viernes, 25 de noviembre de 2022

EL SANTO ABANDONO. Capítulo 5: EL ABANDONO EN LOS BIENES DE OPINIÓN. (Artículo 2º.- Las humillaciones)

 



Artículo 2º.- Las humillaciones

La humildad es una virtud capital y su acción altamente

beneficiosa. De ella provienen la fuerza y la seguridad en los

peligros, ilusiones y pruebas, pues sabe desconfiar de sí y

orar. Es del agrado de los hombres, a quienes hace sumisos a

los superiores, dulces y condescendientes con los inferiores;

es el encanto de nuestro Padre celestial, porque nos hace

adoptar la actitud más conveniente ante su majestad y su

autoridad, imprime a nuestro continente un notable parecido

con nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Esposo, Jesús,

«manso y humilde de corazón». ¿No es El la humildad

personificada? «El humilde le atrae, el orgulloso le aleja. Al

humilde le protege y le libra, le ama y le consuela, y hacia el

humilde se inclina y le colma de gracias, y después del

abatimiento le levanta a gran gloria; al humilde revela sus

secretos, le convida y le atrae dulcemente hacia Si». La

palabra del Maestro es categórica: «El que se humillare será

ensalzado, y, por el contrario, el que se ensalce será

humillado».


Si tenemos, pues, la noble ambición de crecer cada día un

tanto en la amistad e intimidad con Dios, el verdadero secreto

de granjeamos sus favores será siempre rebajarnos por la

humildad; secreto en verdad muy poco conocido. Hay quienes

no se preocupan sino de subir, siendo así que ante todo

convendría esforzarse por descender. Cuánto convendría

meditar la respuesta tan profunda de Santa Teresa del Niño

Jesús a una de sus novicias: «Encójome cuando pienso en

todo lo que he de adquirir; en lo que habéis de perder, querréis

decir, porque estoy viendo que equivocáis el camino y no

llegaréis jamás al término de vuestro viaje. Queréis subir a una

elevada montaña, y Dios os quiere hacer bajar, y os espera en

el fondo del valle de la humildad... El único medio de hacer

rápidos progresos en las vías del amor, es conservarse siempre pequeña.»


Muchos son los caminos que conducen a la humildad.

Confiemos muy particularmente en los abatimientos, según

esta bella expresión de San Bernardo: «La humillación

conduce a la humildad, como la paciencia a la paz y el estudio

a la ciencia.» ¿Queréis apreciar si vuestra humildad es

verdadera? ¿Queréis ver hasta dónde llega, y si avanza o

retrocede? Las humillaciones os lo enseñarán. Bien recibidas,

empujan fuertemente hacia adelante y con frecuencia hacen

realizar notables progresos, y sin ellas jamás se alcanzará la

perfección en la humildad. «¿Deseáis la virtud de la humildad?

-concluye San Bernardo-; no huyáis del camino de la

humillación, porque si no soportáis los abatimientos, no podéis

ser elevados a la humildad.»


Decía San Francisco de Sales que hay dos maneras de

practicar los abatimientos: la una es pasiva y se refiere al

beneplácito divino, y constituye uno de los objetos del

abandono; la otra activa, y entra en la voluntad de Dios

significada. La mayor parte de las personas no quieren sino

ésta, llevando muy a mal la otra; consienten en humillarse, y

no aceptan el ser humilladas; y en esto se equivocan de medio

a medio.


Conviene sin duda humillarse a sí mismo, y hemos de. dar

siempre marcada preferencia a las prácticas más conformes a

nuestra vocación y más contrarias a nuestras inclinaciones.

San Francisco de Sales quería que nadie profiriese de sí

mismo palabras despreciativas que no naciesen del fondo del

corazón, de otra suerte, «este modo de hablar es un refinado

orgullo. Para conseguir la gloria de ser considerado como

humilde, se hace como los remeros que vuelven la espalda al

puerto al cual se dirigen; y con este modo de obrar se camina

sin pensarlo a velas desplegadas por el mar de la vanidad».

Recurramos, pues, más a las obras que a las palabras para

abatirnos. La mejor humillación activa en nuestros claustros

será siempre la leal dependencia de la Regla, de nuestros

superiores y aun de nuestros hermanos. Nadie ignora que los

doce grados de humildad, según nuestro Padre San Benito, se

fundan casi exclusivamente en la obediencia, y es también de

esta virtud de la que San Francisco de Sales hace derivar la señal de la verdadera humildad, fundándose en esta expresión

de San Pablo, que Nuestro Señor se anonadó haciéndose

obediente. «¿Veis -decía- cuál es la medida de la humildad?

