viernes, 18 de mayo de 2018

HEREJÍAS DE LA SECTA MODERNISTA:  Cómo se debe luchar contra la misma






CARTA PASTORAL*
del Exmo. Sr. Dr. D. Antonio
de Castro Mayer
[1], por la gracia de Dios y de la Santa
Sede Apostólica Obispo de Campos (Brasil).
(Junio de 1953).

Al Bvdo. clero secular y regular
salud, paz y bendición en Nuestro Señor Jesucristo.
Amados Hijos y Celosos Cooperadores:
De todos los deberes que incumben al Obispo ninguno sobresale en importancia como el de administrar a las ovejas que le fueron confiadas por el Espíritu Santo el manjar saludable de la verdad revelada.
Esta obligación urge de manera particular en nuestros días. Pues la inmensa crisis en que el mundo se debate resulta, en último análisis, del hecho de que los pensamientos y las acciones de los hombres se divorciaron de las enseñanzas y de las normas trazadas por la Iglesia, y sólo por el retorno de la humanidad a la verdadera fe podrá esta crisis encontrar solución.
Importa, pues, en el más alto grado, lanzar unidas y disciplinadas todas las fuerzas católicas, todo el ejército pacífico de Cristo Rey, a la conquista de los pueblos que gimen en las sombras de la muerte, engañados por la herejía o por el cisma, por las supersticiones de la antigua gentilidad o por los muchos ídolos del neo-paganismo moderno. Para que esta ofensiva general, tan deseada por los Pontífices, sea eficaz y victoriosa, importa que las propias fuerzas católicas permanezcan incontaminadas de los errores que deben combatir. La preservación de la fe entre los hijos de la Iglesia es, pues, medida necesaria y de suma importancia para la implantación del reino de Cristo en la tierra.
La Historia nos enseña que la tentación contra la fe siempre es la misma en sus elementos esenciales, se presenta en cada época con aspecto nuevo. El Arrianismo, por ejemplo, que tanta fuerza de seducción ejerció en el siglo IV, interesaría poco al europeo frívolo y volteriano del siglo XVIII.
Y el ateísmo declarado y radical del siglo XIX tendría pocas posibilidades de éxito en tiempo de Wiclef y Juan Huss[2]. En cada generación, además, la tentación contra la fe suele obrar con intensidad diversa. A unas consigue arrastrar enteramente para la herejía; a otras, sin arrancarlas formal y declaradamente del gremio amoroso de la Iglesia, inspírales su espíritu, de suerte que en no pocos católicos que recitan correctamente las fórmulas de la Fe y juzgan a veces sinceramente adherirse a los documentos del magisterio eclesiástico, su corazón late al influjo de doctrinas que la Iglesia condenó. Es éste un hecho de experiencia corriente. ¡Cuántas veces observamos a nuestro alrededor católicos celosos de su condición de hijos de la Iglesia, que no pierden ocasión de proclamar su fe, y que, entretanto, en el modo de considerar las ideas, las costumbres, los acontecimientos, todo lo que la imprenta, o el cine, o la radio, o la televisión, diariamente divulgan, en nada se diferencian de los herejes, de los agnósticos y de los indiferentes.
Recitan correctamente el Credo, y en el momento de la oración se muestran católicos irreprensibles, mas el espíritu que, conscientemente o no, les anima en todas las circunstancias de la vida, es agnóstico, naturalista, liberal. Como es obvio, se trata de almas divididas por tendencias contrarias. De un lado experimentan en sí la seducción del ambiente del siglo; de otro lado guardan aún, tal vez de herencia familiar, algo del brillo invariable, inextinguible de la doctrina católica, y como todo el estado de división interior es antinatural al hombre, esas almas procuran restablecer la unidad y la paz dentro de sí, amontonando o juntando en un solo cuerpo de doctrina los errores que admiran y las verdades con las que no quieren romper.
