jueves, 25 de noviembre de 2021

San Juan de la Cruz

 


Carmelita descalzo, encarcelado por carmelitas descalzos

Juan de la Cruz (1542-1591) poeta místico cuya obra de madurez insuperable, supone el punto final del misticismo y apunta a  la abstracción temática, que expresa sin barreras un estado interior.

Juan de la Cruz ingresó en 1563 en la Orden del Carmelo, siendo ordenado sacerdote en 1567.

Es su encuentro con santa Teresa en Medina lo que cambiará su visión de la vida y le lanzará a la reforma del Carmelo.

Teresa, al ver que Juan de la Cruz apoyaba sus ideas manifestó la célebre frase: «Ya tengo fraile y medio para empezar”, aludiendo a la pequeña estatura de Juan.

Juan, con el nuevo estado de carmelita descalzo, ensaya una nueva vida de retiro que practica en diversos conventos hasta finalizar en el colegio universitario de Alcalá de Henares.

Pero su vida tenía que experimentar las dificultades y los sinsabores típicos de los religiosos preocupados por la mejora y reforma de costumbres durante la época.

Estos sinsabores se desataron la noche del 2 de diciembre de 1577 en la que fue apresado y llevado a convento carmelita de los calzados de Toledo.

En este convento sufrió nueve meses de durísima prisión, con penas físicas y morales.

Pero todo ello no le impidió elaborar las estrofas del Cántico Espiritual y tal vez de la Noche Oscura del Alma.

Un día, Juan de la Cruz, anudó sus sábanas y se deslizó por la ventana de su celda, refugiándose, seguidamente, entre las carmelitas de la ciudad.

Pasó los últimos años de su vida en Andalucía, donde empezó a redactar su doctrina de la Subida de Monte Carmelo, sus Cánticos espirituales y la llama de Amor viva.

Los tres últimos años de su vida están marcados por el tormento y el éxtasis.

Entre las oraciones para solicitar la intercesión de este santo reproducimos la siguiente:

«Glorioso Padre nuestro san Juan de la Cruz, a quienes el Señor quiso destinar para compartir con la santa Madre Teresa los trabajos de la insigne Reforma de la Orden del Carmelo, hasta poblar a España de monasterios de descalzos que hicieron célebre vuestro nombre, y venerada vuestra memoria; yo os felicito porque os cupo tan gran dicha, así como por la felicidad de que gozáis en el cielo, en justo premio de tantas y tan grandes virtudes; y os pido, santo padre mío, me alcancéis de Dios un gran amor a la Sacratísima Virgen María, que fue el principal distintivo de vuestra gloriosa vida, para que, sirviéndola aquí en la tierra, pueda gozar de ella con Vos en el Cielo. Amén.»

Entregado a la soledad murió en Úbeda el 14 de diciembre de 1591.

Benedicto XIII lo canonizó en 1726 y Pío XI le declaró en 1926 Doctor de la Iglesia.