sábado, 6 de julio de 2019

FIESTA DE SANTA MARÍA GORETTI MÁRTIR DE LA CASTIDAD (6 DE JULIO)

 



 FUENTE 
La segunda hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini nacía el 16 de octubre de 1890 en la aldea de Corinaldo, Italia, cerca del mar Adriático, y fue bautizada al día siguiente con el nombre de María Teresa. Su familia era pobre, aunque profundamente católica. Sus padres, siguiendo la costumbre vigente en aquel tiempo, hicieron que Marietta —como la llamaban cariñosamente— recibiera el Sacramento de la Confirmación con tan sólo seis años de edad.
 Cuando Marietta tenía siete años, el pequeño campo de Luigi Goretti se hizo insuficiente para mantener a su familia y la familia decidió emigrar a Colle Gianturco, en los alrededores de Paliano, a unos 50 km de distancia de Roma, en busca de mejores oportunidades. Aún así, tampoco tuvieron éxito allí: a pesar de la dura labor bajo un sol abrasador, mal conseguían lo necesario para alimentarse.
Dos años después, fue necesaria una nueva mudanza, esta vez a Ferrieri di Conca, triste y pantanosa localidad agrícola, donde Luigi vendría a fallecer al año siguiente de haber llegado, con 41 años de edad, víctima de la malaria que se propagaba en aquellos húmedos campos.
 Marietta manifestaba un carácter bondadoso, dócil y humilde, y se reveló de una madurez precoz impresionante, ante la necesidad del cambio de vida que se le presentaba. Ayudó en los cuidados a su padre enfermo como una persona adulta y tras su muerte asumió las tareas del hogar, dejando que su madre pudiera sustituir a su marido en las faenas del campo. Limpiaba la casa, buscaba agua a la fuente, cortaba leña, cocinaba y cuidaba de sus cuatros hermanos menores como una pequeña madre. Cuando les faltaba el alimento, conseguía alguna cosa a cambio de unos trabajillos, como la venta de palomas y huevos en el mercado de la ciudad próxima, Nettuno. Era una fervorosa devota del Santo Rosario y lo rezaba todas las noches en compañía de su madre y sus hermanos, con una piedad edificante. Y cuando todos se habían retirado, rezaba un Rosario más en sufragio del alma de su fallecido padre.
En más de una ocasión vio a su madre sin un céntimo en el bolsillo y sin un pedazo de pan en la alacena, llorando y lamentándose por la ausencia de su esposo. Con el corazón compungido la niña la abrazaba y la besaba, esforzándose por no llorar también, y le decía: “¡Ánimo mamá! ¡Ánimo! Pronto saldremos adelante, enseguida todos seremos mayores… ¿De qué tienes miedo? Nosotros te sustentaremos… Te mantendremos… Dios proveerá…”.
Éstos son algunos destellos de su alma angelical. Tras su fallecimiento, su madre no dejó de dar testimonio de su virtud: “Siempre, siempre, siempre obediente mi hijita. Nunca me dio el más mínimo disgusto. Incluso cuando recibía alguna reprimenda inmerecida, por pequeñas faltas involuntarias, nunca se mostró rebelde, nunca se disculpó, sino que se mantenía en calma, respetuosa, sin quedarse malhumorada”.
Una vez muerto Luigi, a su esposa Asunta le correspondió tomar el lugar de su esposo en las labores del campo. Trabajaba en las faenas agrícolas en una propiedad del conde Lorenzo Mazzoleni junto con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Giovanni era viudo, muy dado al vino y sin discreción en sus palabras, no se preocupaba de la educación de su hijo. Éste, con 19 años de edad, era un muchacho de carácter introvertido, sin ningún tipo de formación religiosa. Nunca iba a Misa y de vez en cuando acompañaba a los Goretti en el rezo del Santo Rosario, en un rincón de la sala. Era el único de aquella casa que sabía leer y su padre le traía periódicos con artículos de cuño anticlerical, además de novelas inconvenientes, con ilustraciones que despertaban su imaginación y le exacerbaban malos deseos; las usaba como decoración para las paredes de su habitación.
A medida que Marietta iba creciendo, Alessandro, como confesaría más tarde, incluso reconociendo la candidez de aquella niña que lo trataba como a un hermano mayor, empezó a verla con miradas malintencionadas, alimentando una pasión que poco tiempo después culminaría en la conocida tragedia.
Antes de morir, Luigi —movido quizá por un mal presentimiento— le había aconsejado a su esposa que regresara a Corinaldo. No obstante, amarrada por el contrato y por las deudas, no tenía condiciones para salir de la casa compartida con lo Serenelli. A pesar de que las habitaciones estaban separadas, la cocina era común y la pequeña Marietta, aún teniendo poca edad, atendía a las dos familias en los quehaceres domésticos.

