martes, 29 de agosto de 2023

EL SANTO ABANDONO CAP 12 (LAS TINIEBLAS, LA INSENSIBILIDAD)

 


Parécenos haber dicho lo bastante respecto a las penas interiores, pero comoquiera que vienen a constituir la más pesada de las pruebas, nunca se estará sobradamente armado para aguantar el choque. Aun a riesgo de repetirnos, vamos a considerar con brevedad sus formas más dolorosas: las tinieblas del espíritu, la insensibilidad del corazón, la impotencia de la voluntad, y como consecuencia, la pobreza espiritual. 

Provienen a veces estas penas del agotamiento físico, y el remedio será entonces proporcionar al cuerpo algo más de vigor. También pueden tener por causa la tibieza de la voluntad y el hábito del pecado. Estos dos azotes tienen el triste secreto de robar progresivamente la luz, la delicadeza, la fuerza y la abundancia, y de conducir a la ceguera, al endurecimiento, al entorpecimiento y a la miseria. Mas en este caso, es la voluntad lo que se ha desviado: sin energía ya para cumplir el deber, ha dejado a la negligencia mezclarse en todo, lo mismo en las oraciones que en el trabajo interior y que en las obligaciones diarias, todo lo ha estragado la pereza. ¡Que el tibio y el pecador sacudan sin dilación este entorpecimiento de muerte y se apresuren a volver al fervor! : es todo lo que hemos de decirles. - Empero, las penas de que hablamos pueden ser involuntarias. El alma continúa siendo realmente generosa, y como no se siente movida por la devoción sensible, parécele hallarse sin fuerzas y sin vida, y no experimenta la impresión de hallar a Dios y gozar de su dulce presencia en la medida de sus deseos. Con todo, le busca lo mejor que puede, hace lo que está de su parte en la oración y fuera de ella, cueste lo que cueste y sin dejarse arredrar por la fatiga. Evidentemente el resultado no parece glorioso, por más que la voluntad no se separa un punto del deber. A estas almas generosas es a quienes nos dirigimos para decirles: «¡Paz a los hombres de buena voluntad! » Dios sólo es la causa de vuestro dolor; poneos por completo en sus manos y soportad con confianza su operación dolorosa, pero llena de vida.


Artículo 1º.- Las tinieblas del espíritu 

Somos «hijos de la luz», y debemos amar la luz. Nunca poseeremos con sobrada abundancia la ciencia de los santos, nunca nuestra fe será suficientemente clara, sino que, por el contrario, quedará siempre oscura aquí abajo, sin llegar a ser clara visión. Sin embargo, la sombra disminuye, la luz aumenta con el estudio y la meditación, y mejor aún, a medida que el alma se hace más pura y se une más a Dios. Asimismo en nuestra conducta preferimos con razón el camino de la luz, por cuyo medio se ve con claridad el deber. ¡Es tan dulce y tan animosa la seguridad de que se hace la voluntad de Dios! 

Mas el Señor no quiere que siempre tengamos esta consolación. «Hoy -dice el venerable Luis de Blosio- el Sol de justicia extiende sus rayos sobre nuestra alma, disipa sus tinieblas, calma sus tempestades, os comunica una dichosa tranquilidad; pero si este astro brillante quiere ocultar su luz, ¿quién le forzará a esparcirla? Pues no dudéis que se oculta algunas veces, y preparaos para estos momentos de oscuridad en que, desapareciendo estas divinas claridades, quedaréis sumergidos en las tinieblas, en la turbación y en la agitación.» 

La sequedad obstinada llega a ser una verdadera noche, a medida que los pensamientos vienen a ser más claros y los afectos más áridos. Dios cuenta con otros muchos medios para producir las tinieblas y hacerlas tan densas como le agrade, sea que se trate de nuestra vida interior o de la conducta del prójimo. Aterrada, desconcertada, el alma se preguntará si quizá Dios se habrá retirado descontento. Le parecerá que son inútiles sus trabajos, y que no adelanta ni en la virtud ni en la oración, y hasta es posible que el tentador abuse de esta dolorosa prueba para dar sus más terribles asaltos. Y «como por una parte -dice San Alfonso- las sugestiones del demonio son violentas, y la concupiscencia está excitada, y por otra, el alma en medio de esta oscuridad, sea cualquiera la resistencia de la voluntad, no sabe con todo discernir suficientemente si resiste como debe, o si consiente en las tentaciones, teme más y más haber perdido a Dios y hallarse por justo castigo de sus infidelidades en estos combates, abandonada por completo de El». Si pruebas de este género se repiten y se prolongan, pueden llegar a concebir crueles inquietudes aun respecto a su eterna salvación. 

