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lunes, 13 de octubre de 2014

La Revolución Francesa y las fuentes de su ideología: Cosmovisión iluminista



La Revolución francesa y las fuentes de su ‘ideario’.
Fernando Roque (El poder de las tinieblas)

En relación con lo que venimos diciendo, y antes de fijar la mirada sobre nuestro país, hemos querido traer primero a la memoria aquel acontecimiento decisivo de la historia moderna que es la Revolución Francesa, por un doble motivo. Por un lado, no caben dudas sobre la influencia que los sedicentes „ideales‟ de la misma han ejercido sobre las generaciones argentinas, desde nuestros inicios mismos y hasta el presente. Y por otro, porque dicha revolución encarna, en el campo político-social, por primera vez en la historia, de un modo paradigmático y con rasgos de universalismo, aquel antiguo espíritu de rebeldía contra el orden cristiano, así como la voluntad de construir en su lugar un „novus ordo mundi‟, es decir un pseudo-orden o contra-orden.

En efecto, aquella Revolución no hizo sino llevar al orden político y social, las ideas y el espíritu antirreligioso que inspiraron a cuatro generaciones de „intelectuales‟ -los llamados free-thinkers (librepensadores)- y hombres de letras, en aquel siglo europeo pomposamente conocido como “Siglo de las Luces”, o “Ilustración o “Iluminismo”.

Resulta casi innecesario reseñar los postulados filosóficos que caracterizan a aquel movimiento „iluminista‟, iniciado aproximadamente con la revolución inglesa de 1688, y que remata cumplidamente con la francesa de 1789-1799. No obstante, a despecho de que tales principios figuran en cualquier manual de historia del nivel medio, no está de más recordarlos brevemente aquí, no sólo porque inspiraron, como dijimos, a los revolucionarios que abolieron el orden representado políticamente por el „ancien régime‟, sino también en atención a la deletérea influencia que tuvo su difusión y penetración en otros países europeos, particularmente en España, y desde ésta entre los nacientes pueblos de Hispanoamérica, especialmente en nuestro país. De ahí la deuda de filiación ideológica que percibimos –en aspectos fundamentales y decisivos- entre el pensamiento y la idiosincrasia de los argentinos y muchos de los postulados que conforman la ideología o cosmovisión iluminista.

Pero antes, en esta perspectiva de conocimiento de las grandes realidades históricas, que intenta „ver‟ en los efectos sus causas profundas, creemos conveniente poner de manifiesto primero -claro que como una simple mención, acorde a la brevedad de estas páginas-, las fuentes, cercanas o lejanas, latentes a veces, otras veces patentes, de estas doctrinas que estamos considerando. Y lo que podemos postular es que el movimiento de la „Ilustración‟ se inscribe dentro de un decurso histórico secular -que bien podríamos caracterizar como los „tiempos de la desemejanza‟-, y que reconociendo sus raíces remotas en el pensamiento de los llamados „nominales‟, en el s. XIV, entre los cuales destacan Juan de Janduno, Marsilio de Padua y particularmente Guillermo de Ockam –el cual anticipa con su nominalismo, su relativismo y sus concepciones en torno a la ciencia y sobre el orden político, algunas de las ideas instaladas en Occidente desde el siglo que estamos considerando-, tiene empero sus raíces inmediatas, parte en el racionalismo cartesiano, parte en el pensamiento de los empiristas ingleses, especialmente en el sensismo de Locke; y más mediatamente, en el „humanismo „renacentista, cuyo naturalismo reafirma y profundiza hasta convertirlo en dogma. Pero lo que constituye tal vez la raíz más profunda del pensamiento y el espíritu del „Iluminismo‟, se encuentra en el orden religioso. En efecto, con Donoso Cortés creemos ver en la rebeldía de Lutero, con su negativa a reconocer la autoridad de la Tradición y del Magisterio por encima de la fe personal, apoyada precisamente en la razón, el punto de arranque más decisivo del espíritu de revuelta contra el orden cristiano, que constituye la esencia de todas las revoluciones modernas.




Insinuábamos pues, al comienzo de este título, que todo el ímpetu demoledor, destructor, abolicionista del antiguo orden, que caracteriza a la Revolución francesa, encuentra su fundamento doctrinario en las ideas y en el espíritu de la Ilustración. En efecto, este movimiento intelectual aparece con las pretensiones de un nuevo inicio, de una nueva era de la Humanidad, la era en que “el hombre, al conquistar la soberbia conciencia de su propia superioridad y del propio contenido interior” (Windelband), se siente en libertad absoluta de pensar y obrar, emancipado de toda tradición y de toda autoridad. 

El valor supremo es ahora el Hombre, la Humanidad. Y es también, por lógica, la era del progreso indefinido, sin límites, gracias al poder ilimitado de la razón, que alcanza a todo sin excepción. Junto a este principio, y en íntima concomitancia con él, encontramos el postulado roussoniano por excelencia: el radical naturalismo, extendido como noción genérica a los más diversos órdenes. Dado que el hombre es un ser meramente natural, su moral ha de ser también natural, lo que excluye por completo toda noción de pecado original, y la acorde necesidad de reparación y satisfacción por él; natural ha de ser también su religión, sin dogmas ni trascendencia ni sobrenaturalismos de ninguna clase. 

Se preconiza en cambio un deísmo difuso, que pronto desemboca en abierto ateísmo. Otro de los postulados que se profesan, y como consecuencia lógica de los precedentes, es el absoluto laicismo en el campo de la política y en el social, esto es la completa autonomía de los mismos con relación a cualquier principio de orden ético o axiológico con fundamento en un orden superior, inviolable y trascendente al mundo y al hombre. En fin, el dogma de la felicidad, entendida como un derecho básico inherente a todo hombre como tal, aquí y ahora en este mundo, y no ya como premio a la virtud ni como absoluta gratuidad divina en cuanto al valor de su esencia: la visión de Dios en la eternidad. 

Huelga subrayar las consecuencias prácticas de este principio, toda vez que los individuos, impulsados a poseer esta felicidad que supuestamente se les debe como un elemental derecho, no sólo que no habrán de sentirse moralmente obligados a ninguna renuncia de sus apetencias y deseos naturales, sino que, antes bien se verán engañosamente corroborados en los naturales reclamos de su egoísmo sin barreras.

