lunes, 7 de marzo de 2016

Sermón del Domingo III de Cuaresma (Bogotá, año 2016): R. P. ALTAMIRA





CONFORMARSE CON LA VOLUNTAD DIVINA

 Queridos fieles: El domingo pasado les hablábamos de las obras para hacer en tiempo de Cuaresma, o, mejor dicho, sobre la insistencia de la Santa Iglesia Católica sobre esas obras (oración, penitencia o sacrificio, limosna), profundización o mayor llamado a hacerlas, pues, en realidad, dichas obras deben ser siempre realizadas por nosotros los católicos. Quería predicarles algo, para seguir insistiendo en el sacrificio, por el espíritu de la Cuaresma, introduciendo esto a través de San Luis María Grignon de Monfort, pero su núcleo será San Alfonso María de Ligorio.

 Ahora en Cuaresma, debemos insistir en hacer algún “sacrificio de Cuaresma”, para amar a Dios Nuestro Señor Jesucristo, para unirnos a Él en su sacrificio de la Cruz y en la Misa (que es el mismo sacrificio), para santificarnos, para alcanzar gracias que necesitamos y que queremos obtener (para nosotros, para esposos, hijos, familia), para expiar o pagar por nuestros pecados, en sufragio o en favor de almas del Purgatorio (de nuestros parientes y amigos fallecidos; o de todas las Benditas Almas). 

San Luis María Grignon de Monfort, en su breve, fuerte, y hermosísimo texto “Carta a los Amigos de la Cruz”, nos relata muy bien sobre la necesidad de hacer sacrificio. Sería bueno que muchos o todos ustedes leyeran o releyeran dicho texto ahora en la Cuaresma. 

 Allí, él nos invita a que cada uno elija o escoja algún sacrificio personal. Pero, y a eso voy, nos explica que el mejor sacrificio, es el sacrificio de nuestra propia voluntad y el saber conformarnos con la Voluntad Divina, saber aceptar bien todas las cosas penosas que nos ocurren, porque son sacrificios que no dependen de nuestra voluntad propia, son sacrificios que están regulados por la Providencia, por la Voluntad de Dios, y entonces son más excelentes, producen más fruto, nos santifican más, y tienen más mérito. Saber conformarse con la Voluntad de Dios. Allí está el secreto, o uno de los secretos, del amor a Dios y de la santidad personal. 

Y decimos “uno de los secretos”, porque jamás podemos olvidar el amor al prójimo, caridad segunda que debe ser realizada con motivo o por amor a Dios -que es la caridad primera- y como manifestación de este amor a Él. Por otra parte, el maldito pecado es voluntad propia, voluntad propia contra o en oposición a la Voluntad de Dios: Hago lo que yo quiero, y no lo que Dios quiere.

 Por lo que acabamos de decir, vemos la importancia de saber conformarnos con la Voluntad Divina. Y de allí que el núcleo de esta prédica quería hacerlo con un resumen de las profundas y hermosísimas palabras de San Alfonso María Ligorio sobre este punto de conformarse con la Voluntad de Dios. Aclaramos que es un resumen y una “adaptación” . Escuchemos: 

[Punto 1.] Et vita in voluntate eius: Y la vida en su voluntad (Salmo 29,6). Todo el fundamento de la salud [de la salvación] y de la perfección [de la santidad+ consiste en el amor a Dios *en la caridad a Dios+. “Quien no ama está en la muerte. 

La caridad es vínculo de perfección” (I Jn 3,14; Col 3,14). Mas la perfección del amor [la perfección de la caridad, la cual produce la santidad] es la unión de nuestra propia voluntad con la voluntad de Dios. Porque en esto se cifra –como dice el Areopagita- el principal efecto del amor [el principal efecto de la caridad], en unir de tal modo la voluntad de los amantes, que no tengan más que un solo corazón y un solo querer [una sola voluntad]. 

 Santa Teresa dice que lo que ha de procurar el que se ejercita en oración es conformar su voluntad con la divina, y que en eso consiste la más encumbrada perfección [la más encumbrada santidad]. Jesucristo nos enseñó que pidiéramos la gracia de cumplir en la tierra la voluntad de Dios, como los santos en el Cielo: Fiat voluntas tua sicut in coelo et in terra.  En tanto, pues, agradan al Señor nuestras obras, penitencias, limosnas, comuniones, en cuanto se conforman con su divina voluntad, pues, de otra manera, incluso esas buenas obras no serían virtuosas sino viciosas y dignas de castigo. El beato Enrique Susón decía: “Preferiría ser el gusano más vil de la tierra, por voluntad de Dios, que ser por la mía un serafín”. 

[Punto 2.] Menester es conformarnos con la voluntad divina, no sólo en las cosas que recibimos directamente de Dios, como son las enfermedades, las desolaciones espirituales, las pérdidas de hacienda y de parientes, sino también en las que proceden sólo mediatamente de Dios, el cual nos las envía por medio de los hombres, como la deshonra, desprecios, injusticias y toda suerte de persecuciones. 

