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sábado, 13 de junio de 2015

LA DIVINA PROVIDENCIA




Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, Vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz. A nuestras miserias presentes repetís el consejo que el Maestro daba frecuentemente durante su vida mortal: "¡Confianza, confianza!".

"Yo os digo - declara el Salvador - no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¿Es qué no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
Mirad como las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo?
Y, del vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Pues Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¡no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe!
Así que no os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos?, ¿qué beberemos? o ¿qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.

En los muchos años que San Pablo, el Ermitaño, vivió en el desierto, un cuervo le traía, cada día medio pan. Sucedió que San Antonio fue a visitar al ilustre solitario. Conversaron largamente los dos santos, olvidados en sus piadosas meditaciones de la necesidad del alimento. Sin embargo pensaba en ellos la Providencia: el cuervo vino, como de costumbre, pero trayendo esta vez ¡un pan entero!

"Buscad primero el reino de Dios y su justicia; y todo lo demás  se os dará por añadidura." Así fue como el Salvador concluyó el discurso sobre la Providencia. Conclusión consoladora, que encierra una promesa condicional. De nosotros depende el ser beneficiados por ella. El Señor se ocupa tanto más de nuestros intereses cuanto más nosotros nos preocupamos con los suyos.

TOMADO DE PERISCOPIO

(El libro de la Confianza de Fray Thomas de Saint Laurent) 

Amor de Jesucristo hacia la Cruz



Amor de Jesucristo hacia la Cruz
Por el R. P. Grou

   No sin razón declara el Salvador en varios pasajes del Evangelio, que quien no lleva su cruz, no puede ser su discípulo. La cruz, por la que debemos entender no solo aquella en que Él murió, sino todas las penas interiores y exteriores de la vida, la cruz, repito, formó siempre las delicias de Su Corazón. Ella le fue presentada a su entrada en el mundo, y Él la aceptó no meramente con resignación, sino con un amor generoso, con alegría; la abrazó, y la tomó por su compañera inseparable. Preveía todas sus circunstancias, las veía sucederse una a otra, sabía qué contradicciones, qué enemigos debían acarrearle Su doctrina, sus ejemplos, sus acciones, y dónde debían llegar su odio y su malicia. 

Lo predijo muchas veces a sus discípulos, y no se desmintió jamás. Adelantóse siempre con paso firme hacia la cruz que tenía a la vista, y que esperaba por término de su carrera. Si en alguna ocasión huía o se ocultaba, no era ciertamente por temor, ni para sustraerse al temor de sus enemigos, sino porque su hora no había llegado, y no debía anticiparla. Desde que esta hubo llegado, Él mismo se adelantó a los que le buscaban, y se entregó en sus manos.

   Ved con qué fuerza reprende a San Pedro, que por un mal entendido amor a su maestro no podía sufrir que le anunciase su muerte violenta e ignominiosa; echándole de Sí, como hubiera echado al mismo demonio, y reprochándole que nada entendía ni gustaba de las cosas de Dios. Ved cuán ardiente deseo manifiesta de consumar su sacrificio. Bautizado he de ser con un bautismo, exclamaba; entonces hablaba de la efusión de Su Sangre y ¡cuánto padece mi corazón hasta que lo vea cumplido! En Su última cena, víspera de Su Pasión, descubre a sus apóstoles con qué ardientes ansias había deseado comer con ellos aquella Pascua antes de sufrir.

   Mas, ¿qué es lo que amaba en Su Cruz? ¿Eran los sufrimientos y las humillaciones en sí mismas? No. Nada tienen de amable ni de apetecible consideradas en sí. Nadie ha amado los oprobios por los oprobios mismos, y por todos títulos los honores y la gloria eran debidos a Jesucristo.
   Él amaba en Su Cruz el beneplácito de Su Padre, la satisfacción que le daba por el género humano, la prueba que le mostraba de Su obediencia. Amaba la victoria que por su muerte iba a conseguir sobre el diablo, y la afrenta con que iba a cubrir a este enemigo de Dios y de los hombres. Amaba nuestra salud y nuestra  felicidad unidas a Su Cruz, por la cual nos libertaba del infierno, nos abría el Cielo, y nos reponía los derechos que habíamos perdido. Para conocer pues hasta qué punto Jesucristo amó Su Cruz, preciso sería penetrar el exceso de amor que tuvo a Su Padre y a nosotros. Tan inmenso era este amor, que no vaciló en decir que fue el más violento de sus tormentos, y que superando todos los demás, sucumbió voluntariamente a este, habiendo exhalado gustosa y únicamente, por la fuerza de Su amor, el último suspiro.