Y todos estos principios, pretendidamente connaturales en el hombre, esto es, libres de toda „carga‟ confesional, culminan, como era de esperar, en un nuevo dogmatismo -esta vez laico- que reemplaza a los odiados dogmas del catolicismo: a la fe en la Verdad revelada, principio de luz para la propia razón natural, sucede la fe en una razón autónoma; al dogma del pecado original y la satisfacción obrada por Cristo, sucede la fe roussoniana en el hombre bueno por naturaleza; a la fe en la bienaventuranza eterna en el Cielo, la felicidad plena del hombre en este mundo. Por fin, la Ciudad de Dios deja paso a la ciudad del hombre, y la adoración del único Dios verdadero, cede ante el nuevo culto del hombre.
Pero esta breve reseña de los principales principios de la Ilustración quedaría trunca, si no pusiéramos de relieve como conviene, el espíritu de intolerancia y odio ferino hacia todos y cada uno de los principios, valores y realizaciones concretas del orden cristiano; todo lo cual podríamos sintetizarlo como un sentimiento de acedia (odio nacido de la soberbia y la envidia al Santo Nombre y a todo lo que de Él procede). 

Así pues, Iglesia, Misa, misterios, sacramentos, gracia sobrenatural, sacerdocio, virginidad consagrada, piedad cristiana, y todo lo que tiene que ver de algún modo con la fe católica, cae dentro de ese sentimiento de repulsa y es objeto de sátiras, de escarnio a través de múltiples publicaciones y grotescas parodias. Es conocida la expresión con que Voltaire se refería a la Iglesia: la „Infame‟. ¡Y todo esto llevado a cabo por sedicentes campeones de la tolerancia, del sentido humanitario, de la transigencia y el respeto incondicional para con todas las ideas y modos de pensar! Un ejemplo entre tantos, que confirma lo que decimos, nos lo ofrece el siguiente anatema pronunciado por Rousseau contra el que no acepte dogmáticamente su religión natural: 

“Que si quelqu‟un, aprés avoir reconnu publiqument ces dogmes, se conduit comme ne les croyant pas, qu‟il soit puni de mort: il a commis le plus grand des crimes, il a menti devant les lois” (“Si alguno, después de haber reconocido abiertamente estos dogmas, procede como si no creyese en ellos, que sea castigado con la pena de muerte, pues habría cometido el mayor de los crímenes: mentir ante las leyes”) (Contrat social, IV 8). Y el mismo John Locke, mientras en su „Carta sobre la tolerancia”‟proclama, como un deber implícito e irrenunciable de la propia „razón‟, la transigencia con todas las ideas y la tolerancia para con todas las religiones, con patética incoherencia no trepida en excluir expresamente a la Iglesia Católica del círculo de su pluralismo.

No está de más recordar que este „paquete‟ de ideas, principios, convicciones, axiomas y sentimientos, „cargados‟ supuestamente con todo lo más „claro‟, ‟sano‟ y „humanitario‟ que hay en el hombre, no bien desciende del plano teórico al de la praxis política y social, se convierte de pronto en causa de incontenibles desgarramientos sociales, en fermento de divisiones y discordias a todo nivel; más aún, en inusitada violencia revolucionaria, con sus connaturales frutos sanguinarios; y no sólo en la Revolución de 1789, sino en la larga serie de motines y revueltas que se sucedieron a lo largo del s. XIX. Y harto más en las horrendas del s. XX. Téngase en cuenta, pues, que la revolución marxista-leninista de 1917, en Rusia, tanto como la revolución bolchevique-anarquista de 1936 en España, por mencionar las más resonantes del siglo, responden en lo profundo a aquellos mismos estímulos y postulados filosóficos, a idéntico espíritu de acedia, en fin a las mismas motivaciones antirreligiosas que sus precedentes del s. XVIII y XIX, a despecho de las aparentes diferencias ideológicas.

Y en realidad, no deja de resultar paradójico a cualquier espectador ingenuo, el hecho de cómo ese „credo‟ humanitario, cuya premisa fundamental era la confianza absoluta en la capacidad del hombre, de su razón, para construir al fin el orden político y social que lo llevara en las alas del progreso ilimitado, pudo en pocos años transformarse en el más craso autoritarismo, en intolerancia y sectarismo violento. Y justamente, es preciso descubrir pues,
detrás de las turbulencias, vicisitudes y contradicciones de esa década terrible (1789-1799), como hilo conductor que da sentido y unidad a lo en apariencia contradictorio e inconciliable, la proclama lanzada por Rousseau unas décadas antes: “¡Volvamos a la razón!”, y junto a ella, potenciando su efecto revolucionario, aquella otra: “¡Volvamos a la naturaleza!”.

En efecto, como dice con agudeza Hans Freyer: “Durante toda su historia, incluso allí donde estaba todavía sana, la razón se ha dedicado a su propia destrucción… y donde se empeña en construir racionalmente las grandes realidades tácitas de la historia: el estado, el orden social, la religión y en dar normas –y esto lo hace siempre en el fondo-, socava cuando pretende edificar, desvalora cuando parece que da normas; ….donde exige, generalmente se pasa exigiendo, donde florece, se marchita, donde edifica, edifica torres de Babel”. Y reforzando esta idea, continúa: “Pero los dogmas de la razón no son fuerzas religantes y mantenedoras como los dogmas de la religión, sino comparaciones agudas y conclusiones explosivas, cuales „el hombre es bueno‟, la naturaleza es lo justo‟, la razón es Dios‟, „el pueblo es el soberano‟, „la patria es la revolución‟”. Sólo que, como dice Justo Möser, en cita de Freyer: “con el tiempo estas abstracciones no serían ya teorías, sino que socavarían el orden social y darían forma al derecho y al estado, lo que significa también que habían comenzado a hacer la revolución”.




Redondeando estos conceptos, podemos decir que a partir del silogismo sofístico „la naturaleza es buena‟, „el hombre es en esencia naturaleza‟, luego „el hombre es bueno‟, lo que éste haga, según lo exija la circunstancia, estará bien. De aquí que -como concluye Freyer- “la proposición „el hombre es bueno‟ legitima entonces el terror”.

