martes, 22 de agosto de 2023

Reflexiones de Monseñor Lefebvre sobre el Corazón Inmaculado de María

 


Reflexiones de Monseñor Lefebvre sobre el Corazón Inmaculado de María y la Crisis en la Iglesia

(El 22 de agosto de 1987, Monseñor Lefebvre, acompañado por un gran número de sacerdotes y 2,000 fieles, realizó una peregrinación a Fátima.

Durante la Misa solemne, Monseñor consagró Rusia al Corazón Inmaculado de María y dio esta magnífica homilía, "Hay Que Pedir Estas Gracias a Nuestra Señora", la cual es un reflejo de su devoción a la Mujer que es la Madre de la Iglesia.)

Sermón de Monseñor Lefebvre en Fátima - 22 de agosto de 1987

Demos gracias a Dios y a la Santísima Virgen por habernos reunido hoy aquí, en la fiesta de su Corazón Inmaculado, para cantarle alabanzas e intentar, durante algunos momentos, por algunos días, vivir nuestra fe. Si la Virgen María quiso venir a esta tierra, a Portugal y a Fátima, si quiso aparecerse a estos niños para dar un mensaje al mundo, es, sin duda alguna, porque quiso que nuestras almas se elevaran hacia el cielo.

Entonces, tratemos, mis queridos hermanos y hermanas, de situarnos en el contexto en que los pastorcitos se encontraban, al igual que lo hicieron las personas que los acompañaron los días 13 de cada mes de aquel año 1917, hasta el mes de octubre, cuando tuvo lugar ese milagro extraordinario, justo aquí. Dicen que el milagro pudo verse dentro de un radio de 40 kilómetros de Fátima, y por consiguiente, si hubiéramos estado presentes ese día, el 13 de octubre de 1917, hubiéramos visto el extraordinario fenómeno del sol giratorio, disparando luces de todos colores, empapando a toda la región con sus colores magníficos. ¡Y esto lo hizo tres veces en diez minutos! Finalmente, hubiéramos visto al sol descender como del cielo para acercarse a los fieles ahí reunidos, para manifestar la verdad de la aparición de la Santísima Virgen María a los niños de Fátima.

Para que nuestras almas se salven

¿Por qué esta aparición de la Santísima Virgen María? Para que nuestras almas se salven, para que nuestras almas puedan unirse a ella un día en el cielo. En unas cuantas imágenes extraordinarias, Nuestra Señora reveló a los niños de Fátima toda la realidad de nuestra fe. Los niños la admiraban de tal modo, que parecía que estaban en éxtasis, absortos, sin saber cómo expresar la belleza de la Madre de Dios. Por muchas comparaciones que se les hubieran dado, ninguna hubiera sido similar a la belleza de la Virgen María, a quien habían visto.

Pero no fue la Virgen la única que quiso manifestarse. Nuestra Señora quiso manifestarles también algo celestial: San José cargando a Nuestro Señor en sus brazos y bendiciendo al mundo. Quiso aparecerse también bajo el título de Nuestra Señora del Monte Carmelo, Nuestra Señora de los Dolores, y Nuestra Señora del Rosario. Esto fue porque quería inculcar en los niños la necesidad de rezar el Rosario, la necesidad de sufrir con Nuestro Señor Jesucristo y con Nuestra Señora de los Dolores. Por tanto, quiso manifestar sus sentimientos interiores para comunicarlos a los niños, y que ellos, a su vez, pudieran comunicar estos sentimientos a todos los que tuvieran la oportunidad de escuchar su mensaje. Y también se les apareció el Arcángel San Miguel.

Nuestra Señora también les habló de las almas en el purgatorio, cuando Lucía le preguntó dónde estaban algunas almas y a dónde había ido una persona en especial: "¿Está en el cielo? ¿En el purgatorio?" - La Virgen les respondió algunas veces: "No, esa señora no está en el cielo. Está en el purgatorio." Quiso también mostrarles la realidad del infierno. Fue justo aquí, en esta área, que la Santísima Virgen les mostró el infierno a los niños horrorizados, para animarlos a hacer penitencia, para animarlos a rezar y salvar a las almas, mostrando, al mismo tiempo, que el Inmaculado Corazón de María está completamente orientado hacia la gloria de su Hijo divino y hacia la salvación de las almas. Salvar a las almas significa que irán al cielo. Por tanto, lo que los niños vieron en una imagen es prácticamente todo nuestro catecismo, y todo esto sucedió a través de la gracia de la Santísima Virgen María.