Alma de buena voluntad, ¿por qué tales temores? Dios ve el fondo de los corazones, ¿y va a ignorar que deseáis ser toda suya, y que vuestro único deseo es agradarle? ¿Ha cesado El de ser la bondad misma? En el fondo de sus amorosos rigores, ¿no veis su apasionada ternura santamente celosa de poseeros por completo? Sea que castigue vuestras infidelidades o que acumule pruebas, siempre es su corazón quien dirige a su mano. Tiene, empero, para con vos ese amor sabio y fuerte que prefiere la eternidad al tiempo, el cielo a la tierra; se propone haceros andar lo más posible por los caminos de la santidad. Son, pues, sus rigores la prueba de su amor, así como también la señal de su confianza. Cuando erais débil aún, os atraía por medio de las caricias y tomaba mil precauciones, pero entre tantas dulzuras y miramientos no hubierais muerto vos mismo. Ahora que habéis cobrado fuerzas, deja de echar mano de ellos; «os priva de sus consolaciones, a fin de elevaros sobre la grosería de los sentidos y uniros a Sí de modo más excelente, más íntimo y más sólido mediante la fe pura y el puro espíritu. Para que esta purificación sea completa, es necesario que las privaciones se unan a los sufrimientos, al menos interiores, a las tentaciones, a las angustias, a las impotencias que a veces llegan hasta una especie de agonía. Todo esto sirve maravillosamente para librar al alma de su amor propio». 

Después de esta advertencia general, examinaremos brevemente las principales pruebas de este género. 

Desde luego, ofrécese la incertidumbre sobre el valor de nuestras oraciones, que nos parecen insignificantes. Busquemos los medios de conservarnos atentos a Dios y hagamos cuanto esté de nuestra parte, pues El sabrá entender lo que hemos sabido decirle, y aceptará con agrado nuestra buena voluntad, y con ella se dará por satisfecho; que si es verdad que exige los esfuerzos, no pide, sin embargo, el éxito. La oración hecha en estas condiciones será sin consolación, mas no sin fruto: puesto que es poderosa para mantenernos fieles a todos nuestros deberes, ilumina y alimenta más de lo que cabe pensar. Por lo demás, «la experiencia me ha enseñado -dice el P. de Caussade- que todas las personas de buena voluntad que se lamentan de esta suerte, saben orar mejor que las otras, porque su oración es más sencilla y más humilde». 

Existe además la incertidumbre sobre el valor de nuestros actos de virtud. Mas «una cosa es-dice San Alfonso- hacer un buen acto: como rechazar la tentación, esperar en Dios, amarle, querer lo que El quiere, y otra conocer que se hace efectivamente este acto bueno. Este segundo punto, o sea, el conocimiento que tenemos de haber hecho algún bien, nos produce un gozo, pero el mérito del acto radica en el primero, es decir, en la ejecución de la buena obra. Conténtase, pues, Dios con el primero, y priva al alma del segundo, para quitarle toda satisfacción que nada añade al valor del acto, y El prefiere nuestro mérito a nuestra satisfacción». A Santa Juana de Chantal, que sufría terriblemente con esta pena, consolábala San Francisco de Sales en estos términos: « El punto culminante de la santa religión es contentarse con actos desnudos, secos e insensibles, ejercitados por la sola voluntad superior. Hemos de adorar la amable Providencia y arrojarnos en sus brazos y en su regazo amoroso. Señor, si tal es vuestro beneplácito que yo no tenga gusto alguno por la práctica de las virtudes que vuestra gracia me ha otorgado, me someto a ello plenamente, aunque sea contra los sentimientos de mi voluntad; no quiero satisfacción de mi fe, ni de mi esperanza ni de mi caridad, sino poder decir en verdad, aunque sin gusto y sin sentimiento, que moriría antes que abandonar mi fe, mi esperanza y mi caridad.» 

Otra incertidumbre versa sobre la victoria en las tentaciones, la cual es más penosa que el mismo combate, aunque éste hubiese sido tan tenaz y persistente que rayase en la obsesión. Que las almas de buena voluntad cobren ánimo y se tranquilicen: en los sentidos y en la imaginación pueden pasar multitud de cosas que no son actos voluntarios, en los que, por consiguiente, no hay pecado. Se habrá resistido como se debía, mas las tinieblas en que el alma se halla impiden ver con claridad lo que ha sucedido. La voluntad, sin embargo, no ha cambiado, y pronto lo sabrá por experiencia: ofrécese la ocasión de ofender a Dios por un simple pecado venial deliberado y huirá de él cuidadosamente, y preferiría mil muertes antes que cometerlo. Debe bastarnos haber velado, orado, luchado generosamente, sin que haya necesidad de estar completamente seguros de haber cumplido con el deber; y a veces, aun nos será provechoso no tener esta seguridad, pues en ello ganará no poco la humildad. Este fondo de corrupción que llevamos dentro de nosotros mismos, que sin la gracia de Dios nos conduciría a los desórdenes más espantosos, quiere el Señor hacérnosle sentir por experiencias mil veces repetidas. La evidencia de la victoria aminoraría la humillación, hasta pudiera poner en peligro la humildad, y Dios, dejándonos en la incertidumbre, refuerza la humillación y protege la humildad. Dura es la prueba, pero nos ofrece la incomparable ventaja de establecer sólidamente una virtud que es la base de la perfección. 

En estas circunstancias puede haber una incertidumbre sobre el estado de nuestra alma: ¿Habremos quizá sucumbido? ¿Estamos aún en gracia de Dios? No os empeñéis con un ardor inquieto en aseguraros de ello, nos dice San Alfonso. «¿Queréis tener la seguridad de que Dios os ama? Mas, en este momento, Dios no quiere dároslo a conocer; quiere que no penséis sino en humillaros, en confiar en su bondad, en someterse a su santa voluntad. Por lo demás, es una máxima recibida como incontestable por todos los maestros de la vida espiritual, que cuando una persona timorata está dudosa de haber perdido la gracia, es cierto que no la ha perdido, pues nadie pierde a Dios sin saberlo con certeza. Otra prueba de que os encontráis en gracia de Dios es, según San Francisco de Sales, esa resolución que al menos en el fondo de vuestro corazón tenéis de amar a Dios y de no ocasionarle con propósito deliberado el más leve disgusto. Abandonaos, pues, en los brazos de la divina misericordia; protestad que no deseáis sino a Dios y su beneplácito, y desechad todo temor. ¡Cuánto agradan al Señor los actos de confianza y de resignación hechos en medio de estas densas tinieblas!» 