Es la obediencia. Si obedecéis, pronta, franca, alegremente,

sin murmuración, sin rodeos y sin réplica sois verdaderamente

humildes, y sin la humildad es difícil ser verdadero obediente;

porque la obediencia pide sumisión, y el verdadero humilde se

hace inferior y se sujeta a toda criatura por amor de

Jesucristo; tiene a todos sus prójimos por superiores, y se

considera como el oprobio de los hombres, el desecho de la

plebe y la escoria del mundo.» Humillación excelente es

también descubrir el fondo de nuestros corazones y de

nuestra conciencia a los que tienen la misión de dirigirnos,

dándoles fiel cuenta de nuestras tentaciones, de nuestras

malas inclinaciones y, en general, de todos los males de

nuestra alma. Finalmente, es saludable humillación acusarse

ante los Superiores como lo haríamos en presencia del mismo

Dios, y cumplir con corazón contrito y humillado las

penitencias usadas en nuestros Monasterios. Además de

estas humillaciones de Regla, hay otras que son espontáneas.

San Francisco de Sales «quería mucha discreción en éstas,

porque el amor propio puede deslizarse en ellas sagaz e

imperceptiblemente, y ponía en sexto grado procurarse las

abyecciones cuando no nos vinieren de fuera».


El santo estimaba mucho las humillaciones que no son de

nuestra libre elección; porque en verdad, las cruces que

nosotros fabricamos son siempre más delicadas, además de

que serían contadas y apenas tendrían eficacia para matar

nuestro amor propio.


Necesitamos, pues, que nos cubran de confusión, que nos

digan las verdades sin miramientos, y que nos hagan sentir

todo este mundo de corrupción y de miserias que bulle en

nosotros. De ahí que Dios nos prive de la salud, disminuya

nuestras facultades naturales, nos abandone a la impotencia y

oscuridad, o nos aflija con otras penas interiores. Esta misma

razón le mueve a abofetearnos por mano de Satanás, a

ordenar a nuestros Superiores que nos reprendan, y a la

Comunidad que tome parte conforme a nuestros usos en la

corrección de nuestros defectos. La acción ruda y saludable de la humillación quiere Dios ejercerla especialmente por

aquellos que nos rodean; a todos los emplea en la obra,

utilizando para ello el buen celo y el celo amargo, las virtudes

y los defectos, las intenciones santas, la debilidad y aun, en

caso necesario, la malicia. Los hombres no son sino

instrumentos responsables, y Dios se reserva el castigarlos o

recompensarlos a su tiempo. Dejémosle esta misión, y no

viendo en El sino a. nuestro Dios, a nuestro Salvador, al Amigo

por excelencia, y olvidando lo que en ello hay de amargo para

la naturaleza, aceptemos como de su mano este austero y

bienhechor tratamiento de las humillaciones. De ordinario,

éstas son breves y ligeras, y aun cuando fuesen largas y

dolorosas, no lo serian sino de una manera más eficaz,

dispuestas por la divina misericordia, «y el rescate de las

faltas pasadas, la remisión de las fragilidades diarias, el

remedio de nuestras enfermedades, un tesoro de virtudes y

méritos, un testimonio de nuestra total entrega a Dios, el

precio de sus divinas amistades y el instrumento de nuestra

perfección».


La humillación fomenta el orgullo cuando se la rechaza con

indignación o se sufre murmurando; y esto explica cómo «se

hallan tantas personas humilladas que no son humildes». Sólo

será provechosa para aquel que le hace buena acogida y en la

medida en que la reciba humildemente como si fuera de la

mano de Dios, diciéndose, por ejemplo: en verdad que la

necesito y bien la he merecido. Y si una ligera ofensa, una

falta de consideración, una palabra desagradable es suficiente

para lanzarme en la agitación y turbación, señal es que el

orgullo se halla todavía lleno de vida en mi corazón, y en lugar

de mirar la humillación como un mal, debiera mirarla como mi

remedio; bendecir a Dios que quiere curarme, y saber

agradecerla a mis hermanos que me ayudan a vencer mi amor

propio. Por otra parte, la vergüenza, la confusión, la verdadera

humillación, ¿no consiste en sentirme aún tan lleno de orgullo

después de tantos años pasados en el servicio del Rey de los

humildes? Si conociéramos bien nuestras faltas pasadas y

nuestras miserias presentes, poco nos costaría persuadirnos

de que nadie podrá jamás despreciarnos, injuriarnos y

ultrajarnos en la medida que lo tenemos merecido; y en vez de quejamos cuando Dios nos envía la confusión, se lo

agradeceríamos como favor inapreciable, puesto que a

trueque de una prueba corta y ligera oculta nuestras miserias

de aquí abajo a casi todas las miradas y nos ahorra la

vergüenza eterna. Y no digamos que somos inocentes en la

presente circunstancia, pues no pocas de nuestras faltas han

quedado impunes, y el castigo, por haberse diferido, no es

menos merecido.