Oración y penitencia

Tratemos también nosotros de colocarnos hoy en el mismo contexto, porque lo que sucedió en 1917 sigue siendo verdad actualmente, y tal vez hoy más que en aquel entonces, porque la situación del mundo es mucho peor ahora que en 1917. La fe está desapareciendo, el ateísmo avanza por doquier y la Santísima Virgen María lo anunció. Pues aunque deseaba mostrarnos una visión del cielo, también quería hablar de la tierra. Les dijo a los niños las siguientes palabras:

Es necesario rezar, es necesario hacer penitencia para detener los devastadores efectos de este terrible error que es el comunismo, el cual dominará el mundo si las personas no hacen penitencia, no rezan y no cumplen mis peticiones. 

Su petición era que se transmitieran los secretos que le había dado a Lucía.

Por desgracia, podemos ver que como estos secretos no han sido difundidos, el error del comunismo se propaga por doquier. Por tanto, debemos esforzarnos, mis queridos hermanos, por situarnos en el mismo contexto, en las mismas disposiciones para compartir las convicciones de los pastorcitos, para unirnos al Corazón de María, para que nuestros corazones ardan con los deseos que había en el Corazón de la Santísima Virgen María y que hay hasta el día de hoy, deseos para el reinado de su Hijo.

¿Qué otra cosa podría desear más que ver a su Hijo divino reinar sobre el mundo entero, sobre las almas, las familias y las sociedades, igual que reina en el cielo? Por eso fue que bajó a la tierra, para suplicarnos, a cada uno de nosotros: "Es necesario que Jesús reine en ti." Ella lo desea, ella lo quiere y ella es quien nos da los medios.

El primer medio es la oración. "Es necesario rezar." La Virgen Santísima repitió estas palabras incesantemente a Lucía, quien le hacía la misma pregunta una y otra vez: "Oh Señora, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres que haga?" ¡Una gran pregunta! No puede haber una mejor disposición. ¿Es ésta también nuestra disposición? ¡María! ¿Qué quieres que hagamos? Y la Virgen respondió:

Es necesario rezar. Toma tu rosario, reza el rosario todos los días para santificarte y salvar a las almas, para salvar las almas de los pecadores. 

Repitió las mismas palabras cada vez que se apareció. También los animó a recibir la Santa Comunión, pues ella misma permitió al Ángel que viniera y les diera la Comunión a los niños. ¿Puede María desear algo más que darnos a su Hijo, dar a Jesús a nuestros corazones?

Para que guardemos la fe y la gracia en nuestros corazones

¿Por qué los secretos? La Santísima Virgen María, en su amor por nosotros, en su misericordiosa condescendencia hacia nosotros, quiso advertirnos. Quiso anunciarnos los eventos futuros, para que pudiéramos guardar nuestra fe y la gracia en nuestras almas. Es por esto que nos dio sus secretos. Nuestra Señora pidió a Lucía dar a conocer el tercer secreto a partir de 1960 - y que este secreto fuera difundido por el Papa - y no sin razón: ella sabía que después de 1960 la Iglesia tendría que atravesar la crisis de los acontecimientos tan terribles en su historia. Quiso advertirnos, quiso poner en alerta a las autoridades de la Iglesia para evitar estas desgracias, para evitar la pérdida de la fe y la perdición de las almas. Por tanto, estamos advertidos, sabíamos que después de 1960 algunos acontecimientos muy graves en la historia de la Iglesia ocasionarían una crisis, particularmente vinculada a aquellos que dirigen la Iglesia. Desafortunadamente, ésta es la razón por la que los líderes de la Santa Iglesia no quisieron dar a conocer el secreto. Creyeron que no era oportuno darlo a conocer públicamente. ¡Un gran misterio, mis queridos hermanos y hermanas, un gran misterio!

Como pueden ver, si la Santísima Virgen María quiere que nuestras almas estén dispuestas a amar a Dios, a rezar, a unirnos con Nuestro Señor en la Eucaristía, a sacrificarnos por los pecadores de este mundo, entonces, pidámosle hoy esta gracia.

El misterio de la situación actual de Roma

Henos aquí, reunidos alrededor de la Virgen María, en Fátima, teniendo en nuestros corazones las mismas disposiciones que los pastorcitos tenían cuando vieron a la Santísima Virgen María: pidámosle a ella que revele este misterio, que venga en nuestra ayuda. El gran misterio de Roma, el gran misterio de la situación actual en el papado.

Con frecuencia nos dicen: No desgarren la Iglesia, no la dividan, no provoquen un cisma; sin embargo, mis queridos hermanos y hermanas, díganme: ¿dónde está la unidad de la Iglesia? ¿Qué provoca la unidad de la Iglesia? Abran cualquier libro de teología, abran todos los libros de los santos y de los doctores y teólogos: lo que provoca la unidad de la Iglesia es la unidad de la fe. Cuando alguien ha perdido la fe católica, se separa a sí mismo de la Iglesia. ¡Ahí lo tienen! Y todas las personas investidas con la autoridad de la Iglesia desde que Nuestro Señor la fundó, todos aquellos que tienen autoridad en la Iglesia, y particularmente el clero, especialmente los obispos y el Papa, todos ellos están al servicio de esta unidad en la Iglesia y de esta fe: "Vayan y prediquen el Evangelio," no otro Evangelio, ni tampoco uno cualquiera: "Prediquen el Evangelio." Estén al servicio de este mensaje que les he dado, pero no cambien el mensaje.