La más dolorosa de todas estas incertidumbres es la que se refiere a nuestro porvenir eterno. Si no es por revelación divina, nadie sabe con certeza absoluta si actualmente es digno de amor o de odio, y mucho menos todavía, si ha de perseverar o ha de tener un fin desgraciado. Dios es quien quiere esta incertidumbre, sin la que correríamos el peligro de adormecernos en la pereza o exponernos con loca temeridad. Por su mediación nos conserva Dios en humilde desconfianza de nosotros mismos y en celo siempre vigilante; afirma además su soberano dominio sobre nosotros recordándonos nuestra absoluta dependencia, nos hace sentir la incesante necesidad de orar, de velar, de mortificarnos, de multiplicar nuestras obras santas, y da mayor lustre y valor a nuestra fe, a nuestra confianza, a nuestro abandono. Adoremos esta admirable disposición y, lejos de dejarnos arrastrar por un temor desconfiado y de perder el ánimo, cultivemos con solicitud este temor amoroso que estimula la actividad y pone en guardia contra sus peligros. La manera más cierta de asegurar el porvenir es santificar el momento presente. El autor de la Imitación nos muestra a un hombre preocupado de su eternidad, hasta el extremo de ser presa de la inquietud y de la agitación. «Con frecuencia fluctuaba entre el temor y la esperanza. Un día, abrumado de tristeza, se dirige a una iglesia, y orando ante el altar y revolviendo en sí mismo los pensamientos que le acongojaban dijo: ¡Oh, si supiera que había de perseverar! Al momento oyó en su interior esta respuesta de Dios: ¿Qué harías si lo supieses...? Haz ahora lo que entonces querrías hacer y estarás seguro. - Consolado y lleno de valor, abandonóse en seguida al divino beneplácito y desapareció su ansiedad, y no quiso en adelante indagar con curiosidad lo que le había de suceder, sino más bien cuál era por el momento la voluntad de Dios y su beneplácito, para emprender todo género de buenas obras y llevarlas a buen término.» 

Este obró como cuerdo. Por nuestra parte, no pensemos sino en obrar con confianza, en cumplir asiduamente nuestros deberes, en vivir así en humildad, en la abnegación, en la obediencia y en el santo amor. Y Dios, que es la bondad personificada, el dulce Salvador que ha dado la vida por sus enemigos, el buen Pastor que corre tras la oveja rebelde y obstinada, jamás permitirá que un alma de buena voluntad termine miserablemente una vida santa. Por lo demás, no cesemos de implorar la gracia de la perseverancia final, y pidámosla por mediación de nuestra Madre del Cielo, que un alma devota de María no puede perderse eternamente. 

Puede haber también otras muchas especies de oscuridades, y por más que se tomen todas las precauciones para hacer la luz en rededor suyo, siempre se padecerá la falta de claridad, sea en la vida interior, sea en el modo de conducir al prójimo, y por una permisión divina surgirán las tinieblas de todas partes. Sea cual fuere su naturaleza y por espesas que se las suponga, nos dejan la razón y la fe: tanto al Pastor como al simple fiel les quedará la Iglesia, el Evangelio, los buenos libros y la dirección; y al religioso le quedan sus Superiores y su Regla. ¿No es esto bastante para orientarnos con seguridad hacia el puerto de la eterna felicidad? La prueba, pues, no nos priva sino de las luces especiales, radiantes y deliciosas que por cierto nos proporcionan un precioso suplemento de fuerza, del que, sin embargo, es fácil abusar. En todo caso no son necesarias y si Dios nos las quita sin culpa nuestra, El sabrá hacer que hallemos mediante el abandono y los esfuerzos una superabundante compensación. Dejemos, por tanto, que Dios nos conduzca a su placer, y aun entre las desolaciones y tinieblas confiémonos a este Padre infinitamente bueno y sabio y no tengamos otro cuidado sino el de cumplir sus voluntades. 

De este modo se conducía Santa Teresa del Niño Jesús: «Doy gracias a mi Jesús, escribía, por hacerme caminar entre tinieblas, pues encuentro ahí una paz profunda. Gustosa consiento en permanecer toda mi vida religiosa en este oscuro subterráneo en que me ha hecho entrar, y solamente deseo que mis tinieblas obtengan la luz para los pecadores. Soy feliz así, muy feliz de no tener ninguna consolación.»

 

Artículo 2º.- La insensibilidad del corazón, los disgustos, etc. 

Lo repetimos de nuevo, que aquí no se trata de un alma esclava de sus pasiones o debilitada por la tibieza voluntaria, sino de aquella que desea resueltamente ser toda para Dios. 