San Pedro mártir, puesto injustamente en prisión,

quejábase a Nuestro Señor de esta manera: «¿Qué crimen he

cometido para recibir tal castigo?» «Y Yo, respondió el divino

Crucificado, ¿por qué crimen fui puesto en la cruz?» La Iglesia

en uno de sus cánticos dice que El «es solo Santo, solo Señor,

solo Altísimo con el Espíritu Santo en la gloria del Padre», y

con todo, vino a su reino y los suyos no le recibieron, sino que

le llenaron de ultrajes y malos tratamientos, le acusaron, le

condenaron, le posponen a un homicida, le conducen al

suplicio entre dos ladrones, le insultan hasta en la Cruz; es el

más despreciado, el último de los hombres; su faz adorable es

maltratada con bofetadas, manchada con salivazos. No

aparta, sin embargo, su cara, ni les dirige palabra alguna de

reprensión, sino que adora en silencio la voluntad de su Padre

y la reconoce enteramente justa, y la acepta con amor porque

se ve cubierto de los pecados del mundo, ¿y nosotros, viles

criaturas suyas, tantas veces culpables, miraríamos con

deshonor participar de los abatimientos del Hijo de Dios y

recibirlos humildemente sin decir palabra? ¿Sufriremos que la

Santa Víctima padezca sola por faltas que son nuestras y no

suyas, y no querremos beber en el cáliz de las humillaciones?

¿Es esto justo y generoso? ¿No será más bien una

vergüenza? ¿Cómo agradaremos con orgullo semejante a

Aquel «que es manso y humilde de corazón»? ¿No tendría

derecho a decirnos: «He sido calumniado, despreciado,

tratado de insensato, y querrás tú que se te estime, y seguirás

siendo todavía sensible a los desprecios»?


Por otra parte, el amor quiere la semejanza con el objeto

amado, y a medida que aquél crece, se acepta con más gusto

y hasta se considera uno dichoso en compartir las

humillaciones, las injurias y los oprobios de su Amado Jesús. Entonces el amor «nos hace considerar como favor

grandísimo y como singular honor las afrentas, calumnias,

vituperios y oprobios que nos causa el mundo, y nos hace

renunciar y rechazar toda gloria que no sea la del Amado

Crucificado, por la cual nos gloriamos en el abatimiento, en la

abnegación y en el anonadamiento de nosotros mismos, no

queriendo otras señales de majestad que la corona de espinas

del Crucificado, el cetro de su caña, el manto de desprecio

que le fue impuesto y el trono de su cruz, en la cual los

sagrados amantes hallan más contento, más gozo y más

gloria y felicidad que Salomón en su trono de marfil».


Al hablar así, San Francisco de Sales nos describe sus

propias disposiciones. En medio de la tempestad, de los

desprecios y de los ultrajes reconocía la voluntad de Dios y a

ella se unía sin dilación, en la que permanecía inmóvil sin

conservar resentimiento alguno, no tomando de ahí ocasión

para rehusar petición alguna razonable; y de seguro que si

alguno le hubiera arrancado un ojo, con el mismo afecto le

hubiera mirado con el otro. Ante el amago de tenerse que

enfrentar con un ministro insolente, que tenía una boca

infernal y una lengua en extremo mordaz, decía: «Esto es

precisamente lo que nos hace falta. ¿No ha sido Nuestro

Señor saturado de oprobios? ¡Y cuánta gloria no sacará Dios

de mi confusión! Si descaradamente somos insultados,

magníficamente será El exaltado; veréis las conversiones a

montones, cayendo a mil a vuestra derecha y diez mil a

vuestra izquierda.» San Francisco de Asís respira los mismos

sentimientos. Como un día fuese muy bien recibido, dijo a su

compañero: «Vámonos de aquí, pues no tenemos nada que

ganar en donde se nos honra; nuestra ganancia está en los

lugares en que se nos vitupera y se nos desprecia.»