   Si Jesucristo amó Su Cruz porque amaba a Su Padre, porque se interesaba en Su gloria, y porque  estaba sometido a Su voluntad, ¿no estamos obligados por la misma razón a amar la nuestra? ¿No es Dios nuestro Padre, y  no nos ha adoptado en Jesucristo? ¿No debemos interesarnos en Su gloria, y darnos tanta más prisa en repararla pues somos nosotros los que la hemos ultrajado?¿No le debemos una igual sumisión a Su voluntad, en el acto de aceptar las cruces que nos envía? Prescrito se halla nuestro deber en la conducta de Jesucristo, como hombre  Él es nuestro modelo, y nos dio el ejemplo para enseñarnos lo que debemos hacer.

   Si Jesucristo amó su Cruz porque nos amaba a nosotros, porque quería nuestra felicidad eterna, porque estaba decidido a procurárnosla a cualquier costa, ¿no tenemos los mismos motivos de amar nuestra cruz? ¿Podemos comprarla  demasiado cara, y no merece para adquirirla que suframos todas las penas de la vida presente? ¿No sabemos que nuestra cruz, unida a la del Salvador es el instrumento, la prenda, el precio de nuestra salud, y que es imposible llegar al cielo por otra senda que la de la cruz?

   Hablando San Pablo de sus propios padecimientos, decía: Yo completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Jesucristo. ¿Qué quiere decir con esto? ¿Faltó alguna cosa al precio que pagó el Salvador por nuestro rescate? Indudablemente no. Mas este precio, aunque suficiente y abundantísimo en sí mismo, no puede aplicársenos, si no satisfacemos también algo por nuestra parte. Dios ha regalado lo que debemos pagar, y esta satisfacción son las cruces que Su Providencia nos destina. Si rehusamos satisfacer, inútil nos será el rescate de Jesucristo.

   Hay una razón particular a las almas interiores para que amen la Cruz, y es que la amó su esposo Jesucristo. ¿Qué amarían ellas e su esposo, si no amasen su Cruz? ¿Y cómo podrían amar su cruz, si no aman la suya propia que hace parte de la de Aquel?


   ¿Cuál es esta Cruz que debemos llevar en seguimiento de Jesucristo? Es ante todo la práctica exacta de la moral evangélica. Son las penas inherentes al estado que se ha abrazado. La forman también todos los accidentes de la vida, todos los sucesos de la Providencia, todo lo que nos contraría, nos aflige, nos humilla. Apenas damos un paso sin encontrar semejantes cruces, las cuales nos serían útiles y dulces, si las amáramos por miras sobrenaturales. Lo son también las privaciones voluntarias, las penitencias y las austeridades que nos imponemos, o las que abrazamos por toda la vida, consagrándonos al estado religioso. Los son en fin las penas interiores inseparables de la vida espiritual, y las pruebas a que Dios se place poner ciertas almas escogidas para hacerlas más perfectamente semejantes a Su Divino Hijo.

jueves, 11 de junio de 2015

ACTO DE REPARACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.



ACTO DE REPARACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.
(Se reza en la fiesta del Sagrado Corazón)

¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón.

Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con la indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra Vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por Vos fundada.

¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que Vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.





CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
(Por Santa Margarita María Alacoque)

Yo, N.N., me entrego y consagro al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo; le doy mi persona, mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, para no querer servirme de ninguna parte de mi ser, sino para honrarle, amarle y glorificarle. Esta es mi voluntad irrevocable; ser todo de Él y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a cuanto pueda desagradarle.
Os tomo, pues, ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús! Por el único objeto de mi amor, como protector de mi vida, prenda segura de mi salvación, remedio de mi fragilidad e inconstancia, reparador de todas las faltas de mi vida y mi asilo seguro en la hora de mi muerte. Sed, pues, ¡oh  Corazón de bondad!, mi justificación para con Dios Padre y alejad de mí los rayos de su justa  cólera. ¡Oh Corazón de amor! Pongo toda mi confianza en Vos, pues, aunque lo tema todo de mi debilidad y malicia, todo lo espero de vuestra bondad. Consumid, pues, en mí, todo lo que Os desagrade o resista. Que vuestro puro amor se imprima tan profundamente en  mi corazón, que jamás  Os pueda olvidar, ni ser separado de Vos. Os suplico, por todas vuestras bondades, que mi nombre quede escrito en Vos, pues quiero hacer consistir toda mi gloria en vivir y morir como esclavo vuestro.

Amén.  

De la devoción al Sagrado Corazón de Jesús



De la devoción al Sagrado Corazón de Jesús
Por el R. P. Grou

   El Corazón de Jesús es su mismo interior. Nada hay en el hombre tan íntimo como el corazón. Por el corazón somos buenos o malos, agradamos o desagradamos a Dios. El Corazón de Jesús son sus virtudes, su amor hacia Su Padre y hacia nosotros, su dulzura, su humildad.

Ser sólidamente devoto de este Corazón adorable, es penetrar en Él con la ayuda de la meditación o de la oración, para conocer sus inclinaciones, los objetos que tuvo presentes, los principios que le  hacían obrar, las virtudes que practicó, es concebir con respecto a este Divino Corazón los sentimientos de amor y de reconocimiento que de nuestra parte merece, de dolor por todos los disgustos que le hemos ocasionado, y de lo que le hemos hecho sufrir, de aquel deseo sincero y eficaz de contentarle, y de nada descuidar para complacerle, expiando y reparando nuestras faltas pasadas.  Es por fin aplicarnos a imitarle, pensando, hablando, obrando como Él, por los mismos principios y para los mismos fines que Él, de manera que nos le parezcamos en lo interior y en lo exterior.

   Es imposible que si alguno la mira y la practica de la  manera que acabo de decir no se vuelva interior, porque la vida interior no tiene otro objeto de reflexión, de contemplación, de afecto y de imitación que Jesucristo. Dad vuestro corazón a Jesús, dejádselo a sus inspiraciones y a su gracia; Él os descubrirá todos sus secretos, Él os comunicará el amor de que está inflamado, y con el amor todas las virtudes que le acompañan. Dando a Él nuestro propio corazón, es como se gana el suyo. Jesús os ha dado Su Corazón, y con esto tiene un derecho sobre el vuestro. Negándoselo, perdéis el derecho que sobre el suyo tenéis, le cerráis para vosotros mismos, y ya no sois dignos de entrar en Él.

   Me diréis que vosotros estáis ya en la costumbre de dar vuestro Corazón a Jesús, y que no por esto estáis más en posesión del suyo; que no por esto sois más recogidos, más dispuestos a la oración, más interiores. No me es difícil creeros. Mas, ¿De qué modo dais vuestro Corazón a Jesús? De boca solamente, por una especie de hábito, recitando alguna fórmula que halláis en un libro. Es preciso que vuestro mismo corazón sea quien se dé con toda la rectitud, sinceridad y generosidad de que es capaz; que renuncie a poseerse y a gobernarse por sí propio, que se abandone a discreción de Jesús para que haga de él lo que tenga por conveniente y que se vea que esta entrega no es  fingida. Y ¿Qué efectos han de ser estos? No volvérselo a tomar, instigados por el amor propio, o abandonándoos a la sensibilidad, a vuestra propia satisfacción y a todas vuestras naturales inclinaciones; mostrarse atento y fiel a la gracia, que en todas ocasiones os inspirará el morir a vosotros mismos para que viva en nosotros Jesucristo. Aceptar con agrado todas las pequeñas mortificaciones, contrariedades y humillaciones que os vengan de parte de las criaturas; apartaros de lo que pueda disipar vuestro espíritu, extinguir en vosotros todo atractivo, hasta el de la presencia de Dios y de la oración.  He aquí sin duda a todo lo que os obliga la entrega de vuestro corazón. ¿Y es esto lo que practicáis?