Y el terror llegó a la convulsionada Francia de fines del XVIII. Y llegó de la mano de un roussoniano, y a la vez jacobino, Robespierre. En efecto, apoyado por el ala más extremista, los anarquistas conocidos como los „sans-culotte‟, pero sobre todo por el partido de los jacobinos, de los cuales era su cabeza, mientras establecía un régimen demagógico de reformas sociales con el fin aparente de beneficiar a los más desposeídos, por otro lado abolía de hecho las normas republicanas establecidas poco ha en la Constitución de 1791, concentraba todo el poder en sus manos y se lanzaba a la persecución y eliminación de los „disidentes‟. De aquí que ese período de la Revolución quedó para la posteridad como el „Gobierno del Terror‟. Basta saber que durante ese brevísimo período fueron guillotinados no menos de diecisiete mil ciudadanos, que de un modo u otro discrepaban o no „sintonizaban‟ con su „modelo‟, para dar por exacta tal expresión. Y si se tiene en cuenta que este delirio de furor homicida se llevaba a cabo en nombre de los „derechos del hombre y del ciudadano,‟ y al amparo de un régimen republicano instaurado a partir la
Constitución aprobada en 1791, es posible formarse alguna idea de la carga explosiva y de la falacia sin igual, que encerraban aquellas „inocentes‟ consignas proclamadas por los enciclopedistas y por Rousseau.

Y para cerrar ya este Título, aun cuando pueda parecer redundante, nos permitimos citar nuevamente algunas líneas de Hans Freyer, quien en su obra “Historia universal de Europa” con mucho acierto dice: “A mediados del siglo XVIII puede considerarse decidido que la razón había agotado su fuerza floreciente y estaba no sólo como secada en la sobriedad (si bien también era así), sino que iba a echar la flor inauténtica del terror. Dicho con más precisión: se decide en 1762, año en el que aparece el „‟Contrato social‟, de Juan Jacobo Rousseau. Quien ha leído este libro conoce por adelantado a todos los demagogos que desde entonces han movido y moverán todavía la revolución de las masas que aquél, el primero y más genial, desencadenó… Todo el racionalismo anterior vio la razón como norma, como principio de formación, como objetivo y deber ante sí, y podía por eso dar el grito de: ”¡Adelante hacia la razón!”. Rousseau da la vuelta a este ethos como a un guante, grita: ”¡Volvamos a la razón!”, y para que la fuerza explosiva se haga mayor, mezcla una nueva identificación que desde hace mucho está preparada: “¡Volvamos a la naturaleza!”. Nunca en tres palabras se han reunido tan genialmente tantos sofismas.” (Op.cit., cap.VII, sección “La razón como mundo floreciente, como sobriedad y como terror”).

Por aquí comenzamos a ver la cola del Diablo. Claramente se advierte el sello de éste en aquellos sofismas que Freyer menciona: en esas dos consignas mencionadas están encerradas, como embriones en perverso vientre, todas esas frases resonantes, demagógicas, plenas del ethos supuestamente revolucionario, tales como „la voluntad general‟, „la sagrada voz del pueblo‟, „el progreso ilimitado‟, etc., sin olvidar las clásicas „libertad‟, „igualdad‟ y „fraternidad‟; o bien esas otras destinas a halagar cualquier oído, como „todo hombre es bueno por naturaleza‟, „la virtud por excelencia es el humanitarismo‟, „la verdad está en la razón‟ o „la razón es la verdad‟, etc.

Para sintetizar, podríamos caracterizar a ese conjunto de palabras, frases y consignas revolucionarias con pretensiones de ideario portador de luz, verdad y libertad para el hombre, como un gran e inmenso sofisma, portador en vez de tinieblas, mentira y esclavitud, y que desde ya –como decíamos- lleva el sello inconfundible de su verdadero autor intelectual, el homicida por excelencia.

EL MISTERIO DEL MAS ALLÁ (CONTINUACIÓN): Antonio Royo Marín


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III

EL JUICIO DE DIOS

Hablábamos ayer del problema formidable de la muerte, y decíamos que, si considerada con ojos paganos, es la cosa más terrible entre todas las cosas terribles, a la luz de la fe católica, contemplada con ojos cristianos, es simpática y deseable, diga el mundo lo que quiera. Porque para el cristiano, señores, la muerte es comenzar a vivir, es el tránsito a la inmortalidad, la entrada en la vida verdadera.

La muerte es un fenómeno mucho más aparente que real. Afecta al cuerpo únicamente, pero no al alma. El alma es inmortal, y el mismo cuerpo muere provisionalmente, porque un gran dogma de la fe católica nos dice que sobrevendrá en su día la resurrección de la carne. De manera que, en fin de cuentas, la muerte en sí misma no tiene importancia ninguna: es un simple tránsito a la inmortalidad.

Pero ahora nos sale al paso otro problema formidable. Y ése sí que es serio, señores, ése sí que es terrible: el problema del juicio de Dios.

Está revelado por Dios. Consta en las fuentes mismas de la revelación. El apóstol San Pablo dice que “está establecido por Dios que los hombres mueran una sola vez, y después de la muerte, el juicio”. (Hebr 9, 27). Lo ha revelado Dios por medio del apóstol San Pablo, y se cumplirá inexorablemente.

Hace unos años murió en Madrid un religioso ejemplar. Murió como había vivido: santamente. Pero pocas horas antes de morir, le preguntaron: “Padre: ¿está preocupado ante la muerte, tiene miedo a la muerte?” Y el Padre contestó: “La muerte no me preocupa nada, ni poco ni mucho. Lo que me preocupa muchísimo es la aduana. Después de morir tendré que pasar por la aduana de Dios y me registrarán el equipaje. Eso sí que me preocupa”.

Habrá dos juicios, señores. El juicio particular, al que alude San Pablo en las palabras que acabo de citar, y el juicio universal, que, con todo lujo de detalles, describió personalmente en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo, que actuará en él de Juez Supremo de vivos y muertos.

Habrá dos juicios: el juicio particular y el juicio final o universal.

