxito o de

rehusarlo, el alma acepta previa y amorosamente cuanto El

decida, y por lo mismo se mantiene gozosa y tranquila antes y

después del suceso. Fuera, pues, la indolente pasividad de los

quietistas, que desdeña los esfuerzos metódicos, aminora el

espíritu de iniciativa y debilita la santa energía del alma.


Los quietistas pretenden apoyarse en San Francisco de

Sales, pero falsamente. Preciso fuera para eso, entrecortar

acá y allá en los escritos del piadoso Doctor palabras y frases,

aislarlas del contexto y alterar su sentido.

No podemos citarlo íntegramente. Nos compara a la Santísima Virgen, dirigiéndose al templo unas veces en los

brazos de sus padres, otras andando por sus propios pies:

«Así -dice-, la divina bondad quiere conducirnos por nuestro

camino, pero quiere que también nosotros demos nuestros

pasos, es decir, que hagamos de nuestra parte lo que

podamos con su gracia». Como rompe a andar un niño

cuando su madre le pone en el suelo para que camine, y se

deja llevar cuando lo quiere traer en sus brazos, «no de otra

manera el alma que ama el divino beneplácito se deja llevar y,

sin embargo, camina haciendo con mucho cuidado cuanto se

refiere a la voluntad de Dios significada». Este hombre tan

lleno del santo abandono escribía a Santa Juana de Chantal,

que no lo estaba menos: «Nuestra Señora no ama sino los

lugares ahondados por la humildad, ennoblecidos por la

simplicidad, dilatados por la caridad; estáse muy a gusto al pie

del pesebre y de la cruz... Caminemos por estos hondos valles

de las humildes y pequeñas virtudes; allí veremos la caridad

que brilla entre los afectos, entre los lirios de la pureza y entre

las violetas de la mortificación. De mí sé decir que amo sobre

manera estas tres virtudes: la dulzura de corazón, la pobreza

del espíritu, la sencillez de la vida... No estamos en este

mundo sino para recibir y llevar al dulce Jesús, en la lengua,

anunciándolo al mundo; en los brazos, practicando buenas

obras; sobre las espaldas, soportando su yugo, sus

sequedades, sus esterilidades.» ¿Es éste el lenguaje de una

indolente pasividad? ¿No es más bien la plena actividad

espiritual?


«Yo -decía Santa Teresa del Niño Jesús- desearía un

ascensor que me elevase hasta Jesús; pues soy muy

pequeñita para trepar por la ruda escalera de la perfección. El

ascensor que ha de levantarme hasta el cielo son vuestros

brazos, ¡oh Jesús! »


Mas no se apresuren los quietistas a celebrar su triunfo.

Expresión es ésta de amor, de confianza y sobre todo de

humildad, pues la santa no se propone en manera alguna

permanecer en una indolente pasividad, hasta que el Señor

venga a tomarla y conducirla en sus brazos; antes bien,

trabaja con una grande actividad. «Por eso -añade- no tengo

yo necesidad de crecer, es necesario que permanezca y me haga cada vez más pequeña.» 


Y de hecho ella se labrará con la gracia una humildad que se desconoce en medio de los dones, una obediencia de niño, un abandono maravilloso en medio de las pruebas, la caridad de un ángel de paz y como remate de todo, un amor incomparable para Dios, pero un amor «que sabe sacar partido de todo», un amor que, creyendo por su humildad no poder hacer nada grande, no quiere «dejar escapar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, y quiere aprovecharse de las menores acciones y hacerlas por amor padecer por amor y hasta alegrarse por amor».


¿Habrá necesidad de añadir que todas las almas

verdaderamente santas, en vez de esperar que Dios las lleve

y cargue con ellas y con su tarea, se dan mil mañas para

aumentar su actividad espiritual y sacar de todos los

acontecimientos su propia ganancia? Ejemplo palpable y

evidente de esto lo tenemos en la vida de Sor Isabel de la

Trinidad.