jueves, 15 de abril de 2021

EL SANTO ABANDONO (7. LOS DESEOS Y PETICIONES EN EL ABANDONO)

 


No hablamos aquí de los gustos y repugnancias

comoquiera, sino de los deseos voluntariamente formados y

adrede proseguidos, de esos deseos que se convierten en

resoluciones, en peticiones y esfuerzos. ¿Son compatibles o

no con el Santo Abandono?


Que lo sean con la simple resignación, nadie lo duda,

«pues aunque la resignación -dice San Francisco de Salesprefiere

la voluntad de Dios a todas las cosas, mas no por eso

deja de amar otras muchas además de la voluntad de Dios»; y aduciendo el ejemplo de un moribundo, añade: «Preferiría vivir

en lugar de morir, pero en vista de que el beneplácito de Dios

es que muera..., acepta de buena gana la muerte por más que

continuaría viviendo aún con mayor gusto.» ¿Sucede lo propio

con la perfecta indiferencia y el santo abandono? ¿Es ir contra

la perfección del abandono desear y pedir que tal o cual

acontecimiento feliz se realice y perdure, que tal prueba

espiritual o temporal no se presente o acabe?

En general, y salvo posibles excepciones, se pueden

formar deseos y peticiones de este género, pero no hay

obligación.


Hay derecho de hacerlo. Pues Molinos fue condenado por

haber sostenido la proposición siguiente: «No conviene que

quien se ha resignado a la voluntad de Dios le haga ninguna

súplica; porque, siendo ésta un acto de voluntad y elección

propias, y pretendiéndose con ellas que la voluntad divina se

amolde a la nuestra, vendría a resultar una verdadera

imperfección. Las palabras evangélicas "pedid y recibiréis no

las dijo Jesucristo para las almas interiores que no quieren

poseer voluntad propia. Es más, estas almas llegan a no

poder dirigir a Dios una petición.»


«No temáis, pues -dice el Padre Baltasar Álvarez-, desear y

pedir la salud, si estáis decididos a emplearla puramente en

servicio de Dios: tal deseo, en vez de ofenderle, le agradará.

En apoyo de mi aserto puedo citar su propio testimonio: Mi

amor a las almas es tan grande, decía El a Santa Gertrudis,

que me fuerza a secundar los deseos de los justos, siempre

que estén inspirados en un celo puro y humanamente

desinteresado. ¿Hay enfermos que desean de veras la salud

para servirme mejor?, que me la pidan con toda confianza.

Más aún: si la desean para merecer mayor galardón, me

dejaré doblegar, pues les amo hasta el extremo de asemejar

sus intereses a los míos.»


En idéntico sentido se expresa San Alfonso: «Cuando las

enfermedades nos aflijan con toda su agudeza, no será falta

darlas a conocer a nuestros amigos, ni aun pedir al Señor que

nos libre de ellas. No hablo sino de los grandes

padecimientos.» La misma doctrina enseña a propósito de las

arideces y de las tentaciones, apoyándola en dos ejemplos entre todos memorables; el primero es el del Apóstol, el cual,

abofeteado por Satanás, no creía faltar al perfecto abandono,

rogando por tres veces al Señor que apartase de él el espíritu

impuro; mas en habiéndole Dios respondido «Bástate mi

gracia», San Pablo acepta humildemente la necesidad de

combatir, y yendo más lejos, se complace en su debilidad,

porque en la aflicción es cuando se siente fuerte, merced a la

virtud de Cristo.


El segundo ejemplo es aún más augusto, y ofrece una

prueba sin réplica. El mismo Jesucristo en el momento de su

Pasión, descubrió a sus apóstoles la extrema aflicción de su

alma, y rogó hasta tres veces a su Padre le librase de ella.

Mas este divino Salvador nos enseñó al propio tiempo con su

ejemplo lo que hemos de hacer después de semejantes

peticiones: resignarnos inmediatamente a la voluntad de Dios,

añadiendo con El: «Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo

que Vos queréis.»

Inútil es añadir nada para dar a entender lo que no es

permitido en parecidas circunstancias. San Francisco de Sales

señala, sin embargo, una excepción: «Si el beneplácito divino

nos fuera declarado antes de su realización como lo fue a San

Pedro el género de su muerte, a San Pablo las cadenas y la

cárcel, a Jeremías la destrucción de su amada Jerusalén, a

David la muerte de su hijo; en tal caso deberíamos unir al

instante nuestra voluntad a la de Dios.» Esto en la suposición

de que el beneplácito divino aparezca absoluto e irrevocable;

de no ser así, conservamos el derecho de formular deseos y

peticiones.