Bueno, entonces, guardamos y valoramos la fe en su totalidad; ni por todo el oro del mundo quisiéramos eliminar o cambiar ni un ápice de nuestra fe; queremos mantenerla intacta, completamente intacta. Y porque queremos mantener esta unidad de la fe, aquellos que la están perdiendo nos persiguen. Ésta es la situación actual en la que nos encontramos, una situación misteriosa, probablemente anunciada por Nuestra Señora de Fátima en su tercer secreto, al decir que quienes quisieran seguir siendo católicos serían perseguidos por quienes teniendo autoridad en la Iglesia, se alejan de la fe; y como se alejan de la fe, quisieran arrastrarnos a nosotros con ellos. Porque los desobedecemos con nuestra renuencia a perder la fe junto con ellos, nos persiguen. Pero Nuestro Señor lo dijo, Él predijo que habría malos pastores y que no deberíamos seguirlos; debemos seguir a los buenos pastores. Éste es el misterio que estamos viviendo actualmente.

Pidamos a la Santísima Virgen que nos revele este misterio; es un martirio para ustedes, para nosotros, para todos los que vivimos en esta época, un verdadero martirio moral, tal vez peor que el martirio de sangre. Ver que quienes deberían predicar y defender la fe católica por la unidad de la Iglesia, la están abandonando e intentando compaginarla con el mundo, con los principios modernos y con los principios de la sociedad, que está más guiada por Satanás que por el Buen Dios.

Pedir la gracia de la fidelidad

Hagamos una firme resolución, aquí, a los pies de la Santísima Virgen María, y pidámosle la gracia de conservar la fe, de seguir siendo católicos hasta el fin de nuestros días, de tener la gracia de la perseverancia final en la fe católica. ¿Por qué derramaron los mártires su sangre? Para conservar la fe. Si debemos ser mártires, aunque no de sangre pero mártires en nuestras almas, en nuestros corazones, en nuestras mentes, bueno, pues entonces, seremos mártires, y seremos los herederos de aquellos que derramaron su sangre para no renegar de su fe.

Esto es lo que debemos prometerle a la Santísima Virgen María, y lo que debemos tratar de hacer comprender a todos los que nos rodean, para que ellos tampoco pierdan la fe... no sea que, al perder la fe, pierdan también sus almas. Éstas, mis queridos hermanos y hermanas, son las resoluciones que debemos hacer el día de hoy: rezar, sacrificarnos, sacrificar nuestra vida, ofrecer nuestra vida por la redención del mundo, por la salvación de las almas, por la salvación de nuestras almas y de las almas de nuestras familias.

Hay que pedir que la Iglesia recupere su esplendor

Finalmente, hay que pedir por la renovación de la Santa Iglesia católica: que la Iglesia recupere su esplendor, que pueda recuperar su unidad en la fe, que la Iglesia pueda recuperar sus miles y miles de vocaciones religiosas, como antes, que los noviciados y seminarios estén nuevamente repletos para conservar la fe católica, ¡para vivir la fe católica! Esto es por lo que estamos luchando, mis queridos hermanos y hermanas, junto con todas las personas que ven aquí presentes, estos jóvenes sacerdotes, estos jóvenes seminaristas. Mientras haya gente que quiera conservar la fe, que quiera conservar el sacrificio de la Misa y de la verdadera Eucaristía, que se consagren en cuerpo y alma a la Iglesia, habrá vocaciones, porque estamos en la verdad. Pidamos a la Santísima Virgen María que bendiga nuestros seminarios, que bendiga a nuestros jóvenes sacerdotes para que se conviertan en apóstoles; que bendiga a nuestras religiosas, a las Hermanas de la Fraternidad, a todas las hermanas consagradas a la Tradición, las Carmelitas, las Dominicas, las Benedictinas... todas estas monjas que quieren conservar la fe católica y desean propagarla.

Y que la Virgen María se digne bendecirnos a nosotros también para que podamos continuar valerosamente, a pesar de las adversidades, sirviendo al reino de su Hijo divino. Adveniat regnum tuum, que venga a nosotros tu reino, sí, Oh Señor Jesús, que tu reino se extienda sobre todas las personas, sobre las familias y sobre las sociedades, ¡para que este reino continúe en la eternidad!