Esta tendencia a conciliar extremos inconciliables, de encontrar una línea media entre la verdad y el error, se manifestó desde los principios de la Iglesia. Ya el divino Salvador advirtió contra ella a los Apóstoles: "Nadie puede servir a dos señores". Condenado el Arrianismo, esta tendencia dio origen al semi-arrianismo. Condenado el Pelagianismo, ella engendró el semi-pelagianismo. Fulminado en Trento el Protestantismo, ella suscitó el Jansenismo. Y de ella nació igualmente el Modernismo, condenado por el Santo Papa Pío X, monstruosa amalgama de ateísmo, de racionalismo, de evolucionismo, de panteísmo, en una escuela empeñada en apuñalar traidoramente a la Iglesia. La secta modernista tenía por objeto, permaneciendo dentro de Ella, falsear por argucias, sobreentendidos y reservas, la verdadera doctrina que exteriormente fingía aceptar.
Esta tendencia no acabó aún: se puede decir que ella es parte de la historia de la Iglesia. Es lo que se deduce de estas palabras del soberano Pontífice gloriosamente reinante en un discurso a los predicadores cuaresmales de Roma en 1944: "Un hecho que siempre se repite en la historia de la Iglesia es el siguiente: que cuando la fe y la moral cristiana chocan contra fuertes corrientes de errores o apetitos viciados, surgen tentativas de vencer las dificultades mediante algún compromiso cómodo, o apartarse de ellas, o cerrarles los ojos". (A. A. S. 36, p. 73.)
***
Que aviséis a vuestros feligreses contra el espiritismo, el protestantismo, o el ateísmo, amados hijos y queridos cooperadores, a nadie podrá extrañar. En esta carta pastoral, sin embargo, os incitamos a denunciar las opiniones que entre los propios católicos corrompen no pocas veces la integridad de la fe. ¿Seréis en este punto igualmente comprendidos?
A muchos, aun dentro de los más piadosos, le parecerá que perdéis el tiempo, pues difícil les será entender cómo vosotros os consumís en conservar la fe en algunos que, bien o mal, ya la poseen, cuando sería mejor que os empeñaseis en la conversión de otros que yacen fuera de la Iglesia esperando vuestro apostolado. Les parecerá que llenáis de tesoros superfinos al que ya es rico, mientras que dejáis sin pan a quien muere de hambre. A otros se les figurará que sois imprudentes, pues siendo ya tan meritoria la profesión de católico en un siglo tan hostil, corréis el riesgo de perder hasta los mejores, si no os contentáis con una tal o cual adhesión a las líneas generales de la fe, sin cargar a los fieles con irritantes minucias.
Es de la máxima importancia, amados hijos y queridísimos cooperadores, que primeramente deis luz a vuestros feligreses sobre estas dos objeciones. Pues de lo contrario vuestra acción será poco eficaz y, por los calamitosos tiempos en que vivimos, vuestro celo será mal comprendido. No faltará quien vea en él, no el movimiento natural de la Iglesia, que por sus medios oficiales y normales excluye de sí, como organismo vivo que es, cualquier cuerpo extraño, sino la acción ininteligente y obstinada de exaltados paladines.
Así, ante todo, mostrad que, por su propia naturaleza, la fe no se contenta con lo que alguno llamase "sus líneas generales", sino que exige la integridad y la plenitud de sí misma. Para que lo entendáis os pondré un ejemplo con la virtud de la castidad. Con relación a ella, cualquier concesión toma el carácter de oscura mancha y cualquier imprudencia la pone en peligro toda entera. Hubo quien comparó el alma pura a una persona de pie sobre una esfera; en cuanto se conserva en posición de equilibrio nada tendrá que temer, mas cualquier imprudencia la haría resbalar al fondo del abismo. Y, por esto, los moralistas y autores espirituales afirman unánimemente que la condición esencial para conservar la virtud angélica, consiste en una vigilante e intransigente prudencia. Precisamente lo mismo se puede decir en materia de Fe. Cuando el católico se coloque en el punto de perfecto equilibrio, su perseverancia será fácil y segura. Este punto de equilibrio, sin embargo, no consiste en la aceptación de unas líneas generales cualesquiera de la fe; sino en la profesión de toda la doctrina de la Iglesia, profesión hecha no sólo con los labios, sino con toda el alma, abarcando la aceptación leal, no sólo de lo que el magisterio le enseña, sino aun de todas las consecuencias lógicas de esta enseñanza.