«Es triste tener que cumplir los más religiosos deberes con un corazón frío y un espíritu disipado, el ir a ellos siempre sin interés alguno y tener que arrastrar su corazón como por fuerza, el hallarse insensible y con estúpida indiferencia en presencia de Dios, meditar sin afecto, confesarse sin dolor, comulgar sin gusto y aun con menos satisfacción que comiendo el pan material, sufrir por fuera sin estar consolado por dentro, llevar pesadas cruces sin sentir esa unción secreta que las dulcifica.» He aquí nuestra prueba admirablemente descrita por el P. de Lombez, mas, ¿qué pensar de ella? 

«Este estado, continúa diciendo, es harto mortificante, pero sin embargo, está ordenado con mucha sabiduría por la Providencia de un Dios que conoce perfectamente sus derechos y nuestras necesidades. Sois justo, Señor, y todas vuestras determinaciones son dictadas por la misma equidad; mas vuestra misericordia siempre va mezclada en vuestros consejos... (Alma de buena voluntad), Dios te retira sus consolaciones ora para castigar tus faltas, ora para aumentar tus méritos. Si es para castigar tus faltas, ¿por qué no vuelves tu disgusto contra ti misma? Si es para aumentar tus méritos, ¿por qué te quejas de El? Si te trata como mereces, ¿qué mal te hace? Si quiere acrecentar tus méritos, ¡cuán reconocida no le debes estar! ¿Temes que te haga expiar con sobrada facilidad tus pecados en este mundo, o que mediante ligeros padecimientos te haga demasiado feliz en el otro? Por más que reflexiones, esos que tú llamas rigores, deben necesariamente tener una de estas dos causas: Dios no aborrece su obra, y no llama al hombre a su servicio para hacerle desdichado.» 

Con tal que nuestra voluntad se mantenga firme y generosa, evitemos la inquietud. Pongámonos en manos de Dios como un enfermo en las del médico, pues en estas circunstancias es cuando se entregará de lleno a curarnos y salvarnos. El amor propio querría que nuestra contrición se tradujese en torrentes de lágrimas, nuestro amor a Dios en dulces efusiones de ternura; querría conocer, ver y sentir cada uno de nuestros actos de virtud para asegurarse de ellos, para solazarse o complacerse en ellos. Tan miserables somos durante la vida, que todo don conocido corre riesgo de convertirse en veneno por este sutil amor propio. He aquí lo que obliga en cierta manera a Dios a ocultarnos las gracias que nos concede: nos conserva la sustancia de ellas, nos quita lo que brilla y nos halaga. Si entendiéramos bien nuestros intereses, miraríamos esta conducta de Dios como preciado favor, y nunca besaríamos su mano con más confianza, que cuando parece que la deja caer con todo su peso sobre nosotros. En efecto, cuando la naturaleza padece esas interiores crucifixiones y se desespera de no hallar remedio alguno en ellas, el amor propio es quien se encuentra reducido a la agonía y se ve a punto de expirar. ¡Muera, pues, este miserable amor desarreglado! ¡ Sea crucificado este enemigo doméstico de nuestras pobres almas, este enemigo de Dios y de todo bien! 

Pero, diréis, ¿y esta espantosa indiferencia para con Dios? - Es tan sólo aparente, y en la parte inferior, puesto que la voluntad permanece fiel a todos sus deberes. La parte superior busca a Dios, y El no la pide más. He aquí una prueba evidente; estáis desolada en todos vuestros ejercicios por sentir que no amáis a Dios como lo deseáis, y no sabéis más que lamentaros amargamente: Dios mío, luego no os amo. ¡Qué violento y profundo debe ser el deseo interior de permanecer fiel por completo, pues el temor solo de no amarle os aflige hasta este extremo! Es señal cierta de que en medio de vuestras frialdades, de vuestras insensibilidades, de vuestra aparente indiferencia, Dios ha encendido en vuestro corazón el fuego de un amor grande que cada vez se hace interiormente más intenso, más profundamente ardoroso con los mismos temores de no amarle. Son, pues, vuestras angustias las que precisamente debieran tranquilizaros. Hay, sin embargo, otra prueba aún mejor: es que nuestros actos, para que sean agradables a Dios, en manera alguna necesitan emociones. Por su naturaleza son espirituales, y se elaboran en la parte superior del alma. Cuando la parte inferior preste su concurso, o permanezca inerte, e incluso trabaje en contra, todo esto será siempre secundario. Lo esencial es que la contrición cambie la voluntad, y no que haga correr las lágrimas, que el santo amor una fuertemente nuestro querer al de Dios, y no que se traduzca en efusiones de ternura. Otro tanto ha de decirse de las virtudes. Para obtener este resultado, no es necesaria la sensibilidad; ésta viene a ser perjudicial tan pronto como se convierta en pábulo del amor propio. Tal es el obstáculo que Dios se propone destruir con esta insensibilidad del corazón. Dolorosa es esta operación, mas eminentemente saludable, y en lugar de quejamos amargamente de ella, besemos con reconocimiento la mano de Dios que nos hace sufrir para curarnos. 

