martes, 25 de noviembre de 2014

DEL CASTIGO DE LOS DEMONIOS: Tratado de los Angeles de santo Tomás de Aquino


Si el entendimiento de los demonios quedo obscurecido por la privación del conocimiento de la verdad.

Permanece intacto en los demonios el conocimiento natural, pero, en pena de su pecado y como consecuencia de el, disminuyó en ellos el conocimiento sobrenatural en el orden especulativo y fueron privados de el totalmente en el orden afectivo.

Hay dos clases de conocimientos de la verdad: uno que se obtiene por la gracia y otro por la naturaleza. El que se obtiene por la gracia se divide, a su vez, en otros dos: uno que es solamente especulativo, como el de aquel a quien Dios revela un secreto divino, y otro que es afectivo y produce el amor a Dios, y este es que pertenece propiamente al don de sabiduría.

Pues bien, de estos tres géneros de conocimiento, el primero (natural) no fue suprimido ni siquiera atenuado en los demonios, porque se deriva de la naturaleza del ángel, (porque iría contra las perfecciones divinas o contra su voluntad creadora por excelencia que no puede reducir a la nada lo ya creado) el cual por su naturaleza es entendimiento o mente y esto debido a la simplicidad de su sustancia, (a diferencia de la nuestra en donde hombre es un compuesto de alma y cuerpo) nada de ella puede ser sustraído, es imposible castigarle privándole una porción de su naturaleza, como se castiga al hombre amputándole una mano, un pie o una parte de su organismo; y por esto dice Dionisio que en ellos permanecieron íntegros los dones naturales. Por tanto su conocimiento natural no pudo ser disminuído.

En cuanto al segundo género de conocimiento, el puramente especulativo, obtenido por la gracia, no fue totalmente borrado, sino disminuído, porque de estos secretos divinos solamente les son revelados los convenientes, bien por medio de los Ángeles  o también por algunos efectos temporales de la virtud divina, como dice San Agustín, aunque no como a los ángeles santos, a quienes en el Verbo les son revelados más secretos y con mayor claridad.

En cuanto a la tercera clase de conocimiento, están totalmente privados de ellos, como también lo están de la caridad. Hasta aquí Santo Tomas.

Es de fe, según sabemos, carecen y carecerán perpetuamente de la eterna bienaventuranza, (que hoy por hoy hasta esto está en discusión, como si pareciera que Dios, al igual que quienes apoyan lo contrario a esta verdad de fe, algún día, dicen, Dios se compadecerá de ellos y los librará de ese lugar llevándolos al cielo. Es una opinión sentimental que nada tiene que ver con LA VERDAD MISMA y además, va en contra de la DIVINA JUSTICIA)  por tanto, en ellos permanece la pena de daño; más no ha de entenderse que consista en que se les quita algo que poseyesen. Pues ya dijimos que no fueron creados en posesión de la gloria y que nunca la tuvieron (1. p, q. 62, a. 1), sino que consiste en lo que se les dió, como a los Ángeles buenos, lo que les habría dado si hubieran permanecido fieles.

Pero, además de esta justa y perene exclusión de la gloria, el pecado produjo en los ángeles prevaricadores otros males, que pueden considerarse  a la vez castigo de su culpa. Estos fueron; la privación de los dones gratuitos, perdida de la gracia y las virtudes, obsecración en el entendimiento, obsesión en la voluntad, (estos dos; obsecración y obsesión por ser dos males que se dan en la parte superior del hombre, la inteligencia y la voluntad actos propios del alma humana, puede este ser afectado terriblemente por ellos en esta vida si la gracia y la docilidad a ella no nos acompaña. Si las consecuencias de estos dos estados en el alma son de carácter incalculable en los ángeles, ¿cuánto lo serán en el hombre si los padece ya desde esta vida? Los dos actos principales del alma del hombre son la inteligencia y la voluntad o como se les llama en teología; acto intelectivo y volutivo, pero también en su alma tiene la norma de moralidad próxima que es la RAZON que, por ser infundida por Dios desde dicha creación del alma se considera parte esencial de la naturaleza humana e inviolable en sí misma a menos que el mismo hombre le de otro fin diferente del querido por el Creador, para lo cual se valdrá de su inteligencia y su voluntad, lo cual ya supone una violación a la misma razón y una desviación de su fin o función principal que será siempre LA VERDAD SUPREMA.