Para esto se hace necesario que el fiel posea aquella fe viva por la cual es capaz de humillar su razón privada ante el Magisterio Infalible, de discernir con penetración todo aquello que directa o indirectamente choca con las enseñanzas de la Iglesia. Pero si abandonase, por poco que sea, esta posición de perfecto equilibrio, empezará a sentir la atracción del abismo. Movido por la prudencia, y por el interés del rebaño a Nos confiado, os dirigimos, amados hijos, esta Carta Pastoral sobre la integridad de la fe. A este respecto importa acentuar aun un punto, no siempre recordado, de la doctrina de la Iglesia. No se piense que una fe así tan esclarecida y robusta sea privilegio de los doctos, de tal forma que sólo a éstos se pudiese recomendar la situación del equilibrio ideal que arriba describimos.
La Fe es una virtud, y en la Santa Iglesia las virtudes son asequibles a todos los fieles, ignorantes o doctos, ricos o pobres, maestros o discípulos. Lo prueba la hagiografía cristiana.
Santa Juana de Arco, pastorcita ignorante de Donremy, confundía a sus jueces por la sagacidad con que respondía a las argucias teológicas que utilizaban para inducirla a proposiciones erróneas y así justificar su condenación a muerte.
San Clemente María Hofbauer, en el siglo XIX, humilde trabajador manual, que asistía por gusto a las clases de teología de la ilustre Universidad de Viena, distinguía en uno de sus maestros el fermento maldito del jansenismo que escapaba a la percepción de todos sus discípulos y de otros profesores. "Gracias os doy, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque escondisteis estas cosas a los sabios y entendidos y las revelasteis a los pequeñitos" (Luc. 10, 21).
Para tener un pueblo firme y consecuente en su Fe, no es necesario que hagamos un pueblo de teólogos. Basta que cada cual ame entrañablemente a la Iglesia, se instruya en las verdades reveladas, en proporción a su nivel de cultura general, y posea las virtudes de pureza y humildad necesarias para verdaderamente creer, entender y saborear las cosas de Dios.
Del mismo modo, para tener un pueblo verdaderamente puro, no es necesario hacer de cada fiel un moralista. Bastan los principios fundamentales y los conocimientos básicos para la vida corriente, dictados en gran parte por una conciencia cristiana bien formada. Por esto vemos muchas veces personas ignorantes con criterio, prudencia y elevación de alma mayores que muchos moralistas de consumado saber.
Lo que acabamos de decir de la perseverancia de una persona, se aplica igualmente a la perseverancia de los pueblos. Cuando la población de una diócesis posee la integridad del espíritu católico está en condiciones de enfrentarse, auxiliada por la gracia de Dios, con las tormentas de la impiedad. Mas si no la posee, sino que ni aun las personas habitualmente tenidas por piadosas procuran y aprecian esta integridad, ¿qué se puede esperar de tal población?
Leyendo la historia no se comprende cómo ciertos pueblos, dotados de una jerarquía numerosa y culta, de un clero docto e influyente, de instituciones de enseñanza y caridad ilustres y ricas, como en la Suecia, en la Noruega, en la Dinamarca del siglo XVI, pudieron resbalar de un momento a otro de la profesión plena y tranquila de la Fe católica hacia la herejía abierta y formal, y esto casi sin resistencia y casi imperceptiblemente. ¿Cuál es la razón de tamaño desastre? Cuando la fe vino a caer en estos países, no pasaba ya en la mayor parte de las almas de fórmulas exteriores, repetidas sin amor, sin convicción. Un simple capricho real, por tanto, bastó para tumbar el árbol frondoso y secular. La savia ya no circulaba hacía mucho por las ramas ni por el tronco; ya no había en esas regiones espíritu de Fe. Fue lo que comprendió con lucidez angélica San Pío X en su lucha vigorosa contra el modernismo. Pastor clementísimo iluminó la Iglesia de Dios con el brillo suave de su celestial mansedumbre. No tembló al denunciar los autores del error modernista dentro de la Iglesia y señalarlos a la execración de los buenos con estas vehementes palabra*: "No se apartará de la verdad quien os tenga (a los modernistas) como los más peligrosos enemigos de la Iglesia" (Enc. "Pascendi").