La insensibilidad del corazón es una abrumadora pena, al menos para el alma que aún no ha llegado al perfecto abandono; pero la prueba toma más incremento, cuando a la privación del piadoso sentimiento vienen a añadirse los disgustos, las repugnancias, las rebeliones interiores, que sobreexcitan a la naturaleza ante los grandes sacrificios, o cuando la copa está ya llena. Nada culpable hay en estas repugnancias y las rebeliones, con tal que se las sufra con paciencia y la voluntad no se deje arrastrar; sólo falta entonces la impresión sensible de la sumisión, puesto que nuestra voluntad permanece unida a la de Dios y fiel a todos sus deberes. Recuérdese la agonía de Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos, y se comprenderá que la amargura del corazón y la violencia de las angustias no son incompatibles con una sumisión perfecta. Las rebeliones no están sino en la parte inferior, mientras que en la superior continúa reinando la sumisión. 

Guardémonos bien de creer que estas pruebas constituyen un obstáculo, sino que por el contrario, dice el P. de Caussade, tales son las luchas íntimas de que habla San Pablo, y después de él todos los Maestros de la vida espiritual; tal el combate por el que el verdadero justo se sustrae al dominio de los sentidos; tales las gloriosas victorias que nos procuran en este mundo la paz y la sumisión relativa de la parte inferior, y en el cielo la posesión de Dios. Apréndese en estas tempestades a desprenderse de todo, a hacer frecuentes y penosos sacrificios, a vencerse en no pocas cosas, a practicar singularmente la paciencia, la humildad, el abandono. Todo esto se ejecuta en la parte más interior del espíritu casi sin nosotros conocerlo, a pesar de las apariencias, hasta el punto de que muchas veces tenemos la sumisión creyendo no tenerla. Lejos de ser una señal de alejamiento de Dios, estos disgustos constituyen una gracia mucho mayor de lo que pudiéramos pensar; pues, dejándonos penetrados de nuestra debilidad y perversidad, nos disponen a esperarlo todo de la divina Bondad. 

Nada hagamos en este estado contra las órdenes de Dios, ni nos lamentemos desesperadamente, sino que más bien pronunciemos con humildad nuestro fiat; ved ahí la perfecta sumisión que nace del amor y del más puro amor. ¡Ah, si en ocasiones semejantes supiéramos permanecer en respetuoso silencio de fe, de adoración, de humildad, de abandono y de sacrificio, entonces encontraríamos el gran secreto que santifica y hasta endulza las amarguras! Es preciso ejercitarse y formarse poco a poco, guardarse mucho de la turbación si se ha faltado, pero en seguida volver a este filial abandono con humildad apacible y tranquila. Entonces podemos contar con los auxilios de la gracia. Cuando Dios nos envía grandes cruces y nos ve deseosos de soportarlas bien, no deja nunca de sostenemos invisiblemente, de suerte que la magnitud de la prueba corra parejas con la magnitud de la fuerza y de la paz, y aun a veces sea superada. Por lo demás, no conviene abandonar la oración, ni suprimir nuestros actos interiores por áridos, pobres y miserables que puedan parecer; que si no tienen sabor para nosotros, lo tendrán muy mucho para Aquel que ve vuestra buena voluntad. ¡ Felices las almas que a ejemplo de Santa Teresa del Niño Jesús, tiene por ideal consolar a su buen Maestro y no exigir que El les consuele siempre!

 

Artículo 3º.- Las impotencias de la voluntad 

¿Proviene quizá esta dificultad del agotamiento físico? El remedio sería dar al cuerpo un poco de vigor. 

Las almas menos adelantadas, los tibios y los pecadores, son molestados en su acción por sus grandes y pequeñas pasiones: que practiquen la penitencia y la mortificación interior y poco a poco se verán libres de sus lazos. 

Un alma que es toda de Dios, sin haber pasado aún el camino ordinario, puede ser probada por una profunda aridez de sentimientos, por esas tinieblas y esta insensibilidad de que hemos hablado, y esto basta para que experimente cierta impotencia en la práctica de las virtudes, y sobre todo en la oración. 

En esta alma, la impotencia para practicar las virtudes no es sino relativa, es más aparente que real. Es ante todo una impotencia para practicarlas con sentimiento; y por aquello de que no siente ni el amor, ni la contrición, ni las otras virtudes, se figura que no las tiene y que no hace nada. Pero es una ilusión: una cosa es, según queda dicho, producir actos buenos, y otra sentir su impresión. Dios pide las obras, mas no exige el sentimiento. Es más: si permaneces fiel a todos los deberes sin el apoyo de los consuelos y dulzuras, la buena voluntad es más agradable a Dios y más meritoria para nosotros, porque ha sido necesario más espíritu de sacrificio. Quizá exista aún alguna otra causa de ilusión: se habían formado grandes proyectos, soñado con virtudes heroicas, acariciado un ideal más o menos quimérico. Al no conseguir dicho objeto, se desvanecen vanas esperanzas y nos despojamos un poco de nuestro orgullo. Lejos de contristamos por ello, habíamos de bendecir a Dios que nos conserva en la humildad y nos llama a la realidad. A pesar de todas las decepciones de este género, una cosa seguirá siendo enteramente posible, y es lo que forma la esencia de la santificación, es decir, la guarda de las leyes de Dios y de la Iglesia, y nuestras obligaciones. Un religioso observará siempre sus votos, amará su Regla, obedecerá a sus Superiores, vivirá en paz con sus hermanos, gobernará sus pasiones, ofrecerá a Dios sus actos, soportará con paciencia sus penas, y de esta manera atesorará un caudal inapreciable de virtudes y méritos. ¿Qué más se necesita? Este es el verdadero camino de la perfección, camino enteramente seguro y que nos ofrece horizontes dilatados. 