Santo Tomás de Aquino, el Príncipe de la Teología católica, explica admirablemente el porqué de estos juicios. No pueden ser más razonables. Porque el individuo es una persona humana particular, pero, además, un miembro de la sociedad. En cuanto individuo, en cuanto persona particular, le corresponde un juicio personal que le afecte única y exclusivamente a él: y éste es el juicio particular. Pero en cuanto miembro de la sociedad, a la que posiblemente ha escandalizado con sus pecados, o sobre la que ha influido provechosamente con su acción bienhechora, tiene que sufrir también un juicio universal, público, solemne, para recibir, ante la faz del mundo, el premio o castigo merecidos. Este segundo juicio, el universal, será mucho más solemne, mucho más aparatoso; pero, desde luego, tiene muchísima menos importancia que el puramente privado y particular. Porque en el juicio particular, señores, es donde se van a decidir nuestros destinos eternos. El juicio universal no hará más que confirmar, ratificar definitivamente la sentencia que se nos haya dado a cada uno en nuestro propio juicio particular. Por consiguiente, como individuos, como personas humanas, nos interesa mucho más el juicio particular que el juicio universal. Y de él vengo a hablaros esta tarde. Os voy a hacer un resumen de la teología del juicio particular, procediendo ordenadamente a base de una serie de preguntas y respuestas.


1.ª ¿Cuándo se celebrará el juicio particular? Inmediatamente después de la muerte real. Después de la muerte real, digo, no de la muerte aparente. Porque, señores, estamos en un error si creemos que en el momento de expirar el enfermo, cuando exhala su último suspiro, ha muerto realmente. No es así.

Contemplad los últimos instantes de un moribundo. Su respiración fatigosa, anhelante; su mirada de asombro a los que le rodean, porque él se está ahogando, no puede respirar y ve que los demás respiran tranquilamente. Parece que está diciendo: ¿Pero no notáis que falta el aire? ¿No notáis que nos estamos ahogando? Es él, pobrecillo, el único que se ahoga. Y llega un momento en que es tanta la falta de oxígeno que experimentan sus pobres células, que hace una respiración profunda, profundísima, hacia dentro, y, de pronto, la expiración: lanza hacia fuera aquel aire y queda inmóvil, completamente paralizado. Y los que están rodeando su lecho exclaman: Ha muerto, acaba de expirar.

Pero, en realidad, no es así. Han desaparecido sin duda, las señales o manifestaciones externas de vida: ya no respira; ya no oye, ya no ve, ya no siente, pero la muerte real no se ha producido aún. El alma está allí todavía; el cuerpo ha entrado en el período de muerte aparente, que se prolongará más o menos tiempo, según los casos: más largo en las muertes violentas o repentinas, más corto en las que siguen el agotamiento de la vejez o de una larga enfermedad. El hecho de la muerte aparente está científicamente demostrado, puesto que se ha logrado volver a la vida por procedimientos puramente naturales y sin milagro alguno, a centenares de muertos aparentes; tantos, que ha podido inducirse una ley universal, válida para todos.

Ved lo que ocurre cuando apagáis una vela, un cirio. La llama ya no existe, pero el pabilo está todavía encendido, está humeante todavía, y poco a poco se va extinguiendo, hasta que, por fin, se apaga del todo. Algo parecido ocurre con la muerte. Cuando el enfermo exhala el último suspiro parece que la llama de la vida se apagó definitivamente, pero no es así. El alma está allí todavía. Hay un espacio más o menos largo entre la muerte real y la muerte aparente, que puede ser decisivo para la salvación eterna del presunto muerto, puesto que durante él se le pueden administrar todavía los Sacramentos de la Penitencia y Extremaunción.

¡Cuántas veces ocurre, señores, la desgracia de una muerte repentina en el seno del hogar! Y cuando ya no hay nada que hacer para devolverle la salud corporal, cuando el médico ya no tiene nada que hacer allí porque se ha producido ya la muerte aparente que acabará muy pronto en muerte real, todavía tenéis tiempo de correr a la Parroquia. Llamad urgentemente al sacerdote para que le dé la absolución sacramental, y, sobre todo, le administre el sacramento de la Extremaunción, del que acaso dependa la salvación eterna de esa alma. ¡Corred a la Parroquia, llamad al sacerdote! Ya lloraréis después, no perdáis tiempo inútilmente, acaso depende de eso la salvación eterna de ese ser querido. Claro está que esto es un recurso de extrema urgencia que sólo debe emplearse en caso de muerte repentina. Porque cuando se trata de una enfermedad normal, la familia tiene el gravísimo deber de avisar al sacerdote con la suficiente anticipación para que el enfermo reciba con toda lucidez, y dándose perfecta cuenta, los últimos Sacramentos y se prepare en la forma que os exponía ayer al hablaros de la muerte cristiana.

Pero cuando sobreviene la desgracia de una muerte violenta o repentina, hay que intentar la salvación de esa alma por todos los medios a nuestro alcance, y no tenemos otros que la administración sub conditione de la absolución sacramental, y, mejor aún, del sacramento de la Extremaunción, que resulta más eficaz todavía en casos de muerte repentina, puesto que no requiere ningún acto del presunto muerto, con tal que de hecho tenga, al menos, atrición interna de sus pecados.

El espacio entre la muerte aparente y la real, en caso de muerte violenta o repentina, suele extenderse a unas dos horas, y a veces, más. Pero en el momento en que se produce la muerte real, o sea, en el momento en que el alma se arranca o desconecta del cuerpo, en ese mismo instante, comparece delante de Dios para ser juzgada. De manera, que a la primera pregunta, ¿cuándo se realiza el juicio particular?, contestamos: en el momento mismo de producirse la muerte real.


2.ª ¿Quiénes serán juzgados? La humanidad en pleno, absolutamente todos los hombres del mundo, sin excepción. Desde Abel, que fue el primer muerto que conoció la humanidad, hasta los que mueran en la catástrofe final del mundo. Todos: los buenos y los malos. Lo dice la Sagrada Escritura: Al justo y al impío los juzgará el Señor (Ecl. 3, 17), incluso al indiferente que no piensa en estas cosas, incluso al incrédulo que lanza la carcajada volteriana: “¡Yo no creo eso!” Será juzgado por Dios, tanto si lo cree como si lo deja de creer. Porque las cosas que Dios ha establecido no dependen de nuestro capricho o de nuestro antojo, de que nosotros estemos conformes o lo dejemos de estar. Lo ha establecido Dios, y el justo y el impío serán juzgados por Él en el momento mismo de producirse la muerte real. ¡Todos, sin excepción!


3.ª ¿Dónde y cómo se celebrará el juicio particular? En el lugar mismo donde se produzca la muerte real: en la cama de nuestra habitación, bajo las ruedas de un automóvil, entre los restos del avión destrozado, en el fondo del mar si morimos ahogados en él..., en cualquier lugar donde nos haya sorprendido la muerte real. Allí mismo, en el acto, seremos juzgados.

