jueves, 23 de enero de 2014

Los Católicos Cristeros

Continuación...

A partir del 1° de agosto de 1926, dieciséis millones de católicos mexicanos se quedaron sin misa ni sacramentos. Sintieron que el mundo se les caía encima. Roma callaba en lugar de seguir denunciando la barbarie comunista; las tropas federales asaltaban y fusilaban sin freno alguno; los gobernadores de los estados mandaban ahorcar a los líderes católicos. Al pueblo no le quedaba otra salida que la guerra, por lo que empezaron a sucederse alzamientos populares, poco después de la suspensión del culto.



El propio tirano marxista Elías Calles, el 21 de agosto de 1926, cuando recibió en audiencia a los representantes del episcopado, les dijo: “ a los católicos no les queda más remedio que (hacer gestiones ante) las Cámaras o (empuñar) las armas!”


Casi de inmediato se recabaron muchas firmas de ciudadanos católicos; se realizaron manifestaciones multitudinarias; boicot contra los artículos de lujo; se interpusieron recursos legales ante los diputados el 6 de septiembre de 1926. Dichas peticiones ni siquiera fueron admitidas a trámite.


Por todo ello, era más evidente que el acorralamiento feroz que sufría el pueblo, era lo que le llevaba a la guerra. Este pueblo que hasta entonces lo había soportado todo, no pudo sufrir que se le privara de los sacramentos de su religión, no pudo aguantar que se le privara de Cristo Sacramentado, por lo que poniendo en práctica las enseñanzas de la Religión Católica, de que “no sólo de pan vive el hombre”, y de que “la única muerte que ha de temerse no es la del cuerpo, sino la muerte eterna (del alma)”, se lanzó a combatir en nombre de Cristo Rey y de la Virgen de Guadalupe. La suspensión del culto público fue, pues, la gota que derramó el vaso (…) Su grito de batalla era “¡Viva Cristo Rey!”; de ahí la denominación que encontraron los federales para referirse a los “Cristeros”.


La mayoría de los obispos de México, impidieron que los sacerdotes bajo su jurisdicción los auxiliaran espiritualmente. De un total de 3,500 sacerdotes que había en el país, sólo un centenar entraron a la clandestinidad para asistir sacramentalmente a los cristeros.


Algunos obispos, llegaron al grado de prohibir la insurrección en sus diócesis, amenazando incluso a los sublevados con la excomunión. De 38 obispos, los únicos que apoyaron a los cristeros fueron:


José de Jesús Manríquez y Zárate, Obispo de Huejutla, José María González y Valencia, Arzobispo de Durango, Francisco Orozco y Jiménez, Arzobispo de Guadalajara, Leopoldo Lara y Torres, Obispo de Tacámbaro y Emeterio Valverde y Téllez, Obispo de León.


Por su parte, los obispos norteamericanos tampoco apoyaron a los cristeros; sino que, por el contrario, se sumaron a la infamia y sólo les dieron migajas, limosnas insultantes. Ellos conocían bastante bien lo que estaba sucediendo en México; no ignoraban que el gobierno estadounidense patrocinaba al gobierno comunista de Calles, que sus huestes incendiaban millares de aldeas; arrojaban a la gente desplazada de sus tierras a los caminos y a veces las ametrallaba; robaban sus cosechas y el ganado, para matar luego a tiros a los animales que no habían podido llevarse. Poblaciones enteras fueron deportadas en vagones del ferrocarril, como represalia contra los combatientes cristeros, a quienes temían enfrentar. Los postes telegráficos contiguos a las vías del tren, les sirvieron como cadalso para ahorcar católicos, a lo largo de kilómetros y kilómetros. Las tropas gubernamentales, en sus asaltos, gritaban: ¡viva nuestro padre satanás!; a la vez que profanaban las iglesias entrando a caballo, derribando y fusilando imágenes de la Santísima Virgen y de los Santos.


Las Sagradas Hostias eran pisoteadas bajo los cascos de sus cabalgaduras. Solamente los arzobispos de Baltimore y de San Antonio Texas, movidos por la vergüenza, confesaron lo que sabían: “… Washington… es el aplastante poder que sostiene a los bolcheviques mexicanos”.


No obstante la falta de apoyos, los católicos mexicanos con sus solas fuerzas, y gracias a la sangre de muchos mártires, en tres años de guerra, habían logrado el control de gran parte de los territorios rurales de quince estados de la República, y contaban con un valeroso ejército llamado la Guardia Nacional, de hasta cincuenta mil combatientes, distribuidos en el territorio mexicano.