   Sois devoto, decís, del Corazón de Jesús. Esto es, que el pensar en tan dulce Corazón produzca en vos buenos movimientos y santas afecciones, os haga derramar algunas lágrimas, os llene de gustos y de consuelos sensibles. Nada más propio en efecto que el Corazón de Jesús para mover semejantes sentimientos. Pero vos no aspiráis más que a esto. Aquí os limitáis, sin advertir que esto no es amar el Corazón de Jesús, sino amaros a vos mismo.  Id al verdadero objeto de esta devoción; reformar vuestro propio corazón sobre el de Jesús. Copiad las virtudes cuyo modelo os presenta; imitad su dulzura, su humildad, su paciencia, su caridad. Ruégale sin cesar que os ayude a adquirirlas. Esto es honrar verdaderamente el Corazón de Jesús, y tomar el camino de una devoción sólida e interior.   

martes, 9 de junio de 2015

SERMON DE LA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI R.P. HUGO RUIZ

SERMÓN DEL R.P, FERNANDO ALTAMIRA: FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Queridos hijos: 

 Hoy es la Fiesta de la Santísima Trinidad, la Verdad sobre quién es Dios, dogma principalísimo de nuestra Santa Religión Católica. Podemos decir que es el hecho y la realidad que nos separa y distingue de todas las religiones falsas. Quería darles alguna enseñanza sobre aspectos o puntos relacionados con la Santísima Trinidad.

 La Verdad, el Dogma Católico, nos enseña que en Dios hay tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero es un solo Dios; cada una de las personas posee la misma esencia o naturaleza divina, que es una sola, que es numéricamente una. Los términos esencia divina, naturaleza divina, sustancia divina, designan además, en Dios, el esse o ser divino común a las tres Personas de la Trinidad. Dios es “ipsum esse subsistens”, el mismo esse subsistente, ésta es la naturaleza o esencia de Dios. Los términos personas, hipóstasis, indican los poseedores de esa naturaleza divina común.

1.La Santísima Trinidad en el Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento hay aluciones sobre la Santísima Trinidad, sobre las cuales los Santos Padres y otros han enseñado. Muchos Santos Padres dicen que es una mención implícita, pero –si mal no recordamos- Santo Tomás hace una mayor insistencia en este punto. De cualquier manera, en el Antiguo Testamento, la mención de la Santísima Trinidad no está, en la letra, con la claridad que está en el Nuevo Testamento. ¿En dónde se ve la Santísima Trinidad en el Antiguo Testamento? Por ejemplo en el Génesis, cuando Dios habla de sí mismo usando el plural: (Génesis 1,26) “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Como imagen de la Trinidad, tenemos el hecho, con respecto a Abraham, de que se le aparecieron tres ángeles, a los cuales como a uno solo adoró: (Génesis 18,1ss) “1 Se le apareció Yahvé en el encinar de Mamré mientras estaba sentado a la entrada de la tienda, durante el calor del día. 2 Alzando los ojos miró, y he aquí que estaban parados delante de él tres varones. Tan pronto como los vio, corrió a su encuentro… y postrándose en tierra 3 dijo: “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego no pases de largo junto a tu siervo…”. Dice Mons. Straubinger en el comentario: (nota al vers. 2) “Que los tres eran una aparición de Dios, se desprende del vers. 1 y de los versículos 3 y 13ss. La aparición bajo la figura de tres personas es, además, una manifestación de la Santísima Trinidad. Así explican la narración los Santos Padres: «Abraham a tres vio y a uno solo adoró» (San Agustín). Partiendo de este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente, como tres jóvenes de igual figura y aspecto”. En las profecías mesiánicas en donde se habla de Dios y de su Hijo: (Ps 2,7) El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy: Dominus dixit ad me: Filius meus es tú, ego hodie genui te”. Sobre el Espíritu Santo cuando en los Salmos se habla del Espíritu de Dios: (Ps 142,10) “Doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu. Spiritus tuus bonus deducet me in terram rectam: Enséname a hacer tu voluntad, porque mi Dios eres Tú. Tu Espíritu bueno me conducirá hacia la tierra correcta”. (Ps 50,13) 13 “Ne projicias me a facie tua, et spiritum sanctum tuum ne auferas a me: No me arrojes (Dios) de tu rostro, y tu Espíritu Santo no quites de mí”. La invocación que se utiliza siempre para el Espíritu Santo, cuando rezamos en los Retiros, después del himno cuando cantamos el Veni Creator, etc, es del Salmo 103: (Ps 103,30) “Emittes spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terræ: Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra”.