Y la razón es muy sencilla, señores. El juicio consiste en comparecer el alma delante de Dios, y Dios está absolutamente en todas partes. No tiene el alma que emprender ningún viaje. Hay mucha gente que cree o se imagina que cuando muere un enfermo el alma sale por la ventana o por el balcón y emprende un larguísimo vuelo por encima de las nubes y de las estrellas. No hay nada de esto. El alma, en el momento en que se desconecta del cuerpo, entra en otra región; pierde el contacto con las cosas de este mundo y se pone en contacto con las del más allá. Adquiere otro modo de vivir, y entonces, se da cuenta de que Dios la está mirando. Dice al apóstol San Pablo que Dios “no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos y nos movemos y existimos” (Hech. 17, 28). Así como el pez existe y vive y se mueve en las aguas del océano, así, nosotros, existimos y vivimos y nos movemos dentro de Dios, en el océano inmenso de la divinidad. Ahora no nos damos cuenta, pero en cuanto nuestra alma se desconecte de las cosas de este mundo y entre en contacto con las cosas del más allá, inmediatamente lo veremos con toda claridad y nos daremos cuenta de que estamos bajo la mirada de Dios.

Pero me diréis: ¿El alma comparece realmente delante de Dios? ¿Ve al mismo Dios? ¿Contempla la esencia divina?

Claro está que no. En el momento de su juicio particular, el alma no ve la esencia de Dios, porque si la viera, quedaría ipso facto beatificada, entraría automáticamente en el cielo, y esto no puede ser –al menos, en la inmensa mayoría de los casos– porque puede tratarse del alma de un pecador condenado o de la de un justo imperfecto que necesita purificaciones ultraterrenas antes de pasar a la visión beatífica.

¿Cómo se produce entonces el juicio particular? Escuchad:
El desconectarse del cuerpo y ponerse en contacto con el más allá, el alma contempla claramente su propia sustancia. Se ve a sí misma con toda claridad, como nos vemos en este mundo la cara reflejada en un espejo. Y al mismo tiempo contempla claramente en sí misma, con todo lujo de detalles, el conjunto de toda su vida, todo cuanto ha hecho acá en la tierra. Veremos con toda claridad y detalle lo que hicimos cuando éramos niños, cuando éramos jóvenes, en la edad madura, en plena ancianidad o decrepitud: absolutamente todo. Lo veremos reflejado en nuestra propia alma. Y veremos también, clarísimamente, que Dios lo está mirando. Nos sentiremos prisioneros de Dios, bajo la mirada de Dios, a la que nada absolutamente se escapa. Y ese sentirse el alma como prisionera de Dios, como cogida por la mirada de Dios, eso es lo que significa comparecer delante de Él. No le veremos a Él, ni tampoco a Nuestro Señor Jesucristo, ni al ángel de la guarda, ni al demonio. No habrá desfile de testigos, ni acusador, ni abogado defensor, ni ningún otro elemento de los que integran los juicios humanos. No veremos a nadie más que a nosotros mismos, o sea, a nuestra propia alma, y, reflejada en ella, nuestra vida entera con todos sus detalles. Y al instante recibiremos la sentencia del Juez, de una manera intelectual, de modo parecido a como se comunican entre sí los ángeles.

Los ángeles, señores, se comunican por una simple mirada intelectual. No a base de un lenguaje articulado como el nuestro –imposible en los espíritus puros–, sino de un modo mucho más claro y sencillo: simplemente contemplándose mutuamente el entendimiento y viendo en él las ideas que se quieren comunicar. A esto llamamos en teología locución intelectual.

Pues de una manera parecida recibiremos nosotros, en nuestro juicio particular, una locución intelectual transmitida por Cristo Juez; una especie de radiograma intelectual firmado por Cristo, que nos dará la sentencia: “¡A tal sitio!” Y el alma verá clarísimamente que aquella sentencia que acaba de recibir de Cristo es precisamente la que le corresponde, la que merece realmente con toda justicia. Y en esto consiste esencialmente el juicio particular.


4.ª ¿Cuánto tiempo durará? El juicio particular será instantáneo. En un abrir y cerrar de ojos se realizará el juicio y recibiremos la sentencia. Y esto no es obstáculo para su claridad y nitidez. Aunque el juicio durase un siglo, no veríamos más cosas, ni con más detalle, ni con más precisión que las veremos en ese abrir y cerrar de ojos. Porque al separarse del cuerpo, el entendimiento humano no funciona de la manera lenta y torpe a que le obliga en este mundo su unión con la pesadez de la materia. Así en la tierra, nuestro entendimiento funciona de una manera discursiva, razonada, lentísima, por lo que conocemos las cosas poco a poco, por parcelas, y así y todo, no vemos más que lo superficial, lo que aparece por fuera; no calamos, no penetramos en la esencia misma de las cosas. Pero el entendimiento, separado del cuerpo, ya no se siente encadenado por la pesadez de la materia, y entiende perfectamente a la manera de los ángeles, de una manera intuitiva, de un solo golpe de vista, sin necesidad de discursos ni razonamientos.

Santa Teresa de Jesús, la incomparable doctora mística, tuvo visiones intelectuales altísimas, como puede leerse en el libro de su Vida, escrito por ella misma. Y, en una de ellas, Dios le mostró un poco lo que ocurre en el cielo, en la mansión de los bienaventurados. Ella misma dice que acaso no duró ni siquiera el espacio que tardamos en rezar un avemaría. Y a pesar de la brevedad de ese tiempo, se espantaba de que hubiese visto tanta cantidad de cosas y con tanto detalle y precisión. Es por eso. En aquel momento le concedió Dios una visión intelectual, a la manera de los ángeles, y contempló ese panorama deslumbrador de una manera intuitiva, de un solo golpe de vista. Lo vio clarísimamente todo en un instante, en un abrir y cerrar de ojos. Esto nos ocurrirá a cada uno de nosotros en el momento en que nuestra alma se separe del cuerpo y tengamos nuestro juicio particular.


5.ª ¿Y qué veremos en ese tan corto espacio de tiempo?

Señores, ésta es la parte más importante de mi conferencia de esta noche, en la que quisiera poner toda mi alma.