Podemos aquilatar cuánto dolió al dulcísimo Pontífice el empleo de tanta energía. Mas sus contemporáneos no dudaron en reconocer que había prestado con esto un insigne servicio a la Iglesia. Por esto, el gran Cardenal Mercier afirmó que si en tiempo de Lutero y Calvino la Iglesia hubiese contado con Papas del temperamento de Pío X, la herejía protestante no hubiera conseguido desligar de la verdadera Iglesia una tercera parte de Europa.
Por todos estos motivos, amados hijos, ved qué Importante es cuidar con el mayor celo de mantener en la plenitud de la Fe y del espíritu de Fe a los fieles de la Santa Iglesia.
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Enseñad también cómo se engañan los que suponen que el tiempo y los esfuerzos empleados en purificar la fe de los fieles son, por decirlo así, robados a los infieles. Ante todo, por vuestro ejemplo y vuestras palabras, podéis probar que una actividad de ningún modo es incompatible con la otra, "oportet haec facere et illa non omittere".
Además, la integridad de la fe produce en los católicos tantos frutos de virtud y tornan tan vivo en la Iglesia el buen olor de Jesucristo, que atraen eficazmente para Ella a los infieles, por lo que el bien hecho a los fieles de la Iglesia aprovechará forzosamente a los que están fuera del redil.
Por fin, uno de los frutos del fervor en la Fe, será necesariamente el celo apostólico.
Multiplicar los apóstoles, ¿qué es sino beneficiar a los infieles?
Así, pues, no podemos aceptar este divorcio entre el tiempo consagrado a los fieles y a los infieles, como si Nuestro Divino Salvador, al formar apóstoles y discípulos, estuviese beneficiando un grupo de privilegiados, descuidando la salvación del resto de la humanidad.
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Anímeos a proceder así el ejemplo luminoso del Vicario de Cristo. Ningún Papa, tal vez, haya tenido que enfrentarse con tantos y tan poderosos enemigos fuera de la Iglesia. Con todo, no ha descuidado él los errores que pululan entre los fieles. (Enc. "Mysti-cl Corporis". A. A. S. 35, p. 197.) Y contra ellos nos ha prevenido en una serie de documentos como la Encíclica "Mediator Dei", la Constitución Apostólica "Bis Saeculari die", la Encíclica "Humani Generis" y, últimamente, la "Alocución a las Religiosas" (y laEncíclica sobre la Virginidad), en que responsabiliza en larga medida, por la disminución de las vocaciones, a ciertos escritores católicos, eclesiásticos y seglares, que falsean la doctrina católica en cuanto a la elevación del celibato sobre el estado matrimonial. Y más particularmente en cuanto al Brasil, el celo de la Santa Sede con relación a los problemas internos de la Iglesia, bien se manifiesta en la carta de la Sagrada Congregación de Seminarios y de Universidades, cuya lectura atenta os recomendamos mucho. (A. A. S. 42, a 836 ss.)
Esforzándoos por mantener entre los fieles el espíritu tradicional de la Santa Iglesia, debéis velar porque éste no se desvíe de su sentido legítimo. En la presente Pastoral consideramos las exageraciones del espíritu de conciliación con los errores de nuestra época. A esta mala tendencia puede oponerse un error simétrico y contrario. Importa mostrar cuál sea. No recelamos propiamente la exageración del espíritu tradicional, porque este espíritu es uno de los elementos esenciales de la mentalidad católica al que acertadamente se llama el sentido católico, pues el sentido católico es, en sí mismo, la excelencia de la virtud de la Fe.
Recelar que alguno tenga demasiado sentido católico es recelar que tenga una Fe demasiado excelente. Lo que importa evitar es que este espíritu de Fe sea mal entendido, resultando más un apego a la mera forma, a la mera apariencia, al mero rito, que al espíritu que anima y explica la forma, la apariencia y el rito. Exageraciones de esta naturaleza son posibles: sin embargo no merecen en vuestra vigilancia un lugar tan saliente como la propensión exagerada a lo nuevo, a una aversión sistemática de lo tradicional. Es lo que sabiamente hizo sentir la Sagrada Congregación de Seminarios en su Carta al Episcopado Brasileño: "El peligro más urgente hoy no es el de un apego demasiado rígido y exclusivo a la tradición, sino principalmente el de un gusto exagerado y poco prudente por cualquier novedad que aparezca" (A. A. S. 42, pág. 837).