2. La Santísima Trinidad en el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento tenemos nombrada a la Santísima Trinidad en forma expresa. Ya en la Anunciación tenemos a las tres personas: (Lucas 1,35) “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo (Dios Padre) te cubrirá…, por esto el Hijo engendrado será santo, y será llamado Hijo de Dios”. En San Mateo: (Mt 28,19) “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Siempre se ha enseñado aquí que la unidad de naturaleza (un solo Dios) está en el término en singular “in nómine”, “en el nombre” y no “en los nombres”. Y luego tenemos la mención explícita a las tres personas distintas, separadas cada una con la conjunción “y” (“et” en latín): “del Padre, Y del Hijo, Y del Espíritu Santo”. El famoso “Comma Ioaneum” (del latín “comma-atis” (neutro): frase, miembro): (I Jn 5,7) “Tres son los que dan testimonio en el Cielo: El Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres uno son”. En San Juan sobre el Padre y el Hijo: (Jn 10,30) “Ego et Pater unum sumus: Yo y el Padre somos uno”. Y habría por supuesto más ejemplos para dar, pero dejamos allí.

3. Magisterio. Algunas “herejías anti-trinitarias”
En cuanto al Magisterio o los documentos eclesiásticos, tenemos: El Símbolo de los Apóstoles, el Credo: “Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del Cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor. Que fue concebido por obra del Espíritu Santo”. Es la más antigua fórmula de la Fe Trinitaria. El Símbolo Niceno (Concilio de Nicea, año 325): Nació de la lucha contra el Arrianismo (el cual negaba que Cristo sea Dios). En este símbolo se recalca la divinidad de Nuestro Señor, “Cristo es Dios”, y de la misma naturaleza con el Padre (homoousía). Casi en forma literal, lo tenemos en el Credo que se utiliza para la Misa (el Credo de la Misa tiene alguna pequeña variante): En nuestro Credo de la Misa: “Et in unum Dóminum Iesum Christum, Filium Dei unigéntitum. Et ex Padre natum, ante omnia saecula. Deum de Deo, lumen de lúmine, Deum verum de Deo vero. Génitum, non factum, CONSUBSTANTIALEM Patri: Per quem omnia facta sunt: Y (creo) en un solo Señor, Jesucristo, Hijo unigénito de Dios. Nacido del Padre, antes de todos los siglos. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho, CONSUSTANCIAL al Padre: Por quien todas las cosas han sido hechas”. 1 Dios Nuestro Señor Jesucristo “consustancial al Padre”, “consubstantialem Patri”. La palabra “consustancial” en español y en latín es más precisa que la fórmula o palabra griega, pues implica no sólo que tienen la misma naturaleza o sustancia (homoousios), sino que se trata de una sola naturaleza, numéricamente una, pues es un solo Dios. 

 Por ejemplo, Pedro y Juan tienen una misma naturaleza o sustancia, naturaleza humana, ambos son “hombre”. Pero no estamos frente a un solo hombre sino frente a dos hombres. Aunque también vale para el Espíritu Santo, damos el ejemplo con el Padre y el Hijo: En la Santísima Trinidad, el Padre y el Hijo tienen una misma naturaleza o sustancia, naturaleza divina, ambos son Dios. Pero sí estamos frente a un solo Dios, y no frente a dos dioses. Por eso, para ser más precisos, en español y en latín usamos la palabra “consustancial” (“consubstantialem”), y no simplemente la expresión de “la misma sustancia o naturaleza”. En griego, es el famoso “homoousios”, que significa de la misma sustancia (o naturaleza), que en alguno se puede prestar para alguna confusión. Como decíamos: Dos hombres son de la misma sustancia o naturaleza, pero no son uno sino dos hombres. En la Santísima Trinidad el Padre y el Hijo son de la misma sustancia o naturaleza, pero sí son uno y no dos dioses, por eso se dice “consustanciales”.