La impotencia puede manifestarse sobre todo con respecto a los actos interiores y a la oración, y aun aquí no es sino relativa. «Siéntese el alma -dice San Alfonso- como incapaz de elevarse a Dios y de producir acto alguno de caridad, de contrición, de resignación. Pero, ¿qué importa? Basta hacer un ensayo, aunque sólo sea con la parte superior de la voluntad. Entonces, por más que estos actos estén para vos desprovistos de fervor y de gusto y hasta parezcan impracticables, Dios los acepta y los tiene por agradables. Sin embargo, aun en medio de esta oscuridad, una cosa es todavía posible: anonadarnos delante de Dios, confesar nuestra miseria arrojándonos en el seno de su misericordia. Y después, no olvidemos que es preciso orar en cualquier estado en que nos encontremos; en las tinieblas y en la luz es preciso clamar a Dios: Señor, conducidme por el camino que os plazca, y haced que cumpla vuestra voluntad, pues no quiero otra cosa.» Si apenas acertamos a expresar nuestros deseos, palabras y sentimientos, podemos al menos mantenernos con espíritu de fe en la presencia de Dios con un real deseo de recibir su gracia según nuestras necesidades, lo que constituye una verdadera oración, porque Dios ve la preparación de nuestro corazón, y entiende lo que nosotros no sabemos decirle. En una palabra, nuestra impotencia se refiere tan sólo a lo que Dios no quiere de nosotros en este momento, y por tanto, no nos sería conveniente salir airosos como fuera nuestro deseo. 

Quizá el buen Maestro quiere tan sólo probarnos para que arraiguemos más hondo en la humildad, en el desasimiento, en el santo abandono. Para esto, suprimirá las consolaciones sensibles y las dulzuras espirituales, reemplazándolas con la oscuridad, con la insensibilidad, y aun con el hastío. Nos convendrá mantenernos constantes en nuestro deber, no descuidar la oración, sino soportar animosamente la prueba, atenuándola, si es posible, por medio de un libro y otras piadosas prácticas que la experiencia sugiera. Quizá Dios se proponga hacernos pasar de estas vías comunes a las místicas. Al intento nos hará suprimir poco a poco los actos discursivos, metódicos, complicados y variados, para encaminarnos hacia una oración de simple mirada con actos más breves y menos variados, o en un amoroso silencio. Esta operación divina es una preciosísima gracia y, muy lejos de contrariaría, prestémonos a ella con docilidad llena de confianza. Mas convendrá buscar en algún buen libro, y con preferencia en un director experimentado, las luces y la dirección que son entonces particularmente necesarias. 

En todo caso, es una excelente ocasión de progreso espiritual y abandono filial. «No os alarméis -dice el P. de Caussade- lejos estáis de perder el tiempo en la oración; la podréis hacer más sosegada, pero no más meritoria ni más útil, porque la oración de sufrimiento y anonadamiento, si bien es la más dolorosa, es también la que más purifica el alma y la que nos hace morir antes a nosotros mismos, para no vivir sino en Dios y para Dios. ¡ Cuánto me agradan esas oraciones en las que os mantenéis en presencia de Dios como un jumento, insensible a todo y oprimido bajo el peso de todo género de tentaciones! ¡Qué cosa más a propósito para humillar, confundir, anonadar vuestra alma delante de Dios! Eso es lo que El se propone, y adonde conducen estas aparentes miserias. Con tal que no sea un obstáculo para cumplir vuestros ejercicios de piedad, habéis de considerar esa estupidez como una prueba a que Dios os somete, y que os es común con casi todos los santos. Sed fiel, que en su aceptación hallaréis un ejercicio muy meritorio de paciencia, de sumisión, de humildad interior, y no puede ser perjudicial sino al amor propio que muere poco a poco, y se aniquila por este medio más eficazmente que con todas las mortificaciones exteriores... Jamás se llega a la entera desconfianza de sí mismos y a una perfecta confianza en Dios, sino después de haber pasado por estos diversos estados de completa insensibilidad y absoluta impotencia. ¡Dichosos estados que producen tan maravillosos efectos...! No hay sacrificio, por otra parte, que Dios acepte con mayor complacencia que esta entera donación de un corazón destrozado y anonadado; es en verdad el holocausto de agradable olor. Las oraciones más dulces y más fervientes, las más rigurosas mortificaciones voluntarias nada tienen de comparable, ni que se le acerquen.» 

San Francisco de Sales escribía en idéntico sentido a Santa Juana de Chantal: «¿De qué os quejáis, mujer? No, no conviene ser mujer, hay que tener corazón de hombre; y con tal que conservemos el alma firme en la voluntad de vivir y morir en el servicio de Dios, no nos maravillemos de las tinieblas, ni de las impotencias, ni de los obstáculos. Allá arriba ya no los habrá, y aquí es necesario sufrirlos... Quiere Dios que nuestra miseria sea el trono de su misericordia, y nuestras impotencias el asiento de su omnipotencia.» 

El piadoso doctor invita después a su santa dirigida a permanecer humilde y tranquila, dulce y confiada en medio de la impotencia y la oscuridad. Quiere que no se impaciente, que no se turbe, sino que permanezca en sus tinieblas y que abrace la cruz con ánimo, franca y firmemente.