Y la Sagrada Congregación agrega con claridad:"Es ciertamente al snobismo de novedades a lo que se debe el pulular de errores ocultos bajo una apariencia de verdad y muy frecuentemente con una terminología pretenciosa y oscura" (Ibid., pág. 839).
Un ejemplo de la mala comprensión del espíritu tradicional, puede apuntarse en el arcaísmo a que hace referencia el Santo Padre Pío XII en la Encíclica "Mediator Dei". Por un apego excesivo al rito y a la forma antiguos sólo por antiguos, ciertos liturgistas pretenden restaurar el altar en forma de mesa y otras prácticas de la primitiva Iglesia (A. A. S. 39 p. 545.) Como si a lo largo de la historia el espíritu de la Iglesia no pudiese manifestarse en nuevas formas y nuevos ritos acomodados a las diversidades de los tiempos y de los lugares. Los extremos se tocan y las exageraciones más opuestas entre sí, fácilmente se coaligan contra la verdad.
El peligro de este espíritu tradicional mal entendido, lo encontramos muchas veces en los propios autores de novedades, como Lutero, Jansenio, los promotores del falso Concilio de Pistoya, y aun los modernistas en este siglo.
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Explicad bien, amados cooperadores, a los fieles encomendados a vuestra custodia, el origen de estos errores. De un lado nacen ellos de la propia flaqueza de la naturaleza humana caída. La sensualidad y el orgullo levantaron siempre y levantarán hasta el fin de los siglos la rebelión de ciertos hijos de la Iglesia contra la doctrina y el espíritu de Nuestro Señor Jesucristo. Ya San Pablo advertía a los primeros cristianos contra aquellos que en medio de ellos "su levantarían para profesar doctrinas perversas con la intención de arrastrar en pos de sí a los discípulos" (Aot. XX y XXX), "vanos habladores y seductores" (Tito, I, 10); "que irán de mal en peor, errando y haciendo errar a los otros" (II Tim., 5, 13). Algunos, parece que piensan que en estos últimos siglos el progreso de la Iglesia es tal que no se debe temer ya más que se repitan en ella las crisis lanzadas por el orgullo y por la lujuria. Entretanto, para no recurrir sino a ejemplos muy recientes, el Santo Pío X declaró en la Encíclica "Pascendi", que autores de errores como estos de que hablamos, no sólo eran frecuentes en su tiempo sino que serían más frecuentes a medida que se caminase hacia el fin de los tiempos. Y, en efecto, en la Encíclica "Humani Generis", el Santo Padre Pío XII lamenta que "no faltan hoy los que, como en tiempos apostólicos, amando la novedad más de lo que sería lícito, y también temiendo que les tengan por ignorantes de los progresos de las ciencias, intentan sustraerse a la dirección del magisterio sagrado, y por ese motivo se encuentran en peligro de apartarse insensiblemente de la verdad revelada y de hacer caer a otros consigo en el error" (A. A. S., 42, pág. 564).
Este es el origen natural de los errores y de las crisis de que nos ocupamos. Importa, sin embargo, considerar no sólo las deficiencias de la naturaleza caída, sino también la acción del demonio.
A éste fue dado hasta el fin de los siglos el poder de tentar a los hombres en todas las virtudes y, por consiguiente, también en la virtud de la Fe, que es el propio fundamento de la vida sobrenatural. Así, es claro que hasta la consumación de los siglos la Iglesia está expuesta a los internos brotes del espíritu de la herejía, y no hay progreso que la inmunice de modo definitivo contra este mal.
Cuánto se empeña el demonio en provocar tales crisis, superfino es demostrarlo.