Las herejías anti-trinitarias, herejías contra la Santísima Trinidad, abarcan cualquier hereje que niegue alguna de las tres personas. La semana pasada les hablé sobre la mentira que enseñaba el obispo hereje Arrio, muerto en el año 336. Él decía: “Cristo no es Dios”; Cristo, el Logos, no existe desde toda la eternidad, es una criatura sacada de la nada como todas las demás, y desigual al Padre (anomoios; de allí: herejes anomeos); Cristo no es Dios en sentido propio, sino cuanto mucho en sentido impropio porque Dios le adoptó como hijo. Esta herejía fue condenada por el Concilio de Nicea. Luego vinieron los semiarrianos. Rechazaron la expresión “homoousios” (de la misma naturaleza) de Nicea, cambiándola por la expresión “homoiousios” que significa de semejante naturaleza, con lo cual también negaban que Cristo sea Dios, porque lo llamaban tan sólo de semejante naturaleza que el Padre, pero no de la misma naturaleza, no de igual naturaleza que el Padre. Creemos que algo parecido a lo dicho por Arrio usarán para crear la Religión del Mundial para el Gobierno Mundial. Porque nadie o casi nadie, les aceptará el hecho y la verdad de que Cristo es Dios. Creemos, que usarán argumentos similares a los de Arrio. 

Como ejemplos en este sentido, podemos mencionar dos cosas que ya hemos dicho: Benedicto (firmada por Francisco) escribe una encíclica sobre la Fe, 80 páginas en la edición del Vaticano, y ni en una sola de ellas (¡80 páginas!), dicen lisa y llanamente que Cristo es Dios. El segundo ejemplo, esa famosa ya insinuación de Francisco: “Jesús es mi maestro, mi pastor, PERO Dios, el Padre, es el creador, etc”. Y Francisco, la semana pasada, ha hecho otra nueva manifestación que, además de blasfema, va contra la divinidad de Jesucristo. Ha dicho que Jesús hacía “examen de conciencia”, es decir, que Nuestro Señor se examinaba para ver si había cometido algún pecado, “es decir”: ¡Dios Nuestro Señor Jesucristo se examinaba para ver si pecó!, ¡Dios examinarse si pecó! Entonces: Cristo no era Dios (porque Dios no puede pecar). Escuchemos literalmente sus palabras, la noticia es de L´Osservatore Romano (19 de mayo 2015): “la imagen «de Pablo que llora de rodillas en la playa» y la imagen de «Jesús triste porque se dirigía a la Pasión… El Papa evidenció, en efecto, que «Pablo y Jesús, los dos, en estos pasajes realizan una especie de examen de conciencia: “Yo he hecho esto, esto, esto”». De la misma manera es bueno preguntarse a sí mismo, como una especie de examen de conciencia: «¿yo qué he hecho?».2

En el Símbolo Constantinopolitano (Concilio de Constantinopla, año 381, segundo concilio general) se recalca la divinidad del Espíritu Santo: El Espíritu Santo es Dios: “Y (creo) en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, que procede del Padre (luego se agregará aquí, la palabra “Filioque: y del Hijo” –ya les explico), que juntamente con el Padre y con el Hijo es adorado y glorificado”. Y en el Credo de la Misa lo tenemos lo tenemos en forma casi idéntica, con el importantísimo agregado del Filioque: “Et in Spíritum Sanctum, Dóminum et vivificantem: qui ex Patre Filoque procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur, et conglorificatur: Y (creo) en el Espíritu Santo, Señor y vivificador: El cual del Padre y del Hijo procede. Quien con el Padre y con el Hijo juntamente es adorado y conglorificado”. El Dogma Católico, la Verdad, nos enseña que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, como de un solo principio, por vía de espiración (de una única espiración). El Segundo Concilio Universal de Lyon (año 1274): “Spiritus Sanctus aeternaliter ex Patre et Filio, non tanquam ex duobus principiis, sed tanquam ex uno principio, non duabus spirationibus, sed única spiratione procedit: El Espíritu Santo eternamente procede del Padre y del Hijo, no como de dos principios, sino como de un solo principio, con por dos espiraciones, sino por una única espiración” (D 460). La primera vez que el aditamento “et Filio” o “Filioque” aparece introducido en el Símbolo Niceno-constantinopolitano es en el Concilio III de Toledo, año 589.