Primera Comunión
En aquella época era necesario haber cumplido los doce años para poder recibir la Sagrada Eucaristía, y Marietta sufría por no poder alimentarse del “Pan de los ángeles” y de la “Sangre que engendra vírgenes”. Su deseo aumentaba todos los domingos cuando iba a Misa con su madre y su madrina, soportando cuatro horas andando por un camino polvoriento hasta la iglesia más cercana.
A las insistentes súplicas para poder prepararse para hacer la Primera Comunión, su pobre madre le respondía que como no sabía leer no era posible que aprendiera la doctrina. Además, en la situación de penuria económica en la que se encontraban, ¿dónde conseguirían el dinero para el vestido y las demás prendas? Decidida, la niña no se dejaba abatir.
Finalmente, consiguió permiso para ir determinados días a la residencia de los Mazzoleni, para recibir las enseñanzas de su piadosa gobernanta y participar en la catequesis de los domingos, impartida por el P. Alfredo Paliani a un grupo de jovencitos.
Sin perjuicio de sus quehaceres domésticos, estudió y rezó durante once meses, dando hermosos ejemplos de virtud. Para asegurarse de la buena preparación de su hija, Assunta quiso someterla a un examen con el arcipreste de Nettuno, quien garantizó que era apta para recibir a Jesús en su corazón.
Tras hacer los ejercicios espirituales preparatorios, predicados por un sacerdote pasionista, Marietta regresó a casa muy compenetrada y, con un tono de voz serio, dijo: “Sabes mamá, el sacerdote nos ha contado la Pasión de Jesús. Y nos ha dicho que cuando cometemos un pecado renovamos la Pasión del Señor”. Con esta grave afirmación manifestaba su propósito de evitar el pecado a toda costa.
El día de la Primera Comunión, antes de ir a la iglesia, estando ya lista, con el vestidito blanco que su madre le había conseguido con mucho esfuerzo y con un sencillo velo que había recibido de regalo, pidió perdón de sus faltas a su madre, a sus hermanos, a los Serenelli y a los vecinos.
En la solemnidad de Corpus Christi de 1902 recibía al Señor en su corazón, aunque aún no había cumplido los doce años. ¿Cuáles habrán sido las impresiones y coloquios divinos, en este primer encuentro entre Jesús Eucarístico y esa alma inocente, dispuesta a no ofenderle nunca con el pecado, incluso a riesgo de perder la vida? Sólo lo sabremos en la eternidad…
La alegría y la buena disposición de alma consecuentes con el gran paso que había dado en la vida espiritual se manifestaron tan pronto como Marietta llegó a casa. Abrazando a su madre, le prometió: “¡Mamá, oh madre querida, seré siempre y cada vez mejor!”
Morir antes que pecar
Los frutos de la Primera Comunión no se hicieron esperar. Un día, volvió a su casa contando que había visto a una compañera de la catequesis conversando maliciosamente con un joven libertino. Inmediatamente salió de aquel sitio y aún horrorizada afirmó: “Es mejor morir, mamá, que decir palabras feas”.
Habían pasado pocas semanas y la pequeña no había comulgado nada más que dos o tres veces, siempre en domingo. El sábado 5 de julio manifestó su deseo de ir, al día siguiente, acompañada por una amiga, a recibir nuevamente la Sagrada Comunión. Estaba dispuesta a andar diez kilómetros hasta Nettuno o Campomorto, bajo un sol inclemente y en ayunas, para recibir a su amado Jesús.
Sin embargo, sus planes fueron truncados por la saña de Alessandro. Éste ya la había acosado en dos ocasiones y fue enérgicamente rechazado. Entonces la amenazó con matarla, y no sólo a ella, sino a Assunta también, si se lo contaba a alguien. Marietta no dijo nada a su madre, para no afligirla aún más, pero le pedía que no la dejara sola en casa, y procuraba estar siempre en compañía de algunos de sus hermanos.
Aunque aquella tarde la joven se había quedado cosiendo en el balcón a solas con su hermana más pequeña, que dormía plácidamente. Alessandro se las arregló para escaparse del trabajo, regresó a la residencia y arrastró a la fuerza a Marieta hacia dentro. Cuando se dio cuenta de sus infames intenciones, ella le reprobaba la acción pecaminosa: “¡No, no! ¡Dios no quiere eso! ¡Si lo haces irás al infierno!…”.
Entonces, tomado por la furia, el criminal le asestó 14 crueles puñaladas. Seguidamente tiró el arma y se encerró en su cuarto. La niña, no obstante, tras un corto desmayo, consiguió andar hasta la terraza y pedir socorro. La noticia de lo ocurrido se difundió inmediatamente por la vecindad y el asesino fue preso.
Últimas horas en el hospital
Marietta fue llevada en ambulancia al hospital de Nettuno, donde la sometieron a una dolorosa laparotomía. Fueron dos horas de operación, ¡sin anestesia! Por cierto, la intención de salvarla era vana, pues tenía perforados el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Los médicos no entendían cómo aún estaba viva.
Volviendo del quirófano junto a su madre, se mostraba preocupada con tranquilizarla; le decía que estaba bien y le preguntaba por sus hermanos. La deshidratación causada por la pérdida de sangre la hacía sufrir terriblemente, pero la gravedad de las heridas le impedía sorber ni siquiera una gota de agua. En esta situación, recordar la sed que padeció Jesús en lo alto de la Cruz la tranquilizaba y le traía consuelo.
Al día siguiente tuvo la gracia de recibir la deseada Comunión, pero en circunstancias tan diferentes de las que imaginaba. El arcipreste de Nettuno, Mons. Signori, le llevó el Santo Viático al hospital, y cuando le preguntó si sabía a quién iba a recibir, ella respondió: “Sí, es el mismo Jesús que dentro de poco veré cara a cara”.
El sacerdote le recordó que el Señor perdonó a todos desde lo alto de la Cruz y le había prometido al buen ladrón que aún en ese día estaría con Él en el Paraíso. Entonces, le preguntó si perdonaba a su asesino: “Sí, por amor a Jesús, le perdono. Y también quiero que esté conmigo en el Paraíso. Desde el Cielo rogaré por su arrepentimiento”.
Con esta disposición de alma recibió los Sacramentos. Unas horas después entraría en agonía. Instintivamente besaba el crucifijo y una medalla de la Virgen, insignia de la asociación de las Hijas de María, en la que fue admitida en el lecho de su muerte. Invocó muchas veces a Nuestra Señora y sobre las tres de la tarde expiró.