Así, el aliado que él consigue implantar dentro de las huestes fieles, es su más precioso instrumento de combate. La experiencia de nuestros días nos enseña que la quinta columna supera en eficacia a los más terribles armamentos. Formado en los medios católicos el tumor revolucionario, las fuerzas se dividen, las energías que debían ser empleadas enteramente en la lucha contra el enemigo exterior, se gastan en las discusiones entre hermanos. Y si, para evitar tales discusiones, los buenos cesan en la oposición, mayor es el triunfo del infierno, que puede, en el interior mismo de la ciudad de Dios, implantar su estandarte y desenvolver rápida y fácilmente sus conquistas. Si el infierno dejase de intentar en cierta época maniobra tan lucrativa, sería el caso de decir que en esa época el demonio habría dejado de existir. Este es el doble origen natural y preternatural de las crisis internas de la Iglesia.
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Como veis, estas dos causas son perpetuas y perpetuo será su efecto. En otros términos, la Iglesia tendrá que sufrir siempre la embestida interna del espíritu de las tinieblas. Para esclarecimiento de vuestro apostolado, importa recordar las tácticas que él adopta. A fin de que su acción se conserve oculta, la hace disfrazada. El embuste es la regla fundamental de quien obra a ocultas en el campo del adversario. El demonio sopla, pues, para llegar a su fin, un espíritu de confusión que seduce a las almas y las lleva a profesar el error, hábilmente disimulado con apariencias de verdad.
No creáis que en esta lucha el adversario lanzará sentencias claramente contrarias a las verdades ya definidas.
Sólo lo hará cuando se juzgue enteramente señor del terreno. Las más de las veces hará "pulular o germinar errores ocultos bajo una apariencia de verdad... con una terminología pretenciosa y oscura" (Carta de la Sagrada Congregación de Seminarios al Episcopado Brasileño, A. A. S. 42, p. 839).
Y la manera de extender este brote de errores, será velada e insidiosa. El Santo Padre Pío XII, la describe así:
"Estas nuevas opiniones, ya nazcan de un reprobable afán de novedad, ya de una cansa laudable, no son propuestas siempre en el mismo grado, con igual claridad y con las mismas palabras, ni siempre con un consentimiento unánime de sus autores; en efecto, lo mismo que hoy es enseñado por algunos más encubiertamente y con ciertas cautelas y distinciones, mañana será propuesto por otros más audaces con claridad y sin moderación, no sin escándalo de muchos, principalmente del clero joven, ni sin detrimento de la autoridad eclesiástica. Y si se suele obrar con más prudencia en los libros impresos para el público, se habla ya con mayor libertad en los opúsculos privadamente distribuidos, en las lecciones y en los círculos de estudio. Tales opiniones no se divulgan solamente entre los miembros del clero secular y regular en los seminarios y en los institutos religiosos, sino aun entre los seglares, especialmente entre los que se dedican a la educación e instrucción de la juventud. (Enc. "Humani Generis", A. A. S. 42, pág. 565.)
Así, pues, no os debéis asustar si algunas veces fueseis de los pocos en distinguir el error en proposiciones que a muchos parecerán claras y ortodoxas o, por lo menos, confusas, pero susceptibles de buena interpretación. O, si os encontraseis en ciertos ambientes donde las medias tintas sean hábilmente dispuestas para que se difunda el error, pero se dificulte el combate.
La táctica del adversario fue calculada precisamente para colocar en esta posición embarazosa a los que se le opusiesen. Con esto, él atraerá a veces contra vosotros hasta la antipatía de personas que no tienen la menor intención de favorecer el mal. Os tacharán de visionarios, de fanáticos, tal vez de calumniadores. Eso fue precisamente lo que dijeron en Francia contra San Pío X los acérrimos seguidores del "Sillón" y de Marc Sangnier[3].
¿Por miedo a estas críticas retrocederéis delante del adversario? ¿Dejaréis abiertas las puertas de la ciudad de Dios?
Por cierto, debéis evitar con cuidado delante de Dios cualquier exageración, cualquier precipitación y cualquier juicio infundado. Pero igualmente debéis gritar, siempre que el adversario, vestido de piel de oveja, se presente delante de vosotros, sin cederle una pulgada de terreno por miedo a que él os impute excesos de los que vuestra conciencia no os acusa. Obrando así obedeceréis a las expresas normas del Santo Padre.