Escuchadme atentamente. ¡Muchacha que me escuchas a través de la radio!, la frívola, la mundana, la amiga del espectáculo, de la diversión, del cine, del teatro, del baile. ¡Cómo te gustaría ser una de las primeras estrellas de la pantalla, aparecer en los grandes cines, en la primera página de las grandes revistas cinematográficas, y que todo el mundo hablara de ti como hablan de esas dos o tres, cuyo nombre te sabes de memoria, y a las que tienes tanta envidia! ¡Cómo te gustaría! ¿verdad?

Pues mira: no sé si lo has pensado bien. Porque resulta que eres efectivamente la protagonista de una gran película; de una gran película sonora, en tecnicolor y en relieve maravilloso: no te puedes formar idea. Y eso que te digo a ti, muchacha, se lo digo también a cada uno de mis oyentes, y me lo digo con temblor y espanto a mí mismo.

Todos somos protagonistas de una gran película cinematográfica, señores. Todos en absoluto. Delante de nosotros, de día y de noche, cuando pensamos y cuando no pensamos en ello, está funcionando una máquina de cinematógrafo. La está manejando un ángel de Dios –el de nuestra propia guarda– y nos está sacando la película sonora y en tecnicolor de toda nuestra existencia. Comenzó a funcionar en el momento mismo del nacimiento. Y, a partir de aquel instante, recogió fidelísimamente todos los actos de nuestra infancia, y de nuestra niñez, y de nuestra juventud y de nuestra edad madura, y recogerá todos los de nuestra vejez, hasta el último suspiro de la vida. Todo ha salido, sale y saldrá en la película sonora y en tecnicolor que nos está sacando el ángel de la guarda, señores, por orden de Dios Nuestro Señor. No se escapa el menor detalle. Es una película de una perfección maravillosa.

El cine de los hombres ha hecho progresos inmensos desde que se inventó hace poco más de un siglo. Desde el cine mudo, de movimientos bruscos y ridículos, hasta la pantalla panorámica, el tecnicolor y el relieve, el progreso ha sido fantástico. Sin embargo, el cine de los hombres es perfeccionable todavía, no reúne todavía las maravillosas condiciones técnicas que se adivinan para el futuro; el cine de los hombres todavía tiene que progresar mucho.

¡Ah! Pero el cine de Dios es acabadísimo, perfectísimo, absolutamente insuperable. No le falta un detalle: lo recoge todo con maravillosa precisión y exactitud.

En primer lugar, los actos externos, los que se pueden ver con los ojos y tocar con las manos. Vuelvo a hablar contigo, muchacha frívola y mundana. Aquel día, con tu novio, ¿te acuerdas? Nadie lo vio, nadie se enteró. Pero delante de vosotros estaba el cine de Dios; y en primer plano, en película sonora y en tecnicolor, está recogido todo aquello. ¡Y lo vas a contemplar otra vez en el momento de tu juicio particular!

Es inútil, señores, que nos encerremos con llave en una habitación, porque delante de nosotros se nos metió aquel operador invisible con su aparato cinematográfico, y lo que hagamos a puerta cerrada y con la llave echada está saliendo todo en su película sonora y en tecnicolor. Es inútil que apaguemos la luz, porque el cine de Dios es tan perfecto, que funciona exactamente igual a pleno sol que en la más completa oscuridad.

Pero no recoge solamente las acciones. También capta y recoge las palabras, porque el cine de Dios es sonoro. Ha recogido fidelísimamente todas las palabras que hemos pronunciado en nuestra vida, absolutamente todas: las buenas y las malas. Las críticas, las murmuraciones, las calumnias, las mentiras, las obscenidades, aquellos chistes de subido color, aquellas carcajadas histéricas en aquella noche de crápula y lujuria... ¡Todo absolutamente ha sido recogido! Y en nuestro juicio particular volveremos a oír claramente todo aquello. Y aquellas carcajadas, aquellos chistes, aquellas calumnias, aquellas blasfemias, resonarán de nuevo en nuestros oídos con un sonsonete terriblemente trágico. Pero oiremos también, sin duda alguna, los buenos consejos que hemos dado, el dulce murmullo de las oraciones, los cánticos religiosos, las alabanzas de Dios... ¡Cuánto nos consolarán entonces!

¡Ah! Pero lo verdaderamente estupendo del cine de Dios es que no solamente recoge las acciones y las palabras, sino que, además, penetra en lo más hondo de nuestro entendimiento y de nuestro corazón, para recoger los sentimientos íntimos de nuestra alma, o sea todo lo que estamos pensando y lo que estamos amando o deseando. ¡Cuántos pensamientos obscenos, cuántos contra la caridad! ¡Cuántas dudas caprichosas, cuántas sospechas infundadas, cuántos juicios temerarios! ¡Cuántos pensamientos de vanidad, de altanería, de orgullo, de exaltación del propio yo, de desprecio de los demás! Y las desviaciones afectivas, los perversos amores. ¡Dios mío! Aquel casado que pasaba por persona honorabilísima... y resulta que, además de su mujer, tenía dos o tres amiguitas; aquella joven que parecía tan modosita y se entendía con el jefe de su oficina... Todo saldrá en el cine de Dios.

Y los odios y rencores, la sed de venganza, la envidia terrible que corroe el corazón. Y la indignación contra la providencia de Dios cuando permitió aquel fracaso, que no era, sin embargo, más que un pequeñísimo castigo de nuestros pecados... Absolutamente todo, señores, ha sido recogido en la pantalla de Dios y lo veremos en nuestro propio juicio particular.

Pero hay una cosa mucho más sorprendente todavía que viene a poner el colmo a la maravillosa perfección del cinematógrafo de Dios. Y es que no solamente recoge todo cuanto hemos hecho, dicho, pensado, amado o deseado, sino también lo que no hemos hecho, habiéndolo debido hacer: los pecados de omisión, o sea todas aquellas buenas obras que omitimos por respeto humano, por cobardía, por pereza o por cualquier otro motivo bastardo. Aquellas escenas que deberían figurar en la pantalla y no figuran, por extraña paradoja figurarán también, pero en plan de omisión. “Aquel domingo no pude ir a misa porque me marché de excursión”. “El ayuno y la abstinencia obligaban únicamente a los frailes y a las monjas”. “Estaba muy atareado, me absorbían las ocupaciones, no tenía tiempo de entregarme a las prácticas piadosas”. ¡Ah las omisiones! Y el padre que no corrige a sus hijos, el que se limita a decir malhumorado: “A mí, ¿quién me mete en líos? Que hagan lo que quieran. Ya van siendo mayorcitos”. Eso no se puede hacer. Tiene la obligación gravísima de educar a tus hijos. Tienes la obligación de corregirlos, y si no lo haces, pecado de omisión: saldrá en la pantalla y lo verás en tu juicio particular.