Catorce lirios resplandecientes
La muerte de María Goretti fue llorada por todos los que la conocieron. Pronto se extendió la fama de su santidad y, tan sólo dos años después, sus restos mortales fueron depositados en un grandioso monumento erigido en su honor, en el santuario pontificio de Nuestra Señora de las Gracias, en Nettuno. 
Uno de los hechos prodigiosos que contribuyeron a su canonización fue la conversión de Alessandro. En 1910, tras haber pasado por un período de frialdad y rebeldía, habiendo pensado incluso suicidarse, el infeliz asesino fue visitado por su víctima en la cárcel de Noto. Marietta se le apareció vestida de blanco, ofreciéndole unos lirios que cuando fueron tocados por él se transformaron en llamas resplandecientes. En total eran 14… ¡el mismo número de las puñaladas que había recibido! 
Asistido por los padres pasionistas, Alessandro se convirtió. Al cumplir 27 años de prisión fue liberado y se dirigió a Corinaldo, donde entonces vivía la madre de Marietta, para pedirle perdón públicamente y de rodillas. Imitando la actitud de su hija, la madre lo perdonó, y comulgaron juntos en la Santa Misa de Navidad. Después, el arrepentido asesino se hizo terciario franciscano y terminó sus días, ya anciano, como sirviente y jardinero en un convento capuchino.

Testamento Espiritual de Alessandro Serenelli 

“Tengo casi 80 años de edad y estoy al final de mi vida. Echando un vistazo al pasado, reconozco que en mi primera juventud me fui por el peor camino: el camino del mal, lo que me llevó a la ruina. Miré a través de la prensa los espectáculos con malos ejemplos que la mayoría de los jóvenes sigue sin pensar. Tuve a mi lado personas piadosas que practicaban la fe, pero no me importó ya que estaba cegado por una fuerza brutal que me empujó a la perdición. Me consume el remordimiento de haber cometido un crimen pasional que recuerdo con horror. María Goretti, ahora santa, era el ángel bueno que la Providencia había puesto ante mi vida para salvarme. Conservo impreso en mi corazón las palabras de reproche y perdón que me dirigió antes de morir. Ella oró por mí, intercedió por su asesino.
Estuve treinta años en prisión. Si yo hubiese sido un menor de edad, me habrían condenado a cadena perpetua. Acepté resignado el juicio, consciente de mi culpabilidad. Durante mi prisión María era realmente mi luz, mi protectora; con su ayuda me comporté bien en los veintisiete años que duró mi condena y traté de vivir honestamente en la cárcel.
Una vez en libertad, los hijos de San Francisco, los Menores Capuchinos de Marche, me dieron la bienvenida en su convento con amor seráfico, me trataron no como a un esclavo, sino como a un hermano. He vivido con ellos durante 24 años, y ahora espero con serenidad ser admitido a la visión de Dios, abrazar a mis seres queridos, estar cerca de mi ángel de la guarda, María, y su querida madre, Assunta.
Espero que a quienes lean mi carta les quede la enseñanza de que la felicidad está en hacer el bien y evitar el mal, desde la infancia. Que piensen que la religión con sus preceptos no es algo de lo que se puede prescindir, y que en cambio nos da la seguridad de estar en lo correcto, en todas las circunstancias, incluso en las más dolorosas de la vida.
“Paz y bien”
Macerata, 05 de mayo 1961
Alessandro Serenelli