Pero, por lo general, no estamos obligados a ello, pues los

sucesos de que se trata dependen del beneplácito de Dios, a

quien toca decidir, no a nosotros. Y una vez que se haya

hecho cuanto la prudencia exige, ¿por qué no nos será

permitido decir a nuestro Padre celestial: «Vos sabéis cuánto

ansío crecer en virtud y amaros cada vez más? ¿Qué me

conviene para conseguirlo? ¿La salud o la enfermedad, las

consolaciones o la aridez, la paz o la guerra, los empleos o la

total carencia de ellos? Yo no lo sé, pero Vos lo sabéis

perfectamente. Ya que permitís que exponga mis deseos, yo

prefiero confiarme a Vos, que sois la misma Sabiduría y Bondad; haced de mí lo que os plazca. Otorgadme tan sólo la

gracia de someterme con entera voluntad a cuanto

decidiereis.» Parécenos que ningún deseo, ninguna petición

puede testimoniar mayor confianza en Dios que esta actitud, ni

mostrar más abnegación, obediencia y generosidad de

nuestra parte.


Tal es el sentir de San Alfonso. Establece el santo tres

grados en la buena intención: «1º Puédese proponer la

consecución de bienes temporales, por ejemplo, mandando

celebrar una misa o ayunando para que cese tal enfermedad,

tal calumnia, tal contrariedad temporal. Esta intención es

buena, supuesta la resignación, pero es la menos perfecta de

las tres, porque su objeto no se levanta de lo terreno. 2º

Puédese proponer la satisfacción a la justicia divina o

conseguir bienes espirituales: como virtudes, méritos,

aumento de gloria en el cielo. Esta segunda intención vale

más que la primera. 3º Puédese no desear sino el beneplácito

de Dios, el cumplimiento de la divina voluntad. He aquí la más

perfecta de las tres intenciones y la más meritoria.» «Cuando

estamos enfermos, dice en otra parte, lo mejor es no pedir

enfermedad ni salud, sino abandonarnos a la voluntad de

Dios, para que El disponga de nosotros como le plazca.» San

Francisco de Sales es aún más claro y explícito. Nos enseña a

inclinarnos siempre hacia donde más se distinga la voluntad

de Dios y a no tener más deseos que éste. «Aunque el

Salvador de nuestras almas y el glorioso San Juan, su

Precursor, gozasen de propia voluntad para querer y no querer

las cosas, sin embargo, en lo exterior dejaron a sus madres al

cuidado de querer hacer por ellos lo que era de necesidad.»

Nos exhorta a «hacernos plegables y manejables al

beneplácito divino como si fuéramos de cera, no

entreteniéndonos en querer y en desear las cosas; antes

dejando que Dios las quiera y haga como le agradare».

Propone después por modelo a la hija de un cirujano que

decía a su amiga: «Estoy padeciendo muchísimo y, sin

embargo, ningún remedio se me ocurre, pues no sé cuál sea

el más acertado, y pudiera suceder que deseando una cosa

me fuera necesaria otra. ¿No será mejor descargar todo este

cuidado en mi padre que sabe, puede y quiere por mi cuanto requiere la cura? Esperaré a que él quiera lo que juzgare

conveniente y no me aplicaré sino a mirarle, a darle a conocer

mi amor filial e ilimitada confianza. ¿No testimonió esta hija un

amor más firme hacia su padre que si hubiera andado

pidiéndole remedios para su dolencia o que se hubiera

entretenido en mirar cómo le abría las venas y corría la

sangre?»


¿Quién no conoce la célebre máxima: «Nada desear, nada

pedir, nada rehusar»? San Francisco de Sales, cuya es la

fórmula, declara expresamente que ella no se refiere a la

práctica de las virtudes; y personalmente la aplica con

especial insistencia a los cargos y empleos de la Comunidad,

sin dejar de proponerla también para el tiempo de

enfermedad, de consolación, de aflicción, de contrariedad, en

una palabra, para todas las cosas de la tierra y todas las

disposiciones de la Providencia, «sea por lo que mira al

exterior, sea por lo que respecta al interior. Siente un

extremado deseo de grabarla en las almas, por considerarla

de excepcional importancia».


Preguntaron al Santo Doctor si no podía uno desear los

«empleos humildes» movidos por la generosidad. «No,

respondió el Santo; por causa de humildad.» «Hijas mías, este

deseo no implica nada de malo, sin embargo, es muy

sospechoso y pudiera ser un pensamiento puramente

humano. En efecto, ¿qué sabéis vosotras si habiendo

anhelado estos empleos bajos, tendréis el valor de aceptar las

humillaciones, las abyecciones y las amarguras con que

habéis de topar en ellos y si lo tendréis siempre? Hay que

considerar, por tanto, el deseo de cualquier género de cargos,

bajos u honrosos, como una verdadera tentación; y lo mejor

será no desear nunca nada, sino vivir siempre dispuesto a

hacer cuanto de nosotros exigiere la obediencia.»