Y de manera semejante podríamos ir recordando los deberes profesionales, los deberes privados y los deberes públicos. Las autoridades mismas, que por negligencia, por respeto humano, por no meterse en líos, no se preocupan de hacer cumplir las leyes de policía encaminadas a salvaguardar la moralidad pública; esos espectáculos inmorales o centros de perversión que no clausuran, debiendo clausurarlos, de acuerdo con la ley de Dios y las disposiciones de la misma ley civil. Todo sale en la pantalla y de todo se les pedirá cuenta en el formidable tribunal de Dios.

¿Qué más, señores? ¿Qué más puede salir en la pantalla del cine de Dios, que recoge incluso las escenas que no se realizaron, los pecados de simple omisión? Pues aunque parezca inverosímil, todavía hay más. Porque esa película de nuestra propia vida recogerá también los pecados ajenos, en la parte de culpa que nos corresponda a nosotros.

¡Qué terrible responsabilidad, señores! ¡Empujar al pecado a otra persona! ¿Qué pensaríais, señores, de un malvado que cogiese una pistola y se pasease con ella por las calles más céntricas de la ciudad, disparando tiros a derecha e izquierda y dejando el suelo sembrado de cadáveres? Es inconcebible semejante crimen en una ciudad civilizada. ¡Ah, pero tratándose de almas eso no tiene importancia ninguna! ¿Qué importa que esa mujer ande elegantísimamente desnuda por la calle y que a su paso vaya con su escándalo asesinando almas, a derecha e izquierda? ¡Eso no tiene importancia ninguna: es la moda, es “vestir al día”, es el calor sofocante del verano, es que “todas van así, no he de ser yo una rara anticuada!”, etc. Pero resulta que Dios ve las cosas de otro modo, y a la hora de la muerte esa mujer escandalosa contemplará horrorizada los pecados ajenos en la película de su propia vida. ¡Cuánto se va a divertir entonces viéndose tan elegante en la pantalla!

Y el muchacho que le dice a su amigo: “Oye vente conmigo; vamos a bailar, vamos a ver a fulanita, vamos a divertirnos, vamos a aprovechar la juventud”, y le da un empujón a su amigo, y este monigote, para no ser menos, para no “hacer el ridículo”, como dicen en el mundo, acepta el mal consejo y se va con él y peca. ¡Ah!, en la pantalla de la vida del primero saldrá el pecado del segundo, porque el responsable principal de un crimen es siempre el inductor. Y aquella vecina que le decía a la otra: “Tonta, ¿no tienes ya cuatro hijos? ¿Y ahora vas a tener otro? Deshazlo, y se acabó. Quédate tranquila, un hijo menos no tiene importancia alguna”. Pero ante Dios, ese mal consejo fue un gravísimo pecado, que dio ocasión a un asesinato cobarde: el aborto voluntario. Y ese crimen ha quedado recogido en las dos películas: en la de la aconsejante y en la que aceptó el mal consejo y cometió el asesinato.
¡Ah! ¡La de cosas que se verán y se oirán en la película de la propia vida, señores! ¡Cuántos pecados ajenos que resulta que son propios, porque con nuestros escándalos y malos consejos habíamos provocado su comisión por los demás!


Y no olvidemos, señores, que hemos de comparecer ante Aquel que, por causa de nuestros pecados, murió crucificado en el Calvario.

Hay en la Sagrada Escritura una página preciosa, de un dramatismo sobrecogedor. Es el relato del encuentro de los hijos de Jacob con su hermano José, constituido virrey y superintendente general de todo Egipto. Aquel José a quien, por envidia, habían vendido a aquellos mercaderes madianitas. Como sabéis por la Historia Sagrada, los mercaderes se lo llevaron a Egipto y pasaron sobre él todas aquellas vicisitudes tan emocionantes, hasta que llegó a ser el virrey de Egipto, el privado del Faraón, el dueño de las vidas y haciendas de todos los ciudadanos. Y cuando llegan aquellos años de carestía y de hambre anunciados por José al interpretar los sueños del faraón, y los hermanos de José, por orden de su padre Jacob, llegan a Egipto a comprar trigo, porque en Israel se morían de hambre, y en Egipto había trigo en abundancia, José les reconoció al punto. Y cuando después de aquellos incidentes preliminares dramáticos, que es preciso leer directamente en el Sagrado Texto, se decide José a darse a conocer a sus hermanos, y les dice, por fin, rompiendo en un sollozo: “Yo soy José, vuestro hermano, a quien vendisteis. ¿Vive aún mi padre Jacob?” Dice la Sagrada Escritura que sus hermanos “no pudieron contestarle, pues se llenaron de terror ante él” (Gén, 45, 3). No pudieron responderle, porque cuando vieron que estaban delante de José, a quien habían vendido criminalmente y que ahora era el amo de Egipto y podía ordenar que les matasen a todos, fue tal el terror que se apoderó de ellos, que la voz se les anudó en la garganta y no acertaron a pronunciar una sola palabra.

¡Ah, señores! Cuando estas gentes que ahora, colocándose al margen de toda moral, de toda preocupación religiosa, ríen a carcajadas por los caminos del mundo, del demonio y de la carne, burlándose de los Mandamientos de la Ley de Dios y vendiendo a Cristo, como los hijos de Jacob vendieron a su hermano José; cuando en el momento en que su alma se separe del cuerpo comparezcan intelectualmente delante de ese mismo Cristo, a quien traicionaron y vendieron como precio de sus desórdenes, y cuando oigan que les dice: “Yo soy Cristo, vuestro hermano mayor, a quien vosotros crucificasteis”. ¡Ah, señores!, el terror más horrendo se apoderará de ellos, pero entonces será ya demasiado tarde. Un momento antes, mientras vivían en este mundo, estaban a tiempo todavía de caer de rodillas ante Cristo crucificado y pedirle perdón. Pero si llega a producirse la muerte real, si el alma se separa del cuerpo sin haberse reconciliado con Dios, eso ya no tiene remedio para toda la eternidad.