 

Artículo 4º.- La pobreza espiritual 

¿Qué puede salir de las tinieblas, de la insensibilidad, de la impotencia, sino la pobreza espiritual? Así razona el que se halla sumergido en la prueba, pero se engaña. Desde el momento que la parte superior del alma se adhiera a la voluntad divina y permanezca fiel al deber, las tinieblas, la insensibilidad, la impotencia no pasan de la parte inferior, y por consiguiente, la pobreza sólo será aparente. En realidad, esta dura prueba es el manantial de una inmensa riqueza sólidamente fundada sobre la obediencia y la humildad, muy bien preservada de los estragos del amor propio. 

Mas en esto hay quizá una mala inteligencia: Dios nos gobierna a su manera, y nosotros habíamos formado otro concepto en este punto; de donde se origina nuestra turbación, y para disiparla importa conocer mejor las miras de Dios y entrar de lleno en ellas. 

Muy ajenos estamos a poner trabas a las almas generosas; únicamente querríamos impedirles hacer grandes jornadas fuera del camino. Por lo general, nuestras aspiraciones son harto vulgares, y, dado que inutilizamos tantas gracias, quedaremos muy distanciados de la sublimidad de la gloria a que Dios nos destinaba. Es, pues, necesario dirigir muy alto nuestros deseos de espiritual adelantamiento, debiéndolos apoyar en Dios sólo, y regularse según su beneplácito de tal suerte que queramos nuestra perfección como Dios la quiere y solamente como El la quiere. El deseo así formado, aunque lleno de un santo ardor, permanece siempre tranquilo y sumiso, porque tiene su principio en la gracia y su regla en la voluntad divina. Otro deseo hay de perfección que no procede enteramente de Dios, pues se inspira más o menos en nuestro egoísmo, se guía en parte por la voluntad propia y se dará por consiguiente a conocer en la inquietud, la turbación, el apresuramiento. Cuanto nos merece confianza el primero de estos deseos, tanto hemos de vigilar al otro, en tal forma, que tendamos ardorosamente a la perfección y a la vez estemos en guardia contra las inspiraciones del amor propio. 

Por fortuna, Dios viene en nuestra ayuda por medio de estas penas de que hablamos. Por mediación de ellas nos ofrece un doble socorro tan necesario como precioso, secunda nuestros deseos de progresar, sosteniéndonos poderosamente con su gracia invisible, y presérvanos de los ataques del amor propio, dejándonos sentir la fuerte impresión de nuestra pobreza. Hemos, pues, de bendecirle no sólo porque le pone bajo la salvaguardia de la humildad, sino porque también aumenta nuestro caudal espiritual. Daremos algunos detalles, a fin de aclarar esta tan consoladora verdad. 

¿Se trata de nuestros pecados y de nuestras imperfecciones? Diremos a Dios desde el fondo de nuestro corazón: detesto mis faltas y mis miserias y haré cuanto pueda con vuestra gracia para corregirme. El acude en nuestro auxilio, pero de tal suerte, que nos asegure la victoria, manteniéndonos, sin embargo, en el desprecio de nosotros mismos. Tal vez se apoderaría de nosotros la yana complacencia si hallásemos en nosotros mismos la energía y el valor. Nos concederá la gracia de vencer en pequeña escala, es decir, bajo la impresión de nuestra debilidad, y por tanto, con modestia. Lejos de enorgullecerse, estará uno convencido de no ser sino la nada más despreciable, y este descontento de sí producirá la complacencia de Dios. Por otra parte, cuando se llega a no buscar otra satisfacción que la de agradar a Dios, nada nos podrá turbar. 

«Mientras estemos en esta vida -dice el P. de Caussade-, no podemos menos de encontrarnos con muchas imperfecciones y miserias. ¿Deseáis un remedio eficaz para curarlas...?, detestad desde luego los pecados que son la fuente de todas ellas, amad o aceptad por lo menos sus consecuencias, es decir, la abyección y el desprecio que de ellas resulta, y todo sin turbaros, sin disgusto, ni inquietud, ni desánimo. Tened presente que Dios, sin querer el pecado, hace de él instrumento muy útil para conservarnos en la humildad... Y este conocimiento más claro cada vez de su nada, es el que aumenta la humildad en los santos, mas esta humildad según Dios es siempre alegre y tranquila. Estáis vivamente penetrados de vuestras faltas y de vuestros defectos; esto sólo sucede a medida que Dios se acerca a nosotros, y que nosotros andamos en la luz. Brillando con mayor intensidad, esta divina luz nos hace distinguir mejor dentro de nosotros un abismo de miseria y de corrupción, y ese conocimiento es una de las señales más inequívocas de progreso en los caminos de Dios.» Tal conocimiento nos turba quizá mostrándonos muy a las claras nuestra pobreza, siendo así que por esto mismo debiera de consolarnos y llevarnos al agradecimiento. 