Adviértase que Dios no quiere el pecado de quien nos ofende o daña, pero sí la humillación, pobreza o daño que de los hombres nos resulta. Y esto para santificarnos y hacernos humildes. En el Eclesiástico leemos: “Los bienes y los males, la vida y la muerte, vienen de Dios”. Si queremos vivir en continua paz, procuremos unirnos a la voluntad divina y decir siempre en todo lo que nos acaezca: “Señor, si así te agrada, hágase así” (Mateo 11,26). 

[Punto 3.] El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa alguna que le acontezca” (Proverbios 12,21). 

El alma del justo se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto Dios desea. El alma resignada, dice Salviano, si recibe humillaciones, quiere ser humillada; si la combate la pobreza, complácese en ser pobre; en suma: quiere cuanto le sucede y tiene vida venturosa. Padece las molestias del frío, del calor, la lluvia o el viento, y con todo ello se conforma y regocija, porque así lo quiere Dios.3 Ésta es aquella paz que –como dice el Apóstol (Filipenses 4,7)- supera todas las delicias: paz continua, serena, permanente, inmutable. Con todo, las facultades de nuestra parte inferior no dejarán de hacernos sentir algún dolor o inquietud en las cosas adversas. Pero en la voluntad superior, si está unida a la de Dios, reinará siempre profunda e inalterable paz. 

Indecible locura es la de aquéllos que se oponen a la voluntad de Dios. Lo que Dios quiere ha de cumplirse. “¿Quién resiste a su voluntad?” (Romanos 9,19). De suerte que esos desventurados tienen que llevar su cruz con inquietud y sin provecho. “¿Quién le resistió y tuvo paz?” (Job 9,4). Ni los mismos castigos temporales vienen para nuestra ruina, sino a fin de que nos enmendemos y alcancemos la eterna felicidad (Jdt 8,27). Cuando nos suceda alguna adversidad, digamos enseguida: “Hágase así, Dios mío, porque Tú así lo quieres” (Mateo 11,26).

 Nuestros pecados, nuestra falta de paz, están siempre relacionados con nuestra voluntad propia: El día entero en el vértigo de perseguir y querer hacer “lo que nosotros queremos”, sin considerar “lo que Dios quiere”. En las cosas malas, en los pecados, es muy fácil distinguir la voluntad propia (el pecado), de la Voluntad de Dios.

Pero un punto muy importante, y allí es donde se nos presenta más sutil y difícil todo esto, es en el punto de las “buenas” obras. ¿Por qué? Porque muchas veces, muchísimas veces, queremos hacer nuestras buenas obras, oración, etc “porque yo quiero” y no por Dios, no “porque Dios lo quiere”. Es decir: Las hacemos sin pureza de intención, sin unión a la Voluntad de Dios, sin saber conformarnos a la Voluntad Divina en dichas buenas obras. Eso lleva algo o mucho de pecado, por la imperfección de nuestro obrar, y lleva mucho de pérdida de paz. E incluso, y es un tercer punto en esto que estamos diciendo, Dios, para santificar a sus elegidos, para la Cruz, para mostrar que Él es el Señor y dueño de los hechos y acontecimientos, puede querer contradicciones y dificultades en las obras buenas de sus santos o de sus hijos, aun cuando éstas se hagan con pureza de intención y en unión con Dios.

Por todas estas cosas, para terminar, queremos rezar con San Alfonso, y queremos que ustedes recen, para que todos tengamos pureza de intención, para que tengamos Conformidad con la Voluntad de Dios. Y adaptamos también al santo, en las palabras finales, en la oración con  concluimos; la cual se termina en relación con nuestro sacrificio, con el Sacrificio de la Cruz, y lo usamos entonces por la Cuaresma: Señor mío: 

Todas mis desventuras han ocurrido por no querer rendirme a vuestra santa voluntad, en esas ocasiones en que por cumplir mi voluntad contradije y me opuse a vuestro querer. 
Ahora os doy mi voluntad toda. Disponed de mí y de todas mis cosas como os agrade. Haz que yo no desee sino lo que Vos queréis. Bien sé cuánto os he ofendido oponiéndome a vuestra santa voluntad. Merezco castigo y no lo rechazo. 
Desde ahora quiero hacer cuanto Vos queráis para amaros y llegar a la santidad. Señor, amaros quiero y hacer cuanto Vos queréis. Desde ahora acepto todos los dolores y sacrificios que me enviéis, uniendo éstos al gran sacrificio vuestro en la Cruz. Dadme la gracia de que yo esté en esta vida conforme siempre con vuestras disposiciones. 

Virgen Santísima, que cumpliste continua y perfectamente la voluntad divina, alcanzadme que yo la cumpla también con perfección.

 “Mi amado para mí y yo para mi amado” (Cantar 2,16). 

AVE MARÍA PURÍSIMA.