domingo, 22 de marzo de 2015

MEDITACIONES: Domingo de Pasión



Meditación
Por el P. Alonso de Andrade

De la doctrina del Evangelio

   El Evangelio contiene una pregunta que hizo Cristo en abono suyo a los sacerdotes de la ley, a la cual no respondieron; antes tomaron ocasión de humillarlo, y pasaron tan adelante que quisieron apedrearle; pero el Señor los dejó y se fue del templo.

   Punto I.- Considera que siendo Cristo la misma santidad se purifica en la opinión de los hombres de la mancha de pecado, y sólo Él pudo decirle: ¿quién de vosotros me argüirá de pecado? Para que entiendas cuán grave mal es el pecado, pues ni la sombra de él permitió Cristo en su opinión, ni tú la debes permitir en la tuya, cuando menos en tu alma. Atiende  a las palabras de Cristo y mira si podrás tú decirlas y ponerte a examen de tus  enemigos; purifica tu alma de cualquier pecado; pide al Señor su gracia para no caer en él, y antes morir mil veces que ofenderle.

   Punto II.- Medita las palabras del Redentor y tómalas como dichas a ti: si os digo la verdad, ¿Por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios, y el que no, no. Mira tu conciencia y cuántas verdades te ha dicho Cristo al corazón y cuán pocas has obrado, olvidándolas y despreciándolas como si no las creyeras. Pondera para bien tuyo el sentimiento que tendrá el Señor de ti por haberle despreciado, y haberte hecho sordo a sus verdades, pídele perdón y dispón tu alma para recibir sus verdades y muestra que les das crédito poniéndolas por obra, y para decirlas con valor siempre que importare para su santo servicio.

   Punto III.- Considera el efecto que hicieron en estos malos sacerdotes las verdades de Cristo; pues se volvieron contra Él, llamándole samaritano y endemoniado, y tomaron piedras para apedrearle. ¡Oh, malicia grande de los hombres, que volvéis en ponzoña la medicina. Escarmienta en su cabeza y ruega a Dios que no sea la malicia de tu corazón como la de estos, que saque ponzoña de las palabras de vida, y que no te vuelvas contra quien te avisa o reprende tus pecados como se volvían estos contra Cristo; sino que aprovechándote de sus palabras obren en ti efectos de vida eterna.

   Punto IV.- Considera con San Gregorio la mansedumbre de Cristo, que siendo maldecido no retornó maldiciones; y siendo afrentado sufrió las humillaciones y respondió con igual mansedumbre y humildad: yo no tengo demonio, sino honro y glorifico a mi Padre, y queriendo apedrearle no se defendió ni los ofendió, sino dejólos en el templo quitando la ocasión a sus enemigos de cometer aquel pecado. ¡Oh manso Cordero! Bendito seáis mil veces por vuestra grande humildad y paciencia. Dadme gracia para que yo la imite y sepa ser manso y humilde de corazón, callado y sufrido en mis injurias como Vos lo sois con las vuestras.