En todos los documentos que ha publicado relativos a este asunto, el Romano Pontífice gloriosamente reinante viene recomendando a los Obispos y a los Sacerdotes de todo el orbe, que instruyan diligentemente a los fieles para que no se dejen engañar por los errores que ocultamente circulan entre ellos. La instrucción deseada por el Santo Padre ha de ser preventiva y represiva.
No juzgue un sacerdote en cuya parroquia el error parezca que no ha penetrado, que está dispensado de trabajar. Dado el engaño en que se desenvuelven estos errores, teniendo en cuenta los procesos de difusión, a veces casi impalpables, de que se sirven sus autores, pocos son los párrocos que pueden tener la certeza de que todas sus ovejas están inmunizadas. Además, el buen Pastor no se contenta con remediar, sino que está gravemente obligado a prevenir.
No seamos como el hombre de quien nos habla el Evangelio, el cual dormía mientras el enemigo sembraba la cizaña en medio de su trigo. La simple obligación de prevenir justificaría los esfuerzos que empleéis en este sentido.
Los errores de que nos ocupamos tal vez tendrán mayor intensidad en un país que en otro; sin embargo, su difusión en el orbe católico, es bastante grande para que el Santo Padre se haya cuidado de ellos en documentos dirigidos, no a esta o aquella nación, sino a los Obispos de todo el mundo.
Pues vivimos hoy en un mundo sin fronteras en el cual el pensamiento se extiende veloz por la prensa, y, sobre todo, por la radio, hasta los últimos extremos de la tierra. Una sentencia falsa que se ha sostenido, por ejemplo, en París, puede en el mismo día ser oída y captada en los centros más distantes de Australia, de India o de Brasil. Y si algún lugar pequeño hay, en el cual la mucha ignorancia o el grande atraso opone obstáculos a la penetración de cualquier pensamiento falso o verdadero, nadie podrá incluir en este caso a los centros más poblados de nuestra amadísima Diócesis, al frente de los cuales se halla nuestra ciudad episcopal, ilustre en todo el Brasil por el valor cultural de sus hijos, por la influencia decisiva que siempre se glorió de ejercer en el escenario político nacional.
Ahora, una palabra sobre el método que adoptamos. En su carta al Episcopado Brasileño la Sagrada Congregación de Seminarios habló de una plaga de errores; y como, en efecto, son muy numerosos, una explicación y censura en forma discursiva de los principales sería excesivamente larga. Preferimos, pues, la forma esquemática. ¥ así elaboramos un pequeño catecismo de las verdades más amenazadas, acompañada cada cual del error opuesto, y de un rápido comentario. Por mera conveniencia de exposición, hacemos anteceder la sentencia falsa a la verdadera,, pero vuestro esfuerzo en denunciar el error debe llevar a cada fiel al conocimiento exacto de la verdadera enseñanza de la Iglesia.
Sólo así habremos hecho una obra positiva y durable.
Una observación final acerca del medio en que vienen enunciadas en el Catecismo las sentencias falsas o peligrosas. Procuramos exponerlas con la mayor fidelidad, sin quitarles las apariencias y hasta las partes de verdad que encierran. Sólo así sería útil el Catecismo, porque sólo así se dan a conocer los modos de decir en que el error suele ocultarse y las apariencias con que procura atraer las simpatías de los buenos. Pues lo más importante en esta materia, no consiste en probar que cierta sentencia es mala sino que cierta doctrina falsa está contenida en ésta o en aquélla fórmula de apariencia inofensiva y hasta simpática. Por esto también, repetimos diversas fórmulas más o menos equivalentes.
Es que tratamos de atraer vuestra atención hacia algunas fórmulas en que el mismo error puede ocultarse. No siempre incluimos entre las proposiciones meras tesis doctrinales. Encontraréis también, formuladas en proposiciones, maneras de obrar directamente provenientes de la falsa doctrina.
Como es fácil ver, tuvimos la preocupación de seguir el consejo del Apóstol: "Probad todas las cosas y conservad lo que es bueno"(Tess. I. 5, 21).
Por esto, en las refutaciones deseamos señalar en toda su extensión la parte de verdad que las tendencias impugnadas tienen. Es que la Iglesia es Maestra paciente y prudente, que condena con pesar y que considera patrimonio suyo cualquier verdad, dondequiera que se encuentre. Conviene acentuar este punto. Las verdades aquí recordadas no son patrimonio, ni son propiedad de ninguna persona, grupo o corriente.