Un ejemplo nos ilustrará sobre lo dicho: Es pecado gravísimo matar, porque nos lo dicen los 10 mandamientos, pero porque también la razón como regla moral próxima, también nos lo recalca, sabiendo eso interviene el intelecto o entendimiento argumentando que ese crimen merece “justicia” humana lo cual no es otra cosa que venganza y esta no obra la JUSTICIA DE DIOS, pero la inteligencia insiste y posteriormente la voluntad la acepta con otros argumentos que, terminan por doblegar a la razón. En este juego tienen mucha participación tanto la obsesión como la obsecración que, por desgracia, son las armas que esgrimen la inteligencia y la voluntad y si ellas no es posible “vencer” a la razón. Quien obra bajo estas dos nefastas pasiones es imposible que obre en conformidad con la voluntad divina necesariamente hay una exclusión de la gracia y es inevitable una ceguera del alma.

Si esto pasa en un acto práctico, ¿qué sucederá si esto sucede en un acto en donde se pone en peligro LA FE Y LA DOCTRINA, en donde lógicamente se oponen dos autoridades a saber la humana y la divina? Está claro que para que exista esta disensión entre ambas autoridades debe haber una conducta totalmente opuesta a la divina tanto en lo práctico como en lo teórico. Es evidente que el error proviene no de Dios verdad suprema en la que no cabe el error ni por asomo, sino del hombre “que cree o piensa que su deseo es acorde con el divino en el menor de los casos, pero quien es advertido y recontra advertido que tal conducta no es la querida por Dios Nuestro Señor, la situación cambia porque ya se está bajo la acción de estas dos nefastas pasiones intransigentes que no admiten mas las advertencias, consejos u opiniones. Es cuando lamentablemente, las gracias divinas que sobre ellos caen paran en la tierra sin que estas almas las aprovechen en absoluto. El Patriarca Sergio de Constantinopla así como Honorio I, uno el creador de la herejía monotelita y otro por apoyarla son ejemplo claro de lo que hasta ahora vamos explicando. San Sofronio tomo el consejo del Príncipe de los Apóstoles cuando interpelado por los sacerdotes de los fariseos, respondió: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos de los Apóstoles) y de aquellas palabras que en teología moral se enseña: “En confrontación de autoridades se sigue la mayor”. Así obraron en nuestro tiempo los dos grandes defensores de la fe católica; Monseñor Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer quienes, se opusieron a las “doctrinas” heréticas difundidas por el concilio Vaticano II y difundidas como “dogmas de fe” por los posteriores pontífices hasta este momento.)

“No puede hablarse en los demonios de dolor sensible, mas sí del dolor en cuanto simple acto de la voluntad, aunque no se duelan del mal de culpa” (q. 64 a. 3, c y ad. 3)
El dolor sensible, dolor de pasión, como la ira, tristeza, temor, desesperación, gozo, etc., suponen naturaleza sensible, (en este caso del cuerpo o materia de la que se compone el hombre) de la que los demonios carecen. Pero el dolor y las demás afecciones nombradas, en cuanto que son actos de la voluntad, trascienden la naturaleza material y son propias del espíritu. El dolor así entendido “no es otra cosa que una reacción de la voluntad contra lo que es o no es”, es decir, una repugnancia de la voluntad a lo que la contraría o le es contrario, bien sea en cuanto desea vanamente lograr algo conveniente que se le niega o en cuanto que quiere rehuir algo nocivo que no puede apartar de sí. (ejemp. El ser como Dios o rehuir los castigos del infierno, para lo cual quieran vivir más en la tierra que en ese terrible lugar).

Es indudable que los demonios sienten vehementemente contrariedad en su voluntad de varios modos y de muchas cosas, como la privación de la bienaventuranza sobrenatural, que es el bien máximo en sí y debía ser complemento de su felicidad natural, cuya carencia tiene razón de máxima pena; la cohibición de sus facultades y de su poder natural; el conocimiento del torpe y misérrimo estado en que se encuentran y que saben que es irreparable y no tendrá fin; la envidia que experimentan del bienestar de los ángeles y santos; el verse en sus astucias y tentaciones vencidos por los hombres, de naturaleza inferior a la suya; la aplicación de los meritos de Cristo a la Redención del género humano; la carencia del principado y gobierno del universo; su inclusión en el infierno como lugar de tormento y las torturas que allí padecen etc.


Sienten así mismo los demonios dolor de su culpa, mas por la culpa misma, en la cual la voluntad se complace pertinaz y obstinadamente, aunque no sea con gozo verdadero sino por la pena a la que se ven sometidos.