Unos 300 años más tarde, la Iglesia ortodoxa griega en el Siglo IX, comenzó a enseñar que el Espíritu Santo procede únicamente del Padre. Un Sínodo de Constantinopla, presidido por Focio, en el año 879, rechazó el aditamento “Filioque” de los latinos. Desde entonces la Iglesia Ortodoxa se convirtió en una herejía, en una religión falsa. Ellos no adoran realmente a la Santísima Trinidad porque tienen “una trinidad” distinta, que no es la verdadera (por la falsa procedencia del Espíritu Santo) De allí lo grave también de Francisco, al afirmar o por lo menos insinuar que tenemos el mismo Dios todas las religiones, incluyendo por supuestos todos los que él llama “cristianos” (católicos, ortodoxos y protestantes). Para quedarme esta vez con los ortodoxos: Los ortodoxos no tienen el mismo Dios que nosotros, pues ellos no adoran realmente a la Santísima Trinidad. En ese pensar cómo van a hacer la Religión Mundial, “quitando los obstáculos católicos”, hubo antiguamente otra herejía anti-trinitaria llamada el Modalismo (o Monarquismo Modalista) que tal vez sea usada también. El Modalismo sostiene que en Dios hay una sola persona que es el Padre, y de Cristo se puede decir que es Dios porque en realidad se trata del Padre: 

El Padre es el que se hizo hombre en Jesucristo y sufrió por nosotros. Entre los herejes modalistas tenemos a Sabelio (del Siglo III, éste fue anterior a Arrio) quien aplicó también este error al Espíritu Santo, enseñando que en Dios hay una sola persona (o hipóstasis) y tres “prósopa” (del griego “prósopon” máscara de teatro, papel en una obra de teatro), conforme a los tres modos (en latín “modi”) con que ha manifestado la divinidad: En la creación como Padre, en la Redención como Hijo, en la santificación de las almas como Espíritu Santo: Pero se trata siempre de una sola persona, podemos decir: Es siempre el Padre, con distintos “modos” de manifestación. San Agustín, comentando Juan 10,30, “Ego et Pater unum sumus: Yo y el Padre somos uno”, dice muy concisa y hermosamente: “Quod dixit unum, líberat te ab Ario (puesto que dijo uno, te libra de Arrio), quod dixit sumus, liberat te a Sabelio (puesto que dijo somos, te libra de Sabelio)”. 

Más cosas podríamos enseñar pero dejamos allí, y con la gracia de Dios otro año profundizaremos más. Por eso queremos terminar con una profesión de Catolicismo, una manifestación pública de Fe Católica, en este caso sobre la Santísima Trinidad. Queremos expresar el famoso “Símbolo Quicumque”, que se atribuye al gran San Atanasio: Daremos un fragmento del mismo, a modo de oración final: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est, ut teneat catholicam fidem: Cualquiera que quiera salvarse, ante todo es necesario, que tenga la Fe Católica. Quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit: La cual, si alguien no conservare íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente. Ahora bien, la Fe Católica es ésta: Que veneremos a un solo Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad. Y no confundiendo las personas, ni separando la substancia. Pues una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo: Pero del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. Como no tres increados, ni tres inmensos, sino un solo increado, y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y sin embargo no tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así, Dios el Padre, Dios el Hijo, Dios el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres dioses, sino un solo Dios. (…) Haec est fides catholica, quam nisi quisque fideliter firmiterque crediderit, salvus esse non poterit: Ésta es la Fe la Fe Católica, la que si alguno no creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse”. 

AVE MARÍA PURÍSIMA.