La ortodoxia es un tesoro de la Iglesia, del cual todos deben participar y del cual ninguno tiene el monopolio; por esto nuestros amados cooperadores, al difundir las enseñanzas que aquí se encuentran preséntenlas siempre como son en realidad: fruto maduro y exclusivo de la sabiduría de la Santa Iglesia.
No es difícil observar que estos errores en su mayor parte manifiestan en términos que parecen correctos, doctrinas que alcanzaron la mayor influencia en el mundo actual y que constituyen los rasgos típicos del neopaganismo moderno: el evolucionismo panteísta, el naturalismo, el laicismo, el igualitarismo absoluto que se levanta en la esfera política social contra las autoridades legítimas, y en la esfera religiosa intenta suprimir la distinción establecida por Jesucristo entre la Jerarquía y el pueblo fiel, clérigos y seglares. Son éstas, amadísimos hijos y queridísimos cooperadores, las proposiciones hacia las cuales deseamos llamar vuestra atención. Para mayor éxito de vuestro trabajo, las hemos hecho acompañar de directrices prácticas, que encontraréis en la tercera parte de esta carta.
En nuestra Pastoral no tuvimos la pretensión de exponer toda la doctrina católica sobre el asunto, sino apenas algunas observaciones más oportunas. Vuestra diligencia, amados hijos, completará en las fuentes a vuestro alcance lo que aquí no pudimos exponer. De modo particular recomendamos la lectura de las Encíclicas "Pascendi", "Mysti Corporis Christi", "Mediator Dei", "Humani Generis", la Carta Apostólica "Notre Charge apostolique", la Constitución apostólica "Bis Saeculari die", la Exhortación al Clero "Menti Nostrae", y las Alocuciones y Radio-mensajes Pontificios, especialmente los radiomensajes en las vísperas de Navidad, el radiomensaje del 23 de marzo de 1952 sobre la "Moral Nueva" (A. A. S., 44, pág. 270 y ss. "Catolicismo", N? 18, junio 1952). Radiomensaje al "Catolikentag de Viena" ("Catolicismo", núm. 24, diciembre 1952); las alocuciones a la Asociación Católica de Trabajadores de Italia (A. A. S., 40, 331 y ss.), a los delegados del Congreso Internacional de Estudios Sociales, reunido en Roma cu 1950 (A. A. S., 42, pág. 451 y ss.); a los miembros del IX Congreso Internacional de las Asociaciones Patronales Católicas (A. A. S., 41, pág. 283 y ss.); a los miembros del Congreso Internacional del Movimiento Universal para una Confederación mundial (A. A. S., 43, pág. 278; "Catolicismo", núm. 8, agosto de 1951); a la Acción Católica Italiana y Congregaciones Marianas, el 3 de abril de 1951 (A. A. S., 43, pág. 375); "Catolicismo", número de junio de 1951); con ocasión de la clausura del Congreso Internacional del Apostolado seglar (A. A. S., 43, pág. 784 y ss.; "Catolicismo", núm. 12, diciembre 1951); a la Asociación de Padres de Familia Franceses (A. A. S., 43, pág. 730 ss.; "Catolicismo", núm. 13, de enero 1952); a los participantes del Congreso de la Unión Católica Italiana de Comadronas (A. A. S., 43, pág. 835); a las Superioras Generales de las Ordenes y Congregaciones religiosas ("Catolicismo", número 23, de noviembre de 1952). Recomendamos también la Carta de la Congregación de Seminarios al Episcopado Brasileño (A. A. S., 42, pág. 836 y ss.); documento importante y equilibrado que trata especialmente de este problema existente en el Brasil.
La palabra del Santo Padre siempre es benéfica y eficaz, en el sentido de elevar el alma y orientarla en la vida moral y espiritual.
Resaltamos los anteriores documentos porque especifican y esclarecen muchos puntos en el orden social, político y moral, que habían sido oscurecidos a consecuencia especialmente del último conflicto.
TOMADO DE:
http://www.geocities.ws/doctrina_catolica/modernismo/castro_mayer.html

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