La sentencia del juicio, señores, será irrevocable, definitiva. Por dos razones clarísimas:
La primera, porque la habrá dictado el Tribunal Supremo de Dios. No hay apelación posible. En este mundo, cuando un tribunal inferior da una sentencia injusta, el que se cree perjudicado puede recurrir al tribunal superior. ¡Ah!, pero si la sentencia la da el Tribunal Supremo, se acabó, ya no se puede recurrir a nadie más. Este es el caso de la sentencia de Dios en el juicio particular.

La segunda razón es también clarísima. Sólo cabe el recurso contra una sentencia injusta. Ahora bien: en el juicio particular, el alma verá y reconocerá rendidamente que la sentencia que acaba de recibir de Dios es justísima, es exactamente la que merece. No cabe reclamación alguna.

Y esa sentencia justísima e inapelable será de ejecución inmediata. Es de fe, lo ha definido expresamente la Iglesia Católica. El Pontífice Benedicto XII definió en 1336 que inmediatamente después de la muerte entran las almas en el cielo, en el purgatorio o en el infierno, según el estado en que hayan salido de este mundo. En el acto, sin esperar un solo instante.

Y no es menester que nadie le enseñe el camino; ella misma se dirige, sin vacilar, hacia él. Santo Tomás de Aquino explica hermosamente que así como la gravedad o la ligereza de los cuerpos les lleva y empuja al lugar que les corresponde (v. gr., el globo, que pesa menos que el aire que desaloja, sube espontáneamente a las alturas; un cuerpo pesado se desploma con fuerza hacia el suelo); de modo semejante, el mérito o los deméritos de las almas actúan de fuerza impelente hacia el lugar del premio o del castigo que merecen, y el grado de esos méritos, o la gravedad de sus pecados, determinan un mayor ascenso o un hundimiento más profundo en el lugar correspondiente.
Vale la pena, señores, pensar seriamente estas cosas. Vale la pena pensarlas ahora que estamos a tiempo de arreglar nuestras cuentas con Dios.

En nuestro Museo del Prado, de Madrid, hay un cuadro maravilloso del pintor vallisoletano Antonio de Pereda que representa a San Jerónimo haciendo penitencia en el desierto. Está desnudo de cintura para arriba. En su mano izquierda sostiene una tosca cruz, que se apoya sobre el libro abierto de las Sagradas Escrituras. Y, apoyándose con su brazo derecho sobre una roca, escucha el Santo con gran atención el sonido de una misteriosa trompeta enfocada a sus oídos. Es la trompeta de Dios, que, al fin del mundo, convocará a los muertos para el juicio final. San Jerónimo se estremecía al pensar en aquella hora tremenda, y como resultado de su meditación, se entregaba a una penitencia durísima, a un ascetismo casi feroz.

A nosotros no se nos pide tanto. No se nos exige que nos golpeemos el pecho desnudo con una piedra, como hacía San Jerónimo. Basta simplemente con que dejemos de pecar y tratemos en serio de hacernos amigos de Cristo, que será nuestro juez a la hora de nuestra muerte. Santa Teresa del Niño Jesús, que amaba a Cristo más que a sí misma, exclamaba llena de gozo: “¡Qué alegría, pensar que seré juzgada por Aquel a quien amo tanto!” Nadie nos impide a nosotros comenzar a saborear desde ahora tamaña dicha y felicidad.

En cambio, señores, el que está pisoteando la sangre de Cristo, el que prescinde ahora entre risas y burlas de los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, sepa que tendrá también que ser juzgado por Cristo. Y entonces caerá en la cuenta, demasiado tarde, de que su tremenda equivocación no tiene ya remedio para toda la eternidad.

Señores: Estamos a tiempo todavía. Abandonemos definitivamente el pecado. Procuremos entablar amistad íntima con nuestro Señor Jesucristo, para que cuando comparezcamos delante de Él, de rodillas, con reverencia, ciertamente, pero al mismo tiempo con inmenso amor y confianza, podamos decirle: “¡Señor mío y Amigo mío, tened piedad de mí!”.

Estaba muriéndose Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, en el monasterio benedictino de Fosanova, en donde, sintiéndose gravemente enfermo, hubo de hospedarse cuando se encaminaba al Concilio II de Lyon. Pidió el Santo Viático, y cuando Jesucristo sacramentado entró en su habitación, no pudieron contener al enfermo los monjes que le rodeaban. Se puso de rodillas y exclamó, con lágrimas en los ojos: “Señor mío y Dios mío, por quien trabajé, por quien estudié, por quien me fatigué, de quien escribí, a quien prediqué: venid a mi pobre corazón, que os desea ardientemente como el ciervo desea la fuente de las aguas. Y dentro de unos momentos, cuando mi alma comparezca delante de Vos, como divino Juez de vivos y muertos, recordad que sois el Buen Pastor y acoged a esta pobre ovejita en el redil de vuestra gloria”.

Señores: Nosotros no podremos ofrecerle al Señor, a la hora de la muerte, una vida inmaculada, enteramente consagrada a su divino servicio, como se la ofreció Santo Tomás de Aquino, pero pidámosle la gracia de poderle decir con profundo arrepentimiento: “Señor: El mundo, el demonio y la carne, con su zarpazo mortífero, me apartaron muchas veces de Ti. ¡Ah, si ahora pudiera desandar toda mi vida y rectificar todos los malos pasos que di, qué de corazón lo haría, Señor! Pero siéndome esto del todo imposible, mírame con el corazón destrozado de arrepentimiento. Ten piedad de mí”.

Y nuestro Señor Jesucristo –no lo dudemos, señores–, en un alarde de bondad, de amor y de misericordia, nos abrazará contra su Corazón y nos otorgará plenamente su perdón.

Para asegurarlo más y más llamemos desde ahora en nuestro auxilio a la Reina de cielos y tierra, a la Santísima Virgen María, nuestra dulcísima Madre. Invoquémosla todos los días de nuestra vida con el rezo en familia del Santo Rosario, esta plegaria bellísima, en la que le pedimos cincuenta veces que nos asista a la hora de nuestra muerte. Que venga, en efecto, a recoger nuestro último suspiro y que Ella misma nos presente delante del Juez, de su divino Hijo, para obtener de sus labios divinos la sentencia suprema de nuestra felicidad eterna. Así sea.