¿Se trata del adelantamiento en las virtudes? Hablemos así a Dios: No deseo sino agradaros; deseo el don de oración, el espíritu de mortificación, todas las virtudes, y os las pido con instancia, y me propongo trabajar sin descanso en su adquisición. Sin embargo, vuestra adorable voluntad será constantemente la regla de mis deseos, aun de los más legítimos y santos. Anhelo mi santificación en cuanto Vos lo deseáis de mí, pero solamente en la medida, forma y tiempo que os convenga. Infinitamente sabio y bueno. Dios no puede desechar los deseos de progresar que El mismo nos ha inspirado, sino que los acoge; mas para sustraer a los peligros del orgullo nuestros progresos, la paciencia, la humildad, el amor, el abandono y demás frutos de la gracia, sabe ocultarlos tan bien, que a las veces no podemos menos de llorar la presunta ausencia de toda la virtud. Todo esto se lo habíamos de agradecer, tanto más cuanto que no hay un solo don tan excelente que, después de haber sido medio de adelantamiento, no pueda convertirse en tropiezo y obstáculo a causa de las miradas de complacencia y del apego que mancillan al alma. Ahí estriba el que Dios se vea precisado a quitarnos lo que nos había dado, pero no lo hace sino para devolvérnoslo centuplicado, una vez que se haya purificado de esta maligna apropiación que de sus dones hacíamos sin darnos cuenta de ello. Por este motivo, aunque trabajando con una piadosa avaricia en enriquecernos de virtudes, debiéramos decir al Señor: Consiento en ser privado, en cuanto sea de vuestro agrado, de saber si me habéis concedido esas gracias o ese progreso, porque soy tan miserable, que todo bien conocido se me convierte en ponzoña, y estas malditas complacencias del amor propio vienen a manchar la pureza de mis obras casi sin yo saberlo y contra mi voluntad. Así, Dios mío, soy yo mismo quien os liga las manos y os obliga a ocultarme, por vuestra bondad, las gracias que vuestra misericordia os mueve a concederme. 

¿Se trata de los medios de santificación? Pongámonos en las manos de Dios: El sabrá elegir para las almas fieles, no los más gloriosos ni los más conformes a sus deseos, sino los más a propósito para asegurar su adelantamiento y la humildad. ¿Qué más habríamos de desear? ¿En qué consiste, pues, el servicio de Dios, sino en abstenemos del mal, en guardar los mandamientos, en trabajar a medida de nuestras fuerzas conforme a la voluntad de Dios? Y si esto hacéis, «¿por qué desear con un ardor inmoderado las luces del espíritu, los sentimientos, los gustos interiores, la facilidad en el recogimiento, en la oración o cualquier otro don de Dios, si a El no le place concedéroslo? ¿No será esto pretender perfeccionaros a vuestro gusto y no al suyo, seguir vuestra voluntad y no la voluntad divina, mirar más por vuestra satisfacción que al agrado de Dios, en una palabra, querer servirle conforme a vuestro capricho, y no según su beneplácito? - ¿Habré, pues, de resignarme a permanecer toda mi vida víctima de pobreza, de mis debilidades, de mis miserias? - Sí por cierto, si así es del agrado de Dios». No es esto sino una pobreza aparente, pues en el fondo, «riqueza será, y por cierto inmensa, ser precisamente lo que Dios quiere»; es una sublime perfección aceptar de buen grado todo lo que Dios hace. ¿Podéis ignorar acaso que constituye una virtud heroica el saber soportar paciente y constantemente las propias miserias, las debilidades, la pobreza interior, las tinieblas, las insensibilidades, las divagaciones, las locuras, las extravagancias de espíritu y de imaginación -obrando siempre lo mejor que se pueda-? Esto es lo que ha hecho decir a San Francisco de Sales que los aspirantes a la perfección tienen tanta necesidad de paciencia y de dulzura para consigo mismos como para con los demás. Tengamos, pues, paciencia con nosotros mismos, en nuestras propias miserias, en nuestras imperfecciones y en nuestros defectos, como Dios quiere que soportemos al prójimo en parecidas circunstancias. 

Así es que este sentimiento de nuestra pobreza no ha de inquietarnos en cuanto al presente, desde el momento en que realmente tenemos buena voluntad: «Camináis con seguridad -dice San Juan de la Cruz-; dejaos conducir y estad contentos. Jamás habéis sido mejores que ahora, porque nunca habéis sido tan humildes ni tan sumisos. Jamás os habéis tenido a vosotros mismos y a las cosas del mundo en tan poca estima. Jamás os habéis creído tan malos y peores que ahora. Jamás habéis hallado a Dios tan bueno, ni le habéis servido con más desinterés, ni con más pureza de intención. Jamás habéis renunciado mejor que ahora a las imperfecciones de vuestra voluntad y de vuestro interés personal, que quizá en otros tiempos buscabais.» 

En cuanto al porvenir, sólo os incumbe esforzaros por amar la santa abyección, el desprecio y horror de vos mismo, que nacen de este vivo sentimiento de vuestra pobreza. Cuando a esto llegareis, habréis dado un nuevo paso, aun más decisivo, en vuestro espiritual adelantamiento. Esta aparente pobreza, bien entendida, humildemente soportada, es uno de los más preciosos tesoros que un alma puede poseer acá abajo, puesto que este sentimiento la conduce a una profunda humildad. Por este medio Dios le impide complacerse y confiar en si misma, dormirse en una perezosa tranquilidad. Le obliga a obrar su salvación con temor y temblor, y, por consiguiente, se apoya en Dios sólo, desconfía de si misma, vigila, ora, se mortifica, estimula su actividad espiritual, multiplica sus santas obras a fin de procurarse con mayor seguridad la dicha de los elegidos.