En resumen, para cuanto se refiere al beneplácito de Dios,

en tanto su voluntad no parezca absoluta e irrevocable,

podemos formular deseos y peticiones, por más que a ello no

estemos obligados, y aún es más perfecto entregarse en todo

esto a la Providencia. Existen, sin embargo, casos en que

sería obligatorio solicitar el fin de una prueba, por ejemplo, si

para ello se recibe la orden del superior. Si viera uno que desmaya por falta de fuerzas y de ánimos, bastaríale orar en

esta forma: Dios mío, dignaos de aliviar la carga o aumentar

mis fuerzas; alejad la tentación o concededme la gracia de

vencerla.


En cuanto al tenor de estas oraciones, se pedirán de un

modo absoluto los bienes espirituales absolutamente

necesarios; los que no constituyen sino un medio de tantos

hanse de pedir a condición de que tal sea el divino

beneplácito, haciendo con mayor razón la misma salvedad con

respecto a los bienes temporales. Lo que es preciso desear

sobre todo es santificar la prosperidad y la adversidad,

«buscando el reino de Dios y su justicia: lo restante nos será

dado por añadidura». A los que invierten este orden y buscan

principalmente el fin de las pruebas, el Padre de la Colombière

dirige el siguiente párrafo eminentemente sobrenatural:

«Mucho me temo que estéis orando y haciendo orar en vano.

Lo mejor hubiera sido mandar decir esas misas y hacer voto

de estos ayunos en orden a alcanzar de Dios una radical

enmienda, la paciencia, el desprecio del mundo, el

desasimiento de las criaturas. Cumplido esto, hubierais podido

hacer peticiones para la recuperación de vuestra salud y

prosperidad de vuestros negocios; Dios las hubiera oído con

gusto o más bien las hubiera prevenido, bastándole conocer

vuestros deseos para satisfacerlos».


Esta doctrina es conforme a la práctica de las almas

santas, pues si a veces piden el fin de una prueba, más

frecuentemente es verlas inclinadas hacia el deseo del

padecimiento al cual se ofrecen cuando sólo escuchan la voz

de su generosidad; mas cuando la humildad les habla con

mayor elocuencia que el espíritu de sacrificio, entonces ya no

piden nada y se remiten a los cuidados de la Providencia.

Finalmente, lo que domina y prevalece en estas almas es el

amor de Dios junto con la obediencia y el abandono a todas

sus determinaciones.

Así vemos que Santa Teresa del Niño Jesús, después de

haber estado llamando largo tiempo al dolor y a la muerte

como mensajeros de gozo, llega un día en que, a pesar de

apreciarlos, ya no los desea; porque sólo necesita amor, y

únicamente se aficiona a «la vida de la infancia espiritual, al camino de la confianza y del total abandono. Mi Esposo, dice,

me concede a cada instante lo que puedo soportar, nada más;

y si al poco rato aumenta mi padecer, también acrecienta mis

fuerzas. Sin embargo, jamás pediría yo sufrimientos mayores;

que soy harto pequeñita. No deseo más vivir que morir; de

manera que si el Señor me diese a escoger, nada escogería;

sólo quiero lo que El quiere; sólo me gusta lo que El hace».

Otra alma generosa «tampoco pedía a Dios la librara de

sus penas; pedíale, sí, la gracia de no ofenderle, de crecer en

su amor, de llegar a ser más pura. Dios mío, ¿queréis que yo

sufra? Sea enhorabuena, yo quiero sufrir. ¿Queréis que sufra

mucho?, quiero sufrir mucho. ¿Queréis que sufra sin

consuelo?, pues quiero sufrir sin consuelo. Todas las cruces

de vuestra elección lo serán de la mía. Empero, si yo os he de

ofender, os lo suplico, sacadme de este estado; si yo os he de

glorificar, dejadme sufrir todo el tiempo que os plaza».

Gemma Galgani tenía una sed asombrosa de inmolación. Y

a pesar de todo, aunque en medio de un diluvio de males y

persecuciones, se portó con tanto heroísmo, implora una

pequeña tregua, quejándose amorosamente en medio de sus

penas interiores: «Decidme, Madre mía, adónde se ha ido

Jesús; Dios mío, no tengo sino a Vos y Vos os escondéis.»

Pero llega a decir con un perfecto abandono: «Si os agrada

martirizarme con la privación de vuestra amable presencia, me

es igual siempre que os tenga contento.»